Casa con iglesia al frente

(Había una canción macondiana y otra que hablaba de solamente una lágrima)

 

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“Los cien años de Macondo sueñan, sueñan en el aire…”

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Desde el balcón veíamos a los feligreses entrar a la iglesia, tras el toque de campanas. Señoras y señores, algunos pelados y muchachas, todos con una especie de pereza, de reticencia o de obligación marcada. Era una iglesia de fachada de ladrillo y un campanario no muy alto. Parecía improvisada. Y, con el tiempo, quizá con empanadas y bazares, con los fondos de los sanisidros en los que había ruletas y remates, la iglesia de Santa Catalina Labouré se modificó, con una construcción más amplia, con un frontispicio a modo de pirámide y con más presencia en el sector.

 

Nunca supe quién era el párroco y, creo, no haber entrado jamás a ninguna ceremonia allí. Detrás, casi llegando a la quebrada La García, había una enorme manga, limitada con tunales y en la que, dos o tres días a la semana, jugábamos partidos. El balón, a veces, o muchas veces, se iba a la corriente y había que salir por las orillas, aguas abajo, a rescatarlo. A un costado de la iglesia, habitaba un pelafustán con ínfulas de bravero, en apariencia mayor que mis hermanos y yo, todavía imberbe, al que le decían Judas. No gozaba de aprecios en la zona. Una vez, en un picado, el tipo, que además era engreído y de caminar a lo malevo, le dio un puño a uno de mi equipo, creo que fue a Chucho, y se armó la zambra. Puñetazos e hijueputazos iban y venían. Al sujeto aquel, fatuo y agrandado, jamás lo volvimos a saludar, aunque nos dejó una desazón por no haber podido “machacarlo” como se merecía.

 

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La cantante Estelita Núñez y su éxito Una  lágrima (1969)

 

La cuadra nuestra era de casas de dos pisos. No había árboles. El agua la subíamos a través de una bomba de extracción, con una enorme palanca de hierro. Abajo, además de la dueña, una señora adusta, pelinegra y de rasgos bruscos, vivía una hija de ella, a la que papá apodó la Culatera, y una sobrina de la doña, blanca y mona, que cantaba a toda voz canciones de la Nueva Ola y el Go-Go. Se escuchaba entonces en la radio a una mexicana, Estelita Núñez, cantando “una lágrima por tu amor, una lágrima lloraré…” y a mí me gustaba cómo la muchacha bonita la entonaba. Creo que me enamoré de ella (ella no se enteró) y mi dolor fue enorme cuando supe que tenía novio, que la visitaba dos o tres veces a la semana, parados ambos junto a la verja de hierro despintado.

 

A la muchacha la apodamos La Maconda

 

Por aquellos mismos días, muy cercano ya el único diciembre que por allí pasamos, se oía en las casas “Los cien años de Macondo” y había una muchacha que, al caminar, parecía bailando esa música sabrosa compuesta por un peruano y cantada por Rodolfo Aicardi y Los Hispanos. “Los cien años de Macondo sueñan, sueñan en el aire / en los años de Gabriel trompeta, trompetas lo anuncian…”. No había leído entonces Cien años de soledad y a la muchacha, de la que no supe nunca el nombre, la apodamos La Maconda.

 

Por aquella cuadra, en la que sin falta había una tienda en la esquina, había muchachas que desfilaban todas las mañanas con falditas a cuadros rojinegros y blusas blancas, con valijas y olorosas a jabón (así lo percibía desde el balcón), rumbo a los colegios. Los fines de semana, cuando estaban sin uniforme, cambiaban su aspecto. Se veían más atractivas. Volteando la cuadra, junto a la tienda, vivían dos, muy bonitas, que uno les hacía caritas, o les decía un cumplido, y ni siquiera volteaban la vista. Es más, cambiaban de caminado, se erguían, asumían una actitud de reinas de barrio y si te vi no me acuerdo. A lo mejor, miraban de reojo a ver qué era la vaina.

 

Otra, que luego se volvió paisaje y al principio era llamativa por lo excéntrica, mamá le puso el mote de La Cuperta. Pelicortica y de caminar hombruno, se paseaba con los brazos en bamboleo y la mirada desafiante.

 

Usábamos todavía camisas floreadas, de estampados extravagantes, de chalis y otras telas, y bluyines de industria nacional y tenis criollos. Todas las mañanas bombeábamos el agua, que se recogía en un tanque de cemento y en canecas metálicas. La muchacha del primer piso, que siempre sintonizaba programas juveniles, cantaba en las mañanas, al tiempo que La Culatera permanecía siempre en silencio. Eludíamos, en lo posible, al salir por el corredor común, la presencia de la dueña de la casa. Si sentíamos que estaba abriendo, uno esperaba. A veces, claro, era ineludible y teníamos que ver su rostro de bruja sin atributos. Ninguna escoba se prestaría para transportarla.

 

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Iglesia Santa Catalina Labouré, en Bello.

 

Los domingos, el sonar de las campanas nos despertaba. Uno aprovechaba para voltearse en la cama e intentar conciliar el sueño. Más tarde, había que salir a buscar compañeros para ir o a la manga de la quebrada o a alguna de Niquía. Estábamos en un sector comprendido entre los barrios El Congolo, La Milagrosa y Prado. Muy cerca, a unas cuantas cuadras, había un puente sin barandas, solo para caminantes, que atravesaba la García y unía a Niquía con la zona de Santa Catalina. Sobre aquel se contaban historias de ladrones, de gentes que tiraban a la quebrada, de fantasmas que se ubicaban allí a medianoche…

 

Cuando nos mudamos (de allí salimos para un barrio obrero, Santa Ana), la voz de la muchacha seguía escuchándose: “Una flor sin rocío morirá y nunca más vendrá la primavera…”. Sentí una especie de desgarramiento, de que algo mío se quedaba en ese espacio del que solo recuerdo una bomba manual de extracción de agua, un balcón con algunas bifloras desde el que veíamos las muchachas y a los que entraban y salían de misa, y la sensación de que la dueña era una mujer amargada.

 

Cuando nos fuimos, la iglesia todavía era la de la torrecita de poca altura, con unas campanas broncas y lo más vistoso que en ella ocurría era el denominado altar de San Isidro, con toldos pintorescos, juegos de azar, frituras y señoras que ofrecían viandas. En el aire del entorno flotaban las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia y cuando, tiempo después, leí la novela de García Márquez, imaginé que la muchacha del primer piso era Remedios la Bella, por la cual creo haber soltado una lágrima por un amor carente de ilusiones y sin esperanza.

 

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Tocata y fuga

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“El hombre es hijo de las lágrimas”: León Felipe

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Ya no hay patria, ni gallada, ni jardín

La patria era la infancia y terminó

Ya no tengo sueños, pero sí un sueño, el cansancio

El semáforo de mi esquina siempre está en rojo

El esperado tiempo de la utopía se ha diluido

Las horas del poema se esfumaron

Del cuaderno de tareas no hay vestigios

En la calle zozobraron los barquitos de papel

(Había una rosa de los vientos y una cometa

Un molino en un campo de vacas rosadas

Una pelota que cayó una tarde a la quebrada

Y un canto de amor que el viento se llevó)

Mi semáforo solo tiene una luz: ¡pare!

Ya no es hora de serenatas ni de cartas

El pan de los años mozos se ha enmohecido

Ya no hay atardeceres con arreboles.

No sé si gané la luz, ah, talvez sí, solo la roja

Que me advierte que es tiempo de frenar

No hay esperas, no hay mañana, no hay reloj…

El guerrero sin espada está en reposo

No hay prisa, no hay futuro

Que no cambie el semáforo

Ya no hay chicles ni patria ni rayuelas

Y la muchacha de la ventana desapareció

Por la puerta de atrás el amor alcanzó el exilio.

 

28-12-2019

P.D.  Feliz año bisiesto

 

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“Barquito de papel está por naufragar…”

 

Una vieja canción no tiene olvido…

Canciones de otros días (3)

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Horacio Guarany, autor y compositor de Memorias de una vieja canción

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Eran días en que todavía una guitarra acompañaba mis angustias existenciales de los veinte años, esas mismas (o quizá muy parecidas angustias, quién sabe) que un poeta quindiano dijo que se las curó el Manifiesto. Días en que había llenado cuadernos con poemas, porque, como diría un vate de no sé dónde, “todos cantamos a la edad primera”. Y en una emisora juvenil escuché Memorias de una vieja canción, no por su autor y compositor, sino una versión, también de un argentino, baladista: Elio Roca.

 

Vivíamos en una casa con techo de tres aguas, antejardín y un pequeño corredor. Pertenecía a una organización parroquial y en la parte de atrás había un convento de monjas italianas. La canción me dejó pensativo y, no sé por qué, me acordé de lecturas juveniles que había hecho de la obra teatral de Antón Chejov. Tenía un aire ruso, melancólico. Quizá el mismo que se sentía en Sonia, una historia de celos y cárceles, cantada por Gardel. También se sintonizaba con Nathalie, de Gilbert Bécaud, que más que por él la escuchábamos en una pobre versión de unos chilenos.

 

De inmediato, me sentí arrobado por letra y música. El vocalista lo hacía con sentimiento y cada palabra me quedaba sonando: “Este día sin sol es todo mío / golpea mi ventana tanto frío”. Generaba imágenes. No sé si entonces era dueño de muchos recuerdos, porque, creo, estaba más pendiente del presente que de tiempos idos, que no eran muchos. Sentí de pronto como si ya hubiera vivido aquellas situaciones: “una vieja canción en mi guitarra / una vieja canción no tiene olvido”. Y advertí que había crecido entre canciones añosas, algunas del Caribe, otras de los Andes. Otras de más allá de los mares. Viejas, eso sí, con soles y añoranzas, con gaviotas y golondrinas.

 

“Es la misma que un día nos uniera, / en las playas lejanas de tu viejo país.  / Y el otoño al ver caer sus hojas, / viene hasta mí y me moja con su llovizna gris”. Quise volverla a escuchar. Tocaba esperar a que la programaran. Sentía como si algo de esa canción hubiera sido hecho para mí. Todavía no conocía ningún otoño, o, sí, en cine, relatos y pinturas. No en directo. Pero sí sabía de lloviznas grises y me forjé una especie de drama amoroso, que ya había padecido de adolescente, cuando una muchacha que nunca supo que la amé se marchó a Estados Unidos y no había vuelto a saber de ella.

 

“Porque no olvido tu canción / ¿será porque tanto te amé? / que aquí sentado en esta pieza, / sobre esta misma mesa, / anoche te lloré”. Sonaba triste. Sentimental. Y había una suerte de morriña, o tal vez de nostalgia amarga, o pudo ser un déjá vu, sí, porque era como si volviera a vivir una experiencia lejana, de otra vida, y la canción la reencarnaba. Y hasta la elemental clase de filosofía tornaba: “si el río va y no vuelve más”, el viejo Heráclito, de fuego y aguas, volvía con la cara del profesor que, al hablar, tomaba una pose trascendental. “Reloj eterno de las horas, / y esta canción que llora sobre mi ventanal”.

 

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La volví a escuchar. Era una canción que repetían en aquella emisora de jóvenes, que tenía un club de radioescuchas. Después, no sé cuándo, la escuché interpretada por su creador, Horacio Guarany, con su fuerza, su voz gruesa y sin aliños, su modo particular de decir: “No se mueren las penas por morirse, / jamás muere el amor por un olvido”. No sé por qué me pareció que yo era el autor de aquellas palabras, de esa música que en una parte aceleraba el ritmo y nos hacía viajar por estepas, por atardeceres de frío, por inmensas llanuras heladas. “Fumando en la alta noche estás conmigo”. Y, claro, aquellas ganas de fumar se despertaron y el humo formaba la cara de la muchacha ida, la que nunca volvería.

 

Por aquellas jornadas, estaba estudiando todavía en el conservatorio de música. Y una estudiante de piano, cuyo novio era un profesor de piano, me hizo escuchar esa canción por una cantante argentina, Gina María Hidalgo. Además, me grabó un casete con otros temas de la soprano popular. Me pareció linda la versión. Y así, la primera que escuché, se fue perdiendo en vericuetos de olvido y más se me quedaron impresas la de la cantante y la de Guarany. Después conocí otras, como la de Jairo y la de Luciano Pereyra.

 

Aprendida la letra, comencé a canturrear con la guitarra Memorias de una vieja canción. Entrecerraba los ojos y veía cuadros de El jardín de los cerezos, me imaginaba noches blancas en una Rusia a la que ya había viajado por la gracia de otros autores, además de Chéjov. Y aun porque, en el conservatorio, en historia de la música y apreciación musical, nos habían enseñado a compositores rusos del movimiento nacional del siglo XIX. Creo que desde entonces me gustan, por ejemplo, las composiciones de Mussorgski, Rimski-Kórsakov, Glinka y Borodin.

 

“¿Por qué no olvido tu canción? ¿Será porque tanto te amé?”. En todo caso, era y es una canción triste, una canción de amores idos, extraviados, que tiene más pasado que presente. Una canción que no sé si me aumentó la angustia existencial de entonces, creo que sí, y que ni siquiera aquella entrada fantástica de “un fantasma recorre a Europa…” me había curado. A los veinte años uno todavía quiere cambiar el mundo, con un grito, con un poema, con una piedra, con un mitin, con una guitarra… Aquella memoria no tenía nada que ver con una transformación, o sí, con la que las palabras y la música provocan en algún rincón del alma o de los pliegues más escondidos de los dolores imaginados. Porque los otros, los reales, que despiertan con canciones, pueden curarse de momento con una cerveza y el humo de un cigarrillo fumado en la alta noche. Memorias de una vieja canción sigue llorando sobre mi ventanal.

 

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“Una vieja canción en mi guitarra….”

La pesadilla de un cólico renal

(Crónica de clínica sobre una dolorosa afección, a la que han llamado “parto de hombre”)

 

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La pesadilla, de Johann Heinrich Füssli

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

  1. Alborada con un dolor irresistible

 

Se escuchaban ya, casi a la media noche, los estallidos de la alborada, una irracional celebración de mafiosos para dar la bienvenida a diciembre, cuando, al sentarme al computador, sentí un dolor en la parte lumbar. Creí que se trataba de una vieja dolencia. Pero no parecía. Era agudo sobre manera y me hizo poner de pie. Caminé por el pasillo de la casa y llegué a mi alcoba. La mona me dijo que me quedara quieto. Así lo hice. No funcionó. Me paré, me senté, iba de un lado a otro. La intempestiva cosa no auguraba nada festivo. Lejos, el sonido de la pólvora aumentaba. “Parece que este año disminuyó la alborada”, dijo ella. Y en esas, a pocas cuadras de la casa, se escuchó una explosión. Me asomé por la ventana. La calle estaba vacía y al otro lado de la noche, hacia occidente, se veían fogonazos. El dolor aumentaba.

 

Me tiré en la cama y quería revolcarme. De la espalda el dolor daba la vuelta y se instalaba en el vientre. Era ya insoportable. Afuera, las detonaciones llegaban en distintas direcciones. En efecto, según me parecía, no eran ya como las aturdidoras y masivas del año pasado. Fue cuando comenzaron los hijueputazos acompañados de ayes a granel y retorcimientos. Qué era lo que pasaba. Me sentía como un muñeco al garete al que un ventrílocuo sádico maneja con violencia. El dolor había cruzado el umbral de la tolerancia. Insoportable.

 

A la una de la mañana salimos hacia urgencias. Las solitarias calles del centro, con sus lámparas tristes, me producían una sensación de melancolía. Era primero de diciembre. En casa, Dana, nuestra mascota fox terrier, se quedó adormilada con una música especial que salía de un monitor en el que una imagen de varios perritos simpáticos parecía sonreír. El Instituto Neurológico, en Perú con la Oriental, no tenía muchos visitantes a esa hora. Bajamos por el ascensor al piso de atención. La mona hizo los trámites mientras yo permanecía en una silla, de la que me paré varias veces. Iba de un lado a otro. Entré a un wáter, no pude hacer nada. Solo quería vomitar. Las náuseas, que había sentido desde los primeros momentos del dolor, eran más fuertes. Salí. Ya estaba inscrito. No sé cuánto tiempo pasó cuando me llamaron para el triage, que efectuó un médico voluminoso, de uniforme verde pálido, barbado y en apariencia amable pero sin sonrisas.

 

Era el mismo que me había atendido hacia unos meses por un dolor lumbar. Dictaminó que era un cólico renal. “Te pondrán medicamentos para el dolor y el vómito”, dijo. Cuando salí del consultorio, la mona no estaba. Había salido a comprar café con empanadas, como lo supe después. Otra vez la espera. Para allá. Para acá. Entró a la sala un paciente que se retorcía. Lo acompañaba una muchacha. Fui al baño. El de los hombres, ocupado, hizo que entrara al de damas, donde devolví buena parte de la cena. En esas estaba, cuando me llamaron. Pasé a enfermería y un tipo alto y pálido me dijo me dirigiera a una camilla. “Te pondré tres inyecciones para el dolor y el vómito” y “te sangraré”. Me dio un frasquito para una muestra de orina. Fue una odisea recogerla.

 

Me recordó algún personaje gótico, vampiresco…

 

La espera dolorosa, quejumbrosa, se prolongó. Pude orinar y llevar la muestra al hombre alto y de mirada serpentaria. “Qué tal la alborada”, preguntó en un tono que no descifré. “Es una fiesta de paracos”, le dije, sin más. En aquel lugar no se escuchaba nada del mundo de afuera. “En tres horas te darán los resultados”, dijo. Y pasaron las tres horas. Y cuatro. Y cinco. La mona fue a preguntar. Y una médica (que yo había visto antes, de uniforme canela oscuro, pelilamida, muy blanca y delgada, que no sé por qué me recordó algún personaje gótico, vampiresco, tal vez de la novela Carmilla) le dijo que era culpa de ella, que se había olvidado. Me hizo pasar y dijo que todo estaba normal. “Si le repite el dolor, vuelva”. Como si fuera una gracia, un placer, o no sé qué, estar yendo a urgencias. La joven doctora de hablar suave y cabellos cortos se introdujo luego en otro espacio de enfermos, por una puerta por la que, antes, entraron a un tipo que se accidentó en una motocicleta en Santo Domingo Savio.

 

A las siete pasadas, tras ir a enfermería a que me firmaran la “boleta de salida” (pensé en una prisión), la mona me tomó de la mano y me ayudó a pasar al ascensor. Los dolores habían disminuido. Afuera, ningún taxi. Caminamos hasta la Oriental y luego hacia Argentina. Antes, una señora de que bajó una cortina metálica, nos dijo que le pusiéramos cuidado al local mientras ella iba, a otro, en la esquina, a llevar unas empanadas. De un edificio, salió un taxi. Era su primera carrera. Y solo sería de unas seis cuadras largas. Para mí, una eternidad.

 

En casa, con Dana en desconcierto al verme llegar a acostarme, los dolores retornaron. Me habían recetado analgésicos. Llamamos a una farmacia. Era el primer día de un trance que muchos han denominado “parto de varón”. Los dolores siguieron, como una condena.

 

  1. Bioenergética y pérdida de peso

 

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Obra de Francisco de Goya

Diciembre tenía cara descontenta. De ser maléfico y perturbador. Dormir era una proeza. Yo parecía como una suerte de apaleado. Dolores en una anatomía que al martes ya sentía como si hubiera sido puesta en un potro de tortura. Llamamos a un médico bioenergético, con residencia- consultorio en Guarne. Por la tarde, a la una, ya estaba en La Bonita, una finca de vientos fríos y paneles de energía solar. La tarde, verde, de brisas frescas, me dio una especie de hálito, de esperanza seductora en que esa ferocidad dolorosa que me tenía maltrecho, se iría escurriendo. Casi cinco horas de acupuntura, medicina cuántica, corrientes eléctricas, masajes con un ungüento, rayos infrarrojos y un cansancio infinito, me hicieron salir cuando ya los pájaros se habían resguardado y había un atardecer amarillo quemado.

 

Las noches, apartes de dolorosas e intranquilas, estaban atiborradas de sueños. Y de alguna pesadilla. Iba subiendo unas prolongadas —y empinadas— escaleras acompañado de Dana, la mascota. Arriba, una puerta abierta y de pronto, como si fueran trapecistas, dos muchachas se colgaban del techo, a la entrada. Parecían al principio colombinas de la Comedia del Arte. Tenían trajecitos verdes, rojos y azules, y hacían contorsiones libidinosas. Seguimos ascendiendo. Ya en el lugar, las dos se achicaron, casi al tamaño de dos avispones y se posaron en una ventana. Hacían morisquetas. De repente, arrancaron en un ataque de sorpresa, como aviones bombarderos, y una se aferró a mi cuello. Me aprisionó. La otra, inmovilizó a la perrita. “No le hagan nada a Dana”, impetré. Se escuchaba un ronroneo, una música sorda. Me faltaba el aire. Y sentí que ya no había nada que hacer ante una agresión de la que no había escapatoria. O sí: despertar con agitaciones.

 

El miércoles, con marchas del paro nacional, un medicamento homeopático que debía llegar al barrio Laureles, procedente de Rionegro, fue más fácil que, desde esa ciudad del oriente antioqueños, me lo enviaran por una empresa de entregas rápidas. Llegó a casa el jueves por la mañana. De a poco, fui consumiendo algunos alimentos ligeros. Sentía que cada vez estaba más limado. Rebajé en una semana siete kilogramos, con una dieta nada recomendable para los gordos que quieran disminuir peso en siete días. “Y qué nombre le pondremos”, decían algunas vecinas y señoras de un taller de literatura, intentando ponerle humor a mi parto de dolores sin cuento. Los cólicos habían desaparecido, pero me sentía como si hubiera estado en una cámara de torturas medievales.

 

Más de una semana sin calle, apenas con tardes de ventanales y, eso sí, escuchando audiolibros (no tenía ningún ánimo para leer) y músicas paradisíacas. Durante estos días fueron más claros los sueños y la “yegua de la noche” no cabalgó sino una o dos veces por mis ámbitos oníricos. El bioenergético me había pedido que recogiera los “cálculos” en un cedazo. Creo que salieron disueltos, tal vez como si un feroz pelotón antidisturbios los estuviera persiguiendo. Espero que no haya repetición. Una película de horror como esa, ¡ay!, no merece volverse a ver.

 

Medellín, diciembre 10 de 2019

 

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Amor y dolor, pintura de Edvard Munch