Pelota de trapo, pelota de carey

(Crónica con fútbol callejero, cacharrerías y evocación de un filme argentino)

 

Resultado de imagen para pelota de trapo

Resultado de imagen para pelota de trapo

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Muy de vez en cuando se apelaba al expediente, quizá más práctico que imaginativo, aunque se tornó en otras partes lugar común, de hacer pelotas de medias de mujer rellenas de retazos. Era un recurso de afán que resolvía una necesidad: tener un balón o cosa que se le pareciera para jugar un partido en el baldío, en la calle o donde fuera posible ejercer las maravillas del fútbol.

 

La pelota de trapo, que más en geografías fuera de Antioquia tuvo una particular atracción entre la muchachada, por estas coordenadas se convirtió en un modo del “desvare”. Había, claro, materia prima al uso. Desperdicios de las textileras y las ya “despistadas” medias de mamá, la tía o alguna monja de familia. Me parece que no era masiva. Por otra razón: abundaban las cacharrerías y era posible, en ellas, tan variopintas, conseguir las ya famosas “pelotas de carey”, que hasta tenían una vieja canción que las ensalzaba: “Las pelotas, las pelotas, las pelotas de carey / son las mismas en La Habana, en Japón o Camagüey”.

 

Como paréntesis, podría anotarse que en Bello, Antioquia, los muchachos de los cincuentas o tal vez de antes, diseñaron una “imaginativa” parodia de aquella guaracha cubana que tenía variaciones sobre el mismo tema (“Las pelotas, las pelotas, las pelotas de carey / a treinta las del perro y a cincuenta las del buey…”) y entonces se la aplicaron a Gardel, muerto en Medellín el 24 de junio de 1935: “Las pelotas, las pelotas, las pelotas de Gardel / las dejaron en Antioquia pa´tener recuerdos de él”.

 

Esta digresión sirve para agregar que la pelota de trapo tuvo una sucedánea en Medellín y alrededores con las de carey, más duras que adobe, que atiborraron de emociones a granel las calles y mangas, porque, como es de suponer, no era fácil conseguir un balón de cuero, con vejiga y todo. No estaba—como se advertía por ciertas escaseces—, el palo pa’ cucharas. Y había que ser recursivos o, al menos, conseguir menos dinero del que costaba un balón inflable, de aquellos que había que meterle a la fuerza la “tripa” y ponerles “ruana”. Una odisea.

 

Y más que las medias rellenas, la pelota de carey se volvió símbolo de congregación, de disputa futbolera, de acontecimiento urbano dichoso. Estrella de la cuadra y de los muchachos que la pateaban, o, mejor dicho, algunos con clase infinita, la acariciaban. Así que tantas veces había que “hacer vaca” para comprarla en el almacén de doña Rocío, en la cacharrería de don Pedro o ir hasta las muy bien surtidas cacharrerías de Guayaquil.

 

El infinito mundo callejero se agrandaba con los “picados” que se jugaban con una pelota amarilla, roja o verde, que rodaba, pegaba contra puertas y paredes, golpeaba ventanas y estremecía de rabia a las señoras. sí, cómo no, las mismas que llamaban a la “bola”, “la patrulla”, la “chota”, para que la policía apareciera de súbito y las decomisara. Por eso era preferible, ir hasta los retirados potreros a jugar los cotejos eternos, que a veces había que terminarlos con la inequitativa ley de “el que haga el último gol, gana”. Hubiera sido más gozoso haber dicho: “el penúltimo gol”.

 

Resultado de imagen para pelota de trapo pelicula

Cartel del filme argentino Pelota de trapo, con Armando Bo.

 

Una historia que circuló en la ciudad, hace muchos años, y que a mí me la contó el finado Felipe Mora, decía que en el Teatro Laika, de Aranjuez, los muchachos esperaron casi una eternidad para poder ver la famosa película Pelota de trapo, con Armando Bo, y el guion del muy reconocido periodista uruguayo Borocotó, estrella de la revista El Gráfico, de Argentina. Un domingo, con una fila infinita, la expectativa creció. Los que pudieron entrar temblaban de la emoción. Comenzó el filme, pero, de pronto, algo falló. “Operador, soltá al pelado”, se gritó en colectivo. Y nada.

 

Se prendieron las luces, se volvieron a apagar, pero la película no rodaba, no se proyectaba. Había inquietud general. Y entonces se inició el corito celestial de los hijueputazos. Sobre la pantalla cayeron frutas de mango y hasta empanadas a medio morder. La bombardearon con cuzcas de cigarrillo. Y se armó una asonada. Se quebró la silletería. Y aquellos concurrentes, frustrados, no pudieron ver Pelota de trapo, sobre un niño apodado el Comeuñas, que quería convertirse en una rutilante estrella de fútbol.

 

Y aunque a veces uno rellenaba medias, ya no de mujer sino de hombre, con periódicos y pedazos de camisas viejas, lo más recursivo era que, entre varios, compraran la pelota de carey, que, de no sufrir persecuciones y caídas accidentales en casas del vecindario, duraba mucho tiempo y resistía maltratos y otros abusos. Y de tal modo, en días en que un balón era objeto de lujo, la descastada pelota satisfacía las ganas de jugar un partido.

 

Se recuerda que, ya en la vejez dolorosa de una pelota de carey, no faltaba, cuando ya estaba rajada, que se rellenara de piedras y se hiciera la simulación de estar jugando. Se dejaba de pronto, como al desgaire, en algún lugar de la calle y se le gritaba a algún desprevenido transeúnte que la chutara. El resultado era de risotada general y, en ocasiones, de tener que salir corriendo ante la ira del que caía en la treta de la muchachería.

 

Hubo un tiempo feliz en que las calles y las mangas, como estadios, se animaron hasta el éxtasis con los encuentros futboleros que tenían a la pelota de carey como su más exquisita invitada. Después, el balón de aguja, la reemplazó, hasta producir, no se sabe cuándo, su extinción en el paisaje citadino. En la memoria de viejas generaciones, la pelota de carey se quedó como una suerte de musa, que inspiró a miles de muchachos en la práctica colectiva y solidaria de un partido de fútbol y en la maravillosa celebración de un gol.

Resultado de imagen para balon futbol potrero

La pelota, el potrero, el fútbol…

 

 

Anuncios

Los ebrios de la Independencia…

Libreta de viaje (8)

 

Torre del Reloj en la avenida Madison. Foto Spitaletta

 

 

(Crónica con los cuadros finales de Nueva York y Los Ángeles, con santuario de meditación y luces de bengala)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

1.

 

El cuatro de julio, Día de la Independencia de Estados Unidos, en Nueva York hay una suerte de acelere en el ambiente pese a que, como es feriado, muchos almacenes y restaurantes se cierran. Parece como si todos los ciudadanos esperaran la noche, que en verano tarda, para ver el cielo pleno de fuegos artificiales. Y cuando el sol se oculta, a las nueve de la tarde-noche, por Manhattan hay diversos agites. La Grand Central, la bella estación de trenes y subways, es un hormiguero, o tal vez una colmena. En cualquier caso, es un gentío que va y viene, con afanada cara de expectativa.

 

Por montones ya están en las playas a la espera de las bengalas multicolores. Varias líneas del metro se atiborran. Se ven y sienten correndillas por los amplios zaguanes de la estación central. En las calles, de poco tránsito al anochecer, sin la majestad de los avisos luminosos (hay muchos apagados), la gente camina con desespero. No falta el que tambalea porque ya lleva la dosis de licor puesta.

 

A las diez de la noche, muy cerca de la 42, la gente parece alma que lleva el diablo, como dice un lugar común. El patriotismo de bandera y luces les obnubila. En un “comedero”, uno de los pocos abiertos que hay, se aglutinan clientes que desean hamburguesas, ensaladas, cualquier cosa. La fila ansiosa recuerda la de algún “país comunista”.

 

Puentes de Brooklyn y Manhattan. Foto Spitaletta

 

Y de pronto, antes y durante la medianoche, el cielo neoyorquino resplandece. Desde la tierra se elevan los cohetes que explotan en la oscuridad y lo iluminan todo de estrellitas y otras formas de los espléndidos fuegos de artificio. El recuerdo del nacimiento de una nación, la memoria de John Adams, Thomas Jefferson y otros está flotando en el aire nocturno de las bengalas de independencia.

 

2.

Los Ángeles (donde fuimos con el mismo objetivo: presentar la novela Balada de un viejo adolescente), una ciudad de múltiples actividades culturales y turísticas, alberga, como lo hizo el océano Índico, frente a las costas de Bombay, parte de las cenizas de Mahatma Gandhi. En una zona de verdores y calles muy anchas, por donde a veces circulan a altas velocidades autos deportivos descapotados, a pocas cuadras del Sunset Boulevard, está el Santuario del Lago (Lake Shrine).

 

En las inmediaciones de Pacific Palisades, zona residencial de clase alta, con museos y boutiques, se enclava un bello santuario, con templos, lago, flores y un molino de viento. El gurú espiritual Paramahansa Yogananda erigió el Mahatma Gandhi World Peace Memorial, entre frondosos jardines con un templo propicio para la meditación. Hay fuentes de agua cantarina y pájaros. Y tiene una característica esencial: allí pueden entrar gentes de todas partes del mundo, sin distinción de razas, religiones, credos políticos y otras maneras de la separación. Un lugar para unir afectos y pensamientos.

 

En el santuario se erigió el monumento mundial a la paz y mientras se camina en medio de la tranquilidad es posibles encontrarse con gente que, en distintas posiciones, medita entre la pacífica naturaleza. Hay biblioteca y tienda de suvenires. Y en el hermoso lago, con lotos y otras plantas, los cisnes se adormecen bajo el sol del verano.

 

Santuario del Lago, en Los Ángeles. Foto Spitaletta

 

3.

 

El downtown de Los Ángeles, en el que confluye la arquitectura moderna con la clásica, en donde está el edificio de Los Ángeles Times y del Ayuntamiento, hay una mezcla de emociones estéticas y variopintos turistas que hacen fila para entrar a los museos, como el de arte contemporáneo y el imponente Broad. También el museo estadounidense-japonés, en la zona del Little Tokyo. Están, en ese mismo centro cívico, las instalaciones del Walt Disney Center Hall y el Center Music. En este último, que tiene fotografías gigantescas de grandes intérpretes de ópera y directores musicales, hay una enorme efigie de Gustavo Adolfo Dudamel, músico y director de orquesta venezolano, que ahora es el director de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles.

 

Maravillosa arquitectura en el centro de Los Ángeles. Foto Spitaletta

 

Una de las construcciones más extrañas es la de la Catedral de Nuestra Señora de Los Ángeles, diseñada por el arquitecto español Rafael Moneo. La iglesia, de doce pisos de altura, con campanarios en distintos lugares y con una enorme campana reina, tiene plazoletas espaciosas, fuentes, cascadas de agua y jardines, tiene un mausoleo con centenares de criptas y nichos. Allí, entre otras, está la tumba del actor Gregory Peck. Sus vidrieras coloridas muestran a los evangelistas, a Santa Cecilia y otras figuras. Puede albergar a tres mil peregrinos. Ah, y también tiene un amplio centro de conferencias y salones de reuniones. Es una catedral moderna, inaugurada en 2002. Reemplazó a la de Santa Vibiana, destruida por un terremoto en 1994.

 

Quizá le falten a su alrededor más árboles. Sobre todo, con la agobiante canícula del verano, el peregrino siente la reverberación en los pisos de la amplia plazuela y quiere, muy rápido, ir a buscar sombra y el sabor de una cerveza fría.

 

N.B. El periplo cultural de Balada de un viejo adolescente se hizo gracias al patrocinio de la empresa Ítaka, de Medellín, y la empresa Pasión por la Educación, de Los Ángeles.

 

Interior de la catedral de Los Ángeles.

 

Santuario del Lago en honor a Mahatma Gandhi. Foto Spitaletta

 

 

 

Los que hablan solos en el subway

Libreta de viaje (7)

 

Estación Grand Central, en Nueva York. Foto Reinaldo Spitaletta

 

(Crónica del metro neoyorquino, con un tipo rabioso y otro que sangra en la frente)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Estaba de pie en un vagón del subway, el de la línea 7, color púrpura, rumbo a Queens. El tipo se apresuró a sentarse cuando yo amagué que lo haría y me miró después con ojos helados. Su bigote oscuro pareció bailotear en su cara pálida. Junto a mí, en una silla, una muchacha chateaba. Pelilarga y atractiva, de unos 18 años, se tornó de pronto en objetivo de la mirada centelleante del pasajero. Se fijó en ella durante un tramo largo del metro, que del subterráneo pasó a la parte elevada.

 

El hombre movía los labios con cierta continuidad, que me dio la impresión de concupiscencia retenida. En la estación Corona, el viajante que estaba junto al tipo que seguía murmurando mientras miraba con odio a la chica, se bajó. Me senté junto a él. La muchacha, que no parecía preocuparse por el asedio óptico del bigotudo, continuó manipulando el celular, mientras sonreía mirando la pantalla. Al sentarme, el tipo empuñó la mano derecha, con rabia. Le alcancé a escuchar “fucking…”. Miraba a la muchacha con veneno, porque cada vez apretaba con más fuerza su derecha. La chica, de buenas formas, se bajó en la estación del estadio de los Mets. La mirada electrizante del hombre, que se puso de pie, la siguió hasta que se perdió de su vista.

 

El tipo, junto a mí, siguió refunfuñando, mano derecha crispada. Yo solo miraba al horizonte por la ventanilla del frente. “Fucking…”. De reojo, no le perdía movimiento al vecino. En la última estación, la Main Street, permanecí sentado unos segundos más. El hombre se paró, salió del vagón y con paso rápido subió por unas escalas. No supe más de él. Lo último que pensé al respecto era que se trataba de una especie de enfermo mental, o tal vez de alguien al que alguna predicación le desencajó el cerebro y lo puso a ver el pecado por doquier, sobre todo, en las muchachas bonitas, como la del tren.

 

Zona cercana al Empire State, en Nueva York. Foto Spitaletta

 

En el metro de Nueva York (el subway), que es uno de los más grandes del mundo, que trabaja las 24 horas y tiene casi quinientas estaciones y más de mil kilómetros de vías primarias, se presenta la posibilidad de medir las soledades y ver la multifacética variedad de personas que allí viajan, algunos con turbantes, mujeres con burka, tipos de sombreros orientales, alguno, en pleno verano, con dos chaquetas y chaleco puestos… Es una maravilla la diversidad de pasajeros.

 

Una tarde, cuando con Sergio, mi hermano, tomamos un tren y nos equivocamos de sentido (íbamos a Queens y este iba en dirección al Bronx), un puertorriqueño de casi dos metros de estatura, camiseta con los colores de la bandera de ese país, hablaba en inglés a voz en cuello. Nadie le paraba bolas, excepto el compañero con el que iba. De pronto, se subió alguien en otra estación y el grandulón, moreno y barbado, comenzó a hablar con el conocido en español, bajita la voz. Nos dimos cuenta que estábamos errados de metro, al llegar a la estación de la 125 Street.

 

En el subway entran cantantes latinos, salvadoreños y mexicanos, a interpretar sus piezas desconsoladas y a esperar algún dólar en su sombrero. Y uno que otro a ofrecer productos chinos o indonesios. Eso sí, algunos de los que van sentados hablan solos, mientras no falta el que vaya leyendo un bestseller o un diario con caracteres orientales. Una chinita, que se bajó en Grand Central, iba leyendo durante un buen tramo un libro y parecía gozar con la lectura, movía los labios, recitaba trozos de lo leído. Parecía feliz.

 

En otro viaje, hacia Manhattan, la presencia de un tipo cuya frente goteaba sangre, me llamó la atención. En un tiempo de calor, tenía puesta una chaqueta negra y, por debajo, se notaba otra, además de un suéter. “Debe tener fiebre”, pensé. Portaba un maletín de mano, varias carpetas y un periódico en inglés. Pensé en sacar un pañuelito desechable de mi bolso, dárselo y que se limpiara la frente, pero no lo hice. Se paró y pidió permiso con cortesía cuando se iba a bajar en Bryant Park.

 

Aspecto de la Estación Central / Grand Central. Foto Spitaletta

 

En el tren, cuando viajábamos a South Norwalk, Cunnecticut, donde veríamos el partido Colombia-Inglaterra en casa de dos colombianos, una señora rubia, de vestido negro, también hablaba sola. Junto a mí, una chica, igualmente rubia, también de negro, ponía su pierna derecha sobre la desocupada banca de enfrente y cantaba lo que iba escuchando en su móvil. En esta línea, que parte de Grand Central, una bella estación con mármoles y lámparas de araña, cuando estábamos en las cómodas sillas, dos señoras hablaban de la Universidad de Yale, situada en New Haven, última estación en este recorrido.

 

Y no solo en los trenes hay gente que va soliloquiando. En los autobuses no falta el que también se dedique a buscarse a sí mismo en voz alta, como aquel hombre que, en una línea de bus articulado que viaja a Wall Street, cantaba y hablaba, hablaba y cantaba para sí mismo, sin saber que otros lo escuchábamos. O sin importarle.

 

Y así como hay olores perfumados, no falta alguien que apeste a ajo, o que desprenda una sobaquina del demonio. Pasa en todos lados, y más con el calor del verano neoyorquino. Varias imágenes olfativas, me recordaron un pasaje de Manhattan Transfer, novela de John Dos Passos, escrita en 1925: “En el atestado vagón del metro iba el repartidor de telegramas aplastado contra la espalda de una mujerona rubia que olía a Mary Garden. Codos, paquetes, hombros, nalgas se entrechocaban a cada sacudida del estridente exprés”.

 

En un vagón de subway, que no nos llevó jamás a ninguna estación fantasma (hay una, muy famosa, la City Hall), un rumor que salía no se sabe de dónde, decía: “voy a tener un flamante comienzo en la vieja Nueva York”. Después, sobre una acera, en la séptima avenida, un joven, con una especie de tarro a modo de recipiente de dinero, mostraba un cartel: “estoy cumpliendo años lejos de casa. Ayúdenme”.

 

Museo Metropolitano de Nueva York. Foto Spitaletta

Trompeta para un barrio bohemio

Libreta de viaje (6)

 

Flushing Town Hall, en Queens. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

(Crónica con balada en Queens, vitrales en San Patricio y un cuadro de Van Gogh)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En el histórico Flushing Town Hall, un edificio de arquitectura germánica, con ventanales de arco redondo, construido en 1862, ahora sede de cultura y artes, en Queens, Nueva York, presentamos la novela Balada de un viejo adolescente. El periplo cultural, iniciado en esta antigua sede del ayuntamiento, y que se extendió una semana después por Los Ángeles, California, gozó de altas temperaturas de verano y diversas aventuras viajeras (*).

 

El recinto, sobre la Northern Boulevard, alberga salas de exposiciones, teatro y al Consejo de Cultura y Artes. Una exposición fotográfica sobre Louis Armstrong tornaba más interesante las paredes del zaguán de entrada y, más tarde, allí recalaron floridas silletas de Medellín para la realización del Festival de las flores, en julio. Con una asistencia notoria de latinos y de algunos gringos, las palabras de presentación y la tertulia posterior se prolongaron por más de una hora; después, en la conversación informal, con firma de ejemplares, hubo nuevas inquietudes de los concurrentes en torno a la temática y técnica literaria de la novela.

 

Después, en la misma programación cultural colombiana, se presentaron la soprano Delcy Yanet Estrada y la mezzosoprano Yenny Lorena Restrepo, ambas colombianas, acompañadas por el pianista argentino Emiliano Messiez, en un recital llamado Dos mujeres, una pasión, en el que, entre otras interpretaciones, cantaron a dúo, para cerrar, La flor de la canela, de Chabuca Granda. Después, la soprano medellinense vocalizó en español Caruso, pieza de Lucio Dalla que integra el nuevo álbum de la cantante.

 

Te voglio bene assaie
ma tanto tanto bene sai
è una catena ormai
che scioglie il sangue dint’e vene sai

 

Nueva York, ciudad cosmopolita y multicultural, tiene ángel para presentar novelas y cantar. Hoy, en buena parte del extenso condado de Queens, la presencia masiva de asiáticos es protuberante. Y por muchos lugares, incluidos los alrededores del mencionado Flushing, que también es como un templo del jazz, pululan chinos, coreanos, japoneses, vietnamitas, indios de la India, en una mezcla de lenguas y alfabetos, de avisos y bazares, colorida y simpática. Para llegar a la zona del Flushing desde Manhattan hay que tomar la línea 7, púrpura, del subway.

 

Queens, con más de dos millones de habitantes, tiene historias musicales a granel, como que allí vivieron Armstrong, Count Besie y Ella Fitzgerald; dos aeropuertos (el Kennedy y LaGuardia), un estadio de béisbol (el Shea de los Mets), la comunidad de colombianos más grande de Estados Unidos, así como un poblado de mayoría griega como es Astoria. En Queens, eso se dice, se hablan más de 130 idiomas.

 

En Queens, con tren, metro, museos, biblioteca pública, barriadas con bloques de cuatro pisos (como Jackson Heights, Jamaica, Corona, Forest Hill…), universidades, nacieron Donald Trump, Cyndi Lauper, raperos como Ja Rule y “primeras damas” como Nancy Reagan. No es este condado tan atractivo ni tan cultural y variopinto, como el de Manhattan, pero tiene entre sus habitantes mucha mano de obra. En Flushing, al norte de Queens, residencial y financiero, hay un enorme centro de comercio sobre la Main Street.

 

Queens podría decirse, a simple vista, que es más bien feo. Claro, si se le compara con Manhattan, que tiene todas las arquitecturas, los teatros, los museos más importantes, tres ríos como el Hudson, el East y el Harlem, y es el corazón de los centros culturales, financieros y comerciales del mundo.

 

Pintura de Van Gogh en el Moma de N.Y.

 

Así que, en una tarde de verano, cuando en Manhattan la gente es como un hormiguero infinito, uno puede estar, por ejemplo, haciendo una fila en el Museo de Arte Moderno (MoMA), con sus colecciones exuberantes, o en el Tenement, un recuerdo de los iniciales inmigrantes que llegaron a esta ciudad que parece un cuento de hadas góticas. O, claro, en el monumental Museo de Arte Metropolitano (uno de los diez museos más visitados del mundo), al cual, para medio ver sus muy bien dotadas colecciones y exhibiciones temporales hay que entrar durante una semana seguida.

 

Y si desea otras perspectivas, entonces puede entrar al Guggenheim, o al de historia natural, o al de cera para que se fotografíe con personajes insólitos, actrices, escritores, políticos… Y una tarde veraniega, de cielo despejado y muchos turistas en las calles, nos fuimos al MoMA, en el Midtown de Manhattan, cuando faltaba poco para que lo cerraran y entonces apenas se volvió un abrebocas de asombro cuando a la carrera se ven cuadros de Picasso (como el de Las Señoritas de Avignon), o la Noche estrellada de Van Gogh, o cuadros de Dalí, Magritte, Pollock, Warhol, Chagall, Matisse… o las colecciones de diseño gráfico, industrial, arquitectura, cine, fotografía.

 

Nueva York son tiendas descomunales y frontis de todas las formas. Y, como estás por esos lares, por ahí, por la Quinta Avenida, no podés dejar de entrar a San Patricio, catedral neogótica, con sus vitrales de luz mística, su altar descomunal, sus mármoles y peregrinos, con su Pietá que supera tres veces en tamaño a la de Miguel Ángel. San Patricio, santo patrón de Irlanda, está presente en este templo en el que caben cerca de tres mil personas.

 

En el East Village, histórico barrio neoyorquino, una huella de antiguos sanitarios públicos. Foto Reinaldo Spitaletta

 

Más allá de la estatua de la Libertad, de la isla Ellis, de las novelas y poemas neoyorquizadas, de las inexistentes torres gemelas y del puntiagudo Empire State, vos podés encontrar la soledad en una señora que, sentada esperando un bus articulado, te dice cuál tomar para Wall Street, a la que no llegarás porque ante tantas edificaciones, tantos parques y estatuas, tantas flores veraniegas, nada significa lo bancario, lo bursáti. La señora peliclara se ha subido al mismo autobús, en la parte delantera. Y, como no tenés destino, cualquier bajada siempre será una atracción.

 

Y en alguna manzana del East Village, un vecindario romántico, con fachadas avejentadas, con escaleras de incendio, te bajarás para caminar frente a bares, teatros, colegios, tiendas japonesas de juguetes, librerías de usados, o por el hospital Sinaí Beth Israel. Es un barrio de literatura y en su historia están los movimientos contraculturales y escritores de la Beat Generation, como Kerouac, Ginsberg y Burroughs.

 

La tarde se sube a los árboles y no se sabe por qué misterio comenzás a pensar en tantos inmigrantes que por estas geografías advinieron para quedarse y construir una vida lejos de sus recuerdos. Junto al edificio Fischer, sede de industrias musicales, tres muchachos, sentados a una banca de parque, esperan la noche.

 

(*) El viaje y presentación en Nueva York fue posible gracias al patrocinio  y gestión de la empresa cultural Ítaka (Medellín) y Luis Eduardo Acosta (Nueva York).

 

Calle neoyorquina en el verano de 2018. Foto Spitaletta

Detalle interior de la Catedral de San Patricio. Foto Spitaletta

 

 

Un verano en Nueva York…

Libreta de viaje (5)

 

Nueva York, una ciudad siempre sorprendente. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

(Crónica veloz, con rascacielos y una soprano que canta en el Central Park)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Como en la salsa del Gran Combo, en un verano en Nueva York tenés “fiesta folclórica” en el Parque Central y muchas mixturas más de ocio, en esa extensión cuadrangular que es ocho veces el estado del Vaticano, con lagos artificiales, puentes históricos, próceres en estatuas, recitales al aire libre, saxofones y trompetas en jardines, y una soprano que, bajo una suerte de túnel, canta con estremecimiento Un bel dì, vedremo, de Madame Butterfly, ópera de Puccini, acompañada por una pista.

 

A los pies de la cantante lírica, yace un recipiente en el que los oyentes depositan su ofrenda en dólares después de los aplausos. Y el parque, que con las altas temperaturas del verano parece infinito, se abre en caminos que se bifurcan, con bicicletas y coches, con amontonamiento de gente en bermuda y camiseta, con niños que gritan, con pájaros que aletean y cantan.

 

Un verano en Nueva York, un día de principios de julio, con un atardecer candente, es propicio para caminar con el riesgo, claro, de una deshidratación. Y sondear el alma (desalmada) del capitalismo, del consumo sin fin, de los avisos luminosos de Times Square o marchar por la Quinta Avenida, buscando sombra, metiéndote a alguna tienda de suvenires costosos y simpáticos, o buscando detalles invisibles, como lo hiciera hace años el meticuloso reportero Gay Talese, cuando escribió su célebre texto Nueva York, una ciudad de cosas inadvertidas.

Aspecto del Central Park.

 

Y entre lo inadvertido puede estar el brasileño que vende perros y chuzos en la esquina de la séptima con la 42, o los leones grabados en algún edificio, o las mil maneras, por no decir infinitas formas de la arquitectura neoyorquina, con rascacielos, escaleras de incendio, columnas griegas, fachadas hipnotizantes… Es una ciudad para todas las culturas, de todos los colores y sabores, pero, a su vez, para el anonimato total. Ahí van, con la luz intensa del verano, por aceras amplias, las rubias con cámaras, los orientales con cámaras, los latinos con cámaras y celulares. Es verano. Y hay multitudes en las calles, en los almacenes, en los mercados…

 

Es una ciudad loca, para excéntricos, para bohemios y gente que puede delirar viendo el edificio del periódico The New York Times o buscando como una obsesión literaria la sede de la revista The New Yorker y solo se topa con un hotel bonito del mismo nombre. Y si sigue las descripciones de aquel antiguo reportaje de uno de los fundadores del Nuevo Periodismo, no verá las hormigas del Empire State, pero sí decenas de turistas que hacen fila para entrar al edificio que continúa siendo un símbolo de la arquitectura que araña cielos. A la vuelta no más, verá las colas de visitantes asombrados y con ropas ligeras que quieren montarse en las terrazas de los buses de dos pisos para ir de tour por la denominada capital del mundo.

 

Manhattan, con su Midtown, Dowtown y Uptown; con sus buses de ventanillas panorámicas; con sus cines y museos y tiendas antiguas y construcciones de todas las arquitecturas, es una ciudad de eterno movimiento. No duerme. No cesa. El verano te estimula los sentidos. Y entonces podés pasar por la histórica estación Pensilvania, o por la que acumula pasajeros a Nueva Jersey, o, para ver lámparas de araña, mármoles, espacios generosos, anchos pasillos, gente que va y viene, sin pararle bolas a nadie, entonces es porque estás en la espléndida Grand Central, la estación central de trenes, metros y subways, con mercados, joyerías, restaurantes de lujo y otros de menos categoría.

 

Ornamentación en la fachada de la Biblioteca de Nueva York. Foto Reinaldo Spitaletta

 

Nueva York es holandesa e india; oriental y occidental. Con río y mar. Con ferris y puentes. Con neones y calles anchas. Es una ciudad veloz, afanada, donde la mayoría de gente va de prisa y por eso no puede mirar hacia arriba, muchos (distintos a los turistas de verano) con jornadas de trabajo en el sur y luego en el norte. Nueva York, donde hay que calzar “zapatos vagabundos”, la de Frank Sinatra y los bares giratorios, es un hormiguero. Es, así la describió Talese, una ciudad sin tiempo; novelada, poetizada, y cantada hasta la eternidad. Y, según una señora paisa, es la ciudad donde “todo queda en la puta mierda”.

 

Ciudad universitaria y de cafetines, de teatro y musicales, de bolsa y magnates, tiene lectores en el subway y cantantes de ocasión, violinistas en las estaciones y abundante gente sola. Ciudad de esculturas y estatuas patrióticas. Podés toparte con un Prometeo alado o con un torso de mujer de bronce. Ciudad donde llegan los amantes de la ópera, pero, además, los que desean en recorridos de jornadas sin fin observar el arte universal.

 

Es una metrópolis de lujos pero, a su vez, con homeless, con rebuscadores, con vendedores de bazar. Y vos, para experimentar sencillas maneras de la aventura, podés en la retícula telarañosa del subway perderte en tu recorrido. Y cuando menos pensás, estarás embarcado en una línea que va al Bronx cuando, en rigor, ibas para Queens. Y así. Que hay que enloquecer la brújula.

 

Es la ciudad del Barrio Chino, de la Pequeña Italia (ahora con antioqueños y argentinos que se hacen pasar por italianos y cobran en restaurantes de pacotilla precios de bolsa de valores con acciones en alza); es un poco el recuerdo de una novela de Dos Passos y el ulular de las sirenas que jamás se callan. Sí, claro, si te interesa podés ir tras las huellas históricas de Piazzolla y de Jake La Motta (el Toro salvaje) en la Little Italy, la de las calles llenas de bombillería como si fuera diciembre todo el año.

 

Es una ciudad de béisbol y célebres combates boxísticos que ya son historia; de mitológicas pandillas decimonónicas que Scorsese cinematografió con maestría. Aquí voy, pasando por sinagogas, iglesias, colegios, oficinas postales, vitrinas alucinantes, museos de matemáticas y de toda índole, edificios puntiagudos, con una sensación térmica de exiliada zona tórrida. Ah, sí, New York, New York…

 

En el recuerdo, el Gran Combo me dice que “si te quieres divertir, con encanto y con primor, solo tienes que vivir un verano en Nueva York”.

 

Times  Square. El edificio de la Paramount. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

 

Playas hippies, canales venecianos y una señora de pintura

Libreta de viaje (4)

 

Silueta del escritor danés Christian  Andersen, en el museo librería de Solvang. Foto Reinaldo Spitaletta 

 

 

(Crónica con traje de emperador y un museo alucinante en Los Ángeles)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

1.

 

Santa Mónica, una ciudad con playa multitudinaria de Los Ángeles, donde a veces aparecen ricos y famosos, tiene en su muelle una feria de atracciones, el Pacific Park, con inmensa rueda de Chicago y alta montaña rusa, muy cerca de la ancha calle peatonal (Third Street Promenade) en la que hay cines, mercados, helados y músicos ambulantes.

El mar de azul rey, con gentío en la arena, traía rumores de verano cuando apareció un tipo rubio y barbado, en una motocicleta con cajón de accesorio. A través de un megáfono la emprendía contra Trump y, a su vez, le hacía competencia en el grito y el volumen a otro, predicador de nuevos tiempos apocalípticos que, también sobre una moto, mostraba carteles bíblicos y anuncios de conversiones. El opositor del magnate-presidente tenía en su vehículo una pancarta: “Salvemos a nuestros niños del secuestrador Trump”.

 

Los dos personajes se enfrascaron en una acalorada rivalidad a ver cuál gritaba más, con una salvedad: pocos viandantes les prestaban atención. Un negro tocaba el saxofón y muy cerca una niña rusa, de unos seis años, hacía lo propio con un violín. A sus pies, en un cajoncito, los curiosos depositaban dólares. Un sol de justicia se regaba por las extensas y agolpadas playas.

Un adivinador de vitrina en la playa de Venice. Foto Reinaldo Spitaletta

En la misma peatonal, una modelo, de traje vaporoso, piernas al viento y movimientos sensuales, posaba para un fotógrafo. Se movía para acá y para allá, sonreía, manos en el cabello, provocaciones a la lente. Tampoco era fuente de atracción de parte de los caminantes. Tal vez el calor, a casi cuarenta grados centígrados, hacía que todo el mundo buscara sombras y refrescos.

 

Después, el panorama cambió. Y estábamos en las playas de Venice, con hippies anacrónicos, viejos sonidos de rock, olores a marihuana y sudor, con tiendas de camisetas y cachuchas, y muchos tenderetes en la arena y en el asfalto con ofrecimientos de artesanías. No había tipos musculosos, como es común en Santa Mónica, sino hombres y mujeres continuadores de la vieja contracultura de los sesentas. Había guitarristas de playa, cantantes de música jamaiquina, alguna evocación de Jimmy Hendrix y la canícula de julio en su máximo esplendor.

 

No es extraño toparse en esta zona de murales callejeros y ventorrillos de perros calientes, la imagen de un enigmático tipo de turbante dorado y chaleco gris (Zoltar dicen las letras que se llama), con una bola blanca al frente. Si echás una moneda, sabrás de las sorpresas que te depara el destino. Así discurren las playas de Venice, un distrito que, además, tiene una atracción clave: sus canales a la veneciana, clonados por un multimillonario, Abbot Kinney en los comienzos del siglo XX. Están en una zona residencial de hermosos caserones con antejardines y árboles.

 

Los canales a la veneciana en Venice, Los Ángeles. Foto Reinaldo Spitaletta

 

2.

 

Los Ángeles, cuya área metropolitana tiene más de 18 millones de habitantes, posee una réplica de un pueblito danés, en el que uno puede toparse con los personajes de Andersen y la sombra atormentada de Hamlet. Solvang, que así se llama, en rigor está en Santa Bárbara, en el valle de Santa Ynes, fue fundado en los albores del siglo XX por inmigrantes de Dinamarca. En medio de una zona vinícola, el villorrio mantiene las costumbres y arquitectura danesas.

Solvang, un pueblito construido y habitado por inmigrantes daneses. Foto Reinaldo Spitaletta

 

El visitante se encuentra, además de las casas con techos inclinados, torrecillas y áticos, con molinos de viento. Hay cervecerías, restaurantes, panaderías y almacenes con lujosas artesanías. Se siente bienestar en sus calles y aceras, y sus habitantes tienen casi todo resuelto. Hay un parque y un busto del poeta y escritor de La fosforera, La sirenita y El Patito feo.

 

En Solvang todo es exquisito, desde sus puertas y ventanales, hasta los olores a pan y dulcería.

 

En el museo Andersen, con una librería en sus altillos, el visitante se interna en las obras del autor de El traje nuevo del emperador y La princesa y el guisante. Hay retratos y rompecabezas. Y todo está dispuesto para el ejercicio del asombro y la imaginación. “Hace muchos años vivía un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos que gastaba todo su dinero en vestir con la máxima elegancia. No se interesaba por sus soldados, ni le atraía el teatro, ni le gustaba pasear en coche por el bosque, a menos que fuera para lucir sus atuendos nuevos”, es el inicio del subversivo relato de Andersen para niños y adultos.

 

Y si Solvang tiene atracciones que evocan al país nórdico, hay una ciudad al oeste de Los Ángeles, cuya historia está conectada con la del cine y algunos de sus laboratorios. Es Culver City, fundada en 1913, y en la que se crearon, por ejemplo, los estudios de la Metro Goldwyn Mayer (fundados por el judío polaco Samuel Goldfish, que después se cambió el apellido por el de Goldwyn), la Sony Pictures y Culver Studios, entre otros.

 

Culver, una ciudad de cine. Imagen de las antiguas oficinas de la MGM, hoy convertidas en hotel. Foto Reinaldo Spitaletta

 

El imponente local donde estuvo la Metro es hoy un hotel, con plazoletas en la que un leoncito sonriente, de bronce, recibiendo la frescura de una fuente, parece dar la bienvenida a los visitantes. El hotel está poblado de fotografías de los actores de la película el mago de Oz, como de los de Lo que el viento se llevó.

 

En esta cinematográfica ciudad se han filmado, además, películas como El ciudadano Kane, la serie de Tarzán y la original de King Kong, por no citar otras más recientes como Toro salvaje, E.T. El extraterrestre y Brillantina. Ah, y muchas series de televisión se han grabado en Culver, por lo que, así no más, pueden resultar familiares para un visitante muchas de sus calles y escenarios. Lassie, Las Vegas, Los años maravillosos y Batman, son algunas de ellas. Hay, además de museos y colegios, un teatro que homenajea a Kirk Douglas, construido en 1946, cerca de la Columbia Pictures.

 

Culver, linda ciudad, respira cine y, en ella, algún nostálgico puede evocar a Judy Garland o las lianas en las que volaba Tarzán de los monos.

 

3.

 

¡Qué museo! Puede ser la primera exclamación de un visitante cuando, después de atravesar un buen tramo en un trencito plateado, llega a las instalaciones del Getty Center o Museo J. Paul Getty, un inmenso campus con instituto de investigación, preservación y fideicomiso, además jardines, tiendas, pabellones de arte y auditorio.

 

Con colecciones de asombro que van desde las grecorromanas, egipcia, italiana, flamenca, francesa y española, el museo tiene cuadros de excepción, como Los lirios, de Van Gogh; El alabardero, de Pontormo; el Retrato del marqués del Vasto, de Tiziano y un cristo de El Greco, entre otras valiosas pinturas, entre las que hay de Gauguin, Manet, Watteau, Miguel Ángel, Goya y Degas.

 

Cuando recorríamos, en medio de la admiración y la curiosidad, los salones de arte italiano, tal vez la más importante y numerosa del museo, en donde están, por ejemplo, obras del Veronés, Gentileschi y Bellotto, vi una mujer enorme, de figura sensual, redondeada; quizá se había escapado en otro salón de una pintura de Rubens y la perseguí dos salas más hasta cuando, de pronto, se esfumó con su largo traje negro y sus cabellos claros en algún espacio recóndito del museo.

 

El Getty, con sus enormidades en jardines, con sus esculturas, con sus pabellones y otros edificios de mármol travertino, diseñado por el arquitecto Richard Meier, es una joya del buen gusto y la cultura. Cuando salimos, todavía flotaban en el ambiente los colores de Cezanne y el expresionismo de Munch. Ah, y el recuerdo de una señora inmensa que me volvió perseguidor por unos minutos.

 

Imagen captada en el Museo Getty de Los Ángeles, uno de los más importantes del mundo. La señora parece fugada de una pintura. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

 

Hollywood para montañeros

Libreta de viaje (3)

 

Las colinas de Hollywood vistas desde el Hollywood Boulervard. Foto Sergio Espitaleta

 

(Crónica de una caminada por el Paseo de la Fama y las huellas de las estrellas de cine)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Al bajar del edificio Wells Fargo, donde presenté la novela Balada de un viejo adolescente, una multitud de extras cinematográficos estaba en la calle buscando sombra, bajo un sol de castigo. Alguien me dijo que es parte de la vida cotidiana de Los Ángeles toparse en cualquier cuadra con filmaciones de películas.

 

Tras entrar más tarde a una extraña librería, The Last Bookstore (una de las más bellas del orbe), con laberintos, túneles y otros diseños armados con libros, un poeta de Jamundí, Joaquín, nos llevó en su carro a Hollywood. Antes, nos detuvimos en Skid Row, un céntrico barrio poblado por cerca de 13.000 homeless o habitantes de calle, que se constituye en el barrio de indigentes más grande de los Estados Unidos. Abundan en las esquinas, las aceras, tiendas de campañas, sobre cartones, y algunos lo denominan el “gran manicomio al aire libre”, por la cantidad de enfermos mentales que allí conviven. Está en una de las zonas más céntricas y hace años era residencial y de hoteles.

 

Arribar a Hollywood, mito y realidad, pone el corazón a dar saltitos, tal vez de conejo, como el de Alicia, y a la piel, en un verano que ese sábado 7 de julio alcanzaba temperaturas de cuarenta grados, con ganas de una sombrilla, como la de Mary Poppins. Joaquín, que se debía devolver para recoger a sus hijos, nos dejó en la esquina de Hollywood Boulevard con Highland Avenue, y entonces comenzamos la pequeña aventura urbana de “tirar tenis” por aquel panorama de turistas a granel y tiendas por doquier que puede llegar a obnubilar.

 

Hollywood, integrado a Los Ángeles en 1910, se fundó en 1857. Se volvió meca del cine cuando el monopolio de Thomas Alva Edison, con su guerra de patentes, obligó a productores de cine de fines del siglo XIX y comienzos del XX, a irse de Nueva York y Nueva Jersey, y asentar su “fábrica de sueños” en un remoto lugar del oeste. Después, la invención de las estrellas y el mundo del espectáculo hicieron el resto.

 

Caminar por esa calle incandescente, llena de avisos publicitarios y palmeras, es la posibilidad de añorar imágenes del filme Cantando bajo la lluvia, de Gene Kelly. Malabaristas y artistas callejeros aparecen en medio de los visitantes. Algunos se detienen a mirar a las colinas, quizá a buscar en la lejanía las históricas letras de molde o a ver si, por algún acaso, está flotando la imagen vaporosa de Marilyn. Que sí, no falta la diva por distintos lugares, con sus fotos en las que hace guiños, muestra su belleza inefable, su swing de estrella rutilante.

 

No sobra tomarse la fotico con una de las creaciones hollywoodescas más célebres. Foto Sergio Espitaleta

El Paseo de la Fama, una de las atracciones con más curiosos sobre ella, lleva a muchos a arrodillarse, a postrarse junto a la estrella de cinco puntas que representa a una figura del cine o de la farándula, en un mosaico de granito pulido. Casi todos los más jóvenes se hacen tomar la fotito con la de Michael Jackson y lo más veteranos van a las de viejas figuras, legendarias, como decir Mickey Rooney o los integrantes de Los Beatles. El paseo, diseñado en 1958 por el artista californiano Oliver Weismuller, alcanza hoy una “siembra” de 2.200 estrellas (varias de ellas han sido robadas, como las de Kirk Douglas, James Stewart, Gregory Peck y Gene Autry).

 

Frente al Teatro Chino de Grauman, de enigmática fachada (una pagoda con dragón y leones), la gente se apretuja para observar a sus ídolos “caídos” (sí, están sobre la acera), la representación de un mundo de imaginación y de una industria millonaria que ha seducido a espectadores de todas partes. Los viandantes se mueven entre almacenes de suvenires, centros comerciales, supermercados y algún Superman de calle, o un basquetbolista sin gloria que hace demostraciones con un balón. No faltan magos y contorsionistas.

 

Un poquito de fama entre estrellas y estatuillas. Foto Reinaldo Spitaletta

El viejo teatro Kodak, hoy el Dolby Theatre, es el escenario de la entrega de los célebres Oscar y goza de la apreciación masiva de visitantes. Por aquellos lares abundan fotos de deidades cinematográficas y todo hace rememorar antiguas pantallas, viejas carteleras, los días de cine de barrio y la nostalgia de los teatros muertos. A la par del Paseo de la Fama, está el de las huellas de los grandes. Y, claro, todos aprovechan para llevarse un recuerdo gráfico de la ocasión.

 

Como vecina de las huellas de la gran Marilyn está otra grande: Sophia Loren (“Solo per sempre” se lee junto a las huellas de manos y pies de la actriz napolitana) y junto a esta, las de Marcello Mastroianni. Al otro lado de la vía, hay más teatros, como el Capitán, y la vieja construcción del Hotel Roosevelt, apegada y tradicional en el paisaje del sector. Más allá, y sin que el turista se preocupe por recorrerlos, hay barrios de caserones amplios, cercanos a las colinas. Hay una especie de “morro”, el Canyon, al que suben atletas que desafían, en el verano, las altas temperaturas.

 

Desde un enorme centro comercial, uno, como buen montañero, no podía dejar de ver desde un mirador en el tercer nivel, las letras de Hollywood, lejanas, legibles, inmemoriales. Sí, no había más remedio que relacionarlas con las que, en los cincuentas, sobre las colinas de Enciso, en Medellín, puso una empresa textilera, cuyo lema era “el primer nombre en textiles”.

 

La jornada, calenturienta, llena de riquezas visuales, de sed y curiosidad, nos condujo, en su fase final, a tomar el metro. Había que hacer tres intercambios o transferencias para llegar a nuestro destino, desde el extremo norte, donde está Hollywood, al Sur de Los Ángeles, en el sector de El Segundo. Varios días después, volvimos en el tren, que es subterráneo, de superficie y elevado en distintos tramos, hasta los Estudios Universal, otro símbolo de la proverbial “fábrica de sueños”.

 

Un simpático busetón de tres vagones nos subió hasta el parque de atracciones y, más que todo, centro comercial, con una infraestructura armada para vender, pero, eso sí, con la gracia de ponerte por doquier desde King Kong hasta los dinosaurios del jurásico. Allí está el “mundo mágico” de Harry Potter (con librería y almacén especializado) y el de los Simpson. Claro, si querés verlo todo, pasearte por la fantasía, las cámaras y los platós, debés pagar cerca de cuatrocientos dólares.

 

Los estudios Universal, el bulevar Hollywood, el Dolby, las letras en la colina, todo, de pronto, fue quedando atrás. El metro de Los Ángeles, con sus líneas roja, azul, verde, púrpura, Expo, una retícula enorme, con sus estaciones como Vermont, Willowbrook, Beverly, Avalon, en fin, se graban en la memoria del visitante.

 

En el tren todavía flotaban las imágenes de King Kong junto a las muy provocativas de la rubia plateada Marilyn Monroe. La fábrica de sueños nos seguía como un recuerdo de niñez. Sería el calor.

 

 

 

Aspecto del centro comercial de los Estudios Universal, al norte de Hollywood. Foto Reinaldo Spitaletta

Las focas adormiladas de Monterrey

Libreta de viaje (2)

Al frente de las playas de Monterrey llegan focas y lobos marinos a sestear en el verano. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  (Crónica con menciones a Dalí, Tortilla Flat y viejos enamorados)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Monterrey, de menos habitantes que Salinas (unos treinta mil), tiene historia española, varios museos, un célebre acuario de medusas psicodélicas y mantarrayas, está a 550 kilómetros de Los Ángeles y se sitúa en la bahía del mismo nombre, en el océano Pacífico. Fue documentada por primera vez por Sebastián Vizcaíno en 1602 y fundada en 1770 con el largo nombre de El Presidio Real de San Carlos de Monterrey, que se convirtió en la primera capital del estado de California (hoy su capital es Sacramento).

 

Llegamos a la novelesca ciudad con el sol muriente del verano, a las ocho y treinta de la tarde, a un hotel donde nos recibió un nepalés. “¿De dónde son?”, preguntó, y sonrió cuando escuchó Medellín, Colombia. Se interesó por la situación de la ciudad, a la que conocía, más que todo, por los tiempos nefastos de la mafia. Nos dio la bienvenida y nos dijo que para ir a la habitación, con vista al mar, había que atravesar una calle.

 

Cuando anocheció salimos a caminar por una avenida llena de palmeras iluminadas como si fuera navidad, con sicomoros y otros árboles, con cafés y hoteles y música “a babor y estribor”. Ya estaba cerrado el museo donde había una exposición de obras de Salvador Dalí y los supermercados tenían mucho movimiento. A la distancia, se vislumbraba una congregación de botes estacionados. Había brisa.

 

En el hotel, quizá a las tres de la mañana, me aterrorizó una pesadilla. Había derrotado no sé cómo a unos asaltantes, de los cuales escapé por calles oscuras. De pronto, me vi solo, en medio de la nada. Y ahí, desde las sombras, aparecieron nuevos bandidos. Corrí. Cuando miré atrás, vi cómo a un hermano (era muy joven en el sueño) lo partían a machetazos.

Pencas entrelazadas adornan las playas  de Monterrey.

Monterrey, famosa por sus playas, sus restaurantes elegantes y el Fisherman’s Wharf, tiene asimismo la impronta del novelista Steinbeck, que ambientó allí varias de sus obras, como Tortilla Flat (también traducida como Camaradas errantes), Dulce jueves y Cannery Row (ahora hay una calle que así se denomina). “Cuando la guerra llegó a Monterrey y a Cannery Row, todos lucharon, más o menos, de una forma u otra. Cuando cesaron las hostilidades, todos tenían sus heridas”, se lee en el primer capítulo de Dulce jueves.

 

Pero quizá Monterrey esté mejor retratado en la novela picaresca de Tortilla Flat, con robagallinas y buscadores de tesoros místicos. “Monterey se asienta en la ladera de una colina, con una bahía azul a sus pies y un bosque de altos, oscuros pinos a su espalda. Pescadores y envasadores de pescado americanos e italianos pueblan la parte baja de la ciudad”, dice Steinbeck en el prefacio de su novela sobre Danny y una tropilla de vagabundos.

 

Cannery Row en la ficción de Steinbeck es una calle en la que se concentran las fábricas de conservas de sardinas (originalmente, se denominaba Ocean View, pero pudo más el poder de la novela y entonces se le cambió el nombre). “El arrabal conservero de Monterrey, California, es un poema, un hedor, un sonido discordante, una clase de luz, una tonalidad, una costumbre, una nostalgia, un sueño”, advierte el novelista en su introducción a la obra en la que aparecen tenderos chinos, burdeles y laboratorios biológicos.

 

Monterrey, donde también vivió el escritor escocés Robert Louis Stevenson, tiene diversas playas, que en el verano se llenan de turistas y nativos, que quieren contemplar el mar de un intenso azul profundo y meterse a sus aguas frías, porque, de todos modos, es mejor que nada. Una de ellas, con muchas casas de tamaño generoso y arquitecturas inglesas, es la de Lovers Point Beach.

 

Es consuetudinaria la presencia de viejas parejas que se sientan frente al mar a buscar recuerdos. Foto Reinaldo Spitaletta

 

En una caminata por los senderos y parquecitos, en los que hay esculturas y muchas pencas entretejidas, como abrazadas, uno puede ver a los viejos, sentados en bancas frente al mar, mirando hacia el azul oscuro de las aguas, con sus sombreros de ala ancha y quizá con muchos recuerdos de tiempos juveniles. Se oye el aleteo de las gaviotas y es posible, sobre rocas muy cercanas a la playa, ver focas, leones marinos y morsas adormiladas (La vista de estos mamíferos, en vivo y en directo, me transmitió una sensación de serenidad).

 

Monterrey a la carrera es una ilusión de mar, cielo y botes atiborrados. De palmeras y coníferas que saludan al viento. Solo hubo tiempo de una mirada global, rápida, porque había que retornar a Los Ángeles, por un camino de vuelta en el que hubo nuevas revelaciones paisajísticas, otros molinos de viento, el dios Eolo atravesando una gran llanura en ese valle largo de Salinas que se extiende entre dos cordilleras montañosas, como bien lo describe Steinbeck en Al este del Edén.

 

En un paradero, de esos necesarios para la orinada, la toma de agua, la compra de algún helado (la máquina estaba descompuesta y entonces fui a otra y saqué un chocolate caliente, apenas para competir con los 38 grados de temperatura ambiente), los sicomoros nos sombrearon y abanicaron con su viento verde.

 

Atrás iban quedando las imágenes novelescas creadas por John Steinbeck, los ríos sagrados, los avisos de señalización, el tren largo, los enamorados de una playa. Los Ángeles, donde hacía tres días había presentado en el edificio Wells Fargo, en el Downtown, mi novela Balada de un viejo adolescente, estaban esperándonos para continuar la aventura por pueblitos de imitación danesa, playas de hippies anacrónicos, canales a lo Venecia (en otra Venecia, pero a la gringa), museos de arte moderno y contemporáneo y un periplo por una de las catedrales más raras del mundo, la de Nuestra Señora de Los Ángeles.

 

Salinas y Monterrey ya eran un recuerdo de muchos colores, entre vientos y soles de quemazón, con historias que un escritor de allí narró para todo el mundo.

 

Aspecto de un barrio de Monterrey, California. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

La brisa, la arena, las coníferas, el sol del verano en Monterrey. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

 

 

 

 

Buscando a Steinbeck y los sicomoros

Libreta de viaje (1)

(Crónica de verano en el Valle de Salinas, con lechugas y una casa victoriana)

 

 

Casa de John Steinbeck, en Salinas. Ahora es un restaurante. Foto Reinaldo Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Quería llegar a Salinas, ciudad del condado de Monterrey, en California, por varias razones (¿o serán sinrazones?): conocer la cuna del escritor John Steinbeck, al que comencé a leer desde la adolescencia (La perla, El pony colorado fueron las primeras) y mirar de cerca los sicomoros. Ya tenía nociones del valle largo, del río Salinas (“profundo y verde”), de los viñedos, porque casi todas las novelas y cuentos del autor de Las uvas de la ira, se inician con una descripción geográfica de ese inmenso lugar.

 

Salir en automóvil desde Los Ángeles con la conducción de un doctor en matemáticas, la compañía de Ángela, una paisana bellanita, y mi hermano Sergio, tenía su gracia y emoción. Las impecables carreteras, rodeadas por colinas que a veces daban la impresión de un paisaje extraterrestre (de los que uno ha visto en películas), ejercen una atracción sobre el viajante. No cansan a la vista, pese a una posible monotonía en el relieve y en sus colores ocres.

Paisaje del Valle de Salinas.

 

Era imposible no conectar aquello con un recuerdo literario de los cosecheros de Oklahoma, los okies, que en los tiempos de la Gran Depresión, por la 66, iban en peregrinación hacia California a buscar la “tierra prometida”. Era el verano, con sol espléndido, con pinturas verdosas en las montañas leves, con el mar a veces a la vista, con el encuentro de trenes largos y con la extensión infinita de cultivos de lechugas y viñedos que han hecho del vino californiano uno de los más destacados del mundo. Atrás iban quedando pueblitos y una que otra ciudad (Ventura, Santa Bárbara, Obispo, San Miguel…) y también imaginarias remembranzas de películas del Oeste.

 

Y así, durante cinco horas, con algunas paradas, mientras quedaban atrás molinos de viento y decenas de tractores (que igual más adelante seguían abundando), el corazón latía por la ansiedad de estar en la tierra que uno había presentido —e intuido— a través de la literatura de Steinbeck. Ah, antes de la partida, e igual en otros tiempos, quería conocer el nabo, que es como “una remolacha blanca” (así la describió Christopher Reed, el que conducía el automóvil), que es, según las condiciones, como les sucedió a tantos en los días del Crack, comida para pobres. El ganado se siente a gusto con ellos. Y todo porque, además de mencionarse en algunas ficciones de Steinbeck, también está destacado en El camino del tabaco, de Erskine Caldwell.

 

Una de las estaciones, sobre todo para orinar y tomar agua, se hizo en un poblado de 500 habitantes, en San Ardo, cuyo centro consistía en dos o tres tiendas, una estación de gasolina y unas cuantas casas, una de ellas con esculturas orientales en sus antejardines. La muchacha que nos atendió, robusta y sonriente, nacida en Santa Cruz, contó cuál era el origen del nombre de aquella aldea solitaria (llegamos a una hora en que el sol era candela y tal vez todos dormían).

 

 

Muy cerca hay otro pueblo, San Bernardino. Al que arribamos era llamado en otros días San Bernardo. Sin embargo, porque la oficina postal confundía a ambos, y las cartas de uno se iban para el otro, los del primero decidieron aplicar una aféresis. Y así quedó rebautizado: San Ardo. Por lo demás, afuera puede uno arder en el verano, a unos 37 grados. Volvimos a la carretera central y continuaron los viñedos y las lechugas, agricultura tecnificada y con muchos surtidores.

 

Salinas, de unos ciento cincuenta mil habitantes, apareció. Una calle larga nos llevó a la principal y por supuesto hay una “street” con el apellido del escritor. Fuimos sin vacilaciones al Centro Nacional Steinbeck, en la Main Street, porque faltaba una hora para que lo cerraran. Eran las cuatro de la tarde. Tras mirar un documental sobre la región y la vida del autor, pasamos a otra sala, enorme, con divisiones temáticas, sobre la vida y obra del escritor. Fotografías, el infaltable fetichismo de camas y escritorios, afiches de las películas de adaptaciones de sus libros (como De ratones y hombres, Las uvas de la ira, Al este del Edén, Tortilla Flat…), las noticias sobre el Nobel que se le otorgó en 1962, luces, sombras, los reportajes como ¡Fuera bombas! y Hubo una vez una guerra, fotos de su primer matrimonio con Carol Henning…

 

El pony colorado, en el museo Steinbeck.

Junto a la salida de aquel espacioso lugar dedicado a la memoria y trayectoria del escritor, está Rocinante, un GMC verde botella, en el que el escritor se fue en 1960 a recorrer su país en compañía de su caniche Charley, cuando, según su hijo, ya sabía que se estaba muriendo. Sin embargo, duró más tiempo y en el 62 recibió el Nobel de Literatura. Murió seis años después en Nueva York.

 

Muy cerca del museo está la casa victoriana donde nació el autor de La luna se ha puesto. Es un restaurante (estaba cerrado cuando llegamos), con antejardines, placas conmemorativas y una grama que dan ganas de extenderse en ella y ponerse de cara al sol. Claro, apenas por unos segundos, porque el verano es quemante.

 

Salinas, una apacible ciudad fundada en 1847, que era una parada de diligencias entre Monterrey y San Juan Bautista, vive de la agricultura (lechugas, espinaca, fresas, zanahorias, coles, apio, brócoli… la llaman la “ensaladera del mundo”)). No pude ver los nabos, pero sí los sicomoros en distintas avenidas, movidos por un viento atardecido que me recordaron varias tramas del escritor al que le gustaban las historias cortas de Hemingway y “casi todo lo que escribió Faulkner”.

 

Salinas quedó atrás, con la imagen de Steinbeck por muchas partes. El automóvil siguió a Monterrey. “Allá también encontrarán a Steinbeck”, nos dijo una de las sonrientes empleadas del museo. Una vieja pluma de escribir flotaba sobre el asfalto caliente.

 

(La visita a Salinas se hizo el 9 de julio de 2018)

 

 

John Steinbeck y su perro Charley.  Centro Nacional Steinbeck. Foto Reinaldo Spitaletta

 

Interior del Centro Nacional Steinbeck, en Salinas, California. Foto Reinaldo Spitaletta

Aquel fútbol-arte del Mundial 70

(Crónica con Pelé, muchachos en una sala de barrio y un hechizado televisor)

 

Resultado de imagen para mundial 70 pele

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Un remoto recuerdo de adolescencia me lleva a vislumbrar unas imágenes en blanco y negro de un partido entre Brasil y Uruguay, en el Mundial México 70, entre una muchachería que, reunida en torno a un televisor, no dejaba de gritar con asombro ante las jugadas de maravilla del rey Pelé. En una casa de la carrera 50, en el barrio El Congolo, cuando terminaba cada faena del scratch, nos íbamos a jugar en la plazoleta del bar Florida y a revivir las jugadas de aquellos cracks de entonces.

 

Una de las jugadas más espectaculares de Pelé fue una en que, tras un inteligente amague al arquero uruguayo Ladislao Mazurkiewicz, sin tocar la esférica, amenazó con irse por un lado y tomó por el otro. El cancerbero quedó regado, desconcertado, y el número 10 de Brasil pateó al arco. Salió desviado por milímetros. Quizá hubiera sido uno de los goles más bellos de la historia.

 

En la sala de una casa de sastres, que por cortesía nos dejaban entrar a ver los partidos en un receptor en blanco y negro, cada encuentro era una perplejidad. Vimos una tarde a Brasil contra Perú, dos equipos que tenían un poder ofensivo demoledor, además de una exquisita técnica. Eran los cuartos de final de la Copa del Mundo que llegó a ser la más vistosa, la del fútbol-arte, la de las jugadas de ensueño, una fantasía que para los muchachos de entonces se erigía como paradigma de la llamada “inteligencia en movimiento”, como denominó al fútbol un académico francés.

 

Y de pronto, en ese cotejo de toma y dame, un avance de Pelé, por la derecha, eludiendo rivales y luego disparando al arco. El palo le negó la anotación. Después, una devolución a Rivelino: empalma desde la raya de las dieciocho un tiro con el borde externo, que pega en el paral y se convierte en un golazo. Varias llegadas de Perú fueron sofocadas por el Gato Félix, portero brasileño, hasta cuando Tostao, en un avance por la izquierda, pateó y metió la bola por un ángulo imposible. Después, un golazo peruano, y la riposta brasileña con Pelé, Jairzinho, Tostao, Rivelino, Gerson, una corte de malabaristas y cerebros del fútbol.

 

Gol de Teófilo Cubillas y el marcador se apretó a 3-2, con una antesala de exquisiteces de ambos bandos. Y llegó la puntilla con un soberbio gol de Jairzinho, tras varios toques entre Tostao, Pelé y luego un pase al vacío por la izquierda que el número 7, tras una finta de antología sobre el arquero, anota el cuarto gol de Brasil. Era una locura. La muchachada creía estar dentro de la cancha y había abrazos y muchos signos de admiración flotando en aquella sala de barrio.

Resultado de imagen para mundial 70 pele

Pelé le amaga a Mazurkiewickz en el que pudo ser un gol histórico.

Aquel Mundial, con solo dieciséis equipos en contienda, era una sensación inédita para los pelados de entonces, o, mejor dicho, para los de ese barrio de calles destapadas y algunas casas sin repellar, con solares y baldíos, con mangas muy cerca y con las calles convertidas en estadios. Cada uno, tras ver las gestas de aquellos oncenos formidables, quería imitarlas en el fútbol callejero o en los picados que se realizaban en desniveladas canchas muy cercanas a la quebrada La García. Se aprendían malabares, se aplicaban distintos regates, cada uno creía ser Pelé o Rivelino o Cubillas o Gigi Riva, en fin, que abundaron los talentos en aquella asamblea de deidades del fútbol.

 

En la agitada salita, por otro lado, que convocó a casi toda la gallada de aquella cuadra, en la que estaba la tienda de doña Marta y habitaban muchachas bellas como las Flórez, las Sánchez, las hijas de don Fabio, en fin, las miradas de asombro ante una pantalla eran como del otro mundo. Sentados en el piso encementado, mientras los adultos lo hacían en taburetes, no había posibilidad para el aquietamiento. Se brincaba, se alzaban los brazos, se pronunciaban palabras de júbilo por tantas jugadas geniales de los bandos en disputa.

 

Claro que la selección de nuestros amores era la de Brasil, la más completa, la del rey y su corte de estrellas que hacían del fútbol una obra plástica, de tremendas pinceladas, de imposibles gambetas y entendimientos inauditos entre todos. Jugaban de memoria. Cuando recibía alguno el balón ya sabía dónde ponerlo, incluso sin mirar. Era un mecanismo de relojería, de sutilezas, de imaginación desbordada.

 

Y en ese mismo espacio, cuyos asistentes aumentaron, se vio la gran final, la contienda entre Brasil e Italia, cuyo marcador se abrió por un cabezazo celestial del rey Pelé ante un pase de Rivelino. Era como si cada uno de los televidentes hubiera hecho el gol. La locura. Pelé había realizado un movimiento en sostenido y durante fracciones de segundo se suspendió en el aire para, después, sacar una descarga incontenible. Al rato, empató Italia, tras un error en la mitad del campo de Brasil y Roberto Boninsegna anotó.

 

Llegó un golazo de Gerson, con un tiro cruzado desde fuera del área. La apoteosis en la sala de los sastres era incontenible. Y después, Jairzinho hizo el tercero, tras habilitación de Pelé. Pero faltaba una joya del juego colectivo. Desde su campo partió Brasil, con toques y gambetas, hasta llegar la bola a Pelé que, en una maniobra cerebral, dejó dispuesto a Carlos Alberto para el 4-1. Una demostración de sapiencia, habilidad y genio era aquel Brasil.

 

El recuerdo luminoso de aquellas jornadas en que a través de un televisor un grupo de muchachos alimentó sus ganas de jugar, de intentar practicar lo visto en aquel fascinante Mundial de Fútbol, llega ahora, muchos años después, cuando ya los partidos de barrio quedaron muy lejos. Tras las peripecias del partido televisado siempre aparecía un balón o una pelota de “carey” para ir a patear ilusiones en los estadios de la imaginación.

Resultado de imagen para Pele gordon banks

El arquero de Inglaterra, Gordon Banks, le tapa a Pelé un cabezazo.