El otro y el yo en la virtualidad

(De cómo la pandemia nos invisibiliza en la ciudad y nos convierte en imagen de pantalla)

 

Mundo de espejos, mundo de pantallas. Foto Spitaletta

 

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Y llegó el mundo de las pantallas, ese previsto en Fahrenheit 451, el que los profetas de la distopía nos anunciaban como el de la desaparición física del otro y del cual solo prevalecerá la imagen o su reflejo. Se dejó venir el recurrente universo de la virtualidad, dada por receptores, aparatos de transmisión, computadores, teléfonos móviles. Quién que fue niño no recuerda aquellos días de juegos callejeros en que, con dos empaques de desodorante sólido o en barra, o con dos tarros de leche condensada, ya sin leche, se fabricaban teléfonos, con los que se podía “conversar” por lo menos a cincuenta metros de distancia, con hilos de elevar cometa.

 

Una clase, esa cuando uno veía los ojos de los alumnos, sus actitudes, sus sueños y vivacidades, sus modos de eludir lo que se les decía para ponerse a conversar en voz baja con un compañero, es hoy un distanciamiento. En la pantalla se ven seis recuadros, unos con iniciales, los otros con las caras lejanas de los que, se presume, te están escuchando-viendo. No es igual. No podés detectar un gesto, las ganas de la pregunta, las caras a veces somnolientas, la risa contenida, los pestañeos. Ni los bostezos. Es otro mundo. Voces maquinales. Transmisión remota.

 

Puede que nos acostumbremos, pero no deja de ser un ensayo de ir borrando al otro, en el aspecto de no detectar su olor, su inquietud, la presencia real que arrastra tantas cualidades, defectos y otras características. Allá, en otros lados, muy lejos de la pantalla que te dice que hay presencias, el otro, que se supone que escucha, puede ir a la cocina y traer un café, o levantarse al sanitario, tomar un libro de la biblioteca doméstica. Son otros los comportamientos.

 

La pandemia nos incorporó a las visualizaciones que ni siquiera se pueden calcular en metros. A muchos kilómetros está el que te habla, o te escucha, o te quiere preguntar, el que desea intervenir en la sesión para contradecir o afirmar. Tal vez las clases, charlas, conferencias, exposiciones, sigan siendo para siempre a distancia. Y así pudieran ser, por ejemplo, los recorridos urbanos, el tour experimental o de simple turismo, las entradas a los museos, a los estadios, al concierto. Todo a través de pantallas. Todo desde lejos.

 

Festones y confetis virtuales

 

No alcanzo a imaginar aún cómo será comprar tiquetes para un partido de fútbol y no poder sentarse en las tribunas ni sentir al otro cerca, escucharle los pálpitos, las palabrotas, las emociones, las turbulencias. Ahora estarás en casa, en la sala, el cuarto, acomodado con tu bandera y la camiseta de tu equipo, los confetis y los festones también virtuales. Tal vez pronto se inventarán las posibilidades de proyectar las graderías, los otros que están en su domicilio, y el espectáculo se conjugará en una ficción, en la irrealidad. El grito, el abrazo, o la conmoción por la derrota, podrán estar todas en el mundo de adentro, en la interioridad del apartamento, de la casa.

 

Por estos días de confinamiento, de encierro como una manera de preservación ante el coronavirus, hemos tomado cara de pantalla. Hemos hablado de historia de las pandemias, de las peores pestes sobre la tierra, de obras literarias que han contado y puesto al hombre frente a enfermedades, de los nuevos usos de la ciudad, de los significados de la casa, de autores como Cortázar y Mann y Kafka, y de historias de Medellín que oscilan entre las arquitecturas de ladrillo a la vista hasta los derrumbamientos de la memoria cultural. Y todo por ese vehículo que a veces da la impresión de estarle hablando a fantasmas y de ser uno —el otro también— una especie de duende o sombra siniestra.

 

Cuesta acostumbrarse a la no-presencia, o a aquello que se vuelve intangible, intocable, nada contemplable. El otro, ya sea el que escucha, el que habla, está en otra dimensión. La pantalla es la mediadora, claro, con los micrófonos, los audífonos, los parlantes… Es apenas un sonido, una voz en otras coordenadas, un rumor, ruidos de interferencias, caídas de señal. Y todo forma un conjunto dispar, a veces caótico, sin puntos cardinales, sin centro. Puede ser que, después de toda esta apocalíptica situación, los caminantes de la ciudad sean solo proyecciones. Así que, me parece, no haya sido nada traído de los cabellos la autoficción que envié a una revista virtual sobre un viaje astral por las calles de Medellín.

 

LA VIRTUALIDAD: REALIDAD VS VIRTUALIDAD

Vos aquí y el otro allá. Una separación y una unión. Ninguna de las dos, eso que se llamaría el aquí y el allá cuando hablábamos del mundo físico, geográfico, real (aunque todo pudo ser un sueño), da la posibilidad de sentir la temperatura del uno o del otro. Qué importa qué camisa tiene, puede ser solo una franela de cargazón, y si no está calzado, o si está en ropa interior, que el encuadre de la pantalla no permite mostrar. Qué importa. Así que los muy esnobistas, los que gustaban de lucimientos con la última colección, los nuevos tejidos, los colores del bolso, los tenis de marca, se puede todo eso ir al carajo. La virtualidad no requiere de tales perendengues ni disfraces.

 

Decía que las clases a punta de pantallas pierden temperatura, calidez. Puede que lleguemos a transmutarnos en robots, nos maquinicemos, e incluso puede advenir el día en que ya no habrá clases. Ni alumnos ni profesores. A lo mejor, los del futuro nacerán programados. Listos para la producción, para cumplir con la maquinización. Habrá enormes centros de control, de supervisión, de vigilancia para que las piezas, las partes de esa máquina sin fin, no se oxiden, no se contaminen, no sean vulneradas por microbios u otras creaciones que ya serán parte de un remoto pasado.

 

Quizá esta pandemia haya posibilitado, en medio de desesperaciones y confinamientos, el cultivo de la imaginación. Puede que en un futuro cercano no se requieran las piernas y el caminar pase a ser una actividad arqueológica, un desafuero, algo inusual y arcaico. Preparémonos para quedarnos en un solo punto. Para viajar a través de las pantallas. O, si estamos de buenas, para introducirnos en el espejo, como una forma de la rebelión frente a un mundo sin paisajes, como cualquier fantástica Alicia. No sé si el que está por llegar sea de verdad un país de maravillas.

10-04-2020

 

Visita virtualmente el museo dedicado a Van Gogh - Nova 91.7FM

Van Gogh en la virtualidad

La ciudad de los leprosos

(Mirada a la ciudad de la pandemia y a sus diferencias sociales)

El Estilo Europeo De La Casa De La Ciudad, Pintura Dibujada A Mano ...

Por Reinaldo Spitaletta

 

¿Cuál es la mirada del desposeído sobre la ciudad, el centro comercial, los lugares de abasto? ¿Y cómo observa el rico las vitrinas, las exhibiciones de lujo, los sitios exclusivos? Aquella dimensión de lo urbano, la organización, la planeación, que conduce a la formación de una ciudad, se ha visto afectada por la pandemia. Y si antes de ella la ciudad ya estaba privatizada en la práctica, ahora, con el confinamiento, cuando el uso de lo público se ha trasladado a las reservas íntimas de lo doméstico, el derecho de ciudadano al tránsito, a la contemplación, se ha diluido.

 

¿Cuál es la mirada del mendigo, del habitante de calle, sobre las aceras, las cuadras, los polígonos? La ciudad, en términos de un lugar, de una posibilidad de encuentros y transacciones, del reconocimiento de los otros, es una abstracción. Qué de la ciudad es mío. Qué me pertenece del parque, de sus fuentes, de su viento en la arboleda. Tal vez nada. Porque, se supone, la expresión de lo público, de lo que es de todos, y donde todos somos sujetos de derecho, se ha deteriorado. Cada vez, la propiedad privada ha reducido el derecho a la ciudad.

 

El viejo barrio, con sus vecinos parlanchines, con sus señoras de tienda y chisme a la carta, con sus muchachos futboleando en la calle, es una estampa arqueológica. La ciudadela, la unidad cerrada, esa que se opuso a la peste de las inseguridades y segregó al resto, es una especie de privatización de una parte esencial de la ciudad, como son los lugares residenciales. Se volvieron un no-lugar. Un extrañamiento. Así el gueto se modificó. Afuera del conjunto, de la reserva, de la parcelación, están los leprosos.

 

En esa célula con mallas y porterías, con cámaras y otras vigilancias, el mundo es aséptico. No hay nombres. No hay vecino. Solo números de apartamentos, de pisos, de ascensores. Y de parqueaderos. Tal conjunción de anomias y alejamientos de lo humano, la pandemia los ha acentuado. La cuarentena también discrimina. No es lo mismo, como se ha dicho, estar en la confortabilidad de una casona que en las restricciones de un tugurio. Pasa que las diferencias, las inequidades, todo lo prestablecido, lo anterior a la propagación del virus, estaban ya en el afuera, en la ciudad, en los campos.

 

Nunca antes, ni en tiempos de ferias, había visto pasar por mi calle tantas carretillas, bien dispuestas, con un orden que no solo atrae las miradas por sus colores, sino por la primorosidad con que se distribuyen plátanos, mangos, mandarinas, papayas, cebollas, tomates… Es la estética de la informalidad en una ciudad plena de seres marginados, de hombres y mujeres y niños despojados de tantas cosas. Una ciudad con abundancia de miserables que se han vuelto, pese a los encerramientos, muy visibles en estas jornadas de vaivenes y desconciertos.

 

CIUDAD Pintura por Marta Primiani | Artmajeur

La ciudad de la pandemia, con sus calles desérticas, con algunas otras muy nutridas de gentes que tienen que volcarse a ellas porque no hay otras formas de la sobrevivencia, es, a escala, similar a la de los días “normales”, cuando se topan el rebusque cotidiano con las remesas de los banqueros. La pandemia ha visibilizado a los malvivientes, a los necesitados, pero, al mismo tiempo, a los oportunistas de gran calado que aspiran al sacrificio de los otros para que sus arcas no se enflaquezcan.

 

¿Y qué tal los arrojados a la calle (sí, claro, puede ser a la calle como metáfora, o la calle despojada de cualquier poetización) porque sus empleadores han prescindido, con diversos pretextos y disculpas, de sus servicios? ¿Cuál es la ciudad que se revela en la pandemia? ¿la de los más pobres y desamparados? ¿La del gran burgués y el diseñador de los destinos de los famélicos?

 

Ni el coronavirus y su universal trasiego ni las medidas oficiales para contenerlo, pueden ocultar las pesadillas y miserias de los que en la ciudad tienen un nicho-osario, una limitada presencia, una reducción de sus derechos. Claro. No estamos en un país de Jauja, en un país ideal, sino en uno de muchas desproporciones e inequidades. No es, al contrario de lo que vio el “poeta de la ciudad”, un “país rico, limpio y reluciente como una buena conciencia”, sino uno en el que los desalmados gozan con las desventuras de los que no han sido tocados por ninguna gracia.

 

Tal vez la ciudad solo sea el resultado de un proyecto de mercantilización, de un escenario pensado para la obtención de ganancias, para la consecución de resultados. Ojalá la pandemia pudiera cambiar las relaciones inequitativas de la ciudad y contribuir a su transformación, esa que algún antiguo optimista vislumbró: “que erradique la pobreza y la desigualdad social y que cure las heridas de la desastrosa degradación medioambiental”. Así sea.

 

Nota. (Este artículo se publicó en Elespectador.com 5-5-2020)

 

La imagen puede contener: cielo y exterior

Casa del elegante barrio Prado de Medellín. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

La revolución de lo local

La búsqueda de lo universal a través de pequeñas parcelas, de una calle, de una esquina barrial… de la casa.

 

Inmanuel «Ivánovich» Kant pierde un aeropuerto – Hyperbole

Kant en Könisberg

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

En estos tiempos de virus y pandemias, de cambios climáticos, al parecer irreversibles, y del dominio (¿tambaleante?) del capitalismo salvaje en el mundo, vuelve a aparecer en el escenario de las reflexiones el valor de lo local. El confinamiento universal, la conjugación de actividades antes impensables en un mismo lugar, como la casa, muestran un panorama que no deja de ser atractivo. ¿Acaso el mundo se reduzca a lo más elemental?

 

La vuelta a la casa, el regreso a lo simbólico de ella, el útero, la madre, la patria que no son escudos ni himnos y mucho menos lo que de esta última proclamen los politicastros, es un modo de visualizar la importancia infinita de lo local. Y aquí es pertinente recordar un aforismo de Kafka, el 109: “No es necesario que salgas de la casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, sólo espera. Ni siquiera esperes, quédate en absoluto silencio y soledad. El mundo se te ofrecerá para que lo desenmascares, no puede evitarlo; arrobado, se retorcerá ante ti”.

 

La célula de lo universal está en lo local. La puedes hallar en la casa, en ese fragmento-segmento doméstico, en esa nada si se compara con la globalidad (que es un concepto de la economía). Tal vez lo más universal ahora pueda ser tu cuadra, tu esquina, el patio, la sala, el pedacito de cielo que se cuela por la ventana atardecida… Habitar el interior, la pequeña parcela de lo casero, puede ser una conexión con el mundo de afuera, ese que “se retorcerá ante ti”.

 

¿Quiénes, en la historia, le han sacado partido a lo local? Muchos. Y ahí están filósofos y escritores y poetas y científicos. Sabían, quizá, que los lugares, la casa, por ejemplo, eran una parcela del universo, tal vez una maqueta del infinito. Epicuro, en su jardín, halló el modo de aspirar a la alegría. Incluso, para descubrir que a los dioses poco les importaban los hombres. Qué cuento de dioses, construyamos aquí y ahora.

 

No sé si era Lucrecio quien proponía que hay que quedarse donde uno sea el dueño de su mundo, de su observatorio, como la casa, desde donde puede ir desenmascarando el afuera, las relaciones de poder, los ascensos y descensos de los imperios, la caída de los zares, de la nobleza, de los banqueros (vampiros de ayer y de hoy) … Nada es eterno y todo cambia. Tal vez desde ese territorio, que si no se sabe entender puede convertirse en cárcel, se descubra, como acontece en El aleph, la manera de apreciar todo el universo.

 

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Emily Dickinson, que escogió un confinamiento voluntario, descubrió desde su casa en Amherst todas las coordenadas del universo. “De la existencia del paraíso / todo lo que sabemos / es la incierta certidumbre”, poetizaba la solitaria dama de aquel pueblo de Nueva Inglaterra. Y desde su casa vio todos los paisajes, los del adentro, los del afuera. Puede ser, como lo atisbó Kafka, que no se requiera salir, sino profundizar el mundo en que se vive. Y ese mundo puede ser, por qué no, la casa, la manzana, el barrio, o, a lo japonés, el atreverse a profundizar en la complejidad de su propia tierra.

 

Tal vez el no estar tan cerca de las alucinaciones del mercado, ante los cantos de sirena del consumo, conduzca a que desde la buhardilla, desde la ventana o el balcón, ante la mirada del confinado se cruce el universo infinito. Estamos, como se ha dicho tantas voces, ante la amenaza de una nueva extinción. El capitalismo ha producido un cataclismo, una destrucción masiva en la tierra, en sus hábitats, en la imposición de órdenes mundiales en los que el hombre, el trabajador, es solo un mecanismo de producción de plusvalías para unos cuantos.

 

“Nos enfrentamos a la sexta extinción y la gente ni siquiera lo sabe. Dicen los científicos que van a desaparecer la mitad de todos los hábitats y animales de la tierra en ocho décadas”, advierte el sociólogo estadounidense Jeremy Rifkin, el mismo que dice que las grandes compañías desaparecerán, ante los nuevos paradigmas que establecerá la tercera revolución industrial, en la que tiene que haber un nuevo acuerdo, una relación diferente entre el hombre y el planeta.

 

Hace años, el humanista e ingeniero antioqueño Jorge Alberto Naranjo, en una charla sobre el valor de lo local, decía, hablando de Immanuel Kant, ese filósofo que desde su Königsberg natal revolucionó el mundo de la razón, que no es necesario salir de la casa para, desde ella, desentrañar el universo. Y, como lo avizoró Leonardo, las cosas primero se sueñan y luego aparecen en la realidad. Entonces, que ese modelo de lo local, la casa, nos sea propicio a todos para transformar el mundo y sus pandemias.

 

(Artículo publicado en Elespectador.com, abril 28 de 2020)

 

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Casa californiana

La señorita quiere escribir un cuento

(La cosecha, de Flannery O’Connor, o un curioso cuento sobre el cuento y sus ingredientes)

 

Flannery O'Connor se moja | Babelia | EL PAÍS

La escritora estadounidense Flannery O’Connor

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La señora que criaba pavos reales y que puede ser una de las más excelsas cuentistas del mundo, la sureña Flannery O’Connor (1925-1964), dejó en su testamento literario, que es su obra, dos novelas y una importante colección de cuentos, que son retratos y pinturas de la maldad, el odio, el racismo, la rabia, la religiosidad y, sobre todo, en casi toda su producción, el tratamiento del mal. La escritora estadounidense, que murió a los 39 años, es autora de relatos maestros como La buena gente del campo, por ejemplo. Hay, entre su riqueza infinita de caracteres, un cuento, La cosecha, que tiene una curiosa particularidad: es un relato sobre cómo escribir un relato. O, en esencia, sobre cómo no escribirlo.

 

En este último relato mencionado, de ambiente campestre, como muchos de los suyos, hay una familia de cuatro miembros, entre los que sobresale la señorita Willerton, que en el mundo doméstico en el que habita con dos hermanas y un hermano, le corresponde la recolección de las migas de la mesa del comedor. Es esta condición o rol familiar una suerte de privilegio, según la misma señorita, porque le da la oportunidad de tener tiempo para la escritura, o, más que todo, para pensar en cómo hacer un relato. Y en este punto hay una situación llamativa que puede servir para las teorías sobre el cuento que, si se quiere, abundan en el mundo.

 

Una de los puntos esenciales que se plantea en las tesis sobre este género, que en la modernidad tiene una deuda con Edgar Allan Poe, es la cuestión del tema. Definir el tema de un relato es de no poca monta. ¿Es esencial el tema? ¿Un cuento requiere un tema extraordinario? ¿O cualquier asunto, por insignificante que parezca, sirve para la elaboración de una historia? Es ya un lugar común lo que Julio Cortázar, desde su conferencia en La Habana, en 1962, sobre Algunos aspectos del cuento, dijo acerca del tema. Según el escritor argentino, más que el tema, lo importante es el tratamiento. Recuerdo al respecto lo que anotaba John Steinbeck, sobre el mismo tópico. El tema, decía, te debe molestar, inquietar, mantenerte en una situación insostenible, que no haya más remedio que zafarse de él mediante la escritura.

 

De un lado, entonces, está el factor tratamiento y, de otro, la variable que indica que debe ser una especie de desgarramiento interior, de fuerza incontenible o necesidad urgente que te obliga a expulsar, a exteriorizar. Son puntos de vista. En todo caso, puede que no haya ningún cuento sin tema. Como sea, la señorita Willerton, o Willie para sus allegados, tras recoger harinas, se sienta a la máquina de escribir y comienza a teclear una historia, tras auscultar diversos temas para escribir un relato. “Eran tantos los temas sobre los que se podía escribir un cuento que a la señorita Willerton nunca se le ocurría ninguno”. Para ella era la parte más difícil, según decía, con una suerte de desconsuelo o de inseguridad.

 

pissarro cosecha del heno | Flores y Palabras: Camille Pissarro ...

Cosecha del heno, obra de Pissarro.

 

La cosecha, en todo caso, es un cuento sui generis, no tanto por la historia que cuenta, sino cómo lo hace. Hay dentro del relato, si se quiere, una iniciación acerca de algunas partes del cuento, de cómo componerlo, pero, a la vez, no hay nada, no hay, desde la perspectiva del personaje clave, Willie, una historia, aunque para el lector, hay dos historias en una. Dos planos (temporales y espaciales), dos atmósferas. Es toda una arquitectura de una historia dentro de otra, en la que, por lo demás, la escritora interior (distinta, claro, al narrador, pero, a su vez, diferente a la autora) va superponiendo otro relato, tras experimentar con la entrada o encabezamiento, con lo que puede suceder dentro del mundo que está creando, con vacilaciones en torno a si el tema que escogió sí es “literario”.

 

En un cuento tan corto como La cosecha, hay una complejidad extraordinaria. Si se quiere, en la planteada teoría (bueno, no digamos tanto, sino apenas lo que puede ser, desde la perspectiva de Willie, una concepción sobre el cuento), es muy importante el inicio, la primera oración. La agonía está en qué tipo de personaje es el escogido (más por su oficio), si un panadero o un aparcero, o qué. Ahí principia el drama de la señorita que quiere escribir un cuento, que tiene en mente una “empresa literaria”, a la que, además de la parte social, tiene que prestarle oído, cómo suenan las palabras. “El oído era tan lector como el ojo”, se dice, así como es relevante el sonido, la “naturaleza tonal” del relato.

 

Y, en efecto, un relato bien construido requiere aparte de un tratamiento adecuado del tema, una tonalidad, una caracterización, un conflicto, la creación de un clima, la alta precisión de las palabras empleadas, el no hacer digresiones innecesarias, el establecer unas relaciones del personaje con sus circunstancias, entre otras piezas estructurales. Y de pronto, en La cosecha, el lector, que ya ha estado en la interioridad doméstica de Lucia, Bertha y Garner, y por supuesto de la mujer que quiere escribir un cuento, se ve, como una suerte de voyerista, en otra dimensión donde está transcurriendo una historia con diálogos bien construidos, con ambientes y con los deseos de otros seres que están dentro de la historia que la señorita Willie quiere narrar.

 

El arte del cuento. Por Flannery O'Connor | Cien libros, una frase

 

Y mientras la señorita va imaginando junto a la máquina de escribir, sobre la cual teclea con rapidez, el mundo se va creando. Aparecen otros seres que están en un territorio, con unos objetivos de familia, casa, cosecha, una vaca, un hijo… Y ese mundo de ficción (hay ficción dentro de la ficción) de pronto se interrumpe por la incursión de nuevo en la realidad de la casa donde habitan Willie, Lucia, Bertha y Garner. Mejor dicho, hay una excepcional maestría de la autora al concebir y desarrollar estos dos universos, que, como se dará cuenta el lector, uno de ellos quedará inconcluso.

 

En este cuento, más que el mal (aunque está sugerido) o la maldad, está como tema la “empresa literaria”, que puede quebrarse, fracasar, estrellarse contra una realidad que está dentro de otra realidad: la de la ficción. Y así, entre huevos de palurda, migas, dolores verdes, una mujer regordeta y un tipo larguirucho y desaliñado, nos enteraremos, tras los sortilegios de las palabras, que “el tema no es nada del otro mundo”. En cambio, La cosecha, sí. Aunque en estricto para Willie no hubo ninguna cosecha. Otra exhibición de talento de la magnífica Flannery O’Connor.

 

 

El Asno de Apuleyo: FLANNERY O´CONNOR; "CUENTOS COMPLETOS".

Aspecto de la portada del libro de cuentos de Flannery O’Connor

El más acá y el más allá de la casa

(Símbolos, pequeñas historias y metáforas que emergen del cálido hogar)

 

La imagen puede contener: interior

La casa y su afectuosa luz. Foto Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Se puede llevar la casa a cuestas, como el caracol, o como los gitanos. El linyera tiene como casa el camino, los andares continuos, el ir siempre, sin regreso. La casa está donde él está. Los que ya alcanzaron el estado de estacionamiento, de estancia, tienen en la casa una particular forma de ser y de estar. Han dejado atrás el nomadismo relativo. Porque puede ser que uno habite una casa por unos meses y luego otra y otra, la mudanza como una condición de inestabilidad; pero lo que permanece, en esencia, son los significados, los símbolos y representaciones que inspira y exhala la casa (sea esta móvil o estática). Más que una evocación del vientre materno, de una patente de sedentarismo, la casa es una manera muy eficaz del arraigo y de la protección.

 

Es un lugar (en todo caso, el concepto de no-lugar no le cabe) para el encuentro consigo mismo y con otros que son parte de su entorno (de su tótem y clan), es la primera patria. O, por qué no, la única. Ahí están los dioses, los más antiguos y los más recientes. Los rituales que evocan los tiempos del fuego y de las lluvias, de la caza y del sembrado, de la transformación de la naturaleza y la cultura. La casa como refugio en cada estación.

 

Pero la casa es más que un hospedaje y más que un cobijo. Toma la personalidad del habitante, que la ordena o desordena, que la limpia o ensucia, que hace en ella todo lo que tiene que ver con el mundo del adentro, con la resolución de necesidades, con el ejercicio de vivir y de invisibilizarse por un tiempo indeterminado (el de descanso, el del encuentro con los suyos) de lo que llamamos el afuera. La puerta, la ventana, la pared, el piso. Y las distribuciones diversas, una alcoba, dos o tres o cuatro, una sala, un vestíbulo, un cuarto o varios para bañarse, orinar, lavarse las manos, los tocadores, la cocina, el patio. Y si, como lo ha diseñado el período moderno de una arquitectura carcelaria y nada cordial, solo se tiene una pequeñez, que, sea como sea, cumple con la simbolización de lo doméstico. El domicilio.

 

Sí, porque la casa, es decir, el concepto que trasciende paredes y techos, está relacionado con las raíces, con lo que se denominan maneras de vivir y estar. La casa es una muralla infranqueable para los que son extraños a ella, que solo entran cuando se les invita (o porque son asaltantes o médicos o artesanos, el visitante casual o aquel que ha recibido autorización). Y así se erige la intimidad, la misma que puede conectarse con el dormir, el recrearse para dar rienda suelta a un gusto, con la hechura de tareas escolares o de otra índole, con el acostarse y levantarse y asearse…

 

La casa tenía una reja pintada con quejas…

 

La casa en todo caso no es una cárcel (así haya una modalidad penal que se denomina casa por cárcel) ni un panóptico ni un acondicionamiento para que el afuera se proyecte en ella, como trasladar la velocidad o lentitud de la ciudad o del campo al hogar, a ese ámbito que evoca fuegos añejos y la presencia de otros, la compañía. En su dominio se reza o se impreca, se calla o se palabrea, se encienden los sentimientos entrañables de estar bajo un techo, de poseer una defensa contra las intemperies y otros estados del tiempo.

 

Y hablando de contactos que en la casa tienen una dimensión especial, aunque se puedan hacer en otras coordenadas, la cópula, el dormir, el tener una cocina en la que pueden confluir viejas historias y olores a abuelas y a despensas de antes, el sentarse a meditar, o a leer, o a escuchar la radio o acostarse frente a una pantalla, suceden allí, en esa delimitación de muros, suelo, entradas, ventanales, y si se tiene la elemental arquitectura, que es simple y quizá por eso bella, el patio es una posibilidad única de tener el cielo en casa.

 

Puede ser de mil metros cuadrados o solo tener un salón con servicios y tales parámetros no afectan la esencia de la casa (y en el concepto cabe el apartamento, que, sin embargo, tiene otras características materiales): en ella se recogen milenarias formas de habitar. La casa con historia. Y que, sin contar de qué esté hecha, lo que se impone es la manera de la acogida, de la conexión con lo entrañable de estar en un lugar que puede ser amable (no siempre), y que es parte de una cultura, de formas de ser y relacionarse.

 

En la casa el hombre se sucede, transcurre, sueña, se enerva, se aquieta, y si bien son reacciones no propias del hogar, es en esa construcción —que va más allá de muebles y del inmueble mismo— donde están atravesadas y movidas por cierta libertad, opuesta a servidumbres y a artificios de sociedad. La casa es posada y tiene un extraño emparentamiento con las solidaridades, con los afectos transparentes, con la certeza de pertenecer a un territorio, a una fraternidad.

 

La pequeña historia personal, las primeras palabras, los desencuentros y las salutaciones son propias de la estación particular llamada casa. Nacimientos y muertes, adioses y bienvenidas, la palabra mamá, la palabra esposa, la hermandad suceden en esa especie de castillo sin almenas, sin foso, pero en el que habitan fantasmas y queridas presencias. Después de todo, la casa se lleva adentro, va con cada uno, es prolongación de los que ya no están.

 

La casa trasciende tamaños  y materiales. Es una metáfora de lo íntimo. Foto Spitaletta

 

Parafraseando al poeta alejandrino la casa va con cada uno, lo acompaña hasta la hora final, lo marca en los caminos, en los viajes, en el encuentro con otras soledades. Es una creadora de nostalgias y de memorias salubres e insalubres, o, como dijera Evaristo Carriego: “¡Caminito de nuestra casa! ¡Vieras con qué cariño te queremos!”.

 

Se lleve a cuestas, se vislumbre como una meta, o se conciba como un punto de partida, la casa, la del gitano, la del linyera, la del trashumante, así como la del hombre estacionario, es la posibilidad del encuentro con uno mismo y con paisajes y espacios que pueden estar más arriba del entejado y de los sabores y olores del desayuno.

 

PD. La emergencia del coronavirus ha vuelto a poner la casa en su lugar.

 

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Casa azul. Pintura de Marc Chagall

 

¡Viva la Universidad!

(Una reflexión sin gas lacrimógeno tras la incursión del Esmad en la Universidad de Antioquia)

 

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Aspecto de la fuente y la biblioteca central de la U. de A.

“Alma Máter de la raza,
invicta en su fecundidad”.
Del Himno de la Universidad de Antioquia

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La universidad, claustro de saberes, congregación de ciencia y humanismo, de espíritu y materia, es un lugar propicio para el debate con altura intelectual y las divergencias civilizadas. La universidad no busca, en sus atributos de suerte de templo del conocimiento, una formación de un solo pensamiento. Ni la generación de una sola visión del mundo. Está hecha para la diversidad, para las distintas maneras de observar, analizar, cuestionar al hombre y sus circunstancias. No tiene carácter conventual, no debe propalar el dogma ni pregonar miradas inmodificables.

 

La universidad, por principio, es buscadora. ¿De qué? ¿De respuestas, de preguntas? Es un ámbito en el que, tras el ejercicio de la enseñanza-aprendizaje, de la experimentación, de la investigación, se crean las condiciones para pensar, es decir, no solo se desarrollan competencias específicas de cada disciplina o nicho del conocimiento, las especificidades, sino que es una estimuladora de la reflexión, de la controversia y de la crítica.

 

Dentro del canon universitario está no solo la formación del espíritu científico, sino el cultivo del diálogo entre saberes. Y ahí está también la presencia del otro (con derechos y deberes), del que busca ser médico, ingeniero, educador, periodista, cineasta, químico, matemático, músico, y el encuentro entre estudiantes, profesores, diversos trabajadores, administradores, lo que, en síntesis, compone la comunidad universitaria.

 

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Ciudad universitaria del Alma Máter

 

Una perogrullada dice que la universidad no está al margen de la sociedad. Ni que en ella no se representen los múltiples sectores de la misma y que, en la universidad, convergen las miserias y las riquezas de los conglomerados sociales, las visiones distintas sobre el Estado, el poder, la ciudad, la política, la vida y la muerte. La universidad no es una construcción (material, cultural, de la inteligencia y la imaginación) hecha para imponer o agitar una sola visión, sino para la amplitud de miradas. Mejor dicho, como es fama, se opone al dogma, a la secta, al unanimismo mental e ideológico, y ensalza la libertad, la promueve y defiende.

 

Es una conquista humana que desde luego ha estado sujeta en la historia a vaivenes, cambios, permanencias, indagaciones e intensas luchas adentro y afuera del campus, de las aulas, de los estamentos que la integran. Lo meridiano es que es un lugar para la libertad (entre esas libertades, las de enseñanza, de cátedra, de expresión y pensamiento, en fin). Y en este punto podríamos ir aterrizando en la universidad pública, y más aún, en este caso, en el Alma Máter Universidad de Antioquia, atravesada no ahora, sino desde siempre, por los conflictos, las divergencias, las contradicciones sociales. Y, como debe ser, ha sido campo de debate y palestra de distintas concepciones e interpretaciones.

 

En ella ha habido (y habrá) resonancias y otros ecos del mundo exterior a su campus. En este confluyen infinidad de posiciones acerca de las clases sociales, los saberes, el orden establecido, las utopías…; y esa complejidad, necesaria y nada fácil de desmadejar, ha tenido manifestaciones civilizadas de discursos filosóficos, políticos, científicos, incluidos los de protesta y los cuestionamientos al poder, como otras que corresponden más a comportamientos del lumpen y de la delincuencia organizada. Tal cual se puede dar afuera del claustro. En la sociedad. En el país.

 

De cualquier modo, la universidad no es una burbuja incontaminada, una torre de marfil ni un albergue para cuarentenas ni para la asepsia. Tampoco para ángeles. Ya se dijo: es un centro del saber y de sus maneras disímiles de obtenerlo. Tampoco es —para decirlo con un lenguaje que en los sesentas, en medio de un país azotado todavía por la Violencia liberal-conservadora— una república independiente. No es una arcadia, tampoco el infierno.

 

La Universidad de Antioquia, su ciudad universitaria, la misma que fue testigo y protagonista del movimiento estudiantil más relevante de la historia de estas expresiones inconformes, el de 1971, ha seguido acogiendo la diversidad de filosofías y políticas. Y en ese despliegue de las libertades también ha sufrido distintas heridas, atentados, crímenes selectivos, represiones estatales, presencia militar, incendios, asesinatos de profesores y estudiantes…

 

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Edificio del Paraninfo de la U. de A.

Una universidad, y, en particular, la de Antioquia, es un símbolo de libertad y pensamiento. Desde los tiempos del Manifiesto de Córdoba, en la Argentina, a principios del siglo XX, se introdujo el concepto de la autonomía universitaria, los modos propios y democráticos de gobierno interno de estos establecimientos o, como se planteó en los setentas, el cogobierno. La Constitución Política de Colombia, en su Artículo 69, establece la autonomía universitaria, según la cual estas instituciones podrán elegir sus directivas, regirse por sus propios estatutos, según la ley, que también establecerá un régimen especial.

 

Es la universidad misma la que, a través de su organización interna, de sus mecanismos de convivencia, la que debe dar soluciones a asuntos no solo académicos, que es su esencia, sino de otra índole, como las de abrir posibilidades de que, en su interior, no sean las extremas (derecha o izquierda) las que, como una minoría explosiva, atente contra la estabilidad y armonía de los estamentos universitarios. Por supuesto, la U. no tiene funciones policivas ni represivas. Debe expandir, tanto entre profesores, empleados, trabajadores, estudiantes, el debate y la confrontación civilizada de ideas y posiciones frente a sus problemas, a su misión y objetivos.

 

Como es también una verdad de Perogrullo, en la U. confluye una diversidad de posiciones, de miradas del mundo, y los mismos problemas de la sociedad hacen parte de las dinámicas internas universitarias. En cualquier caso, no es militarizando las universidades, ni abriéndoles las puertas al Esmad o policía antidisturbios, como se solucionan las contradicciones internas. Esto, como se ha visto, complica más las situaciones tensas. Las incursiones policíacas afectan, como también la experiencia lo ha indicado, a los estudiantes y profesores (también al resto de la comunidad universitaria) que ejercen, según las circunstancias y también el ambiente exterior, o sea, lo que pasa en el país, el derecho a las libertades de expresión, pensamiento y protesta.

 

La universidad no es un lugar para taparse el rostro

 

Y en este otro punto, hay que reseñar que la capucha no debe ser parte del atuendo de estudiantes o profesores, o, en general, del ciudadano. No es un lugar la universidad para taparse el rostro, cuando, por su condición, por sus principios, por su carácter y clima, la universidad es un sitio para poder hablar de frente, sin disfraces, como estila y convoca la filosofía universitaria. La capucha es más un indumento de inquisiciones, de antiguos asaltantes de bancos o para tapar la carencia de argumentos de la inteligencia, de las palabras, de la dialéctica.

 

Sí, aunque la universidad sea un campo para la diversidad, no es para ejercicios lumpescos o de bandidaje. Al contrario, en esa fuente nutricia, que es la U, deben primar la alegría del saber, la capacidad argumentativa, la búsqueda de salidas civilizadas y pacíficas a los distintos problemas que trascienden lo académico, lo administrativo. La U, como sería una de sus bases teóricas, debe participar en los debates exteriores, de la sociedad, dar luces a tanta oscuridad que se cierne sobre un país como Colombia. Es la universidad como faro.

 

Así que, cuando una autoridad civil, un alcalde, un gobernador, en fin, tiene como visión principal ante la universidad, la de interferir por la fuerza el derecho a la protesta de los universitarios, con la bota policial, las bombas lacrimógenas, las incursiones a los predios del campus, está dando pasos hacia un proceso de fascistización. Todavía hay motivos —aunque cada vez menos, debido a la barbarie nacional— para seguir creyendo en la fuerza de los razonamientos, en la discusión inteligente. Cuando tanto afuera como adentro del claustro se den las posibilidades de la discusión sin miedo, sin cortapisas, sin que haya amenazas, las minorías encapuchadas, los de las papas-bombas y demás, quedarán no solo aisladas, sino vencidas ante el arrollador huracán de las ideas y los argumentos. La utopía puede ser posible. Y está viva.

 

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Mural del maestro Pedro Nel Gómez en la biblioteca central de la U. de A.

 

Periodismo de gallinas y pavos reales

(Algunas consideraciones sobre cómo se ha envilecido un bello y viejo oficio)

 

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Una antigua rotativa, un símbolo del periodismo

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

El vergonzoso episodio de insultadas en directo de dos periodistas, uno oficial y la otra (igualmente también oficial) de la radio y de una revista, ha sido motivo reciente de cruzadas moralizantes entre los comunicadores y de debates en torno a si el periodista está al servicio de la denominada “verdad” y, sobre todo, de los humillados y ofendidos, o es solo un apéndice de los poderes y del establecimiento.

 

El periodismo moderno, que nació en medio de batallas ideológicas en torno a la razón, los derechos ciudadanos y la cultura, que en algún momento fue catalogado como el “cuarto poder”, sobre todo cuando el rol de la prensa era el de fiscalizar no solo los otros tres poderes (los que Montesquieu formalizó en El espíritu de las leyes), sino los excesos de potentados y otros opulentos, ha degenerado en graznidos de ave de mal agüero. O peor aún: en una ramplona vitrina para los que, en obligación de denunciar, de darle voz a los que no la tienen debido a diversas mordazas, se metamorfosean en “estrellitas”. Deberían calificar para Hollywood.

 

El periodismo, un oficio ilustrado, una disciplina que debe tener como norte el conocimiento de la realidad, se ha envilecido, en particular en estas geografías donde hace años cabalgan las imposturas y los lambones. Con un lenguaje cada vez más empobrecido y raquítico, el periodismo de estos lares se ha ido deteriorando hasta mutarse en una pretensión de farándula y un maquillador. En general, en los medios (con una que otra excepción) abunda el servilismo frente a lo oficial y la lambisconería a magnates y otros monigotes con dinero.

 

Agréguele, amable lector, que casi todos los periódicos, cadenas radiales, noticiarios televisivos son de grupos económicos. Así que no se puede esperar nada distinto a que sean propaladores de lo que les interesa a esos propietarios. Los medios, en ese aspecto, es más lo que ocultan que lo que revelan.

 

Siguiendo con el periodismo, o, de otra forma, con los periodistas, se han visto casos lamentables de postración. Ya no es el periodista que indaga, confronta, pregunta, se formula hipótesis, sino el calanchín, el que, ante todo, quiere quedar bien con las fuentes y más si estas son representativas del poder. Habría que agregar a estos ingredientes, que no faltan fuentes, más que todo las oficiales, que, mediante los anuncios o avisos, imponen una suerte de extorsión a los reporteros y, más que a estos, a los informativos donde laboran. Da grima, por decir lo menos, que un periodista a su vez sea un vendedor de pauta publicitaria. Se crea una relación de dependencia con el anunciante.

 

El periodismo, cuyo ejercicio llegó a ser una forma de la rebeldía, de la contestación, se volvió puro afeite. Y en ese escenario de espectáculo, de tablado de feria y moda, algunos periodistas (sin hablar de presentadores o presentadoras que no requieren haber cursado la carrera de comunicación social) se creen protagonistas del proceso comunicativo. Se yerguen como parte de una constelación. Más que las noticias, que la información veraz, les interesa la pose, la vitrina. Puro relumbrón.

 

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El periodismo, nacido para incomodar al poder, para suscitar controversias y alimentar la opinión pública, para mostrar las inequidades y los alcances desmañados de la corrupción, se volvió relacionista de los señoritos de la política y la economía. Un cúmulo de incensario. Y así, en un traslape de lo que significaba el periodismo como un cuestionador (creador de preguntas) y como un revelador con respuestas argumentadas, sustentadas, se transmutó en turiferario. Una vergüenza.

 

El incidente entre dos comunicadores, uno de ellos de la Presidencia de la República, que pareció más bien una pelea de comadres en la que solo faltó que se jalaran de las greñas y se revolcaran en su propio lodo (por no decir excrementos), es un síntoma infeliz de lo que está acaeciendo en los medios, casi todos, como se ha dicho, al servicio de potentados y de la canallada. El periodismo como un eslabón más de una cadena de opresiones y desafueros. Un periodismo que perdió su esencia y el rumbo de la seriedad y el rigor, y se emparentó con la propaganda.

 

Como disciplina humanística que fue (y que, como se sabe, hay todavía buenos ejemplos de periodistas cultos y rigurosos, quizá los últimos dinosaurios), el periodismo estaba para llamar la atención sobre los peligros que han asediado al hombre, pero, en particular, al hombre más desprotegido, a los miserables y olvidados de la historia. Era un fundamento de la sociedad, enraizado en lo mejor de los tiempos de la ilustración y la búsqueda permanente del conocimiento, con fines loables como los de informar con toda la riqueza de enfoques y fuentes posibles.

 

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Un periodista ilustrado

 

El periodismo, en cuyo deber ser estuvo —en lo ideal, sigue estando— el revelar a los otros, o, al menos, a una buena porción de la sociedad, lo que alguien no quiere que se difunda, se volvió pusilánime. El periodismo era, y debe ser, un auscultador de lo mejor y peor de un sistema o de un conglomerado. Un diseccionador crítico de lo social, que, como se sabe, a diferencia de los hombres, las sociedades primero se pudren y después se mueren, según un pensador decimonónico.

 

Al caso coyuntural que origina esta nota, esta reflexión rápida, le han hecho ya en las redes sociales, también en columnas de prensa, en las comidillas y corrillos de calle y café, las biopsias y las autopsias. A la señora de la voz chillona le han dicho que es una verdulera y, con este calificativo, han ofendido a las verduleras, damas por lo demás, muy atentas y necesarias. También le han endilgado el apelativo de “meretriz mediática”, de buscadora de “mermelada” y farandulera. Al “tipejo”, “badulaque” y “mechudo”, contrincante de la doña, consejero para las comunicaciones de la Presidencia, ya, como a su rival de ring, se le conocía de autos todo su bagaje de lambetadas y adulaciones frente al poder.

 

El caso es que el vulgar affaire de dos comunicadores (Dávila vs Nassar) ha sido como una especie de “florero de Llorente”, que ha disparado los análisis sobre los alcances del ejercicio periodístico, hoy, en Colombia y, qué vaina, lo que se sintomatiza y somatiza ahí es el envilecimiento de un oficio al que, con exageración incluida, el escritor, filósofo y buen periodista Albert Camus denominó “el más bello del mundo”.

 

Nota: excusas a los pavos reales y gallinas por meterlos en este pantanero.

 

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El periodismo como un modo de la denuncia

La niebla del adiós

(Un tango de Cadícamo y Cobián sobre barcos muertos y amores perdidos)

 

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Pintura de Quinquela Martín, frente al riachuelo de La Boca

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En la década de los treinta, con secuelas de la Gran Depresión del capitalismo, cuando en la que fuera una ciudad cautivadora y, para decirlo con un término que entonces no existía, primermundista, Buenos Aires se llenó de miserias y otras desventuras para los trabajadores. El tango (también la literatura, como la de Roberto Arlt, por ejemplo) las narrará. Y tendrá poetas dolidos, con antenas predispuestas para las conmociones humanas, como Enrique Santos Discépolo. La Reina del Plata, sufrió en aquellos años la mishiadura (o la indigencia).

 

El riachuelo, una corriente que, comparada con el gran río, el Río de la Plata (que es un “mar con cinco lunas de anchura”), es apenas un chiste, una caricatura; pero entonces no era una cloaca, como lo va a ser después. Era, en ese sur orillero, donde llegaron genoveses y crearon La Boca, una presencia simbólica que le daba identidad a la barriada de cantinas y un equipo de fútbol que llegaría a ser el más popular de la Argentina, el Boca Juniors.

 

Igual, por aquellos años, cuando ya un poeta, un letrista de comprobada calidad, como Enrique Cadícamo, a quien Gardel le grabó veintitrés de sus temas, va a decir que el riachuelo no es una corriente para navegar sino para fondear. Y en 1937, Nieblas del Riachuelo, con música de Juan Carlos Cobián, se erige en un tango metafórico y bello, que se hizo para un filme, La fuga, de Luis Saslavsky y Miguel Mileo, con las actuaciones de Tita Merello (que estrenará ese tango icónico), Francisco Petrone, Amelia Bence y Santiago Arrieta. En el cine Monumental se estrenó la película el 27 de septiembre de 1937.

 

Ese tango, muy versionado, tiene una primera grabación de parte de la orquesta de Osvaldo Fresedo con la voz de Roberto Ray. Después vendrán muchas más, como las de Edmundo Rivero, Horacio Molina, Susana Rinaldi, Adriana Varela y tal vez la más sentida de todas, la de Roberto Goyeneche con la Orquesta Típica Porteña a cargo de Raúl Garello. Nieblas del Riachuelo (se conoce más en singular Niebla del Riachuelo), más que un poema de barrio, de lugar, o de descripciones locales, es todo un fresco acerca de la soledad, la espera y los retornos frustrados. Un tango sobre los adioses.

 

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Roberto Goyeneche

 

Enrique Cadícamo (1900-1999), con una enorme cantidad de letras, además de varios libros de poemas, era una suerte de adelantado que dejará en más de trescientos títulos (entre los que hay un centenar de tangos) una rúbrica singular. Como lo dijo Jorge Götling en su libro Tango, melancólico testigo, “todos los autores de tango se parecen a Cadícamo y él no se parece a ninguno”. Y en Niebla del Riachuelo dejará una constancia de su talento para caracterizar situaciones límite de la condición humana.

 

“Turbio fondeadero donde van a recalar / barcos que en el muelle para siempre han de quedar. / Sombras que se alargan en la noche del dolor… / Náufragos del mundo que han perdido el corazón”. En estos primeros versos se advierte una coloración oscura, un pigmento caliginoso, como una pintura de la melancolía. Se establece un clima de tragedia y de pérdida.

 

El riachuelo, el mismo que la contaminación matará, que se volverá un basurero, una corriente muerta, le sirve a Cadícamo para establecer un ambiente en el que se pinta (muy distinto, claro, a las marinas de Benito Quinquela Martín, gran pintor de La Boca) una larga tristeza y una metáfora de los desdichados, de los que fracasan, de los que la vida y otras circunstancias los han derrotado: “Puentes y cordajes donde el viento viene a aullar / Barcos carboneros que jamás han de zarpar… / Torvo cementerio de las naves que al morir, / Sueñan, sin embargo, que hacia el mar han de partir…”.

 

Y al momento de entonarse el estribillo aparece un narrador en primera persona, que va diciendo en un tono de confidencia y casi de secreta intimidad lo que significan las esperas y los alejamientos: “Niebla del Riachuelo / Amarrado al recuerdo / Yo sigo esperando. / Niebla del Riachuelo / De ese amor, para siempre / Me vas alejando”. Y remata con una certera (y dolorosa) situación de ausencia, un desprendimiento, una despedida sin remedio y sin anestesia:

Nunca más volvió.
Nunca más la vi.
Nunca más su voz nombró mi nombre junto a mí…
Esa misma voz que dijo: Adiós.

 

En la segunda parte, el tango canta a una especie de vejez, de marchitamiento, de ineludible soledad y decadencia. Se advierte el tono de la nostalgia y de lo irrecuperable. Y más que a una lluvia real, concreta, se refiere a una especie de lluvia metafísica, que da la impresión de llanto interior y de una soledad sin límites. Es como si, desde aquel tiempo, el autor hubiera previsto que aquella cinta de agua, que entonces la basura y otros desechos no habían arruinado, tendría un futuro de abandonos y destrucción.

 

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Enrique Cadícamo

 

Niebla del Riachuelo, que también ha sido cantada en bolero (Noro Morales, Rafa Galindo, Panchito Riset, Omara Portuondo, Lita Nelson, Chucho Avellanet, Óscar de León, entre otros) y hasta con aires flamencos, es un tango de una belleza entristecida, que muestra el desaliento y la imposibilidad de continuar de pie tras un largo camino de luchas, a veces inútiles. Tiene la belleza de la luz de los impresionistas y del mar del cual los viejos marinos se tienen que despedir para siempre, a pesar de sus deseos de seguir navegando.

 

El riachuelo de Cadícamo no es para ir en botes, para navegarlo, para mirar desde sus aguas turbias las orillas del barrio. Se vale el autor de lenguaje marino, de artefactos propios de las naves y de la navegación, de la figura de un viejo bergantín, para dar cuenta del final de un camino, de un viaje. No habrá otra partida, no hay anclas para levar. No habrá una nueva aventura ni otras peripecias.

Anclas que ya nunca, nunca más han de levar,
Bordas de lanchones sin amarras que soltar…
Triste caravana sin destino ni ilusión,
Como un barco preso en la botella del figón.

 

El riachuelo, visto por Cadícamo, es un cementerio donde se acaban los deseos, se terminan los sueños y ya no hay manera del retorno. Es como una navegación dolorosa, definitiva, por el río de los adioses.

 

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El riachuelo visto por el pintor Benito Quinquela Martín

¿Qué es Colombia?

Panorámica de un país de exclusiones y de violencias a granel

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

¿Qué es Colombia? En realidad, no es un acto de fe, como se proclama del “ser colombiano” en Ulrica, un cuento de Borges. No es un sueño de Bolívar, al que su aspiración de un país de fraternidades se la distorsionaron y erigieron en una gran republiqueta, con príncipes feudales, con clérigos a favor de los terratenientes, con una educación confesional… Colombia son muchas aristas, tantos ángulos, tantos puntos de vista. En esencia, es un país desigual (uno de los más inequitativos del mundo, según el Coeficiente de Gini), en cuya historia de perplejidades siempre ha estado presente, como un mecanismo perverso de resolución de conflictos, la violencia.

 

Como en La Vorágine, una bella y dolorosa novela social, de denuncia, cuya entrada es inolvidable, como también lo es el resto de la obra, en Colombia, digo, uno se puede jugar el corazón al azar y se lo gana la violencia, como le sucedió a Arturo Cova. ¿Qué es este país extraño, en el que hubo un Concordato centenario, cuyas emanaciones todavía se prolongan, y que no ha podido convertirse nunca en un Estado laico? Somos una enorme extensión de tierras que pertenecen a unos pocos y que el proyecto paramilitar, cuyos albores se establecen en los ochenta del siglo pasado, volvió una contrarreforma agraria. Los mejores lotes han sido para la ganadería, cultivos de palma africana, para el ejercicio del poder despótico sobre las mayorías despojadas. Y para crear fosas comunes, para forjar un poder espurio basado en el terror. Un país que jamás ha tenido una reforma agraria, que carece de soberanía alimentaria y, peor aún, de otras soberanías. Un coto de caza de Washington. Una neocolonia. Eso es Colombia.

 

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“Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia”.

 

Sometidos por magnates, por intermediarios del capital extranjero, por un régimen oligárquico, que se ha mantenido como un club de exclusividades de unas cuantas familias, los colombianos, es decir, aquella ficción llamada el pueblo, ha estado sometida al látigo del vasallaje de unos pocos. Ha sido, y la historia así lo comprueba, un país de asesinos, en el que el crimen, el borrar al otro, al opositor, ha estado a la orden del día. Magnicidios a granel, por citar solo algunos, como el de Gaitán y como el de Uribe Uribe, que, tras la guerra de espanto de los Mil Días, arrió las banderas del liberalismo. Esta doctrina se conservatizó desde hace años y ha sido parte esencial del dominio de una minoría sobre los hombros de los desterrados y olvidados de la fortuna.

 

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Imagen del 9 de abril de 1948, el Bogotazo.

 

¿Qué es Colombia? Un país de exclusiones. Y de una prolongada violencia. En los mediados del siglo XX, la barbarie liberal-conservadora asoló los campos y convirtió a las nacientes ciudades en un hacinamiento de los sobrevivientes. Y el Frente Nacional, una alianza de las élites en el poder, se cuidó de tener en cuenta a otras expresiones políticas. Nada de terceros partidos, de oposiciones de verdad, de disensos. Nada. Y la violencia continuó. Los sesentas, con el surgimiento de guerrillas, con bombardeos a las autodefensas campesinas, apoyado el fuego celestial por los Estados Unidos, siguió sembrando de llamas, una extensión del infierno, los campos en el cual, pese al poeta, ya el verde no era de todos los colores.

 

Los trescientos mil muertos de la denominada Violencia (cuyo número fue de horror entre 1950 y 1953), se prolongaron con nuevas etapas de masacres, de terror en montes y urbes. Y a todo aquel desangre hubo que sumarle el ocasionado por las mafias del narcotráfico que, a partir de los setentas, se establecieron con todo su tropel de sicarios, de narcoterrorismo, de poder al que, como se sabe, también cedieron los banqueros, los potentados, porque, ante todo, las ganancias eran pingües para unos y otros.

 

Un país doloroso. Foto de Natalia Botero

 

¿Qué es Colombia? No es, como lo dijera, con algo de demagogia, o quizá a modo de cumplido, el gran poeta Rubén Darío, una “tierra de leones”. Más bien ha sido, al tiempo que a las mayorías se les mantiene en la ignorancia y se les domestica, una tierra de desalmados. No solo de bandoleros, de aquellos que ante tantas miserias y degradaciones, tuvieron que erigirse como vengadores, sino de unos pocos privilegiados que han mantenido bajo su férula, y en la oscuridad, a trabajadores, desempleados, jornaleros…

 

El bandidaje mayor ha sido el de los oligarcas y sus representantes políticos. Una especie de ley, medio estrambótica si se quiere, ha sido que cada presidente que se elige es peor que el anterior. La historia da fe, con creces, del aserto. El de ahora, un mamarracho, un pelele, una sirviente del imperialismo estadounidense, una ficha deplorable del uribismo (y, en general, de la élite corrupta que domina a placer la nación), ha tenido en su contra la resistencia civil de trabajadores, estudiantes, clases medias, artistas, en un paro nacional que estalló el 21 de noviembre último y que continúa con marchas y cánticos.

 

La represión, además de la aprobación de reformas antipopulares, ha sido el expediente principal de Iván Duque contra la gente, contra los explotados y oprimidos. Estos, aunque aún falta mucho para ejercer una oposición masiva, han ido construyendo unos modos de desobediencia. El gobierno, sin embargo, hace el sordo y responde con el Esmad (que asesinó al estudiante Dilan Cruz) y mantiene una actitud indiferente ante la oleada de asesinatos de líderes sociales.

 

¿Qué es Colombia? Es una distopía, una aberración, un solar de señores feudales y de los intereses de organismos como el FMI, el Banco Mundial, la Ocde… Una heredad de sátrapas y criminales, de desvergonzados hampones empotrados en el Estado y el gobierno. No somos ningún acto de fe los colombianos. Un país trágico, ¡ah!, y si no fuera por tantas miserias y atentados contra la dignidad humana, seríamos también una comedia lamentable.

 

Nota: Artículo para la edición especial de La Pluma (lapluma.net), portales lapluma.net y Tlaxcala, diciembre 31 de 2019

 

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Colombia, uno de los países con mayor desplazamiento forzado del mundo.

Todos somos Whitman

A los 200 años del nacimiento del autor de Hojas de hierba

 

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El viaje que emprendo es eterno (¡que todos me oigan!)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cantar a todos los hombres, cantarse él mismo, cantarle al origen y al final, al paso del peregrino por los mapas. Decir que somos tierra. ¿Quién engendró ese poeta cuya voz sin desafines continúa diciéndonos que “el viaje que emprendo es eterno (¡Que todos me oigan!)”? ¿Quién le dijo a ese poeta de una isla pisciforme que nos enseñara que somos apenas una molécula de un cosmos infinito en el cual, sin embargo, la degradación de un ser puede degradar a todos?

 

¿De dónde brotó ese hombre que es uno y todos los hombres al mismo tiempo? Walt Whitman, a doscientos años de su alumbramiento, del inicio de su viaje luminoso por el destino de la democracia y sus azarosos vericuetos, nos sigue interrogando acerca de la palabra originaria, la misma que, como lo diría Filón de Alejandría, crea las cosas. Y, además, acerca de nuestra pertenencia a un género, a un destino, a lo que vendrá. Whitman, el de las polifonías, el que tiene la voz del marino y la del caminante, más que un poeta es un profeta.

 

Whitman, un hito en la historia de las literaturas, es una consecuencia de la modernidad (¿o una causa?), de la elevación del sujeto a instancias supremas. Un poeta que, como no sé quién lo advirtió, nos liberó de la moral. Un trovador de sí mismo que al descubrir la esencia humana se convirtió en todos los hombres en simultánea.  “Yo me celebro y yo me canto, / y todo cuanto es mío también es tuyo, / porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca”.

 

Ese poeta que “ejecutó con felicidad el experimento más audaz y más vasto que la historia de la literatura registra”, como lo dijo Borges, es un hombre que se multiplica en todos. Un observador de la sociedad y de la naturaleza, de la cultura, que creó narrándose a sí mismo, cantándole a su cuerpo y a los de los otros, a su espíritu y al del resto, una manera distinta (¿única?) de ser poeta. “Su mensaje trata de enseñar al hombre el arte de vivir”, dijo Enrique López Castellón en el ensayo Walt Whitman, el poeta y su obra.

 

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Una mujer me espera, contiene todo y no falta nada…

 

Whitman, “bien criado y parido por una madre excelsa”, el que conoció búfalos y expresó dolores ante la muerte de su querido Lincoln; el que bebió de Emerson y supo de estrellas y lluvias y nevadas, le cantó al hombre y la mujer (“No podemos hallar explicación para el amor del cuerpo de un hombre, o el del cuerpo de una mujer”). Y fue todas las voces, todos los paisajes, todas las vidas y las muertes.

 

Harold Bloom, el mismo que ha dicho que Whitman es su “propia musa”, señaló que los dos principales poetas estadounidenses, el que nos convoca en esta nota y Emily Dickinson, “llegaron a ser universales centrándose en sí mismos”. En efecto, el autor de Hojas de hierba descubre su “yo mismo”, lo reelabora, lo subvierte, lo eleva a dimensiones desconocidas y lo pone a circular entre el resto de la humanidad. Entonces aparecen el peón y el obrero, el soldado y el vaquero, el leñador y la prostituta… Todos son él y son los otros. “Soy el poeta de los cantos adánicos” en los cuales él se ofrece “sumergido en el sexo de mi ser y mis himnos”.

 

Con estrépitos de músicas vengo,
con cornetas y tambores.

 

Tantas cosas se han dicho de Whitman. Y otras más se seguirán diciendo. Siempre será nueva su voz vieja. Su barba y su sombrero continuarán haciendo parte del mundo exterior, de la apariencia, de un poeta cósmico (¿cuántas veces se habrá dicho esta calificación?) que nos ofrece viajes por Manhattan o por el Misisipi y por la interioridad humana. Es el poeta de la libertad y de la belleza entendida como armonía entre la naturaleza y la cultura.

 

“Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman, / he dejado de ver tu barba llena de mariposas, / ni tus hombros de pana gastados por la luna, / ni tus muslos de Apolo virginal…”, le canta García Lorca en su Oda a Walt Whitman. Después de su muerte (Nueva Jersey 1892), el poeta duerme a orillas del Hudson y de todos los ríos del mundo. Su “yo mismo” nos pertenece a todos.

 

Whitman, cantor de la paz y de la guerra, del cuerpo y del alma, sigue siendo parte de los nacimientos y de los anuncios. “Anuncio el advenimiento de personas elementales / Anuncio a la justicia triunfante / Anuncio intransigentes libertades e igualdades…”. El poeta del ayer y del mañana nos sigue interrogando. Todos somos Whitman. Nos besa a todos con sus palabras de viejo sabio que se volvió multitud.

 

(Publicado en El Espectador, columna Sombrero de mago, 4-06-2019)

 

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Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes mas
grandes de la Historia. Whitman. Ilustración de Matthew Allen