Todos somos Whitman

A los 200 años del nacimiento del autor de Hojas de hierba

 

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El viaje que emprendo es eterno (¡que todos me oigan!)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cantar a todos los hombres, cantarse él mismo, cantarle al origen y al final, al paso del peregrino por los mapas. Decir que somos tierra. ¿Quién engendró ese poeta cuya voz sin desafines continúa diciéndonos que “el viaje que emprendo es eterno (¡Que todos me oigan!)”? ¿Quién le dijo a ese poeta de una isla pisciforme que nos enseñara que somos apenas una molécula de un cosmos infinito en el cual, sin embargo, la degradación de un ser puede degradar a todos?

 

¿De dónde brotó ese hombre que es uno y todos los hombres al mismo tiempo? Walt Whitman, a doscientos años de su alumbramiento, del inicio de su viaje luminoso por el destino de la democracia y sus azarosos vericuetos, nos sigue interrogando acerca de la palabra originaria, la misma que, como lo diría Filón de Alejandría, crea las cosas. Y, además, acerca de nuestra pertenencia a un género, a un destino, a lo que vendrá. Whitman, el de las polifonías, el que tiene la voz del marino y la del caminante, más que un poeta es un profeta.

 

Whitman, un hito en la historia de las literaturas, es una consecuencia de la modernidad (¿o una causa?), de la elevación del sujeto a instancias supremas. Un poeta que, como no sé quién lo advirtió, nos liberó de la moral. Un trovador de sí mismo que al descubrir la esencia humana se convirtió en todos los hombres en simultánea.  “Yo me celebro y yo me canto, / y todo cuanto es mío también es tuyo, / porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca”.

 

Ese poeta que “ejecutó con felicidad el experimento más audaz y más vasto que la historia de la literatura registra”, como lo dijo Borges, es un hombre que se multiplica en todos. Un observador de la sociedad y de la naturaleza, de la cultura, que creó narrándose a sí mismo, cantándole a su cuerpo y a los de los otros, a su espíritu y al del resto, una manera distinta (¿única?) de ser poeta. “Su mensaje trata de enseñar al hombre el arte de vivir”, dijo Enrique López Castellón en el ensayo Walt Whitman, el poeta y su obra.

 

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Una mujer me espera, contiene todo y no falta nada…

 

Whitman, “bien criado y parido por una madre excelsa”, el que conoció búfalos y expresó dolores ante la muerte de su querido Lincoln; el que bebió de Emerson y supo de estrellas y lluvias y nevadas, le cantó al hombre y la mujer (“No podemos hallar explicación para el amor del cuerpo de un hombre, o el del cuerpo de una mujer”). Y fue todas las voces, todos los paisajes, todas las vidas y las muertes.

 

Harold Bloom, el mismo que ha dicho que Whitman es su “propia musa”, señaló que los dos principales poetas estadounidenses, el que nos convoca en esta nota y Emily Dickinson, “llegaron a ser universales centrándose en sí mismos”. En efecto, el autor de Hojas de hierba descubre su “yo mismo”, lo reelabora, lo subvierte, lo eleva a dimensiones desconocidas y lo pone a circular entre el resto de la humanidad. Entonces aparecen el peón y el obrero, el soldado y el vaquero, el leñador y la prostituta… Todos son él y son los otros. “Soy el poeta de los cantos adánicos” en los cuales él se ofrece “sumergido en el sexo de mi ser y mis himnos”.

 

Con estrépitos de músicas vengo,
con cornetas y tambores.

 

Tantas cosas se han dicho de Whitman. Y otras más se seguirán diciendo. Siempre será nueva su voz vieja. Su barba y su sombrero continuarán haciendo parte del mundo exterior, de la apariencia, de un poeta cósmico (¿cuántas veces se habrá dicho esta calificación?) que nos ofrece viajes por Manhattan o por el Misisipi y por la interioridad humana. Es el poeta de la libertad y de la belleza entendida como armonía entre la naturaleza y la cultura.

 

“Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman, / he dejado de ver tu barba llena de mariposas, / ni tus hombros de pana gastados por la luna, / ni tus muslos de Apolo virginal…”, le canta García Lorca en su Oda a Walt Whitman. Después de su muerte (Nueva Jersey 1892), el poeta duerme a orillas del Hudson y de todos los ríos del mundo. Su “yo mismo” nos pertenece a todos.

 

Whitman, cantor de la paz y de la guerra, del cuerpo y del alma, sigue siendo parte de los nacimientos y de los anuncios. “Anuncio el advenimiento de personas elementales / Anuncio a la justicia triunfante / Anuncio intransigentes libertades e igualdades…”. El poeta del ayer y del mañana nos sigue interrogando. Todos somos Whitman. Nos besa a todos con sus palabras de viejo sabio que se volvió multitud.

 

(Publicado en El Espectador, columna Sombrero de mago, 4-06-2019)

 

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Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes mas
grandes de la Historia. Whitman. Ilustración de Matthew Allen

Mamertos del mundo, uníos

(Origen y metamorfosis de la palabra mamerto en Colombia)

 

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Líderes del proletariado mundial. Marx, Engels, Lenin, Stalin, Mao.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La muchachita, medio arribista y esnob, se infla los carrillos (o los desinfla) para decir, sin dársele nada: “ese man es un mamerto”. Y con acritud lo expresa alguna cara de palo de la “godarria” más rancia y reaccionaria, que hasta el propio Laureano se sonrojaría por tan extremas ideologías ultraconservaduristas, y sí, damas y caballeros, lo dice como si estuviera a punto de un orgasmo, no, no, más bien de un ataque de histeria: “¡mamerto!”. Puede ser la misma señora que se hizo famosa por haber pronunciado una frase tonta y sin gracejo alguno: “estudien vagos”.

 

A cualquiera que exteriorice cuestionamientos al orden (más bien desorden) neoliberal, al gobierno, a los partidos clientelistas y corruptos, quien se atreva a criticar a un sujeto que se cree el “mesías”, pero no el de Händel (ni siquiera el de la trilladora Handel, tan cara a López Michelsen), sino uno que ahora anda diciendo que las masacres deben ser con “criterio social” y al que algunos llaman “Él”, y otros —menos crípticos— el Innombrable. Bueno, el cuento es que si vos te ponés a “dar de baja” el discurso de la privatización de lo público, de darle madera al paramilitarismo y sus adláteres (los de la parapolítica), bueno, si estás controvirtiendo al poder y sus lacras, pues sos un mamerto.

 

Lo dice la señora de rosario de seis y la otra que cree que todo el mundo se va a “homosexualizar”, y la de allá, que dice que a las muchachas las quieren volver lesbianas, y así, en medio de la “propaganda negra” (ah, y por qué negra y no blanca o mestiza, o de otra tonalidad, “etnia” o condición), los que tienen sentido crítico y no tragan entero, no son parte de la grey desconcertada ni ejercen la “servidumbre voluntaria”, esos son ¡mamertos!

 

En cualquier caso, la palabra se volvió sinónimo de izquierdista, de comunista (no siempre disfrazado), de progresista, pero, a su vez, según la óptica derechosa, de bobote idealista que cree en utopías y sueña con la revolución social. “Ay, mamerto”, dice el gomelo. “¡Gas, mamertos!”, se le oye rebuznar a cualquier doña burguesa apergaminada que la cogió la tarde para ir al te-canasta o a tomar el “algo” al club de exclusividades. Sí, esos que están en el mitin; los que marchan; los que gritan consignas; los que paralizan el tráfico; los que convocan a plantones en solidaridad con los desplazados por la violencia; los que apoyan la minga indígena; aquellos que están por la prevalencia de la educación pública e impulsan una educación científica y popular, bueno, esos son los mamertos.

 

Se sabe que las palabras, en su uso y desuso, en sus ascensos y bajadas, van cambiando. Llegan nuevos significados y desaparecen los viejos. Son los gajes del lenguaje. Sus dinámicas. El origen del término en Colombia está conectado con varias circunstancias históricas y con una colectividad, el Partido Comunista Colombiano, el mismo que se fundó por allá en los años 30 y al cual López Pumarejo denominó, no sin ironía y guasa, el “partido liberal chiquito”. Ese mismo partido que, en las elecciones de 1946, apoyó a Gabriel Turbay y le dio la espalda a Gaitán, con quien tampoco comulgaron con su visión antiimperialista.

 

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El santoral católico  tiene varios San Mamerto.

 

Cuando se estableció el Frente Nacional, una alianza liberal-conservadora, excluyente, en la que los dos partidos tradicionales se alternaron en la presidencia y el poder, la izquierda, hasta ese momento representada mayoritariamente por el Partido Comunista, quedó al margen. Ya se había extinguido la guerrilla liberal, surgida en los primeros años de la Violencia, en los tiempos de la tiranía de Laureano Gómez; y los amnistiados por la dictadura (otros dicen que era una dicta-blanda) de Rojas Pinilla, muchos ya habían sido asesinados.

 

Con el influjo de la Revolución cubana, el surgimiento de nuevas tendencias de izquierda en oposición al bipartidismo ya era en los sesenta un paisaje de diversidades ideológicas, como la guerrilla del MOEC, fundada en 1959 por Antonio Larrota, y después, tras los bombardeos a Marquetalia, el Pato y Guayabero durante el gobierno de Guillermo León Valencia, la aparición de las Farc en 1964. Por aquellos mismos tiempos, surgieron otras guerrillas como el Eln (con significativa presencia de sacerdotes) y el Epl. La izquierda legal seguía representada por el Partido Comunista Colombiano y, a fines de los sesenta, surgió el MOIR (Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario), como un desprendimiento y transformación del MOEC.

 

El Partido Comunista, que seguía lineamientos de la Unión Soviética, se tornó en una colectividad revisionista. En las universidades tenía la presencia de sus juventudes (la JUCO) y, por lo demás, en su táctica establecía la “combinación de todas las formas de lucha”. Su secretario general, Gilberto Vieira, y la dirigencia y militancia, participaban en elecciones, cuando el movimiento armado se había declarado abstencionista (“abstención beligerante”). Y fue entonces, ante los comportamientos vacilantes de los comunistas línea Moscú, que los de la otra calle los comenzaron a llamar “mamertos”.

 

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Gilberto Vieira, secretario del PCC, acompañado por García Márquez.

El calificativo tenía origen en que los comunistas se “mamaban” de ciertas lizas, no participaban, o eran moderados frente a lo que se consideraban las luchas por la revolución colombiana. Y entonces se les endilgó el apelativo: mamertos. Porque, como advierte la lengua popular, “para el mamón no hay ley”. Bueno, digamos que mamerto rimaba con Gilberto. Y así se estableció, entre la segregada izquierda, la armada y la no armada, esa “chapa”.

 

A veces, en las universidades y en otros espacios públicos, había literales garroteras entre los militantes del PCC y los activistas del MOIR. En sus coros y diatribas no faltaba de parte de los moiristas hacia los comunistas el término que hoy se usa para señalar a toda la izquierda; o para decir en estos tiempos, como también se ha escuchado en las universidades, sobre todo entre estudiantes facilistas y de protuberante pereza mental, que un documento o un libro gordo es toda una mamertiada (como sinónimo de aburrición, ladrillo, qué pereza leer eso tan largo, cositas así).

 

En los debates políticos e ideológicos de los sesentas y setentas, la izquierda radical y foquista, la que no participaba en las lizas electorales y estaba por la lucha armada, consideraba que la otra izquierda, la más mesurada, la que hablaba del frente amplio y la construcción de alianzas programáticas con otras tendencias, no era parte de la revolución. Eran los “electoreros”, así no más, mamertos. La palabreja se usó hasta los ochentas en esa dimensión lingüística, con el criterio de que los del PCC eran los “mamertos”.

 

No sé cuándo el sentido cambió. Pudo ser después de la caída del muro de Berlín y la Perestroika. O quizá tras la “discurseadera” de la posmodernidad y otras yerbas. Cambiaron los relatos y correlatos. Se transformó la Guerra Fría, se diluyó el socialimperialismo soviético. Surgieron otras narrativas. Y, por lo demás, muchos izquierdosos recularon y se mimetizaron en la oficialidad. Otros renegaron de sus creencias, en particular los que eran más “botafuegos”. Los cooptó el sistema, cuando no las filas de las mafias del narcotráfico.

 

Después del dos mil, con la presencia neoliberal del uribismo, con su reelección, con los procesos de la yidispolítica, la extensión del paramilitarismo en Colombia, que desde los ochenta ya era una amenaza en diversas partes del país, con el reino del “todo vale”, con la macartización que con distintos mecanismos, unos sutiles, otros abiertos y violentos, se hizo de la izquierda, el terminacho de mamerto surgió como un señalamiento hacia los que pensaban distinto a los nuevos capos de la política (mejor, de la parapolítica y otras corruptelas).

 

Burla burlando los partidarios del autoritarismo, de la vulgaridad y la cultura mafiosa devenida estilo político (o politiquero), nombraron como mamertos a los discordantes. A quienes estaban en la otra orilla. Es que ni siquiera era ya para designar a la izquierda, sino para liberales y personalidades democráticas que se atrevían a disentir. Así que si usted es un crítico del sistema, uno que disuena, que no se alinea con los caporales y los señores feudales, usted es, así no más, un mamerto.

 

La ultraderecha  colombiana, especialista en satanizar y macartizar las luchas populares

 

Y, como si no bastara, la montonera de la ultraderecha, de sus bueyes y conmilitones, le puede poner un escapulario (cuando no una lápida) con vainas como “castrochavista” y otras sandeces. Hace parte, quizá, de una cruzada regoda y retrógrada que quiere hacer ver el diablo, demonizar, satanizar, a los que no están bajo su férula. Y así como doña cabal-gata, o cualquier don tales le pueden zampar su mamertazo porque usted no se prosterna, también —nada raro— lo pueden ir convirtiendo en “falso positivo” y asarlo en la “paila mocha”.

 

Pero no os preocupéis, queridos mamertos. Porque mamerto, por lo visto, ya no es el que se “mama” de alguna pelea social, sino el que, con sus posiciones y pensamientos críticos y punzantes (¿cortopunzantes?), pone muy “agrierudos” y con rasquiña en las verijas a quienes aún creen que pueden hacer lo que les da la gana con los oprimidos y descamisados de una patria que —qué vaina pues— todavía sigue siendo muy boba y atolondrada.

 

 

13-IV-2019

 

 

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Marcha estudiantil en defensa  de la educación pública.

 

¿Cuándo se jodió Medellín?

(Panorámico recorrido por diversas violencias que han azotado la ciudad)

 

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El Pájaro, escultura de Fernando Botero, destruida en un atentado que dejó veinte muertos en el parque San Antonio, en 1995.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En Antioquia, la violencia, expresada de distintas formas (sutiles, algunas veces; disfrazadas, otras; y muy evidentes y descarnadas, casi siempre) se tornó parte de la cotidianidad y en una manera irracional de resolver conflictos, situaciones dispares, y quizá, por qué no, de conseguir dinero. Peligroso señor es Don Dinero, y quererlo mucho puede conducir a estropear convivencias y a salir del otro como se pueda, ojalá “borrándolo” del paisaje. Hay, sobre todo en Medellín, una violencia de vieja data que por momentos se amortigua, pero no cesa. Va y vuelve. Se agranda y se encoge ¿Por qué?

 

No tengo la respuesta. Hay que buscarla entre todos y es materia de estudio de distintas disciplinas. Con el reciente asesinato de un diseñador gráfico, Mauricio Ospina, en un negocio público de Laureles, cuando sicarios dispararon contra otros dos hombres y el joven Mauricio se erigió como “víctima inocente”, han tornado los análisis, las meditaciones, las reflexiones sobre la violencia en una ciudad que tiene dolorosos antecedentes, mucho antes de la irrupción nefasta de las mafias y los carteles de las drogas; mucho antes que emergiera, quizá como un subproducto de una cultura arribista y esnobista, tal vez con innúmeros complejos identitarios, el capo Pablo Escobar.

 

El antioqueño es disímil. No es igual el del nordeste al del suroeste. Y el de Urabá no es, ni de fundas, similar al del oriente. Hay muchos antioqueños. Y la historia ha dado, hasta ahora, buena cuenta del aserto. Desde antes de la Independencia, cuando dentro de los cánones del despotismo ilustrado, la Corona quería volver más rentables a sus colonias, el antioqueño, una rica mezcla todavía en formación, era visto como un perezoso, según la visión al respecto que tuvo el visitador Juan Antonio Mon y Velarde, el “regenerador”. A Antioquia la aniquiló la colonia. En cambio, a partir del siglo XIX, surgirá una región de prosperidades comerciales, auríferas, cafeteras y, en los albores del XX, se disparará el sector industrial.

 

El oidor español, que había establecido y organizado las tres rentas (aguardiente, degüello y tabaco), la emprendió contra la corrupción y el desgreño administrativo, propició agriculturas (como la del anís) y se avergonzó ante la ignorancia y atraso cultural de una notoria cauda de habitantes. Después, llegó la formación de un pueblo que, desde principios de la era republicana, tenía inmersas en cerebro e intestinos las discriminaciones sociales, con una élite que, muchas veces “blanqueada” por el oro y la compra de títulos nobiliarios y otras canonjías, promulgaba la imagen de que se trataba de una “raza”. Los discursos eugenésicos, que se prolongaron hasta bien transcurrido un tramo del siglo XX, proliferaron y hubo menosprecios para los más pobres, los humillados y ofendidos.

 

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Teatro Junín, símbolo de la vieja  Medellín.

 

El clasismo fue una de las características de los modelos económicos y sociales establecidos en Antioquia en el siglo XIX, una Antioquia que ya tenía celebridad por sus expansiones fronterizas desde la centuria anterior con los movimientos colonizadores. Y todo se estratificó. Así, el “buen tono”, la “urbanidad”, la “etiqueta”, el “chic” parisién, eran maneras de distinción de las clases altas y, con tales ejercicios, los de abajo, los peones, los artesanos, los negros, los indios, los despojados, eran solo mano de obra a la que había que controlar —y explotar— con distintos mecanismos.

 

De ese modo, con el oro, pero eso sí, sin sangres moras ni judías, porque había que limpiar toda traza impura que pudiera manchar el pasado católico, blanco, y menos con huellas indígenas o negroides, en Antioquia pelecharon diferenciaciones sociales, con brechas y abismos muy sórdidos y anchos. Los de arriba eran los impolutos, los elegidos, los llamados a mandar y a ejercer el poder. Los otros, tenían que obedecer. Eran los malolientes, los descastados, los que tenían mezclas raras y peligrosas. Así, hubo antioqueños muy distinguidos, de “buena familia” y otros, desheredados. Pudiera ser, entonces, que el oro, o, mejor, Don Dinero, pudiera igualar a los de abolengo con un paria en ascenso social (un emergente). Y el fenómeno aflorará, con todas sus implicaciones socioeconómicas y aun políticas, en los setentas y aún después, con la aparición de “don-nadies” elevados a la máxima potencia por los “milagros” del narcotráfico, el contrabando y otras trastadas. Las “carangas” resucitadas que llamaron.

 

La violencia, de vieja data, que estipulaba diferencias, que maltrataba a los sin fortuna, que eran en las guerras civiles los reclutados como carne de cañón (o de machete), fue estableciendo sus cotas. El modelo empresarial antioqueño, pensado y construido en las primeras décadas del XX, tuvo aliados en el Estado, la Iglesia, la educación confesional, las dietas literarias impuestas a los católicos (qué puede leer un católico, qué cine o teatro puede ver), la vigilancia a través de patronatos y otras instituciones, el control de las conductas mediante catequesis y también con las censuras (fue el tiempo de las juntas de censura), todo un enjambre, pero a su vez, un edificio complejo de manejos y dispositivos de poder.

 

Medellín ha sido centro de mafias, pistoleros, hampones diversos, corruptelas…

 

Digamos que todos estos enunciados han sido —y seguirán siendo— pábulo de investigaciones, tesis académicas, artículos de revistas indexadas, en fin, y que hay que escrutar para dar respuestas, o, al menos, alguna interpretación, a qué es esa vaina de la “antioqueñidad”; por qué una ciudad como Medellín ha sido centro de mafias, pistoleros, hampones diversos, corruptelas (como las que hubo, por ejemplo, en la construcción del Metro de Medellín) y sigue siendo un campo de cultivo de divisas conservaduristas y de “godarrias” dominantes y casi inamovibles.

 

A ese espejismo, aupado con ideas de progreso (aquí el progreso ha sido más que todo aquella ‘movención’ conectada con infraestructuras, chimeneas, métodos de producción, y poco o casi nada con la cultura, el pensamiento, la educación, las ciencias), a ese oropel de lo antioqueño como sinónimo de transformación, de riqueza, de pujanza y de haberse creído una “raza” superior, hay que sumarle lo que Fernando González, uno de los pensadores que ha desbrozado caminos en torno a la “antioqueñidad”, es que nos quedamos con el complejo del hideputa. Y, como bien lo mostrará el maestro Carrasquilla en homilías, relatos, crónicas, cuentos y novelas, en un “bovarismo”, en una identidad resquebrajada y más mirando hacia modelos extranjeros que a la construcción de una cultura propia. Estamos muy inflados. Más de la cuenta. Sobrevalorados.

 

Son múltiples factores: la geografía, las riquezas naturales, la transformación de materias primas, los mercados, la búsqueda de nuevos horizontes (como en el cuadro de Francisco Antonio Cano), los que nos han hecho creer que somos inequívocos, “superiores”, emprendedores a ultranza, únicos. Y a tal caracterización hay que sumarle mil variables más, que trascienden el “dicharacherismo”, los decires como “el antioqueño no se vara”, el amor cuasi enfermizo al dinero, el materialismo hirsuto y vulgar…

 

¿Y entonces la violencia? Con una especie de ruptura, o de corte histórico, que comienza a notarse a partir de la segunda mitad del siglo XX, a la que contribuirán la violencia liberal-conservadora en los campos colombianos, las nuevas migraciones, con desplazamientos obligatorios o forzados, distintas a las de los primeros años de la centuria, cuando los cantos de sirena de la industria convocaban a miles de trabajadores que marchaban del campo a la ciudad para emplearse en las fábricas, digo que desde esas calendas la ciudad se transmuta. Ya ni siquiera la planeación (planea el que tiene el poder) es posible. Los que llegan, como una turba, como una ola gigante tras una tormenta marítima, como un vendaval, se asientan primero a orillas del río (un río al que siempre la ciudad le ha dado la espalda) y luego ascienden por las laderas.

 

Y advienen nuevas discriminaciones. Nuevas violencias. Nuevos atropellos, como los de 1951, con una alcaldada que mandó a todas las putas, una legión casi infinita (en los cuarentas, Medellín, tan goda y rezandera, tenía autorizadas nueve zonas de tolerancia) al barrio Antioquia, en una arbitrariedad, cometida por Luis Peláez Restrepo (y auspiciada por dueños de empresas y otros potentados). Y hay entonces un corte en la ciudad. Que se va sintiendo —y resintiendo— en los sesentas y setentas, con las crisis industriales, con el desempleo, los cambios de renta de la tierra, los nuevos usos del suelo, la tugurización, en fin.

 

En esos años hay una ascendente sumatoria de violencias, de despojos, de segregaciones. Y después, con la aparición, en los sesentas, de varias guerrillas en el país, a las que se sumó, en los setenta, tras el desvergonzado fraude electoral de 1970, la del M-19, los discursos son otros. El narcotráfico emergerá, en un territorio abonado por pobrezas y otras miserias, como una suerte de huracán que removerá entejados y pondrá a tambalear la endeble edificación de esa “Antioquia grande”, tan cacareada por demagogos y otros politiqueros.

 

La violencia de los ochentas y noventas, con carro bombas, sicariato, masacres, a la que se le debe adicionar la expansión del paramilitarismo y las bandas criminales, metamorfoseará la ciudad y sus alrededores en una espantosa caldera del diablo. Se envilecerá el valor de la vida y aumentará el poder de Don Dinero, ese que es capaz de erigir al hampón en santo y al verdugo en sujeto de adoración. Aquella antigua consigna de “consiga dinero como sea, pero consiga, mijo”, pone en evidencia, muchos años después, las distancias exorbitantes entre las clases sociales. Y entonces, con pistolas, subametralladoras, explosivos, el lumpen gana posiciones y turbulentas trepadas en la “escala” social.

 

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Mauricio Ospina y la protesta por su asesinato.

 

¿Cuándo comenzó a joderse la ciudad? La pregunta, formulada en otras geografías, en otras circunstancias, como sucede en una novela de Vargas Llosa, puede tener respuesta en la conformación de lo que ha sido Antioquia. En la historia. En la antropología. En las viejas literaturas. En los archivos. Quizá se inició el desbarranque cuando las élites, tan presumidas, tan todopoderosas, iniciaron sus humillaciones y desprecios hacia los “carenciados”. Como haya sido, hoy, en una ciudad que en 2018 tuvo más de 600 homicidios, incluido el del creativo joven, muerto en una incursión de sicarios en el barrio Laureles, los problemas sociales son graves y la inequidad es un cáncer o una gangrena que todo lo carcome.

 

Y a la par de los mejoramientos infraestructurales, o, más bien, como prioridad de una ciudad, deben estar en primer plano todos los rubros relacionados con la cultura, la educación, el trabajo productivo, la investigación científica, la creatividad, la sensibilización en artes, el impulso a los saberes y a la convivencia pacífica. No se necesitan tantas demagogias y visajes de los mandamases. No se requieren cosméticas y otros maquillajes oficiales. No más engañifas del poder. Hay que iniciar una transformación de fondo en las “superestructuras”, en las mentalidades. Empresa colosal e inaplazable.

 

La muerte (y otras muertes) de un joven talentoso y pacífico no puede ser en vano; tiene que servir para que prosigamos con una reflexión, permanente y crítica, en torno a la ciudad, sus desventuras, sus desquiciadas formas de resolución de conflictos y para ir construyendo un mundo en el que las palabras y los argumentos, la razón y el pensamiento, sean parte de la cotidianidad y de la discusión en torno a las diferencias, y a la búsqueda de acuerdos y desacuerdos civilizados.

 

(Enero 1º de 2019)

 

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La muerte de Pablo Escobar, pintura de Fernando Botero.

 

 

 

 

Escribir a ciegas

(La tragedia del submarino Kursk y las lecciones literarias de un oficial ruso)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

La Guerra Fría, que tantas veces se calentó, creó novelas de espías, competencias espaciales, una tirantez entre dos arrogantes superpotencias y, además de una carrera militarista-armamentista, diseñó submarinos atómicos. Así que el de los Beatles, el amarillo (We all live in a yellow submarine…), es apenas un atisbo débil a los mares en disputa. El Kursk, gloria de la armada rusa postsoviética, construido entre 1992 y 1994, rápido (30 nudos en superficie y 32 en inmersión), era duro como la roca más poderosa y tenía un armamento de miedo: 24 lanzadores de misiles diferentes y cuatro tubos lanzatorpedos.

 

Era un aparato de respeto, un almacenador de explosivos, movido por dos reactores nucleares, con una altura de un edificio de seis pisos y 150 metros de eslora. Dicen que era más de dos veces el tamaño de un avión jumbo. Como en una vieja tonada marinera, el emblemático submarino ruso salió el 10 de agosto de 2000 para realizar maniobras militares en el mar de Barents junto a otros sumergibles. Era parte de un entrenamiento, con simulacros de ataques. Dos días después todo era normal, incluido el lanzamiento de un misil de prácticas. Y de pronto, a las 11:27 de la mañana, cuando el submarino iba a disparar su primer torpedo contra una “falsa escuadra” enemiga, hubo una explosión aterradora y la onda expansiva mató de inmediato a muchos marinos. Dos minutos más tarde, otro estallido apocalíptico destruyó la proa del sofisticado submarino y “lo echó a pique en 108 metros de profundidad”, según se supo después.

 

Quedaron muy pocos tripulantes vivos, que subieron al compartimento 9. Los sistemas eléctricos colapsaron y el casco se inundó. Los que sobrevivieron estaban condenados a una muerte inminente. Y los altos mandos, afuera, para evitar que la nave se convirtiera en una bomba radioactiva, apagaron los reactores desde la sala de control. Apenas 23 ocupantes se habían salvado de las dos explosiones y esperaban sin esperanza.

 

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Un oficial, Dmitri Kolésnikov, tomó el mando de la situación de desastre y comenzó a anotar los nombres de los sobrevivientes. Tiempo después, cuando recuperaron su cuerpo, se encontró una nota en su uniforme, con un mensaje para su esposa: “Está muy oscuro para escribir, pero lo intentaré con el tacto. Parece que no tenemos posibilidades, tal vez el 10 o el 20 por ciento. Saludos para todos. No hay que desesperarse”. Sin embargo, la nota más célebre, por su exactitud y alto sentido de lo elemental y necesario, fue la escrita por otro oficial (o quizá hubiera sido el mismo):

“Trece horas, quince minutos. Todo el personal de los compartimentos seis, siete y ocho han pasado al noveno. Somos 23. Hemos tomado esta decisión debido al accidente. Nadie puede subir a la superficie. Escribo a ciegas”.

 

En ese segundo semestre del 2000, el mundo estuvo en vilo por la suerte de los marinos del Kursk. Todos perecieron. Pero cuando se supo de una nota hallada como testimonio de la tragedia y de los últimos minutos de los sobrevivientes, hubo conmoción. El escritor español Juan José Millás dio una breve cátedra de literatura en una de sus condensadas columnas en el diario El País.

 

“Estas palabras (las citadas arriba), escritas por un oficial del Kursk en un pedazo de papel, tienen la turbadora exactitud que pedimos a un texto literario”, dice. Y aporta elementos sobre el rigor y lo imprescindible. Es una nota que dice lo que tiene que decir, sin tiempo para más. Lo justo. Lo esencial. “En situaciones extremas, la literatura sale a presión, como por la grieta de una tubería reventada. El documento del oficial del Kursk es bueno porque es necesario. Mientras la muerte trepaba por sus piernas, ese hombre se entregó con fría vehemencia a la literatura”, apunta el autor de Que nadie duerma.

 

Hay que imaginar al oficial-escritor, haciendo su obra cumbre y final en un fragmento de papel, acosado por las circunstancias, a punto de perecer junto con sus otros compañeros. Sí, claro, no hay tiempo para regodeos y adornos. Es la osamenta. El tuétano. Solo lo que interesa a la historia. Una historia breve e intensa, con una combinatoria de tensión e información primordial. A secas.

 

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“Amados Natasha e hijito mio Sasha!!! Si logran leer esta carta significa que habré muerto. Los amo muchísimo. Natasha, perdoname por todo. Sasha se todo un hombre. Los beso fuertemente. Borisov, A.M.”

 

Eso de escribir a ciegas, a tientas, acosado por la muerte, por lo inevitable, tiene su valor humano y literario. Es una nota más allá del testimonio. Es un testamento. Con hora, lugar, cantidades, razones o motivos y una acotación final, determinante: “escribo a ciegas”. Tal vez, en el periodismo flojo y ramplón de muchos medios de información de hoy, se requiera esa actitud, como una especie de faro, o de guía. Contar una historia con intensidad y tensión, con rigurosidad y matemática verbal. Sin florituras y sin superficialidades. Con la profundidad de un submarino como el Kursk.

 

Años después, el historiador ruso Vitali Dotsenko, citado por el periódico ABC, de España, declaró que es partidario de la hipótesis de que el submarino ruso fue alcanzado por un torpedo estadounidense Mark-48, “al parecer como advertencia de Estados Unidos para que Rusia no vendiera sus armas a China”. Los sobrevivientes duraron unas ocho horas. Muchas de sus notas de urgencia no se han publicado todavía.

 

¡Cuántas parrafadas se han escrito sobre el arte de escribir! ¡Cuántas teorías hay al respecto! Quizá en la única palabra que alcanzó a pronunciar el mítico héroe de Maratón cuando, tras correr hasta Atenas a dar una noticia, dijo “¡vencimos!” y se desplomó sin vida, está toda la literatura. La precisión, quizá por los acosos del tiempo, por las presiones asfixiantes de la realidad, conducen de seguro al camino de lo esencial. La belleza (trágica o no) no está en las palabras, sino en los hechos que esas palabras —pocas o muchas— designan.

 

Cuando uno lee, por ejemplo, aquel renombrado Reportaje al pie del patíbulo, de Julius Fucik, lo que turba es la contienda valerosa de un hombre contra la muerte. No tiene tiempo de excesos verbales, de extenderse en asuntos secundarios. Su palabra se torna necesaria. La va escribiendo en furtivos papeles que obtiene en prisión para dejar una prueba, un testimonio de heroísmo y dignidad, un ejemplo de resistencia.

 

En el Diario de Ana Frank, otro caso, hay otra pista: no hay pretensión literaria. Se cuenta y ya. Con esa posición frente a la vida salva su existencia. O sea, es un acto suficiente, como el del náufrago que lanza en una botella una petición de auxilio. Interesa escribirla, aunque nadie se la tope. Porque, es más: cuando alguien la encuentre quizá ya sea demasiado tarde.

 

Tanto en el grito del héroe griego, como sucede también en el impresionante escrito del oficial del Kursk, es más lo callado que lo dicho. Los atenienses, al escucharlo, a lo mejor explotaron de júbilo. Sucede como en la teoría de Hemingway sobre el témpano o el iceberg: lo que aparece en la superficie es una mínima parte; lo demás, subyace; está como sustrato, como sedimento, como sustento. En estos casos de escritura, a veces extrema, hay que tener más información que la que se da. Por debajo, hay todo un mundo interior, que sirve para que el presunto lector imagine, tenga posibilidades de ir más allá de lo visible.

 

La nota del oficial muerto en aquel submarino de sofisticaciones, es simple y directa. Sin esguinces. Lo que expresa es lo que se requiere para el entendimiento y la imaginación. Hay un drama contenido, una agonía subterránea (o submarina), están bien dispuestas las coordenadas de los hechos y de lo que producen. Sin efectismos. Hay, quiérase o no, en esas pocas palabras que dicen tanto, una lección de literatura. Sí, literatura bajo presión, que es la que más corresponde al periodismo, ese mismo que en Colombia hace rato está en decadencia porque desterraron de sus páginas las historias y otras narraciones. Qué cosa. Ya nadie escribe a ciegas.

 

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El submarino ruso Kursk.

 

 

 

 

 

 

Gonorrea “pasada al papayo”

(El lenguaje de la violencia y el envilecimiento de las palabras)

 

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Diálogo entre escuderos.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El lenguaje, además de simbolizar, representar, crear metáforas, designa realidades objetivas y subjetivas. Y es, en sí mismo, por su corpus y organización, una realidad material, física, con masa y movimiento, y, claro, también es una entidad metafísica, dotado de inmaterialidad y silencio. Una complejidad. Y así como hay un lenguaje del poder (y otros de los contrapoderes), con disfraces, sutilezas, ocultamientos más que revelaciones, hay otro que es el de la violencia, con sus matices y hemorragias. El lenguaje de la sangre y de la muerte.

 

En Colombia, país de violencias, de guerras y guerritas, de conflictos múltiples y cuantiosos despropósitos, el lenguaje ha tenido variaciones y permanencias. Una expresión propia de los años cincuenta, de la Violencia liberal-conservadora, como “pasar al papayo”, se mantuvo durante décadas, como una prolongación del gusto por matar, de las intenciones de “borrar” al otro, de despojarlo de su máxima condición: la de vivir. Una metáfora vegetal, más del campo que de la urbe, trascendió calendarios y llegó a ser popular hasta los años ochenta, tiempo en que ya ha surgido otro lenguaje violento: el de las mafias del narcotráfico.

 

En los cincuentas, tiempo del pavoroso laureanismo, de la guerrilla liberal del llano, de la aparición de autodefensas campesinas, de horrores permanentes, el lenguaje de la violencia se pobló de expresiones eufemísticas, como “ángel de la guarda” para referirse al revólver, o como “fosforear”, que era incendiar, meterle fuego al monte, a las huertas, a las casas. Y de otras como “pavear” y “palomiar”, que era matar desde los matorrales, oficio de “pájaros”, asesinos desde las sombras.

 

Eran los tiempos de “tostar” y no propiamente café sino de dar muerte a otro. Entonces, una canción infantil como El pirata (“soy pirata y navego en los mares / donde todos respetan mi voz…”), se trastocó con la misma melodía en un himno de los guerrilleros del sur del Tolima: “Soy soldado de los guerrilleros / que conquistan un mundo mejor / y prometo vencer en la lucha / contra el dólar y su dictador”.

 

Eran los tiempos del macabro “corte de franela”, de “aplanchar” a otro, o sea, darle plan con el machete (después llegaría el filo), de dejar a alguien “picado para tamal”, o sea, cortado en pequeños trozos, o de ponerlo como a bocachico. “Bocachiquiar” consistía en sajar el cuerpo de la víctima para un desangre lento. Como en el perturbador relato de la Colonia penitenciaria, de Kafka. Y según la realidad de espanto, el lenguaje asumía modos de designación de la misma o de su camuflaje. El enemigo desea arrebatar a su rival la lengua (y no solo literalmente, como pasó en aquellos días de furias y desangres, en particular en la ruralidad colombiana) para que de él, de su contrario, no quede ningún testimonio, ningún rastro. Dejar al otro sin palabras es otro modo del asesinato. Un borrón físico y de la memoria.

 

Los mismos apelativos de muchos bandoleros de los cincuentas tienen conexión lingüística con el ejercicio de la violencia. Así, por ejemplo, Tirofijo, Sangrenegra, Puñalada, Martirio, Maligno, Desquite y otros tenían acepciones acordes a las maneras de ser y actuar de sus portadores. Eran apodos o que ellos mismos seleccionaban, o, como era más usual, puestos por sus amigotes o por los que serían sus víctimas o temían serlo.

 

En Medellín, por ejemplo, donde las élites manejaron un lenguaje de exclusiones, de segregaciones raciales y clasistas, el muy extendido trabajo de la prostitución llevó a que, en los cuarentas, hubiese en la ciudad nueve amplias zonas de tolerancia, entre las que estaban Lovaina, Las Camelias, sectores de Guayaquil como La Guaira, y abundaran las enfermedades venéreas. La palabra gonorrea se pronunciaba en voz baja, era una especie de castigo divino, de maldición bíblica, en los tiempos en que todavía no estaba la penicilina.

 

Después, en los ochenta y noventa, y bajo el influjo de lenguajes promovidos por las mafias, el sicariato, los combos barriales, la palabreja se convirtió en insulto, en continua manera de la agresión verbal. Luego, como en nuestra lengua ha pasado por ejemplo con la palabra hijueputa (o hideputa), de la que hay un elogio de maravilla en la conversa que sostiene Sancho Panza con el escudero del Caballero del Bosque, se tornó en favorabilidad de sentimientos, en manifestación de cariño. Todo, como se sabe, según la entonación. Todo depende del “tonito” con que se pronuncie.

 

Un muerto en la calle, puede ser solo un “muñeco”, uno que “pasaron al papayo”…

 

El lenguaje de la violencia —que ha penetrado todas las capas sociales— en zonas en las que la vida cotidiana ha estado atravesada por sus distintas presencias, es parte de la insensibilización masiva. Se pierden los contextos, las causas y efectos, se envilecen las palabras quizá de tanto repetirlas o de tanto vivir las situaciones que nombran. Así un muerto en la calle, puede ser solo un “muñeco”, uno que “pasaron al papayo”, un “chulo”, un “tostado”. Y ya. La violencia acaba con sentimentalismos, con lamentaciones. Y, peor aún, envilece las palabras, las vacía de significado.

 

En el libro Lenguaje y silencio, de George Steiner, en el que hay un análisis acerca del mundo de las palabras, encogido cada vez más, en el que la cultura literaria se ha esfumado debido a la presencia de la cultura de masas, se dice que “el lenguaje de la política se ha contaminado de oscuridad y de locura” y se eleva un clamor porque, en periódicos, leyes y actos humanos, se devuelvan a las palabras sus significados, como una salida para evitar el caos. La violencia es una generadora de caos. Y va pervirtiendo el lenguaje. Lo empobrece.

 

La repetición de la violencia, que se convierte en rutina, en paisaje, desensibiliza al ciudadano. Lo vuelve un indiferente, un apático, y con estas actitudes ganan los impulsores de la brutalidad y el salvajismo. Recuerdo en una céntrica avenida bellanita, un diciembre, un cadáver tirado en el piso. Y otros, desinteresados y fríos, continuaban su bailoteo muy cerca. Como si nada. “El muerto al hoyo y el vivo al baile”, se ha dicho. Y como formas de naturalización de la violencia, e incluso peor, de la banalización de la misma, se ha llegado a condenar a la víctima: “algo debía”, se dice, y a sacar en limpio al victimario. Mejor dicho, todo se volvió una “gonorrea”. Qué güevonada pues.

 

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Violencia y lenguaje.

 

El sustancioso sabor de Prado

 

El libro A qué sabe Prado en 90 años, un acercamiento a la historia de la comida en Prado. Foto Reinaldo Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

El Prado, un barrio hecho sueño, según la expresión feliz de su fundador Ricardo Olano, es una mezcla de arquitecturas, vegetaciones, calles anchas y caserones desmesurados. En su geografía variopinta, se pueden encontrar leones en alguna entrada, mansiones galesas, arabescos de fachada, palacios a la egipcia y mucho hierro forjado. Es un patrimonio cultural. Y una manera, también muy atractiva, de percibir el extinto esplendor de una burguesía esnobista que propugnaba por parecer de “buen gusto”, según moldes europeizantes de época.

 

El barrio, tal vez el más bello de la ciudad, puede servir para una arqueología de costumbres antañosas, para la exploración de imaginarios y mentalidades de otros días, y para la indagación de significados urbanos. ¿Qué era la ciudad antes? ¿Qué es hoy? Prado, en todo caso, ofrece posibilidades tanto para el flâneur o caminante con criterio, como para el historiador, el reportero, el turista y los habitantes de otros sectores de Medellín. Para todos los interesados en la estética y en el florecimiento de los guayacanes. O en aquellos paseantes nocturnos que aspiran a deleitar su olfato con el perfume del jazmín de la noche.

 

En este barrio de esquinas curvilíneas, de ventanales multiformes, de portones y contraportones, de sorpresas visuales, todavía, pese a la notoria deshabitación familiar, se sienten olores diversos de comestibles hogareños y repostería. Ya en alguna esquina se pueden percibir los aromas de empanadas venezolanas o de comidas vegetarianas. Y en su pasado, rico en viandas como en silencios anochecidos, hay una miscelánea de historias y fantasmas.

 

Prado, hoy un barrio corporativo, con veintidós conventos, con abundancia de asilos geriátricos, con clínicas e instituciones educativas, mantiene visos de su viejo esplendor, aunque haya testimonios que dan cuenta de una decadencia melancólica en varias de sus edificaciones, como si fueran una suerte de proyección de una gótica obra de Edgar Allan Poe.

 

Aspecto de una mansión del barrio Prado. Foto Carlos Spitaletta

 

Prado, donde hay casas como de cuento de hadas, se yergue como el último bastión de un tiempo que representa una historia de grandes empresarios, de comerciantes e industriales, que tuvieron como sede familiar un barrio fundado en 1926. Y una manera del viejo urbanismo que pensó en la gratificación de los espacios y en el valor ambiental, en el que caben los amplios antejardines y la sombra refrescante de casco’evacas, pimientos, cadmios, mangos y los guayacanes de floración alucinante.

 

El barrio, en cuyo paisaje multifacético se pueden ahora ver algunos habitantes de calle durmiendo en aceras, tiene gentes dedicadas a la cultura, a las bellas artes, a la preservación patrimonial y a la investigación urbana. Declarado como patrimonio cultural de Medellín, sobrevive a las ambiciones desaforadas de pulpos constructores y otros depredadores de ciudad.

 

Y entre los que tienen a Prado como un laboratorio de cultura y de conservación histórica de la memoria y la identidad ciudadanas, está la Fundación Patrimonio para el Desarrollo. Allí, entre sus inquietudes, se erige la de la investigación de las comidas de hoy y ayer en el barrio. El proyecto A qué saber Prado en 90 años, liderado por el cocinero Hernán Tobón, es una muestra de las inquietudes y discusiones por la historia y sus aplicaciones.

 

¿Qué pasaba en las cocinas de las casas de Prado? ¿Cómo confluían diversos platos, tanto tradicionales y de raíz antioqueña con otros de carácter nacional e internacional? ¿Había chocolates con sabor a infancia? ¿Qué aportes culinarios hicieron, por ejemplo, las nanas? ¿Qué sentido tenían la mesa y la congregación familiar a la hora de las comidas? Estas y otras preguntas se hizo el investigador, que reunió a viejos y nuevos habitantes del barrio para construir un amplio menú de platos, entradas, sobremesas y bebidas del día y de la noche.

 

Es importante saber cómo y qué comían los habitantes de hace años, y lo que siguen consumiendo los actuales. ¿Qué parte de la tradición se mantuvo? Cualquiera podría inquietarse acerca de si los antiguos moradores se interesaban en viandas como el “calentao” o si hubo, a la campesina, una introducción madrugadora llamada “los tragos”. ¿Qué diferencias había en una mesa de Prado y otras, por decir algo, de Buenos Aires, de San Benito, de Manrique?

 

¿Se puede hablar de un desayuno patrimonial? En Prado, según las pesquisas de Hernán Tobón y su equipo de investigadores, los desayunos eran la conjunción entre arepas, calentao, quesito de hoja, mantequilla de bola, buñuelos y chocolate. Y al ágape había que sumarle el valor incalculable de la reunión y la conversa familiares. ¿Distinto al de otros barrios? ¿Parecido?

 

Prado, el de la multiplicidad de estilos arquitectónicos, el de los áticos y las torrecillas, es un grato espacio en el que las historias continúan floreciendo (como los guayacanes) y en el cual todavía se pueden disfrutar conversaciones domésticas alrededor de una mesa de comedor.

 

Nota: Se trata del prólogo al libro A qué sabe Prado en 90 años, de varios autores, entre ellos Hernán Tobón, y que fue proyecto ganador en 2017 en la modalidad “Celebrando el mes del patrimonio”.

 

Fuente en la sede de la Fundación Patrimonio para el Desarrollo, en la carrera Balboa. Foto Carlos Spitaletta

Servidumbre y resistencia

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“Volveré y seré millones”, dicen que dijo Espartaco.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cuando un redactor de El Mundo me preguntó cuál era mi político predilecto, sin vacilar le contesté: Espartaco. Y sí, porque era un enamorado de la libertad que se alzó contra la república romana entre los años 73 y 71 antes de Cristo. El subversivo que perturbó a un estado todopoderoso, murió en su gesta en la que sublevó a miles de oprimidos. En sus arengas advertía que los esclavos nada tenían que perder, excepto sus cadenas y, en cambio, tenían todo un mundo por ganar.

 

Espartaco, a quien se atribuye la frase lapidaria de “volveré y seré millones”, cuando estaba agonizando en una cruz, en la que pereció como muchos otros de sus compañeros rebeldes, es un paradigma de la libertad y de las luchas por la dignidad humana. Puso en vilo a un poder inconmensurable y legó a la historia enseñanzas sobre la desobediencia y los alzamientos contra la dominación.

 

Centenares de años después, en los tiempos del Renacimiento, un joven francés, que va a ser guiado y publicado por Michel de Montaigne, el inventor del ensayo, “el más humano de los géneros”, que dijera el finado Jaime Alberto Vélez, escribió en 1548 una pieza que sigue alentando reflexiones sobre los alcances de la libertad como un logro de la razón y contra las vejaciones del arrodillamiento y la subordinación escogida por gusto propio.

 

En efecto, el ensayo titulado Discurso de la servidumbre voluntaria, de Étienne de La Boétie, es una obra de plena vigencia filosófica y política, concebida hace quinientos setenta años, sobre la sumisión mental, la aceptación sin ninguna repulsa de la degradación y la aparente necesidad de tener un patrón, alguien que imponga su yugo y sus condiciones. ¿A qué se debe el desdén por la autonomía, por la capacidad de pensar por sí mismo? ¿Acaso se llegan a amar las cadenas, la subyugación, las humillaciones?

 

El ensayista se sorprende de ver “un millón de hombres miserablemente dominados, la cabeza bajo el yugo, no porque estén obligados por una fuerza mayor, sino porque están fascinados y por así decirlo embrujados por el nombre de uno que no debiesen temer porque está solo, ni amar porque es inhumano y cruel hacia todos ellos”. Y su reflexión lo conduce a preguntarse de dónde procede el sometimiento y por qué se acepta así no más, sin descargas de oposición, sin desencadenar puja alguna.

 

Y en sus interrogantes y búsquedas de explicación de la servidumbre que se acepta a placer, de La Boétie, que escribió su célebre razonamiento a los 18 años de edad, plantea que son los pueblos los que se avasallan y se cortan el cuello con mano propia. Y le parece inconcebible, pero real y manifiesta entre el pueblo, la posición errónea de “quien pudiendo elegir entre la sumisión y la libertad, rechaza la libertad y toma el yugo”.

 

Cervantes, tiempo después, dirá en su colosal novela que “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres…”.

 

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Étienne de La Boétie

El no conocer la libertad y sus delicias, el haber vivido amarrado a la voluntad de otro, el permitir el encadenamiento sin ninguna refriega, conduce a la obnubilación, y, por qué no, al amor por las ataduras. Y entonces se comienza a querer al amo, al “sometedor”, a quien ejerce el poder y que, por la enajenación del sometido, este ve como un salvador, un mesías. No hay réplicas ni críticas, sino adoración.

 

En el Elogio de la dificultad, el pensador colombiano Estanislao Zuleta decía, entre otros asuntos, que “Dostoievski entendió, hace más de un siglo, que la dificultad de nuestra liberación procede de nuestro amor a las cadenas. Amamos las cadenas, los amos, las seguridades porque nos evitan la angustia de la razón”.

 

No pensar, no cuestionar, no preguntarse el porqué de esto o aquello es un modo de la servidumbre voluntaria. “La naturaleza del hombre es ser libre y desear serlo”, dice de La Boétie en su ensayo al que Montaigne le brindó elogios aparte de divulgación. “Las gentes sometidas no tienen ardor ni pugnacidad en el combate”, agrega el joven que sabía que el ardid de los tiranos es embrutecer a sus vasallos, hacerles creer que todo está bien, cuando, en realidad, todo anda mal para los esclavos.

 

Espartaco, antiguo esclavo, supo al fin de cuentas que no solo hay que reconocer las cadenas y tener conciencia de ellas, sino desarrollar unas incontenibles ansias de romperlas.

 

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No pensar, no cuestionar, no preguntarse el porqué de esto o aquello es un modo de la servidumbre voluntaria.

 

 

 

De pícaros, lazarillos y buscones

 

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Por Reinaldo Spitaletta

Pícaros eran los de antes. Casi todos desarrollaban las artes del rebusque porque el hambre acosaba y pegaba el estómago a la espalda. La picaresca española, la que abrió las compuertas al Siglo de Oro, tiene paradigmas en aquellos seres que, acosados por las agonías del estómago, acudieron a los engaños, a la “fundación” de cortes de los milagros, a las imposturas, porque, además, no tenían mucho que perder, distinto a ser carne de inquisición o presa de horca, o a que les cortaran una oreja (“Tiene las orejas nones”) o la nariz, como pena a sus triquiñuelas y descocados desafueros.

 

La picaresca española, la de los lazarillos y buscones, fue una secuela de las hambrunas y miserias. Los más pobres, de poco o nada de escudos en la faltriquera, apelaron al ingenio para sobrevivir en un mundo de inequidades, de reyezuelos en cuyo imperio no se ponía nunca el sol. Ya no son las aventuras de caballeros y escuderos, sino las de una suerte de “lumpen”, de excrecencia social, que prende las luces de la inteligencia para iluminar la truhanería y las andanzas malévolas.

 

Digo que en ocasiones hay que volver a las lecturas de los lazarillos, como el de Tormes o el de Manzanares, o al Guzmán de Alfarache (de Mateo Alemán), o a las aventuras de El buscón llamado don Pablos, del inefable Francisco de Quevedo, porque, a nosotros, gentes de un país como Colombia, lleno de bandidos a los que todavía nos les han cortado orejas y narices para hacerlos avergonzar en medio de sus “adoradores”, nos viene bien la lectura de la ingeniosa picaresca (y no tanto de la denominada sicaresca a la criolla).

 

Los pícaros colombianos carecen de la gracia de aquellos personajes creados hace más de cuatrocientos años, en una España que expulsó judíos y moros, que llevó a tanta gente a las infames torturas de la inquisición, y que tuvo en sus grandes escritores y poetas los artistas y testigos indicados para leer costumbres y mentalidades. En Colombia, el catálogo de pícaros es inmenso, por no decir infinito, y puede estar formado por presidentes de la república como árbitros de fútbol, por contratistas del Estado como alcaldes, pero eso sí sin la inteligencia ni el salero de aquellos personajes de la literatura.

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Pintura de Diego Velázquez

¿Y a qué viene todo esto?, se preguntará con razón el lector. Quizá solo es la constancia de un ejercicio como el que hicimos unas cuantas personas un viernes de octubre, en una mesa de tertulia, en una tierra de gramáticos y bandidos, como es Bello, Antioquia, hablando de la picaresca española, de Cervantes, de Lope de Vega, pero en particular del Buscón y con especial énfasis en su autor, el madrileño don Francisco de Quevedo, del cual también tocamos sus vicios y antisemitismo, qué vaina, si es que algún defecto debía de tener, ni más faltaba.

 

“¿Ay, y es que los poetas no son seres puros?”, preguntó, no sin cierta inocencia, una muchacha, a quien, tras advertirle que de los poetas (y de todos los artistas, muchos de ellos gente impotable) lo importante es su obra, se le habló de François Villon y su vida poco ejemplar; de Jean Genet y sus manías ladronescas; de Louis-Ferdinand Céline y sus simpatías por los nazis, etc. Los poetas también son pecaminosos, mi querida.

 

La situación límite del hambre (aparte de sus orígenes) lleva a don Pablos a la práctica de la picardía, a desarrollar dotes de estafador, a agudizar el magín, como, por ejemplo, lo que hizo con un ama, que tenía trece pollos en el corral, y él una hambruna de la madona. La escuchó llamarlos con el tradicional “pío, pío” y esto le dio pábulo al ingenioso buscón. Le armó un discurso temerario, que se estaba burlando de la inquisición, que además estaba blasfemando al decirles “pío” a los pollos, cuando ese es nombre de papas, que son vicarios de Dios. Las ardides verbales fueron tantas, que don Pablos pidió los dos pollos para llevarlos donde un pariente a que los quemaran y así ella, el ama, quedaría salvada. Además, ella le dio otro en gratitud. El banquete que armó don Pablos con sus amigotes fue celestial.

 

Claro que, volviendo al cuento, en nada se parecen las andanzas de aquellos pícaros de literatura, a las de tantos antisociales colombianos, de cuello blanco y de los otros, de cuello mugriento (“no riñan, que para todos hay”). Porque los de por aquí, aparte de su ordinariez y descaro, ponen —algunos— cara de santurronería, ojos de seminarista, boquita de “yo-no-fui” y fingen, en muchos casos, ser bienhechores de la sociedad. Se erigen en dueños de la moral y las “buenas costumbres” y nada raro que alguno de ellos termine con el tiempo honrado en los altares, con velitas y todo. Ah, y con las orejas y la nariz completas.

(octubre 7 de 2013)

 

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Dos cuentos libidinosos de Abelardo Castillo

Los  libros que yo escribo no están en mi biblioteca. El lugar de un libro tuyo es la biblioteca de otro“. (Abelardo Castillo)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Abelardo Castillo (1935-2017), notable escritor argentino, cuentista de altas dotes, tenía una trinidad bendita, a la que adoraba: Roberto Arlt, Jorge Luis Borges y Leopoldo Marechal, y ahí, alrededor, como satélites luminosos de estos astros, giraban Cortázar, Sábato, Mujica Láinez y Bioy Casares. Era un perturbador, un fundador de revistas y un ser necesario en la extensa cultura literaria argentina. Los dos cuentos que analizaremos ahora, de su libro Las otras puertas (1961), son de iniciación, de esos que toman materiales de la infancia y la adolescencia para darles tratamiento artístico. Y, como asunto transversal a tantos autores modernos en América Latina, la geografía del barrio.

 

Tal vez una de las cualidades más destacadas de este autor, del que Cortázar señaló una vez de sus cuentos que eran “sistemas cerrados”, son los diálogos, que no suenan artificiales. Ni inverosímiles. Fluyen según la situación planteada, sin rebuscamientos. Naturales. Y estos se puede sentir de esa manera, con el sentido de caracterizar personajes o de dar información pertinente sobre pensamientos o sentimientos, en La madre de Ernesto y El marica.

 

Estos dos cuentos, de similar estructura y temática, relatan conflictos de adolescencia, las inclinaciones sexuales, la libido juvenil, el vedado homosexualismo y la figura de la madre. El barrio, la experiencia escolar, las relaciones de amistad y, en un segundo plano, la prostitución, hacen parte del universo literario de estas dos piezas breves.

 

El primero de los cuentos mencionados, se inicia con una idea turbadora, con incorporación de crueldad y reto, con una sugerencia de atracción fatal. Llega como un recuerdo, como si el narrador ya estuviera muy distante de los acontecimientos que relata, los cuales va atando con sutileza y dosificación. Hay una estación de servicio, el Alabama, cuyo dueño turco le ha incorporado aditamentos de diversión, de aventuras de piel, en un club nocturno sin grandes pretensiones, apenas como para un uso muy parroquial.

 

Y, más que la mujer que ha llegado (o vuelto), después de haber desaparecido del espacio doméstico, del paisaje de unos muchachos barriales, casi pueblerinos, el protagonista puede ser Julio, el de la “idea extraña”, el que parecía un Brummel (dandi inglés del siglo XVIII, rey de las modas), encarnador de cierta agudeza para la maldad y la capacidad de convocar a sus congéneres a tener una experiencia cumbre, la de ir a un prostíbulo, pero, más que eso, a enfrentar a una mujer que ellos conocían y que el turco de marras había contratado para las faenas excitantes de los amores alquilados.

 

Ella, la que se había ido hacía cuatro años con una compañía teatral ambulante, que era “morena y amplia”, había vuelto rubia, transformada en una “mujer de la vida”, cuyo atractivo ahora, más que su cambio de actitudes y de apariencia, era una especie de vergüenza para uno de los muchachos, de quien, precisamente, ella era la madre. La situación candente, con desafíos a la amistad, era que, no solo porque la mujer haya derivado en el ejercicio de la venta de sus servicios sexuales, sino porque los nuevos posibles clientes eran chicos que ya la conocían, les adicionaba dificultades a las circunstancias. Por lo demás, ella era la mamá de uno de los de la patota: de Ernesto.

 

Y si bien, la damisela había cambiado, y ya no tenía nada de maternal, según la visión de los jovencitos, menos de Ernesto, claro, que se había ido con su padre de aquellos andurriales como huyendo del escarnio, se erigía como un reto, diseñado por Julio, el de ir en gallada a comprar los amores de urgencia de la ramera recién venida. El narrador establece una tensión en los preparativos para el encuentro, con un amarre desolador y de presagio, expresado por quien está contando: “cuando ella nos mirara iba a pasar algo”.

 

Aquí, en este punto, se podría reflexionar acerca de los significados de un “hijo de puta”, de cómo puede ser visto un muchacho cuya madre ha recalado en los espacios del lenocinio, de convertirse en un “reptil de lupanar”, y que sus amigotes, no se sabe si por una especie de crueldad adolescente, o por una suerte de vindicta sin causa, quieren ser clientes de la nueva atracción de la estación de servicio transmutada en las noches en un burdel sin abolengo.

 

El cuento es un montaje cinematográfico de cuadros que se van juntando para dar puntadas que se configurarán en un desenlace en el que lo trágico (y, si se quiere, lo cómico doloroso) aparecerá unos momentos antes de que caiga el telón de una función coordinada por la mente torva de Julio. Sin embargo, el que diseñó la diversión, sufrirá una conmoción ante la realidad de una mujer que, con toda y su metamorfosis física, no ha perdido la condición ni los sentimientos de la maternidad.

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La madre de Ernesto, una muestra de alta tensión e intensidad con economía de palabras, con una adecuada medida de ingredientes para la cocción de un buen relato, con un final en el que una imagen desgarradora da al traste con la intención carnal de unos muchachos que apenas están descubriendo el mundo de las emociones libidinosas.

 

El otro, El marica, más breve todavía, parece una experiencia autobiográfica del autor, que, además, se revela con su nombre propio como narrador en segunda persona, en una situación en tiempos en que la “maricada” era una condición vergonzosa y hasta punible. Parte de la cultura machista, o de aquello que se ha certificado como la hombría, como la actitud varonil sin tacha, del tipo de “pelo en pecho”, se manifiesta en esta composición en la que los diálogos tornan a sostener el esqueleto de la estructura. Y vuelven los tiempos de adolescencia, en la espacialidad de un colegio, con un muchacho, César, que ha llegado de un establecimiento educativo de curas a otro que, según el narrador, se le pudo haber parecido al país de los gigantes que Jonathan Swift narra en Los viajes de Gulliver.

 

El narrador, en todo caso, manifiesta sus afectos por aquel jovencito con apariencia de debilidades, al que él y los otros quieren conducir a la experiencia de acostarse con una buscona cuyo marido hace las veces de proxeneta y que les cobrará a los pibes, por cabeza, cinco pesos por los servicios prestados. ¿Los prestará acaso? ¿Qué le sucederá al mariquita? ¿Y a Abelardo?

 

Castillo fue un cuentista de altas calidades que, además, fundó y dirigió revistas como El grillo de papel, El escarabajo de oro y El Ornitorrinco. En la segunda, por ejemplo, publicaron textos autores que entonces estaban apenas en sus comienzos, como Alejandra Pizarnik, Miguel Briante, Humberto Constantini y el turco Jorge Asís. Novelista y dramaturgo, el autor de El evangelio según Van Hutten, (que también fue ajedrecista) amaba la literatura como a la vida misma.

 

(De las notas del Seminario de Literatura Sudamericana)

 

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¡Aaaggghhh! Adiós a Tom Wolfe

Se ha ido una de las figuras cumbre del llamado Nuevo Periodismo

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Los sesentas, tiempo de revoluciones políticas, sexuales y culturales, también ofrecieron un bautismo a un bebé viejo pero que, según algunos reporteros y escritores estadounidenses, había sido un descubrimiento, un hallazgo extraordinario: el nuevo periodismo. Sus forjadores, o papás de una criatura con antecedentes que podrían remontarse hasta los griegos y latinos, lo reivindicaron como una novedad. Y, bueno, algo de ello era cierto.

 

El que vertió las aguas bautismales al llamativo engendro fue Tom Wolfe, quien, junto a la llamada “banda” del suplemento dominical “New York”, del Herald Tribune, se percataron a principios de aquella década de conmociones que había que introducir profundos cambios en las estructuras del reportaje y la narración periodísticas, sin atender a normas prestablecidas, y utilizando técnicas de la literatura y recursos como el diálogo, el monólogo, la construcción de escenas y la inmersión honda en las situaciones y contextos.

 

Una noche de 1962, Wolfe, nacido en Richmond, Virginia en 1931, entró a los gritos a la redacción del suplemento, con un ejemplar de la revista Esquire: “¿Qué es esto?”, decía con un notorio asombro en su expresión. Era un reportaje de Gay Talese al excampeón mundial de boxeo de los pesos pesados Joe Louis, a quien su esposa recibe en un aeropuerto. Es un trabajo montado con escenas, varios planos temporales y espaciales, parece literatura. Y piensan Wolfe y sus camaradas de redacción que el autor pudiera haber inventado apartados y diálogos.

 

Pues no. El reportaje de Talese era eso, puro periodismo, escrito de otra manera. Y entonces Wolfe asimila el golpe. Y comienza su experimentación, en particular con introducción de onomatopeyas, alteración de signos de puntuación, exclamaciones, composición por escenas, apóstrofes, lamentos… Once años después, en su antología El Nuevo Periodismo, este reportero devenido novelista, etiquetaría a tal corriente como una revolución en las formas y contenidos periodísticos. Wolfe era su profeta y uno de sus querubines.

 

Sin embargo, y para ser exactos, la escuelita denominada en los sesentas Nuevo Periodismo era muy vieja. Con brillantes antecedentes. Y ya, en los Estados Unidos como en otras partes, tenía sus precursores. Para no ir muy lejos, John Reed, el llamado Reportero de la historia, era uno de ellos. En América Latina, donde en rigor había plumas de alto vuelo en el periodismo, se podría considerar al argentino Rodolfo Walsh como un genuino fundador de esa tendencia, con su reportaje Operación masacre, publicado en 1957.

 

En Colombia, mucho antes que los gringos se atribuyeran la invención, hubo reporteros de alta alcurnia periodística como Osorio Lizarazo (además, novelista del Bogotazo), García Márquez (con su Relato de un náufrago) y Álvaro Cepeda Samudio.

 

Tom Wolfe, quien, además de buen reportero, era un dandi impecable con sus trajes blancos, chaleco, corbata, medias de colores y zapatos blancos, en fin, como una suerte de Oscar Wilde a la americana, retrató en distintas notas a varias generaciones. La de los 80, como una que se preocupó más por el cuerpo y los músculos que por cultivar el cerebro, y la del 2000, la de las chicas que jugaron un “papel activo en la conquista sexual”. En su libro El periodismo canalla y otros artículos pueden encontrarse viejos hippies y marxistas rococós.

 

Con el Nuevo Periodismo, Wolfe, Talese, Capote, Mailer, Rex Reed, Barbara Goldsmith, Hunter Thompson (el del periodismo gonzo), entre otros, querían dinamitar la “novela tradicional” y a los que ellos llamaban “autores dinosaurios”. Decían que los escritores de ficción habían entrado en crisis y decadencia. Y, ante la debacle, el periodismo, el nuevo, era la única salida ante el fracaso de la imaginación.

 

En 1987, el “neoperiodista” Wolfe se transmutó en novelista. La publicación de La hoguera de las vanidades, de enormes ventas, le permitió sustentar que “la función de todo novelista es tratar de entender la sociedad. La novela es un modo de ocuparse de la sociedad” y recordaba a sus maestros Balzac, Dickens, Thackeray, Zola y Dostoievski. Era, además, un admirador de su compatriota John Steinbeck, en especial de Las uvas de la ira.

 

Sobre esta novela dijo que “es una demostración estadounidense ejemplar del método que usaba Zola para escribir novelas: abandonar el gabinete, salir al mundo, informarse sobre la sociedad, vincular la psicología individual a su contexto social, buscar suficiente combustible para alcanzar el pleno potencial como escritor…”. Y se nota que Wolfe aprendió bien la lección. Su novela inicial, toda una inmersión en Nueva York, pinta un tiempo de locura, con héroes, pícaros, placeres y confrontaciones entre las clases sociales.

 

Wolfe, que salió en dos capítulos de los Simpsons, revolucionó la narración periodística con retorcimientos del lenguaje y uso exagerado de signos de puntuación. Cuando el “nuevo periodismo” le quedó estrecho entonces se mudó a la ficción. El periodista y escritor murió rico y famoso a los 87 años en Nueva York. (¡Brum! ¡Rahghhh! ¡Zzzzffff!).

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