Cuadra con manga y tendera bonita

(Recuerdo de un barrio con tejares, casas de maestros y un Júpiter mordedor)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El barrio uniforme, construido por el Instituto de Crédito Territorial, tenía una cuadra larga en la que estaban la tienda de doña Leticia, la casa del director de una escuela, otra donde había un perro peludo llamado Júpiter, la de un muchacho que imitaba muy bien el dialecto costeño y la de un negrito al que apodaban Gurre. Era asfaltada y por ahí pasaban los buses. Más allá, se extendía la de los maestros, al frente de una inmensa manga, la del Carmen, en la que había una escuelita.

 

Los entejados de asbesto (después se descubrió que es un material cancerígeno) y las paredes de ladrillos bien pulidos, pintados, le daban al barrio un aspecto de limpieza y orden. Más allá, comenzaban los cañadulzales, había tejares y si se continuaba caminando, se podía topar con los charcos de quebradas como El Hato. Había una frontera entre lo campestre y lo urbano. Unas lindes con mangos y ciruelos y naranjos. Y hacia el noroccidente, un barrio de calles sin asfalto, Pénjamo, que luego supimos que era de gente pesada y de carácter cerrero. Había en él huraños que, se decía, manejaban bien el puñal. Por allá íbamos poco. Aunque lo atravesábamos para ir a los charcos y exuberantes mangas de La Taza.

 

El Carmelo, así se llamaba (todavía ese es su nombre), era entonces un barrio nuevo, junto a los filtros del acueducto (que jamás funcionaban) y unas fincas, como las del padre Agudelo. Limitaba con La Antigua, donde estaba el convento de Las Clarisas, y con Briceño, un barrio alargado y con casas de teja española y ventanales de madera.

 

En ciertas noches, íbamos los que en casa no teníamos la televisora, a otras, sobre todo a mirar “Dimensión desconocida” y “Lassie”. A veces cobraban la entrada a diez centavos. Lo más atractivo de aquella cuadra, además de la señora bonita de la tienda, era una muchacha de nombre extraño: Rebeca, la hija del director de una céntrica escuelita a la que íbamos los domingos a ver por la televisión las carreras de caballo y no sé qué otro programa de la tarde.

 

Imagen relacionada

 

En la manga cercana, la de la escuela del Carmen, jugábamos partidazos. Recuerdo a Nené y a Dinamita, a Negrumina y Gonzalito, y a uno, creo que le decían Rigo, que no jugaba bien, pero que, además de balón, tenía un rifle de copas. Durante la semana, incluidos sábados y domingos, la cancha se llenaba de nosotros, de gritos y golazos. Aquellas jornadas de juego incansable, a veces era con balones de vejiga y tripa, otras con pelotas de caucho, en todo caso, eran una fiesta. Se jugaba de pantalón cortito, tenis escolares y muchas ganas. En la cuadra frente a la manga, vivió uno que fue mi profesor en tercero de primaria, don Alfonso Monsalve, al que apodábamos el Cucho.

 

Resultado de imagen para deportivo independiente medellin 1964

El DIM a principios de la década del 60

 

Aparte de aquellos partidos de gloria, había incursiones a fincas para el asalto frutal. No siempre era una acción limpia y sin obstáculos. Porque no faltaban los mayordomos que salían, escopeta en mano, a impedir la intentona de la intrépida escuadra infantil. O soltaban perros bravos, como pasaba en otras propiedades más lejanas del barrio, como Salento y la de los Muelas. Me marcó, quizá, aquella cuadra, porque, habitando en ella, sucedió la primera vez que fui al estadio de fútbol en Medellín. Era un largo paseo de domingo, a veces a pie, otras en bus, para apreciar partidos que eran como una parte de la fantasía. Y de aquellos jubilosos días me quedaron sonando jugadores como Ramacciotti, Fito Ávila, José Vicente Grecco y el Canocho Echeverri. Por esos tiempos vi un partido de excepción cuando el DIM le ganó 6-1 a Millonarios. Tres goles de John Jaramillo, uno de ellos de taquito.

 

En aquella cuadra, y más que en ella, en el barrio, comencé a no ir a clases. Las cambiaba por idas a los tejares a ver confeccionar ladrillos y tejas, o por caminadas con fines de hurto de mangos e inmersiones en charcos. Una vez, en una “mamada” o “capada” de clase, sin culpa descalabré a un compañero. Estábamos apedreando un árbol de mangos y el muchacho se atravesó en la trayectoria. Sangró a montones. Su mamá, tras enterarse, fue a mi casa a “poner la queja”. Y un grupo de vecinos, incluido en él mi papá, se sumó a la búsqueda del agresor (habían difundido la versión de que había sido en una pelea). Me interné por los cañaverales hasta que, al atardecer, me di por vencido.

 

El retorno a casa fue muy comentado en el vecindario. Papá pagó los gastos médicos del lapidado compañero. Y quedaron en evidencia mi mala puntería y mi “faltadera” a la escuela… Ah, Júpiter, que ya me había perseguido varias veces cuando me desplazaba a la manga futbolera, un día me cazó y mordió una pierna. La dentellada no impidió que jugara, pero me quedó una especie de amargor por la agresión del perro. Siguió acosándome con sus ladridos y correndillas.

 

Resultado de imagen para barrio que fuiste y seras spitaletta

 

El tal Rigo, que era malísimo para el fútbol —lo salvaba que era dueño de un balón— un día decidió que, por mis burlas a su condición de limitado con la pelota, me iba a disparar con su arma mata-pájaros. Nunca acertó, pero era una amenaza latente, porque qué tal un copazo en un ojo. En aquella cuadra y barrio no duramos ni un año. Hubo mudanza. Y atrás quedaron Elkin, Hernán, Rebeca, doña Leticia y su tienda, los goles de potrero y las excursiones a fincas y tejares. También las noches de tv en una sala de vecindario y las burlas a una viejita, Carola, que tenía un enorme solar con ciruelos y la muchachada, además de robar sus frutos, le gritaba ofensas a la anciana, que respondía con uno que otro risible hijueputazo.

 

Aventura con leche en polvo

Una noche, varios pelados de aquella cuadra-barrio, nos metimos a la escuela del Carmen, tras forzar las puertas. Había apilados muchos bultos de leche en polvo. Abrimos varios y llenamos recipientes. En la huida, quedó un largo camino blanco en el piso. La pilatuna nos hizo durar la risa de estruendo por varios días. El Carmelo, de pronto, quedó atrás. Ahora es un recuerdo añejo, con olor a mangos y a barro cocido, con alaridos de gol y, en la distancia, la cara bonita de la tendera que flota en la memoria.

 

No supe más de Rebeca ni de su padre Francisco, el director de escuela. No volví a ver a la mayoría de muchachos de entonces. Parte de la infancia en El Carmelo se invirtió en mangas y quebradas. A veces, me llega la imagen de un viejo sordo que no sabe adónde ir en una ciudad que está inundada y a punto de desaparecer bajo las feroces aguas. Se oyen sirenas, pitos de carros y se ve gente corriendo. En una sala, los muchachos, sentados en el piso, respiran fuerte y un suspenso angustioso se desparrama al frente de una pantalla de televisor.

 

22-VIII-2019

 

Resultado de imagen para dimension desconocida serie años 60

La Dimensión Desconocida, una vieja serie de TV, que reunía a vecinos en las salas de las casas.

Anuncios

La cuadra del cementerio muerto

(Cuando los días aún tenían la imaginativa sencillez de la infancia)

 

Resultado de imagen para cementerio abandonado

“Quédate silenciosamente en esa soledad que no es abandono…”, decía Poe en su poema Los espíritus de los muertos.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Tenía una particularidad: no era una cuadra, sino tres. Tres en una. Muy cerca había un cementerio que, cuando llegamos a vivir por esos lugares, ya estaba en decadencia. Los entierros eran pocos, casi ninguno, y la “sacada” de restos, mucha. Había tumbas abandonadas y el deterioro se tragaba los pabellones. Había cruces caídas, nombres borrosos, lápidas quebradas… pero, en medio de aquella ruina, apareció para nosotros los muchachos del vecindario un espacio de juegos macabros.

 

Corretear por los dominios de las bóvedas, mirar huesos dispersos, toparse con la risa eterna de una calavera era parte de un ritual de atardeceres y, de vez en cuando, de la lúgubre noche en el viejo cementerio de Nazaret. Lindaba con una iglesia, la de la Preciosa Sangre, y con una escuela, del mismo nombre. Un día presenciamos la extracción de una momia, de pelo blanco muy largo, mientras el sepulturero (que cumplía una labor a la inversa) la macheteaba para dejarla lista y a la medida. Había que introducir los despojos a un cajoncito.

 

A las señoras de los alrededores les parecía insólito que un camposanto fuera asaltado (palabra de alguna de ellas) por pelados perniciosos (según varias de ellas) que solo estaban por profanar la paz de los difuntos. El cementerio en todo caso estaba más muerto que sus muertos y su aspecto triste era como un lamento de fantasmas. Mucho tiempo después leí un relato brevísimo de Ray Bradbury sobre un rumor, lamento tristón que surgía de las tumbas y se esparcía por la soledad dolorosa de un cementerio, y recordé aquellas jornadas de la breve infancia.

 

Resultado de imagen para iglesia preciosa sangre bello

Iglesia de la Preciosa Sangre, en Bello.

 

Hacia abajo, la calle 51 tenía un lado del cementerio, la iglesia, una escuela y, en otra esquina, la tienda de don Antonio. Hacia arriba, con casas grandes a lado y lado, en la que sobresalía la de los Llano, se interrumpía por un “burro” (aguas negras corrientes en medio de una manga) y volvía a conectarse con más casas. Por allí estaban los Villa, que jugaban bien a la pelota, y misia Toña, una señora de mucha edad (o así nos parecía, porque cuando se es un muchacho los que tienen 30 o 40 años ya son muy viejos. Ella tenía más) y hacia arriba de mi casa una muchacha a la que mamá y papá le decían la boca’emojarra.

 

Eran los muchachos de por ahí todos futboleros. O casi todos. Tenían por supuesto sobrenombres. Al frente de mi casa, que era alargada, con un pequeño recibidor a modo de antejardín sin matas, con solar que daba a un baldío, vivían Tonina, Jaimín y otro del que ya no recuerdo su apodo. Al lado de estos, Misaca, y más arriba Canana y el Pájaro. A uno, de la vuelta, le decíamos Lobatón (se llamaba Alfonso) y a otro, de más arriba, Cocho. También había uno de apellido Guisao y otro Múnera. Entonces éramos unos “culicagados” (trato muy familiar que utilizaban las tías) que oscilábamos entre los diez y los doce años. Los de más edad, no eran de nuestros afectos ni de la gallada.

 

Resultado de imagen para quebrada el hato Bello

El chorrolato (quebrada el Hato)

 

Abundaban en los alrededores canchas al natural. Junto a la quebrada del Hato, después de un rodadero, se llegaba a la Manga del Búcaro (así la bautizamos, porque había un enorme búcaro y un charco con el mismo nombre), donde hubo partidos históricos que no registró ninguna crónica ni constó en papel sellado alguno. Solo se quedaron en la frágil memoria, con sus gambetas, griterías, amagues de bronca y los goles. Había otras, en inmediaciones, con sus porterías de piedras y sus desniveles.

 

Eran los días en que había “robagallinas”, “saltamuros”, “brincatapias” y otras agilidades propias de ladrones domésticos; aunque también estábamos los que después de un picado íbamos a fincas cercanas, a asaltar palos de mango y naranja. La cuadra, en cuanto al suelo, era destapada. El pavimento llegaba hasta la iglesia, de ahí hacia arriba, gravilla y tierra. No era apta para ciclas y, menos aún, para jugar partidos callejeros. No se requería porque “estadios” era los que sobraban en derredor.

 

La cuadra prolongada tenía diferencias no tan sociales, pero sí. Por donde estaban los Llano habitaban los de cierta alcurnia, porque eran trabajadores de textileras o porque eran profesores, algunos, creo, de universidad. Los de más arriba, era una diversidad: estudiantes, obreros, amas de casa, modistas. En casa, de la que una vez tuve que escalar el muro del solar y lanzarme al exterior, en una fuga del cinturón materno, hubo un gato rubio que no sé de dónde llegó. Pasaba bueno porque no faltaban las ratas. Y también una perra criolla, ocasional, llamada Sultana. Era amarilla clara y tenía, además, otra casa, muy lejos de la nuestra. Se turnaba. Y a veces llegaba a medianoche y había que abrirle a las cinco o seis de la mañana para que tornara a su otro hogar.

 

Eran días de la Nueva Ola y —como lo supe después— de los Beatles. Una noche, en que había una velada en la escuela y para entrar había que pagar, varios nos atravesamos por el cementerio y nos colamos. Un cantante de vestuario colorido estaba interpretando a Mickey Mouse, sobre un tipo que tenía cara de ratón y se conquistaba a todas las chicas. Era una movida canción que daba ganas de bailar. Correteamos entre el público y luego nos salimos. Era solo por demostrar que nada se interponía ante una camada de muchachos que solían jugar con calaveras, tibias y peronés.

 

En aquella cuadra solo pasé un diciembre. Lo habitual eran los globos, que poblaban los cielos y en su caída todos íbamos a despedazarlos. No se usaban afuera ornamentos ni bombillitos. Los regalos de navidad, aparte de los tradicionales carros —de cuerda, de madera, de lata— y pistolas de plástico o de fuegos de artificio, eran los aviones y los balones de vejiga. Cuando habíamos acumulado quereres por aquel paisaje, nos marchamos a otro barrio.

Jugábamos a los fantasmas y a la resurrección de los muertos

Atrás quedó el cementerio, que tiempo después fue clausurado. Y el viento frío de las noches en que, entre bóvedas y cruces desmirriadas, jugábamos a los fantasmas y la resurrección de los muertos. Advinieron otras calles, otros muchachos, otras distracciones y no volvimos a saber de misiá Toña ni de aquellos pelados con los que cantamos goles y nos reíamos de la osamenta de aquella “ciudad de los acostados”. Éramos los inmortales.

 

Ah, don Antonio, el tendero, una vez se equivocó en la devuelta de un billete de cien y me dio más de la cuenta. Con esa “ganancia ocasional” compré un balón de cascos negros. No sé si su destino final fue el irse quebrada abajo o perecer, roto y descosido, tras partidos de casi todo el día y todos los días. En el cementerio no encontramos dientes de oro, pero sí prótesis plateadas. Sí, parece que aquella cuadra, alargada a la fuerza por los recuerdos, tenía su encanto.

 

Resultado de imagen para cementerio abandonado

Un cementerio abandonado.

 

 

 

 

 

Casa de paredes sin revocar

(Crónica con hostias inconclusas, un globo negro y un muchacho muerto)

 

Resultado de imagen para pared cubista

En las casas de infancia había muros sin repellar

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

El globo negro cayó en el solar de la casa, donde había gallinero, unos cuantos arbustos de higuerilla, un mango y un sembradito de cebollas. Fue un 25 de diciembre. Los de la casa, padres y hermanos, lo tomamos con complacencia y me parece, muy a la distancia de una memoria con recovecos y claroscuros, se lo dimos a unos muchachos de la cuadra para que procedieran a reutilizarlo en un nuevo vuelo que seguro atravesaría los filtros del acueducto, iría hacia la vereda Potrerito, pasaría por encima de tejares y ladrilleras y tal vez cayera cerca de un charco de la quebrada El Hato. No recuerdo qué sucedió con el extraño globo, digo raro por el color, en un tiempo en que el papel de seda abundaba en rojos, amarillos, azules, violetas y verdes. También se confeccionaban globos blancos, pero no eran muy usuales.

 

 

La otra situación descollante la revestía un hecho especial: que se trataba del día de mi primera comunión. De una falsa —o inconclusa— comunión, porque llegamos tarde a la ceremonia y ya, en la Iglesia del Carmen, el cura había repartido las hostias rituales. Llegué justo al desayuno que la parroquia había organizado para los muchachos comulgantes primíparos. Lo amenizó una banda musical. Era mi casa de entonces, en un sector que el pópulo denominaba La Cachera (había cerca una fábrica de artículos de cachos de res, como peines, valeros, barcos, colgadores y otros artefactos), una especie de gran construcción con antejardín, antesala y sala, piezas en galería, una habitación para el servicio, y además de comedor aparte y patio, el mencionado solar era una prolongación del campo en la ciudad. Estaban las paredes en obra negra. Y, con todo, a uno le parecía una casona muy elegante y distinguida.

 

Resultado de imagen para globos negros ecologicos medellin

 

Pese a la extemporaneidad para llegar a la iglesia y la imposibilidad de tener en la lengua la primera hostia consagrada, mamá me llevó a los estudios fotográficos (se llamaba Foto Luzart) y con un cirio torcido por el calor de mi mano, un vestido café con leche (la foto era en blanco y negro), corbatín, camisa blanca, un listón de seda con ornamentos dorados en el brazo izquierdo, y, junto a un niño Jesús de bulto, me hizo tomar la fotografía que luego colgó de una pared desnuda.

 

Muy cerca de esta casa, que como en un valsecito argentino tenía una reja (¿pintada con quejas…?), había una escuela de niñas (la Rosalía Suárez), en la que, a veces, los domingos, íbamos a ver a las muchachas jugar basquetbol y a pasearnos por unos corredores desolados, con los salones en silencio y el quiosco del patio cerrado. Y más allá, detrás de la escuela de ladrillos y tejas, una manga en la que, además de servir de cancha de fútbol, la gente arrojaba basuras, en un tiempo en que la higiene no era parte de la convivencia ni de la vida cotidiana de la población.

 

Resultado de imagen para barcos de cuerno

 

La casa, un primer piso —no recuerdo a los vecinos del segundo— lindaba con otra muy grande, en la que habitaba un señor moreno, muy alto, con hijos iguales de morenos y de altos. Al otro costado, con una tienda, la de don Froilán, a la que mamá pasaba con frecuencia a comprar granos, parva y panela. De los muchachos cercanos me sonaba uno que le decían Madre y otro, Bernardo, un pelado que no sé cómo fue que murió, pero, al ver su ataúd abierto en la sala de su casa, que era diagonal a la mía, tenía los ojos amoratados y un rictus mortal que de seguro fueron el motivo de mi estremecimiento con risa agregada que me hizo salir muy rápido del velorio al que había entrado, quizá como otros muchachos, por curiosidad y novelería. Creo que fue el primer muerto que vi y había en él una suerte de pesar porque no había podido crecer. Lo que sí recuerdo haber escuchado, y eso que se dijo en baja voz, como en secreto, es que a Bernardo lo habían matado.

 

Resultado de imagen para enmascarado de plata

Santo el enmascarado de plata

En casa, porque más bien poco salíamos a la calle, aunque sí de vez en cuando íbamos a la parte de atrás de la escuelita a ver jugar al fútbol a pelados más grandes que nosotros, es decir, que mi hermano y yo, porque los otros dos sí que eran unas chingas, casi puro bebé, y a observar los entrenamientos de unos tipos que a veces se ponían máscaras, como los luchadores mexicanos (lo sabía porque ya había ido a ver cine matinal con el Santo, Neutrón y otros), y hacían demostraciones de habilidad, patadas voladoras, enganches, llaves, retorcimientos… Estaban vestidos de trusas brillantes y a veces parecían quedarse suspendidos en el aire.

 

Resultado de imagen para aviones de juguete super constellation

La casa, alquilada —su dueño se llamaba “don Manuel” (así era el trato de mamá con el señor de frente amplia y ojos de mirar escrutador, que a veces entrecerraba como si la luz lo molestara)— fue pista de carreras de carros que tenían pilotos con la cabeza afuera y que, al desplazarse, salía y entraba, de arriba abajo y de abajo a arriba, y uno no podía entender cómo era que unos volantes de tanta alcurnia pudieran, con ese extraño modo de manejar, mantener la dirección del auto que para uno era de verdad y no de juguete. Igual, por el largo corredor se pasearon camiones de madera y latón, un avión Super Constellation, y otros adminículos que nos acrecentaron la imaginación.

 

Mamá tenía en el solar gallinas saraviadas, rojizas, amarilliquemadas, que tenían nombres (a veces era ella la del bautismo, a veces mi hermano Rodolfo) como Rinita, Cenicienta, Blancanieves, Simona y no sé cuántos más. No eran muchas, tal vez ocho o nueve, y todas terminaron sus días en la olla en comidas de ocasión. En aquella misma espacialidad solariega, un día mamá, tras una rabia súbita, tomó una rueda metálica y se la lanzó a Richard, nuestro hermano menor, no sé por qué asunto o despropósito, y le coronó la cabeza. El muchacho sangró y ella no cabía luego en pesares y arrepentimientos, al tiempo que le practicaba curaciones con tópicos y esparadrapos.

 

De la nada  aparecieron dos muchachos con cuchillo en mano

 

Una vez, no sé si era ya diciembre, salí con mi hermano Rodolfo a una caminada hacia Potrerito, una vereda con fincas frutales, en particular con mangos, naranjos y ciruelos. Llevábamos cachuchas nuevas. Y no sé en qué momento, de la nada, aparecieron dos muchachos, uno con cuchillo en mano, el otro con navaja, que, tras amenazar e insultar, nos robaron los tocados y corrieron esparciendo risas en su fuga, como si se tratara de piratas de barrio, contentos porque iban cargados con su botín. Uno de ellos era Madre.

 

No sé cuánto duró en casa la presencia de Rosa, una muchacha que iba a ayudar a mamá en los oficios domésticos. Creo que procedía de un pueblo con tren. Era blanca y bonita y uno la veía como una extraña que amanecía entre nosotros y los fines de semana se iba tal vez donde sus padres y dejaba un vacío. Ya nos estábamos acostumbrando a la sazón de sus comidas, a su cantarina voz, a la manera de poner la mesa y tender las camas, cuando se marchó del todo.

 

Quizá vivimos un año en aquella casa de ladrillos y pisos entreverados entre cemento y baldosas, con mañanas cantadas por pájaros de solar y por gallinas que cacareaban sus huevos. El globo negro no presagió ninguna tragedia y me quedé con las ganas de saber a qué sabían las hostias de la parroquia. Después de eso, nunca comulgué ni me preocuparon más los ojos amoratados de aquel muchacho muerto.

 

(20-vi-2019)

 

Resultado de imagen para georges braque cubismo

Obra de Georges Braque

 

 

 

 

 

Cuadra de trenes y pistoleros del Oeste

(Un recuerdo de infancia con obreros y una maestra rubia)

 

Viejo caserón del barrio Manchester

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La infancia no era todavía una escala de la conciencia, ni un tiempo pasado hospedado en la memoria, ni, como suele ser, el mejor momento —el más luminoso y quizá feliz— de la vida. Era una fugacidad de la que uno carecía de noción. Se estaba sin tiempo. Y sin estar. No había pasado. Ni futuro. Y no había forma de saber o intuir que todo era presente. Era una calle de casas con aleros, algunas sin repellar, el color ladrillo infiltrándose en uno, sin darnos cuenta. Solo sé que en esa cuadra, y en esa casona —caserón de tejas—, dos plantas, ventanas de madera muy grandes, piso de tabla, en la que en ciertas noches de pesadilla uno sentía pasos de fantasmas y tintineo de monedas cayendo por la chimenea, fui por primera vez a la escuela.

 

Calle ancha y sembrada de otras casas de dos o tres pisos, también entejadas y con balcones con piso y barrotes de madera. Un café en el que los señores de la fábrica (uno los veía muy viejos y altos) entraban y se quedaban oyendo músicas de un aparato luminoso y sentados a las mesas con vasos y botellas. Más allá, estaba el tren. El pito descomunal siempre llegaba temprano a los oídos y era una manera de saber que pronto había que levantarse para irse a estudiar a una escuela que, si bien no estaba a más de diez cuadras, a uno le parecía de una lejanía inmedible.

 

Lo más atrayente de aquella cuadra era su terminación insólita: una esquina en la que se juntaban los muros de una fábrica enorme cuyas chimeneas humeaban día y noche, y la estación del tren, que olía a aceites, a hierros recalentados y a pasajeros. A veces, no recuerdo ya si era por las mañanas del fin de semana, o en las tardes de cualquier día, íbamos a mirar a los oficinistas de la estación, creo que tenían cachucha de cuero y hablaban por teléfono. Había postes con cables y rieles. Parados se veían vagones, y más allá, donde se bifurcaban y trifurcaban las carrileras, se levantaba la mole de los talleres del ferrocarril que esparcía ruidos de máquinas y olores de breas y resinas.

 

Resultado de imagen para vieja estacion ferrocarril de bello

Estación del ferrocarril en Bello

 

Había cerca de la estación un puente de hierro plateado y de estructuras elevadas. De vez en cuando, como en un desafío, una temeridad, o no sé qué, para uno entonces no había medidas de las emociones ni se sabía de miedos atávicos, atravesábamos caminando los durmientes por entre cuyos espacios se veía pasar las aguas turbias y turbulentas de una quebrada. A los lados crecían unos arbustos y ramajes con flores amarillas. Me parece que entonces no requeríamos juguetes y no recuerdo haber jugado a la pelota en aquella calle en la que siempre había alguna referencia al tren y a la fábrica, fuera en su cielo o en sus aceras, en sus paredes o en sus entejados.

 

La primera vez que fui desde aquella casa de ventanas verde cogollo, blanqueada a la cal y con portones de aldabas y cerrojos, a la céntrica escuela de enorme patio y amplios salones, tuve que correr como un desaforado por otras aceras, a veces por las calles más bien desoladas, porque me había retrasado. No sé si mamá no se despertó a tiempo, no sé si un reloj que todas las noches molestaba con su tictac entre sordo y como de máquina en desajuste, no sonó. Lo que hubiera sido, me hizo correr como un muchacho sin cordura, con una valija de cuero imitación caimán con cuadernos, lápices, sacapuntas y no sé qué otros utensilios. Cuando con la respiración entrecortada entré al concurrido salón, en el que ya habían comenzado las clases con una profesora rubia y zarca, llamada doña Rosa Bother de Muñoz (el primer apellido no lo pronunciábamos ni ella lo usaba), que estaba recitando no sé qué fábula de Pombo, o pudo haber estado entonando alguna oración celestial, los muchachitos se quedaron impávidos al verme entrar como un bólido o como un muñeco de cómic, con desesperos y esperando quizá un regaño delante todo el mundo.

 

Aquella cuadra, en la que también habitaba Correa, un pelado larguirucho y con el cual fui por primera vez al cine, junto con el papá de él, don Alfonso, que nos compró confites y no recuerdo cuáles otras golosinas, tenía en ciertas noches juegos al que llamábamos la “función” y era como una recreación de las peripecias del Oeste cinematográfico. Se usaban sombreros y caballos de palo, con pistolas de artificio o de madera. Unos muchachos hacían de indios, con flechas y arcos de ramitas; otros, de matones con rifles de imaginación y gritos intimidatorios de combate.

 

Resultado de imagen para barrio manchester bello estacion ferrocarril

Antiguos talleres del ferrocarril en Bello

 

Fue breve mi estancia en aquella cuadra de locomotoras y pitos de fábrica. No sé si fueron seis meses, tal vez más. Lo más impresionante, o el registro que se quedó con más ahínco en la memoria y causa en aquel momento de extravío y conmoción del vecindario, resultó cuando mi hermano menor, que tenía si acaso tres años, no estaba ya en la casa y mamá se regó con su voz delgada, con la misma que en otras ocasiones cantaba con belleza sin par canciones de escuelas y una que otra aria de zarzuela (según supe después), como enloquecida porque se había perdido “el niño”. Y la noticia se regó entre señoras y señores, entre muchachos y muchachas, y no sé por qué salimos todos los de la cuadra hacia la estación. Y en efecto, cuando ya estaba a punto de partir el tren de pasajeros rumbo a Cisneros y otras poblaciones, no sé quién lo vio adentro y hubo revuelo, todos ascendimos al vagón y Richard, así era y es su nombre, tornó a casa con mamá cantando otra vez tonadas de alegría y con uno que otro lagrimón rodante.

Pasó el tren y no volvió. Pasaron los obreros envejecidos.

Aquella cuadra fugaz, de la que se quedaron para siempre en el recuerdo los ladrillos y unas músicas que sonaban en una máquina de fosforescencias (luego supe que eran tangos), como los disparos de fantasía que hacíamos indios y pistoleros de película, pasó. No había tiempo y si hubo relojes, como aquel que no quiso despertar para hacerme llegar tarde el primer día de clase en una escuela pública, no éramos conscientes de que todo pasa. Pasó el tren. Pasaron los obreros envejecidos. Se murieron las flores amarillas y el caserón de tejas lo tumbaron muchos años después.

 

Lo que más viene a la memoria, bueno, digo que me parece que sucede en sueños, son aquellos tintines de metal en la cocina y unos pasos en la oscuridad que se van acercando a mi cama hasta sentir —sin poder gritar ni siquiera poder moverme—, una terrífica fantasmagoría que respira con agitaciones sobre mi cara de niño intempestivo a quien el tiempo se tragó sin sacudirlo.

 

(Nota con obviedad: Es lo que recuerdo, no lo que era aquella calle)

 

Resultado de imagen para vieja locomotora

Vieja locomotora, óleo de Rafael Rubio.

La aurinegra de aquel “potrero” de infancia

 

Resultado de imagen para peñarol camiseta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Creo que la vi por primera vez en la manga[1] que había detrás de la escuela Rosalía Suárez. Desde un barranco, no muy alto pero que daba buena divisa, miraba a los muchachos un poco más grandes que yo que jugaban a la pelota, con porterías de piedra y unos sin camisa; los otros, los rivales, con revoltura de colorines en el “uniforme”. Uno tenía una camiseta amarilla de rayas negras verticales. Se destacaba no solo por su atuendo sino por los esguinces y me parece que, tras cada uno de esos dribles, al dejar regados a sus rivales, se reía. Vestía, como lo supe después, la camiseta del Peñarol, un equipo uruguayo que por entonces era muy mentado debido a sus conquistas en la Copa Libertadores de América. Lo sabíamos –lo del nombre y los triunfos— por las noticias que brotaban por un radio Philips cuya usuaria y oyente principal era mamá.

 

Son de esas cosas que uno no comprende de inmediato y tal vez nunca. No sabía cuál era el encanto de esa casaca que lucía el “perreador” de baldío de barrio que en cualquier caso era un gozón, se divertía con sus compañeros y no había en él burla sobre los rivales aparte de gambetearlos con facilidad y, por qué no, con una suerte de fantasía o prodigio que me dejaba alelado. Se reía sin ofender porque se sabía dueño de una facultad. No supe de dónde me venía aquel obnubilamiento por los colores y diseño de la camiseta que pudo ser de popelina o de coleta, nunca se supo, pero que al muchacho le iba bien. Días después, y en otra manga, una que quedaba cerca del “árbol de los gallinazos”, en rigor, un piñón de oreja, por el que muchas veces tuve que pasar de mañanita para ir a la escuela, vi a otro jugador con la aurinegra, que entonces no sabía el término ni tampoco que se trataba de los colores del Peñarol de Montevideo.

 

Me fui volviendo hincha, una designación que tampoco era de uso en aquellos días de descubrimientos, del equipo al que luego supe que lo llamaban los mirasoles y los carboneros. ¡Quería tener una camiseta como esa! Pasó el tiempo, muchos partiditos en potreros, en baldíos, muy cerca de quebradas, en la calle, y nada. Luego, también por injerencia de la radio y de vez en cuando de lecturas de ocasión o mejor de hojeadas de periódicos, se me fue pasando el gusto hacia el Independiente de Avellaneda, y todo también relacionado con la Copa Libertadores. Un día le dije a mamá que me consiguiera una camiseta y con los colores escolares le pinté en una hoja de cuaderno la del Peñarol, o, digamos una aproximación, un mamarracho simpático que daba cuenta en todo caso de mi obsesión. “Vamos a ver”, dijo. Y el asunto se olvidó. Bueno, no del todo. Yo seguía con mis ganas y ansiedades.

 

Ella, que tenía una máquina de coser Wheeler & Wilson, que rompía agujas y se enredaba a cada momento, un día compró varios kilos de retazos y entre la miscelánea llegó una tela amarilla. Cortó la camiseta y me la hizo, pero sin las rayas negras. El desconsuelo fue mayor. Pensé que hubiera sido más reparador si no hubiera hecho nada. Era una camisetica desmirriada, sin gracia, de tela ordinaria, a la que no le hice ninguna fiesta y más bien la dejé olvidada sin esperanzas de lucirla en ninguna faena de pelota. De súbito tuve la idea de pintarle listones negros, pero abandoné de inmediato la improvisación y la camiseta en los guardarropas se envejeció y no supe o no me acuerdo cuál fue su final. Nada raro que se hubiera utilizado para limpiar el poyo de la cocina.

 

No hay descripción de la foto disponible.

La locomotora Rocket, de George Stephenson, su inventor.

 

Más tarde, cuando empecé a escuchar comentaristas de fútbol de afuera, supe que el Peñarol tenía esa camiseta por los colores de una locomotora Rocket, inglesa, que estaba pintada de amarillo y negro. El equipo estaba asociado a los ferrocarrileros. No sé cuánto tiempo pasó y me olvidé de la casaca uruguaya, es más, me estaba gustando más la del Independiente de la industrial Avellaneda. Pero en la adolescencia, cuando entré a un equipo de ascenso, patrocinado por una empresa de calzado, el empresario decidió que debíamos jugar con la aurinegra, la del Peñarol, y entonces recordé los días en que mamá no pudo confeccionarme una parecida y a los muchachos que jamás volví a ver, que la lucían en aquellos cotejos sin pretensiones en mangas que ya no son. Tampoco existe el descomunal piñón ni sus “goleros”. Y en esa zona, todo está sembrado de casas y edificios de desconsolado diseño.

 

En el Peñarol, que ya poco me dice, jugaron Obdulio Varela, Juan Alberto Schiaffino y Alcides Ghiggia, figuras heroicas del Maracanazo. El piñón de oreja, con sus gallinazos mañaneros y del atardecer, es cada vez un recuerdo más borroso y la escuelita ya no está. A veces, no sé por qué, siento una vibración interior cuando me llega de improviso la imagen de una camiseta amarillinegra, la misma que tenía puesta cuando en el equipo de la empresa de calzado marqué un gol de chilena, que de nada sirvió porque no clasificamos a la final.

 

 

11-V-2019

[1] Manga, en algunas partes de Colombia, se denomina a los solares, baldíos o canchas naturales para jugar a la pelota. Especie de potrero.

 

Resultado de imagen para obdulio varela peñarol

Obdulio Varela, histórico jugador del Peñarol y la selección uruguaya.

Cuadra de silencios y otras soledades

(Crónica con guayacán, consulta externa y pájaros alborotadores)

 

Antes hubo caserones que se convirtieron en parqueaderos y pequeños edificios.

 

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

¿Qué es esta cuadra? Si la comparo con aquellas de un remoto pasado, ahora durmientes en una inestable memoria con la propiedad —o quizá defecto— de poner bonito lo que era feo, de pintar de colores lo que ni siquiera tenía pintura, es apenas una soledad sin esquinas. Porque las esquinas, digo las de antes, las forjaban los muchachos sentados, o contra la pared, o de pies con una pierna en la acera y la otra en el pavimento, y tenían algún bar en el que jamás faltaron tangos. Y no había soledades. Al menos en uno. Porque, ya se sabe, la soledad es una manera de estar cuando los años te han enseñado a contemplar la vida y a aprender, con un poeta del Siglo de Oro, que “a mis soledades voy, de mis soledades vengo”. Y entonces ¿qué es esta cuadra?

 

Ahora, como vivo más hacia el adentro, la cuadra no está en el coto de mis jerarquías. ¿Cómo decían antes? Ah, sí, o de mis prioridades. No es como, por ejemplo, aquella de la carrera cincuenta, un camino hacia el infinito morro Quitasol, delimitada por una esquina en la que, en una casa de plancha, habitaba la muchacha más pretenciosa (así decía papá) que ni siquiera alzaba a mirar a nadie, menos a nosotros, a los que habían afamado (o difamado) las señoras, en particular doña Marta la de la tienda, como patanes, perniciosos, vagos y nada temerosos de dios ni del diablo. Y en la otra casa, con tejado español, una familia que, según las apariencias, había venido del campo.

 

En la otra esquina (así decían en boxeo) estaba, de un lado, el bar Florida, y, del otro, en el primer piso, una tienda de un tipo al que llamábamos el Llanero y, en el segundo, el habitáculo de una doña a la que no sé por qué le teníamos el sobrenombre de La Perra, habitante de una casa sin repellar y con tejas de asbesto. Y dentro de esos límites, había obreros de fábrica, muchachas bonitas, un señor que andaba con suavidad, la otra tienda, un solar tapado con una paredilla de ladrillos, en fin, que también habitó por allí una dama de trajes negros, muy nocturna ella, y sus hijos cuyo padre era el dueño de un circo.

 

 

Era una cuadra de fútbol, aunque este más que en el espacio sin asfalto, con calle que se embadurnaba de pantano tras las lluvias, lo practicábamos en la plazuela, ahí no más, en la cuadra siguiente. Entonces, para mayor precisión, era de futbolistas que tenían que jugar en la otra esquina. El listado es largo y no hace falta publicar la alineación.

 

Pero, esta cuadra de ahora, en la que habito hace nueve años, es un modo de la soledad. O de las ausencias. Al frente, y lo veo por el ventanal de la sala, hay un parqueadero, que alguna vez quiso ser un pequeño parque con bancas y jardín, rodeado de mallas. A veces, bueno, o casi todos los días, (la veo desde la ventana) llega una señora rubia con carro oscuro, abre las puertas batientes y va al edificio de enseguida, donde, supongo, en el segundo piso, habita su mamá. Ahí, por la acera que está al frente, se yergue un guayacán amarillo, al que arriman pájaros diversos, algunos estrambóticos y de otros mapas, con picos curvos, garras y muy bien emplumados. Hay meses en que sus hojas tapizan no solo el parqueadero de piso de cemento burdo y las aceras, sino la calle. Sucede igual, en otros momentos, con sus flores amarillas.

 

Después del edificio de ladrillo a la vista, hay una casa en la que ya no vive nadie en ella, aunque de día hay una fotocopiadora y cuelgan de una pared coloridos pendones con precios y servicios. Y hacia abajo, con antejardines en los que también hay laureles y crotos, una casa de dos pisos con una barbería en el primero; luego en casa grande y vetusta, una arepería, a la que se le pega otro caserón en el que hay una fábrica de pulpas de frutas. Y en la esquina, sí, en esa casa blanca con rejas, que fue inspección de permanencia, ya no vive nadie.

 

De este lado, o sea, en la misma acera de mi casa, que afuera, en el antejardín tiene un jazmín de noche (reemplazó a un viejo carbonero que murió de pie), una estrella de oriente y un limonero, hay una casa de dos pisos con balcón al que casi no se asoma nadie. En sus afueras crece una araucaria. Luego, en lo que hace años fue un enorme caserón, hay una institución de salud, solo de consulta externa y laboratorio, que, a continuación, en otro gigantesco lote (nunca vi qué casa hubo allí, pero por lo menos mide ochocientos metros cuadrados) tiene el parqueadero privado. Y sigue un edificio de tres pisos, más bien anodino y sin ninguna distinción. Después, una torre de veinte pisos, que puede ser una de las más feas de la ciudad, se eleva sin dignidad arquitectónica alguna, con apartaestudios y en los bajos una tienda de autoservicio. Termina esta parte de la cuadra con abundante casona en la que funciona un centro de rehabilitación de drogadictos.

 

Esta cuadra ancha, con aceras y antejardines, con árboles y arbustos, con uno que otro geranio y matas que llaman de la felicidad, está en el día atiborrada de autos y otros vehículos estacionados, aparte de los que discurren siempre hacia arriba, rumbo a los barrios altos. Es, hasta más o menos las siete de la noche, una cuadra con movimiento y traqueteo de motores. Por la mañana, si uno atisba por el ventanal, verá siempre, sin falta, excepto los domingos, peregrinos a granel que van buscando el centro de la ciudad, a pasos raudos, como si fueran a llegar tarde al trabajo o al estudio.

 

Árboles, ladrillo, asfalto. Una cuadra es más  que estos elementos. Foto Spitaletta

 

Por la noche, hay una transformación. La cuadra se aquieta en una soledad silenciosa. Una noche, como a las diez, escuché unos gritos. Eran los de un muchacho de a pie al que querían asaltar los de una motocicleta. “¡Me van a atracar!”. Me asomé a la ventana y prorrumpí en un “¡hey!, ¡qué pasa! ¡Ladrones!” El muchacho forcejeaba. No se dejó asaltar. Los rateros, como sorprendidos, emprendieron la fuga a los gritos de “¡gonorrea!”. El parrillero intentó tapar la placa con su mano. En los últimos tiempos, pasan mujeres y hombres rubios y muy blancos, sin duda extranjeros, y de vez en cuando monjas de hábito claro y un tipo moreno, barbado, con túnica a lo apóstol, roja y azul celeste, andando en sandalias.

 

En la esquina de arriba, diagonal al guayacán, y en la acera de mi casa, que voltea en su prolongación por la otra calle, hay un poste con una cámara de seguridad y el respectivo aviso: “Zona vigilada 24 horas”. Por las mañanas, se escuchan, cómo no, cánticos de diversos pájaros. Al atardecer suena la gritería de loros. Los martes y los viernes, por las noches, desfilan indigentes que abren las bolsas de basuras, las riegan en muchas oportunidades, se llevan el reciclaje y se encuentran sin saludarse. Hay un hombre, con dulceabrigo rojo, que en el día cuida y organiza los carros y motocicletas que llegan al servicio de salud. En un tiempo, olía en las mañanas a papas, buñuelos y empanadas de una cafetería que ya cerraron.

 

Si no fuera por los guayacanes (hay tres), los laureles y el frondoso arbusto galán de la noche (así también le dicen, aunque todavía no perfuma), sería una cuadra sin gracia alguna. Si quieren saber cuáles son los sonidos del silencio, pueden pasar un domingo después de las ocho de la noche. Es una cuadra para los que ya vivimos más hacia adentro que hacia el exterior. No hay niños y hace poco murió el vecino del primer piso, un ingeniero geólogo de pocas palabras y con apariencia de no querer seguir viviendo. No hubo aviso funerario y no sé dónde fueron las honras fúnebres.

 

Todavía por esta cuadra se escucha el pregón del mazamorrero y los alborotos de un carrito de helados con altoparlante. Pasa, antes del mediodía, de lunes a sábado, la señora que anuncia tamales a tres mil. Y dos veces a la semana, a mi puerta toca Aurora, una viejecita de bastón que vende inciensos y confites.

 

Guayacán y silueta de edificio. Foto Spitaletta

 

A diferencia de aquella antigua cuadra de estropicios, con muchachas de minifalda y obreros de factorías textiles, gritos de fútbol callejero y señoras de chisme a flor de piel, por acá no hay saludos de puerta a puerta ni de ventana a ventana. Y, en rigor, no sé cómo se llama la señora rubia del carro oscuro, ni su mamá, ni los que habitan en el primer piso en diagonal (una señora amonada y su marido), ni los de enseguida, ni la señora de las fotocopias. Solo sé el del caballero del dulceabrigo rojo, el de uno o dos taxistas y los de la viuda y los dos hijos del señor que dejó de vivir para siempre en esta cuadra.

 

21-IV-2019

 

Esquina bajo el aguacero. Foto Spitaletta

 

 

Cortez vive en un rincón del alma

(Una nota fúnebre sobre el cantautor de Un cigarrillo, la lluvia y tú y Los americanos)

 

Resultado de imagen para alberto cortez

Alberto Cortez, cuando un amigo se va…

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

“¡Se murió Alberto Cortez!”, le grité desde la sala. Ella estaba en una pieza de atrás y de inmediato estalló en llanto, fue al equipo de sonido y puso La vida, mientras seguía llorando. “La vida llega, se va la vida / como una rueda gira que gira…”. La noticia evidenció que una época se estaba yendo, la de una serie de cantores que nos cobijó con sus letras y músicas en torno a la utopía, a un poético tiempo de ideales que talvez no hayan muerto, pero son más bien parte de un pasado lúcido, lejano, con sonoridades de cosas entrañables y días de juventud.

 

La había visto llorar, a gritos, cuando supo del asesinato de Facundo Cabral y cuando se enteró, por mi voz, como de mensajero de siniestros, de la ida de Gian Franco Pagliaro. “Cuando se va no dice a donde va / es la frontera de la eternidad, la vida”. De Alberto Cortez, que no tenía una voz “enamoradora” y que a veces cantaba igual “Cuando un amigo se va” y “En un rincón del alma”, me pareció emblemática su canción Los americanos, una sátira que Piero volvió popular en los setentas, una década en la que la utopía estaba en flor.

 

“Cuando son mayorcitos
Se visten de turistas
Y salen por el mundo
Los americanos”.

 

Cuando comenzó a imponer su voz fuerte, casi sin matices, en los sesentas, con canciones de Atahualpa Yupanqui y musicalizaciones de poemas de Pablo Neruda, Cortez (José Alberto García Gallo era su nombre original) estaba en el camino de un tiempo que era grito, bandera, solidaridad de los pueblos y el surgimiento de la juventud como protagonista de la historia. Su pieza inicial, cantada por diversos intérpretes, fue Un cigarrillo, la lluvia y tú. En una gira por Europa, en la que el empresario dejó abandonado a los músicos, entre los que estaba García Gallo, comenzó a cantar en Bélgica boleros y chachachás que eran parte del repertorio de un cantante peruano llamado Alberto Cortez.

 

Resultado de imagen para alberto cortez en un rincón del alma

 

Digamos que hay en el seudónimo una mancha. Una historia de imposturas y suplantaciones. Cuando quedó tirado en Europa por un empresario sin escrúpulos, García Gallo asumió la identidad del mencionado cantante peruano. En 1964, el original Cortez, el peruano, tuvo una propuesta de grabación en España, pero quien se presentó a los estudios fue el argentino. Grabó y tuvo su primer triunfo discográfico con Sucu-sucu. Las demandas llegaron. Sin embargo, el nacido en La Pampa el 11 de marzo de 1940, se quedó con el nombre, dado que la disquera pagó una fianza. El del Perú, que se comenzó a denominar El Original, escribió un libro, Yo sí soy Alberto Cortez.

 

Es un capítulo oscuro en la trayectoria del argentino. ¿Le empaña su historia, su currículum? Quiso enterrar el affaire, poco se refería al tema cuando algún periodista le indagaba al respecto. Y entre los vaivenes de las composiciones, las interpretaciones, las giras, Cortez se erigió como una figura, un cantautor, una suerte de rapsoda de la música de América Latina, el mismo que compartió trabajos con Serrat, Facundo Cabral, El Cabrero y otros.

 

“Cuando un amigo se va” puede ser una de las canciones más sonadas de Cortez. No falta en velorios y funerales. Se volvió un lugar común. “Cuando un amigo se va / se detienen los caminos / y se empieza a rebelar, / el duende manso del vino”. Pero hay otras que han ganado un lugar en la historia de la canción latinoamericana, como Callejero, Mi árbol y yo, Canción de amor para mi patria, A partir de mañana…

 

“Si a partir de mañana decidiera vivir la mitad de mi muerte
o a partir de mañana decidiera morir la mitad de mi vida,
a partir de mañana debería aceptar, que no soy el más fuerte,
que no tengo valor ni pudor de ocultar mis más hondas heridas”.

 

Alberto Cortez, aprendiz de Quijote, grabó un álbum en homenaje a Gardel, en el que cantó, entre otros tangos y canciones, Melodía de arrabal, Silencio, Volver y Sus ojos se cerraron. También interpretó Fábula para Gardel, un poema evocativo de Horacio Ferrer y Astor Piazzolla. “Quién es
ese Carlitos, ese fantasma / tan arisco, /empecinado / con seguir guardado / en la cueva con asma / de su disco”.

 

Tal vez, para mi gusto, su mejor canción haya sido En un rincón del alma, esa donde “duelen los te quiero que tu pasión me dio…”. Queda la pena de un adiós, de un viaje definitivo, la ausencia. Y, claro, la presencia de un cantor que seguirá llenando espacios íntimos, que será parte de un tiempo en que la utopía era parte de la vida cotidiana de caballeros andantes que todavía no han sido vencidos, pese a sus oxidadas armaduras.

 

Ah, sonaron a “todo taco” otras tres canciones de un elepé de Cortez. Ella seguía sollozando. Era jueves. Las noticias decían que un cantor argentino se quedaría albergado en “un rincón del alma”.

 

(4 de abril de 2019)

 

Resultado de imagen para alberto cortez en concierto

El cantautor argentino Alberto Cortez (1940-2019)

 

 

 

Gardel y el silencio de una mamá

(Un tango con clarines de guerra y tintineo de medallas)

 

Resultado de imagen para fotogramas de melodia de arrabal

En el filme Melodía de arrabal, rodado en París, Gardel interpreta el tango Silencio.

 

 

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

1.

 

Es probable que cuando comencé a tener recuerdos (una profecía de mi padre acerca del fin de la adolescencia) me haya principiado a gustar el tango. Y, además, sin darme cuenta —que es, creo, como suele pasar con las cosas del corazón que te marcarán para siempre—. En efecto, el tango que en casos como el mío entró por ósmosis, por la cantidad de pianolas que había en cada esquina de las barriadas de Bello, donde crecí, y en las que sonaba desde el alba a la medianoche, tuvo fosforescencias de niñez y, antes de que sucediera lo que dice el poeta Juanca Tavera: “Tango es la emoción de regresar / al punto cardinal, / el tiempo de empezar a recordar”, alguno de ellos me impresionó en la infancia.

 

Y fue el caso de Silencio, de Gardel, Horacio Pettorossi y Le Pera, y no en la voz del Zorzal, sino en la de mi mamá, cantante doméstica, con algo de educación vocal que con su tesitura de soprano, en las noches a veces, a veces en las mañanas, iniciaba su serenata y alborada sin pretensiones con “silencio en la noche / ya todo está en calma / el músculo duerme / la ambición descansa…”.

 

Hoy podría decir que lo cantaba con corrección, pero, en ciertas ocasiones, se desdoblaba y sé que derramaba alguna lágrima, porque —no sé por qué— lo sentía muy suyo, como si ella fuera la mujer del drama, la de los cinco hijos (en rigor, ella solo tenía cuatro) que al taller marchaban y que, con el estallido de la guerra, cuando peligraron los “campos de Francia”, podía sentir una prematura soledad. Y es esa, quizá, la que acaece cuando los hijos se van. Lo triste es que los cinco del tango se habían ido a la guerra. La más remota reminiscencia de un cuadrito que podría llamarse “mamá con canción” la muestra rubia y sin canas, así que las “hebras de plata” tardaban todavía para asomarse.

 

Su voz se regaba por piezas y patios y no sé cómo afectaba a bifloras y azaleas. Y así, cuando en la radio sonaba la interpretación de Gardel, ella la acompañaba. “Un clarín se oye / peligra la patria / y al grito de guerra / los hombres se matan…”. Y ese estremecimiento, que seguro ella experimentaba, a veces me recorre músculos y osamenta cuando escucho a Gardel, que también cantó tal pieza en la película Melodía de arrabal, dirigida por Louis Gasnier, con guion de Alfredo Le Pera, y estrenada en Buenos Aires el 5 de abril de 1933.

 

Entonces me parecía una canción desoladora y no sabía por qué mamá la tenía entre sus preferidas. Le arrugaba el alma. “Meciendo una cuna, / una madre canta / un canto querido / que llega hasta el alma, /porque en esa cuna, / está su esperanza”. Más tarde, cuando comencé a leer sobre la guerra, aquella que los europeos calificaron como la Gran Guerra, supe de tantos jóvenes muertos y heridos, por millones, y de cómo los campos franceses se ensangrentaron, como sucedió, por ejemplo, en la batalla del Marne, con pavorosos resultados: Aliados, 112.000 muertos y 152.000 heridos; alemanes, 83.000 muertos y 173.000 heridos. Valga recordar que Eduardo Arolas, el Tigre del bandoneón, de padres franceses, compuso en 1919 un emblemático tango titulado El Marne.

 

Resultado de imagen para el marne

Batalla del río Marne, 1914.

 

Silencio, un tango luctuoso, que comienza con un clarín que entona un silencio de muertos, va narrando un drama, un acopio de dolores y ausencias, está ligado a la tristeza, me parece. Y a un vacío existencial de una señora (el tango no menciona al marido, ¿sería viuda?) condenada a forzosa soledad, a un desgarramiento interior. ¿Cambiar hijos por medallas? Es una macabra lógica de la guerra. La creación de héroes, de los que van quedando en el camino de la destrucción y del olvido.

 

Puede ser, quién quita, un alegato contra la guerra. Cuando dejan de sonar los cañones, cuando en la “tierra de nadie” han quedado en reguero miles de cadáveres, cuando las trincheras al final de la carnicería permanecen vacías, la señora de canas muy blancas lo que recibe como compensación por haber aportado cinco hijos a la “patria”, son cinco medallitas. Podría decirse que, aparte de lo dramático, es una afrenta. La guerra es una prolongación de la política por otros medios, dicen los teóricos. Y es una causante de depresiva soledumbre (como diría Manuel Mejía Vallejo), que es una mezcla de soledad con pesadumbre.

 

Más que en aquellos traganíqueles de fulgurantes luminiscencias, o en las emisoras, Silencio sonaba en casa interpretado por una señora rubicunda que a veces se desmoronaba, y hasta se le quebraba la voz, cuando decía: “Un coro lejano / de madres que cantan / mecen en sus cunas, / nuevas esperanzas. / Silencio en la noche. / Silencio en las almas…”.

 

Resultado de imagen para silencio  tango

Silencio en la noche, ya todo está en calma…

 

2.

 

Hay varias versiones sobre el origen de este tango, compuesto en 1932 y grabado por Gardel en 1933 (tuvo tres grabaciones, dos con guitarras y una con la orquesta de Francisco Canaro), con coro femenino y las guitarras de Barbieri, Riverol, Pettorosi y Vivas, para el sello Odeón. El coro en las grabaciones con guitarras, lo integraron las hijas de Guillermo Barbieri: María Esther y Adela. Para la grabación con Canaro, el coro lo formaron: Blanca del Prado, Felisa San Martín, Élida Medolla, Corina Palermo, Emilia Pezzi y Sara Delar. En la interpretación que hace en la película Melodía de arrabal, a Gardel lo acompaña la orquesta de Juan Cruz Mateo.

 

Una versión acerca de las motivaciones de Silencio, se remonta al asesinato a tiros del recién elegido presidente francés Paul Doumer, por un emigrante ruso recién salido del manicomio, cometido el 6 de mayo de 1932. Doumer tuvo ocho hijos, de los cuales cuatro murieron en la Primera Guerra Mundial. Los restos de los militares se enterraron en un monumento osario, cerca de Reims, con los de diez mil combatientes más.

 

Gardel, Le Pera y Pettorossi, enterados en Francia de la tragedia, revivieron el dolor de la madre, la señora Blanche Richel de Doumer, y decidieron crear un tango en honor a las madres de la guerra. Los autores y compositores, que vivieron de cerca las incidencias del crimen del mandatario y se enteraron de su drama en la guerra, tuvieron un motivo para escribir Silencio, cambiaron algunas circunstancias y crearon una obra.

 

Resultado de imagen para la casa es seria

Otra versión dice que el motivo de inspiración no estaba en Francia ni en la primera guerra, sino en el Chaco, durante el enfrentamiento bélico entre Paraguay y Bolivia (1932-1935), conocido en la historia como la guerra del Chaco. En esta confrontación, Francia apoyó a Paraguay. Hubo 90.000 muertos. En los días en que Gardel estaba promocionando, en Francia, el filme Melodía de arrabal, hay un cortometraje, La casa es seria, rodado en Joinville Studios de París, protagonizado por el Zorzal, que representa a un casanova. En dos partes de esta comedia musical, en la que actúa también Imperio Argentina, se menciona el Chaco, más a modo de chistes o gags. Se especula que, sobre estas citas picantes, Gardel y Le Pera querían ponerle color local al filme, en tiempos en que en la prensa abundaban noticias sobre el conflicto en América del Sur.

 

Se cree que conocieron alguna historia sobre soldados, hijos de una misma madre, que perecieron en aquel choque y de ahí se “inspiraron” para darle una salida sentimental a la guerra. Cambiaron la geografía, el tiempo y a los protagonistas.

 

3.

 

En Silencio, en el que unas veces la ambición descansa y en otras trabaja, hay sonoridades melancólicas, como también se constituye en una memoria cantada de una guerra, la primera del siglo XX, que sacrificó a miles de muchachos en el altar de la barbarie.

 

Es un tango en el que “al grito de guerra los hombres se matan”.  Había una señora, cuyos hijos no marcharon a la guerra, pero que pudo haberse imaginado cosas como estas: “¿qué tal si estos muchachos tuvieran que irse a un campo de batalla y los mataran?”, y por eso, tal vez, cantaba Silencio con tanta emoción. Hacía suya la tragedia.

 

La Primera Guerra Mundial, con alambres de púa y ametralladoras, con una animosidad que llevó a algunos a imaginar que se trataba de una recreación, de un divertimento mortal, como una cacería, fue un desastre para la razón y la convivencia. Muchos no creían que, esa conflagración de espanto, esa bestialidad, conllevaba la destrucción de todos, como lo escribió Martin Buber: “Así se encontró el hombre frente al hecho más terrible: era como el padre de unos demonios que no podía sujetar”.

 

Un tango le canta con sensibilidad a un aspecto de aquella debacle: una madre que se queda sola y yerta. Muchos años después de grabado, en una aldea llamada Bello una señora solía cantar Silencio como si ella fuera la real madre de aquellos muchachos que del taller marcharon a la tumba.

 

Resultado de imagen para pelicula melodia de arrabal

Fotograma de la película Melodía de arrabal.

 

 

 

Apartamentos sin afuera y sin adentro

(O cómo vivir entre ladridos, altoparlantes chillones y otros aullidos)

 

Resultado de imagen para apartamentos pinturas artisticas

Pintura de Vincent van Gogh

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cuando Mafalda entra al apartamento de su amiguita Libertad, esta profiere un berrido descomunal: “¡¡Mamá, vino Mafalda a jugar conmigo!!”. En el tercer cuadro se “escucha” un “bueeeeno”. Y entonces, tal vez un tanto desconcertada por los alaridos, la curiosa Mafalda pregunta: “¿Tan grande es este departamento”. “No, pero nos hablamos siempre así para que parezca”, dice la otra chiquilla, mientras se ve en la última viñeta que se trata de una miniatura de espacio.

 

Hoy, cuando ni siquiera tenemos afuera el suficiente espacio público, el verdor adecuado, el medioambiente sano, los apartamentos son una suerte de construcción carcelaria, como calabozos, apenas unos cuantos metros cuadrados, en edificaciones que dan grima por su diseño, por su concepción sin tino, sin estética alguna, como una prisión. Me parece que, en alta proporción, son edificios tuguriales, sin ningún respeto por quienes van a habitar allí. Y, suele pasar, que se construyen de materiales deleznables, de muros flacuchentos, a través de los cuales se escuchan las respiraciones del vecino, y ni hablar cuándo se filtran los ayes, suspiros, quejidos y aullidos, cuando la pareja de enseguida alcanza el clímax.

 

El adentro, una categoría que tiene que ver con lo íntimo, con la vida doméstica, con la privacidad, es cada vez más insuficiente. Una celda. Una prolongación simbólica de la mazmorra. Un desprecio por la dignidad y por el derecho a estar cómodos. Se advierte en múltiples construcciones residenciales unas desaforadas ganas de plusvalías, de obtener ganancias por encima de cualquier otro factor. Qué importan las espacialidades públicas, los jardines, los senderos, los materiales. Y menos importa el que va a habitar. Basta con que el constructor obtenga réditos exorbitantes.

 

Solo una vez he vivido en un edificio de apartamentos, de tres pisos y terraza comunitaria, con un común patio central, donde una vez cayó un hombre que se arrojó en una maniobra suicida que no lo mató, sino que lo dejó muy maltrecho. Entonces me recordó El inquilino, de Roman Polanski. Estos apartamentos, de vieja data, quizá construidos en los sesentas, tenían cierta amabilidad y los materiales permitían que uno no escuchara los ruidos del vecino. O estos se sentían muy apagados. Solo que no faltaba quien, en una “prenda”, en un desquicio de furor por exceso de tragos, pusiera música a “todo taco” y ahí sí no había pared que lo impidiera, por gruesa que fuera.

 

Aquellos “apartacos”, en el barrio El Estadio, tenían tres piezas, sala- comedor, cocina, dos baños, balcón. No eran ninguna maravilla, pero no tenían parentesco con los infernales de la mayoría de edificaciones modernas. A veces, me paseo por distintos barrios, y apunto la mirada curiosa, en distintas construcciones. He visto unas de espanto, de acabados rudimentarios y exteriores que dan grima. Imagino cómo serán sus interioridades y entonces añoro aquellos viejos caserones, de seis y más cuartos, con varias salas, comedor, cocina, patios, como los que habité en mi infancia y adolescencia en Bello. Es probable, no lo he averiguado todavía, que algunos de ellos hayan sido derribados para la erección de edificios esperpénticos, que pueden ser parte de un nuevo paisaje, grotesco y deplorable.

 

Resultado de imagen para mafalda departamentos

 

Hay conjuntos residenciales que pueden ser la sucursal del inframundo. El mal gusto de los constructores, su tacañería, los deja en un burdo estado de inconclusión. Y aunque puedan tener acabados decentes, el caso es que, para los asuntos de convivencia, en los que ya ni siquiera la noción de vecino existe, la situación se torna intolerable, o así lo han descrito algunos de los que habitan en estas unidades. Porque, como el de al lado, o el del frente, no interesan, no son “mi prójimo” (en el sentido de proximidad) prevalece el individualismo. El otro no cuenta. Y de ese modo, se configuran los abusos, las exageraciones, los despropósitos.

 

Hace poco leí una columna del periodista Ernesto Ochoa (Los ladridos del destierro, El Colombiano, 2-2-2019), en la que hacía notar que en Colombia no se urbaniza con el conocimiento de las idiosincrasias, la cultura, las maneras de ser de unas y otras comunidades. “La consigna parece ser construir barato, aunque cobrando caro, y, tras engañar con fementidas maravillas publicitarias a los usuarios, abandonarlos a su propia suerte, sin tener en cuenta su bienestar humano y comunitario”. En la ciudad ha sido común este malestar.

 

Quizá el propietario del apartamento cree que, por serlo, tal condición le da derechos que, en rigor, no posee. Como el del poner a todo volumen su equipo de sonido. Qué importa si están sonando Bach, Beethoven, Piazzolla, o una expresión de bel canto. Ah, claro, peor aún si el del costado o el de abajo, o el de encima, no sé, lo que le hace botar la baba es el reggaetón. Ahí sí fue Troya. Lo que digo es que, en estas urbanizaciones, debe haber límites y, sobre todo, consideración por los otros.

 

Y cuando no son las molestias por la algarabía, o por el exceso de decibeles en las audiciones, es porque han dejado todo el día sola en grima a la mascota, y no faltan los eternos ladridos, y, además de tratarse de un maltrato animal, los lamentos del can, o de otros animales, son, aparte de lastimeros, una torturante molestia para “los cosos de al lado” y de todos los lados.

 

No ha de faltar el atarbán que ponga los bafles en la ventana y haga una demostración de que su aparato de reproducción es el que más duro suena. Ni los manuales de convivencia ni los reglamentos internos son suficientes para que haya una serena vecindad. Como decía una vieja canción de Alí Primera: “hacen falta muchas cosas para conseguir la paz”.

 

Así que, en muchos complejos residenciales, los apartamentos, aparte de estrechos e incómodos, pueden tener otros agravantes. Como las demostraciones de vulgaridad de algunos residentes, que, cuando se les hace el reclamo o se les pide moderación, son del combo de los que responden “usted no sabe quién soy yo”, o “no me da la gana y qué”.

 

A veces, el tamaño del departamento es lo de menos. No se requiere el grito de la chiquilina del cómic para que parezcan grandes. Lo imprescindible es poder construir en esos espacios atosigantes un clima de tranquila habitación.

 

Resultado de imagen para apartamentos edificios feos colombia

Viejos apartamentos en los que, quizá, ya no vive nadie. Solo las palomas. Foto Carlos Bernate

 

Vivir por un libro

(Una memoria sobre la lectura y los libros, al vuelo de la infancia y la adolescencia)

 

Resultado de imagen para las mil y una noches

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

No recuerdo el primer libro que leí (tampoco la primera película que vi, aunque pudo ser una del Oeste). En casa, en la mítica infancia, en la que se crean fantasmas y solo se existe para el juego y la imaginación, había algunos viejos libros de texto que eran aquellos que mamá conservó de su paso por las aulas: libros de historia antigua, las ruinas de Palmira, los faraones, otros de química, cartillas de Bruño y desempastadas Alegrías de leer, geografías con continentes gordos y deformes, y no recuerdo ningún libro infantil. Después llegaron algunos de Botánica Oculta, varios tomos de la enciclopedia El tesoro de la juventud y nada más.

 

Resultado de imagen para mosaico de fabulas

A los Grimm y a Perrault los leí en la biblioteca pública de Bello, donde había una señora, creo que se llamaba Margarita, que nos sacaba a pellizcos cuando nos atacaba la risa por alguna ilustración o por las historias de Pulgarcito y otras aventuras que, más que todo, nos hacían soltar carcajadas. Salíamos, con Alejandro Molina y otros, con risas a granel y algo de sorpresa por el trato o maltrato, a la plazoleta Andrés Bello, en la que había urapanes y al frente la urna vítrea con la choza de Marco Fidel Suárez.

 

A los pocos días, tornábamos a la sala infantil a proseguir con las lecturas y las risotadas. Y entonces nos topábamos con Esopo y Samaniego y La Fontaine y Pombo… Y vuelva y comience con la pellizquería de la doña bibliotecaria. Tal vez el primer libro completo que leí, y ya había pasado la primaria, fue Ivanhoe, de Walter Scott, en una edición ilustrada que papá me trajo de uno de sus viajes laborales. Y después de la Carta a García y relatos aislados de Las mil y una noches, las veladas domésticas estuvieron, en una adolescencia agitada, en la que había mucho fútbol, juegos callejeros, cine y desafíos a pedradas entre galladas de distintos barrios, adobadas por lecturas más inquietantes. Una, por la de un libro que me regaló Chucho, uno de los muchachos de la tropilla de El Congolo: Moulin Rouge, de Pierre La Mure, sobre la vida y obra de Henri Toulouse-Lautrec, y otras, por los dos tomos de Las mil y una noches que me prestó Álvaro, alias Ñembo, y que me tragué en una semana o tal vez dos. Fue entonces cuando descubrí que mamá, que era una estupenda narradora oral, ya me había relatado hace tiempos muchos de esos cuentos árabes adaptados a su cultura antioqueña, incluidas arrierías y colonizaciones.

 

Más tarde, cuando en la casa comenzaron a aparecer libros de escritores estadounidenses (Faulkner, Steinbeck, Hemingway…) y también algunos de Pär Lagervist, Heinrich Böll, Kafka y Poe, las noches se hicieron más largas y propicias para las lecturas. Mamá a veces gritaba desde su pieza que apagáramos el bombillo y recuerdo sus perentorias órdenes de “dejá de leer tanto que te vas a enloquecer”, pero más leía uno y ella tornaba con su grito: “¡O apagás o voy y pedaceo el foco!”. Y había que posponer la lectura para la noche siguiente.

 

Resultado de imagen para simbad el marino

La casa y la escuela (y, en mi caso, también el barrio) eran como huertas, donde se abonaban las ganas de mil cosas, pero, en particular, las de descubrir, las de tener intenciones de aprender disímiles asuntos, como los de inmiscuirse en lo que los libros dicen y proponen, con historias y peripecias. No se me han olvidado los relatos babilónicos y las gestas de acadios y asirios, ni los experimentos con una campana y un pájaro asfixiado, ni los filtros de Paracelso. Y aquellos intentos de acercar las estrellas o tener nociones de un gran mentiroso como el barón de Münchausen en selecciones que se hacían en aquella enciclopedia de pasta dura verde botella en las que había desde poemas de Poe hasta notas sobre la Ilustración y próceres de distintas batallas.

 

Quizá el bautizo para la lectura estuvo en la cuna, cuando, según supe después, había cantos y rimas y recitaciones de poemas que después jamás he vuelto a escuchar, como uno denominado Salutación a América y también las rimas de Bécquer y todo en la voz de la señora rubia que luego, en noches y mañanas, nos contó aventuras de Tío Conejo y Sebastián de las Gracias y nos detonó la imaginación con su voz particular de Scheerezada antioqueña, con los viajes de Simbad el marino y zocos persas.

 

Creo que por aquellos años, los de la educación sentimental, los de calle-casa-escuela-pelota-barrio, la lectura fluía sin obligaciones y como una condición natural, sin pretensiones ni imposturas. No era para posar sino para sentir el vuelo, los sonidos, las palabras, los ritmos, la música. Vocales y consonantes nos prolongaron los sueños y nos vistieron con los trajes de cenicientas y las desnudeces de fantasmas que ya no asustaban. Sí, eran el libro, las letras, los cuentos y fábulas partes de una manera de ser, de vivir, de estar en crecimiento sin saber en teoría qué era la infancia ni la adolescencia. Un flujo común. Un tránsito hacia los asombros y los hallazgos. No recuerdo que nos dijeran que había que leer. Se leía, así como había que desayunar o ir a asaltar fincas suburbanas en busca de naranjas, mangos y ciruelas.

 

Resultado de imagen para cofres cuentos de calleja

No solo al cine y a la primera maestra, doña Rosa Bother, y después a Álvaro Sánchez, el profe de español y literatura que nos hacía memorizar poemas, recitarlos ante el resto de condiscípulos, y leer algunas crónicas de Azorín, les debemos el amor ilimitado por leer, sino, claro, a las aventuras de periódicos con cómics como Tarzán y El Fantasma, a las revistas mexicanas y chilenas, al Reyecito y Mandrake, a los luchadores como El enmascarado de plata y Neutrón, y una colección de pequeños cuentos que editaba Saturnino Calleja, albergados en cofres metálicos muy pintorescos.

 

Y digo al cine, porque tras ver tanto western, y películas de capa y espada, y a Ulises, y a Perseo el Invencible, y a Hércules, y a Maciste, y todos los gladiadores, y a los pistoleros como Wayne y Cooper, y las diligencias, a los indios que cuando caían de sus caballos la gritería en el teatro era como si se cantara un gol (algo había en esos filmes de colonialismo, de discriminaciones, de despojo cultural, pero eso lo supimos mucho después). Y entonces, en los intercambios o trueques, con papa rellena y ají picante incluidos, en las antesalas de los teatros, estaban Marcial Lafuente Estefanía y sus novelitas del Lejano Oeste.

 

Y luego, el mundo adulto, más complejo, y ya perdida la inocencia, nos condujo por otros textos y caminos. Y vino la sofisticación. La lectura en varios niveles. El análisis y el pensamiento. Y la crítica. Y todo lo que en rigor debe tener una “seria” manera de enfrentar libros y autores. Y cada uno de aquellos que habitamos hace años la misma casa, y escuchamos a la misma madre, y luego tuvimos diversos maestros, fuimos haciendo la biblioteca personal. Creo que les ha pasado a muchos. Nada del otro mundo. Pero sí hay en esas formaciones (otros dirán deformaciones) de criterio, de carácter, de memoria, un ejercicio, tal vez simple y en cierto modo natural, de querer los libros, sin tenerlos en ningún nicho sacrosanto, pero con la certeza que en ellos hay tesoros y son albergue de múltiples deslumbramientos.

 

La lectura es una apertura a la inteligencia, a la imaginación, a convertirse en otros, a caminar-volar-nadar-explorar-bucear- por lo más oscuro y lo más luminoso de los humanos y sus circunstancias. El lector puede ser como un devoto, un peregrino, un místico, una suerte de empedernido auscultador de almas. Y tendrá al libro como un preciado material que no le calmará su sed de saber, pero hará que la lengua se le seque. Un libro es para aumentar las ganas; no para calmarlas. El escritor, filósofo y autor de canciones, Manlio Sgalambro, el del Tratado de la impiedad, expresa una inquietante certeza: “Puede que sólo por eso merezca la pena existir, por leer un libro, por ver los inmensos horizontes de una página. ¿La tierra, el cielo? No, sólo un libro. Por eso, muy bien se puede vivir”.

Resultado de imagen para libros arte objeto

Un libro es un pasaporte a la cultura, la imaginación y la inteligencia.