El misterio de las medias nonas

(Una crónica sin par con calcetines desaparecidos y otros viudos)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Las medias nonas tienen una apariencia de pena incurable y de desamparo sin solución. Están quizá expectantes de que aparezca algún día su compañera, la que les da la categoría de “par” y les alivia la sensación de inutilidad, de abandono, de descaecimiento antes de tiempo. A veces no han alcanzado ni siquiera a desteñirse en el talón y las puntas, y todavía están en plenitud de uso, cuando desaparece la otra, en una factura de misterio que puede tardar años en solucionarse.

 

Y más que el destino de la que se quedó sola, el enigma se traslada a la extraviada. ¿Cómo pudo perderse si siempre se lavan en la misma lavadora? O a mano sobre la loza de la poceta. Y se cuelgan en las mismas cuerdas. ¿Dónde van a dar las desaparecidas? Es como si la tierra se las tragara.

 

En ocasiones pasa que, mucho tiempo después, y sin que ya nadie las espere, aparecen en algún insólito lugar, como puede ser detrás de los libros de la biblioteca, o bajo un colchón, o en una poco usada gaveta de closet, y sucede que ya la otra, no está, porque se ha utilizado a modo de guante para sacudir una pared o una repisa y después se ha arrojado a la basura.

 

Las medias nonas son como un divorcio forzado. Como una separación obligatoria. Se hunden las supérstites en una soledad sin paisaje alguno, en la gris desolación del que espera el momento de mezclarse con las sombras. Pueden ser sinónimo de la tristeza. Y son poseedoras de un trágico desconsuelo, que las hace pertenecer muy pronto al olvido. Es aquel calcetín nono un símbolo de la desazón. En él se conjugan la desdicha de la pérdida y la cada vez más débil esperanza de una súbita aparición del otro, en la que el azar es el gran mediador.

 

Y no se crea que solo las medias cortas, tobilleras o a media pierna (tanto de hombre como de mujer) son las que desaparecen. También aquellas veladas, que en un tiempo era tan usadas por las damas para lucir con batas y trajes de cierta distinción, sufrían la partida sin avisos de alguna de las dos. Y entonces, como no faltan quienes recordarán, la sobreviviente se podía rellenar de papeles o con otras medias nonas y volverse pelota. O, por qué no, como en algunas películas de asaltantes bancarios, ponérsela en la cara como antifaz carnavalesco.

 

Detrás de cada media nona hay una pequeña historia de desconciertos. Un vínculo con lo inexplicable. Una conjetura. La que se ha esfumado, sin saberse cómo ni por qué, quizá no vuelva y se pierda en los entresijos de la desmemoria. La que queda, con una especie de complejo de inutilidad, puede perecer en poco tiempo, a no ser que su esencia se transforme, o, de otro modo, el dueño le dé nuevos usos. Se dice que puede servir para echar monedas, guardar bolas de cristal y manojos de cabellos (como alguna vez se estiló) o como limpión para patios y zócalos. No faltará quien la ponga en una canilla para silenciar el chorro de agua.

 

“Sirven para lustrar zapatos, limpiar barbillas de bebé, / ocultar joyas o cartas de amor”

 

La poetisa Anabel Torres, en su libro Medias nonas (un título que, según la autora, no ha tenido gran acogida), dice que “sirven para introducir la mano y sacudir el polvo, / esparcir cera, brillar muebles, guardar sueños, hacer traperos. / Sirven para lustrar zapatos, limpiar barbillas de bebé, / ocultar joyas o cartas de amor”. Y así se podrían encontrar otras facetas que pueden tener estas medias impares, a las cuales se les podría meter un bombillo (en tiempos viejos, las abuelas tejían las medias, o las remendaban, con una bombilla dentro de la media), o rellenar para hacer un muñeco de navidad.

 

En casa, hace mucho tiempo, hubo una media nona que duró años y su compañera jamás apareció. Era de rombos rojizos y azules. A veces, se escondía en cajones de escaparates o en canastos de ropa para aplanchar. No sé por qué se fue volviendo tan familiar, que se decidió, sin previa asamblea ni convenciones al respecto, conservarla, tal vez como un amuleto para que ayudara a que otras medias no quedaran en su condición desparejada. Y rodó de un lado a otro, en medio de un familiar clima de afecto por una media inservible. No recuerdo si murió de vieja o ella misma se marchó a buscar a su consorte.

 

Las medias nonas son como solteronas. O como monjas de clausura. Pero también pueden parecerse a las llaves que se van quedando silentes y quietas en desusados llaveros porque se ha mudado de casa, o porque se cambiaron cerraduras, en fin. Tienen la estampa de lo que ya no volverá a ser como antes y así estén casi nuevas no ejercerán su “profesión”. Claro que, a quien no le importe, puede usar distintas medias nonas, de colores y diseños diferentes, porque, al fin de cuentas, no es que sean tan visibles.

 

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Hay cálculos acerca de las medias que la gente puede perder durante su vida y la cifra, que sale de una operación matemática de cierta complejidad, es de mil doscientas. Para ello también habrá que vivir una buena cantidad de años.

 

¿Adónde se irán las compañeras (o excompañeras) de las medias nonas? ¿Habrá algún cielo para ellas? ¿Algún infierno? Quizá en ese otro lugar (o no-lugar) jugarán, como los niños de antes, a “los pares y nones” con la ansiedad de que aparezcan por tales parajes las que se quedaron, como ellas, en una viudez en la cual la incertidumbre puede ser de carácter permanente.

 

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Charles Aznavour o morir de amor

(Una historia sobre el polifacético autor de La bohemia, ¿Quién? y Venecia sin ti)

 

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Charles Aznavour

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Preludio con versos y gusanos

 

“Los mejores adioses son los que se demoran”, dijo alguna vez el cantante, compositor, autor y escritor francés, de ascendencia armenia, Charles Aznavour, muerto a los 94 años, con cuya ausencia física se perdió su propio concierto que estaba programado para el 26 de octubre de 2018 en Bruselas. Quizá el epitafio que se inscriba en su tumba no será el que él, dueño de agudo humor negro, en un juego de palabras en francés, dijo que quería: “Encore des vers”, que significa tanto “Más versos” como “Más gusanos”.

 

El último bastión de la canción francesa del siglo XX, que cantaba con “dulce melancolía” al amor y a lo que se había ido, legó al mundo un extenso repertorio de más de tres mil grabaciones, películas en las que actuó, autoría de letras y composiciones suyas (cerca de mil). Era un artista que cantó a los emigrantes, a los que cayeron en el genocidio de un millón y medio de armenios en la primera guerra mundial y un poco después de finalizada la misma, y a la muerte inminente de la mamá.

 

Aznavour es un cantor de varias generaciones. Sobrevivió a los más grandes representantes de la canción francesa, como Edith Piaf, Charles Trenet, Maurice Chevalier, George Brassens, Jacques Brel, Gilbert Bécaud, Yves Montand… a los que vio ascender y declinar y a algunos de ellos también les compuso canciones. Y se mantuvo incólume hasta una edad que le amplió la leyenda artística y lo convirtió en una suerte de monumento vivo a la creatividad, la interpretación y la longevidad en el escenario.

 

Nacido en París en 1924, cuando sus padres armenios estaban esperando una visa para proseguir viaje a los Estados Unidos, el polifacético artista sabía que lo importante no es ser recordado, sino que su obra perdure y esté en la memoria de los que vendrán. Así lo dio a entender cuando en Hollywood descubrieron su estrella en el Paseo de la Fama, en 2017. Lo llamaron el Sinatra francés, aunque, en buen romance y por razones de equidad en el talento, también a Frank lo hubieran podido denominar el Aznavour gringo. Vivió y murió a su manera. Y en vida alcanzó la categoría de clásico. Quizá le faltó morir de amor, aunque ¿quién quita?

 

 

  1. De bohemios y flores muertas

 

En una vieja crónica de Ernest Hemingway sobre bohemios norteamericanos en París, de 1922, el entonces reportero del Star Weekly de Toronto, en una crítica a una manada de ociosos que creían que la poesía bajaba del cielo, reunidos casi siempre en el café la Rotonde, el joven escritor les advierte con perentoriedad que “se ha escrito poca poesía buena en los cafés” y que para hacerlo había que trabajar con intensidad y disciplina. Muchos años después, en 1966, Aznavour graba una canción que puede ser una de las más simbólicas del cantante, La bohemia, en la que los muchachos de veinte años sí pintan y aman y aguantan hambre porque están, por encima de todo, buscando la gloria. Eran pelados felices, sin nada en el bolsillo, todos con talento y buen humor.

 

La bohemia, una canción a la juventud perdida, nos habla de lilas muertas y de tiempos idos. Alberga una nostalgia y, como en algunas novelas de Patrick Modiano, con el paso del tiempo ya no están las flores, y el taller de pintura está convertido en un café-bar y en una pensión. París ha cambiado. Quizá esa pieza que es dueña de una tristeza bien organizada pueda ser el retrato de una generación de utopías y sueños inconclusos. Una canción de triunfos postergados.

 

Aznavour, como todos los miembros de la llamada canción francesa, era respetuoso de las letras, del texto, de la poesía. Eran aquellas composiciones como una herencia de la Ilustración. Y como él mismo lo señaló, si en la música de todo aquel acervo cancionístico no hay novedades, sí las puede encontrar el oyente (y el lector) en las historias, en las bellas maneras de contarlas. Se huye y rehúye de la vulgaridad. Hay una búsqueda de nuevas perspectivas para pintar la condición humana.

 

Ahí están, para la muestra, que no es pequeña, canciones como ¿Quién? (Quién, cuando ya no aliente / silenciosamente, llegará hasta ti / y como el olvido / ya te habrá vencido / le dirás “querido” / al igual que a mí”. Son historias de amor y desamor. Sin caer en lacrimosidades. Ni en melodramas de folletín, que también, como se sabe, pueden ser objeto de tratamiento artístico. O tal vez una de las más representativas de las ausencias y distanciamientos, como Venecia sin ti. Tiene temas en los que se acaba la alegría y nace la angustia. En las que hay dolores, pero en los que, ante todo, se exalta la dignidad, como, pongamos por caso, Debes saber (en la que se llama a fingir el llanto y enmascarar “el gran dolor”).

 

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En sus cerca de tres mil grabaciones, Aznavour recorre los caminos a veces muy espinosos de los amores en pareja, del paso ineluctable del tiempo, de los afectos truncos y las paradojas existenciales. Cantar en seis lenguas (francés, italiano, español, ruso, inglés y armenio) lo tornó más extenso, más universal y ser reverenciado como una figura mítica en distintas geografías. “Me gusta escribir lo que los demás no escriben. Esa es mi enfermedad”, dijo, sobre todo cuando creó una canción sobre la homosexualidad (Comme ils disent). “En una canción se puede decir de todo, a condición de que se sea sincero, esté bien escrita y no sea vulgar”, agregó en lo que pudo ser una especie de brújula de su estilo. Una canción debe ser como una pequeña obra de teatro, eso decía.

 

  1. Un pueblo masacrado

 

Aznavour (cuyo nombre original era Shahnour Vaghinag Aznavourian), que también cantó a los perdedores, como si con ello quisiera revivir los tiempos en que se le decía que mejor se dedicara a otros menesteres, o que no iba a llegar a ninguna parte por no ser “guapo ni alto ni tener una buena voz”, jamás olvidó sus orígenes armenios. Sus padres, un barítono y una actriz, que escaparon a la matanza, lo sensibilizaron en las artes y le leían autores rusos, como Chejov. “Soy parte de un pueblo, muerto sin sepultura. Mi padre y mi madre, que pudieron escapar a la tormenta, tuvieron la oportunidad de hallar refugio en Francia. No ocurrió lo mismo con el millón y medio de armenios que fueron masacrados, degollados y torturados en el que fue el primer genocidio del siglo XX”, escribió en la conmemoración de los cien años del genocidio del imperio otomano contra los armenios.

 

El artista, miembro de una familia en la que hubo cristianos, musulmanes y judíos, se destacó también por su solidaridad con los emigrantes. Tanto que estuvo dispuesto a recibir a muchos de ellos en su casa secundaria y siempre agitó la idea del aporte que los que llegaron de otros lugares hicieron a Francia, como Picasso, Cioran o el compositor egipcio Guy Béart, entre muchos. “Siempre estaré del lado de los que llaman a la puerta, no de los que la cierran”.

 

“Camarada
La batalla nos unió, mi camarada,
Nuestra lucha comenzó en las barricadas,
Y siguió en comandos y emboscadas,
Mi camarada”

Canción de Aznavour

 

 

Aznavour, un tipo “políticamente incorrecto”, cuya familia participó en la resistencia contra los nazis en Francia (protegieron comunistas en su apartamento de París), también le cantó al genocidio de los judíos. Su canción J’ai connu es una demostración de su poética en torno a un acontecimiento atroz como el crimen masivo contra los judíos de parte de las hordas hitlerianas. “Lo que el hombre le hace al hombre / el animal no lo hace”, dice. Es, sin duda, una pieza dolorosa y valiente sobre esa historia de horror: “Yo conocí las cadenas, las heridas, el odio y el látigo…”.

 

Era de los que pensaba que cada vez las cosas se pueden hacer mejor, sin interesar la edad que se tenga. Y tal vez por esa consigna, dio recitales hasta casi la hora de su último suspiro y llenó escenarios en todas partes. No se preocupaba por la edad, sino por todo lo que cada día se puede hacer para elevar el nivel artístico y humano.

 

  1. Días de cine

 

El cine estuvo dentro de los intereses creativos e intelectuales de Aznavour, que participó en unos sesenta filmes, además de componer bandas sonoras para algunos. Estuvo en películas como La cabeza contra la pared, de Georges Franju, en 1959; El testamento de Orfeo, de Jean Cocteau, 1960; El tambor de hojalata, de Volker Schlöndorff, 1979; y Ararat, de Atom Egoyan, en 2002. Son recordadas sus actuaciones en Disparen al pianista, de François Truffaut (1960) y en Diez negritos, de Peter Collinson, basada en una novela de Agatha Christie.

 

Aznavour, el mismo que en su adolescencia y juventud escuchaba tangos, y que consideró que, en cuanto a las letras, no había en el mundo ninguna canción que igualara a la francesa, se mantuvo vigente hasta su muerte en el mundo del espectáculo. Sus recitales, pese a que su voz ya se quebraba, eran multitudinarios. El público le perdonaba a la vieja estrella cualquier error y, por lo demás, cuando lo cometía volvía a empezar la interpretación. Sin haber tenido estudios académicos, se convirtió, según sus palabras, en un “filósofo de la canción”.

 

“Solo queda un adiós que no puedo olvidar” suena en alguna parte de la memoria. “Para durar, hay que decir la verdad. La mentira no lleva a ningún sitio, ni en la vida ni sobre el escenario”, era parte de su guía ética.

 

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Aznavour en No disparen al pianista

 

Epílogo sin llanto

 

Ahí está el cantante, el artista, va sin mirar atrás. Va caminando con sus canciones. Sabe que muchos no le dejarán de amar. “Ya no sé si aún podré volver a verte, / o si solo tengo cita con la muerte”, dice en su Camarada. Quizá se marchó sin gritos ni lágrimas, aunque, para ser sinceros, hay que decir que hubo llantos y aflicciones con su ida, con su muerte en la que hubo tardanzas para decir adiós. Y por tanto (Et maintenant), dirán por ahí, no se dejará de amar a un tipo extraordinario, a alguien que dejó a la humanidad un testamento de coherencia entre la vida y el arte. Se fue aquel que dijo hace tiempos ante las críticas de la prensa y de ciertas personalidades del espectáculo, que “si no me queréis, haré todo lo posible para que me queráis”. De veras que a este señor del canto se le quiere mucho. Y, con certeza, se le seguirá queriendo por mucho tiempo.

 

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Trámite sin dicha en un banco purgatorial

(Crónica con formularios, un subgerente que va y viene y una chica de Valledupar)

 

Antiguo edificio de la Bolsa, parque de Berrío.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El parque de Berrío (antes, en tiempos coloniales y en un buen tramo del siglo XIX llamado la plaza mayor) está atiborrado a las tres y treinta de la tarde. El edificio de la antigua Bolsa de Medellín, enseguida de la basílica de la Candelaria, aparece como un vetusto testigo de la transformación radical del lugar que recuerda al forjador del Ferrocarril de Antioquia, al nominador (dio el nombre) de la Universidad de Antioquia y al fundador de la Escuela de Artes y Oficios. Hasta aquí todo va bien. Vendedores de lotería y gente que espera, quizá a quien no llegará a tiempo.

 

Y adentro del banco, tras empujar la puerta de vidrio (“empuje”, dice sobre la manija), busco la oficina de subgerencia. Está sola. Me paseo por un lado y otro. Los módulos de atención y asesoría comercial están llenos. En unas sillas oscuras, hay clientes que aguardan, con caras desvaídas, quizá desesperadas por la lentitud en la atención.

 

Porto en una mano el formulario, ya diligenciado, de actualización de datos y de “Persona Expuesta al Público” (PEP). No sé dónde entregarlo. Y de pronto, aparece un hombre de camisa lila y corbata bajo el avisito de “subgerencia”. Saludo y el hombre, que se iba a sentar, viene hasta mí. Le explico y muestro el formulario. “Tiene que dar la información en uno de los módulos, pero antes debe tomar un ficho de turno”. Me sale el A57. Miro a la pantalla y van en el A45. Salgo a mirar otros paisajes. Nada raro. Lo mismo en el pasaje comercial, transeúntes que van y vienen, otros adentro de los negocios. Avisos publicitarios. Vocinglería. Olor a café.

 

Vuelvo a empujar la puerta-vidriera. Ya no está el subgerente. No se ha movido el turno. Aparece otra vez el tipo de la lila. Le digo que por qué es tan lenta la atención. Que si para llenar esos datos no es mejor hacerlo por la web y de tal modo se evitaría uno tantas esperas y el mundo sería mejor. Me mira como si yo fuera un extraterrestre. Alguien desocupa una sillita y camino hacia ella. Sé que el hombre de la lila me sigue con la vista. Saco un libro y comienzo a leer: “Una amiga de Annie F. venía a menudo a casa. Se llamaba Frede. A mis ojos de adulto, hoy no es más que una mujer que dirigía, en los años cincuenta, un club nocturno de la calle de Ponthieu…”. Alzo la mirada y veo que viene hacia mí una señora negra. Me sonríe y pregunta: ¿Aquí la atención es por orden de llegada…?”. “No, debe tomar un ficho de aquel aparato”. Le señalo.  Y prosigo en la lectura de Reducción de condena, de Patrick Modiano.

 

El turno va en el A46. Son las cuatro de la tarde. Por los ventanales se nota la agitación del parque. Los módulos siguen en actividad. Al fondo, hay filas para las taquillas de retiros y consignaciones. El hombre de la subgerencia ha vuelto a desaparecer. “Al otro día, en el establecimiento de un librero de viejo, hojeaba un número atrasado de La Semaine à Paris de julio de 1939, en el que venían indicados los programas de los cines, los teatros, las galas de variedades y los cabarets”. Siento que Modiano no pierde su táctica de hacer pesquisas policíacas en sus novelas, reconstructoras de memoria de una ciudad cambiante y que, a veces, pocas huellas deja de lo que fue. Turno A47.

 

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No es fácil concentrarse mientras se espera un taquillazo para una “vuelta” que, en rigor, y con mejores organizadores de actividad bancaria, no tendría por qué tardar. Qué tanto es decir una dirección, un teléfono, estampar una huella, un número de cédula, una firma. Vuelvo a las páginas. Y siento una voz. Alzo la mirada y veo la camisa lila y la corbata oscura. “¿Qué número tiene?”. Luego me dice que me va a ayudar a agilizar el trámite. Me pide la cédula y va hasta el aparato. Vuelve con otro ficho: CP109. “Muchas gracias”, le digo, a secas. “Huy, tan de buenas usted”, me dice un hombre de unos treinta años, sentado a mi lado. “De buenas, no. Varias veces tuve que ir a reclamar”. Está ahí, según me dice después, porque el “patrón” le consignó anoche y cuando fue esta tarde al cajero no había nada. “Vine a ver qué pasó”.

 

Aparece en el tablero el CP108. Ya no torno a las páginas de Modiano. Creo que el asunto del tiempo ha cambiado y que en segundos estaré en el módulo. Y, sí, en efecto. Voy, me siento. Al frente, una muchacha pelinegra. Se llama Stella, según observo en la escarapela. En el acento noto que es de otro lado, quizá de la costa. Me pide la cédula. Además, le doy el formulario doblado. Manipula el computador. Me parece que ha palidecido. Llama a un compañero. Este teclea y luego ella sigue. No da la impresión de que las cosas vayan bien. Llama entonces al hombre de la subgerencia. Este digita varias teclas. Pienso que abriré otra vez el libro.

 

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La muchacha sonríe. “No está funcionando el computador. Esta mañana me pasaron para este, pero parece que se ha desconfigurado. Qué pena”. Sonrío por cortesía. Ella hace una llamada. “Ah, parece que ya lo van a arreglar”, dice. Modiano también me dice que había una “chica callada de tocado moreno y ojos pálidos que era un personaje de cuento. La llamábamos Blancanieves”. La operadora habla ahora con otra funcionaria. Luego me observa y me pregunta si soy un pensionado. Luego me interroga sobre ingresos y gastos. Y teclea. “Ah, se volvió a descomponer”. Sonríe y me pide que tenga “la paciencia del santo Job”. “De santo tengo poco o nada”, le digo y nos encontramos en la risa.

 

Veo que mi cédula sigue ahí sobre el computador de la muchacha. Ella vuelve a llamar. Volteo y a través de la vidriera el parque continúa con su efervescencia. No se escucha su ruidosidad de las cuatro y media de una tarde de jueves. Entonces recuerdo lo del PEP y le acoto a la chica, a la que ya le he preguntado de dónde es, por qué para renovar unos datos elementales hay que esperar tanto y venir hasta las oficinas cuando eso se podría hacer por la red. “Este banco es distinto. Le gusta que sus clientes vengan a las oficinas”. No supe en ese instante si se trataba de una especie de burla o de una línea empresarial. Entonces decido hablarle de que estoy frente a ella porque el señor de la camisa lila me dijo que iba a agilizar el trámite. Cuando miro al tablero ya ha pasado el A57. Va en el A60. “Hace rato hubiera salido de aquí”, pienso.

 

Después le digo que por qué diablos tengo que estar en ese formulario. “No he tenido cargos públicos”. Y entonces recuerdo que fui candidato a una corporación de elección popular. Y que a lo mejor sea por ese factor. Ya son las 4.45 cuando decido canturrearle a la muchacha un pedacito de “Valledupar, edénico lugar que brilla bajo el cielo de la tierra mía”, y le hablo de los Hermanos Martelo y ya la tardanza me conduce a decirle a la valduparense —que cuando se puso en pie se le notaron sus líneas de esbeltez y figura sensual— que le compondré un paseo vallenato. “Ah, eso sí que es sabroso para bailar”, dice con sonrisas.

 

Casi a las cinco ya he puesto mis huellas en los formularios. Me da una piececita redonda de papel húmedo para limpiarme el índice derecho. “Voy donde el subgerente con estos formularios y ya vuelvo para entregarle su cédula”. He guardado hace rato en el bolso el libro de Modiano. “¡Qué paradoja! —le digo a Stella—. Me mandaron para acá dizque porque me iban a agilizar el turno y vea pues”. De reojo miro hacia el escritorio del hombre lila y me parece que hay en su faz una especie de rictus burlón. “Ahora sí. Terminamos. Y como dicen en mi tierra, puya el burro”. La muchacha sonríe y me devuelve la cédula.

 

Afuera, por el pasaje comercial, sigo canturreando aquello de “…el corazón no puede soportar el profundo pesar que da tu lejanía”. Llego a Junín, que está atiborrado de escombros. El cielo de Medellín, color gris lluvia, me cae encima como una especie de apocalipsis.

 

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Pintura de Kandinsky

Prado: a dream becomes a neighbourhood

(A walk among Guayacan trees, little palaces and sitting lions)

 

Old El Prado, Medellín. Photography Obando

 

 

 

By Reinaldo Spitaletta

Translation by Adriana Elgueta

 

The architectural diversity, with old houses built according to bourgeois ‘good taste’, at a time when the city still watched screenings of the film Under The  Sky of Antioquia (1925), whose frames did not come to show what was going to be the most beautiful neighbourhood (or barrio) in Medellín. According to its founder, Ricardo Olano, one of the features of the neighbourhood named in 1926 as neighbourhood El Prado.

 

El Prado was born under the guidelines of a ‘garden city’ and, as Olano himself warned, the eccentricity of its first inhabitants has made it into a mix of dreams and realistic awe. To walk its 50-foot wide streets, with front gardens and tree lines that still respect its founder’s plans, is a whole sensational experience, as we shall see.

 

Someone strolling by could only just make out the mahogany windows or curly cumin plants, wrought iron, closing gates and flapping wings, Belgian stained glass, a feast for the eyes, a banquet of aesthetic dimensions. If the wanderer has an appreciation for gates, well, say no more. Arched, rectangular, enormous, with gigantic door knobs in the shape of a lion’s head or a devil, some already altered by spurious rails due to sudden new changes. Prado has meandering streets, with blunt corners, towers and spires, Spanish and English tiles, two and three-storey houses, some like little palaces, others like medieval castles, including the odd one resembling a steam boats like those that slice through the waters of the Magdalena river with their tropical music and with the pride of the elite heritage.

 

 

Swiss-style chalets and the occasional reminiscence of Scottish architecture, there still are some lampposts with an air of tango about them, or a Parisian street. The pedestrian, or perhaps said another way, a kind of flâneur, or experienced wanderer, would observe Republican features, European and some colonial vestiges in the façades of the buildings. Rosette windows, cornices, decorations with triumphant leaves, strange flowers that evoke those from a book by the Catalan writer Mercé Rodoreda. Although a little neglected today, everything is possible in its geography.

 

 

Prado, whose first street (or carrera as they say in Colombia) was the continuation of the old Palacé, at a corner of which Darién built his first mansion (today metamorphosed into the Church of the Holy Spirit, erected in 1957, with a red bougainvillea vine which could be the biggest in the city), Joaquín Cano’s house still shows such luxurious distinctions of Medellín’s high society. Olano promoted the planting of yellow and lilac Guayacan trees, the first spread through the streets. Cadmio trees so that the breeze from the Sugar Loaf hill spreads wafts of scents throughout the neighbourhood. Various types of peppers complemented the garden, which was later elaborated with casco’evaca trees.

 

Prado Window. Photography Carlos Spitaletta

 

In the only neighbourhood in the city declared Cultural Heritage, you can find the house where one of the most famous engineers from Antioquia lived, Juan de la Cruz Posada, whose mansions still stands on the corner of Palacé and Belalcázar, currently occupied by a fashion shop known as Casa Prado.

 

The neighbourhood, bordered by Popayán (street 50C, although some extend it as far as Neiva, 50D), San Martín (street 46), Cuba (street 59) y Jorge Robledo (calle 65) grew from a spine formed by Palacé (street 50), with other streets parallel to it, like Venezuela y Balboa. Perhaps the strangest of buildings in the barrio is the Egyptian Palace, designed by Nel Rodríguez for optometrist and astronomer aficionado, Fernando Estrada, in Sucre between Cuba and Miranda streets.

 

Built like a little palace from Luxor (Egyptian town that houses the ruins of Thebes), its owner, a lover of the culture and history of the Fahroe named it Palacio Ineni, after the Royal Princess of such noble family. Pink granite pictograms y hieroglyphs, an observatory, Masons meetings in its upper romos, central patios with various lounges surrounding it made the residence of the founder of Óptica Santa Lucía, the most curious one in Prado. Today, however, ruin threatens her.

 

To walk through this barrio of eclectic architectural styles, is to find a little Arabesque in Casa Blanca (Balboa and Darién) and Welsh castles, like Casa Walsingham, on the corner of Balboa and Jorge Robledo Streets and diagonal to the mansion where Mrs Luz Castro de Gutiérrez lived, the venue for the Miss Antioquia beauty pageant in the old days.

 

Although Prado still conserves its lush greenery, today it’s a mixture of old people’s homes and convents (there are 22), with artistic hubs, psychiatric, oncology and pediatric clinics. Its only park, Olano, boasts two ceiba trees and new gardens. Its founder’s residence is now the seat of Faculty of Education of the University of Antioquia, in Balboa and Jorge Robledo. To enter through its gigantic arched gate is to negotiate a maze on two enormous levels.

 

Almost all Prado still has is worth a visit. It tells stories, it conveys emotions. There are sitting lions and bohemian lofts. Turrets and mansions that appear inhabited by ancient ghosts. Its aged splendour still shines on many of the old houses, sometimes unbelievably so. Its thick trees still harbour birds, to stroll through its scenes is like the experience of walking into the past, to the days when presumptuous families of Medellín’s elite built the area seeking comfort with exquisite taste. It was and, despite its decadence, it still is a “dream that became a barrio”.

 

(At ninety years of age, a historical neighbourhood worth preserving)

 

Church of the Holy Spirit. Photography Carlos Spitaletta

 

Literatura en voz alta

(Un ejercicio doméstico en la cocina o el comedor, con invitados como Shakespeare, Cervantes y Víctor Hugo)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

En Nadie encendía las lámparas, un cuento de Felisberto Hernández, un hombre lee en voz alta una narración en la que hay “una mujer que todos los días iba a un puente con la esperanza de poder suicidarse”, pero siempre surgía un obstáculo que la hacía desistir. En el relato del escritor y pianista uruguayo, un autor que, como lo dijera Ítalo Calvino, no se parece a nadie, se recupera la remota memoria de cuando en veladas familiares y de amigos se leían libros, con muchos escuchas y un lector guía.

 

Con mi compañera, alias la Mona, colonizamos desde hace años la cocina y el comedor para hacer lecturas en voz alta, más que todo en las mañanas, quizá como una forma muy poco ortodoxa de abrir el apetito matinal, y, claro, más que nada para sentir las infinitas músicas y descifrar —o al menos, intentarlo— los misterios de la literatura. No recuerdo cuál fue el primer libro que se nos convirtió en una suerte de embrujo para tal función. Porque, es una obviedad, no todos los cuentos y novelas son aptos para dicho ejercicio. Todavía no lo hemos hecho, por ejemplo, con Ulises, de Joyce, aunque alguna vez lo intentamos con el monólogo de Molly Bloom, ni con las novelas de William Faulkner y Virginia Woolf.

 

En cambio, ya nos bebimos, de modo metafórico, hasta los venenos de los que se habla en El conde de Montecristo, y nos convertimos en espectadores de nuestro propio montaje con Macbeth (que pudiera también ser una obra con distintos niveles de horror); Ricardo III; Otelo, Hamlet, El mercader de Venecia, el rey Lear y Sueño de una noche de verano… Shakespeare es una delicia para esta rutina doméstica. Y luego de leer cada día algunas escenas o apartados, el desayuno sabe mejor.

 

De cualquier modo, y aunque durante el resto de la jornada cada uno lea por su lado lo que más le interese, se nos tornó una necesidad cotidiana este encuentro mañanero con distintos autores. El Quijote lo devoramos no sé en cuántos días, tal vez unos dos o tres meses, como también Los miserables. A veces, ella, cuando recuerda algunos pasajes de la novela de Víctor Hugo, como decir, por ejemplo, la parte de Waterloo, no cesa su risa de encanto por aquel “rendíos, valientes franceses”, que espeta un general inglés, y la respuesta categórica, única, impecable, de Cambronne: “¡Mierda!”.

 

De Isaac Bashevis Singer hemos leído la voluminosa novela Sombras sobre el Hudson, al tiempo que nos internamos en los días luminosos, también siniestros, del Renacimiento, con consejas, guerras, conspiraciones, crímenes y otras venganzas, como suceden en Bomarzo, novela del argentino Manuel Mujica Láinez. En ese mismo sentido, leímos La agonía y el éxtasis, de Irving Stone, sobre Miguel Ángel.

 

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Stendhal nos iluminó muchas mañanas (y a veces, una que otra noche) con La cartuja de Parma, con su tempo allegro con brío, con las peripecias tanto de amor como de guerra de Fabricio y con personajes no hechos para el olvido como Gina Sanseverina. Tal vez, en estas “veladas diurnas”, la mayor dificultad por las interrupciones furiosas a cada momento contra Emma, de parte de la Mona, nos llevaron por una larga temporada a conversar —a veces, hasta la exaltación— sobre el “bovarismo”, la pequeña burguesía, la emancipación de la mujer y otros temas conexos con esta novela excepcional de Gustave Flaubert.

 

Creo que las lecturas domésticas en voz alta, con todo lo que implica un acercamiento de ese modo a la literatura, sin dejar de lado esas otras maneras de abordarla con la soledad individual, con la meditación y la concentración, sin compañías, en fin, es otra posibilidad de encontrarnos con las historias, los dramas y entramados de la condición humana. Y compartirlos. Sí, casi siempre se detiene la lectura para buscar palabras en el diccionario. Para establecer características de época, para hacer anotaciones sobre los caracteres, los conflictos y un largo etcétera. Es una aventura hogareña que linda con lo maravilloso.

 

Cuando leímos El amor en los tiempos del cólera, no faltaron los olores a condimentos, a almendras amargas y, en particular, las conversaciones de cocina en torno a la berenjena. Al principio, a Fermina Daza le daban náuseas las preparaciones con esta solanácea que tiene nostalgias árabes y que, con plátano maduro, en una mezcla de delicia llamada boronía, es una exquisitez con gusto caribe.

 

Ahora mismo, hemos pasado el primer tomo de una novela monumental como El Don apacible, de Mijaíl Shólojov, y en la que los cosacos, sus comportamientos, cultura, modos de ser, de cantar, de amar, de beber, nos llevan a conocer de otros espacios y tiempos. A cabalgar por otras geografías. Una de las descripciones más impresionantes sobre la guerra puede encontrarse en esta obra que superó los mandamientos del dogmático “realismo socialista” soviético.

 

Una lectura compartida en casa no deja de tener sus atracciones, como el olor a café y la calidez de una cocina. Y como en el relato de Felisberto, puede ser una manera sutil para la seducción y otros enamoramientos.

(3-09-2018)

 

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Pintura de Jonathan Wolstenholme.

 

 

Aquellas librerías muertas

(Crónica que incluye alguna cortesana y otros difuntos)

 

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Aspecto de la Librería América

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Una librería es un símbolo de civilización, un negocio cultural que marca para siempre a quien lo visita y le deja impresiones gratas. Hay pueblos grandes que no tienen ninguna. Hace años, cuando con Memo Ánjel recorríamos el suroeste de Antioquia para la escritura de un libro (salió Café del Sur), encontramos en una tienda-librería (me parece que fue en Ciudad Bolívar), casi todas las obras de William Faulkner, que escaseaban en grandes librerías de Medellín.

 

El recuerdo más viejo que tengo de una librería puede ser aquel cuando entré con mamá a la Librería Católica, en inmediaciones de la iglesia de La Veracruz, muy cerca entonces del “cuadradero” de los buses de Bello. No sé con exactitud qué iba ella a averiguar, en todo caso no era ningún catecismo ni libro religioso. Me parece que ella andaba buscando una obra que yo jamás he visto en ninguna parte: El coche número 13.

 

Después, sin ser muy asiduas las visitas, pasaba por la Librería Aguirre, al frente del teatro Ópera, en Maracaibo entre Palacé y Junín. Sin embargo, a fines de los setentas, la más atractiva librería, o al menos así me lo parecía, era la Continental, cuando ya estaba en la esquina de Palacé con la avenida Primero de Mayo. Rafael Vega, su dueño, formador de libreros, era un tipo de exquisiteces tanto musicales como literarias. Y los fines de semana uno se iba a ver estanterías, a escuchar música clásica (y a Gardel, porque era el único cantor popular que allí se vendía), a rebujar en lo que daba la idea de una inmensidad infinita de libros.

 

Tenía la Continental la facultad de que uno podía quedarse allí, leer apartes de libros, permanecer varias horas en una suerte de paraíso e irse al final de cuentas sin haber comprado nada.

 

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Tal vez para muchos estudiantes de los setentas, que empezábamos a formar bibliotecas familiares, la que más nos representó en facilidades para la adquisición de libros fue La Anticuaria, de Amadeo Pérez, en Ayacucho con Sucre (después tuvo sucursal en Niquitao, en la zona de la plazuela San Ignacio). Allí uno podía escoger sus preferencias y los dependientes le hacían un paquete para irlo pagando por cuotas. Lo guardaban y al cancelar, después de varias semanas, pues uno se iba feliz a casa con su “pocotón” de libros.

 

En los setentas y ochentas, además del cine, del café-bar, de los paseos por Junín o de sentarse con un tinto en Versalles por horas a arreglar el mundo, las librerías eran una atracción de juventud. En Junín, al frente del edificio Coltejer, estuvo durante muchos años la Librería Nueva, con su vitrina hipnotizante en la que, como en un tango, a veces uno pegaba la ñata contra el vidrio. La Nueva entonces era ya vieja (la fundó el pedagogo Luis Eduardo Marín, en 1926) y, en medio de muchachas bonitas y olores a pan fresco, era un referente de aquella calle inevitable.

 

¿Quién que quiso tener libros prohibidos no fue a averiguarlos y conseguirlos en la librería de Óscar Vega, en Colombia con Caldas? De aquellas “conquistas” (Fanny Hill, por ejemplo) solo conservo a Cora Pearl, Confidencias de una cortesana. El señor Vega era un cómplice cultural de muchachos que estaban más allá de homilías y pulpitazos.

 

A veces, el programa era irse de recorrido por las librerías del centro. Y en el periplo no faltaban ni La América (fundada en 1943 por Jaime Navarro) ni la Científica, de Humberto Donado. Ambas, consecutivas. Sí, ahí en el Perdón de La Candelaria, en Boyacá entre Junín y Palacé. En la primera, con su enamoradora vitrina y su caja registradora color gris plomo, que cerró a principios de 2018, había libreros como Luis Fernando Solórzano, de Heliconia, que contaba historias de fantasmas y otros espantos.

 

En una librería, que en rigor era más papelería, la Bolívar, conseguí casi toda la colección Obras Inmortales, de tapas rojas, de la editorial Bruguera, en la que había desde historias siniestras hasta la Anábasis o Expedición de los diez mil, de Jenofonte. Víctor González, un muchacho de Bello, que allí laboraba, nos las vendía a mitad de precio. Por puro paisanaje y camaradería.

 

Cuando quedaba en Palacé, entre Maracaibo y Caracas, la Dante era una atracción tremenda. La había fundado Antonio Cuartas Pérez en 1927 y su último local cuando ya su creador había muerto años atrás, estuvo en Colombia con la Oriental. No era ni sombra de lo que fue. Detrás del Hotel Nutibara, en una esquina de Maracaibo, funcionó una sucursal de la Científica. Tengo el vago recuerdo de que por allí también quedó una librería que vendía las obras de la Editorial Progreso, de Moscú.

 

Tal vez una de las últimas librerías que hubo por La Playa (bueno, ahora hay algunas como la Legis, de libros jurídicos) fue Mundo Libro, cerca de Bellas Artes. La administraba Pacho García, de permanente amabilidad. Y después de haber tenido el centro un número interesante de librerías, de pronto todas (o casi todas) se murieron. Sobreviven algunas, como el Acontista, en Maracaibo con el Palo; Librópolis, en el pasaje Orquídea Real, y la del Paraninfo de la Universidad de Antioquia. Ah, y las del Centro Popular del Libro, en el Pasaje La Bastilla.

 

Aquellas librerías extintas, en las que hubo tertulias y encuentros, son parte de un mundo que ya no es. Seguro los más veteranos recordarán la Don Quijote, la Pluma de Oro, la Atenas, la Horizontes, la Ilustración y otras. El centro se quedó huérfano de estos lugares imprescindibles y, por lo visto, de nada valen las nostalgias.

 

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Medellín, de ladrillo y guayacán

(Una crónica con paletas y pinceles callejeros para pintar cuadros de ciudad)

 

Medellín, cielo frío, flores en despedida y el ladrillo infaltable. Foto Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

Mi ciudad es color ladrillo, aunque los extranjeros la ven color naranja, según les he escuchado pronunciar, no sin curiosidad y con los ojos muy abiertos. Es una ciudad rara, rodeada de verdores. Bueno, color ladrillo es un decir, porque si bien es cierto es el predominante en altos edificios y en numerosas casas, podría ser que un fogonazo del guayacán la convirtiera toda en un incendio amarillo. Usted quizá se ha dejado sorprender por estas flores en el piso, por esas otras que todavía no han caído, y sentir que habita en otro planeta, que es imposible que aquí uno pueda caminar por una acera tapizada de amarilleces y que un solo árbol sea capaz de ofrecer tanta alegría. Sí, es probable que nadie quede impune ante tal maravilla. Y entonces tome fotos o quiera coger algunas flores del suelo, para besarlas o echárselas al bolsillo.

Medellín tiene el color de ceibas y cámbulos urbanos, el de las flores del gualanday y también el de las frutas tórridas. En una carretilla se puede encontrar la inverosímil variedad del trópico: colores con olor a mango y piña y guanábana y mora, con sabor a papaya y mandarina, a patilla y zapote. Los vendedores ríen, haya sol o lluvia. Saben que en sus ventorrillos ambulantes hay torrentes de luz.

A veces, persigo carretillas que transportan frutas tropicales y verduras y revuelto (un término un poco en desuso que las señoras de antes pronunciaban con mucho sabor) y me parece que la calle se torna huerta, como las que se observan los fines de semana en algunos “mercados campesinos” en distintas partes de la ciudad, como en la plazoleta Mon y Velarde, en inmediaciones del parque Bolívar, y en el Carlos E. Son una paleta de colores urbanos, con morcillas y arepas con quesito, por si acaso.

Alguien pudiera decir, no sin razón, que una ciudad también tiene colores metafísicos, según las estaciones anímicas. Por ejemplo, para doña Leticia Palacio, habitante de San Javier, Medellín es azul, porque, según advierte, en días soleados las montañas se ven de ese color, un color que se va extendiendo por patios y calles, por entejados y torres, y entonces ella dice que así es el vestido de las vírgenes, como la que ella tiene afuera de su casa en una urna de cemento, una imagen de la Inmaculada Concepción, y así el color de las hortensias de su antejardín.

Se han oído voces que hablan del color sepia de la ciudad, son palabras de viejos, encerrados en asilos y casas de la “edad dorada” que recuerdan sus años iniciales, cuando todavía el mundo era reciente, una parroquia, una aldea sin tantas ínfulas. Así de ese color ven, por ejemplo, la catedral metropolitana o la callecita del barrio donde crecieron. De ese modo pintan la ciudad con el color de sus nostalgias.

 

Por Prado, antiguo barrio de élite y hoy una mezcla de zona cultural con inquilinatos y conventos, abundan los asilos de viejos. Los colores de ellos, sus caras, sus camisas, sus palabras, son de tonos tristes. Llevan el color de una soledad irredenta contra la cual no hay ninguna posibilidad de conjuro. Es un barrio de calles amplias y muchas flores, más que todo, según las calendas, los guayacanes de amarillo intenso. Tiene la trinitaria más grande de la ciudad, de flores lilas, adornando la iglesia del Espíritu Santo, diseñada por Nel Rodríguez.

Hay días en que la ciudad toma el color amarillo turbio de su río o el de las barquitas tristes de los areneros, cerca de Moravia, donde hace años hubo un morro lleno de bazofia. Otras, el de los muchachos que se suben a los buses a vender confites y buhonerías, discos compactos y estampitas virginales, o el de los taxis, con su monótono amarillo. Es una ciudad inesperada. En agosto puede vestirse de claveles y pompones; en diciembre, de bombillos de fantasía, y en abril del color indefinible de la lluvia.

Julio, por ejemplo, riega con su canícula las calles, que brillan y sudan. Y toma, a mediados del mes, los colores de una virgen de incendio en sus pies y escapularios de devoción. Los buses, los taxis, algunos carros particulares, se adornan con cintas rosadas, blancas, azul pálido y recorren la ciudad con una tronamenta de pífanos y bullicios de automotores. Agosto, por su parte, y como para no quedarse sin protagonismo, riega flores de asfalto, con silletas que tienen historias coloniales y hortensias atardecidas.

Lo mejor de todo es que cada uno, si le place, puede pintar la ciudad a su gusto. Rosa como el parque Lleras, fucsia como el parque del Periodista; bermeja, como el de la tierra de los barrios altos; mandarina, como el solar de la casa de doña Esperanza, o como el color del viento que viene de Santa Elena cargado de flores y de soles mañaneros. Y, como en un tango, puede teñirse con el color de los ocasos (como el de Borges y Piazzolla: “tango que he visto bailar contra un ocaso amarillo”). Ya, para certificar, no hay fábricas de arreboles, porque el poeta que las inventó ya no vive, y el mundo de la ciudad es ahora menos cromático y más sobresaltado.

 

cielo con guayacanes de Medellín y un pájaro que cruza. Foto Spitaletta

Garufa, vos sos un caso perdido

(Crónica tanguera con bar de esquina y tropa de carnaval)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

No solo en el barrio montevideano que el tango menciona había de esas figuras notorias, tipos ranas, o sea, con astucia para moverse entre galladas y malevos, sino que en el nuestro también clareaba uno que otro de esa índole. Eran tiempos de acumulación de conversa en las esquinas, muchachada sentada en la acera, en los umbrales de las puertas. Y mirando hacia adentro, hacia el bar, donde estaban los mayores, los que ya se habían graduado de hombres, como se decía.

 

En aquel bar, sí, en una esquina, qué cosa rara, sonaban tangos. Era un café de “mala muerte”, o al menos así era la cara que ponían las señoras cuando pasaban por un lado, mirando de reojo los chorizos colgantes, el mostrador curtido, las sillas metálicas de tijeras, las mesas redondas y veían al Bizco, su dueño, entre filas de cajas de cervezas y baldosas desteñidas. Y fue en El Florida donde, creo, escuché por primera vez a Garufa, tango de Víctor Soliño y Roberto Fontaina (letra compartida) con la música de Juan Antonio Collazo.

 

Era (y es) un tango pegajoso, de fácil escucha, con una historia simpática, entre humorística y picaresca, sin dramas. Claro. Es que correspondía al espíritu de los años veinte, cuando en Montevideo se crearon agrupaciones carnavaleras, con estudiantes y bohemios, como fue, por ejemplo, la famosa Troupe Ateniense, de la que fueron parte Gerardo Matos Rodríguez, Adolfo Mondino, Alberto Vila (que va a estrenar el tango en cuestión), Ramón Collazo y los que crearon a Garufa.

 

Sí, digo que es un tango de simpatía. Historia sin pretensiones, con tonalidad y ambiente urbano, de barrio, pero, a su vez, con momentos en que el protagonista debe ir al centro de la ciudad, donde están los ambientes de goce y diversiones muy distintas a las de la periferia. De más sensaciones y timbres diferentes. “Del barrio La Mondiola sos el más rana / y te llaman Garufa por lo bacán / tenés más pretensiones que bataclana / que hubiera hecho suceso con un gotán”.

 

Y aunque entonces, en los días en que por primera vez escuché a Garufa, no se requerían traducciones ni mediadores. Se oía y listo. Sin preguntas. Pero ya desde el mismo título hay una comunicación, una caracterización. ¿Qué es garufa? Es a aquel a quien le encanta la diversión, la juerga, la nocturnidad callejera. La Mondiola es un barrio montevideano, costero, con presencia de jaranas y guachafitas. Y en la estrofa inicial se menciona la bataclana, que llegará a ser un sinónimo de mujer de vida liviana.

 

En 1922 llegó a Buenos Aires una compañía teatral francesa, la Bataclan. En el espectáculo, las coristas actuaban con poca ropa, insinuantes, coquetas. Y así, conectadas con mujeres de la noche, derivó la bataclana. Y así se enriqueció la lengua. La siguiente estrofa da cuenta de quién se trata el protagonista, un laburante que al fin de semana se torna doctor (como cualquier político): Durante la semana, meta laburo, / y el sábado a la noche sos un doctor: / te encajás las polainas y el cuello duro / y te venís p’al centro de rompedor”.

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Parque Japonés de Buenos Aires.

Y entonces el tango comienza a discurrir por aguas de turbulencia, en las que, sin embargo, se puede navegar sin temores: “Garufa, ¡pucha que sos divertido! / Garufa, ya sos un caso perdido”. Y tal vez estas consideraciones eran las que más nos sonaban, el dibujarse en el aire un sujeto risueño (como los había tantos en el barrio) al que los ojos de la madre siempre tenían en la mira, porque se estaban perdiendo en la fiesta. “Tu vieja dice que sos un bandido, porque supo que te vieron, la otra noche, en el Parque Japonés”.

 

El original no menciona al Parque Japonés, que es en Buenos Aires, lugar de diversiones y otras algazaras, sino la montevideana “calle San José”, de alboroto permanente. En la versión que se hace al otro lado del Río de la Plata, en la voz de Rosita Quiroga, la calle san José se muta en el parque ya dicho. La del mismo nombre en Buenos Aires era una callecita casi muerta.

 

La caracterización clave llega al final del tema. Con los datos incorporados, el oyente se imagina de quién se trata el tal Garufa. Es un milonguero de tiempo completo, un “vareador”, es decir, aquel que saca a pasear muchachas, coquetón, contento y que, en el lenguaje de la hípica, es quien entrena caballos de carreras. Es un “tirapaso” endemoniado, que puede bailarse el himno de Francia (La Marsellesa) o la ópera El trovador, de Giuseppe Verdi, incluida la Marcha a Garibaldi.

 

Con un café con leche y una ensaimada
rematás esa noche de bacanal,
y al volver a tu casa, de madrugada,
decís: “Yo soy un rana fenomenal”.

 

Recuerdo que en las interpretaciones que entonces se escuchaban en los bares con traganíqueles de barriada, uno no entendía ensaimada, que es un pancito dulce espolvoreado con azúcar, sino “ensalada”. Este tango, que representa a un personaje urbano, trabajador, pero que no perdona fin de semana para echarse una cana al aire, pinta a un tipo que aún no pasa de moda. Pese a los cambios de épocas (este tango se grabó por primera vez en 1928), Garufa está ahí, con sus sencilleces y su historia sin rebuscamientos.

 

Quizá la mejor versión es la de Tita Merello con la orquesta de Carlos Figari. La grabaron, entre otros, Elba Berón, Nina Miranda, Edmundo Rivero, Agustín Irusta, Enrique Dumas, Carlos Dante y Alberto Castillo. Garufa sigue sonando. Y en ciertas noches, evoca la esquina de un perdido barrio en la que había un encantador bar de “mala muerte”.

 

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Tango III, pintura de Cecilia Campi

La soledad de Eleanor Rigby

(Una crónica con los Beatles, García Márquez y la nostalgia)

 

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En 1966, Eleanor Rigby se convirtió en otro éxito de los Beatles

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La nostalgia es una construcción interior, con memoria parcializada, en la que se despoja el pasado de sus aristas cortantes, de sus afilados cuchillos descuartizadores y se deja en el recuerdo solo aquello que no ha producido dolor ni resentimientos. Es una bonita manera de reconciliarse con la dulzura, sin acritudes, de lo que se ha ido. Y vuelve con lagrimones secretos y ansias de revivir emociones perdidas.

 

A diferencia quizá de muchos miembros de mi generación, no tengo nostalgia de los Beatles, porque, cuando este cuarteto de Liverpool estaba ya en la cumbre de los gustos juveniles, a inicios de los sesenta, no lo escuché entonces. Y, bueno, me llegaron más bien algunas de sus canciones por las interpretaciones de otros, y aun por traducciones que de algunas piezas, se hicieron, por ejemplo, en España. Una muy célebre fue aquella del Submarino amarillo (también una clásica película psicodélica), interpretada por Los Mustang.

 

En Colombia, por ejemplo, Harold Orozco cantó en español varios temas de la banda inglesa, como Michelle.

 

En 1965, cuando los Beatles eran ya una especie de bomba atómica entre las juventudes universales, Paul McCartney, una especie de iluminado, había tenido un sueño con una melodía lenta y dulzarrona, cuando visitaba en Londres a su novia Jane Asher. Y de aquella conexión con lo onírico nació Yesterday, uno de los temas más versionados en la historia de las canciones. Esta historia la cuento en un apartado del libro Tiovivo de tenis y bluyín (Editorial UPB), relacionada con otro hecho, nada musical, sucedido en Bello por aquel tiempo.

 

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En una columna de prensa de 1980, García Márquez dice que la “única nostalgia común que uno tiene con sus hijos son las canciones de los Beatles”. Quizá puede ser válido el aserto para miembros de otras generaciones, hasta la de los ochentas. Insisto, no es mi caso. El escrito, de una vibrante belleza periodístico-literaria, y que en otros días ponía (con otras columnas del aracateño) en mis cursos de Periodismo de Opinión, dice que la nostalgia es una trampa “que quita de su lugar a los momentos amargos y los pinta de otro color, y los vuelve a poner donde ya no duelen”.

 

En el artículo se menciona la pieza Eleanor Rigby, de Paul McCartney y John Lennon, una composición que incluye chelos, violas y violines en su acompañamiento musical, y que plantea en su letra un rictus doloroso acerca de la soledad y la gente que pasa sin que de ella quede una huella muy visible. Como todos saben, es la historia de una sirvienta que recoge el arroz de una iglesia donde ha habido una boda y que parece vivir en un sueño. Es (y tampoco la escuché en aquellos tiempos sino muchos años después de su salida al mercado disquero) una canción tristona.

 

Eleanor es, como el padre McKenzie, parte clave de la historia de esta composición, una mujer que “vive en un sueño y espera en una ventana con la cara que guarda en un frasco, junto a la puerta”. Y Eleanor pasa; tal vez su vida es una espera, una sucesión de deseos truncos, una soledad sin aspavientos. Y muere en la iglesia donde trabajaba, y la entierran, sin velorios ni funerales masivos, salvo la presencia de gente solitaria.

 

En 1966, cuando salió la canción (del álbum Revolver, con contenidos existencialistas y de denuncia) y escrita y compuesta en esencia por McCartney con la participación de Lennon, yo vivía en el barrio Andalucía, de Bello, en una casa esquinera frente a un parque redondo. Eran días de los fines de primaria y quizá en el radio casero se escuchaban algunas baladas de la Nueva Ola, folletines de amores y aventuras, ritmos de las Antillas y tal vez canciones de Margarita Cueto. De los Beatles, ni idea. Nada.

 

El nombre de la protagonista lo tomó, según McCartney, de la actriz Eleanor Bron (actuó en la película Help!, con los Beatles) y el apellido de una tienda de víveres de la ciudad de Bristol. Lennon y Paul se conocieron en la iglesia de St. Peter. Y después de que la canción ya era famosa, alguien vio en el patio-cementerio del templo una tumba con el nombre de Eleanor Rigby y lo conectó con la canción. “El patio de la iglesia St. Peter era un lugar que John y yo frecuentábamos regularmente, es posible que haya visto la tumba con el nombre y quizás inconscientemente lo haya recordado o relacionado”, dijo McCartney.

 

Esta canción sobre la soledad y, si se quiere, acerca del anonimato en el que viven muchos trabajadores, muchos que buscan un destino mejor y que nunca lo encuentran, es una muestra de aquellos años en los que el celebérrimo cuarteto se zambullía en las filosofías existencialistas, que en los sesentas tornaron a la palestra de las reflexiones y los debates. Se nota, por ejemplo, en el Hombre de ninguna parte (Nowhere Man): “Él es un hombre de ninguna parte, / sentado en su tierra de ninguna parte, / haciendo todos sus planes de ninguna parte, / para nadie”.

 

Eleanor Rigby muestra la imagen de una muchacha desolada, de una que solo tiene como rol, además del trabajo, una espera infinita plena de incertidumbres. “¿De dónde vienen los solitarios?”. Y adónde irán. A qué mundo pertenecen. Eleanor, como en un tango, se maquilla el dolor y está “lista para el viaje / que desciende hasta el color final”. No es tarde para tener una nostalgia sobre esta bella canción de los Beatles.

 

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Pelota de trapo, pelota de carey

(Crónica con fútbol callejero, cacharrerías y evocación de un filme argentino)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Muy de vez en cuando se apelaba al expediente, quizá más práctico que imaginativo, aunque se tornó en otras partes lugar común, de hacer pelotas de medias de mujer rellenas de retazos. Era un recurso de afán que resolvía una necesidad: tener un balón o cosa que se le pareciera para jugar un partido en el baldío, en la calle o donde fuera posible ejercer las maravillas del fútbol.

 

La pelota de trapo, que más en geografías fuera de Antioquia tuvo una particular atracción entre la muchachada, por estas coordenadas se convirtió en un modo del “desvare”. Había, claro, materia prima al uso. Desperdicios de las textileras y las ya “despistadas” medias de mamá, la tía o alguna monja de familia. Me parece que no era masiva. Por otra razón: abundaban las cacharrerías y era posible, en ellas, tan variopintas, conseguir las ya famosas “pelotas de carey”, que hasta tenían una vieja canción que las ensalzaba: “Las pelotas, las pelotas, las pelotas de carey / son las mismas en La Habana, en Japón o Camagüey”.

 

Como paréntesis, podría anotarse que en Bello, Antioquia, los muchachos de los cincuentas o tal vez de antes, diseñaron una “imaginativa” parodia de aquella guaracha cubana que tenía variaciones sobre el mismo tema (“Las pelotas, las pelotas, las pelotas de carey / a treinta las del perro y a cincuenta las del buey…”) y entonces se la aplicaron a Gardel, muerto en Medellín el 24 de junio de 1935: “Las pelotas, las pelotas, las pelotas de Gardel / las dejaron en Antioquia pa´tener recuerdos de él”.

 

Esta digresión sirve para agregar que la pelota de trapo tuvo una sucedánea en Medellín y alrededores con las de carey, más duras que adobe, que atiborraron de emociones a granel las calles y mangas, porque, como es de suponer, no era fácil conseguir un balón de cuero, con vejiga y todo. No estaba—como se advertía por ciertas escaseces—, el palo pa’ cucharas. Y había que ser recursivos o, al menos, conseguir menos dinero del que costaba un balón inflable, de aquellos que había que meterle a la fuerza la “tripa” y ponerles “ruana”. Una odisea.

 

Y más que las medias rellenas, la pelota de carey se volvió símbolo de congregación, de disputa futbolera, de acontecimiento urbano dichoso. Estrella de la cuadra y de los muchachos que la pateaban, o, mejor dicho, algunos con clase infinita, la acariciaban. Así que tantas veces había que “hacer vaca” para comprarla en el almacén de doña Rocío, en la cacharrería de don Pedro o ir hasta las muy bien surtidas cacharrerías de Guayaquil.

 

El infinito mundo callejero se agrandaba con los “picados” que se jugaban con una pelota amarilla, roja o verde, que rodaba, pegaba contra puertas y paredes, golpeaba ventanas y estremecía de rabia a las señoras. sí, cómo no, las mismas que llamaban a la “bola”, “la patrulla”, la “chota”, para que la policía apareciera de súbito y las decomisara. Por eso era preferible, ir hasta los retirados potreros a jugar los cotejos eternos, que a veces había que terminarlos con la inequitativa ley de “el que haga el último gol, gana”. Hubiera sido más gozoso haber dicho: “el penúltimo gol”.

 

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Cartel del filme argentino Pelota de trapo, con Armando Bo.

 

Una historia que circuló en la ciudad, hace muchos años, y que a mí me la contó el finado Felipe Mora, decía que en el Teatro Laika, de Aranjuez, los muchachos esperaron casi una eternidad para poder ver la famosa película Pelota de trapo, con Armando Bo, y el guion del muy reconocido periodista uruguayo Borocotó, estrella de la revista El Gráfico, de Argentina. Un domingo, con una fila infinita, la expectativa creció. Los que pudieron entrar temblaban de la emoción. Comenzó el filme, pero, de pronto, algo falló. “Operador, soltá al pelado”, se gritó en colectivo. Y nada.

 

Se prendieron las luces, se volvieron a apagar, pero la película no rodaba, no se proyectaba. Había inquietud general. Y entonces se inició el corito celestial de los hijueputazos. Sobre la pantalla cayeron frutas de mango y hasta empanadas a medio morder. La bombardearon con cuzcas de cigarrillo. Y se armó una asonada. Se quebró la silletería. Y aquellos concurrentes, frustrados, no pudieron ver Pelota de trapo, sobre un niño apodado el Comeuñas, que quería convertirse en una rutilante estrella de fútbol.

 

Y aunque a veces uno rellenaba medias, ya no de mujer sino de hombre, con periódicos y pedazos de camisas viejas, lo más recursivo era que, entre varios, compraran la pelota de carey, que, de no sufrir persecuciones y caídas accidentales en casas del vecindario, duraba mucho tiempo y resistía maltratos y otros abusos. Y de tal modo, en días en que un balón era objeto de lujo, la descastada pelota satisfacía las ganas de jugar un partido.

 

Se recuerda que, ya en la vejez dolorosa de una pelota de carey, no faltaba, cuando ya estaba rajada, que se rellenara de piedras y se hiciera la simulación de estar jugando. Se dejaba de pronto, como al desgaire, en algún lugar de la calle y se le gritaba a algún desprevenido transeúnte que la chutara. El resultado era de risotada general y, en ocasiones, de tener que salir corriendo ante la ira del que caía en la treta de la muchachería.

 

Hubo un tiempo feliz en que las calles y las mangas, como estadios, se animaron hasta el éxtasis con los encuentros futboleros que tenían a la pelota de carey como su más exquisita invitada. Después, el balón de aguja, la reemplazó, hasta producir, no se sabe cuándo, su extinción en el paisaje citadino. En la memoria de viejas generaciones, la pelota de carey se quedó como una suerte de musa, que inspiró a miles de muchachos en la práctica colectiva y solidaria de un partido de fútbol y en la maravillosa celebración de un gol.

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La pelota, el potrero, el fútbol…