En esta noche de luna y de recuerdos

(Un tango luminoso con brujas sobre escobas de neón)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Que un tango le propine a uno un golpe de sentimentalidad y lo ponga en plena adolescencia, edad en la que no hay pasado, ni memoria de alguna pena de amor o de un desprendimiento de corazón herido, digo que un tango te refriegue el alma y te enrute a cavilar sobre lo poético, sin saberse entonces cuáles eran las esencias de tal categoría, sí es una rareza. Una extemporaneidad. Porque el tango, se ha dicho y comprobado, bueno, sobre todo el tango-canción, es para aquellos que son dueños de un repertorio amplio de recuerdos y desazones existenciales.

 

Me pasó en la pubertad —que no es edad de tango— cuando en algún piano de bar, o quizá en una emisora, escuché: “acércate a mí y oirás mi corazón contento latir como un brujo reloj…”, que me fue desnivelando la sesera y despertándome la atención por palabras que sonaban con eufonía y tenían un misterio que no me podía explicar: “la noche es azul, convida a soñar, ya el cielo ha encendido su faro mejor”.

 

¡Huy!, en esta cara de la luna, metáfora luminosa, mejor dicho, en esta parte de la interpretación, creo que era Alfredo Rojas con la orquesta de José García y sus Zorros Grises (eso lo supe después), sentía luz plateada en los bolsillos de atrás, en los cuadernos de colegio, en esa ensoñación que me producía aquello de “el cielo ha encendido su faro mejor”. Tremendo verso. Deseaba entonces la noche, porque traía en sus lomos oscuros no solo luciérnagas (ah, claro, mamá cantaba, y ya ese acto, en rigor, era un recuerdo infantil con luciérnagas curiosas) sino una luna de barrio, la que, cuando se paseaba de calle en calle, nos permitía jugar fútbol en la nocturnidad.

 

Había una convocación a los arcanos de la noche y uno imaginaba vuelos de brujas enamoradizas con escobas de neón. Después se decía “si un beso te doy, pecado no ha de ser; culpable es la noche que incita a querer”. Era (es)  un tango con claroscuros, con sugerencias de caricias e invitaciones a alguna aventura iniciática: “me tienta el amor, acércate ya, que el credo de un sueño nos revivirá”. Canciones oníricas si las hay, esta es una de ellas.

 

Y de pronto, había una transición, o, más que este efecto, un salto, un cambio de clima: “corre, corre barcarola, por mi río de ilusión. Que en el canto de las olas surgirá mi confesión”; y a veces, en particular la palabra barcarola, me volvía a canciones domésticas, en el caso concreto de unas que interpretaba mamá mientras cocinaba el desayuno o cuando se estaba tomando un café cantante. Eran músicas de mares de otros mapas con marineros y naufragios, como una que relataba cómo “la mar brava” se tragó a unos navegantes.

 

Después, el tango con su armonía tornaba por sus cauces, serenaba el espíritu y comunicaba experiencias distintas. Uno se sentía arrobado, quizá como si la noche tuviera nuevas modos de la seducción: “soy una estrella en el mar que hoy detiene su andar para hundirse en tus ojos. Y en el embrujo de tus labios muy rojos, por llegar a tu alma mi destino daré”. Y aquí, en este punto, me imaginaba muchachas con cuerpos de sirena, y no sé por qué aparecían en el aire bocas flotantes y ojos de constelaciones. Embriaguez de palabras. Eso sentía.

 

Y lo que venía era todavía más contundente, como si se tratara de una inevitabilidad: “soy una estrella en el mar, que se pierde al azar sin amor ni fortuna. Y en los abismos de esta noche de luna, solo quiero vivir de rodilla a tus pies para amarte y morir”. Era una declaración categórica, sin reversa, una especie de desafío que no se podía eludir.

 

Uno quería, tal vez en una representación de muchachas imaginarias con caritas de luna, mientras escuchaba el incesante tictac de un “brujo reloj”, encender un fuego, el fuego mejor bajo un cielo de estrellas, para ir entrenando el amor que tardaba. Y el tango seguía ahí, tocándonos con sus fascinaciones.

 

El tiempo, otro material de tango, pasó. Y llegaron en gramolas y radios otras versiones de esta pieza (compuesta en 1943 por José García y Héctor Marcó), como la cantada por Jorge Maciel con Osvaldo Pugliese, y la de Carlitos Roldán con el acompañamiento de Francisco Canaro. Esta noche de luna es un tango con extrañas vibraciones que desde días (o noches) de hace tiempos nos persigue y nos encuentra de vez en cuando para mostrarnos que en el cielo de la nostalgia hay siempre un faro mejor para iluminarnos la memoria.

 

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Obra de John Atkinson Grimshaw (1836-1893)

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Patio de las dichas perdidas

(Visión de un espacio familiar que cosechó pájaros y libélulas)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Había un patio en el que una pelota de niñeces golpeaba las paredes para que él y yo creyéramos que asistíamos como héroes de estadio a una partida multitudinaria de fútbol. Y en ese mismo espacio —o quizá en otro, ya el tiempo se ha encargado de revolver el ayer y el todavía—  había bifloras y azaleas en materas de barro con tierra negra. Y ladrillos a la vista con empates grises que formaban figuras de fantasmas celestes, como los de las nubes. Y las nubes se agazapaban para meterse de a poco entre las tejas y bajar a decirnos que el día era el ahora, sin futuro, sin mañanas.

 

El patio es el lugar, o tal vez era, porque muchos de ellos han muerto ante las novísimas casas unas sobre otras que no dejan luz ni vista al arriba azulado, digo que es el ámbito por donde —ya lo meditó un poeta— “el cielo se derrama en la casa”, se riega por el piso y no se escapa por el sumidero, porque lo que hace es poner la cara al sol, patas arriba, para que el pedacito de cielo que no puede entrar sienta ganas de ir a buscar otros patios.

 

Había un patio de mosaicos de granito rojo y amarillo, con antiguas huellas de pasos perdidos en la casa vieja, de aleros y tejas españolas, con envigados y alambres de electricidad de los que colgaban, como en un trapecio, los bombillos. Y en aquel espacio a veces se sentaban los taburetes para que el cielo los bañara con su luz celeste y alguien tocaba una guitarra. El patio conversaba y el olor caliente del café se volvía música en medio de tapias agrietadas y encaladas.

 

Había un patio, patio mío, como en un tango, en el que la luna se colaba a mitades para alumbrar una y otra ventana que con sus alas batientes se refrescaban y dejaban pasar las estrellas de reverberos, de fuegos helados. Ladrillos viejos recibían brisas y lluvias y retazos de cielo y también la luz temblorosa de las luciérnagas urbanas, cuando se turnaban con las volátiles diurnidades de una libélula, helicóptero de la infancia perdida. Ni las unas ni la otra se volvieron a ver y solo quedaron intermitentes recuerdos y la esbelta transparencia de unos élitros de celofán.

 

Había un patio con columnas redondeadas sobre bases rectangulares y capiteles con volutas. Y había humo de cigarrillos con figuritas nubosas y palabras de mamás y tías y de señoras del vecindario. En la noche clara, del cielo bajaban luces y las matas se iluminaban como si estuvieran en navidad. Era la posibilidad de unión-comunión de la casa con el universo.

 

El patio es la comunicación con el vuelo de los pájaros y la algarabía de los loros que vuelan al atardecer en busca de casco’evacas y otras casas de verdes frondosidades. Es una conexión con el infinito que en otros lados es finito ante las carencias de ese espacio que con la lluvia suena a cristal y a cielo desleído. Cada patio tiene luna y soles propios. Están hechos para hospedar canciones emplumadas y pequeños otoños de jardines parcos.

 

Patio de ropas con alambres destemplados, olorosos a jabón y humedades, en los que, en otros días, uno sentía las manos de mamá. Instalación de recuerdos y de otras cosas entrañables que se han ido, porque el patio ya no está. El viento de otras tardes se llevó las blancuras con detergente de sábanas y pañuelos del adiós. Y los vientos también se fueron.

 

Patio de carritos de juguete y de luces decembrinas que bajaban desde el cielo como un milagro de la noche. Patio de lunas tristes que lagrimeaban porque estaba próxima la aurora. Patio de las voces perdidas, de abrazos de fin de año, de elevada de un globo que imploraba alturas y recibía vivas a su vuelo de candela. Y candileja. Patio de silla mecedora y abuela de cuentos dichosos con palabras que amamantaban la imaginación.

 

Patio que las modernas cárceles han encerrado en la nada, abatido por los espacios de calabozo, por las ausencias de luz y alegría, por una arquitectura macabra que deshumaniza al habitante y lo convierte en presidiario. Patio que se murió en los planos y en la construcción de celdas. Lejos quedaron los versos de Atahualpa Yupanqui: “quiero llegar a mi patio / y ver la planta crecer, / jugar con su primavera, / quedarme quiero, después”.

 

En los tórridos patios de la casa había flores y abejas, y hasta ellos llegaban los ecos de canciones contentas que salían de la cocina, de algún cuarto, de la sala o de los entejados de tres aguas. O caían del ático y se volvían sol, o luna, o estrellas. Anochecían con el cielo que se acostaba a su lado y despertaban con serenatas de pájaros.

 

¿Dónde están aquellos patios de enredaderas y hormigas de azúcar? ¿Adónde se marcharon con las rosas amarillas y los aromas de bebidas de yerbabuena? El claro de luna que dormía en su suelo familiar parece llorar ahora tantas ausencias y la fuga de cielos extraviados.

 

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Tango con fantasma y oscuridad

 

(La agridulce tristeza de La noche que te fuiste)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cuando Eva de los Ángeles, una adolescente de cara pálida, pelinegra y cuerpo de bailarina del paraíso, se marchó del barrio, a mí el mundo se me transformó en tinieblas. Y no solo se fue de aquella calle en diagonal, que desembocaba a una plazoleta de asfalto a medio pegar, en una barriada que tenía en cada esquina un café de tangos, sino del país. Nunca más la volví a ver y en aquellos días en que su ausencia me pesaba en el pecho y en lugares inexplorados más allá de la anatomía, una o dos baladas de Leonardo Favio me alteraron los lagrimales.

 

Bello era entonces una acumulación de cantinas en las que obreros y comerciantes, además de vagos y camajanes, se dedicaban a gastar mesas metálicas y taburetes de tijera, también de metal, y a echarles monedas a las gramolas iluminadas para sonsacar músicas de desesperanzas y amores desmoronados. En uno de esos aparatos, creo, fue donde primero escuché, tiempo después de que la muchacha ya era un recuerdo, un tango de desilusión que comenzaba (y sigue comenzando, claro) así: “A veces, cuando en sueños tu imagen aparece, radiante y fugaz como un rayo de sol…”, que al principio no le presté nada de sesera ni de entendimientos, pero me quedó sonando con palpitaciones.

 

La pieza, que seguro antes había oído sin que nada me transmitiera, tal vez porque no había sufrido una desgarradura sentimental, tenía en todo caso —así la sentía— un amargura permanente, una desazón que subía a los labios a modo de acíbar. “Siento que tus manos entibian las mías trémulas y frías… ¡y hablas de tu amor!”, y la cara bella y de palideces pronunciadas de Eva tornaba a la memoria para desbalancearme los sentimientos. “Entonces lentamente mi espíritu adormeces, arrullo sutil de una vieja canción”. No sé si fue por aquel tiempo cuando escuché en la radio una composición que la cantaba un baladista de moda: “Este día sin sol es todo mío, golpea en mi ventana tanto frío… una vieja canción en mi guitarra”, y aunque en rigor nada tenía que ver con el tango de esquina nocturna, también me evocó los días en que desde el frente de la casa de la ida, yo me quedaba alelado con ella en el balcón.

 

No sé cuánto tiempo se quedó dentro de mis padeceres la no-presencia de aquella muchacha a la que un día le mandé dos proletarias flores de sanjoaquín y unas rosas amarillas que crecían en el solar de mi casa, acompañadas con una barrita de chocolate dulce. Las llevó una chica que, ahora que lo analizo, tenía celos del presente enamoradizo. A lo mejor pensó por qué no eran esas declaraciones indirectas de amor para ella. Se le notaba cierta desidia para llevarlas, pero solo lo hizo porque le di un beso en la mejilla y otra chocolatina.

 

Después, Eva de los Ángeles desde su balcón de enrejado oscuro, me parlaba sobre sus tareas de colegio y acerca de las canciones que más le gustaban, todas de la denominada Nueva Ola y del Club del Clan. Y más que sus gustos juveniles, lo que más me interesaba era estar junto a ella, sentir su perfume nuevo de piel de lozanías y quedarme callado, solo viéndola con sus facciones pulidas, la sutilidad en las manos que no sé por qué me daban la impresión de ser de pianista. No duraron nuestros días lo suficiente para un enamoramiento de prolongaciones, pero sí para que su ida me dejara un vacío, tal vez el primero de aquellos días en los que todavía los dolores de amor no eran una desventura con cataclismo existencial.

 

El tango con el oscuro título de La noche que te fuiste se me fue entrando, casi sin darme cuenta, como una inoculación de microorganismos, y entonces, en un momento que ya no sé cuál fue, la voz del cantor con sus melancólicas frases me hizo ver de nuevo a Eva de los Ángeles, en la distancia, pero tan cerca que ya no era posible no experimentar un desgarramiento. Después supe que la música era de Osmar Maderna y la letra de José María Contursi, y sin duda la primera versión que escuché en desaparecidos cafetines de mi barriada, y de otras vecinas, era la de Floreal Ruiz con la orquesta de Aníbal Troilo.

 

“La noche que te fuiste (más triste que ninguna) palideció la luna y se tornó más gris la soledad…”, en esos versos ya había una declaración dolorosa, una imagen de desdichado vacío… “La lluvia castigando mi angustia en el cristal y el viento murmurando: ya no vendrá jamás”. Lo que sigue es para ocasionar una depresión de profundidades a lo Edgar Allan Poe: “La noche que te fuiste nevó sobre mi hastío, y un hálito de frío las cosas envolvió… Mis sueños y mi juventud cayeron muertos con tu adiós”. Un tramo irresistible. Un momento cumbre para agudizar la desolación. “La noche que te fuiste se fue mi corazón…”.

 

Sí, ese tango, con fantasmas y oscuridades, me persiguió por las calles, los bares, las encrucijadas, y entonces la imagen de la muchacha ida reaparece cada vez que el disco gira con sus vibraciones de misterio. Tiempo después, cuando ya el Polaco Goyeneche era mi intérprete de tango predilecto, su versión de La noche que te fuiste me causó (me sigue causando) una demolición interna, además porque canta la estrofa que en aquellos años ninguno cantó: “Más fuerte que tu olvido, / el tiempo y la distancia, / se ensaña, tenaz con mi desolación, / el remordimiento de todo el pasado / ¡todo mi pasado trágico y burlón…”.

 

Y remata con una tristeza jubilosa: “Por eso cuando en sueños tu imagen se agiganta / y entonas sutil esa vieja canción, / yo vuelvo a ser entonces el de aquellos días, / radiante y feliz como un rayo de sol”. En esta parte, que no deja de entristecer, hay una suerte de retorno con luminosidades a un tiempo que ya no es, pero que la canción lo mantiene vivo en la ilusión.

 

Eva de los Ángeles, ni aquellas calles con plazoleta gris y los cafés con pianolas, jamás volverán. Solo ese tango inevitable hace que los relojes retrocedan y causen una dulce pena que puede llevar sin remedio a que brote un lagrimón, por lo demás, dulce también.

Pintura de Teresa Ahedo, 1987

Un festivo París bajo el cono azul

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En una carta, Ernest Hemingway, un escritor tan leído como imitado, advertía a un amigo, en 1950, que “si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará vayas donde vayas, todo el resto de tu vida”. Y al autor de El viejo y el mar lo siguió la Ciudad Luz toda la vida, porque “París es una fiesta que nos sigue”. Puede ser la ciudad más cantada (bueno, otras le disputan ese privilegio: Nueva York, Roma, Buenos Aires…), pero, en todo caso, era en otros días una de las más mentadas, por ejemplo, en el tango argentino. Y hay que recordar que cuando París dio su beneplácito a esa música tremenda, perturbadora, a fines de la primera década del siglo XX, la burguesía porteña y la aristocracia (no la del arrabal) se prosternaron ante ese fenómeno extraordinario de la cultura popular del Río de la Plata.

 

Hemingway se dejó deslumbrar y querer por París, sin caer en la tentación de naufragar en la vorágine de la bohemia. Al contrario, se burló de aquellos “artistas” que creían que la borrachera y los desórdenes de los sentidos los inspirarían y mejorarían sus producciones. Y el escritor fue fiel a su vocación, en París y en todas partes donde estuvo. Y tal vez fue en esa ciudad de prodigios donde aprendió a escribir de un modo que hiciera efectos en el lector sin que este se diera cuenta.

 

Bueno, pero para cambiar de horizonte en el viejo París, el tango, o varios de ellos, como Marión, Anclao en París, La que murió en París, Madame Ivonne, Noches de Montmartre, tienen historias que se desarrollan en esa ciudad de poesía y alucinaciones, de cabarets y vidas licenciosas. Otro, de bar de esquina, es Bajo el cono azul, de Alfredo De Angelis y Carmelo Volpe, grabado en 1943.

 

En los cafetines de Bello, dotados de pianolas luminosas, se escuchaba la versión de De Angelis con la voz de Floreal Ruiz. La música se esparcía en el ambiente de botellas y copas, y salía a la calle, a chorros. Era atrapadora y suscitaba una cierta melancolía con sus acordes introductorios. No sé en cuál de aquellos bares tenían otra versión de ese tango, con la Orquesta Típica Víctor y la interpretación vocal de Alberto Carol, quizá con más musicalidad, o un no sé qué, un sentir inexplicable, que se me quedó grabado en los tejidos de la memoria.

 

Tiempo después, el mundo del teatro me hizo escuchar (y ver, porque las palabras se ven) aquel tango de otras maneras, siempre, no sé por qué, con una luna artificial sobre el recuerdo. “Bajo el cono azul de luz bailando está Susú su danza nocturnal…”. Una imagen de una muchacha iluminada en un escenario que casi siempre estaba solo, con una soledad que nadie entendía más allá de las luces. “Sola, en medio del salón se oprime el corazón, cansada de su mal…”.

 

En esa parte, a veces me preguntaba cuál sería su mal: si una enfermedad, que hay tantos tangos que se refieren a estados mórbidos, como los hay sobre mujeres que tosen y tosen, como Margarita Gautier, por ejemplo. Su mal pudo estar más en su dolor de ausencia: “veinte años y un amor, luego la traición de aquel que amó en París…”.

 

En ese tango —me parecía entonces— había una tristeza sin límites, un vacío existencial, una relación rota que deja huecos y abismos en el alma. “¡Mariposa que al querer llegar al sol solo encontró la luz azul de un reflector!”. Había (bueno, hay todavía, que cada vez que lo escucho hay una especie de desprendimiento interior) un lado de la tragedia, la de la muchacha azulada por la luz: “Bajo el cono azul envuelta en el tul gira tu silueta en el salón…”, sí, y yo creía que el azul era el color de la melancolía. Una melancolía pegajosa, agria y dulzona a la vez, que se aferraba a la piel y a la garganta en nudos.

 

La muchacha me daba la impresión de una inestable fragilidad, a punto de romperse,  o, desde otras perspectivas, a punto de quemarse cual mariposa desorientada por el calor del reflector. “Y yo desde aquí, como allá en París, sueño igual que ayer otra ilusión…”, y en esta parte de la canción surgía otro punto de vista, y la muchacha se invisibilizaba, se iba, era parte de un recuerdo de otro: “No sé si te amé… acaso lloré cuando te alejaste con tu amor…”. Aquí podría haber confusiones, quién narraba, a quién más le dolían las ausencias parisinas. Ella, allá, bajo el cono azul, y el otro, distante, en actitud de recordaciones.

 

“¡Triste recordar! ¡Sigue tu danzar!… Yo era solo un pobre soñador”. Y en este punto, tampoco sé por qué, París estaba presente en los que iban allá a soñar, a buscar otra luz, y en las ganas de estar en esa ciudad tan literaria, tan novelada. El tango emanaba de las gramolas, con irrigación de músicas en las calles, en las ventanas, en las esquinas de muchachos a los que el amor todavía no les había jugado ninguna mala pasada.

 

Y de pronto, el cono azul se iba diluyendo, porque la muchacha ya no bailaba bajo el chorro luminoso y más bien estaba llorando en las sombras del salón. Qué drama en tan pocas palabras, qué historia sugerida con algunas pinceladas verbales: “solloza un corazón su mal sentimental…”, ella todavía en París, y el otro, quién sabe dónde. “¡Mariposa que al querer llegar al sol solo encontró la luz de un reflector!”. He ahí la verdad de ese París de melodía, un espejismo, un brillo extraviado en la noche de los desamores.

 

Hace poco, y sin anunciarse, ese tango volvió a aparecer en mi entorno, y las brumas de un tiempo de ensoñaciones se despejaron, y ahí, bajo el cono azul de luz, volví a ver aquella muchacha, llamada Susú, quemada en la luz de un reflector.

Una lágrima por un amor que no fue

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

La muchacha, sobre todo en las mañanas, sintonizaba una emisora que casi siempre ponía a sonar una balada de Estelita Núñez. Y la cantaba con ganas, como si fuera lo último que fuera a hacer en el mundo: “Una lágrima por tu amor, una lágrima lloraré…”, y yo, desde el segundo piso, la escuchaba. Era una muchacha blanca y rubia, que por las noches, bueno, tal vez a las seis y treinta o siete, recibía en la puerta a un pretendiente. Yo desde el balcón los veía animados en su conversa, y sentía una tristeza por no ser yo el que estaba ahí, con ella, en la puerta, recostados a la reja. Pero nada.

 

A veces, yo salía a dar una caminada a esa hora, para verla a ella de cerca, olerla con disimulo, saludar y escuchar su respuesta. No recuerdo si el tipo contestaba a mi salutación. Creo que no. Ella sí lo hacía, con risas y un dejo que a mí me parecía medio tristón. Me iba dolido, diciéndome para mis adentros qué era lo que hacía que no pudiera estar junto a la chica que, por otra parte, no era hija de la vecina, sino su sobrina, y vivía ahí no sé por qué, tal vez por no tener mamá, o qué sé yo, solo sé que ella estaba a diario en aquella casa, en el primer piso, que era la habitación de la dueña (Maruja se llamaba) una señora con cara de bruja, bueno, en el sentido de la deformación monstruosa que le propinaron a las brujas sus enemigos, que, como leí después, en realidad eran mujeres muy bellas y sabias.

 

Pero esta era una dama no solo malencarada, sino, de añadidura, mala clase. No saludaba. Estaba presionando a mamá desde la mañana en que se cumplía el mes de arriendo. Tenía dos hijas, esas sí feas, a las que pusimos como sobrenombre las Culateras. Bueno, el del bautizo fue mi papá, experto en esas lides de aplicar apodos. Abajo, en el solar del primer piso, había un inmenso tanque, del cual nosotros, con una oxidada bomba de manivela extraíamos agua, en una labor que era todo un desencanto y una aburrición deplorable.

 

Vivíamos entonces frente a una iglesia en forma de ramada de nombre Santa Catalina Labouré y a pocas cuadras de la quebrada La García, con mangas en sus márgenes, a las cuales, en ocasiones, íbamos a jugar fútbol, con el riesgo ineludible de que el balón, durante el partido, cayera varias veces a la corriente.

 

Bueno, pero lo que interesa ahora, cuando he olvidado el nombre de la muchacha, mas no su figura ni su voz matinal, que cantaba baladas y a veces también una música bailable de Los Hispanos, como la de homenaje a Cien años de soledad, que provocó que por el tumbao en el caminar cuando sonaba la tal pieza, pusiéramos la Maconda a una vecina del barrio. Pero esa es otra historia.

 

Mis mañanas eran de expectativa, y lo que más quería siempre era escuchar la voz de la chica. Me arrimaba a la parte que daba al patio-jardín de abajo y aguzaba el oído por si podía tener noción de los modos de respirar, de sus pasos, de la escoba que sonaba en sus manos. Y de pronto, se regaba por el ambiente aquello de “una flor sin rocío morirá y nunca más vendrá la primavera…”. A mí me iban dando palpitaciones. “Qué bella voz”, me decía, qué triste se escuchaba en partes esa balada: “el agua de los ríos se detendrá, el cielo no tendrá ningún color porque se terminó mi amor…”.

 

La muchacha se estremecía y me estremecía: “Fuiste el primer amor y no volverás…”, qué dolorosa era aquella declaración. Y ella parecía que lagrimeaba, o así la imaginaba, ella en primavera, ella en flor. Y yo con un nudo en la garganta, con ganas de decirle desde lo alto qué bello cantás, qué voz tan linda, cosas así, como para enamorar, pero no las dije. Me las guardé. No sé por qué. Quizá una recóndita timidez me lo impedía. O el saber (el intuir) que era, con ella, un acercamiento imposible, una distancia corta y a la vez lejana.

 

La canción —en sí era una simplonería— le brotaba con gusto a la muchacha, como si se la estuviera cantando a alguien, a un amor que tuvo, a su primer amor. Y yo a veces pensaba que era una dedicatoria que me hacía, tal vez ella también querría decirme que habláramos, que nos acercáramos, pero nada de eso sucedió. Y ella continuó por las tardes-noches, recibiendo la visita de un tipo al que yo, de pronto, comencé a odiar, o, más bien, me caía gordo, porque estaba interrumpiendo —creía yo— una posibilidad de romance entre ella y yo.

 

La flor sin rocío se murió. Nos mudamos al poco tiempo de aquella casa y no volví a saber nunca más de la muchacha. El tiempo, que en este caso es el olvido, la borró. Y la canción tampoco la torné a escuchar. Por estos días, sonó en la radio y la imagen de aquella chica de barrio volvió de súbito con su carga de melancolía. No sé por qué una lágrima se asomó en la memoria y sentí que ella estaba cantando dolores en una mañana borrosa de la adolescencia perdida.

 

                               Pintura de Gustav Klimt