Un papa gardeliano

Resultado de imagen para papa francisco-gardel-san lorenzo

 

Por Reinaldo Spitaletta*

 

Que el nuevo papa haya asumido el nombre del único gran santo de la cristiandad, el hermano Francisco de Asís, puede ser síntoma de que la Iglesia se podría enrutar hacia una opción por los pobres.

 

Pero, en este punto es dónde comienzan muchos interrogantes, algunos como estos: ¿Continuará el nuevo pontífice la línea conservadurista de sus antecesores Juan Pablo II y Benedicto XVI? ¿Se abrirá la institución hacia reformas de fondo y, como sugiere el teólogo Hans Küng, volverá a izar las velas del renovador Juan XXIII?

 

¿Significa que porque el papa es argentino, la Iglesia jugará un papel diferente frente a las intromisiones de los Estados Unidos en América Latina? Y así por el estilo surgen preguntas en torno a lo que será el rol de Francisco, sobre el que ahora se sabe más acerca de su novia de infancia, de su amor por un equipo de fútbol, de su entrañable barrio porteño, el barrio de Flores, que sobre su presunta complicidad con la criminal dictadura militar de Videla y compañía.

 

Uno podría decir que si Francisco escogió no solo por pose o impacto mediático el nombre del patrono de Italia, el que renunció a toda riqueza material para dar ejemplo de sencillez pero sobre todo de protesta ante la injusticia, es porque a la Iglesia la esperan momentos cumbre de transformaciones. Se sabe de sus faustos, de su historia milenaria con abundantes patrimonios terrenales, de las actividades financieras vaticanas. ¿Cambiará la correlación de fuerzas para que la Iglesia sea no solo vocera y defensora de los pobres sino una crítica tenaz frente a los poderes que son la causa de las miserias y desamparos sociales?

 

Aguardemos entonces que las prédicas contra la pobreza vayan acompañadas de cuestionamientos (¿y acciones?) contra los modelos y sistemas económicos que depredan tanto al hombre como a la naturaleza. Mientras tanto, y tornándonos más bien ligeros en cuanto a la elección del papa Francisco, un ser que montaba en subte (metro) en su natal Buenos Aires y que, según la prensa, ha hecho demostraciones de austeridad en su vida ciudadana, volvamos al hombre.

 

No sé si es por una “light culture” o porque se ha querido dar una semblanza del humano para luchar contra mitologías, que se le ha dado tanto despliegue a su gusto por el San Lorenzo de Almagro (seguro, la hinchada tendrá que poner ahora la efigie del papa en sus banderas y camisetas) y por su pasión tanguera.
Hay tres asuntos argentinos extraordinarios, que son la literatura, el fútbol y el tango. Los dos últimos, como se sabe, son una especie de religión, en particular en Buenos Aires. Francisco, el papa, el cura (“me gusta ser cura”, les dijo a los autores del libro El Jesuita), ha sido un lector devoto de Borges y Leopoldo Marechal (El de Adán Buenosayres y Megafón o la guerra). Y ni hablar de tango y su “abrazo sinfónico”. El padre Bergoglio gusta ¡claro! de Gardel, pero también de Ada Falcón, una cancionista (la Emperatriz del tango, la llamaron) que después se internó en un convento. Y seguro que bailó (o tal vez baila todavía en alguna soledad) con el compás de Juan D’Arienzo. Y escucha con admiración a Astor Piazzolla, el revolucionario del tango.

 

Saber que un papa es tanguero o un buen lector de literatura, puede dar a otros un pábulo para meterse en esos avatares. Quizá ahora algunos irán a leer (o releer) Los novios, de Manzoni, uno de sus autores italianos preferidos o ver todas las películas del neorrealismo o las argentinas en las que actúa Tita Merello, y mirarán con nuevos ojos La crucifixión blanca, de Marc Chagall y buscarán los misterios estelares en la dantesca Divina Comedia. Que los gustos estéticos de un papa son posibles de imitar. Así que habrá alguna feligresía que se dedicará a leer a Hölderlin, en hora buena.

 

La elección de un papa crea expectativas, tanto en creyentes como en ateos. Esperemos que el tocayo de Francisco de Asís sí tenga una auténtica opción por los pobres.

 

Posdata: El martes pasado murió en Medellín el máximo referente del tango en Colombia, el investigador Luciano Londoño López. Honor a su memoria.

 

*Nota publicada en El Espectador, 18 de marzo de 2013

 

Resultado de imagen para papa francisco

El papa Francisco

Anuncios

Mutis el gaviero

Resultado de imagen para alvaro mutis gaviero

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

¿Cuál sería el último rostro de Álvaro Mutis? El poeta y novelista de las tierras calientes, las de mosquitos y malarias, las de aventuras de piel y muchachas de tórrido olor a sexo, murió a los noventa años en México, y dejó, de un lado, un testamento literario, y, del otro, aquella cara oculta que alguna vez lo condujo a ser un presidiario en la cárcel de Lecumberri, donde había bandidos que, adentro, mataban por encargo.

 

Mutis, el de las ideas monárquicas, ascendió a los cielos y también descendió a los infiernos. La “muerte del estratega”, de aquel tipo de voz bonita que hacía la narración radial de Los intocables, y que puso a palpitar el corazón de muchos radioescuchas con Al Capone o con las pesquisas de Eliot Ness, que hacía cumplir la Ley de Prohibición en Chicago, ha dejado a la literatura un personaje que sigue andando: Maqroll el Gaviero.

 

No sé con cuál de las obras narrativas de Mutis se queda usted, querido lector, pero creo que para mí sigue siendo clave, más que las de la saga de Maqroll, La mansión de Araucaíma (Relato gótico de tierra caliente), con aquella lujuriosa dama, La Machinche, y la aparición perturbadora de una muchacha que llegó en bicicleta a la hacienda. La Machinche, “hembra madura y frutal”, de “vastas caderas y grandes nalgas”, frente a la chica cinematográfica “rubia, alta, bien formada, con largas piernas elásticas, talle estrecho y nalgas breves y atléticas”. Hay algo de La ruina de la Casa Usher, de Poe, en el final de la mansión.

 

Mutis, el de los esteros y prostíbulos, el que en seis años publicó ocho libros con su personaje preferido, tuvo, como se sabe, y como a lo mejor les pase a casi todos los seres humanos, pasajes oscuros. Poco o casi nada debe importar la vida, por ejemplo, de Villon, cuando se lee su obra; o la de Genet, el santificado por Sartre. O la de Celine y sus amores nazis. Son asuntos más para la biografía que para el análisis de sus creaciones.

 

Sobre el poeta y relacionista público, que trabajó para la Esso, una transnacional con un pasado nefasto en la intervención en los asuntos internos de muchos países latinoamericanos,  recaen acusaciones históricas de haber servido a esa compañía, para convencer a miembros de la Asamblea Nacional Constituyente, en los años del dictador Rojas Pinilla, para que votara en contra de aquel, sobre todo cuando se disponía a nacionalizar el petróleo colombiano. El servicio de inteligencia lo descubrió y Mutis huyó a Cuba y después a México.

 

¿Cuál sería el último rostro de Mutis? Tal vez el del Gaviero en los esteros, o en la tienda La nieve del almirante, o en un hospital de ultramar. Tal vez en su tiempo final haya escuchado el lamento que cantan las mujeres del Peloponeso alrededor de los difuntos, la moirologhia (“¡Ay, desterrado! Aquí terminan todas tus sorpresas”). O pudo ser el rostro de Bolívar, el agonizante, el que iba dejando los últimos suspiros por el río Magdalena.

 

No sé si, como dice un poema suyo, la muerte lo acogió con todos sus sueños intactos: “La muerte se confundirá con tus sueños / y en ellos reconocerá los signos / que antaño fuera dejando, / como un cazador que a su regreso / reconoce sus marcas en la brecha”. Álvaro Mutis, el mismo al que su amigo García Márquez le dedicó El general en su laberinto, se deshizo de “su breve materia” y ya está “en la piadosa nada que a todos habrá de alojarnos”, como dice algún poema suyo.

 

Mutis se prolonga en sus libros. En algunos de sus paisajes, en el rito de su poesía litúrgica. Como lo dijo Octavio Paz en 1959, sobre Los hospitales de ultramar: “En nuestros días la misión del poeta consiste en convocar a los viejos poderes, revivir la liturgia verbal, decir la palabra de vida”. Confiemos en que, para su honra y honor, el poeta haya tenido un bel morir.

 

(Artículo publicado el 23 de septiembre de 2013, tras la muerte del poeta y escritor colombiano Álvaro Mutis)

Álvaro Mutis, Bogotá, 25 de agosto de 1923-Ciudad de México, 22 de septiembre de 2013

 

Resultado de imagen para alvaro mutis caricatura

Álvaro Mutis y Gabriel García Márquez

Escribir a ciegas *

 

 

Resultado de imagen para los 33 mineros

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

Escribir una frase tan elemental como “Estamos bien en el refugio los 33”, trasciende la gramática y se ubica en una suerte de perturbadora escritura de sobrevivencia, en especial cuando se conocen las circunstancias en que las palabras brotaron. Desde hace 18 días, 33 mineros chilenos permanecen atrapados en un yacimiento de cobre y oro y es posible que su rescate se demore varios meses.

 

La frase, tal vez escrita con desespero y con esperanza, garrapateada bajo tierra, tiene un sentido informativo que va más allá de un mensaje terapéutico. Entraña una historia más extensa, pero lo que dice no sólo alarga cualquier imaginación sino que evidencia una situación increíble: pese a todo, los mineros están bien. El mensaje puso a los chilenos a vibrar, reunidos en plazas, y a celebrar como si fuera una victoria en un mundial de fútbol.

 

Con la tragedia de los mineros chilenos (ah, y no deja de ser un hecho trágico aun cuando estén vivos), recordé los episodios del Kursk, un submarino nuclear de la armada rusa que el 12 de agosto de 2000 sufrió una explosión en el Mar de Barents. En la calamidad murieron todos los tripulantes. Meses después, se conocieron unas notas de dos marineros que sobrevivieron durante tres días. Uno de ellos, un oficial, escribió en un pedacito de papel: “13.15 Todos los tripulantes de los compartimientos sexto, séptimo y octavo pasaron al noveno. Hay 23 personas aquí. Tomamos esta decisión como consecuencia del accidente. Ninguno de nosotros puede subir a la superficie. Escribo a ciegas”.

 

En las palabras del oficial ruso está lo esencial. No hay retórica ni rodeos. Y como en la oración del Padre Nuestro, no hay adjetivos. ¡Cuántos textos –enormes y necesarios- se han escrito sobre el arte de escribir! En aquellas palabras, medidas, escritas a ciegas, hay la tensión de lo trágico, el suspenso de lo inevitable. Sin quejas, sin dramatismos.

 

Tal vez en la única palabra que pronunció el soldado griego, el héroe de Maratón, cuando tras correr 42 kilómetros llegó a Atenas a dar una noticia de guerra y dijo “ganamos”, ahí, en ese enunciado, puede estar toda la literatura. Después de gritar la noticia, murió. No pudo explayarse en detalles. Era una lucha contra el tiempo. Había que apuntar a lo necesario. Se sabe que la belleza (trágica o no) no está en las palabras sino en los hechos que ellas designan y nombran.

 

En este punto podría uno recordar, por ejemplo, a Julius Fucik y su Reportaje al pie del patíbulo. Es la lucha de un hombre contra la muerte y por la dignidad. Atrapado en una prisión nazi, no tiene tiempo para excesos verbales ni juegos de palabras. Lo que siente y ve y quiere decir lo va anotando en papelitos, que luego salen de la cárcel y, amontonados, se vuelven libro. Un libro imprescindible. En medio de sus torturas y desamparos, Fucik deja como legado un impresionante mensaje: su nombre no puede ser unido a la tristeza.

 

Volvamos al Kurks. En lo escrito por el oficial –también en el alarido del soldado griego- es más lo callado que lo dicho. Lo demás, subyace, está sobreentendido. Algo así planteaba Hemingway en su teoría sobre el iceberg. Solo aparece en la superficie una mínima parte de la montaña de hielo; lo demás, invisible, está por debajo. Siempre hay que tener más de lo que se dice (o escribe). Hay que dejar espacios para que el lector imagine, complemente, sea parte de la historia.

 

Me acuerdo por los días del Kursk, que el escritor español Juan José Millás dijo sobre el escrito del oficial que “el autor está rodeado de bocas que exhalan un pánico que ni siquiera nombra. Él mismo debe encontrarse al borde de la desesperación, pero no tiene tiempo ni papel para recrearse en la suerte. Ha de hacer, pues, una selección rigurosa de los materiales narrativos, y el resultado es esa obra maestra en la que, sin embargo, sólo cuenta aquello a lo que se puede asignar un número: la hora y la cantidad de hombres…”.

 

El minero chileno, como el oficial del submarino, acude a lo ineludible y capital: “Estamos bien en el refugio los 33”. Y eso es suficiente para que el pueblo –como en el caso de los atenienses que oyeron la noticia en una sola palabra- estalle en júbilo. También escribía a ciegas.

Resultado de imagen para los 33 mineros

*Nota: esta columna la publiqué el 23 de agosto de 2010 en El Espectador. En Chile, 33 mineros estuvieron atrapados durante 68 días, a partir del 5 de agosto de ese año. El minero que escribió el texto, José Ojeda, ha sido hospitalizado siete años después, para recibir asistencia psicológica y psiquiátrica.

 

Resultado de imagen para los 33 mineros

Imagen de algunos mineros que estuvieron sepultados durante 68 días en una mina de  Chile.

 

 

Pagliaro, cantor de la libertad *

Resultado de imagen para gian franco pagliaro

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

En tiempos neoliberales como los de hoy, los juglares, esa especie en extinción, son seres extraños, pero necesarios. Si se les mide con el rasero del “éxito”, con esa vara del arribismo neocapitalista, que proclama que hay que estar en la cumbre sin importar por encima de quien haya que pasar o pisotear, se verán ante los ojos del magnate o del dueño del negocio, como unos desadaptados y anacrónicos. No aptos para la ganancia metálica.

 

Sin embargo, para los que todavía conservan su capacidad de reflexión y crítica, para los que no tragan entero y sueñan aún en utopías y en futuros de gloria para el hombre, los juglares, los poetas, los cantores son absolutamente imprescindibles para recordar la condición humana, las contradicciones sociales y las intrínsecas al ser, y, también, por qué no, para mantener viva la esperanza, en tiempos de absolutos desamparos.

 

Gian Franco Pagliaro, el de la voz ronca de cigarrillo y asfalto, es, sobre todo, un juglar. Un cantor que canta para pocos, sin masificaciones ni vulgaridad, en calendas en que, precisamente, estas dos condiciones comerciales son el símbolo del “éxito”. Uno le siente, en ocasiones, esa voz de canzonetta tristona que habla de mares remotos y de naufragios de amor. En otras, se le descubre el sentido irreverente de un anarquista contemporáneo que, con sus letras y su música, lucha por espacios de libertad e intimidad para el hombre. Es un trovador —término también en desuso— del amor y, al mismo tiempo, de lo contestatario, dos asuntos que tampoco son excluyentes, sino, si se les examina bien, complementarios.

 

 

Porque Pagliaro, el ítalo-argentino, cuando le canta al amor, que es, dentro de su repertorio, un alto porcentaje, lo hace sin pildoritas de azúcar ni cursilerías de demagogo. Sin populismos ni concesiones a lo fácil. Canta de amores contrariados, de amores retardados, de amores a primera vista o de amores entre los cuales jamás se ha pronunciado un “te quiero”. Y cuando les canta a los combates por la vida, lo hace sin caer en lo panfletario ni en la consigna y el cliché. Sus canciones, no solo las de un tiempo de ardientes militancias y persecuciones, sino las que han adquirido un aire más universal y perenne, tienen ese agridulce sabor de las cosas que siempre acompañarán al ser humano. En cualquier época.

 

Como todos los napolitanos, Pagliaro nació cantando. Su padre, agente textil, quería que fuera arquitecto, pero al joven Gian Franco le gustaban las Letras. La Filosofía. A los 20 años todavía no tenía un oficio definido. A veces, vendía cosas, a veces realizaba trabajos artesanales. Cuando llegó al barrio Caballito, de Buenos Aires, a los 16 años, con todos sus bártulos de inmigrante, en la barra la muchachada le decía: “pero si vos tenés buena voz”. Un productor —siempre hay un Colón de todas las cosas— le dijo que grabara en castellano con acento italiano. Lo primero que compuso fue Otra vez el mismo barrio, una canción que habla de la rutina, el conflicto de una pareja, el derrumbe de los sueños. Era un cuestionamiento al amor color de rosa. Comenzó a sonar en Buenos Aires, en 1967, mientras profundizaba en ideologías, en los vientos renovadores de aquellos años, pero sin militar en partidos. “No me gustan los partidos, no acato direcciones de partidos. Un artista no puede estar militando si quiere ser libre, si quiere tener libertad de opinión”, me dijo en un reportaje.

 

Sobre él, como sobre tantos otros de la Generación del 60, cayeron los aires contestatarios del Mayo Francés, las palabras de Sartre, los ecos incendiarios de la Revolución cubana, el romanticismo revolucionario del Che, los tambores de las guerras de liberación nacional de muchos pueblos del mundo. En 1968, compuso Las cosas que me alejan de ti, que con rapidez comenzó a sonar entre la juventud.

 

Todavía en la Argentina no se tenían sospechas de que, unos años después, aparecerían grupos parapoliciales, la Alianza Anticomunista Argentina, la barbarie y que advendría la dictadura militar, en cuyo nefasto balance quedan treinta mil desaparecidos. Pagliaro, que era, según sus propias palabras, “un bocón compulsivo, con pasaporte italiano”, apareció en las listas negras. Era un cantor prohibido. Se marchó en 1976, precisamente el año en que se inició la dictadura, hacia Venezuela. Ya había compuesto uno de los temas que más lo darían a conocer en América Latina: Yo te nombro… libertad, que tiene reminiscencias de Paul Eluard. Fue, según él, una canción premonitoria de la terrible carnicería de los militares argentinos. “Por el verso censurado / por el beso clandestino / por el joven exiliado / por tu nombre prohibido”.

 

Y Pagliaro continuó, con renovado vigor, cantando contra la intolerancia, contra las represiones y cuestionó no solo a la derecha sino a la izquierda. Era —sigue siendo— un hombre libre. Ese cantor de origen italiano, seducido por los poetas castellanos, ha sido un buen lector de sus compatriotas Ungaretti, Quasimodo, Montale, Leopardi, pero sus palabras españolas las aprendió en Neruda, Guillén, Vallejo. Después se asombraría con el descubrimiento de Fernando Pessoa, que, según confiesa, le abrió el corazón y la cabeza.

 

Quizá Pagliaro podría ser el último romántico, y, también, el último de los cantores irreverentes de un mundo que se idiotiza en la robotización, el facilismo, la uniformidad de los discursos. Sus palabras penetran en el corazón de los que aún creen que el amor está lleno de dudas, de miedos y soledades. Y, claro, de olvidos. También sus palabras hablan, por ejemplo, de Verónica, tan joven y tan bella, una de las treinta mil desaparecidas por los militares argentinos. (Dedicado a Verónica: “Nunca más la vi en ningún bar, en ninguna librería de la calle Corrientes en ninguna facultad…”).

 

Estos textos, estas canciones, estos epigramas y aforismos, de un raro juglar de estos tiempos apocalípticos, nos ayudan a llevar con más valentía y con mayor entusiasmo las cargas de un mundo desigual y lleno de porquería. El cantor es la memoria, es la tierra que camina, el recuerdo de lo que será. El poeta es tal vez el último hombre de un mundo paleolítico, y el primero en alertar acerca de la vigencia de los sueños. Sigamos nombrando la libertad. El canto continúa.

 

(Escrito en Medellín, ciudad de asombrosos desasosiegos, agosto de 2001).

 

*Prólogo al libro Gian Franco Pagliaro. Todas las palabras. Todas las canciones

 

Resultado de imagen para gian franco pagliaro

Gian Franco Pagliaro, cantautor ítalo-argentino, fallecido en marzo de 2012.

El milagro de las palabras*

Resultado de imagen para cuervo poe

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

En un sonoro poema de Edgar Allan Poe, un cuervo repite un estribillo melancólico: “Nunca más”. El hombre es el único ser de la naturaleza dotado con la palabra inteligente, no la palabra mecánica del loro, o del cuervo, o de la urraca, sino con un instrumento complejo que lo diferencia del resto de animales. Y lo encarama a la parte más alta de la evolución.

 

Con las palabras, si son creadoras, el ser humano puede alcanzar la dimensión (y la condición) de un dios. Suena a prepotencia y a herejía, pero es una verdad de fácil demostración. Las cosas empiezan a existir cuando las nombramos. El nombre no es solo signo de identidad, lo es también de vida, de ocupar un lugar en el universo. Por eso, con las palabras se crean mundos y personajes, historias y hasta monstruos de la razón y la sinrazón.

 

Acordémonos que Dios, el hebreo, el del Génesis, crea mediante la palabra. A su pronunciación aparecen las cosas y durante seis días se dedica a esa labor colosal de fundar el mundo mediante el verbo. “Hágase la luz…” y de inmediato las sombras se apartan para dar paso a la claridad, a un mundo visible. Con la palabra podemos hacer oscuridades y soles, hombres y fieras, jardines y selvas vírgenes.

 

Sin la palabra creadora no existirían ni Moisés, ni don Quijote, ni Úrsula Iguarán, ni los caballeros medievales, ni aquel otro que solo era una armadura sin nada por dentro. La palabra crea imágenes. Y sonoridades. Las palabras duelen y festejan. Son posibilidades para mejorar el mundo y a nosotros mismos. ¿Qué imagen nos llega cuando pronunciamos la palabra cristal? ¿O campana? ¿O acuarimántima?  Múltiples imágenes: visuales, sonoras, olfativas… Sin la palabra no hay lugar a la imaginación. El miserable mundo, sin ellas, sería tenebroso y sin memoria. Qué tal llegar a olvidar el nombre de las cosas y nuestro propio nombre. Qué tal caer en una amnesia colectiva, estar siempre navegando sobre las aguas del Leteo.

 

El desconocido (e impronunciable) nombre de Dios dio origen al gólem. Borges y Meyrink lo supieron. Qué sería de aquel hombre que, sentado en un templo, enmudece de pronto y no puede comunicarse con la deidad, que ya no puede decir “padre nuestro”. Ese es el infierno. Un lugar donde no hay palabras, en el cual nadie puede comunicarse, sino sucumbir ante un silencio que no es musical, sino doloroso. El desamparo. Lo enceguecedor.

 

El paraíso, entonces, es ese lugar (o no-lugar) en el que seguimos teniendo el privilegio de la palabra. Nadie, si conocemos los secretos de la palabra, nos puede expulsar de él. La palabra es una conquista, un ascenso hacia la libertad y hacia el conocimiento de mi semejante. La palabra es vida.

 

Filón, griego y judío, anunciaba que las palabras crean las cosas. Palabras como hálito, como una propiedad de las deidades para crear y permanecer. El verbo es una suerte de taumaturgia, una mezcla de fórmulas e ilusiones, que devienen una alquimia de novelas y cuentos. ¿Cómo suena el esplín en la ciudad? ¿Y la italiana noia? ¿Qué palabras se quedan en los nidos y qué otras van tras el vuelo de las golondrinas?

 

En este recorrido que vamos a emprender, en una caravana verbal, con beduinos de desiertos imposibles, con donjuanes de conquistas a punta de palabras y no de espadas, nos encontraremos con el portento de Scheerezada, la que a bien tuvo, por su cultura, por sus viajes, por su audacia, salvarse gracias a las palabras. A las creadoras y encantadoras palabras. Y seguro viajaremos por mares desconocidos, antiguos, medievales, en los que había leviatanes y una zoología fantástica. Como el calamar de Verne. Como la ballena de Melville, portentos de un siglo de ciencias y revoluciones artísticas.

Caminemos hacia la luz. La palabra nos guía. La creadora palabra nos ilumina. La peligrosa palabra, que es antorcha y chispa que puede prender las praderas de la imaginación, nos hace ascender por una escalera al cielo. O al infierno, que también está hecho de verbo.

 

*(Introducción del libro Sustantiva Palabra, Reinaldo Spitaletta, Editorial UPB, Medellín)

 
 Sustantiva palabra 001

 

 

 

Borges el antifútbol

“El fútbol es popular porque la estupidez es popular”, dijo el escritor argentino.

 Resultado de imagen para borges

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El día en que Maradona marcó dos goles legendarios (uno con la “mano de Dios” y el otro el Gol del Siglo), ya Jorge Luis Borges se hallaba en la eternidad. Era el 22 de junio de 1986, y el escritor y poeta argentino había muerto una semana antes, tras haber odiado el fútbol y diciendo, por los días previos a su fallecimiento en Ginebra, que no sabía quién diablos era Maradona.

 

Durante su vida, de erudiciones e intelectualidades de alto coturno, el autor de El Aleph condenó un deporte que él calificó de estúpido y no acorde con la inteligencia inglesa, a la que se debe, en una suerte de descalabro (según la mirada de Borges), la invención del fútbol moderno. “El fútbol es popular porque la estupidez es popular”, declaró el escritor.

 

Borges no entendía cómo un deporte “innoble, desagradable, agresivo y meramente comercial” había llegado a ser una disciplina con tantos adeptos en el orbe. Tal vez no aspiraba a apreciar en esa práctica una demostración de esteticismo, de “buenas maneras”, de racionalidad, pero tampoco creía que fuese de seres inteligentes volverse fanáticos.

 

Es posible que su animadversión se fundamentara en el excesivo paroxismo que el fútbol causaba (todavía es así) en su país, en una mixtura de nacionalismo y religiosidad. En la Argentina, la pasión y la naturaleza irracional del hincha, puede provocar catástrofes y enceguecimientos colectivos. Para él, fútbol y nacionalismo eran la cara de una misma historia: “El nacionalismo sólo permite afirmaciones y toda doctrina que descarte la duda, la negación, es una forma de fanatismo y estupidez”, escribió alguna vez.

 

A diferencia del ensayista y poeta, hubo otros intelectuales, no solo en su país, sino en el resto del mundo, a los que el fútbol les causaba una gran emoción e, incluso, veían en él, cuando había en el juego demostraciones de belleza, una manifestación del arte. Como sucedió, por ejemplo, con el Brasil del Mundial del 70, en México, luminosa constelación que asombró a los aficionados de todas partes. André Maurois, en un discurso pronunciado en 1949 en gracia de un aniversario del fútbol en Francia, dijo, entre otros tópicos, que “¡cuántas faltas comete la inteligencia porque el cuerpo no está bien enseñado!”, en una cita socrática, para rematar con su célebre frase: “el fútbol es la inteligencia en movimiento”.

 

Entre la pléyade de escritores y poetas que han apreciado al fútbol están Rafael Alberti, Miguel Hernández, Eduardo Galeano, Albert Camus, Osvaldo Soriano, Augusto Roa Bastos, Mario Benedetti, Camilo José Cela, con un adjunto de decenas de intelectuales, entre cineastas, filósofos, artistas plásticos e historiadores.

 

Volviendo a Borges, el mismo que el día del partido inaugural del Mundial de Fútbol de 1978, en Argentina, programó una conferencia sobre la inmortalidad, a él le parecía el fútbol una variante del tedio. Jamás practicó este deporte ni ningún otro (solo le gustaba el ajedrez). “Detesto el fútbol, es un juego brutal que no requiere un coraje especial porque nadie se juega la vida…”. Y así como el estadio Monumental se llenó en el partido inaugural entre Argentina y Hungría, la biblioteca que albergó a Borges en su conferencia también se atiborró de concurrentes.

 

César Luis Menotti, el técnico de la Argentina campeona del Mundial del 78, entrevistó a Borges para una revista literaria, poco tiempo después de haber conseguido el palmarés con el elenco gaucho. El escritor era una de las figuras admiradas por el entrenador. Cuando el autor de Ficciones estaba frente a Menotti, le espetó estas palabras: “Usted debe de ser muy famoso…”. El otro no sabía qué decir. Quiso articular algunas palabras. No le salieron. Y Borges finalizó la jugada: “Porque mi empleada me pidió un autógrafo suyo”.

 

Enrique Amorim, escritor uruguayo, autor, por ejemplo, de una novela alucinante como La Carreta, casado con una prima de Borges, fue con este a un partido entre Uruguay y Argentina. A ninguno de los dos les interesaba el fútbol. Durante el encuentro, ambos hablaban de literatura y otros temas. Al terminar el primer tiempo, salieron (creían que ya había finalizado el cotejo). “Bueno, le voy a hacer una confidencia. Yo esperaba que ganara Uruguay –le dijo Borges— para quedar bien con usted, para que usted se sintiera feliz”. Y Amorim respondió: “Bueno, yo esperaba que ganara Argentina para quedar, también, bien con usted”. No se enteraron del resultado y ambos trascendieron el apasionamiento y las rivalidades de un partido.

 

Como se sabe, con su amigo Adolfo Bioy Casares Borges escribió el libro Cuentos de H. Bustos Domecq, en el que al alimón crearon personajes como Isidro Parodi y el prologuista Gervasio Montenegro, el de la “fatigada elegancia”. Uno de los relatos, con el título Esse est percipi (“ser es ser percibido”, que sintetiza la filosofía de Georges Berkeley) es sobre fútbol. Es todo un cuestionamiento a ese deporte, a su parafernalia efectista, a sus complots y engañifas. Es un precursor de la realidad de corrupciones que luego se volverán paisaje con la FIFA.

 

En el cuento (con estructura de crónica), Honorio Bustos Domecq asiste con asombro a las revelaciones sobre partidos arreglados y otras patrañas, con la complicidad de la publicidad y los medios de comunicación. En la brevedad del relato hay una suerte de drama acerca de las puestas en escena sobre las triquiñuelas y el apoderamiento del mundo por un deporte como el fútbol.

 

En el Mundial del 86, hubo un partido adobado por asuntos históricos. La Guerra de las Malvinas, entre Argentina e Inglaterra, ocurrida cuatro años antes, fue un suceso que hirió el orgullo y patriotismo de los argentinos. Y aquel encuentro estaba lleno de expectativas y se respiraba un ambiente de vindicta. El 22 de junio, en el Estadio Azteca, hubo dos hechos descomunales: uno, el primer gol de la selección gaucha, anotado por el genio Maradona, con la mano; y el otro, pocos minutos después, el mismo número diez, desde la mitad de la cancha dejó regados ingleses, abatidos por la inteligencia y habilidad de uno de los mejores jugadores de la historia del fútbol. Y marcó el segundo: el Gol del Siglo.

 

Ocho días antes, en Ginebra, Suiza, había muerto Jorge Luis Borges, a quien semanas antes muchos periodistas le preguntaban por Maradona. Y él, siempre dueño de un extraordinario humor negro, les contestaba que no tenía ni idea de quién se trataba. Prefería el gran escritor el juego de soñar infinitos mundos, de poetizarlos y alcanzar con las palabras el grado de divinidad que, a veces, algún futbolista también logra.

Resultado de imagen para borges pintura

“La lectura debe ser una de las formas de felicidad, ¡Sigan buscando la suya!”: Borges

Palabras para un teatrero muerto

A Rodrigo Saldarriaga, In Memoriam

Resultado de imagen para rodrigo saldarriaga

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

De pequeño, a Rodrigo Saldarriaga lo “prestaban” sus padres para que hiciera de niño Jesús en los pesebres de los vecinos. Parecía un vikingo extraviado en el trópico, rubio y ojiazul. De cuna conservadora, se convirtió en un líder revolucionario y en uno de los principales directores teatrales colombianos. Fundador hace 39 años de Pequeño Teatro de Medellín, el artista que estuvo a punto de un infarto mientras representaba a Heisenberg, en la obra Copenhague, de Michael Frayn, murió el domingo 22 de junio.

 

Saldarriaga, perteneciente a una familia confesional antioqueña, de aquellas de misa y comunión diarias, comenzó a conocer la realidad real cuando entró a estudiar Arquitectura en la Universidad Nacional. Era la convulsionada década de los sesentas, en la que, por primera vez, los jóvenes comenzaron a ser protagonistas de su historia. “Urgidos de vida y libertad”, como recordaría en su libro de memorias Tercer Timbre, esos días fueron el contacto con nuevos discursos, distintos a los que dominaban la cotidianidad de la muy goda Medellín.

 

Con sus amigos de universidad se iban al café Versalles y al Festín a hablar de todo, menos de arquitectura. Eran los días de la educación sentimental, con Bergman, Visconti, la Nueva Ola francesa, el Manifiesto Comunista y las historias de la revolución bolchevique. A veces se creían la reencarnación criolla de Daniel el Rojo, en pleno mayo del 68, cuando la imaginación se tomó las calles no solo de París sino del mundo.

 

Uno de sus “bautismos” revolucionarios los asumió cuando, en los bajos del consulado americano en la Avenida Primero de Mayo, en Medellín, junto a otros muchachos, coreaba “Ho-Ho-Ho Chi Minh-Yanquis go home, fuera de Vietnam”, mientras sostenían centenares de efigies del Che Guevara. Pero su bautismo teatral lo recibió de Jairo Aníbal Niño, sí, el de El Monte Calvo y el de Las bodas de lata o el baile del arzobispo. En 1968, Niño fundó la Brigada de Teatro, de la que el joven Saldarriaga hizo parte, entre otros con los montajes de La madre, de Gorki, y de La masacre de Santa Bárbara.

 

Este último montaje le costó que su familia lo pusiera en una situación límite: o abandonaba el teatro (que solo sirve para entretener negros, así le dijeron) o se iba de la casa. Prefirió lo último y se fue de arrimado a un inquilinato de universitarios en el barrio Sevilla, de Medellín, muy cerca de la Universidad de Antioquia.

 

En 1975 fundó, con otros compañeros, Pequeño Teatro, cuyo nombre fue un homenaje a Stanislavski, que tenía en el Teatro del Arte de Moscú un Pequeño Teatro (el drama) para diferenciarlo del Gran Teatro (la ópera). Y a partir de ahí sus montajes teatrales, en cuyo repertorio siempre estuvieron los clásicos, tenían la concepción de servir al pueblo. Sus obras de iniciación se presentaron en carpas huelguísticas, escenarios estudiantiles, pueblos y caseríos de Colombia. Después, los griegos y Shakespeare fueron parte sustancial de los montajes dirigidos por Saldarriaga.

 

El autor de Todo fue, Los chorros de Tapartó y El ejército de los guerreros, un amante de Piazzolla y de Roberto Goyeneche, dijo alguna vez que hubiera querido tener al cantor argentino en su elenco para representar al Rey Lear. Era un ser que rezumaba teatro día y noche, con sus cigarrillos y cervezas al clima. Decía que el mejor director de teatro era Giorgio Strehler, del Piccolo Teatro de Milán, al que una vez le vio en París la obra Arlequín, servidor de dos señores. “Se me reventaron las manos de aplaudir”, contó alguna vez.

 

Estudioso de Shakespeare, Brecht y otros dramaturgos, Saldarriaga montó con éxito taquillero la obra En la diestra de Dios Padre, de Tomás Carrasquilla, con dramaturgia de Enrique Buenaventura. Y se quedó pendiente el montaje de El jardín de los cerezos, de Chejov, otro autor de sus amores. Y, claro, como hubiera querido, y como utopía personal, se quedaron por montar todos los griegos, todos los latinos, la Comedia del Arte, todo Shakespeare, todo Brecht. Los que dirigió, más de sesenta montajes, los hizo con pasión y sapiencia.

 

Su libro de memorias, termina con un tremendo colofón: “Los nietos de mi nieto disfrutarán nuevamente con Esquilo, con Shakespeare, con Strindberg y con Brecht y el teatro volverá a ser el listón más alto del pensamiento como lo ha sido siempre. Habrán pasado los oscuros días de la ignorancia, de los pretenciosos necromantes de la “carne de perro” y de los desesperados desencantados del pensamiento. Y yo estaré ahí, porque al cerrar los ojos el mundo no desaparecerá”.

 

(Medellín, junio 23 de 2014)

 

 

Resultado de imagen para rodrigo saldarriaga

Rodrigo Saldarriaga Sanín (1950-2014)

Odio y acuerdo de paz

Por Reinaldo Spitaletta

 

Puede ser que el odio haya surgido, para quedarse emponzoñando mentes y corazones, el 9 de abril de 1948, un día funesto en la historia de Colombia. O con la hecatombe que vino después, un derramamiento de sangre de pobres y hasta de ingenuos campesinos a los que mandaron a matarse durante años, en la Violencia liberal-conservadora. Miles murieron. Y otros, los sobrevivientes, se marcharon con sus miedos a engrosar los cordones de miseria en las ciudades.

 

Puede ser que el odio, tras los cortes de franelas y los descuartizamientos, las violaciones y los incendios, haya continuado con el Frente Nacional y su manera de excluir a vastos sectores de la población. Y luego con el surgimiento de las guerrillas de los sesentas, una década de bombardeos (a Marquetalia, por ejemplo), reformas agrarias frustradas, fraudes electorales y las enormes brechas en la sociedad.

 

Quizá el odio ya galopaba por montes y selvas desde los días de La Vorágine, de las caucheras y los asesinatos masivos de indios y negros, desde tiempos en que el país apenas despertaba a la llamada modernidad. Y desde la masacre de las bananeras, cuando el gobierno conservador de Abadía Méndez hincó su rodilla ante los intereses yanquis y permitió y aupó una matanza de cientos de trabajadores de la United Fruit Company. Pero todos los odios se recrudecerán cada día en un país de inequidades y desajustes en la repartición de la riqueza.

 

Y ya habían muerto muchos de los heraldos del odio, los Sangre Negra y los Desquite, y los de “arriba” habían promovido el desprecio y humillación hacia los de “abajo”, a los que, como lo señalara Osorio Lizarazo, calificaban de “plebe, populacho, chusma, gentuza, turba, hampa, canalla”. El odio parecía tener un estimulante caldo de cultivo en las desigualdades y en el enorme catálogo de desventuras de la mayoría de la población.

 

Los setentas, los ochentas y los noventas, con guerrillas exacerbadas que vacunaban, extorsionaban, destruían infraestructura, en fin; y con el narcotráfico y sus mafias, más la evolución de un proyecto de terror en campos y ciudades diseñado por el paramilitarismo, configuraron un país inviable. Las semillas del odio ya habían reventado hacía mucho rato. Y se regaba su floresta de desgracias por todas partes.

 

Estamos llenos de símbolos de la infamia y nuestra historia arroja sangre por todos sus poros. Quizá por ello, y por muchos factores más, haya gentes que estimulen el odio y el ánimo de vindicta. Y les parezca una “traición” o “felonía” que un grupo armada que protagonizó un conflicto larguísimo de más de cincuenta años, haya decidido, en un acto inteligente, abandonar las armas y disponerse a participar en la política y la vida civil.

 

El apaciguamiento de los fusiles, el desminado de vastas zonas rurales, la entrega hasta ahora del sesenta por ciento del armamento a los delgados de la ONU, dan fe del compromiso suscrito entre las Farc y el gobierno colombiano para la dejación de estos artefactos mortales. Se trata, hasta ahora, de una noticia en tono mayor, que debe alegrar a miles de víctimas, al ejército, a la población en general de un país de trazas violentas que durante su historia republicana poco ha conocido de la paz y el sosiego.

 

A quienes nos ha tocado desde nuestro nacimiento habitar una nación de guerras intestinas, de desafueros a granel, de atentados, magnicidios, despojos y tronamenta de armas, el asistir a un histórico cambio de una agrupación guerrillera, la más grande y lesiva del país, es todo un acontecimiento esperanzador. No parece así para otros, que, desde sus comodidades, han propiciado las injusticias y promocionado la violencia.

 

Puede tener desperfectos, puede no ser del gusto de todos, pero sí tiene el acuerdo de paz  con las Farc mecanismos de comprobación y verificación internacionales que garantizan que no haya falsas desmovilizaciones (como sucedió en otras épocas), ni operetas y artificiosas entregas de armas, como aconteció con el paramilitarismo en los tiempos de Uribe y Mancuso.

 

Aquí, como en la novela de José Eustasio Rivera, a muchos el corazón se los ganó la violencia y el odio. Y estas dos entidades persisten. Se sabe que los conflictos sociales no terminan con el acuerdo de paz. Y más en un país de tantas miserias e injusticias sociales, donde la “plebe, la canalla, el populacho” ha sido carne de cañón de los poderosos. Pero la incorporación de una guerrilla (o exguerrilla) a la civilidad, sí es un paso importante para que los muertos por la violencia sean menos. Y el odio disminuya.

 

(Junio 19 de 2017)

 

Resultado de imagen para bogotazo

Célebre fotografía de Sady González sobre el Bogotazo, 9 de abril de 1948

Globalización de la soledad

Resultado de imagen para soledad

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

“Veo a tu soledad en la platea”, advierte un verso de tango que, como tantos otros, navega sobre olas de soledades. Y la misma —un tanto más intensa— se asoma en las más de cuatrocientas cincuenta páginas de Cien años de soledad, una novela en la que los fantasmas envejecen y se siente la larga muerte en un tren de doscientos vagones que lleva a los masacrados trabajadores de las bananeras a pasar su eternidad en el mar.

 

No sé si ayer había más soledades que hoy. Creo que es al revés. Ahora, en medio de la infinitud de las redes sociales, de los aparatos de inteligencia artificial que supera a la de los que son sus nuevos esclavos, de las autopistas de la información (o la desinformación), el hombre está más solo que nunca. Bueno, o lo que es la representación de un humano deshumanizado. De alguien que perdió la palabra y transita hacia la soledad del olvido. La soledad de un silencio poco musical, de la enajenación del ser.

 

Y si bien en ficciones como la garciamarquiana, y las que aparecen en un libro de cuentos, publicado en 1954, Todos estábamos a la espera, de Álvaro Cepeda Samudio, la soledad es una presencia que ahoga, hoy esta conduce, vestida con el frac de la tecnología, a los abismos de la desesperación. Incluido el estúpido y sórdido y lesivo juego de La ballena azul.

 

Hoy, en la ya decadente posmodernidad, la soledad del hombre se agiganta. Se busca compañía en la engañosa virtualidad. Y una relación que se ha envilecido y vuelto insignificante, la amistad, se lleva a la máxima expresión del vacío en los cinco mil “amigos” que puedes tener en Facebook.

 

 

“El éxito del invento de Zuckerberg consiste en haber entendido necesidades humanas muy profundas, como la de no sentirse solo  nunca (siempre hay alguien en el planeta que puede ser “amigo” tuyo) y vivir en un mundo virtual donde no hay dificultades ni riesgos (no hay discusiones, las rupturas son sencillas y pasan rápidamente al olvido, todo es infinitamente más soportable que en la vida real)”, advertía Zygmunt Bauman.

 

 

Cicerón y Séneca, dos pensadores de la amistad, quedarían sumidos, hoy, en el ostracismo con sus teorías acerca de los significados y profundidades de la amistad. “A la amistad no le empuja provecho alguno propio, sino un impulso natural, pues como en otras cosas experimentamos un instintivo placer, así también en la amistad”, decía Séneca.

 

En el capitalismo, hay soledades que se diluyen en la masa. Desde los días en que El hombre de la multitud (un cuento de Poe) se extravió en un anonimato de gente que va y viene, la soledad del ciudadano se hizo más trágica. Bartleby, sí, el escribiente, es un hombre solo (y, si se quiere, el capitán Ahab, el de la Ballena blanca, también). Es la misma soledad que se siente en un no-lugar, en un aeropuerto, en una terminal de buses o en Luvina, aquel pueblo lleno de vientos tristes de un cuento de Juan Rulfo.

 

La soledad, que en otros ámbitos era una conquista para la creación y el pensamiento, en el capitalismo se tornó una mercancía más. Tu soledad (o soledumbre) se te acaba con un smartphone, con una hamburguesa, con entrar a “vitriniar” a un centro comercial (otro no-lugar). O con tus “amigos” de Facebook.  Los hombres solos de la posmodernidad líquida son más solos si están ilíquidos. Si carecen de parné para consumir y atiborrarse de cosas innecesarias.

 

En Todos estábamos a la espera (también en otros cuentos del barranquillero Cepeda) la soledad se matiza, o se disimula, con una pelea de boxeo en la tv, o con canciones de traganíquel, o en la barra de un bar. ¿A quién se espera en un café? ¿A quién en una estación de autobús? ¿En la soledad es posible percibir en medio de la multitud, de los seres innombrados, la mano tibia de una muchacha? Y, a veces, por estar tan solos, no nos queda más que vestirnos de payaso para secar nuestras lágrimas sobre la melena de un león.

 

En estos días, que en Medellín realizamos tertulias literarias sobre Cepeda Samudio y García Márquez, el efluvio de las soledades se sintió como el lanzazo con el que José Arcadio Buendía mató a Prudencio Aguilar, un muerto tan solo que tuvo que aparecerse en Macondo a hablar con su verdugo para no sentirse tan abandonado y triste. Soledades tan largas como las de Pilar Ternera y Úrsula Iguarán, como las del coronel Aureliano Buendía, que, al fin de cuentas, supo que “el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”, son hoy distintas. Y, quizá, más dolorosas.

 

Vivimos tiempos de alta velocidad, tiempos sin tiempo para la palabra y los afectos compartidos cara a cara. Tiempos melancólicos en los que, además de otras miserias, se ha globalizado la soledad.

 

(Medellín, 1º de mayo de 2017)

 

Resultado de imagen para soledad  tecnologica

Seres solitarios con mucha tecnología.

Un elogio del hambre

(¿Acaso es el hambre el germen de toda poesía y de las revoluciones?)

 

Resultado de imagen para cronos devorando a sus hijos

                                                            Saturno devorando a su hijo, pintura de Goya.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El hambre, según Luis Tejada, es el germen de toda poesía. De acuerdo con la afirmación del cronista barboseño, se nota que ahora, muchos poetas nuevos (o jóvenes), no han tenido la angustia del hambre, porque, con sus versitos de desecho, parecen, más bien, glotones desaforados. No sé cuánta hambre padeció Dante, ni cuánta Vallejo, ni Whitman, ni Hernández, ni Homero, pero, por lo visto, bastante. Porque como se sabe, poesía sí escribieron.

 

Creo, a veces, tal vez en momentos en que las tripas chillan o se siente su cortante filo, que el hambre, a diferencia de la lucha de clases, ha sido la partera de la historia. Nada más acelerador, nada más agudizador de contradicciones, nada, además, tan doloroso como un hambre. Y se ha dicho, para escribir poesía hay que sentir dolores y, al parecer, tantas hambres. Por supuesto, como no sólo de pan vive el hombre, pues no solamente de hambre escribe el poeta. Pero —y no es juego de palabras— da la impresión de que el hambre es pan (bueno, es sino leer a Knut Hamsun).

 

El hambre es motor. “El hambre excita la fantasía, y la fantasía es la cualidad esencial de los poetas”, escribía Tejada, tal vez acosado por el llamado de un desespero estomacal. De un vacío alimentario. Es posible que, más que por una resaca, más que por una dosis de alucinógenos, Poe hubiera sentido el ansia de escribir, por ejemplo, El cuervo, gracias a un hambre existencial. Así, como al escribir Balzac consumía en una noche más de cincuenta tazas de café, que también el “tintico” hace desaparecer esa sensación de hambruna, Barba Jacob tuvo que haber estado sin comer por lo menos tres días para haber llegado a los versos de su Canción de la vida profunda.

 

Ah, y qué tal el nunca bien ponderado Rabelais, médico de cabeceera de muchos lectores. Su Gargantúa y Pantagruel, tan insaciables, tan llenos de comidas y bebidas, tan hermosamente colmados de excesos, sólo pudo imaginar un portento de esa naturaleza por el hambre. Y en ese mismo sentido podría abarcarse a Teresa de Ávila y Juan de la Cruz, ambos santos, ambos poetas, ambos místicos. Más que su sed de Dios fue su hambre la que los condujo a las altas cimas de la palabra y a ver más allá de la “noche oscura”.

El Quijote, por ejemplo, está lleno de hambres, también de culinarias y otros platos. La mejor salsa del mundo, se dice en el portento literario, es “la hambre”. Y como esta (plantea la mujer de Sancho) no falta a los pobres, siempre comen con gusto. En la Barataria, el comilón Sancho prefiere las mesas a las dietas. “Y denme de comer, o si no, tómense su gobierno; que oficio que no da de comer a su dueño no vale dos habas.”, dice, en contradicción con el médico que, al cuidar su salud, le suprime comidas.

 

Cuando el poeta (cuando es poeta, claro) siente la mordedura del hambre en su interior, cuando lo chuzan las lanzas de la inanición, cuando los jugos gástricos se alteran, entonces delira, su mente se va poblando de numerosas visiones, sus oídos de músicas jamás escuchadas. Lo acosan.  Lo van sitiando las musas. Y, para declarar que es un poseso, advierte que le dictan. Que es otro el que escribe. Y todo es por su hambre. ¡Qué sensación esa tan devastadora y, a la vez, tan estimulante!

 

Sacerdotes que levitan, santones que curan, taumaturgos, anacoretas, todos sienten una plenitud gracias a su hambre, a sus frugales recetas de pan y agua. Van Gogh, Modigliani, El Greco, tantos que han pintado su propia hambre. Ah, y los de la Generación Perdida, los Hemingway, los Scott Fitzgerald, con su hambre parisina, cuando eran pobres, felices e indocumentados, produjeron obras excelsas.

 

La Gran Marcha, liderada por Mao; las transformaciones sociales; la revolución rusa y la francesa y la cubana, todas tuvieron que ver con el hambre, porque es elemental, también hay que luchar para tener, después de tantas jornadas de carencias, una buena mesa con buen pan y buen vino. Tal vez el secreto de la paz (como el de la guerra) radica, se esconde, en los estómagos casi siempre vacíos. Sí, lo dijo algún poeta: la paz es asunto estomacal.

 

Con tantas hambres juntas, como las que padece ese hombre que veo ahí, tirado en un parque alumbrado con luces navideñas; como las de innúmeros colombianos, como esa hambre atroz que cada día aumenta en esta geografía de desamparos, debería haber más poesía. Pero no. Lo que sí hay es más policía. Nada confiable y peligrosa.

 

Poetas y místicos —al decir de Tejada— han perdido su contacto con el cielo, porque abandonaron el régimen substancial de la abstinencia. Como clamaba una abuela de barriada, es mejor tener las ganas que calmarlas. Es hora de ir a comer, caramba.

 

(Artículo escrito en diciembre de 2005)

 

Resultado de imagen para hambre pintura

Hambre, pintura de Guayasamín