Pagliaro, cantor de la libertad *

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

En tiempos neoliberales como los de hoy, los juglares, esa especie en extinción, son seres extraños, pero necesarios. Si se les mide con el rasero del “éxito”, con esa vara del arribismo neocapitalista, que proclama que hay que estar en la cumbre sin importar por encima de quien haya que pasar o pisotear, se verán ante los ojos del magnate o del dueño del negocio, como unos desadaptados y anacrónicos. No aptos para la ganancia metálica.

 

Sin embargo, para los que todavía conservan su capacidad de reflexión y crítica, para los que no tragan entero y sueñan aún en utopías y en futuros de gloria para el hombre, los juglares, los poetas, los cantores son absolutamente imprescindibles para recordar la condición humana, las contradicciones sociales y las intrínsecas al ser, y, también, por qué no, para mantener viva la esperanza, en tiempos de absolutos desamparos.

 

Gian Franco Pagliaro, el de la voz ronca de cigarrillo y asfalto, es, sobre todo, un juglar. Un cantor que canta para pocos, sin masificaciones ni vulgaridad, en calendas en que, precisamente, estas dos condiciones comerciales son el símbolo del “éxito”. Uno le siente, en ocasiones, esa voz de canzonetta tristona que habla de mares remotos y de naufragios de amor. En otras, se le descubre el sentido irreverente de un anarquista contemporáneo que, con sus letras y su música, lucha por espacios de libertad e intimidad para el hombre. Es un trovador —término también en desuso— del amor y, al mismo tiempo, de lo contestatario, dos asuntos que tampoco son excluyentes, sino, si se les examina bien, complementarios.

 

 

Porque Pagliaro, el ítalo-argentino, cuando le canta al amor, que es, dentro de su repertorio, un alto porcentaje, lo hace sin pildoritas de azúcar ni cursilerías de demagogo. Sin populismos ni concesiones a lo fácil. Canta de amores contrariados, de amores retardados, de amores a primera vista o de amores entre los cuales jamás se ha pronunciado un “te quiero”. Y cuando les canta a los combates por la vida, lo hace sin caer en lo panfletario ni en la consigna y el cliché. Sus canciones, no solo las de un tiempo de ardientes militancias y persecuciones, sino las que han adquirido un aire más universal y perenne, tienen ese agridulce sabor de las cosas que siempre acompañarán al ser humano. En cualquier época.

 

Como todos los napolitanos, Pagliaro nació cantando. Su padre, agente textil, quería que fuera arquitecto, pero al joven Gian Franco le gustaban las Letras. La Filosofía. A los 20 años todavía no tenía un oficio definido. A veces, vendía cosas, a veces realizaba trabajos artesanales. Cuando llegó al barrio Caballito, de Buenos Aires, a los 16 años, con todos sus bártulos de inmigrante, en la barra la muchachada le decía: “pero si vos tenés buena voz”. Un productor —siempre hay un Colón de todas las cosas— le dijo que grabara en castellano con acento italiano. Lo primero que compuso fue Otra vez el mismo barrio, una canción que habla de la rutina, el conflicto de una pareja, el derrumbe de los sueños. Era un cuestionamiento al amor color de rosa. Comenzó a sonar en Buenos Aires, en 1967, mientras profundizaba en ideologías, en los vientos renovadores de aquellos años, pero sin militar en partidos. “No me gustan los partidos, no acato direcciones de partidos. Un artista no puede estar militando si quiere ser libre, si quiere tener libertad de opinión”, me dijo en un reportaje.

 

Sobre él, como sobre tantos otros de la Generación del 60, cayeron los aires contestatarios del Mayo Francés, las palabras de Sartre, los ecos incendiarios de la Revolución cubana, el romanticismo revolucionario del Che, los tambores de las guerras de liberación nacional de muchos pueblos del mundo. En 1968, compuso Las cosas que me alejan de ti, que con rapidez comenzó a sonar entre la juventud.

 

Todavía en la Argentina no se tenían sospechas de que, unos años después, aparecerían grupos parapoliciales, la Alianza Anticomunista Argentina, la barbarie y que advendría la dictadura militar, en cuyo nefasto balance quedan treinta mil desaparecidos. Pagliaro, que era, según sus propias palabras, “un bocón compulsivo, con pasaporte italiano”, apareció en las listas negras. Era un cantor prohibido. Se marchó en 1976, precisamente el año en que se inició la dictadura, hacia Venezuela. Ya había compuesto uno de los temas que más lo darían a conocer en América Latina: Yo te nombro… libertad, que tiene reminiscencias de Paul Eluard. Fue, según él, una canción premonitoria de la terrible carnicería de los militares argentinos. “Por el verso censurado / por el beso clandestino / por el joven exiliado / por tu nombre prohibido”.

 

Y Pagliaro continuó, con renovado vigor, cantando contra la intolerancia, contra las represiones y cuestionó no solo a la derecha sino a la izquierda. Era —sigue siendo— un hombre libre. Ese cantor de origen italiano, seducido por los poetas castellanos, ha sido un buen lector de sus compatriotas Ungaretti, Quasimodo, Montale, Leopardi, pero sus palabras españolas las aprendió en Neruda, Guillén, Vallejo. Después se asombraría con el descubrimiento de Fernando Pessoa, que, según confiesa, le abrió el corazón y la cabeza.

 

Quizá Pagliaro podría ser el último romántico, y, también, el último de los cantores irreverentes de un mundo que se idiotiza en la robotización, el facilismo, la uniformidad de los discursos. Sus palabras penetran en el corazón de los que aún creen que el amor está lleno de dudas, de miedos y soledades. Y, claro, de olvidos. También sus palabras hablan, por ejemplo, de Verónica, tan joven y tan bella, una de las treinta mil desaparecidas por los militares argentinos. (Dedicado a Verónica: “Nunca más la vi en ningún bar, en ninguna librería de la calle Corrientes en ninguna facultad…”).

 

Estos textos, estas canciones, estos epigramas y aforismos, de un raro juglar de estos tiempos apocalípticos, nos ayudan a llevar con más valentía y con mayor entusiasmo las cargas de un mundo desigual y lleno de porquería. El cantor es la memoria, es la tierra que camina, el recuerdo de lo que será. El poeta es tal vez el último hombre de un mundo paleolítico, y el primero en alertar acerca de la vigencia de los sueños. Sigamos nombrando la libertad. El canto continúa.

 

(Escrito en Medellín, ciudad de asombrosos desasosiegos, agosto de 2001).

 

*Prólogo al libro Gian Franco Pagliaro. Todas las palabras. Todas las canciones

 

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Gian Franco Pagliaro, cantautor ítalo-argentino, fallecido en marzo de 2012.

El milagro de las palabras*

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

En un sonoro poema de Edgar Allan Poe, un cuervo repite un estribillo melancólico: “Nunca más”. El hombre es el único ser de la naturaleza dotado con la palabra inteligente, no la palabra mecánica del loro, o del cuervo, o de la urraca, sino con un instrumento complejo que lo diferencia del resto de animales. Y lo encarama a la parte más alta de la evolución.

 

Con las palabras, si son creadoras, el ser humano puede alcanzar la dimensión (y la condición) de un dios. Suena a prepotencia y a herejía, pero es una verdad de fácil demostración. Las cosas empiezan a existir cuando las nombramos. El nombre no es solo signo de identidad, lo es también de vida, de ocupar un lugar en el universo. Por eso, con las palabras se crean mundos y personajes, historias y hasta monstruos de la razón y la sinrazón.

 

Acordémonos que Dios, el hebreo, el del Génesis, crea mediante la palabra. A su pronunciación aparecen las cosas y durante seis días se dedica a esa labor colosal de fundar el mundo mediante el verbo. “Hágase la luz…” y de inmediato las sombras se apartan para dar paso a la claridad, a un mundo visible. Con la palabra podemos hacer oscuridades y soles, hombres y fieras, jardines y selvas vírgenes.

 

Sin la palabra creadora no existirían ni Moisés, ni don Quijote, ni Úrsula Iguarán, ni los caballeros medievales, ni aquel otro que solo era una armadura sin nada por dentro. La palabra crea imágenes. Y sonoridades. Las palabras duelen y festejan. Son posibilidades para mejorar el mundo y a nosotros mismos. ¿Qué imagen nos llega cuando pronunciamos la palabra cristal? ¿O campana? ¿O acuarimántima?  Múltiples imágenes: visuales, sonoras, olfativas… Sin la palabra no hay lugar a la imaginación. El miserable mundo, sin ellas, sería tenebroso y sin memoria. Qué tal llegar a olvidar el nombre de las cosas y nuestro propio nombre. Qué tal caer en una amnesia colectiva, estar siempre navegando sobre las aguas del Leteo.

 

El desconocido (e impronunciable) nombre de Dios dio origen al gólem. Borges y Meyrink lo supieron. Qué sería de aquel hombre que, sentado en un templo, enmudece de pronto y no puede comunicarse con la deidad, que ya no puede decir “padre nuestro”. Ese es el infierno. Un lugar donde no hay palabras, en el cual nadie puede comunicarse, sino sucumbir ante un silencio que no es musical, sino doloroso. El desamparo. Lo enceguecedor.

 

El paraíso, entonces, es ese lugar (o no-lugar) en el que seguimos teniendo el privilegio de la palabra. Nadie, si conocemos los secretos de la palabra, nos puede expulsar de él. La palabra es una conquista, un ascenso hacia la libertad y hacia el conocimiento de mi semejante. La palabra es vida.

 

Filón, griego y judío, anunciaba que las palabras crean las cosas. Palabras como hálito, como una propiedad de las deidades para crear y permanecer. El verbo es una suerte de taumaturgia, una mezcla de fórmulas e ilusiones, que devienen una alquimia de novelas y cuentos. ¿Cómo suena el esplín en la ciudad? ¿Y la italiana noia? ¿Qué palabras se quedan en los nidos y qué otras van tras el vuelo de las golondrinas?

 

En este recorrido que vamos a emprender, en una caravana verbal, con beduinos de desiertos imposibles, con donjuanes de conquistas a punta de palabras y no de espadas, nos encontraremos con el portento de Scheerezada, la que a bien tuvo, por su cultura, por sus viajes, por su audacia, salvarse gracias a las palabras. A las creadoras y encantadoras palabras. Y seguro viajaremos por mares desconocidos, antiguos, medievales, en los que había leviatanes y una zoología fantástica. Como el calamar de Verne. Como la ballena de Melville, portentos de un siglo de ciencias y revoluciones artísticas.

Caminemos hacia la luz. La palabra nos guía. La creadora palabra nos ilumina. La peligrosa palabra, que es antorcha y chispa que puede prender las praderas de la imaginación, nos hace ascender por una escalera al cielo. O al infierno, que también está hecho de verbo.

 

*(Introducción del libro Sustantiva Palabra, Reinaldo Spitaletta, Editorial UPB, Medellín)

 
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Borges el antifútbol

“El fútbol es popular porque la estupidez es popular”, dijo el escritor argentino.

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El día en que Maradona marcó dos goles legendarios (uno con la “mano de Dios” y el otro el Gol del Siglo), ya Jorge Luis Borges se hallaba en la eternidad. Era el 22 de junio de 1986, y el escritor y poeta argentino había muerto una semana antes, tras haber odiado el fútbol y diciendo, por los días previos a su fallecimiento en Ginebra, que no sabía quién diablos era Maradona.

 

Durante su vida, de erudiciones e intelectualidades de alto coturno, el autor de El Aleph condenó un deporte que él calificó de estúpido y no acorde con la inteligencia inglesa, a la que se debe, en una suerte de descalabro (según la mirada de Borges), la invención del fútbol moderno. “El fútbol es popular porque la estupidez es popular”, declaró el escritor.

 

Borges no entendía cómo un deporte “innoble, desagradable, agresivo y meramente comercial” había llegado a ser una disciplina con tantos adeptos en el orbe. Tal vez no aspiraba a apreciar en esa práctica una demostración de esteticismo, de “buenas maneras”, de racionalidad, pero tampoco creía que fuese de seres inteligentes volverse fanáticos.

 

Es posible que su animadversión se fundamentara en el excesivo paroxismo que el fútbol causaba (todavía es así) en su país, en una mixtura de nacionalismo y religiosidad. En la Argentina, la pasión y la naturaleza irracional del hincha, puede provocar catástrofes y enceguecimientos colectivos. Para él, fútbol y nacionalismo eran la cara de una misma historia: “El nacionalismo sólo permite afirmaciones y toda doctrina que descarte la duda, la negación, es una forma de fanatismo y estupidez”, escribió alguna vez.

 

A diferencia del ensayista y poeta, hubo otros intelectuales, no solo en su país, sino en el resto del mundo, a los que el fútbol les causaba una gran emoción e, incluso, veían en él, cuando había en el juego demostraciones de belleza, una manifestación del arte. Como sucedió, por ejemplo, con el Brasil del Mundial del 70, en México, luminosa constelación que asombró a los aficionados de todas partes. André Maurois, en un discurso pronunciado en 1949 en gracia de un aniversario del fútbol en Francia, dijo, entre otros tópicos, que “¡cuántas faltas comete la inteligencia porque el cuerpo no está bien enseñado!”, en una cita socrática, para rematar con su célebre frase: “el fútbol es la inteligencia en movimiento”.

 

Entre la pléyade de escritores y poetas que han apreciado al fútbol están Rafael Alberti, Miguel Hernández, Eduardo Galeano, Albert Camus, Osvaldo Soriano, Augusto Roa Bastos, Mario Benedetti, Camilo José Cela, con un adjunto de decenas de intelectuales, entre cineastas, filósofos, artistas plásticos e historiadores.

 

Volviendo a Borges, el mismo que el día del partido inaugural del Mundial de Fútbol de 1978, en Argentina, programó una conferencia sobre la inmortalidad, a él le parecía el fútbol una variante del tedio. Jamás practicó este deporte ni ningún otro (solo le gustaba el ajedrez). “Detesto el fútbol, es un juego brutal que no requiere un coraje especial porque nadie se juega la vida…”. Y así como el estadio Monumental se llenó en el partido inaugural entre Argentina y Hungría, la biblioteca que albergó a Borges en su conferencia también se atiborró de concurrentes.

 

César Luis Menotti, el técnico de la Argentina campeona del Mundial del 78, entrevistó a Borges para una revista literaria, poco tiempo después de haber conseguido el palmarés con el elenco gaucho. El escritor era una de las figuras admiradas por el entrenador. Cuando el autor de Ficciones estaba frente a Menotti, le espetó estas palabras: “Usted debe de ser muy famoso…”. El otro no sabía qué decir. Quiso articular algunas palabras. No le salieron. Y Borges finalizó la jugada: “Porque mi empleada me pidió un autógrafo suyo”.

 

Enrique Amorim, escritor uruguayo, autor, por ejemplo, de una novela alucinante como La Carreta, casado con una prima de Borges, fue con este a un partido entre Uruguay y Argentina. A ninguno de los dos les interesaba el fútbol. Durante el encuentro, ambos hablaban de literatura y otros temas. Al terminar el primer tiempo, salieron (creían que ya había finalizado el cotejo). “Bueno, le voy a hacer una confidencia. Yo esperaba que ganara Uruguay –le dijo Borges— para quedar bien con usted, para que usted se sintiera feliz”. Y Amorim respondió: “Bueno, yo esperaba que ganara Argentina para quedar, también, bien con usted”. No se enteraron del resultado y ambos trascendieron el apasionamiento y las rivalidades de un partido.

 

Como se sabe, con su amigo Adolfo Bioy Casares Borges escribió el libro Cuentos de H. Bustos Domecq, en el que al alimón crearon personajes como Isidro Parodi y el prologuista Gervasio Montenegro, el de la “fatigada elegancia”. Uno de los relatos, con el título Esse est percipi (“ser es ser percibido”, que sintetiza la filosofía de Georges Berkeley) es sobre fútbol. Es todo un cuestionamiento a ese deporte, a su parafernalia efectista, a sus complots y engañifas. Es un precursor de la realidad de corrupciones que luego se volverán paisaje con la FIFA.

 

En el cuento (con estructura de crónica), Honorio Bustos Domecq asiste con asombro a las revelaciones sobre partidos arreglados y otras patrañas, con la complicidad de la publicidad y los medios de comunicación. En la brevedad del relato hay una suerte de drama acerca de las puestas en escena sobre las triquiñuelas y el apoderamiento del mundo por un deporte como el fútbol.

 

En el Mundial del 86, hubo un partido adobado por asuntos históricos. La Guerra de las Malvinas, entre Argentina e Inglaterra, ocurrida cuatro años antes, fue un suceso que hirió el orgullo y patriotismo de los argentinos. Y aquel encuentro estaba lleno de expectativas y se respiraba un ambiente de vindicta. El 22 de junio, en el Estadio Azteca, hubo dos hechos descomunales: uno, el primer gol de la selección gaucha, anotado por el genio Maradona, con la mano; y el otro, pocos minutos después, el mismo número diez, desde la mitad de la cancha dejó regados ingleses, abatidos por la inteligencia y habilidad de uno de los mejores jugadores de la historia del fútbol. Y marcó el segundo: el Gol del Siglo.

 

Ocho días antes, en Ginebra, Suiza, había muerto Jorge Luis Borges, a quien semanas antes muchos periodistas le preguntaban por Maradona. Y él, siempre dueño de un extraordinario humor negro, les contestaba que no tenía ni idea de quién se trataba. Prefería el gran escritor el juego de soñar infinitos mundos, de poetizarlos y alcanzar con las palabras el grado de divinidad que, a veces, algún futbolista también logra.

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“La lectura debe ser una de las formas de felicidad, ¡Sigan buscando la suya!”: Borges

Palabras para un teatrero muerto

A Rodrigo Saldarriaga, In Memoriam

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Por Reinaldo Spitaletta

 

De pequeño, a Rodrigo Saldarriaga lo “prestaban” sus padres para que hiciera de niño Jesús en los pesebres de los vecinos. Parecía un vikingo extraviado en el trópico, rubio y ojiazul. De cuna conservadora, se convirtió en un líder revolucionario y en uno de los principales directores teatrales colombianos. Fundador hace 39 años de Pequeño Teatro de Medellín, el artista que estuvo a punto de un infarto mientras representaba a Heisenberg, en la obra Copenhague, de Michael Frayn, murió el domingo 22 de junio.

 

Saldarriaga, perteneciente a una familia confesional antioqueña, de aquellas de misa y comunión diarias, comenzó a conocer la realidad real cuando entró a estudiar Arquitectura en la Universidad Nacional. Era la convulsionada década de los sesentas, en la que, por primera vez, los jóvenes comenzaron a ser protagonistas de su historia. “Urgidos de vida y libertad”, como recordaría en su libro de memorias Tercer Timbre, esos días fueron el contacto con nuevos discursos, distintos a los que dominaban la cotidianidad de la muy goda Medellín.

 

Con sus amigos de universidad se iban al café Versalles y al Festín a hablar de todo, menos de arquitectura. Eran los días de la educación sentimental, con Bergman, Visconti, la Nueva Ola francesa, el Manifiesto Comunista y las historias de la revolución bolchevique. A veces se creían la reencarnación criolla de Daniel el Rojo, en pleno mayo del 68, cuando la imaginación se tomó las calles no solo de París sino del mundo.

 

Uno de sus “bautismos” revolucionarios los asumió cuando, en los bajos del consulado americano en la Avenida Primero de Mayo, en Medellín, junto a otros muchachos, coreaba “Ho-Ho-Ho Chi Minh-Yanquis go home, fuera de Vietnam”, mientras sostenían centenares de efigies del Che Guevara. Pero su bautismo teatral lo recibió de Jairo Aníbal Niño, sí, el de El Monte Calvo y el de Las bodas de lata o el baile del arzobispo. En 1968, Niño fundó la Brigada de Teatro, de la que el joven Saldarriaga hizo parte, entre otros con los montajes de La madre, de Gorki, y de La masacre de Santa Bárbara.

 

Este último montaje le costó que su familia lo pusiera en una situación límite: o abandonaba el teatro (que solo sirve para entretener negros, así le dijeron) o se iba de la casa. Prefirió lo último y se fue de arrimado a un inquilinato de universitarios en el barrio Sevilla, de Medellín, muy cerca de la Universidad de Antioquia.

 

En 1975 fundó, con otros compañeros, Pequeño Teatro, cuyo nombre fue un homenaje a Stanislavski, que tenía en el Teatro del Arte de Moscú un Pequeño Teatro (el drama) para diferenciarlo del Gran Teatro (la ópera). Y a partir de ahí sus montajes teatrales, en cuyo repertorio siempre estuvieron los clásicos, tenían la concepción de servir al pueblo. Sus obras de iniciación se presentaron en carpas huelguísticas, escenarios estudiantiles, pueblos y caseríos de Colombia. Después, los griegos y Shakespeare fueron parte sustancial de los montajes dirigidos por Saldarriaga.

 

El autor de Todo fue, Los chorros de Tapartó y El ejército de los guerreros, un amante de Piazzolla y de Roberto Goyeneche, dijo alguna vez que hubiera querido tener al cantor argentino en su elenco para representar al Rey Lear. Era un ser que rezumaba teatro día y noche, con sus cigarrillos y cervezas al clima. Decía que el mejor director de teatro era Giorgio Strehler, del Piccolo Teatro de Milán, al que una vez le vio en París la obra Arlequín, servidor de dos señores. “Se me reventaron las manos de aplaudir”, contó alguna vez.

 

Estudioso de Shakespeare, Brecht y otros dramaturgos, Saldarriaga montó con éxito taquillero la obra En la diestra de Dios Padre, de Tomás Carrasquilla, con dramaturgia de Enrique Buenaventura. Y se quedó pendiente el montaje de El jardín de los cerezos, de Chejov, otro autor de sus amores. Y, claro, como hubiera querido, y como utopía personal, se quedaron por montar todos los griegos, todos los latinos, la Comedia del Arte, todo Shakespeare, todo Brecht. Los que dirigió, más de sesenta montajes, los hizo con pasión y sapiencia.

 

Su libro de memorias, termina con un tremendo colofón: “Los nietos de mi nieto disfrutarán nuevamente con Esquilo, con Shakespeare, con Strindberg y con Brecht y el teatro volverá a ser el listón más alto del pensamiento como lo ha sido siempre. Habrán pasado los oscuros días de la ignorancia, de los pretenciosos necromantes de la “carne de perro” y de los desesperados desencantados del pensamiento. Y yo estaré ahí, porque al cerrar los ojos el mundo no desaparecerá”.

 

(Medellín, junio 23 de 2014)

 

 

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Rodrigo Saldarriaga Sanín (1950-2014)

Odio y acuerdo de paz

Por Reinaldo Spitaletta

 

Puede ser que el odio haya surgido, para quedarse emponzoñando mentes y corazones, el 9 de abril de 1948, un día funesto en la historia de Colombia. O con la hecatombe que vino después, un derramamiento de sangre de pobres y hasta de ingenuos campesinos a los que mandaron a matarse durante años, en la Violencia liberal-conservadora. Miles murieron. Y otros, los sobrevivientes, se marcharon con sus miedos a engrosar los cordones de miseria en las ciudades.

 

Puede ser que el odio, tras los cortes de franelas y los descuartizamientos, las violaciones y los incendios, haya continuado con el Frente Nacional y su manera de excluir a vastos sectores de la población. Y luego con el surgimiento de las guerrillas de los sesentas, una década de bombardeos (a Marquetalia, por ejemplo), reformas agrarias frustradas, fraudes electorales y las enormes brechas en la sociedad.

 

Quizá el odio ya galopaba por montes y selvas desde los días de La Vorágine, de las caucheras y los asesinatos masivos de indios y negros, desde tiempos en que el país apenas despertaba a la llamada modernidad. Y desde la masacre de las bananeras, cuando el gobierno conservador de Abadía Méndez hincó su rodilla ante los intereses yanquis y permitió y aupó una matanza de cientos de trabajadores de la United Fruit Company. Pero todos los odios se recrudecerán cada día en un país de inequidades y desajustes en la repartición de la riqueza.

 

Y ya habían muerto muchos de los heraldos del odio, los Sangre Negra y los Desquite, y los de “arriba” habían promovido el desprecio y humillación hacia los de “abajo”, a los que, como lo señalara Osorio Lizarazo, calificaban de “plebe, populacho, chusma, gentuza, turba, hampa, canalla”. El odio parecía tener un estimulante caldo de cultivo en las desigualdades y en el enorme catálogo de desventuras de la mayoría de la población.

 

Los setentas, los ochentas y los noventas, con guerrillas exacerbadas que vacunaban, extorsionaban, destruían infraestructura, en fin; y con el narcotráfico y sus mafias, más la evolución de un proyecto de terror en campos y ciudades diseñado por el paramilitarismo, configuraron un país inviable. Las semillas del odio ya habían reventado hacía mucho rato. Y se regaba su floresta de desgracias por todas partes.

 

Estamos llenos de símbolos de la infamia y nuestra historia arroja sangre por todos sus poros. Quizá por ello, y por muchos factores más, haya gentes que estimulen el odio y el ánimo de vindicta. Y les parezca una “traición” o “felonía” que un grupo armada que protagonizó un conflicto larguísimo de más de cincuenta años, haya decidido, en un acto inteligente, abandonar las armas y disponerse a participar en la política y la vida civil.

 

El apaciguamiento de los fusiles, el desminado de vastas zonas rurales, la entrega hasta ahora del sesenta por ciento del armamento a los delgados de la ONU, dan fe del compromiso suscrito entre las Farc y el gobierno colombiano para la dejación de estos artefactos mortales. Se trata, hasta ahora, de una noticia en tono mayor, que debe alegrar a miles de víctimas, al ejército, a la población en general de un país de trazas violentas que durante su historia republicana poco ha conocido de la paz y el sosiego.

 

A quienes nos ha tocado desde nuestro nacimiento habitar una nación de guerras intestinas, de desafueros a granel, de atentados, magnicidios, despojos y tronamenta de armas, el asistir a un histórico cambio de una agrupación guerrillera, la más grande y lesiva del país, es todo un acontecimiento esperanzador. No parece así para otros, que, desde sus comodidades, han propiciado las injusticias y promocionado la violencia.

 

Puede tener desperfectos, puede no ser del gusto de todos, pero sí tiene el acuerdo de paz  con las Farc mecanismos de comprobación y verificación internacionales que garantizan que no haya falsas desmovilizaciones (como sucedió en otras épocas), ni operetas y artificiosas entregas de armas, como aconteció con el paramilitarismo en los tiempos de Uribe y Mancuso.

 

Aquí, como en la novela de José Eustasio Rivera, a muchos el corazón se los ganó la violencia y el odio. Y estas dos entidades persisten. Se sabe que los conflictos sociales no terminan con el acuerdo de paz. Y más en un país de tantas miserias e injusticias sociales, donde la “plebe, la canalla, el populacho” ha sido carne de cañón de los poderosos. Pero la incorporación de una guerrilla (o exguerrilla) a la civilidad, sí es un paso importante para que los muertos por la violencia sean menos. Y el odio disminuya.

 

(Junio 19 de 2017)

 

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Célebre fotografía de Sady González sobre el Bogotazo, 9 de abril de 1948

Globalización de la soledad

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Por Reinaldo Spitaletta

 

“Veo a tu soledad en la platea”, advierte un verso de tango que, como tantos otros, navega sobre olas de soledades. Y la misma —un tanto más intensa— se asoma en las más de cuatrocientas cincuenta páginas de Cien años de soledad, una novela en la que los fantasmas envejecen y se siente la larga muerte en un tren de doscientos vagones que lleva a los masacrados trabajadores de las bananeras a pasar su eternidad en el mar.

 

No sé si ayer había más soledades que hoy. Creo que es al revés. Ahora, en medio de la infinitud de las redes sociales, de los aparatos de inteligencia artificial que supera a la de los que son sus nuevos esclavos, de las autopistas de la información (o la desinformación), el hombre está más solo que nunca. Bueno, o lo que es la representación de un humano deshumanizado. De alguien que perdió la palabra y transita hacia la soledad del olvido. La soledad de un silencio poco musical, de la enajenación del ser.

 

Y si bien en ficciones como la garciamarquiana, y las que aparecen en un libro de cuentos, publicado en 1954, Todos estábamos a la espera, de Álvaro Cepeda Samudio, la soledad es una presencia que ahoga, hoy esta conduce, vestida con el frac de la tecnología, a los abismos de la desesperación. Incluido el estúpido y sórdido y lesivo juego de La ballena azul.

 

Hoy, en la ya decadente posmodernidad, la soledad del hombre se agiganta. Se busca compañía en la engañosa virtualidad. Y una relación que se ha envilecido y vuelto insignificante, la amistad, se lleva a la máxima expresión del vacío en los cinco mil “amigos” que puedes tener en Facebook.

 

 

“El éxito del invento de Zuckerberg consiste en haber entendido necesidades humanas muy profundas, como la de no sentirse solo  nunca (siempre hay alguien en el planeta que puede ser “amigo” tuyo) y vivir en un mundo virtual donde no hay dificultades ni riesgos (no hay discusiones, las rupturas son sencillas y pasan rápidamente al olvido, todo es infinitamente más soportable que en la vida real)”, advertía Zygmunt Bauman.

 

 

Cicerón y Séneca, dos pensadores de la amistad, quedarían sumidos, hoy, en el ostracismo con sus teorías acerca de los significados y profundidades de la amistad. “A la amistad no le empuja provecho alguno propio, sino un impulso natural, pues como en otras cosas experimentamos un instintivo placer, así también en la amistad”, decía Séneca.

 

En el capitalismo, hay soledades que se diluyen en la masa. Desde los días en que El hombre de la multitud (un cuento de Poe) se extravió en un anonimato de gente que va y viene, la soledad del ciudadano se hizo más trágica. Bartleby, sí, el escribiente, es un hombre solo (y, si se quiere, el capitán Ahab, el de la Ballena blanca, también). Es la misma soledad que se siente en un no-lugar, en un aeropuerto, en una terminal de buses o en Luvina, aquel pueblo lleno de vientos tristes de un cuento de Juan Rulfo.

 

La soledad, que en otros ámbitos era una conquista para la creación y el pensamiento, en el capitalismo se tornó una mercancía más. Tu soledad (o soledumbre) se te acaba con un smartphone, con una hamburguesa, con entrar a “vitriniar” a un centro comercial (otro no-lugar). O con tus “amigos” de Facebook.  Los hombres solos de la posmodernidad líquida son más solos si están ilíquidos. Si carecen de parné para consumir y atiborrarse de cosas innecesarias.

 

En Todos estábamos a la espera (también en otros cuentos del barranquillero Cepeda) la soledad se matiza, o se disimula, con una pelea de boxeo en la tv, o con canciones de traganíquel, o en la barra de un bar. ¿A quién se espera en un café? ¿A quién en una estación de autobús? ¿En la soledad es posible percibir en medio de la multitud, de los seres innombrados, la mano tibia de una muchacha? Y, a veces, por estar tan solos, no nos queda más que vestirnos de payaso para secar nuestras lágrimas sobre la melena de un león.

 

En estos días, que en Medellín realizamos tertulias literarias sobre Cepeda Samudio y García Márquez, el efluvio de las soledades se sintió como el lanzazo con el que José Arcadio Buendía mató a Prudencio Aguilar, un muerto tan solo que tuvo que aparecerse en Macondo a hablar con su verdugo para no sentirse tan abandonado y triste. Soledades tan largas como las de Pilar Ternera y Úrsula Iguarán, como las del coronel Aureliano Buendía, que, al fin de cuentas, supo que “el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”, son hoy distintas. Y, quizá, más dolorosas.

 

Vivimos tiempos de alta velocidad, tiempos sin tiempo para la palabra y los afectos compartidos cara a cara. Tiempos melancólicos en los que, además de otras miserias, se ha globalizado la soledad.

 

(Medellín, 1º de mayo de 2017)

 

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Seres solitarios con mucha tecnología.

Un elogio del hambre

(¿Acaso es el hambre el germen de toda poesía y de las revoluciones?)

 

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                                                            Saturno devorando a su hijo, pintura de Goya.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El hambre, según Luis Tejada, es el germen de toda poesía. De acuerdo con la afirmación del cronista barboseño, se nota que ahora, muchos poetas nuevos (o jóvenes), no han tenido la angustia del hambre, porque, con sus versitos de desecho, parecen, más bien, glotones desaforados. No sé cuánta hambre padeció Dante, ni cuánta Vallejo, ni Whitman, ni Hernández, ni Homero, pero, por lo visto, bastante. Porque como se sabe, poesía sí escribieron.

 

Creo, a veces, tal vez en momentos en que las tripas chillan o se siente su cortante filo, que el hambre, a diferencia de la lucha de clases, ha sido la partera de la historia. Nada más acelerador, nada más agudizador de contradicciones, nada, además, tan doloroso como un hambre. Y se ha dicho, para escribir poesía hay que sentir dolores y, al parecer, tantas hambres. Por supuesto, como no sólo de pan vive el hombre, pues no solamente de hambre escribe el poeta. Pero —y no es juego de palabras— da la impresión de que el hambre es pan (bueno, es sino leer a Knut Hamsun).

 

El hambre es motor. “El hambre excita la fantasía, y la fantasía es la cualidad esencial de los poetas”, escribía Tejada, tal vez acosado por el llamado de un desespero estomacal. De un vacío alimentario. Es posible que, más que por una resaca, más que por una dosis de alucinógenos, Poe hubiera sentido el ansia de escribir, por ejemplo, El cuervo, gracias a un hambre existencial. Así, como al escribir Balzac consumía en una noche más de cincuenta tazas de café, que también el “tintico” hace desaparecer esa sensación de hambruna, Barba Jacob tuvo que haber estado sin comer por lo menos tres días para haber llegado a los versos de su Canción de la vida profunda.

 

Ah, y qué tal el nunca bien ponderado Rabelais, médico de cabeceera de muchos lectores. Su Gargantúa y Pantagruel, tan insaciables, tan llenos de comidas y bebidas, tan hermosamente colmados de excesos, sólo pudo imaginar un portento de esa naturaleza por el hambre. Y en ese mismo sentido podría abarcarse a Teresa de Ávila y Juan de la Cruz, ambos santos, ambos poetas, ambos místicos. Más que su sed de Dios fue su hambre la que los condujo a las altas cimas de la palabra y a ver más allá de la “noche oscura”.

El Quijote, por ejemplo, está lleno de hambres, también de culinarias y otros platos. La mejor salsa del mundo, se dice en el portento literario, es “la hambre”. Y como esta (plantea la mujer de Sancho) no falta a los pobres, siempre comen con gusto. En la Barataria, el comilón Sancho prefiere las mesas a las dietas. “Y denme de comer, o si no, tómense su gobierno; que oficio que no da de comer a su dueño no vale dos habas.”, dice, en contradicción con el médico que, al cuidar su salud, le suprime comidas.

 

Cuando el poeta (cuando es poeta, claro) siente la mordedura del hambre en su interior, cuando lo chuzan las lanzas de la inanición, cuando los jugos gástricos se alteran, entonces delira, su mente se va poblando de numerosas visiones, sus oídos de músicas jamás escuchadas. Lo acosan.  Lo van sitiando las musas. Y, para declarar que es un poseso, advierte que le dictan. Que es otro el que escribe. Y todo es por su hambre. ¡Qué sensación esa tan devastadora y, a la vez, tan estimulante!

 

Sacerdotes que levitan, santones que curan, taumaturgos, anacoretas, todos sienten una plenitud gracias a su hambre, a sus frugales recetas de pan y agua. Van Gogh, Modigliani, El Greco, tantos que han pintado su propia hambre. Ah, y los de la Generación Perdida, los Hemingway, los Scott Fitzgerald, con su hambre parisina, cuando eran pobres, felices e indocumentados, produjeron obras excelsas.

 

La Gran Marcha, liderada por Mao; las transformaciones sociales; la revolución rusa y la francesa y la cubana, todas tuvieron que ver con el hambre, porque es elemental, también hay que luchar para tener, después de tantas jornadas de carencias, una buena mesa con buen pan y buen vino. Tal vez el secreto de la paz (como el de la guerra) radica, se esconde, en los estómagos casi siempre vacíos. Sí, lo dijo algún poeta: la paz es asunto estomacal.

 

Con tantas hambres juntas, como las que padece ese hombre que veo ahí, tirado en un parque alumbrado con luces navideñas; como las de innúmeros colombianos, como esa hambre atroz que cada día aumenta en esta geografía de desamparos, debería haber más poesía. Pero no. Lo que sí hay es más policía. Nada confiable y peligrosa.

 

Poetas y místicos —al decir de Tejada— han perdido su contacto con el cielo, porque abandonaron el régimen substancial de la abstinencia. Como clamaba una abuela de barriada, es mejor tener las ganas que calmarlas. Es hora de ir a comer, caramba.

 

(Artículo escrito en diciembre de 2005)

 

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Hambre, pintura de Guayasamín

Llueven flores amarillas

(En el cincuentenario de la publicación de Cien años de soledad)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La novela total, el alfa y el omega, el génesis y el apocalipsis, la saga de los Buendía, se publicó hace cincuenta años en Buenos Aires y desde entonces la literatura de América Latina tiene una obra que pertenece al mito y a la historia. Cien años de soledad, la del comienzo alucinante y la del final cataclísmico, es una suerte de epopeya sobre los pueblos azotados por la peste del olvido y por otras desventuras.

 

En veinte capítulos no numerados la obra cumbre (y esto es un lugar común) de Gabriel García Márquez canta desde las maravillas de los alquimistas hasta los ardores de urgencia de Pilar Ternera, la dama de las iniciaciones púbicas y los amores no correspondidos. Hay ecos homéricos y voces dantescas, tiempos del mito y tiempos de la historia. Y, claro, en modos de la narración se puede adivinar a Cervantes y su descomunal Quijote o a los juglares costeños, como Francisco el Hombre, capaces de derrotar las sapiencias y astucias del diablo.

 

En Cien años de soledad, la de múltiples homenajes, la que evoca a Gargantúa y Pantagruel, y tiene aires de Rulfo (pongamos por caso, el personaje de Prudencio Aguilar), es la posibilidad de degustar un lenguaje de exotismo, alta precisión en las palabras y meterse en una máquina de la memoria. Alguien decía que los vencedores escriben la historia y a los vencidos les queda el arte de la novela para no desaparecer del mundo de las palabras y las cosas.

 

Se pudiera aseverar que Cien años de soledad es la voz de los borrados por historias oficiales, como los tres mil muertos de las bananeras (el Pentágono reconoció al menos mil), y de los fundadores de pueblos perdidos, donde la ciencia y el vasto conocimiento los divulgan los gitanos. Macondo es un espacio de deslumbramientos en los que puede sonar la música de Pietro Crespi o el pito melancólico de un tren amarillo.

 

Macondo, donde confluyen galeones españoles y las profecías de Nostradamus, es la aldea y el universo. Son los laboratorios de la imaginación, del huevo filosofal, de los imanes y los circos y las maravillas transoceánicas y las babélicas lenguas, los que discurren en un tiempo sin tiempo, con un destino fatal: la desaparición de todo lo que fue. Allí, en esa ficción de ensueños, los espejos (y espejismos) de la memoria y el olvido se juntan en una perpetua orgía de palabras y personajes.

 

Es una metáfora del principio y el fin. De las ideas de progreso, de la creación y la destrucción. En esta ópera magna, que García Márquez vislumbra desde La Hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y Los funerales de la mamá grande, está la formación de un país, sus guerras civiles, sus disputas por el poder y la visión de un mundo en el que la magia, los augurios, los sortilegios y las profecías son parte de lo cotidiano.

 

Macondo, la del “concierto de tantos pájaros”, es la presencia de “cetáceos de piel delicada con cabeza y torso de mujer”, combinada con guerras, huelgas, expediciones y gente que “continúa viviendo en el tiempo estático y marginal de los recuerdos”. Es la vida y la muerte reunidos en un lugar (que se transmutará en un no-lugar) en el que tal vez lo único que no causa conmociones ni alelamientos es el cine.

 

En Macondo (como en el Quijote, la Biblia, las cosmogonías) está todo lo posible y lo imposible. Y la poesía salta aquí y allá, como en una lluvia de minúsculas flores amarillas y en las brisas que llegan de más allá del mar. Y están el incesto, los patriarcados, la ciencia, las supersticiones, los descubrimientos tardíos, los amores frustrados y las presagiadoras imágenes que se forman frente a un pelotón de fusilamiento.

 

Hace cincuenta años, cuando la primera edición de esta novela fundacional comenzó a circular en los kioscos y librerías de Buenos Aires, cuando su lenguaje de fosforescencias obnubilaba a miles de lectores, el mundo era el de la Guerra Fría, el de los Beatles, el del Che Guevara y Violeta Parra, y el de jóvenes multitudinarios que querían ser protagonistas de su destino y de la historia. Era, además, el de una América Latina que se hacía visible con su literatura de prodigio.

 

Y hoy, cuando una novela cincuentenaria convoca otra vez a tantos lectores, Macondo goza, más allá de la ficción y de los pergaminos de Melquíades, de un privilegio: no ser desterrado jamás de la memoria de los hombres. Honor que le cabe también a su creador.

 

(Columna publicada en El Espectador, mayo 30 de 2017)

 

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Portada de la primera edición de Cien años de soledad.

Días de selfis y coito veloz

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Por Reinaldo Spitaletta

—Profe, eso está muy largo.

—¿Y qué tienen contra lo largo?

Estas situaciones en torno a la lectura de textos de cierta extensión, de algún largor no muy conflictivo, que no son Los miserables ni el Quijote ni El hombre sin atributos, en fin, se presentan en los ámbitos universitarios. Tal vez porque el mundillo de hoy está hecho para la rapidez, la irreflexión, lo superficial y aquello que sea digerible en cuestión de segundos.

Hay una resistencia al pensamiento, al análisis, y a todo lo que no quepa en ciento cuarenta caracteres, o aquello que sobrepase los límites de unos segundos de concentración. Acabo de escribir una novela, de unas sesenta mil palabras, sobre un mundo extinguido, en el que si acaso aparece un teléfono es de aquellos de mesa, con cable en espiral y disco de marcación con huequitos. De los mismos que en las casas de antes les ponía el papá o la mamá un candado miniatura para evitar tanta conversadera de novias y novios.

Digo que es una novela de un ámbito de ancianidades, de seres que viven sus últimos días, apurados por la enfermedad, desahuciados por los tiempos en los que el rock y la denominada “nueva ola” desplaza sus canciones apolilladas. Calendas en las que no había sicarios ni mafiosos ni padrinitos a la criolla. También novelables, por supuesto.

Hoy, quizá, determinados editores exijan novelitas de pacotilla, con selfies, youtubers, o aventurillas de consumo masivo para que la muchachada las devore sin digestión ni crítica, que habitamos un globo en el que entre menos se piense y cuestione, mejor. Ahora, aquello que el latino Horacio proclamaba como una manera de vivir el día, con intensidad, como si ya no hubiera más tiempo para “una larga esperanza”, es poder mostrar el vacío existencial a los otros, en una autofoto, en la que los labios puedan dibujar con sensualidad el “pico de pato” o con los pómulos con ácido hialurónico “para moldear más el rostro”.

Sí, estamos en los días del “divino rostro”, con rellenos (pero no sanitarios) para corregir arruguitas y con apelación al bótox como aliado de la bonitura, porque en los tiempos de la apariencia hay que lucir chévere, y así la selfie hará una maratón por las redes sociales, con muchos “me gusta”. De tal modo, como lo hubiera dicho el viejito Fernando González, cuya mayoría de textos no son largos pero igual tampoco se leen ni sirven para adaptación a telenovela, “vanidad significa carencia de sustancia, apariencia vacía”.

El nuevo narcisismo parece estar conectado con la atrofia del pensamiento crítico y de la falta de cultivo de la inconformidad social y política, con la hipertrofia de una sensibilidad por lo banal y desechable. Es más atractivo que una marcha por los derechos a una vida digna, hacer lo posible, o lo imposible, por rellenar “surcos nasogenianos” o disimular las “patas de gallina”. Para que la selfie salga de rechupete y relumbrón.

Para las novísimas tribus juveniles, acuciadas por el mundo digital en el que nacieron y crecieron, la paciencia dejó de ser un atributo y nada puede esperar. Saben que el Smartphone que tienen en la mano ahora, mañana será obsoleto. No pueden esperar a un desenlace de novela, no están para saber cómo murió don Quijote ni por qué un policía persiguió durante tanto tiempo a Jean Valjean y ante el fracaso se arroja a las aguas del Sena. Y menos hundirse en el monólogo de Molly o quedarse perplejos ante una descripción de una fumada con volutas caprichosas en una obra como En búsqueda del tiempo perdido, que para muchos de estos chalanes nativos digitales leer una obra de esas es, precisamente, perder el tiempo.

A lo mejor (y a veces no sin razones de peso) la universidad sea una suerte de obstáculo para el ejercicio de la vida rauda de ahora. No requieren disciplinas mentales, ni ilustración histórica, ni nada que no esté sintonizado con el hoy y su velocidad einsteniana. Están más preparados para el consumo, y sobre todo, para lo que antes llamábamos el esnobismo. Todo debe ocurrir ya: un polvo, un coito (eso de que el hombre es un animal triste después del coito es pura paja para ellos), una conquista… Ah, y el concepto de amistad lo da Facebook. Hasta razón tendrán, como mi abuelo, que decía que amigos no hay. Así que, profe, eso está muy largo. Pónganos a leer un tuiter.

 

(Medellín, mayo 9 de 2016)
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¿Qué es esa vaina de la antioqueñidad?

 

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                                                                                                                                                             Tomás Carrasquilla

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Toda cultura es digna de sospecha.  ¿Existe la antioqueñidad? ¿Hay una raza antioqueña? La conmemoración del bicentenario de la independencia (1813-2013) de Antioquia ha sido un motivo histórico para diversas reflexiones acerca de lo que es y ha sido el antioqueño, visto, por ejemplo, por el visitador Antonio Mon y Velarde como perezoso, según los intereses que el hispano tenía frente a la Corona, y luego como un paradigma del trabajo y la pujanza.

 

¿Hay solo un antioqueño, aquel que estereotiparon como blanco, emprendedor, tradicionalista, jugador? Después de la declaración de independencia del 11 de agosto de 1813, surgieron representaciones de la pertenencia a una presunta raza, superior, diferente a las del resto del territorio nacional, en una suerte de propaganda “eugenésica” promovida por las élites y que si bien condujeron a proporcionar elementos identitarios, a su vez sentaron bases para un discurso segregacionista y con acento en la división social en clases.

 

Ser antioqueño posiblemente también sea un acto de fe, y más en estos breñales en los que hubo interesantísimas mezclas de rezanderías, juegos de azar, actos mágicos con monicongos y toda suerte de simbiosis entre lo negro, lo indio y lo blanco. Sin embargo, durante muchos años (tal vez todavía continúe), se impuso una tendencia de superioridad del “blanco”, en particular si pertenecía a las élites económicas y si su presunta blancura estaba respaldada con oro. No faltaron blanqueamientos forzados y compra de títulos nobiliarios para demostrar que no había contaminaciones judías y moras, y menos indias y negras.

 

Las élites, conectadas con la minería, el comercio, la caficultura, el modelo empresarial antioqueño, fomentaron además discriminaciones frente a los pobres, que carecían de buen tono, olían mal, eran “pecuecudos” y se perdían en los vicios; y se erigieron como las poseedoras del “buen gusto” y mejor talante, que pasaba por los raseros franceses, el esnobismo y la copia de lo europeo. Los valores bursátiles y todas las plusvalías eran parte de esa cultura de los escogidos por la fortuna, “Cual si todo se fincara en la riqueza, en menjurjes bursátiles y en un mayor volumen de la panza”, como lo poetizara con ironía el musical León de Greiff.

 

 

Y dónde quedaba entonces el aporte del barequero, del recolector, del obrero que emerge con el siglo XX, de las prostitutas (que abundaron sobre todo en Medellín en la primera mitad del siglo pasado), de los arrieros y colonos; de los albañiles y forjadores de hierro; de los que abrieron las selvas de Urabá; de los que tendieron los durmientes y tiraron líneas férreas. Una cultura es una complejidad y, en el caso antioqueño, una diversidad de maravillas, venero para todas las interpretaciones y búsquedas. No es solo el criterio de burgueses y los refinamientos de clubes de exclusividad.

 

¿Hay un antioqueño melancólico? ¿Hay otro festivo? ¿Cuáles son sus características lingüísticas? ¿Habla lo mismo el de Apartadó que el de Rionegro? Lo que se denomina la antioqueñidad, cualquiera cosa que esto sea, es una serie de rasgos sociológicos, económicos, lingüísticos, en fin; una combinatoria entre prenderos, avaros, ricos barrigones (según Fernando González), uno que otro santo, bandidos (muchos), la obrería, el pícaro, el rebuscador, el cacharrero, el que no se vara (y si se vara, rápido se desvara), el camandulero, el agiotista, el compositor de bambucos… Una mixtura que ha producido modos de ser y de tener.

 

Tal vez el máximo escritor de estos valles y montañas, el gran Tomás Carrasquilla, sea el que más elementos ofrezca para interpretar y criticar la cultura antioqueña. En sus relatos y novelas, crónicas y homilías, se radiografía al pueblo y a las élites. En sus obras se pueden auscultar las mentalidades coloniales, la economía, las opresiones y servidumbres, las fiestas, los nuevos ricos, los arribistas, y aun, como en Frutos de mi tierra (1896), se puede avizorar lo que vendría casi cien años después, con los tenebrosos carteles de la mafia, a cuyo poder y ordinariez también sucumbieron algunos “ricos tradicionales”.

 

Quizá a los antioqueños el complejo de superioridad se nos haya trastocado por el complejo del hideputa, o del que se avergüenza de lo suyo, como lo cuestionó el pensador de Envigado. Quién sabe. Es posible que todavía sigamos siendo banales y necios, con una total inopia en el cerebro, como nos lo restregó el panida de Greiff. Puede ser que adoremos a la virgen de los sicarios y leamos con fruición la autobiografía de la Madre Laura. Y que nos sigamos creyendo el ombligo del mundo.

 

Tal vez han cambiado las “cremas y natas”, algunas de ellas reemplazadas por advenedizos “café con leche”. A lo mejor, cambiaron los amos, aunque, en esencia, los esclavos sigan siendo los mismos.  No sé si nuestras simpatías y temores sigan estando entre Dios y el diablo, pero si uno u otro —o los dos— da platica (¡A la plata!, dirá Carrasca), pues, queridos, ahí estamos pa’ las que sea. “Vale Jesús lo mismo que el ladrón”, como en aquel tango. Qué vaina pues.

 

(Medellín, agosto de 2013)

 

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Horizontes, pintura de Francisco Antonio Cano, 1913.