Las faldas a cuadros de las colegialas

(Historia con uniformes escolares y menciones a algún antiguo burdel)

 

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Los uniformes escolares se fueron modernizando. La faldita subió centímetros.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Llegaban hasta más abajo de la rodilla y las medias subían hasta la pantorrilla, no dejaban nada que pudiera ser tentador para la vista ansiosa de los muchachos. Las faldas de los uniformes de colegiala tenían, algunas, unos pliegues (faldas plisadas) que el viento removía y tornaba en vuelos el caminado con maletita incluida de libros y colores y lapiceros, en asfaltos que sonreían al paso de las estudiantes.

 

Las del colegio de monjas iban vestidas de falda azul oscuro, de paño, blusa blanca. Las hacían ver muy recatadas y tal vez les conferían una apariencia no tan de niñas en flor. Más bien, como si fueran señoras a escala, como una maqueta de sus madres o tías, que hacia allá marchaban, a ser mujeres de hogar, muy domésticas y encerradas en cuatro paredes, sin saber ni siquiera lo suficiente acerca de las atracciones mundanas. Y así, tal vez sin pensar mucho a nada en futuros, las niñas del colegio iban muy bien bañadas y sin un asomo de afeites, nada de pestañinas ni coloretes. Al natural.

 

Los zapatos colegiales, negros, de cordones, con medias blancas, que ni riesgos de ir a mostrar jamás talones ni tobillos. Pecado sería. Así como jamás podían usar la manga sisa, que había uniformes con blusas manga-larga, muy blancas, almidonadas, rígidas, nada cómodas. Así era.

 

Las de los colegios religiosos, también algunas de escuelas públicas, llevaban la falda fondo entero. Unas, como aquellas que se paseaban después de la jornada por las céntricas calles, eran de falda azul celeste y blusa blanca, medias blancas, y las de los conventuales colegios de madres y monjas llevaban las medias azul noche.

 

No sé cuándo las colegialas comenzaron a vestir aquellas faldas a cuadros, casi siempre rojinegros, que les dieron otro caminado y apariencia, todavía con reservas, porque en todo caso las rodillas no se podían exhibir. Tal vez obedeció a las nuevas telas y géneros de las fábricas de textiles que ya tenían en la mira vestir con sus algodones y tejidos a las niñas de clases altas y bajas. Nada de pensar que hubiera en alguna colegiala una Lolita, como la de una novela de los años cincuenta que, pese a prohibiciones, circulaba en la ciudad.

 

Las faldas de cuadritos llenaron el paisaje urbano. Las del instituto femenino, las del colegio de dominicas, las muy inmaculadas y virginales de otros establecimientos, tenían en sus uniformes una manera de adornar la salida y entrada de aquellos, los patios de recreo, los salones, y por esos días, en que ya la minifalda era un escándalo mundial y una atracción ineludible en el profano ejercicio de vestir muchachas, las de los colegios seguían siendo largas, así fuesen de cuadritos o fondo entero, plisadas o lisas.

 

A los cuadritos rojos y negros (o rojos y azul turquí) los fueron reemplazando, aunque no en tan vasta proporción, unos verdes y oscuros. Eran, sin embargo, más atrayentes los que evocaban los de una novela francesa. El rojo, así no fuera tan encendido, ni diera las tonalidades del escarlata, era más sensual y poético. Más vivo y audaz. El verdoso con negro era casi una muestra de santidades sin gracia. Así que en la memoria y en los registros fotográficos de otro tiempo las faldas a cuadritos rojos de las colegialas se erigieron en un símbolo alegre de la caminata hacia el aprendizaje, del vuelo hacia el vergel de la sabiduría.

 

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Esos uniformes parece que alguna vez tuvieron en la ciudad una atracción casi fatal, porque, se supo con fruición y movimientos raros de lenguas (no tan viperinas) que hubo varios burdeles bautizados como El colegio, en las que las madamas mandaban a confeccionar uniformes de colegiala para vestir a sus majestuosas y provocativas muchachas. Eran irresistibles. Y, además, les encarecía la tarifa de servicios. Cuentan que ciertos clientes sucumbían ante tanto lubricidad y tentación incontenible. Una falda de cuadritos, como las de las colegialas de veras, era un alto modo de la seducción.

 

Hoy los uniformes de buena cantidad de colegios femeninos siguen al uso con sus faldas cuadriculadas, casi siempre rojinegras, que también, según dicen dantescos especialistas, son los colores del infierno, un lugar que sin tanta alharaca ofrece diversidad de placeres a la carta como los antiguos prostíbulos que en tiempos de más gloria hubo en la ciudad. Ah, claro, esas falditas siguen produciendo un frufrú que recuerda al de las muchachas de hace años en su fresco rumbo a las aulas escolares.

 

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Cuadra con manga y tendera bonita

(Recuerdo de un barrio con tejares, casas de maestros y un Júpiter mordedor)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El barrio uniforme, construido por el Instituto de Crédito Territorial, tenía una cuadra larga en la que estaban la tienda de doña Leticia, la casa del director de una escuela, otra donde había un perro peludo llamado Júpiter, la de un muchacho que imitaba muy bien el dialecto costeño y la de un negrito al que apodaban Gurre. Era asfaltada y por ahí pasaban los buses. Más allá, se extendía la de los maestros, al frente de una inmensa manga, la del Carmen, en la que había una escuelita.

 

Los entejados de asbesto (después se descubrió que es un material cancerígeno) y las paredes de ladrillos bien pulidos, pintados, le daban al barrio un aspecto de limpieza y orden. Más allá, comenzaban los cañadulzales, había tejares y si se continuaba caminando, se podía topar con los charcos de quebradas como El Hato. Había una frontera entre lo campestre y lo urbano. Unas lindes con mangos y ciruelos y naranjos. Y hacia el noroccidente, un barrio de calles sin asfalto, Pénjamo, que luego supimos que era de gente pesada y de carácter cerrero. Había en él huraños que, se decía, manejaban bien el puñal. Por allá íbamos poco. Aunque lo atravesábamos para ir a los charcos y exuberantes mangas de La Taza.

 

El Carmelo, así se llamaba (todavía ese es su nombre), era entonces un barrio nuevo, junto a los filtros del acueducto (que jamás funcionaban) y unas fincas, como las del padre Agudelo. Limitaba con La Antigua, donde estaba el convento de Las Clarisas, y con Briceño, un barrio alargado y con casas de teja española y ventanales de madera.

 

En ciertas noches, íbamos los que en casa no teníamos la televisora, a otras, sobre todo a mirar “Dimensión desconocida” y “Lassie”. A veces cobraban la entrada a diez centavos. Lo más atractivo de aquella cuadra, además de la señora bonita de la tienda, era una muchacha de nombre extraño: Rebeca, la hija del director de una céntrica escuelita a la que íbamos los domingos a ver por la televisión las carreras de caballo y no sé qué otro programa de la tarde.

 

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En la manga cercana, la de la escuela del Carmen, jugábamos partidazos. Recuerdo a Nené y a Dinamita, a Negrumina y Gonzalito, y a uno, creo que le decían Rigo, que no jugaba bien, pero que, además de balón, tenía un rifle de copas. Durante la semana, incluidos sábados y domingos, la cancha se llenaba de nosotros, de gritos y golazos. Aquellas jornadas de juego incansable, a veces era con balones de vejiga y tripa, otras con pelotas de caucho, en todo caso, eran una fiesta. Se jugaba de pantalón cortito, tenis escolares y muchas ganas. En la cuadra frente a la manga, vivió uno que fue mi profesor en tercero de primaria, don Alfonso Monsalve, al que apodábamos el Cucho.

 

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El DIM a principios de la década del 60

 

Aparte de aquellos partidos de gloria, había incursiones a fincas para el asalto frutal. No siempre era una acción limpia y sin obstáculos. Porque no faltaban los mayordomos que salían, escopeta en mano, a impedir la intentona de la intrépida escuadra infantil. O soltaban perros bravos, como pasaba en otras propiedades más lejanas del barrio, como Salento y la de los Muelas. Me marcó, quizá, aquella cuadra, porque, habitando en ella, sucedió la primera vez que fui al estadio de fútbol en Medellín. Era un largo paseo de domingo, a veces a pie, otras en bus, para apreciar partidos que eran como una parte de la fantasía. Y de aquellos jubilosos días me quedaron sonando jugadores como Ramacciotti, Fito Ávila, José Vicente Grecco y el Canocho Echeverri. Por esos tiempos vi un partido de excepción cuando el DIM le ganó 6-1 a Millonarios. Tres goles de John Jaramillo, uno de ellos de taquito.

 

En aquella cuadra, y más que en ella, en el barrio, comencé a no ir a clases. Las cambiaba por idas a los tejares a ver confeccionar ladrillos y tejas, o por caminadas con fines de hurto de mangos e inmersiones en charcos. Una vez, en una “mamada” o “capada” de clase, sin culpa descalabré a un compañero. Estábamos apedreando un árbol de mangos y el muchacho se atravesó en la trayectoria. Sangró a montones. Su mamá, tras enterarse, fue a mi casa a “poner la queja”. Y un grupo de vecinos, incluido en él mi papá, se sumó a la búsqueda del agresor (habían difundido la versión de que había sido en una pelea). Me interné por los cañaverales hasta que, al atardecer, me di por vencido.

 

El retorno a casa fue muy comentado en el vecindario. Papá pagó los gastos médicos del lapidado compañero. Y quedaron en evidencia mi mala puntería y mi “faltadera” a la escuela… Ah, Júpiter, que ya me había perseguido varias veces cuando me desplazaba a la manga futbolera, un día me cazó y mordió una pierna. La dentellada no impidió que jugara, pero me quedó una especie de amargor por la agresión del perro. Siguió acosándome con sus ladridos y correndillas.

 

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El tal Rigo, que era malísimo para el fútbol —lo salvaba que era dueño de un balón— un día decidió que, por mis burlas a su condición de limitado con la pelota, me iba a disparar con su arma mata-pájaros. Nunca acertó, pero era una amenaza latente, porque qué tal un copazo en un ojo. En aquella cuadra y barrio no duramos ni un año. Hubo mudanza. Y atrás quedaron Elkin, Hernán, Rebeca, doña Leticia y su tienda, los goles de potrero y las excursiones a fincas y tejares. También las noches de tv en una sala de vecindario y las burlas a una viejita, Carola, que tenía un enorme solar con ciruelos y la muchachada, además de robar sus frutos, le gritaba ofensas a la anciana, que respondía con uno que otro risible hijueputazo.

 

Aventura con leche en polvo

Una noche, varios pelados de aquella cuadra-barrio, nos metimos a la escuela del Carmen, tras forzar las puertas. Había apilados muchos bultos de leche en polvo. Abrimos varios y llenamos recipientes. En la huida, quedó un largo camino blanco en el piso. La pilatuna nos hizo durar la risa de estruendo por varios días. El Carmelo, de pronto, quedó atrás. Ahora es un recuerdo añejo, con olor a mangos y a barro cocido, con alaridos de gol y, en la distancia, la cara bonita de la tendera que flota en la memoria.

 

No supe más de Rebeca ni de su padre Francisco, el director de escuela. No volví a ver a la mayoría de muchachos de entonces. Parte de la infancia en El Carmelo se invirtió en mangas y quebradas. A veces, me llega la imagen de un viejo sordo que no sabe adónde ir en una ciudad que está inundada y a punto de desaparecer bajo las feroces aguas. Se oyen sirenas, pitos de carros y se ve gente corriendo. En una sala, los muchachos, sentados en el piso, respiran fuerte y un suspenso angustioso se desparrama al frente de una pantalla de televisor.

 

22-VIII-2019

 

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La Dimensión Desconocida, una vieja serie de TV, que reunía a vecinos en las salas de las casas.

Gógol y su muñeca inflable

(Una seductora historia de perplejidades escrita por Tommaso Landolfi)

 

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Nikolai Gógol, escritor ruso en el que se inspira Landolfi

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Las muñecas sexuales, al menos en literatura, las inventó el escritor uruguayo Felisberto Hernández con su cuento (aunque parece más una noveleta) Las Hortensias, un relato que mezcla lo gótico, lo policíaco y las visiones terríficas que producen los celos. A Hernández, pianista y animador de cine mudo, un escritor que, en esencia, no se parece a nadie, le hubieran podido nacer plantitas en la cabeza y, cómo no, haberse enamorado de las temblorosas quejumbres emitidas por alguna ventana asustada. Y menciono al autor de Nadie encendía las lámparas, que en 1949 concibió para regocijo y asombro de los lectores y del mundo en general aquellas muñecas “con aire de locas sublimes” y que, dada la celotipia de alguna dama, terminaron sus días despedazadas a puñal.

 

Y del Uruguay tanguero y futbolista, de estupendos escritores, podemos saltar a la Italia múltiple, seductora, en la que hubo un narrador extraño, barroco, admirado por ejemplo por Ítalo Calvino, y que pudo ser un cóctel de Kafka con Borges, y en todo caso con la literatura rusa decimonónica, en particular con la de Nicolás Gógol, el de tantos siervos muertos y que con relatos tan impresionantes como La nariz o El capote, le confirió al género un lustre que más tarde, por ejemplo, llevaría a picos muy altos un genio como Chejov; aunque, claro, todos bebieron de Maupassant y antes de Poe y, como se sabe, la literatura es un tejido de araña maravilloso en que unos y otros se conectan.

 

Y en esa tremenda Italia, en la que hubo en la centuria pasada neorrealismo cinematográfico y tantas voces en literatura, nació Tommaso Landolfi (1908-1979), poeta, escritor, traductor y autor de un cuento muy particular, La mujer de Gógol, concebido en 1954, pocos años después de que el uruguayo hubiera creado sus extraordinarias muñecas en Las Hortensias. Y es bueno precisar esta situación porque en asuntos de muñecas de cama, parece que don Felisberto, como en las barajas, les ganó de mano a los demás. Un pionero. ¿Y qué tiene que ver una muñeca con Gógol?

 

Harold Bloom, en su texto Qué leer y por qué, dice que La mujer de Gógol, de Landolfi, es “tal vez el relato breve más gracioso y enervante que he leído en mi vida”. Asunto de gustos literarios. El caso es que, según el narrador que crea el italiano y que es como una suerte de biógrafo del autor de Almas muertas, Gógol se casó con una muñeca inflable y manipulable, con la que mantiene relaciones maritales, a la que ama como si fuera una mujer (o puede ser, por qué no, amarla debido a que no es una mujer real, quién sabe). La infla y la desinfla. La goza y sufre. Establece con ella una conexión que sobrepasa lo que puede tenerse con un ser inanimado y hay un enamoramiento, una rara comunicación más allá del sexo y de la piel artificial.

 

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Fantasías con muñecas sexuales

 

El narrador-biógrafo, que a veces parece uno del siglo XIX por su manera de involucrar al lector, de dirigirse a él, de dar la impresión en ocasiones de sonar como un relato en segunda persona, en fin, nos alerta desde el inicio con una suerte de treta, como es la de advertir acerca de “¿tendré derecho yo a revelar cuanto a todos es ignoto…?” sobre Nikolai Vasilievich, su amigo, que ha mantenido en reserva, como debe ser, claro, los asuntos de catre, que su mujer era un fantoche, y no una fémina, no un ser humano, caramba.

 

En la vida real, como es sabido, Gógol nunca se casó, fue una especie de extraño hombre solitario, muy atormentado por la religión, que antes de cumplir los cuarenta y cuatro años se dejó morir de hambre, tras quemar sus manuscritos inéditos. Una aproximación a la vida y obra de Gógol se puede leer con fruición en el Curso de Literatura Rusa, de Vladimir Nabokov, en el que se aprecia cómo en la fase final de su existencia, el autor de Almas muertas, decae en su creatividad en parte por su elección de convertirse en monje. En la ficción de Landolfi, la muñeca, que se llama Caracas, tiene el color de la carne, color piel, a veces clara, a veces morena. Puede confundir porque, en ocasiones, parece trocar su sexo o disimularlo, aunque jamás deja de ser femenina. Y el narrador hace una insinuación con cierta sutileza y malicia acerca de una posible mutación en la entrepierna de la mujer de Gógol.

 

Caracas luce moldeada al antojo de Gógol, que a veces la inflaba bastante, a veces menos, le cambiaba peluca, la gobernaba. Y ella pasó de ser su esclava para transmutarse en su tirana. Y la relación va trasladándose del amor al desamor. Y viceversa. En cuanto al nombre de Caracas, no se sabe por qué Landolfi lo escogió. Tal vez porque en un tiempo, en la década del cincuenta, muchos italianos iban a Venezuela a trabajar en obras de ingeniería en los días de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. O tal vez porque, igual, las caraqueñas son espléndidas muchachas.

 

El esqueleto de la muñeca, de varillas de ballena, le daba una imagen próxima a una mujer cierta. Ah, y ¿tenía voz? ¿O el encanto radicaba en no tenerla? El narrador nos advierte que solo una vez le fue dado escuchar la voz de Caracas: cuando dijo que quería hacer caca. “Pegué un salto creyendo haber oído mal y la miré. Estaba sentada sobre un montón de cojines contra la pared y aquel día era una tierna beldad rubia metidita en carnes”. Gógol dormía con la muñeca en la misma cama y, en general, parece que los atributos del fantoche eran vistos por el marido como si fueran en rigor los de una mujer cierta.

 

Habría que preguntarse, entre otros interrogantes, por qué una muñeca parecía satisfacer todos los requerimientos de un sujeto como Gógol. ¿Y el tiempo cómo la afecta? ¿Y el amor? ¿Y qué hay de ir más allá de las relaciones sexuales y al fin tener un hijo? ¿Qué representa una muñeca sexual que puede ir más lejos del imaginario de solo satisfacer asuntos de cama? Caracas, en una misteriosa actitud, va adquiriendo manías y una especie de vida propia, que puede salirse del control de su dueño. ¿Cuál era en verdad su naturaleza?

 

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Tommaso Landolfi

 

El cuento de Landolfi llega a puntos cumbres cuando el lector se entera que Caracas “enfermó de un mal vergonzoso”. Sí, cómo es posible que el “espíritu” de la sífilis la haya arropado, invadido, envuelto, contaminado. El narrador, amigo y confidente de Gógol, va alargando, a veces sin necesidad aparente, el relato y su desenlace que puede estar oscilando en el trágico trapecio de lo inesperado.

 

El relato, con dosis de humor negro, conlleva a reflexiones sobre el envejecimiento, la aburrición de vivir, el cansancio de una compañía insólita y, en ultimas, de las soledades compartidas, de la búsqueda inestable del sentido de existir. Caracas, con sus órganos sexuales rosados y aterciopelados, es un símbolo de la disolución familiar, de la crisis en las relaciones hombre-mujer, del fracaso de la comunicación. O de su pérdida.

 

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La mujer de Gógol es una suerte de grito por la incapacidad para conectarse con la sociedad, contra los sistemas que aíslan al ser humano para no dejarles saber sobre la solidaridad y los afectos… Es como la negación del otro. Es un camino, el de Caracas y Nikolai, hacia el desespero y la desesperanza. O la desazón. La historia va en un crescendo que conduce a un abismo, a una destrucción inevitable.

 

No se sabe si Landolfi leyó a Felisberto Hernández. Es probable. Porque Calvino, que también se refirió con propiedad y extensión a la literatura de su paisano, escribió notas sobre el uruguayo y tradujo y prologó el libro Nadie encendía las lámparas (Nessuno accendeva le lampade). De cualquier modo, las muñecas en literatura son de uno y otro escritor, con visiones y tratamientos distintos. En Las Hortensias las muñecas diseñadas, en un surtido de prodigio, se erigen en rivales de las mujeres verdaderas. Caracas, la de Landolfi, es una muñeca humanizada cuya tragedia está marcada por su dueño y amo, al que ella, de algunas maneras, desestabiliza.

 

La mujer de Gógol es un cuento inquietante y, si se quiere, divertido. Caracas, la muñeca, que no es un humanoide, es una ejemplificación de los seres marginales, tan abundantes en estos tiempos de desamparos y soledades a la carta.

 

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Una muñeca inflable, como lo era Caracas, la mujer de Gógol.

Hiroshima

Un segundo y la oscuridad
Cien mil y otros miles murieron
Advino la noche genocida.

 

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“¿Dónde están? ¿Quiénes, quiénes? Los hombres…