El atrio de las sociabilidades

(Crónica con encuentros, chismes y los latigazos de Mon y Velarde)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El atrio, esa espacialidad que está más en lo público que en lo privado, en las afueras de las iglesias, tiene una categoría de sociabilidad y congregación, más que de religiosidades. Es la parte civil de las construcciones sagradas. Y en tal parte, la injerencia “divina” es menor que en los adentros del templo. Construido un poco más alto que la calle, el atrio era una posibilidad para el encuentro, las citas, las ventas ambulantes y los enamoramientos furtivos.

 

En otros días, en el atrio, cuando se oficiaba la misa, se paraban muchos hombres, como en el ejercicio de una actitud de estar y no estar. De ahí se escuchaban  las palabras del cura, pero, además, había la posibilidad de dirigir las miradas hacia otros ámbitos, menos confesionales. Pudo haber sido una variante del “que reza y peca, empata”.

 

Las iglesias católicas construidas antes del Concilio Vaticano II, eran monumentales. Debían tener una presencia en la ciudad (o en el pueblo) de gran calado y dominio. Y en esas arquitecturas, con naves y torres, con campanarios sobresalientes, estaba, como una parte de la edificación, el atrio. La diferencia es que se hallaba en el afuera, en el mundo exterior donde no había tanta solemnidad ni se sentían los inciensos ni se alcanzaban a ver altares e imágenes de santos y vírgenes.

 

El atrio era una manera de estar, sin estar en la ceremonia, en la liturgia. Aparte de esta situación, el atrio se presentaba como una referencia para las citas. “Nos encontramos en el atrio de La Candelaria”, era de lo más pactado en otros días en Medellín. “Nos vemos en el atrio de la Metropolitana” o en el de San Ignacio. Y así. En el atrio, los novios se podían coger de las manos, se acercaban, se rozaban la piel. Había en esa circunstancia, una manifestación de lo profano. O, en otras dimensiones, de la vida civil.

 

Esta construcción sacra y laica, religiosa y cívica, al aire libre, limitando en muchas partes con el parque o plaza, era una oportunidad para el chisme. En el atrio se “rajaba” del cura y del alcalde, del policía y el carnicero, de todos y a nadie se le sostenía. La comunicación en ese lugar de encuentros era para el deleite y la conseja. Trascendía lo físico-espacial y era una prolongación del café y de las murmuraciones domésticas.

 

Los atrios de los grandes templos, tanto en los barrios como en el centro de la ciudad, eran, a escala (bueno, todavía tienen funcionalidades sociales), un universo urbano, con dinámicas de ciudad. Eran, también, una manera de seguir conversando, de acordar nuevos encuentros, de intercambiar mentiras y de “chicaniar” con alguna nueva adquisición. Hoy, en ciertos atrios (como el de la Metropolitana), hay más palomas que gente.

 

El atrio es como una zona de frontera. Y tuvo, en otras muy viejas temporalidades, una función de acercar a la iglesia a los gentiles, a los no fieles. Quizá como una posibilidad de las atracciones. En este singular espacio cabían los circuncisos y los no circuncidados; los incrédulos y los feligreses. Una suerte de ágora para todos. Aunque, se sabe, por ejemplo, que el visitador y oidor español Antonio Mon y Velarde, el regenerador, levantaba a latigazos del atrio de La Candelaria a indios y negros que fumaran o conversaran en ese lugar.

 

Los atrios eran la conjunción de los vendedores de periódico con los aromas gratos de las crispetas. Después, acogieron a los loteros, a los de las “chazas” o carritos de dulcerías y cigarrillos, a los fruteros, a los ofrecedores de estampitas milagrosas. Y así, se transformaron, en algunos sectores, en pequeñas plazas de mercaderías.

 

Después del Vaticano II, las iglesias debían construirse sin tanta pompa ni dimensiones colosales. Nada de mega-edificios. Y así surgieron ramadas, pequeños templos, y no todos tenían espacio para el atrio, medida que afectó las reuniones barriales, los encuentros concertados y el lugar para pararse a ver entrar muchachas bonitas a las parroquias.

 

En Medellín, los atrios siguen siendo, aunque en menor proporción que antes, un espacio para las citas y las esperas. El de La Candelaria, en el hoy cuasi parque de Berrío (el metro lo redujo a ser una estación y lo cercenó), no tiene la apetencia ni la atracción de otros días. El de San José está atiborrado de ventorrillos y el de San Antonio hace años dejó de ser un lugar de encuentro. Los atrios parecen estar en decadencia. Ya nadie pronuncia aquel risueño dicho: “Es tan lengüilarga que comulga desde el atrio”.

 

¡Ah!, por lo demás, algunos atrios se tornaron meaderos públicos y, en las mañanas y tardes soleadas, se levantan hedores a “berrinche”, que reemplazaron los muy acogedores perfumes de muchachas que lucían su mejores galas para entrar al templo y los aromas calientes y sabrosos de las palomitas de maíz y del algodón de azúcar.

 

El atrio tenía encantos. No faltaban señoras y señores que se quedaban ahí, con disimulos, para observar los vestuarios de las más encopetadas y adivinar las formas sensuales de las jovencitas. Los ojos y la lengua tenían allí mucho trabajo.

 

El atrio, como la acera, está entre lo público y lo privado. Es (o era) un espacio ceremonial poco ceremonioso, laxo, despojado un poco de las normas del ritual. Un sitio para darles a las palabras un sentido de la amistad y del reconocimiento de los otros. Los que se quedaban en el atrio, mientras discurría el oficio religioso, pasaban mejor que los de adentro. Y hasta pedían papas y ají, seguro con más sabor que las hostias consagradas.

 

Atrio y frontis de la iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, barrio Buenos Aires, Medellín. Fotos de Carlos Spitaletta

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Caminante, sí hay caminos…

(Una provocación a recorrer la ciudad con ánimos de descubrimiento)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

Alguien, tal vez muy avisado, o que posa de ello, me insinuó cierta vez que es una inutilidad andar las calles con ánimo de descubrimientos. Otro, menos molestoso, arguyó que es una maravilla el caminar con sentido de observación. Y, en medio del paseo con criterio, es pertinente alzar la mirada al cielo. “No, no lo hagás; te puede cagar un pájaro”, pudo haber dicho un pesimista.

 

Es mi gusto. Ir por las calles, sí, con tráfago automotor, con humos y ruidos, solo por ver un atardecer con arreboles; o por mirar los cerros del oriente, con edificios que ahora desertifican lo que antes eran arboledas. O cruzar el puente que está sobre la vieja Vuelta de Guayabal, donde en años de reverberaciones y fuegos de medianoche, vendían la mejor marihuana de la ciudad, según le escuché decir a más de un experto en esas faenas.

 

También —por eso de caminar con el ánimo de educar la mirada—  un sujeto de nombre olvidable, me advirtió que tal postura era propia de pequeñoburgueses, de tipos de la seca bohemia, diletantes. No sé si así lo sea, pero es de interés en el ir y venir por callejas, avenidas y desechos (como decían los campesinos al hecho de salirse de la vía principal y eludir obstáculos, para llegar más liviano a su destino), buscar en lo evidente un mundo agazapado, una sorpresa.

 

Puede que no se sientan, desde los bajos de Enciso, sobre esa empinada calle que parece una pared (la 58), las brisas del Pandeazúcar. Y tampoco los extinguidos tangos del café Viejo París. Pero esa calle y el sonoro sector de Pativilca, tienen encantos, que van desde viejas ventanas hasta calados de madera en puertas de casas añosas.

 

Por esos lares, hay legumbrerías policromas y tiendas de esquina con reunión conversada de parroquianos. Y si es, cambiando de modo abrupto la ubicación, por unas calles, como decir la 73, cerca del cementerio de San Pedro y del Jardín Botánico, por el extinto Fundungo, verás carros viejos y talleres donde no arreglan tristezas pero sí carrocerías. Y así por Lima e Italia, por Venecia y Lovaina, por Turín y Revienta, calles que, tras tantos años de fiestas anochecidas, hoy, en su decadencia, son más de dedicación a lavados de carros y reciclajes de memorias extraviadas.

 

Son estos ámbitos, que a veces huelen a vegetales, a veces a hollín, un epicentro de amores de ocasión y citas de urgencia para la aventura carnal. Jardines de delicias y edenes con serpientes de tentación. Los lugares de la ciudad se especializan.

 

Por ejemplo, la esquina de la 73 con Bolívar, detrás del Jardín Botánico, es un homenaje a las mujeres de Antioquia. La ciudad mutante. En este sector, donde antes estuvo el Bosque de la Independencia, y también zonas de tolerancia, ahora hay una historia en bronce, con efigies de féminas destacadas en diversas disciplinas y luchas.

 

En la denominada Esquina de las Mujeres, se puede hacer una lectura histórica de tiempos, hazañas, pensamientos y labores. Y si bien no están todas las que son, las mujeres que en este breve parque son celebradas sí tienen méritos para perpetuarse en el metal. Y en la memoria colectiva. Están, como parte de las indígenas, la cacica Dabeiba y la cacica Agrazaba; también María Centeno, la primera mujer arriera y minera en Antioquia, casada cuatro veces, empresaria irreverente y audaz.

 

Claro. La transgresora Débora Arango, la de los desnudos atrevidos y las denuncias de la violencia, está ahí; como lo están Simona Duque, Jesusita Vallejo de Mora, María Cano, Luz Castro de Gutiérrez, Rosita Turizo, Blanca Isaza de Jaramillo, Luzmila Acosta, Benedikta Zur Nieden y María Martínez de Nisser. ¡Ah!, pero que faltan otras. Sí, como Betsabé Espinal, por ejemplo.

 

Por esos mismos espacios se debían erigir, por qué no, bustos a madamas destacadas en los cuarenta y cincuenta del siglo XX, que habitaron con sus casas de placer —muy cerca de donde hoy están sus congéneres bronceadas—, como Marta Pintuco, Ligia Sierra y María Duque, por citar apenas unas cuantas.

 

No es tan inútil pasar por Sevilla y sus mangos umbrosos, sus casonas de corredor, sus clínicas y almorzaderos. Ni por los alrededores de la estación Hospital, que cuando la tarde es la reina, comienza a oler a carne asada y otras frituras. Y si bien, esta ciudad jamás ha sido pensada para los caminantes, tal vez porque, a la “americana”, se privilegió el carro, no está mal meterse por el Chagualo (con sus baldoserías y ventas de materiales de construcción), o hacer una ruta de conventos (en Prado, no más, hay veintidós) que están por La Mansión, San Miguel, Los Ángeles.

 

Un día de caminata, solo se podría ir en pos de fachadas, que tienen belleza en Prado, algo del viejo esplendor en Boston, y apenas unas cuantas quedan en pie en los ya muy destruidos barrios Buenos Aires y Miraflores. Hay “castillescas”, a lo chalet, afrancesadas, muchas con rosetones, cornisas, claraboyas, inscripciones, nichos con santicos y vírgenes. Y, como idea para un transcurrir diferente, se pueden seguir los numerosos santuarios en casas, antejardines, plazoletas y separadores viales. Da para relatos de religiosidad popular y mucha imaginería. Y hasta para prender una velita.

 

La ciudad, aunque no lo parezca, es infinita. Y aparte del ladrillo a la vista, las torres eclesiales, los edificios de gobierno, la abundante contaminación, en fin, hay un sinnúmero de tiendas y fritanguerías, de portones y contraportones, de murales y paredes que hablan. No se la pierda. Camínela. Siempre habrá un crepúsculo con abundantes pájaros que buscan su hospedaje nocturno  y con gentes ansiosas de llegar a casa. Digo en los atardeceres. En la “matinalidad”, hay quienes se toparán con el rosicler celeste y con los frescos olores de las colegialas y los obreros recién bañados.

 

Hay múltiples encuentros en cada salida. A veces, aleatorios, que son, quizá, los más atractivos. Como uno que, hace poco, por la carrera Ecuador con Moore, presencié, no sin perplejidad. Una dama de negro, con su traje largo, abierto a los lados, dejaba ver, a cada paso, las piernas sugerentes y tentadoras que hacían parar a los taxistas y detener con boca abierta a los “inútiles” buscadores de lo excepcional en la vida cotidiana. ¡Ah!, y es muy barato: solo se requieren tenis y ojos muy atentos…

 

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El Museo de Antioquia y la Plaza Botero, en Medellín.

 

Piratas en barquitos de papel

(Crónica en dos tiempos, con naufragios y dos tipos que cantan)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

1.

 

Uno se montaba al barquito y ya estaba convertido en un pirata de parche negro en un ojo, bandera con calavera y cara de pocos amigos. Era una aventura en la que se corría el riesgo de un naufragio o de caer por una avenida de agua que, en una vorágine de terror, se tragaba la embarcación, catarata de vértigo en la que había que saltar antes de que la alcantarilla se zampara la imaginación.

 

Uno convocaba a una competencia acuática, cuando la lluvia había cesado pero los arroyuelos continuaban en la orilla de la calle, rumbo a los sumideros urbanos. Los barquitos, al principio en un orden de partida, se desubicaban después de soltarlos a su carrera al garete; no, qué va, iban dirigidos a control mental, remoto, con las ganas desaforadas de que el nuestro llegara a una meta que a veces estaba señalizada con piedras, o con endebles banderines, también de papel.

 

Uno deshacía los cuadernos de tareas, con mamarrachos ingenuos en las hojas, con vocales y números, con trazos a lápiz, con manchones de tinta china, en fin, y confeccionaba barquitos, que el astillero estaba a veces en casa, o en la escuela, y según el lugar, los ensayaba en los estanques del solar, o en alguna pileta casera. O los dejaba reposar hasta que un aguacero nos invitara a la navegación callejera.

 

Unos y otros en reunión de alborozo formábamos una flota de veleros, sin timón ni capitán, que bastaba la dirección de un viento imaginario para moverlos hacia el arcoíris o, mejor dicho, al lugar donde este moría o nacía, que también se proclamaba que allá quedaba el fin del mundo o el principio del paraíso. La calle, en días en que ella era el universo, se volvía río y mar, con bahías y radas, con márgenes en las cuales en ocasiones había curiosas caras de adultos, más que todo de señoras en las ventanas, en los balcones, como si miraran su infancia lejana.

 

Asistíamos a naufragios de ciudad, con barquitos desechos, deformados por la fuerza de la corriente, desbaratados por el choque contra piedras o contra el cordón de la calle. Uno sabía que una construcción de esas, tan ingeniosa y todo, estaba destinada a lo pasajero, a una corta duración, que igual nos daba la impresión de un tiempo feliz, de horas inacabables, con risas de pantalón cortico y tenis enchumbados.

 

Montarse en un barquito de papel tenía su cuento. Era cantar otra vez aquella tonada escolar de “soy pirata y navego en los mares”, o creerse un poco Morgan, o un tanto John Silver El Largo, que en casa nos relataban historias de mares e islas misteriosas. Era representar con credibilidad un capitán con motín a bordo y sentir el vuelo hambriento de las gaviotas. E izar banderas negras y ver uno que otro desconchinflado marinero con pata de palo.

 

Un barquito de papel iba siempre repleto de ensoñaciones, las mismas que no se dejaban vencer por los caudales traicioneros y turbios de las tormentas de barrio. ¿Cuántos cuadernos de tareas metamorfoseamos en esas embarcaciones frágiles y ligeras que nos llevaban sin brújula ni astrolabios hasta el fin del mundo? ¿Cuántas casitas y soles y caminos y árboles y patos iban en esas arcas nada bíblicas? En cualquier caso, así se los hubieran engullido los desagües públicos —y el tiempo asesino—, aquellos barquitos de papel continúan navegando en la memoria.

 

 

2.

 

El otro, también frágil, fue aquel que cantaba, qué digo, más bien lloriqueaba un cantor argentino, director de cine y todo, al que se le escuchaba su lamento en el traganíquel del bar de la esquina. Su voz de mugido, su voz honesta, nos decía que había un barquito de papel a punto de naufragar y una muchacha que, triste, se marchaba sin esperanzas de retorno. Era una canción melancólica.

La cantaba Leonardo Favio y solo una estrofa era la que me hacía acordar de aquellas naves callejeras que navegaban en las corrientes urbanas tras un aguacero de barrio. No había entonces quién corrigiera el timón de aquellos barquitos que, casi siempre, iban con sus sueños y tripulantes imaginarios a dar con sus velas y amarras al fondo de la alcantarilla.

Y, tal vez, el más bello barquito de papel era (es todavía) el cantado por Joan Manuel Serrat: “Aventurero audaz / Jinete de papel / Cuadriculado / Que mi mano sin pasado / Sentó a lomos de un canal”. Uno, escuchándolo, vuelve sin remedio a sus días de infancia extraviada, cuando, además de las pompas de jabón y los barriletes, los barquitos de hojas de cuaderno eran la posibilidad de un viaje a las más lejanas geografías de lo desconocido. Sí, “cuando el canal era un río, cuando el estanque era el mar”.

Un barquito de papel tiene la virtud de ser un encuentro con días que son parte de un tiempo extinguido: un buen tiempo y una buena mar, como eran las imaginativas jornadas de la infancia.

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“Aventurero audaz” de la infancia extraviada.

Te recuerdo, Víctor

(Crónica sobre un cantor asesinado tras un golpe militar)

 

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Pobre del cantor de nuestros días
que no arriesgue su cuerda
por no arriesgar su vida
”.

Pablo Milanés

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Preludio

 

Digamos, primero, que Víctor Jara no “cantaba por cantar, ni por tener buena voz”, ni por figurar en las carátulas de discos, o en afiches, ni por seducir a alguna dama. No cantaba por darse ínfulas ni por farándula. Nada de eso. Digamos que cantaba porque era un pájaro, libre y de canto ancho. Y porque siendo también guitarra, esta —lo dijo el cantor— tiene sentido y razón (y, por qué no, “corazón de tierra”).

 

Cantaba por los sobrevivientes, por los desaparecidos, por los que nunca volvieron. Por la esperanza. Por un mundo nuevo. Cantaba porque los estudiantes y los obreros y los campesinos querían que cantara. Y porque él tal vez sabía, a modo de presagio, que moriría “cantando las verdades verdaderas”.

 

Cantaba por el hombre del arado, por el hombre del barrio alto, y porque su destino de grillo (o de cigarra) era ese: cantar. Para dejar las penas y sembrar futuro. ¿Por qué canta un hombre? ¿Por qué llora un hombre? Son tantas las razones. Lo que sí es seguro es que a Víctor Jara no le faltaron razones ni emociones ni causas para el canto (y para el llanto). “Mi canto es de los andamios / para alcanzar las estrellas…”.

 

Víctor Jara es símbolo de una época frenética, de cuestionamientos, de derrumbe de ídolos, de luchas por la liberación nacional y por el establecimiento de una nueva cultura en América Latina. Su nombre está ligado a la politización de la música popular, a la búsqueda de respuestas (y de preguntas) a través del arte, y a la necesidad de una música nacional, con nuevos contenidos y nuevas formas, de alta calidad.

 

Ese cantor y director de teatro chileno también es un símbolo de los treinta mil muertos que produjo la dictadura militar de Augusto Pinochet. Y, con su repertorio, es parte de una memoria de Latinoamérica.

 

 

  1. Te recuerdo Amanda

 

Un hombre es mucho más que sus datos biográficos. Víctor Jara, nacido el 28 de septiembre de 1932, en San Ignacio, Chile, de origen campesino, hijo de Manuel, un trabajador agrario, y de Amanda, cantora (en los cuales se inspiraría para componer la canción Te recuerdo, Amanda), pasó su infancia en Lonquén, localidad cercana a Santiago de Chile.

 

Y, como muchos chicos pobres, hijos de siervos, su salida (u opción social) era o ser cura o militar. En efecto, su madre lo matriculó en el Seminario Redentorista de San Bernardo, donde estudió un año. Pero ya, desde muy adentro, lo llamaba el arte. Su mamá le había enseñado a tocar la guitarra, y en el seminario aprendió canto gregoriano. El menor de seis hermanos pintaba para artista, que era, precisamente, la condición vedada a un muchacho pobre. Sin embargo, también prestó el servicio militar y llegó a ser sargento primero.

 

Al terminar su secundaria entró en la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile, estudió actuación y dirección teatral y, luego, participó en los cursos de canto y danza, dictador por Margot Loyola. En 1957 tuvo sus primeros encuentros con la folclorista Violeta Parra, que, al notar sus dotes, lo animó a que cantara.

 

A los 27 años pudo dirigir por primera vez una obra de teatro, Parecido a la felicidad, del dramaturgo Alejandro Sieveking. Ahí comenzó a hacerse internacional, a viajar a Uruguay, Argentina, Venezuela y Cuba, a mostrar su trabajo. El teatro se volvió una de sus pasiones. Asistió en la dirección al célebre Atahualpa del Cioppo en la obra El círculo de tiza caucasiano, de Bertolt Brecht.

 

Su primera composición musical, en 1961, fue Paloma quiero contarte, creada tras una gira por Europa. Era el principio de su carrera como juglar, que lo llevaría a grabar ocho longplays, y a cantar en peñas, universidades, sindicatos. Era ya un hombre del arte. En un encuentro con el Che Guevara, en Cuba, Jara tomó la guitarra y cantó. El Che había hablado de la necesidad de un arte popular, de elevada calidad en su forma y contenido. Cuando escuchó al chileno, lo aplaudió y le dijo: “Tú debes cantar para tu pueblo”. Y eso, exactamente, fue lo que hizo Jara durante los sesentas y hasta el día de su muerte, el 16 de septiembre de 1973.

 

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  1. Independencia y libertad

 

Ha sido usual en la historia que el artista, según el compromiso con su tiempo, sea, para los gobiernos retrógrados, una suerte de estorbo, y para los liberales, un florero, un sujeto decorativo. El uno lo reprime, el otro lo usa para sus fines. Víctor Jara, sin embargo, logró durante su trasegar político y artístico, asumir el canto y el arte con independencia y libertad.

 

Los sesentas fueron para el cantor chileno la posibilidad de aportar a las nuevas expresiones musicales, que, poco a poco, se cocinaban en la región. Los orígenes de la llamada Nueva Canción Latinoamericana, con su cuna en Chile, Argentina y Uruguay, están ligados a los movimientos sociales y políticos. La Revolución Cubana, la caída de Perón en Argentina, el surgimiento de nuevos paradigmas intelectuales, los golpes militares propiciados por Estados Unidos en distintos países, la aparición de grupos insurgentes, en fin, todos esos fenómenos influyeron en la creación de otra conciencia y en la consolidación de una canción popular, con otras sonoridades, otras formas y contenidos.

 

Al tiempo que Jara dirigía y participaba en montajes teatrales, también dedicaba su talento a la música. Chile era ya un fogón artístico, con grupos como Quilapayún, Inti-Illimani, folcloristas como Violeta Parra (se suicidó en 1967) y Patricio Manns, la Peña de los Parra (fundada en 1965), más el advenimiento de la Unidad Popular, que triunfaría en las elecciones de 1970, con Salvador Allende.

 

En 1969, Jara se ganó el Primer Festival de la Nueva Canción Chilena, con Plegaria a un Labrador. Luego, en Helsinki, participó en un Mitin Mundial de Jóvenes por Vietnam, y grabó su LP “Pongo en tus manos abiertas”. Ya su música se escuchaba en todas partes. Era el juglar que mostraba, con su poesía, otras realidades. Y la posibilidad de otro humanismo, el del “Hombre Nuevo”.

 

 

  1. Contra el fascismo

 

En 1972, Víctor Jara dirigió el homenaje a Pablo Neruda, en el Estadio Nacional, cuando el poeta retornó a Chile tras ganar el Premio Nobel de Literatura (1971). Por supuesto, ni él ni nadie imaginaban que, en ese mismo escenario, un año después sería asesinado por los militares golpistas.

 

En 1973, Chile era un hervidero social, un tinglado de luchas clasistas. La Unidad Popular y el gobierno de Allende resistían los embates de sectores que aspiraban a restablecer el viejo régimen. Las señoras de la burguesía marchaban con sus cacerolas y los camioneros intentaban paralizar el país. Jara, entre tanto, participaba en un ciclo de programas de TV contra la Guerra Civil y el Fascismo, según el llamado que, en ese sentido, había hecho Neruda.

 

Grabó dos nuevos longplays que no alcanzaron a editarse. El 11 de septiembre de 1973, Víctor iba hacia la Universidad Técnica del Estado, donde debía cantar en la inauguración de una exposición (“Por la vida, contra el fascismo”). Allí, precisamente, iba a hablar Salvador Allende, en una alocución para todo el país.

 

Había un enorme afiche —premonitorio— que mostraba a una madre y su bebé, y la sombra de ambos bañada en sangre. Jara se proponía empezar una gira nacional para alertar al pueblo contra las amenazas golpistas. La exposición no se inauguró. Allende no habló desde la universidad, sino desde el Palacio de La Moneda. Los militares rodearon el claustro universitario. Y detuvieron a los profesores, alumnos y a todos los que allí estaban, incluido el cantor Víctor Jara.

 

 

  1. Los últimos compases

 

Los prisioneros, conducidos al Estadio Nacional de Santiago de Chile, oían los cañonazos sobre La Moneda. Por una emisora (Radio Magallanes) se emitía la célebre canción de Sergio Ortega, en las voces de Quilapayún: “Y ahora el pueblo / que se alza en la lucha / con voz de gigante / gritando ¡adelante! / El pueblo unido jamás será vencido”.

 

En la universidad a Víctor lo habían cogido, con su guitarra, cuando animaba a los estudiantes. “La universidad fue rodeada por soldados en carros blindados. Toda la noche estuvieron preparándose para el ataque como si tuvieran delante una fortaleza militar. Después del cañoneo, irrumpieron en el edificio y emprendieron a culatazos a los estudiantes” (Testimonio de Cecilia Coll).

 

“Cuando me detuvieron, me llevaron al Estadio de Chile. Fue por la tarde de 12 de septiembre. Allí ya había muchos prisioneros. Junto con otros presos nos ordenaron ponernos en fila con las manos en la nuca. De repente, un oficial me reconoció: —Es el médico de Salvador Allende. El comandante Manrique, un fascista empedernido, se acercó a mí, desabrochó la funda, sacó la pistola y, apuntándome a la cabeza, dijo: ‘Ha llegado tu hora’. Y dirigiéndose a los soldados, ordenó: —Sepárenlo de los demás y déjenmelo a mí. Me apartaron del grupo y me dieron un empujón que me tiró por tierra. Vi a un grupo de jóvenes que los soldados iban arreando, apuntándoles con metralletas. Al comandante le dijeron: —Son los de la Universidad Técnica. Los pusieron en fila también. Manrique recorrió la fila y señaló con el dedo a un preso: —A ese me lo dejan también a mí. No quería dar crédito a mis ojos. Se trataba de Víctor Jara” (Testimonio de Danilo Bertulin).

 

“Dos veces oí a Víctor en el Estadio de Chile. Fueron unos encuentros breves. El 13 0 14 de septiembre, por lo visto, por la mañana, pasé cerca del pasillo donde tenían a los prisioneros aislados. Allí estaba Víctor Jara, sentado en una silla de madera, extenuado, con rastros de azotes en la frente y las mejillas. Se sonrió al verme. Al día siguiente, pasé de nuevo por allí y otra vez nuestras miradas se cruzaron. Nos saludamos. Al igual que el día anterior, su rostro se iluminó con una sonrisa que me reconfortó el alma. ¡Llevaba ya tanto tiempo en ese maldito pasillo! De vez en cuando, los guardias venían por él y se lo llevaban a no sé dónde (Testimonio de Rolando Carrasco).

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  1. Jara vive

 

A Jara, como a otros prisioneros, lo torturaron. Su cara, según otros testimonios, estaba muy hinchada por los golpes. En medio de su condición, había logrado escribir parte de un poema: “Estadio de Chile”: “¿Cuántos somos en toda la patria? / La sangre del compañero presidente / golpea más fuerte que bombas y metrallas. / Así golpeará nuestro puño nuevamente. / ¡Canto, qué mal me sales / Cuando tengo que cantar espanto! Espanto como el que vivo / como el que muero, espanto…”.

 

Antes de acribillarlo a balazos, un soldado le dio un culatazo en la mandíbula. Quizá con la esperanza de apagar su canto. Qué curioso. El canto de Víctor Jara fue más sonoro a partir de su muerte, ocurrida el 16 de septiembre de 1973, poco antes de cumplir 41 años. Por ahí, tal vez llevada por las alas del viento, todavía se escucha: “No puede borrarse el canto / con sangre del buen cantor / después que ha silbado al aire / los tonos de su canción”.

El canto de Jara fue valiente. Por eso, la suya siempre será canción nueva.

 

 

Epílogo

 

A Víctor Jara le propinaron más de cuarenta balazos. Del asesinato fue encontrado culpable, en 2016, el exteniente Pedro Barrientos, que había huido de Chile en 1989 y se quedó a vivir en Estados Unidos. Una corte federal lo condenó, además, a pagar 28 millones de dólares de indemnización a la familia del cantor. El Estadio Nacional de Chile lleva el nombre de Víctor Jara.

 

 

Fuentes:

Cronología y obra de Víctor Jara (Fundación Víctor Jara).
Entrevista a la Nueva Canción Latinoamericana, John Franklin Bolívar. Editorial Universidad de Antioquia, 1994.
Carta abierta a Víctor Jara, Ángel Parra, 1987.
Crónica de la muerte de Víctor Jara. Programa Voces, Radio Nederland.

 

Nota: Escribí esta crónica conmemorativa en septiembre de 1998, cuando se cumplieron 25 años de la muerte del cantor chileno. La reproduzco ahora, a los 85 años del natalicio de Víctor Jara y a 44 de su asesinato. “La vida es eterna en cinco minutos”.

 

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El cantautor chileno Víctor Jara.

El papa a través de los binóculos *

(Luces, sirenas y banderas saludaron a Juan Pablo II en el parque de Berrío)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

Mientras al papa Juan Pablo II le regalaban carriel, sombrero y poncho antioqueños, en el parque de Berrío una señora defendía una Virgen que portaba bajo el brazo, aprisionada como un tesoro. Ella, en la primera fila, separada solo por un lazo de manila de la calle, quería que el pontífice le diera su bendición, cuando pasara por allí, en su papamóvil.

 

Al mismo tiempo, en los ojos cafés de María Clara Aristizábal, una niña de ocho años, las luces artificiales del “corazón de Medellín” se encendían con su fosforescencia de mercurio. “Mi tía dice que si le logra tocar la mano al papa, se va a paralizar. Además dice que no se la lavaría en un mes”, dice la niña. Y luego, con una sonrisa de muchachita rica, afirma: “Claro que mi tía es medio loquita”.

 

Desde lo alto de un edificio adyacente, el parque de Berrío se ve igual. Solo que una multitud que hormiguea como cuando se pierde la señal de TV en las pantallas, le da un toque distinto. Algo extraordinario va a ocurrir. Una voz grita: “¡Ya viene el papa!”. El concierto informe de cabezas se mueve. Se agita. Empuja. Policías que corren. Alguien se desmaya. Falsa alarma. El papa no aparece. Arriba, en el edificio, María Clara sigue mirando. “¿Cuándo vendrá?”, se pregunta.

 

Entre tanto, Ana Cristina Aristizábal, otra niña, hermana de la anterior y mayor que esta, observa una pancarta que, colgada de un balcón, dice: “Totus Tuus”. Y entonces, me pregunta: “¿Usted sabe  que quiere decir eso?”. Le contesto que no. Y ella, con su sabiduría de Columbos  School, replica: “Eso significa ‘todo tuyo’. Mi abuelito me lo enseñó en estos días”. Él es como una enciclopedia. Y me enseña muchas cosas”.

 

A lo lejos, la multitud vuelve a moverse. Los policías tratan de ordenar la gente. Tres niñas son sacadas de la turbamulta por los agentes. Las protegen. Más allá, una señora carga a un bebé, mientras sostiene con una de sus manos a un niño. Un policía se le acera y, tras decirle algunas palabras, la convence para que se aleje de allí. Corrían peligro.

 

En lo alto del mismo edificio, algunos “privilegiados” observan con binóculos. Quieren ver al papa cerca de sus ojos. Una gringa de Massachusetts, con apellido italiano y nombre español (Cristina Casale), dice, en un castellano incipiente: “Tengo mucha suerte de estar ahora en Medellín en la visita del papa”.

 

Abajo, los vendedores ambulantes siguen gritando: “¡Papavisores a doscientos cincuenta!”, al tiempo que la multitud crece, como un turbión, como una borrasca furiosa. “¡Ya viene el papa, ya viene!”. El grito aumenta. La vocinglería es mayor que cuando un estadio lleno canta un gol. Más desmayos. Por la avenida Colombia, la serpiente humana engorda, se estira, enloquece. Las sirenas abren el camino. Los pañuelos y las banderas ondean, como un saludo de pájaros al vuelo. Ahí está. Ha venido. Y ya pasa. El pontífice lanza bendiciones, mientras algunos policías reparten bolillazos. Las tres niñas se quedan quietas. Nadie las empuja. Sobreviven. Las sirenas no callan. Y el papamóvil sigue su camino, rumbo a la Catedral Metropolitana.

 

Antes del clímax, en el parque de Berrío, alguien había dicho: “Tenemos que hacer fuerza mental para que el papa mire para acá”. Cuando Juan Pablo pasó por el frente del sitio donde los aprendices de asuntos esotéricos estaban, no los miró. Frustración.

 

Las sirenas se escuchan distantes. La feligresía, en cantidad incalculable, se disgrega. El pastor se ha ido. Ya no están María Clara ni Ana Cristina, ni sus ojos de niñas inteligentes. La gente corre, pisotea, se mueve en zigzag, hormiguea. Entre la muchedumbre, debe estar una señora, con una Virgen bajo el brazo, con una cartera ordinaria bajo el otro. Debe ser feliz. Aunque el papa, a su paso por el parque de Berrío, no le haya podido bendecir la imagen de María.

 

*(Nota escrita por la visita de Juan Pablo II a Medellín y su paso veloz por el parque de Berrío. El Colombiano, julio 5 de 1986)

 

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Avenida Colombia, Medellín.

Dos barcos navegan en una radiola

(Una historia con dos tangos de mares y otros adioses)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

En casa había una radiola RCA Víctor, que el tío Salomón le regaló a mamá. Estaba enchapada en un mueble color madera, con tapa, debajo de la cual había un tapizado de terciopelo rojo. Los primeros tangos que allí sonaron fueron El barco María y Mañana zarpa un barco, que venían con el presente. Pese a mi edad (era un adolescente), esos dos tangos me sonaban lindo, tal vez porque mamá ayudaba con su voz bien timbrada a darles una nueva dimensión. Y porque tenían olas, sonidos de aguas infinitas y alguna tristeza.

 

“No enturbies tus ojos color de agua verde, / no busques recuerdos, no mires el mar”. La voz era la de Raúl Berón, ya conocida por nosotros, porque, en la esquina, en el bar Florida, sonaban tangos suyos, como Trasnochando y Tal vez será su voz, y aunque para un joven poco significaban aquellas melodías, se iban pegando de a poco, hasta hospedarse sin permiso en algún lugar de la conciencia. O la inconsciencia.

 

En casa, mamá lo ponía los fines de semana, junto a unas canciones de Alfredo Kraus y a otros discos de Juan Arvizu y Margarita Cueto.  “El barco María, quizá ya no vuelva, / no sueñes el rostro de su capitán”. A veces, uno con ganas de escuchar músicas más modernas, se enfadaba con tantas vejeces. Y entonces era mejor tomar las de Villadiego, salir a la “lleca” a buscar partidos de fútbol callejero o sentadas de atardeceres en alguna esquina de barrio.

 

“Grabó en su navío tu nombre de estrella, / te amaba y no tuvo palabras de adiós”. No sé por qué aquel tango se me fue adhiriendo, como una estampilla, o quizá como una cinta con goma arábiga, y sobre todo, me comenzó a agradar cuando una vez mamá me dijo: “¿le has puesto atención a estos tangos? Saben a mar”. Ella solía, por otra parte, cantar barcarolas tristes, canciones de náufragos y de ilusiones perdidas. Y todos esos ingredientes se juntaron en una receta imposible, porque, al cabo del tiempo, la voz del cantor argentino me atraía.

 

“Los mares lejanos marcaron su huella, / quién sabe en qué puerto sus anclas hundió”. Tenía su vaina. Ojos de agua verde y adioses de puerto, que son definitivos. Sin retorno. “Inolvidable María he de volver algún día”. Qué va. Promesas de marineros, o, como se dice en alguna pieza tropical, promesas de cumbiambera. Se pierden en el mar. En el viento.

Después, cuando lo escuché por otros cantores, como Carlos Galarce, con la orquesta de Francisco Lomuto, me seguía resonando la de Berón, grabada también en 1944. Había con esta versión un lazo de familia, un afecto que se iniciaba en una radiola, en una voz doméstica, se prolongaba en una esquina sonora y se prendía a la memoria. “Oíste, es un tango de Carlos Viván y Horacio Sanguinetti”, se decía con certeza en las señoriales charlas del bar, al cual todavía no podíamos entrar por limitaciones de edad.

 

El otro, con el que mamá parecía desintegrarse, era Mañana zarpa un barco. Supe que la orquesta era la misma de El barco María, la de Lucio Demare, con la voz de Juan Carlos Miranda. La letra, como me enteré más tarde, era de Homero Manzi. “Riberas que no cambian tocamos al anclar. / Cien puertos nos regalan la música del mar”. No sé si le traía recuerdos, o imaginaba una aventura que jamás tuvo. Sentía ella el ruido de las olas y seguro se transportaba a un distante riachuelo “donde sangra la voz del bandoneón”.

 

“Qué bien se baila / sobre la tierra firme. / Mañana al alba / tenemos que zarpar”. Hay en este tango una promisión, la confección de una esperanza y una convocatoria a desterrar la melancolía, al menos por unos momentos, por vivir el día, la jornada. El Carpe Diem. La flor del día. O de la noche. “Diré tu nombre cuando me encuentre lejos. / Tendré un recuerdo para contarle al mar”. Es un romance de ocasión. Encuentro y despedida. Con el tiempo, cuando ya el tango era parte sustancial de mis gustos musicales, las versiones de Roberto Rufino me golpearon, en particular la que interpreta con la orquesta de Carlos Di Sarli. Ah, sí, claro: linda también la de Alberto Podestá.

 

Cuando cae el telón en este tango, con música de Lucio Demare, hay un llamado a vivir el presente, a no pensar en lo que vendrá. Ni ayer ni mañana. Solo el ahora: “Bailemos este tango, no quiero recordar. / Mañana zarpa un barco, tal vez no vuelva más”. Es un tango con luna, con olas, con puertos de ausencia. “Muchacha, vamos… No sé por qué llorás”.

 

Un jueves santo, con mis hermanos y otros miembros de la gallada, nos fuimos toda la noche a visitar monumentos y a oficiar risotadas y correndillas. Tornamos a casa casi al alba. No se supo quién dejó la puerta ajustada. El caso es que, cuando el sol ya era una realidad candente, mamá, o no sé quién, se dio cuenta de que faltaba la radiola. Los cacos entraron tras nosotros y se la esquilmaron. En ella, puesta en el plato giratorio, se fue El barco María. Sin palabras de adiós. La otra pieza, sobrevivió.

 

Cuando escucho estas dos melodías, con navíos y oleajes, con puertos y viajes sin retorno, una voz de no sé dónde, me susurra: “no busques recuerdos que llenan de brumas/ el muelle desierto de tu corazón”.

 

 

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Abanico de los vientos perdidos

(Crónica sin acaloramiento, con emperadores y códigos secretos)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

No sé cómo llegó a casa aquel abanico sevillano, de marfil y nácar, con calados y, además de claveles en la tela, la estampa de un toro oscuro de mucho trapío. Mamá lo utilizaba en jornadas de calor y a veces lo llevaba a las corridas, para airearse en los tendidos de sol. Después, cuando ya el olvido era una certeza, no volvimos a saber de aquel artefacto curioso, que a veces uno tomaba con cierta guasa para refrescarse en tiempos de canícula.

 

El abanico, tan antiguo como tantos perendengues inventados por los orientales, poco se ve hoy en las manos de las muchachas y tal vez solo sea parte de una utilería esporádica en festejos y bailoteos. Pero tiene una larga historia, que corre desde los faraones, a los que, a orillas del Nilo, los esclavos los venteaban con abanicos de plumas, hasta el inmenso país chino en los tiempos lejanos del emperador Hsien Yuan.

 

El muy milenario abanico, al que los romanos llamaban flabelo, estuvo en la clásica Grecia. Lo menciona, por ejemplo, Eurípides en su tragedia Helena, la de la “desdichada Troya”, cuando un eunuco la abanica para que los insectos no vayan a hacer un banquete con su piel delicada. Los japoneses, que lo elaboraron más tarde, en el siglo VII de nuestra era, lo consideraban objeto ritual. Incas y aztecas también supieron de sus usos refrescadores. Moctezuma obsequió varios de plumas al conquistador Hernán Cortés.

 

Una leyenda de hace cuatro mil quinientos años habla de un emperador chino que, cuando los gansos atravesaban la muralla, dejaban caer plumas, con las cuales él mandaba a fabricar abanicos con varillas de bambú. Ah, valga decir que esta manufactura no es solo ornamental y parte de un repertorio de elegancia y coqueteos de las damas. También se usó como arma en China y Japón, y todavía en ciertas prácticas de tai chi chuan de los monjes taoístas o el kung fu de los monjes de Shaolin, los abanicos reemplazan espadas y palos.

 

El abanico tiene una estética. Y no hay en su utilización una distinción de género, aunque entre las mujeres significa elegancia, modos de la seducción y garbo. Existe un simpático manual de códigos del abanico y sus movimientos. Un lenguaje del amor y los deseos. Así, una abanicamiento rápido quiere decir “te amo con intensidad”, como uno pausado transmite que “soy una señora casada y me eres indiferente”.  Un movimiento del artefacto para cubrirse del sol, declara que “sos feo y no me gustás”.

 

Los abanicos de antes poseían un acabado fino, una presencia atractiva y, en sí mismos, eran objetos de culto. Había en ellos una artesanía de buen gusto. Los españoles, por ejemplo, tuvieron en distintas ciudades talleres para su elaboración. Entre sus simbolismos y representaciones, están las del viento, las fases lunares, las entidades aéreas que van de un lugar a otro, invisibles. Las cortesanas los usaban como parte de un entable de la concupiscencia y las vibraciones de piel.

 

El abanico, hoy venido a menos, sobre todo porque lo han reemplazado los ventiladores eléctricos y el aire acondicionado, tiene presencia en obras de arte. Velázquez, el gran pintor hispano, concibió La dama del abanico, así como Gauguin plasmó Muchacha con abanico. Con sus pliegues y despliegues este artilugio es sinónimo de preciosismo y suntuosidad. Y, sobre todo usado por mujeres, adquiere toques de gracia y distinción.

 

Con todo, lo más destacado de sus usos puede estar en los lenguajes cifrados. Un abanico que la dama ponga junto a su corazón quiere decir que “has ganado mi amor”, así como uno medio abierto, presionado sobre los labios, es toda una invitación: “puedes besarme”. Pero no todo es bello y apasionante. Mover el abanico entre las manos es ya una aseveración de poco regocijo: “te odio”. Bueno, eran otros tiempos cuando con los abanicos se establecían relaciones, con mensajes subliminales, con señales que bien pudieran ser parte de un hermético lenguaje de espías. En la obra teatral El abanico de Lady Windermere, de Oscar Wilde, un artefacto como del que estamos tratando es un síntoma de una infidelidad, o, por lo menos, la primera pista del adulterio.

 

Hoy, aventarse con un abanico colorido, de acabados elegantes, puede resultar un anacronismo, o, cuando menos, toda una pose extravagante, propia de excéntricos. Algunos abanicos que se reparten en ciertos espectáculos, son de cartulina, desechables, parte de una publicidad. Cumplen, eso sí, con la función práctica de airear.

 

Sobre el abanico español que hubo en casa, nunca se supo de su paradero. Era de aquellos elementos extraños que aparecen y desaparecen en los hogares, como las cajitas de música, ciertas porcelanas finas y algún cofre con joyas de fantasía: al final de cuentas nadie vuelve a interesarse por ellos. Y se esfuman. No creo que mamá hubiera sabido acerca de los lenguajes secretos del amor y el desamor que se podían transmitir con los movimientos de un abanico. O si los sabía, jamás me enteré. Cosas que el viento se llevó.

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La sirena viene hacia mí…

(Crónica con ululares de patrullas, ambulancias y mujeres de torso desnudo)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Los primeros relatos de sirenas los escuché en casa, cuando una señora rubicunda y de palabras de encanto, acomodaba a su parecer la aventura de Ulises atado a un mástil para que el canto de unas mujeres hipnotizadoras no lo asesinaran con su belleza imposible. Ella, la de la voz de entusiasmo, contaba de cómo a los compañeros del navegante, él les había dicho que se taparan los oídos con cera para que no perecieran ante el diabólico embrujamiento.

 

En cambio, las sirenas de verdad, o, al menos, cercanas a la cotidianidad, eran las de las fábricas de textiles y la del Taller del Ferrocarril, en Bello. No siempre tuvieron en  su voz un ulular largo y penetrador. Se metamorfosearon con el tiempo en un pito largo, como el de las locomotoras, que ahora solo son recuerdo. Aquellas especies de alarmas, o como de llamados de atención, servían para el cambio de turnos en las factorías y así se tornaron como reflejos condicionados para obreros y amas de casa.

 

A los estudiantes, en sus claustros, el escuchar aquellos alaridos les movía y revolvía los jugos gástricos y los hacía bostezar. El último día del año, a las doce de la noche, aquellos pífanos fabriles se juntaban en un desenfreno de celebración, acompañado de estallidos de voladores y destellos de luces de bengala. Era una ruidosa bienvenida al Año Nuevo.

 

Otras sirenas, menos contentas y más escandalosas, eran las que, con menor frecuencia, se escuchaban como sinónimo de incendio. No eran muy comunes, pero no faltaban. El ulular producía una sensación trágica de incertidumbre. El carro de bomberos de Bello, en los sesentas y setentas, no era tanto parar apagar incendios sino para repartir agua en tantos barrios en los que el acueducto seguía siendo una vana promesa. O una entelequia.

 

Las de la Policía, unas camionetas a las que la gente denominaba las celulares, la Bola o la Chota, a veces la tómbola, o, con más simpleza, la patrulla, no eran simpáticas. Más bien, producían escozor y siempre se relacionaban con asaltos y persecuciones. A los muchachos que entonces jugaban fútbol en las calles, la presencia de aquellos vehículos, grises o verde oliva, les dañaba los partidos, los hacía correr despavoridos y, en ocasiones, hasta perder la pelota, que era decomisada.

 

Tal vez la más dramática sea la sirena de la ambulancia, con su voz desgarrada, dolorosa, que llena al oyente de sombrías inquietudes. Ese aullido causa vacíos en el estómago y conduce a muchos a imaginarse la peor de las tragedias. Se conjetura, por ejemplo, un vasto accidente, con la extensa sangre en la vía, o en el abismo, o bajo el lodo, o entre los escombros.  Incluso, si se le presta cuidadosa atención, se diferenciará la sirena de la ambulancia que apenas marcha al lugar del accidente de la que va rumbo a la clínica. Es quizá el grado de desesperación el que las distingue, o la manera de pedir apertura de las calles. Es una sensación especial y espeluznante.

 

Hoy, en muchas ciudades, es común el sonido de sirenas de bomberos, de policías, de ambulancias. Pululan los accidentes, los incendios, las catástrofes. Y ya no solo las tienen los vehículos de cuatro ruedas (o más), sino las motocicletas policiacas. Esos sonidos, que en otros días aceleraban corazones, se han vuelto paisaje y, según dicen algunos, ya casi nadie se estremece con ellos. Ni se dan por enterados.

 

Y como de sirenas se habla, no dejan de ser atrayentes aquellas, mitológicas, que en otros días poblaron las noches y los palpitares de la infancia y la adolescencia con fantasías y vuelos imaginativos. ¿Quién que es no quiso encontrarse alguna vez con una presencia medio mujer, medio pez, en ocasiones de largas cabelleras, el torso desnudo, los ojos insinuantes y que cantara hasta ponernos al borde de perder la razón?

 

Las sirenas, tan poetizadas, tan fabuladas, son entidades de maravilla. Se pueden encontrar en las aguas del Río Grande de la Magdalena, como en la isla de Capri, o en un pueblito de canción llamado Sorrento, en Italia. Cristóbal Colón, en su primer viaje, dijo que vio a tres de ellas en lo que él creía era la parte más oriental de Asia. Las de Las mil y una noches, a diferencia de las occidentales, son sirenas con apariencia de mujer (nada de cola de pez), con la cualidad de que pueden sumergirse y habitar sin problema bajo el agua.

 

La señora rubia que hace años nos contaba a mis hermanos y a mí historias de sirenas, relataba una aventura de infancia cuando, en una quebrada de Rionegro, se topó con una que le dijo que su destino era dedicarse a pintarlas. Jamás dibujó ninguna, pero inventó historias en las que las sirenas bajaban del cielo con un cargamento de estrellas y de luciérnagas. Sus hijos, boquiabiertos y dispuesto al asombro, creyeron siempre cada una de aquellas aventuras luminosas.

 

Un recuerdo juvenil me conduce a un baile de fin de año, cuando una muchacha permitía, entrecerrando los ojos, apretujamientos y “amacices”, mientras en el tocadiscos sonaba una canción: “La sirena viene hacia mí, voy a atraparla con mi red marinera, y me espera para jugar, loca de risa en la espuma del mar”.

 

Hace años, sobre todo en el Valle de Aburrá, el canto de las sirenas de las fábricas atrajo a miles de migrantes que arribaron de campos y otras lejanías para convertirse en mano de obra. De los unos y los otros, poco queda hoy: ni fábricas ni obreros. Tampoco sirenas convocadoras de trabajo. Las que quedan, de patrullas, bomberos y ambulancias, siguen conectadas con un mundo febril que parece vivir en emergencia.

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Las sirenas en Occidente se revelaron en La Odisea.

Cuadra de pedradas y otras bullas

(Recuerdo de una calle con bar y cataratas en los entejados)

 

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                                                                                                                                                   Pintura de Luis Sala

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Aquella cuadra, en la que vivían un bombero, una muchacha de caminar exquisito, otras de uniformes de cuadros y zapatos colegiales, unos muchachos que solo se asomaban por la ventana, otro que una vez se arrojó del tercer piso para huir de un castigo familiar, y que tenía en una de sus esquinas, un bar y una tienda, carecía entonces de asfalto.

 

En esa cuadra, con una casa inconclusa (permaneció así muchos años) a la que, por encima de los muros, se colaban algunos atrevidos a fumar marihuana y a ver crecer las malezas, vivió una señora cuya atracción para la muchachada era la venta de helados. Doña Cruz, que casi nunca salía a la calle, solo se asomaba por el postigo a entregar los pedidos. Decían que su marido, un obrero de fábrica textil, no le permitía ni mostrarse en las ventanas; quizá era un hombre celoso.

 

El bar que había por allí se llamaba Florida, con traganíquel, coloridas sillas y mesas de metal, cuatro ventanas y dos puertas. Se escuchaban tangos y baladas, también música antillana y, en menor cuantía, horrorosas canciones de campesinos. Al frente, estaba la tienda mixta de un tipo alto, al que le decían el Llanero, que una vez levantó en vilo a un muchacho que a lo mejor se estaba riendo de su estatura. La imagen mostraba a un chico que pataleaba mientras el hombre lo subía para soltarlo desde más arriba de su cabeza. Creo que hubo risas de los otros. A mí me causó indignación. Pero nada dije.

 

Sobre la tienda, una casa con tejas de asbesto, que en el día debían calentar a temperaturas de incendio, albergaba a una señora de la que nunca supe su nombre. Le decían La Perra. De vez en cuando, su entejado sonaba con las piedras que, por las noches, le arrojábamos. También habitaba Leonardo, al que, con gracejos y burlas, llamábamos el Orejón. Había obreros con bicicletas inglesas y don Silverio, dueño de un almacén de telas y cacharros, que tenía tres hijas por las que el mundo barrial suspiraba.

 

En la otra esquina, aparte de la del bombero, estaba la casa de don Abel, un señor con toda la pinta de proceder del monte. En los desagües que bajaban del techo a la calle, en diciembre poníamos papeletas cuyos estallidos hacían eco y producían temblores en las tejas. El hombre salía con un machete pero ya no había nadie a quien darle siquiera un planazo. Al frente de mi casa, estaba la tienda de doña Marta y don Pedro, y enseguida de ella, una sastrería. En una casa de dos pisos habitaba, en el primero, una gordita sonrosada y, arriba, una muchacha linda, cuyo hermano, al que por su poder en el “chute” apodábamos Cañón, jugaba con nosotros partidos de calle y de manga.

 

En el Florida, cuyo dueño, Arturo el Bizco, era bueno para el machete como para freír chorizos, iban tipos que, cuando había batidas policiales, guardaban los puñales debajo de las mesas metálicas o, en casos de emergencia, los resguardaban en periódicos que tenían sobre la mesa, húmedas de cerveza y pasantes de aguardiente. En diciembre, el bar se adornaba de guirnaldas y el piso se cubría de aserrín.

 

Mis vecinos de al lado eran artistas de circo, que viajaban de pueblo en pueblo, sobre todo por los que estaban a orillas de las estaciones del tren. La mamá de ellos salía de noche, vestida de negro, y tornaba al amanecer. En casa, con dos patios grandes, había jardines y atrás, tres albercas que no solo servían para recolectar el agua de consumo diario sino, de vez en cuando, como una suerte de piscinas domésticas.

 

La otra era un solar semiconstruido, abandonado, del que nunca supimos quién era el dueño y por qué había dejado empezada la casa, con puertas y ventanas condenadas con ladrillos. Era una suerte de pequeña selva urbana, con ratas y basuras. Después, estaba la casa de Jaime, cuyas hermanas, altas y delgadas, se caracterizaban por tener nariz larga. Y, más allá, una casa de dos pisos y terraza, desde la cual una vez el negro Arturo, que era buen futbolista, se tiró pero cayó en un montón de arena (una “volquetada”) sobre la acera. Más fue la bulla.

 

En invierno, el pantanero abundaba, como el polvo en el tiempo seco. Por las mañanas, se escuchaba la voz delgada del vendedor de periódicos. En casa solo lo compraban los domingos. Las ruedas del carrito de helados, cuyas campanas aceleraban corazones, se metían en los huecos de la calle. En las madrugadas, se oía el paso de las bicicletas obreras. A veces, algún ciclista, como para interrumpir sueños, hacía sonar el cornetín.

 

Los cables eléctricos eran bajos y estaban, sobre crucetas y otros dispositivos, agarrados a los muros. A veces, en la acera se improvisaban, con pelotas pequeñas, partiditos de baloncesto, para aprovechar a modo de canasta aquellos sujetadores de alambres. Una vez, hubo una pelea a pedradas y machete entre los hijos de don Abel y unos tipos que estaban bebiendo en el Florida. Hubo uno que otro descalabrado. Nadie murió.

 

Aquella lejana cuadra, hoy pavimentada y con renovados habitantes, a veces aparece en mis sueños, con tropeles de fútbol callejero y juegos de canicas y “pelota envenenada”. Los barquitos de papel ya no naufragan en los rápidos, tras las lluvias abundantes que formaban Niágaras en los entejados. Y, como en un tango, “todo, todo ya se fue”. No es hora de regresos. Con el recuerdo basta.

 

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Álbum tanguero para un escritor

(Entre Nada, Ninguna y La última se fue formando una crónica)

 

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era la directora ejecutiva de una empresa de salud de Bogotá. Comenzó a escribirme porque le parecía que algunas de mis columnas de prensa tenían sabor y color local. Resultó que, después de variados intercambios epistolares, me dijo que le celebraría en su casa los cincuenta años al escritor William Ospina y el homenaje consistiría en un regalo de dos discos con una selección de tangos.

 

Se llamaba Victoria Eugenia Zuluaga, una señora antioqueña, culta y de buen trato. “Ve, a vos que te gusta el tango”, me dijo un día, “por qué no me ayudás a seleccionar unos para William (Ospina)”. Tenía la idea de los dos discos, con cancionero y diccionario de lunfardo incluidos. Yo le mandaba, a veces, escritos de tango, como un artículo de la uruguaya Rosalba Oxandabarat sobre los hinchas de Gardel y los antigardelianos. “Hola, mi Rei: qué tan posta el texto de la Rosalba, te cuento que uno de los tangos que más me gusta es La última. La letra es de Julio Camilloni y la música de Antonio Blanco, tango de 1957”, me contestó en un correo electrónico el 2 de febrero de 2004. Y se dejó venir con toda la letra: “No me importa tu pasado ni soy quién para juzgarte porque anduve a sopapos con la vida yo también”. Y así. Esa vez, aprovechando la ocasión, me dijo que ya tenía muy adelantada la selección para los “50 de William”.

 

Me anunció en la misiva virtual que incluiría los que, de Roberto Goyeneche, yo le había insinuado: Gricel, Naranjo en flor, Canción desesperada y Cada día te extraño más. Valga decir que en la escogencia también participaban el tiplista David Puerta y el poeta Darío Jaramillo Agudelo. A propósito de La última, le escribí una nota a la señora que, por lo demás, había tenido la idea original y la producción ejecutiva del homenaje tanguero al autor de Es tarde para el hombre.

 

El martes 3 de febrero de 2004, le envié este correo: “Mirá pebeta de mi cuadra que eso de la fiesta conmemorativa, con tangos y cancionero, sí que está bacana. Ve, tengo un hermano que una vez se fue a un bar de tango y pidió Uno, y, claro, le pusieron cualquiera. Y luego, un poco desconcertado, dijo que quería oír Nada, y el cantinero, tan literal, nada le puso. Entonces si no es Nada, Ninguna. Que tampoco sonó. Y ya, en medio de la verraquera, solicitó La última, y se le dejaron venir con otra vaina. Total, no pudo escuchar lo que quería”.

 

Después, en el mismo mensaje, le conté una breve historia: “En Bello, tierra de mis pasiones altas y bajas, hay o había un señor gustador de tangos. Y creía que cantaba. Se sabía, para la interpretación, La última. Tenía un barcito y una noche le dijimos que nos la cantara. Empezó y el tipo se veía mal. Hacía grandes esfuerzos en las subidas y se puso morado. Creímos que el infarto estaba cerca. Bueno, en medio de las risas, lo bautizamos El Morado. Y así se le conoce en Bello entre los amantes del gotán…”.

 

La correspondencia continuó, casi toda referida al tango, a sus armonías, composiciones, letras… El 18 de febrero de 2004, cuando ya se acercaba el cumpleaños de Ospina (nació el 2 de marzo de 1954), y los discos estaban en producción, recibí un correo de David Puerta: “Siempre soy más inteligente diez minutos o diez días después de lo necesario. Me quedé pensando que, para un literato como William Ospina, hubiera sido apropiado el disco con los cincuenta tangos que se mencionan de manera explícita e implícita en Aire de tango, de Mejía Vallejo. Ya no me atrevo a proponer el cambio porque mi prima Vicky, que ya tiene hasta el cancionero con el primer listado que hice, me convertiría en ‘amurado sexual…”.

 

El intercambio prosiguió, con referencia al tango, a novelas y cuentos en los que este género aparece, pasando por Cortázar, Benedetti, Borges, Onetti, en fin. Para Victoria Eugenia, Homero Expósito era autor de “los tangos más tristes del mundo —como Percal y Yuyo verde— (…) Ellos (los tangos) nos traen a la vez datos de nuestras propias zonas oscuras: las tristes, que se aceptan fácilmente, y las sensibleras, que casi nunca se aceptan para uno mismo. Pero ahí están. El que esté libre de pecado, que vaya a escuchar a Schönberg”.

 

A William Ospina, en sus cincuenta años, Victoria Eugenia, alias Vicky, le hizo una fiesta de no olvidar, con una asistencia de caricaturistas, pintores, escritores, músicos, poetas… No pude asistir y entonces hubo que contentarse con las fotos del festejo. El álbum de los “50 de William”, con 52 tangos, dos más de la cuenta, es una joya. Aparte de fotografías, cancionero y diccionario, la introducción, pensada por Vicky, tiene el siguiente título: “Entre e-milio y e-milio se fue formando el tango”, en la que incluye algunos correos de aquellos intercambios que siempre tenían, como trasfondo, la inevitable poesía del tango.

 

Entre los seleccionados, están La última grela, La última curda y, claro, La última: “Sos la última que llega a perfumar mi rincón / y esas gotas de rocío que no te dejan mirarme / me están diciendo a las claras que alcancé tu corazón”. Poco tiempo después, Victoria Eugenia Zuluaga se murió en Bogotá, quizá rememorando melancólicas melodías o imaginando saltos en una rayuela lejana, con cielos de un tango surreal.

 

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