Memoria de Lucio, lúcido académico de tango

(Semblanza del máximo investigador de tango en Colombia, Luciano Londoño López)

 

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Luciano Londoño (derecha) con el músico, bandoneonista, director y compositor Astor Piazzolla, a quien entrevistó en Medellín.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

No recuerdo la circunstancia, quizá sucedió porque estaba escribiendo una nota sobre talleres de escritores en Medellín, y entonces, en el de Mario Escobar Velásquez, uno de sus participantes era Luciano Londoño López. Había escuchado su nombre tal vez porque no sé quién me dijo que, para esas épocas, 1986, era el investigador más preclaro del tango en Medellín. Que ya le había hecho una entrevista a Astor Piazzolla. Que era la erudición andante. “Es un sabio del tango”, creo que me aclararon. Y entonces, en la cafetería del Paraninfo de la Universidad de Antioquia, me esperó para darme sus declaraciones acerca de lo que pensaba sobre los talleres literarios. Me habló de Enrique Jardiel Poncela, un exuberante escritor y humorista español que, por lo demás, aborrecía el tango.

 

No sé por qué habíamos llegado a ese punto cuando me dijo que si yo conocía a Jardiel Poncela. Y no lo había leído, pese a que, en otros días, una reedición de un libro de este autor estaba en casi en todas las librerías formales y en aceras del centro de Medellín: La tournée de Dios. Y me dijo que me daría una copia de “Para leer mientras sube el ascensor”, una colección de escritos breves del estupendo narrador. Así llegué a leer al autor de Amor se escribe con hache y ¡Espérame en Siberia, vida mía!

 

Después, volvimos a encontrarnos. Fue en un evento académico en el Recinto Quirama, donde él, una autoridad en tango, dictó una cátedra sobre Gardel. Y así, más tarde, nuestros acercamientos se hicieron más frecuentes. Era Luciano, además de su experticia tanguera, de sus infinitos conocimientos sobre la evolución, historia, grabaciones, sindicatos, autores, compositores, músicos, orquestas de tango, historia argentina, la guardia vieja y la guardia nueva, en fin, un lector obsesivo de otros temas, en particular de Literatura e Historia. Un lector perspicaz que, por su memoria de privilegio, no solo se acordaba de detalles, digamos de una novela como El juguete rabioso, de Roberto Arlt, o de los cuentos de Quiroga, sino de distintas columnas de César González Ruano o de deliciosas y lúcidas greguerías de Gómez de la Serna.

 

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Luciano con Roberto Goyeneche, el Polaco.

 

Luciano (Lucio para sus amigos) era un lector desbocado, sin límites, analítico y disciplinado. Así como coleccionaba infinidad de recortes de prensa, su biblioteca, no solo con no sé cuántos volúmenes de tango, estaba enriquecida con infinidad de autores clásicos y contemporáneos. Y como si toda esta alimentación intelectual fuera poca, conocía a fondo la cultura popular de América Latina y otras coordenadas. En el ámbito del cine, por ejemplo, podía hablar con propiedad de actores, actrices, directores y productores mexicanos, y no era extraño escucharle disertaciones sobre María Félix, Jorge Negrete, Pedro Infante, Cantinflas, Dolores del Río o el Indio Fernández.

 

Luciano Londoño, el máximo experto en tango de Colombia (y lo decían autoridades como José Gobello, Ricardo Ostuni, Gaspar Astarita, Nelson Bayardo, Jorge Göetling y muchos más) era un aficionado al cine argentino y, claro, al cine universal. Con él bien podía hablarse —y aprender— del neorrealismo italiano o de la Nueva Ola francesa y no le eran extraños los autores del Siglo de Oro español y leía con la misma fruición y entusiasmo a Pérez Galdós como a Camilo José Cela o Valle-Inclán. Así que igual coleccionaba series famosas de televisión como filmes clásicos.

 

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Con Tite Curet Alonso, en Puerto Rico

 

El jazz, la salsa, el vals peruano, el pasillo ecuatoriano, la música colombiana completaron el extenso catálogo de su gusto musical popular, aunque, como es de entenderse, el tango acaparó buena parte de su dedicación, inteligencia, sensibilidad y pasión. El complejo mundo de la cultura rioplatense, las orquestas, las armonías, las melodías, los cantantes, e incluso la danza —aunque, me parece, no era hombre de baile— coparon su riquísima existencia e iluminaron sus facultades de investigación. Era, por lo demás, un polemista. Y alguien que, dado su hondo conocimiento, podía debatir con altura intelectual cualquier tema conectado con el tango y, en general, con la literatura, la historia, el derecho y la cultura popular.

 

Y aunque entre nosotros hubo una autoridad para la música cubana y, en particular para la de la Sonora Matancera, como el médico Héctor Ramírez, una vez, en una visita a La Habana, y al sabor añejo de los rones, me dijo el periodista y musicólogo cubano Helio Orovio: “En Colombia no hay quién sepa tanto de la Sonora Matancera como Luciano Londoño”.

 

Ese hombre de enorme generosidad, que jamás tuvo egoísmos con el conocimiento, que regalaba libros o se los fotocopiaba a sus amigos y conocidos, que recomendaba lecturas, que obsequiaba grabaciones y gozaba con esa actitud magnánima, le dejó a la ciudad una herencia cultural, sus libros y su música para que las presentes y futuras generaciones tengan nuevas fuentes del saber, de la investigación y la cultura. El fondo lo custodiará la Biblioteca Pública Piloto de Medellín (BPP).

 

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En junio de 2008, el Municipio de Medellín le rindió un homenaje a Luciano. En el Decreto 0898 de junio 20 de ese año se le destacó como un “reconocido experto en tango”. Se señaló que “un hijo de sus calidades humanas y profesionales constituye un orgullo para la ciudad”. En otro de los considerandos del decreto de honores se resaltó que “gracias a sus investigaciones se logró sacar del anecdotario a Carlos Gardel y lo ubicó en el sitial de honor que la historia le tenía deparado, porque para él, el Zorzal criollo, es la máxima expresión del canto popular”.

 

Otra de las cualidades de Londoño López la constituyó su capacidad para la divulgación del tango y la cultura popular. Escribió artículos en revistas y periódicos nacionales y extranjeros, y dictó charlas y conferencias sobre tango y, en particular, acerca de Carlos Gardel, con marcado énfasis acerca de su origen, trayectoria, grabaciones, el cine, el accidente y muerte en Medellín y la necesidad de que se haga un ADN para determinar si el cantor es francés o uruguayo. En ese aspecto, nos dictó en el Centro de Historia de Bello, en junio de 2010, una conferencia sobre este polémico asunto, alternando con el magistrado Javier Tamayo. Fue Académico Correspondiente de la Academia Porteña del Lunfardo desde 1991 y de la Academia Nacional del Tango desde 1992 (ambas de Buenos Aires, Argentina) y Asociado correspondiente de la Academia de Tango de la República Oriental de Uruguay desde 2004.

 

Luciano, nacido y criado en el barrio La Milagrosa, donde tenía en cada esquina de la cuadra cantinas en las que día y noche se “molía” tango, comenzó desde muy joven a preocuparse no solo por comprar longplays del género, sino libros. No eran de fácil consecución en la ciudad. Y fue conectándose con artistas y periodistas de Buenos Aires y Montevideo que venían a Medellín a los festivales de tango y otros eventos, para que se los compraran y enviaran. Uno de ellos fue el cantor y coleccionista de tango Héctor Blotta.

 

Luciano Londoño, un memorioso brillante

 

Cuando estaba terminando el bachillerato nocturno (trabajaba de día, y desde los catorce años), hubo dos circunstancias que le permitieron desarrollar su memoria: una, la de cantar con sus amigos todos los tangos que sonaban. Así aprendió las letras. Otra, la de un juego muy simpático: uno de los de la barra decía un verso de tango y los otros debían responder a qué tango pertenecía.

 

Después, en una combinatoria de inteligencia, memoria y sensibilidad, Luciano Londoño leyó, escribió, viajó, escuchó música día y noche y se erigió, tras una intensa y constante labor de aprendizajes, en un relevante investigador musical, en especial de aquel género que Enrique Santos Discépolo denominó “un pensamiento triste que se baila” y Horacio Ferrer llamó “mezcla brava de pasión y pensamiento”, “comedia humana” propicia “para cada soledad y cada encuentro”: el tango. Sí, el tango o el gotán, con su “ritmo de trompadas contra el viento”.

 

Sus relaciones con tangueros de alcurnia en Buenos Aires, Montevideo y otras ciudades, lo llevaron a cartearse, entre otros, y aparte de los ya mencionados, con el gran músico y director Julio de Caro, Luis Adolfo Sierra (una luminaria del tango), Oscar Himschoot, el historiador inglés Simon Collier y Gastón Martínez Matiella, presidente de la Academia Mexicana de Tango. Y esto por solo registrar a los de tango (sus relaciones se extendieron con investigadores, músicos, autores, coleccionistas de otros géneros, como es el caso, por ejemplo, del musicólogo cubano Cristóbal Díaz Ayala).

 

Recuerdo sus llamadas telefónicas a las seis de la mañana para recitarme un tango, una letrilla, un fragmento de un poema de Homero Expósito o decir que un libro que le recomendé, como, por ejemplo, El juez y el historiador, de Carlo Ginzburg, le había dado pistas para seguir investigando sobre el origen de Carlitos Gardel mediante la teoría de los indicios establecida por ese historiador italiano.

 

Luciano Londoño, el memorioso, una biblia del tango, nació en 1951 y murió en 2013. Su recuerdo habita la ciudad y su legado nos queda como una muestra de su rigor, cultura e inteligencia. Este lúcido — y a veces cascarrabias— académico no vivió para el olvido. Digamos, con Aníbal Troilo, que Lucio no se ha ido porque siempre está llegando.

 

(19 de junio de 2019)

 

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Carlos Gardel, una obsesión investigativa y académica de  Luciano Londoño.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Eszter, envejecida y sin herencia

(Una novela de Sándor Márai sobre el despojo y las artimañas de un canalla)

 

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Representación de La herencia de Eszter

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hay canallas encantadores, con capacidad de seducción y atributos histriónicos que los conducen a que, por su facilidad para la palabra que enamora, sus víctimas terminen queriéndoles, o, por lo menos, suavizando —y hasta disculpándoles— las maniobras de asalto y atropellamiento. Se refinan en el discurso y son poseedores de una inusitada facultad de engaño. Artistas del embaucamiento (condición que los hace parecer a ciertos políticos), como los estafadores, quedan al final de cuentas bien parados y, además, sin remordimientos ni actos de contrición.

 

La impostura y la mentira —que bien concebidas y ejecutadas pueden hacer parte de mecanismos de la creación artística— las llevan en la sangre. No hay manera de desmontarles su argumentación (que puede usar sofismas y otras truculencias) y sus intenciones perversas, a las que disfrazan de buenas acciones o de derecho, casi siempre se imponen. Este tipo de canalla no es un seductor al estilo don Juan o Casanova. Es un tremendo vividor, que se acomoda a las circunstancias —sentido de oportunidad— y tiene tal poder de convencimiento, que a la larga su conejillo o rata de laboratorio elegida no tiene más opción que caer en sus invisibles garras y reconocer la enorme habilidad contra la cual no hay posibilidades de ejercer repulsa.

 

Una historia sobre un canalla y una mujer más o menos inocentona, es la que propone Sándor Márai en La herencia de Eszter. Es una narración en primera persona, contada por la víctima de un hombre que la deja en la inopia tanto material como de vida interior, y ante tanta complacencia de ella puede haber algún lector que reviente de rabia frente a la presunta pusilanimidad de la protagonista que después de muchos años, y ya casi en el final de sus días, escribió una memoria, a modo de confesión y de constancia. Y otro lector, en contraste, pudiera ver, más bien, a una mujer sin fuerzas para contrariar a un ser dotado de habilidades infinitas, prestidigitador, de verbo fácil, artista circense y un desprendido que vive al día, como si estuviera ejerciendo el carpe diem que cantó el poeta latino.

 

En cualquier caso, en esta obra hay una narradora-protagonista, una mujer fina y con educación, miembro de una familia tradicional, de clase media, a la que acosan los recuerdos cuando ha llegado a un recorrido largo por la existencia. Y dentro de esa memoria, que ella escribe cuando ya no le queda más nada en la vida, cuando la soledad y la vejez la asedian, aparecerá de entrada un personaje, la contraparte, Lajos, que tras veinte años de ausencias retorna para despojar a Ester de todos sus bienes, tal como se dice en las primeras cuatro líneas de una novela corta, que en ocasiones puede enardecer al lector, pero, en otras, lo pone a pensar en la personalidad de un tipo para el que no hay códigos morales y sí muchas ganas de sobrevivir, en particular a costa de otros.

 

El destino, o una especie de resignación ante lo que puede evitarse pero no se hace nada por remediarlo, está presente en los acontecimientos. Es posible que en Eszter actúen como expresión inconsciente la dominación de las mujeres, su obediencia y pasividad ante los comportamientos (y, por qué no, desmanes) masculinos. Debajo de la relación entre Eszter y Lajos está la familia, la presencia-ausencia de los padres de la mujer, la hermana de esta que en últimas es la que se va a matrimoniar con Lajos, la casa y un jardín de almendros. Sí, un jardín que, por momentos, por alguna imagen evocativa, puede recordar el de un drama de Chejov (El jardín de los cerezos).

 

En la novela estará, como en el medio, como una representación de una mujer solitaria, vieja y en decadencia, Nunu, que es la que, al principio, cuando Lajos anuncia mediante un telegrama que volverá tras veinte años de ausencia, dice que hay que guardar bajo llave los cubiertos de plata de la casa. La telaraña que se teje con Lajos está armada con Vilma, la hermana de Eszter, que se ha casado con el hombre que, en secreto, quería en rigor a la dama que está contando la historia.

 

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Sándor Márai

 

Después de la muerte de Vilma, y también de los padres, Nunu, pariente lejana, va a ser la única y verdadera familia de Eszter. La que estará ahí hasta el final, en medio de una tormenta que se desatará cuando Lajos y sus acompañantes, con sus hijos (en particular Eva, una chica que hace parte del tablado de su padre) y otra mujer, llegan de visita a la casa que ante todo está en los intereses de un hombre que, como se dijo, vive al día. Si bien no es un sibarita en el sentido estricto, está muy próximo. Es, de otra forma, como una especie de lo que en estos breñales y montañas se conoce como un “trabajador de calle”, un rebuscador sin escrúpulos y sin mandamientos. Sin cargos de conciencia.

 

El mundo de Eszter, con la presencia de Lajos en su vieja casa con jardín, es de paradojas. Y de acongojada monotonía. Está entre el odio y la admiración. Oscila entre el asco y la sumisión hacia un sujeto que, como ella bien lo sabe, es un mentiroso y un impostor. Bueno, es, ante todo, un artista, un mago, uno que se la ha jugado en la cuerda floja de la existencia, un simulador y, de todos modos, un fracasado en medio de su apariencia de seductor con las palabras.

 

En esta exquisita novela de Márai, construida con precisión y conocimiento en particular de la sicología femenina, el personaje central no se altera con los sucesos que va llegando, porque, quizá, es, a lo trágico griego, como si contra el destino no pudiera forjarse ninguna fuerza opositora. Lajos, que es alegría y vitalidad, está contrapuesto a Eszter, una mujer sin fuerzas suficientes para luchar por su estabilidad emocional y material. Ella, en medio de los descubrimientos que va haciendo (cartas, la falsificación de un anillo legendario, las maniobras de Lajos para quedarse con el patrimonio de ella, en fin), no puede resistirse. Y solo le queda declarar que ese hombre que ha vuelto tras tantos años, es un genio, con sus tretas y todo.

 

La obra abunda en recursos literarios de alta relojería y justos para crear, más que atmósferas y cartografías, la conexión entre los personajes, tanto muertos como vivos. No interesan las descripciones del mundo de afuera. Y la trama está tejida para dar a entender, como lo dirá Ester, que “los amores sin esperanza no terminan nunca”. Son amores dolorosos. Aplazados. Sin culminación feliz, pero que siguen latentes, como una herida que no cicatriza y sangra hacia adentro.

 

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“La vida no ofrece soluciones a medias”.

 

Hay una manera de ir contando, con la voz a veces dolida de la narradora, con el deseo de postergación de las acciones, y por eso se acude, entonces, a los flashbacks. La novela es como una gran representación, con farsas, tramoyas, parlamentos, y todo para dar a entender que hay un hombre sin hígado al que no le va a importar que una mujer que se acerca a la vejez, como Eszter, y otra que ya es una anciana, vayan a vivir sus últimos días en un asilo de damas solitarias.

 

Lajos, un experto en particulares puestas en escena, va demoliendo en la última parte a una mujer que ya parece no tener norte, ni estar dispuesta a resistir o, al menos, a mantenerse erguida frente a un asedio, un estado de sitio como el que las palabras de su contradictor le van haciendo hasta derrotarla. “El amor es cosa de mujeres. Solo destacáis en eso. Y en eso fracasaste tú, y contigo fracasó todo lo que pudo haber sido, todos nuestros deberes, el sentido entero de nuestras vidas. No es verdad que los hombres sean responsables de su amor”. Es la voz de Lajos, que, poco a poco, va dejando exánime a una dama sin carácter.

 

Es probable (como ocurrió en una reciente tertulia sobre la novela de marras) que haya lectores que reaccionen con furia (como es posible que así hayan cuestionado con enojo a Emma Bovary, por ejemplo) con la actitud pasiva de Eszter la solterona, pero, a su vez, no faltará el que la emprenda contra el farsante Lajos, un tipo que, pese a todo, pertenece más al mundo de la razón que de las emociones.

 

Lajos es un experto en mentiras. Su vida ha sido así, un ir y venir, sin pensar en futuros. No es un hombre del mañana. Es del ahora. Un pragmático. ¿Es Lajos un hombre cruel? ¿Un cínico? ¿Un individuo aborrecible? ¿Es alguien a quien solo le interesa su bienestar por lo menos en el “ya”, en el presente? Sándor Márai nos proporciona en esta historia con trazos de melancolía elementos para auscultar partes oscuras e ignotas del ser humano y todo el ensamblaje de la novela lo pone en boca de una mujer derrotada por sí misma y por las astucias (y las “cartas maravillosas”) de un hombre que sabe crear turbulencias y tempestades de las que siempre va a salir incólume.

 

(De las notas del Seminario de Literatura Europea siglo XX)

 

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Una novela en la que su autor expone su sapiencia acerca del mundo femenino.

 

 

Memoria de guerra

 

Reinaldo Spitaletta

 

Cielo azulado…

Lo oscurecerá la muerte alada de la Luftwaffe

Trenes sin fin me miran con ojos ciegos en las ventanillas

Cuatro caballos destripados observan una nalga con sellos

Guernica en un campo de Checoslovaquia.

Hrabal me ayuda a subir al vagón de los muertos

Con un vals de Franz Lehar me destazan la barriga

Soy cordero y cerdo y perro leproso

Soy un toro sin ojos, me los sacaron con un puñal

Solo veo la oscuridad en un tren rigurosamente vigilado.

 

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Todos somos Whitman

A los 200 años del nacimiento del autor de Hojas de hierba

 

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El viaje que emprendo es eterno (¡que todos me oigan!)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cantar a todos los hombres, cantarse él mismo, cantarle al origen y al final, al paso del peregrino por los mapas. Decir que somos tierra. ¿Quién engendró ese poeta cuya voz sin desafines continúa diciéndonos que “el viaje que emprendo es eterno (¡Que todos me oigan!)”? ¿Quién le dijo a ese poeta de una isla pisciforme que nos enseñara que somos apenas una molécula de un cosmos infinito en el cual, sin embargo, la degradación de un ser puede degradar a todos?

 

¿De dónde brotó ese hombre que es uno y todos los hombres al mismo tiempo? Walt Whitman, a doscientos años de su alumbramiento, del inicio de su viaje luminoso por el destino de la democracia y sus azarosos vericuetos, nos sigue interrogando acerca de la palabra originaria, la misma que, como lo diría Filón de Alejandría, crea las cosas. Y, además, acerca de nuestra pertenencia a un género, a un destino, a lo que vendrá. Whitman, el de las polifonías, el que tiene la voz del marino y la del caminante, más que un poeta es un profeta.

 

Whitman, un hito en la historia de las literaturas, es una consecuencia de la modernidad (¿o una causa?), de la elevación del sujeto a instancias supremas. Un poeta que, como no sé quién lo advirtió, nos liberó de la moral. Un trovador de sí mismo que al descubrir la esencia humana se convirtió en todos los hombres en simultánea.  “Yo me celebro y yo me canto, / y todo cuanto es mío también es tuyo, / porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca”.

 

Ese poeta que “ejecutó con felicidad el experimento más audaz y más vasto que la historia de la literatura registra”, como lo dijo Borges, es un hombre que se multiplica en todos. Un observador de la sociedad y de la naturaleza, de la cultura, que creó narrándose a sí mismo, cantándole a su cuerpo y a los de los otros, a su espíritu y al del resto, una manera distinta (¿única?) de ser poeta. “Su mensaje trata de enseñar al hombre el arte de vivir”, dijo Enrique López Castellón en el ensayo Walt Whitman, el poeta y su obra.

 

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Una mujer me espera, contiene todo y no falta nada…

 

Whitman, “bien criado y parido por una madre excelsa”, el que conoció búfalos y expresó dolores ante la muerte de su querido Lincoln; el que bebió de Emerson y supo de estrellas y lluvias y nevadas, le cantó al hombre y la mujer (“No podemos hallar explicación para el amor del cuerpo de un hombre, o el del cuerpo de una mujer”). Y fue todas las voces, todos los paisajes, todas las vidas y las muertes.

 

Harold Bloom, el mismo que ha dicho que Whitman es su “propia musa”, señaló que los dos principales poetas estadounidenses, el que nos convoca en esta nota y Emily Dickinson, “llegaron a ser universales centrándose en sí mismos”. En efecto, el autor de Hojas de hierba descubre su “yo mismo”, lo reelabora, lo subvierte, lo eleva a dimensiones desconocidas y lo pone a circular entre el resto de la humanidad. Entonces aparecen el peón y el obrero, el soldado y el vaquero, el leñador y la prostituta… Todos son él y son los otros. “Soy el poeta de los cantos adánicos” en los cuales él se ofrece “sumergido en el sexo de mi ser y mis himnos”.

 

Con estrépitos de músicas vengo,
con cornetas y tambores.

 

Tantas cosas se han dicho de Whitman. Y otras más se seguirán diciendo. Siempre será nueva su voz vieja. Su barba y su sombrero continuarán haciendo parte del mundo exterior, de la apariencia, de un poeta cósmico (¿cuántas veces se habrá dicho esta calificación?) que nos ofrece viajes por Manhattan o por el Misisipi y por la interioridad humana. Es el poeta de la libertad y de la belleza entendida como armonía entre la naturaleza y la cultura.

 

“Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman, / he dejado de ver tu barba llena de mariposas, / ni tus hombros de pana gastados por la luna, / ni tus muslos de Apolo virginal…”, le canta García Lorca en su Oda a Walt Whitman. Después de su muerte (Nueva Jersey 1892), el poeta duerme a orillas del Hudson y de todos los ríos del mundo. Su “yo mismo” nos pertenece a todos.

 

Whitman, cantor de la paz y de la guerra, del cuerpo y del alma, sigue siendo parte de los nacimientos y de los anuncios. “Anuncio el advenimiento de personas elementales / Anuncio a la justicia triunfante / Anuncio intransigentes libertades e igualdades…”. El poeta del ayer y del mañana nos sigue interrogando. Todos somos Whitman. Nos besa a todos con sus palabras de viejo sabio que se volvió multitud.

 

(Publicado en El Espectador, columna Sombrero de mago, 4-06-2019)

 

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Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes mas
grandes de la Historia. Whitman. Ilustración de Matthew Allen

Cuadra de trenes y pistoleros del Oeste

(Un recuerdo de infancia con obreros y una maestra rubia)

 

Viejo caserón del barrio Manchester

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La infancia no era todavía una escala de la conciencia, ni un tiempo pasado hospedado en la memoria, ni, como suele ser, el mejor momento —el más luminoso y quizá feliz— de la vida. Era una fugacidad de la que uno carecía de noción. Se estaba sin tiempo. Y sin estar. No había pasado. Ni futuro. Y no había forma de saber o intuir que todo era presente. Era una calle de casas con aleros, algunas sin repellar, el color ladrillo infiltrándose en uno, sin darnos cuenta. Solo sé que en esa cuadra, y en esa casona —caserón de tejas—, dos plantas, ventanas de madera muy grandes, piso de tabla, en la que en ciertas noches de pesadilla uno sentía pasos de fantasmas y tintineo de monedas cayendo por la chimenea, fui por primera vez a la escuela.

 

Calle ancha y sembrada de otras casas de dos o tres pisos, también entejadas y con balcones con piso y barrotes de madera. Un café en el que los señores de la fábrica (uno los veía muy viejos y altos) entraban y se quedaban oyendo músicas de un aparato luminoso y sentados a las mesas con vasos y botellas. Más allá, estaba el tren. El pito descomunal siempre llegaba temprano a los oídos y era una manera de saber que pronto había que levantarse para irse a estudiar a una escuela que, si bien no estaba a más de diez cuadras, a uno le parecía de una lejanía inmedible.

 

Lo más atrayente de aquella cuadra era su terminación insólita: una esquina en la que se juntaban los muros de una fábrica enorme cuyas chimeneas humeaban día y noche, y la estación del tren, que olía a aceites, a hierros recalentados y a pasajeros. A veces, no recuerdo ya si era por las mañanas del fin de semana, o en las tardes de cualquier día, íbamos a mirar a los oficinistas de la estación, creo que tenían cachucha de cuero y hablaban por teléfono. Había postes con cables y rieles. Parados se veían vagones, y más allá, donde se bifurcaban y trifurcaban las carrileras, se levantaba la mole de los talleres del ferrocarril que esparcía ruidos de máquinas y olores de breas y resinas.

 

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Estación del ferrocarril en Bello

 

Había cerca de la estación un puente de hierro plateado y de estructuras elevadas. De vez en cuando, como en un desafío, una temeridad, o no sé qué, para uno entonces no había medidas de las emociones ni se sabía de miedos atávicos, atravesábamos caminando los durmientes por entre cuyos espacios se veía pasar las aguas turbias y turbulentas de una quebrada. A los lados crecían unos arbustos y ramajes con flores amarillas. Me parece que entonces no requeríamos juguetes y no recuerdo haber jugado a la pelota en aquella calle en la que siempre había alguna referencia al tren y a la fábrica, fuera en su cielo o en sus aceras, en sus paredes o en sus entejados.

 

La primera vez que fui desde aquella casa de ventanas verde cogollo, blanqueada a la cal y con portones de aldabas y cerrojos, a la céntrica escuela de enorme patio y amplios salones, tuve que correr como un desaforado por otras aceras, a veces por las calles más bien desoladas, porque me había retrasado. No sé si mamá no se despertó a tiempo, no sé si un reloj que todas las noches molestaba con su tictac entre sordo y como de máquina en desajuste, no sonó. Lo que hubiera sido, me hizo correr como un muchacho sin cordura, con una valija de cuero imitación caimán con cuadernos, lápices, sacapuntas y no sé qué otros utensilios. Cuando con la respiración entrecortada entré al concurrido salón, en el que ya habían comenzado las clases con una profesora rubia y zarca, llamada doña Rosa Bother de Muñoz (el primer apellido no lo pronunciábamos ni ella lo usaba), que estaba recitando no sé qué fábula de Pombo, o pudo haber estado entonando alguna oración celestial, los muchachitos se quedaron impávidos al verme entrar como un bólido o como un muñeco de cómic, con desesperos y esperando quizá un regaño delante todo el mundo.

 

Aquella cuadra, en la que también habitaba Correa, un pelado larguirucho y con el cual fui por primera vez al cine, junto con el papá de él, don Alfonso, que nos compró confites y no recuerdo cuáles otras golosinas, tenía en ciertas noches juegos al que llamábamos la “función” y era como una recreación de las peripecias del Oeste cinematográfico. Se usaban sombreros y caballos de palo, con pistolas de artificio o de madera. Unos muchachos hacían de indios, con flechas y arcos de ramitas; otros, de matones con rifles de imaginación y gritos intimidatorios de combate.

 

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Antiguos talleres del ferrocarril en Bello

 

Fue breve mi estancia en aquella cuadra de locomotoras y pitos de fábrica. No sé si fueron seis meses, tal vez más. Lo más impresionante, o el registro que se quedó con más ahínco en la memoria y causa en aquel momento de extravío y conmoción del vecindario, resultó cuando mi hermano menor, que tenía si acaso tres años, no estaba ya en la casa y mamá se regó con su voz delgada, con la misma que en otras ocasiones cantaba con belleza sin par canciones de escuelas y una que otra aria de zarzuela (según supe después), como enloquecida porque se había perdido “el niño”. Y la noticia se regó entre señoras y señores, entre muchachos y muchachas, y no sé por qué salimos todos los de la cuadra hacia la estación. Y en efecto, cuando ya estaba a punto de partir el tren de pasajeros rumbo a Cisneros y otras poblaciones, no sé quién lo vio adentro y hubo revuelo, todos ascendimos al vagón y Richard, así era y es su nombre, tornó a casa con mamá cantando otra vez tonadas de alegría y con uno que otro lagrimón rodante.

Pasó el tren y no volvió. Pasaron los obreros envejecidos.

Aquella cuadra fugaz, de la que se quedaron para siempre en el recuerdo los ladrillos y unas músicas que sonaban en una máquina de fosforescencias (luego supe que eran tangos), como los disparos de fantasía que hacíamos indios y pistoleros de película, pasó. No había tiempo y si hubo relojes, como aquel que no quiso despertar para hacerme llegar tarde el primer día de clase en una escuela pública, no éramos conscientes de que todo pasa. Pasó el tren. Pasaron los obreros envejecidos. Se murieron las flores amarillas y el caserón de tejas lo tumbaron muchos años después.

 

Lo que más viene a la memoria, bueno, digo que me parece que sucede en sueños, son aquellos tintines de metal en la cocina y unos pasos en la oscuridad que se van acercando a mi cama hasta sentir —sin poder gritar ni siquiera poder moverme—, una terrífica fantasmagoría que respira con agitaciones sobre mi cara de niño intempestivo a quien el tiempo se tragó sin sacudirlo.

 

(Nota con obviedad: Es lo que recuerdo, no lo que era aquella calle)

 

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Vieja locomotora, óleo de Rafael Rubio.

La aurinegra de aquel “potrero” de infancia

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Creo que la vi por primera vez en la manga[1] que había detrás de la escuela Rosalía Suárez. Desde un barranco, no muy alto pero que daba buena divisa, miraba a los muchachos un poco más grandes que yo que jugaban a la pelota, con porterías de piedra y unos sin camisa; los otros, los rivales, con revoltura de colorines en el “uniforme”. Uno tenía una camiseta amarilla de rayas negras verticales. Se destacaba no solo por su atuendo sino por los esguinces y me parece que, tras cada uno de esos dribles, al dejar regados a sus rivales, se reía. Vestía, como lo supe después, la camiseta del Peñarol, un equipo uruguayo que por entonces era muy mentado debido a sus conquistas en la Copa Libertadores de América. Lo sabíamos –lo del nombre y los triunfos— por las noticias que brotaban por un radio Philips cuya usuaria y oyente principal era mamá.

 

Son de esas cosas que uno no comprende de inmediato y tal vez nunca. No sabía cuál era el encanto de esa casaca que lucía el “perreador” de baldío de barrio que en cualquier caso era un gozón, se divertía con sus compañeros y no había en él burla sobre los rivales aparte de gambetearlos con facilidad y, por qué no, con una suerte de fantasía o prodigio que me dejaba alelado. Se reía sin ofender porque se sabía dueño de una facultad. No supe de dónde me venía aquel obnubilamiento por los colores y diseño de la camiseta que pudo ser de popelina o de coleta, nunca se supo, pero que al muchacho le iba bien. Días después, y en otra manga, una que quedaba cerca del “árbol de los gallinazos”, en rigor, un piñón de oreja, por el que muchas veces tuve que pasar de mañanita para ir a la escuela, vi a otro jugador con la aurinegra, que entonces no sabía el término ni tampoco que se trataba de los colores del Peñarol de Montevideo.

 

Me fui volviendo hincha, una designación que tampoco era de uso en aquellos días de descubrimientos, del equipo al que luego supe que lo llamaban los mirasoles y los carboneros. ¡Quería tener una camiseta como esa! Pasó el tiempo, muchos partiditos en potreros, en baldíos, muy cerca de quebradas, en la calle, y nada. Luego, también por injerencia de la radio y de vez en cuando de lecturas de ocasión o mejor de hojeadas de periódicos, se me fue pasando el gusto hacia el Independiente de Avellaneda, y todo también relacionado con la Copa Libertadores. Un día le dije a mamá que me consiguiera una camiseta y con los colores escolares le pinté en una hoja de cuaderno la del Peñarol, o, digamos una aproximación, un mamarracho simpático que daba cuenta en todo caso de mi obsesión. “Vamos a ver”, dijo. Y el asunto se olvidó. Bueno, no del todo. Yo seguía con mis ganas y ansiedades.

 

Ella, que tenía una máquina de coser Wheeler & Wilson, que rompía agujas y se enredaba a cada momento, un día compró varios kilos de retazos y entre la miscelánea llegó una tela amarilla. Cortó la camiseta y me la hizo, pero sin las rayas negras. El desconsuelo fue mayor. Pensé que hubiera sido más reparador si no hubiera hecho nada. Era una camisetica desmirriada, sin gracia, de tela ordinaria, a la que no le hice ninguna fiesta y más bien la dejé olvidada sin esperanzas de lucirla en ninguna faena de pelota. De súbito tuve la idea de pintarle listones negros, pero abandoné de inmediato la improvisación y la camiseta en los guardarropas se envejeció y no supe o no me acuerdo cuál fue su final. Nada raro que se hubiera utilizado para limpiar el poyo de la cocina.

 

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La locomotora Rocket, de George Stephenson, su inventor.

 

Más tarde, cuando empecé a escuchar comentaristas de fútbol de afuera, supe que el Peñarol tenía esa camiseta por los colores de una locomotora Rocket, inglesa, que estaba pintada de amarillo y negro. El equipo estaba asociado a los ferrocarrileros. No sé cuánto tiempo pasó y me olvidé de la casaca uruguaya, es más, me estaba gustando más la del Independiente de la industrial Avellaneda. Pero en la adolescencia, cuando entré a un equipo de ascenso, patrocinado por una empresa de calzado, el empresario decidió que debíamos jugar con la aurinegra, la del Peñarol, y entonces recordé los días en que mamá no pudo confeccionarme una parecida y a los muchachos que jamás volví a ver, que la lucían en aquellos cotejos sin pretensiones en mangas que ya no son. Tampoco existe el descomunal piñón ni sus “goleros”. Y en esa zona, todo está sembrado de casas y edificios de desconsolado diseño.

 

En el Peñarol, que ya poco me dice, jugaron Obdulio Varela, Juan Alberto Schiaffino y Alcides Ghiggia, figuras heroicas del Maracanazo. El piñón de oreja, con sus gallinazos mañaneros y del atardecer, es cada vez un recuerdo más borroso y la escuelita ya no está. A veces, no sé por qué, siento una vibración interior cuando me llega de improviso la imagen de una camiseta amarillinegra, la misma que tenía puesta cuando en el equipo de la empresa de calzado marqué un gol de chilena, que de nada sirvió porque no clasificamos a la final.

 

 

11-V-2019

[1] Manga, en algunas partes de Colombia, se denomina a los solares, baldíos o canchas naturales para jugar a la pelota. Especie de potrero.

 

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Obdulio Varela, histórico jugador del Peñarol y la selección uruguaya.

Las cabezas trocadas: placer a tres pieles

(Una novela de Thomas Mann acerca del exótico erotismo religioso)

 

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Imagen de la diosa Kali

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Nos vamos para donde los indios de la India y, dentro de sus complejidades religiosas, hacia su politeísta hinduismo. Nos vamos a entrar en los vericuetos de una leyenda india de la mano, las palabras y el cerebro de un narrador que busca oyentes, porque esta historia, más que para ser leída, es para escucharla. Las cabezas trocadas, novela corta de Thomas Mann, publicada en 1940, es la posibilidad de ver a un descomunal autor que se va hacia Oriente para desentrañar los misterios, si así puede decirse, de un triángulo amoroso entre una mujer de hermosas caderas y dos hombres, uno de 18 y el otro de 25 años, nacidos por segunda vez.

 

En sus Consideraciones de un apolítico, el escritor que a los 25 años ya había publicado su monumental Los Buddenbrook, dijo que “el ser humano no es solo un ser social, sino también un ser metafísico”. Y esta instancia o categoría es la que predominará en una novela que hunde sus reflexiones en una cultura milenaria, cuyas más antiguas raíces se pueden buscar en los épicos relatos del Mahabharata y el Ramayana. El karma, el destino, las encarnaciones, las presencias de dioses diversos, entre ellos, la sangrienta Kali, la de los dieciocho brazos, las castas, en fin, enmarcarán el amor de la esbelta Sita con Nanda y Chridaman.

 

Es una novela sobre el deseo y sus fatalidades. El erotismo que abunda en la obra está cernido por la piel, pero, igual, por los cuerpos y las cabezas. Es una historia “sangrienta y perturbadora” como dice desde el principio el narrador. Y, el lector, bueno, es decir, en otras condiciones, el escuchador, se podrá impresionar con el momento de mayor intensidad de las peripecias de los tres personajes clave: la autodecapitación, el descabezamiento de los dos hombres-amantes, y el trastrocamiento de sus respectivas “torres de control”.

 

Los dos jóvenes, diferentes en edad y casta, también en sus profesiones u oficios, se enamorarán de facto y al mismo tiempo de aquella deslumbradora mujer que se baña en una fuente, desnuda, provocativa, imposible de no despertar pasiones de turbulencia y provocadora de correntosas emociones. Chridaman, comerciante e hijo de comerciantes, será el primero en recibir esa descarga cuando, ambos, se topan con Sita. Nanda, herrero y vaquero, de cuerpo atrayente, es el otro lado del triángulo que tendrá igual a la belleza como una de sus características.

 

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El Mahabharata

 

El mundo tembloroso de los deseos se esparce desde el momento en que los dos jóvenes tienen la visión de Sita, y es un momento para dualidades como alma/imagen; apariencia versus realidad, inteligencia contra estupidez. Sita, la de ojos de perdiz, produce, sobre todo en Chridaman, un arrobamiento que embriaga, una suerte de enfermedad súbita por la muchacha desnuda, de perfectos miembros y una hermosura que puede causar desdichas o inmensas alegrías. O unas y otras al mismo tiempo.

 

Los dos muchachos, que desde el principio son uno para el otro, que cultivan una amistad que por momentos puede parecer sospechosa, cuando se toparon con un baño a orillas del Mosca de Oro, muy cerca del templo de la Señora de Todos los Deseos y Alegrías, se darán cuenta de que sus destinos son inseparables (sus cabezas, en cambio, sí pueden separarse). En esta parte del relato, hay un recorrido por paisajes de ensueño, “que príncipes y grandes reyes no lo hubieran podido tener mejor”. Entre perfumes vegetales y cantos de aves, aparecerá una muchachita que iba a cumplir su ceremonia de baño, su baño de pureza. La descripción que de ella realiza el narrador es arrobadora.

 

“Caderas deliciosamente trazadas que daban una amplia superficie al vientre; con nacientes pechos de virginal rigidez y un trasero de ostentosa prominencia, que se rejuvenecía más arriba en una espalda muy delgada y graciosa…”. En todo caso, la esbeltez de “ese trasero maravilloso” con la elasticidad “juncal de la espalda de hada”, entre otros atributos, hacían de la muchacha de la fuente una aparición celestial. Era, claro, Sita, la hija de Sumantra, cuidador de vacas, de la aldea llamada Hogar del Bisonte. Así lo dijo Nanda, en medio del arrebato que producía esta Virgel del Sol.

 

Las cabezas trocadas, una novela sobre el alma-cuerpo, acerca de los deseos como un modo de la relación con el Yo y el Tú, o, como lo dijo Chridaman, “todos los seres tienen dos existencias: una para sí mismos y otra para los ojos de los demás”, es un pequeño tratado acerca de las relaciones entre lo espiritual y lo material. Una ventana a la contemplación. A su vez, se pueden detectar cómo son los roles de las mujeres en las prácticas vedas, en las sociedades que están bajo las creencias del hinduismo.

 

Mann en esta obra (se la dedicó al eminente mitólogo alemán Heinrich Zimmer, experto en filosofías y religiones de la India) nos acerca con las sensaciones de la belleza física y metafísica al placer, al ejercicio de los sentidos en la búsqueda de regocijos de cuerpo y alma. Además, la posibilidad de meditar acerca de si es la cabeza o es el cuerpo el que domina en determinados momentos de la existencia. Y otra cosa, se puede hacer una lectura sobre el caminar, el peregrinar y sus significados. Como, al mismo tiempo, acerca de los hombres en soledad casi absoluta, como es el caso (patético muchas veces) de los eremitas.

 

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Se podría decir que, en esta obra de deslumbramientos de los sentidos y con énfasis en el cuerpo y sus circunstancias, la razón no es un huésped ni una invitada especial, porque, dentro de las religiones, y más en una como el hinduismo, no hay manera de ejercitarse. Hay asuntos en los cuales no cabe su dominio, porque muchas cosas están dadas por las leyes de las correspondencias, por las divinidades, por la predestinación, por los nacimientos y las muertes.

 

Por más inteligencia que se tenga, nada puede contra la voluntad de los dioses. Kali, fuente del ser, la “realidad última”, es una diosa destructiva, a la que hay que servirle con sangre. Y ella será definitiva en la erección y disolución final del triángulo de amor entre Sita, Nanda y Chridiman. La parte de las decapitaciones puede ser la de máxima intensidad en la obra, que, a partir de los sucesos de los descabezamientos y la resurrección de los descabezados, tomará por caminos insospechados. Y aquí puede hacerse una pregunta: ¿Qué tanto es el poder de la deidad o de qué dimensiones es la debilidad del creyente?

 

¿Qué es la cabeza y qué el cuerpo? Es una reflexión que hay que realizar tras leer la novela. ¿El placer es solo del cuerpo o también trasciende al espíritu? ¿Cuál es la relación entre espíritu y belleza? Una novela sobre el Yo y lo Mío, pero también sobre el Tú y el Otro. Y otra pregunta: ¿De quién es Sita? ¿De Nanda con la cabeza de Chridiman o de este con la cabeza de su amigo? Ambos la aman y la siguen amando después del trueque de cabezas y ella en la práctica es poliándrica, una situación que no se admite “entre seres elevados”.

 

Las cabezas trocadas puede ser, por qué no, una novela sobre los celos y, al mismo tiempo, acerca de la infidelidad. Todo atravesado por la presencia ineludible del deseo, de los delirios de la lujuria, de las ansias que a veces hacen doler el cuerpo. La llama ardiente de las atracciones fatales. Los miembros del triángulo saben o intuyen que después de la muerte tienen la expectativa de volver en otro tiempo a lo terrenal. El fuego final los torna a un estado de pureza, en el que ya no hay la sensorialidad placentera.

 

Qué piensa una cabeza en un cuerpo que no era el suyo. Entonces se pueden conjeturar sobre los destinos y cambios internos y externos, acerca de la desaparición (o, al menos, cambio) del sujeto, de la individualidad. Todos llegarán a ser uno. Y uno, todos. Es una novela sobre el “tres en uno” y la constancia final es inobjetable e ineludible.

 

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El buen burgués y gran escritor Thomas Mann torna en esta novela por sus inclinaciones hacia la belleza y sus significados, a las relaciones entre aquella y el espíritu. De qué está hecho el espíritu y cuáles son los ingredientes que componen lo denominado bello. “Hay una belleza espiritual, y otra que habla a los sentidos. Pero algunos quieren atribuir por completo lo bello al mundo sensorial, separando de él en lo fundamental lo que corresponde al espíritu, de manera que el mundo aparecería dividido polarmente en Espíritu y Belleza”.

 

Una última pregunta que puede flotar en la novela es ¿de quién es Samadhi, hijo de Nanda o de Chridaman? Puede ser que el eremita, el que al fin de cuentas, en medio de una especie de burletería, da el laudo final sobre los cuerpos y las cabezas, deba ser de nuevo consultado. Si Nanda y Chridiman, los dos son uno, es posible que el hijo de Sita sea de ambos, aunque ella lo deja en claro, dirigiéndose a Chridaman: “Tú fuiste mi primer marido, el que me despertó y me enseñó el placer, tal como lo conozco, y a pesar de lo que el seco santo recitara y decidiera acerca de la mujer y la cabeza, el frutito que llevo bajo el corazón es, sin embargo, tuyo”.

 

Esta novela desconcertante nos propone una discusión sobre los conflictos entre el arte y la vida, el placer y la culpa, la belleza y el espíritu. Con el ropaje de una leyenda de la India, la propuesta trasciende aquellas geografías de misterio para internarnos en los asuntos, más terrenales si se quiere, del cuerpo y su autonomía. Dos detalles: una nariz caprina y un rizo de “ternero de la suerte”, qué significación tienen en la obra. Acaso, al final de cuentas, Las cabezas trocadas puede ser una novela sobre la identidad. “Desocupado” lector, ahí le queda tareíta.

 

1-V-2019

 

 

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Una encantadora narración sobre una leyenda de la India

Cuadra de silencios y otras soledades

(Crónica con guayacán, consulta externa y pájaros alborotadores)

 

Antes hubo caserones que se convirtieron en parqueaderos y pequeños edificios.

 

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

¿Qué es esta cuadra? Si la comparo con aquellas de un remoto pasado, ahora durmientes en una inestable memoria con la propiedad —o quizá defecto— de poner bonito lo que era feo, de pintar de colores lo que ni siquiera tenía pintura, es apenas una soledad sin esquinas. Porque las esquinas, digo las de antes, las forjaban los muchachos sentados, o contra la pared, o de pies con una pierna en la acera y la otra en el pavimento, y tenían algún bar en el que jamás faltaron tangos. Y no había soledades. Al menos en uno. Porque, ya se sabe, la soledad es una manera de estar cuando los años te han enseñado a contemplar la vida y a aprender, con un poeta del Siglo de Oro, que “a mis soledades voy, de mis soledades vengo”. Y entonces ¿qué es esta cuadra?

 

Ahora, como vivo más hacia el adentro, la cuadra no está en el coto de mis jerarquías. ¿Cómo decían antes? Ah, sí, o de mis prioridades. No es como, por ejemplo, aquella de la carrera cincuenta, un camino hacia el infinito morro Quitasol, delimitada por una esquina en la que, en una casa de plancha, habitaba la muchacha más pretenciosa (así decía papá) que ni siquiera alzaba a mirar a nadie, menos a nosotros, a los que habían afamado (o difamado) las señoras, en particular doña Marta la de la tienda, como patanes, perniciosos, vagos y nada temerosos de dios ni del diablo. Y en la otra casa, con tejado español, una familia que, según las apariencias, había venido del campo.

 

En la otra esquina (así decían en boxeo) estaba, de un lado, el bar Florida, y, del otro, en el primer piso, una tienda de un tipo al que llamábamos el Llanero y, en el segundo, el habitáculo de una doña a la que no sé por qué le teníamos el sobrenombre de La Perra, habitante de una casa sin repellar y con tejas de asbesto. Y dentro de esos límites, había obreros de fábrica, muchachas bonitas, un señor que andaba con suavidad, la otra tienda, un solar tapado con una paredilla de ladrillos, en fin, que también habitó por allí una dama de trajes negros, muy nocturna ella, y sus hijos cuyo padre era el dueño de un circo.

 

 

Era una cuadra de fútbol, aunque este más que en el espacio sin asfalto, con calle que se embadurnaba de pantano tras las lluvias, lo practicábamos en la plazuela, ahí no más, en la cuadra siguiente. Entonces, para mayor precisión, era de futbolistas que tenían que jugar en la otra esquina. El listado es largo y no hace falta publicar la alineación.

 

Pero, esta cuadra de ahora, en la que habito hace nueve años, es un modo de la soledad. O de las ausencias. Al frente, y lo veo por el ventanal de la sala, hay un parqueadero, que alguna vez quiso ser un pequeño parque con bancas y jardín, rodeado de mallas. A veces, bueno, o casi todos los días, (la veo desde la ventana) llega una señora rubia con carro oscuro, abre las puertas batientes y va al edificio de enseguida, donde, supongo, en el segundo piso, habita su mamá. Ahí, por la acera que está al frente, se yergue un guayacán amarillo, al que arriman pájaros diversos, algunos estrambóticos y de otros mapas, con picos curvos, garras y muy bien emplumados. Hay meses en que sus hojas tapizan no solo el parqueadero de piso de cemento burdo y las aceras, sino la calle. Sucede igual, en otros momentos, con sus flores amarillas.

 

Después del edificio de ladrillo a la vista, hay una casa en la que ya no vive nadie en ella, aunque de día hay una fotocopiadora y cuelgan de una pared coloridos pendones con precios y servicios. Y hacia abajo, con antejardines en los que también hay laureles y crotos, una casa de dos pisos con una barbería en el primero; luego en casa grande y vetusta, una arepería, a la que se le pega otro caserón en el que hay una fábrica de pulpas de frutas. Y en la esquina, sí, en esa casa blanca con rejas, que fue inspección de permanencia, ya no vive nadie.

 

De este lado, o sea, en la misma acera de mi casa, que afuera, en el antejardín tiene un jazmín de noche (reemplazó a un viejo carbonero que murió de pie), una estrella de oriente y un limonero, hay una casa de dos pisos con balcón al que casi no se asoma nadie. En sus afueras crece una araucaria. Luego, en lo que hace años fue un enorme caserón, hay una institución de salud, solo de consulta externa y laboratorio, que, a continuación, en otro gigantesco lote (nunca vi qué casa hubo allí, pero por lo menos mide ochocientos metros cuadrados) tiene el parqueadero privado. Y sigue un edificio de tres pisos, más bien anodino y sin ninguna distinción. Después, una torre de veinte pisos, que puede ser una de las más feas de la ciudad, se eleva sin dignidad arquitectónica alguna, con apartaestudios y en los bajos una tienda de autoservicio. Termina esta parte de la cuadra con abundante casona en la que funciona un centro de rehabilitación de drogadictos.

 

Esta cuadra ancha, con aceras y antejardines, con árboles y arbustos, con uno que otro geranio y matas que llaman de la felicidad, está en el día atiborrada de autos y otros vehículos estacionados, aparte de los que discurren siempre hacia arriba, rumbo a los barrios altos. Es, hasta más o menos las siete de la noche, una cuadra con movimiento y traqueteo de motores. Por la mañana, si uno atisba por el ventanal, verá siempre, sin falta, excepto los domingos, peregrinos a granel que van buscando el centro de la ciudad, a pasos raudos, como si fueran a llegar tarde al trabajo o al estudio.

 

Árboles, ladrillo, asfalto. Una cuadra es más  que estos elementos. Foto Spitaletta

 

Por la noche, hay una transformación. La cuadra se aquieta en una soledad silenciosa. Una noche, como a las diez, escuché unos gritos. Eran los de un muchacho de a pie al que querían asaltar los de una motocicleta. “¡Me van a atracar!”. Me asomé a la ventana y prorrumpí en un “¡hey!, ¡qué pasa! ¡Ladrones!” El muchacho forcejeaba. No se dejó asaltar. Los rateros, como sorprendidos, emprendieron la fuga a los gritos de “¡gonorrea!”. El parrillero intentó tapar la placa con su mano. En los últimos tiempos, pasan mujeres y hombres rubios y muy blancos, sin duda extranjeros, y de vez en cuando monjas de hábito claro y un tipo moreno, barbado, con túnica a lo apóstol, roja y azul celeste, andando en sandalias.

 

En la esquina de arriba, diagonal al guayacán, y en la acera de mi casa, que voltea en su prolongación por la otra calle, hay un poste con una cámara de seguridad y el respectivo aviso: “Zona vigilada 24 horas”. Por las mañanas, se escuchan, cómo no, cánticos de diversos pájaros. Al atardecer suena la gritería de loros. Los martes y los viernes, por las noches, desfilan indigentes que abren las bolsas de basuras, las riegan en muchas oportunidades, se llevan el reciclaje y se encuentran sin saludarse. Hay un hombre, con dulceabrigo rojo, que en el día cuida y organiza los carros y motocicletas que llegan al servicio de salud. En un tiempo, olía en las mañanas a papas, buñuelos y empanadas de una cafetería que ya cerraron.

 

Si no fuera por los guayacanes (hay tres), los laureles y el frondoso arbusto galán de la noche (así también le dicen, aunque todavía no perfuma), sería una cuadra sin gracia alguna. Si quieren saber cuáles son los sonidos del silencio, pueden pasar un domingo después de las ocho de la noche. Es una cuadra para los que ya vivimos más hacia adentro que hacia el exterior. No hay niños y hace poco murió el vecino del primer piso, un ingeniero geólogo de pocas palabras y con apariencia de no querer seguir viviendo. No hubo aviso funerario y no sé dónde fueron las honras fúnebres.

 

Todavía por esta cuadra se escucha el pregón del mazamorrero y los alborotos de un carrito de helados con altoparlante. Pasa, antes del mediodía, de lunes a sábado, la señora que anuncia tamales a tres mil. Y dos veces a la semana, a mi puerta toca Aurora, una viejecita de bastón que vende inciensos y confites.

 

Guayacán y silueta de edificio. Foto Spitaletta

 

A diferencia de aquella antigua cuadra de estropicios, con muchachas de minifalda y obreros de factorías textiles, gritos de fútbol callejero y señoras de chisme a flor de piel, por acá no hay saludos de puerta a puerta ni de ventana a ventana. Y, en rigor, no sé cómo se llama la señora rubia del carro oscuro, ni su mamá, ni los que habitan en el primer piso en diagonal (una señora amonada y su marido), ni los de enseguida, ni la señora de las fotocopias. Solo sé el del caballero del dulceabrigo rojo, el de uno o dos taxistas y los de la viuda y los dos hijos del señor que dejó de vivir para siempre en esta cuadra.

 

21-IV-2019

 

Esquina bajo el aguacero. Foto Spitaletta

 

 

Meursault o el hombre absurdo

(El extranjero como símbolo del descalabro de la razón y del sujeto)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

I.

 

En El Extranjero, de Albert Camus, novela publicada en 1942, hay, a escala, una representación del destino de Europa en dos guerras mundiales, la pérdida de la identidad del sujeto, el hombre convertido en una pavesa “al viento y al azar”. Es la simbolización de la apatía, del ya no me importa nada después del acabose. Hay en el protagonista de esta obra breve —que también, como otras muy famosas por sus primeras palabras, tiene un comienzo que trastorna al lector— una indiferencia por el transcurrir de las cosas, por la vida, por sus contradicciones. Meursault, un tipo sin ambiciones (así se lo dirá el patrón en algún momento cuando le propone irse a trabajar a París), es, por si hubiera dudas, un inyectado por las agujas hipodérmicas del desdén.

 

La novela, con una estructura temporal que avanza en presente continuo, dividida en dos partes, comienza de un modo en el que se expresa una duda, una aparente despreocupación por un hecho si bien no fundamental, sí singular en la vida de alguien: “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé”. Y en este encabezamiento hay una especie de condena, de actitud impasible, de aparente desprendimiento del mundo, que a un hombre como Meursault, despojado de prejuicios, lo puede perjudicar y hundir en el fango de las desventuras.

 

Habitante de Argel, el telegrama que le anuncia la muerte de su madre, lo hará viajar ochenta kilómetros en autobús a Marengo, pueblo donde está el asilo en el que él internó a su madre, cuando ya ninguno de los dos tenía nada que decirse. El extranjero, como el lector lo verá, es también una obra sobre la comunicación o, más bien, la falta de ella, con silencios y actos en los que la pronunciación de determinadas frases puede ser usada en contra del hombre que, en superficie, no exteriorizó ningún dolor ante la muerte de su mamá y, por el contrario, se mostró sereno, sin síntomas de ninguna pena. No es un tipo convencional.

 

Meursault —gran observador— padece una especie de extrañamiento del mundo, aunque para él, todavía un hombre joven, la culpa no es un tormento. Ni siquiera es una posibilidad de desequilibrio emocional. La novela, narrada en primera persona (Meursault es el narrador-protagonista), muestra en su antesala al hombre en medio de ancianos, del féretro de su madre, del director del asilo y de la vejez como un escalón muy próximo al final. Todo lo que en esta fase se dice tendrá, después, un sentido (¿un sinsentido?), y más aún, una consecuencia. Fumar un cigarrillo muy cerca del ataúd de la mamá, tomar café con leche, no derramar ninguna lágrima, no aparentar ningún dolor por la ausencia definitiva de su progenitora, serán marcas que prevalecerán en el desenlace de la historia.

 

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“Pues bien, habré de morir. Antes que otros, era evidente. Pero todo el mundo sabe que la vida no vale la pena de ser vivida”.

 

Meursault (¿un hombre absurdo?) es la caracterización de un ser que al menos en la vida exterior es un despreocupado. Sabe que, aun sin creer en ningún dios, de tener una visión del trabajo como si fuera una irremediable condena, el mundo seguirá. Y él no podrá cambiarlo. Existe en su condición un destino ineludible, una intrínseca forma de no poder eludir nada. Así se irán concatenando circunstancias, hechos, sociabilidades, encuentros, casi todos en un mundo estrecho, en el edificio de inquilinato donde habita, en la oficina, en las relaciones con María (antigua compañera de trabajo y sensual amante), Raimundo, un sujeto que vive de las damas, como si fuera un cafishio; Salamano, el viejo del perro sarnoso; Celeste, el dueño del restaurante… Todos son parte de una retícula, de una azarosa predestinación a la que no se le pueden hacer esguinces. Como en una tragedia de Sófocles.

 

Meursault sabe que ninguna muerte, ni siquiera la de su madre, cambiará nada. Ni acostarse con María. Ni servir de testigo a Raimundo para salvarlo de un juicio por maltrato a una amante. Quizá por eso, es un hombre que no se interesa por ningún cambio. Tal vez, aunque más que las palabras son los hechos los que lo van pintando, no es de los que se preocupa si las cosas siguen como están o no. Y, como el lector descubrirá, el amor no está hecho para él. Llega y listo. No hay una voluntad de alterar el curso de los acontecimientos.

 

¿Por qué debe alguien sentirse desgraciado con la muerte de su madre? Es una pregunta que flota en el ambiente y puede ser que hasta la pronuncie un cercano a los eventos. En este punto, puede ser interesante conectar El extranjero con El mito de Sísifo, de Camus, que es un planteamiento acerca del absurdo, con una hipótesis clave: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”.

 

¿Cuál es el sentido de la existencia? ¿Tiene vigencia la razón después de la catástrofe de las dos guerras mundiales, de los campos de concentración, del exterminio del hombre por el hombre? “Lo absurdo nace de esta confrontación entre el llamamiento humano y el silencio irrazonable del mundo”, como se plantea en el libro El mito de Sísifo. Y estos avatares, estas sensaciones y preguntas se expresarán en un personaje como Meursault, a quien la existencia o inexistencia de Dios no le interesa ni es una preocupación vital. Da lo mismo.

 

¿Y qué tiene que ver Meursault con Sísifo? Este personaje de la mitología griega, cantado por Homero, es condenado por los dioses a subir sin cesar una piedra hasta la cima de una montaña desde donde la roca volverá a bajar por su propio peso, haciendo que ese trabajo, esa labor del “proletario de los dioses”, fuera inane y se convirtiera en un eterno subir y bajar. “Trabajo inútil y sin esperanza”. Y la meditación de Camus va hasta encontrar que Sísifo es un héroe absurdo, “tanto por sus pasiones como por su tormento”. Está condenado a no acabar nada. A repetir una tarea siempre inconclusa, pero que, en el trayecto, sobre todo de vuelta para reanudar su pena sin fin, podrá reflexionar, tener nociones del tiempo, acceder a una conciencia sobre su atroz castigo. Y ahí, entonces, Sísifo será dichoso.

 

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II.

 

En la novela de Camus el calor, el sol, las metáforas sobre espadas de luz, sobre espadas ardientes, las arenas playeras, son una clave para determinar algunos comportamientos del protagonista.  El sol de Argel, un sol obnubilante, fabricador de sofocos, ¿un sol de justicia?, puede penetrar en el cerebro, quemarlo, ponerlo a delirar y luego hacer que un hombre que padece de extrañamientos dispare una vez, y después cuatro veces más, contra un árabe que ha esgrimido un cuchillo en una playa fatal.

 

Y antes del crimen, hay una serie de hechos, de amarres literarios en pro de la narración, de situaciones que conllevan a que un domingo trágico María, Raimundo y Meursault vayan a visitar a Masson, dueño de una cabaña. Y que por allá, en medio de los paseantes, estén unos árabes, entre ellos el hermano de la muchacha que Raimundo oprobió. Un cúmulo de circunstancias, de miradas, de encontrones, de ganas de venganza se irá tramando. Y el sol, como un leitmotiv, pero a su vez como un elemento perturbador, enceguecedor, estará acompañando la irremediable construcción y desenlace de la tragedia.

 

El sol resplandeciente, quemante, atronador. Con rojas fulguraciones, como una metáfora de sangre, como símbolo de la muerte y la violencia, estará calentando el cerebro de Meursault, que no podrá “vencer al sol y a la opaca embriaguez que se derrama sobre mí”. Y en esa primera parte de la novela, en la que el protagonista se pinta como el dueño de una ilimitada indiferencia por la vida, se vuelve a sentir con su canícula el sol, el mismo sol del día en que él enterró a su madre. No podrá librarse del sol ni de sus brillos enloquecedores. Es un condenado sin redención alguna. Un oficinista opaco que, de pronto, se ve transmutado en asesino. Qué absurda es la existencia.

 

Todo está planeado (¿por los dioses? ¿por las circunstancias? ¿por el inexplicable destino?) para que Meursault se convierta en culpable, en asesino. El extranjero es una obra en la que, más que calor, hay un resplandor que ciega la razón, un encandilamiento de los sentidos, un ineludible camino hacia la desgracia. Y así, el hombre-absurdo, el que lleva una vida sin muchos paisajes, entrará en los terrenos pantanosos (también pueden ser arenas movedizas) de la ley y sus mecanismos.

 

En El extranjero hay una particularidad: Meursault, tras el asesinato, se metamorfoseará. La segunda parte es como un despertar, una adquisición de conciencia y un apuntalamiento de las creencias y convicciones filosóficas de un ser que se enfrenta a un sistema envolvente. Sabe que no hay esperanzas. Es otro Sísifo. No tiene nociones del tiempo. Sentirá que todo es como un día, una repetición, una incesante permanencia en la celda. La misma espera. El mismo transcurrir, el mismo estar. Al principio, tendrá pensamientos de hombre libre; después, ante la opresión del encierro, sus pensamientos serán de presidiario.

 

“Todos los seres normales habían, más o menos, deseado la muerte de los que amaban”

 

En aquella detención sabrá que la ley está “bien hecha”. Que contra ella no procede nada. La instrucción durará once meses. Y el hombre, que recibe una visita carcelaria de María, sabrá que no hay salida. Se enterará de la mediocridad del abogado defensor y de la suficiencia del acusador. Pondrá contra las cuerdas al cura, que queda como un entrometido, como una suerte de marioneta religiosa, un pelele de la sinrazón, y se dará cuenta de que la vida no vale la pena de ser vivida. A nadie le importa si mató a un árabe, pero sí es muy sospechoso y denigrante su comportamiento desusado ante la muerte de su madre, su falta de dolor, su ida a un cine con María para ver, pocas horas después de enterrar a la señora Meursault, una película del cómico francés Fernandel…

 

El extranjero es una novela que quema. Todo en ella está bien urdido, sin espectacularidades verbales, con tasa y medida de conexiones, de pistas, de entrecruzamientos de causa-efecto. Apenas lo necesario para montar un tinglado de tensiones con una narración de impecable factura literaria. El acusado, que sabe que no hay desgracia completa, aspira a la apelación, pero, en el fondo, presiente la condena. Sabe, sin decirlo, que es una representación del Mito de Sísifo, como una reencarnación de aquella entidad griega. Un ser que, en la segunda parte de la obra, se abre a la luminosidad del conocimiento.

 

Meursault, ante la ley y ante la sociedad, es un desalmado. Un ser indolente. Una especie de cínico que puede hacer tambalear creencias, el estatus quo, lo establecido, las convenciones, la moral. Y así no merece vivir. Es un peligro. Solo la guillotina lo redimirá. Y librará de riesgos a los demás. Después de todo, de que la cuchilla (la ducha fría) “haga justicia”, el sol de Argel seguirá alumbrando.

 

(Reseña a propósito del Seminario de Novela Europea siglo xx)

 

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“No creo en Dios, me aburre”.

Mamertos del mundo, uníos

(Origen y metamorfosis de la palabra mamerto en Colombia)

 

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Líderes del proletariado mundial. Marx, Engels, Lenin, Stalin, Mao.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La muchachita, medio arribista y esnob, se infla los carrillos (o los desinfla) para decir, sin dársele nada: “ese man es un mamerto”. Y con acritud lo expresa alguna cara de palo de la “godarria” más rancia y reaccionaria, que hasta el propio Laureano se sonrojaría por tan extremas ideologías ultraconservaduristas, y sí, damas y caballeros, lo dice como si estuviera a punto de un orgasmo, no, no, más bien de un ataque de histeria: “¡mamerto!”. Puede ser la misma señora que se hizo famosa por haber pronunciado una frase tonta y sin gracejo alguno: “estudien vagos”.

 

A cualquiera que exteriorice cuestionamientos al orden (más bien desorden) neoliberal, al gobierno, a los partidos clientelistas y corruptos, quien se atreva a criticar a un sujeto que se cree el “mesías”, pero no el de Händel (ni siquiera el de la trilladora Handel, tan cara a López Michelsen), sino uno que ahora anda diciendo que las masacres deben ser con “criterio social” y al que algunos llaman “Él”, y otros —menos crípticos— el Innombrable. Bueno, el cuento es que si vos te ponés a “dar de baja” el discurso de la privatización de lo público, de darle madera al paramilitarismo y sus adláteres (los de la parapolítica), bueno, si estás controvirtiendo al poder y sus lacras, pues sos un mamerto.

 

Lo dice la señora de rosario de seis y la otra que cree que todo el mundo se va a “homosexualizar”, y la de allá, que dice que a las muchachas las quieren volver lesbianas, y así, en medio de la “propaganda negra” (ah, y por qué negra y no blanca o mestiza, o de otra tonalidad, “etnia” o condición), los que tienen sentido crítico y no tragan entero, no son parte de la grey desconcertada ni ejercen la “servidumbre voluntaria”, esos son ¡mamertos!

 

En cualquier caso, la palabra se volvió sinónimo de izquierdista, de comunista (no siempre disfrazado), de progresista, pero, a su vez, según la óptica derechosa, de bobote idealista que cree en utopías y sueña con la revolución social. “Ay, mamerto”, dice el gomelo. “¡Gas, mamertos!”, se le oye rebuznar a cualquier doña burguesa apergaminada que la cogió la tarde para ir al te-canasta o a tomar el “algo” al club de exclusividades. Sí, esos que están en el mitin; los que marchan; los que gritan consignas; los que paralizan el tráfico; los que convocan a plantones en solidaridad con los desplazados por la violencia; los que apoyan la minga indígena; aquellos que están por la prevalencia de la educación pública e impulsan una educación científica y popular, bueno, esos son los mamertos.

 

Se sabe que las palabras, en su uso y desuso, en sus ascensos y bajadas, van cambiando. Llegan nuevos significados y desaparecen los viejos. Son los gajes del lenguaje. Sus dinámicas. El origen del término en Colombia está conectado con varias circunstancias históricas y con una colectividad, el Partido Comunista Colombiano, el mismo que se fundó por allá en los años 30 y al cual López Pumarejo denominó, no sin ironía y guasa, el “partido liberal chiquito”. Ese mismo partido que, en las elecciones de 1946, apoyó a Gabriel Turbay y le dio la espalda a Gaitán, con quien tampoco comulgaron con su visión antiimperialista.

 

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El santoral católico  tiene varios San Mamerto.

 

Cuando se estableció el Frente Nacional, una alianza liberal-conservadora, excluyente, en la que los dos partidos tradicionales se alternaron en la presidencia y el poder, la izquierda, hasta ese momento representada mayoritariamente por el Partido Comunista, quedó al margen. Ya se había extinguido la guerrilla liberal, surgida en los primeros años de la Violencia, en los tiempos de la tiranía de Laureano Gómez; y los amnistiados por la dictadura (otros dicen que era una dicta-blanda) de Rojas Pinilla, muchos ya habían sido asesinados.

 

Con el influjo de la Revolución cubana, el surgimiento de nuevas tendencias de izquierda en oposición al bipartidismo ya era en los sesenta un paisaje de diversidades ideológicas, como la guerrilla del MOEC, fundada en 1959 por Antonio Larrota, y después, tras los bombardeos a Marquetalia, el Pato y Guayabero durante el gobierno de Guillermo León Valencia, la aparición de las Farc en 1964. Por aquellos mismos tiempos, surgieron otras guerrillas como el Eln (con significativa presencia de sacerdotes) y el Epl. La izquierda legal seguía representada por el Partido Comunista Colombiano y, a fines de los sesenta, surgió el MOIR (Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario), como un desprendimiento y transformación del MOEC.

 

El Partido Comunista, que seguí lineamientos de la Unión Soviética, se tornó en una colectividad revisionista. En las universidades tenía la presencia de sus juventudes (la JUCO) y, por lo demás, en su táctica establecía la “combinación de todas las formas de lucha”. Su secretario general, Gilberto Vieira, y la dirigencia y militancia, participaban en elecciones, cuando el movimiento armado se había declarado abstencionista (“abstención beligerante”). Y fue entonces, ante los comportamientos vacilantes de los comunistas línea Moscú, que los de la otra calle los comenzaron a llamar “mamertos”.

 

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Gilberto Vieira, secretario del PCC, acompañado por García Márquez.

El calificativo tenía origen en que los comunistas se “mamaban” de ciertas lizas, no participaban, o eran moderados frente a lo que se consideraban las luchas por la revolución colombiana. Y entonces se les endilgó el apelativo: mamertos. Porque, como advierte la lengua popular, “para el mamón no hay ley”. Bueno, digamos que mamerto rimaba con Gilberto. Y así se estableció, entre la segregada izquierda, la armada y la no armada, esa “chapa”.

 

A veces, en las universidades y en otros espacios públicos, había literales garroteras entre los militantes del PCC y los activistas del MOIR. En sus coros y diatribas no faltaba de parte de los moiristas hacia los comunistas el término que hoy se usa para señalar a toda la izquierda; o para decir en estos tiempos, como también se ha escuchado en las universidades, sobre todo entre estudiantes facilistas y de protuberante pereza mental, que un documento o un libro gordo es toda una mamertiada (como sinónimo de aburrición, ladrillo, qué pereza leer eso tan largo, cositas así).

 

En los debates políticos e ideológicos de los sesentas y setentas, la izquierda radical y foquista, la que no participaba en las lizas electorales y estaba por la lucha armada, consideraba que la otra izquierda, la más mesurada, la que hablaba del frente amplio y la construcción de alianzas programáticas con otras tendencias, no era parte de la revolución. Eran los “electoreros”, así no más, mamertos. La palabreja se usó hasta los ochentas en esa dimensión lingüística, con el criterio de que los del PCC eran los “mamertos”.

 

No sé cuándo el sentido cambió. Pudo ser después de la caída del muro de Berlín y la Perestroika. O quizá tras la “discurseadera” de la posmodernidad y otras yerbas. Cambiaron los relatos y correlatos. Se transformó la Guerra Fría, se diluyó el socialimperialismo soviético. Surgieron otras narrativas. Y, por lo demás, muchos izquierdosos recularon y se mimetizaron en la oficialidad. Otros renegaron de sus creencias, en particular los que eran más “botafuegos”. Los cooptó el sistema, cuando no las filas de las mafias del narcotráfico.

 

Después del dos mil, con la presencia neoliberal del uribismo, con su reelección, con los procesos de la yidispolítica, la extensión del paramilitarismo en Colombia, que desde los ochenta ya era una amenaza en diversas partes del país, con el reino del “todo vale”, con la macartización que con distintos mecanismos, unos sutiles, otros abiertos y violentos, se hizo de la izquierda, el terminacho de mamerto surgió como un señalamiento hacia los que pensaban distinto a los nuevos capos de la política (mejor, de la parapolítica y otras corruptelas).

 

Burla burlando los partidarios del autoritarismo, de la vulgaridad y la cultura mafiosa devenida estilo político (o politiquero), nombraron como mamertos a los discordantes. A quienes estaban en la otra orilla. Es que ni siquiera era ya para designar a la izquierda, sino para liberales y personalidades democráticas que se atrevían a disentir. Así que si usted es un crítico del sistema, uno que disuena, que no se alinea con los caporales y los señores feudales, usted es, así no más, un mamerto.

 

La ultraderecha  colombiana, especialista en satanizar y macartizar las luchas populares

 

Y, como si no bastara, la montonera de la ultraderecha, de sus bueyes y conmilitones, le puede poner un escapulario (cuando no una lápida) con vainas como “castrochavista” y otras sandeces. Hace parte, quizá, de una cruzada regoda y retrógrada que quiere hacer ver el diablo, demonizar, satanizar, a los que no están bajo su férula. Y así como doña cabal-gata, o cualquier don tales le pueden zampar su mamertazo porque usted no se prosterna, también —nada raro— lo pueden ir convirtiendo en “falso positivo” y asarlo en la “paila mocha”.

 

Pero no os preocupéis, queridos mamertos. Porque mamerto, por lo visto, ya no es el que se “mama” de alguna pelea social, sino el que, con sus posiciones y pensamientos críticos y punzantes (¿cortopunzantes?), pone muy “agrierudos” y con rasquiña en las verijas a quienes aún creen que pueden hacer lo que les da la gana con los oprimidos y descamisados de una patria que —qué vaina pues— todavía sigue siendo muy boba y atolondrada.

 

 

13-IV-2019

 

 

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Marcha estudiantil en defensa  de la educación pública.