Estampas urbanas al garete

(Crónica fragmentada con boleros, estatuas y una vendedora de tamales)

 

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Estatua ecuestre del Libertador. Parque Bolívar, Medellín.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

1.

Ese día, sábado por la tarde, hice como en un poema de Robert Frost, pero al revés: de dos calles que se bifurcaban yo escogí la más transitada, y entonces me encontré con señoras de pelo morado (hoy las chicas se lo tiñen también de ese color), con carteras apretadas, a las que imaginé con mantilla y rosario. No había campanas ni misales. Ellas iban, sobre la acera, conversando quién sabe de qué pasados.

 

Más adelante (¿o quizá más atrás?) las mandarinas brillantes de un carretillero esparcían un aroma que me transportó a tiempos de ensueño, cuando papá, muy de vez en cuando eso sí, traía unas cajitas de confites ingleses, con fotos de familias inglesas en la tapa, y era como tener el paraíso en la boca.

 

Pasaron avisos de bazares, de hamburguesas, de helados italianos, de promociones telefónicas, de medias, de discos “chiviados” y entonces me detuve frente a una ventica de empanadas venezolanas, compré unas cuantas, saboreé y supe que eran mejores que las parroquiales. Bueno, sin generalizar pues.

 

2.

Por el pasaje La Bastilla, el hombre de chaqueta raída y zapatos viejos baila al ritmo de una canción de Ricardo Fuentes. En la derecha, carga una botellita de agua, con la otra lleva el ritmo en el aire. “Lo besarás con tus labios manchados / te colmará con sus torpes caricias…”. Hace mímica, fonomímica, se mueve con sabor y ritmo. Nadie parece prestarle atención. En el ambiente de mediodía huele a aguardiente y cerveza. La voz del cantante sale de un bar. En la esquina, con la calle Colombia, una vitrina de almacén luce camisas de hombre, bien dispuestas y elegantes.

 

Atravieso y voy ahora en medio de libros usados, algunos tirados en el piso, otros en mesitas. “Busca libros, señor”. El muchacho de camiseta verde me extiende una tarjeta. Oigo que alguien dice que necesita El músico ciego, de Korolenko. En el bar de la esquina se ven, desde afuera, las mesas de circunstantes que toman café.

 

3.

 

Primero, un guitarrista eléctrico. Unos metros más arriba, un guitarrista acústico, con su estuche abierto sobre la acera. Relumbran algunas monedas. Después, un titiritero sin espectadores. El tranvía pasa y desde adentro los pasajeros observan el muñeco de colores que danza en la calle. Más arriba, un olor a perros calientes se despliega por el entorno, en el que todavía los árboles están a medio crecer.

 

Del antiguo paisaje, solo quedan unas casas de fachadas afrancesadas. Hay, sembrados, edificios de apartamentos. Empieza, mas no como hace años, a sentirse un olor aceitoso a chunchurria. El hombre del carrito de frituras la prepara, muy cerca de donde antes había un jardín-heladería y ahora, con el esnobista nombre de “mercado”, hay una ramada con diversidad de comidas rápidas.

 

Adelante, en medio de gente que va y viene, se asoman los ventorrillos ambulantes de ropa, de frituras, de solteritas, de avena, mientras de un bar de dos pisos el reggaetón se arroja con intensidad sobre Ayacucho. En una banca, una pareja se besa, sin atender al juego saltarín de dos perros a su alrededor.

 

4.

La escultura de Marco Tobón Mejía, en la que el general José María Córdoba está con un león viejo a sus pies, no parece interesarse en la atiborrada presencia de toldos, juegos infantiles, chuzos y arepas con queso, que se extiende por un parque que, hace unos veinticinco años estaba asediado por una fantasmal soledad, con dos o tres alcohólicos en sus bancas.

 

Hoy es un hormiguero. Suenan las campanas de El Sufragio. Hay globos flotantes. Las mascotas van y vienen. Más allá, junto a la cabeza del poeta Carlos Castro Saavedra, esculpida por Óscar Rojas, una señora peliblanca se apechuga con un señor canoso. Parecen revivir un antiguo romance. El atardecer tiene corazoncitos que flotan sobre el viejo parque de Boston.

 

5.

 

Atardece sobre la estatua ecuestre del Libertador. El caballo y el jinete miran al sur. Junto al monumento, esculpido por el italiano Giovanni Anderlini, se eleva una suerte de carpa o quiosco policial. Unos cuantos agentes, con cara de aburrimiento, no parecen prestar atención al hombre de sombrerito de ala corta que baila al son de la salsa que brota de un altoparlante. El tipo tira paso de maravilla. Se deleita con su tongoneo.

 

Los olores son diversos. Junto a una jardinera huele a “berrinche”. Así lo dice una señora que agarra con certeza la cartera y se detiene a mirar las matas que un vendedor arruma en el piso. Se sabe que, por el olor, hay tipos que aspiran su “baretica”. Frente al Lido, dos hombres con pinta de extranjeros se detienen en la acera a observar la fachada deteriorada del viejo teatro en el que, hace años, se presentó el pianista Claudio Arrau. La brisa arrastra papelitos al garete.

 

6.

 

La señora, con atuendo colorido, el sol brillando en su cara achocolatada, empuja el carrito y se detiene en la esquina de San Martín con Moore. Es la media mañana y ella, con su megáfono, anuncia tamales de pollo y carne de cerdo, “calienticos”, “tamales sabrosos, a tres mil”. Pasa un Circular. Pasa un bus de Villa Hermosa. La señora continúa ofreciendo su producto. Suben por la acera de enfrente dos muchachas con tulas a sus espaldas.

 

Junto a la vendedora, con paso lento, una señora lleva a un perrito blanco con la traílla. “Qué lindo”, le dice la de los tamales. “Sí, está muy viejo y es ciego”. Ambas continúan su rumbo. Después, en la distancia, se sigue oyendo una voz amplificada que camina con su cochecito de oferta.

 

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Foto de Juan  Fernando Ospina, Universo Centro.

 

 

 

 

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No todo tiempo pasado fue mejor

(Crónica con basuras, fumadores de bus y una emulsión)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La memoria no es un fósil, ni un bloque compacto, inmarcesible. Hay en ella una incertidumbre, apenas una leve noción de aquello que ya no está, pero es suficiente para crear un indicio. ¿Qué eran aquellas basuras diversas en una calle de barrio, en los solares, en las esquinas? ¿Qué era aquella “normalidad” en la que las oquedades, las zanjas y la falta de asfalto convertían los caminos urbanos en trochas infernales?

 

Había señores que llegaban a su casa, tras ir al mercado, con bultos a sus espaldas, tras un camino de sudores, de pausas en algún recodo, buscando sombra, acezantes. Algunos contrataban a carretilleros o a “cargamercados”, que eran muchachos no siempre fortachones, que requerían unas monedas para llevar algún bastimento a su hogar. El ritual de proveeduría, de plaza, de tienda de abarrotes, no era siempre tan ameno.

 

Y qué tal aquellas filas eternas para comprar un litro de leche; y eso, si ya se había contratado con el tendero, porque, de lo contrario, no podría accederse a aquel “líquido perlático de la consorte del toro”, como decían algunos muchachos de acera, guasones y risueños. Eran largas colas, a veces de hasta de una cuadra, con señoras madrugadoras que aprovechaban para departir e intercambiar los necesarios chismes.

 

Hace poco, recordé el olor a pan que se expandía por encima de tejados y ascendía a balcones. Lo producía una panadería artesanal, en un callejón de barriada. El olor superaba al sabor, porque, en realidad, se trataba de un pan mal hecho, sin arte ni nada, insípido, que casi de inmediato perdió cartel entre el vecindario. Tal vez el pan más “maluco” que se haya horneado en barrio alguno haya sido el de Cleto, un hombre genial para la elaboración de avenas (deliciosas) pero horroroso como panadero.

 

Y en esta mención, debo recordar, otra vez, a una tía que tenía sabor para la cocina y también para los dichos: “oíste, aquí creen que las tres P son fáciles”. “¿Las tres P?, ¿qué es eso?”. “Prostituta, panadero y periodista”, decía a carcajada batiente. Y, en efecto, en aquellos tiempos en que el agua escaseaba en el acueducto bellanita, a muchos les daba por creerse panaderos y sus productos eran desabridos y penosos.

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El viaje en buses destartalados, con ventanillas que no se podían subir, o bajar, según el requerimiento, con unas pitas que enlazaban la campana a modo de timbre, se hacía más nebuloso por el humo de los fumantes. De pie, sentados, muchos pasajeros fumaban en aquellas tartanas, la ceniza volaba entre los viajantes. Y no faltaba el borracho de última hora, baboso, sostenido a duras penas en la barra, tambaleante, que se recostaba sobre los otros en su postración de alcohol.

 

Y como si aquella avalancha de atrocidades fuera poco, había los que destapaban galletas, papitas, confites y arrojaban al piso del bus, o por la ventanilla, los envoltorios. Y los que no, escribían en los respaldos de las bancas, declaraciones de amor, consignas políticas, insultos contra el conductor. Y cuando eran de cuerina, cordobán o cabritilla, a navajazo limpio se cortaban las sillas. El relleno salía, como tripas de un apuñalado.

 

“Nos criamos de milagro”, se escucha decir entre gentes de la vieja guardia. Y entonces son capaces de rememorar los latigazos, o correazos, o, incluso, los azotes con alambres eléctricos que por cualquier incorrección la mamá propinaba sin contemplaciones. Otros recuerdan cómo comían granizo del patio o de las aceras, o se revolcaban en el barro en los potreros cuando había un partido de fútbol bajo la lluvia.

 

Y a los que, a las seis de la tarde, sin falta, tenían que estar en el comedor de la casa, porque se comía con ellos o sin ellos, y si no estaban tendrían que esperar hasta el día siguiente. Lo peor estaba en interrumpir un partido de asfalto, un juego de calle o la visita de ventana a una novia esquiva. La hora del ángelus era sacrosanta, y había entonces que estar listos en casita para los fríjoles y la carne frita.

 

A aquellos que les tocó padecer medicamentos domésticos, como la boñiga con leche caliente; el café o las telarañas para estancar la sangre de una herida; el merthiolate en el raspón, o mucha azúcar sobre una herida causada por un vidrio callejero, tal vez todavía sientan ardores y arcadas.

 

Una entrada a cine, un ritual de maravillas, por lo emocionante y lo esperado en la semana, no era siempre un manojo de dichas. Aparte de las griterías, a veces ensordecedoras de la muchachada, sobre todo cuando había persecuciones o el protagonista “daba de baja” a sus rivales, no faltaban los que apagaban los cigarrillos en el cuello del espectador de adelante. O lo arrojaban la colilla a los de más allá. O los de luneta escupían a los de galería.

 

La tintura de ruibarbo era pasable. Y hasta saludable. Pero tomar aceite de ricino y, peor aún, la emulsión de Scott (“O te la tomás, o te la embuto con el molinillo”), sí eran rituales de horror, que se juntaban al desastre del sarampión, la viruela y las paperas, sin contar con las muy activas inflamaciones de las amígdalas. Qué días aquellos que parecen tan bonitos, pero, en el fondo, tenían sus bemoles y amarguras.

 

Por eso, y por tantas otras situaciones, para contradecir al poeta de “nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir”, no todo tiempo pasado fue mejor. Lo señaló Sábato: no es que antes no acontecieran cosas malas, sino que, felizmente, la gente las echa al olvido.

 

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El Pedrero, afueras de la plaza de mercado de Guayaquil.

 

 

 

La gayola, un tango entre rejas

(Crónica con cuchillos, celdas y un lance de tauromaquia)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Entonces todos temían, bueno, o los más jóvenes, que les propinaran un “canazo”, que los metieran en San Quintín, una cárcel municipal de aspecto tenebroso que quedaba a orillas de la quebrada La García. Se hablaba por esos días lejanos del “treintazo”, que era pasar un mes en prisión, en tiempos en que al más desharrapado lo capturaban “por sospecha”.

 

—Oíste, no quisiera estar en la gayola. —La voz entrecortada por risitas nerviosas era la de un negrito muy inquieto, talentoso para el fútbol, gambeteador y presumido, que también le gustaba cargar puñaleta y fumarse, en la sombra de los baldíos, un puchito de marihuana.

 

Y el término la gayola iba de allá para acá. Era común en la barriada. Y más que todo, porque en los bares de esquina, que abundaban, no faltaba el tango que Gardel grabó en 1927, con música de Rafael Tuegols y letra de Armando Tagini, que vaya uno a saber entonces quiénes eran los sujetos mencionados.

 

Más que por Gardel y las guitarras de Barbieri y Ricardo, se escuchaba por Armando Moreno y la orquestica de Enrique Rodríguez: “¡No te asustes ni me huyas!… No he venido pa’ vengarme / si mañana, justamente, yo me voy pa’ no volver…”, aunque después, en otros pianos o rocolas, casi todos Wurlitzer y Seeburg, comenzaron a sonar las versiones de Edmundo Rivero con Horacio Salgán y la de Julio Sosa, el varón del gotán, con la orquesta de Armando Pontier.

 

La gayola por aquí y La gayola por allá. “He venido a despedirme y el gustazo quiero darme / de mirarte frente a frente y en tus ojos campanearme / silenciosa, largamente, como me miraba ayer”. Y así, con toda su sonoridad y rareza, era un término temido, qué pereza ir a una cárcel, estar preso, dejarse atrapar por los tombos, que así se conversaba entonces.

 

El tango en mención contaba, como tantos otros, una historia y eso nos mantenía en vilo. Era pegajoso. Tenía palabras raras, empezando por la de su título, La gayola. “He venido pa’ que juntos recordemos el pasado, / como dos viejos amigos que hace rato no se ven…”. Y después hablaba de “la huesuda” para referirse a la muerte. Y también a la muerte de otro, que el narrador mató cuando, “sediento de venganza”, le “envainó” su cuchillo en el corazón a quien se supone que era el amante de la mujer, la que le “jugó sucio” al pobre hombre que se quedó sin esperanzas.

 

“Me encerraron muchos años en la sórdida gayola / y una tarde me largaron pa’ mi bien o pa’ mi mal”, sigue contando el protagonista y habla de sus desventuras, hambrunas y vagabundeos. Y así, sin refugio y cargando sus pobrezas, vuelve a buscar a la que ayer quiso: “Solamente vine a verte pa’ dejarte mi perdón… / te lo juro; estoy contento que la dicha a vos te sobre… / Voy a trabajar muy lejos…a juntar algunos cobres / pa’ que no me falten flores cuando esté dentro’el cajón”.

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Y aunque no sea una maravilla literaria, La gayola tiene drama y dolor. Y para algunos, aunque no me consta, podría ser prescindible en el amplísimo repertorio tanguero, que tiene, en efecto, abundantes joyas musicales y literarias. El cuento es que una vez le hicieron a Edmundo Rivero una entrevista (Revista Primera Plana, Nº 284, 4 de junio de 1968) en la que hablaba, entre otros asuntos, del lunfardo. Dijo que la palabra gayola procedía del símbolo que la policía federal argentina tenía en su chapa: un gallo. No es así.

 

El origen de la palabra, que significa cárcel, como bien se puede leer en los diccionarios de lunfardo (como el del académico José Gobello), es de origen portugués. Procede de gaiola (jaula, toril, cárcel) y que pasó, como otras palabras lusas, a engrosar el léxico lunfardo, como, por ejemplo, tamangos, que quiere decir zapatos, botines viejos, zuecos (“cuando rajés los tamangos…”, se dice en Yira Yira).

 

En el lenguaje taurino, y procedente también del portugués, el término porta gayola es muy común. Procede de la expresión “a porta (da) gaiola”, que es la puerta del toril. Es una suerte de lance que busca alegrar la galería. El matador, arrodillado, espera al toro en la puerta de toriles, con el fin de burlarlo con una larga cambiada afarolada, que, casi siempre, hace que el público se emocione y estalle en palmas.

 

El tango La gayola, que en otra de sus versiones suena con la voz de Alberto Echagüe, dio al viejo lenguaje urbano, de las barriadas obreras y periféricas de Medellín y sus alrededores, un toque de malevaje. No faltaba quien envainara su cuchillo en algún corazón y fuera a dar después con sus huesos a la sórdida gayola.

 

En algún pueblo del suroeste antioqueño la zona de tolerancia está (o estaba) nombrada como La gayola. En ella eran otras las jaulas. Y, con seguridad, en las noches de amores urgentes también sonaba ese tango.

 

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Carlos Gardel

 

Rubén, el filósofo de la barbera

Nota: El pasado 26 de enero de 2018, murió el barbero y amigo Rubén Orozco, a los 83 años. Famoso durante mucho tiempo en Ayacucho, por su conversación amena y sus apreciaciones sobre filosofía y esoterismo, Lindbergh, como también se le conoció, se volvió un personaje del barrio Buenos Aires de Medellín. Reproduzco una breve nota que le hice en febrero de 1989. Honor a su memoria.

Rubén Orozco H.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El hombre se paró en el altar y comenzó a emitir improperios contra los sacerdotes. “¡Ustedes son unos fariseos, unos explotadores!”, le gritaba el desaforado feligrés al cura que oficiaba la misa, en medio del desconcierto y sorpresa del rebaño de fieles. La policía apareció minutos después y se llevó al presunto “loco”.

 

Un médico diagnosticó “locura mística” y ordenó que el hombre fuera internado en el manicomio, durante tres meses. A los tres días, salió del hospital mental, tras “encarretar” con mentiras al doctor. Rubén Orozco, protagonista de esta aventura psíquica, es un veterano barbero de 53 años, lector de filosofía y literatura, conversador incansable, melómano, sin partido político ni religión, “aunque soy profundamente religioso”.

 

Desde los 13 años de edad, el pereirano Orozco se dedica al arte de las barberas y las tijeras. En el barrio Buenos Aires de Medellín tiene su fuente de trabajo, llamada durante muchos años Barbería Lindbergh, en honor a la memoria del famoso aviador norteamericano. “Tuve que quitarle ese nombre, porque todo el mundo me decía Lindbergh. Estaba perdiendo el mío. Entonces la bauticé Rubén”, dice el hombre de cara redonda, gafas y cabello ondulado, salpicado de canas.

 

Rubén es el típico caso del barbero culto, amador de músicas y de hojas de libros, que aprendió en ese oficio a “ser tolerante con el ignorante, saber intercambiar mentiras con el hipócrita y ser auténtico con el filósofo”, según sus palabras. En la barbería, además de los instrumentos propios de su trabajo, tiene un cuadrito original de Eladio Pizarro que muestra a don Quijote motilando a Sancho, y reproducciones de acuarelas de Emiro Botero.

 

Autodidacta, Rubén es devoto lector de Jaspers, Kierkegaard, Heidegger, Sartre y Fernando González. “También me gustan Vargas Vila, Gonzalo Arango y Rafael Pombo”, declara con una voz de profundas sonoridades. “Hubo una época en que leí mucho existencialismo y a autores orientales de esoterismo”.

 

Para Rubén Orozco el barbero clásico es aquel que hace el corte de acuerdo con la forma de la cabeza y cara del cliente. En su barbería, junto a un espejo, un avisito anuncia que “se hace el auténtico corte Tyson y Barakus”. Y para tener éxito con la gente hay que llevarle la corriente. “Me toca pasar por liberal, conservador, comunista, hincha del DIM…”, dice.

 

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En el fondo de su barbería (que queda en su casa), en Ayacucho entre Alemania y Suiza, tiene un sitio especial para tertulias y audiciones. Allá van sus amigos músicos, como Pedro Nel Arango, Delio Hoyos, Ruth Marulanda, José Jota Jaramillo, Rafael Ortiz, Ramón Hernández; también filósofos y pintores y trovadores y profesores universitarios. Rubén, admirador de Gardel, tiene 700 grabaciones del Zorzal Criollo y dos canciones inéditas de Pepe Aguirre, grabadas una noche de bohemia en la que, el cantor chileno, visitó la barbería. Ambos eran amigos.

 

Rubén o Lindbergh, que sostiene que “no se miran las cosas, sino el alma de ellas”, conserva con especial agrado una dedicatoria del maestro Emiro Botero: “Para mi estimado amigo Rubén Orozco, quien tiene en su barbería el mejor sitio de reunión para la gente que piensa”.

 

El filósofo de la barbera y las espumas, de las badanas y la piedra de alumbre, cultivador de pepinos gigantes en el solar de su casa, dice que “la creencia conduce a la demencia, cuando se fanatiza”. Él —“siempre he estado cuerdo”— afirma que cuando cayó en ese aparente estado de locura, lo que sucedió, en realidad, fue el encuentro con la verdad. “Todo lo veo innominado e insondable, la verdad va por dentro”.

 

(febrero 27 de 1989, El Colombiano, segunda parte de la serie Barbas y Espumas, sobre barberos de Medellín)

 

NB: En mi libro Oficios y Oficiantes (Editorial UPB) también incluí una crónica titulada El barbero de las locas lecturas, sobre Rubén y su barbería.

Cuadros de una exposición urbana

(Crónica de caminante, con arreboles, lluvia y un estudio de Chopin)

 

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Parque Obrero, barrio Los Ángeles.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La ciudad, con sus sostenidos y bemoles, tiene música y ruido, canto y desafines, contaminación y sorpresas. Caminarla con el sentido de toparse con lo inesperado puede hacer de ella una caja de Pandora o, tal vez, una posibilidad para descubrir lo que, en sí mismo, parece no tener ningún interés. Estos cuatro cuadros, con su marco de aceras y edificios, se colgaron en esquinas y parques para transmitir en mis caminadas que la cotidianidad está cargada de pequeñas alegrías y desapercibidos asombros.

 

1.

 

La antes llamada plaza de la Independencia, en cuyos extremos hay hoy un pebetero con un pedestal deteriorado y la estatua de San Juan Bosco, tiene a un lado el colegio de María Auxiliadora, en el mismo lugar donde hace años quedó la Escuela de Minas de Medellín. Al frente, caserones antiguos, el edificio Wolf y en la esquina de El Palo con Cuba, una pequeña edificación de apartamentos.

 

Algunos de las mansiones de antes se instalaron casas de banquetes. El primer domingo del año, en medio de la soledad propia de tales días, en una de aquellas suena el Danubio azul, de Johann Strauss (hijo) y desde la calle se aprecia una pareja, ambos de negro, él de frac, ella de traje largo, dando las vueltas y llevando el compás de una música que parece dejar en el ambiente una suerte de extrañamiento, o, mejor, de impostura.

 

En el medio de la plazoleta, con jardines enrejados y algunos almendros, un habitante de calle arruma ropas envejecidas y pedazos de madera. El vals se esparce por el asfalto y hay, a esa hora del atardecer, varias loras que, con sus gritos y alharacas, buscan refugio en los árboles del sector. En el piso, el viento arrastra algunas hojas muertas.

 

2.

La tarde tiene color anaranjado y un poco de resaca del comienzo de año. Sobre la carrera Giraldo con La Playa, detrás del teatro Pablo Tobón Uribe, junto al parque Simona Duque, se aprecia la presencia multicolor de alguien que, encima, lleva decenas de muñecos y otros juguetes inflables. Solo se ven sus pies y los movimientos rítmicos del arrume de patos, globos, gallinas, perros y otras figuras que pueden representar alegrías infantiles.

 

El hombre (supongo que era un hombre y no una mujer) continúa su camino, atraviesa el parquecito y dobla la esquina. De pronto, vienen imágenes de los viejos vendedores de caramelos que, por diversos lugares, deambulaban con su vara plena de paragüitas, caballos, vacas y pájaros de azúcar. Cuando miro de nuevo, ya la móvil caravana de juguetería y feria ha desaparecido.

 

3.

 

Hacia el occidente, algunos arreboles parecen saludar el comienzo del año. Ayacucho, la tradicional calle, cantada por Carrasquilla y que es la arteria y corazón del barrio Buenos Aires, está repleta de caminantes. Suben y bajan. Los vagones del tranvía están, a su vez, atiborrados. Es la última jornada de las vacaciones de fin y principio de año, en un domingo que, para algunos, puede ser todavía un motivo para la ebriedad.

 

En el lugar donde debía estar construido el centro popular de frituras y de la clásica chunchurria, rodeado de latas, sobre un corredor del tranvía un hombre juega con su perra pastor alemán, llamada Luna, según dice en su collar negro. Le tira pelotas luminosas y ella corretea contenta, mientras algunos curiosos se detienen a observarla.

 

Más arriba, lo que antes fue un clásico café de Medellín, fundado en 1932, hoy es solo una suerte de caricatura triste de su pasado de esplendor. Reducido a una pieza con orinal y mostrador pequeño, el Sol de Oriente tiene una música de despecho, malsonante y a alto volumen.

 

En otro espacio, junto a un caserón de fachada ruinosa, donde a veces se hace un señor a vender películas, libros y revistas de otro tiempo, un muchacho palmotea y llama la atención de los transeúntes: “Lleve la avenita, a tomar a avena, avena a mil, traída directamente de Europa”. Los viandantes miran y siguen su rumbo.

 

Hay gentes que se toman fotos, otros que alzan las manos a los viajeros del tranvía, otros se reúnen en las heladerías y, muchos, casi en amontonamiento, entran al “Mercado del tranvía”, un lugar de gastronomía diversa. La atardecida Ayacucho, con sus avisos de comercio y sus caminantes, tiene todavía las ornamentaciones de una navidad que ya pasó. En una banca, tres hombres conversan con cervezas en la mano. Parecen estar despidiendo las jornadas de asueto decembrino.

 

4.

La calle Miranda, con su separador central arborizado, huele a humedades. La lluvia comienza a caer y parece que irá creciendo. Un señor que lavaba un carro en la acera, hace un gesto de fastidio. La espuma blanca todavía se conserva sobre el gris cemento. Más adelante, pasando Brasil, la iglesita de María Reina de los Ángeles, muestra la soledad. Apenas dos o tres feligreses sentados frente al altar.

 

Aumenta la lluvia y hay que caminar bajo los pocos aleros que todavía se conservan en un barrio antañoso (Los Ángeles), de casas amplias y poco tráfico en un atardecer de inicios de año. El puente festivo está a punto de terminar. Lo que sí está en ciernes, pero in crescendo, es la lluvia. Cerca al parque Obrero, por la mitad de la calle, un hombre camina con cinco perros, cuatro oscuros y uno amonado. No parecen alterarse por los goterones; voltean hacia Echeverri y dan la impresión, todos, de estar contentos.

 

Me detengo a escamparme en las afueras de una casa de entrada cubierta, a modo de plancha que cubre la puerta principal y la del garaje. La lluvia es más fuerte ahora. Y de pronto, entre los sonidos mojados, comienzo a distinguir una música, unos acordes. Es un piano. Alguien está tocando un estudio de Chopin. Una belleza las dos músicas, la de la lluvia de enero y la del pianista invisible. En el parque, los árboles rumoran con su follaje mojado.

 

Antigua plazoleta de La Independencia, hoy más conocida como María Auxiliadora.

Gazapos en el cine

(Una muestra de descuidos en películas de alta y baja calidad)

 

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El cabello de Dorothy crece así no más en la misma conversación con Espantapájaros.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En el extinguido Teatro Bello, con arquitectura a la italiana, vi hace años La agonía y el éxtasis, un filme de Carol Reed, basado en la obra de Irving Stone sobre la vida de Miguel Ángel Buonarroti. Casi toda la película gira en torno a las maravillas y dificultades que tiene el gran artista de Caprese para pintar la Capilla Sixtina.

 

La cinta, con Charlton Heston (Miguel Ángel) y Rex Harrison (el papa Julio II), estuvo nominada a cinco premios Oscar y no ganó ninguno. El caso es que, en esos tiempos, cuando se estilaban los filmes de capa y espada, los romanos, los de gladiadores, era ya una leyenda para muchos pelados de entonces el actor que representó al escultor del David y de Moisés, que ya lo habíamos visto en Ben Hur, una superproducción de la Metro Goldwyn Mayer, en la que el león, símbolo de esa compañía, no ruge al principio, debido al contenido religioso de la película.

 

Ben Hur, según supe después, tiene varias imprecisiones históricas, como la de condenar al protagonista a la pena de galeras, que entonces no existía en el imperio romano. Y en este punto, vale recordar algunos gazapos de películas de buen calibre, como de otras que son más bien del montón. Los cazadores de estas imperfecciones tienen clasificaciones y estadísticas.

 

Se dice, de acuerdo con estas sumatorias, que la de más gazapos es Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, con una actuación estelar de Marlon Brando. Arruma 562 fallas. Una, para que ustedes busquen el resto: la sombra de una cámara que filma una secuencia se proyecta sobre la espalda de un soldado. La sigue en cantidad de gazapos una espectacular película de Alfred Hitchcock: Los pájaros, con 546, como uno en el que las heridas de la actriz Tippi Hedren parecen curarse por artes mágicas.

 

Los gazapos, que en los diarios siguen proliferando, y que en otros años se atribuían de modo simpático a un diablillo de las imprentas, en el cine sí que son visibles. No faltan los relojes de pulsera en películas de gladiadores, así como soldados de tenis en filmes como Espartaco, El manto sagrado y Gladiador.

 

Sucede hasta en las mejores familias. Ni siquiera el cuidadoso Stanley Kubrick se escapó de estas “metidas de pata”, como le acaeció en El resplandor, cuando se aprecia, en un plano abierto de exteriores, la sombra de un helicóptero. En la célebre Casablanca, de Michael Curtiz, hay una muy conocida falla que sucede en la estación de París, donde Rick (Humphrey Bogart) espera a Ilsa (Ingrid Bergman) bajo la lluvia.

 

Ilsa no aparece y, en su lugar, surge Sam, que le entrega a Rick una nota en la que se confirman los más nefastos augurios. Así describe un gazapero el fallo: “Rick está empapado, goterones caen del ala de su sombrero al papel diluyendo la tinta. En la toma siguiente avanza hacia el tren, seco como si se hubiera sometido a un centrifugado”.

 

Otro muy sonado gazapo está en Dos hombres y un destino, de George Roy Hill. Paul Newman y Katharine Ross dan un paseo en bicicleta mientras suena la tonadilla “Raindrops Keep Fallin’ on My Head”. Él con sombrero bombín, ella con un vaporoso vestido blanco. La mujer va sentada en el cuadro o barra de la cicla y, en el siguiente plano, así, sin dársele nada, sobre el manubrio, “como si en un parpadeo hubiera hecho una acrobacia digna del Circo del Sol”, tal como lo advierte un busca gazapos.

 

Para los muchachos de los sesenta, una de las sex-symbol más entrañables fue Raquel Welch. En una de las películas en las que aparece con protagonismo y poca ropa es en Hace un millón de años, dirigida por Don Chaffey. La chica prehistórica del filme tiene peinado de peluquería, pestañas postizas y bikini de piel de bisonte. Y, según se ha dicho, más que una errata pudo ser una provocación del director.

 

Anacronismos, cámaras fantasmagóricas, sombras inexplicables, técnicos colados en una escena, discontinuidad en los planos y otras maneras de las “imperfecciones” y descuidos se han interpuesto en filmes de alta calidad, así como de la más descomedida basura. En El mago de Oz, por ejemplo, hay cuadros que dejan ver un error (¿acto mágico?), cuando el cabello de Dorothy (Judy Garland) crece más o menos dos centímetros en la misma conversación que ella sostiene con el Espantapájaros (Ray Bolger). No ha faltado quién solicite la fórmula para acrecentar el pelo en cuestión de segundos.

 

Ah, en El resplandor, un clásico del suspenso y del terror, hay otro gazapo. En un fotograma el pequeño Danny tiene un sánduche apenas medio mordido y en el siguiente, sin más ni más, parece haberse tragado ya más de la mitad del emparedado.

 

Scripts, guionistas, directores, en fin, a veces se “elevan” y “dan papaya” a los perseguidores de gazapos, que, como se dice, debe ser gente más que todo desocupada que se “ocupa” de detectar los errores de los demás, sin ninguna consideración por los aciertos de los otros. En todo caso, un gladiador con un reloj en la muñeca sí es un anacronismo letal.

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Película Troya, con Brad Pitt, y un “milagroso” avión.

 

 

 

 

 

 

 

Peripecias del muñeco de Año Viejo

(Crónica con tictac para exorcizar los fantasmas del tiempo)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Un recuerdo de infancia me lleva a vislumbrar en una esquina de fin de año a un hombre sentado. Bueno, en rigor no es un hombre, es su representación, vestido de ropas viejas, con tripas de trapo y pólvora (lo supe después), con ojos vacíos que miran sin mirar el tiempo último, los minutos contados. Su saco desvaído, sus zapatones desvencijados, recuerdan a un payaso obsoleto. Es una figura tristona, junto a la cual, un tipo de verdad, con traje de mujer y pañoleta oscura, llora sin consuelo como si fuera la viuda del muñeco de Año Viejo.

 

Los muñecos de fin de año, parte de una cultura popular, hoy degradada, a veces daban la impresión de ser beodos en trance de irse al piso, con su botella de licor vacía en un bolsillo roto. El barrio giraba en torno a la confección de aquel símbolo del tiempo que moría el último día del año, con recolección de ropas de segunda, o quizá de tercera, en un ritual que aunaba muchachos y señoras, en una demostración de sociabilidad, alegría y teatralidad.

 

Los diseñadores del muñeco, que iban de puerta en puerta, también solicitaban monedas para la compra de explosivos y fuegos de artificio para rellenar el estómago del hombre de trapo que moriría (sin posibilidades de resurrección) a las doce de la noche del 31 de diciembre, en medio de llamaradas purificantes y detonaciones, con gritos desaforados de celebración. Con restos de sábanas blancas, ya curtidas, se formaba la fisonomía. Había expertos en pintar la boca, que en ocasiones tenía un rictus mortuorio, y en buscar sombreros viejos entre los señores de la barriada.

 

Había muñecos de fina estampa. A veces, según la imaginación y los recursos de los hacedores, se les ponía una rosa o un clavel rojo en el bolsillo de la chaqueta, que por raída que estuviera, con ese toque alcanzaba a darle al personaje dimensiones de dandi extemporáneo. O al sombrero se le ataba una cinta nueva, o se adornaba con alguna borla, quizá un sobrante de la ornamentación navideña. No faltaba el de gusto distinto que conseguía guantes para el muñeco. El caso es que, con el esperpento listo, se armaba una juerga callejera, de ires y venires —sin hacer “retenes” a veces amenazantes como los que hoy se estilan en ciertos sectores de la ciudad—, con una mezcla de ingenuidad y creación colectiva. Los preparativos comenzaban desde el treinta, para tener lista, por la mañana del treintaiuno, la representación final del tiempo viejo.

 

Para algunos, muy avisados, el muñeco era como una suerte de golem, de materia prima con la que se podría, de acuerdo con la capacidad inventiva, darle vida a esa figura que adornaba el paisaje urbano de fin de año. Y, de hecho, en su construcción había una especie de creación divina, de soplo secreto, hermético, que era como la de la aparición mítica del primer hombre. El muñeco de Año Viejo pudiera parecerles a algunos un Adán anciano, que al fin de los tiempos había perdido el paraíso y terminaría en la nada y los ostracismos en la Nochevieja.

 

Tal vez sin saberlo, el rito con el muñeco de Año Viejo revivía una antigua inquisición, porque, sin condena explícita, el hombre de trapo finalizaría en el fuego, observado por multitudes vociferantes que gozaban viéndolo consumirse junto con el calendario. Y en la medida que se tornaba en cenizas, crecía el fragor de las explosiones de despedida al tiempo viejo y de bienvenida al nuevo año. Y en ese punto, el muñeco iba quedando en el olvido, se convertía en otra ausencia, en la nada, en lo que ya no es. Un adiós de lágrimas secas.

 

Aquellos muñecos de año viejo le daban razón al poeta que afirmaba: “el tiempo es la única verdad”. Una verdad que se diluía en el último segundo del año, para resurgir al segundo siguiente con una novedad, que a lo mejor seguía siendo vieja, el tiempo de siempre, el intranscurrible, el eterno. ¿Envejece el tiempo? ¿Rejuvenece acaso? Y a todas estas especulaciones, estaba a la vuelta de las hojas de calendario un interrogante fundamental: ¿qué es el tiempo?

 

Pero en aquellos días en que los relojes poco significaban, el muñeco de Año Viejo nos ponía a disfrutar de la luminosidad del fin del año, que era (o es) como la terminación de una etapa y el comienzo de otra. No pensábamos en incertidumbres ni azares. La vida transcurría, casi siempre en medio de juegos y algazaras. Eran día felices sin pensamientos en torno al incierto porvenir.

 

Una memoria de infancia me transfiere a espacios idos, a calendarios que ya no son, para ver en una esquina de fin de diciembre un muñeco de Año Viejo, que cuando lo miraba, me guiñaba un ojo, como diciéndome que algún día sabría lo que significaba el tiempo, pero entonces ya sería demasiado tarde.

 

En el muñeco fin de añero, hay una tristeza irreparable. Se le ve, exánime, sin esperanza ninguna, a la espera de su destino fatal. Su condena es ineludible. El patíbulo lo espera sin conmiseraciones. Y su muerte transcurrirá en medio de detonaciones y los alaridos festejantes de los demás.

 

El muñeco de Año Viejo, símbolo de lo efímero, de lo que es y dejará de ser, es o puede ser una manera de exorcizar el pasado, un ajuste de cuentas con un calendario que toca a su fin. Y, en medio del fuego final, la apertura a azarosos días que se envejecerán hasta convertirse, de nuevo, en un muñeco de trapo y zapatos viejos.

 

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“El año que viene vuelvo…”

Los alumbrados y otras estrellas

(Crónica decembrina con festones de barrio y un coro de villancicos)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Desde aquel diciembre de 1967, cuando el parque Bolívar, Junín y La Playa se poblaron—en sus árboles de pájaros luminosos del anochecer— con bombillos de colores, la ciudad comenzó a ser otra en las navidades. El alumbrado público decembrino se nos vino entonces como un modo de nuevas sociabilidades y otras maneras de caminar las calles.

 

Por esos mismos días, en Bello, las fábricas de Fabricato y Pantex, arrumaban en sus mallas que daban a la autopista norte centenares de bombillas, velas y estrellas, que, con el tiempo, se volvieron romería de curiosos que se dejaban obnubilar por aquellos deslumbres. Tras las primeras crisis de los textiles, desaparecieron los bombillitos.

 

Y así, cuando Medellín estaba atiborrada de empresas de todo tipo, de telas, de bebidas, de alimentos, de hilanderías, de embutidos, las calendas de fin de año eran una posibilidad para la decoración, como una suerte de sana competencia entre las factorías a ver cuál alumbraba más y mejor sus exteriores.

 

A los luminosos avisos de neón de los almacenes, se sumaron entonces las decoraciones de vitrinas, las de las fachadas y ventanales. Y diciembre se hizo ornamentación en los barrios y la imaginación comenzó a trabajar para buscar las mejores maneras de acoger al último mes del año. De tal modo, que en los barrios populares los festones y las guirnaldas callejeras, a guisa de pasacalles, trasformaron el paisaje cotidiano.

 

En algunos lugares, los periódicos viejos se aprovechaban como insumo para banderines, atados con pitas o cuerdas sintéticas, para colgarlos de lado a lado. Y se hacían convites a fines de noviembre para enlucir las cuadras, porque diciembre no podía pasar en vano, sin las confecciones de globos y de decorados sencillos, pero hechos con entusiasmo y creatividad.

 

Era una ocasión para reconocer el vecindario, para la conversación y los proyectos de comunidad. El barrio era una fiesta, con los bombillos colgantes, con las cintas y otros accesorios, todos colocados con primor en puertas y frentes de las casas. Era como si estuvieran en una fulgurante carrera con los de otros sectores, y así, los de Manrique querían superar a los de Campo Valdés, y estos a los de Aranjuez. En fin.

 

La noche de las velitas era, quizá, la más bella fiesta de diciembre, con los faroles, las candelas, los colgandejos fosforescentes y la muchachada en las aceras. Los niños, con certeza, estaban imaginando cuál sería el regalo del Niño Jesús, mientras los adultos aprovechaban para compartir con el vecino un trago o unas frituras. Era una ocasión particular para prender los equipos de sonido con las canciones de Guillermo Buitrago, que era una especie de insignia de las celebraciones de fin de año.

 

Tal vez cuando en lo público todavía no estaban las bombillas navideñas, la “diciembredad” era una conexión de la familia y las amistades. Tal como lo recordaba, en una de sus crónicas, Sofía Ospina de Navarro: “Siempre ha sido el mes de diciembre motivo de las más gratas reuniones familiares entre los antioqueños. En cada casa —así sea de menguadas posibilidades económicas— en los días navideños amanece la familia en plan festivo, y se saborean, en un encantador compañerismo, los platos tradicionales”.

 

Con el aumento de los alumbrados, que se ensancharon hasta el río Medellín, que casi siempre ha estado a la espalda de los habitantes de la villa, diciembre cobró nuevas perspectivas, no solo para los andadores, sino para los negocios de comestibles y suvenires. A la bombillería y las formas de decoraciones, se le sumaron los rebusques populares.

 

La ciudad se fue convirtiendo, de a poco, en una de las más importantes y asombrosas en la iluminación navideña. Hasta llegar a estar, según un top de la National Geographic, entre “las diez ciudades del mundo más sorprendentes para rememorar la Navidad”. La única vez que en las calles céntricas no hubo alumbrado fue en el gobierno de César Gaviria, por la crisis energética y el apagón que sufrió el país.

 

Diciembre se ha ido regando, con sus fastos y vistosidades, por las barriadas que, si bien ya no tienen aquellos festones de viejos tiempos, sí hay en buena parte de ellas la alegría de las instalaciones luminosas. Y las mismas, con distintas disposiciones y diseños, se aferran de los árboles de parques como el de El Poblado, Aranjuez, Boston, La Milagrosa, y en avenidas como Carabobo y la 70.

 

Las iglesias todavía se visten de diciembre y adornan sus frontis y atrios. Hay una transformación del ambiente y el paisaje durante un mes de bailes y evocaciones. Y vuelven a sonar viejas piezas musicales, como La cinta verde, Navidad de los pobres, La víspera de año nuevo y Faltan cinco pa’ las doce.

 

Las convocatorias a entonar la novena de aguinaldo, aunque ya no tiene, como hace años, el sonido de los cascabeles de tapas de gaseosas, sí están presentes en empresas, en el centro y en los barrios. “Ven a nuestras almas, ven no tardes tanto”, así como las “tutainas” y otros villancicos venezolanos, colombianos, europeos, estadounidenses, en fin, se corean por doquier, en medio de las expectativas de los niños.

 

Más allá del consumismo, que lo ha invadido todo, diciembre todavía tiene rastros de los días en que, en medio de la sencillez e incluso de ciertas carencias, el tiempo y el espacio se transformaban con la presencia de nuevos olores, sabores y sueños infantiles.

 

Las luces de fin de año invitan a observar la ciudad de otra forma, a recorrerla con pasos de descubrimiento. Tal vez, en una de esas exploraciones, se encuentre con “el camino que lleva a Belén” y puede que, en el cielo citadino, se tope con los tres reyes magos o las tres Marías, como les decían las mamás a esas “luces” que hacen parte de la constelación de Orión.

 

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Avenida La Playa, Medellín.

Tres almacenes de la nostalgia

(Crónica de una revolución comercial en Medellín, con los almacenes Tía,  Caravana y Ley)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Los tres, en aquellos tiempos de ciudad parroquial y lenta, quedaban en la misma parte: en Pichincha con Carabobo, en el viejo Guayaquil, el mismo de los trenes, la plaza de mercado, las cacharrerías y los cafetines, y de uno que otro ladrón irredento. El Tía, el Caravana y el Ley, tres almacenes por departamentos, toda una novedad en Medellín, cuando ni siquiera se hablaba de hipermercados ni de grandes superficies.

 

Dos de ellos, eran de pura cepa antioqueña. El otro, el que uno creía que por su nombre se trataba de una pariente desconocida que había puesto negocio, tenía raíces checoslovacas. Los tres revolucionaron el comercio de una ciudad nacida para el “cacharreo”, las transacciones y la consecución de plata.

 

El Ley, al frente de los otros dos, había sido una idea de Luis Eduardo Yepes, nacido en Copacabana a fines del siglo XIX y que, como a tantos paisas, le dio por irse a “aventuriar” a la costa y abrir en Barranquilla, en pleno carnaval, una tienda con venta de antifaces y fantasías. Era 1922, cuando ya en la lejana Praga, desde dos años antes, los socios Federico Deutsch y Kerel Steuer montaron un almacén que sería, después, el Tía (Tienda Internacional Americana). En 1940, cuando se tuvieron que volar de Europa por la agresión nazi, instalaron en Bogotá el primero Tía, de muchos que se regarían por Colombia. También por Argentina, Uruguay y Ecuador.

 

En Medellín, el Tía se instaló en la década del cuarenta, lo mismo que el Caravana, vecino del anterior. Casi todos los que de niños íbamos a esos almacenes, caminábamos de la mano de la mamá o de alguna tía y era toda una novedad entrar a unas tiendas —tan distintas a las de los barrios— en las que todo se conseguía de una vez.

 

Sí, las novedades eran múltiples: secciones de ropa, de alimentos, de carnes, de rancho, de promociones en góndolas, de juguetes, de granos, en fin. El Tía, con su aviso de pared, rojo con ribetes blancos y unas rayitas azules debajo del nombre, parecía más ordenado. El que sí produjo una revolución fue el Caravana, fundado por Víctor Orrego (Yolombó 1919-Medellín 2015), un contador que se dedicó de lleno al comercio y era todo un innovador en la publicidad y en la postura de un artefacto que, a partir de 1955, trastocaría las costumbres de la aldea fabril y comercial.

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Cuando Caravana tenía un año, estalló el Bogotazo (9 de abril de 1948), que repercutió en todo el país. Los saqueos no se hicieron esperar en Medellín. En el almacén, que luego tendrá un slogan muy vendedor (El gigante de los precios enanos), tras las incursiones de los oportunistas, quedaron zapatos “nonos”. Orrego, ni corto ni perezoso, puso cuñas radiales que decían que los que tuvieran un zapato rojo, sin par, podían ir al almacén por el otro, muy barato. Los zapatos impares y otras mercancías se vendieron a granel.

 

Después, cuando un circo llegó a inmediaciones de Guayaquil, el almacenista alquiló un tigre y lo puso en la vitrina. El desfile era interminable, pero no tanto como cuando paró en una de las vitrinas a una muchacha en vestido de baño. Los sermones y pulpitazos sacerdotales hicieron que la chica no durara mucho tiempo en la atrevida exhibición.

 

Y lo anunciado: en 1955 instaló unas escaleras eléctricas, las primeras que hubo en la ciudad. De todos los pueblos de Antioquia se hacían romerías para ir a Caravana a subir y bajar por eso que parecía extraído de un mundo irreal y fantástico. ¿Quién que ya tiene cincuenta o más años de edad, no gozó en esas gradas fascinantes?

 

Orrego fue un campeón del mercadeo y la publicidad. Ingenió los Lunes de ganga, con descuentos en los artículos que se encontraban en el piso; las Ventas relámpago, que duraban treinta minutos con mercancías a mitad de precio. La gente entraba por oleadas. El almacén era un ícono comercial de Guayaquil y el resto de la ciudad.

 

El Ley, que primero existió en la costa atlántica, en Bucaramanga, Bogotá, Cali y por último en Medellín, es una concepción que su dueño aprendió a fines de la década del veinte en Estados Unidos, donde viajó a observar ese tipo de almacenes por departamentos. En el de Medellín, donde todo el mundo “barequea”, escoge y pide rebajas, se instaló ese almacén de precios fijos, pero con la ventaja de tener de todo, como en botica.

 

Con diez secciones, el Ley de Medellín se convirtió en eje de esa empresa, hoy desaparecida. “En el Ley cuesta menos”, era uno de sus lemas publicitarios. Y, como gran atracción, cada departamento era atendido por “señoritas elegantes y bien parecidas”. Después, tuvo otro eslogan: “Ahorre tiempo y dinero visitando el Ley primero”.

 

Y esta crónica de comercio y ventas por departamentos, viene al caso por el reciente cierre del Tía en Colombia. Tras 77 años de estar en varias ciudades (el de Medellín se acabó hace tiempos), el Tía anunció el final de sus días, azotado por los tratados de libre comercio y la entrada infinita de productos chinos de contrabando, según dijo a los medios Luz Mary Sánchez, tesorera del Sindicato Nacional de Trabajadores del Tía. Quinientos cincuenta trabajadores se quedaron sin empleo.

 

Hubo un tiempo en que el Tía, el Ley y el Caravana, los tres en pleno corazón comercial de la ciudad, en la que, en sus alrededores, estaban almacenes como el Kilo, almacén Sin Nombre, el Éxito, El Mío y decenas más, aparte de las cacharrerías, como La Campana, se batieron como emblemas de “todo en la misma parte”, con precios fijos, pero con gangas periódicas.

 

Ninguno de los tres existe. Solo en el recuerdo y los imaginarios. En los tres hubo “escaperos” (ladrones de mercancías, que la esconden en su ropa y bolsos) y niños embelesados por un balón o un carro de juguete. Lo más seguro es que el tigre del Caravana esté muerto y la nadadora de la vitrina ya no tenga los atractivos que conmocionaron a los noveleros de la parroquia de entonces.

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En Colombia,  recientemente se extinguieron los almacenes Tía. Los tratados de libre comercio y el contrabando acabaron con el trabajo de más de quinientos empleados.

¿Qué es un barrio?

(Crónica con un tango, puntos cardinales y alguna esquina de la noche)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Quizá aquel tango de Eladia Blázquez, escuchado al desgaire alguna noche de cafetín, nos puso a los contertulios de mesa en alerta sobre los significados del barrio. “En esa infancia la templanza me forjó / después la vida mil caminos me tendió…”. Y, sí: la sombra de la vieja en el jardín, la fiesta de las cosas más sencillas y la gente que se fue. Eso es, o era, el barrio, en el que todos los puntos cardinales están delimitados con su melancolía de asfalto y su sentimiento de ladrillos.

 

Barrio con “planta de jazmín”, con “la paz en la gramilla” y las cosas que jamás volverán. Y ahí, escuchando El corazón (mirando) al sur, se armó una conversación acerca de lo vivido en esa geografía imprescindible —a veces, impredecible—, de calles, callejones y encrucijadas; de muchachas a las que todavía se les siente (claro, en la memoria) el frufrú de su falda; de las señoras con cara de chisme y colorete, camino a la tienda a ajustar mercados y solicitar fiados.

 

¿Qué es un barrio? La pregunta, con múltiples respuestas, se elevó sobre el humo y el olor a tinto, sobre los cuadritos de orquestas de tango y de vírgenes milagrosas y comenzó a flotar en el ambiente de vocinglería y copas entrechocadas. Es, se dijo, una especie de patria chica (“no, grande, muy grande”, también se escuchó), de intimidad entrañable que, se quiera o no, da carácter y produce historia personal.

 

Un barrio es un punto de partida. Una manera de ir creciendo, en medio de las aspiraciones y las colisiones contra la realidad; de ir de la mano de los otros. La denominada otredad es un vínculo en el barrio, una concepción cotidiana de vecino, de amigo, de compañero. Es la posibilidad del encuentro, del juego de pelota, de tirar las cartas sobre un tapete de cemento o encima de periódicos a modo de mantel.

 

Y la voz de Eladia proponía ampliaciones en la discusión, en la reflexión sobre el barrio, en una especie de metafísica que flotaba y se esparcía en el alma del cemento y del antejardín. Se paraba en una esquina del recuerdo: “La geografía de mi barrio llevo en mí, / será por eso que del todo no me fui: / la esquina, el almacén, el piberío… / los reconozco… son algo mío…”.

 

¿Qué es un barrio? Es, o era, la posibilidad de ver pasar a Teresa, a Francisca, a Margot, a la muchacha de uniforme azul celeste y blanco, al vendedor de caramelos. Es, o era, la multiformidad, la abundancia de voces, las bicicletas de trabajadores rumbo a la fábrica, la presencia de un cartero de buenas noticias o de desgracias. Es, tal vez ya no, la oportunidad de observar los ocasos, las siluetas de las chicas que iban a su casa tras una jornada de estudio, la sombra del mango en las aceras.

 

El barrio, eso se dijo, es (¿ya no?) una promesa de un amanecer con pájaros, al tiempo que se sentía en la calle el olor a jabón y a limpieza de los recién bañados, de los que llevaban camisas aplanchadas, y en la piel un perfume de levedades. Es una intersección de sentimentalidades, un cruce de saludos, las coordenadas de las manos en alto a modo de reconocimiento.

 

Quizá en el ambiente de mesas y taburetes, de música que parecía salir del fondo de la tierra, había una percepción romántica de aquello que daba la impresión de estar a punto de desaparecer. Y la daba, más que todo, el tango con voz de mujer: “Ahora sé que la distancia no es real / y me descubro en ese punto cardinal…”.

 

El intercambio de palabras, a veces trompicadas, se instalaba en algún rincón del alma. Una canción era la propiciadora de una imaginaria vuelta al barrio, al de todos, al de cada uno, en momentos en que todavía la esperanza de prolongación no se había perdido. Y aunque ya no existiera, el verso le daba vida: “la geografía de mi barrio llevo en mí”, como lo avizorara hace años un poeta de Alejandría.

 

Había tantos sures y tantos nortes. Había balcones con caras bonitas y matas de novio y azaleas. Estaba el alambre de ropas y el patio. Y un solar con rosas de la tarde. Y en alguna esquina de la noche, luces de neón y un traganíquel con voces metálicas. Así era el barrio. ¿Cuál? ¿El tuyo, el mío? Había lugares comunes. También diferenciaciones. Se parecían, eso sí, en el ejercicio sincero de los afectos.

 

“Nací en un barrio donde el lujo fue un albur, / por eso tengo el corazón mirando al sur”. O al occidente o hacia la montaña por donde sale el sol. Una melodía, una voz, una mesa de hablantes les iba dando forma a las diversas maneras de ser del barrio. Ya no importaba si mañana ese territorio real e imaginario se iba a extinguir. La clave, eso se dijo, radicaba en haberlo vivido.

 

Después, cuando la voz cantante se silenció, siguió flotando (¿flotando en el adiós?) la idea de un territorio entrañable y significativo que ha dado formas particulares de urbanismo y, más allá de la infraestructura, de relaciones afectivas y solidarias. El barrio trasciende lo catastral y se ubica en la zona de la cultura y la historia, de la memoria y la identidad.

 

Pudo haber sido el tango de Eladia el que suscitó la charla de café. En la mixtura de botellas y pocillos, de copas y palabras, continuaron los ecos de la canción: “volviendo a la niñez desde la luz / teniendo siempre el corazón mirando al sur”.

 

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“Florece en mi barrio”, pintura de José Muñoz.

 

 

 

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