Apartamentos sin afuera y sin adentro

(O cómo vivir entre ladridos, altoparlantes chillones y otros aullidos)

 

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Pintura de Vincent van Gogh

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cuando Mafalda entra al apartamento de su amiguita Libertad, esta profiere un berrido descomunal: “¡¡Mamá, vino Mafalda a jugar conmigo!!”. En el tercer cuadro se “escucha” un “bueeeeno”. Y entonces, tal vez un tanto desconcertada por los alaridos, la curiosa Mafalda pregunta: “¿Tan grande es este departamento”. “No, pero nos hablamos siempre así para que parezca”, dice la otra chiquilla, mientras se ve en la última viñeta que se trata de una miniatura de espacio.

 

Hoy, cuando ni siquiera tenemos afuera el suficiente espacio público, el verdor adecuado, el medioambiente sano, los apartamentos son una suerte de construcción carcelaria, como calabozos, apenas unos cuantos metros cuadrados, en edificaciones que dan grima por su diseño, por su concepción sin tino, sin estética alguna, como una prisión. Me parece que, en alta proporción, son edificios tuguriales, sin ningún respeto por quienes van a habitar allí. Y, suele pasar, que se construyen de materiales deleznables, de muros flacuchentos, a través de los cuales se escuchan las respiraciones del vecino, y ni hablar cuándo se filtran los ayes, suspiros, quejidos y aullidos, cuando la pareja de enseguida alcanza el clímax.

 

El adentro, una categoría que tiene que ver con lo íntimo, con la vida doméstica, con la privacidad, es cada vez más insuficiente. Una celda. Una prolongación simbólica de la mazmorra. Un desprecio por la dignidad y por el derecho a estar cómodos. Se advierte en múltiples construcciones residenciales unas desaforadas ganas de plusvalías, de obtener ganancias por encima de cualquier otro factor. Qué importan las espacialidades públicas, los jardines, los senderos, los materiales. Y menos importa el que va a habitar. Basta con que el constructor obtenga réditos exorbitantes.

 

Solo una vez he vivido en un edificio de apartamentos, de tres pisos y terraza comunitaria, con un común patio central, donde una vez cayó un hombre que se arrojó en una maniobra suicida que no lo mató, sino que lo dejó muy maltrecho. Entonces me recordó El inquilino, de Roman Polanski. Estos apartamentos, de vieja data, quizá construidos en los sesentas, tenían cierta amabilidad y los materiales permitían que uno no escuchara los ruidos del vecino. O estos se sentían muy apagados. Solo que no faltaba quien, en una “prenda”, en un desquicio de furor por exceso de tragos, pusiera música a “todo taco” y ahí sí no había pared que lo impidiera, por gruesa que fuera.

 

Aquellos “apartacos”, en el barrio El Estadio, tenían tres piezas, sala- comedor, cocina, dos baños, balcón. No eran ninguna maravilla, pero no tenían parentesco con los infernales de la mayoría de edificaciones modernas. A veces, me paseo por distintos barrios, y apunto la mirada curiosa, en distintas construcciones. He visto unas de espanto, de acabados rudimentarios y exteriores que dan grima. Imagino cómo serán sus interioridades y entonces añoro aquellos viejos caserones, de seis y más cuartos, con varias salas, comedor, cocina, patios, como los que habité en mi infancia y adolescencia en Bello. Es probable, no lo he averiguado todavía, que algunos de ellos hayan sido derribados para la erección de edificios esperpénticos, que pueden ser parte de un nuevo paisaje, grotesco y deplorable.

 

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Hay conjuntos residenciales que pueden ser la sucursal del inframundo. El mal gusto de los constructores, su tacañería, los deja en un burdo estado de inconclusión. Y aunque puedan tener acabados decentes, el caso es que, para los asuntos de convivencia, en los que ya ni siquiera la noción de vecino existe, la situación se torna intolerable, o así lo han descrito algunos de los que habitan en estas unidades. Porque, como el de al lado, o el del frente, no interesan, no son “mi prójimo” (en el sentido de proximidad) prevalece el individualismo. El otro no cuenta. Y de ese modo, se configuran los abusos, las exageraciones, los despropósitos.

 

Hace poco leí una columna del periodista Ernesto Ochoa (Los ladridos del destierro, El Colombiano, 2-2-2019), en la que hacía notar que en Colombia no se urbaniza con el conocimiento de las idiosincrasias, la cultura, las maneras de ser de unas y otras comunidades. “La consigna parece ser construir barato, aunque cobrando caro, y, tras engañar con fementidas maravillas publicitarias a los usuarios, abandonarlos a su propia suerte, sin tener en cuenta su bienestar humano y comunitario”. En la ciudad ha sido común este malestar.

 

Quizá el propietario del apartamento cree que, por serlo, tal condición le da derechos que, en rigor, no posee. Como el del poner a todo volumen su equipo de sonido. Qué importa si están sonando Bach, Beethoven, Piazzolla, o una expresión de bel canto. Ah, claro, peor aún si el del costado o el de abajo, o el de encima, no sé, lo que le hace botar la baba es el reggaetón. Ahí sí fue Troya. Lo que digo es que, en estas urbanizaciones, debe haber límites y, sobre todo, consideración por los otros.

 

Y cuando no son las molestias por la algarabía, o por el exceso de decibeles en las audiciones, es porque han dejado todo el día sola en grima a la mascota, y no faltan los eternos ladridos, y, además de tratarse de un maltrato animal, los lamentos del can, o de otros animales, son, aparte de lastimeros, una torturante molestia para “los cosos de al lado” y de todos los lados.

 

No ha de faltar el atarbán que ponga los bafles en la ventana y haga una demostración de que su aparato de reproducción es el que más duro suena. Ni los manuales de convivencia ni los reglamentos internos son suficientes para que haya una serena vecindad. Como decía una vieja canción de Alí Primera: “hacen falta muchas cosas para conseguir la paz”.

 

Así que, en muchos complejos residenciales, los apartamentos, aparte de estrechos e incómodos, pueden tener otros agravantes. Como las demostraciones de vulgaridad de algunos residentes, que, cuando se les hace el reclamo o se les pide moderación, son del combo de los que responden “usted no sabe quién soy yo”, o “no me da la gana y qué”.

 

A veces, el tamaño del departamento es lo de menos. No se requiere el grito de la chiquilina del cómic para que parezcan grandes. Lo imprescindible es poder construir en esos espacios atosigantes un clima de tranquila habitación.

 

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Viejos apartamentos en los que, quizá, ya no vive nadie. Solo las palomas. Foto Carlos Bernate

 

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Vivir por un libro

(Una memoria sobre la lectura y los libros, al vuelo de la infancia y la adolescencia)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

No recuerdo el primer libro que leí (tampoco la primera película que vi, aunque pudo ser una del Oeste). En casa, en la mítica infancia, en la que se crean fantasmas y solo se existe para el juego y la imaginación, había algunos viejos libros de texto que eran aquellos que mamá conservó de su paso por las aulas: libros de historia antigua, las ruinas de Palmira, los faraones, otros de química, cartillas de Bruño y desempastadas Alegrías de leer, geografías con continentes gordos y deformes, y no recuerdo ningún libro infantil. Después llegaron algunos de Botánica Oculta, varios tomos de la enciclopedia El tesoro de la juventud y nada más.

 

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A los Grimm y a Perrault los leí en la biblioteca pública de Bello, donde había una señora, creo que se llamaba Margarita, que nos sacaba a pellizcos cuando nos atacaba la risa por alguna ilustración o por las historias de Pulgarcito y otras aventuras que, más que todo, nos hacían soltar carcajadas. Salíamos, con Alejandro Molina y otros, con risas a granel y algo de sorpresa por el trato o maltrato, a la plazoleta Andrés Bello, en la que había urapanes y al frente la urna vítrea con la choza de Marco Fidel Suárez.

 

A los pocos días, tornábamos a la sala infantil a proseguir con las lecturas y las risotadas. Y entonces nos topábamos con Esopo y Samaniego y La Fontaine y Pombo… Y vuelva y comience con la pellizquería de la doña bibliotecaria. Tal vez el primer libro completo que leí, y ya había pasado la primaria, fue Ivanhoe, de Walter Scott, en una edición ilustrada que papá me trajo de uno de sus viajes laborales. Y después de la Carta a García y relatos aislados de Las mil y una noches, las veladas domésticas estuvieron, en una adolescencia agitada, en la que había mucho fútbol, juegos callejeros, cine y desafíos a pedradas entre galladas de distintos barrios, adobadas por lecturas más inquietantes. Una, por la de un libro que me regaló Chucho, uno de los muchachos de la tropilla de El Congolo: Moulin Rouge, de Pierre La Mure, sobre la vida y obra de Henri Toulouse-Lautrec, y otras, por los dos tomos de Las mil y una noches que me prestó Álvaro, alias Ñembo, y que me tragué en una semana o tal vez dos. Fue entonces cuando descubrí que mamá, que era una estupenda narradora oral, ya me había relatado hace tiempos muchos de esos cuentos árabes adaptados a su cultura antioqueña, incluidas arrierías y colonizaciones.

 

Más tarde, cuando en la casa comenzaron a aparecer libros de escritores estadounidenses (Faulkner, Steinbeck, Hemingway…) y también algunos de Pär Lagervist, Heinrich Böll, Kafka y Poe, las noches se hicieron más largas y propicias para las lecturas. Mamá a veces gritaba desde su pieza que apagáramos el bombillo y recuerdo sus perentorias órdenes de “dejá de leer tanto que te vas a enloquecer”, pero más leía uno y ella tornaba con su grito: “¡O apagás o voy y pedaceo el foco!”. Y había que posponer la lectura para la noche siguiente.

 

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La casa y la escuela (y, en mi caso, también el barrio) eran como huertas, donde se abonaban las ganas de mil cosas, pero, en particular, las de descubrir, las de tener intenciones de aprender disímiles asuntos, como los de inmiscuirse en lo que los libros dicen y proponen, con historias y peripecias. No se me han olvidado los relatos babilónicos y las gestas de acadios y asirios, ni los experimentos con una campana y un pájaro asfixiado, ni los filtros de Paracelso. Y aquellos intentos de acercar las estrellas o tener nociones de un gran mentiroso como el barón de Münchausen en selecciones que se hacían en aquella enciclopedia de pasta dura verde botella en las que había desde poemas de Poe hasta notas sobre la Ilustración y próceres de distintas batallas.

 

Quizá el bautizo para la lectura estuvo en la cuna, cuando, según supe después, había cantos y rimas y recitaciones de poemas que después jamás he vuelto a escuchar, como uno denominado Salutación a América y también las rimas de Bécquer y todo en la voz de la señora rubia que luego, en noches y mañanas, nos contó aventuras de Tío Conejo y Sebastián de las Gracias y nos detonó la imaginación con su voz particular de Scheerezada antioqueña, con los viajes de Simbad el marino y zocos persas.

 

Creo que por aquellos años, los de la educación sentimental, los de calle-casa-escuela-pelota-barrio, la lectura fluía sin obligaciones y como una condición natural, sin pretensiones ni imposturas. No era para posar sino para sentir el vuelo, los sonidos, las palabras, los ritmos, la música. Vocales y consonantes nos prolongaron los sueños y nos vistieron con los trajes de cenicientas y las desnudeces de fantasmas que ya no asustaban. Sí, eran el libro, las letras, los cuentos y fábulas partes de una manera de ser, de vivir, de estar en crecimiento sin saber en teoría qué era la infancia ni la adolescencia. Un flujo común. Un tránsito hacia los asombros y los hallazgos. No recuerdo que nos dijeran que había que leer. Se leía, así como había que desayunar o ir a asaltar fincas suburbanas en busca de naranjas, mangos y ciruelas.

 

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No solo al cine y a la primera maestra, doña Rosa Bother, y después a Álvaro Sánchez, el profe de español y literatura que nos hacía memorizar poemas, recitarlos ante el resto de condiscípulos, y leer algunas crónicas de Azorín, les debemos el amor ilimitado por leer, sino, claro, a las aventuras de periódicos con cómics como Tarzán y El Fantasma, a las revistas mexicanas y chilenas, al Reyecito y Mandrake, a los luchadores como El enmascarado de plata y Neutrón, y una colección de pequeños cuentos que editaba Saturnino Calleja, albergados en cofres metálicos muy pintorescos.

 

Y digo al cine, porque tras ver tanto western, y películas de capa y espada, y a Ulises, y a Perseo el Invencible, y a Hércules, y a Maciste, y todos los gladiadores, y a los pistoleros como Wayne y Cooper, y las diligencias, a los indios que cuando caían de sus caballos la gritería en el teatro era como si se cantara un gol (algo había en esos filmes de colonialismo, de discriminaciones, de despojo cultural, pero eso lo supimos mucho después). Y entonces, en los intercambios o trueques, con papa rellena y ají picante incluidos, en las antesalas de los teatros, estaban Marcial Lafuente Estefanía y sus novelitas del Lejano Oeste.

 

Y luego, el mundo adulto, más complejo, y ya perdida la inocencia, nos condujo por otros textos y caminos. Y vino la sofisticación. La lectura en varios niveles. El análisis y el pensamiento. Y la crítica. Y todo lo que en rigor debe tener una “seria” manera de enfrentar libros y autores. Y cada uno de aquellos que habitamos hace años la misma casa, y escuchamos a la misma madre, y luego tuvimos diversos maestros, fuimos haciendo la biblioteca personal. Creo que les ha pasado a muchos. Nada del otro mundo. Pero sí hay en esas formaciones (otros dirán deformaciones) de criterio, de carácter, de memoria, un ejercicio, tal vez simple y en cierto modo natural, de querer los libros, sin tenerlos en ningún nicho sacrosanto, pero con la certeza que en ellos hay tesoros y son albergue de múltiples deslumbramientos.

 

La lectura es una apertura a la inteligencia, a la imaginación, a convertirse en otros, a caminar-volar-nadar-explorar-bucear- por lo más oscuro y lo más luminoso de los humanos y sus circunstancias. El lector puede ser como un devoto, un peregrino, un místico, una suerte de empedernido auscultador de almas. Y tendrá al libro como un preciado material que no le calmará su sed de saber, pero hará que la lengua se le seque. Un libro es para aumentar las ganas; no para calmarlas. El escritor, filósofo y autor de canciones, Manlio Sgalambro, el del Tratado de la impiedad, expresa una inquietante certeza: “Puede que sólo por eso merezca la pena existir, por leer un libro, por ver los inmensos horizontes de una página. ¿La tierra, el cielo? No, sólo un libro. Por eso, muy bien se puede vivir”.

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Un libro es un pasaporte a la cultura, la imaginación y la inteligencia.

 

 

 

 

Aventura de un árbol de navidad

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“Arbolito de navidad que siempre florece los 24…”.

 

Por  Reinaldo Spitaletta

 

 

Subimos, con un deteriorado machete envuelto en un periódico, hasta la finca La Selva, que desde lejos, desde el barrio El Congolo, se veía con corredores y ventanas rojas y un curvilíneo camino enrielado. Alrededor, al pie del cerro el Quitasol, había noros, chagualos y otros árboles y arbustos. Entonces, a mediados de los sesenta, no había conciencia ecológica ni defensas del medio ambiente, pero todavía no estaba tan destruido el planeta y por las laderas del morro bajaban riachuelos cristalinos y se escuchaban cantos de pájaros.

 

Las vecindades de aquel caserón las habíamos recorrido con muchachos de la cuadra, cuando jugábamos a ser Tarzán y su corte de monos. No faltaba el grito largo (¡iiiiiiuuuuhaaaaaaaah!) mientras uno se arrojaba de un árbol a otro, reviviendo las aventuras de Edgar Rice Burroughs, del cual todavía no habíamos leído sus libros, pero sí los cómics de periódicos y revistas, además de haber entrado al Teatro Bello a ver algunas proyecciones en blanco y negro sobre el héroe de papel, que entonces lo representaba Johnny Weissmüller.

 

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Aspecto del cerro Quitasol.

 

En ocasiones, ascendíamos hasta una prominencia que, desde la distancia, aparecía como un grano en el rostro inmenso de aquel morro emblemático. La llamaban (todavía es así) La verruga. Y aprovechábamos las aguas límpidas y heladas de los arroyuelos para pegarnos zambullidas y darnos un refresco. Y a principios de diciembre, cuando todavía no había ventas de arbolitos navideños preparados para el efecto, sino que había que ir a cortarlos a las florestas y otros montes, las romerías ascendían al Quitasol para conseguir su ejemplar al que recubrirían con algodón de colores, o solo blanco, y les colgarían bolas quebradizas verdes, rojas y doradas. Y al conjunto, que iba en un soporte, a veces una matera, se le agregarían bombillitos, guirnaldas y cadenetas. En 1962, cuando vivíamos en un caserón de Manchester, el arbolito que mamá había confeccionado se fue al piso tras un fortísimo temblor de tierra y sus ornamentos se destrozaron sin remedio. El resto del mes, el árbol se quedó triste y sin casi ninguna decoración.

 

Pues bien. Íbamos los cuatro hermanos a conseguir un árbol navideño, que no fuera muy grande pero tampoco una ramita sin carácter. Tenía que tener cierta presencia y estar dotado de suficientes ramificaciones. Y ya, en las lindes de la finca, comenzamos la labor. Seguro desde el caserón escuchaban los golpes de la herramienta y fue cuando apareció como de la nada un hombre de sombrero con un enorme perro al que llevaba sujeto de una cadena. Nos decomisó el machete y no permitió que nos fuéramos con el “arbolito” que habíamos cortado. Ni siquiera un chamizo del mismo. No recuerdo si nos espetó algún insulto, pero lo que sí quedó en evidencia fue aquella frase perentoria: “no quiero volverlos a ver por aquí”,

 

Cuando tornamos a casa sin nada, mamá nos interrogó. Contamos la peripecia y ella, de inmediato, salió hacia La Selva. La seguimos a distancia. “No se aparezcan por allá”, nos advirtió. Cruzó el portón y se arrimó a la puerta principal. Después, salió el hombre del sombrero. La vimos manotear. Supusimos que estaba más colorada de lo que era. No se escuchaba con claridad ni lo que ella decía ni lo que, luego, el tipo le contestaba. El hombre se metió a la casa y después salió con el viejo machete “tres rayas”, que nos había acompañado durante años en casa y que mamá tenía como una especie de “reliquia” familiar. Cuando ella se había vuelto sobre sus pasos, se escuchó la voz del “mayordomo”: “Señora, puede llevarse también el árbol que cortaron sus hijos”. Tal vez fue el viento el que condujo las voces hasta nosotros. La vuelta estuvo adobada de relatos heroicos sobre el Quitasol y de imaginaciones acerca de cómo iría a quedar el árbol de navidad en la sala de la casa. El machete lo llevaba mamá como un botín de guerra y nos pareció que había gentes en las ventanas de la cuadra que saludaban a los vencedores de una batalla floral.

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El sugestivo ático del Paraninfo

(Vivaldi en la penumbra, algún fantasma y la belleza de un espacio histórico de Medellín)

 

Ático del edificio del Paraninfo de la U. de A. Foto Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El Paraninfo de la Universidad de Antioquia, de fachada neoclásica, con dos claustros y cinco naves, con jardines interiores y tres pisos, es una obra de arte y un lugar donde se puede leer la historia de Medellín de los últimos 220 años. Como, igual, puede suceder con la preciosa plazuela donde está ubicado: la de San Ignacio.

 

Y así como allí está el aula magna del Alma Máter, presidida por un Nuestro Señor de las Misericordias, pintado por Francisco Antonio Cano (debía de estar ahí Santander o el retrato de Fidel Cano, también pintado por F.A.  Cano, que estuvo ahí antes de la imagen sacra), se encuentra como parte de su arquitectura, en la que en el siglo XX intervino el arquitecto Horacio Marino Rodríguez, un ático que, en días muy lejanos, fue lugar de oración y, más que todo, de castigo para estudiantes díscolos.

 

El Paraninfo (así se le designa genéricamente a esa gran construcción que tiene el frente por Niquitao, un costado por Ayacucho y la espalda por Girardot) es un espacio que exuda belleza. Y está ligado a la cultura y a la historia de Medellín y Antioquia. Quizá aquellos Martes del Paraninfo, fundados por Jaime Sanín Echeverri, y que emanaron brillo supremo en el ejercicio de la secretaria general Luz Elena Zabala, sean una marca indeleble de los significados de este edificio emblemático.

 

Cuando Gisela Posada, funcionaria de la Universidad de Antioquia y líder del programa Cultura Centro,  me dijo, hace meses, que me invitaría a subir al ático (una inquietante torre que solo había visto por fuera), el interés por saber cómo era el interior de aquel torreón que desde hace años me hacía imaginar figuras fantasmagóricas, y que a veces, cuando estaba en alguna de las conferencias del Martes del Paraninfo, pensaba que, desde lo alto, debían los espectros estar atentos a las palabras de los invitados. Y fui todo expectativa desde aquella mención a ascender a un lugar que, además, tiene entrada restringida.

 

 

Entrada al ático. Foto Spitaletta

 

El Paraninfo, que alberga librería, biblioteca, emisora, sala de exposiciones, oficina de egresados, un cinema, una escultura —El Flautista— de Arenas Betancur, jardines de heliconias, es, quizá, la más hermosa construcción de la ciudad. Y aunque el que allí entra puede verlo todo, o casi todo, no se imagina cómo es el interior del ático. El Paraninfo, que en el siglo XIX, además de ser el Colegio de Antioquia y luego la Universidad de Antioquia, fue cuartel de tropas de guerras civiles, arsenal, prisión, es un centro cultural digno de visitarse.

 

Quizá en sus noches de mampostería y cañabravas, tan afectas a los espectros y a los espíritus burlones, circulen aún los ecos de las voces de Sábato, Benedetti, Horacio Ferrer, Eduardo Adrián, Jorge Luis Borges, Evtuchenko, participantes de aquellas memorables jornadas del Martes del Paraninfo.

 

El cuento es que, llegada la hora, en la que un reducido grupo, entre periodistas y funcionarios de la U, tuvo el privilegio de acceder al ático, la expectación aumentó. Y, por qué no decirlo, hubo aceleres cardíacos y especulaciones sobre qué habría detrás de esa puerta con una placa dorada a un lado: “Área restringida”.

 

La violinista, en la media luz, toca a Vivaldi. Foto Spitaletta

 

 

Las estrechas escaleras de madera nos fueron llevando, de a poco, a otro nivel, en el que, en la penumbra, se escuchó un violín. Sonaba el segundo movimiento del Verano (de las Cuatro Estaciones, de Antonio Vivaldi), un adagio que se regó por todo el ámbito semioscuro. Lo interpretaba Katiana Soto, estudiante de Bellas Artes. Después, se escuchó una pieza de Shostakovich. Y entonces, acostumbrados al umbrío ambiente, en las viejas paredes, descaecidas, aparecieron nombres grabados, tal vez de los que trabajaron en la restauración que se hizo al edificio, terminada en 1990, con la dirección de la arquitecta Clemencia Wolf.

 

Seguimos subiendo. No sé por qué quería que surgiera, en esos muros mixtos, en esas antiguas tapias, la figura fantasmal de fray Rafael de la Serna, el franciscano fundador de ese edificio en los albores del siglo XIX. No se mostró. Y, de pronto, tras un ascenso despaciosos, estábamos en los balcones. Y la ciudad apareció distinta, desde otra perspectiva, lo mismo que las naves y cúpulas de la iglesia de San Ignacio. Y, abajo, la plazoleta, con ceibas, con la escultura de Santander, con el obelisco conmemorativo, con el busto del gobernador Marceliano Vélez, con los jugadores de ajedrez.

 

Hacia el suroriente, desde aquella insólita visión, las Torres de Bomboná (o Marco Fidel Suárez) y, más allá, las colinas de El Salvador. Hacia el occidente, la cúpula de la iglesia de San José. Y sobre nuestras cabezas, en la parte más alta del ático, después de una cornisa, unas claraboyas redondas y, como remate, un pararrayos.

 

Hasta allí arrimaba el ruido de la ciudad, con sus automotores rugientes y la polución incesante. El cielo, nublado, no tenía pájaros. Y había destellos sin lustre en el cobrizo domo del templo de San Ignacio. En el aire navegaba la melodía de Vivaldi. Sobre el tablado del balcón, uno pensaba que, como en un cuento de Felisberto Hernández, de pronto le diera por arrojarse al vacío con balaustradas y todo. Asuntos del animismo.

 

Y, aunque en el filme de Hitchcock, Vértigo, el ascenso y “caída” es en un campanario de iglesia, no estuvo exento uno de evocar, mientras iba descendiendo con cautela por las escalinatas, secuencias de aquella película con Kim Novak y James Stewart. Cuando cesaron las notas del violín y ya habíamos terminado el recorrido, hubo una sensación de tiempo detenido y me pareció escuchar viejas voces que nos susurraban desde otra dimensión.

(noviembre 30 de 2018)

 

Aspecto parcial del ático del Paraninfo. Foto Spitaletta

Primero hay que saber sufrir…

(Naranjo en flor, una ruptura con las viejas metáforas del tango canción)

 

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Naranjo en flor, un tango con letra vanguardista.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cuando María Graña, como parte del elenco Tango Argentino, comenzó su interpretación de uno de los tangos más conmovedores que en la historia han sido, mi compañera se deshizo en sollozos con agregados de jadeos y suspiros: “Era más blanda que el agua, / que el agua blanda, / era más fresca que el río, / naranjo en flor”. Estábamos aquella noche de comienzos del 2000 en el Teatro Gershwin, con sus localidades repletas, y en medio de la actuación de la cantora, se seguía escuchando el llanto quebrado, que hizo que algunos espectadores sacaran pañuelos y se sonaran.

 

Naranjo en flor, estrenado en 1944 por Aníbal Troilo con Floreal Ruiz, es un tango que se escapa de los moldes del género (al menos hasta ese momento de la historia del tango-canción), por su temática sin barrio, sin compadritos, sin bulines ni conventillos, sin una narrativa de desamores o de frustraciones. Con una versificación refinada, libre, de alta calidad, Homero Expósito, poeta y letrista, un vanguardista y ante todo un lector de grandes poetas, como Rimbaud, Verlaine, Baudelaire y Paul Eluard, y que además es dueño de otras creaciones en la que la combinatoria de surrealismo y realismo deja en un equilibrio inestable a la balanza, como Trenzas, Percal, Flor de lino, Absurdo, Afiches, Chau, no va más, con tangos de altas dosis de dolor como Yuyo verde, en fin, digo que Homero plantea en Naranjo en flor un drama contenido, subyacente, oculto en las metáforas. Bien camuflado en una sucesión de imágenes poéticas.

 

El tango canción, que, entre sus características y esencialidades, como decía José Gobello, tiene las de escribirse “para cantar lo que se ha perdido” y no lo que se tiene, se erige con Naranjo en flor en un emblema de factura literaria sin par en el extenso repertorio del género. Musicalizado por Virgilio Expósito, hermano de Homero, Naranjo en flor comienza con unas imágenes que pueden ser difíciles para el entendimiento rápido. ¿Hay acaso un agua dura?, podría preguntarse algún desprevenido. Sí, claro, el hielo. Pero este tango atípico abre su propuesta estética, también con honda sentimentalidad, con “Era más blanda que el agua”. Como mínimo, se puede asegurar que es una expresión poco usual.

 

“Era más fresca que el río, naranjo en flor…”. Aquí hay una imagen que conecta con el rocío juvenil, con la vida nueva, con los aires puros y todavía no afectados por las durezas del existir. Y luego, unos versos más visuales, pero no menos cargados de extrañamiento: “Y en esa calle de estío, / calle perdida, / dejó un pedazo de vida / y se marchó…”. Hay toda una sugerencia sobre lo urbano, sobre lo que pertenece más que al concreto y el asfalto, a un modo de la existencia. Una imagen de lo transitorio. ¿Cómo se deja un pedazo de vida? ¿Acaso por un desencuentro, por una situación límite y dolorosa? Y aparece el irse, el querer no pertenecer a ningún paisaje. La desazón.

 

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Homero Expósito, que trabajaba a fondo y con rigor sus letras, que pensaba en la puntuación como en los significados, que sabía que las palabras, creadoras de cosas y seres, deben seleccionarse con precisión, dejó también un pedazo de su vida en su poema-tango. A Troilo y Floreal los golpeó esta creación, versificada de otro modo, distinta a otras del género en su estructura y representaciones, y tuvieron que buscar a fondo sus significaciones, ensayar mucho la pieza que para algunos sonaba como una extravagancia, porque era una ruptura con la tradición letrística. Después, pero también en 1944, la grabaron Pedro Laurenz y Jorge Linares, y Enrique Rodríguez con Armando Moreno. Luego advinieron numerosas versiones.

 

Y tras de aquella exposición de estío en una calle sin nombre, Expósito se deja venir con unos planteamientos filosóficos in extremis, al límite de la angustia y el ultimátum, en un recorrido existencial que podría tener como última estación los reinos de la nada: “Primero hay que saber sufrir, / después amar, después partir / y al fin andar sin pensamiento… / Perfume de naranjo en flor, / promesas vanas de un amor / que se escaparon con el viento”. Hay en estos versos una parábola de la vida y la muerte. Cuando el ser llega a “andar sin pensamiento”, puede ser un final, una caída en la eterna oscuridad.

 

Después… ¿qué importa del después?

Toda mi vida es el ayer

que me detiene en el pasado,

eterna y vieja juventud

que me ha dejado acobardado

como un pájaro sin luz.

 

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Y el tangazo continúa con una pulsada entre pasado y futuro, pero, más que todo, con el pretérito en el que se ha quedado la juventud y en el que, al fin de cuentas, en una especie de introspección y de retrospectiva, uno (el ser, el que ha razonado, vivido, agonizado…) quedará “acobardado como un pájaro sin luz”, como un temeroso —y tembloroso— “pájaro ciego”. Las imágenes de este tango son múltiples, iridiscentes, con todos los colores y todos los dolores.

 

Manuel Adet, un tratadista de tango, ve en Naranjo en flor una historia de amor, “una desolada historia de amor. Allí, hay nostalgia, evocación poética, desconsuelo, una infinita tristeza y fatalidad”. Y luego añade que “para disfrutar de este tango hay que aprender a escuchar, leer o abandonarse a las imágenes, percibir que cada palabra, cada metáfora posee una importancia decisiva”.

 

Y en este punto hay que señalar que, de las muchas versiones que circulan de este tango, y que pueden ir desde las de Rubén Juárez, pasando por Susana Rinaldi, Jairo, Juan Carlos Baglietto, en fin, la más carismática interpretación es la de Roberto Goyeneche con el respaldo musical de la orquesta de Atilio Stampone, grabada el 7 de noviembre de 1973. “Hay que dejarse llevar por las sensaciones, esas sensaciones que Goyeneche transmite como nadie a través de su fraseo singular, sus silencios y sus balbuceos”, según advierte Adet.

 

Como es fama, el filósofo rumano-francés Emile Cioran, que gustaba del tango, cuando escuchó Naranjo en flor quedó conmovido hasta el asombro con aquello de “y al fin andar sin pensamiento”, como dijo él que en esa sentencia se fundamentaba toda su filosofía. “Naranjo en flor es un tratado filosófico”, apuntó el autor de Silogismos de la amargura.

 

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En rigor, como sí lo hacen muchos otros tangos, Naranjo en flor no cuenta una historia y aunque pueda ser, como tantos otros hermosos ejemplos del género, una ópera de tres minutos, está hecho más para el pensamiento que para el sentimiento. O, como en efecto pasa, una mezcla entre lo uno y lo otro, que lo hace distinto y pone al escuchador en guardia.

 

¿Qué le habrán hecho mis manos?

¿Qué le habrán hecho

para dejarme en el pecho

tanto dolor?

 

Y después de este largo interrogante, se deja escuchar una conclusión que hiere y duele, en la que hay sugerencias de ciudad, de una ciudad apenas esbozada a punta de insinuación, pero al igual de florestas y jardines interiores que matizarán el dolor: “Dolor de vieja arboleda, / canción de esquina / con un pedazo de vida, / naranjo en flor”.

 

Según el estudioso e investigador de tango Luis Adolfo Sierra, autor, entre otros libros, de Historia de la orquesta típica, Homero Expósito orientó su inventiva literaria en la confluencia de dos actitudes poéticas opuestas de modo temperamental en el tango: “el romanticismo nostálgico y evocativo de Homero Manzi, y el grotesco dramatismo sarcástico de Enrique Santos Discépolo”, ambos admirables, ambos hitos históricos y poéticos del tango-canción. Y “de tan sutil combinación estilística y temática sin proponérselo, logró Expósito definir una novedosa y originalísima modalidad de interpretación para la letra del tango”, apuntó Sierra en su ensayo biográfico sobre Homero Expósito, publicado en la revista Tango y Lunfardo, Nº 74, Chivilcoy 12 de mayo de 1992.

 

Y así, mientras vuelan los perfumes de Naranjo en flor, y nos vamos de ronda por viejas arboledas y calles de estío, volvemos a guardar silencio, partimos y nos quedamos al fin sin pensamiento. Como aquella noche, en el Teatro Gershwin de Nueva York, cuando María Graña llegó con su voz e interpretación a hacer llorar a la mujer que estaba a mi lado, hasta dejarla, por exceso de lagrimones, “como un pájaro sin luz”.

 

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Cancionero, de Homero Expósito.

 

 

 

 

 

Una exótica iglesia en medio de funerarias

(Jesús Nazareno, con Ermita y cripta, es una riqueza histórica de Medellín)

 

La iglesia, estilo neogótico francés, de Jesús Nazareno en Medellín.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En la cripta de la Ermita, donde hay cuarenta mil nichos con osamentas y cenizas, entre ellas las del gran fotógrafo Melitón Rodríguez (1875-1942), hay un gato sin nombre que, desde una puerta por la que se cuelan rayos de sol, observa a los visitantes. En lo que parecen pabellones, con nombres de advocaciones virginales y de otros santos, las lápidas, algunas escritas con bellas caligrafías, muestran un mundo de silencio y de olvidos.

 

Para Rubén Darío Vargas, que lleva doce años trabajando en la Ermita de los Claretianos, cuyo otro lado, el que se orienta hacia la carrera Juan del Corral, lleva el nombre de Jesús Nazareno, los días transcurren sin afanes y advierte que nunca ha sentido ruidos ni visto espectros, los que sí se amañan más en la iglesia neogótica francesa, que comenzó a ser construida en los años cuarenta del siglo XX, mientras que la cripta, con su ermita encima, data de fines de la centuria del XIX.

 

El frontispicio de la Ermita, en ladrillo a la vista, está sobre Carabobo, y hace años, cuando se presentó un ensanche de la calle, tumbaron los arbotantes de la majestuosa construcción que todavía ofrece una presencia de solemnidad y preciosismo. Entrar a la ermita, con sus techos con decoraciones de yesería dorada, con patio central y amplios salones, es como un viaje en la máquina del tiempo. Candelaria, una señora cordobesa que funge como ama de llaves, nos va enseñando los espacios. Hay al final de un pasillo, contra un muro, un óleo de la Virgen de Colombia, descolorido por los años.

 

Cuadro de la Virgen de Colombia,  en la Ermita de Jesús Nazareno.

 

La Ermita, cuyos ventanales de hierro forjado dan a la calle Moore, tiene vitrales y su cripta enorme de varias galerías de cenizarios y restos óseos, en los que, según Rubén Darío, una vez encontraron al abrir uno de ellos los huesos de una señora que tenía una trenza de más de ochenta centímetros de longitud. Por los estrechos zaguanes se puede caminar mientras se observan los nombres de muertos de hace años, en los que unos con “gracias” muy extrañas para la contemporaneidad, como Nepomuceno, Herminia, Clemente, Evelio, en fin, van revelándose en las lápidas, algunas con rasgos de inconclusión. Como si hubieran sido abandonados allí los restos mortales.

 

“Sí, se ve que algunos traían los restos de sus familias y no volvían a poner la lápida”, recuerda Rubén Darío. En la cripta no se admiten flores para los osarios, porque, además de pudrirse y ocasionar hedores, atraen mosquitos a granel. En un extremo de la cripta, hay una enorme Virgen del Carmen, con niño y escapulario, y con “almas” sufrientes a sus pies, en medio de llamas purgatoriales, todo en imaginería que para algún desprevenido puede ser fuente de temores.

 

El gato innominado, tras la vuelta que dimos por aquel espacio mortuorio, continuó en unas escalitas, junto a una puerta, sentado, con sus ojos amarillentos muy abiertos y como si quisiera sonreír. Por la sacristía, con escaparates llenos de implementos sacerdotales, litúrgicos, pasamos al templo neogótico, que tiene retablos exquisitos y la imagen del fundador de la comunidad claretiana o de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, el catalán Antonio María Claret.

 

Una de las galerías de la cripta, en la Ermita.

 

 

Las naves, con vitrales coloridos, algunos rotos, tienen entre sus imágenes, un Señor Caído, además del célebre Jesús Nazareno, que da nombre a la exótica iglesia, con cúpulas y torreones, pintada de amarillo, que domina el paisaje del sector. Está enclavada en el barrio que lleva el mismo nombre de la advocación. En sus cercanías, apenas a una cuadra, está el agraciado edificio de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia, diseñada por el arquitecto belga Agustín Goovaerts.

 

La iglesia de Jesús Nazareno, que en otros años era la centralidad de un barrio de clase media alta, con enormes caserones republicanos, algunos de alta dignidad, pertenecientes al estilo Art Decó, está hoy en medio de talleres, funerarias y muy vecina de la que fue una de las editoriales más prestigiosas del país, la Bedout. En su entorno está el Hospital San Vicente y ya no existe más una heladería que se hizo famosa en los sesentas y setentas: Las dos tortugas.

 

El barrio de Jesús Nazareno, que limita con Prado, El Chagualo y la antigua Estación Villa, tiene una iglesia de atractivos estéticos y que, dentro del paisaje que la rodea, es exótica y misteriosa. Su campanario con reloj, sus múltiples torreones, su cúpula de presencia arrobadora, le confieren al conjunto, con la Ermita al otro lado, una interesante visión de historias y patrimonios.

 

Su frontis con rosetón lo domina en su torre más alta la estatua de Jesús Nazareno, que mira al oriente. El templo, terminado en 1953, lo diseñó el arquitecto religioso claretiano Vicente Flumencio Galicia Arrue. Tiene tallas en madera, imaginería variopinta, coro y balaustradas, tres naves y uno que otro fantasma.

 

Casi siempre en su atrio, hay avisitos funerarios. La biblioteca que tuvo la Ermita, con singulares joyas bibliográficas, se trasladó al barrio El Chagualo, donde funciona la Fundación Universitaria Claretiana (Fucla). La iglesia es un patrimonio cultural y arquitectónico de Medellín. Y merece que su entorno reciba más atención de la ciudad, por su riqueza histórica.

 

Todo aquel que pasa ya sea por Carabobo o por Moore o por Juan del Corral y mira a la iglesia, siempre tendrá que pronunciar, con admiración, una frase: “¡Qué belleza!”.

 

 

Vista de la Ermita y de la Iglesia de Jesús Nazareno.

El misterio de las medias nonas

(Una crónica sin par con calcetines desaparecidos y otros viudos)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Las medias nonas tienen una apariencia de pena incurable y de desamparo sin solución. Están quizá expectantes de que aparezca algún día su compañera, la que les da la categoría de “par” y les alivia la sensación de inutilidad, de abandono, de descaecimiento antes de tiempo. A veces no han alcanzado ni siquiera a desteñirse en el talón y las puntas, y todavía están en plenitud de uso, cuando desaparece la otra, en una factura de misterio que puede tardar años en solucionarse.

 

Y más que el destino de la que se quedó sola, el enigma se traslada a la extraviada. ¿Cómo pudo perderse si siempre se lavan en la misma lavadora? O a mano sobre la loza de la poceta. Y se cuelgan en las mismas cuerdas. ¿Dónde van a dar las desaparecidas? Es como si la tierra se las tragara.

 

En ocasiones pasa que, mucho tiempo después, y sin que ya nadie las espere, aparecen en algún insólito lugar, como puede ser detrás de los libros de la biblioteca, o bajo un colchón, o en una poco usada gaveta de closet, y sucede que ya la otra, no está, porque se ha utilizado a modo de guante para sacudir una pared o una repisa y después se ha arrojado a la basura.

 

Las medias nonas son como un divorcio forzado. Como una separación obligatoria. Se hunden las supérstites en una soledad sin paisaje alguno, en la gris desolación del que espera el momento de mezclarse con las sombras. Pueden ser sinónimo de la tristeza. Y son poseedoras de un trágico desconsuelo, que las hace pertenecer muy pronto al olvido. Es aquel calcetín nono un símbolo de la desazón. En él se conjugan la desdicha de la pérdida y la cada vez más débil esperanza de una súbita aparición del otro, en la que el azar es el gran mediador.

 

Y no se crea que solo las medias cortas, tobilleras o a media pierna (tanto de hombre como de mujer) son las que desaparecen. También aquellas veladas, que en un tiempo era tan usadas por las damas para lucir con batas y trajes de cierta distinción, sufrían la partida sin avisos de alguna de las dos. Y entonces, como no faltan quienes recordarán, la sobreviviente se podía rellenar de papeles o con otras medias nonas y volverse pelota. O, por qué no, como en algunas películas de asaltantes bancarios, ponérsela en la cara como antifaz carnavalesco.

 

Detrás de cada media nona hay una pequeña historia de desconciertos. Un vínculo con lo inexplicable. Una conjetura. La que se ha esfumado, sin saberse cómo ni por qué, quizá no vuelva y se pierda en los entresijos de la desmemoria. La que queda, con una especie de complejo de inutilidad, puede perecer en poco tiempo, a no ser que su esencia se transforme, o, de otro modo, el dueño le dé nuevos usos. Se dice que puede servir para echar monedas, guardar bolas de cristal y manojos de cabellos (como alguna vez se estiló) o como limpión para patios y zócalos. No faltará quien la ponga en una canilla para silenciar el chorro de agua.

 

“Sirven para lustrar zapatos, limpiar barbillas de bebé, / ocultar joyas o cartas de amor”

 

La poetisa Anabel Torres, en su libro Medias nonas (un título que, según la autora, no ha tenido gran acogida), dice que “sirven para introducir la mano y sacudir el polvo, / esparcir cera, brillar muebles, guardar sueños, hacer traperos. / Sirven para lustrar zapatos, limpiar barbillas de bebé, / ocultar joyas o cartas de amor”. Y así se podrían encontrar otras facetas que pueden tener estas medias impares, a las cuales se les podría meter un bombillo (en tiempos viejos, las abuelas tejían las medias, o las remendaban, con una bombilla dentro de la media), o rellenar para hacer un muñeco de navidad.

 

En casa, hace mucho tiempo, hubo una media nona que duró años y su compañera jamás apareció. Era de rombos rojizos y azules. A veces, se escondía en cajones de escaparates o en canastos de ropa para aplanchar. No sé por qué se fue volviendo tan familiar, que se decidió, sin previa asamblea ni convenciones al respecto, conservarla, tal vez como un amuleto para que ayudara a que otras medias no quedaran en su condición desparejada. Y rodó de un lado a otro, en medio de un familiar clima de afecto por una media inservible. No recuerdo si murió de vieja o ella misma se marchó a buscar a su consorte.

 

Las medias nonas son como solteronas. O como monjas de clausura. Pero también pueden parecerse a las llaves que se van quedando silentes y quietas en desusados llaveros porque se ha mudado de casa, o porque se cambiaron cerraduras, en fin. Tienen la estampa de lo que ya no volverá a ser como antes y así estén casi nuevas no ejercerán su “profesión”. Claro que, a quien no le importe, puede usar distintas medias nonas, de colores y diseños diferentes, porque, al fin de cuentas, no es que sean tan visibles.

 

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Hay cálculos acerca de las medias que la gente puede perder durante su vida y la cifra, que sale de una operación matemática de cierta complejidad, es de mil doscientas. Para ello también habrá que vivir una buena cantidad de años.

 

¿Adónde se irán las compañeras (o excompañeras) de las medias nonas? ¿Habrá algún cielo para ellas? ¿Algún infierno? Quizá en ese otro lugar (o no-lugar) jugarán, como los niños de antes, a “los pares y nones” con la ansiedad de que aparezcan por tales parajes las que se quedaron, como ellas, en una viudez en la cual la incertidumbre puede ser de carácter permanente.

 

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Charles Aznavour o morir de amor

(Una historia sobre el polifacético autor de La bohemia, ¿Quién? y Venecia sin ti)

 

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Charles Aznavour

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Preludio con versos y gusanos

 

“Los mejores adioses son los que se demoran”, dijo alguna vez el cantante, compositor, autor y escritor francés, de ascendencia armenia, Charles Aznavour, muerto a los 94 años, con cuya ausencia física se perdió su propio concierto que estaba programado para el 26 de octubre de 2018 en Bruselas. Quizá el epitafio que se inscriba en su tumba no será el que él, dueño de agudo humor negro, en un juego de palabras en francés, dijo que quería: “Encore des vers”, que significa tanto “Más versos” como “Más gusanos”.

 

El último bastión de la canción francesa del siglo XX, que cantaba con “dulce melancolía” al amor y a lo que se había ido, legó al mundo un extenso repertorio de más de tres mil grabaciones, películas en las que actuó, autoría de letras y composiciones suyas (cerca de mil). Era un artista que cantó a los emigrantes, a los que cayeron en el genocidio de un millón y medio de armenios en la primera guerra mundial y un poco después de finalizada la misma, y a la muerte inminente de la mamá.

 

Aznavour es un cantor de varias generaciones. Sobrevivió a los más grandes representantes de la canción francesa, como Edith Piaf, Charles Trenet, Maurice Chevalier, George Brassens, Jacques Brel, Gilbert Bécaud, Yves Montand… a los que vio ascender y declinar y a algunos de ellos también les compuso canciones. Y se mantuvo incólume hasta una edad que le amplió la leyenda artística y lo convirtió en una suerte de monumento vivo a la creatividad, la interpretación y la longevidad en el escenario.

 

Nacido en París en 1924, cuando sus padres armenios estaban esperando una visa para proseguir viaje a los Estados Unidos, el polifacético artista sabía que lo importante no es ser recordado, sino que su obra perdure y esté en la memoria de los que vendrán. Así lo dio a entender cuando en Hollywood descubrieron su estrella en el Paseo de la Fama, en 2017. Lo llamaron el Sinatra francés, aunque, en buen romance y por razones de equidad en el talento, también a Frank lo hubieran podido denominar el Aznavour gringo. Vivió y murió a su manera. Y en vida alcanzó la categoría de clásico. Quizá le faltó morir de amor, aunque ¿quién quita?

 

 

  1. De bohemios y flores muertas

 

En una vieja crónica de Ernest Hemingway sobre bohemios norteamericanos en París, de 1922, el entonces reportero del Star Weekly de Toronto, en una crítica a una manada de ociosos que creían que la poesía bajaba del cielo, reunidos casi siempre en el café la Rotonde, el joven escritor les advierte con perentoriedad que “se ha escrito poca poesía buena en los cafés” y que para hacerlo había que trabajar con intensidad y disciplina. Muchos años después, en 1966, Aznavour graba una canción que puede ser una de las más simbólicas del cantante, La bohemia, en la que los muchachos de veinte años sí pintan y aman y aguantan hambre porque están, por encima de todo, buscando la gloria. Eran pelados felices, sin nada en el bolsillo, todos con talento y buen humor.

 

La bohemia, una canción a la juventud perdida, nos habla de lilas muertas y de tiempos idos. Alberga una nostalgia y, como en algunas novelas de Patrick Modiano, con el paso del tiempo ya no están las flores, y el taller de pintura está convertido en un café-bar y en una pensión. París ha cambiado. Quizá esa pieza que es dueña de una tristeza bien organizada pueda ser el retrato de una generación de utopías y sueños inconclusos. Una canción de triunfos postergados.

 

Aznavour, como todos los miembros de la llamada canción francesa, era respetuoso de las letras, del texto, de la poesía. Eran aquellas composiciones como una herencia de la Ilustración. Y como él mismo lo señaló, si en la música de todo aquel acervo cancionístico no hay novedades, sí las puede encontrar el oyente (y el lector) en las historias, en las bellas maneras de contarlas. Se huye y rehúye de la vulgaridad. Hay una búsqueda de nuevas perspectivas para pintar la condición humana.

 

Ahí están, para la muestra, que no es pequeña, canciones como ¿Quién? (Quién, cuando ya no aliente / silenciosamente, llegará hasta ti / y como el olvido / ya te habrá vencido / le dirás “querido” / al igual que a mí”. Son historias de amor y desamor. Sin caer en lacrimosidades. Ni en melodramas de folletín, que también, como se sabe, pueden ser objeto de tratamiento artístico. O tal vez una de las más representativas de las ausencias y distanciamientos, como Venecia sin ti. Tiene temas en los que se acaba la alegría y nace la angustia. En las que hay dolores, pero en los que, ante todo, se exalta la dignidad, como, pongamos por caso, Debes saber (en la que se llama a fingir el llanto y enmascarar “el gran dolor”).

 

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En sus cerca de tres mil grabaciones, Aznavour recorre los caminos a veces muy espinosos de los amores en pareja, del paso ineluctable del tiempo, de los afectos truncos y las paradojas existenciales. Cantar en seis lenguas (francés, italiano, español, ruso, inglés y armenio) lo tornó más extenso, más universal y ser reverenciado como una figura mítica en distintas geografías. “Me gusta escribir lo que los demás no escriben. Esa es mi enfermedad”, dijo, sobre todo cuando creó una canción sobre la homosexualidad (Comme ils disent). “En una canción se puede decir de todo, a condición de que se sea sincero, esté bien escrita y no sea vulgar”, agregó en lo que pudo ser una especie de brújula de su estilo. Una canción debe ser como una pequeña obra de teatro, eso decía.

 

  1. Un pueblo masacrado

 

Aznavour (cuyo nombre original era Shahnour Vaghinag Aznavourian), que también cantó a los perdedores, como si con ello quisiera revivir los tiempos en que se le decía que mejor se dedicara a otros menesteres, o que no iba a llegar a ninguna parte por no ser “guapo ni alto ni tener una buena voz”, jamás olvidó sus orígenes armenios. Sus padres, un barítono y una actriz, que escaparon a la matanza, lo sensibilizaron en las artes y le leían autores rusos, como Chejov. “Soy parte de un pueblo, muerto sin sepultura. Mi padre y mi madre, que pudieron escapar a la tormenta, tuvieron la oportunidad de hallar refugio en Francia. No ocurrió lo mismo con el millón y medio de armenios que fueron masacrados, degollados y torturados en el que fue el primer genocidio del siglo XX”, escribió en la conmemoración de los cien años del genocidio del imperio otomano contra los armenios.

 

El artista, miembro de una familia en la que hubo cristianos, musulmanes y judíos, se destacó también por su solidaridad con los emigrantes. Tanto que estuvo dispuesto a recibir a muchos de ellos en su casa secundaria y siempre agitó la idea del aporte que los que llegaron de otros lugares hicieron a Francia, como Picasso, Cioran o el compositor egipcio Guy Béart, entre muchos. “Siempre estaré del lado de los que llaman a la puerta, no de los que la cierran”.

 

“Camarada
La batalla nos unió, mi camarada,
Nuestra lucha comenzó en las barricadas,
Y siguió en comandos y emboscadas,
Mi camarada”

Canción de Aznavour

 

 

Aznavour, un tipo “políticamente incorrecto”, cuya familia participó en la resistencia contra los nazis en Francia (protegieron comunistas en su apartamento de París), también le cantó al genocidio de los judíos. Su canción J’ai connu es una demostración de su poética en torno a un acontecimiento atroz como el crimen masivo contra los judíos de parte de las hordas hitlerianas. “Lo que el hombre le hace al hombre / el animal no lo hace”, dice. Es, sin duda, una pieza dolorosa y valiente sobre esa historia de horror: “Yo conocí las cadenas, las heridas, el odio y el látigo…”.

 

Era de los que pensaba que cada vez las cosas se pueden hacer mejor, sin interesar la edad que se tenga. Y tal vez por esa consigna, dio recitales hasta casi la hora de su último suspiro y llenó escenarios en todas partes. No se preocupaba por la edad, sino por todo lo que cada día se puede hacer para elevar el nivel artístico y humano.

 

  1. Días de cine

 

El cine estuvo dentro de los intereses creativos e intelectuales de Aznavour, que participó en unos sesenta filmes, además de componer bandas sonoras para algunos. Estuvo en películas como La cabeza contra la pared, de Georges Franju, en 1959; El testamento de Orfeo, de Jean Cocteau, 1960; El tambor de hojalata, de Volker Schlöndorff, 1979; y Ararat, de Atom Egoyan, en 2002. Son recordadas sus actuaciones en Disparen al pianista, de François Truffaut (1960) y en Diez negritos, de Peter Collinson, basada en una novela de Agatha Christie.

 

Aznavour, el mismo que en su adolescencia y juventud escuchaba tangos, y que consideró que, en cuanto a las letras, no había en el mundo ninguna canción que igualara a la francesa, se mantuvo vigente hasta su muerte en el mundo del espectáculo. Sus recitales, pese a que su voz ya se quebraba, eran multitudinarios. El público le perdonaba a la vieja estrella cualquier error y, por lo demás, cuando lo cometía volvía a empezar la interpretación. Sin haber tenido estudios académicos, se convirtió, según sus palabras, en un “filósofo de la canción”.

 

“Solo queda un adiós que no puedo olvidar” suena en alguna parte de la memoria. “Para durar, hay que decir la verdad. La mentira no lleva a ningún sitio, ni en la vida ni sobre el escenario”, era parte de su guía ética.

 

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Aznavour en No disparen al pianista

 

Epílogo sin llanto

 

Ahí está el cantante, el artista, va sin mirar atrás. Va caminando con sus canciones. Sabe que muchos no le dejarán de amar. “Ya no sé si aún podré volver a verte, / o si solo tengo cita con la muerte”, dice en su Camarada. Quizá se marchó sin gritos ni lágrimas, aunque, para ser sinceros, hay que decir que hubo llantos y aflicciones con su ida, con su muerte en la que hubo tardanzas para decir adiós. Y por tanto (Et maintenant), dirán por ahí, no se dejará de amar a un tipo extraordinario, a alguien que dejó a la humanidad un testamento de coherencia entre la vida y el arte. Se fue aquel que dijo hace tiempos ante las críticas de la prensa y de ciertas personalidades del espectáculo, que “si no me queréis, haré todo lo posible para que me queráis”. De veras que a este señor del canto se le quiere mucho. Y, con certeza, se le seguirá queriendo por mucho tiempo.

 

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Trámite sin dicha en un banco purgatorial

(Crónica con formularios, un subgerente que va y viene y una chica de Valledupar)

 

Antiguo edificio de la Bolsa, parque de Berrío.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El parque de Berrío (antes, en tiempos coloniales y en un buen tramo del siglo XIX llamado la plaza mayor) está atiborrado a las tres y treinta de la tarde. El edificio de la antigua Bolsa de Medellín, enseguida de la basílica de la Candelaria, aparece como un vetusto testigo de la transformación radical del lugar que recuerda al forjador del Ferrocarril de Antioquia, al nominador (dio el nombre) de la Universidad de Antioquia y al fundador de la Escuela de Artes y Oficios. Hasta aquí todo va bien. Vendedores de lotería y gente que espera, quizá a quien no llegará a tiempo.

 

Y adentro del banco, tras empujar la puerta de vidrio (“empuje”, dice sobre la manija), busco la oficina de subgerencia. Está sola. Me paseo por un lado y otro. Los módulos de atención y asesoría comercial están llenos. En unas sillas oscuras, hay clientes que aguardan, con caras desvaídas, quizá desesperadas por la lentitud en la atención.

 

Porto en una mano el formulario, ya diligenciado, de actualización de datos y de “Persona Expuesta al Público” (PEP). No sé dónde entregarlo. Y de pronto, aparece un hombre de camisa lila y corbata bajo el avisito de “subgerencia”. Saludo y el hombre, que se iba a sentar, viene hasta mí. Le explico y muestro el formulario. “Tiene que dar la información en uno de los módulos, pero antes debe tomar un ficho de turno”. Me sale el A57. Miro a la pantalla y van en el A45. Salgo a mirar otros paisajes. Nada raro. Lo mismo en el pasaje comercial, transeúntes que van y vienen, otros adentro de los negocios. Avisos publicitarios. Vocinglería. Olor a café.

 

Vuelvo a empujar la puerta-vidriera. Ya no está el subgerente. No se ha movido el turno. Aparece otra vez el tipo de la lila. Le digo que por qué es tan lenta la atención. Que si para llenar esos datos no es mejor hacerlo por la web y de tal modo se evitaría uno tantas esperas y el mundo sería mejor. Me mira como si yo fuera un extraterrestre. Alguien desocupa una sillita y camino hacia ella. Sé que el hombre de la lila me sigue con la vista. Saco un libro y comienzo a leer: “Una amiga de Annie F. venía a menudo a casa. Se llamaba Frede. A mis ojos de adulto, hoy no es más que una mujer que dirigía, en los años cincuenta, un club nocturno de la calle de Ponthieu…”. Alzo la mirada y veo que viene hacia mí una señora negra. Me sonríe y pregunta: ¿Aquí la atención es por orden de llegada…?”. “No, debe tomar un ficho de aquel aparato”. Le señalo.  Y prosigo en la lectura de Reducción de condena, de Patrick Modiano.

 

El turno va en el A46. Son las cuatro de la tarde. Por los ventanales se nota la agitación del parque. Los módulos siguen en actividad. Al fondo, hay filas para las taquillas de retiros y consignaciones. El hombre de la subgerencia ha vuelto a desaparecer. “Al otro día, en el establecimiento de un librero de viejo, hojeaba un número atrasado de La Semaine à Paris de julio de 1939, en el que venían indicados los programas de los cines, los teatros, las galas de variedades y los cabarets”. Siento que Modiano no pierde su táctica de hacer pesquisas policíacas en sus novelas, reconstructoras de memoria de una ciudad cambiante y que, a veces, pocas huellas deja de lo que fue. Turno A47.

 

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No es fácil concentrarse mientras se espera un taquillazo para una “vuelta” que, en rigor, y con mejores organizadores de actividad bancaria, no tendría por qué tardar. Qué tanto es decir una dirección, un teléfono, estampar una huella, un número de cédula, una firma. Vuelvo a las páginas. Y siento una voz. Alzo la mirada y veo la camisa lila y la corbata oscura. “¿Qué número tiene?”. Luego me dice que me va a ayudar a agilizar el trámite. Me pide la cédula y va hasta el aparato. Vuelve con otro ficho: CP109. “Muchas gracias”, le digo, a secas. “Huy, tan de buenas usted”, me dice un hombre de unos treinta años, sentado a mi lado. “De buenas, no. Varias veces tuve que ir a reclamar”. Está ahí, según me dice después, porque el “patrón” le consignó anoche y cuando fue esta tarde al cajero no había nada. “Vine a ver qué pasó”.

 

Aparece en el tablero el CP108. Ya no torno a las páginas de Modiano. Creo que el asunto del tiempo ha cambiado y que en segundos estaré en el módulo. Y, sí, en efecto. Voy, me siento. Al frente, una muchacha pelinegra. Se llama Stella, según observo en la escarapela. En el acento noto que es de otro lado, quizá de la costa. Me pide la cédula. Además, le doy el formulario doblado. Manipula el computador. Me parece que ha palidecido. Llama a un compañero. Este teclea y luego ella sigue. No da la impresión de que las cosas vayan bien. Llama entonces al hombre de la subgerencia. Este digita varias teclas. Pienso que abriré otra vez el libro.

 

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La muchacha sonríe. “No está funcionando el computador. Esta mañana me pasaron para este, pero parece que se ha desconfigurado. Qué pena”. Sonrío por cortesía. Ella hace una llamada. “Ah, parece que ya lo van a arreglar”, dice. Modiano también me dice que había una “chica callada de tocado moreno y ojos pálidos que era un personaje de cuento. La llamábamos Blancanieves”. La operadora habla ahora con otra funcionaria. Luego me observa y me pregunta si soy un pensionado. Luego me interroga sobre ingresos y gastos. Y teclea. “Ah, se volvió a descomponer”. Sonríe y me pide que tenga “la paciencia del santo Job”. “De santo tengo poco o nada”, le digo y nos encontramos en la risa.

 

Veo que mi cédula sigue ahí sobre el computador de la muchacha. Ella vuelve a llamar. Volteo y a través de la vidriera el parque continúa con su efervescencia. No se escucha su ruidosidad de las cuatro y media de una tarde de jueves. Entonces recuerdo lo del PEP y le acoto a la chica, a la que ya le he preguntado de dónde es, por qué para renovar unos datos elementales hay que esperar tanto y venir hasta las oficinas cuando eso se podría hacer por la red. “Este banco es distinto. Le gusta que sus clientes vengan a las oficinas”. No supe en ese instante si se trataba de una especie de burla o de una línea empresarial. Entonces decido hablarle de que estoy frente a ella porque el señor de la camisa lila me dijo que iba a agilizar el trámite. Cuando miro al tablero ya ha pasado el A57. Va en el A60. “Hace rato hubiera salido de aquí”, pienso.

 

Después le digo que por qué diablos tengo que estar en ese formulario. “No he tenido cargos públicos”. Y entonces recuerdo que fui candidato a una corporación de elección popular. Y que a lo mejor sea por ese factor. Ya son las 4.45 cuando decido canturrearle a la muchacha un pedacito de “Valledupar, edénico lugar que brilla bajo el cielo de la tierra mía”, y le hablo de los Hermanos Martelo y ya la tardanza me conduce a decirle a la valduparense —que cuando se puso en pie se le notaron sus líneas de esbeltez y figura sensual— que le compondré un paseo vallenato. “Ah, eso sí que es sabroso para bailar”, dice con sonrisas.

 

Casi a las cinco ya he puesto mis huellas en los formularios. Me da una piececita redonda de papel húmedo para limpiarme el índice derecho. “Voy donde el subgerente con estos formularios y ya vuelvo para entregarle su cédula”. He guardado hace rato en el bolso el libro de Modiano. “¡Qué paradoja! —le digo a Stella—. Me mandaron para acá dizque porque me iban a agilizar el turno y vea pues”. De reojo miro hacia el escritorio del hombre lila y me parece que hay en su faz una especie de rictus burlón. “Ahora sí. Terminamos. Y como dicen en mi tierra, puya el burro”. La muchacha sonríe y me devuelve la cédula.

 

Afuera, por el pasaje comercial, sigo canturreando aquello de “…el corazón no puede soportar el profundo pesar que da tu lejanía”. Llego a Junín, que está atiborrado de escombros. El cielo de Medellín, color gris lluvia, me cae encima como una especie de apocalipsis.

 

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Pintura de Kandinsky

Prado: a dream becomes a neighbourhood

(A walk among Guayacan trees, little palaces and sitting lions)

 

Old El Prado, Medellín. Photography Obando

 

 

 

By Reinaldo Spitaletta

Translation by Adriana Elgueta

 

The architectural diversity, with old houses built according to bourgeois ‘good taste’, at a time when the city still watched screenings of the film Under The  Sky of Antioquia (1925), whose frames did not come to show what was going to be the most beautiful neighbourhood (or barrio) in Medellín. According to its founder, Ricardo Olano, one of the features of the neighbourhood named in 1926 as neighbourhood El Prado.

 

El Prado was born under the guidelines of a ‘garden city’ and, as Olano himself warned, the eccentricity of its first inhabitants has made it into a mix of dreams and realistic awe. To walk its 50-foot wide streets, with front gardens and tree lines that still respect its founder’s plans, is a whole sensational experience, as we shall see.

 

Someone strolling by could only just make out the mahogany windows or curly cumin plants, wrought iron, closing gates and flapping wings, Belgian stained glass, a feast for the eyes, a banquet of aesthetic dimensions. If the wanderer has an appreciation for gates, well, say no more. Arched, rectangular, enormous, with gigantic door knobs in the shape of a lion’s head or a devil, some already altered by spurious rails due to sudden new changes. Prado has meandering streets, with blunt corners, towers and spires, Spanish and English tiles, two and three-storey houses, some like little palaces, others like medieval castles, including the odd one resembling a steam boats like those that slice through the waters of the Magdalena river with their tropical music and with the pride of the elite heritage.

 

 

Swiss-style chalets and the occasional reminiscence of Scottish architecture, there still are some lampposts with an air of tango about them, or a Parisian street. The pedestrian, or perhaps said another way, a kind of flâneur, or experienced wanderer, would observe Republican features, European and some colonial vestiges in the façades of the buildings. Rosette windows, cornices, decorations with triumphant leaves, strange flowers that evoke those from a book by the Catalan writer Mercé Rodoreda. Although a little neglected today, everything is possible in its geography.

 

 

Prado, whose first street (or carrera as they say in Colombia) was the continuation of the old Palacé, at a corner of which Darién built his first mansion (today metamorphosed into the Church of the Holy Spirit, erected in 1957, with a red bougainvillea vine which could be the biggest in the city), Joaquín Cano’s house still shows such luxurious distinctions of Medellín’s high society. Olano promoted the planting of yellow and lilac Guayacan trees, the first spread through the streets. Cadmio trees so that the breeze from the Sugar Loaf hill spreads wafts of scents throughout the neighbourhood. Various types of peppers complemented the garden, which was later elaborated with casco’evaca trees.

 

Prado Window. Photography Carlos Spitaletta

 

In the only neighbourhood in the city declared Cultural Heritage, you can find the house where one of the most famous engineers from Antioquia lived, Juan de la Cruz Posada, whose mansions still stands on the corner of Palacé and Belalcázar, currently occupied by a fashion shop known as Casa Prado.

 

The neighbourhood, bordered by Popayán (street 50C, although some extend it as far as Neiva, 50D), San Martín (street 46), Cuba (street 59) y Jorge Robledo (calle 65) grew from a spine formed by Palacé (street 50), with other streets parallel to it, like Venezuela y Balboa. Perhaps the strangest of buildings in the barrio is the Egyptian Palace, designed by Nel Rodríguez for optometrist and astronomer aficionado, Fernando Estrada, in Sucre between Cuba and Miranda streets.

 

Built like a little palace from Luxor (Egyptian town that houses the ruins of Thebes), its owner, a lover of the culture and history of the Fahroe named it Palacio Ineni, after the Royal Princess of such noble family. Pink granite pictograms y hieroglyphs, an observatory, Masons meetings in its upper romos, central patios with various lounges surrounding it made the residence of the founder of Óptica Santa Lucía, the most curious one in Prado. Today, however, ruin threatens her.

 

To walk through this barrio of eclectic architectural styles, is to find a little Arabesque in Casa Blanca (Balboa and Darién) and Welsh castles, like Casa Walsingham, on the corner of Balboa and Jorge Robledo Streets and diagonal to the mansion where Mrs Luz Castro de Gutiérrez lived, the venue for the Miss Antioquia beauty pageant in the old days.

 

Although Prado still conserves its lush greenery, today it’s a mixture of old people’s homes and convents (there are 22), with artistic hubs, psychiatric, oncology and pediatric clinics. Its only park, Olano, boasts two ceiba trees and new gardens. Its founder’s residence is now the seat of Faculty of Education of the University of Antioquia, in Balboa and Jorge Robledo. To enter through its gigantic arched gate is to negotiate a maze on two enormous levels.

 

Almost all Prado still has is worth a visit. It tells stories, it conveys emotions. There are sitting lions and bohemian lofts. Turrets and mansions that appear inhabited by ancient ghosts. Its aged splendour still shines on many of the old houses, sometimes unbelievably so. Its thick trees still harbour birds, to stroll through its scenes is like the experience of walking into the past, to the days when presumptuous families of Medellín’s elite built the area seeking comfort with exquisite taste. It was and, despite its decadence, it still is a “dream that became a barrio”.

 

(At ninety years of age, a historical neighbourhood worth preserving)

 

Church of the Holy Spirit. Photography Carlos Spitaletta