Poeta de barro y sangre

“Sangre que no se desborda,

juventud que no se atreve,

ni es sangre, ni es juventud,

ni relucen, ni florecen.”

Miguel Hernández

Por Reinaldo Spitaletta

Hay poetas a los que el poder teme. Y entonces o los destierra o los mata o intenta borrarlos de la memoria. Acaso sea fácil exiliar a un poeta. Quizá son seres frágiles, hechos de palabras y sensaciones, de sonoridades y exorcismos. Pueden provocar un espasmo social, un tremor en la tierra, una súbita descarga como esta: “Acércate a mi clamor / pueblo de mi misma leche”. Pueden hacer pensar en la vida y en la muerte, en la libertad y la sangre. Como aquel que se llamaba barro “aunque Miguel me llame”.

El poder, como sucedió con aquel poeta “perito en lunas” y pastor de cabras, aspira, en su vileza y malevolencia, a enterrar para siempre (aunque sepa que se trata de una maldad inútil) la voz del poeta que, como en el caso de Miguel Hernández, puso a volar como un barrilete eterno los significados de la libertad.

Miguel Hernández, que murió en prisión a los 31 años, el 28 de marzo de 1942, siguió con los ojos abiertos después de muerto. Ni los amortajadores lograron cerrárselos. Quienes lo encarcelaron creyeron que deshecho el cuerpo terminaba el pensamiento, se extinguía la voz, se acababa el riesgo de contagio que puede tener la poesía. Esa que convoca a la libertad y la desobediencia. La que llama a luchar por la dignidad y advierte que las guerras son tristes “si no es amor la empresa”: “Tristes armas / si no son las palabras”.

Sobre el poeta, nacido hace ciento diez años en Orihuela, el poder que hundió la república española en el silencio y la mortandad, quiso abolir al hombre que, como dijo un periodista español, había lanzado las palabras más lejos que su vida. Sí, el creador de Vientos del pueblo, el de la dolorosa Elegía, la que le dedicó a su amigo Ramón Sijé, “con quien tanto quería”, se sobrepuso a los olvidos impuestos, a las mordazas del sistema, a las prohibiciones franquistas, y de pronto, en los setenta, gracias a las voces de Serrat, Víctor Jara, Paco Ibáñez y otros juglares, retornó con las heridas del amor y de la guerra el poeta de las sangres y los trenes lluviosos.

Vale mucho poner en boga palabras como libertad o aquello tan tremendo de “me persigue la sangre, ávida fiera, / desde que fui fundado”, o la mano de Rosario, la dinamitera. Y así volvió de la “muerte enamorada” el poeta con sus cantares, nanas, casidas, que dejó atrás la “fábrica del llanto”, la muerte, que es otra cárcel. Y la tierra lo acogió con guitarras y así retoñó el árbol talado. El poeta resucitado por el pueblo.

Aunque sea solo por una conmemoración, por un asunto de defunción o natalicio, o por una canción de otros que lo han puesto en los circuitos de la moda o de las notas necrológicas, ahí sigue, en la atmósfera, en la tierra y la huerta, en el barro (¿y por qué no en el barrio?), el alma del poeta aquel que gritó alguna vez “¡Ay España de mi vida / ay España de mi muerte”. Trasciende, claro, la celebración. El aniversario. Y expande su vigencia entre los que enarbolan las banderas de la lucha como una expresión de resistencia.

Cuando a un poeta lo canta la gente ha alcanzado —incluso si pierde su nombre y en barro se transforma— la gloria de ir de boca en boca. El poeta de la sangre, el que dijo que “si me muero, que me muera / con la cabeza muy alta”, sigue viviendo. Vuelve a vivir cuando el estudiante lo recita, cuando la muchacha lee aquello de “pasó el amor, la luna, entre nosotros / y devoró los cuerpos solitarios…”, cuando alguien se estremece con las vibraciones de “para la libertad sangro, lucho, pervivo…”.

A Miguel Hernández, hijo de la luz y de la sombra, autor de Epitafio desmesurado a un poeta, le alcanzaron sus treintaiún años para escribir no solo poemas de intensa magnificencia, sino artículos, reportajes (está considerado como un pionero del llamado “nuevo periodismo”), dramas, romanceros y volantes en pro de las gestas de los desheredados. Siempre llevaba un lápiz y una libreta.

Su padre le pegaba cada que lo sorprendía leyendo en las noches, porque consideraba que los libros solo servían para perder el tiempo. Solo quería que fuera un pastor. Pero, qué va, el muchacho leyó y leyó, y escribió, por así decirlo, con su sangre (“Escribe con sangre y aprenderás que la sangre es espíritu”, decía Zaratustra). Y la sangre del poeta palpita. Y resplandece.

“Mañana no seré yo: / otro será el verdadero”. Los ojos de Miguel Hernández no pudieron cerrarlos sus amortajadores ni el poder, que aspiraba a silenciarlo para siempre. Siguen abiertos, como su poesía. El poeta vive y lo cantan los olvidados y oprimidos. “Barro es mi profesión y mi destino / Que mancha con su lengua cuanto lame”.

Medellín, 31 de octubre de 2020

PERITO EN LUNAS * POEMAS DE ADOLESCENCIA * OTROS POEMAS de Hernández.  Miguel | Librería Torreón de Rueda
Alzad, moved las manos en un gran oleaje,
hombres de mi simiente…

Ese doloroso amor por una divisa de fútbol

(El llamado Rey de Corazones sigue “homicidando” a sus hinchas)

“Te odio y te quiero…
porque a vos te debo
mis horas amargas,
mis horas de miel.”

(De un tango de Reinaldo Yiso y Enrique Alessio)

Por Reinaldo Spitaletta

El lazo umbilical con el fútbol emerge en la infancia. Así como la generación de la sociabilidad, el contacto con los otros. Y el fenómeno del gusto por la práctica universal de ese deporte que seduce a millones, bebe, o, de otra manera, mama, como si hubiera una teta materna, en los días felices de la niñez. Partamos de una elementalidad: una pelota (de cualquier material) es un objeto seductor, porque no se cae. Está hecha para que con certidumbre sea manejada, utilizada, manipulada sin temores a quebrarse, sin posibilidades a que a un chico le digan: “¡cuidado!”, “¡eso no se toca!”. El encanto le viene de forma, de uso, de nacimiento: un balón es la posibilidad de jugar con uno mismo y con otros.

Establecidas estas hipótesis, digamos que el gusto por un equipo también surge de esa edad sin tiempo en el que sin saberse cómo hay enamoramientos. Y de pronto, como me sucedió a mí, el sonido de un nombre, la voz de un locutor deportivo, el canto de un gol, la pronunciación de una especie de palabra-mantra, se fue quedando en uno, sin explicación, internalizándose. Gol del Deportivo Independiente Medellín, declaraba con elegancia don Jaime Tobón de la Roche, y así, porque mamá solo sintonizaba los partidos de ese equipo, sin ser ella hincha, ni siquiera una aficionada al fútbol, los ponía y a mí cada domingo (“los domingos me levanto de apoliyar mal dormido”, cantaba Gardel para ir al hipódromo) se me transfería, como un microbio, aquel equipo. Era, lo supe después, 1962, el mismo año en que el mismo señor de la radio narró los partidos de Colombia en el Mundial de Chile.

Y así, sin darme cuenta, me fue gustando el nombre, los goles de domingo, la sonoridad de apellidos: Pécora, Ávila, Ramacciotti, Perfecto Rodríguez… y así, hasta cuando ya, más grandecito, tal vez de diez años, convoqué muchachos del barrio El Carmelo, en Bello, para ir a pie (a veces en bus) los domingos hasta el estadio Atanasio Girardot para ver al Deportivo Independiente Medellín. Jugaban de primera, estéticos, de una versatilidad que desde la tribuna popular (oriental) se veía, bajo el sol de la tarde, con una gracia suprema. Y seguimos yendo. Ya con los de otro barrio (íbamos, cual gitanos, de barrio en barrio), porque nuestra curiosa simpatía se iba tornando en amor, y había que estar en el estadio para ver la divisa rojiazul.

En esos días, cuando los partidos siempre eran en la tarde dominical, había un jugador de maravilla, que, al ver cómo pateaba, cómo driblaba, cómo se corría por la punta derecha dejando atrás un reguero de rivales y cómo pateaba con efecto, nos enamoró a todos los pelados que ya coreábamos su nombre, o, más bien, su apellido: Corbatta. Todos queríamos ser como ese puntero infernal que cobraba con maestría penaltis, tiros libres, tiros de esquina y ponía a girar la pelota sobre su eje a una velocidad que casi hacía ver la esférica como aquellas monedas de diversión que uno hacía voltear, por una cara un hombre, por la otra una mujer, y se besaban en la veloz rotación. ¡Corbatta, Corbatta!, el rey del chanfle. Recuerdo sus chutes de magia, el balón se montaba al travesaño, lo recorría y volvía al campo. Era el mismo señor que en los entrenamientos (eran públicos) pateaba cien veces para darle al paral derecho, o al izquierdo, como si fuera un tirador, un experto disparador. No fallaba. Prodigio. Quién no iba a ser hincha de un equipo como aquel, que jugaba para hacernos sentir en lo que podría ser el paraíso del fútbol (también hay un infierno futbolero).

No se me olvida aquel partido contra Millonarios, pudo ser en 1964, cuando el DIM (mantra misterioso, sonoridad, mágica palabra) venció al muy encopetado albiazul. Le clavó seis goles. Y tres los marcó el paisano John Jaramillo, que vivía, creo, en el barrio Obrero, en Bello. Uno de ellos, un golazo de taquito. Fue nuestro gran bautismo rojo y azul, sangre y cielo. Era estar en la gloria. Y ya nunca más pudimos zafarnos de esa hipnosis, de ese canto de sirenas, de esa atracción fatal que es querer a un equipo de fútbol. Esos días eran más cercanos a la apoteosis que a la desazón.

Y así nuestro afecto se volvió amor de amantes shakespeareanos. El DIM era nuestra Julieta. Era, quizá, la cara sonrosada de mamá con un radio prendido en una emisora que solo sabía decir Deportivo Independiente Medellín. Un equipo de domingo, día de sol, de lumbre, de agitar el corazón y hacerlo vibrar como una cuerda de guitarra. Era música. Era alegría. Hasta cuando comenzó la decadencia. Y se esfumó su nombre por un año. Y volvió. Había una suerte de calvario porque si bien estuvo muy cerca de la gloria estelar en los sesentas, cada vez se fue alejando más de la estrella polar, de la estrella de los marineros y los alucinados.

Independiente Medellín jugará de local con estadio lleno | Goal.com
La alegría sin par de la hinchada roja

Pasaron años. Y el equipazo aquel que nos despertó todos los amores por dos colores, por una camiseta, por unas insignias, por símbolos de ciudad, de obrería, de gentes diversas que iban desde el carga-mercados, el bultiador, el carretillero, el trabajador de fábrica, el cacharrero, en fin, el pueblo-pueblo, el del sudor y el rebusque, el del vago lúcido, el del poeta de todas las horas, se iba desmoronando. A los más viejos les hizo esperar cuarenta y cinco años para alcanzar la codiciada estrella (1957-2002).

Y de pronto, se tornó un hazmerreír, un rey de burlas, un escampadero de negociantes burdos, una recocha desdibujada (porque las recochas de barrio son un sentimiento hermoso y una alegría permanente). Y se destiñeron el cielo y la sangre. Habitábamos el infierno tan temido. Y, más que todo, debido a las administraciones desvergonzadas, a los mercaderes sin criterio.

Hubo, claro, momentos cumbre, como aquel 27 de junio de 2004, cuando se ganó el campeonato más importante en los más de cien años de historia de esta muy querida institución.

Ah, y se ha dicho que los dirigentes, los jugadores, los entrenadores pasan y la institución queda, permanece su historia, su representatividad popular. Pero todo parece indicar que ya se ha tocado fondo y subfondo. Que el irrespeto de los que compraron al DIM, equipo del pueblo, el equipo de filósofos ascetas y sufridores profesionales, es de una vulgaridad ilimitada.

Un equipo que representa una ciudad, una región, una cultura, unos modos de ser y de vivir, merece mejor destino. No es posible que se burlen los negociantes chabacanos y que desconocen la idiosincrasia, la memoria, la historia, para que hagan de una institución como la más antigua del fútbol colombiano un caldo de estiércol.

El decano del fútbol colombiano merece una mejor suerte. Y no recibir un tratamiento como si fuera el “hijo de la peor vieja”. Se ha dicho que lo que se aprende en la cuna se olvida en la sepultura. Es como una especie de agresión sin par, traidora, un intento criminaloide de cortarle a uno ese invisible cordón umbilical de las ensoñaciones y las caídas, del júbilo de los triunfos (no tan numerosos) y las tristezas (sí muy abundantes), lo que han hecho ciertos directivos-dueños de un equipo que, como lo decía el cronista Malevo, siempre nos pone en trance de “homicidarnos”.

Si fuera posible, uno mismo, en una especie de negación de la infancia, de aquella edad de la formación del carácter y del cultivo infinito de la imaginación, se cortaría de tajo ese cordón astral. Pero es imposible. No hay manera de renunciar a la historia personal, a esa afección sin remedio que es ser hincha de un equipo de fútbol, así sea tan perverso como es hoy el Deportivo Independiente Medellín.

Un hincha no abdica. ¿O sí? Y como eso lo saben los pervertidos empresarios, se burlan de tal condición de nobleza (o de bobada). ¿Cómo dejar de sufrir ante la adversidad aupada por unos desalmados que convirtieron un equipo de fútbol en una forma del desprecio por los aficionados? Que se vayan ellos. No hay vacuna contra esa enfermedad endémica que es ser seguidor del DIM.

La pandemia empelotó la ciudad

(Los muros invisibles, los abismos de la inequidad y otros dolores de la urbe)

Los nuevos guetos urbanos, arquitectura carcelaria. Foto Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Una ciudad es más, mucho más, que sus edificaciones, sus calles y callejones, sus arterias y sus conjuntos residenciales que, en los últimos tiempos, son una muestra más de la privatización de las espacialidades públicas y de la gestación y dominación urbana del gueto. Tiene que ver con su hábitat, su creación de cultura, sus maneras de relación de los unos con los otros, los de los barrios pobres con los barrios ricos y los lazos invisibles de la comunicación que trasciende la sociabilidad aparente —más bien falsa—  del centro comercial o de la abundancia de aquello que es una suerte de deshumanización al negar la concurrencia de palabras, un abrazo, saludos, un intercambio de miradas, que son aquellos espacios (no-lugares) de mercadeo de las “grandes superficies”.

 

Una ciudad, creo, se reconoce sí lo es, por ejemplo, en momentos extremos, de agudización de las relaciones sociales, de reducción de la movilidad, de aplicación de medidas extraordinarias, como es una pandemia. Ahí, en medio de esas condiciones particulares, se puede medir la efectividad o no de los planes de ordenamiento territorial, de la amplitud o estrechez de los espacios públicos, de si existen con generosidad o, al contrario, con avaricia, parques, museos, jardines botánicos, bosques de expansión, lugares de encuentro colectivo…

 

La ciudad de la pandemia se torna más carcelaria y menos amistosa, cuando amplios sectores urbanos, barrios marginales, zonas excluidas y que son parte del empobrecimiento progresivo al que se someten vastas comunidades de despojados, solo se pueden dedicar a labores precarias de sobrevivencia. Y, quizá por eso, sus moradores son sordos a las instrucciones oficiales, a las medidas higiénicas y de cuidado personal, porque, además de carecer tantas veces de conocimientos suficientes sobre la vida y el mundo, están en la penosa condición del sobreviviente, del que solo puede pasar el día a día, sin futuro, sin planeación de lo que vendrá.

 

El acá y el allá. Foto Spitaletta

 

En estas coyunturas de alta tensión, como las que se viven en torno a la presencia del coronavirus, se advierten con más agudeza —he ahí su paradoja—, las carencias y, a la vez, las lesiones que se han perpetrado, tal vez de modo inveterado y permanente, a los derechos al agua potable, a la electricidad, a tener en la cocina al menos las alacenas con suficiente bastimento. Y, por ampliación de los desafueros contra enormes cantidades de desahuciados y olvidados de la fortuna, se notan con más claridad las heridas abiertas de las inequidades. ¿Cuál es el espacio público de una barriada tugurizada? ¿Dónde se pueden alivianar las maneras del encerramiento forzado si ni siquiera hay amplios senderos, jardines, algún parquecito hecho con la dignidad que merece el ciudadano?

 

La ciudad pandémica es radiografía. Es cámara fotográfica. Se torna en telescopio por el cual se pueden apreciar las espacialidades que configuran lo que se puede denominar el derecho a la calle, el derecho a tener una casa con servicios suficientes, un afuera con antejardines, con adecuaciones ambientales, con posibilidades para la sociabilización, la amistad, el caminar seguro y libre de aprensiones. En tiempos de emergencia, como los que transcurren con la presencia de la covid-19, las grietas de la ciudad, de sus autoridades, de sus dirigentes, de los que la han planeado, son más concretas e ineludibles. Son más escabrosos y hondos sus abismos.

 

Son ocasiones para ver cómo han despilfarrado los fondos públicos y maltratado a la mayoría de ciudadanos, a los que se les niegan las posibilidades de tener una existencia con bienestar, con facilidades de sentirse en espacios amables. Las ciudades hay que pensarlas para que la dignidad sea permanente, que sea una variable que atraviese todas las áreas materiales y espirituales. En ciudades, como Medellín, para no abrir del todo el abanico, se pueden ver, ¡oh, extrañeza!, los muros invisibles, las brechas abiertas por las desigualdades que avergüenzan la geografía urbana.

 

En los barrios llamados populares el castigo pandémico es mayor, porque, además de haber desaparecido ya la cultura popular (que se ha vaciado de los contenidos de solidaridad, alegría, afectos colectivos…), las características y modos de ser de los que las habitan, no hay un afuera atrayente, ni cómodo, ni con posibilidades para el ejercicio de las relaciones sociales con altura y respeto. Solo hay las expresiones extremas de la sobrevivencia, sin otras rutas que tengan conexión con el goce, con el placer que dan las búsquedas del conocimiento y de la convivencia.

 

Economía del rebusque. Foto Spitaletta

En una larga tradición de despojos, de maltratos y exclusiones, la ciudad que intenta no enfermarse muestra lo que ha sembrado, sus agresiones a los que están al margen. Y así, como se aprecia en vastos sectores que parecen pertenecer a mundos distópicos, la lumpenización ha hecho mella en las comunidades. Así que no es de extrañar que en la confinación obligatoria no haya ni siquiera un mínimo de cumplimiento. Porque en ese interior también forzado, no hay ninguna comodidad, no existe un ambiente mínimo para el ejercicio de la vida sin estrecheces y sin tantas amarguras.

 

Entonces, ese afuera rudo, esas atmósferas en las que ni siquiera hay acceso a determinadas estéticas que al menos sean un paliativo para la crisis, un exterior de informalidades, parte de un paisaje triste y desesperanzador, es la única promesa. No hay nada. Cuál autoridad oficial ni qué tres cuartos. Son comunidades que se rigen por otros parámetros, y ahí, en concordancia con los sistemas inequitativos, son otros los mandamientos y otras las maneras del orden. O del desorden. Sí, como bien lo dicen los mismos moradores: “por aquí es otra ley”.

 

¿Cuál derecho a la ciudad? Sí en tiempos normales, es decir, sin pestes universales, en estos breñales que simulan ser una ciudad, en este vallecito de lágrimas y de vez en cuando de alguna festividad seudopopular, la pandemia ha mostrado con creces las desventuras de tantos que, si antes carecían de ingresos suficientes, ahora es el hambre la que acosa, la que castiga con su látigo inmisericorde, y así, cuál tapabocas, cuál distanciamiento social ni qué nada. ¿Dónde están los planes para que la gente sufra menos? ¿Dónde la intervención estatal con criterio no asistencialista sino de proporcionar los elementos para que lo que se llama progreso sí sea una realidad y no una falacia?

 

Ciudad resquebrajada. Foto Spitaletta

 

Los que deciden y mandan deben pensar más que en el cemento y el asfalto en las necesidades de los que hasta hoy son como una excrecencia social. Ya los discursos oficiales, cansinos, vacíos, demagógicos, han quedado en evidencia por su esencia de negación a los caídos, a los tugurizados, a los que seguro han sufrido desplazamientos y otras vicisitudes de honda inhumanidad. Discursos hueros. Parte, lo diría un pensador de estas comarcas, de la vanidad. Sí, la vanidad del poder.

 

La ciudad de la pandemia, como decir Medellín, ha mostrado las dificultades de los más pobres, de los que están lejos de las alfombras y los ambientes palaciegos. Lejos de los clubes y de los que, en minoría exigua, definen el destino de millones. Así que no es solo la flaqueza en la salubridad de extensos sectores de la población, de las barriadas altas, desdibujadas por la miseria, las que, como un señalamiento de las inequidades sociales, ha mostrado la situación límite de una pandemia. Los denominados planes de desarrollo han quedado en evidencia por su decrepitud, por su cortedad en la visión, su deplorable ceguera frente a los problemas enormes de la ciudad, de aquellos, sobre todo, a los que se les ha negado desde tiempos inmemoriales los mínimos derechos a una vida sana y con disfrutes humanos.

 

La ciudad que fue y dejó de ser. Desapareció la industria. Foto Spitaletta

Qué derecho a la ciudad pueden tener los que ni siquiera han tenido derechos a la salud, a la educación, a los goces de la cultura. Y así lo ha mostrado, con crudeza, la pandemia en ciudades de oropel como Medellín, postizas, cuyos gobernantes, maquillados ellos, han eludido el fondo del problema y se han dedicado menos a resolver los desbarajustes sociales que a cultivar su imagen, como si más bien fueran gerentes de una empresa de barniz y pintarrajeo.

 

En efecto, el hábitat de lo humano, de las posibilidades de una vida menos dramática y carenciada, se ha degradado. Y a ese panorama desolador han contribuido, desde luego, las administraciones mediocres y sin sentido de ciudad, de los significados de lo público y de la dignidad. Los guetos, melancólicos de por sí, tan extendidos por estas geografías miserables, niegan al hombre y lo ponen en una escala animal de solo luchar por la sobrevivencia, sin ocio, sin los horizontes polícromos de la cultura y el auténtico desarrollo de las inteligencias y la imaginación.

 

La pandemia empelotó la ciudad y dejó ver, como los trajes mal confeccionados, las costuras inexistentes de lo que los funcionarios llaman, a veces con pompa, el tejido social. No hay tejido, solo una hilaza como de trapero viejo.

 

(Escrito en Medellín, ciudad de eternos desequilibrios sociales, 5-07-2020)

 

Ciudad como espejismo, ciudad de duras realidades. Foto Spitaletta

El otro y el yo en la virtualidad

(De cómo la pandemia nos invisibiliza en la ciudad y nos convierte en imagen de pantalla)

 

Mundo de espejos, mundo de pantallas. Foto Spitaletta

 

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Y llegó el mundo de las pantallas, ese previsto en Fahrenheit 451, el que los profetas de la distopía nos anunciaban como el de la desaparición física del otro y del cual solo prevalecerá la imagen o su reflejo. Se dejó venir el recurrente universo de la virtualidad, dada por receptores, aparatos de transmisión, computadores, teléfonos móviles. Quién que fue niño no recuerda aquellos días de juegos callejeros en que, con dos empaques de desodorante sólido o en barra, o con dos tarros de leche condensada, ya sin leche, se fabricaban teléfonos, con los que se podía “conversar” por lo menos a cincuenta metros de distancia, con hilos de elevar cometa.

 

Una clase, esa cuando uno veía los ojos de los alumnos, sus actitudes, sus sueños y vivacidades, sus modos de eludir lo que se les decía para ponerse a conversar en voz baja con un compañero, es hoy un distanciamiento. En la pantalla se ven seis recuadros, unos con iniciales, los otros con las caras lejanas de los que, se presume, te están escuchando-viendo. No es igual. No podés detectar un gesto, las ganas de la pregunta, las caras a veces somnolientas, la risa contenida, los pestañeos. Ni los bostezos. Es otro mundo. Voces maquinales. Transmisión remota.

 

Puede que nos acostumbremos, pero no deja de ser un ensayo de ir borrando al otro, en el aspecto de no detectar su olor, su inquietud, la presencia real que arrastra tantas cualidades, defectos y otras características. Allá, en otros lados, muy lejos de la pantalla que te dice que hay presencias, el otro, que se supone que escucha, puede ir a la cocina y traer un café, o levantarse al sanitario, tomar un libro de la biblioteca doméstica. Son otros los comportamientos.

 

La pandemia nos incorporó a las visualizaciones que ni siquiera se pueden calcular en metros. A muchos kilómetros está el que te habla, o te escucha, o te quiere preguntar, el que desea intervenir en la sesión para contradecir o afirmar. Tal vez las clases, charlas, conferencias, exposiciones, sigan siendo para siempre a distancia. Y así pudieran ser, por ejemplo, los recorridos urbanos, el tour experimental o de simple turismo, las entradas a los museos, a los estadios, al concierto. Todo a través de pantallas. Todo desde lejos.

 

Festones y confetis virtuales

 

No alcanzo a imaginar aún cómo será comprar tiquetes para un partido de fútbol y no poder sentarse en las tribunas ni sentir al otro cerca, escucharle los pálpitos, las palabrotas, las emociones, las turbulencias. Ahora estarás en casa, en la sala, el cuarto, acomodado con tu bandera y la camiseta de tu equipo, los confetis y los festones también virtuales. Tal vez pronto se inventarán las posibilidades de proyectar las graderías, los otros que están en su domicilio, y el espectáculo se conjugará en una ficción, en la irrealidad. El grito, el abrazo, o la conmoción por la derrota, podrán estar todas en el mundo de adentro, en la interioridad del apartamento, de la casa.

 

Por estos días de confinamiento, de encierro como una manera de preservación ante el coronavirus, hemos tomado cara de pantalla. Hemos hablado de historia de las pandemias, de las peores pestes sobre la tierra, de obras literarias que han contado y puesto al hombre frente a enfermedades, de los nuevos usos de la ciudad, de los significados de la casa, de autores como Cortázar y Mann y Kafka, y de historias de Medellín que oscilan entre las arquitecturas de ladrillo a la vista hasta los derrumbamientos de la memoria cultural. Y todo por ese vehículo que a veces da la impresión de estarle hablando a fantasmas y de ser uno —el otro también— una especie de duende o sombra siniestra.

 

Cuesta acostumbrarse a la no-presencia, o a aquello que se vuelve intangible, intocable, nada contemplable. El otro, ya sea el que escucha, el que habla, está en otra dimensión. La pantalla es la mediadora, claro, con los micrófonos, los audífonos, los parlantes… Es apenas un sonido, una voz en otras coordenadas, un rumor, ruidos de interferencias, caídas de señal. Y todo forma un conjunto dispar, a veces caótico, sin puntos cardinales, sin centro. Puede ser que, después de toda esta apocalíptica situación, los caminantes de la ciudad sean solo proyecciones. Así que, me parece, no haya sido nada traído de los cabellos la autoficción que envié a una revista virtual sobre un viaje astral por las calles de Medellín.

 

LA VIRTUALIDAD: REALIDAD VS VIRTUALIDAD

Vos aquí y el otro allá. Una separación y una unión. Ninguna de las dos, eso que se llamaría el aquí y el allá cuando hablábamos del mundo físico, geográfico, real (aunque todo pudo ser un sueño), da la posibilidad de sentir la temperatura del uno o del otro. Qué importa qué camisa tiene, puede ser solo una franela de cargazón, y si no está calzado, o si está en ropa interior, que el encuadre de la pantalla no permite mostrar. Qué importa. Así que los muy esnobistas, los que gustaban de lucimientos con la última colección, los nuevos tejidos, los colores del bolso, los tenis de marca, se puede todo eso ir al carajo. La virtualidad no requiere de tales perendengues ni disfraces.

 

Decía que las clases a punta de pantallas pierden temperatura, calidez. Puede que lleguemos a transmutarnos en robots, nos maquinicemos, e incluso puede advenir el día en que ya no habrá clases. Ni alumnos ni profesores. A lo mejor, los del futuro nacerán programados. Listos para la producción, para cumplir con la maquinización. Habrá enormes centros de control, de supervisión, de vigilancia para que las piezas, las partes de esa máquina sin fin, no se oxiden, no se contaminen, no sean vulneradas por microbios u otras creaciones que ya serán parte de un remoto pasado.

 

Quizá esta pandemia haya posibilitado, en medio de desesperaciones y confinamientos, el cultivo de la imaginación. Puede que en un futuro cercano no se requieran las piernas y el caminar pase a ser una actividad arqueológica, un desafuero, algo inusual y arcaico. Preparémonos para quedarnos en un solo punto. Para viajar a través de las pantallas. O, si estamos de buenas, para introducirnos en el espejo, como una forma de la rebelión frente a un mundo sin paisajes, como cualquier fantástica Alicia. No sé si el que está por llegar sea de verdad un país de maravillas.

10-04-2020

 

Visita virtualmente el museo dedicado a Van Gogh - Nova 91.7FM

Van Gogh en la virtualidad

La ciudad de los leprosos

(Mirada a la ciudad de la pandemia y a sus diferencias sociales)

El Estilo Europeo De La Casa De La Ciudad, Pintura Dibujada A Mano ...

Por Reinaldo Spitaletta

 

¿Cuál es la mirada del desposeído sobre la ciudad, el centro comercial, los lugares de abasto? ¿Y cómo observa el rico las vitrinas, las exhibiciones de lujo, los sitios exclusivos? Aquella dimensión de lo urbano, la organización, la planeación, que conduce a la formación de una ciudad, se ha visto afectada por la pandemia. Y si antes de ella la ciudad ya estaba privatizada en la práctica, ahora, con el confinamiento, cuando el uso de lo público se ha trasladado a las reservas íntimas de lo doméstico, el derecho de ciudadano al tránsito, a la contemplación, se ha diluido.

 

¿Cuál es la mirada del mendigo, del habitante de calle, sobre las aceras, las cuadras, los polígonos? La ciudad, en términos de un lugar, de una posibilidad de encuentros y transacciones, del reconocimiento de los otros, es una abstracción. Qué de la ciudad es mío. Qué me pertenece del parque, de sus fuentes, de su viento en la arboleda. Tal vez nada. Porque, se supone, la expresión de lo público, de lo que es de todos, y donde todos somos sujetos de derecho, se ha deteriorado. Cada vez, la propiedad privada ha reducido el derecho a la ciudad.

 

El viejo barrio, con sus vecinos parlanchines, con sus señoras de tienda y chisme a la carta, con sus muchachos futboleando en la calle, es una estampa arqueológica. La ciudadela, la unidad cerrada, esa que se opuso a la peste de las inseguridades y segregó al resto, es una especie de privatización de una parte esencial de la ciudad, como son los lugares residenciales. Se volvieron un no-lugar. Un extrañamiento. Así el gueto se modificó. Afuera del conjunto, de la reserva, de la parcelación, están los leprosos.

 

En esa célula con mallas y porterías, con cámaras y otras vigilancias, el mundo es aséptico. No hay nombres. No hay vecino. Solo números de apartamentos, de pisos, de ascensores. Y de parqueaderos. Tal conjunción de anomias y alejamientos de lo humano, la pandemia los ha acentuado. La cuarentena también discrimina. No es lo mismo, como se ha dicho, estar en la confortabilidad de una casona que en las restricciones de un tugurio. Pasa que las diferencias, las inequidades, todo lo prestablecido, lo anterior a la propagación del virus, estaban ya en el afuera, en la ciudad, en los campos.

 

Nunca antes, ni en tiempos de ferias, había visto pasar por mi calle tantas carretillas, bien dispuestas, con un orden que no solo atrae las miradas por sus colores, sino por la primorosidad con que se distribuyen plátanos, mangos, mandarinas, papayas, cebollas, tomates… Es la estética de la informalidad en una ciudad plena de seres marginados, de hombres y mujeres y niños despojados de tantas cosas. Una ciudad con abundancia de miserables que se han vuelto, pese a los encerramientos, muy visibles en estas jornadas de vaivenes y desconciertos.

 

CIUDAD Pintura por Marta Primiani | Artmajeur

La ciudad de la pandemia, con sus calles desérticas, con algunas otras muy nutridas de gentes que tienen que volcarse a ellas porque no hay otras formas de la sobrevivencia, es, a escala, similar a la de los días “normales”, cuando se topan el rebusque cotidiano con las remesas de los banqueros. La pandemia ha visibilizado a los malvivientes, a los necesitados, pero, al mismo tiempo, a los oportunistas de gran calado que aspiran al sacrificio de los otros para que sus arcas no se enflaquezcan.

 

¿Y qué tal los arrojados a la calle (sí, claro, puede ser a la calle como metáfora, o la calle despojada de cualquier poetización) porque sus empleadores han prescindido, con diversos pretextos y disculpas, de sus servicios? ¿Cuál es la ciudad que se revela en la pandemia? ¿la de los más pobres y desamparados? ¿La del gran burgués y el diseñador de los destinos de los famélicos?

 

Ni el coronavirus y su universal trasiego ni las medidas oficiales para contenerlo, pueden ocultar las pesadillas y miserias de los que en la ciudad tienen un nicho-osario, una limitada presencia, una reducción de sus derechos. Claro. No estamos en un país de Jauja, en un país ideal, sino en uno de muchas desproporciones e inequidades. No es, al contrario de lo que vio el “poeta de la ciudad”, un “país rico, limpio y reluciente como una buena conciencia”, sino uno en el que los desalmados gozan con las desventuras de los que no han sido tocados por ninguna gracia.

 

Tal vez la ciudad solo sea el resultado de un proyecto de mercantilización, de un escenario pensado para la obtención de ganancias, para la consecución de resultados. Ojalá la pandemia pudiera cambiar las relaciones inequitativas de la ciudad y contribuir a su transformación, esa que algún antiguo optimista vislumbró: “que erradique la pobreza y la desigualdad social y que cure las heridas de la desastrosa degradación medioambiental”. Así sea.

 

Nota. (Este artículo se publicó en Elespectador.com 5-5-2020)

 

La imagen puede contener: cielo y exterior

Casa del elegante barrio Prado de Medellín. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

La revolución de lo local

La búsqueda de lo universal a través de pequeñas parcelas, de una calle, de una esquina barrial… de la casa.

 

Inmanuel «Ivánovich» Kant pierde un aeropuerto – Hyperbole

Kant en Könisberg

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

En estos tiempos de virus y pandemias, de cambios climáticos, al parecer irreversibles, y del dominio (¿tambaleante?) del capitalismo salvaje en el mundo, vuelve a aparecer en el escenario de las reflexiones el valor de lo local. El confinamiento universal, la conjugación de actividades antes impensables en un mismo lugar, como la casa, muestran un panorama que no deja de ser atractivo. ¿Acaso el mundo se reduzca a lo más elemental?

 

La vuelta a la casa, el regreso a lo simbólico de ella, el útero, la madre, la patria que no son escudos ni himnos y mucho menos lo que de esta última proclamen los politicastros, es un modo de visualizar la importancia infinita de lo local. Y aquí es pertinente recordar un aforismo de Kafka, el 109: “No es necesario que salgas de la casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, sólo espera. Ni siquiera esperes, quédate en absoluto silencio y soledad. El mundo se te ofrecerá para que lo desenmascares, no puede evitarlo; arrobado, se retorcerá ante ti”.

 

La célula de lo universal está en lo local. La puedes hallar en la casa, en ese fragmento-segmento doméstico, en esa nada si se compara con la globalidad (que es un concepto de la economía). Tal vez lo más universal ahora pueda ser tu cuadra, tu esquina, el patio, la sala, el pedacito de cielo que se cuela por la ventana atardecida… Habitar el interior, la pequeña parcela de lo casero, puede ser una conexión con el mundo de afuera, ese que “se retorcerá ante ti”.

 

¿Quiénes, en la historia, le han sacado partido a lo local? Muchos. Y ahí están filósofos y escritores y poetas y científicos. Sabían, quizá, que los lugares, la casa, por ejemplo, eran una parcela del universo, tal vez una maqueta del infinito. Epicuro, en su jardín, halló el modo de aspirar a la alegría. Incluso, para descubrir que a los dioses poco les importaban los hombres. Qué cuento de dioses, construyamos aquí y ahora.

 

No sé si era Lucrecio quien proponía que hay que quedarse donde uno sea el dueño de su mundo, de su observatorio, como la casa, desde donde puede ir desenmascarando el afuera, las relaciones de poder, los ascensos y descensos de los imperios, la caída de los zares, de la nobleza, de los banqueros (vampiros de ayer y de hoy) … Nada es eterno y todo cambia. Tal vez desde ese territorio, que si no se sabe entender puede convertirse en cárcel, se descubra, como acontece en El aleph, la manera de apreciar todo el universo.

 

emily dickinson - obra escogida - Comprar en todocoleccion - 194870751

Emily Dickinson, que escogió un confinamiento voluntario, descubrió desde su casa en Amherst todas las coordenadas del universo. “De la existencia del paraíso / todo lo que sabemos / es la incierta certidumbre”, poetizaba la solitaria dama de aquel pueblo de Nueva Inglaterra. Y desde su casa vio todos los paisajes, los del adentro, los del afuera. Puede ser, como lo atisbó Kafka, que no se requiera salir, sino profundizar el mundo en que se vive. Y ese mundo puede ser, por qué no, la casa, la manzana, el barrio, o, a lo japonés, el atreverse a profundizar en la complejidad de su propia tierra.

 

Tal vez el no estar tan cerca de las alucinaciones del mercado, ante los cantos de sirena del consumo, conduzca a que desde la buhardilla, desde la ventana o el balcón, ante la mirada del confinado se cruce el universo infinito. Estamos, como se ha dicho tantas voces, ante la amenaza de una nueva extinción. El capitalismo ha producido un cataclismo, una destrucción masiva en la tierra, en sus hábitats, en la imposición de órdenes mundiales en los que el hombre, el trabajador, es solo un mecanismo de producción de plusvalías para unos cuantos.

 

“Nos enfrentamos a la sexta extinción y la gente ni siquiera lo sabe. Dicen los científicos que van a desaparecer la mitad de todos los hábitats y animales de la tierra en ocho décadas”, advierte el sociólogo estadounidense Jeremy Rifkin, el mismo que dice que las grandes compañías desaparecerán, ante los nuevos paradigmas que establecerá la tercera revolución industrial, en la que tiene que haber un nuevo acuerdo, una relación diferente entre el hombre y el planeta.

 

Hace años, el humanista e ingeniero antioqueño Jorge Alberto Naranjo, en una charla sobre el valor de lo local, decía, hablando de Immanuel Kant, ese filósofo que desde su Königsberg natal revolucionó el mundo de la razón, que no es necesario salir de la casa para, desde ella, desentrañar el universo. Y, como lo avizoró Leonardo, las cosas primero se sueñan y luego aparecen en la realidad. Entonces, que ese modelo de lo local, la casa, nos sea propicio a todos para transformar el mundo y sus pandemias.

 

(Artículo publicado en Elespectador.com, abril 28 de 2020)

 

Apa Arquitectura - Casa Estilo Italiano Aggiornado - Portal de ...

Casa californiana

La señorita quiere escribir un cuento

(La cosecha, de Flannery O’Connor, o un curioso cuento sobre el cuento y sus ingredientes)

 

Flannery O'Connor se moja | Babelia | EL PAÍS

La escritora estadounidense Flannery O’Connor

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La señora que criaba pavos reales y que puede ser una de las más excelsas cuentistas del mundo, la sureña Flannery O’Connor (1925-1964), dejó en su testamento literario, que es su obra, dos novelas y una importante colección de cuentos, que son retratos y pinturas de la maldad, el odio, el racismo, la rabia, la religiosidad y, sobre todo, en casi toda su producción, el tratamiento del mal. La escritora estadounidense, que murió a los 39 años, es autora de relatos maestros como La buena gente del campo, por ejemplo. Hay, entre su riqueza infinita de caracteres, un cuento, La cosecha, que tiene una curiosa particularidad: es un relato sobre cómo escribir un relato. O, en esencia, sobre cómo no escribirlo.

 

En este último relato mencionado, de ambiente campestre, como muchos de los suyos, hay una familia de cuatro miembros, entre los que sobresale la señorita Willerton, que en el mundo doméstico en el que habita con dos hermanas y un hermano, le corresponde la recolección de las migas de la mesa del comedor. Es esta condición o rol familiar una suerte de privilegio, según la misma señorita, porque le da la oportunidad de tener tiempo para la escritura, o, más que todo, para pensar en cómo hacer un relato. Y en este punto hay una situación llamativa que puede servir para las teorías sobre el cuento que, si se quiere, abundan en el mundo.

 

Una de los puntos esenciales que se plantea en las tesis sobre este género, que en la modernidad tiene una deuda con Edgar Allan Poe, es la cuestión del tema. Definir el tema de un relato es de no poca monta. ¿Es esencial el tema? ¿Un cuento requiere un tema extraordinario? ¿O cualquier asunto, por insignificante que parezca, sirve para la elaboración de una historia? Es ya un lugar común lo que Julio Cortázar, desde su conferencia en La Habana, en 1962, sobre Algunos aspectos del cuento, dijo acerca del tema. Según el escritor argentino, más que el tema, lo importante es el tratamiento. Recuerdo al respecto lo que anotaba John Steinbeck, sobre el mismo tópico. El tema, decía, te debe molestar, inquietar, mantenerte en una situación insostenible, que no haya más remedio que zafarse de él mediante la escritura.

 

De un lado, entonces, está el factor tratamiento y, de otro, la variable que indica que debe ser una especie de desgarramiento interior, de fuerza incontenible o necesidad urgente que te obliga a expulsar, a exteriorizar. Son puntos de vista. En todo caso, puede que no haya ningún cuento sin tema. Como sea, la señorita Willerton, o Willie para sus allegados, tras recoger harinas, se sienta a la máquina de escribir y comienza a teclear una historia, tras auscultar diversos temas para escribir un relato. “Eran tantos los temas sobre los que se podía escribir un cuento que a la señorita Willerton nunca se le ocurría ninguno”. Para ella era la parte más difícil, según decía, con una suerte de desconsuelo o de inseguridad.

 

pissarro cosecha del heno | Flores y Palabras: Camille Pissarro ...

Cosecha del heno, obra de Pissarro.

 

La cosecha, en todo caso, es un cuento sui generis, no tanto por la historia que cuenta, sino cómo lo hace. Hay dentro del relato, si se quiere, una iniciación acerca de algunas partes del cuento, de cómo componerlo, pero, a la vez, no hay nada, no hay, desde la perspectiva del personaje clave, Willie, una historia, aunque para el lector, hay dos historias en una. Dos planos (temporales y espaciales), dos atmósferas. Es toda una arquitectura de una historia dentro de otra, en la que, por lo demás, la escritora interior (distinta, claro, al narrador, pero, a su vez, diferente a la autora) va superponiendo otro relato, tras experimentar con la entrada o encabezamiento, con lo que puede suceder dentro del mundo que está creando, con vacilaciones en torno a si el tema que escogió sí es “literario”.

 

En un cuento tan corto como La cosecha, hay una complejidad extraordinaria. Si se quiere, en la planteada teoría (bueno, no digamos tanto, sino apenas lo que puede ser, desde la perspectiva de Willie, una concepción sobre el cuento), es muy importante el inicio, la primera oración. La agonía está en qué tipo de personaje es el escogido (más por su oficio), si un panadero o un aparcero, o qué. Ahí principia el drama de la señorita que quiere escribir un cuento, que tiene en mente una “empresa literaria”, a la que, además de la parte social, tiene que prestarle oído, cómo suenan las palabras. “El oído era tan lector como el ojo”, se dice, así como es relevante el sonido, la “naturaleza tonal” del relato.

 

Y, en efecto, un relato bien construido requiere aparte de un tratamiento adecuado del tema, una tonalidad, una caracterización, un conflicto, la creación de un clima, la alta precisión de las palabras empleadas, el no hacer digresiones innecesarias, el establecer unas relaciones del personaje con sus circunstancias, entre otras piezas estructurales. Y de pronto, en La cosecha, el lector, que ya ha estado en la interioridad doméstica de Lucia, Bertha y Garner, y por supuesto de la mujer que quiere escribir un cuento, se ve, como una suerte de voyerista, en otra dimensión donde está transcurriendo una historia con diálogos bien construidos, con ambientes y con los deseos de otros seres que están dentro de la historia que la señorita Willie quiere narrar.

 

El arte del cuento. Por Flannery O'Connor | Cien libros, una frase

 

Y mientras la señorita va imaginando junto a la máquina de escribir, sobre la cual teclea con rapidez, el mundo se va creando. Aparecen otros seres que están en un territorio, con unos objetivos de familia, casa, cosecha, una vaca, un hijo… Y ese mundo de ficción (hay ficción dentro de la ficción) de pronto se interrumpe por la incursión de nuevo en la realidad de la casa donde habitan Willie, Lucia, Bertha y Garner. Mejor dicho, hay una excepcional maestría de la autora al concebir y desarrollar estos dos universos, que, como se dará cuenta el lector, uno de ellos quedará inconcluso.

 

En este cuento, más que el mal (aunque está sugerido) o la maldad, está como tema la “empresa literaria”, que puede quebrarse, fracasar, estrellarse contra una realidad que está dentro de otra realidad: la de la ficción. Y así, entre huevos de palurda, migas, dolores verdes, una mujer regordeta y un tipo larguirucho y desaliñado, nos enteraremos, tras los sortilegios de las palabras, que “el tema no es nada del otro mundo”. En cambio, La cosecha, sí. Aunque en estricto para Willie no hubo ninguna cosecha. Otra exhibición de talento de la magnífica Flannery O’Connor.

 

 

El Asno de Apuleyo: FLANNERY O´CONNOR; "CUENTOS COMPLETOS".

Aspecto de la portada del libro de cuentos de Flannery O’Connor

El más acá y el más allá de la casa

(Símbolos, pequeñas historias y metáforas que emergen del cálido hogar)

 

La imagen puede contener: interior

La casa y su afectuosa luz. Foto Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Se puede llevar la casa a cuestas, como el caracol, o como los gitanos. El linyera tiene como casa el camino, los andares continuos, el ir siempre, sin regreso. La casa está donde él está. Los que ya alcanzaron el estado de estacionamiento, de estancia, tienen en la casa una particular forma de ser y de estar. Han dejado atrás el nomadismo relativo. Porque puede ser que uno habite una casa por unos meses y luego otra y otra, la mudanza como una condición de inestabilidad; pero lo que permanece, en esencia, son los significados, los símbolos y representaciones que inspira y exhala la casa (sea esta móvil o estática). Más que una evocación del vientre materno, de una patente de sedentarismo, la casa es una manera muy eficaz del arraigo y de la protección.

 

Es un lugar (en todo caso, el concepto de no-lugar no le cabe) para el encuentro consigo mismo y con otros que son parte de su entorno (de su tótem y clan), es la primera patria. O, por qué no, la única. Ahí están los dioses, los más antiguos y los más recientes. Los rituales que evocan los tiempos del fuego y de las lluvias, de la caza y del sembrado, de la transformación de la naturaleza y la cultura. La casa como refugio en cada estación.

 

Pero la casa es más que un hospedaje y más que un cobijo. Toma la personalidad del habitante, que la ordena o desordena, que la limpia o ensucia, que hace en ella todo lo que tiene que ver con el mundo del adentro, con la resolución de necesidades, con el ejercicio de vivir y de invisibilizarse por un tiempo indeterminado (el de descanso, el del encuentro con los suyos) de lo que llamamos el afuera. La puerta, la ventana, la pared, el piso. Y las distribuciones diversas, una alcoba, dos o tres o cuatro, una sala, un vestíbulo, un cuarto o varios para bañarse, orinar, lavarse las manos, los tocadores, la cocina, el patio. Y si, como lo ha diseñado el período moderno de una arquitectura carcelaria y nada cordial, solo se tiene una pequeñez, que, sea como sea, cumple con la simbolización de lo doméstico. El domicilio.

 

Sí, porque la casa, es decir, el concepto que trasciende paredes y techos, está relacionado con las raíces, con lo que se denominan maneras de vivir y estar. La casa es una muralla infranqueable para los que son extraños a ella, que solo entran cuando se les invita (o porque son asaltantes o médicos o artesanos, el visitante casual o aquel que ha recibido autorización). Y así se erige la intimidad, la misma que puede conectarse con el dormir, el recrearse para dar rienda suelta a un gusto, con la hechura de tareas escolares o de otra índole, con el acostarse y levantarse y asearse…

 

La casa tenía una reja pintada con quejas…

 

La casa en todo caso no es una cárcel (así haya una modalidad penal que se denomina casa por cárcel) ni un panóptico ni un acondicionamiento para que el afuera se proyecte en ella, como trasladar la velocidad o lentitud de la ciudad o del campo al hogar, a ese ámbito que evoca fuegos añejos y la presencia de otros, la compañía. En su dominio se reza o se impreca, se calla o se palabrea, se encienden los sentimientos entrañables de estar bajo un techo, de poseer una defensa contra las intemperies y otros estados del tiempo.

 

Y hablando de contactos que en la casa tienen una dimensión especial, aunque se puedan hacer en otras coordenadas, la cópula, el dormir, el tener una cocina en la que pueden confluir viejas historias y olores a abuelas y a despensas de antes, el sentarse a meditar, o a leer, o a escuchar la radio o acostarse frente a una pantalla, suceden allí, en esa delimitación de muros, suelo, entradas, ventanales, y si se tiene la elemental arquitectura, que es simple y quizá por eso bella, el patio es una posibilidad única de tener el cielo en casa.

 

Puede ser de mil metros cuadrados o solo tener un salón con servicios y tales parámetros no afectan la esencia de la casa (y en el concepto cabe el apartamento, que, sin embargo, tiene otras características materiales): en ella se recogen milenarias formas de habitar. La casa con historia. Y que, sin contar de qué esté hecha, lo que se impone es la manera de la acogida, de la conexión con lo entrañable de estar en un lugar que puede ser amable (no siempre), y que es parte de una cultura, de formas de ser y relacionarse.

 

En la casa el hombre se sucede, transcurre, sueña, se enerva, se aquieta, y si bien son reacciones no propias del hogar, es en esa construcción —que va más allá de muebles y del inmueble mismo— donde están atravesadas y movidas por cierta libertad, opuesta a servidumbres y a artificios de sociedad. La casa es posada y tiene un extraño emparentamiento con las solidaridades, con los afectos transparentes, con la certeza de pertenecer a un territorio, a una fraternidad.

 

La pequeña historia personal, las primeras palabras, los desencuentros y las salutaciones son propias de la estación particular llamada casa. Nacimientos y muertes, adioses y bienvenidas, la palabra mamá, la palabra esposa, la hermandad suceden en esa especie de castillo sin almenas, sin foso, pero en el que habitan fantasmas y queridas presencias. Después de todo, la casa se lleva adentro, va con cada uno, es prolongación de los que ya no están.

 

La casa trasciende tamaños  y materiales. Es una metáfora de lo íntimo. Foto Spitaletta

 

Parafraseando al poeta alejandrino la casa va con cada uno, lo acompaña hasta la hora final, lo marca en los caminos, en los viajes, en el encuentro con otras soledades. Es una creadora de nostalgias y de memorias salubres e insalubres, o, como dijera Evaristo Carriego: “¡Caminito de nuestra casa! ¡Vieras con qué cariño te queremos!”.

 

Se lleve a cuestas, se vislumbre como una meta, o se conciba como un punto de partida, la casa, la del gitano, la del linyera, la del trashumante, así como la del hombre estacionario, es la posibilidad del encuentro con uno mismo y con paisajes y espacios que pueden estar más arriba del entejado y de los sabores y olores del desayuno.

 

PD. La emergencia del coronavirus ha vuelto a poner la casa en su lugar.

 

Resultado de imagen de casa pintada por chagall

Casa azul. Pintura de Marc Chagall

 

¡Viva la Universidad!

(Una reflexión sin gas lacrimógeno tras la incursión del Esmad en la Universidad de Antioquia)

 

Resultado de imagen de universidad de antioquia

Aspecto de la fuente y la biblioteca central de la U. de A.

“Alma Máter de la raza,
invicta en su fecundidad”.
Del Himno de la Universidad de Antioquia

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La universidad, claustro de saberes, congregación de ciencia y humanismo, de espíritu y materia, es un lugar propicio para el debate con altura intelectual y las divergencias civilizadas. La universidad no busca, en sus atributos de suerte de templo del conocimiento, una formación de un solo pensamiento. Ni la generación de una sola visión del mundo. Está hecha para la diversidad, para las distintas maneras de observar, analizar, cuestionar al hombre y sus circunstancias. No tiene carácter conventual, no debe propalar el dogma ni pregonar miradas inmodificables.

 

La universidad, por principio, es buscadora. ¿De qué? ¿De respuestas, de preguntas? Es un ámbito en el que, tras el ejercicio de la enseñanza-aprendizaje, de la experimentación, de la investigación, se crean las condiciones para pensar, es decir, no solo se desarrollan competencias específicas de cada disciplina o nicho del conocimiento, las especificidades, sino que es una estimuladora de la reflexión, de la controversia y de la crítica.

 

Dentro del canon universitario está no solo la formación del espíritu científico, sino el cultivo del diálogo entre saberes. Y ahí está también la presencia del otro (con derechos y deberes), del que busca ser médico, ingeniero, educador, periodista, cineasta, químico, matemático, músico, y el encuentro entre estudiantes, profesores, diversos trabajadores, administradores, lo que, en síntesis, compone la comunidad universitaria.

 

Resultado de imagen de universidad de antioquia panoramica

Ciudad universitaria del Alma Máter

 

Una perogrullada dice que la universidad no está al margen de la sociedad. Ni que en ella no se representen los múltiples sectores de la misma y que, en la universidad, convergen las miserias y las riquezas de los conglomerados sociales, las visiones distintas sobre el Estado, el poder, la ciudad, la política, la vida y la muerte. La universidad no es una construcción (material, cultural, de la inteligencia y la imaginación) hecha para imponer o agitar una sola visión, sino para la amplitud de miradas. Mejor dicho, como es fama, se opone al dogma, a la secta, al unanimismo mental e ideológico, y ensalza la libertad, la promueve y defiende.

 

Es una conquista humana que desde luego ha estado sujeta en la historia a vaivenes, cambios, permanencias, indagaciones e intensas luchas adentro y afuera del campus, de las aulas, de los estamentos que la integran. Lo meridiano es que es un lugar para la libertad (entre esas libertades, las de enseñanza, de cátedra, de expresión y pensamiento, en fin). Y en este punto podríamos ir aterrizando en la universidad pública, y más aún, en este caso, en el Alma Máter Universidad de Antioquia, atravesada no ahora, sino desde siempre, por los conflictos, las divergencias, las contradicciones sociales. Y, como debe ser, ha sido campo de debate y palestra de distintas concepciones e interpretaciones.

 

En ella ha habido (y habrá) resonancias y otros ecos del mundo exterior a su campus. En este confluyen infinidad de posiciones acerca de las clases sociales, los saberes, el orden establecido, las utopías…; y esa complejidad, necesaria y nada fácil de desmadejar, ha tenido manifestaciones civilizadas de discursos filosóficos, políticos, científicos, incluidos los de protesta y los cuestionamientos al poder, como otras que corresponden más a comportamientos del lumpen y de la delincuencia organizada. Tal cual se puede dar afuera del claustro. En la sociedad. En el país.

 

De cualquier modo, la universidad no es una burbuja incontaminada, una torre de marfil ni un albergue para cuarentenas ni para la asepsia. Tampoco para ángeles. Ya se dijo: es un centro del saber y de sus maneras disímiles de obtenerlo. Tampoco es —para decirlo con un lenguaje que en los sesentas, en medio de un país azotado todavía por la Violencia liberal-conservadora— una república independiente. No es una arcadia, tampoco el infierno.

 

La Universidad de Antioquia, su ciudad universitaria, la misma que fue testigo y protagonista del movimiento estudiantil más relevante de la historia de estas expresiones inconformes, el de 1971, ha seguido acogiendo la diversidad de filosofías y políticas. Y en ese despliegue de las libertades también ha sufrido distintas heridas, atentados, crímenes selectivos, represiones estatales, presencia militar, incendios, asesinatos de profesores y estudiantes…

 

Resultado de imagen de universidad de antioquia panoramica

Edificio del Paraninfo de la U. de A.

Una universidad, y, en particular, la de Antioquia, es un símbolo de libertad y pensamiento. Desde los tiempos del Manifiesto de Córdoba, en la Argentina, a principios del siglo XX, se introdujo el concepto de la autonomía universitaria, los modos propios y democráticos de gobierno interno de estos establecimientos o, como se planteó en los setentas, el cogobierno. La Constitución Política de Colombia, en su Artículo 69, establece la autonomía universitaria, según la cual estas instituciones podrán elegir sus directivas, regirse por sus propios estatutos, según la ley, que también establecerá un régimen especial.

 

Es la universidad misma la que, a través de su organización interna, de sus mecanismos de convivencia, la que debe dar soluciones a asuntos no solo académicos, que es su esencia, sino de otra índole, como las de abrir posibilidades de que, en su interior, no sean las extremas (derecha o izquierda) las que, como una minoría explosiva, atente contra la estabilidad y armonía de los estamentos universitarios. Por supuesto, la U. no tiene funciones policivas ni represivas. Debe expandir, tanto entre profesores, empleados, trabajadores, estudiantes, el debate y la confrontación civilizada de ideas y posiciones frente a sus problemas, a su misión y objetivos.

 

Como es también una verdad de Perogrullo, en la U. confluye una diversidad de posiciones, de miradas del mundo, y los mismos problemas de la sociedad hacen parte de las dinámicas internas universitarias. En cualquier caso, no es militarizando las universidades, ni abriéndoles las puertas al Esmad o policía antidisturbios, como se solucionan las contradicciones internas. Esto, como se ha visto, complica más las situaciones tensas. Las incursiones policíacas afectan, como también la experiencia lo ha indicado, a los estudiantes y profesores (también al resto de la comunidad universitaria) que ejercen, según las circunstancias y también el ambiente exterior, o sea, lo que pasa en el país, el derecho a las libertades de expresión, pensamiento y protesta.

 

La universidad no es un lugar para taparse el rostro

 

Y en este otro punto, hay que reseñar que la capucha no debe ser parte del atuendo de estudiantes o profesores, o, en general, del ciudadano. No es un lugar la universidad para taparse el rostro, cuando, por su condición, por sus principios, por su carácter y clima, la universidad es un sitio para poder hablar de frente, sin disfraces, como estila y convoca la filosofía universitaria. La capucha es más un indumento de inquisiciones, de antiguos asaltantes de bancos o para tapar la carencia de argumentos de la inteligencia, de las palabras, de la dialéctica.

 

Sí, aunque la universidad sea un campo para la diversidad, no es para ejercicios lumpescos o de bandidaje. Al contrario, en esa fuente nutricia, que es la U, deben primar la alegría del saber, la capacidad argumentativa, la búsqueda de salidas civilizadas y pacíficas a los distintos problemas que trascienden lo académico, lo administrativo. La U, como sería una de sus bases teóricas, debe participar en los debates exteriores, de la sociedad, dar luces a tanta oscuridad que se cierne sobre un país como Colombia. Es la universidad como faro.

 

Así que, cuando una autoridad civil, un alcalde, un gobernador, en fin, tiene como visión principal ante la universidad, la de interferir por la fuerza el derecho a la protesta de los universitarios, con la bota policial, las bombas lacrimógenas, las incursiones a los predios del campus, está dando pasos hacia un proceso de fascistización. Todavía hay motivos —aunque cada vez menos, debido a la barbarie nacional— para seguir creyendo en la fuerza de los razonamientos, en la discusión inteligente. Cuando tanto afuera como adentro del claustro se den las posibilidades de la discusión sin miedo, sin cortapisas, sin que haya amenazas, las minorías encapuchadas, los de las papas-bombas y demás, quedarán no solo aisladas, sino vencidas ante el arrollador huracán de las ideas y los argumentos. La utopía puede ser posible. Y está viva.

 

Resultado de imagen de universidad de antioquia panoramica

Mural del maestro Pedro Nel Gómez en la biblioteca central de la U. de A.

 

Periodismo de gallinas y pavos reales

(Algunas consideraciones sobre cómo se ha envilecido un bello y viejo oficio)

 

Resultado de imagen de rotativa antigua

Una antigua rotativa, un símbolo del periodismo

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

El vergonzoso episodio de insultadas en directo de dos periodistas, uno oficial y la otra (igualmente también oficial) de la radio y de una revista, ha sido motivo reciente de cruzadas moralizantes entre los comunicadores y de debates en torno a si el periodista está al servicio de la denominada “verdad” y, sobre todo, de los humillados y ofendidos, o es solo un apéndice de los poderes y del establecimiento.

 

El periodismo moderno, que nació en medio de batallas ideológicas en torno a la razón, los derechos ciudadanos y la cultura, que en algún momento fue catalogado como el “cuarto poder”, sobre todo cuando el rol de la prensa era el de fiscalizar no solo los otros tres poderes (los que Montesquieu formalizó en El espíritu de las leyes), sino los excesos de potentados y otros opulentos, ha degenerado en graznidos de ave de mal agüero. O peor aún: en una ramplona vitrina para los que, en obligación de denunciar, de darle voz a los que no la tienen debido a diversas mordazas, se metamorfosean en “estrellitas”. Deberían calificar para Hollywood.

 

El periodismo, un oficio ilustrado, una disciplina que debe tener como norte el conocimiento de la realidad, se ha envilecido, en particular en estas geografías donde hace años cabalgan las imposturas y los lambones. Con un lenguaje cada vez más empobrecido y raquítico, el periodismo de estos lares se ha ido deteriorando hasta mutarse en una pretensión de farándula y un maquillador. En general, en los medios (con una que otra excepción) abunda el servilismo frente a lo oficial y la lambisconería a magnates y otros monigotes con dinero.

 

Agréguele, amable lector, que casi todos los periódicos, cadenas radiales, noticiarios televisivos son de grupos económicos. Así que no se puede esperar nada distinto a que sean propaladores de lo que les interesa a esos propietarios. Los medios, en ese aspecto, es más lo que ocultan que lo que revelan.

 

Siguiendo con el periodismo, o, de otra forma, con los periodistas, se han visto casos lamentables de postración. Ya no es el periodista que indaga, confronta, pregunta, se formula hipótesis, sino el calanchín, el que, ante todo, quiere quedar bien con las fuentes y más si estas son representativas del poder. Habría que agregar a estos ingredientes, que no faltan fuentes, más que todo las oficiales, que, mediante los anuncios o avisos, imponen una suerte de extorsión a los reporteros y, más que a estos, a los informativos donde laboran. Da grima, por decir lo menos, que un periodista a su vez sea un vendedor de pauta publicitaria. Se crea una relación de dependencia con el anunciante.

 

El periodismo, cuyo ejercicio llegó a ser una forma de la rebeldía, de la contestación, se volvió puro afeite. Y en ese escenario de espectáculo, de tablado de feria y moda, algunos periodistas (sin hablar de presentadores o presentadoras que no requieren haber cursado la carrera de comunicación social) se creen protagonistas del proceso comunicativo. Se yerguen como parte de una constelación. Más que las noticias, que la información veraz, les interesa la pose, la vitrina. Puro relumbrón.

 

Resultado de imagen de pinturas periodicos

El periodismo, nacido para incomodar al poder, para suscitar controversias y alimentar la opinión pública, para mostrar las inequidades y los alcances desmañados de la corrupción, se volvió relacionista de los señoritos de la política y la economía. Un cúmulo de incensario. Y así, en un traslape de lo que significaba el periodismo como un cuestionador (creador de preguntas) y como un revelador con respuestas argumentadas, sustentadas, se transmutó en turiferario. Una vergüenza.

 

El incidente entre dos comunicadores, uno de ellos de la Presidencia de la República, que pareció más bien una pelea de comadres en la que solo faltó que se jalaran de las greñas y se revolcaran en su propio lodo (por no decir excrementos), es un síntoma infeliz de lo que está acaeciendo en los medios, casi todos, como se ha dicho, al servicio de potentados y de la canallada. El periodismo como un eslabón más de una cadena de opresiones y desafueros. Un periodismo que perdió su esencia y el rumbo de la seriedad y el rigor, y se emparentó con la propaganda.

 

Como disciplina humanística que fue (y que, como se sabe, hay todavía buenos ejemplos de periodistas cultos y rigurosos, quizá los últimos dinosaurios), el periodismo estaba para llamar la atención sobre los peligros que han asediado al hombre, pero, en particular, al hombre más desprotegido, a los miserables y olvidados de la historia. Era un fundamento de la sociedad, enraizado en lo mejor de los tiempos de la ilustración y la búsqueda permanente del conocimiento, con fines loables como los de informar con toda la riqueza de enfoques y fuentes posibles.

 

Resultado de imagen de kapuscinski

Un periodista ilustrado

 

El periodismo, en cuyo deber ser estuvo —en lo ideal, sigue estando— el revelar a los otros, o, al menos, a una buena porción de la sociedad, lo que alguien no quiere que se difunda, se volvió pusilánime. El periodismo era, y debe ser, un auscultador de lo mejor y peor de un sistema o de un conglomerado. Un diseccionador crítico de lo social, que, como se sabe, a diferencia de los hombres, las sociedades primero se pudren y después se mueren, según un pensador decimonónico.

 

Al caso coyuntural que origina esta nota, esta reflexión rápida, le han hecho ya en las redes sociales, también en columnas de prensa, en las comidillas y corrillos de calle y café, las biopsias y las autopsias. A la señora de la voz chillona le han dicho que es una verdulera y, con este calificativo, han ofendido a las verduleras, damas por lo demás, muy atentas y necesarias. También le han endilgado el apelativo de “meretriz mediática”, de buscadora de “mermelada” y farandulera. Al “tipejo”, “badulaque” y “mechudo”, contrincante de la doña, consejero para las comunicaciones de la Presidencia, ya, como a su rival de ring, se le conocía de autos todo su bagaje de lambetadas y adulaciones frente al poder.

 

El caso es que el vulgar affaire de dos comunicadores (Dávila vs Nassar) ha sido como una especie de “florero de Llorente”, que ha disparado los análisis sobre los alcances del ejercicio periodístico, hoy, en Colombia y, qué vaina, lo que se sintomatiza y somatiza ahí es el envilecimiento de un oficio al que, con exageración incluida, el escritor, filósofo y buen periodista Albert Camus denominó “el más bello del mundo”.

 

Nota: excusas a los pavos reales y gallinas por meterlos en este pantanero.

 

Resultado de imagen de yo acuso

El periodismo como un modo de la denuncia