Fisonomías de la imaginación

(Caras y caretas desde la adultez hasta la infancia y viceversa)

 

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Obra de Leonardo da Vinci

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En casa se hablaba de fisonomías —y la casa pueden ser muchas casas, pero casi siempre se refiere a la de infancia, y a una sola, más como representación, como símbolo, aunque hayan sido varias—. “Yo soy muy fisonomista”, se le escuchaba decir a mamá cuando pretendía análisis de personalidad del vecino, o del lechero, o del tendero, y de no sé cuánta gente y, según ella, era posible determinar quién era, cómo pensaba, que demonios llevaba adentro, de acuerdo con la conformación de la frente, la nariz, algún rictus de los labios, la cumbamba… Era divertido. Muy fisonomista ella. Y así, seguro, nos examinaba y, aunque no lo llegué a saber, de pronto hasta era capaz de adivinar qué había hecho cada uno de sus tres hijos por la noche, antes de dormirse. Tal vez por eso, nos miraba temprano, con minuciosa atención, y a lo mejor pensaba que “este muchacho estuvo dedicado toda la noche a los malos pensamientos”.

 

Después, en los libros que íbamos descubriendo, había descripciones de rostros, muy meticulosas, fotográficas, retratos de palabras que transmitían toda una emoción y un acercamiento para que imagináramos, cada lector a su gusto, cómo eran esas fisonomías. Pasaba sobre todo en la literatura del siglo XIX, tan detalladora y descriptiva. Para seguir con lo de la casa, a papá, tal vez en contravía de las apreciaciones de mamá, le daba por establecer acerca de las caras de los santos que mamá acumulaba, en una iconografía escabrosa y más bien aterradora en paredes de cuartos y en la cocina, las perversiones que cada uno tenía. De san Expedito opinaba que, con certeza, había sido un mariconazo. Lo mismo de san Benito y san Ambrosio. A san Martín lo salvó, lo mismo que a san Pedro Claver, a los que le atribuyó, según sus apreciaciones, ser varones a carta cabal. No se salvaron ni el corazón de Jesús, uno que había en la sala, con un incendiado rostro que parecía con colorete y labial, ni otros cuadritos sobre agonías y purgatorios. Decía de las vírgenes que todas tenían la misma carita, y que no pasaban de ser pura apariencia. “Esconden alguna maldad”, apuntaba entre risas.

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San Expedito

 

Así que la fisonomía y sus atributos estuvieron en boga durante años en casa. Y era tanta la habladera al respecto, que a uno se le fue pegando y cuando estaba en la calle observaba las caras de los transeúntes, o de las señoras que iban a la tienda, y también la del tendero, la del carnicero, la de los vendedores de bastimento de la plaza de mercado. Creo que fue un ejercicio interesante de imaginación. Nada científico, claro. Pero que tenía sus atracciones. Las trasladamos después a los caminados. Y especulábamos sobre cómo sería cada viandante de acuerdo con su manera de transitar, de mover los brazos, si tenía los pies rectos o torcidos, hacia adentro, hacia afuera, en fin, era una simpática manera de perder el tiempo.

 

Seguro se trataba de la influencia del lombrosianismo decimonónico, que conectaba los comportamientos, en particular los agresivos, con las características del rostro, un determinismo absurdo y, si se quiere, ramplón. Sin embargo, había en esas visiones que estaban más del lado de lo fantástico que de la ciencia, aunque la ciencia tiene mucho de fantasía, asuntos como los que decían que si un hombre tiene cara más ancha que alta es un tipo tramposo y agresivo, o de ser cuadrada revestía un atractivo para las damas y bobadas parecidas, que llegaron en un momento a ser peligrosas en la sociedad, porque se supo de rechazos a aspirantes a un empleo por su frente amplia, o porque tenían determinados rasgos faciales, y hubo estigmas y discriminaciones. Lo de la casa era más un juego.

 

Un ejercicio que puse alguna vez en un seminario de literatura tenía que ver con las fisonomías. Cómo era la cara del Quijote y cómo la de Sancho, o cómo era el rostro de Jean Valjean y en qué se diferenciaba, por ejemplo, del de Thenardier o el de Javert. Se pueden dibujar los rostros de Madame Bovary y Ana Karenina; los de Úrsula Iguarán y Fermina Daza; los de Séptimus y Leopoldo Bloom… A veces imagino las fisionomías de Francisco de Asís y la de Zorba, o más aún, las del Libertador e incluso la del Cristo, tan desvirtuada casi siempre, tan kitsch y pintarrajeada. En cualquier caso, se puede apreciar en la cara quién es el que más ríe y quién el más amargado; el que ha sufrido persecuciones y el maltratado por la sociedad. Es como si fuera un receptáculo de las alegrías y los sufrires.

 

Y todo esto para decir que, hace poco, en una de mis peregrinaciones urbanas, me dio por mirar caras de gente vieja, más que todo de hombres de más de cincuenta o sesenta años y aún de mayor edad, y cómo serían de jóvenes (también el ejercicio se puede hacer al contrario). Es un divertimento y otro modo de darle trabajo a la imaginación, aquella facultad que no sé ya en qué siglo llamaron “la loca de la casa”. ¿Qué tanto de las facciones de infancia se conservan? ¿Cambia la nariz? Creo que lo que más prevalece es la mirada. Uno puede reconocer a alguien que no ve hace muchos años solo por la manera de mirar, así sus ojos estén ya vidriosos. Es, me parece, una señal particular de larga duración.

 

Inicié por Ayacucho, mientras ascendía desde la carrera Nariño hasta Suiza. De frente venía un hombre de andar sereno y daba la impresión de estar atravesado por alguna dificultad, según su cara de arrugas en el entrecejo y dos que le atravesaban la frente. Lo visualicé en un tiempo muy atrás, la piel menos quemada, limpia, con la energía en la mirada. Le armé rápido la que pudo ser su cara de ocho años, cuando iba el muchacho a la escuela, con cuadernos nuevos y la sonrisa antes de entrar al salón. Lo abandoné porque, detrás de este, andaba otro, de unos sesenta años, con actitud contenta, la nariz aguileña, los ojos más separados de lo normal si es que hay una “normalidad” en esa distancia. Estaba bien afeitado y de inmediato lo imaginé a los siete años, una cara limpia y de bien alimentado, ojos brillantes y la picardía en una risita del que acaba de hacer una pilatuna a sus compañeros de escuela.

 

Y así, hasta pasar por la estación Buenos Aires del tranvía y llegar a la acera del café Sol de Oriente. Me topé dos o tres viejos, a los que rejuvenecí en cuestión de segundos, les hice un flashback y los encontré radiantes, sin preocupaciones, y con una energía nueva, la vida apenas abriéndose hacia un futuro que estaba lejano. Y fue ahí, cuando reconocí en el aviso del viejo café, de ese café que en otro tiempo tenía billares y muchas iconografías de cantantes de tango y futbolistas y ahora es solo una decadente y reducida cantinita que da grima, caras de gente que ya no está y que alguna vez vi o detrás del mostrador o repartidas en las numerosas mesas, entre botellas y copas. Reconocí el tiempo como un juzgador inexorable, inflexible.

 

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A la vuelta, cuando sin requerimientos quirúrgicos ya había retornado a la niñez a no sé cuánta gente, me dije que el próximo ejercicio estaría hecho para envejecer a los jóvenes. Y me gustaría hacerlo con muchachas, las mismas que, con su belleza reciente, no imaginan cómo serán en cuarenta años o más. Tuve la impresión fugaz de que el tiempo andaba más acelerado que antes y que esas chicas envejecerían más rápido de lo que, por ejemplo, envejeció mamá, tan preocupada en otras épocas por decir que ella era una gran fisonomista, y que por esa condición se daba cuenta de quién era buena gente y quién no. Tenía introyectado, sin saberlo, a Cesare Lombroso, cuyas teorías tanto daño hicieron, sobre todo a los más feítos y mal parados que cuando había unos detectives municipales y otros agentes malucos les daba por detener a negritos, a desgualetados y carianchos por “sospecha”.

 

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Retrato de Miguel de Cervantes

 

Tornemos a la literatura. Cervantes, como es fama, fue un fisonomista de sí mismo, como bien lo muestra en su prólogo a las Novelas ejemplares: Este que véis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y esos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha…”.

 

Todas estas caras y caretas vinieron así, sorpresivas, en una caminata, en la que, sin proponérmelo, evoqué los días y la casa (o casas) de infancia, donde una mujer de rostro blanco con mejillas sonrosadas, nariz recta y proporcionada, ojos carmelitas, cabello rubio, cara redondeada con boca pequeña, y una voz embrujadora que lucía sobre todo cuando cantaba, nos habló de fisonomías y fisonomistas. Y, sin saberlo, nos estaba dando nutritivas recetas para alimentar la imaginación.

 

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Marilyn Monroe vista por Andy Warhol

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2 comentarios

  1. Gonzalo Mejía

     /  noviembre 6, 2019

    Reinaldo, estás sobrado, tienes tiempo hasta para botar el tiempo y no afectar tu rica producción. Muy simpática la botada de corriente. Moreno ojiverde, ñato, naricechiquito, son alertas, suelen ser de mala clase, decía mi mama. Y a uno se le va pegando esa bobada. Hombre de nariz prominente suele ser buena gente, ese era otro, mujer lunareja, puta hasta vieja. G

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