El asombro viene en libros o un elogio de la imaginación

(Literatura y adolescencia, más allá del onanismo y las vellosidades *)

 

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Scheerezada y el rey Schariar.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. Obertura con una canción de cuna

Al principio era el agua. Y flotábamos en ella, sin luces, sin colores, ojos cerrados, aferrados a la vida mediante un cordón y así pasaban los días sin darnos cuenta. Sin relojes. El tiempo para nosotros no existía, hasta que un día (tal vez una noche) salimos de la oscuridad y en ese instante, quizá, comenzaron nuestros asombros. Estos aumentaron cuando, cercanos, escuchamos los primeros arrorrós, las canciones de cuna, los tralalás, sonidos de cascabel y a una voz dulce que nos contaba historias. Y no nos dábamos cuenta. Pero en nosotros, en alguna parte, se iban grabando las palabras y el canto, también los lamentos y los llantos. Crecíamos con el sabor de la leche en los labios (hoy es un sabor repulsivo). Poco a poco o quizá mucho a mucho, los símbolos sonoros se nos iban colando en el alma. Íbamos creando imágenes. El mundo, que aún no era ni tan ancho ni tan ajeno, se nos revelaba colmado de sorpresas.

Y mientras tanto, una voz, quizá la de Scheerezada rediviva, nos anunciaba que había hadas buenas, brujas, genios metidos en botellas, elfos, enanos y gigantes, un Gulliver que caminaba por un país llamado Liliput. Aquella voz también proclamaba (unas veces era apenas un susurro, una caricia vocal) que había lobos y caperucitas y cazadores y “abuelita, abuelita”. De esa manera nos pintaban el bien y el mal, fuerzas contrarias. No existe la una sin la otra. Complementarias y —por lo menos para la imaginación—, necesarias. Y la voz nos seguía hablando de numerosas maravillas. Por ejemplo, nos narraba sobre un hombre que vivió dentro de una ballena y otro dentro de un cocodrilo, y acerca de un diluvio universal y un arca, o nos hacía repetir unas palabras que hablaban de un presunto ángel de la guarda al que le impetrábamos que no nos desamparara ni de noche ni de día. Y así crecíamos, como al margen del tiempo, sin sentirlo. Solo nos interesaba aquella voz que, ciertas noches, hablaba de dioses y de héroes y demonios. En otras ocasiones, sobre hojarasquines, duendes, endriagos y brujas. También sobre una mujer que lloraba porque había arrojado a su hijo a las aguas de una quebrada. Nuestra cabeza se atiborraba de mitos y leyendas, de otras voces, de novísimos asombros. Ese pudo ser, en general, nuestro primer contacto con la literatura, que no solo venía en libros.

Habitábamos un mundo de fábula. Un universo de barquitos de papel, canicas de cristal, trompos, cometas, globos…  Una suerte de paraíso terrenal en el que las serpientes todavía no nos tentaban con manzanas (ni con mangos). Estábamos inmersos no en las aguas primigenias sino en las fantasías de Pombo y los Hermanos Grimm, de Perrault y Andersen, de las aventuras de Calleja. Éramos amigos de Simón el bobito y de Perico Murallas. Esa voz miliunanochesca nos seguía hablando, narrando, despertando la imaginación, aunque para aquellos días, creo, la imaginación siempre estaba en vela. En el cerebro nos resonaban muchísimos “érase una vez, había una vez…”. Así nuestra cabeza se iba alejando del piso y los pantalones se alargaban y otras voces nos recitaban el ABC y pasábamos del aliterado “mi mamá me mima, yo amo a mi mamá” a las tablas de multiplicar, a recitar con picardía que Simón Bolívar nació en Caracas en un potrero de siete vacas, a aprender que Colón descubrió otros modos del asombro, a mecanizar que dos más dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y ocho dieciséis. En aquellos días todavía podíamos subir a la luna montados en las alas polvorientas de una mariposa. Éramos sin duda muy felices y muy imaginativos.

 

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En cómics de revista, en libros, Tarzán acompañó las aventuras de niños y adolescentes.

 

Poco a poco fuimos entendiendo que, por ejemplo, la Scheerezada que nos entusiasmaba contaba historias para poder sobrevivir, para que el rey Schariar no la matara. Íbamos comprendiendo con lentitud que en la narrativa, en la poesía, en los primeros cantos del hombre, también en los últimos, en todo eso, había (y hay) vida y más posibilidades de vivir. Que el arte de la palabra nos muestra las pasiones humanas, la condición del hombre. Nos hace caer en cuenta de que somos terrenales y temporales. Y que en esas narraciones uno puede tener y buscar lo que se ha denominado “modelos superiores”. Puede hallar los altibajos de la existencia. Por eso todavía nos maravilla un canto de cuna o el tarzanudo grito que brota de un libro de Edgar Rice Borroughs o el cuento del Patito feo. Son asuntos hechos para el alma, no importa si esta tiene dos, tres, seis o veinte años. Por eso, hasta el final de nuestros días nos acompañarán rimas como Los maderos de San Juan, que todavía siguen pidiendo queso y pan. Irán con nosotros hasta las moradas finales asuntos tan elementales como el pantalón corto, la corbata a la moda, el sombrero encintado y la chupa de boda del inquieto Renacuajo Paseador, o la falta de lógica en el hecho de que un lobo se trague a una niña (sin masticarla, enterita no más) y después un cazador la rescate viva del vientre del feróstico animal. En realidad, en aquellas narraciones de nuestra infancia la lógica nos tenía sin cuidado.

Después, en esos mismos calendarios cuando creíamos que la tierra era plana e infinita y sin tiempo, aparecieron las aventuras de los caballeros y la voz scheerezadesca de una maestra de primaria nos adaptó las aventuras del ingenioso hidalgo manchego y vimos en algún texto ilustrado la magra figura de don Quijote (que todavía recorre la manchega llanura, según León Felipe), junto a la silueta robusta, redonda, de Sancho Panza. Y por esos mismos días, los asombros advinieron en un libro con más caballeros, como el de Ivanhoe, de Walter Scott, con torneos, armaduras y cruzadas. También había otras cosas, más cercanas, que nos hacían vibrar. Por ejemplo, mientras las muchachas jugaban con muñecas y ensayaban a ser madres (también un ejercicio imaginativo), nosotros concebíamos universos galácticos, nos creíamos tarzanes y llaneros solitarios, disparábamos con pistolas de plástico, teníamos guerras a escala en ese juego veloz y sudoroso que denominábamos la “guerra libertada”, nos zambullíamos en las sombras callejeras del “coclí-coclí al que lo vi, lo vi”, nos ilusionábamos con el vuelo azul de una cometa, y los más arrojados nos metíamos a las fincas suburbanas para asaltar árboles de mango, ciruela y naranjas. Todavía no era la época para conocer la hondura filosófica de El principito, aunque de veras hubiera sido bello haber podido leer a los siete u ocho años ese texto hermoso y perturbador del hombre que vivió más en el aire que en la tierra, Antoine de Saint-Exupéry. Y así, entre aventuras de esquina y complejos de Edipo, en medio de tantos deslumbramientos, se marchó nuestra niñez sin darnos cuenta. Lo único que prevalecía era una voz, narradora, que cada noche salvaba su vida con el prodigioso artificio de contar historias.

 

  • 2. Los fantasmas de Raquel Welch y Marlene Dietrich 

Y los asombros y otras maneras de maravillarnos no nos abandonaron. Por el contrario, aumentaron su intensidad y presencia. Había nuevas sensaciones y a tener conciencia del cuerpo, al que ya le rendíamos ciertas pleitesías. El corazón nos palpitaba con renovada fuerza y rapidez, sobre todo cuando veíamos las piernas de Lucía o la cara canela de Teresa o la manera de caminar —como si pisara flores— de la trigueña Nubia, una muchacha que en diciembre “tiraba paso” y nos extasiaba con sus movimientos. Ciertas regiones corporales, antes lampiñas, se poblaron de vellosidades. Sufrimos cambios radicales y los recibimos con sorpresa. Era otra manera de los descubrimientos, distinta quizá a los corrientazos que sentíamos cuando aquella voz nos narraba cuentos. Aprovechábamos entonces la oscuridad del cuarto no para imaginar monstruos y fantasmas, sino para ver, paradójicamente con una rara claridad, cuerpos de mujeres. Los inventábamos. O los tomábamos prestados del cine, o hacíamos una síntesis entre las caderas de Raquel (pero no de la Welch, que hubiera sido lo ideal), las piernas de Sandra (lástima no haber visto por aquellos tiempos las de Marlene Dietrich, que eran las más bellas y sensuales de la pantalla grande) y la cara angelical de Susana. Y gracias a esa integración imaginaria, que pudiera ser, en otro sentido, la creación de un monstruo, las noches, en cama con colchón de paja (no había somieres ni otras suavidades), nuestras noches eran una fiesta en la que se proyectaban escenas de secreto encanto.

 

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Raquel Welch

 

Era el hallazgo de nuevas emociones, de estremecimientos, de enamoramientos como los que nos proporcionaban las divas del cine, a las que, además de ver en la pantalla, las teníamos en fotos recortadas de revistas y en uno que otro afiche fijado en la pared del cuarto. O en los caramelos o cromos que comprábamos en las tiendas e intercambiábamos a las entradas de los teatros. Era un momento, que poco duró, pero nos tornó conscientes del cuerpo y de los enamoramientos de celuloide.

 

 

 

  • 3. Donde se habla de jadeos desesperados y una cita de Philip Roth

 

Esa inestable etapa que nos mantenía entre la infancia perdida y lo que se consideraba una adultez lejana, fue propicia para seguir imaginando, para ejercitarnos en rebeldías y cuestionarlo todo. Era un nuevo despertar. Un goce cotidiano. El hallazgo de otro placer. Creo que mejor lo describe Philip Roth en su novela El lamento de Portnoi:

Llegó después la adolescencia en la que me pasaba la mitad de la vida encerrado detrás de puerta del cuarto de baño, disparando mi pene por la taza del retrete, o sobre las prendas del cesto de la ropa sucia, o splat, contra el espejo del armario de botiquín, ante el que estaba de pie, con los calzoncillos bajados, para poder verlo salir. O, si no, estaba inclinado sobre mi veloz puño, con los ojos fuertemente cerrados y la boca abierta de par en par para recibir en la boca y en los dientes aquella pegajosa salsa de mantecoso suero y clorox… Aunque, frecuentemente, en mi ofuscación y éxtasis, la recibía de lleno en el pelo, como una rociada de grasosa brillantina. En medio de un mundo de pañuelos amontonados, arrugados kleenex y piyamas sucias, yo movía mi novicio e hinchado pene, con el perpetuo temor de que alguien me sorprendiera justo en el momento culminante de mi frenesí al soltar de mi carga…

Lo anterior es, como es obvio, la experiencia, narrada literariamente (casi literal) de un muchacho gringo. Desde luego, en nuestro tórrido trópico son distintas, quizá más exuberantes, este tipo de manifestaciones de la adolescencia. Recuerdo, por ejemplo, a un grupo de amigotes que se iban a ver en un solar, colgados en alambres de ropa, los calzoncitos de la muchacha de esa casa, que se oreaban. La noche —cuando no era allí mismo el éxtasis—, estaba llena de felicidades. Este episodio evoca de cierta manera los famosos calzoncitos de Tony, descritos por Fernando González en su obra El remordimiento. Por otra parte, rememoro que un amigo de adolescencia nos prestaba los pantis de su hermana para que nuestra imaginación fuera más desbordante, más tempestuosa. Estoy seguro de que badeas, papayas, calcetines, arena playera y otros implementos, reemplazaron las manzanas que después describe Philip Roth en su experiencia narrada a través de un joven, Alexander Portnoi, que le va contado sus peripecias lujuriosas al sicoanalista. En la Costa caribe colombiana, las burritas suplantaron las manos en la búsqueda del placer adolescente.

 

  • 4. Cupido lanza sus flechas

La adolescencia es una etapa clave de la vida, en especial para el cultivo de la imaginación y la práctica de rebeldías. Es un tiempo en que se abren los canales del alma y, quizá en mayor proporción, los del cuerpo. Es el tiempo del amor. Eros invade el corazón y las partes pudendas. Las flechas de Cupido, con filtros amorosos, se clavan en los adolescentes como si estos fueran sansebastianes en agonía. Es un período en el que el jovencito se cree inmortal, intocable y está inclinado hacia el heroísmo, a lo épico, y se amaña en la comisión de actos delirantes, de locuras. Es un transgresor. Es un dios y un demonio, todo junto, porque presume que es capaz de crear paraísos y diseñar infiernos. El adolescente es un rey con palacios y siervos ficticios. Cree que el mundo está a sus pies. Y que el mundo nació con él. No hay historia. Hay en esos momentos juveniles un afán inusitado por trascender, por volar, por imitar modelos superiores (o inferiores que se disfrazan como de alto valor). Es una edad poblada, como la infancia, de disímiles asombros, de perplejidades, de vacilaciones y embelesamientos. “Juventud, divino tesoro”, proclamó Darío.

La adolescencia según Octavio Paz, “es ruptura con el mundo infantil y momento de pausa ante el universo de los adultos”. Y aunque parezca paradójico, en ese estadio en que nos creemos eternos, la soledad también nos acompaña. Quizá por ella se comienza a tener la noción de singularidad. El autor de Libertad bajo palabra insiste sobre el tema: “La adolescencia no es solo la edad de la soledad, sino también la época de los grandes amores, del heroísmo y el sacrificio. Con razón el pueblo imagina al héroe y al amante como figuras adolescentes”.

 

La literatura, aunque algunos la miren con cierto escepticismo, nos hace la vida menos dolorosa…

 

En este punto es cuando quiero entrar a tocar la importancia que tiene la literatura en la adolescencia y, claro, en cualquier etapa de la existencia, pero en aquella es capital. Es el momento para entrar en contacto con grandes novelas y cuentos. Es ocasión para introducirse en el universo complejo de la poesía y del arte en general. Ese muchacho que, desde niño, venía escuchando la voz encantadora de Scheerezada, indudablemente tendrá más oportunidades de degustar y entender las letras, de gozar con las historias, de vislumbrar en los libros, en las ficciones, que allí se tratan elementos para sobrevivir, para tener un equipamiento, ampliar los puntos de vista y el horizonte. Si desde niño lo acostumbraron a amar los libros, si le cultivaron el afecto por la lectura, si la televisión no logró castrarle la imaginación, ese muchacho será un pelado despierto, sensible, disciplinado, capaz de emprender tareas difíciles y de realizarlas. Creo que la literatura, aunque algunos la miren con cierto escepticismo, nos hace la vida menos dolorosa, menos trágica, o del dolor y la tragedia nos da dimensiones extraordinarias que nos ayudan a comprender la condición humana.

Ya lo decía Vargas Llosa en la introducción de La verdad de las mentiras que el Santo Oficio fue el primer organismo en detectar los alcances de la literatura, de la novela. En estas el hombre puede percibir la realidad en otra dimensión y verla con otra lente. Por eso, la Inquisición proscribió libros y por eso determinados regímenes totalitaristas prohíben a los escritores que les son incómodos. Abundan los ejemplos en ese campo.

En la adolescencia se aumentan las pasiones —altas y bajas—, se despierta la lascivia, el apetito sexual se abre, desmesurado. Pero al mismo tiempo florece el afán por conocer, por saber más cosas, por experimentar. Por sentir lo nuevo y gozar con la aventura de vivir y con lo prohibido. Contestar en voz alta. Rebelarse ante la autoridad. Y la literatura es un camino, una puerta, un aliento. Es placer y dolor al mismo tiempo. Ella refleja, o, en otro sentido, encierra el odio y el amor y la angustia y la esperanza. Y todas las cosas por las cuales vinimos al mundo. La lucha. Trabaja con las esencias, por lo que se dice que el arte no progresa (cambian las técnicas, los materiales, las formas). Por eso nos emociona todavía, después de seis mil años, la epopeya de Gilgamés, o lo que de ella quedó. Por eso vibramos con las peripecias desconcertantes de Ulises y con las confrontaciones de Troya. Por todo eso es imperecedero Gargantúa y Pantagruel, El lazarillo de Tormes, el Decamerón, porque muestran la desconcertante condición humana. Este es el eterno tema de la literatura.

 

  • 5. Sobre lunas suburbanas y el Carpe Diem

En todas las épocas, por lo menos en la llamada modernidad, los adolescentes han querido que les cuenten historias. Historias de amores y de guerras. De odios y esperanzas (o desesperanzas). De desdichas y felicidades. Y así como pueden estar atentos a las aventuras, a los choques de Troya o a lo que narra Tolstoi en Guerra y paz, es probable que en un momento se interesen por una novela de guerra en la que todo es risa, humor, desparpajo, como la del soldado Svejk, sobre las incidencias tristes y dramáticas de la Gran Guerra, en particular en el frente oriental.

La adolescencia es una etapa en que todo se quiere probar. Lo dicho: es un experimento. Y en ese “todo” está, por qué no, la literatura, que muestra las complejidades del alma y de la sociedad. ¿Quién que es no derramó alguna lágrima en la lectura de María? ¿Quién que es, sea o no romántico, no sintió que se le aceleraban los latidos con Aura o las violetas o con Flor de Fango? (aunque más que por adolescentes, hubo un momento en que a Vargas Vila lo leían más los zapateros y los sastres) ¿No nos emocionamos acaso, sobre todo después de ver películas del Oeste, con los libritos de Marcial Lafuente Estefanía o por las inusuales aventuras narradas por Emilio Salgari?

 

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Emilio Salgari iluminó la imaginación de miles de adolescentes.

 

Creo que los adolescentes requieren tener un acceso amplio a la literatura para que sean más recursivos, más creativos, para que aprendan a amar la vida y a enfrentar los reveses con entereza. Para que aprendan a construir paraísos, pero no paraísos artificiales en los cuales no existan las contradicciones, sino, por el contrario, lugares en los que puedan, debido a las dificultades, conseguir soluciones, pensar en ellas. Donde el ejercicio de la inteligencia y la razón los conduzca a la conquista del derecho de soñar. Los adolescentes tienen que formular utopías y ascender a otros cielos. O como podría decirlo un poeta, deben luchar por tener la segunda oportunidad en otro infierno. Y me parece que a todo ello pueden llegar en las alas de la literatura.

Pienso, por ejemplo, que si muchos adolescentes de las barriadas de Medellín tuviesen acceso al arte y la cultura, a los libros, al buen cine, a los colegios y universidades, quizá no caerían en los abismos del crimen. Claro que estoy soñando (como cualquier adolescente que besa a su novia en un parque) en que algún día toda esa gente tendrá contacto con obras como El viejo y el mar, Por quién doblan las campanas, El retrato de Dorian Gray, en fin, con tantas otras, y entonces, supongo, amarán más la vida. La literatura, por supuesto, no es la panacea universal, pero estoy seguro de que es un camino interesante, aunque espinoso y difícil. Me parece que la literatura ayuda a mirar el mundo con otras perspectivas y es otra forma del conocimiento.

Presumo que muchos adolescentes desean con fervor que les cuenten historias de arrabales, que las canten a las lunas suburbanas como lo hizo Homero Manzi, que les relaten aventuras de amor en las esquinas. Quieren saber que hubo una muchachada que se iluminaba la cara con luces de Wurlitzer y de Seeburg y que escuchaba tangos (melodías, decía el antiguo malevaje) y boleros. Ellos anhelaban oír —o leer— asuntos relativos a la vida cotidiana, a lo común y corriente.  Quieren que les canten. Y ellos quieren cantar. A ellos, como a Serrat, les gusta la poesía de las pequeñas cosas. Y de las grandes también. Todos esos muchachos y muchachas que tienen sus sueños vigentes desean volar alto como un águila caudal o como el personaje que canta Alberto Cortez. Son fantasiosos e idealistas. Hay que enseñarles a vivir con intensidad cada jornada como si fuera la última o la única. A aprovechar cada momento para aprender a coger la flor del día, el Carpe Diem que cantó Horacio, un poeta muerto.

Cuando uno aprende a soñar ya está transitando los caminos de la libertad. Está subiendo la empinada cuesta que conduce hacia la búsqueda interior. La felicidad es poder hacer las cosas que a uno le gustan o, al menos, poderlas soñar. América es un sueño de Colón, que ni siquiera supo que había pisado un territorio ajeno a sus sueños. La luna, uno de Julio Verne. El helicóptero es una ensoñación de Leonardo da Vinci. La libertad, la igualdad y la fraternidad continúan siendo un largo y acariciado sueño de la humanidad, que quizá algún día será cierto y real. Por ahora hay que decir con el poeta: “Despertó de ser niño / nunca despiertes”.

 

  •  6. Donde se vuelve a escuchar la voz de Scheerezada

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Y mientras el universo se hace más ancho y viajan sondas espaciales a explorar el sol, esa voz amplia continúa narrando. Quizá es Scheerezada, la eterna. O una discípula. En todo caso, ella prosigue su labor infinita de contar y contar. Y al tiempo que los muchachos ven transformarse su cuerpo, que surgen vellosidades en sitios ocultos y se vuelven discípulos de Onán, la voz les narra aventuras, como las de Robert Louis Stevenson. Viajan a La Isla del Tesoro, sienten voces de piratas, se empapan de mar, como también pueden hacerlo cuando leen a Conrad y a Melville y a Scott. Entonces van surgiendo más y más cosas hermosas, como las narraciones marinas y terrestres de Jack London, el de Colmillo blanco y La llamada de lo salvaje, y después (o antes) aparece el capitán Nemo con su Nautilus en esa singular aventura de las Veinte mil leguas de viaje submarino. Y entonces de la aventura exterior se trasciende a la interior y las páginas hablan de Harry Haller, el lobo estepario, y de Sidarta Gautama. Sí, Hermann Hesse también les llega a los jóvenes, a los niños, a los viejos. Quizá uno no deba hablar de una literatura exclusiva para adolescentes, pero sí de una literatura que aman los adolescentes, llena de pasiones y emociones, que enseña a trasegar por la vida, que invita a estar alerta y a cultivar la imaginación y el pensamiento.

El universo de la adolescencia, gracias a esa voz de encanto, se fue poblando de héroes como Robinson Crusoe, Tom Sawyer, Hucklberry Finn, Sherlock Holmes, Hércules Poirot, Robin Hood, Oliver Twist… y los asombros engordaron con las narraciones extraordinarias de Poe, con la inventiva de H.G. Wells, en particular por La Guerra de los mundos y El país de los ciegos, por solo citar dos de sus obras. Tantos prodigios juntos fueron enriqueciendo la imaginación, alimentando el espíritu. De Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo se saltaba a Sandokán y después hasta El faro del fin del mundo. Se fue conformando una geografía literaria, un espacio mítico, un tiempo interior, merced a aquella voz, a tantas voces que nos hablaban desde el mar, el cielo y la tierra.

Hay escritores que tienen la extraña virtud de ser queridos por los adolescentes. Me parece que Cortázar (al que yo llegue de adulto) es uno de ellos. Los muchachos y muchachas lo adoran y lo llevan siempre en sus carteras y mochilas. Lo leen en un parque o en un bus. En los setentas, Cortázar se coló entre el estudiantado y ganó una simpatía que no termina. Es más, se acrecienta con el pasar del tiempo.

Las palabras crean las cosas, decía Filón de Alejandría.

La palabra es fuego. El hombre se la robó a los dioses y gracias a ese acto heroico, se igualó a ellos. O tal vez los superó. La palabra es un elemento transformador. Tiene propiedades alquímicas y mágicas. Hay palabras que permiten ir al cielo o descender al infierno. Palabras que crean mundos más allá del espejo, al otro lado. O que son capaces de crear un ser que puede considerarse aterrador, como el Golem. La palabra es refugio. Escudo. Fortaleza. Las palabras crean las cosas, decía Filón de Alejandría.

Cuentos, historias, la voz del viento, la música de las estrellas (o de las esferas), cuantiosas maravillas nos iluminaron los almanaques de la adolescencia, y así, entre el fútbol y los tangos y el rock y los primeros amores, transcurrieron los años y cogimos cara de serios, de adultos, de seres trascendentales y aburridos… Sin embargo, en algún recóndito lugar del alma hospedamos ese equipaje de ensoñaciones y deslumbres que, desde la cuna, le escuchamos contar a Scheerezada. Esas maletas son las que de vez en cuando nos hacen recuperar la infancia y la adolescencia perdidas. Y a veces nos conducen a creer que hubo un desprendimiento, un rapto. Y es cuando aparecen las nostalgias y la melancolía, que de acuerdo con Pessoa es “una nada que duele”.

 

  • 7. Epílogo por el derecho a la imaginación

Al principio fue la oscuridad y después vino la luz. Nos encontramos con los primeros sonidos y olores y sabores. Fuimos creciendo con la capacidad de inventar, de crear otros mundos, de viajar a galaxias imposibles. Llegamos a la Tierra a sentir el dolor y el placer, a dejar alguna breve constancia, a construir el paraíso de la dificultad. A aprender a llorar y a saber secarnos las lágrimas,

La infancia y la adolescencia nos trajeron muchas sorpresas y cambios. Muchas aventuras. Creo que tenemos que seguir levantando el reino de la imaginación y reivindicar para el niño, para el adolescente, para el adulto, para todos, el derecho a imaginar. La literatura nos ayudará en esa tarea descomunal. He ahí un reto: usar la imaginación en la vida cotidiana. Puede ayudar a mitigar los desamparos y a sobrevivir en medio de tantos riesgos. La literatura, aunque no es el único remedio, es más, puede que nada remedie, sino que acabe de hundir al mundo en ese naufragio que es el ser humano, es una tabla sobre la cual podemos navegar un buen tramo.

La lección nos la enseñaron hace siglos, cuando una mujer talentosa se puso a contar historias durante mil y una noches (todavía sigue contando) y gracias a esa proeza ganó la inmortalidad. ¡Viva la imaginación, aunque no llegue al poder!

* (Conferencia dictada en 1990 en un encuentro de psicólogos de la Universidad de Antioquia)

 

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Pintura de Philippe Jamin

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Fútbol y ciudad: o un modo de romper el tedio

(Conferencia con goles de domingo y ficciones de igualdad social)*

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Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. Obertura con empate heroico

Muchos de ustedes, amables concurrentes, de seguro habrán leído el libro de Eduardo Galeano El fútbol a sol y sombra, que es un homenaje al fútbol como fiesta colectiva, como música del cuerpo y que a su vez denuncia las estructuras de poder que se han tomado a este deporte, que es hoy por hoy uno de los negocios más lucrativos de la tierra. Vean ustedes, por ejemplo, que Joao Havelange, durante 24 años presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociado, era como una suerte de presidente del mundo, un magnate todopoderoso, un príncipe intocable. Entre un jefe de estado de una superpotencia y el presidente de la FIFA no hay mucha diferencia. Es decir, el fútbol es otra manera de ejercer el poder, y es toda una multinacional. Estos temas los desarrollaremos en otra conferencia, pero me parece importante enunciarlos desde ahora, para que veamos que el fútbol, con toda su estética, sus pasiones, su melodía, sus atractivos y su gran afición, no es un juego inocente.

Bueno, he mencionado este libro de Galeano sobre todo porque el epígrafe es muy hermoso, es una dedicatoria a unos niños que según el escritor se encontraron con él o él se encontró con ellos, cuando los pelados de una población llamada Calella de la Costa, venían de jugar un partidito, un picado, y en su discurrir cantaban con entusiasmo esta tonadita: “Ganamos, perdimos / igual nos divertimos”.

Me parece que ahí, en esas palabras cantadas de aquellos chicos, hay una clave muy importante, en la que el fútbol se muestra como lo que siempre debió haber sido, un juego, una diversión, otra manera del esparcimiento. Cuando el fútbol, debido a la introducción de procesos económicos, cuando ese deporte maravilloso se volvió un ingente negocio, una enorme empresa universal, entonces lo de la diversión va a pasar a ser apenas un recuerdo, una nostalgia. Es como una expulsión del paraíso. Pero fíjense ustedes que esos muchachos reivindican, tal vez sin saberlo, al fútbol como un juego, un divertimento, para ellos no importaba ni perder ni ganar, sino jugar y recrearse.

Aquí, en este punto, me acuerdo precisamente de una anécdota, muy conocida, muy bella. En ese partido famoso entre la Unión Soviética y Colombia, en el Mundial de Chile, en 1962, pues ustedes saben que en ese momento la URSS tenía una poderosa escuadra y al mejor arquero del mundo, a la Araña Negra, Lev Yashin. El caso es que Colombia iba perdiendo en el primer tiempo tres por cero. En el entretiempo el entrenador de Colombia, que era el argentino Adolfo Pedernera, les dijo a sus jugadores: “bueno, muchachos, salgan a divertirse”. Cómo les parece la propuesta. Uno perdiendo tres a cero y entonces salir a divertirse. Sin embargo, esa pareció haber sido la clave del éxito y de cómo una derrota aplastante casi se convirtió en una victoria; en realidad fue una victoria moral, de la cual los colombianos vivimos durante muchos años. Y esos muchachos de Pedernera, Klínger, Maravilla Gamboa, Toño Rada, Marcos Coll, el Cobo Zuluaga, en fin, salieron a divertirse. Iban perdiendo y todo, pero salieron a jugar, el fútbol como una de las diversiones más gratas. Esos colombianos, sin saberlo, también encarnaban a los muchachos de Calella de la Costa. Y poco a poco se iban animando con sabrosura, pese a ir perdiendo. Y marcaron el primer gol, y después les anotaron otro, pero siguieron divirtiéndose, jugando, gambeteando, y consiguieron otro gol, y después otro, incluso un gol olímpico al mejor arquero del mundo, y empataron el partido a cuatro goles. Mejor dicho no ganaron porque ahí sí la Araña Negra se les creció y les tapó de todo. Me parece aquella faena una bella lección de pundonor y amor al juego.

Bueno, decir ahora que el fútbol es parte de la cultura de nuestro tiempo es un lugar común, es decir, algo requetesabido. Hoy el fútbol está presente en todas partes, es como un nuevo dios, con el don de la ubicuidad. Lo que pasa es que ahora, como se trata de un negocio de millones y millones de dólares, como el fútbol es una profesión, entonces ha desaparecido aquello de la diversión, de jugar sólo por pura pasión, sin ánimo de lucro. Primero debe estar la ganancia, la plusvalía, el rédito, antes que la belleza, antes que la estética, y muy por encima del solaz del que juega. No importa que el futbolista esté aburrido, deprimido, lo que interesa es que con su concurso no se vaya a caer la estantería del negocio.

Esto no sucede, como es evidente, cuando el fútbol es un juego sin pretensiones monetarias, cuando se practica en las calles, en los barrios, en las mangas, como una simple y muy gozosa actividad de la muchachada, cuando se hace no sólo como un ejercicio del cuerpo sino también de la imaginación. Es ahí cuando el fútbol y la vida urbana se van a hermanar, y cuando verdaderamente el fútbol tiene un sentido unificador, un sentido de fiesta, un sentido de comunidad, es decir, es en ese momento cuando el fútbol va a tener un carácter cultural importante, y cuando lo principal va a ser aquello de los muchachos citados por Galeano: “Ganamos, perdimos / igual nos divertimos”.

Bueno, después de esta introducción, o de este cotejo preliminar, vamos ahora sí a comenzar el partido de fondo.

  1. De la dicha en los estadios

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Vamos a usar algunas metáforas, prestadas de la religión, vamos todos a suponer que si a Dios, después de inventar al hombre, se le hubiera ocurrido inventar el fútbol, el mundo podría ser hoy un paraíso con la forma de un estadio, en el cual seguramente el Creador oficiaría de número diez. O veámoslo de otro modo: el fruto de la sabiduría en aquel remoto edén bíblico pudo haber sido el fútbol pero a los hombres de entonces, que sólo eran dos, Adán y Eva, no les fue dado conocerlo porque se dejaron seducir por una tentación que, sin duda es mejor y más placentera, más divertida si se quiere, que el balompié: la atracción inevitable de la carne.

Pero aun sin ser el fútbol una creación divina, nada en el mundo se parece más al paraíso que un estadio lleno. Claro que hay estadios que se han convertido en verdaderos infiernos… El hombre desde siempre ha buscado modos de ser feliz. En general, para un aficionado de fútbol una manera de encontrar la dicha es estar en un estadio. Durante noventa minutos en una cancha de fútbol, como por arte de birlibirloque, desaparecen las inequidades sociales, las injusticias, los dolores del alma. Y entonces en un estadio el obrero se torna igual al burgués, y el industrial se abraza con el desempleado, y todos se unifican en torno a esa fervorosa pasión colectiva, se dejan calentar por esa fiebre a cuarenta grados, que los lleva al delirio y a la apoteosis masiva, y los puede conducir a la utopía fugaz. Y ustedes saben que utopía significa “un lugar inexistente”. Allí, en el estadio, la concurrencia pierde la individualidad. No hay un sujeto, hay una masa.

Podríamos decir, metafóricamente también, que en un estadio se acaban las diferencias sociales, y me parece que esas, precisamente, son las funciones de lo edénico, de lo paradisíaco. Crear una suerte de ficción imposible, pero verosímil.

Sin embargo, al final, como en el despertar de un hermoso sueño, todos vuelven a la realidad, que puede ser amarga para unos, dulce para otros, pero que en todo caso es imposible exorcizar con un partido de fútbol. Es como en la fiesta, durante ella todos se parecen, todos se igualan, tal como lo canta Serrat, o como lo expresan los analistas de las carnestolendas. Después de la celebración, vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza, y el señor cura a sus misas.

Y ahora que estamos hablando de fiesta, nada más festivo que un estadio lleno. Ese lugar es una especie de templo en el cual se oficia el ritual contemporáneo de esa nueva religión que es el fútbol; sin embargo, en esa iglesia con tribunas todo es profano, todo es bulloso. No hay lugar para el silencio y la meditación, pero sí para los cantos, muy distintos, por supuesto, al gregoriano que es para adorar a la divinidad. Sucede que precisamente no es Dios el que ha inventado el fútbol sino el fútbol el que ha inventado un dios, o a numerosos dioses. Y es a tales dioses a los que la gente, la muchedumbre que asiste al rito dominical, o de miércoles, o de sábado, les reza con sus estribillos y coros.

En un estadio se reviven las formas del ceremonial religioso, pero de una manera más extrovertida, o más pagana. En las tribunas están recogidos los feligreses con su incienso de gritos y vivas y cánticos; abajo, en la grama, están los sacerdotes, los oficiadores del culto. Ese culto que hoy precisamente mantiene en vilo, entre la agonía y el éxtasis, a todo el orbe.

Insisto en que el fútbol hubiera podido ser inventado por Dios, que es un amante de los juegos creativos. Ya ven ustedes que se puso a jugar y creó al hombre y otras desventuras. Pero parece que Él prefirió dejar el privilegio del invento del fútbol a los hombres, que con el tiempo lo volvieron una fuente de ganancias. Se podría decir hoy que el fútbol es oro.

  1. Una quimérica equidad social

 

Hay tantas preguntas que se pueden formular sobre el fútbol y tal vez muchas de ellas no tengan respuesta. Por ejemplo, ¿por qué el futbol tiene tantos adeptos en el mundo, como ninguna religión, como ningún credo político, como ningún otro deporte? ¿Qué es lo que tiene el fútbol que hace estallar de goce al poeta, al albañil, al filósofo, al estadista, al vagabundo, al destechado? Y otra más: ¿En qué consiste el embrujo del fútbol, de ese deporte que bien jugado puede llegar a ser arte? ¿Por qué un partido de fútbol puede paralizar una ciudad, un país?

El futbol puede convertirse en estupefaciente, en la dosis personal, en una especie de anestésico, o quizá de bálsamo. Es una combinación de asombros que ha interesado desde su origen a todas las capas de la sociedad. Este deporte es, como lo decía Benedetti, el único nivel de vida ciudadana en el que el bramido del presidente de la república o del ministro o del gobernador no tiene a mal hermanarse con el alarido del paria social.

Decíamos hace un ratico que un estadio lleno o semipleno es capaz de igualar a la sociedad. Se crea allí un iluso comunismo, una quimérica equidad de clases sociales. En apariencia cuando se desarrolla un partido no hay en las tribunas privilegios económicos, aunque unas localidades sean más caras o más baratas que otras, ni tampoco hay privilegios políticos ni de rangos burocráticos, aunque eventualmente haya palcos destinados para las personalidades. No obstante, todos, el cura, el alcalde, el raponero, el embolador, el chofer de bus, el candidato, el médico, el rector universitario, el estudiante, todos posan sus traseros en las gradas de cemento (bueno se sabe que unos llevan almohadillas y cojines). Es decir, el fútbol los pone en la misma escala a todos.

Fíjense y verán que todos aúllan con el gol, todos se enfurecen con el árbitro cuando considera que pita mal, todos le mientan la madre, todos vociferan, todos son expertos en tácticas y estrategias, todos son comentaristas. Todos gozan cuando gana su escuadra o se entristecen cuando pierde. El fútbol es una gran fábrica de emociones.

Pero tras el pitazo final la realidad vuelve con todas sus asperezas, vuelve a distanciar a los hombres, torna a ser una balanza desequilibrada. El desempleado vuelve a su sufrimiento de no encontrar trabajo; el obrero a sus labores de seguir enriqueciendo al patrón y el patrón a continuar la explotación del obrero, y el magnate a sus comodidades y lujos y el pobre a sus carencias. Bueno, cada uno puede hacer un listado de estas situaciones.

Vean que mientras unos salen del estadio en un lujoso carro, otros lo hacen en buses, o en taxi, o a pie. A veces, después de comprar la boleta, ni siquiera queda para el pasaje. Bueno, pero tras esa efímera igualdad, tras la asistencia al culto, todo vuelve a ser lo mismo que antes del partido, o tal vez peor. Aunque de cualquier modo todos se han desahogado, todos se han vuelto afónicos por la gritería. Han realizado una catarsis. Quizá mientras se suceden las emociones futboleras el desposeído no piensa en las masacres, no piensa en la situación de su país, o en la situación de su barrio, ni en la seguridad social, ni en los problemas de inseguridad, no se preocupa por si hay que cambiar el régimen, y a lo mejor cuando el partido termina tampoco esas sean sus preocupaciones. Porque en el estadio, en la cancha, deja todas sus impotencias, y se descarga contra el árbitro o contra un jugador del equipo contrario. O del propio. En todo caso, allí, en ese lugar sagrado, su desfogue no será contra el presidente de la república, ni contra su patrón, ni contra un sistema político.

En ese sentido podríamos decir que el fútbol es un muy extraño símbolo de pasajeras igualdades, pero también un estupefaciente, una droga adormecedora de las angustias generadas por los desajustes sociales y económicos, o por el caos de una ciudad.

Tal vez el fútbol no fue creado para eso, para que fuese un nuevo opio del pueblo, pero se podría decir, según la historia, que sí ha sido aprovechado por ciertas clases en el poder para desviar la atención o para conjurar determinadas situaciones. Este aspecto lo ampliaremos en otra charla de este ciclo sobre fútbol.

Aquí vuelvo a citar a Mario Benedetti cuando dice que es mejor para los que detentan el poder que la gente odie al árbitro y no al oligarca o al magnate financiero. Así pues que el fútbol también actúa como un narcótico y es ahí cuando pierde también su aparente inocencia.

Claro que como lo se ha dicho tantas veces todo ese repertorio de emociones que hay en el futbol, y que puede como espectáculo ser un factor de alienación, no va a detener ningún movimiento social. Así como tampoco un gol, una chilena, una jugada hermosa pueden cambiar a un gobierno o derrocarlo, porque es que el fútbol y los procesos sociales tienen sus propias leyes y dinámicas, muy distintas en ambos casos.

  1. El barrio, la calle, la esquina

Poco a poco iremos entrando al mundo del barrio, donde la cultura del fútbol ocupa un importante sitial en la vida cotidiana. Digamos que este deporte ha penetrado en el gusto de todos los estamentos sociales, pero, principalmente, en el de las clases medias y capas pobres de la población. Estas son las que más han sido permeables al embrujo del fútbol, que a su vez se ha vuelto un sueño de la muchachada, y en un sedante de las dificultades de los mayores. El fútbol es una presencia permanente en el barrio, no se escapa a la conversación de granero, ni al corrillo de la esquina, ni a la tertulia del cafetín. Está en la escuela, en el colegio, en la universidad. Cualquier pelado es capaz de hablar de alineaciones y estrategias, de controvertir sobre aspectos futbolísticos. Y es que el fútbol se ha convertido en un pan de cada día, como en una necesidad de la gente. Se han transformado incluso los espacios urbanos para su práctica. Una acera puede convertirse en una cancha, en un estadio a escala, con tribunas que pueden ser los balcones y las ventanas de las casas. Muchos chicos de antes comenzaron a fascinarse por el fútbol debido a sus prácticas sobre la acera, dado que esta parte es una frontera entre la casa y la calle. Cuando se está en una acera se está sin estarlo en la calle, y se está sin estarlo en la casa. Vean ustedes que una acera es algo bien complejo.

Hubo un tiempo en que en las calles, algunas de ellas sin asfaltar y que eran muy aptas para juegos como el trompo, las canicas y otras fascinaciones ya desaparecidas, digo que hubo un tiempo en que las calles eran un inmenso campo para el ejercicio de muchos juegos, como los de la guerra libertada, las rondas y materiles, la rayuela o golosa, el salto de la cuerda, en fin, y en esas mismas calles no se podía jugar fútbol libremente, es decir, era una herejía, una subversión del orden barrial, un atentado contra la tranquilidad del vecindario, jugar al fútbol en la calle. Esto ahora puede parecer cómico, o increíble, pero así era. Cuando la muchachada jugaba un picadito en la calle se exponía a varios riesgos. Uno era que apareciera una patrulla y entonces los policías decomisaban el balón, en el supuesto caso de que los muchachos no alcanzaran a volarse con pelota y todo. Otro era que el balón se fuera a una casa de una señora energúmena y ahí sí no había nada que hacer. Esa dama lo devolvía vuelto añicos, o, en el mejor de los casos, lo decomisaba y lo dejaba preso un tiempo.

Así pues que la futbolería urbana también vivió sus odiseas. Sin embargo, ni las señoras ofuscadas ni los tombos de entonces pudieron evitar el auge del futbolito callejero, que, por lo demás, aumentaba día a día debido a que se fueron acabando los solares, las mangas, los lotes urbanos. Y para la práctica de fútbol en la calle no importaba mucho si la calle era muy empinada, como en tantos barrios de Medellín, o si muy cerca había una quebrada, un abismo, o muchos vitrales sin rejas. Lo que importaba era jugar, divertirse, ganar o perder, pero divirtiéndose. No importaban ni las patrullas ni las señoras rabiosas. El fútbol en la calle era una transgresión, una alteración del orden público. Pero a su vez era un gesto romántico, una aventura de galladas barriales, que lograron colonizar la calle, o, mejor dicho, la convirtieron en estadio.

Desde hace muchos años el fútbol es parte de la diversión del barrio. Es el plato fuerte en las cenas de esquina. Está en todos los inventarios de emociones, en todos los diccionarios del alma urbana. Es un factor unificador, que le ha otorgado identidad, carácter, a nuestras calles. Y también si se quiere es una muestra de vitalidad de la urbe. En una calle de domingo siempre habrá un balón y un grito de gol.

Bueno, todo esto nos puede servir para decir que es en el barrio donde todavía se juega el auténtico fútbol, aquel que todavía no está contaminado por el dinero, aquel que todavía no ha sido ensuciado por el mercantilismo y la usura. El de la calle, o el de la canchita de barrio, es un futbol sin pretensiones de mercado, idealista. Claro que, como lo decía hace poco el exjugador Alexis García, ya hay muchas madres que en embarazo piensan cuánto podrá valer su hijo si llega a ser futbolista profesional. El capitalismo acaba con cualquier ingenuidad y es el fin de la inocencia.

  1. El sueño del pibe

Uno ve aquí, en la ciudad, barrios que transpiran fútbol, barrios que son un homenaje al gol. Incluso en los más pobres el fútbol se ha erigido como un arma, o como un modo de exorcizar al demonio de la miseria. Porque como la mercantilización del juego, la creación de fulgurantes estrellas que ganan millonadas en Europa, el surgimiento de figuras que se cotizan en oro, todo ese proceso globalizador del fútbol como mercancía, se refleja en la mentalidad de los pelados de barrio. Y así el fútbol, que nació como puro juego, se vuelve esperanza para salir de la pobreza, se vuelve el puente que llevará a muchos de la escasez a la abundancia. Eso se cree.

Hay un tango muy famoso, y es un tango muy sonado en traganíqueles de esquina, que se llama El sueño del pibe (de Juan Puey y Reinaldo Yiso). Resulta que en esa canción el chico busca la consagración, que es llegar a la primera, estar en un estadio lleno y ganar dinero. Ese es su sueño. De alguna manera ese tango hoy se baila en muchos barrios. Muchos pelados no solo juegan por placer, sino que además lo hacen para tener la posibilidad de llegar a ser estrellas. Y en ese sueño meten ya el capital, o al contrario, el capital es el que se ha metido en los sueños de todos.

Volvamos a la calle. Resulta que el muchacho de las barriadas es capaz, por su actividad cotidiana, por jugar a veces en callejones inverosímiles, en espacios muy estrechos, es capaz digo de desarrollar muchas destrezas, es capaz de moverse con agilidad dentro de unos límites reducidos, es capaz de hacer paredes cortas, esguinces, gambetas, y aprende a patear con precisión. Aprende también a driblar rivales y carros. Se vuelve repentizador. Así es como la calle se transforma en maestra, como la vida misma.

Algunos entrenadores de fútbol profesional han dicho, o decían en otro tiempo, que el buen jugador es aquel que pasó su infancia en un medio donde la picaresca y la trapacería son necesidad. Se podría especular acerca de que ciertas dotes, como la picardía y la capacidad de no arrugarse en la contienda, de no renunciar jamás a la lucha, se logran desarrollar en medios hostiles, en los cuales para sobrevivir no sólo hay que tener ganas sino mucha viveza. Esto podría verlo uno muy claramente en novelas de la picaresca española, como El Lazarillo de Tormes o La vida del Buscón, de Francisco de Quevedo.

Bueno, ya no recuerdo cuál era el técnico que decía que en situaciones y lugares adversos es “donde se aprendería como ineludible apoyo de supervivencia, la rapidez de improvisación y los reflejos para sacar ventajas en la lucha”. Creo que era Helenio Herrera.

  1. La gracia del domingo

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¿Quién de nosotros no se ha despertado alguna vez una mañana de domingo con las ganas incontenibles de jugar un partidito de fútbol? El domingo tiene su cuento. Para algunos es un día de tedio, pero para muchos es una jornada llena de sorpresas, de alegrías, porque el balón está presente en la cuadra, porque es la ocasión para reeditar encuentros con los amigos en torno a la magia de una pelota. Es allí, y en ese día, cuando el futbol vuelve a ser placer, a ser diversión pura. Aparecen las pequeñas porterías de metal, algunas con redes metálicas o con costales que hacen las veces de red, y entonces el asfalto sonríe porque la muchachada va a pisar el cuero, porque va empezar un ritual gozoso, algo que romperá la rutina del barrio.

Las tardes dominicales, en cambio, son otra cosa, porque en ellas incide el otro fútbol, el profesional. Que ya es oficio, o trabajo. Que es como la misa. Los aficionados se preparan para entrar en contacto con la divinidad, unos mediante la radio o la tv, otros con su presencia en el estadio. El fútbol ahí se vuelve hábito, costumbre, y a veces pasa a ser una rutina más. En el estadio ya no está el protagonista de las jugadas de cancha de barrio, sino el espectador (o el oyente, o el televidente). Ya no es un ser activo. Se aquieta, como el feligrés en la iglesia. Es un receptor. Se vuelve grey, rebaño. Y allí en ese lugar sacro y profano que es el estadio, el espectador puede pasar del éxtasis, de la apoteosis, a la tragedia y la angustia. El espectador es un ser que goza, pero, a su vez, sufre. Es el depositario de lo que en la cancha realizan los sacerdotes. El aficionado se incorpora al ritual para salvar su alma o para perderla. Pero todo esto, sea negativo o positivo, es posible gracias a ese fenómeno mundial llamado fútbol.

  1. Los afectos tristes

Ya estamos a punto del pitazo final, que es cuando el espectador se reencuentra con los desamparos de la vida cotidiana, de su rutina envolvente. Quisiera citar al filósofo francés Gilles Deleuze: “Vivimos en un mundo más bien desagradable en el que no solamente las gentes, sino los poderes establecidos, tienen interés en comunicarnos afectos tristes. Los afectos tristes son todos aquellos que disminuyen nuestra potencia para actuar y los poderes establecidos tienen necesidad de nuestras tristezas para hacernos esclavos. El tirano, el sacerdote, los secuestradores de almas, tienen necesidad de persuadirnos de que la vida es dura y pesada. Los poderes tienen así menos necesidad de reprimirnos que de angustiarnos, o de administrar nuestros pequeños terrores íntimos”.

Se ha dicho que el fútbol es sospechoso de hacer evadir de la realidad a la gente, de desviarla de sus calamidades diarias, de apartarlas de la desdicha. El fútbol es anestesia, es pasión desbordada, es un enamoramiento, o una traga (un metejón). Puede llegar a ser un remedio contra el aburrimiento. Si uno quiere y lo mira con otros ojos, puede encontrar en él la poesía de la vida corriente, esa que habla de gambetear la pobreza, de sacarle el cuerpo al infortunio. El fútbol tiene una estética, y hasta una lujuria. El gol se puede comparar con un orgasmo. Un orgasmo universal.

Creo que todos somos penitentes, adeptos, exégetas, apóstoles, víctimas propiciatorias y puede que hasta seamos esclavos del fútbol. Puede ser que un gol no nos redima de los desamparos y desasosiegos, pero por lo menos nos hace saber que estamos vivos, ¡vivos!, que era lo que querían decir aquellos muchachos de Calella de la Costa, cuando venían de jugar al fútbol y cantaban: “ganamos, perdimos, / igual nos divertimos”. Muchas gracias.

Medellín, junio 10 de 1998

*(Primera conferencia del ciclo Fútbol, Historia y Literatura, a propósito del Mundial de Francia)

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“Ganamos, perdimos; igual nos divertimos”.

Fútbol y Política

(Conferencia que recorre la utilización oportunista del fútbol por el poder)

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Mussolini y Hitler

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. Apertura con peones de guayos

 

Hoy vamos a hablar del fútbol y sus relaciones con la política y el poder.

A veces resulta inconcebible que un juego, en apariencia inocente, como el fútbol, sea manipulado por los distintos poderes para beneficio particular de un gobierno, de un sistema político o de una bandería doctrinaria. A veces la gente, el aficionado, no alcanza a imaginarse cómo un deporte puede servir de plataforma política, o de mampara para ocultar determinados intereses, o, simplemente, como un distractor, como una cortina de humo. Claro que hay unos deportes que se prestan más que otros para tales manoseos, por su aceptación masiva, porque despiertan mayores pasiones en las multitudes. Pero aun sin que sea el deporte en cuestión un asunto de mayorías, se han dado casos históricos que nos muestran cómo determinados juegos pueden ser utilizados por uno u otro bando en confrontación. Así, durante la llamada Guerra Fría, que enfrentó al bloque socialista con el capitalismo, o, en otros términos, a la Unión Soviética y Estados Unidos, se utilizó el deporte como un elemento de la política, para intentar demostrar cuál sistema era mejor. Recuerden, por ejemplo, cuando Bobby Fischer, el notable ajedrecista norteamericano, derrotó en el denominado “Match del Siglo” a Boris Spasski en el Campeonato Mundial de Ajedrez, y entonces muchos áulicos de Estados Unidos salieron a decir que, en efecto, Fischer había triunfado porque vivía en el “paraíso americano”, y todo ello como parte de esos discursos flojos que se estilaban en los setentas para tratar de favorecer a uno u otro sistema.

 

Fischer nunca quiso poner en juego su título. Y fue despojado. Además, como ustedes saben, después renegó de los Estados Unidos y ahora vive en algún país de los que antes giraba en torno a la órbita soviética.

 

Los griegos, que lo inventaron casi todo, y que desarrollaron casi todo, suspendían sus guerras para realizar sus juegos olímpicos, que eran como una muy respetable tregua. Pues bien, muchos siglos después, los juegos olímpicos del mundo moderno se han visto, en distintas ocasiones, saboteados por intereses políticos, de una u otra superpotencia. Unas veces los boicoteaban los Estados Unidos y, otras, la Unión Soviética. En 1972, en Múnich, Alemania, se presentó una de las más sangrientas protestas políticas del siglo durante la realización de los Juegos Olímpicos. La delegación de Israel fue víctima de un ataque terrorista de parte de una agrupación, Septiembre Negro, que luchaba por la liberación de Palestina. En la operación, llamada por los atacantes Ikrit y Biram, perecieron once atletas israelíes.

 

Bueno, son muchos los casos que ilustran cómo el deporte es utilizado por la política, y aquí, esta noche, vamos a mirar específicamente al fútbol, cómo ha sido intervenido, invadido por otros intereses, y cómo ha sido usado por dictaduras, regímenes de izquierda y de derecha, por las ideologías y los ismos de nuevo y viejo cuño, para lograr determinados fines.

 

Precisamente, el deporte, y en este caso el fútbol, ha sido una especie de exorcismo contra la guerra, un modo de llegar a la catarsis, para desfogar en él otras emociones, para compensar en él o con él ciertas frustraciones colectivas. Resulta, sin embargo, como ya lo hemos visto en pasadas charlas, que el fútbol que es el más popular de los deportes también se ha convertido en una fuente importantísima de réditos, de ganancias astronómicas, debido a su profesionalización. A su erección como negocio muy fructífero. El fútbol, como empresa, mueve millones de dólares que se disparan cada cuatro años con la realización del Mundial. Por eso, la FIFA es como otro Fondo Monetario Internacional. Y por eso, el presidente de la FIFA se puede comparar con el jefe de Estado de una superpotencia, o con el secretario general de la Organización de Naciones Unidas. Y a veces, inclusive, parece tener más poder que uno de estos personajes y dignatarios.

 

El mundo está lleno de contaminaciones, de innumerables problemas de toda índole, y eso hace que el fútbol también sea penetrado por esos problemas y contaminaciones, y entonces así su aparente inocencia, su objetivo de recrear, de regocijar a la gente, de ser una fiesta, una celebración colectiva, pues todo eso tan hermoso se pervierte por la injerencia de poderes económicos y políticos.

 

Quisiera precisamente ahora recordar al poeta Jean Giraudoux (Sigfrido y la Loca de Chaillot), cuando decía en 1933, lo siguiente: “En nuestro mundo, donde cada país se ha vuelto nacionalista y observa con desprecio a los demás desde los muros de las obligaciones o el odio, hay sólo dos organizaciones internacionales por naturaleza: la de las guerras y la de los juegos. Esta última influye sobre la juventud del mundo; la guerra, por su parte, demuestra preferencia por los hombres. Una viste a la gente con el menos notorio de los uniformes, la otra con colores brillantes; una los acoraza, la otra los desviste, pero —a través de un proceso paralelo que no puede negarse— sucede que cada país posee ahora un ejército o una milicia cuya fuerza precisamente iguala aquella de la multitud movilizada por el más vastamente difundido de todos los deportes, el fútbol”.

 

Estas palabras del poeta francés revelan muchas cosas, como por ejemplo que las fuerzas del juego pueden equilibrar las fuerzas del combate en la humanidad. Es decir que son los medios por los cuales las naciones se pueden medir a sí mismas. Las naciones pueden ser juzgadas sobre todo en este siglo que ya se acaba por su habilidad física como por su fuerza armada. Decía también Giraudoux: “Hoy una nación es un organismo cuya salud moral se expresa por sí misma, como ya solía hacerlo a través de sus artes y actividades, pero cuya salud física se expresa por primera vez no a través de su ejército sino a través de sus deportes. El estadista no arroja más a la balanza una espada sino un hombre desnudo, y el efecto es el mismo”.

 

Podría decirse en ese sentido que algunas naciones, desprovistas por ejemplo de grandes ejércitos, han obtenido glorias inmarcesibles gracias a la pelota, gracias al fútbol. Recordemos, a guisa también de ejemplo, a Uruguay en 1930. Uruguay era y es todavía una muy pequeña nación, que llegó a figurar en el mundo debido más que todo a la obtención del primer campeonato mundial de fútbol. Con el Maracanazo, en 1950, aumentó su fama, sin necesidad de otro tipo de propaganda. Por supuesto, su gloria universal también se la han dado algunos escritores y poetas, como Benedetti, Onetti, Felisberto Hernández, Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou…

 

  1. De igualdades y anestesias

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Decíamos en la primera charla de este ciclo (Fútbol y Ciudad) que el fútbol es capaz, debido a sus prodigios, de crear una especie de iluso comunismo, de igualdad pasajera, de equidad ficticia. Y ese milagro de la equidad social de noventa minutos se da en un estadio, aunque la posible fraternidad puede ser rota por la injerencia de las barras bravas y otras manifestaciones de violencia e intolerancia, que son las que vamos a analizar en la próxima conferencia.

 

Digamos otra vez que el fútbol es un “ambiguo símbolo de gloriosas igualdades”, pero también tiene el poder de ser una anestesia colectiva. Es probable que no haya premeditación de que sea así, no haya ninguna alevosía, pero sí es verdad que los poderosos aprovechan ese frenesí popular que suscita el fútbol para usarlo unas veces como un barbitúrico social, y otras como un velo o una máscara para tapar determinadas actuaciones. Así el fútbol puede servir para que la gente, los aficionados, olviden las incumplidas promesas de un gobernante o de un candidato a gobernante y olviden las injusticias sociales. Esto ha sido demasiado obvio en muchas partes, tanto en la España franquista, como en la Argentina de la dictadura militar, o en el Chile de Pinochet.

 

A las dictaduras, por ejemplo, les sirve el fútbol solo cuando se gana, cuando se tiene un equipazo, ya sea una selección o un club. Por eso, como veremos más adelante, a Francisco Franco le venían muy bien los triunfos del Real Madrid,y al general Jorge Rafael Videla (ahora otra vez preso) los triunfos de la selección argentina, en el Mundial del 78.

 

Podríamos anotar por otra parte, que el fútbol, que es una representación del goce y la fiesta, ha sido tocado por la violencia, por la política y agredido por el dinero, por las mafias de apostadores, por los hinchas brutales como los hooligans.

 

Pero con todos esos lastres y enfermedades, el fútbol no ha perdido, en general, su gracia de ser un juego estético, un juego que a veces se vuelve poesía, un deporte capaz de movilizar a grandes masas mundiales. Y aunque el dinero haya tocado su corazón, y los futbolistas se hayan convertido en una mercancía, en una máquina, todavía quedan jugadores que juegan por diversión, porque les gusta sentir una camiseta y sudarla, porque ven en el fútbol otra manera de la libertad y la imaginación.

 

  1. Del calcio italiano al fútbol de hoy

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Quería decir ahora que esto del deporte como un anestésico, como un sedante para las masas, no es un producto del Siglo Veinte. Es en realidad algo muy viejo. Aquello del pan y circo de Roma, que se usaba para despolitizar a la gente, para mantenerla alejada de los cuestionamientos al Estado, ya es una muestra de cuán antiguo es el uso del deporte y de los espectáculos públicos por parte de los gobernantes. En el siglo XV, en Florencia ya existía el calcio, que es un antecedente del fútbol de hoy. Con la llegada de los Medici al poder, ese deporte pudo tomar cierto arraigo. Pietro Medici reunió en su ciudad a los más destacados practicantes del calcio, concebido como un espectáculo y un ejercicio público. Ya los políticos florentinos, tan inteligentes como Maquiavelo, habían concluido que el juego del calcio tenía una virtud que estaba por encima de cualquier cosa: constituía una válvula de escape para el muy agitado ciudadano de Florencia, acosado por necesidades económicas.

 

El calcio se practicaba en las plazas florentinas, con un equipo estándar de 15 delanteros, 5 medios, otros cuatro entre el medio y la defensa, y tres atrás. Había seis árbitros. Era un juego de tumulto y tenía a veces el carácter de una batalla campal, con agarrones, revolcones, patadas, golpes y otras tretas. Los partidos eran una fiesta popular, amenizada por orquesticas. La nobleza urbana de otras ciudades de Italia adoptó ese juego, que casi siempre lo programaban para ceremonias políticas, recibimiento de embajadores, bodas de gente de alcurnia y otras fiestas. Ese tipo de juego de plaza pública desapareció hacia el siglo pasado. Pero ustedes saben que al fútbol en Italia se le sigue denominando con el nombre florentino de calcio (que significa patada).

 

De los tiempos del Renacimiento vamos a trasladarnos a la modernidad, para mirar algunos aspectos de la política y el fútbol.

 

No salgamos todavía de Italia, porque precisamente vamos a referirnos al fascismo y su relación con el fútbol. En 1934, fecha en la que se iba a realizar el segundo campeonato mundial de futbol, la escuadra de ese país se preparaba con intensidad, con una intensidad que estaba dirigida por Benito Mussolini. Mussolini también era partidario de aquella idea de que Italia formaba parte de la raza superior, tal como lo proclamaba Hitler de los alemanes, y que según esa idea llevaría a Europa con un destino inmortal hacia la gloria. El estado italiano dedicó enormes cantidades de dinero a los dirigentes político-deportivos y a su vez empezó a poner en funcionamiento un aparato propagandístico con miras a hacer del equipo italiano una escuadra invencible. Pero vean ustedes como es la vida, tan nacionalista Mussolini y tuvieron que contratar como refuerzos a dos argentinos (Orsi y Monti) que aparecían como oriundos de italia, y todo con el fin de triunfar. Mussolini buscaba la victoria de su equipo a cualquier precio, con el fin de demostrar la superioridad italiana. En ese momento lo deportivo estuvo subordinado a lo político.

 

En los cuartos de final jugaron Italia y España, en la que el árbitro metió mano para favorecer al equipo del Duce. Ese encuentro terminó empatado a un gol, pero la selección española quedó con la mayoría de sus jugadores lesionados por la brutalidad de los italianos, y ante la permisividad del juez central. Al día siguiente se jugó el desempate. En España ya no estaba el arquero Zamora (apodado el Divino), que fue lesionado, ni otras estrellas. Ganó Italia. En la final se enfrentaron Italia y Checoeslovaquia. Mussolini estaba en un palco y la gente gritaba ¡Duce, Italia!, ¡Duce, Italia!, mientras el Duce extendía su brazo para saludar. Italia ganó dos a uno. Un grupo de camisas negras le llevó la copa a Mussolini, en cuya base se leía Copa del Duce. Desde el principio sabían que Italia tenía que ser el ganador. Y así ocurrió.

 

  1. El fútbol y los intelectuales

 

Preguntaba Eduardo Galeano que en qué se parecen el fútbol y Dios. En la devoción que les tienen muchos creyentes y en la desconfianza que les tienen muchos intelectuales, se respondía. Ya vimos en la pasada charla (Fútbol y Literatura) que el fútbol no ha inspirado grandes novelas, aunque sí relatos, cuentos y poemas. Veíamos también que los intelectuales, bueno, no todos, por supuesto, se burlan de ese deporte. Así ocurrió el siglo pasado con Rudyard Kipling, que atacó “las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”. Muchos años después, con esa sutileza que lo caracterizó siempre, Jorge Luis Borges dictó una conferencia sobre el tema de la inmortalidad en el mismo momento en que la selección de Argentina disputaba su primer partido del Mundial del 78. Borges declaró que ese juego era una verdadera estupidez. Y lo dijo en un país donde el fútbol es una religión. Esa manera despectiva de mirar el fútbol también ha tocado a intelectuales de izquierda, que son los que más declaran que ese deporte es parte del pan y circo con el cual los obreros atrofian su conciencia y pierden su noción de clase.

 

Tal vez las únicas líneas que escribió el autor de El Aleph sobre el fútbol, deporte al que despreció, no sobra leerlas en una conferencia sobre fútbol y política: “El fútbol despierta las peores pasiones, despierta sobre todo lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte. Porque la gente cree que va a ver un espectáculo, pero no es así. La gente va a ver quién va a ganar. Porque si les interesara el fútbol, el hecho de ganar o perder sería irrelevante, no importaría el resultado, sino que el partido en sí fuera interesante”.

 

Sin embargo, veamos cómo cuando el fútbol moderno —nacido en Inglaterra, en colegios de la clase alta, de la aristocracia— dejó de ser cosa de ingleses y de ricos, en el río de la Plata nacieron los primeros clubes populares organizados por obreros, en los talleres de los ferrocarriles y en los astilleros de los puertos. Unos dirigentes de los obreros, muy perspicaces, decían que aquello era una maniobra de la burguesía para evitar las huelgas y enmascarar las contradicciones sociales.

 

Pero vean ustedes lo que es la vida. El club Argentino Juniors nació con el nombre de Los Mártires de Chicago, para recordar a aquellos dirigentes obreros que lucharon por las tres ochos, ocho horas de trabajo, ocho de estudio y ocho de descanso, y que fueron ahorcados el primero de mayo de 1886, en Estados Unidos. Y el equipo de Chacarita fue bautizado justamente en una biblioteca anarquista de Buenos Aires. Y en el Barcelona de España muchos de sus simpatizantes eran socialistas y anarquistas, lo mismo que en el Atlético de Bilbao. Así que de todas las tendencias se ha visto en los equipos de fútbol. Antonio Gramsci, intelectual italiano, decía hermosamente que el fútbol era el “reino de la lealtad humana ejercida al aire libre”.

 

 

  1. El franquismo y el fútbol español

 

Bueno, vamos a irnos ahora para España, en la época del Generalísimo Franco. Allí la relación entre fútbol y política fue muy evidente desde la caída de la República y el comienzo de la dictadura franquista. Vamos a ilustrar este aspecto inicialmente con tres imágenes, sacadas del libro del historiador inglés Duncan Shaw, Fútbol y franquismo.

 

En la tarde del 25 de junio de 1939, el Sevilla y el Racing de El Ferrol disputaron la primera final de la Copa del Generalísimo en el estadio Montjuich de Barcelona. Habían pasado menos de tres meses desde la conclusión de la guerra civil y menos de cinco desde la rendición de la ciudad de Barcelona al general Yagüe. Los dos equipos se alinearon antes del comienzo del partido y elevaron el brazo derecho para hacer el saludo fascista. Pocos segundos más tarde, por los altavoces del estadio irrumpió el himno de batalla falangista Cara al sol. Los jugadores empezaron a cantar con mucho entusiasmo, y la multitud que llenaba el estadio, en el cual también había muchos militares, pronto les siguió, de pie, con los brazos en alto.

 

Esa es una imagen. Otra es la siguiente: el Real Madrid siempre ofreció una pródiga cena a sus adversarios después de derrotarlos en el estadio Bernabéu. El 21 de octubre de 1959, los invitados eran los jugadores y funcionarios de un club de Luxemburgo, que acababan de ser goleados por 5-0. El representante del régimen era José Solís. Se puso de pie y les dijo a los jugadores del Real Madrid:

 

“Vosotros habéis hecho mucho más que muchas embajadas desperdigadas por esos pueblos de Dios. Gente que nos odiaba ahora nos comprende, gracias a vosotros, porque rompisteis muchas murallas… Vuestras victorias constituyen un legítimo orgullo para todos los españoles, dentro y fuera de nuestra patria. Cuando os retiráis a los vestuarios, al final de cada encuentro, sabed que todos los españoles están con vosotros y os acompañan, orgullosos de vuestros triunfos, que tan alto dejan el pabellón español”.

 

Otra imagen es cuando Barcelona, el 18 de febrero de 1974, derrotó 5-0 a sus enemigos del Real Madrid, en Madrid, y toda la gente de la capital de Cataluña salió a celebrarlo, con las banderas rojas y amarillas de los catalanes más que con las azulgrana del equipo de fútbol, y cantaban entonces el himno catalán que estaba prohibido por el franquismo.  “Catalunya trionfant! /  tornará a ésser rica i plena, / endarrera aquesta gent / tant ufana i tant superba”.

 

Vamos a mirar rápidamente algunos aspectos de la politización del fútbol en España durante el franquismo. En España el fascismo se instauró en 1933, cuando José Antonio Primo de Rivera fundó la Falange, que se inspiraba ideológicamente en muchos conceptos de la Italia de Mussolini, tales como la defensa de los valores cristianos ante la amenaza comunista, la creación de un estado totalitario, en fin. La Falange también consideraba al deporte como una excelente oportunidad para movilizar a las masas bajo su bandera, y para mostrar al mundo el poder de la llamada nueva España. Sin embargo, Franco no invirtió grandes sumas en el deporte como sí lo hicieron Mussolini y Hitler, porque, además, la guerra civil había dejado al país, entre 1936 y 1939, en un estado lamentable de miseria y hambrunas.

 

Sin embargo, es interesante saber que esa escuadra de España que ahora en el Mundial sale con su casaca roja, en el período azul de Franco llegó a proscribirse porque todo lo rojo estaba prohibido, porque lo rojo era asimilado a lo comunista. También fue muy común que en los partidos de la liga española los jugadores se alineaban antes de cada partido y gritaban “¡arriba España, viva Franco!”, y de alguna manera el fútbol fue utilizado por el régimen del Generalísimo para mostrar, en el exterior, otra cara distinta a la que se tenía internamente. El Real Madrid llegó a ser el club más poderoso del mundo.

 

El fútbol fue utilizado durante el gobierno franquista como una droga social para mantener a la gente despolitizada. Cada primero de mayo, por ejemplo, se realizaban los juegos sindicales en los estadios, para mantener así a los obreros alejados de cualquier manifestación política reivindicativa. Cabe recordar que a los trabajadores, como a los futbolistas, se les prohibía pertenecer a sindicatos libres e independientes. Todos debían estar en los sindicatos del Estado. Sindicalismo oficial.

 

Ustedes saben que en España había y hay todavía una serie de rivalidades regionales históricas. Pues bien, Franco trató de borrarlas, excepto en el fútbol, para que así las regiones se descargaran de tensiones en los partidos. Sin embargo, con el Barça el asunto fue a otro precio. Como los catalanes no tenían partidos políticos ni derecho alguno a usar su propia lengua, ni su himno, en cada partido del Barcelona la gente podía gritar y cantar en catalán, pero eso no podía hacerlo en otro lugar distinto al estadio. Por eso, en 1974, en aquella imagen que describíamos hace un rato, la gente salió a las calles a cantar y gritar en su idioma natal, en un abierto desafío a la dictadura franquista.

 

  1. Los desaparecidos del Mundial

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Esta última parte de la charla la dedicaré a hablar del Mundial del 78, en Argentina. Pero antes creo que habría que recordar cómo otras dictaduras de América Latina se aprovecharon del fútbol para sus intereses. En el 70, cuando la flamante escuadra brasileña deslumbró a todos los habitantes de la tierra con su fútbol de poesía, uno de los que más se benefició en cuanto a imagen fue precisamente la dictadura del general Medici, que regaló dinero a los jugadores, posó para los fotógrafos con la copa mundial en sus manos y cabeceó un balón ante las cámaras. Todo eso sirvió además para ocultar las persecuciones a dirigentes populares y los asesinatos contra militantes de izquierda realizados por un grupo denominado la Mano Negra.

 

En 1986, el general Alfredo Stroessner invirtió millonadas en la preparación de la selección paraguaya de fútbol, que participó en el Mundial de México, mientras Augusto Pinochet se hacía presidente del club Colo-Colo, el más popular de ese país; pero nada de tales fenómenos es comparable con todo el dineral que metió la dictadura militar argentina en 1978.

 

Tal vez una de las dictaduras más sanguinarias que ha habido en la América Latina fue la de Argentina. Ya en 1978, el general Videla llevaba dos años en el poder y su régimen de terror, que allá se conoció como el Proceso (Proceso de Reconstrucción Nacional), ya había hecho desaparecer a miles de opositores al gobierno de facto. En la ceremonia de inauguración del campeonato mundial, en el estadio Monumental de Núñez, Videla, al son de una marcha militar, condecoró al presidente de la FIFA, Joao Havelange. Muy cerca de allí, estaba uno de los campos de concentración más infames de la historia, un centro de tormentos y exterminios, la Escuela de Mecánica de la Armada. Mucho más allá del estadio, sobre el río o en el mar, desde los aviones oficiales los militares arrojaban vivos a los prisioneros. Entre tanto, los gritos de protesta de las  Madres de la Plaza de Mayo eran ahogados por los de los fanáticos al fútbol.

 

El entrenador de Argentina, César Luis Menotti, dijo: “Si Argentina, aparte de organizar el campeonato, consigue además una buena clasificación, muchos de los problemas del pueblo argentino quedarán resueltos”. Bueno, ustedes saben que Argentina ganó el mundial. La dictadura se prolongó hasta 1983 y se dice que durante su mandato de horror hubo treinta mil desaparecidos. Por lo demás, los problemas del pueblo argentino no quedaron resueltos. Muchas gracias.

 

Medellín, junio 23 de 1998.

(3ª. Conferencia del ciclo Fútbol, Literatura e Historia, a propósito del Mundial de Francia)