El solitario apestado

“Sucede que a veces se sufre durante mucho tiempo sin saberlo.”

Albert Camus

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

“Parece que ahora sí me he quedado solo: nadie en las ventanas, nadie en los balcones, nadie en la calle”. El hombre pensó al tiempo que caminaba por la acera y de pronto se decidió hacerlo por media calle. No había tránsito automotor ni siquiera una bicicleta. No sabía cuánto tiempo llevaba deambulando por la ciudad. No tenía reloj. Y los de las iglesias estaban parados. Los relojes electrónicos, de pantallas coloridas, se habían apagado. “Qué me importa el tiempo”, se dijo y continuó sus pasos. Los semáforos habían dejado de funcionar. “Me gusta el mundo así”. Tal vez le había sugerido esta afirmación el insólito hecho de que podía atravesar las calles sin poner cuidado. Daba la impresión de que la ciudad estaba muerta.

 

“Cómo pudo haber pasado todo tan rápido, qué es lo que en esencia acaeció que yo de pronto me vi fuera de la oficina, fuera de mi apartamento, fuera del mundo…”. El hombre iba y los pensamientos le afluían. De vez en cuando observaba un balcón y ya ni siquiera había matas ni una pieza de ropa en oreo. Lo peor para él era que si se le acaban los cigarrillos, que apenas tenía un paquete iniciado, dónde conseguiría, porque no había ni bares, ni tiendas, ni ventorrillos abiertos. Era como si una fuerza inimaginable, una orden de más allá de los hombres, hubiera despojado la ciudad de sus gracias y desgracias, de sus dinámicas a veces atractivas, de su transporte y vida cotidiana. “Al menos tengo encendedor”, se dijo el hombre, con zapatos deportivos y bluyín y con una camiseta de algodón que ya tenía vestigios de sudor.

 

Resultado de imagen de calle solitaria arte

Soledad entre luz y sombras

 

El hombre, que daba la impresión de no tener un rumbo determinado, no parecía perdido, sino un tanto descontrolado, tal vez por su insistencia en parar, atisbar, continuar. Era el único que estaba afuera, no se veía a nadie, ni siquiera un perro callejero, que ya desde hacía rato eran cada vez menos por alguna prohibición. Vio sobre el cordón de la calle una sombra que se tragó una alcantarilla. No se desdibujó. Siguió sus pasos. Sintió ganas de fumar. Recordó, de pronto, y quizá en un arrebato de nostalgia, la voz lejana de su madre cuando lo sorprendió fumando en el patio. “Qué vergajo muchacho. Te he dicho que los niños no fuman”. Y ahora, que era un adulto, que ya había superado hacía poco el medio siglo, le temblaban las manos cuando se disponía a prender un cigarrillo de tabaco negro, sin filtro, que era el mismo que su madre fumaba.

 

“Qué raro estar caminando sin brújula, cuando ya está a punto de oscurecer, cuando a esta hora por estas calles no cabían los vehículos, cuando me fastidiaba tanto desplazarme a pie en horas de intenso tráfico”. El hombre soltó una bocanada. Vio avisos de almacenes que en otros días fosforecían con sus colores intensos y ahora estaban muertos. Le pareció que se estaba cansando y sentía una especie de opresión pectoral. Se tomó la camiseta del cuello y la agitó, como si con el gesto estuviera dándose un poco de aire. La ciudad tenía un silencio inaudito, una ausencia de ruidos y de otros sonidos que lo hizo por un momento aguzar el oído, pero lo que descubrió fue una anormal falta de sonoridades, que sin darse cuenta estaba extrañando, como los cláxones, los frenazos, las sirenas, y, cuando él ya había establecido que era un solitario empedernido, le comenzaron a hacer falta las voces de la gente, de los que iban por la calle hablando o casi gritando ante el acoso de la carramenta, que así pronunció en su pensar esta palabra que era de sus padres, ya muertos ambos. “El estorbo es el deporte nacional”, musitó.

 

Su vivienda, que para él era una suerte de refugio, de aislamiento, estaba en un barrio al otro lado de la ciudad, es decir, casi que era un antípoda de su oficina, en el palacio de impuestos, donde él llevaba años revisando papeles, haciendo comparaciones, metiéndose en una virtualidad de cuentas y documentos que pretendían preservar el patrimonio público. Tal vez en esa labor, de la que estaba próximo a jubilarse, había aprendido a aislarse, a no tener conversaciones con los compañeros, y menos con gentes de afuera, que a él —siquiera— no le correspondían esas funciones de atención pública. Pudo haber sido que bajo ese techo gris y esas paredes tristes hubiera contraído la manía de hablar solo, como iba ahora haciéndolo por una calle, la principal, la que dividía la ciudad en dos secciones, como si le hubieran propinado una cuchillada: una, de más arborización y con lugares para el placer; y otra de entidades bancarias, oficinas de gobierno y edificios oficiales, casi todos de fachadas grisientas.

 

Resultado de imagen de bulevar urbano solitario arte

La soledad en los espacios urbanos

 

“Algo ha pasado y es increíble que no me haya enterado”, se dijo en el momento en que arrojaba la cusca al piso. Atravesó un bulevar y no se topó con nadie. Todo estaba cerrado. No había donde tomarse un café, que era lo que, cuando por allí discurría, le apetecía con grandes ganas. Era un tomador empedernido de café negro. Tal vez por eso, y por fumar tanto, los dientes tenían un color amarilloso, una tonalidad de manchas, que hacían de su escasa sonrisa un espectáculo poco agraciado. Por una sensación que no entendió, de pronto le estaban haciendo falta los transeúntes y aun los que iban en coches y motocicletas. Le llegó de súbito la fisonomía de sonrisa estudiada del portero de su condominio y no se sabe por qué intentó recordar el nombre, pero jamás se lo había preguntado y él solo se relacionaba con el conserje a las seis de la mañana y a las seis de la tarde, cuando entraba y salía. Solo saludaba, sin dar ocasión a ninguna otra conexión verbal.

 

El hombre no podía darse una explicación lógica, racional, de por qué la ciudad estaba callada y vacía, sin más gentes que él, que era un sujeto solitario, que escasamente había tenido dos o tres novias, y que sabía de sus limitaciones y fobias para irse a vivir con otra persona. El matrimonio no había sido su fuerte. Era un extraño, según lo que percibía de los demás. Lo miraban sus compañeros de oficina con cierta reverencia, pero, a su vez, con una especie de conmiseración rotunda. Lo que él sí tenía claro era que nadie le interesaba más que, en casos laborales, su relación de trabajo, con jefes y otros dependientes.

 

Extrajo otro cigarrillo y, antes de encenderlo, lo miró con cuidadoso placer, lo acarició y golpeó contra la uña del pulgar izquierdo una de las puntas del pitillo. Se detuvo mientras maniobraba el encendedor y soltó una bocanada de sumo gusto. “No es tan malo estar solo en la ciudad”, pensó. Ya estaba a unas diez cuadras de su edificio. “Vergajo muchacho, te he dicho que fumar es para mayores”, volvió la voz, que sintió como si estuvieran a un metro. Miró a los lados. Nada. Soledad. “Creo que está empezando a caerme bien esta ciudad”. Y en su paso, se dio cuenta de que en rigor no dependía de nadie, que había aprendido a defenderse solo, que no había requerido de amistades ni de compañías íntimas. Era un raro, como recordó que le decían algunos, con voz soterrada. “Lo que haya pasado, me tiene sin cuidado”, dijo al tiempo que le pareció que de un piso lo observaban a través de una persiana.

 

Resultado de imagen de bulevares pintura

Bulevar de Montmartre, Camille Pissarro

 

“Acaso todos se habrán ido por alguna calamidad de la que ni me he enterado”, comenzó a preocuparse. No había visto en los periódicos nada parecido, ninguna alerta, y como no tenía receptor de televisión, ni radio, estaba al margen de situaciones que, según decía, no le importaban. No se sabe aún cómo fue que, al estar ya a unas cuantas cuadras de su residencia, decidió desviarse como para dar un rodeo. ¿Qué le impedía llegar más rápido a su casa? ¿Qué fuerza inexplicable lo condujo por otros recovecos, a pasar por la antigua calle de prostitución, donde en otros días, ya muy remotos, él tuvo relaciones con la dueña y sus empleadas, no tanto para acostarse con la que fuera, sino, como un caso extraño en él, para conversar acerca de la existencia, de por qué se habían decidido a prestar servicios sexuales, cuando bien hubieran podido trabajar en otras faenas? Claro que también se prendó de una, Mireya, rubia plateada —oxigenada, decían para sí las señoras que se la topaban— y muy cotizada, de la que siempre quiso que fuera como una compañera, que le diera a él no la catadura de un cliente, sino la categoría de un ser cercano, con el que se podía ir más allá de las piernas y las braguetas.

 

Cuando vio casi en ruinas las antiguas instalaciones del burdel, sintió una especie de soledad interior que lo indispuso. Y volvió a ver en las ventanas cerradas la imagen brillante de aquella chica que quién sabe dónde estaría ahora. Tuvo la intención de parar y sentarse junto a la entrada, pero una vieja voz, la de su madre, lo movió a seguir. “Ya lo sabes, chico, no te enamores de ninguna mujer de la calle”. Al principio, no entendió el mensaje y lo tomó literal. Para él todas eran de la calle, porque las veía ir y venir, salir y entrar, subirse y bajarse del taxi, del bus, y tal vez ahí residía su inclinación a no tener confianzas con casi ninguna dama, excepto Mireya, de la que seguía viendo su rostro iluminado en el asfalto…

 

Resultado de imagen de hombre solitario ciudad pintura

En esa vuelta innecesaria, o al menos sin causa aparente, el hombre que ya sentía que los zapatos deportivos le estorbaban, y sentía las piernas cansadas, además de cierta molestia lumbar, se dio cuenta de cuánto despreciaba a sus semejantes. Para él, así parecía, daba lo mismo si había o no gentes en la calle, en las esquinas, aunque le hubiera dado cierta alegría haber hallado abierta la vieja casa de lenocinio donde había sido feliz hace tiempos. Prendió otro cigarrillo y esta vez no hizo malabares ni movimientos con los dedos. Le supo a gloria la primera aspiración y se dijo que sin cigarrillos no hubiera podido vivir y soportar tantas ausencias, tantos aislamientos. “Pero, qué raro, si lo que me ha gustado es estar solo. ¿Por qué ahora siento una incomodidad al respecto?”.

 

No se preocupó hasta esos instantes en los que recordaba a Mireya y a su patrona, de por qué la ciudad estaba desolada, cuál era la causa, o si se trataba de un sueño suyo que no sabía por qué lo estaba soñando, no había una explicación racional a aquella soledad que comenzaba a dolerle, a aquel trauma intempestivo de la ciudad en la que, de un momento a otro, habían desaparecido sus habitantes, sus visitantes, menos él, que parecía no solo un sobreviviente de excepción sino un extraterrestre, alguien ido, desentendido, como un insolidario del que nadie podría esperar ni una ayuda ni un favor. Pero, igual, no había nadie que a él lo necesitara. Todos se habían borrado, menos los edificios, las encrucijadas, las calles, las señales de tránsito, los avisos comerciales… todo seguía ahí, igual a ayer, menos los hombres.

 

Cuando terminó el turno, el portero, al atravesar el enorme portón de caoba y ver otra vez, tras doce horas de trabajo, el afuera, encontró al hombre tirado en el antejardín, con el cigarrillo apagado en la boca y sin zapatos. Creyó de modo inesperado que estaba ebrio, aunque jamás lo había visto en tal condición. El hombre, con los ojos muy abiertos e inmóviles, parecía mirar al firmamento, al infinito, a la noche que advenía con estrellas temblorosas y una brisa ahumada, leve, que tenía el sonido melancólico de una despedida.

 

(18-03-2020)

 

Resultado de imagen de pinturas pestes

Una versión de la imagen de la peste . Obra de Kamikabe

Deja un comentario

3 comentarios

  1. Angela Reed

     /  marzo 19, 2020

    Me ha gustado mucho! Gracias 😊

    Responder
  2. Jesús valencia

     /  marzo 20, 2020

    Admirado spitaletta. Todo día qué pasa te vuelves mas letra, más ficció, más asombro. Ojalá no se agote este cantaro desbordado de historias, te abrazo… haber si me contagio de magia.

    Responder
  3. Carlos

     /  marzo 23, 2020

    Excelente narración amigo!! 👍

    Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: