La peste derrotada

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La peste no atendía ruegos ni rezos ni otras preces…

 

Por Reinaldo Spitaletta

Prendieron velas en los alféizares de las ventanas de afuera y en las que daban al corredor. Les habían dicho, no se supo quién, o quizá lo escucharon en la radio o en algún programa de televisión, nunca hubo acuerdo sobre quién lo dijo, que la peste la podrían alejar con iluminadas oraciones que debían acompañarse con la luz santificada de velas y veladoras que hubiera bendecido un sacerdote. La señora de la casa se quedó con los brazos sobre la baranda del balcón mirando a la calle, tal vez esperando la huida de esa presencia infernal que ya casi había acabado con todo el barrio y en otros lugares era un azote arrasador, al tiempo que el marido, acostado, presa de una fiebre que estaba a punto de carbonizarlo, gritaba con voz gangosa que apagaran ese fuego, que él no iba a ir al infierno. “El infierno ya está aquí”, dicen que se escuchó.

 

Las dos muchachas, la mayor más bonita que la otra, que frisaban los catorce y dieciséis años, contaban en las cuentas de sendas camándulas las avemarías y otras jaculatorias. La casa parecía estar en la noche brillante de la Inmaculada Concepción. No se supo por qué el señor no estaba hospitalizado, que ya se había autorizado que solo los enfermos graves podían trasladarse a un centro asistencial. El caso, o lo que trascendió después, tal vez porque algún reportero se atrevió a averiguar un asunto que, en apariencia no revestía interés periodístico, es que al hombre los bomberos lo hallaron ya calcinado, porque lo primero que se prendió de un modo inexplicable, según dijo el jefe de los apagadores de fuego, fue la pieza donde él yacía, delirante, y los gritos que oyeron en otras casas, se referían a la aparición de espanto de una presencia alada que tenía ojos de candela. La prensa sensacionalista no registró el incidente.

 

A las muchachas, abrazadas y abrasadas, las encontraron en la sala. La mujer, que imploraba al cielo que la peste no entrara a su casa, se arrojó por el balcón antes de que su cuerpo fuera alcanzado por las purificadoras llamas. Quedó boca arriba, con los ojos sin brillo dirigidos a un cielo apagado, sereno, que mostraba, entre tupidas nubes, retazos de azul zafiro. Cuatro personas no sobrevivieron aquel día al señalamiento de la peste inexorable, que las había elegido con antelación. Se dijo después que aquel siniestro, revestido de misterio, sirvió para saber que la peste no atendía ruegos ni rezos ni otras preces. Es más, se sentía molesta y, para demostrar su invulnerabilidad (o indiferencia) ante invocaciones y novenarios, siempre lanzaba lenguas de fuego con sus ojos de viejo basilisco. La señora que cayó se podía dar por bien servida, aunque ya ningún reconocimiento le sirviera para nada. Su actitud heroica descubrió una debilidad de la peste al no morir incinerada por la inusitada furia de velas y veladoras que, como en el Apocalipsis de Juan, tenían ojos de fuego. Con todo, la peste había recibido su primera derrota.

 

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El ruego mediante velas tampoco pudo con la peste

Ciudad santurrona y snob

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Fragmento de un centro comercial. Foto Spitaletta

 

La ciudad, o lo que se ha dicho que es, está más abajo

Al fondo de una especie de melancolía gris

Edificios tristes por su figura de cansancio

El cielo sin nubes con un azul de humo

Extinguidas chimeneas me cuentan de otros días

Ya no hay obreros, solo carretilleros y travestis

La ciudad está más abajo, como un infierno

Porque el del cielo soy yo, aquí, en el arriba

El esnobismo desvergonzado se aprecia en un edificio puntiagudo

En la torre cobriza de un centro comercial

En una galería de comidas a la que llaman mercado

Qué feas edificaciones, una con paredes a modo de troncos

Otra con claraboyas y otra más con paredes lisas

Hay un edificio de espejos que no me reflejan

—quizá soy un vampiro urbano y no me había enterado—

Y en la cuadra de las antiguas palmeras ya pocas prevalecen

La iglesia de ladrillo, ancha y monumental no da la hora

Y sé, aunque desde arriba no se vea, que hay una estatua

Es la de un engreído monseñor, ¿de falda o de sotana?

Sobre cuyo pedestal, en la base, hay dos travestidos

Con el cabello oxigenado y unas botas de colorinches

Esto lo supongo, porque, cada vez que por allí paso

Siempre bajo el hábito del arzobispo de bronce

Dos o tres o cuatro de aquellos disfrazados

Están a la espera. ¿Todos estábamos a la espera?

La ciudad, o lo que se cree que es ella, está abajo

Creo que está patas arriba, desgreñada, revolcada

Está atiborrada de ladrones y vendedores de buhonerías

Y desde aquí se ven cruces, cúpulas, naves,

Cual si fuera todavía una ciudad levítica y santurrona

La melancolía me hace escupir en la esquina

Y al mirar el muro del viejo orfelinato de niñas

Me dan ganas de orinar sobre el ladrillo caliente.

                                               Reinaldo Spitaletta

 

Capilla del antiguo orfelinato de niñas. Foto Spitaletta

El más acá y el más allá de la casa

(Símbolos, pequeñas historias y metáforas que emergen del cálido hogar)

 

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La casa y su afectuosa luz. Foto Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Se puede llevar la casa a cuestas, como el caracol, o como los gitanos. El linyera tiene como casa el camino, los andares continuos, el ir siempre, sin regreso. La casa está donde él está. Los que ya alcanzaron el estado de estacionamiento, de estancia, tienen en la casa una particular forma de ser y de estar. Han dejado atrás el nomadismo relativo. Porque puede ser que uno habite una casa por unos meses y luego otra y otra, la mudanza como una condición de inestabilidad; pero lo que permanece, en esencia, son los significados, los símbolos y representaciones que inspira y exhala la casa (sea esta móvil o estática). Más que una evocación del vientre materno, de una patente de sedentarismo, la casa es una manera muy eficaz del arraigo y de la protección.

 

Es un lugar (en todo caso, el concepto de no-lugar no le cabe) para el encuentro consigo mismo y con otros que son parte de su entorno (de su tótem y clan), es la primera patria. O, por qué no, la única. Ahí están los dioses, los más antiguos y los más recientes. Los rituales que evocan los tiempos del fuego y de las lluvias, de la caza y del sembrado, de la transformación de la naturaleza y la cultura. La casa como refugio en cada estación.

 

Pero la casa es más que un hospedaje y más que un cobijo. Toma la personalidad del habitante, que la ordena o desordena, que la limpia o ensucia, que hace en ella todo lo que tiene que ver con el mundo del adentro, con la resolución de necesidades, con el ejercicio de vivir y de invisibilizarse por un tiempo indeterminado (el de descanso, el del encuentro con los suyos) de lo que llamamos el afuera. La puerta, la ventana, la pared, el piso. Y las distribuciones diversas, una alcoba, dos o tres o cuatro, una sala, un vestíbulo, un cuarto o varios para bañarse, orinar, lavarse las manos, los tocadores, la cocina, el patio. Y si, como lo ha diseñado el período moderno de una arquitectura carcelaria y nada cordial, solo se tiene una pequeñez, que, sea como sea, cumple con la simbolización de lo doméstico. El domicilio.

 

Sí, porque la casa, es decir, el concepto que trasciende paredes y techos, está relacionado con las raíces, con lo que se denominan maneras de vivir y estar. La casa es una muralla infranqueable para los que son extraños a ella, que solo entran cuando se les invita (o porque son asaltantes o médicos o artesanos, el visitante casual o aquel que ha recibido autorización). Y así se erige la intimidad, la misma que puede conectarse con el dormir, el recrearse para dar rienda suelta a un gusto, con la hechura de tareas escolares o de otra índole, con el acostarse y levantarse y asearse…

 

La casa tenía una reja pintada con quejas…

 

La casa en todo caso no es una cárcel (así haya una modalidad penal que se denomina casa por cárcel) ni un panóptico ni un acondicionamiento para que el afuera se proyecte en ella, como trasladar la velocidad o lentitud de la ciudad o del campo al hogar, a ese ámbito que evoca fuegos añejos y la presencia de otros, la compañía. En su dominio se reza o se impreca, se calla o se palabrea, se encienden los sentimientos entrañables de estar bajo un techo, de poseer una defensa contra las intemperies y otros estados del tiempo.

 

Y hablando de contactos que en la casa tienen una dimensión especial, aunque se puedan hacer en otras coordenadas, la cópula, el dormir, el tener una cocina en la que pueden confluir viejas historias y olores a abuelas y a despensas de antes, el sentarse a meditar, o a leer, o a escuchar la radio o acostarse frente a una pantalla, suceden allí, en esa delimitación de muros, suelo, entradas, ventanales, y si se tiene la elemental arquitectura, que es simple y quizá por eso bella, el patio es una posibilidad única de tener el cielo en casa.

 

Puede ser de mil metros cuadrados o solo tener un salón con servicios y tales parámetros no afectan la esencia de la casa (y en el concepto cabe el apartamento, que, sin embargo, tiene otras características materiales): en ella se recogen milenarias formas de habitar. La casa con historia. Y que, sin contar de qué esté hecha, lo que se impone es la manera de la acogida, de la conexión con lo entrañable de estar en un lugar que puede ser amable (no siempre), y que es parte de una cultura, de formas de ser y relacionarse.

 

En la casa el hombre se sucede, transcurre, sueña, se enerva, se aquieta, y si bien son reacciones no propias del hogar, es en esa construcción —que va más allá de muebles y del inmueble mismo— donde están atravesadas y movidas por cierta libertad, opuesta a servidumbres y a artificios de sociedad. La casa es posada y tiene un extraño emparentamiento con las solidaridades, con los afectos transparentes, con la certeza de pertenecer a un territorio, a una fraternidad.

 

La pequeña historia personal, las primeras palabras, los desencuentros y las salutaciones son propias de la estación particular llamada casa. Nacimientos y muertes, adioses y bienvenidas, la palabra mamá, la palabra esposa, la hermandad suceden en esa especie de castillo sin almenas, sin foso, pero en el que habitan fantasmas y queridas presencias. Después de todo, la casa se lleva adentro, va con cada uno, es prolongación de los que ya no están.

 

La casa trasciende tamaños  y materiales. Es una metáfora de lo íntimo. Foto Spitaletta

 

Parafraseando al poeta alejandrino la casa va con cada uno, lo acompaña hasta la hora final, lo marca en los caminos, en los viajes, en el encuentro con otras soledades. Es una creadora de nostalgias y de memorias salubres e insalubres, o, como dijera Evaristo Carriego: “¡Caminito de nuestra casa! ¡Vieras con qué cariño te queremos!”.

 

Se lleve a cuestas, se vislumbre como una meta, o se conciba como un punto de partida, la casa, la del gitano, la del linyera, la del trashumante, así como la del hombre estacionario, es la posibilidad del encuentro con uno mismo y con paisajes y espacios que pueden estar más arriba del entejado y de los sabores y olores del desayuno.

 

PD. La emergencia del coronavirus ha vuelto a poner la casa en su lugar.

 

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Casa azul. Pintura de Marc Chagall

 

El solitario apestado

“Sucede que a veces se sufre durante mucho tiempo sin saberlo.”

Albert Camus

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

“Parece que ahora sí me he quedado solo: nadie en las ventanas, nadie en los balcones, nadie en la calle”. El hombre pensó al tiempo que caminaba por la acera y de pronto se decidió hacerlo por media calle. No había tránsito automotor ni siquiera una bicicleta. No sabía cuánto tiempo llevaba deambulando por la ciudad. No tenía reloj. Y los de las iglesias estaban parados. Los relojes electrónicos, de pantallas coloridas, se habían apagado. “Qué me importa el tiempo”, se dijo y continuó sus pasos. Los semáforos habían dejado de funcionar. “Me gusta el mundo así”. Tal vez le había sugerido esta afirmación el insólito hecho de que podía atravesar las calles sin poner cuidado. Daba la impresión de que la ciudad estaba muerta.

 

“Cómo pudo haber pasado todo tan rápido, qué es lo que en esencia acaeció que yo de pronto me vi fuera de la oficina, fuera de mi apartamento, fuera del mundo…”. El hombre iba y los pensamientos le afluían. De vez en cuando observaba un balcón y ya ni siquiera había matas ni una pieza de ropa en oreo. Lo peor para él era que si se le acaban los cigarrillos, que apenas tenía un paquete iniciado, dónde conseguiría, porque no había ni bares, ni tiendas, ni ventorrillos abiertos. Era como si una fuerza inimaginable, una orden de más allá de los hombres, hubiera despojado la ciudad de sus gracias y desgracias, de sus dinámicas a veces atractivas, de su transporte y vida cotidiana. “Al menos tengo encendedor”, se dijo el hombre, con zapatos deportivos y bluyín y con una camiseta de algodón que ya tenía vestigios de sudor.

 

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Soledad entre luz y sombras

 

El hombre, que daba la impresión de no tener un rumbo determinado, no parecía perdido, sino un tanto descontrolado, tal vez por su insistencia en parar, atisbar, continuar. Era el único que estaba afuera, no se veía a nadie, ni siquiera un perro callejero, que ya desde hacía rato eran cada vez menos por alguna prohibición. Vio sobre el cordón de la calle una sombra que se tragó una alcantarilla. No se desdibujó. Siguió sus pasos. Sintió ganas de fumar. Recordó, de pronto, y quizá en un arrebato de nostalgia, la voz lejana de su madre cuando lo sorprendió fumando en el patio. “Qué vergajo muchacho. Te he dicho que los niños no fuman”. Y ahora, que era un adulto, que ya había superado hacía poco el medio siglo, le temblaban las manos cuando se disponía a prender un cigarrillo de tabaco negro, sin filtro, que era el mismo que su madre fumaba.

 

“Qué raro estar caminando sin brújula, cuando ya está a punto de oscurecer, cuando a esta hora por estas calles no cabían los vehículos, cuando me fastidiaba tanto desplazarme a pie en horas de intenso tráfico”. El hombre soltó una bocanada. Vio avisos de almacenes que en otros días fosforecían con sus colores intensos y ahora estaban muertos. Le pareció que se estaba cansando y sentía una especie de opresión pectoral. Se tomó la camiseta del cuello y la agitó, como si con el gesto estuviera dándose un poco de aire. La ciudad tenía un silencio inaudito, una ausencia de ruidos y de otros sonidos que lo hizo por un momento aguzar el oído, pero lo que descubrió fue una anormal falta de sonoridades, que sin darse cuenta estaba extrañando, como los cláxones, los frenazos, las sirenas, y, cuando él ya había establecido que era un solitario empedernido, le comenzaron a hacer falta las voces de la gente, de los que iban por la calle hablando o casi gritando ante el acoso de la carramenta, que así pronunció en su pensar esta palabra que era de sus padres, ya muertos ambos. “El estorbo es el deporte nacional”, musitó.

 

Su vivienda, que para él era una suerte de refugio, de aislamiento, estaba en un barrio al otro lado de la ciudad, es decir, casi que era un antípoda de su oficina, en el palacio de impuestos, donde él llevaba años revisando papeles, haciendo comparaciones, metiéndose en una virtualidad de cuentas y documentos que pretendían preservar el patrimonio público. Tal vez en esa labor, de la que estaba próximo a jubilarse, había aprendido a aislarse, a no tener conversaciones con los compañeros, y menos con gentes de afuera, que a él —siquiera— no le correspondían esas funciones de atención pública. Pudo haber sido que bajo ese techo gris y esas paredes tristes hubiera contraído la manía de hablar solo, como iba ahora haciéndolo por una calle, la principal, la que dividía la ciudad en dos secciones, como si le hubieran propinado una cuchillada: una, de más arborización y con lugares para el placer; y otra de entidades bancarias, oficinas de gobierno y edificios oficiales, casi todos de fachadas grisientas.

 

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La soledad en los espacios urbanos

 

“Algo ha pasado y es increíble que no me haya enterado”, se dijo en el momento en que arrojaba la cusca al piso. Atravesó un bulevar y no se topó con nadie. Todo estaba cerrado. No había donde tomarse un café, que era lo que, cuando por allí discurría, le apetecía con grandes ganas. Era un tomador empedernido de café negro. Tal vez por eso, y por fumar tanto, los dientes tenían un color amarilloso, una tonalidad de manchas, que hacían de su escasa sonrisa un espectáculo poco agraciado. Por una sensación que no entendió, de pronto le estaban haciendo falta los transeúntes y aun los que iban en coches y motocicletas. Le llegó de súbito la fisonomía de sonrisa estudiada del portero de su condominio y no se sabe por qué intentó recordar el nombre, pero jamás se lo había preguntado y él solo se relacionaba con el conserje a las seis de la mañana y a las seis de la tarde, cuando entraba y salía. Solo saludaba, sin dar ocasión a ninguna otra conexión verbal.

 

El hombre no podía darse una explicación lógica, racional, de por qué la ciudad estaba callada y vacía, sin más gentes que él, que era un sujeto solitario, que escasamente había tenido dos o tres novias, y que sabía de sus limitaciones y fobias para irse a vivir con otra persona. El matrimonio no había sido su fuerte. Era un extraño, según lo que percibía de los demás. Lo miraban sus compañeros de oficina con cierta reverencia, pero, a su vez, con una especie de conmiseración rotunda. Lo que él sí tenía claro era que nadie le interesaba más que, en casos laborales, su relación de trabajo, con jefes y otros dependientes.

 

Extrajo otro cigarrillo y, antes de encenderlo, lo miró con cuidadoso placer, lo acarició y golpeó contra la uña del pulgar izquierdo una de las puntas del pitillo. Se detuvo mientras maniobraba el encendedor y soltó una bocanada de sumo gusto. “No es tan malo estar solo en la ciudad”, pensó. Ya estaba a unas diez cuadras de su edificio. “Vergajo muchacho, te he dicho que fumar es para mayores”, volvió la voz, que sintió como si estuvieran a un metro. Miró a los lados. Nada. Soledad. “Creo que está empezando a caerme bien esta ciudad”. Y en su paso, se dio cuenta de que en rigor no dependía de nadie, que había aprendido a defenderse solo, que no había requerido de amistades ni de compañías íntimas. Era un raro, como recordó que le decían algunos, con voz soterrada. “Lo que haya pasado, me tiene sin cuidado”, dijo al tiempo que le pareció que de un piso lo observaban a través de una persiana.

 

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Bulevar de Montmartre, Camille Pissarro

 

“Acaso todos se habrán ido por alguna calamidad de la que ni me he enterado”, comenzó a preocuparse. No había visto en los periódicos nada parecido, ninguna alerta, y como no tenía receptor de televisión, ni radio, estaba al margen de situaciones que, según decía, no le importaban. No se sabe aún cómo fue que, al estar ya a unas cuantas cuadras de su residencia, decidió desviarse como para dar un rodeo. ¿Qué le impedía llegar más rápido a su casa? ¿Qué fuerza inexplicable lo condujo por otros recovecos, a pasar por la antigua calle de prostitución, donde en otros días, ya muy remotos, él tuvo relaciones con la dueña y sus empleadas, no tanto para acostarse con la que fuera, sino, como un caso extraño en él, para conversar acerca de la existencia, de por qué se habían decidido a prestar servicios sexuales, cuando bien hubieran podido trabajar en otras faenas? Claro que también se prendó de una, Mireya, rubia plateada —oxigenada, decían para sí las señoras que se la topaban— y muy cotizada, de la que siempre quiso que fuera como una compañera, que le diera a él no la catadura de un cliente, sino la categoría de un ser cercano, con el que se podía ir más allá de las piernas y las braguetas.

 

Cuando vio casi en ruinas las antiguas instalaciones del burdel, sintió una especie de soledad interior que lo indispuso. Y volvió a ver en las ventanas cerradas la imagen brillante de aquella chica que quién sabe dónde estaría ahora. Tuvo la intención de parar y sentarse junto a la entrada, pero una vieja voz, la de su madre, lo movió a seguir. “Ya lo sabes, chico, no te enamores de ninguna mujer de la calle”. Al principio, no entendió el mensaje y lo tomó literal. Para él todas eran de la calle, porque las veía ir y venir, salir y entrar, subirse y bajarse del taxi, del bus, y tal vez ahí residía su inclinación a no tener confianzas con casi ninguna dama, excepto Mireya, de la que seguía viendo su rostro iluminado en el asfalto…

 

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En esa vuelta innecesaria, o al menos sin causa aparente, el hombre que ya sentía que los zapatos deportivos le estorbaban, y sentía las piernas cansadas, además de cierta molestia lumbar, se dio cuenta de cuánto despreciaba a sus semejantes. Para él, así parecía, daba lo mismo si había o no gentes en la calle, en las esquinas, aunque le hubiera dado cierta alegría haber hallado abierta la vieja casa de lenocinio donde había sido feliz hace tiempos. Prendió otro cigarrillo y esta vez no hizo malabares ni movimientos con los dedos. Le supo a gloria la primera aspiración y se dijo que sin cigarrillos no hubiera podido vivir y soportar tantas ausencias, tantos aislamientos. “Pero, qué raro, si lo que me ha gustado es estar solo. ¿Por qué ahora siento una incomodidad al respecto?”.

 

No se preocupó hasta esos instantes en los que recordaba a Mireya y a su patrona, de por qué la ciudad estaba desolada, cuál era la causa, o si se trataba de un sueño suyo que no sabía por qué lo estaba soñando, no había una explicación racional a aquella soledad que comenzaba a dolerle, a aquel trauma intempestivo de la ciudad en la que, de un momento a otro, habían desaparecido sus habitantes, sus visitantes, menos él, que parecía no solo un sobreviviente de excepción sino un extraterrestre, alguien ido, desentendido, como un insolidario del que nadie podría esperar ni una ayuda ni un favor. Pero, igual, no había nadie que a él lo necesitara. Todos se habían borrado, menos los edificios, las encrucijadas, las calles, las señales de tránsito, los avisos comerciales… todo seguía ahí, igual a ayer, menos los hombres.

 

Cuando terminó el turno, el portero, al atravesar el enorme portón de caoba y ver otra vez, tras doce horas de trabajo, el afuera, encontró al hombre tirado en el antejardín, con el cigarrillo apagado en la boca y sin zapatos. Creyó de modo inesperado que estaba ebrio, aunque jamás lo había visto en tal condición. El hombre, con los ojos muy abiertos e inmóviles, parecía mirar al firmamento, al infinito, a la noche que advenía con estrellas temblorosas y una brisa ahumada, leve, que tenía el sonido melancólico de una despedida.

 

(18-03-2020)

 

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Una versión de la imagen de la peste . Obra de Kamikabe

La Muerte Roja te puede apuñalar

(Un relato gótico de Edgar Allan Poe sobre la peste y lo inevitable)

 

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Ahí, pese a todas las previsiones, la muerte roja asedia…

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En tiempos de pestes es posible que las palabras, las historias, acompañadas de vihuelas y panderos, puedan erigirse como antídoto, como una suerte de conjuro contra el contagio y la muerte, como acaece en las jornadas de maravilla y concupiscencia de El Decamerón. Puede que, vista a distancia, la peste obtenga dimensiones de un acontecimiento lejano que mató a mucha gente y que, a través de ciertos documentos, puede reconstruirse muchos años después, como pasa en Diario del año de la peste, de Daniel Defoe. Y así, estaremos preparados para ver y sentir el cólera en los canales de Venecia o la peste negra en medio de una historia de amor en Milán y Bérgamo, como se puede apreciar en la novela Los novios, de Alessandro Manzoni.

 

Y como una continuación de lecturas, una peste con estado de sitio, ópera y muchas ratas, en la novela de Camus; y la peste blanca, enceguecedora, en la novela de Saramago. Pestes por aquí y por allá. Ayer y hoy. Mañana y siempre. Pestes que arriban a Manaure y pestes que atraviesan el Mediterráneo. Y de todas ellas, y de las que faltan por relacionar, hay una, muy macabra, muy matemática, quizá cabalística, que es la que imagina el más analítico de los escritores (por lo menos hasta ese momento del siglo XIX), el bostoniano Edgar Allan Poe.

 

Y el poeta del retintín (como lo señaló Borges, sobre todo refiriéndose a El cuervo), el inventor del relato policíaco y del cuento moderno, escribió una narración que puede ser, no por su tema sino por su tratamiento, una simbólica historia en la que el autor se escurre de la reflexión, del mecanismo de relojería (aunque aparezca en escena un reloj presagiador de tragedias) que utiliza en otras de sus creaciones. Publicada en 1842, La máscara de la Muerte Roja, es una composición sobre una devastadora peste que se ha ensañado largo tiempo con los habitantes de un país que en el relato no se sabe cuál es, pero que puede ser cualquiera, con castillos y aristócratas, con carnaval y fiesta, con mascarada y una sucesión de habitaciones, siete para ser exactos, como arquitectura donde ocurrirá lo inevitable.

 

Es un relato de tonalidad gótica, escrito por el que puede ser uno de los autores más racionalistas y usuario de métodos analíticos, con operaciones de lógica matemática combinadas con piezas de alta precisión artesanal. En la Muerte Roja asistimos a una estructura de tiempo lineal con auténtico predominio de la sentimentalidad, de los presagios y de lo sensorial. Es más, se puede aseverar que es un cuento en el que la piel, los bailes, el placer es trascendido por lo inexplicable. Esa situación se puede llamar el misterio. Pero no un misterio como el de Los crímenes de la calle Morgue, por ejemplo, ni como el de Metzengerstein. Es la presencia ineludible de la muerte. ¿Por qué en este cuento no es Poe tan racionalista?

 

El relato está montado sobre la hipótesis, que es del protagonista, de que con un encerramiento en un espacio dedicado al placer, a la fiesta, a la buena mesa, al vino, se podría esquivar el mal de la peste, el mismo que ha asolado a esa región como nunca antes se había visto. Y el mal tenía como encarnación la sangre, el rojo escarlata. Quien lo padecía era presa de agudos dolores, vértigos repentinos, de hematidrosis y al fin de tantas miserias y miedos advenía la muerte. El príncipe Próspero, calificado de intrépido y sagaz, al ver que sus dominios estaban quedando sin gente llamó a mil amigos, entre caballeros y damas de su elegante corte y, con ellos, se marchó a un encierro en una abadía bien fortificada.

 

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El tiempo es una de las claves del cuento de Poe

 

El relato va mostrando cómo se logra un encerramiento seguro, una fortificación sólida, como previsión de que, fuera de los que allí se hallan, no pueda entrar nadie. Puertas de hierro bien cerradas. Y así como nadie podía ingresar después de que todos los que eran los invitados, tampoco se salía. Los que allí estaban pretendían derrotar la peste, que estaba afuera y a la que, con tantas seguridades, querían mantener sin posibilidades de entrar a aquella fortaleza en apariencia inexpugnable.

 

Afuera, la Muerte Roja continuaba con su labor de arrasamiento. Se supo, eso sí, que adentro, al quinto o sexto mes de reclusión voluntaria y, ante todo, de escape singular a las destructivas maneras de la Muerte Roja, el príncipe ofreció a sus amigotes un baile de máscaras, una especie de celebración festiva para burlar la peste y animar los sentidos, activar los placeres y poner al cuerpo como una máquina de sentir, de gozar, de moverse con gracia. Y el baile carnestoléndico (sí, porque era como una suerte de carnaval interior, de regocijo de todos, a modo de victoria sobre aquello que no los tocaría nunca: la peste, la muerte escarlata, la pavorosa enfermedad) se iba a realizar, como en efecto se hizo, en una insólita sucesión de habitaciones.

 

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Y el narrador hace notar que en los palacios, los salones están en galería, en línea recta, y en este punto comienza una introducción misteriosa de cómo allí, en aquella construcción, los salones estaban dispuestos en otra geometría, con recodos y curvas. Cada salón, con un color específico y con cortinajes, con maneras de incidir la luz, va teniendo una funcionalidad, además de una decoración singular. El príncipe se había ocupado de buena parte de las ornamentaciones, las disposiciones de las cortinas, de la clase de disfraces que se utilizarían en la mascarada. Las siete salas tenían su cuento, aunque una de ellas, la que daba al poniente, tenía una suerte de arcano, de fuerza indescifrable, que al final va a ser definitiva en el desenlace.

 

En el relato se da cuenta de cómo suena la música, cómo se desplazan los cuerpos, como todo es una especie de sueño, de alegría colectiva, porque es que los que allí están, como una sarta de privilegiados, están lejos —o así lo creen— de las acechanzas torvas de una peste que ha sido fatídica. ¿Si se podría así no más, con cierta impunidad adobada con vino y pasos de baile, derrotar el fatal asedio de la peste?

 

Poe, maestro del uso de ingredientes técnicos como la intensidad y la tensión, en este relato va metiendo al lector en los espacios donde se danza y se escucha música, donde se bebe y pasa bueno. Pero va dando puntadas, muy sutiles, con elementos que pueden sugerir que algo más puede suceder, que no es gratuito el sonido del reloj de péndulo (un reloj de ébano) que interrumpe músicas y baile, que el tiempo allí tiene un límite. En el encerramiento, en esa aparente imposibilidad de que cualquiera otro pueda entrar, está la fuerza de la narración.

 

Muchos años después, un escritor italiano, Ítalo Calvino, escribiría una singular historia, otra manera de quijotear con la caballería, y pondría una armadura detrás de la cual, o, mejor dicho, en la que adentro no había ningún caballero. En el relato de Poe, como el lector verá, aparecerá tal vez de la nada un extraño caballero enmascarado que sorprenderá a todos los concurrentes y sobre todo al príncipe Próspero. Es posible que nadie escape a un destino marcado. Que nadie pueda hacerle gambetas definitivas a la muerte. Y menos a ese ser de espanto que la mente, el pensamiento y la imaginación de un gran escritor pondrá como una inesperada aparición siniestra de la que nadie puede burlarse y menos vencer.

 

La máscara de la Muerte Roja puede ser un cuento que el autor haya concebido como un divertimento, como una experiencia gótica, en la que, por lo demás, con un clima de claroscuros y de símbolos mortuorios, el mundo de la peste está presente y del cual, así se baile y beba y se haga una “cuarentena” carnavalesca, no hay forma de escapar. Sus alcances macabros son imparables. Y tenebrosos. Que suene la música, pues, al fin y  al cabo, la muerte también sabe bailar.

 

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“El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión la ultrapasaba…”

 

 

 

Imprecación

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¡Óigame, señor!, sí, usted el que no encaja

Ni en la “gente de bien” ni en la gente más mala

Usted, que todo conflicto lo resuelve a bala

Tiene manos de sangre y su rabo es de paja.

 

No es pulcro ni probo, siempre ataca en manada

Es un truhan mayor, con cara de mamá santa

Que si el contrincante espabila, su horda lo levanta

Con un rosario de balas o con varias cuchilladas

 

No nos diga que callemos, que los pájaros cantan

Con cantos de júbilo, con sonoridades del alba

Y no vamos a callarnos y no son balas de salva

Ni vamos a postrarnos porque sus filas mandan

 

A borrarnos del mapa con las arteras armas

Sin importarles la barbarie ni ninguna condena

No nos intimidan sus matones, cabeza de gangrena

Sepa: a nuestro coraje ningún bandido lo desarma.

RS

 

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Calvario de pedreas y peleas

(Un recuerdo de infancia con casa en esquina, escuela y maestra castigadora)

 

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Arco de entrada al antiguo calvario (hoy casa de la cultura) en Bello, Antioquia.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Vivíamos en la casa del viejo Eduardo (así lo denominábamos) al que papá llamaba el jorobado. Tenía ventanas verde oscuro, techo de asbesto y al lado había una manga en la que una vez, en una tierra removida, encontré muchas monedas que me hicieron creer que había hallado un tesoro (entierro se le decía) de piratas exiliados en Bello. El barrio tenía a pocas cuadras un sector pendiente, sembrado de altas palmeras, llamado El Calvario, con estaciones degradadas y, en la cima del morro, un cristo plateado acompañado de sendas estatuas de la virgen y un discípulo.

 

El Rosario todavía tenía calles destapadas y tierra amarilla. Rodaban por algunas partes coches de caballos debiluchos, con espinazo pelado y una apariencia de tristeza. Por un costado de la casa pasaba una calle desnivelada que conducía en falda al lugar donde estaba la rueda de hierro que un fontanero, por turnos, hacía girar para quitar y poner el agua al sector. Tanto cuando se iba como cuando llegaba, el líquido hacía un ruido particular, como si alguien estuviera gargareando.

 

La casa tenía un pequeño patio y tres alcobas. La cocina era estrecha y a veces el alcantarillado de atanores no daba para evacuar con suficiencia las heces y otras porquerías, por lo que, a través del sumidero del patio, brotaban asquerosidades. En la manga contigua, con mi hermano Rodolfo solíamos patear una pelota azul y a veces discutíamos por un gol inexistente, que había pasado por encima de las piedras que poníamos como portería. Por lo regular, hacíamos chutes de un lado a otro y cada uno fungía, a la vez, como arquero y como delantero.

 

La casa, en una esquina, por detrás lindaba con otra manga, en la que crecían adormideras y había uno que otro chagualo. A veces íbamos, con cartones parafinados, a deslizarnos loma abajo. Por esos días, vistos desde ahora muy lejanos, con borrosidades y predominio —no sé por qué— del color anaranjado, ya estaba en la escuela, en segundo de primaria. Para ir a ella, atravesaba El Calvario. Me detenía a veces en la cripta que había debajo del crucificado y sus acompañantes e imaginaba que allí habitaban monstruos, momias y no sé qué otras figuras siniestras. Me gustaba mirar por la reja y sentir el olor a humedad. Con mi valija de cuadernos, con lápices de colores y alguna cartilla, seguía bajando por barrancos y desniveles, miraba de vez en cuando las estaciones del viacrucis que pudieron ser bonitas y limpias en otros días, pero ya estaban deterioradas, tanto que por ejemplo el nazareno tenía cara raspada en algunas de ellas y la cruz no se distinguía en forma.

 

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Urna de la choza de Marco Fidel Suárez, en Bello.

 

A la entrada (o salida) del Calvario había un enorme arco de cemento y, en su parte más elevada, se erguía un ángel que algunos decían que era el del silencio y otros el de guardián de la heredad. Mucho tiempo después, ya en la adolescencia, en ese mismo morro de esbeltas palmas, una tarde un grupo de muchachos le arrojamos, desde los pies del cristo, piedras a una soldadesca que había llegado para sofocar los motines estudiantiles, en los que, si bien recuerdo, rompieron algunos vidrios de la urna de la choza de Marco Fidel Suárez.

 

Me parece que, más que decir que habitábamos en El Rosario, siempre anunciábamos que era en El Calvario, una elevación sacrosanta cuya construcción la promovió una fábrica de textiles con el fin de que la gente, en particular los obreros, hicieran peregrinaciones y pagaran promesas. Y sí, uno se topaba, de vez en cuando, a alguna señora de rosario en mano, con rezos y murmullos, en ascenso hacia la cúspide, con paradas beatíficas en cada una de las catorce estaciones de la pasión cristiana.

 

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Imágenes del viejo calvario, en Bello

 

Junto a la casa estaba la tienda de don Mario (y creo que tenía las puertas anaranjadas), un señor colorado que, aunque supongo que era joven, me parecía ya muy viejo, tanto como el dueño de la casa en que vivíamos, de cara pálida, pelinegro, giboso y que, no sé por qué, me parecía que se había fugado de la catacumba que había en El Calvario. Hacia el occidente, por una calle recta y también sin asfalto, se llegaba a la escuela de niñas Rosalía Suárez, en inmediaciones de una fábrica de artefactos de cachos de res (la gente la llamaba La Cachera), entre cuyas manufacturas se destacaban barquitos con velas ondeantes y las famosas perinolas.

 

Entonces a uno las distancias le parecían enormes, cuando, después, ya más crecidos, no era tan harta la lejanía. Así que la escuela, más bien cerca de la casa, daba la impresión de quedar muy allá. Tenía ventanales enrejados y una puerta ancha. El patio de recreo, en el que no faltaba el inevitable quiosco de gaseosas y golosinas, era amplio y lo enmarcaban los corredores con una baranda plateada. Había una campana y una corneta por la que brotaban himnos y la voz del director escolar o de alguna señorita profesora.

 

 A la salida nos vemos…

 

Mi maestra era una señora caricolorada y cabellinegra que me parecía muy vieja. Se llamaba Angélica y casi siempre se vestía con trajes oscuros. La menciono porque, más que haberle tenido afectos, la veía como una suerte de enemiga, castigadora y de mala leche. Claro, era una correspondencia suya a mi comportamiento, no siempre apacible. Eran días en que aprendimos a dar golpes y a recibirlos. “A la salida nos vemos” era una frase común. Y en una de esas, nos citamos con un rival, para enfrentarnos a totazos en El Calvario. Se llamaba Gonzalo. La pelea duró unos cuantos minutos. Intercambiamos puñetazos, agarrones, vituperios y después él otro resultó con el ojo morado.

 

A doña Angélica le pusieron la queja y me exhibió ante el grupo en el ritual de flagelación con una regla de madera. Esa escena la viví varias veces en aquel año. Sin embargo, en el altozano de la crucifixión, un Gólgota local, hube de enfrentarme otras veces con diversos pelados que, como yo, gustaban de la bronca y el bonche. Me parece que la primera vez que vi imágenes de televisión sucedió en la casa de Tisnés, a dos cuadras de la escuela, donde, por una enorme ventana abierta, me sorprendió un aparato de consola que emitía sonidos y dejaba ver otros mundos.

 

En la casa del viejo Eduardo duramos poco tiempo. Tal vez el más vívido recuerdo de aquella estada, pudo ser el de las mañanas y tardes jugando con una esférica, el ver el vuelo de cucarrones verdes en la manga y encontrar un tesoro de piratas (eran los tiempos de la canción escolar “Soy pirata y navego en los mares…”) con monedas abundantes que seguro me gasté en golosinas de la tienda de don Mario.

8-III-2020

 

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Kandinsky y la sinfonía de los colores

 

La capucha del verdugo y otros encapuchados

 

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El oficio de verdugo, el de aquel que aplicaba la pena al condenado.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Unos meses después de haber enviudado la tía Betsabé, le jugué una broma pesada, en respuesta también a que a ella era aficionada no solo a contar historias de aparecidos y otros fantasmas, sino a convocarlos para llenar de sustos a la audiencia (sus sobrinos). Me puse una capucha oscura hecha de afán con una funda de almohada y me envolví en una sábana a modo de mortaja. Tras dejar solo una luz mortecina que armé con una linterna cubierta con un pañuelo, me estiré en su cama. Solo fue esperar. Y cuando entró, el alarido me puso la piel de gallina y el corazón a mil palpitaciones. Creí que se iba a desmayar. Y no, instantes después, tras darse cuenta de qué y de quién se trataba, me soltó el sonoro hijueputazo y, tras de él, una risotada que me contagió.

 

Me dijo luego, tras lagrimear por las carcajadas, que lo que más la aterrorizó fue la capucha. La vio, según dijo, como si fuera la de un asesino que la estaba esperando de un modo irregular: acostado. Muchos antes de aquella puesta en escena, había leído El verdugo, una novela corta de un escritor cuyos libros fueron apareciendo en casa en momentos en que la adolescencia estaba a punto de despedirse. Pär Lagervist fue uno de aquellos escritores que nos fascinó por su ironía y humor negro, además de sus tremendas obras como Barrabás.

 

Las imágenes del verdugo del novelista sueco se me quedaron impresas sobre todo porque había que imaginar su capucha y su traje. Casi toda la obra, según recuerdo, sucedía en una taberna y el verdugo era objeto de burlas y otras habladurías. El personaje, que después en un filme de Luis García Berlanga, y que nada tenía que ver con el de Lagervist, nos llenó de risas hasta hacernos lagrimear, me asedió por un tiempo y supe que lo que más me inquietaba era la capucha, no solo la de él, sino la de todos los verdugos. Esconder el rostro para cortar una cabeza, para poner una soga al cuello, para propinar un hachazo certero, tenía su misterio. Y si bien el condenado también tenía una capucha, la del verdugo era no solo infamante sino aterradora. La imagen de la muerte des-carada.

 

Ocultar el rostro tras un capuchón, una máscara, no deja de ser una manera de negar la identidad, la individualidad. La cara es como una revelación, una certeza. Te la veo y se produce una comunicación particular, sin palabras, con solo poder tener noción de cómo es la boca, la nariz, las cejas, el mentón, los movimientos de los labios, los parpadeos, las cejas, la frente, hay toda una concertación de gestos, tics, temblores, incluidas las a veces muy sutiles vibraciones de las ventanas nasales. Esconder todo esto detrás de una capucha no es solo una negación, sino una especie de oscuro ejercicio del anonimato. Como si se transitara por los caminos del miedo.

 

El encapuchado se ampara en un veto, una manera de lo vedado, una prohibición particular, autógena, como si él mismo practicara una censura a su condición de ser que tiene miedo. Se ha dicho que quien censura es débil. Así mismo, quien se parapeta detrás de una capucha. Se descaracteriza. ¿A qué teme un encapuchado? ¿Qué hace temblequear al que lleva al condenado a la guillotina o a la horca?

 

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La capucha está relacionada con mundos oscuros y, a veces, impenetrables.

 

La capucha, casi siempre, está conectada con lo oscuro, con las sombras, con inframundos. Sin embargo, y en otras épocas, los poderes de la ejecución tapaban el rostro del prisionero, quizá para no ver o el odio, o la resignación, o la rabia, o tal vez la impotencia del que va rumbo al patíbulo. La capucha infunde temor. Con ella puesta, como un atuendo que representa lo desconocido, los del siniestro Ku Klux Klan estadounidense prendían fuego a las casas de los negros y a los negros mismos, en un ritual de espanto que algunas literaturas y películas han recogido con maestría y no ajenas al dolor de la discriminación y otros atropellos. Amparados por el encapuchamiento, los verdugos, los asesinos, los victimarios, despliegan su fuerza y su traidora actitud criminal. Quizá se cubren para que el otro, la víctima, no le advierta la falta de solidez y el susto propio de los cobardes.

 

La Inquisición le dio estatus a la capucha. Y una dosis o sobredosis de descarnada crueldad. El inquisidor y el acusado se parecían en determinado momento porque estaban bajo el capirote. Uno para borrar y el otro para ser borrado. La capucha saltó en la historia y se paseó por campos que eran arrasados por depredadores. Se encapuchaba el “pájaro” o paveador de los tiempos de la Violencia liberal-conservadora en Colombia. Y también el violador. Se ponía un indumento tapador el que iba a cortar cabezas a machete, a practicar el corte de franela y otros cortes.

 

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Puede ser que la capucha no “chille” en el asaltante bancario. Que sea, incluso, parte esencial de los que están cumpliendo con aquello de que es mejor robar un banco que fundarlo. Algunos bandidos, sin embargo, le quitaron caché y “elegancia” al oficio, cuando se ponían, en vez de una capucha que los hiciera ver como unos verdugos medievales, una media velada de mujer. Había en esa forma de camuflaje, creo, una especie de rebaja, de depreciación del atracador. No se tapaba la cara; la deformaba con esa prenda con la que Marlene Dietrich cubría sus piernas de lujuria, las más bellas del cine, como se dijo en su momento.

 

La capucha, que en los tiempos modernos pretende eludir la cámara, la vigilancia, al Gran Hermano, no tiene carisma. Es un elemento que debilita al que la porta tal vez porque carece de argumentos, porque es incapaz de “dar la cara” en el debate, en la confrontación ideológica, filosófica, política, y apela al fácil expediente del enmascaramiento. La capucha puede verse bien en un baile de disfraces, en algún carnaval y, si se quiere, en las procesiones tradicionales de semana santa con nazarenos y sayones.

 

Aquella vez, entre sombras chinescas y fantasmales, cuando armé el tinglado para espantar a la tía, lo que ella después me dijo sobre su miedo, me dejó turulato. No fue la sábana, ni el ambiente gótico con penumbras, ni la pose de muerto que asumí en la cama de ella, sino el capuchón ordinario el que casi le ocasiona un infarto. Quizá el encapuchado, en medio de su inseguridad e incertidumbre, lo que busca es asustar, y casi siempre el asustado es él. Creí, por un instante, que Betsabé se moría cuando le escuché el estremecedor aullido, que me dio tembladera. Nunca más volví a hacer algo semejante, y menos a ponerme una capucha, así aquella hubiera sido de improvisada utilería doméstica.

 

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El tenebroso Ku Klux Klan