Las rojas banderas del hambre

 

(Caminata en tiempos de pandemia por las calles de una ciudad triste)

 

CORONAVIRUS: Trapos rojos en las ventanas, a estrategia que están ...

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

No abundan por donde mis pasos andan. Menos mal. Pero sí hay, en astas de palo, en ganchos de ropa, o colgando de una cabuya de algún balcón. Las banderas rojas del hambre, un signo de la miseria que se agudizó con la pandemia. Y digo que voy por barrios más o menos de nivel, como decir Los Ángeles, Boston, por el patrimonial Prado, por los lados de Sucre y en inquilinatos céntricos, como los de Girardot, donde hay balcones y ventanucos con ropas para secar. A veces, me topo con la cara sonriente de un niño junto a una insignia roja, que él quizá no distingue tales trapos de colores ni sus connotaciones. En todo caso, me digo, ese chico no está vacunado contra el hambre.

 

Y por donde mis tenis van, por ejemplo, por Sevilla, por los alrededores del Jardín Botánico, o, en otra dirección, por calles como Perú, Bolivia, Argentina, por Brasil y Mon y Velarde, no faltan, esporádicas, sí, las enseñas coloradas que indican que hay un estado de zozobra, unas carencias. No hay comida. ¿Qué hacer? He visto rostros demacrados, gente a la espera, miradas al vacío. Por Echeverri, más o menos cerca de las barandas amarillas que distinguen desde hace años el cruce con Mon y Velarde, en una vetusta residencia se asomaba, sobre un asta en derrota, la banderola encarnada. Y ya había visto otra por Miranda, en la ventana de un hospedaje.

 

Quizá en esa sucesión de inquilinatos, que pululan por sectores que antes fueron habitados por burgueses y otros potentados, hay, como en los conventillos de antiguos tangos, una canción de inmigrantes, un dolor de ausencias, alguna especie de despojo que ha quedado atrás, sin remedio. Se notan otros acentos. Se escuchan de pronto tonadillas de vastos llanos o de litorales tórridos. Una tambora suena. Algún corito desafinado, por ahí, sí, por Cuba con Girardot, de bachata o no sé qué revolturas rítmicas. Es lo que dicen que es la cultura.

 

Estas jornadas de aislamientos, que para muchos son de trágica escasez, van mostrando al caminante una geografía de tristezas, dos muchachas en la esquina de Girardot con Bolivia que ofrecen en unas bolsitas lo que pueden ser confites, o quién sabe. Y aquellos que, por el tranvía, en esa calle imprescindible del oriente de Medellín, Ayacucho, venden artículos chinos, o cantan y tocan, unos con saxofones, con guitarras y cuatros, algunos con flautas y armónicas. Hay bafles en las aceras y no puede faltar la letrilla evangelizante. Y hasta un acordeón se arruga por ahí.

 

Rebusque en días de pandemia. Foto Spitaletta

 

No falta la muchacha que, además de bolsitas con ofertas, carga un bebé. Los que están sentados en las bancas de madera viendo subir y bajar el tranvía, que tal vez la palabra que más pronuncian en el día es “colabora”, parecen vencidos. Llegaron ahí tras una derrota. Se les nota en la cara de palideces, en el ceño fruncido, en la actitud de aquel que no puede (o no quiere) luchar más y muestra, esta vez, la bandera blanca de la rendición. Como en el ring de boxeo, les han tirado la toalla para que cese el combate.

 

Y están, claro, los que se aferran a alguna tabla de salvación, a un madero que los mantenga en la superficie en medio del naufragio. Se les nota cuánto han luchado, cuánto han braceado. Quizá en sus caras requemadas, achicharradas por soles de rebusque, tienen estampadas las maniobras del sobreviviente, que conjugan desespero y esperanza. Casi todos los de los inquilinatos de emergencia tienen en su fisonomía la desolación marcada. Ni siquiera a la muchacha de falda estrecha que se ha untando carmín en los labios y algún afeite barato en sus mejillas se le disimula su dolor, su angustia, y parece más bien un alma en pena.

 

Vieja fachada republicana. Foto Spitaletta

En estas andanzas en que aparecen fachadas republicanas, cornisas, rosetones, verjas de hierro forjado, paredes descaecidas, puertas que jamás se han abierto (es lo que aparentan), balconcitos con barrotes antiguos, el paisaje se va oscureciendo con tachones de melancolía cuando flamean con debilidad las banderas rojas o cuando un niño sonriente, quizá acaba de perseguir una mariposa urbana, mira con ojos de curiosidad al que pasa tal vez sin sospechar cuál es el mundo que hay detrás de esas paredes donde habitan en montón los que parecen no tener ya ningún consuelo.

 

Ya no están, como hace dos meses, las muchachas en la esquina de Moore con Palacé que tenían escritas en papel periódico color caqui palabras que impetraban ayuda, ni he vuelto a ver la señora de edad que, en Moore con Ecuador, se paraba con una caja de confites que ofrecía a los de los vehículos que allí paraban. En casas que en otros tiempos eran la demostración de un presunto buen gusto, o puede ser de esnobismo y otras simulaciones, hoy habitan en montonera decenas de los que algunos llaman los perdedores, los olvidados, los que se quedaron sin cosecha.

 

En otros tiempos, cuando uno veía una bandera roja imaginaba otras batallas, otras historias, más de libertades y conquistas, más de contiendas por alcanzar derechos o, al menos, por no dejárselos arrebatar. Ya es la bandera de los desahuciados, de los que, según algunas muecas de desazón, han perdido toda esperanza.

 

Mis pies dan la vuelta, mis manos se agitan en un adiós para el niño que desde el balcón también dice adiós, y se encaminan, en la hora del retorno, a su punto de origen. Allí habrá limonada y alguien que pregunta con simpatía “cómo te fue”, mientras una mascota mueve la cola, las caderas y brinca de alegría al sentir que mis tenis van subiendo las escalas.

(Escrito en Medellín, cuando el primero de julio llovía)

 

Músicos en Ayacucho. Foto Spitaletta

Gol de Valoyes y un vuelo de cervezas

(El impacto de un gol agónico e histórico que enloqueció un estadio enrojecido)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La tribuna oriental, parte alta, se había convertido en nuestra iglesia ceremonial para ir, cada que el DIM jugara en casa, al ritual de los partidos. Era el 20 de junio de 2004 y ahí, en esa tarde de esplendores, estábamos en la gradería. El partido DIM-Cali era definitivo para las aspiraciones de pasar a la final de aquel torneo en el que había un presentimiento colectivo entre la hinchada de los rojos: se puede volver a ser campeón.

 

El estado Atanasio Girardot, enlucido con camisetas rojas, tenía más de treinta mil asistentes que coreaban, saltaban, se movían, ebullían y albergaban una corazonada. Era un cotejo de alta tensión. Y cada vez que el Cali anotaba, parecía que el sueño de cada uno de los presentes se venía abajo, aunque, al instante, se retornaba a la gritería. Jugaba bonito el Medallo, dirigido por la batuta exquisita de Néider Morantes. Al minuto 90, el DIM caía tres por dos. Había suspenso. Expectativa. Descorazonamiento. Se sentían las palpitaciones, las respiraciones alteradas.

 

Lo que siguió, previo a lo indecible, a lo que puede calificarse sin mucho sentido de milagroso, es un desenlace propicio al infarto. El arquero del Cali había atajado de todo. Ya los vallecaucanos daban por descontada su victoria. Últimos segundos. Tiro de esquina. Un recogebolas muy despierto de inmediato puso el balón en el vértice del triangulito de cobro. Y el crack Néider cobró con una rapidez inusitada. Y el que hacía poco (a los 77) había ingresado, César Valoyes, se elevó por entre los altos marcadores y cabeceó. El clímax, la erupción del volcán rojo fue apoteósica. ¡Gol de Medellín!

 

Aquella maravillosa tarde roja | Capsulas de Carreño

César Valoyes

Pero lo que vi, en medio de los abrazos con mi compañera, hijo y hermanos, fue increíble. Miré hacia arriba de la tribuna, quizá porque alguien festejaba en mi espalda con palmoteos, y por el aire, sobre cabezas enardecidas, volaban los vasos de cerveza del vendedor de tribuna. No sé si él, en medio de la desbordante alegría, los había arrojado, o alguien en la desbordante celebración tomó la bandeja y la esparció por los aires. La cerveza aérea brillaba con el último sol de la tarde, en una espuma y chorros que me hubiera gustado pintar, pero no sé nada sobre pinceles y lienzos.

 

Expediente DIM: Un 27 de junio para no olvidar - VAVEL Colombia

Integrantes del DIM 2004, campeón de Colombia

 

La celebración era intensa en las graderías. No sé en qué terminó el cuadro cinematográfico de las cervezas voladoras. Pero abajo, en la cancha, los integrantes del equipo se abrazaban, corrían, iban a saludar a la concurrencia que se agitaba, lloraba, reía, se abrazaba. A la final. El DIM a otra final, que sería, como se sabe, con el equipo de enfrente, el eterno rival. Aquel golazo de Valoyes abrió el camino para que el Equipo del Pueblo alcanzara, siete días después, la cuarta estrella en su dramática y larga historia. Una estrella verde. Una estrella que, años después de aquel logro singular, sigue brillando en el cielo de los más sufridos hinchas de fútbol que en el mundo han sido.

 

20-06-2020

 

Alegría rojiazul en el Atanasio Girardot. Foto Carlos Spitaletta

 

Casa de tiempos agitados

(Aquellos días de Violeta Parra, libros y un paro cívico nacional)

 

El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte - Carlos Marx

Inquietantes días de lecturas marxistas. El dieciocho brumario, un clásico.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Llegamos con una parte de los corotos en un coche tirado por un lamentable caballo de lomos pelados y, la otra, en un camión de tres toneladas, de trompa roja, que me parece realizó dos o tres viajes. La casa estaba en un edificio esquinero de tres pisos, en cada uno había dos apartamentos y en el primero una farmacia donde antes estuvo la Barbería Venezuela, muy cerca de la plaza de mercado. Nos correspondió uno del tercero, con azotea, desde la cual se podían ver los llanos de Niquía en su inmensidad verdosa y, del otro lado, las cúpulas de la iglesia del Rosario.

 

Se subía por una escalera embaldosada (creo que eran mosaicos amarillos y rojos) que, en un descanso, se bifurcaba: una en dirección al apartamento vecino y otra para el nuestro, que era, claro, alquilado. Fue la última casa de alquiler que habitamos. Aquella esquina, en una calle que atravesaba el parque de Bello, era de intenso movimiento de vehículos, carretillas, caballos, bulteadores… Había cerca una cantina donde molían deplorable música campesina. Afuera de ella, en la acera y la calle, se parqueaban ejemplares caballares que dejaban el piso lleno de boñiga y orín. Estábamos, en un límite fronterizo entre los barrios Prado y Manchester, y éramos, en rigor, habitantes del centro de una ciudad que todavía tenía fábricas de telas y la estación de un tren agónico. El taller del ferrocarril aún funcionaba y desde la casa escuchábamos con claridad el pito conductista de la factoría textil.

 

Poco parábamos en su interior porque más que todo nos manteníamos o en la universidad o en visitas a las tías, sobre todo una que habitó durante muchos años por la zona de El Palo (Gómez Ángel) y también en la carrera Niquitao, aunque mucho antes había vivido en un enorme caserón de Bomboná. La casa no tenía teléfono y fue allí donde conseguimos el primer televisor, que era en colores y estaba muy cerca de una máquina de coser, marca Wheeler & Wilson, una antigualla muy querida que a mamá la había acompañado durante no sé cuántos años.

 

BIENES TERRENALES DEL HOMBRE, LOS (HISTORIA DE LA RIQUEZA DE LAS ...

 

Ya habíamos formado una biblioteca familiar, más bien precaria en cuanto al número de libros, aunque sobresalían en sus estantes de madera ejemplares sobre todo de escritores estadounidenses (Faulkner, Hemingway, Steinbeck, Melville…), de europeos como Kafka, Camus, Flaubert, Balzac, Chejov, Böll, Lagerkvist…, en una mezcla rara con libros de marxismo, revistas chinas, textos de música (como libros de armonía y gramática musical) y algunos libros sobre educación y la lucha de clases, así como el muy manoseado Los bienes terrenales del hombre, de Leo Huberman. Cada miembro familiar andaba por su lado y era poco lo que nos comunicábamos, porque, casi siempre, nos veíamos de afán o a la hora de salir temprano hacia los centros de estudio o muy tarde, al ir llegando cada uno de los cuatro hermanos a ocupar sus respectivas piezas.

 

El balcón era amplio y extenso y del mismo se podían apreciar tanto la calle 51 como la carrera 47. Limitaba con el de la casa siguiente. En esta habitaban unas muchachas muy bonitas, de las que ya no retengo el nombre. Usaban casi siempre short y blusas escotadas. Estudiaban en colegios privados, de monjas y curas. No sé si alguna de ellas, que eran como cinco, ya estaba en la universidad. Por la misma cuadra, que todavía era residencial, aunque ya se notaban algunos negocios, como uno de aceites de vehículos y otro de abarrotes, vivía una muchacha ojiclara y amonada, Edelmira, que uno de mis hermanos pretendía. Y a una cuadra estaba una plazoleta, que años atrás, antes de convertirse en parquecito, era un espacio de tierra amarilla donde llegaban las ciudades de hierro y los circos.

 

Tachuelas, muertos y pedreas

 

En aquella casa de ventanas de vidrio y buena iluminación, había una guitarra y llegaban a veces amigos de algún hermano a reunirse para hablar de filosofía o, en otros casos, para discutir asuntos sobre la caracterización de la sociedad colombiana, las elecciones y los abstencionistas o para deliberar sobre la clase obrera y el partido del proletariado. Allí nos correspondió estar cuando el paro cívico nacional, el más importante que, hasta entonces, 14 de septiembre de 1977, se había realizado en Colombia y cuya jornada, de dos días, dejó cerca de treinta muertos y huellas de alzamiento popular, pedreas, quema de llantas, tachuelas en las calles y un enorme frenesí de participación de la gente, sobre todo de los trabajadores y sus sindicatos.

 

En el entorno no conocíamos casi a nadie y ya habían pasado —para mí— los tiempos del fútbol callejero, de los partidos en mangas y canchas como las de Niquía y Santa Ana, y más bien aquella casa, en la que a veces temíamos que hubiera un allanamiento o un registro policial, que ya eran más o menos usuales por esos tiempos de agitación social, era un “dormitorio”; excepto para mamá que casi siempre, cuando no estaba de visita donde sus hermanas de Medellín o una de Copacabana, era su refugio permanente. Estaba ya en la convicción de que muy pronto iríamos a habitar una casa propia y, por eso, en los dos o tres últimos meses del tiempo que allí residimos, estaba en contacto con comisionistas, en inspeccionar ofertas, en estar de un lado a otro a ver qué se ajustaba no solo al presupuesto que ya casi era el adecuado, sino a sus gustos inmobiliarios y de localización.

 

El televisor que teníamos, valga decir, se lo ganó un hermano en una rifa de una entidad bancaria a la que llegaban con periodicidad los giros que papá enviaba desde Ipiales y desde otros pueblos de Nariño, donde trabajaba con empresas petroleras extranjeras. Ya había pasado por Barrancabermeja, por pueblos de Boyacá y del Valle del Cauca y estaba en alguna corporación de cuyo nombre no me quedan trazas. En todo caso, era una compañía gringa. La que más fiesta hizo fue mamá. Confieso que, desde antes de aparecer ese receptor y hasta hoy, es poca la atención que me despiertan los programas televisivos, incluidos telenovelas y otros dramatizados. Puede ser que la radio, en la infancia y la adolescencia, haya jugado un rol más interesante porque era una suerte de estímulo a la imaginación.

 

A dos cuadras estaba (y está) El viejo café, en Prado. Foto Spitaletta

 

Aquella casa-apartamento, con vecinas bonitas y un ambiente externo que era una combinación de vestigios campesinos con presencias obreras y cafetines de tango en las cercanías, está inserta en el tiempo en que uno era aficionado al cine y hacíamos dos o tres veces a la semana presencia en teatros como el Libia, el Lido, el Cid y el Ópera y nos asomábamos los sábados por la mañana a los foros del cine club de la calle Maracaibo. Eran días en que nuestras lecturas oscilaban entre el Dieciocho Brumario y Las uvas de la ira, y los escritores de Estados Unidos, como Norman Mailer, Caldwell y Dos Passos, estaban entre nuestras lecturas predilectas. Ah, claro, eran los días de la revista Alternativa y el seguimiento tenaz a las obras de García Márquez.

 

Carlos Puebla - Hasta Siempre Comandante (1968, Vinyl) | Discogs

Una casa a veces, o tal vez casi siempre, es una referencia a un tiempo, a unas ideas, a una situación personal. A vivencias íntimas que trascienden el ladrillo y las baldosas. Es parte, como esta tan cercana a centros de acopio de bastimentos, de una memoria particular. Aquella de entonces estaba conectada con músicas de Quilapayún y Mercedes Sosa, con las discusiones en torno a Pekín y Moscú y Albania y los obreros como una especie de deidad o quimera o no sé qué demiurgo o entelequia, una idealización. Muy bella y todo, con sus carpas de huelgas y cantos de Daniel Viglietti revueltos con poemas de Benedetti y la infaltable canción de Carlos Puebla al Che Guevara.

 

Más que aquella casa, fue el tiempo en que la ocupamos el que nos dejó, creo, una marca de juventud, una vivencia de estudiantes críticos y desaforados, con ganas de saber de música, teatro, marxismo, cine, literatura, matemáticas y de estar muy cerca de las utopías. Aquella casa, en la que recalaban en su balcón los vientos de Niquía, a veces con cometas y palomas, olía a sudores de caballos y tenía los acordes de una canción de Violeta Parra.

 

Chimeneas de Fabricato, en Bello, barrio Manchester. Foto Spitaletta

 

En la muerte de un reportero gráfico

(Recuerdo de Hervásquez a través de un viejo reportaje sobre arriería)

 

Trapiche panelero en Campamento, Antioquia

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

1.

Hay brumas que se aparcan en la memoria y nos hacen distorsionar los almanaques, las fechas, ciertas geografías. Pero, en esencia, pese a que en ocasiones no es posible tener a mano un documento, una fuente primaria, un testimonio de primera mano, me permitiré contar un episodio periodístico, una historia sucedida tal vez a comienzos de los noventa, cuando me dispuse a hacer un reportaje sobre los últimos arrieros.

 

El reportero gráfico al que le asignaron la misión me dijo que sabía de rutas de arriería entre Campamento y Anorí, al norte de Antioquia. Armamos el viaje y, ya en ese pueblito minero, en que mucha gente vivía, además de la panela, de la explotación del cancerígeno asbesto, nos dispusimos a emprender de madrugada una ruta hacia el legendario pueblo de Pedro Nel Gómez y de la Operación Anorí.

 

En los preliminares, es decir, la víspera del viaje largo para encontrarnos con las caravanas de mulas y arrieros, hicimos un recorrido por una zona rural de Campamento (su nombre se debe a eso: era campamento de antiguos arrieros). Nos fuimos topando con trapiches, con campesinos que miraban con curiosidad, más que al fotógrafo, con su cámara y sus lentes, a mí, que iba muerto del susto sobre un caballo nada brioso (así lo buscaron para el inexperto jinete) y tambaleándome no solo por la inseguridad de quien no tiene idea de qué es cabalgar, sino porque, en el parque de Campamento, ante el hecho de no haber jamás montado en un caballo (excepto los de las calesitas o tiovivos de la infancia), me tragué media botella de aguardiente, sin pestañeos ni pasantes.

 

En la ruta, por desfiladeros y zonas escabrosas, nos acompañaba un baquiano. Y en un momento, en un trapiche tirado por caballos, nos detuvimos a hablar con los de esa finca panelera. El dueño, un hombre joven y blanco, nos recibió con sonrisas y respondió a las preguntas que hacíamos. De pronto, junto al fotógrafo, que tomaba placas unas veces con el lente normal, otras con un zoom, y así, iba sacando de su enorme estuche los lentes que requería, una colmena de niños lo rodeó. Eran muchachitos que podían oscilar entre los 13 años hasta unos que tenían dos, tres y cuatro, según la apariencia. Eran los hijos del panelero. Su mujer, blanca y amonada, nos brindó café.

 

Hicimos paradas en otras fincas y volvimos al pueblo. El caballito, noble y sumiso, en el que yo me transportaba, de pronto se encabritó. Empezó a galopar sobre el asfalto de una calle cercana a la plaza y fue aumentando la velocidad. Varias historias de gentes a las que que los caballos tumbaron se plantaron en mi recuerdo. Y me vi, tirado en el piso, con raspones y fracturas. No pasó nada de eso. Otro jinete, ducho y con cara gozona, resolvió el problema. Como el efecto del “guaro” ya había pasado, me dirigí a una cantina y pedí un trago.

 

A todas estas, el reportero gráfico, de nombre Hernando Vásquez, más conocido por Hervásquez, estallaba en risas y burlas por mi torpeza y evidencias de un miedo cerval ante una simple montada en un caballo.

 

ANTIOQUIA: Arriero somos... * NelsonWeb España UE.

A las cuatro de la mañana salimos hacia Anorí. Había neblina y frío. El viaje a caballo, otra vez por caminos de herradura, por montes y quebradas, continuó no sé por cuántas horas, hasta cuando nos encontramos una recua de mulas, con sus arrieros. Creo que cargaban panela y maíz. Iban a llevar productos al mercado de Campamento. Nos detuvimos todos y ahí, además de las fotos de Hervásquez, conversé largo rato con los hombres montaraces, que habían heredado de sus padres el oficio y eran duchos en aquellas faenas. Luego, cuando ya íbamos a retomar la ruta, apareció otra caravana. Las consabidas fotos y el interrogatorio a los muy cordiales (aunque desconfiados) arrieros.

 

A Anorí no llegamos. Consideramos que teníamos material suficiente para dos o tres entregas y nos devolvimos. Al atardecer estábamos otra vez en Campamento, un pueblo en apariencia pacífico pero atravesado por la violencia. Entonces, y según nos dijo el médico jefe del hospital, llegaban allí macheteados, heridos por disparos, muertos en reyertas. Después, el alcalde nos invitó a una cantina en el marco de la plaza. Todo transcurría entre conversas y chascarrillos, cuando se escuchó una gritería. A la puerta del bar apareció un tropel, una montonera, que decía: “¡Esos fueron, esos son!”.

 

Fue entonces cuando reconocí a la mujer amonada y al sartal de chiquillos. Además, venían más mujeres y hombres. Todos enardecidos y gritando: “Esos son los asesinos”. Y nos señalaban. El alcalde, también desconcertado, se paró. Les explicó que éramos periodistas de El Colombiano. Y pidió explicaciones. Al hombre del trapiche, después de que salimos de su finca, lo habían asesinado a balazos. Llegaron enmascarados y lo fumigaron, como se decía entonces. De no haber mediado el alcalde, seguro los del rabioso corrillo nos habrían linchado. Se les notaban las intenciones de vengar al muerto.

 

Después supimos que se trataba de una vieja vendetta entre familias de aquella zona. Una historia repetida de odios y venganzas. Días después, tal vez al domingo siguiente, se publicó en primera página una fotografía hermosa de Hervásquez que mostraba, entre la neblina, la fila de mulas cargadas y los hombres que las arriaban. “¡Arre, mula hijueputa¡”, fue el título que, en interiores, tenía la primera entrega del reportaje sobre los últimos arrieros de Antioquia.

 

Campamento, Antioquia | Mapio.net

Panorámica de Campamento, Antioquia.

 

2.

Hervásquez era un reportero gráfico que transmitía la vocación, las emociones y pasión por el oficio. Era un señor que entonces, cuando las crónicas de los arrieros, podría tener unos cincuenta años y se movía como un joven. Era pura vitalidad y un paradigma de lo que eran los fotógrafos de prensa de aquellos tiempos: Vibraban con intenso amor por lo que hacían. Recuerdo que, en la plantilla gráfica de ese diario, además de Hervásquez, que ya se había ganado varios premios de periodismo gráfico, estaban Jaimar, Jorge Zuleta, Miguel Calderón, José Betancur y el laboratorista Hernán Chica. Eran los veteranos. Después iban ingresando practicantes universitarios y jóvenes fotoperiodistas con su carga de aspiraciones y su entusiasmo de principiantes.

 

Hervásquez, además de compañero de empresa, era mi vecino. Habitábamos en Buenos Aires, en límites con Miraflores, muy cerca de Las Mellizas. La casa de él, de dos pisos y con terraza entechada, estaba en la esquina de Francia con Colombia (la 28 con la 50). En ocasiones, nos encontrábamos para tomarnos unos tragos en la esquina de Ayacucho con Alemania, en el bar de Alfredo. Y, en otras, al terminar los turnos y coincidir en la salida, caminábamos desde Juanambú (donde estuvo El Colombiano) y hacíamos “estaciones” en bares del camino, como El Astral y el Sol de Oriente. Intercambiábamos historias de reportería, de la vida familiar, de lo que sucedía en el país…

 

Después de su jubilación, poco lo vi. Y durante años dejé de saber de sus actividades. Supe que se había mudado a Sabaneta. Ayer, al dar un vistazo al Facebook, me encontré con una noticia que me conmovió y me piantó un lagrimón enorme (con él también escuchábamos tango). Murió Hervásquez, a los 83 años, menguado por un cáncer.

 

No sé cuántos reportajes hice con este fotógrafo amable, que siempre estaba dispuesto a enseñar sobre el oficio reporteril, que además permitía sugerencias y, ante todo, era un ser humano “a carta cabal”, lo que puede significar varias cosas, una de ellas, muy usada entonces: un bacán. Que la tierra te sea leve, mi querido Hernando Vásquez, Hervásquez.

 

28 de abril de 2020

 

Murió Hervásquez, fotógrafo de El Colombiano que contó el país en ...

El reportero gráfico Hernando Vásquez, Hervásquez

Casa con platanal y mafafas

 

(Recuerdo desenfocado de un domicilio sin espacios para la nostalgia)

 

Por Reinaldo Spitaletta

Es la casa de la que menos imágenes tengo. Solo almaceno una, contundente, que era la del solar, en una especie de pendiente, con platanales y muchas matas de mafafa que nunca supe quién sembró, ni siquiera las pudimos usar en ninguna cocción. No entró en nuestra dieta. Decían que era una buena fuente de carbohidratos en forma de almidón. Pero nada. Mamá nunca se animó a aprovechar ni las hojas, que se podían hacer en sopa, ni los tubérculos. Esta exótica planta se extendía por buena parte de aquel solar inapetente, impersonal, que no convocaba a ninguna meditación o contemplación.

 

Si de su adentro no poseo un buen repertorio de imágenes, de su afuera, sí. Estaba sobre El Carretero, una calle ancha y larga, por la que discurrían, además, los buses de pasajeros que venían e iban para La Cumbre, Playa Rica, Bellavista y otros barrios. Era como una frontera entre El Congolo y Andalucía. Muy cerca todavía estaba, hacia el occidente, el café El Amigo (en el que muchas veces sonaba el tango Tres amigos) y en la otra esquina, hacia el oriente, el bar La Isla, en el que no faltaban las broncas y el malevaje. No tengo precisión sobre la fachada, pero, me parece, que era de granito, con dos ventanas y una puerta de cuyo color no me acuerdo.

 

Planta de mafafa o malanga - AGRO 2.0

“Josefa qué linda tiene su matica de mafafa…”

 

La llamamos la Casa del Platanal y, creo, hubiera sonado mucho mejor la Casa de la Mafafa. Por entonces, se escuchaba en la radio una canción de Los Corraleros de Majagual con Eliseo Herrera (la original es de Los Guaracheros de Oriente): La matica de mafafa, en la que el vocalista hacía gala de su capacidad para los trabalenguas: “Josefita y la mafafa la miraba por la gafa, / Josefita y mafafita la miré por la gafita…”.  No recuerdo si tuvimos cosechas de plátanos ni tampoco si había en el solar visitas de pájaros.

 

Al frente, en un segundo piso, vivían unas muchachas bonitas, aunque, creo, no las dejaban salir ni a la puerta, solo a asomarse por el balcón. Y, claro, en las madrugadas, cuando vestidas de uniforme de colegiala, iban a estudiar. Eran muchachas como para serenata. No tengo memoria de ningún vecino, aunque tengo la lejana idea de que por allí habitaba un sastre de apellido Areiza. A dos o tres casas de la nuestra, estaba la calle que descendía hacia El Congolo y por la que se podía ir a una escuela cercana, La Milagrosa. Y por la otra, la de la Isla, estaban las casas de los Marroquines y la de Tripa, un tipo que no gozaba de buenas famas.

 

 

La casa del platanal, que no era ninguna belleza, no tenía piso embaldosado sino de cemento pulido. En la sala, rojo; gris en los cuartos, que me parece que eran tres, más la cocina y los servicios sanitarios. Lo llamativo, quizá por lo estrafalario, o por una especie de desorden en la plantación, que además estaba acompañada de pedregones, era el solar, que, como pudiera decir cualquier señora de barrio, no provocaba. Era, me parece ahora, una casa sin identidad. Nada en ella hacía que uno se apegara, o que pronunciara un elogio a las paredes, a las piezas, a la sala. Nada. En ella flotaba un hálito de ausencia y puede ser que fuera un hospedaje de espíritus aburridos y de fantasmas desganados. Nunca supimos quiénes fueron los habitantes que nos precedieron. Tampoco recuerdo el nombre de su dueño.

 

Teatro Lido en 2020 | Fotografía antigua, Fotografia y Pelicula ...

El viejo Teatro Lido de Medellín. Un clásico.

No fue larga la estadía en aquel inmueble. No era amañador. Uno muy poco permanecía allí, porque, en aquel tiempo el cine era un atractivo y en la Universidad había ya modos de quedarse más tiempo en ensayos de música (que fueron tiempos de estudio en el conservatorio), en alguna asamblea estudiantil, y, sobre todo, en ir a los cines del centro de Medellín. Era una aventura de la ensoñación entrar al Lido, al Cid, al Ópera, al María Victoria, al Odeón y al Alameda.

 

Ya no era uno un muchacho de esquina, de galladas de barrio y por allí, en El Carretero, una calle con historia y que al doblar hacia el parque de Bello tenía un santuario con una virgen (La Milagrosa), no había ninguna posibilidad para detenerse a conversar con nadie. Tampoco iba uno a los bares, como la Isla, en el que alguna vez, de paso, vi una tremenda trifulca a machete y piedra, con descalabrados y una vasta presencia de curiosos.

 

Con algunos de los Marroquines en años anteriores habíamos jugado al fútbol y en aquella familia había muchachas lindas y amables. Años después de haber vivido en aquella casa, tuve un sueño en el que el solar había crecido tanto que parecía una calle llena de mafafas, pero, en vez de platanales, había árboles de los que colgaban algunos ahorcados. De las casas vecinas se asomaban esqueletos y de algún escondite imperceptible surgió una mujer oscura que intentó llevarme a la horca.

 

Aquella casa, como otras, también quedó atrás. Fue una estación más en un recorrido o errancia de años por una ciudad que ya cada vez tenía menos aspecto obrero y se estaba convirtiendo en una población de gentes de todos lados que traían un hondo desarraigo y se les notaba un malestar por no tener empleo o no encontrar el presunto paraíso que no se sabe quién les había prometido. Cuando nos mudamos a una casa de tercer piso, muy cerca del parque principal y también de la plaza de mercado, no tuvimos ningún motivo para lamentar la ausencia. No había lugar a despedidas. Tampoco para celebrar la nueva casa. Nos habíamos habituado a las mudanzas. No tuvimos ningún pesar. Y, tras unos cuantos meses de haber vivido allí, ninguna nostalgia nos asaltó por las improbadas mafafas ni por el platanal.

 

pintura hojas de platano - Buscar con Google

Plátanos en el solar

 

Andalucía, con parque y buena esquina

(Paisaje de infancia con brochazos y lámparas con sombrero)

 

 

“Del barrio me voy, del barrio me fui”

Ayer, de Daniel Melingo

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La casa, de puerta verde y cuatro ventanas también verdes y enrejadas, estaba en una de las esquinas del parquecito redondeado que tenía el nombre árabe-español de Andalucía. A unas pocas cuadras estaba el límite con el barrio López de Mesa, con un callejón sin salida que tenía una gruesa tapia al fondo, y por el otro lado, hacia el sur, los límites alcanzaban hasta un sector que estaba en inmediaciones de la vieja Calle Arriba, y se llamaba (se sigue llamando así, creo) La Buena Esquina, que era, en rigor, el nombre de un granero mixto. Más allá, hacia el norte, el barrio confinaba con El Carretero, una antigua vía que se construyó para comunicar al centro de Bello con la primera fábrica textilera que hubo en el Valle de Aburrá.

 

Andalucía tenía su encanto más que todo encajado en el parquecito. Después del parque principal del pueblo con ínfulas de ciudad, el único que había entonces era ese, con bancas de cemento y dos o tres arbolitos. Sus lámparas con una suerte de sombrero o cubierta eran bellas, aunque de noche no iluminaban mucho. En el barrio, de colegialas diversas, unas con uniformes de faldita a cuadros rojos, y otras con una especie de basquiña azul turquí, había cierta limpieza en las calles que ya estaban asfaltadas, a diferencia de otras de la “ciudad obrera”, destapadas y polvorientas (o pantanosas, según el clima).

 

Creo que fue un cambio brusco el mudarnos de un barrio que tenía un cementerio en ruinas, mangas a granel, un “burro” o cañería a cielo abierto y olores a mangos y naranjos, a este, el de Andalucía, que era más “urbano”, de mejor presencia, aunque, como digo, no era muy vegetal. Muy cerca de la casa, apenas a una cuadra, había otro callejón sin asfalto, empedrado, con casas muy viejas, de tapia y aleros románticos. Tenían varios de aquellos caserones ventanas arrodilladas y al final, sobre una pared, se asomaban árboles de mango, matasano y quizá madroño.

 

Album Mundial Inglaterra 1966 Formato Impreso - $ 21.900 en ...

Por aquellos días transcurrió el Mundial de Inglaterra

Mi escuela quedaba muy cerca y ya estábamos en los días en que, como nos aproximábamos al paso a bachillerato, habíamos cogido aires menos infantiles y, creo, nuestra mirada era desafiante y altanera. Eso pudo haberlo percibido el profesor Cástor Rave, director del grupo que me correspondió en la Escuela Marco Fidel Suárez, Segunda Agrupación, con el que nunca simpaticé. Andalucía entonces sonaba con cascabeles (“Doce cascabeles”) y en algunas de sus tiendas uno conseguía los cromos del álbum sobre el Mundial de Inglaterra y otro de actores de cine.

 

En otras casas donde habíamos vivido, y en ese proceso de crecimiento, el mundo de afuera era muy importante, mucho más que el de adentro. Y no porque las casas fueran pequeñas o estrechas, sino porque, me parece, había, además de un encanto particular, una suerte de apertura en que los muchachos de entonces éramos más de la calle que de la casa. La calle era la congregación esquinera, los juegos al aire libre, el fútbol, las largas caminatas hacia quebradas y fincas suburbanas…

 

Fabricato: 100 años tejiendo su historia - ELESPECTADOR.COM

Fabricato fue un símbolo del trabajo y los obreros en Bello

 

Sin embargo, no recuerdo a nadie en particular de aquella vivencia en Andalucía. Ni cuáles eran los tenderos ni siquiera el nombre o apodo de alguno de los pelados del sector. Puede ser porque no duramos por allí más de ocho meses o porque ya era hora de empezar a sentir el desarraigo. Lo que sí era una visión muy atractiva lo constituía un taller de bicicletas. Por entonces, los velocípedos abundaban debido a que, casi todos los trabajadores de las textileras, se desplazaban en ciclas Humber o Philips, equipadas con dinamo, parrilla, corneta y lámpara.

 

Andalucía, como lo supe después, fue un barrio construido en 1919 por la urbanizadora de Manuel José Álvarez Carrasquilla, Majalc, uno de los fundadores de la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín. El empresario, que era un admirador de todo lo que sonara a España, erigió en Medellín barrios como Aranjuez, La Mansión, Gerona y Sevilla, entre otros.

 

En el afuera de Andalucía no tuve muchas experiencias callejeras, aunque, igual, ya con compañeros de escuela, armábamos expediciones al Quitasol y largas correrías para asaltar, por ejemplo, los mangos de la finca Salento o las naranjas de Potrerito. Lo que sí tengo patente es una jornada de semana santa, tal vez la procesión del viacrucis, cuando, muy cerca de la casa, y como ya habíamos hecho un recorrido soleado observando muchachas en recogimiento y para mostrar los trajes nuevos, cuando mi hermano Rodolfo sufrió una taranta, que es como le decían en ciertas partes del Caribe a un desvanecimiento. Un golpe de sol, con cansancio de crucificado.

 

QUE BELLO ES BELLO: PARQUE ANDALUCIA

Parque Andalucía, en los tiempos de ahora, reformado.

 

Del adentro, recuerdo que era una casa muy particular en su arquitectura curvilínea, con un patio de baldosas estampadas y unas piezas cada una con ventana a la calle. Había materas con bifloras y novios y alguna con la prodigiosa ruda (mamá siempre decía que no podía faltar esa mata que protegía contra el mal de ojo, las maledicencias del prójimo, los hechizos y otras situaciones de mal augurio). No había solar, que ya era una carencia notoria, porque, de antes, casi todas las otras donde habíamos habitado poseían una buena franja para la combinatoria de árboles, arbustos y aves de corral.

 

Alguna vez, en que íbamos a pintar las rejas de las ventanas con pintura a base de aceite, lo mismo que los zócalos, invitamos a un primo de Copacabana. Preparamos los recipientes y las brochas. Y de pronto, todo se convirtió en un festejo, en una rochela o recocha, en la que cada uno le pasaba brochazos al otro por la cara, por la espalda y se volvió un pequeño carnaval. Cuando mamá llegó de compras (papá trabajaba muy lejos y venía solo cada dos o tres semanas) encontró la casa convertida en un manicomio (así lo dijo, ¡qué es este manicomio!). Al fin de cuentas, y ante el desastre, no le quedó más que unirse a la risa colectiva y la algazara.

 

Tengo la visión de que, a principios de diciembre, ya casi a punto de otra mudanza, hicimos un globo con hojas de periódicos, almidón, una candileja de alambre de ropa, que, pese a nuestro entusiasmo, a los varios intentos, no pudo elevarse. Y entonces papá, que no era hombre de paciencia, ante el fracaso de todos, lo rasgó en pedazos y luego, a cada uno de los cuatro hijos, entregó como indemnización un billetico de cinco pesos, una enormidad para entonces. Las calles y las tiendas nos acogieron con placidez.

 

Andalucía, de pronto, quedó atrás. La casa de esquina circular con su fachada de granito fue otro recuerdo, una estación más. La brújula de la inestabilidad, o del nomadismo, señalaba a otro punto cardinal. Las lámparas del parque me parece que soltaron alguna lágrima cuando nos despedimos del barrio.

 

Había un parque y una casa esquinera y un viejo barrio en la memoria. Todo se fue.

Cuarentena con Beethoven y el Picacho

(Crónica sobre estos días de vida hacia adentro)

 

Una vista parcial desde mi ventana en días de cuarentena

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Vivir en una casa espaciosa puede ser una ventaja para lidiar el necesario confinamiento impuesto por la presencia mundial de un virus, que quizá nos ha puesto a medir con cierta mirada de estupefacción —por lo que ha sonado y resonado por tantos siglos— los alcances de un aforismo griego: “Conócete a ti mismo”, que estaba inscripto en el templo de Apolo. Y digo que puede ser una ventaja, porque, donde se habita, como en mi caso, con compañera y mascota perruna, el ejercicio de la soledad puede hacerse en compañía y a su vez en aislamiento.

 

Y si bien esta casa no es una enormidad, tampoco es tan pequeña. Tiene, aparte de una biblioteca, sala, pasillo, comedor, alcoba principal, patios, una riqueza de luz que siempre, incluso si es un día lluvioso, muy nublado, todo se ve sin necesidad de bombillos, digo en el día. Es una lástima no tener balcón, ese lugar de encanto que lo hace sentir a uno afuera, pero a la vez, adentro, y que, en este caso, lo sustituye con cierta competencia un ventanal con vista hacia el Volador, el Picacho, parte del cielo de Bello, a un edificio de ladrillo a la vista que está diagonal a la casa, y a árboles diversos, como guayacanes, laureles, mangos y acacias.

 

En lo que va de cuarentena (que no sabemos cuánto durará), la música ha sido una presencia invaluable y, creo, imprescindible. He vuelto a escuchar, con más detenimiento y cuidado, las nueve sinfonías de Beethoven, en varias versiones, pero las que más me han gustado son las dirigidas por Sir Simon Rattle con la Filarmónica de Viena. Y, claro, he repasado una serie de compositores, aunque a vuelo de pájaro, como Haydn, Bach, Mozart, Aaron Copland, Ravel, Berlioz y el recién fallecido Penderecki. Con el complejísimo Mahler no he podido en estas jornadas.

 

Y si bien me siguen haciendo falta las caminadas diarias por la ciudad, los paseos nocturnos por el barrio Prado, las idas cada tanto a darle la vuelta al jardín botánico, las he reemplazado por veinte o treinta minutos de caminata en casa, al tiempo que van sonando músicas en mi ya vetusto equipo de sonido. Ah, ¿y el tango? Más bien poco por ahora, aunque no faltan Goyeneche y Piazzolla.

 

Decía que aquella antigua sentencia griega es una posibilidad de ejercicio con uno mismo. Aunque, para ser franco, he estado más en función de escudriñar cómo la cuarentena puede tornarse una posibilidad creativa, un aliciente para nuevas lecturas, un llamado a tomar más notas, a mirar la calle desde la ventana, a pensar que el virus nos ha puesto patas arriba. Nos rompió rutinas, nos enseñó inclusive a lavarnos las manos con la técnica adecuada y a descubrir el mundo interior, el de la casa, el del interactivo estado de lo doméstico, el de hablar no solo con uno mismo, sino con la compañera y con la mascota.

 

Y sí, por estas témporas, en la cocina, mientras observamos cómo se calientan arepas y se hierve chocolate, se revuelven huevos o se lavan platos, en una alternancia de roles, la lectura en voz alta ha sido parte de nuestra compañía, de nuestros modos de compartir en casa. Por ahora, avanza la de un ya muy viejo libro, que hemos rescatado del olvido, bueno, mejor de su estar aquietado entre otros libros envejecidos, del escritor Jakob Wassermann: El hombrecillo de los gansos, de la editorial Rueda, de Buenos Aires.

 

Wassermann, novelista alemán

 

Me he puesto como una forma de diversión interna, la escritura, a modo de divertimentos, de microrrelatos (cada día publico uno en redes sociales). Y así, en esa indisciplina vieja que aprendimos y desaprendimos desde tiempos juveniles, de leer varios libros al mismo tiempo, hemos ido pasando páginas de Natalia Ginzburg, de una crónica de un periodista colombiano (Julio Suárez Anturi), que escribió sus experiencias de infancia y de familia, con el título de La 40 Sur, de otra vez los cuentos de Poe y un repaso a El Decamerón, y así, en un desorden metodológico, por ahí se nos ha ido atravesando Foucault y su Vigilar y castigar, con artículos de pensadores que interpretan los tiempos del virus y de la cuarentena.

 

Dana y su despreocupada cuarentena

 

De películas, por ahora poco. Solo he visto Los dos papas, de Fernando Mireilles, que tiene magníficos escenarios y actuaciones destacadas de Anthony Hopkins y Jonathan Pryce, y otra vez El Decamerón, de Pier Paolo Pasolini. Desde el encierro, del cual uno puede salir volando, como acaece en una novela de Jack London (El vagabundo de las estrellas), me he enterado del sufrimiento de los sin casa, de muchas instituciones culturales, del SOS de los libreros y las librerías, de los que han perdido su trabajo, de la angustia sin límite de los desempleados, de las miserias que el coronavirus ha agudizado entre los más pobres y necesitados…

 

Qué extraño. No me hacen ninguna falta las transmisiones deportivas. Ni las idas al estadio cada que el DIM juega, lo que, visto desde mi perspectiva de hincha de una entidad que más que con las alegrías ha estado conectada con la tristeza, sí es una rareza. Es un virus, el del Rojo, que tengo incorporado desde la infancia.

 

Le he tomado mucho cariño al ventanal, a la vista del antejardín desde arriba, a las brisas que mueven las hojas del guayacán, a las señoras y muchachas que sacan a pasear sus mascotas, al asfalto cuasi desolado de mi calle, y he sentido una enorme melancolía al ver los pacientes que llegan sin ninguna esperanza de ser atendidos, a una IPS que hay en mi cuadra. Cada vez son menos. Es una muestra a escala de lo que ha sido el marchitamiento del sector de la salud pública en Colombia, desde que esta se convirtió en un negocio de unas cuantas corporaciones financieras.

 

Otra vista desde la ventana

No extraño el paso de automotores ni el trapo rojo de Rodrigo, cuidador de carros en esta calle. Pero sí el vociferar del vendedor de frutas y el del carrito de los tamales. Son una ausencia muy visible, como la de Luis Roberto que me traía los periódicos de domingo.

 

No sé si aquella remota inscripción griega me ha sido útil en estos días. Puede que sí. Pero hasta ahora he gozado más en casa con los ladridos de Dana cuando va a salir a su corto paseo con la Mona, y hemos reído más, y cada día siempre hay cosas nuevas por hacer, incluidas las de las medidas de asepsia. La música está sonando, pese a las fallas del viejo equipo. Y los libros están ahí con su infinita oferta de asombros y sorpresas.

 

Creo que el confinamiento forzoso nos tornó a la elementalidad, a reconocer la necesidad de los otros. El otro está afuera (bueno, adentro también). Y hemos aprendido, me parece, cuán valioso es y cuanta falta nos hace.

 

1º-IV-2020

 

Es una ocasión propicia para leer obras que tratan sobre el espacio interior, lo doméstico, la casa.

Calvario de pedreas y peleas

(Un recuerdo de infancia con casa en esquina, escuela y maestra castigadora)

 

Resultado de imagen de angel  casa de la cultura bello antioquia

Arco de entrada al antiguo calvario (hoy casa de la cultura) en Bello, Antioquia.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Vivíamos en la casa del viejo Eduardo (así lo denominábamos) al que papá llamaba el jorobado. Tenía ventanas verde oscuro, techo de asbesto y al lado había una manga en la que una vez, en una tierra removida, encontré muchas monedas que me hicieron creer que había hallado un tesoro (entierro se le decía) de piratas exiliados en Bello. El barrio tenía a pocas cuadras un sector pendiente, sembrado de altas palmeras, llamado El Calvario, con estaciones degradadas y, en la cima del morro, un cristo plateado acompañado de sendas estatuas de la virgen y un discípulo.

 

El Rosario todavía tenía calles destapadas y tierra amarilla. Rodaban por algunas partes coches de caballos debiluchos, con espinazo pelado y una apariencia de tristeza. Por un costado de la casa pasaba una calle desnivelada que conducía en falda al lugar donde estaba la rueda de hierro que un fontanero, por turnos, hacía girar para quitar y poner el agua al sector. Tanto cuando se iba como cuando llegaba, el líquido hacía un ruido particular, como si alguien estuviera gargareando.

 

La casa tenía un pequeño patio y tres alcobas. La cocina era estrecha y a veces el alcantarillado de atanores no daba para evacuar con suficiencia las heces y otras porquerías, por lo que, a través del sumidero del patio, brotaban asquerosidades. En la manga contigua, con mi hermano Rodolfo solíamos patear una pelota azul y a veces discutíamos por un gol inexistente, que había pasado por encima de las piedras que poníamos como portería. Por lo regular, hacíamos chutes de un lado a otro y cada uno fungía, a la vez, como arquero y como delantero.

 

La casa, en una esquina, por detrás lindaba con otra manga, en la que crecían adormideras y había uno que otro chagualo. A veces íbamos, con cartones parafinados, a deslizarnos loma abajo. Por esos días, vistos desde ahora muy lejanos, con borrosidades y predominio —no sé por qué— del color anaranjado, ya estaba en la escuela, en segundo de primaria. Para ir a ella, atravesaba El Calvario. Me detenía a veces en la cripta que había debajo del crucificado y sus acompañantes e imaginaba que allí habitaban monstruos, momias y no sé qué otras figuras siniestras. Me gustaba mirar por la reja y sentir el olor a humedad. Con mi valija de cuadernos, con lápices de colores y alguna cartilla, seguía bajando por barrancos y desniveles, miraba de vez en cuando las estaciones del viacrucis que pudieron ser bonitas y limpias en otros días, pero ya estaban deterioradas, tanto que por ejemplo el nazareno tenía cara raspada en algunas de ellas y la cruz no se distinguía en forma.

 

Resultado de imagen de urna marco fidel suarez

Urna de la choza de Marco Fidel Suárez, en Bello.

 

A la entrada (o salida) del Calvario había un enorme arco de cemento y, en su parte más elevada, se erguía un ángel que algunos decían que era el del silencio y otros el de guardián de la heredad. Mucho tiempo después, ya en la adolescencia, en ese mismo morro de esbeltas palmas, una tarde un grupo de muchachos le arrojamos, desde los pies del cristo, piedras a una soldadesca que había llegado para sofocar los motines estudiantiles, en los que, si bien recuerdo, rompieron algunos vidrios de la urna de la choza de Marco Fidel Suárez.

 

Me parece que, más que decir que habitábamos en El Rosario, siempre anunciábamos que era en El Calvario, una elevación sacrosanta cuya construcción la promovió una fábrica de textiles con el fin de que la gente, en particular los obreros, hicieran peregrinaciones y pagaran promesas. Y sí, uno se topaba, de vez en cuando, a alguna señora de rosario en mano, con rezos y murmullos, en ascenso hacia la cúspide, con paradas beatíficas en cada una de las catorce estaciones de la pasión cristiana.

 

La imagen puede contener: exterior, texto que dice "EFCalvario-Bello Bello Vida de Barrio"

Imágenes del viejo calvario, en Bello

 

Junto a la casa estaba la tienda de don Mario (y creo que tenía las puertas anaranjadas), un señor colorado que, aunque supongo que era joven, me parecía ya muy viejo, tanto como el dueño de la casa en que vivíamos, de cara pálida, pelinegro, giboso y que, no sé por qué, me parecía que se había fugado de la catacumba que había en El Calvario. Hacia el occidente, por una calle recta y también sin asfalto, se llegaba a la escuela de niñas Rosalía Suárez, en inmediaciones de una fábrica de artefactos de cachos de res (la gente la llamaba La Cachera), entre cuyas manufacturas se destacaban barquitos con velas ondeantes y las famosas perinolas.

 

Entonces a uno las distancias le parecían enormes, cuando, después, ya más crecidos, no era tan harta la lejanía. Así que la escuela, más bien cerca de la casa, daba la impresión de quedar muy allá. Tenía ventanales enrejados y una puerta ancha. El patio de recreo, en el que no faltaba el inevitable quiosco de gaseosas y golosinas, era amplio y lo enmarcaban los corredores con una baranda plateada. Había una campana y una corneta por la que brotaban himnos y la voz del director escolar o de alguna señorita profesora.

 

 A la salida nos vemos…

 

Mi maestra era una señora caricolorada y cabellinegra que me parecía muy vieja. Se llamaba Angélica y casi siempre se vestía con trajes oscuros. La menciono porque, más que haberle tenido afectos, la veía como una suerte de enemiga, castigadora y de mala leche. Claro, era una correspondencia suya a mi comportamiento, no siempre apacible. Eran días en que aprendimos a dar golpes y a recibirlos. “A la salida nos vemos” era una frase común. Y en una de esas, nos citamos con un rival, para enfrentarnos a totazos en El Calvario. Se llamaba Gonzalo. La pelea duró unos cuantos minutos. Intercambiamos puñetazos, agarrones, vituperios y después él otro resultó con el ojo morado.

 

A doña Angélica le pusieron la queja y me exhibió ante el grupo en el ritual de flagelación con una regla de madera. Esa escena la viví varias veces en aquel año. Sin embargo, en el altozano de la crucifixión, un Gólgota local, hube de enfrentarme otras veces con diversos pelados que, como yo, gustaban de la bronca y el bonche. Me parece que la primera vez que vi imágenes de televisión sucedió en la casa de Tisnés, a dos cuadras de la escuela, donde, por una enorme ventana abierta, me sorprendió un aparato de consola que emitía sonidos y dejaba ver otros mundos.

 

En la casa del viejo Eduardo duramos poco tiempo. Tal vez el más vívido recuerdo de aquella estada, pudo ser el de las mañanas y tardes jugando con una esférica, el ver el vuelo de cucarrones verdes en la manga y encontrar un tesoro de piratas (eran los tiempos de la canción escolar “Soy pirata y navego en los mares…”) con monedas abundantes que seguro me gasté en golosinas de la tienda de don Mario.

8-III-2020

 

Resultado de imagen de kandinsky infancia

Kandinsky y la sinfonía de los colores

 

La capucha del verdugo y otros encapuchados

 

Resultado de imagen de verdugo

El oficio de verdugo, el de aquel que aplicaba la pena al condenado.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Unos meses después de haber enviudado la tía Betsabé, le jugué una broma pesada, en respuesta también a que a ella era aficionada no solo a contar historias de aparecidos y otros fantasmas, sino a convocarlos para llenar de sustos a la audiencia (sus sobrinos). Me puse una capucha oscura hecha de afán con una funda de almohada y me envolví en una sábana a modo de mortaja. Tras dejar solo una luz mortecina que armé con una linterna cubierta con un pañuelo, me estiré en su cama. Solo fue esperar. Y cuando entró, el alarido me puso la piel de gallina y el corazón a mil palpitaciones. Creí que se iba a desmayar. Y no, instantes después, tras darse cuenta de qué y de quién se trataba, me soltó el sonoro hijueputazo y, tras de él, una risotada que me contagió.

 

Me dijo luego, tras lagrimear por las carcajadas, que lo que más la aterrorizó fue la capucha. La vio, según dijo, como si fuera la de un asesino que la estaba esperando de un modo irregular: acostado. Muchos antes de aquella puesta en escena, había leído El verdugo, una novela corta de un escritor cuyos libros fueron apareciendo en casa en momentos en que la adolescencia estaba a punto de despedirse. Pär Lagervist fue uno de aquellos escritores que nos fascinó por su ironía y humor negro, además de sus tremendas obras como Barrabás.

 

Las imágenes del verdugo del novelista sueco se me quedaron impresas sobre todo porque había que imaginar su capucha y su traje. Casi toda la obra, según recuerdo, sucedía en una taberna y el verdugo era objeto de burlas y otras habladurías. El personaje, que después en un filme de Luis García Berlanga, y que nada tenía que ver con el de Lagervist, nos llenó de risas hasta hacernos lagrimear, me asedió por un tiempo y supe que lo que más me inquietaba era la capucha, no solo la de él, sino la de todos los verdugos. Esconder el rostro para cortar una cabeza, para poner una soga al cuello, para propinar un hachazo certero, tenía su misterio. Y si bien el condenado también tenía una capucha, la del verdugo era no solo infamante sino aterradora. La imagen de la muerte des-carada.

 

Ocultar el rostro tras un capuchón, una máscara, no deja de ser una manera de negar la identidad, la individualidad. La cara es como una revelación, una certeza. Te la veo y se produce una comunicación particular, sin palabras, con solo poder tener noción de cómo es la boca, la nariz, las cejas, el mentón, los movimientos de los labios, los parpadeos, las cejas, la frente, hay toda una concertación de gestos, tics, temblores, incluidas las a veces muy sutiles vibraciones de las ventanas nasales. Esconder todo esto detrás de una capucha no es solo una negación, sino una especie de oscuro ejercicio del anonimato. Como si se transitara por los caminos del miedo.

 

El encapuchado se ampara en un veto, una manera de lo vedado, una prohibición particular, autógena, como si él mismo practicara una censura a su condición de ser que tiene miedo. Se ha dicho que quien censura es débil. Así mismo, quien se parapeta detrás de una capucha. Se descaracteriza. ¿A qué teme un encapuchado? ¿Qué hace temblequear al que lleva al condenado a la guillotina o a la horca?

 

Resultado de imagen de capucha verdugo

La capucha está relacionada con mundos oscuros y, a veces, impenetrables.

 

La capucha, casi siempre, está conectada con lo oscuro, con las sombras, con inframundos. Sin embargo, y en otras épocas, los poderes de la ejecución tapaban el rostro del prisionero, quizá para no ver o el odio, o la resignación, o la rabia, o tal vez la impotencia del que va rumbo al patíbulo. La capucha infunde temor. Con ella puesta, como un atuendo que representa lo desconocido, los del siniestro Ku Klux Klan estadounidense prendían fuego a las casas de los negros y a los negros mismos, en un ritual de espanto que algunas literaturas y películas han recogido con maestría y no ajenas al dolor de la discriminación y otros atropellos. Amparados por el encapuchamiento, los verdugos, los asesinos, los victimarios, despliegan su fuerza y su traidora actitud criminal. Quizá se cubren para que el otro, la víctima, no le advierta la falta de solidez y el susto propio de los cobardes.

 

La Inquisición le dio estatus a la capucha. Y una dosis o sobredosis de descarnada crueldad. El inquisidor y el acusado se parecían en determinado momento porque estaban bajo el capirote. Uno para borrar y el otro para ser borrado. La capucha saltó en la historia y se paseó por campos que eran arrasados por depredadores. Se encapuchaba el “pájaro” o paveador de los tiempos de la Violencia liberal-conservadora en Colombia. Y también el violador. Se ponía un indumento tapador el que iba a cortar cabezas a machete, a practicar el corte de franela y otros cortes.

 

Resultado de imagen de cara con media velada

Puede ser que la capucha no “chille” en el asaltante bancario. Que sea, incluso, parte esencial de los que están cumpliendo con aquello de que es mejor robar un banco que fundarlo. Algunos bandidos, sin embargo, le quitaron caché y “elegancia” al oficio, cuando se ponían, en vez de una capucha que los hiciera ver como unos verdugos medievales, una media velada de mujer. Había en esa forma de camuflaje, creo, una especie de rebaja, de depreciación del atracador. No se tapaba la cara; la deformaba con esa prenda con la que Marlene Dietrich cubría sus piernas de lujuria, las más bellas del cine, como se dijo en su momento.

 

La capucha, que en los tiempos modernos pretende eludir la cámara, la vigilancia, al Gran Hermano, no tiene carisma. Es un elemento que debilita al que la porta tal vez porque carece de argumentos, porque es incapaz de “dar la cara” en el debate, en la confrontación ideológica, filosófica, política, y apela al fácil expediente del enmascaramiento. La capucha puede verse bien en un baile de disfraces, en algún carnaval y, si se quiere, en las procesiones tradicionales de semana santa con nazarenos y sayones.

 

Aquella vez, entre sombras chinescas y fantasmales, cuando armé el tinglado para espantar a la tía, lo que ella después me dijo sobre su miedo, me dejó turulato. No fue la sábana, ni el ambiente gótico con penumbras, ni la pose de muerto que asumí en la cama de ella, sino el capuchón ordinario el que casi le ocasiona un infarto. Quizá el encapuchado, en medio de su inseguridad e incertidumbre, lo que busca es asustar, y casi siempre el asustado es él. Creí, por un instante, que Betsabé se moría cuando le escuché el estremecedor aullido, que me dio tembladera. Nunca más volví a hacer algo semejante, y menos a ponerme una capucha, así aquella hubiera sido de improvisada utilería doméstica.

 

Resultado de imagen de ku klux klan

El tenebroso Ku Klux Klan

 

Casa con iglesia al frente

(Había una canción macondiana y otra que hablaba de solamente una lágrima)

 

Resultado de imagen para los cien años de macondo

“Los cien años de Macondo sueñan, sueñan en el aire…”

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Desde el balcón veíamos a los feligreses entrar a la iglesia, tras el toque de campanas. Señoras y señores, algunos pelados y muchachas, todos con una especie de pereza, de reticencia o de obligación marcada. Era una iglesia de fachada de ladrillo y un campanario no muy alto. Parecía improvisada. Y, con el tiempo, quizá con empanadas y bazares, con los fondos de los sanisidros en los que había ruletas y remates, la iglesia de Santa Catalina Labouré se modificó, con una construcción más amplia, con un frontispicio a modo de pirámide y con más presencia en el sector.

 

Nunca supe quién era el párroco y, creo, no haber entrado jamás a ninguna ceremonia allí. Detrás, casi llegando a la quebrada La García, había una enorme manga, limitada con tunales y en la que, dos o tres días a la semana, jugábamos partidos. El balón, a veces, o muchas veces, se iba a la corriente y había que salir por las orillas, aguas abajo, a rescatarlo. A un costado de la iglesia, habitaba un pelafustán con ínfulas de bravero, en apariencia mayor que mis hermanos y yo, todavía imberbe, al que le decían Judas. No gozaba de aprecios en la zona. Una vez, en un picado, el tipo, que además era engreído y de caminar a lo malevo, le dio un puño a uno de mi equipo, creo que fue a Chucho, y se armó la zambra. Puñetazos e hijueputazos iban y venían. Al sujeto aquel, fatuo y agrandado, jamás lo volvimos a saludar, aunque nos dejó una desazón por no haber podido “machacarlo” como se merecía.

 

Resultado de imagen para estelita nuñez una lagrima

La cantante Estelita Núñez y su éxito Una  lágrima (1969)

 

La cuadra nuestra era de casas de dos pisos. No había árboles. El agua la subíamos a través de una bomba de extracción, con una enorme palanca de hierro. Abajo, además de la dueña, una señora adusta, pelinegra y de rasgos bruscos, vivía una hija de ella, a la que papá apodó la Culatera, y una sobrina de la doña, blanca y mona, que cantaba a toda voz canciones de la Nueva Ola y el Go-Go. Se escuchaba entonces en la radio a una mexicana, Estelita Núñez, cantando “una lágrima por tu amor, una lágrima lloraré…” y a mí me gustaba cómo la muchacha bonita la entonaba. Creo que me enamoré de ella (ella no se enteró) y mi dolor fue enorme cuando supe que tenía novio, que la visitaba dos o tres veces a la semana, parados ambos junto a la verja de hierro despintado.

 

A la muchacha la apodamos La Maconda

 

Por aquellos mismos días, muy cercano ya el único diciembre que por allí pasamos, se oía en las casas “Los cien años de Macondo” y había una muchacha que, al caminar, parecía bailando esa música sabrosa compuesta por un peruano y cantada por Rodolfo Aicardi y Los Hispanos. “Los cien años de Macondo sueñan, sueñan en el aire / en los años de Gabriel trompeta, trompetas lo anuncian…”. No había leído entonces Cien años de soledad y a la muchacha, de la que no supe nunca el nombre, la apodamos La Maconda.

 

Por aquella cuadra, en la que sin falta había una tienda en la esquina, había muchachas que desfilaban todas las mañanas con falditas a cuadros rojinegros y blusas blancas, con valijas y olorosas a jabón (así lo percibía desde el balcón), rumbo a los colegios. Los fines de semana, cuando estaban sin uniforme, cambiaban su aspecto. Se veían más atractivas. Volteando la cuadra, junto a la tienda, vivían dos, muy bonitas, que uno les hacía caritas, o les decía un cumplido, y ni siquiera volteaban la vista. Es más, cambiaban de caminado, se erguían, asumían una actitud de reinas de barrio y si te vi no me acuerdo. A lo mejor, miraban de reojo a ver qué era la vaina.

 

Otra, que luego se volvió paisaje y al principio era llamativa por lo excéntrica, mamá le puso el mote de La Cuperta. Pelicortica y de caminar hombruno, se paseaba con los brazos en bamboleo y la mirada desafiante.

 

Usábamos todavía camisas floreadas, de estampados extravagantes, de chalis y otras telas, y bluyines de industria nacional y tenis criollos. Todas las mañanas bombeábamos el agua, que se recogía en un tanque de cemento y en canecas metálicas. La muchacha del primer piso, que siempre sintonizaba programas juveniles, cantaba en las mañanas, al tiempo que La Culatera permanecía siempre en silencio. Eludíamos, en lo posible, al salir por el corredor común, la presencia de la dueña de la casa. Si sentíamos que estaba abriendo, uno esperaba. A veces, claro, era ineludible y teníamos que ver su rostro de bruja sin atributos. Ninguna escoba se prestaría para transportarla.

 

Resultado de imagen para iglesia de santa catalina laboure bello antioquia

Iglesia Santa Catalina Labouré, en Bello.

 

Los domingos, el sonar de las campanas nos despertaba. Uno aprovechaba para voltearse en la cama e intentar conciliar el sueño. Más tarde, había que salir a buscar compañeros para ir o a la manga de la quebrada o a alguna de Niquía. Estábamos en un sector comprendido entre los barrios El Congolo, La Milagrosa y Prado. Muy cerca, a unas cuantas cuadras, había un puente sin barandas, solo para caminantes, que atravesaba la García y unía a Niquía con la zona de Santa Catalina. Sobre aquel se contaban historias de ladrones, de gentes que tiraban a la quebrada, de fantasmas que se ubicaban allí a medianoche…

 

Cuando nos mudamos (de allí salimos para un barrio obrero, Santa Ana), la voz de la muchacha seguía escuchándose: “Una flor sin rocío morirá y nunca más vendrá la primavera…”. Sentí una especie de desgarramiento, de que algo mío se quedaba en ese espacio del que solo recuerdo una bomba manual de extracción de agua, un balcón con algunas bifloras desde el que veíamos las muchachas y a los que entraban y salían de misa, y la sensación de que la dueña era una mujer amargada.

 

Cuando nos fuimos, la iglesia todavía era la de la torrecita de poca altura, con unas campanas broncas y lo más vistoso que en ella ocurría era el denominado altar de San Isidro, con toldos pintorescos, juegos de azar, frituras y señoras que ofrecían viandas. En el aire del entorno flotaban las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia y cuando, tiempo después, leí la novela de García Márquez, imaginé que la muchacha del primer piso era Remedios la Bella, por la cual creo haber soltado una lágrima por un amor carente de ilusiones y sin esperanza.

 

Resultado de imagen para los cien años de macondo cancion