Un payaso de la posguerra

(Heinrich Böll y una de sus novelas más logradas y cuestionadoras de la sociedad burguesa)

 

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Heinrich Böll, Nobel de Literatura 1972

 

Me entraron ganas de reír, pero estallé en lágrimas. Opiniones de un payaso.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

El payaso, más unido a las tristezas que a la risa, tal vez por una sinrazón o un colapso social, pasó de ser una figura conectada con la alegría a un símbolo de desgano frente a los avatares de la existencia. ¿Es un actor? ¿Se representa a sí mismo? Puede ser ambas cosas, pero es una manera del disfraz para construir la posibilidad de un cuestionamiento, manifestar la desazón acerca de un malestar en la sociedad o en el individuo. El payaso puede ser un esplín. Hay en su cara pintada, en su nariz colorina, en su vestuario, la unión estrambótica entre el bufón, el juglar, el bululú, el volantinero, el comediante… Un payaso puede ser la ocasión para decir, como en un bolero ranchero, que se lleva el alma rota. ¡Ah!, o como en un tango: “Lloras, payaso buen amigo. / No llores que hay testigos / que ignoran tu pesar…”.

 

Y en el ámbito de la literatura, donde ha habido variedad de estos personajes (como el de Cepeda Samudio, por ejemplo), crear un payaso puede ser ocasión propicia para darle la oportunidad de convertirlo en un crítico. ¿De qué? Quizá de los recovecos existenciales, pero, ante todo, de una política discriminadora, de las religiones, de la mendacidad del poder, de la naturaleza humana, ¿por qué no? Y en este punto vale introducir a Hans Schnier, el payaso de 27 años, imaginado por el novelista, periodista y Nobel de Literatura Heinrich Böll, escritor que de cierta manera se convirtió en la “mala conciencia” de un período histórico de su patria, la derrotada Alemania de la Segunda Guerra, a partir de la hora cero del desastre, pasando por el período de Posguerra (y, además, dentro del fogoso marco de la Guerra Fría) y del llamado Milagro alemán, cuya figura más visible y clave fue Konrad Adenauer.

 

Opiniones de un payaso (publicada en 1963) da cuenta de un período de la República Federal de Alemania, la del capitalismo, contrapuesta al mundo germano-oriental, bajo la órbita soviética, en la que, en esencia, el personaje central, procedente de familia de clase muy acomodada, ha sido abandonado por su mujer, o, visto de otra forma, por su concubina católica (él es un ateo, además de una especie de anarquista) Marie, que se ha marchado con otro tipo de su mismo credo (Züpfner) y con el cual se ha casado. En esta situación puede haber ya el tejido de una tragedia. El asunto, de todos modos, va más allá y el protagonista se erige como un cuestionador de un conglomerado de hipocresía, de falsas morales y de apariencias. Se trata de una atmósfera de imposturas sociales, de maquillajes (distintos a los del payaso) y otros afeites que conllevan la simulación y la farsa.

 

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La reconstrucción económica y política de la República Federal, en un momento dirigida por la democracia cristiana, aparte de haberse tratado de un negocio estadounidense como fue el Plan Marshall, subyace como una discreta escenografía de fondo en la novela. Y es cuando al catolicismo alemán le corresponde una especie de liderazgo (como pasó en el Segundo Reich con el protestantismo) en aquella palestra en la que la “economía social de mercado” se presenta como la salvadora (una metáfora de la resurrección). Y todo el aparataje tiene, entre otros objetivos, marginar a cualquier oposición parlamentaria en la Alemania occidental.

 

La novela está enmarcada en los días en que, a propósito, o tal vez para ocultar una culpa, o no hacerle frente a toda la ignominia que el régimen hitleriano, el Tercer Reich, desarrolló hasta su caída estrepitosa, se incorporan mecanismos para el olvido o la desmemoria. Como si se intentara borrar el pasado reciente. En un proceso de “desnazización”, en el que en rigor hubo una remilitarización de Alemania, los políticos “traicionan el lenguaje”. O lo acomodan. Y para ello se sirven de la Iglesia, de la doctrina social católica, del desprecio a figuras que puedan adulterar un falso idilio del Estado con los ciudadanos.

 

Así que Opiniones de un payaso va siendo, o es, una novela en la que se postula al escritor como una especie de historiador, pero que va más allá del acontecer, hasta penetrar en la conciencia colectiva, en los comportamientos, en unos eventos de inhumanidad que se oponen por ejemplo a los llamados de la libertad y la independencia. En Schnier hay un existencialista, un analizador del espíritu de su época. Y, al mismo tiempo, la representación del fracaso, de esa coyuntura que surge al no incorporarse al sistema, al rechazar los espejismos de la sociedad.

 

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Aparte de los cuestionamientos a lo político oficial, o, en otras palabras, a los discursos del poder, a las mamparas que este usa, la novela penetra en las composiciones familiares, en las “verdades” reveladas de la religión para discutirlas y criticarlas. Ausculta la moral impuesta por los mandamientos, las mitras y las homilías. Y explora por ejemplo la “concupiscencia carnal”, otra especie de leitmotiv de la obra de Böll, con la que se jugará con buenas dosis de humor negro a través de sus páginas.

 

En aquella Alemania que resurgió de sus cenizas (que en parte ella misma provocó) hay el restablecimiento del clasismo, como también de la separación social de los obreros y otras capas del pueblo, en la que la clase dominante marca el compás con el que los demás deben danzar (y obedecer). Los que no gozan de privilegios tendrán que pasar las mismas (o peores) carencias y humillaciones que vive alguien que eligió el arte como modo de vida, que es el caso del payaso. Sin embargo, este apela al humor, a la crítica social, a los reclamos frente a una sociedad elitizada. Es un diseccionador de la cultura burguesa.

 

Hans, cuya hermana murió en la guerra, que pertenece a una familia que explota el lignito, rechaza sus raíces y pone en cuestión a sus ancestros. Así como puede discurrir en torno a moverle el piso a la teología católica, a sus ritos y comportamientos, puede ofrecer repulsa a la represión y a los métodos coercitivos oficiales contra las libertades y conquistas de derechos individuales. Y así como siente una aversión por los moralismos, puede, como terapia, cantar himnos católicos y letanías, solo porque le gusta “la muchacha judía” a la que están dedicadas (Virgo veneranda, Virgo prædicánda).

 

El payaso, que conoce a San Agustín, a Kierkegaard (“una lectura útil para un payaso en ciernes”), que gusta de Chopin y tiene idea sobre Bertolt Brecht, sabe hablar con los ojos y goza (o padece) de un ‘don místico’ que es sentir los olores a través del teléfono. Hay todavía en él algo del expresionismo alemán, pero, quizá, también los modos de llorar por un ojo y reír por el otro, como lo representa alguna pintura de Picasso. En medio de la renuncia a la vida muelle que pueden dar las riquezas (viene de un mundo en el que no falta nada en cuanto a lo metálico) al escoger un oficio mal visto por su familia y por la sociedad del pragmatismo, Schnier, que sufre de jaquecas y melancolía, apela al coñac. No como un escape, sino como un recurso analgésico de mitigar el sufrimiento.

 

En esta novela de una convincente y compleja estructura literaria, en la que la memoria va y viene, y en la que no faltan ni el dolor ni el suspenso, tampoco la risa, se puede encontrar el lector con Thomas Wolfe o con un joven borracho disfrazado de Fidel Castro en el carnaval. Se puede escudriñar, digamos, la relación del payaso con el padre y con la madre (una señora muy tacaña), con su hermano Leo, con esa fuerza en apariencia ineludible que representa Marie y con el drama de irse quedando sin un céntimo.

 

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Estampilla conmemorativa

 

Opiniones de un payaso, un canto a la belleza, un diseño maestro para referirse al hombre en medio de circunstancias adversas, se yergue con toda su estatura artística como un hito de lo literario al servicio de las preguntas en torno a qué es el hombre en una sociedad de la apariencia y la segregación. Y también para discernir, si fuese el caso, las diferencias entre el arlequín (el de la Comedia del Arte), el Pierrot, el clown y el payaso que, con dolor de rodilla incluido, sabe que con su oficio puede reírse de los otros y de él mismo.

 

En la novela aparece una mixtura de trenes, periódicos vespertinos, el “patológico reflejo de los televisores”, el complejo de los Nibelungos y las manchas que deja un aborto. Hay una desfloración poética, por lo sutil, por lo insinuada apenas con el lavado de unas sábanas, y la angustia de un payaso que de pronto descubre cómo evitar el suicidio. Y Schnier, mientras hace gimnasia facial frente a un espejo, se da cuenta que tiene “el rostro de un suicida”, o, desde otro ángulo, el “rostro de un muerto”. Se dice a sí mismo que no es un payaso, sino un “muerto que hacía de muerto”.

 

Y más que opiniones, hay confesiones, reflexiones de un payaso que siempre está reafirmando su condición, su escogencia de camino, su oficio, en el que va asistiendo a su devaluación irreversible. A Schnier le gustan la música y el cine, los cigarrillos y la monogamia (hay en esta condición una suerte de sátira). De los músicos, aparte de Chopin, vibra con Schubert (con ambos llora cuando los escucha). Y recuerda, como su profesor de música, que Mozart es “celestial”, Beethoven “sublime”, Gluck “único” y Bach “grandioso”. “Bach me hace siempre el efecto de un tratado de teología en treinta tomos, que me deja abrumado”.

 

La crítica —sutil y abierta, explícita e implícita— a la guerra, el nazismo, el postnazismo, la religión, el matrimonio, es un pilar de la novela, en la que aparece un personaje desencantado con la sociedad y la familia. El payaso, con su carga de dificultades, es un ser que lucha contra la masificación, la doblez, la pérdida de identidad y las limitaciones del sujeto. Es corajudo al dimitir a una condición de aburguesamiento, de no dejarse encasillar en un mundo de convenciones. Hans Schnier es un escéptico.

 

Al retornar a Bonn, su ciudad, ya sin Marie que lo acompañó en sus giras, el payaso es otro. Un desesperanzado. Alguien que, en medio del ascetismo, aprendió sobre las pérdidas y los despojos. Y, como en una letra de Horacio Ferrer, Schnier tiene la “ternura de un bello fracaso”. Es alguien que, pese a las caídas, a los bolsillos rotos, a la falta de denarios, sigue cantando, porque ha aprendido el difícil oficio de vivir.

 

 

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“Lo que mejor me sale es la representación del absurdo cotidiano: observo, sumo mis observaciones, las elevo a la potencia y luego saco la raíz…”

 

 

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Barrio con murga y eucaliptos

(Memoria con avioneta estrellada, voyerismo y un muchacho atropellado)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Había un sendero sombreado de eucaliptos. Perfumaban por las mañanas cuando, sintiendo los pasos sobre el rocío en la hierba, uno iba a un colegio a orillas de la autopista norte, que tenía, en su antejardín sin matas, el busto de un redentor de cemento y una torrecilla inclinada, de piedras, que a veces algunos muchachos intentaban enderezar. “Qué tontos son”, decía el director del establecimiento. “Si es la réplica criolla de la torre de Pisa”, agregaba con sorna.

 

En ocasiones, los eucaliptos susurraban como si transportaran historias aéreas desde muy lejos. Por donde la gente discurría había hojas secas y a su paso sonaban como si el mundo se estuviera resquebrajando. El barrio, con una iglesia estilo ramada, sin pretensiones de monumentalidad, estaba en una loma leve. Las calles (asfaltadas a diferencia de las de algunos barrios) se adornaban con antejardines. Las casas, casi todas muy parecidas, dado que había sido construido para trabajadores de una textilera, eran de fachadas bonitas y teja española. Cercano y casi circundándolo, había potreros extensos y arbustos. Solo los eucaliptos eran los dominadores en el paisaje próximo. Sobresalían.

 

Muy cerca del barrio pasaba (todavía lo hace, solo que ya está muerta) la quebrada El Hato. Había dos canchas de fútbol, más o menos en las inmediaciones, en las que siempre, los fines de semana, había partidos de torneos barriales y de la liga local. Había una escuela y un colegio de cristiandades. Era un sector simpático, en el que los sábados se ofrecían clases de danzas folclóricas y se repartían, desde la parroquia, mercados de caridad para algunos “pobres vergonzantes”.

 

Una noche, mientras estudiaba una composición de español y literatura, escuché las voces de unos muchachos que canturreaban La murga (“vamos a bailar la murga, la murga de Panamá”) acompañados de una guitarra. No solo me sobresaltó, sino que tuve ganas de salir a observarlos, porque les sonaba bien la canción. Era una pieza reciente que ya había volado por encima de los eucaliptos y por muchos mapas, de Willy Colón y Héctor Lavoe, como supe después. La composición que estudiaba era un análisis propio de la novela La mala hora, de García Márquez.

 

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La casa donde habitaba, con una fachada simple, una puerta ordinaria y sin ventanas, tenía una sala amplia y dos cuartos. Un patio encementado y una cocina con poyo y una poceta. Aquella estrechura nos hacía añorar otras donde habíamos vivido, enormes y con solar. No recuerdo si era embaldosada, creo que no. Tenía, eso sí, una atracción. Por el patio, en las paredes de ladrillo sin revoque, había un orificio que daba a otro, el de los vecinos, donde había tres muchachas. Se bañaban con “agua tirada” y uno podía ver una película doméstica con actrices sensuales, morenas, frescas, a través de esa mágica oquedad, propicia para el voyerismo.

 

 

Al frente, en una casa con antejardín sembrado de heliconias, vivía una dama rubia y cacheticolorada, ya entrada en años, llamada Amelia, y otras personas de las cuales no recuerdo sus nombres. Y a continuación, un señor jubilado de empresa textilera (don Próspero), su mujer (doña Maruja) y el hijo, Álvaro, que me parece ya estaba en la universidad. Había otros vecinos que casi ni se veían en la calle y por ahí, en las mañanas, pasaban peladas de colegio y trabajadores de fábricas.

 

Amelia a veces nos decía a mí y a un hermano que le lleváramos cartas a San Cristóbal, donde había un policía que ella decía que era su novio. Nos daba los pasajes y sus ojos brillaban al hacerlo. Después, al regreso, mostraba ansiedades y preguntaba acerca de su amor lejano, porque entonces todo quedaba más bien retirado. Entonces era un barrio aislado. Lindaba con las enormes instalaciones de una fábrica y mucho más lejos estaban el manicomio y un instituto para ciegos y sordomudos.

 

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En una novela le puse el nombre de Santa Ana de los Eucaliptos…

 

Como un asunto extraño, no hice amigos y tuve la idea de ser siempre por allí un forastero. Nos miraban raro por no ser propietarios de la casa. Solo éramos inquilinos, una condición que parecía menospreciarse. El dueño de la casa era un cura. En ese barrio, llamado Santa Ana, nunca vi partidos de fútbol callejero. Quizá porque muy próximas estaban las canchas y, por lo demás, abundaban las mangas.

 

A veces, cuando me asomaba a la puerta, veía pasar muchachos con un balón. No me saludaban ni yo a ellos. No sé adónde iban a jugar. Un día se regó una noticia triste: uno de esos muchachos había sido atropellado por un bus en la autopista, porque el balón, mientras tecniqueaban, saltó a la vía y él, según se rumoró, por “salvarlo”, se atravesó. Se escucharon llantos y no me di cuenta cómo transcurrió el velorio y el entierro.

 

Junto al barrio también había una enorme finca, llamada Salento, en la que, antes de vivir allí, en Santa Ana, ya habíamos incursionado con amigotes para asaltar los palos de mango. Lázaro, el mayordomo, era tan bravo, como los perros que nos soltaba cuando nos sorprendía. Nunca pudieron alcanzarnos. A veces, la aventura terminaba con las frutas regadas y sin botín.

 

Una mañana, cuando me disponía a salir para el colegio, sentí el motor de un avión. Era ronco y lo sentía encima de mi cabeza. Mis hermanos ya se habían ido a estudiar. Era un sonido anormal y desesperante. Sentí el batacazo. “Huy, se estrelló”, me dije y al mismo tiempo salí corriendo hacia la manga. Cuando llegué, ya había dos o tres señores muy cerca al aparato despedazado. Olía a gasolina. Llegaron más personas y armaron una especie de acordonamiento. Se oyeron gritos de “¡va a estallar!”, aléjense”. No sé cuántos muertos hubo. En todo caso, los ocupantes de la avioneta no sobrevivieron.

Parecían peregrinos agradecidos por algún milagro

El accidente atrajo curiosos de todas partes. Por la calle de mi casa ese día (además no fui a estudiar) desfilaron noveleros de cerca y de lejos. Vi pasar a algunos compañeros de colegio que vivían en Niquía y en Zamora. Se acabó la mañana y la gente afloraba. Se terminó la tarde, y el tumulto crecía. Parecían peregrinos agradecidos por algún milagro. La romería terminó con las primeras sombras nocturnas. Después, y no sé por cuánto tiempo, siguieron llegando fisgones. Se dijo que hubo quién se llevó fragmentos de la aeronave, algún tornillo, quién sabe, como agüero o tal vez como un insólito suvenir.

 

En aquel barrio, al que después en una novela le puse el nombre de Santa Ana de los Eucaliptos, vivimos tal vez nueve meses. Cuando nos fuimos, no extrañé muchas cosas. Solo las asomadas mañaneras por un cinematográfico hueco en la pared y las pisadas de las hojas muertas de aquellas coníferas descomunales. Ni siquiera a la señorita Amelia, que a veces nos pasaba postres de leche y arepas recién asadas.

 

Durante un tiempo soñé con el motor de una avioneta que se precipitaba a tierra y con el llanto de señoras que se lamentaban por un muchacho atropellado en la autopista.

 

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Había un bosque de eucaliptos y por ahí discurríamos hacia el colegio…

Canta el tiempo

Canta el tiempo en un tango

Arrabal de las cosas perdidas

La tarde se arrebola en los adioses.

 

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Pintura de Willem Haenraets.

Borges, el de la luminosa ceguera

(A propósito de los 120 años del nacimiento del poeta y escritor argentino)

 

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La duda es uno de los nombres de la inteligencia, decía Borges. Ilustración de Iñaki Massini Pontis

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

“Mirando la oscuridad que ven los ciegos” es un verso de Shakespeare que Jorge Luis Borges retoma en su conferencia La ceguera al decir que la gente se imagina que un ciego lo ve todo negro, un mundo de oscuridad absoluta. A los ciegos, se ha dicho, les extraña el negro y el rojo, dos colores que no perciben. Los ciegos viven en una especie de neblina “vagamente luminosa”, azulada o verdosa. En cualquier caso, perder la vista, como le pasó a Borges, que la heredó de sus antepasados y más o menos en 1955 ya se quedó “sin luz”, es un drama que el gran escritor y poeta argentino aprovechó en su creación literaria.

 

El mundo de la oscuridad, como metáfora, representa la terrible tiniebla de lo ignorado, de los que no se explica ni se tiene noción. Se ha visto ese estadio de la ausencia de luz como una suerte de infierno, que puede ser aquel en el que uno no ve a sus verdugos, a sus torturadores, a los que están haciendo una labor de purga, como es posible que pueda ocurrir en alguno de los círculos dantescos. La ceguera se asocia con la noche, como bien lo dice el autor de El Aleph en su Historia de la noche: “en el principio era ceguera y sueño…”, sí, como en una creación o cosmogonía, al principio no había luz.

 

Borges, lector impenitente, tuvo que haber sufrido lo indecible cuando no pudo ver más. Cuando “esos tenues instrumentos, los ojos” quedaron ciegos, cuando le advino aquella “modesta ceguera personal”, que era total en un ojo y parcial en el otro, por el que apenas se insinuaba el amarillo de los ocasos y el oro de los tigres, esos mismos felinos que él, de niño, admiró en el zoológico. Tal vez uno de sus dolores haya sido el no poder ver el rojo, “ese color que resplandece en la poesía” y así el poeta se acercó, como una larga agonía, a un “lento crepúsculo”, el irse quedando, como en un tango, “como un pájaro sin luz”.

 

La ceguera ha sido motivo literario. Y también la han padecido otros escritores y vates, como Homero, si acaso haya existido un autor así llamado, con un nombre que, se dice, significa “rehén” o también “el que no ve”, lo cual conduce una imposibilidad: que alguien sin vista hubiera concebido una poesía tan visual como la que se advierte, por ejemplo, en la Ilíada. Para Borges, al referirse a Homero y su obra, dice que la poesía no debe ser visual sino musical. Milton, el de El Paraíso perdido, un ciego con mucha luz, veía con todo el cuerpo.

 

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Borges no se dejó acobardar por la ceguera, aunque tuvo que ser una desventura atroz. Y la asumió como un modo o estilo de vida, la de las sombras, la de apenas lo sugerido por la luz, como el caso (y ocaso) de los amarillos, como los mismos áureos tonos del tigre, de esos tigres que se quedaron en su conciencia como imágenes de infancia. La plusvalía adquirida por la ausencia de visión la resarció con el mundo auditivo, que le auspició el aprendizaje de la lengua anglosajona, algo de islandés y lo condujo a decir, como lo hace en Elogio de la sombra, que la vejez “puede ser el tiempo de nuestra dicha”, porque “el animal ha muerto” y “quedan el hombre y su alma”.

 

Puede ser que, de una u otras misteriosas maneras, el ensayista, el creador de ficciones, el poeta, se haya servido de un ejemplo antiguo, como el de Demócrito de Abdera, que se sacó los ojos para pensar, para que la realidad no lo distrajera. “Mis noches están llenas de Virgilio”, dijo en un verso de Un lector, que también le propició el aprendizaje del latín.

 

El memorioso Borges acrecentó su inventiva y su capacidad para retener esencias y fenómenos gracias a su ceguera. Ante la desaparición del mundo visible había que crear otros mundos, con luz, con música, con ríos eternos como los de Heráclito, con las variables del tiempo que desembocan a lo inmutable y a lo que dejará de existir. Le sirvió en algún instante meterse con aspectos de Joyce, del que elogió su Retrato del artista adolescente, para decirnos que el autor de Ulises estudió noruego, griego, latín, y que inventó un idioma que es “difícilmente comprensible pero que se distingue por una música extraña” y pudo así llegar a una afirmación categórica: Joyce trajo una música nueva al inglés.

 

Borges ceguera subtexto y empatia

 

Borges, que cuestionó el castellano sobre todo por la imprecisión de sus sinónimos (“sugieren diferencias imaginarias”), decía que el inglés superaba a todas las demás lenguas y ofrecía infinitas posibilidades al escritor. Y quizá haya sido una manera de ver con otro idioma el mundo que la ceguera no le permitía examinar. Y, tal vez como una suavización de su condición invidente, dijo una vez que “la ceguera es un don”. Así escribió poemas como El ciego (dos versiones) y supo que “solo puedo ver para ver pesadillas”. Claro, la pesadilla, tema sobre el que dictó una conferencia en la que declaró que el “sueño es una obra de ficción”, que recrea en su libro La rosa profunda, en el cual la ceguera está inmersa, como una planta acuática, en varios poemas.

 

Con su escasa luz en la mirada el escritor buscó disimular esta ausencia, eso que él, para no abatirse, bautizó como un don, con el fin de no producir sentimientos de piedad o conmiseración. Se ha visto que los ciegos suscitan entre los videntes una especie de lastimería, de misericordia caritativa, de pesadumbre. Y Borges intentó no ser objeto de pesares por su ceguera. Más bien, le sacó partido a la misma. Y habló más de ojos que no ven, que de ciegos. “La ceguera es una clausura, pero también es una liberación, una soledad propicia a las invenciones, una llave y un álgebra”, reivindica en el prólogo de La rosa profunda. Y así supo que las tinieblas requerían ojos que ven.

 

H.G. Wells, uno escritor inglés, más bien despreciado por sus paisanos y admirado por Borges, escribió un relato a modo de distopía, una curiosidad llamada El país de los ciegos, que sucede en los Andes ecuatorianos y en esencia plantea que en aquella región desconocida los ojos no sirven para nada y no se requieren. No hay conceptos basados en el ver. Es un mundo auditivo y olfativo. Por eso, aquel visitante inesperado e involuntario que arribó de otras geografías a esa región, sabrá que allí los ojos son materia estorbosa e inútil.

 

Tal vez Borges, como si aparentara tras el corte de luz en sus vistas que los ojos no servían para mayor cosa, decidió vivir en un país de ciegos. Era un huésped de la noche, un conocedor de los mundos tenebrosos. Miraba hacia adentro. Como Milton, Borges escribirá en las sombras. Sabrá de los caliginosos parajes y paisajes de sus ojos que no le dejaban verse en un espejo, aunque su literatura tenga espejos a montón, así como laberintos, el concepto de infinito, la memoria, la razón, “los caminos de sangre que no veo” y tal vez por esas ausencias lumínicas supo que el hombre es numeroso en penas y en días.

 

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Lento en mi sombra, la penumbra hueca

 

exploro con el báculo indeciso,

 

yo, que me figuraba el Paraíso

 

                                                           bajo la especie de una biblioteca.  Ilustración de Raquel Moreno

 

 

La ceguera, que avanzó como “un lento crepúsculo”, lo puso a atisbar otras dimensiones. “Ya que he perdido el querido mundo de las apariencias, debo crear otra cosa: debo crear el futuro, lo que sucede al mundo visible que, de hecho, he perdido”. En el escritor se quedaron, en el caso de su ciudad, las imágenes de infancia y juventud, aquel viejo Buenos Aires, que él entrevió de niño a través de la reja, de la verja de su casa, consistente en patios, zaguanes, aljibes, parrales, calles empolvadas y un arrabal que él tiene que inventar, como inventó el sur, en el que tantas cosas acaecen en sus relatos.

 

El hombre y el poeta supieron que la vejez era la soledad suprema, “salvo que la suprema soledad es la muerte”. El pasado era el que había visto en sus días de adolescencia e infancia, rostros de mujeres, rosas, libros, estantes, cajones con puñales, pájaros, un mundo desvanecido, unas ausencias que se albergarán en la memoria y puede ser que sirvan como insumos para la reconstrucción de lo que ya no es. Crea a través de las palabras, y debe nombrar de nuevo un universo desaparecido.

 

Para Borges no es válida la afirmación, un tanto irracional, de que solo existe lo que se ve, lo que puede ser percibido por la vista (ser es ser percibido, sostenía Berkeley), pero hay otras maneras de la percepción. Las cosas suenan, huelen, se pueden tocar, saben. Y a través de la razón se elevan a planos conceptuales, a reflexiones no tan mundanas, a la crítica. Borges explora las sonoridades, los perfumes, el mundo de la ensoñación, otras inteligencias, las introspecciones. Y también otra manera de las visiones.

 

En Hombre de la esquina rosada, la Lujanera, que ejerce un poder de fascinación, es dueña de una condición única: “Verla, no daba sueño”. Que está conectada con el sentido de la vista, de apreciar sus formas, su caminado, su vestido, su gracia. “La Lujanera lo miró aborreciéndolo y se abrió paso con la crencha en la espalda, entre el carreraje y las chinas…”. En diversos relatos, la visualidad es esencial en Borges, un ciego que veía demasiado. Por ejemplo, en Emma Zunz: “El considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch”.

 

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La memoria, que según Borges es una forma del olvido, es una evidencia en la poesía y la literatura borgianas. Ayuda a ver, a reconstruir, a reparar. Hay que invocarla para no caer en el vacío. Pertenece al pasado, que puede ser un pasado irreal, una quimera, una invención más. En La memoria de Shakespeare se dice: “Quedará en lo profundo de tu memoria, debajo de la marea de los sueños. Cuando lo escribas, creerás urdir un cuento fantástico. No será mañana, todavía te faltan muchos años”.

 

En el Poema de los dones, el escritor dice que “De esta ciudad de libros hizo dueños a unos ojos sin luz, / que sólo pueden leer en las bibliotecas de los sueños…”. Borges vio a través de las literaturas, las enciclopedias, las conjeturas, los mitos y los espejos. Descifró sueños. Vio más allá de la oscuridad y así nos dejó un legado de pesadillas y visiones fantásticas. Si usted cierra los ojos y piensa en el oro de los tigres, lo verá: “Hasta la hora del ocaso amarillo / cuántas veces habré mirado / al poderoso tigre de Bengala”. Borges era un ciego con mucha luz.

 

28-viii-2019

 

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Ahora sólo perduran las formas amarillas / y sólo puedo ver para ver pesadillas.     Pintura de Juan Manuel Gaucher