El más acá y el más allá de la casa

(Símbolos, pequeñas historias y metáforas que emergen del cálido hogar)

 

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La casa y su afectuosa luz. Foto Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Se puede llevar la casa a cuestas, como el caracol, o como los gitanos. El linyera tiene como casa el camino, los andares continuos, el ir siempre, sin regreso. La casa está donde él está. Los que ya alcanzaron el estado de estacionamiento, de estancia, tienen en la casa una particular forma de ser y de estar. Han dejado atrás el nomadismo relativo. Porque puede ser que uno habite una casa por unos meses y luego otra y otra, la mudanza como una condición de inestabilidad; pero lo que permanece, en esencia, son los significados, los símbolos y representaciones que inspira y exhala la casa (sea esta móvil o estática). Más que una evocación del vientre materno, de una patente de sedentarismo, la casa es una manera muy eficaz del arraigo y de la protección.

 

Es un lugar (en todo caso, el concepto de no-lugar no le cabe) para el encuentro consigo mismo y con otros que son parte de su entorno (de su tótem y clan), es la primera patria. O, por qué no, la única. Ahí están los dioses, los más antiguos y los más recientes. Los rituales que evocan los tiempos del fuego y de las lluvias, de la caza y del sembrado, de la transformación de la naturaleza y la cultura. La casa como refugio en cada estación.

 

Pero la casa es más que un hospedaje y más que un cobijo. Toma la personalidad del habitante, que la ordena o desordena, que la limpia o ensucia, que hace en ella todo lo que tiene que ver con el mundo del adentro, con la resolución de necesidades, con el ejercicio de vivir y de invisibilizarse por un tiempo indeterminado (el de descanso, el del encuentro con los suyos) de lo que llamamos el afuera. La puerta, la ventana, la pared, el piso. Y las distribuciones diversas, una alcoba, dos o tres o cuatro, una sala, un vestíbulo, un cuarto o varios para bañarse, orinar, lavarse las manos, los tocadores, la cocina, el patio. Y si, como lo ha diseñado el período moderno de una arquitectura carcelaria y nada cordial, solo se tiene una pequeñez, que, sea como sea, cumple con la simbolización de lo doméstico. El domicilio.

 

Sí, porque la casa, es decir, el concepto que trasciende paredes y techos, está relacionado con las raíces, con lo que se denominan maneras de vivir y estar. La casa es una muralla infranqueable para los que son extraños a ella, que solo entran cuando se les invita (o porque son asaltantes o médicos o artesanos, el visitante casual o aquel que ha recibido autorización). Y así se erige la intimidad, la misma que puede conectarse con el dormir, el recrearse para dar rienda suelta a un gusto, con la hechura de tareas escolares o de otra índole, con el acostarse y levantarse y asearse…

 

La casa tenía una reja pintada con quejas…

 

La casa en todo caso no es una cárcel (así haya una modalidad penal que se denomina casa por cárcel) ni un panóptico ni un acondicionamiento para que el afuera se proyecte en ella, como trasladar la velocidad o lentitud de la ciudad o del campo al hogar, a ese ámbito que evoca fuegos añejos y la presencia de otros, la compañía. En su dominio se reza o se impreca, se calla o se palabrea, se encienden los sentimientos entrañables de estar bajo un techo, de poseer una defensa contra las intemperies y otros estados del tiempo.

 

Y hablando de contactos que en la casa tienen una dimensión especial, aunque se puedan hacer en otras coordenadas, la cópula, el dormir, el tener una cocina en la que pueden confluir viejas historias y olores a abuelas y a despensas de antes, el sentarse a meditar, o a leer, o a escuchar la radio o acostarse frente a una pantalla, suceden allí, en esa delimitación de muros, suelo, entradas, ventanales, y si se tiene la elemental arquitectura, que es simple y quizá por eso bella, el patio es una posibilidad única de tener el cielo en casa.

 

Puede ser de mil metros cuadrados o solo tener un salón con servicios y tales parámetros no afectan la esencia de la casa (y en el concepto cabe el apartamento, que, sin embargo, tiene otras características materiales): en ella se recogen milenarias formas de habitar. La casa con historia. Y que, sin contar de qué esté hecha, lo que se impone es la manera de la acogida, de la conexión con lo entrañable de estar en un lugar que puede ser amable (no siempre), y que es parte de una cultura, de formas de ser y relacionarse.

 

En la casa el hombre se sucede, transcurre, sueña, se enerva, se aquieta, y si bien son reacciones no propias del hogar, es en esa construcción —que va más allá de muebles y del inmueble mismo— donde están atravesadas y movidas por cierta libertad, opuesta a servidumbres y a artificios de sociedad. La casa es posada y tiene un extraño emparentamiento con las solidaridades, con los afectos transparentes, con la certeza de pertenecer a un territorio, a una fraternidad.

 

La pequeña historia personal, las primeras palabras, los desencuentros y las salutaciones son propias de la estación particular llamada casa. Nacimientos y muertes, adioses y bienvenidas, la palabra mamá, la palabra esposa, la hermandad suceden en esa especie de castillo sin almenas, sin foso, pero en el que habitan fantasmas y queridas presencias. Después de todo, la casa se lleva adentro, va con cada uno, es prolongación de los que ya no están.

 

La casa trasciende tamaños  y materiales. Es una metáfora de lo íntimo. Foto Spitaletta

 

Parafraseando al poeta alejandrino la casa va con cada uno, lo acompaña hasta la hora final, lo marca en los caminos, en los viajes, en el encuentro con otras soledades. Es una creadora de nostalgias y de memorias salubres e insalubres, o, como dijera Evaristo Carriego: “¡Caminito de nuestra casa! ¡Vieras con qué cariño te queremos!”.

 

Se lleve a cuestas, se vislumbre como una meta, o se conciba como un punto de partida, la casa, la del gitano, la del linyera, la del trashumante, así como la del hombre estacionario, es la posibilidad del encuentro con uno mismo y con paisajes y espacios que pueden estar más arriba del entejado y de los sabores y olores del desayuno.

 

PD. La emergencia del coronavirus ha vuelto a poner la casa en su lugar.

 

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Casa azul. Pintura de Marc Chagall

 

¡Viva la Universidad!

(Una reflexión sin gas lacrimógeno tras la incursión del Esmad en la Universidad de Antioquia)

 

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Aspecto de la fuente y la biblioteca central de la U. de A.

“Alma Máter de la raza,
invicta en su fecundidad”.
Del Himno de la Universidad de Antioquia

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La universidad, claustro de saberes, congregación de ciencia y humanismo, de espíritu y materia, es un lugar propicio para el debate con altura intelectual y las divergencias civilizadas. La universidad no busca, en sus atributos de suerte de templo del conocimiento, una formación de un solo pensamiento. Ni la generación de una sola visión del mundo. Está hecha para la diversidad, para las distintas maneras de observar, analizar, cuestionar al hombre y sus circunstancias. No tiene carácter conventual, no debe propalar el dogma ni pregonar miradas inmodificables.

 

La universidad, por principio, es buscadora. ¿De qué? ¿De respuestas, de preguntas? Es un ámbito en el que, tras el ejercicio de la enseñanza-aprendizaje, de la experimentación, de la investigación, se crean las condiciones para pensar, es decir, no solo se desarrollan competencias específicas de cada disciplina o nicho del conocimiento, las especificidades, sino que es una estimuladora de la reflexión, de la controversia y de la crítica.

 

Dentro del canon universitario está no solo la formación del espíritu científico, sino el cultivo del diálogo entre saberes. Y ahí está también la presencia del otro (con derechos y deberes), del que busca ser médico, ingeniero, educador, periodista, cineasta, químico, matemático, músico, y el encuentro entre estudiantes, profesores, diversos trabajadores, administradores, lo que, en síntesis, compone la comunidad universitaria.

 

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Ciudad universitaria del Alma Máter

 

Una perogrullada dice que la universidad no está al margen de la sociedad. Ni que en ella no se representen los múltiples sectores de la misma y que, en la universidad, convergen las miserias y las riquezas de los conglomerados sociales, las visiones distintas sobre el Estado, el poder, la ciudad, la política, la vida y la muerte. La universidad no es una construcción (material, cultural, de la inteligencia y la imaginación) hecha para imponer o agitar una sola visión, sino para la amplitud de miradas. Mejor dicho, como es fama, se opone al dogma, a la secta, al unanimismo mental e ideológico, y ensalza la libertad, la promueve y defiende.

 

Es una conquista humana que desde luego ha estado sujeta en la historia a vaivenes, cambios, permanencias, indagaciones e intensas luchas adentro y afuera del campus, de las aulas, de los estamentos que la integran. Lo meridiano es que es un lugar para la libertad (entre esas libertades, las de enseñanza, de cátedra, de expresión y pensamiento, en fin). Y en este punto podríamos ir aterrizando en la universidad pública, y más aún, en este caso, en el Alma Máter Universidad de Antioquia, atravesada no ahora, sino desde siempre, por los conflictos, las divergencias, las contradicciones sociales. Y, como debe ser, ha sido campo de debate y palestra de distintas concepciones e interpretaciones.

 

En ella ha habido (y habrá) resonancias y otros ecos del mundo exterior a su campus. En este confluyen infinidad de posiciones acerca de las clases sociales, los saberes, el orden establecido, las utopías…; y esa complejidad, necesaria y nada fácil de desmadejar, ha tenido manifestaciones civilizadas de discursos filosóficos, políticos, científicos, incluidos los de protesta y los cuestionamientos al poder, como otras que corresponden más a comportamientos del lumpen y de la delincuencia organizada. Tal cual se puede dar afuera del claustro. En la sociedad. En el país.

 

De cualquier modo, la universidad no es una burbuja incontaminada, una torre de marfil ni un albergue para cuarentenas ni para la asepsia. Tampoco para ángeles. Ya se dijo: es un centro del saber y de sus maneras disímiles de obtenerlo. Tampoco es —para decirlo con un lenguaje que en los sesentas, en medio de un país azotado todavía por la Violencia liberal-conservadora— una república independiente. No es una arcadia, tampoco el infierno.

 

La Universidad de Antioquia, su ciudad universitaria, la misma que fue testigo y protagonista del movimiento estudiantil más relevante de la historia de estas expresiones inconformes, el de 1971, ha seguido acogiendo la diversidad de filosofías y políticas. Y en ese despliegue de las libertades también ha sufrido distintas heridas, atentados, crímenes selectivos, represiones estatales, presencia militar, incendios, asesinatos de profesores y estudiantes…

 

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Edificio del Paraninfo de la U. de A.

Una universidad, y, en particular, la de Antioquia, es un símbolo de libertad y pensamiento. Desde los tiempos del Manifiesto de Córdoba, en la Argentina, a principios del siglo XX, se introdujo el concepto de la autonomía universitaria, los modos propios y democráticos de gobierno interno de estos establecimientos o, como se planteó en los setentas, el cogobierno. La Constitución Política de Colombia, en su Artículo 69, establece la autonomía universitaria, según la cual estas instituciones podrán elegir sus directivas, regirse por sus propios estatutos, según la ley, que también establecerá un régimen especial.

 

Es la universidad misma la que, a través de su organización interna, de sus mecanismos de convivencia, la que debe dar soluciones a asuntos no solo académicos, que es su esencia, sino de otra índole, como las de abrir posibilidades de que, en su interior, no sean las extremas (derecha o izquierda) las que, como una minoría explosiva, atente contra la estabilidad y armonía de los estamentos universitarios. Por supuesto, la U. no tiene funciones policivas ni represivas. Debe expandir, tanto entre profesores, empleados, trabajadores, estudiantes, el debate y la confrontación civilizada de ideas y posiciones frente a sus problemas, a su misión y objetivos.

 

Como es también una verdad de Perogrullo, en la U. confluye una diversidad de posiciones, de miradas del mundo, y los mismos problemas de la sociedad hacen parte de las dinámicas internas universitarias. En cualquier caso, no es militarizando las universidades, ni abriéndoles las puertas al Esmad o policía antidisturbios, como se solucionan las contradicciones internas. Esto, como se ha visto, complica más las situaciones tensas. Las incursiones policíacas afectan, como también la experiencia lo ha indicado, a los estudiantes y profesores (también al resto de la comunidad universitaria) que ejercen, según las circunstancias y también el ambiente exterior, o sea, lo que pasa en el país, el derecho a las libertades de expresión, pensamiento y protesta.

 

La universidad no es un lugar para taparse el rostro

 

Y en este otro punto, hay que reseñar que la capucha no debe ser parte del atuendo de estudiantes o profesores, o, en general, del ciudadano. No es un lugar la universidad para taparse el rostro, cuando, por su condición, por sus principios, por su carácter y clima, la universidad es un sitio para poder hablar de frente, sin disfraces, como estila y convoca la filosofía universitaria. La capucha es más un indumento de inquisiciones, de antiguos asaltantes de bancos o para tapar la carencia de argumentos de la inteligencia, de las palabras, de la dialéctica.

 

Sí, aunque la universidad sea un campo para la diversidad, no es para ejercicios lumpescos o de bandidaje. Al contrario, en esa fuente nutricia, que es la U, deben primar la alegría del saber, la capacidad argumentativa, la búsqueda de salidas civilizadas y pacíficas a los distintos problemas que trascienden lo académico, lo administrativo. La U, como sería una de sus bases teóricas, debe participar en los debates exteriores, de la sociedad, dar luces a tanta oscuridad que se cierne sobre un país como Colombia. Es la universidad como faro.

 

Así que, cuando una autoridad civil, un alcalde, un gobernador, en fin, tiene como visión principal ante la universidad, la de interferir por la fuerza el derecho a la protesta de los universitarios, con la bota policial, las bombas lacrimógenas, las incursiones a los predios del campus, está dando pasos hacia un proceso de fascistización. Todavía hay motivos —aunque cada vez menos, debido a la barbarie nacional— para seguir creyendo en la fuerza de los razonamientos, en la discusión inteligente. Cuando tanto afuera como adentro del claustro se den las posibilidades de la discusión sin miedo, sin cortapisas, sin que haya amenazas, las minorías encapuchadas, los de las papas-bombas y demás, quedarán no solo aisladas, sino vencidas ante el arrollador huracán de las ideas y los argumentos. La utopía puede ser posible. Y está viva.

 

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Mural del maestro Pedro Nel Gómez en la biblioteca central de la U. de A.

 

Periodismo de gallinas y pavos reales

(Algunas consideraciones sobre cómo se ha envilecido un bello y viejo oficio)

 

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Una antigua rotativa, un símbolo del periodismo

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

El vergonzoso episodio de insultadas en directo de dos periodistas, uno oficial y la otra (igualmente también oficial) de la radio y de una revista, ha sido motivo reciente de cruzadas moralizantes entre los comunicadores y de debates en torno a si el periodista está al servicio de la denominada “verdad” y, sobre todo, de los humillados y ofendidos, o es solo un apéndice de los poderes y del establecimiento.

 

El periodismo moderno, que nació en medio de batallas ideológicas en torno a la razón, los derechos ciudadanos y la cultura, que en algún momento fue catalogado como el “cuarto poder”, sobre todo cuando el rol de la prensa era el de fiscalizar no solo los otros tres poderes (los que Montesquieu formalizó en El espíritu de las leyes), sino los excesos de potentados y otros opulentos, ha degenerado en graznidos de ave de mal agüero. O peor aún: en una ramplona vitrina para los que, en obligación de denunciar, de darle voz a los que no la tienen debido a diversas mordazas, se metamorfosean en “estrellitas”. Deberían calificar para Hollywood.

 

El periodismo, un oficio ilustrado, una disciplina que debe tener como norte el conocimiento de la realidad, se ha envilecido, en particular en estas geografías donde hace años cabalgan las imposturas y los lambones. Con un lenguaje cada vez más empobrecido y raquítico, el periodismo de estos lares se ha ido deteriorando hasta mutarse en una pretensión de farándula y un maquillador. En general, en los medios (con una que otra excepción) abunda el servilismo frente a lo oficial y la lambisconería a magnates y otros monigotes con dinero.

 

Agréguele, amable lector, que casi todos los periódicos, cadenas radiales, noticiarios televisivos son de grupos económicos. Así que no se puede esperar nada distinto a que sean propaladores de lo que les interesa a esos propietarios. Los medios, en ese aspecto, es más lo que ocultan que lo que revelan.

 

Siguiendo con el periodismo, o, de otra forma, con los periodistas, se han visto casos lamentables de postración. Ya no es el periodista que indaga, confronta, pregunta, se formula hipótesis, sino el calanchín, el que, ante todo, quiere quedar bien con las fuentes y más si estas son representativas del poder. Habría que agregar a estos ingredientes, que no faltan fuentes, más que todo las oficiales, que, mediante los anuncios o avisos, imponen una suerte de extorsión a los reporteros y, más que a estos, a los informativos donde laboran. Da grima, por decir lo menos, que un periodista a su vez sea un vendedor de pauta publicitaria. Se crea una relación de dependencia con el anunciante.

 

El periodismo, cuyo ejercicio llegó a ser una forma de la rebeldía, de la contestación, se volvió puro afeite. Y en ese escenario de espectáculo, de tablado de feria y moda, algunos periodistas (sin hablar de presentadores o presentadoras que no requieren haber cursado la carrera de comunicación social) se creen protagonistas del proceso comunicativo. Se yerguen como parte de una constelación. Más que las noticias, que la información veraz, les interesa la pose, la vitrina. Puro relumbrón.

 

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El periodismo, nacido para incomodar al poder, para suscitar controversias y alimentar la opinión pública, para mostrar las inequidades y los alcances desmañados de la corrupción, se volvió relacionista de los señoritos de la política y la economía. Un cúmulo de incensario. Y así, en un traslape de lo que significaba el periodismo como un cuestionador (creador de preguntas) y como un revelador con respuestas argumentadas, sustentadas, se transmutó en turiferario. Una vergüenza.

 

El incidente entre dos comunicadores, uno de ellos de la Presidencia de la República, que pareció más bien una pelea de comadres en la que solo faltó que se jalaran de las greñas y se revolcaran en su propio lodo (por no decir excrementos), es un síntoma infeliz de lo que está acaeciendo en los medios, casi todos, como se ha dicho, al servicio de potentados y de la canallada. El periodismo como un eslabón más de una cadena de opresiones y desafueros. Un periodismo que perdió su esencia y el rumbo de la seriedad y el rigor, y se emparentó con la propaganda.

 

Como disciplina humanística que fue (y que, como se sabe, hay todavía buenos ejemplos de periodistas cultos y rigurosos, quizá los últimos dinosaurios), el periodismo estaba para llamar la atención sobre los peligros que han asediado al hombre, pero, en particular, al hombre más desprotegido, a los miserables y olvidados de la historia. Era un fundamento de la sociedad, enraizado en lo mejor de los tiempos de la ilustración y la búsqueda permanente del conocimiento, con fines loables como los de informar con toda la riqueza de enfoques y fuentes posibles.

 

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Un periodista ilustrado

 

El periodismo, en cuyo deber ser estuvo —en lo ideal, sigue estando— el revelar a los otros, o, al menos, a una buena porción de la sociedad, lo que alguien no quiere que se difunda, se volvió pusilánime. El periodismo era, y debe ser, un auscultador de lo mejor y peor de un sistema o de un conglomerado. Un diseccionador crítico de lo social, que, como se sabe, a diferencia de los hombres, las sociedades primero se pudren y después se mueren, según un pensador decimonónico.

 

Al caso coyuntural que origina esta nota, esta reflexión rápida, le han hecho ya en las redes sociales, también en columnas de prensa, en las comidillas y corrillos de calle y café, las biopsias y las autopsias. A la señora de la voz chillona le han dicho que es una verdulera y, con este calificativo, han ofendido a las verduleras, damas por lo demás, muy atentas y necesarias. También le han endilgado el apelativo de “meretriz mediática”, de buscadora de “mermelada” y farandulera. Al “tipejo”, “badulaque” y “mechudo”, contrincante de la doña, consejero para las comunicaciones de la Presidencia, ya, como a su rival de ring, se le conocía de autos todo su bagaje de lambetadas y adulaciones frente al poder.

 

El caso es que el vulgar affaire de dos comunicadores (Dávila vs Nassar) ha sido como una especie de “florero de Llorente”, que ha disparado los análisis sobre los alcances del ejercicio periodístico, hoy, en Colombia y, qué vaina, lo que se sintomatiza y somatiza ahí es el envilecimiento de un oficio al que, con exageración incluida, el escritor, filósofo y buen periodista Albert Camus denominó “el más bello del mundo”.

 

Nota: excusas a los pavos reales y gallinas por meterlos en este pantanero.

 

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El periodismo como un modo de la denuncia

La niebla del adiós

(Un tango de Cadícamo y Cobián sobre barcos muertos y amores perdidos)

 

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Pintura de Quinquela Martín, frente al riachuelo de La Boca

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En la década de los treinta, con secuelas de la Gran Depresión del capitalismo, cuando en la que fuera una ciudad cautivadora y, para decirlo con un término que entonces no existía, primermundista, Buenos Aires se llenó de miserias y otras desventuras para los trabajadores. El tango (también la literatura, como la de Roberto Arlt, por ejemplo) las narrará. Y tendrá poetas dolidos, con antenas predispuestas para las conmociones humanas, como Enrique Santos Discépolo. La Reina del Plata, sufrió en aquellos años la mishiadura (o la indigencia).

 

El riachuelo, una corriente que, comparada con el gran río, el Río de la Plata (que es un “mar con cinco lunas de anchura”), es apenas un chiste, una caricatura; pero entonces no era una cloaca, como lo va a ser después. Era, en ese sur orillero, donde llegaron genoveses y crearon La Boca, una presencia simbólica que le daba identidad a la barriada de cantinas y un equipo de fútbol que llegaría a ser el más popular de la Argentina, el Boca Juniors.

 

Igual, por aquellos años, cuando ya un poeta, un letrista de comprobada calidad, como Enrique Cadícamo, a quien Gardel le grabó veintitrés de sus temas, va a decir que el riachuelo no es una corriente para navegar sino para fondear. Y en 1937, Nieblas del Riachuelo, con música de Juan Carlos Cobián, se erige en un tango metafórico y bello, que se hizo para un filme, La fuga, de Luis Saslavsky y Miguel Mileo, con las actuaciones de Tita Merello (que estrenará ese tango icónico), Francisco Petrone, Amelia Bence y Santiago Arrieta. En el cine Monumental se estrenó la película el 27 de septiembre de 1937.

 

Ese tango, muy versionado, tiene una primera grabación de parte de la orquesta de Osvaldo Fresedo con la voz de Roberto Ray. Después vendrán muchas más, como las de Edmundo Rivero, Horacio Molina, Susana Rinaldi, Adriana Varela y tal vez la más sentida de todas, la de Roberto Goyeneche con la Orquesta Típica Porteña a cargo de Raúl Garello. Nieblas del Riachuelo (se conoce más en singular Niebla del Riachuelo), más que un poema de barrio, de lugar, o de descripciones locales, es todo un fresco acerca de la soledad, la espera y los retornos frustrados. Un tango sobre los adioses.

 

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Roberto Goyeneche

 

Enrique Cadícamo (1900-1999), con una enorme cantidad de letras, además de varios libros de poemas, era una suerte de adelantado que dejará en más de trescientos títulos (entre los que hay un centenar de tangos) una rúbrica singular. Como lo dijo Jorge Götling en su libro Tango, melancólico testigo, “todos los autores de tango se parecen a Cadícamo y él no se parece a ninguno”. Y en Niebla del Riachuelo dejará una constancia de su talento para caracterizar situaciones límite de la condición humana.

 

“Turbio fondeadero donde van a recalar / barcos que en el muelle para siempre han de quedar. / Sombras que se alargan en la noche del dolor… / Náufragos del mundo que han perdido el corazón”. En estos primeros versos se advierte una coloración oscura, un pigmento caliginoso, como una pintura de la melancolía. Se establece un clima de tragedia y de pérdida.

 

El riachuelo, el mismo que la contaminación matará, que se volverá un basurero, una corriente muerta, le sirve a Cadícamo para establecer un ambiente en el que se pinta (muy distinto, claro, a las marinas de Benito Quinquela Martín, gran pintor de La Boca) una larga tristeza y una metáfora de los desdichados, de los que fracasan, de los que la vida y otras circunstancias los han derrotado: “Puentes y cordajes donde el viento viene a aullar / Barcos carboneros que jamás han de zarpar… / Torvo cementerio de las naves que al morir, / Sueñan, sin embargo, que hacia el mar han de partir…”.

 

Y al momento de entonarse el estribillo aparece un narrador en primera persona, que va diciendo en un tono de confidencia y casi de secreta intimidad lo que significan las esperas y los alejamientos: “Niebla del Riachuelo / Amarrado al recuerdo / Yo sigo esperando. / Niebla del Riachuelo / De ese amor, para siempre / Me vas alejando”. Y remata con una certera (y dolorosa) situación de ausencia, un desprendimiento, una despedida sin remedio y sin anestesia:

Nunca más volvió.
Nunca más la vi.
Nunca más su voz nombró mi nombre junto a mí…
Esa misma voz que dijo: Adiós.

 

En la segunda parte, el tango canta a una especie de vejez, de marchitamiento, de ineludible soledad y decadencia. Se advierte el tono de la nostalgia y de lo irrecuperable. Y más que a una lluvia real, concreta, se refiere a una especie de lluvia metafísica, que da la impresión de llanto interior y de una soledad sin límites. Es como si, desde aquel tiempo, el autor hubiera previsto que aquella cinta de agua, que entonces la basura y otros desechos no habían arruinado, tendría un futuro de abandonos y destrucción.

 

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Enrique Cadícamo

 

Niebla del Riachuelo, que también ha sido cantada en bolero (Noro Morales, Rafa Galindo, Panchito Riset, Omara Portuondo, Lita Nelson, Chucho Avellanet, Óscar de León, entre otros) y hasta con aires flamencos, es un tango de una belleza entristecida, que muestra el desaliento y la imposibilidad de continuar de pie tras un largo camino de luchas, a veces inútiles. Tiene la belleza de la luz de los impresionistas y del mar del cual los viejos marinos se tienen que despedir para siempre, a pesar de sus deseos de seguir navegando.

 

El riachuelo de Cadícamo no es para ir en botes, para navegarlo, para mirar desde sus aguas turbias las orillas del barrio. Se vale el autor de lenguaje marino, de artefactos propios de las naves y de la navegación, de la figura de un viejo bergantín, para dar cuenta del final de un camino, de un viaje. No habrá otra partida, no hay anclas para levar. No habrá una nueva aventura ni otras peripecias.

Anclas que ya nunca, nunca más han de levar,
Bordas de lanchones sin amarras que soltar…
Triste caravana sin destino ni ilusión,
Como un barco preso en la botella del figón.

 

El riachuelo, visto por Cadícamo, es un cementerio donde se acaban los deseos, se terminan los sueños y ya no hay manera del retorno. Es como una navegación dolorosa, definitiva, por el río de los adioses.

 

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El riachuelo visto por el pintor Benito Quinquela Martín

¿Qué es Colombia?

Panorámica de un país de exclusiones y de violencias a granel

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

¿Qué es Colombia? En realidad, no es un acto de fe, como se proclama del “ser colombiano” en Ulrica, un cuento de Borges. No es un sueño de Bolívar, al que su aspiración de un país de fraternidades se la distorsionaron y erigieron en una gran republiqueta, con príncipes feudales, con clérigos a favor de los terratenientes, con una educación confesional… Colombia son muchas aristas, tantos ángulos, tantos puntos de vista. En esencia, es un país desigual (uno de los más inequitativos del mundo, según el Coeficiente de Gini), en cuya historia de perplejidades siempre ha estado presente, como un mecanismo perverso de resolución de conflictos, la violencia.

 

Como en La Vorágine, una bella y dolorosa novela social, de denuncia, cuya entrada es inolvidable, como también lo es el resto de la obra, en Colombia, digo, uno se puede jugar el corazón al azar y se lo gana la violencia, como le sucedió a Arturo Cova. ¿Qué es este país extraño, en el que hubo un Concordato centenario, cuyas emanaciones todavía se prolongan, y que no ha podido convertirse nunca en un Estado laico? Somos una enorme extensión de tierras que pertenecen a unos pocos y que el proyecto paramilitar, cuyos albores se establecen en los ochenta del siglo pasado, volvió una contrarreforma agraria. Los mejores lotes han sido para la ganadería, cultivos de palma africana, para el ejercicio del poder despótico sobre las mayorías despojadas. Y para crear fosas comunes, para forjar un poder espurio basado en el terror. Un país que jamás ha tenido una reforma agraria, que carece de soberanía alimentaria y, peor aún, de otras soberanías. Un coto de caza de Washington. Una neocolonia. Eso es Colombia.

 

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“Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia”.

 

Sometidos por magnates, por intermediarios del capital extranjero, por un régimen oligárquico, que se ha mantenido como un club de exclusividades de unas cuantas familias, los colombianos, es decir, aquella ficción llamada el pueblo, ha estado sometida al látigo del vasallaje de unos pocos. Ha sido, y la historia así lo comprueba, un país de asesinos, en el que el crimen, el borrar al otro, al opositor, ha estado a la orden del día. Magnicidios a granel, por citar solo algunos, como el de Gaitán y como el de Uribe Uribe, que, tras la guerra de espanto de los Mil Días, arrió las banderas del liberalismo. Esta doctrina se conservatizó desde hace años y ha sido parte esencial del dominio de una minoría sobre los hombros de los desterrados y olvidados de la fortuna.

 

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Imagen del 9 de abril de 1948, el Bogotazo.

 

¿Qué es Colombia? Un país de exclusiones. Y de una prolongada violencia. En los mediados del siglo XX, la barbarie liberal-conservadora asoló los campos y convirtió a las nacientes ciudades en un hacinamiento de los sobrevivientes. Y el Frente Nacional, una alianza de las élites en el poder, se cuidó de tener en cuenta a otras expresiones políticas. Nada de terceros partidos, de oposiciones de verdad, de disensos. Nada. Y la violencia continuó. Los sesentas, con el surgimiento de guerrillas, con bombardeos a las autodefensas campesinas, apoyado el fuego celestial por los Estados Unidos, siguió sembrando de llamas, una extensión del infierno, los campos en el cual, pese al poeta, ya el verde no era de todos los colores.

 

Los trescientos mil muertos de la denominada Violencia (cuyo número fue de horror entre 1950 y 1953), se prolongaron con nuevas etapas de masacres, de terror en montes y urbes. Y a todo aquel desangre hubo que sumarle el ocasionado por las mafias del narcotráfico que, a partir de los setentas, se establecieron con todo su tropel de sicarios, de narcoterrorismo, de poder al que, como se sabe, también cedieron los banqueros, los potentados, porque, ante todo, las ganancias eran pingües para unos y otros.

 

Un país doloroso. Foto de Natalia Botero

 

¿Qué es Colombia? No es, como lo dijera, con algo de demagogia, o quizá a modo de cumplido, el gran poeta Rubén Darío, una “tierra de leones”. Más bien ha sido, al tiempo que a las mayorías se les mantiene en la ignorancia y se les domestica, una tierra de desalmados. No solo de bandoleros, de aquellos que ante tantas miserias y degradaciones, tuvieron que erigirse como vengadores, sino de unos pocos privilegiados que han mantenido bajo su férula, y en la oscuridad, a trabajadores, desempleados, jornaleros…

 

El bandidaje mayor ha sido el de los oligarcas y sus representantes políticos. Una especie de ley, medio estrambótica si se quiere, ha sido que cada presidente que se elige es peor que el anterior. La historia da fe, con creces, del aserto. El de ahora, un mamarracho, un pelele, una sirviente del imperialismo estadounidense, una ficha deplorable del uribismo (y, en general, de la élite corrupta que domina a placer la nación), ha tenido en su contra la resistencia civil de trabajadores, estudiantes, clases medias, artistas, en un paro nacional que estalló el 21 de noviembre último y que continúa con marchas y cánticos.

 

La represión, además de la aprobación de reformas antipopulares, ha sido el expediente principal de Iván Duque contra la gente, contra los explotados y oprimidos. Estos, aunque aún falta mucho para ejercer una oposición masiva, han ido construyendo unos modos de desobediencia. El gobierno, sin embargo, hace el sordo y responde con el Esmad (que asesinó al estudiante Dilan Cruz) y mantiene una actitud indiferente ante la oleada de asesinatos de líderes sociales.

 

¿Qué es Colombia? Es una distopía, una aberración, un solar de señores feudales y de los intereses de organismos como el FMI, el Banco Mundial, la Ocde… Una heredad de sátrapas y criminales, de desvergonzados hampones empotrados en el Estado y el gobierno. No somos ningún acto de fe los colombianos. Un país trágico, ¡ah!, y si no fuera por tantas miserias y atentados contra la dignidad humana, seríamos también una comedia lamentable.

 

Nota: Artículo para la edición especial de La Pluma (lapluma.net), portales lapluma.net y Tlaxcala, diciembre 31 de 2019

 

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Colombia, uno de los países con mayor desplazamiento forzado del mundo.

Todos somos Whitman

A los 200 años del nacimiento del autor de Hojas de hierba

 

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El viaje que emprendo es eterno (¡que todos me oigan!)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cantar a todos los hombres, cantarse él mismo, cantarle al origen y al final, al paso del peregrino por los mapas. Decir que somos tierra. ¿Quién engendró ese poeta cuya voz sin desafines continúa diciéndonos que “el viaje que emprendo es eterno (¡Que todos me oigan!)”? ¿Quién le dijo a ese poeta de una isla pisciforme que nos enseñara que somos apenas una molécula de un cosmos infinito en el cual, sin embargo, la degradación de un ser puede degradar a todos?

 

¿De dónde brotó ese hombre que es uno y todos los hombres al mismo tiempo? Walt Whitman, a doscientos años de su alumbramiento, del inicio de su viaje luminoso por el destino de la democracia y sus azarosos vericuetos, nos sigue interrogando acerca de la palabra originaria, la misma que, como lo diría Filón de Alejandría, crea las cosas. Y, además, acerca de nuestra pertenencia a un género, a un destino, a lo que vendrá. Whitman, el de las polifonías, el que tiene la voz del marino y la del caminante, más que un poeta es un profeta.

 

Whitman, un hito en la historia de las literaturas, es una consecuencia de la modernidad (¿o una causa?), de la elevación del sujeto a instancias supremas. Un poeta que, como no sé quién lo advirtió, nos liberó de la moral. Un trovador de sí mismo que al descubrir la esencia humana se convirtió en todos los hombres en simultánea.  “Yo me celebro y yo me canto, / y todo cuanto es mío también es tuyo, / porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca”.

 

Ese poeta que “ejecutó con felicidad el experimento más audaz y más vasto que la historia de la literatura registra”, como lo dijo Borges, es un hombre que se multiplica en todos. Un observador de la sociedad y de la naturaleza, de la cultura, que creó narrándose a sí mismo, cantándole a su cuerpo y a los de los otros, a su espíritu y al del resto, una manera distinta (¿única?) de ser poeta. “Su mensaje trata de enseñar al hombre el arte de vivir”, dijo Enrique López Castellón en el ensayo Walt Whitman, el poeta y su obra.

 

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Una mujer me espera, contiene todo y no falta nada…

 

Whitman, “bien criado y parido por una madre excelsa”, el que conoció búfalos y expresó dolores ante la muerte de su querido Lincoln; el que bebió de Emerson y supo de estrellas y lluvias y nevadas, le cantó al hombre y la mujer (“No podemos hallar explicación para el amor del cuerpo de un hombre, o el del cuerpo de una mujer”). Y fue todas las voces, todos los paisajes, todas las vidas y las muertes.

 

Harold Bloom, el mismo que ha dicho que Whitman es su “propia musa”, señaló que los dos principales poetas estadounidenses, el que nos convoca en esta nota y Emily Dickinson, “llegaron a ser universales centrándose en sí mismos”. En efecto, el autor de Hojas de hierba descubre su “yo mismo”, lo reelabora, lo subvierte, lo eleva a dimensiones desconocidas y lo pone a circular entre el resto de la humanidad. Entonces aparecen el peón y el obrero, el soldado y el vaquero, el leñador y la prostituta… Todos son él y son los otros. “Soy el poeta de los cantos adánicos” en los cuales él se ofrece “sumergido en el sexo de mi ser y mis himnos”.

 

Con estrépitos de músicas vengo,
con cornetas y tambores.

 

Tantas cosas se han dicho de Whitman. Y otras más se seguirán diciendo. Siempre será nueva su voz vieja. Su barba y su sombrero continuarán haciendo parte del mundo exterior, de la apariencia, de un poeta cósmico (¿cuántas veces se habrá dicho esta calificación?) que nos ofrece viajes por Manhattan o por el Misisipi y por la interioridad humana. Es el poeta de la libertad y de la belleza entendida como armonía entre la naturaleza y la cultura.

 

“Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman, / he dejado de ver tu barba llena de mariposas, / ni tus hombros de pana gastados por la luna, / ni tus muslos de Apolo virginal…”, le canta García Lorca en su Oda a Walt Whitman. Después de su muerte (Nueva Jersey 1892), el poeta duerme a orillas del Hudson y de todos los ríos del mundo. Su “yo mismo” nos pertenece a todos.

 

Whitman, cantor de la paz y de la guerra, del cuerpo y del alma, sigue siendo parte de los nacimientos y de los anuncios. “Anuncio el advenimiento de personas elementales / Anuncio a la justicia triunfante / Anuncio intransigentes libertades e igualdades…”. El poeta del ayer y del mañana nos sigue interrogando. Todos somos Whitman. Nos besa a todos con sus palabras de viejo sabio que se volvió multitud.

 

(Publicado en El Espectador, columna Sombrero de mago, 4-06-2019)

 

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Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes mas
grandes de la Historia. Whitman. Ilustración de Matthew Allen

Mamertos del mundo, uníos

(Origen y metamorfosis de la palabra mamerto en Colombia)

 

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Líderes del proletariado mundial. Marx, Engels, Lenin, Stalin, Mao.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La muchachita, medio arribista y esnob, se infla los carrillos (o los desinfla) para decir, sin dársele nada: “ese man es un mamerto”. Y con acritud lo expresa alguna cara de palo de la “godarria” más rancia y reaccionaria, que hasta el propio Laureano se sonrojaría por tan extremas ideologías ultraconservaduristas, y sí, damas y caballeros, lo dice como si estuviera a punto de un orgasmo, no, no, más bien de un ataque de histeria: “¡mamerto!”. Puede ser la misma señora que se hizo famosa por haber pronunciado una frase tonta y sin gracejo alguno: “estudien vagos”.

 

A cualquiera que exteriorice cuestionamientos al orden (más bien desorden) neoliberal, al gobierno, a los partidos clientelistas y corruptos, quien se atreva a criticar a un sujeto que se cree el “mesías”, pero no el de Händel (ni siquiera el de la trilladora Handel, tan cara a López Michelsen), sino uno que ahora anda diciendo que las masacres deben ser con “criterio social” y al que algunos llaman “Él”, y otros —menos crípticos— el Innombrable. Bueno, el cuento es que si vos te ponés a “dar de baja” el discurso de la privatización de lo público, de darle madera al paramilitarismo y sus adláteres (los de la parapolítica), bueno, si estás controvirtiendo al poder y sus lacras, pues sos un mamerto.

 

Lo dice la señora de rosario de seis y la otra que cree que todo el mundo se va a “homosexualizar”, y la de allá, que dice que a las muchachas las quieren volver lesbianas, y así, en medio de la “propaganda negra” (ah, y por qué negra y no blanca o mestiza, o de otra tonalidad, “etnia” o condición), los que tienen sentido crítico y no tragan entero, no son parte de la grey desconcertada ni ejercen la “servidumbre voluntaria”, esos son ¡mamertos!

 

En cualquier caso, la palabra se volvió sinónimo de izquierdista, de comunista (no siempre disfrazado), de progresista, pero, a su vez, según la óptica derechosa, de bobote idealista que cree en utopías y sueña con la revolución social. “Ay, mamerto”, dice el gomelo. “¡Gas, mamertos!”, se le oye rebuznar a cualquier doña burguesa apergaminada que la cogió la tarde para ir al te-canasta o a tomar el “algo” al club de exclusividades. Sí, esos que están en el mitin; los que marchan; los que gritan consignas; los que paralizan el tráfico; los que convocan a plantones en solidaridad con los desplazados por la violencia; los que apoyan la minga indígena; aquellos que están por la prevalencia de la educación pública e impulsan una educación científica y popular, bueno, esos son los mamertos.

 

Se sabe que las palabras, en su uso y desuso, en sus ascensos y bajadas, van cambiando. Llegan nuevos significados y desaparecen los viejos. Son los gajes del lenguaje. Sus dinámicas. El origen del término en Colombia está conectado con varias circunstancias históricas y con una colectividad, el Partido Comunista Colombiano, el mismo que se fundó por allá en los años 30 y al cual López Pumarejo denominó, no sin ironía y guasa, el “partido liberal chiquito”. Ese mismo partido que, en las elecciones de 1946, apoyó a Gabriel Turbay y le dio la espalda a Gaitán, con quien tampoco comulgaron con su visión antiimperialista.

 

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El santoral católico  tiene varios San Mamerto.

 

Cuando se estableció el Frente Nacional, una alianza liberal-conservadora, excluyente, en la que los dos partidos tradicionales se alternaron en la presidencia y el poder, la izquierda, hasta ese momento representada mayoritariamente por el Partido Comunista, quedó al margen. Ya se había extinguido la guerrilla liberal, surgida en los primeros años de la Violencia, en los tiempos de la tiranía de Laureano Gómez; y los amnistiados por la dictadura (otros dicen que era una dicta-blanda) de Rojas Pinilla, muchos ya habían sido asesinados.

 

Con el influjo de la Revolución cubana, el surgimiento de nuevas tendencias de izquierda en oposición al bipartidismo ya era en los sesenta un paisaje de diversidades ideológicas, como la guerrilla del MOEC, fundada en 1959 por Antonio Larrota, y después, tras los bombardeos a Marquetalia, el Pato y Guayabero durante el gobierno de Guillermo León Valencia, la aparición de las Farc en 1964. Por aquellos mismos tiempos, surgieron otras guerrillas como el Eln (con significativa presencia de sacerdotes) y el Epl. La izquierda legal seguía representada por el Partido Comunista Colombiano y, a fines de los sesenta, surgió el MOIR (Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario), como un desprendimiento y transformación del MOEC.

 

El Partido Comunista, que seguía lineamientos de la Unión Soviética, se tornó en una colectividad revisionista. En las universidades tenía la presencia de sus juventudes (la JUCO) y, por lo demás, en su táctica establecía la “combinación de todas las formas de lucha”. Su secretario general, Gilberto Vieira, y la dirigencia y militancia, participaban en elecciones, cuando el movimiento armado se había declarado abstencionista (“abstención beligerante”). Y fue entonces, ante los comportamientos vacilantes de los comunistas línea Moscú, que los de la otra calle los comenzaron a llamar “mamertos”.

 

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Gilberto Vieira, secretario del PCC, acompañado por García Márquez.

El calificativo tenía origen en que los comunistas se “mamaban” de ciertas lizas, no participaban, o eran moderados frente a lo que se consideraban las luchas por la revolución colombiana. Y entonces se les endilgó el apelativo: mamertos. Porque, como advierte la lengua popular, “para el mamón no hay ley”. Bueno, digamos que mamerto rimaba con Gilberto. Y así se estableció, entre la segregada izquierda, la armada y la no armada, esa “chapa”.

 

A veces, en las universidades y en otros espacios públicos, había literales garroteras entre los militantes del PCC y los activistas del MOIR. En sus coros y diatribas no faltaba de parte de los moiristas hacia los comunistas el término que hoy se usa para señalar a toda la izquierda; o para decir en estos tiempos, como también se ha escuchado en las universidades, sobre todo entre estudiantes facilistas y de protuberante pereza mental, que un documento o un libro gordo es toda una mamertiada (como sinónimo de aburrición, ladrillo, qué pereza leer eso tan largo, cositas así).

 

En los debates políticos e ideológicos de los sesentas y setentas, la izquierda radical y foquista, la que no participaba en las lizas electorales y estaba por la lucha armada, consideraba que la otra izquierda, la más mesurada, la que hablaba del frente amplio y la construcción de alianzas programáticas con otras tendencias, no era parte de la revolución. Eran los “electoreros”, así no más, mamertos. La palabreja se usó hasta los ochentas en esa dimensión lingüística, con el criterio de que los del PCC eran los “mamertos”.

 

No sé cuándo el sentido cambió. Pudo ser después de la caída del muro de Berlín y la Perestroika. O quizá tras la “discurseadera” de la posmodernidad y otras yerbas. Cambiaron los relatos y correlatos. Se transformó la Guerra Fría, se diluyó el socialimperialismo soviético. Surgieron otras narrativas. Y, por lo demás, muchos izquierdosos recularon y se mimetizaron en la oficialidad. Otros renegaron de sus creencias, en particular los que eran más “botafuegos”. Los cooptó el sistema, cuando no las filas de las mafias del narcotráfico.

 

Después del dos mil, con la presencia neoliberal del uribismo, con su reelección, con los procesos de la yidispolítica, la extensión del paramilitarismo en Colombia, que desde los ochenta ya era una amenaza en diversas partes del país, con el reino del “todo vale”, con la macartización que con distintos mecanismos, unos sutiles, otros abiertos y violentos, se hizo de la izquierda, el terminacho de mamerto surgió como un señalamiento hacia los que pensaban distinto a los nuevos capos de la política (mejor, de la parapolítica y otras corruptelas).

 

Burla burlando los partidarios del autoritarismo, de la vulgaridad y la cultura mafiosa devenida estilo político (o politiquero), nombraron como mamertos a los discordantes. A quienes estaban en la otra orilla. Es que ni siquiera era ya para designar a la izquierda, sino para liberales y personalidades democráticas que se atrevían a disentir. Así que si usted es un crítico del sistema, uno que disuena, que no se alinea con los caporales y los señores feudales, usted es, así no más, un mamerto.

 

La ultraderecha  colombiana, especialista en satanizar y macartizar las luchas populares

 

Y, como si no bastara, la montonera de la ultraderecha, de sus bueyes y conmilitones, le puede poner un escapulario (cuando no una lápida) con vainas como “castrochavista” y otras sandeces. Hace parte, quizá, de una cruzada regoda y retrógrada que quiere hacer ver el diablo, demonizar, satanizar, a los que no están bajo su férula. Y así como doña cabal-gata, o cualquier don tales le pueden zampar su mamertazo porque usted no se prosterna, también —nada raro— lo pueden ir convirtiendo en “falso positivo” y asarlo en la “paila mocha”.

 

Pero no os preocupéis, queridos mamertos. Porque mamerto, por lo visto, ya no es el que se “mama” de alguna pelea social, sino el que, con sus posiciones y pensamientos críticos y punzantes (¿cortopunzantes?), pone muy “agrierudos” y con rasquiña en las verijas a quienes aún creen que pueden hacer lo que les da la gana con los oprimidos y descamisados de una patria que —qué vaina pues— todavía sigue siendo muy boba y atolondrada.

 

 

13-IV-2019

 

 

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Marcha estudiantil en defensa  de la educación pública.

 

¿Cuándo se jodió Medellín?

(Panorámico recorrido por diversas violencias que han azotado la ciudad)

 

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El Pájaro, escultura de Fernando Botero, destruida en un atentado que dejó veinte muertos en el parque San Antonio, en 1995.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En Antioquia, la violencia, expresada de distintas formas (sutiles, algunas veces; disfrazadas, otras; y muy evidentes y descarnadas, casi siempre) se tornó parte de la cotidianidad y en una manera irracional de resolver conflictos, situaciones dispares, y quizá, por qué no, de conseguir dinero. Peligroso señor es Don Dinero, y quererlo mucho puede conducir a estropear convivencias y a salir del otro como se pueda, ojalá “borrándolo” del paisaje. Hay, sobre todo en Medellín, una violencia de vieja data que por momentos se amortigua, pero no cesa. Va y vuelve. Se agranda y se encoge ¿Por qué?

 

No tengo la respuesta. Hay que buscarla entre todos y es materia de estudio de distintas disciplinas. Con el reciente asesinato de un diseñador gráfico, Mauricio Ospina, en un negocio público de Laureles, cuando sicarios dispararon contra otros dos hombres y el joven Mauricio se erigió como “víctima inocente”, han tornado los análisis, las meditaciones, las reflexiones sobre la violencia en una ciudad que tiene dolorosos antecedentes, mucho antes de la irrupción nefasta de las mafias y los carteles de las drogas; mucho antes que emergiera, quizá como un subproducto de una cultura arribista y esnobista, tal vez con innúmeros complejos identitarios, el capo Pablo Escobar.

 

El antioqueño es disímil. No es igual el del nordeste al del suroeste. Y el de Urabá no es, ni de fundas, similar al del oriente. Hay muchos antioqueños. Y la historia ha dado, hasta ahora, buena cuenta del aserto. Desde antes de la Independencia, cuando dentro de los cánones del despotismo ilustrado, la Corona quería volver más rentables a sus colonias, el antioqueño, una rica mezcla todavía en formación, era visto como un perezoso, según la visión al respecto que tuvo el visitador Juan Antonio Mon y Velarde, el “regenerador”. A Antioquia la aniquiló la colonia. En cambio, a partir del siglo XIX, surgirá una región de prosperidades comerciales, auríferas, cafeteras y, en los albores del XX, se disparará el sector industrial.

 

El oidor español, que había establecido y organizado las tres rentas (aguardiente, degüello y tabaco), la emprendió contra la corrupción y el desgreño administrativo, propició agriculturas (como la del anís) y se avergonzó ante la ignorancia y atraso cultural de una notoria cauda de habitantes. Después, llegó la formación de un pueblo que, desde principios de la era republicana, tenía inmersas en cerebro e intestinos las discriminaciones sociales, con una élite que, muchas veces “blanqueada” por el oro y la compra de títulos nobiliarios y otras canonjías, promulgaba la imagen de que se trataba de una “raza”. Los discursos eugenésicos, que se prolongaron hasta bien transcurrido un tramo del siglo XX, proliferaron y hubo menosprecios para los más pobres, los humillados y ofendidos.

 

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Teatro Junín, símbolo de la vieja  Medellín.

 

El clasismo fue una de las características de los modelos económicos y sociales establecidos en Antioquia en el siglo XIX, una Antioquia que ya tenía celebridad por sus expansiones fronterizas desde la centuria anterior con los movimientos colonizadores. Y todo se estratificó. Así, el “buen tono”, la “urbanidad”, la “etiqueta”, el “chic” parisién, eran maneras de distinción de las clases altas y, con tales ejercicios, los de abajo, los peones, los artesanos, los negros, los indios, los despojados, eran solo mano de obra a la que había que controlar —y explotar— con distintos mecanismos.

 

De ese modo, con el oro, pero eso sí, sin sangres moras ni judías, porque había que limpiar toda traza impura que pudiera manchar el pasado católico, blanco, y menos con huellas indígenas o negroides, en Antioquia pelecharon diferenciaciones sociales, con brechas y abismos muy sórdidos y anchos. Los de arriba eran los impolutos, los elegidos, los llamados a mandar y a ejercer el poder. Los otros, tenían que obedecer. Eran los malolientes, los descastados, los que tenían mezclas raras y peligrosas. Así, hubo antioqueños muy distinguidos, de “buena familia” y otros, desheredados. Pudiera ser, entonces, que el oro, o, mejor, Don Dinero, pudiera igualar a los de abolengo con un paria en ascenso social (un emergente). Y el fenómeno aflorará, con todas sus implicaciones socioeconómicas y aun políticas, en los setentas y aún después, con la aparición de “don-nadies” elevados a la máxima potencia por los “milagros” del narcotráfico, el contrabando y otras trastadas. Las “carangas” resucitadas que llamaron.

 

La violencia, de vieja data, que estipulaba diferencias, que maltrataba a los sin fortuna, que eran en las guerras civiles los reclutados como carne de cañón (o de machete), fue estableciendo sus cotas. El modelo empresarial antioqueño, pensado y construido en las primeras décadas del XX, tuvo aliados en el Estado, la Iglesia, la educación confesional, las dietas literarias impuestas a los católicos (qué puede leer un católico, qué cine o teatro puede ver), la vigilancia a través de patronatos y otras instituciones, el control de las conductas mediante catequesis y también con las censuras (fue el tiempo de las juntas de censura), todo un enjambre, pero a su vez, un edificio complejo de manejos y dispositivos de poder.

 

Medellín ha sido centro de mafias, pistoleros, hampones diversos, corruptelas…

 

Digamos que todos estos enunciados han sido —y seguirán siendo— pábulo de investigaciones, tesis académicas, artículos de revistas indexadas, en fin, y que hay que escrutar para dar respuestas, o, al menos, alguna interpretación, a qué es esa vaina de la “antioqueñidad”; por qué una ciudad como Medellín ha sido centro de mafias, pistoleros, hampones diversos, corruptelas (como las que hubo, por ejemplo, en la construcción del Metro de Medellín) y sigue siendo un campo de cultivo de divisas conservaduristas y de “godarrias” dominantes y casi inamovibles.

 

A ese espejismo, aupado con ideas de progreso (aquí el progreso ha sido más que todo aquella ‘movención’ conectada con infraestructuras, chimeneas, métodos de producción, y poco o casi nada con la cultura, el pensamiento, la educación, las ciencias), a ese oropel de lo antioqueño como sinónimo de transformación, de riqueza, de pujanza y de haberse creído una “raza” superior, hay que sumarle lo que Fernando González, uno de los pensadores que ha desbrozado caminos en torno a la “antioqueñidad”, es que nos quedamos con el complejo del hideputa. Y, como bien lo mostrará el maestro Carrasquilla en homilías, relatos, crónicas, cuentos y novelas, en un “bovarismo”, en una identidad resquebrajada y más mirando hacia modelos extranjeros que a la construcción de una cultura propia. Estamos muy inflados. Más de la cuenta. Sobrevalorados.

 

Son múltiples factores: la geografía, las riquezas naturales, la transformación de materias primas, los mercados, la búsqueda de nuevos horizontes (como en el cuadro de Francisco Antonio Cano), los que nos han hecho creer que somos inequívocos, “superiores”, emprendedores a ultranza, únicos. Y a tal caracterización hay que sumarle mil variables más, que trascienden el “dicharacherismo”, los decires como “el antioqueño no se vara”, el amor cuasi enfermizo al dinero, el materialismo hirsuto y vulgar…

 

¿Y entonces la violencia? Con una especie de ruptura, o de corte histórico, que comienza a notarse a partir de la segunda mitad del siglo XX, a la que contribuirán la violencia liberal-conservadora en los campos colombianos, las nuevas migraciones, con desplazamientos obligatorios o forzados, distintas a las de los primeros años de la centuria, cuando los cantos de sirena de la industria convocaban a miles de trabajadores que marchaban del campo a la ciudad para emplearse en las fábricas, digo que desde esas calendas la ciudad se transmuta. Ya ni siquiera la planeación (planea el que tiene el poder) es posible. Los que llegan, como una turba, como una ola gigante tras una tormenta marítima, como un vendaval, se asientan primero a orillas del río (un río al que siempre la ciudad le ha dado la espalda) y luego ascienden por las laderas.

 

Y advienen nuevas discriminaciones. Nuevas violencias. Nuevos atropellos, como los de 1951, con una alcaldada que mandó a todas las putas, una legión casi infinita (en los cuarentas, Medellín, tan goda y rezandera, tenía autorizadas nueve zonas de tolerancia) al barrio Antioquia, en una arbitrariedad, cometida por Luis Peláez Restrepo (y auspiciada por dueños de empresas y otros potentados). Y hay entonces un corte en la ciudad. Que se va sintiendo —y resintiendo— en los sesentas y setentas, con las crisis industriales, con el desempleo, los cambios de renta de la tierra, los nuevos usos del suelo, la tugurización, en fin.

 

En esos años hay una ascendente sumatoria de violencias, de despojos, de segregaciones. Y después, con la aparición, en los sesentas, de varias guerrillas en el país, a las que se sumó, en los setenta, tras el desvergonzado fraude electoral de 1970, la del M-19, los discursos son otros. El narcotráfico emergerá, en un territorio abonado por pobrezas y otras miserias, como una suerte de huracán que removerá entejados y pondrá a tambalear la endeble edificación de esa “Antioquia grande”, tan cacareada por demagogos y otros politiqueros.

 

La violencia de los ochentas y noventas, con carro bombas, sicariato, masacres, a la que se le debe adicionar la expansión del paramilitarismo y las bandas criminales, metamorfoseará la ciudad y sus alrededores en una espantosa caldera del diablo. Se envilecerá el valor de la vida y aumentará el poder de Don Dinero, ese que es capaz de erigir al hampón en santo y al verdugo en sujeto de adoración. Aquella antigua consigna de “consiga dinero como sea, pero consiga, mijo”, pone en evidencia, muchos años después, las distancias exorbitantes entre las clases sociales. Y entonces, con pistolas, subametralladoras, explosivos, el lumpen gana posiciones y turbulentas trepadas en la “escala” social.

 

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Mauricio Ospina y la protesta por su asesinato.

 

¿Cuándo comenzó a joderse la ciudad? La pregunta, formulada en otras geografías, en otras circunstancias, como sucede en una novela de Vargas Llosa, puede tener respuesta en la conformación de lo que ha sido Antioquia. En la historia. En la antropología. En las viejas literaturas. En los archivos. Quizá se inició el desbarranque cuando las élites, tan presumidas, tan todopoderosas, iniciaron sus humillaciones y desprecios hacia los “carenciados”. Como haya sido, hoy, en una ciudad que en 2018 tuvo más de 600 homicidios, incluido el del creativo joven, muerto en una incursión de sicarios en el barrio Laureles, los problemas sociales son graves y la inequidad es un cáncer o una gangrena que todo lo carcome.

 

Y a la par de los mejoramientos infraestructurales, o, más bien, como prioridad de una ciudad, deben estar en primer plano todos los rubros relacionados con la cultura, la educación, el trabajo productivo, la investigación científica, la creatividad, la sensibilización en artes, el impulso a los saberes y a la convivencia pacífica. No se necesitan tantas demagogias y visajes de los mandamases. No se requieren cosméticas y otros maquillajes oficiales. No más engañifas del poder. Hay que iniciar una transformación de fondo en las “superestructuras”, en las mentalidades. Empresa colosal e inaplazable.

 

La muerte (y otras muertes) de un joven talentoso y pacífico no puede ser en vano; tiene que servir para que prosigamos con una reflexión, permanente y crítica, en torno a la ciudad, sus desventuras, sus desquiciadas formas de resolución de conflictos y para ir construyendo un mundo en el que las palabras y los argumentos, la razón y el pensamiento, sean parte de la cotidianidad y de la discusión en torno a las diferencias, y a la búsqueda de acuerdos y desacuerdos civilizados.

 

(Enero 1º de 2019)

 

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La muerte de Pablo Escobar, pintura de Fernando Botero.

 

 

 

 

Escribir a ciegas

(La tragedia del submarino Kursk y las lecciones literarias de un oficial ruso)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

La Guerra Fría, que tantas veces se calentó, creó novelas de espías, competencias espaciales, una tirantez entre dos arrogantes superpotencias y, además de una carrera militarista-armamentista, diseñó submarinos atómicos. Así que el de los Beatles, el amarillo (We all live in a yellow submarine…), es apenas un atisbo débil a los mares en disputa. El Kursk, gloria de la armada rusa postsoviética, construido entre 1992 y 1994, rápido (30 nudos en superficie y 32 en inmersión), era duro como la roca más poderosa y tenía un armamento de miedo: 24 lanzadores de misiles diferentes y cuatro tubos lanzatorpedos.

 

Era un aparato de respeto, un almacenador de explosivos, movido por dos reactores nucleares, con una altura de un edificio de seis pisos y 150 metros de eslora. Dicen que era más de dos veces el tamaño de un avión jumbo. Como en una vieja tonada marinera, el emblemático submarino ruso salió el 10 de agosto de 2000 para realizar maniobras militares en el mar de Barents junto a otros sumergibles. Era parte de un entrenamiento, con simulacros de ataques. Dos días después todo era normal, incluido el lanzamiento de un misil de prácticas. Y de pronto, a las 11:27 de la mañana, cuando el submarino iba a disparar su primer torpedo contra una “falsa escuadra” enemiga, hubo una explosión aterradora y la onda expansiva mató de inmediato a muchos marinos. Dos minutos más tarde, otro estallido apocalíptico destruyó la proa del sofisticado submarino y “lo echó a pique en 108 metros de profundidad”, según se supo después.

 

Quedaron muy pocos tripulantes vivos, que subieron al compartimento 9. Los sistemas eléctricos colapsaron y el casco se inundó. Los que sobrevivieron estaban condenados a una muerte inminente. Y los altos mandos, afuera, para evitar que la nave se convirtiera en una bomba radioactiva, apagaron los reactores desde la sala de control. Apenas 23 ocupantes se habían salvado de las dos explosiones y esperaban sin esperanza.

 

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Un oficial, Dmitri Kolésnikov, tomó el mando de la situación de desastre y comenzó a anotar los nombres de los sobrevivientes. Tiempo después, cuando recuperaron su cuerpo, se encontró una nota en su uniforme, con un mensaje para su esposa: “Está muy oscuro para escribir, pero lo intentaré con el tacto. Parece que no tenemos posibilidades, tal vez el 10 o el 20 por ciento. Saludos para todos. No hay que desesperarse”. Sin embargo, la nota más célebre, por su exactitud y alto sentido de lo elemental y necesario, fue la escrita por otro oficial (o quizá hubiera sido el mismo):

“Trece horas, quince minutos. Todo el personal de los compartimentos seis, siete y ocho han pasado al noveno. Somos 23. Hemos tomado esta decisión debido al accidente. Nadie puede subir a la superficie. Escribo a ciegas”.

 

En ese segundo semestre del 2000, el mundo estuvo en vilo por la suerte de los marinos del Kursk. Todos perecieron. Pero cuando se supo de una nota hallada como testimonio de la tragedia y de los últimos minutos de los sobrevivientes, hubo conmoción. El escritor español Juan José Millás dio una breve cátedra de literatura en una de sus condensadas columnas en el diario El País.

 

“Estas palabras (las citadas arriba), escritas por un oficial del Kursk en un pedazo de papel, tienen la turbadora exactitud que pedimos a un texto literario”, dice. Y aporta elementos sobre el rigor y lo imprescindible. Es una nota que dice lo que tiene que decir, sin tiempo para más. Lo justo. Lo esencial. “En situaciones extremas, la literatura sale a presión, como por la grieta de una tubería reventada. El documento del oficial del Kursk es bueno porque es necesario. Mientras la muerte trepaba por sus piernas, ese hombre se entregó con fría vehemencia a la literatura”, apunta el autor de Que nadie duerma.

 

Hay que imaginar al oficial-escritor, haciendo su obra cumbre y final en un fragmento de papel, acosado por las circunstancias, a punto de perecer junto con sus otros compañeros. Sí, claro, no hay tiempo para regodeos y adornos. Es la osamenta. El tuétano. Solo lo que interesa a la historia. Una historia breve e intensa, con una combinatoria de tensión e información primordial. A secas.

 

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“Amados Natasha e hijito mio Sasha!!! Si logran leer esta carta significa que habré muerto. Los amo muchísimo. Natasha, perdoname por todo. Sasha se todo un hombre. Los beso fuertemente. Borisov, A.M.”

 

Eso de escribir a ciegas, a tientas, acosado por la muerte, por lo inevitable, tiene su valor humano y literario. Es una nota más allá del testimonio. Es un testamento. Con hora, lugar, cantidades, razones o motivos y una acotación final, determinante: “escribo a ciegas”. Tal vez, en el periodismo flojo y ramplón de muchos medios de información de hoy, se requiera esa actitud, como una especie de faro, o de guía. Contar una historia con intensidad y tensión, con rigurosidad y matemática verbal. Sin florituras y sin superficialidades. Con la profundidad de un submarino como el Kursk.

 

Años después, el historiador ruso Vitali Dotsenko, citado por el periódico ABC, de España, declaró que es partidario de la hipótesis de que el submarino ruso fue alcanzado por un torpedo estadounidense Mark-48, “al parecer como advertencia de Estados Unidos para que Rusia no vendiera sus armas a China”. Los sobrevivientes duraron unas ocho horas. Muchas de sus notas de urgencia no se han publicado todavía.

 

¡Cuántas parrafadas se han escrito sobre el arte de escribir! ¡Cuántas teorías hay al respecto! Quizá en la única palabra que alcanzó a pronunciar el mítico héroe de Maratón cuando, tras correr hasta Atenas a dar una noticia, dijo “¡vencimos!” y se desplomó sin vida, está toda la literatura. La precisión, quizá por los acosos del tiempo, por las presiones asfixiantes de la realidad, conducen de seguro al camino de lo esencial. La belleza (trágica o no) no está en las palabras, sino en los hechos que esas palabras —pocas o muchas— designan.

 

Cuando uno lee, por ejemplo, aquel renombrado Reportaje al pie del patíbulo, de Julius Fucik, lo que turba es la contienda valerosa de un hombre contra la muerte. No tiene tiempo de excesos verbales, de extenderse en asuntos secundarios. Su palabra se torna necesaria. La va escribiendo en furtivos papeles que obtiene en prisión para dejar una prueba, un testimonio de heroísmo y dignidad, un ejemplo de resistencia.

 

En el Diario de Ana Frank, otro caso, hay otra pista: no hay pretensión literaria. Se cuenta y ya. Con esa posición frente a la vida salva su existencia. O sea, es un acto suficiente, como el del náufrago que lanza en una botella una petición de auxilio. Interesa escribirla, aunque nadie se la tope. Porque, es más: cuando alguien la encuentre quizá ya sea demasiado tarde.

 

Tanto en el grito del héroe griego, como sucede también en el impresionante escrito del oficial del Kursk, es más lo callado que lo dicho. Los atenienses, al escucharlo, a lo mejor explotaron de júbilo. Sucede como en la teoría de Hemingway sobre el témpano o el iceberg: lo que aparece en la superficie es una mínima parte; lo demás, subyace; está como sustrato, como sedimento, como sustento. En estos casos de escritura, a veces extrema, hay que tener más información que la que se da. Por debajo, hay todo un mundo interior, que sirve para que el presunto lector imagine, tenga posibilidades de ir más allá de lo visible.

 

La nota del oficial muerto en aquel submarino de sofisticaciones, es simple y directa. Sin esguinces. Lo que expresa es lo que se requiere para el entendimiento y la imaginación. Hay un drama contenido, una agonía subterránea (o submarina), están bien dispuestas las coordenadas de los hechos y de lo que producen. Sin efectismos. Hay, quiérase o no, en esas pocas palabras que dicen tanto, una lección de literatura. Sí, literatura bajo presión, que es la que más corresponde al periodismo, ese mismo que en Colombia hace rato está en decadencia porque desterraron de sus páginas las historias y otras narraciones. Qué cosa. Ya nadie escribe a ciegas.

 

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El submarino ruso Kursk.

 

 

 

 

 

 

Gonorrea “pasada al papayo”

(El lenguaje de la violencia y el envilecimiento de las palabras)

 

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Diálogo entre escuderos.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El lenguaje, además de simbolizar, representar, crear metáforas, designa realidades objetivas y subjetivas. Y es, en sí mismo, por su corpus y organización, una realidad material, física, con masa y movimiento, y, claro, también es una entidad metafísica, dotado de inmaterialidad y silencio. Una complejidad. Y así como hay un lenguaje del poder (y otros de los contrapoderes), con disfraces, sutilezas, ocultamientos más que revelaciones, hay otro que es el de la violencia, con sus matices y hemorragias. El lenguaje de la sangre y de la muerte.

 

En Colombia, país de violencias, de guerras y guerritas, de conflictos múltiples y cuantiosos despropósitos, el lenguaje ha tenido variaciones y permanencias. Una expresión propia de los años cincuenta, de la Violencia liberal-conservadora, como “pasar al papayo”, se mantuvo durante décadas, como una prolongación del gusto por matar, de las intenciones de “borrar” al otro, de despojarlo de su máxima condición: la de vivir. Una metáfora vegetal, más del campo que de la urbe, trascendió calendarios y llegó a ser popular hasta los años ochenta, tiempo en que ya ha surgido otro lenguaje violento: el de las mafias del narcotráfico.

 

En los cincuentas, tiempo del pavoroso laureanismo, de la guerrilla liberal del llano, de la aparición de autodefensas campesinas, de horrores permanentes, el lenguaje de la violencia se pobló de expresiones eufemísticas, como “ángel de la guarda” para referirse al revólver, o como “fosforear”, que era incendiar, meterle fuego al monte, a las huertas, a las casas. Y de otras como “pavear” y “palomiar”, que era matar desde los matorrales, oficio de “pájaros”, asesinos desde las sombras.

 

Eran los tiempos de “tostar” y no propiamente café sino de dar muerte a otro. Entonces, una canción infantil como El pirata (“soy pirata y navego en los mares / donde todos respetan mi voz…”), se trastocó con la misma melodía en un himno de los guerrilleros del sur del Tolima: “Soy soldado de los guerrilleros / que conquistan un mundo mejor / y prometo vencer en la lucha / contra el dólar y su dictador”.

 

Eran los tiempos del macabro “corte de franela”, de “aplanchar” a otro, o sea, darle plan con el machete (después llegaría el filo), de dejar a alguien “picado para tamal”, o sea, cortado en pequeños trozos, o de ponerlo como a bocachico. “Bocachiquiar” consistía en sajar el cuerpo de la víctima para un desangre lento. Como en el perturbador relato de la Colonia penitenciaria, de Kafka. Y según la realidad de espanto, el lenguaje asumía modos de designación de la misma o de su camuflaje. El enemigo desea arrebatar a su rival la lengua (y no solo literalmente, como pasó en aquellos días de furias y desangres, en particular en la ruralidad colombiana) para que de él, de su contrario, no quede ningún testimonio, ningún rastro. Dejar al otro sin palabras es otro modo del asesinato. Un borrón físico y de la memoria.

 

Los mismos apelativos de muchos bandoleros de los cincuentas tienen conexión lingüística con el ejercicio de la violencia. Así, por ejemplo, Tirofijo, Sangrenegra, Puñalada, Martirio, Maligno, Desquite y otros tenían acepciones acordes a las maneras de ser y actuar de sus portadores. Eran apodos o que ellos mismos seleccionaban, o, como era más usual, puestos por sus amigotes o por los que serían sus víctimas o temían serlo.

 

En Medellín, por ejemplo, donde las élites manejaron un lenguaje de exclusiones, de segregaciones raciales y clasistas, el muy extendido trabajo de la prostitución llevó a que, en los cuarentas, hubiese en la ciudad nueve amplias zonas de tolerancia, entre las que estaban Lovaina, Las Camelias, sectores de Guayaquil como La Guaira, y abundaran las enfermedades venéreas. La palabra gonorrea se pronunciaba en voz baja, era una especie de castigo divino, de maldición bíblica, en los tiempos en que todavía no estaba la penicilina.

 

Después, en los ochenta y noventa, y bajo el influjo de lenguajes promovidos por las mafias, el sicariato, los combos barriales, la palabreja se convirtió en insulto, en continua manera de la agresión verbal. Luego, como en nuestra lengua ha pasado por ejemplo con la palabra hijueputa (o hideputa), de la que hay un elogio de maravilla en la conversa que sostiene Sancho Panza con el escudero del Caballero del Bosque, se tornó en favorabilidad de sentimientos, en manifestación de cariño. Todo, como se sabe, según la entonación. Todo depende del “tonito” con que se pronuncie.

 

Un muerto en la calle, puede ser solo un “muñeco”, uno que “pasaron al papayo”…

 

El lenguaje de la violencia —que ha penetrado todas las capas sociales— en zonas en las que la vida cotidiana ha estado atravesada por sus distintas presencias, es parte de la insensibilización masiva. Se pierden los contextos, las causas y efectos, se envilecen las palabras quizá de tanto repetirlas o de tanto vivir las situaciones que nombran. Así un muerto en la calle, puede ser solo un “muñeco”, uno que “pasaron al papayo”, un “chulo”, un “tostado”. Y ya. La violencia acaba con sentimentalismos, con lamentaciones. Y, peor aún, envilece las palabras, las vacía de significado.

 

En el libro Lenguaje y silencio, de George Steiner, en el que hay un análisis acerca del mundo de las palabras, encogido cada vez más, en el que la cultura literaria se ha esfumado debido a la presencia de la cultura de masas, se dice que “el lenguaje de la política se ha contaminado de oscuridad y de locura” y se eleva un clamor porque, en periódicos, leyes y actos humanos, se devuelvan a las palabras sus significados, como una salida para evitar el caos. La violencia es una generadora de caos. Y va pervirtiendo el lenguaje. Lo empobrece.

 

La repetición de la violencia, que se convierte en rutina, en paisaje, desensibiliza al ciudadano. Lo vuelve un indiferente, un apático, y con estas actitudes ganan los impulsores de la brutalidad y el salvajismo. Recuerdo en una céntrica avenida bellanita, un diciembre, un cadáver tirado en el piso. Y otros, desinteresados y fríos, continuaban su bailoteo muy cerca. Como si nada. “El muerto al hoyo y el vivo al baile”, se ha dicho. Y como formas de naturalización de la violencia, e incluso peor, de la banalización de la misma, se ha llegado a condenar a la víctima: “algo debía”, se dice, y a sacar en limpio al victimario. Mejor dicho, todo se volvió una “gonorrea”. Qué güevonada pues.

 

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Violencia y lenguaje.