De pícaros, lazarillos y buscones

 

Resultado de imagen para vida del buscon

 

Por Reinaldo Spitaletta

Pícaros eran los de antes. Casi todos desarrollaban las artes del rebusque porque el hambre acosaba y pegaba el estómago a la espalda. La picaresca española, la que abrió las compuertas al Siglo de Oro, tiene paradigmas en aquellos seres que, acosados por las agonías del estómago, acudieron a los engaños, a la “fundación” de cortes de los milagros, a las imposturas, porque, además, no tenían mucho que perder, distinto a ser carne de inquisición o presa de horca, o a que les cortaran una oreja (“Tiene las orejas nones”) o la nariz, como pena a sus triquiñuelas y descocados desafueros.

 

La picaresca española, la de los lazarillos y buscones, fue una secuela de las hambrunas y miserias. Los más pobres, de poco o nada de escudos en la faltriquera, apelaron al ingenio para sobrevivir en un mundo de inequidades, de reyezuelos en cuyo imperio no se ponía nunca el sol. Ya no son las aventuras de caballeros y escuderos, sino las de una suerte de “lumpen”, de excrecencia social, que prende las luces de la inteligencia para iluminar la truhanería y las andanzas malévolas.

 

Digo que en ocasiones hay que volver a las lecturas de los lazarillos, como el de Tormes o el de Manzanares, o al Guzmán de Alfarache (de Mateo Alemán), o a las aventuras de El buscón llamado don Pablos, del inefable Francisco de Quevedo, porque, a nosotros, gentes de un país como Colombia, lleno de bandidos a los que todavía nos les han cortado orejas y narices para hacerlos avergonzar en medio de sus “adoradores”, nos viene bien la lectura de la ingeniosa picaresca (y no tanto de la denominada sicaresca a la criolla).

 

Los pícaros colombianos carecen de la gracia de aquellos personajes creados hace más de cuatrocientos años, en una España que expulsó judíos y moros, que llevó a tanta gente a las infames torturas de la inquisición, y que tuvo en sus grandes escritores y poetas los artistas y testigos indicados para leer costumbres y mentalidades. En Colombia, el catálogo de pícaros es inmenso, por no decir infinito, y puede estar formado por presidentes de la república como árbitros de fútbol, por contratistas del Estado como alcaldes, pero eso sí sin la inteligencia ni el salero de aquellos personajes de la literatura.

Resultado de imagen para vida del buscon

Pintura de Diego Velázquez

¿Y a qué viene todo esto?, se preguntará con razón el lector. Quizá solo es la constancia de un ejercicio como el que hicimos unas cuantas personas un viernes de octubre, en una mesa de tertulia, en una tierra de gramáticos y bandidos, como es Bello, Antioquia, hablando de la picaresca española, de Cervantes, de Lope de Vega, pero en particular del Buscón y con especial énfasis en su autor, el madrileño don Francisco de Quevedo, del cual también tocamos sus vicios y antisemitismo, qué vaina, si es que algún defecto debía de tener, ni más faltaba.

 

“¿Ay, y es que los poetas no son seres puros?”, preguntó, no sin cierta inocencia, una muchacha, a quien, tras advertirle que de los poetas (y de todos los artistas, muchos de ellos gente impotable) lo importante es su obra, se le habló de François Villon y su vida poco ejemplar; de Jean Genet y sus manías ladronescas; de Louis-Ferdinand Céline y sus simpatías por los nazis, etc. Los poetas también son pecaminosos, mi querida.

 

La situación límite del hambre (aparte de sus orígenes) lleva a don Pablos a la práctica de la picardía, a desarrollar dotes de estafador, a agudizar el magín, como, por ejemplo, lo que hizo con un ama, que tenía trece pollos en el corral, y él una hambruna de la madona. La escuchó llamarlos con el tradicional “pío, pío” y esto le dio pábulo al ingenioso buscón. Le armó un discurso temerario, que se estaba burlando de la inquisición, que además estaba blasfemando al decirles “pío” a los pollos, cuando ese es nombre de papas, que son vicarios de Dios. Las ardides verbales fueron tantas, que don Pablos pidió los dos pollos para llevarlos donde un pariente a que los quemaran y así ella, el ama, quedaría salvada. Además, ella le dio otro en gratitud. El banquete que armó don Pablos con sus amigotes fue celestial.

 

Claro que, volviendo al cuento, en nada se parecen las andanzas de aquellos pícaros de literatura, a las de tantos antisociales colombianos, de cuello blanco y de los otros, de cuello mugriento (“no riñan, que para todos hay”). Porque los de por aquí, aparte de su ordinariez y descaro, ponen —algunos— cara de santurronería, ojos de seminarista, boquita de “yo-no-fui” y fingen, en muchos casos, ser bienhechores de la sociedad. Se erigen en dueños de la moral y las “buenas costumbres” y nada raro que alguno de ellos termine con el tiempo honrado en los altares, con velitas y todo. Ah, y con las orejas y la nariz completas.

(octubre 7 de 2013)

 

Resultado de imagen para picaresca española

Anuncios

Dos cuentos libidinosos de Abelardo Castillo

Los  libros que yo escribo no están en mi biblioteca. El lugar de un libro tuyo es la biblioteca de otro“. (Abelardo Castillo)

Resultado de imagen para abelardo castillo libros

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Abelardo Castillo (1935-2017), notable escritor argentino, cuentista de altas dotes, tenía una trinidad bendita, a la que adoraba: Roberto Arlt, Jorge Luis Borges y Leopoldo Marechal, y ahí, alrededor, como satélites luminosos de estos astros, giraban Cortázar, Sábato, Mujica Láinez y Bioy Casares. Era un perturbador, un fundador de revistas y un ser necesario en la extensa cultura literaria argentina. Los dos cuentos que analizaremos ahora, de su libro Las otras puertas (1961), son de iniciación, de esos que toman materiales de la infancia y la adolescencia para darles tratamiento artístico. Y, como asunto transversal a tantos autores modernos en América Latina, la geografía del barrio.

 

Tal vez una de las cualidades más destacadas de este autor, del que Cortázar señaló una vez de sus cuentos que eran “sistemas cerrados”, son los diálogos, que no suenan artificiales. Ni inverosímiles. Fluyen según la situación planteada, sin rebuscamientos. Naturales. Y estos se puede sentir de esa manera, con el sentido de caracterizar personajes o de dar información pertinente sobre pensamientos o sentimientos, en La madre de Ernesto y El marica.

 

Estos dos cuentos, de similar estructura y temática, relatan conflictos de adolescencia, las inclinaciones sexuales, la libido juvenil, el vedado homosexualismo y la figura de la madre. El barrio, la experiencia escolar, las relaciones de amistad y, en un segundo plano, la prostitución, hacen parte del universo literario de estas dos piezas breves.

 

El primero de los cuentos mencionados, se inicia con una idea turbadora, con incorporación de crueldad y reto, con una sugerencia de atracción fatal. Llega como un recuerdo, como si el narrador ya estuviera muy distante de los acontecimientos que relata, los cuales va atando con sutileza y dosificación. Hay una estación de servicio, el Alabama, cuyo dueño turco le ha incorporado aditamentos de diversión, de aventuras de piel, en un club nocturno sin grandes pretensiones, apenas como para un uso muy parroquial.

 

Y, más que la mujer que ha llegado (o vuelto), después de haber desaparecido del espacio doméstico, del paisaje de unos muchachos barriales, casi pueblerinos, el protagonista puede ser Julio, el de la “idea extraña”, el que parecía un Brummel (dandi inglés del siglo XVIII, rey de las modas), encarnador de cierta agudeza para la maldad y la capacidad de convocar a sus congéneres a tener una experiencia cumbre, la de ir a un prostíbulo, pero, más que eso, a enfrentar a una mujer que ellos conocían y que el turco de marras había contratado para las faenas excitantes de los amores alquilados.

 

Ella, la que se había ido hacía cuatro años con una compañía teatral ambulante, que era “morena y amplia”, había vuelto rubia, transformada en una “mujer de la vida”, cuyo atractivo ahora, más que su cambio de actitudes y de apariencia, era una especie de vergüenza para uno de los muchachos, de quien, precisamente, ella era la madre. La situación candente, con desafíos a la amistad, era que, no solo porque la mujer haya derivado en el ejercicio de la venta de sus servicios sexuales, sino porque los nuevos posibles clientes eran chicos que ya la conocían, les adicionaba dificultades a las circunstancias. Por lo demás, ella era la mamá de uno de los de la patota: de Ernesto.

 

Y si bien, la damisela había cambiado, y ya no tenía nada de maternal, según la visión de los jovencitos, menos de Ernesto, claro, que se había ido con su padre de aquellos andurriales como huyendo del escarnio, se erigía como un reto, diseñado por Julio, el de ir en gallada a comprar los amores de urgencia de la ramera recién venida. El narrador establece una tensión en los preparativos para el encuentro, con un amarre desolador y de presagio, expresado por quien está contando: “cuando ella nos mirara iba a pasar algo”.

 

Aquí, en este punto, se podría reflexionar acerca de los significados de un “hijo de puta”, de cómo puede ser visto un muchacho cuya madre ha recalado en los espacios del lenocinio, de convertirse en un “reptil de lupanar”, y que sus amigotes, no se sabe si por una especie de crueldad adolescente, o por una suerte de vindicta sin causa, quieren ser clientes de la nueva atracción de la estación de servicio transmutada en las noches en un burdel sin abolengo.

 

El cuento es un montaje cinematográfico de cuadros que se van juntando para dar puntadas que se configurarán en un desenlace en el que lo trágico (y, si se quiere, lo cómico doloroso) aparecerá unos momentos antes de que caiga el telón de una función coordinada por la mente torva de Julio. Sin embargo, el que diseñó la diversión, sufrirá una conmoción ante la realidad de una mujer que, con toda y su metamorfosis física, no ha perdido la condición ni los sentimientos de la maternidad.

Resultado de imagen para abelardo castillo libros

La madre de Ernesto, una muestra de alta tensión e intensidad con economía de palabras, con una adecuada medida de ingredientes para la cocción de un buen relato, con un final en el que una imagen desgarradora da al traste con la intención carnal de unos muchachos que apenas están descubriendo el mundo de las emociones libidinosas.

 

El otro, El marica, más breve todavía, parece una experiencia autobiográfica del autor, que, además, se revela con su nombre propio como narrador en segunda persona, en una situación en tiempos en que la “maricada” era una condición vergonzosa y hasta punible. Parte de la cultura machista, o de aquello que se ha certificado como la hombría, como la actitud varonil sin tacha, del tipo de “pelo en pecho”, se manifiesta en esta composición en la que los diálogos tornan a sostener el esqueleto de la estructura. Y vuelven los tiempos de adolescencia, en la espacialidad de un colegio, con un muchacho, César, que ha llegado de un establecimiento educativo de curas a otro que, según el narrador, se le pudo haber parecido al país de los gigantes que Jonathan Swift narra en Los viajes de Gulliver.

 

El narrador, en todo caso, manifiesta sus afectos por aquel jovencito con apariencia de debilidades, al que él y los otros quieren conducir a la experiencia de acostarse con una buscona cuyo marido hace las veces de proxeneta y que les cobrará a los pibes, por cabeza, cinco pesos por los servicios prestados. ¿Los prestará acaso? ¿Qué le sucederá al mariquita? ¿Y a Abelardo?

 

Castillo fue un cuentista de altas calidades que, además, fundó y dirigió revistas como El grillo de papel, El escarabajo de oro y El Ornitorrinco. En la segunda, por ejemplo, publicaron textos autores que entonces estaban apenas en sus comienzos, como Alejandra Pizarnik, Miguel Briante, Humberto Constantini y el turco Jorge Asís. Novelista y dramaturgo, el autor de El evangelio según Van Hutten, (que también fue ajedrecista) amaba la literatura como a la vida misma.

 

(De las notas del Seminario de Literatura Sudamericana)

 

Resultado de imagen para abelardo castillo las otras puertas

 

¡Aaaggghhh! Adiós a Tom Wolfe

Se ha ido una de las figuras cumbre del llamado Nuevo Periodismo

Resultado de imagen para tom wolfe

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Los sesentas, tiempo de revoluciones políticas, sexuales y culturales, también ofrecieron un bautismo a un bebé viejo pero que, según algunos reporteros y escritores estadounidenses, había sido un descubrimiento, un hallazgo extraordinario: el nuevo periodismo. Sus forjadores, o papás de una criatura con antecedentes que podrían remontarse hasta los griegos y latinos, lo reivindicaron como una novedad. Y, bueno, algo de ello era cierto.

 

El que vertió las aguas bautismales al llamativo engendro fue Tom Wolfe, quien, junto a la llamada “banda” del suplemento dominical “New York”, del Herald Tribune, se percataron a principios de aquella década de conmociones que había que introducir profundos cambios en las estructuras del reportaje y la narración periodísticas, sin atender a normas prestablecidas, y utilizando técnicas de la literatura y recursos como el diálogo, el monólogo, la construcción de escenas y la inmersión honda en las situaciones y contextos.

 

Una noche de 1962, Wolfe, nacido en Richmond, Virginia en 1931, entró a los gritos a la redacción del suplemento, con un ejemplar de la revista Esquire: “¿Qué es esto?”, decía con un notorio asombro en su expresión. Era un reportaje de Gay Talese al excampeón mundial de boxeo de los pesos pesados Joe Louis, a quien su esposa recibe en un aeropuerto. Es un trabajo montado con escenas, varios planos temporales y espaciales, parece literatura. Y piensan Wolfe y sus camaradas de redacción que el autor pudiera haber inventado apartados y diálogos.

 

Pues no. El reportaje de Talese era eso, puro periodismo, escrito de otra manera. Y entonces Wolfe asimila el golpe. Y comienza su experimentación, en particular con introducción de onomatopeyas, alteración de signos de puntuación, exclamaciones, composición por escenas, apóstrofes, lamentos… Once años después, en su antología El Nuevo Periodismo, este reportero devenido novelista, etiquetaría a tal corriente como una revolución en las formas y contenidos periodísticos. Wolfe era su profeta y uno de sus querubines.

 

Sin embargo, y para ser exactos, la escuelita denominada en los sesentas Nuevo Periodismo era muy vieja. Con brillantes antecedentes. Y ya, en los Estados Unidos como en otras partes, tenía sus precursores. Para no ir muy lejos, John Reed, el llamado Reportero de la historia, era uno de ellos. En América Latina, donde en rigor había plumas de alto vuelo en el periodismo, se podría considerar al argentino Rodolfo Walsh como un genuino fundador de esa tendencia, con su reportaje Operación masacre, publicado en 1957.

 

En Colombia, mucho antes que los gringos se atribuyeran la invención, hubo reporteros de alta alcurnia periodística como Osorio Lizarazo (además, novelista del Bogotazo), García Márquez (con su Relato de un náufrago) y Álvaro Cepeda Samudio.

 

Tom Wolfe, quien, además de buen reportero, era un dandi impecable con sus trajes blancos, chaleco, corbata, medias de colores y zapatos blancos, en fin, como una suerte de Oscar Wilde a la americana, retrató en distintas notas a varias generaciones. La de los 80, como una que se preocupó más por el cuerpo y los músculos que por cultivar el cerebro, y la del 2000, la de las chicas que jugaron un “papel activo en la conquista sexual”. En su libro El periodismo canalla y otros artículos pueden encontrarse viejos hippies y marxistas rococós.

 

Con el Nuevo Periodismo, Wolfe, Talese, Capote, Mailer, Rex Reed, Barbara Goldsmith, Hunter Thompson (el del periodismo gonzo), entre otros, querían dinamitar la “novela tradicional” y a los que ellos llamaban “autores dinosaurios”. Decían que los escritores de ficción habían entrado en crisis y decadencia. Y, ante la debacle, el periodismo, el nuevo, era la única salida ante el fracaso de la imaginación.

 

En 1987, el “neoperiodista” Wolfe se transmutó en novelista. La publicación de La hoguera de las vanidades, de enormes ventas, le permitió sustentar que “la función de todo novelista es tratar de entender la sociedad. La novela es un modo de ocuparse de la sociedad” y recordaba a sus maestros Balzac, Dickens, Thackeray, Zola y Dostoievski. Era, además, un admirador de su compatriota John Steinbeck, en especial de Las uvas de la ira.

 

Sobre esta novela dijo que “es una demostración estadounidense ejemplar del método que usaba Zola para escribir novelas: abandonar el gabinete, salir al mundo, informarse sobre la sociedad, vincular la psicología individual a su contexto social, buscar suficiente combustible para alcanzar el pleno potencial como escritor…”. Y se nota que Wolfe aprendió bien la lección. Su novela inicial, toda una inmersión en Nueva York, pinta un tiempo de locura, con héroes, pícaros, placeres y confrontaciones entre las clases sociales.

 

Wolfe, que salió en dos capítulos de los Simpsons, revolucionó la narración periodística con retorcimientos del lenguaje y uso exagerado de signos de puntuación. Cuando el “nuevo periodismo” le quedó estrecho entonces se mudó a la ficción. El periodista y escritor murió rico y famoso a los 87 años en Nueva York. (¡Brum! ¡Rahghhh! ¡Zzzzffff!).

Resultado de imagen para la hoguera de las vanidades libro tom wolfe

 

 

 

 

 

 

Nellie Bly, precursora del periodismo encubierto

(Diez días en un manicomio, clásico reportaje investigativo sobre los maltratos a pacientes mentales)

 

Resultado de imagen para diez dias en un manicomio

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El editor y periodista estadounidense, de origen húngaro, Joseph Pulitzer compró en 1887 el periódico The New York World que, a partir de entonces, se convirtió en un diario destacado, con noticias sensacionales, pero, a su vez, con reportajes extensos y con cruzadas contra la corrupción y la explotación de trabajadores.

 

Pulitzer, el mismo que decía a sus reporteros que no quería verlos en la sala de redacción sino buscando historias en las calles, contrató a una joven, Nellie Bly, que se convertirá en una de las primeras periodistas en practicar el “periodismo encubierto” que, más adelante, haría célebres a Upton Sinclair y Jack London, por ejemplo. El primero de ellos, realizó trabajos profundos acerca de las infrahumanas condiciones laborales de inmigrantes en los mataderos de Chicago (que después incluye en su novela La jungla) y, el segundo, retrató las miserias de los mendigos y pobres londinenses (La gente del abismo), en donde él es uno más de los menesterosos.

 

El editor le pidió a la veinteañera reportera, nacida en Pensilvania en 1867, que se internara en uno de los sanatorios para enfermos mentales de Nueva York, con “vistas a escribir una narrativa sencilla y sin barnices” sobre las condiciones higiénicas, los tratamientos a los pacientes y otros aspectos. “No te pedimos que vayas allí con el propósito de hacer revelaciones sensacionalistas. Describe las cosas tal como la ves, sean buenas o malas (…) y cuenta la verdad todo el tiempo”, dice ella que le dijo el editor, en la introducción de su libro Diez días en un manicomio, que compila la serie de reportajes que se publicaron en el diario.

 

Tras varias peripecias, la muchacha logró que la llevaran como paciente al manicomio de la isla de Blackwell, donde entró con el nombre de Nellie Brown, “la chica loca”. Y allí, durante diez días estremecedores, se enterará de las condiciones miserables e inhumanas como se trataba a las internas de parte de enfermeras y médicos. En esa casa de alienados, la periodista, entre otras anomalías, va a descubrir que habitan personas cuerdas, sometidas a distintos maltratos y arbitrariedades.

 

El manicomio, una institución decimonónica, que contempló tratamientos y represiones a los pacientes, se caracterizó por sus catalogaciones de la locura con componentes religiosos, morales, culturales y sociales. Y en muchos ámbitos no solo era un aposento de curación y respaldo médico, sino de aplicación de métodos carcelarios y de castigo. Algunos de estos aspectos se pueden ver en el reportaje de la periodista que, para el efecto, tuvo que simular un estado de locura.

 

La investigación de denuncia que causó furor entre los lectores y también entre las autoridades de salud estadounidense, condujo, tras su publicación, a que el gobierno aumentara los presupuestos a este tipo de instituciones y que la ciudadanía se diera cuenta de las condiciones de espanto en las que transcurría la vida de los pacientes.

 

Nellie Bly, tras someterse a diversas instancias antes de ser declarada loca para poder ingresar en el sanatorio, logró retratar el interior de aquel lugar que, por momentos, más parecía una sucursal del infierno que uno de asistencia clínica. Sobre los manicomios de aquella centuria se extendieron legendarios mantos de duda y estigmatización. Y, al mismo tiempo, se ventilaron alrededor de ellos los tratamientos mentales, con pacientes sometidos a toda suerte de vejaciones y abusos.

 

La joven reportera, apelando a su sensibilidad y valentía, que no era fácil simular locura y menos aún pasar los exámenes de los médicos, a los que burló, logró una inmersión por diez días en los que conoció las maneras de tratar a los insensatos y también a personas cuerdas que allí recalaron por diversas circunstancias. Y aquellas jornadas se convirtieron, como ella lo dice, en una “traumática experiencia”, que se inició cuando se hizo alumna de todos los locos de la ciudad, como una manera de familiarización con los síntomas de la demencia.

 

Después de haber ingresado en el centro asistencial, tras una serie de peripecias, Nellie Bly (o Brown), según lo confesó en la primera parte de su reportaje, no intentó “seguir con el falso personaje de loca, sino que hablé y actué como lo hago en la vida real”. De lo que se enterará de inmediato es de que, tanto menos tenía que simular locura, los facultativos y el resto del personal del hospital la consideraban más loca.

 

La loca impostada, la farsante, la que va sintiendo en carne propia los maltratos de enfermeras y médicos, tiene la posibilidad en directo de experimentar el mundo infernal del manicomio. Es una auscultación a la precaria y, muchas veces, asquerosa comida que les ofrecen a las internas; a los dormitorios infames; a las situaciones de degradación del ser humano. Muchas de las mujeres que ingresaban a aquel hospital, jamás saldrían de él.

Resultado de imagen para diez dias en un manicomio

En la medida que avanza la narración, el lector irá entrando en una suerte de ámbito dantesco, con lamentos y despropósitos. El manicomio es como una prisión, abarrotada, con hacinamiento, con vigilancia y control de todos los movimientos de los que allí parecen haber perdido toda esperanza. Nadie puede escapar de aquella cárcel en la que se pudren alienados y cuerdos. No sin razón, en algún momento del reportaje hay una mención a la correccional de Sing Sing, en Nueva York.

 

Las condiciones higiénicas en aquel manicomio son deplorables. En la sala 6, donde pasaron a Nellie, donde había cuarenta y cinco internas, “nos enviaron al baño donde solo había dos toallas ásperas. Vi a algunas mujeres con erupciones peligrosas en la cara secarse con las toallas y después otras con la piel sana usarlas”. Se van desgranando conceptos de salud pública, acerca de la dignidad humana, sobre situaciones límite, como la represión y la fuerza empleadas contra las pacientes.

 

El manicomio en mención pudiera ser un anticipo o prefiguración de los tratamientos a los que, en el siglo XX, se someterá a presos de campos de concentración y de exterminio. Los ahogamientos y golpizas son parte de la cotidianidad en la institución mental de la isla de Blackwell. Más que terapias, lo que se estilaba allí eran métodos policivos y de choque, con humillaciones y otras maneras del sometimiento.

 

Una de las escenas, muy repetitivas en aquel antro, era la de las palizas permanentes a las internas. Pasó con una de ellas, la señora Cotter, a quien, por llorar, le “pegaban con el palo de una escoba y saltaban sobre mí, y me dañaban por dentro. Nunca lo superaré. Después me ataron las manos y los pies y, tras echarme una sábana por la cabeza, la apretaron contra mi cuello para que no gritara”. Era común, de otra parte, que a muchas de las “locas” les arrancaran el pelo a tirones.

 

El reportaje testimonial de Bly, distribuido en diecisiete capítulos, contribuyó a transformaciones en las instituciones de orates, al aumento de presupuestos y a la revisión de métodos terapéuticos. “El manicomio de la isla de Blackwell es una trampa para humanos. Es fácil entrar, pero una vez allí es imposible salir”, escribió la periodista que, tras su permanencia de diez días allí, compareció ante el Gran Jurado, donde juró la veracidad de su historia, llena de horrores y desventuras de las internas.

 

Diez días en un manicomio, que quizá pudo tener una escritura más elaborada, se convirtió en un referente del periodismo investigativo y, después de lo de Nellie Bly, otros reporteros continuaron con tales técnicas y apuestas. Es una precursora del periodismo encubierto y, si se quiere, del periodismo “gonzo” que muchos años después realizará Hunter S. Thompson, o del periodismo de camuflaje, que les otorgó tantos réditos a reporteros como Günter Wallraff.

 

Entre los trabajos periodísticos de Bly, en esa misma tónica, hay notas cuando se hizo pasar por esclava blanca y por sirvienta, con el fin de denunciar las condiciones infrahumanas por las que tenían que atravesar muchas mujeres que buscaban empleo en Nueva York.

 

Uno de sus reportajes más sonados, lo hizo cuando imitó en la vida real la novela La vuelta al mundo en ochenta días, publicada en 1873 por Julio Verne. La intrépida periodista le propuso a Pulitzer la insólita aventura y el editor le dio su respaldo. El mismo recorrido del protagonista de la obra de Verne, lo realizó Bly en ocho días menos. Y tanto este reportaje de viajes como el del manicomio le siguen dando la vuelta al mundo.

 

Nellie Bly, que en realidad se llamaba Elizabeth Jane Cochran, murió en Nueva York en 1922. Y gracias a su coraje, muchos lectores supieron cómo eran entonces las horas y los días de los que estaban internados en un manicomio, como el muy terrible de la isla de Blackwell.

 

(Nellie Bly. Diez días en un manicomio. Ediciones Buck. Traducción de David Cruz. 188 pag.)

Resultado de imagen para nellie bly

Nellie Bly y una imagen de las asiladas en el manicomio de la isla de Blackwell.

Dante, una nueva y vieja estrella

Resultado de imagen para divina comedia

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Desde hace más de quince años, con mi compañera establecimos en casa un ritual: la lectura en voz alta. Y desde entonces, en las mañanas y las noches, se han escuchado las palabras de Shakespeare, Cervantes, Víctor Hugo, García Márquez, Mujica Láinez, Alejandro Dumas, Vasili Grossman, Dostoievski y Shólojov, entre otros.

 

Y en diciembre último, junto al arbolito multicolor, leímos cuentos de navidad, y nos acompañaron luminosas historias de Dickens, Capote, Carrasquilla, O. Henry, Maupassant y Juan Bosch. A principios de enero, alguien nos comentó si sabíamos de una iniciativa de un profesor argentino para leer cada día un canto de La Divina Comedia. Y ahí vamos, con pausas, acompañados por Dante y Virgilio, entre círculos infernales, cancerberos y la lucha entre la nada y la inmortalidad, entre lo real y lo sobrenatural.

 

Leer la Comedia, que lo de Divina se lo agregó Giovanni Boccaccio, tal vez el primero en hacer lecturas públicas (además de ser uno de los editores y comentaristas) de la obra de Alighieri, es tener que detenerse en lo medieval, en los orígenes del Renacimiento, en otras lecturas y coordenadas. Una maravilla. Una posibilidad para conocer otros ámbitos y otras voces. Ante esta muy grata tarea de leer, al menos, un canto cada día, también nos metimos a esculcar Dante y su siglo, de Indro Montanelli, que estaba a la espera en una estantería hogareña, y otras fuentes informativas sobre la Edad Media y la vida del toscano.

 

La Divina Comedia es una obra misteriosa, de precisiones matemáticas, estelar. A los que les gusta la especulación esotérica, cabalística, les llama la atención el tres y sus múltiplos. Está llena de simbologías. Cada avatar, infierno, purgatorio y paraíso, tiene 33 cantos en tercetos endecasílabos, más el canto introductorio. Son nueve los círculos infernales, nueve las terrazas del purgatorio, nueve los astros que integran el paraíso. Y todos terminan con la palabra “estrellas”.

 

En la ya lejana adolescencia, heredé de mi tío Benjamín un ejemplar de La Divina Comedia, de la editorial Tor, que todavía conservo (letras borrosas, hojas amarillentas), traducido y hecho en verso castellano por Bartolomé Mitre. Ese fue el primer contacto con Dante, en días en que estábamos más interesados por patear balones y mandarles chocolatinas a las vecinas que por internarnos en aquella descomunal obra de 14.233 versos, según supe después que tenía.

 

En la novela Balada de un viejo adolescente, el narrador-protagonista, un joven de quince años, que habita en un asilo de ancianos, lee a Dante y se entera de que muchos de los que pueblan el infierno eran enemigos políticos del poeta, quien ajusta cuentas con ellos. “Dante Alighieri es el poeta de los poetas y el inspirador de los sabios y de los pensadores modernos”, lee el muchacho en la introducción. Por alguna razón, nunca pudo pasar de la lectura del infierno.

 

Dante, “arquitecto de la universal y de lo sublime”, como dijo algún crítico, tardó cerca de veinte años en la concepción y escritura de su obra cumbre. Su viaje al infierno lo realizó a la edad de treintaicinco años (“En medio del camino de la vida, / errante me encontré por selva oscura, / en que la recta vía era perdida”), en el viernes santo de 1300, y recorrió los nueve círculos en veinticuatro horas. “En tiempos de Dante se respiraba una religiosidad particular, que olía más azufre que a incienso”, advierte Montanelli.

 

En el último círculo infernal (en otros incluyó a los envidiosos, a los soberbios, a los glotones, en fin), Dante mandó a los traidores a la patria, a los que traicionaron a parientes, amigos, huéspedes y bienhechores. En el libro de Tor, hay un estudio preliminar “sobre la personalidad del autor, su época y su obra”, escrito por el Marqués de Molins, en el que destaca que, de los tres estados, el infierno es el de máxima perfección en la escritura de este poeta que fue matemático, heresiarca, teólogo, profeta, geógrafo, imaginador y fundador de una lengua.

 

Dante, que creía, y así lo expresa en su Convivio, que la edad termina a los setenta años (por eso, el primer verso de la Comedia dice “en la mitad del camino de la vida”), es, tal vez, como lo considera Harold Bloom, el escritor más formidable de todos los tiempos. No está de más, entonces, que le echemos una lectura diaria siquiera a un canto, como lo propuso en redes sociales el profesor Pablo Mourette.

 

Leerlo es penetrar en el misterio, la numerología, el universo estelar, la historia, la mitología, y andar dispuestos a escuchar una música que viene de más allá del mundo. Tal vez, de las estrellas.

(El Espectador, 29-01-2018)

Resultado de imagen para el infierno de dante dore

Ilustración de Gustavo Doré, El infierno, canto V.

 

 

 

Lola Vélez, una vida dedicada al arte

Resultado de imagen para lola velez artista

La Tongolele bellanita, una pintura de Lola Vélez (tomada del blog Historias callejeras)

 

Declaración de Duelo del Centro de Historia de Bello *

 

Despedir en su hora definitiva a la maestra Lola Vélez no deja de ser un acto de dolor ante su ausencia corporal, pero a su vez es un momento para decirle de nuevo gracias por su arte, por sus aportes a la cultura y la sensibilidad de un pueblo que siempre la admiró y respetó.

 

Ella, una artista íntegra, supo interpretar las angustias y alegrías de la gente para dejar en sus frescos, óleos y acuarelas un testimonio estético de su paso por el mundo. Lola Vélez, emblema de una población obrera y llena de desamparos, contribuyó a que Bello fuera llamada la Ciudad de los artistas y siempre supo que la belleza es una posibilidad para mirar el entorno con ojos de asombro y para no perder la esperanza en un futuro mejor.

 

Lola Vélez, toda una existencia dedicada al arte con profundidad y seriedad, nunca apeló al fácil expediente del escándalo para hacerse publicidades frívolas ni permitió que los diversos poderes la hicieran caer en las tentaciones comercialoides. Respiraba arte y talento, y por eso ya en vida era parte de la historia artística de un país que casi siempre ha mirado con desprecio a sus creadores.

 

Discípula de los maestros Pedro Nel Gómez y Rafael Sáenz, tuvo igualmente el privilegio de estudiar con el muralista mexicano Diego Rivera y de compartir amistad e ideas artísticas con Frida Khalo.

 

Con su partida Lola deja huérfanos a sus canarios, sinsontes y turpiales de su casa que es patrimonio cultural de Bello; a sus payasos tristes, a sus girasoles, a sus arcángeles y a su Tongolele aldeana; nos priva no sólo de su presencia señorial sino que nos deja huérfanos de su portentosa paleta.

 

Sin embargo, no es hora de tristezas, porque Lola Vélez nos deja un legado cultural invaluable, un ejemplo de disciplina y entrega total al arte; Lola pintó como si cada pintura suya  fuera la última de su vida; sirvió de ejemplo a muchos artistas jóvenes y su obra continuará viviendo. La maestra Lola seguirá siendo un faro para las generaciones de hoy y del porvenir.

 

Por eso, en esta hora de sombras por su ausencia física también hay luz, la luz de una pintora excelsa que no ha muerto, porque la muerte no existe cuando la vida se prolonga en una obra viva como la suya. Claro que la extrañaremos. Extrañaremos su sonrisa y su trato cordial, la fraternidad con la que siempre acogió a los visitantes de su casa-museo, extrañaremos esa presencia necesaria de la mujer, de la artista. El nombre de Lola Vélez no será unido a la tristeza, porque ella vivió para la alegría. Paz en su tumba y larga memoria a la maestra. Viva Lola Vélez.

 

Reinaldo Spitaletta

Presidente Centro de Historia de Bello

Marzo 23 de 2005

*Reproduzco esta vieja nota de pésame por la muerte de la artista, en momentos en que su casa (que debía ser declarada patrimonio cultural del Municipio) va a ser demolida. 

Resultado de imagen para lola velez artista

la casa de la artista Lola Vélez, en Bello. (Foto del blog Historias callejeras)

Desencuentro con amargo desenlace

(Un tango existencialista de Cátulo Castillo y Aníbal Troilo)

Resultado de imagen para catulo castillo

                                                                                                                                                                 Cátulo Castillo

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

A Cátulo (Catulo Ovidio) Castillo, al que le tuvieron que “esdrujulizar” el nombre para que los compañeros de escuela no lo molestaran, le cabe el honor de muchas letras de tango, y músicas, también de haber boxeado en la categoría pluma hasta ser preseleccionado para los Olímpicos de Amsterdam en 1924. Su trayectoria en el tango es de fina estampa, con una poética en la que la nostalgia y lo perdido (y no recuperado) están presentes.

 

Quizá por estos contornos y ambientes de cafés (incluido El último café) su tango Tinta roja (con música de Sebastián Piana) es el estandarte de este director musical, de ideas de izquierda (su padre, el dramaturgo José González Castillo, con el que también compuso tangos, era anarquista). En la periferia y el centro siempre sonó aquello de “Paredón, tinta roja en el gris del ayer…”.

 

Cátulo, nacido en Buenos Aires el 6 de agosto de 1906, un día de lluvia y frío, iba a llamarse en realidad Descanso Dominical (González Castillo), debido a que, por esas calendas se había logrado una reivindicación libertaria: la de no trabajar los domingos. El empleado de registros se negó a ponerle tal nombre y su padre se decidió por el de dos poetas latinos. Sus primeras influencias literarias estuvieron bajo el estro de Rubén Darío.

 

Sus letras, casi todas con el dolor de un pretérito imperfecto, le dieron al tango una estatura monumental, que alcanza cielos existenciales con La última curda, van a tener, en 1962, una creación dura, áspera, que puede clasificarse en los catálogos del pesimismo, o, desde otro ángulo, en una suerte de desazón ante los golpes de la vida. La versión que más se oyó en Colombia fue la muy dramática y bien interpretada de Roberto Goyeneche, con la orquesta de Baffa-Berlingieri. Y de ese tema, Desencuentro, con música de Aníbal Troilo, es del que quiero conversar.

 

Tal vez no tenga las alturas poéticas de otras de sus creaciones (como Una canción, Caserón de tejas y María, por ejemplo), pero sí hay en ella una fuerza ineludible contra la cual, como la del destino, no se puede pelear. Es la situación de alguien al que todo le sale mal y que puede estar caminando en la cuerda floja de la existencia: “Estás desorientado y no sabés / qué “trole” hay que tomar para seguir. / Y en este desencuentro con la fe / querés cruzar el mar y no podés”.

 

Es un tango amargo sobre la vida y la sociedad vista a través de lo que le sucede a un individuo, al que lo pica la araña que salvó, y el hombre al que ayudó le hace mal. “¡Qué desencuentro! / ¡Si hasta Dios está lejano! Sangrás por dentro, / todo es cuento, todo es vil”.

 

Tal vez la versión más impactante de este tango (que tiene aires de Discépolo) sea la de Rubén Juárez, cuando, ya entrado en años, la interpretó en el programa Encuentro en el estudio, de Buenos Aires, con una intensidad y una descomunal fuerza que dejó perplejos a los que lo escuchaban.

 

En el corso a contramano / un grupí trampeó a Jesús… / No te fíes ni de tu hermano, / se te cuelgan de la cruz…”. Es una especie de radiografía de una sociedad en la que reinan el engaño, las simulaciones y la trampa. Y entonces, Castillo va desgranando unos versos que aumentan la tensión del tema y de la crítica: “Creíste en la honradez y en la moral… ¡qué estupidez!”.

 

Cátulo, compositor de Silbando, y autor de Patio de la morocha y El último farol, era un gran amigo de Homero Manzi, otro de los grandes poetas del tango, con quien hizo, por ejemplo, Viejo ciego (la interpretación de Goyeneche es sublime), como un homenaje al poeta de barrio Evaristo Carriego. El tango Desencuentro tiene una particularidad: como en un cuento de Poe o de Quiroga, la tensión va en aumento hasta lograr un clímax. Es el hombre derrotado, el que no tiene salidas, el que parece estar acorralado sin remedio.

 

“Por eso en tu total / fracaso de vivir, / ni el tiro del final / te va a salir”.

 

Después de ese golpe certero, ese recto a la mandíbula, el oyente queda petrificado. Lleno de temores, tembloroso, ante la evidencia del fracaso. No hay lugar a la dulzura en esta pieza de desenfadada angustia existencial.

 

En 1974, al ser declarado Ciudadano Ilustre de Buenos Aires, Cátulo Castillo pronunció esta fabulilla: “El águila y el gusano llegaron a la cima de una montaña. El gusano se ufanaba de ello. El águila aclaró: ‘Vos llegaste trepando, yo volando’. ¿Pájaros o gusanos? — se interrogaba Cátulo — he aquí una pregunta clave”. También escribió el guion de la película Esta es mi argentina, en la que los protagonistas son Aníbal Troilo y el bailarín de tango Juan Carlos Copes. Murió en su tierra natal el 19 de octubre de 1975.

 

(Escrito en Medellín, cuando diciembre de 2017 ya es azul)

 

Resultado de imagen para catulo castillo invocacion al tango

Papá, ¿para qué sirve la historia?

 

Resultado de imagen para busto de atanasio girardot

Busto de Atanasio Girardot, de Francisco Antonio Cano.

 

Por Reinaldo Spitaletta

Hace algún tiempo, cuando desapareció por arte de ladronerías el busto de Atanasio Girardot de la plazuela de la Veracruz, en Medellín, no faltó el muchacho que pensara que se habían robado la imagen de un antiguo jugador del DIM. En una entrevista a aspirantes a la carrera de comunicación social-periodismo, le pregunté a una chica si sabía quién había sido Bolívar y la respuesta me dejó turulato: “Debió ser algún cantante de country”.

 

Antes, al menos, la muchachada agitaba el patio de recreo con dichos como “Simón Bolívar nació en Caracas en un potrero de siete vacas…” o se tragaba la invención del Libertador que creó la ficción de que Ricaurte en San Mateo se voló junto con el polvorín que vigilaba. Y, de paso, se llevó a otras esferas a no sé cuántos realistas. Hoy, da trabajo que alguno sepa por qué fusilaron a Policarpa Salavarrieta, o por qué se le dice “pola” a la cerveza. O por qué su efigie salía en un devaluado billete de diez mil pesos.

 

La historia y su enseñanza pasaron a ser en Colombia una rareza, ni siquiera de museo. Una manera, quizá, de mantener en Babia al estudiantado, porque, se quiera o no, introducirse en el estudio del pasado crea preguntas, inquietudes diversas y planteamientos que tienen que ver con el poder, los modos de derribarlo, o por qué se ha sostenido.

 

El estudio crítico del pasado es clave para la creación de memoria, de reflexiones en torno al presente, para la toma de posturas frente a los acontecimientos. Ayuda a interpretar el mundo y, si se quiere, a transformarlo. Sirve hasta para remedio, como diría una abuela. ¿Qué pasó en la Comuna de París? ¿En qué consistió la Revolución de Octubre? ¿Cuál es la evolución que ha tenido la higiene? Todo es historiable. Y saberlo, no solo da carácter, sino criterio.

 

Marc  Bloch, en su Introducción a la historia, comienza con una petición: “Papá, explícame para qué sirve la historia”. El hijo de un historiador era el que la formulaba. Y el inteligente libro del autor de Los reyes taumaturgos es una suerte de reacción, de respuesta a la inquietud de un párvulo. Es más, es ya el historiador rindiendo cuentas acerca de la disciplina que ejerce. ¿Cuáles son nuestras raíces? ¿Cuál nuestra procedencia?

“Los griegos y los latinos —nuestros primeros maestros— eran pueblos historiógrafos. El cristianismo es una religión de historiadores”, dice Bloch. Así que no es desdeñable el asunto de la memoria, de la construcción del pasado y de sus proyecciones y cargos sobre el presente y el futuro. ¿Qué había antes de la guerra? ¿Qué quedó después de ella?

 

La historia (sigo con Bloch), además de metodologías e instrumentos de estudio propios (claro, algunos son prestados de otras ciencias), tiene su propio sentido de la estética y su particular placer. Esta disciplina que tiene como objeto de estudio al hombre y sus actos (une el estudio de los muertos con el de los vivos), ¿si nos ayuda a vivir mejor? ¿Es una guía para la acción? ¿Es un camino para otros conocimientos?

 

Sigue siendo increíble y, además, atentatorio contra el conocimiento y la sed de saber, que desde hace más de treinta años no se enseñe historia en los colegios. Eso puede explicar la gran apatía frente a la opresión, frente a los desafueros del poder. Se ha menguado la resistencia y el arte de desobedecer. El rebaño se mantiene más sosegado sin historia.

 

¿Por qué se dio en septiembre de 1977 el mayor paro cívico nacional en Colombia? ¿Por qué sectores de la población calificaron el gobierno de Turbay  como el de la mafia? ¿Cómo se originó la crisis textilera y el marchitamiento de la industria? Sin las herramientas de la historia, muchos creen que el mundo ha nacido cuando ellos vieron la luz, cuando su mamá los parió. ¿Y sus padres y abuelos no tuvieron historia?

 

El pensum educativo encerró la historia en las mazmorras (¿las del régimen?), la condenó al ostracismo. Está en un exilio penoso y cruel. Podría especularse que la atrabiliaria medida está hecha para evitar cualificaciones en el pensamiento y la identidad del ciudadano. El hombre es el punto clave de la investigación histórica; tal vez por la falta de indagaciones, todavía no sabemos qué significa ser colombiano. ¿Qué representamos en la historia de la humanidad?

 

“Papá, ¿para qué diablos sirve la historia?”. Una respuesta, claro, puede estar en el bello y necesario texto de Marc Bloch, un intelectual al que la Gestapo torturó y fusiló por haber participado en la Resistencia Francesa contra los nazis. La historia también puede servir para que no te metan impunemente el dedo en la boca.

 

Resultado de imagen para movimiento estudiantil 1971

Manifestación del movimiento estudiantil de 1971

Un papa gardeliano

Resultado de imagen para papa francisco-gardel-san lorenzo

 

Por Reinaldo Spitaletta*

 

Que el nuevo papa haya asumido el nombre del único gran santo de la cristiandad, el hermano Francisco de Asís, puede ser síntoma de que la Iglesia se podría enrutar hacia una opción por los pobres.

 

Pero, en este punto es dónde comienzan muchos interrogantes, algunos como estos: ¿Continuará el nuevo pontífice la línea conservadurista de sus antecesores Juan Pablo II y Benedicto XVI? ¿Se abrirá la institución hacia reformas de fondo y, como sugiere el teólogo Hans Küng, volverá a izar las velas del renovador Juan XXIII?

 

¿Significa que porque el papa es argentino, la Iglesia jugará un papel diferente frente a las intromisiones de los Estados Unidos en América Latina? Y así por el estilo surgen preguntas en torno a lo que será el rol de Francisco, sobre el que ahora se sabe más acerca de su novia de infancia, de su amor por un equipo de fútbol, de su entrañable barrio porteño, el barrio de Flores, que sobre su presunta complicidad con la criminal dictadura militar de Videla y compañía.

 

Uno podría decir que si Francisco escogió no solo por pose o impacto mediático el nombre del patrono de Italia, el que renunció a toda riqueza material para dar ejemplo de sencillez pero sobre todo de protesta ante la injusticia, es porque a la Iglesia la esperan momentos cumbre de transformaciones. Se sabe de sus faustos, de su historia milenaria con abundantes patrimonios terrenales, de las actividades financieras vaticanas. ¿Cambiará la correlación de fuerzas para que la Iglesia sea no solo vocera y defensora de los pobres sino una crítica tenaz frente a los poderes que son la causa de las miserias y desamparos sociales?

 

Aguardemos entonces que las prédicas contra la pobreza vayan acompañadas de cuestionamientos (¿y acciones?) contra los modelos y sistemas económicos que depredan tanto al hombre como a la naturaleza. Mientras tanto, y tornándonos más bien ligeros en cuanto a la elección del papa Francisco, un ser que montaba en subte (metro) en su natal Buenos Aires y que, según la prensa, ha hecho demostraciones de austeridad en su vida ciudadana, volvamos al hombre.

 

No sé si es por una “light culture” o porque se ha querido dar una semblanza del humano para luchar contra mitologías, que se le ha dado tanto despliegue a su gusto por el San Lorenzo de Almagro (seguro, la hinchada tendrá que poner ahora la efigie del papa en sus banderas y camisetas) y por su pasión tanguera.
Hay tres asuntos argentinos extraordinarios, que son la literatura, el fútbol y el tango. Los dos últimos, como se sabe, son una especie de religión, en particular en Buenos Aires. Francisco, el papa, el cura (“me gusta ser cura”, les dijo a los autores del libro El Jesuita), ha sido un lector devoto de Borges y Leopoldo Marechal (El de Adán Buenosayres y Megafón o la guerra). Y ni hablar de tango y su “abrazo sinfónico”. El padre Bergoglio gusta ¡claro! de Gardel, pero también de Ada Falcón, una cancionista (la Emperatriz del tango, la llamaron) que después se internó en un convento. Y seguro que bailó (o tal vez baila todavía en alguna soledad) con el compás de Juan D’Arienzo. Y escucha con admiración a Astor Piazzolla, el revolucionario del tango.

 

Saber que un papa es tanguero o un buen lector de literatura, puede dar a otros un pábulo para meterse en esos avatares. Quizá ahora algunos irán a leer (o releer) Los novios, de Manzoni, uno de sus autores italianos preferidos o ver todas las películas del neorrealismo o las argentinas en las que actúa Tita Merello, y mirarán con nuevos ojos La crucifixión blanca, de Marc Chagall y buscarán los misterios estelares en la dantesca Divina Comedia. Que los gustos estéticos de un papa son posibles de imitar. Así que habrá alguna feligresía que se dedicará a leer a Hölderlin, en hora buena.

 

La elección de un papa crea expectativas, tanto en creyentes como en ateos. Esperemos que el tocayo de Francisco de Asís sí tenga una auténtica opción por los pobres.

 

Posdata: El martes pasado murió en Medellín el máximo referente del tango en Colombia, el investigador Luciano Londoño López. Honor a su memoria.

 

*Nota publicada en El Espectador, 18 de marzo de 2013

 

Resultado de imagen para papa francisco

El papa Francisco

Mutis el gaviero

Resultado de imagen para alvaro mutis gaviero

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

¿Cuál sería el último rostro de Álvaro Mutis? El poeta y novelista de las tierras calientes, las de mosquitos y malarias, las de aventuras de piel y muchachas de tórrido olor a sexo, murió a los noventa años en México, y dejó, de un lado, un testamento literario, y, del otro, aquella cara oculta que alguna vez lo condujo a ser un presidiario en la cárcel de Lecumberri, donde había bandidos que, adentro, mataban por encargo.

 

Mutis, el de las ideas monárquicas, ascendió a los cielos y también descendió a los infiernos. La “muerte del estratega”, de aquel tipo de voz bonita que hacía la narración radial de Los intocables, y que puso a palpitar el corazón de muchos radioescuchas con Al Capone o con las pesquisas de Eliot Ness, que hacía cumplir la Ley de Prohibición en Chicago, ha dejado a la literatura un personaje que sigue andando: Maqroll el Gaviero.

 

No sé con cuál de las obras narrativas de Mutis se queda usted, querido lector, pero creo que para mí sigue siendo clave, más que las de la saga de Maqroll, La mansión de Araucaíma (Relato gótico de tierra caliente), con aquella lujuriosa dama, La Machinche, y la aparición perturbadora de una muchacha que llegó en bicicleta a la hacienda. La Machinche, “hembra madura y frutal”, de “vastas caderas y grandes nalgas”, frente a la chica cinematográfica “rubia, alta, bien formada, con largas piernas elásticas, talle estrecho y nalgas breves y atléticas”. Hay algo de La ruina de la Casa Usher, de Poe, en el final de la mansión.

 

Mutis, el de los esteros y prostíbulos, el que en seis años publicó ocho libros con su personaje preferido, tuvo, como se sabe, y como a lo mejor les pase a casi todos los seres humanos, pasajes oscuros. Poco o casi nada debe importar la vida, por ejemplo, de Villon, cuando se lee su obra; o la de Genet, el santificado por Sartre. O la de Celine y sus amores nazis. Son asuntos más para la biografía que para el análisis de sus creaciones.

 

Sobre el poeta y relacionista público, que trabajó para la Esso, una transnacional con un pasado nefasto en la intervención en los asuntos internos de muchos países latinoamericanos,  recaen acusaciones históricas de haber servido a esa compañía, para convencer a miembros de la Asamblea Nacional Constituyente, en los años del dictador Rojas Pinilla, para que votara en contra de aquel, sobre todo cuando se disponía a nacionalizar el petróleo colombiano. El servicio de inteligencia lo descubrió y Mutis huyó a Cuba y después a México.

 

¿Cuál sería el último rostro de Mutis? Tal vez el del Gaviero en los esteros, o en la tienda La nieve del almirante, o en un hospital de ultramar. Tal vez en su tiempo final haya escuchado el lamento que cantan las mujeres del Peloponeso alrededor de los difuntos, la moirologhia (“¡Ay, desterrado! Aquí terminan todas tus sorpresas”). O pudo ser el rostro de Bolívar, el agonizante, el que iba dejando los últimos suspiros por el río Magdalena.

 

No sé si, como dice un poema suyo, la muerte lo acogió con todos sus sueños intactos: “La muerte se confundirá con tus sueños / y en ellos reconocerá los signos / que antaño fuera dejando, / como un cazador que a su regreso / reconoce sus marcas en la brecha”. Álvaro Mutis, el mismo al que su amigo García Márquez le dedicó El general en su laberinto, se deshizo de “su breve materia” y ya está “en la piadosa nada que a todos habrá de alojarnos”, como dice algún poema suyo.

 

Mutis se prolonga en sus libros. En algunos de sus paisajes, en el rito de su poesía litúrgica. Como lo dijo Octavio Paz en 1959, sobre Los hospitales de ultramar: “En nuestros días la misión del poeta consiste en convocar a los viejos poderes, revivir la liturgia verbal, decir la palabra de vida”. Confiemos en que, para su honra y honor, el poeta haya tenido un bel morir.

 

(Artículo publicado el 23 de septiembre de 2013, tras la muerte del poeta y escritor colombiano Álvaro Mutis)

Álvaro Mutis, Bogotá, 25 de agosto de 1923-Ciudad de México, 22 de septiembre de 2013

 

Resultado de imagen para alvaro mutis caricatura

Álvaro Mutis y Gabriel García Márquez