Cuadra de trenes y pistoleros del Oeste

(Un recuerdo de infancia con obreros y una maestra rubia)

 

Viejo caserón del barrio Manchester

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La infancia no era todavía una escala de la conciencia, ni un tiempo pasado hospedado en la memoria, ni, como suele ser, el mejor momento —el más luminoso y quizá feliz— de la vida. Era una fugacidad de la que uno carecía de noción. Se estaba sin tiempo. Y sin estar. No había pasado. Ni futuro. Y no había forma de saber o intuir que todo era presente. Era una calle de casas con aleros, algunas sin repellar, el color ladrillo infiltrándose en uno, sin darnos cuenta. Solo sé que en esa cuadra, y en esa casona —caserón de tejas—, dos plantas, ventanas de madera muy grandes, piso de tabla, en la que en ciertas noches de pesadilla uno sentía pasos de fantasmas y tintineo de monedas cayendo por la chimenea, fui por primera vez a la escuela.

 

Calle ancha y sembrada de otras casas de dos o tres pisos, también entejadas y con balcones con piso y barrotes de madera. Un café en el que los señores de la fábrica (uno los veía muy viejos y altos) entraban y se quedaban oyendo músicas de un aparato luminoso y sentados a las mesas con vasos y botellas. Más allá, estaba el tren. El pito descomunal siempre llegaba temprano a los oídos y era una manera de saber que pronto había que levantarse para irse a estudiar a una escuela que, si bien no estaba a más de diez cuadras, a uno le parecía de una lejanía inmedible.

 

Lo más atrayente de aquella cuadra era su terminación insólita: una esquina en la que se juntaban los muros de una fábrica enorme cuyas chimeneas humeaban día y noche, y la estación del tren, que olía a aceites, a hierros recalentados y a pasajeros. A veces, no recuerdo ya si era por las mañanas del fin de semana, o en las tardes de cualquier día, íbamos a mirar a los oficinistas de la estación, creo que tenían cachucha de cuero y hablaban por teléfono. Había postes con cables y rieles. Parados se veían vagones, y más allá, donde se bifurcaban y trifurcaban las carrileras, se levantaba la mole de los talleres del ferrocarril que esparcía ruidos de máquinas y olores de breas y resinas.

 

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Estación del ferrocarril en Bello

 

Había cerca de la estación un puente de hierro plateado y de estructuras elevadas. De vez en cuando, como en un desafío, una temeridad, o no sé qué, para uno entonces no había medidas de las emociones ni se sabía de miedos atávicos, atravesábamos caminando los durmientes por entre cuyos espacios se veía pasar las aguas turbias y turbulentas de una quebrada. A los lados crecían unos arbustos y ramajes con flores amarillas. Me parece que entonces no requeríamos juguetes y no recuerdo haber jugado a la pelota en aquella calle en la que siempre había alguna referencia al tren y a la fábrica, fuera en su cielo o en sus aceras, en sus paredes o en sus entejados.

 

La primera vez que fui desde aquella casa de ventanas verde cogollo, blanqueada a la cal y con portones de aldabas y cerrojos, a la céntrica escuela de enorme patio y amplios salones, tuve que correr como un desaforado por otras aceras, a veces por las calles más bien desoladas, porque me había retrasado. No sé si mamá no se despertó a tiempo, no sé si un reloj que todas las noches molestaba con su tictac entre sordo y como de máquina en desajuste, no sonó. Lo que hubiera sido, me hizo correr como un muchacho sin cordura, con una valija de cuero imitación caimán con cuadernos, lápices, sacapuntas y no sé qué otros utensilios. Cuando con la respiración entrecortada entré al concurrido salón, en el que ya habían comenzado las clases con una profesora rubia y zarca, llamada doña Rosa Bother de Muñoz (el primer apellido no lo pronunciábamos ni ella lo usaba), que estaba recitando no sé qué fábula de Pombo, o pudo haber estado entonando alguna oración celestial, los muchachitos se quedaron impávidos al verme entrar como un bólido o como un muñeco de cómic, con desesperos y esperando quizá un regaño delante todo el mundo.

 

Aquella cuadra, en la que también habitaba Correa, un pelado larguirucho y con el cual fui por primera vez al cine, junto con el papá de él, don Alfonso, que nos compró confites y no recuerdo cuáles otras golosinas, tenía en ciertas noches juegos al que llamábamos la “función” y era como una recreación de las peripecias del Oeste cinematográfico. Se usaban sombreros y caballos de palo, con pistolas de artificio o de madera. Unos muchachos hacían de indios, con flechas y arcos de ramitas; otros, de matones con rifles de imaginación y gritos intimidatorios de combate.

 

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Antiguos talleres del ferrocarril en Bello

 

Fue breve mi estancia en aquella cuadra de locomotoras y pitos de fábrica. No sé si fueron seis meses, tal vez más. Lo más impresionante, o el registro que se quedó con más ahínco en la memoria y causa en aquel momento de extravío y conmoción del vecindario, resultó cuando mi hermano menor, que tenía si acaso tres años, no estaba ya en la casa y mamá se regó con su voz delgada, con la misma que en otras ocasiones cantaba con belleza sin par canciones de escuelas y una que otra aria de zarzuela (según supe después), como enloquecida porque se había perdido “el niño”. Y la noticia se regó entre señoras y señores, entre muchachos y muchachas, y no sé por qué salimos todos los de la cuadra hacia la estación. Y en efecto, cuando ya estaba a punto de partir el tren de pasajeros rumbo a Cisneros y otras poblaciones, no sé quién lo vio adentro y hubo revuelo, todos ascendimos al vagón y Richard, así era y es su nombre, tornó a casa con mamá cantando otra vez tonadas de alegría y con uno que otro lagrimón rodante.

Pasó el tren y no volvió. Pasaron los obreros envejecidos.

Aquella cuadra fugaz, de la que se quedaron para siempre en el recuerdo los ladrillos y unas músicas que sonaban en una máquina de fosforescencias (luego supe que eran tangos), como los disparos de fantasía que hacíamos indios y pistoleros de película, pasó. No había tiempo y si hubo relojes, como aquel que no quiso despertar para hacerme llegar tarde el primer día de clase en una escuela pública, no éramos conscientes de que todo pasa. Pasó el tren. Pasaron los obreros envejecidos. Se murieron las flores amarillas y el caserón de tejas lo tumbaron muchos años después.

 

Lo que más viene a la memoria, bueno, digo que me parece que sucede en sueños, son aquellos tintines de metal en la cocina y unos pasos en la oscuridad que se van acercando a mi cama hasta sentir —sin poder gritar ni siquiera poder moverme—, una terrífica fantasmagoría que respira con agitaciones sobre mi cara de niño intempestivo a quien el tiempo se tragó sin sacudirlo.

 

(Nota con obviedad: Es lo que recuerdo, no lo que era aquella calle)

 

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Vieja locomotora, óleo de Rafael Rubio.

La aurinegra de aquel “potrero” de infancia

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Creo que la vi por primera vez en la manga[1] que había detrás de la escuela Rosalía Suárez. Desde un barranco, no muy alto pero que daba buena divisa, miraba a los muchachos un poco más grandes que yo que jugaban a la pelota, con porterías de piedra y unos sin camisa; los otros, los rivales, con revoltura de colorines en el “uniforme”. Uno tenía una camiseta amarilla de rayas negras verticales. Se destacaba no solo por su atuendo sino por los esguinces y me parece que, tras cada uno de esos dribles, al dejar regados a sus rivales, se reía. Vestía, como lo supe después, la camiseta del Peñarol, un equipo uruguayo que por entonces era muy mentado debido a sus conquistas en la Copa Libertadores de América. Lo sabíamos –lo del nombre y los triunfos— por las noticias que brotaban por un radio Philips cuya usuaria y oyente principal era mamá.

 

Son de esas cosas que uno no comprende de inmediato y tal vez nunca. No sabía cuál era el encanto de esa casaca que lucía el “perreador” de baldío de barrio que en cualquier caso era un gozón, se divertía con sus compañeros y no había en él burla sobre los rivales aparte de gambetearlos con facilidad y, por qué no, con una suerte de fantasía o prodigio que me dejaba alelado. Se reía sin ofender porque se sabía dueño de una facultad. No supe de dónde me venía aquel obnubilamiento por los colores y diseño de la camiseta que pudo ser de popelina o de coleta, nunca se supo, pero que al muchacho le iba bien. Días después, y en otra manga, una que quedaba cerca del “árbol de los gallinazos”, en rigor, un piñón de oreja, por el que muchas veces tuve que pasar de mañanita para ir a la escuela, vi a otro jugador con la aurinegra, que entonces no sabía el término ni tampoco que se trataba de los colores del Peñarol de Montevideo.

 

Me fui volviendo hincha, una designación que tampoco era de uso en aquellos días de descubrimientos, del equipo al que luego supe que lo llamaban los mirasoles y los carboneros. ¡Quería tener una camiseta como esa! Pasó el tiempo, muchos partiditos en potreros, en baldíos, muy cerca de quebradas, en la calle, y nada. Luego, también por injerencia de la radio y de vez en cuando de lecturas de ocasión o mejor de hojeadas de periódicos, se me fue pasando el gusto hacia el Independiente de Avellaneda, y todo también relacionado con la Copa Libertadores. Un día le dije a mamá que me consiguiera una camiseta y con los colores escolares le pinté en una hoja de cuaderno la del Peñarol, o, digamos una aproximación, un mamarracho simpático que daba cuenta en todo caso de mi obsesión. “Vamos a ver”, dijo. Y el asunto se olvidó. Bueno, no del todo. Yo seguía con mis ganas y ansiedades.

 

Ella, que tenía una máquina de coser Wheeler & Wilson, que rompía agujas y se enredaba a cada momento, un día compró varios kilos de retazos y entre la miscelánea llegó una tela amarilla. Cortó la camiseta y me la hizo, pero sin las rayas negras. El desconsuelo fue mayor. Pensé que hubiera sido más reparador si no hubiera hecho nada. Era una camisetica desmirriada, sin gracia, de tela ordinaria, a la que no le hice ninguna fiesta y más bien la dejé olvidada sin esperanzas de lucirla en ninguna faena de pelota. De súbito tuve la idea de pintarle listones negros, pero abandoné de inmediato la improvisación y la camiseta en los guardarropas se envejeció y no supe o no me acuerdo cuál fue su final. Nada raro que se hubiera utilizado para limpiar el poyo de la cocina.

 

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La locomotora Rocket, de George Stephenson, su inventor.

 

Más tarde, cuando empecé a escuchar comentaristas de fútbol de afuera, supe que el Peñarol tenía esa camiseta por los colores de una locomotora Rocket, inglesa, que estaba pintada de amarillo y negro. El equipo estaba asociado a los ferrocarrileros. No sé cuánto tiempo pasó y me olvidé de la casaca uruguaya, es más, me estaba gustando más la del Independiente de la industrial Avellaneda. Pero en la adolescencia, cuando entré a un equipo de ascenso, patrocinado por una empresa de calzado, el empresario decidió que debíamos jugar con la aurinegra, la del Peñarol, y entonces recordé los días en que mamá no pudo confeccionarme una parecida y a los muchachos que jamás volví a ver, que la lucían en aquellos cotejos sin pretensiones en mangas que ya no son. Tampoco existe el descomunal piñón ni sus “goleros”. Y en esa zona, todo está sembrado de casas y edificios de desconsolado diseño.

 

En el Peñarol, que ya poco me dice, jugaron Obdulio Varela, Juan Alberto Schiaffino y Alcides Ghiggia, figuras heroicas del Maracanazo. El piñón de oreja, con sus gallinazos mañaneros y del atardecer, es cada vez un recuerdo más borroso y la escuelita ya no está. A veces, no sé por qué, siento una vibración interior cuando me llega de improviso la imagen de una camiseta amarillinegra, la misma que tenía puesta cuando en el equipo de la empresa de calzado marqué un gol de chilena, que de nada sirvió porque no clasificamos a la final.

 

 

11-V-2019

[1] Manga, en algunas partes de Colombia, se denomina a los solares, baldíos o canchas naturales para jugar a la pelota. Especie de potrero.

 

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Obdulio Varela, histórico jugador del Peñarol y la selección uruguaya.

Las cabezas trocadas: placer a tres pieles

(Una novela de Thomas Mann acerca del exótico erotismo religioso)

 

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Imagen de la diosa Kali

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Nos vamos para donde los indios de la India y, dentro de sus complejidades religiosas, hacia su politeísta hinduismo. Nos vamos a entrar en los vericuetos de una leyenda india de la mano, las palabras y el cerebro de un narrador que busca oyentes, porque esta historia, más que para ser leída, es para escucharla. Las cabezas trocadas, novela corta de Thomas Mann, publicada en 1940, es la posibilidad de ver a un descomunal autor que se va hacia Oriente para desentrañar los misterios, si así puede decirse, de un triángulo amoroso entre una mujer de hermosas caderas y dos hombres, uno de 18 y el otro de 25 años, nacidos por segunda vez.

 

En sus Consideraciones de un apolítico, el escritor que a los 25 años ya había publicado su monumental Los Buddenbrook, dijo que “el ser humano no es solo un ser social, sino también un ser metafísico”. Y esta instancia o categoría es la que predominará en una novela que hunde sus reflexiones en una cultura milenaria, cuyas más antiguas raíces se pueden buscar en los épicos relatos del Mahabharata y el Ramayana. El karma, el destino, las encarnaciones, las presencias de dioses diversos, entre ellos, la sangrienta Kali, la de los dieciocho brazos, las castas, en fin, enmarcarán el amor de la esbelta Sita con Nanda y Chridaman.

 

Es una novela sobre el deseo y sus fatalidades. El erotismo que abunda en la obra está cernido por la piel, pero, igual, por los cuerpos y las cabezas. Es una historia “sangrienta y perturbadora” como dice desde el principio el narrador. Y, el lector, bueno, es decir, en otras condiciones, el escuchador, se podrá impresionar con el momento de mayor intensidad de las peripecias de los tres personajes clave: la autodecapitación, el descabezamiento de los dos hombres-amantes, y el trastrocamiento de sus respectivas “torres de control”.

 

Los dos jóvenes, diferentes en edad y casta, también en sus profesiones u oficios, se enamorarán de facto y al mismo tiempo de aquella deslumbradora mujer que se baña en una fuente, desnuda, provocativa, imposible de no despertar pasiones de turbulencia y provocadora de correntosas emociones. Chridaman, comerciante e hijo de comerciantes, será el primero en recibir esa descarga cuando, ambos, se topan con Sita. Nanda, herrero y vaquero, de cuerpo atrayente, es el otro lado del triángulo que tendrá igual a la belleza como una de sus características.

 

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El Mahabharata

 

El mundo tembloroso de los deseos se esparce desde el momento en que los dos jóvenes tienen la visión de Sita, y es un momento para dualidades como alma/imagen; apariencia versus realidad, inteligencia contra estupidez. Sita, la de ojos de perdiz, produce, sobre todo en Chridaman, un arrobamiento que embriaga, una suerte de enfermedad súbita por la muchacha desnuda, de perfectos miembros y una hermosura que puede causar desdichas o inmensas alegrías. O unas y otras al mismo tiempo.

 

Los dos muchachos, que desde el principio son uno para el otro, que cultivan una amistad que por momentos puede parecer sospechosa, cuando se toparon con un baño a orillas del Mosca de Oro, muy cerca del templo de la Señora de Todos los Deseos y Alegrías, se darán cuenta de que sus destinos son inseparables (sus cabezas, en cambio, sí pueden separarse). En esta parte del relato, hay un recorrido por paisajes de ensueño, “que príncipes y grandes reyes no lo hubieran podido tener mejor”. Entre perfumes vegetales y cantos de aves, aparecerá una muchachita que iba a cumplir su ceremonia de baño, su baño de pureza. La descripción que de ella realiza el narrador es arrobadora.

 

“Caderas deliciosamente trazadas que daban una amplia superficie al vientre; con nacientes pechos de virginal rigidez y un trasero de ostentosa prominencia, que se rejuvenecía más arriba en una espalda muy delgada y graciosa…”. En todo caso, la esbeltez de “ese trasero maravilloso” con la elasticidad “juncal de la espalda de hada”, entre otros atributos, hacían de la muchacha de la fuente una aparición celestial. Era, claro, Sita, la hija de Sumantra, cuidador de vacas, de la aldea llamada Hogar del Bisonte. Así lo dijo Nanda, en medio del arrebato que producía esta Virgel del Sol.

 

Las cabezas trocadas, una novela sobre el alma-cuerpo, acerca de los deseos como un modo de la relación con el Yo y el Tú, o, como lo dijo Chridaman, “todos los seres tienen dos existencias: una para sí mismos y otra para los ojos de los demás”, es un pequeño tratado acerca de las relaciones entre lo espiritual y lo material. Una ventana a la contemplación. A su vez, se pueden detectar cómo son los roles de las mujeres en las prácticas vedas, en las sociedades que están bajo las creencias del hinduismo.

 

Mann en esta obra (se la dedicó al eminente mitólogo alemán Heinrich Zimmer, experto en filosofías y religiones de la India) nos acerca con las sensaciones de la belleza física y metafísica al placer, al ejercicio de los sentidos en la búsqueda de regocijos de cuerpo y alma. Además, la posibilidad de meditar acerca de si es la cabeza o es el cuerpo el que domina en determinados momentos de la existencia. Y otra cosa, se puede hacer una lectura sobre el caminar, el peregrinar y sus significados. Como, al mismo tiempo, acerca de los hombres en soledad casi absoluta, como es el caso (patético muchas veces) de los eremitas.

 

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Se podría decir que, en esta obra de deslumbramientos de los sentidos y con énfasis en el cuerpo y sus circunstancias, la razón no es un huésped ni una invitada especial, porque, dentro de las religiones, y más en una como el hinduismo, no hay manera de ejercitarse. Hay asuntos en los cuales no cabe su dominio, porque muchas cosas están dadas por las leyes de las correspondencias, por las divinidades, por la predestinación, por los nacimientos y las muertes.

 

Por más inteligencia que se tenga, nada puede contra la voluntad de los dioses. Kali, fuente del ser, la “realidad última”, es una diosa destructiva, a la que hay que servirle con sangre. Y ella será definitiva en la erección y disolución final del triángulo de amor entre Sita, Nanda y Chridiman. La parte de las decapitaciones puede ser la de máxima intensidad en la obra, que, a partir de los sucesos de los descabezamientos y la resurrección de los descabezados, tomará por caminos insospechados. Y aquí puede hacerse una pregunta: ¿Qué tanto es el poder de la deidad o de qué dimensiones es la debilidad del creyente?

 

¿Qué es la cabeza y qué el cuerpo? Es una reflexión que hay que realizar tras leer la novela. ¿El placer es solo del cuerpo o también trasciende al espíritu? ¿Cuál es la relación entre espíritu y belleza? Una novela sobre el Yo y lo Mío, pero también sobre el Tú y el Otro. Y otra pregunta: ¿De quién es Sita? ¿De Nanda con la cabeza de Chridiman o de este con la cabeza de su amigo? Ambos la aman y la siguen amando después del trueque de cabezas y ella en la práctica es poliándrica, una situación que no se admite “entre seres elevados”.

 

Las cabezas trocadas puede ser, por qué no, una novela sobre los celos y, al mismo tiempo, acerca de la infidelidad. Todo atravesado por la presencia ineludible del deseo, de los delirios de la lujuria, de las ansias que a veces hacen doler el cuerpo. La llama ardiente de las atracciones fatales. Los miembros del triángulo saben o intuyen que después de la muerte tienen la expectativa de volver en otro tiempo a lo terrenal. El fuego final los torna a un estado de pureza, en el que ya no hay la sensorialidad placentera.

 

Qué piensa una cabeza en un cuerpo que no era el suyo. Entonces se pueden conjeturar sobre los destinos y cambios internos y externos, acerca de la desaparición (o, al menos, cambio) del sujeto, de la individualidad. Todos llegarán a ser uno. Y uno, todos. Es una novela sobre el “tres en uno” y la constancia final es inobjetable e ineludible.

 

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El buen burgués y gran escritor Thomas Mann torna en esta novela por sus inclinaciones hacia la belleza y sus significados, a las relaciones entre aquella y el espíritu. De qué está hecho el espíritu y cuáles son los ingredientes que componen lo denominado bello. “Hay una belleza espiritual, y otra que habla a los sentidos. Pero algunos quieren atribuir por completo lo bello al mundo sensorial, separando de él en lo fundamental lo que corresponde al espíritu, de manera que el mundo aparecería dividido polarmente en Espíritu y Belleza”.

 

Una última pregunta que puede flotar en la novela es ¿de quién es Samadhi, hijo de Nanda o de Chridaman? Puede ser que el eremita, el que al fin de cuentas, en medio de una especie de burletería, da el laudo final sobre los cuerpos y las cabezas, deba ser de nuevo consultado. Si Nanda y Chridiman, los dos son uno, es posible que el hijo de Sita sea de ambos, aunque ella lo deja en claro, dirigiéndose a Chridaman: “Tú fuiste mi primer marido, el que me despertó y me enseñó el placer, tal como lo conozco, y a pesar de lo que el seco santo recitara y decidiera acerca de la mujer y la cabeza, el frutito que llevo bajo el corazón es, sin embargo, tuyo”.

 

Esta novela desconcertante nos propone una discusión sobre los conflictos entre el arte y la vida, el placer y la culpa, la belleza y el espíritu. Con el ropaje de una leyenda de la India, la propuesta trasciende aquellas geografías de misterio para internarnos en los asuntos, más terrenales si se quiere, del cuerpo y su autonomía. Dos detalles: una nariz caprina y un rizo de “ternero de la suerte”, qué significación tienen en la obra. Acaso, al final de cuentas, Las cabezas trocadas puede ser una novela sobre la identidad. “Desocupado” lector, ahí le queda tareíta.

 

1-V-2019

 

 

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Una encantadora narración sobre una leyenda de la India

Cuadra de silencios y otras soledades

(Crónica con guayacán, consulta externa y pájaros alborotadores)

 

Antes hubo caserones que se convirtieron en parqueaderos y pequeños edificios.

 

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

¿Qué es esta cuadra? Si la comparo con aquellas de un remoto pasado, ahora durmientes en una inestable memoria con la propiedad —o quizá defecto— de poner bonito lo que era feo, de pintar de colores lo que ni siquiera tenía pintura, es apenas una soledad sin esquinas. Porque las esquinas, digo las de antes, las forjaban los muchachos sentados, o contra la pared, o de pies con una pierna en la acera y la otra en el pavimento, y tenían algún bar en el que jamás faltaron tangos. Y no había soledades. Al menos en uno. Porque, ya se sabe, la soledad es una manera de estar cuando los años te han enseñado a contemplar la vida y a aprender, con un poeta del Siglo de Oro, que “a mis soledades voy, de mis soledades vengo”. Y entonces ¿qué es esta cuadra?

 

Ahora, como vivo más hacia el adentro, la cuadra no está en el coto de mis jerarquías. ¿Cómo decían antes? Ah, sí, o de mis prioridades. No es como, por ejemplo, aquella de la carrera cincuenta, un camino hacia el infinito morro Quitasol, delimitada por una esquina en la que, en una casa de plancha, habitaba la muchacha más pretenciosa (así decía papá) que ni siquiera alzaba a mirar a nadie, menos a nosotros, a los que habían afamado (o difamado) las señoras, en particular doña Marta la de la tienda, como patanes, perniciosos, vagos y nada temerosos de dios ni del diablo. Y en la otra casa, con tejado español, una familia que, según las apariencias, había venido del campo.

 

En la otra esquina (así decían en boxeo) estaba, de un lado, el bar Florida, y, del otro, en el primer piso, una tienda de un tipo al que llamábamos el Llanero y, en el segundo, el habitáculo de una doña a la que no sé por qué le teníamos el sobrenombre de La Perra, habitante de una casa sin repellar y con tejas de asbesto. Y dentro de esos límites, había obreros de fábrica, muchachas bonitas, un señor que andaba con suavidad, la otra tienda, un solar tapado con una paredilla de ladrillos, en fin, que también habitó por allí una dama de trajes negros, muy nocturna ella, y sus hijos cuyo padre era el dueño de un circo.

 

 

Era una cuadra de fútbol, aunque este más que en el espacio sin asfalto, con calle que se embadurnaba de pantano tras las lluvias, lo practicábamos en la plazuela, ahí no más, en la cuadra siguiente. Entonces, para mayor precisión, era de futbolistas que tenían que jugar en la otra esquina. El listado es largo y no hace falta publicar la alineación.

 

Pero, esta cuadra de ahora, en la que habito hace nueve años, es un modo de la soledad. O de las ausencias. Al frente, y lo veo por el ventanal de la sala, hay un parqueadero, que alguna vez quiso ser un pequeño parque con bancas y jardín, rodeado de mallas. A veces, bueno, o casi todos los días, (la veo desde la ventana) llega una señora rubia con carro oscuro, abre las puertas batientes y va al edificio de enseguida, donde, supongo, en el segundo piso, habita su mamá. Ahí, por la acera que está al frente, se yergue un guayacán amarillo, al que arriman pájaros diversos, algunos estrambóticos y de otros mapas, con picos curvos, garras y muy bien emplumados. Hay meses en que sus hojas tapizan no solo el parqueadero de piso de cemento burdo y las aceras, sino la calle. Sucede igual, en otros momentos, con sus flores amarillas.

 

Después del edificio de ladrillo a la vista, hay una casa en la que ya no vive nadie en ella, aunque de día hay una fotocopiadora y cuelgan de una pared coloridos pendones con precios y servicios. Y hacia abajo, con antejardines en los que también hay laureles y crotos, una casa de dos pisos con una barbería en el primero; luego en casa grande y vetusta, una arepería, a la que se le pega otro caserón en el que hay una fábrica de pulpas de frutas. Y en la esquina, sí, en esa casa blanca con rejas, que fue inspección de permanencia, ya no vive nadie.

 

De este lado, o sea, en la misma acera de mi casa, que afuera, en el antejardín tiene un jazmín de noche (reemplazó a un viejo carbonero que murió de pie), una estrella de oriente y un limonero, hay una casa de dos pisos con balcón al que casi no se asoma nadie. En sus afueras crece una araucaria. Luego, en lo que hace años fue un enorme caserón, hay una institución de salud, solo de consulta externa y laboratorio, que, a continuación, en otro gigantesco lote (nunca vi qué casa hubo allí, pero por lo menos mide ochocientos metros cuadrados) tiene el parqueadero privado. Y sigue un edificio de tres pisos, más bien anodino y sin ninguna distinción. Después, una torre de veinte pisos, que puede ser una de las más feas de la ciudad, se eleva sin dignidad arquitectónica alguna, con apartaestudios y en los bajos una tienda de autoservicio. Termina esta parte de la cuadra con abundante casona en la que funciona un centro de rehabilitación de drogadictos.

 

Esta cuadra ancha, con aceras y antejardines, con árboles y arbustos, con uno que otro geranio y matas que llaman de la felicidad, está en el día atiborrada de autos y otros vehículos estacionados, aparte de los que discurren siempre hacia arriba, rumbo a los barrios altos. Es, hasta más o menos las siete de la noche, una cuadra con movimiento y traqueteo de motores. Por la mañana, si uno atisba por el ventanal, verá siempre, sin falta, excepto los domingos, peregrinos a granel que van buscando el centro de la ciudad, a pasos raudos, como si fueran a llegar tarde al trabajo o al estudio.

 

Árboles, ladrillo, asfalto. Una cuadra es más  que estos elementos. Foto Spitaletta

 

Por la noche, hay una transformación. La cuadra se aquieta en una soledad silenciosa. Una noche, como a las diez, escuché unos gritos. Eran los de un muchacho de a pie al que querían asaltar los de una motocicleta. “¡Me van a atracar!”. Me asomé a la ventana y prorrumpí en un “¡hey!, ¡qué pasa! ¡Ladrones!” El muchacho forcejeaba. No se dejó asaltar. Los rateros, como sorprendidos, emprendieron la fuga a los gritos de “¡gonorrea!”. El parrillero intentó tapar la placa con su mano. En los últimos tiempos, pasan mujeres y hombres rubios y muy blancos, sin duda extranjeros, y de vez en cuando monjas de hábito claro y un tipo moreno, barbado, con túnica a lo apóstol, roja y azul celeste, andando en sandalias.

 

En la esquina de arriba, diagonal al guayacán, y en la acera de mi casa, que voltea en su prolongación por la otra calle, hay un poste con una cámara de seguridad y el respectivo aviso: “Zona vigilada 24 horas”. Por las mañanas, se escuchan, cómo no, cánticos de diversos pájaros. Al atardecer suena la gritería de loros. Los martes y los viernes, por las noches, desfilan indigentes que abren las bolsas de basuras, las riegan en muchas oportunidades, se llevan el reciclaje y se encuentran sin saludarse. Hay un hombre, con dulceabrigo rojo, que en el día cuida y organiza los carros y motocicletas que llegan al servicio de salud. En un tiempo, olía en las mañanas a papas, buñuelos y empanadas de una cafetería que ya cerraron.

 

Si no fuera por los guayacanes (hay tres), los laureles y el frondoso arbusto galán de la noche (así también le dicen, aunque todavía no perfuma), sería una cuadra sin gracia alguna. Si quieren saber cuáles son los sonidos del silencio, pueden pasar un domingo después de las ocho de la noche. Es una cuadra para los que ya vivimos más hacia adentro que hacia el exterior. No hay niños y hace poco murió el vecino del primer piso, un ingeniero geólogo de pocas palabras y con apariencia de no querer seguir viviendo. No hubo aviso funerario y no sé dónde fueron las honras fúnebres.

 

Todavía por esta cuadra se escucha el pregón del mazamorrero y los alborotos de un carrito de helados con altoparlante. Pasa, antes del mediodía, de lunes a sábado, la señora que anuncia tamales a tres mil. Y dos veces a la semana, a mi puerta toca Aurora, una viejecita de bastón que vende inciensos y confites.

 

Guayacán y silueta de edificio. Foto Spitaletta

 

A diferencia de aquella antigua cuadra de estropicios, con muchachas de minifalda y obreros de factorías textiles, gritos de fútbol callejero y señoras de chisme a flor de piel, por acá no hay saludos de puerta a puerta ni de ventana a ventana. Y, en rigor, no sé cómo se llama la señora rubia del carro oscuro, ni su mamá, ni los que habitan en el primer piso en diagonal (una señora amonada y su marido), ni los de enseguida, ni la señora de las fotocopias. Solo sé el del caballero del dulceabrigo rojo, el de uno o dos taxistas y los de la viuda y los dos hijos del señor que dejó de vivir para siempre en esta cuadra.

 

21-IV-2019

 

Esquina bajo el aguacero. Foto Spitaletta