¿Qué es Colombia?

Panorámica de un país de exclusiones y de violencias a granel

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

¿Qué es Colombia? En realidad, no es un acto de fe, como se proclama del “ser colombiano” en Ulrica, un cuento de Borges. No es un sueño de Bolívar, al que su aspiración de un país de fraternidades se la distorsionaron y erigieron en una gran republiqueta, con príncipes feudales, con clérigos a favor de los terratenientes, con una educación confesional… Colombia son muchas aristas, tantos ángulos, tantos puntos de vista. En esencia, es un país desigual (uno de los más inequitativos del mundo, según el Coeficiente de Gini), en cuya historia de perplejidades siempre ha estado presente, como un mecanismo perverso de resolución de conflictos, la violencia.

 

Como en La Vorágine, una bella y dolorosa novela social, de denuncia, cuya entrada es inolvidable, como también lo es el resto de la obra, en Colombia, digo, uno se puede jugar el corazón al azar y se lo gana la violencia, como le sucedió a Arturo Cova. ¿Qué es este país extraño, en el que hubo un Concordato centenario, cuyas emanaciones todavía se prolongan, y que no ha podido convertirse nunca en un Estado laico? Somos una enorme extensión de tierras que pertenecen a unos pocos y que el proyecto paramilitar, cuyos albores se establecen en los ochenta del siglo pasado, volvió una contrarreforma agraria. Los mejores lotes han sido para la ganadería, cultivos de palma africana, para el ejercicio del poder despótico sobre las mayorías despojadas. Y para crear fosas comunes, para forjar un poder espurio basado en el terror. Un país que jamás ha tenido una reforma agraria, que carece de soberanía alimentaria y, peor aún, de otras soberanías. Un coto de caza de Washington. Una neocolonia. Eso es Colombia.

 

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“Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia”.

 

Sometidos por magnates, por intermediarios del capital extranjero, por un régimen oligárquico, que se ha mantenido como un club de exclusividades de unas cuantas familias, los colombianos, es decir, aquella ficción llamada el pueblo, ha estado sometida al látigo del vasallaje de unos pocos. Ha sido, y la historia así lo comprueba, un país de asesinos, en el que el crimen, el borrar al otro, al opositor, ha estado a la orden del día. Magnicidios a granel, por citar solo algunos, como el de Gaitán y como el de Uribe Uribe, que, tras la guerra de espanto de los Mil Días, arrió las banderas del liberalismo. Esta doctrina se conservatizó desde hace años y ha sido parte esencial del dominio de una minoría sobre los hombros de los desterrados y olvidados de la fortuna.

 

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Imagen del 9 de abril de 1948, el Bogotazo.

 

¿Qué es Colombia? Un país de exclusiones. Y de una prolongada violencia. En los mediados del siglo XX, la barbarie liberal-conservadora asoló los campos y convirtió a las nacientes ciudades en un hacinamiento de los sobrevivientes. Y el Frente Nacional, una alianza de las élites en el poder, se cuidó de tener en cuenta a otras expresiones políticas. Nada de terceros partidos, de oposiciones de verdad, de disensos. Nada. Y la violencia continuó. Los sesentas, con el surgimiento de guerrillas, con bombardeos a las autodefensas campesinas, apoyado el fuego celestial por los Estados Unidos, siguió sembrando de llamas, una extensión del infierno, los campos en el cual, pese al poeta, ya el verde no era de todos los colores.

 

Los trescientos mil muertos de la denominada Violencia (cuyo número fue de horror entre 1950 y 1953), se prolongaron con nuevas etapas de masacres, de terror en montes y urbes. Y a todo aquel desangre hubo que sumarle el ocasionado por las mafias del narcotráfico que, a partir de los setentas, se establecieron con todo su tropel de sicarios, de narcoterrorismo, de poder al que, como se sabe, también cedieron los banqueros, los potentados, porque, ante todo, las ganancias eran pingües para unos y otros.

 

Un país doloroso. Foto de Natalia Botero

 

¿Qué es Colombia? No es, como lo dijera, con algo de demagogia, o quizá a modo de cumplido, el gran poeta Rubén Darío, una “tierra de leones”. Más bien ha sido, al tiempo que a las mayorías se les mantiene en la ignorancia y se les domestica, una tierra de desalmados. No solo de bandoleros, de aquellos que ante tantas miserias y degradaciones, tuvieron que erigirse como vengadores, sino de unos pocos privilegiados que han mantenido bajo su férula, y en la oscuridad, a trabajadores, desempleados, jornaleros…

 

El bandidaje mayor ha sido el de los oligarcas y sus representantes políticos. Una especie de ley, medio estrambótica si se quiere, ha sido que cada presidente que se elige es peor que el anterior. La historia da fe, con creces, del aserto. El de ahora, un mamarracho, un pelele, una sirviente del imperialismo estadounidense, una ficha deplorable del uribismo (y, en general, de la élite corrupta que domina a placer la nación), ha tenido en su contra la resistencia civil de trabajadores, estudiantes, clases medias, artistas, en un paro nacional que estalló el 21 de noviembre último y que continúa con marchas y cánticos.

 

La represión, además de la aprobación de reformas antipopulares, ha sido el expediente principal de Iván Duque contra la gente, contra los explotados y oprimidos. Estos, aunque aún falta mucho para ejercer una oposición masiva, han ido construyendo unos modos de desobediencia. El gobierno, sin embargo, hace el sordo y responde con el Esmad (que asesinó al estudiante Dilan Cruz) y mantiene una actitud indiferente ante la oleada de asesinatos de líderes sociales.

 

¿Qué es Colombia? Es una distopía, una aberración, un solar de señores feudales y de los intereses de organismos como el FMI, el Banco Mundial, la Ocde… Una heredad de sátrapas y criminales, de desvergonzados hampones empotrados en el Estado y el gobierno. No somos ningún acto de fe los colombianos. Un país trágico, ¡ah!, y si no fuera por tantas miserias y atentados contra la dignidad humana, seríamos también una comedia lamentable.

 

Nota: Artículo para la edición especial de La Pluma (lapluma.net), portales lapluma.net y Tlaxcala, diciembre 31 de 2019

 

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Colombia, uno de los países con mayor desplazamiento forzado del mundo.

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5 comentarios

  1. renandario arango

     /  enero 6, 2020

    Una radiografia en donde el intento se queda pobre, pues hay demasiada tela para cortar en todos los aspectos. Basta imaginar que es un pais con la mayor “cantidad de ritmos autóctonos en el mundo, y los sordos siguen escuchando lo mismo…, pero importado”; que dedica el 2 % de PIB para “pertenecer a la OTAN”, y tiene mas de 6 bases militares extranjeras, ademas de ser laboratorio permanente del Mosad, y que sus mujeres prefieren a extranjeros porque los creen mas inteligentes, o “para mejorar la raza”, como dicen algunas, que a pesar de todo mantienen un indice altísimo de analfabetismo y embarazos entre menores, es decir: sobran rezagos de condón, y por eso tenemos el presidente que nos merecemos, mientras seguimos viendo nos en las narcotelebobelas y acompañados de las acres aromas de la pecueca del futbol !Viva Locombia!

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  2. Luis Gómez

     /  enero 6, 2020

    Al fin aparece una definición de este país,real, profunda y honesta.
    Esta página debería ser para grabarla en el corazón y el cerebro y ser el primer material para enseñar a nuestros hijos y nietos, antes de que la educación del sistema político podrido los envuelva en sus mentiras ministeriales.
    Gracias maestro Rey.

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  3. Jaime Velasquez Ríos

     /  enero 7, 2020

    Totalmente de acuerdo, con lo que somos, pero no estoy de acuerdo que a estas alturas del partido todavía estemos esgrimiendo el imperialismo Yanqui, como cauda de nuestras desgracias, cuando como usted mismo lo dice es la mentalidad de cada uno de los componentes de la sociedad que viven de la cultura del dinero fácil, implantada por los mafiosos y de la cual no hemos podido salir y por el contrario todos los días
    se incrementa mas y mas

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  4. Gonzalo Mejía

     /  enero 7, 2020

    Fuerte y triste diagnóstico pero esencialmente es cierto, así es Colombia, siempre seremos termundo, los responsables somos todos, no tenemos los genes sanos para responder a las demandas de una sociedad sana, no tenemos tradición, ni historia, ni suficiente educación. Somos un país de cafres, tenemos un territorio privilegiado, muchas riquezas naturales, aquí cabe el refrán: “Dios le da carne al que no tiene dientes”. No hay con quien.
    Ah, y todo eso nos lleva a ejercer una democracia estúpida, sin responsabilidad civil, seguimos votando por los mismos.
    G

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  5. juan guanus

     /  enero 24, 2020

    Con la verdad ni se ofende ni se teme.

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