Abanico de los vientos perdidos

(Crónica sin acaloramiento, con emperadores y códigos secretos)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

No sé cómo llegó a casa aquel abanico sevillano, de marfil y nácar, con calados y, además de claveles en la tela, la estampa de un toro oscuro de mucho trapío. Mamá lo utilizaba en jornadas de calor y a veces lo llevaba a las corridas, para airearse en los tendidos de sol. Después, cuando ya el olvido era una certeza, no volvimos a saber de aquel artefacto curioso, que a veces uno tomaba con cierta guasa para refrescarse en tiempos de canícula.

 

El abanico, tan antiguo como tantos perendengues inventados por los orientales, poco se ve hoy en las manos de las muchachas y tal vez solo sea parte de una utilería esporádica en festejos y bailoteos. Pero tiene una larga historia, que corre desde los faraones, a los que, a orillas del Nilo, los esclavos los venteaban con abanicos de plumas, hasta el inmenso país chino en los tiempos lejanos del emperador Hsien Yuan.

 

El muy milenario abanico, al que los romanos llamaban flabelo, estuvo en la clásica Grecia. Lo menciona, por ejemplo, Eurípides en su tragedia Helena, la de la “desdichada Troya”, cuando un eunuco la abanica para que los insectos no vayan a hacer un banquete con su piel delicada. Los japoneses, que lo elaboraron más tarde, en el siglo VII de nuestra era, lo consideraban objeto ritual. Incas y aztecas también supieron de sus usos refrescadores. Moctezuma obsequió varios de plumas al conquistador Hernán Cortés.

 

Una leyenda de hace cuatro mil quinientos años habla de un emperador chino que, cuando los gansos atravesaban la muralla, dejaban caer plumas, con las cuales él mandaba a fabricar abanicos con varillas de bambú. Ah, valga decir que esta manufactura no es solo ornamental y parte de un repertorio de elegancia y coqueteos de las damas. También se usó como arma en China y Japón, y todavía en ciertas prácticas de tai chi chuan de los monjes taoístas o el kung fu de los monjes de Shaolin, los abanicos reemplazan espadas y palos.

 

El abanico tiene una estética. Y no hay en su utilización una distinción de género, aunque entre las mujeres significa elegancia, modos de la seducción y garbo. Existe un simpático manual de códigos del abanico y sus movimientos. Un lenguaje del amor y los deseos. Así, una abanicamiento rápido quiere decir “te amo con intensidad”, como uno pausado transmite que “soy una señora casada y me eres indiferente”.  Un movimiento del artefacto para cubrirse del sol, declara que “sos feo y no me gustás”.

 

Los abanicos de antes poseían un acabado fino, una presencia atractiva y, en sí mismos, eran objetos de culto. Había en ellos una artesanía de buen gusto. Los españoles, por ejemplo, tuvieron en distintas ciudades talleres para su elaboración. Entre sus simbolismos y representaciones, están las del viento, las fases lunares, las entidades aéreas que van de un lugar a otro, invisibles. Las cortesanas los usaban como parte de un entable de la concupiscencia y las vibraciones de piel.

 

El abanico, hoy venido a menos, sobre todo porque lo han reemplazado los ventiladores eléctricos y el aire acondicionado, tiene presencia en obras de arte. Velázquez, el gran pintor hispano, concibió La dama del abanico, así como Gauguin plasmó Muchacha con abanico. Con sus pliegues y despliegues este artilugio es sinónimo de preciosismo y suntuosidad. Y, sobre todo usado por mujeres, adquiere toques de gracia y distinción.

 

Con todo, lo más destacado de sus usos puede estar en los lenguajes cifrados. Un abanico que la dama ponga junto a su corazón quiere decir que “has ganado mi amor”, así como uno medio abierto, presionado sobre los labios, es toda una invitación: “puedes besarme”. Pero no todo es bello y apasionante. Mover el abanico entre las manos es ya una aseveración de poco regocijo: “te odio”. Bueno, eran otros tiempos cuando con los abanicos se establecían relaciones, con mensajes subliminales, con señales que bien pudieran ser parte de un hermético lenguaje de espías. En la obra teatral El abanico de Lady Windermere, de Oscar Wilde, un artefacto como del que estamos tratando es un síntoma de una infidelidad, o, por lo menos, la primera pista del adulterio.

 

Hoy, aventarse con un abanico colorido, de acabados elegantes, puede resultar un anacronismo, o, cuando menos, toda una pose extravagante, propia de excéntricos. Algunos abanicos que se reparten en ciertos espectáculos, son de cartulina, desechables, parte de una publicidad. Cumplen, eso sí, con la función práctica de airear.

 

Sobre el abanico español que hubo en casa, nunca se supo de su paradero. Era de aquellos elementos extraños que aparecen y desaparecen en los hogares, como las cajitas de música, ciertas porcelanas finas y algún cofre con joyas de fantasía: al final de cuentas nadie vuelve a interesarse por ellos. Y se esfuman. No creo que mamá hubiera sabido acerca de los lenguajes secretos del amor y el desamor que se podían transmitir con los movimientos de un abanico. O si los sabía, jamás me enteré. Cosas que el viento se llevó.

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La sirena viene hacia mí…

(Crónica con ululares de patrullas, ambulancias y mujeres de torso desnudo)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Los primeros relatos de sirenas los escuché en casa, cuando una señora rubicunda y de palabras de encanto, acomodaba a su parecer la aventura de Ulises atado a un mástil para que el canto de unas mujeres hipnotizadoras no lo asesinaran con su belleza imposible. Ella, la de la voz de entusiasmo, contaba de cómo a los compañeros del navegante, él les había dicho que se taparan los oídos con cera para que no perecieran ante el diabólico embrujamiento.

 

En cambio, las sirenas de verdad, o, al menos, cercanas a la cotidianidad, eran las de las fábricas de textiles y la del Taller del Ferrocarril, en Bello. No siempre tuvieron en  su voz un ulular largo y penetrador. Se metamorfosearon con el tiempo en un pito largo, como el de las locomotoras, que ahora solo son recuerdo. Aquellas especies de alarmas, o como de llamados de atención, servían para el cambio de turnos en las factorías y así se tornaron como reflejos condicionados para obreros y amas de casa.

 

A los estudiantes, en sus claustros, el escuchar aquellos alaridos les movía y revolvía los jugos gástricos y los hacía bostezar. El último día del año, a las doce de la noche, aquellos pífanos fabriles se juntaban en un desenfreno de celebración, acompañado de estallidos de voladores y destellos de luces de bengala. Era una ruidosa bienvenida al Año Nuevo.

 

Otras sirenas, menos contentas y más escandalosas, eran las que, con menor frecuencia, se escuchaban como sinónimo de incendio. No eran muy comunes, pero no faltaban. El ulular producía una sensación trágica de incertidumbre. El carro de bomberos de Bello, en los sesentas y setentas, no era tanto parar apagar incendios sino para repartir agua en tantos barrios en los que el acueducto seguía siendo una vana promesa. O una entelequia.

 

Las de la Policía, unas camionetas a las que la gente denominaba las celulares, la Bola o la Chota, a veces la tómbola, o, con más simpleza, la patrulla, no eran simpáticas. Más bien, producían escozor y siempre se relacionaban con asaltos y persecuciones. A los muchachos que entonces jugaban fútbol en las calles, la presencia de aquellos vehículos, grises o verde oliva, les dañaba los partidos, los hacía correr despavoridos y, en ocasiones, hasta perder la pelota, que era decomisada.

 

Tal vez la más dramática sea la sirena de la ambulancia, con su voz desgarrada, dolorosa, que llena al oyente de sombrías inquietudes. Ese aullido causa vacíos en el estómago y conduce a muchos a imaginarse la peor de las tragedias. Se conjetura, por ejemplo, un vasto accidente, con la extensa sangre en la vía, o en el abismo, o bajo el lodo, o entre los escombros.  Incluso, si se le presta cuidadosa atención, se diferenciará la sirena de la ambulancia que apenas marcha al lugar del accidente de la que va rumbo a la clínica. Es quizá el grado de desesperación el que las distingue, o la manera de pedir apertura de las calles. Es una sensación especial y espeluznante.

 

Hoy, en muchas ciudades, es común el sonido de sirenas de bomberos, de policías, de ambulancias. Pululan los accidentes, los incendios, las catástrofes. Y ya no solo las tienen los vehículos de cuatro ruedas (o más), sino las motocicletas policiacas. Esos sonidos, que en otros días aceleraban corazones, se han vuelto paisaje y, según dicen algunos, ya casi nadie se estremece con ellos. Ni se dan por enterados.

 

Y como de sirenas se habla, no dejan de ser atrayentes aquellas, mitológicas, que en otros días poblaron las noches y los palpitares de la infancia y la adolescencia con fantasías y vuelos imaginativos. ¿Quién que es no quiso encontrarse alguna vez con una presencia medio mujer, medio pez, en ocasiones de largas cabelleras, el torso desnudo, los ojos insinuantes y que cantara hasta ponernos al borde de perder la razón?

 

Las sirenas, tan poetizadas, tan fabuladas, son entidades de maravilla. Se pueden encontrar en las aguas del Río Grande de la Magdalena, como en la isla de Capri, o en un pueblito de canción llamado Sorrento, en Italia. Cristóbal Colón, en su primer viaje, dijo que vio a tres de ellas en lo que él creía era la parte más oriental de Asia. Las de Las mil y una noches, a diferencia de las occidentales, son sirenas con apariencia de mujer (nada de cola de pez), con la cualidad de que pueden sumergirse y habitar sin problema bajo el agua.

 

La señora rubia que hace años nos contaba a mis hermanos y a mí historias de sirenas, relataba una aventura de infancia cuando, en una quebrada de Rionegro, se topó con una que le dijo que su destino era dedicarse a pintarlas. Jamás dibujó ninguna, pero inventó historias en las que las sirenas bajaban del cielo con un cargamento de estrellas y de luciérnagas. Sus hijos, boquiabiertos y dispuesto al asombro, creyeron siempre cada una de aquellas aventuras luminosas.

 

Un recuerdo juvenil me conduce a un baile de fin de año, cuando una muchacha permitía, entrecerrando los ojos, apretujamientos y “amacices”, mientras en el tocadiscos sonaba una canción: “La sirena viene hacia mí, voy a atraparla con mi red marinera, y me espera para jugar, loca de risa en la espuma del mar”.

 

Hace años, sobre todo en el Valle de Aburrá, el canto de las sirenas de las fábricas atrajo a miles de migrantes que arribaron de campos y otras lejanías para convertirse en mano de obra. De los unos y los otros, poco queda hoy: ni fábricas ni obreros. Tampoco sirenas convocadoras de trabajo. Las que quedan, de patrullas, bomberos y ambulancias, siguen conectadas con un mundo febril que parece vivir en emergencia.

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Las sirenas en Occidente se revelaron en La Odisea.

Cuadra de pedradas y otras bullas

(Recuerdo de una calle con bar y cataratas en los entejados)

 

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                                                                                                                                                   Pintura de Luis Sala

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Aquella cuadra, en la que vivían un bombero, una muchacha de caminar exquisito, otras de uniformes de cuadros y zapatos colegiales, unos muchachos que solo se asomaban por la ventana, otro que una vez se arrojó del tercer piso para huir de un castigo familiar, y que tenía en una de sus esquinas, un bar y una tienda, carecía entonces de asfalto.

 

En esa cuadra, con una casa inconclusa (permaneció así muchos años) a la que, por encima de los muros, se colaban algunos atrevidos a fumar marihuana y a ver crecer las malezas, vivió una señora cuya atracción para la muchachada era la venta de helados. Doña Cruz, que casi nunca salía a la calle, solo se asomaba por el postigo a entregar los pedidos. Decían que su marido, un obrero de fábrica textil, no le permitía ni mostrarse en las ventanas; quizá era un hombre celoso.

 

El bar que había por allí se llamaba Florida, con traganíquel, coloridas sillas y mesas de metal, cuatro ventanas y dos puertas. Se escuchaban tangos y baladas, también música antillana y, en menor cuantía, horrorosas canciones de campesinos. Al frente, estaba la tienda mixta de un tipo alto, al que le decían el Llanero, que una vez levantó en vilo a un muchacho que a lo mejor se estaba riendo de su estatura. La imagen mostraba a un chico que pataleaba mientras el hombre lo subía para soltarlo desde más arriba de su cabeza. Creo que hubo risas de los otros. A mí me causó indignación. Pero nada dije.

 

Sobre la tienda, una casa con tejas de asbesto, que en el día debían calentar a temperaturas de incendio, albergaba a una señora de la que nunca supe su nombre. Le decían La Perra. De vez en cuando, su entejado sonaba con las piedras que, por las noches, le arrojábamos. También habitaba Leonardo, al que, con gracejos y burlas, llamábamos el Orejón. Había obreros con bicicletas inglesas y don Silverio, dueño de un almacén de telas y cacharros, que tenía tres hijas por las que el mundo barrial suspiraba.

 

En la otra esquina, aparte de la del bombero, estaba la casa de don Abel, un señor con toda la pinta de proceder del monte. En los desagües que bajaban del techo a la calle, en diciembre poníamos papeletas cuyos estallidos hacían eco y producían temblores en las tejas. El hombre salía con un machete pero ya no había nadie a quien darle siquiera un planazo. Al frente de mi casa, estaba la tienda de doña Marta y don Pedro, y enseguida de ella, una sastrería. En una casa de dos pisos habitaba, en el primero, una gordita sonrosada y, arriba, una muchacha linda, cuyo hermano, al que por su poder en el “chute” apodábamos Cañón, jugaba con nosotros partidos de calle y de manga.

 

En el Florida, cuyo dueño, Arturo el Bizco, era bueno para el machete como para freír chorizos, iban tipos que, cuando había batidas policiales, guardaban los puñales debajo de las mesas metálicas o, en casos de emergencia, los resguardaban en periódicos que tenían sobre la mesa, húmedas de cerveza y pasantes de aguardiente. En diciembre, el bar se adornaba de guirnaldas y el piso se cubría de aserrín.

 

Mis vecinos de al lado eran artistas de circo, que viajaban de pueblo en pueblo, sobre todo por los que estaban a orillas de las estaciones del tren. La mamá de ellos salía de noche, vestida de negro, y tornaba al amanecer. En casa, con dos patios grandes, había jardines y atrás, tres albercas que no solo servían para recolectar el agua de consumo diario sino, de vez en cuando, como una suerte de piscinas domésticas.

 

La otra era un solar semiconstruido, abandonado, del que nunca supimos quién era el dueño y por qué había dejado empezada la casa, con puertas y ventanas condenadas con ladrillos. Era una suerte de pequeña selva urbana, con ratas y basuras. Después, estaba la casa de Jaime, cuyas hermanas, altas y delgadas, se caracterizaban por tener nariz larga. Y, más allá, una casa de dos pisos y terraza, desde la cual una vez el negro Arturo, que era buen futbolista, se tiró pero cayó en un montón de arena (una “volquetada”) sobre la acera. Más fue la bulla.

 

En invierno, el pantanero abundaba, como el polvo en el tiempo seco. Por las mañanas, se escuchaba la voz delgada del vendedor de periódicos. En casa solo lo compraban los domingos. Las ruedas del carrito de helados, cuyas campanas aceleraban corazones, se metían en los huecos de la calle. En las madrugadas, se oía el paso de las bicicletas obreras. A veces, algún ciclista, como para interrumpir sueños, hacía sonar el cornetín.

 

Los cables eléctricos eran bajos y estaban, sobre crucetas y otros dispositivos, agarrados a los muros. A veces, en la acera se improvisaban, con pelotas pequeñas, partiditos de baloncesto, para aprovechar a modo de canasta aquellos sujetadores de alambres. Una vez, hubo una pelea a pedradas y machete entre los hijos de don Abel y unos tipos que estaban bebiendo en el Florida. Hubo uno que otro descalabrado. Nadie murió.

 

Aquella lejana cuadra, hoy pavimentada y con renovados habitantes, a veces aparece en mis sueños, con tropeles de fútbol callejero y juegos de canicas y “pelota envenenada”. Los barquitos de papel ya no naufragan en los rápidos, tras las lluvias abundantes que formaban Niágaras en los entejados. Y, como en un tango, “todo, todo ya se fue”. No es hora de regresos. Con el recuerdo basta.

 

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Álbum tanguero para un escritor

(Entre Nada, Ninguna y La última se fue formando una crónica)

 

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era la directora ejecutiva de una empresa de salud de Bogotá. Comenzó a escribirme porque le parecía que algunas de mis columnas de prensa tenían sabor y color local. Resultó que, después de variados intercambios epistolares, me dijo que le celebraría en su casa los cincuenta años al escritor William Ospina y el homenaje consistiría en un regalo de dos discos con una selección de tangos.

 

Se llamaba Victoria Eugenia Zuluaga, una señora antioqueña, culta y de buen trato. “Ve, a vos que te gusta el tango”, me dijo un día, “por qué no me ayudás a seleccionar unos para William (Ospina)”. Tenía la idea de los dos discos, con cancionero y diccionario de lunfardo incluidos. Yo le mandaba, a veces, escritos de tango, como un artículo de la uruguaya Rosalba Oxandabarat sobre los hinchas de Gardel y los antigardelianos. “Hola, mi Rei: qué tan posta el texto de la Rosalba, te cuento que uno de los tangos que más me gusta es La última. La letra es de Julio Camilloni y la música de Antonio Blanco, tango de 1957”, me contestó en un correo electrónico el 2 de febrero de 2004. Y se dejó venir con toda la letra: “No me importa tu pasado ni soy quién para juzgarte porque anduve a sopapos con la vida yo también”. Y así. Esa vez, aprovechando la ocasión, me dijo que ya tenía muy adelantada la selección para los “50 de William”.

 

Me anunció en la misiva virtual que incluiría los que, de Roberto Goyeneche, yo le había insinuado: Gricel, Naranjo en flor, Canción desesperada y Cada día te extraño más. Valga decir que en la escogencia también participaban el tiplista David Puerta y el poeta Darío Jaramillo Agudelo. A propósito de La última, le escribí una nota a la señora que, por lo demás, había tenido la idea original y la producción ejecutiva del homenaje tanguero al autor de Es tarde para el hombre.

 

El martes 3 de febrero de 2004, le envié este correo: “Mirá pebeta de mi cuadra que eso de la fiesta conmemorativa, con tangos y cancionero, sí que está bacana. Ve, tengo un hermano que una vez se fue a un bar de tango y pidió Uno, y, claro, le pusieron cualquiera. Y luego, un poco desconcertado, dijo que quería oír Nada, y el cantinero, tan literal, nada le puso. Entonces si no es Nada, Ninguna. Que tampoco sonó. Y ya, en medio de la verraquera, solicitó La última, y se le dejaron venir con otra vaina. Total, no pudo escuchar lo que quería”.

 

Después, en el mismo mensaje, le conté una breve historia: “En Bello, tierra de mis pasiones altas y bajas, hay o había un señor gustador de tangos. Y creía que cantaba. Se sabía, para la interpretación, La última. Tenía un barcito y una noche le dijimos que nos la cantara. Empezó y el tipo se veía mal. Hacía grandes esfuerzos en las subidas y se puso morado. Creímos que el infarto estaba cerca. Bueno, en medio de las risas, lo bautizamos El Morado. Y así se le conoce en Bello entre los amantes del gotán…”.

 

La correspondencia continuó, casi toda referida al tango, a sus armonías, composiciones, letras… El 18 de febrero de 2004, cuando ya se acercaba el cumpleaños de Ospina (nació el 2 de marzo de 1954), y los discos estaban en producción, recibí un correo de David Puerta: “Siempre soy más inteligente diez minutos o diez días después de lo necesario. Me quedé pensando que, para un literato como William Ospina, hubiera sido apropiado el disco con los cincuenta tangos que se mencionan de manera explícita e implícita en Aire de tango, de Mejía Vallejo. Ya no me atrevo a proponer el cambio porque mi prima Vicky, que ya tiene hasta el cancionero con el primer listado que hice, me convertiría en ‘amurado sexual…”.

 

El intercambio prosiguió, con referencia al tango, a novelas y cuentos en los que este género aparece, pasando por Cortázar, Benedetti, Borges, Onetti, en fin. Para Victoria Eugenia, Homero Expósito era autor de “los tangos más tristes del mundo —como Percal y Yuyo verde— (…) Ellos (los tangos) nos traen a la vez datos de nuestras propias zonas oscuras: las tristes, que se aceptan fácilmente, y las sensibleras, que casi nunca se aceptan para uno mismo. Pero ahí están. El que esté libre de pecado, que vaya a escuchar a Schönberg”.

 

A William Ospina, en sus cincuenta años, Victoria Eugenia, alias Vicky, le hizo una fiesta de no olvidar, con una asistencia de caricaturistas, pintores, escritores, músicos, poetas… No pude asistir y entonces hubo que contentarse con las fotos del festejo. El álbum de los “50 de William”, con 52 tangos, dos más de la cuenta, es una joya. Aparte de fotografías, cancionero y diccionario, la introducción, pensada por Vicky, tiene el siguiente título: “Entre e-milio y e-milio se fue formando el tango”, en la que incluye algunos correos de aquellos intercambios que siempre tenían, como trasfondo, la inevitable poesía del tango.

 

Entre los seleccionados, están La última grela, La última curda y, claro, La última: “Sos la última que llega a perfumar mi rincón / y esas gotas de rocío que no te dejan mirarme / me están diciendo a las claras que alcancé tu corazón”. Poco tiempo después, Victoria Eugenia Zuluaga se murió en Bogotá, quizá rememorando melancólicas melodías o imaginando saltos en una rayuela lejana, con cielos de un tango surreal.

 

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Lámparas de todas las maravillas

(Recorrido con mención de cuentos orientales y juegos de la noche)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La luz, en la simbología de antiguos pueblos, es un camino hacia el reconocimiento de la denominada verdad (cualquier asunto que tal concepto signifique), hacia la superación trascendental del mundo terreno, a espacios más íntimos en los que el alma (el hálito de la vida) se reconozca como lo esencial en el hombre. Es una metáfora de sabiduría. La luz está ligada al saber, como las tinieblas a la ignorancia.

 

No es gratuito que los primeros dioses sean identificados como el sol y la luna. El hombre siempre ha necesitado un arma contra las oscuridades, contra las cuales la luz se encuentra en perpetua lucha. Y tal vez como resultado de la búsqueda de la claridad, tras esas palabras mágicas pronunciadas por la deidad oriental (“hágase la luz”), el hombre inventó la lámpara.

 

Me parece que más sonora (y luminosa) que la palabra lámpara, lo es lucerna, voz latina para designar todo utensilio dispuesto para dar lumbre. En los tiempos de mucho antes, como decir en los homéricos, no había aún lámparas, pero estaban las teas, de cera y aceite, para iluminar esas largas noches de los primitivos.

 

Después, y quizá con la participación necesaria de los alfareros, también sirvió para dar origen a otra luz. Las lámparas, con su milagroso poder, también pueden generar crepúsculos y albas. Permiten una breve evocación del día en medio de las sombras, y a su alrededor no solo pueden revolotear las polillas, sino que se reúnen los hombres para hablar, o para estar en silencio, o solo para observar cómo fluye la luz.

 

En la antigüedad, las lámparas estuvieron enlazadas a los rituales y ceremonias religiosas. Con luz se adora la luz. Quizá fueron los hebreos los primeros en enseñar a otros pueblos el uso de las lámparas en las festividades y oficios del culto. Entre los griegos y romanos, se manufacturaban lámparas con las figuras de los dioses, a fin de tenerlos no solo bien iluminados sino muy cerca.

 

En los oficios cristianos las lucernas (o las candelas) cumplen un papel protagónico, a veces en forma de cirio, de veladora, de lámpara votiva. En las iglesias católicas es normal ver una lamparita que representa la “luz eterna”; esa que se dedica a la memoria de los que se han ido a otros mundos, donde a lo mejor estén repletos de luz. O de innúmeras sombras, pese a aquello de “brille para ellos la luz perpetua”. De igual modo, los musulmanes albergan en sus mezquitas preciosas lámparas, para tener un puente de luz entre los fieles y el Paraíso.

 

Había antes gentes, un tanto extrañas, cuyo oficio era cambiar lámparas viejas por nuevas, porque, en una de aquellas, era probable hallar a un genio que las pudiera redimir de sus miserias. Valga recordar, entonces, a ese “pobre diablo” oriental, hijo del sastre Mustafá, al cual un hechicero africano condujo a regiones de misterio y maravilla, donde pudo acceder a la revelación: en el centro de la tierra había dos talismanes de desmesurado poder: una lámpara vieja y un anillo. El resto de la historia, como se sabe, está repleta de asombros, que se renuevan en cada lectura de Las mil y una noches.

 

Hay lámparas que se hallan incrustadas en la nostalgia, como aquella que alumbraba las noches de una casa de abuelos, cuando, en medio de arpegios de guitarra, la  Coleman arrojaba sus haces lumínicos en las caras de los circunstantes, y de los que cantaban canciones de náufragos y de ebrios. Era una lámpara de caperuza, cuya luz blanca hacía palidecer las tapias y les posibilitaba a las tías la lectura de novelas románticas.

 

Ahora, en algunas calles de la ciudad, en particular en la atiborrada de chécheres del viaducto del metro, hay artesanos que reparan lámparas Coleman, en lo que parece ser un extemporáneo oficio, un enlace con tiempos de arqueología. Volverlas a ver es un pasaje para emprender vuelo hacia viejos días en los que aún la imaginación era “la loca de la casa”.

 

En esas noches oscuras cantadas por algún místico, una lámpara puede ser como una revelación, como un cachito de luna asomado por una ventana de nubes. ¿Qué sería, por ejemplo, de un parque sin lucernas, sin un sitio para el hospedaje de los abrazos, sin una generosa fronda? Hay lámparas que jamás se encienden, o porque se tornaron vano adorno doméstico, o porque se les agotó la luz. O porque no hay quien las prenda. En el teatro, en la iglesia, en la taberna, las lámparas son parte de la utilería y los ambientes. Algunas de ellas pertenecen a la fascinación que producen las simples cosas.

 

En un cuento de Felisberto Hernández, en que un lector en una sala antigua lee relatos en voz alta, una mujer va todos los días a un puente en el que piensa suicidarse, pero cada vez surgen obstáculos. Los oyentes ríen y al final, cuando la luz natural se ha ido, y casi todos los circunstantes también, nadie encendía las lámparas, y entonces el mundo se llenaba de tristeza y expectativa.

 

Un día, en una calle que ya es recuerdo aparecieron luminarias, amarillenta la luz, casi como las de las pálidas luciérnagas, que nos revelaron que en esa extensión de asfalto y aceras, se podía jugar al futbolito de la noche. Aquellas lámparas urbanas nos acrecentaron las jornadas de juegos en la barriada, con gritos y correndillas inacabables.

 

 

A veces se piensa, como algún poeta de crepúsculos y arreboles, que sería bueno poder cambiar la vida de uno por una lámpara vieja. Puede que así no se gane el pan, pero sí la luz. Lo cual ya es bastante decir en un mundo  de incertidumbre en el que siguen predominando las sombras.

 

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“Cambio mi vida por lámparas viejas”, decía León de Greiff en el Relato de Sergio Stepansky.

 

 

Bicicleta de calles obreras

(Crónica con Tour de Francia y una obra de Samuel Beckett)

 

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Fotograma del filme Ladrón de Bicicletas

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Aprender a montar en bicicleta es una experiencia de la infancia, o, a más tardar, de la adolescencia. Es, además, una vivencia feliz, una conquista del equilibrio andante, una especie de interpretación de la libertad y la imaginación. Su predecesor, con el nombre de celerífero o caballo de ruedas, fue inventado por un francés que jamás existió: el conde Mede de Sivrac, en 1791. No obedeció a un desarrollo de tecnologías, a ningún perfeccionamiento mecánico, sino a la alegría de diseñar un artefacto ambulante.

 

Precursores fueron también la draisiana alemana y el velocípedo escocés, hasta cuando en 1860, en Francia, Pierre Michaux le puso pedales y ahí sí surgió la bici, la de los bulevares, las aceras y las calles, la sucedánea urbana del caballo. Toda una presencia móvil capaz de seducir a jóvenes y viejos.

 

Hubo días en que tener una cicla era un lujo. Cualquiera no la conseguía. En algunos pueblos y ciudades, se erigió con rapidez en un medio de transporte para los obreros. Crecí en un poblado de chimeneas fabriles y talleres ferroviarios, con bicicletas de todas las horas que conducían a los trabajadores a sus turnos de factoría. Tenían parrilla y bombilla delantera, dinamo y corneta. Había Philips y Humber, pesadas, llenando las calles, algunas sin asfalto, convocadas por los pitos de las fábricas, que se escuchaban desde cualquier barrio, como si se tratara de un reflejo condicionado.

 

No hubo, en mi caso, ninguna bicicleta de infancia. Ni siquiera un triciclo. Las alquilábamos, ya en la adolescencia, donde Medina, en el barrio Prado, y a veces en otro “alquiladero” del barrio El Congolo. Eran armatostes descaecidos, descovalados, chocados. Cuántas caídas en esas “burras” que se alquilaban por un cuarto de hora, por media hora, por sesenta minutos. En ellas íbamos a Manchester, a La Cumbre, a Niquía, y en ocasiones por la autopista hasta Copacabana. Cuando no teníamos cómo pagar, las tirábamos en la acera y salíamos corriendo. Era sellar una condena: jamás nos volverían a alquilar ninguna de esas “chatarras”.

 

La bicicleta, y, más que ella, los ciclistas, nos volvieron adoradores de héroes de la Vuelta a Colombia, en días en que uno no se podía perder la llegada de una etapa y había que ir a las carreteras a ver el paso de leyenda de Cochise, el Ñato Suárez, el Tigrillo de Pereira, el León del Tolima, y a veces, a esperar a un pedalista que se volvió parte de una mitología, porque siempre arribaba último a la meta: el negrito Lucumí. Años después, cuando ya la adolescencia era un recuerdo, nos dimos cuenta de una situación: Godot, el de Samuel Beckett, era un ciclista que tardaba mucho para llegar a su destino en el Tour de Francia, sí, así como el negrito Jesús María Lucumí.

 

Conservo una inolvidable imagen de domingo por la mañana, cuando las piernas de Lucía pedaleaban lentas, seguras, el sol sacándole brillos sensuales a la piel. La chica, con su “short”, mostraba los muslos móviles y se sentía única en el mundo, en ese mundo que entonces era apenas el barrio, con sus calles alargadas y sus casas de antejardines florecientes. Tenía una Monark, turismera, cachoncita. Se veía ella, Lucía, tan atractiva en su pose de ciclista avezada, y se sentía bien, cual reina, siendo observada por ojos lelos, quizá concupiscentes. Flor matinal sobre dos ruedas en perfecto equilibrio.

 

La bicicleta, hoy sinónimo de ecología, de conservación del medio ambiente, en fin, ha tenido presencias literarias y en el cine. Ladrón de bicicletas (1948), filme de Vittorio de Sica, no solo es una destacada muestra estética del neorrealismo italiano, sino un hito cinematográfico que marcó a muchas generaciones. Es la aventura de un desempleado de los arrabales de Roma que, de pronto, se hace a un puesto: pegador de carteles, que requiere una cicla. La suya la había empeñado antes y su esposa, para ayudarle en el trance, entrega tres pares de sábanas para recuperarla. Y después comenzarán las peripecias cuando al hombre le roban su bicicleta.

 

Una hermosa leyenda cuenta que una tarde el escritor irlandés Samuel Beckett se detuvo junto a una carretera cuando ya había pasado la caravana del Tour de Francia. Había un corrillo que en apariencia esperaba a un ciclista que faltaba por pasar. “¿A quién esperan?”, preguntó Beckett. “Estamos esperando a Godot”, que era el más viejo y lento de los ciclistas participantes. “¿Acaso será un esteta de la derrota?”, se pudo preguntar el dramaturgo que, en 1952, publicaría Esperando a Godot, sobre el absurdo existencial. ¿Existió Godot? Qué importa. Le sirvió al poeta para su obra sobre el tedio de vivir. Beckett ganó el Nobel de Literatura en 1969.

 

El antropólogo Marc Augé escribió uno de los libros más interesantes sobre la bicicleta (Elogio de la bicicleta) en el que, entre otros asuntos, recuerda sus días de infancia y adolescencia, pero, sobre todo, la mitología que creaba el Tour de Francia, con ciclistas como el italiano Fausto Coppi y el español Federico Martín Bahamontes, el Águila de Toledo. Tiempos en que el evento lo cubrían escritores como Dino Buzzatti y Boris Vian. En su texto, plantea la utopía de la bicicleta como transformadora de la ciudad.

 

En sus Historias de Cronopios y de Famas, Julio Cortázar tiene un relato sobre la bicicleta (Vietato introdurre biciclette). Hemingway, Tolstoi, Sylvia Plath, Miguel Delibes, entre otros escritores, ponen a la bicicleta como un vehículo estelar que promueve imaginaciones y otras aventuras.

 

El uso masivo de la bicicleta debería, como lo sugiere Marc Augé, hacer una revolución en las ciudades. El hombre y la bicicleta, una sola entidad, deben ganar la lucha. La utopía surrealista de la cicla ya la concretaron Astor Piazzolla y Horacio Ferrer, con una polca/tango, La bicicleta blanca que tenía como manubrios los cuernos de una cabra: “vos sabés que ganar no está en llegar sino en seguir”, como Godot, como el negrito Lucumí.

 

Nota: El conde Mede de Sivrac lo creó un periodista francés del siglo XIX que quería atribuir el invento de la cicla a uno de sus compatriotas.

 

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La bicicleta también es tema de arte pop. Matias Angulo Canales, «Bici Roja». Categoría: Gráfica y pintura digital. Expo Arte y Bicicleta 2008.

Sur, punto cardinal de la nostalgia

(Paisaje sobre un tango de Homero Manzi y Aníbal Troilo)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El poeta de Altazor, el chileno Vicente Huidobro, dijo: “los cuatro puntos cardinales son tres: norte y sur” (como se sabe, muchos años después, el presidente venezolano Nicolás Maduro afirmó que eran cinco). En el mundo del tango y en la ciudad de Buenos Aires solo existe el Sur, como pasa, por ejemplo, con esa geografía real e imaginaria de los Estados Unidos, el Sur Profundo, el de William Faulkner.

 

El sur porteño, el de tantos tangos, es una topografía sentimental, una cartografía imaginaria, de amores y extramuros, de romances y vericuetos. Puede ser Barracas al Sud, que así llamaban a Avellaneda, ciudad de industrias y mano de obra. O Pompeya y más allá la inundación. Los zanjones y el tren, ese mismo que, a su paso, “siembra el misterio de adiós”. Es el de la luna (luna de arrabal) que “chapalea sobre el fango”. El sur es un modo de ser y de sentir.

 

El sur también es el de Borges y el de Fernando Pino Solanas (musicalizado por Piazzolla): “vuelvo al Sur, como se vuelve siempre al amor, vuelvo a vos, con mi deseo, con mi temor”). Y el de la cantante y compositora Eladia Blázquez, que siempre tuvo su corazón mirando a ese punto cardinal inevitable, con barrios en el que “el lujo fue un albur”.

 

Y el Sur, claro, le pertenece a un poeta del tango, a Homero Manzi, creador de postales de barrio a punta de palabras. No sé cuándo escuché por primera vez el tango Sur (letra de Homero Manzi y música de Aníbal Troilo), estrenado en 1948. No sé si fue en algún traganíquel de barrio, en Bello, donde abundaron cantinas con tangos esquineros y con patotas sentimentales. Pudo haber sido, aunque tal indagación y dato preciso poco importan.

 

Lo que sí recuerdo es haber sentido un estremecimiento, una especie de “cross en la mandíbula”, una revelación de que en ese tango había un tiempo muy viejo, una despedida, una irremediable situación de lo que pudo haber sido y no fue. Y de lo que se había ido para siempre. No sé, y quizá carezca de importancia, cuál versión escuché en aquella jornada de descubrimientos. Pudo haber sido, por qué no, una de Julio Sosa (después, mucho después, me enteré que la del “varón del tango” era una grabación de 1948, con la orquesta de Luis Caruso).

 

Tal vez yo ya había sentido la nostalgia de viejas barriadas en las que hubo fútbol y muchachas en las ventanas. O tenía recuerdos de calles y balcones. No de otra manera un tango como Sur me hubiera puesto alerta, me hubiera dado palabras que me parecieron atractivas y, por demás, bellas en su combinación, en lo que narraban. El tango, género que mezcla “pasión y pensamiento”, requiere caminos andados, nociones de memoria, algún resquebrajamiento interior por un romance trunco, por una pena o una sensación inquietante de que el tiempo pasa y uno con él.

 

Al principio, no me decía mucho aquello de “San Juan y Boedo antigua, y todo el cielo, / Pompeya y más allá la inundación”. Eran sitios más bien desconocidos y lo único que me sonaba, quizá por películas sobre el imperio romano o por alguna lectura, era una ciudad que un volcán había destruido y sepultado con su lava. La atención se me despertó al escuchar “tu melena de novia en el recuerdo y tu nombre florando en el adiós” (otros cantores cambiaron el “florando” por “flotando”). Hubo en ese instante una conjunción de novias reales e imaginarias. Quizá Teresa, tal vez Olimpia, o una de cara pálida y pelo negro, muy virginal, llamada Edilma de los Ángeles.

 

Hay momentos estelares en que confluyen las ganas de escuchar una melodía de hondas sonoridades, una letra con equilibradas dosis poéticas, una interpretación. Y el anuncio llega como una epifanía. Y se convierte en revelación. Eso, creo, me pasó con Sur, un tango que de todos modos es un lugar común en los gustos de aquí y de allá. “La esquina del herrero, barro y pampa, / tu casa, tu vereda y el zanjón, / y un perfume de yuyos y de alfalfa / que me llena de nuevo el corazón”.

 

De inmediato, la vibración de las palabras me atrajo, aunque poco sabía de yuyos y alfalfas, y si olían bien, si perfumaban los ambientes. “Sur, paredón y después…/ Sur, una luz de almacén…”. Había un orden que atraía, una enumeración simple y sugestiva. “Ya nunca me verás como me vieras, / recostado en la vidriera / y esperándote”. Las imágenes me conmovieron.

 

Y seguía un deslumbramiento con estrellas, con calles y lunas suburbanas, “y mi amor y tu ventana / todo ha muerto, ya lo sé…”. Era una reconstrucción y un adiós. Una vuelta a lo que ya no es. Besos robados y una nostalgia sin remedio. Después, ya no era todo el cielo, sino un cielo perdido, un vacío, una transformación del entorno y una “amargura por el sueño que murió”.

 

Hay en ese tango un sino trágico, una dolorosa puesta en escena de aquellas cosas que estuvieron, de un paisaje barrial que solo permanece en la memoria y que puede, en su evocación, hacer brotar una lágrima.

 

Hay muchas versiones. Tal vez la más conmovedora sea la de Edmundo Rivero con Aníbal Troilo (tiene otras, con acompañamientos diferentes). La de Goyeneche con Pichuco es de enorme calidad, aunque no es muy equilibrada su versión con Dyango (no por el Polaco, sino por el cantante español).

 

Un poema de Borges, El Sur, habla de antiguas estrellas, del silencio de pájaros dormidos y de jazmines y madreselvas. El de Manzi hace que el oyente imagine lunas suburbanas, que a veces pueden tener la cara de una muchacha del ayer.

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Fotograma de la película Sur, de Pino Solanas. Goyeneche y Marconi en la imagen.

Paraguas para una lluvia de recuerdos

(Crónica con pinturas impresionistas y musicales cinematográficos)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Los paraguas no se hicieron para los infantes. La lluvia, con sus músicas de entejado y charcos urbanos, era una fiesta para la muchachada. Era la posibilidad de dejar escurrir el agua por la camisa, que se colara en los tenis, que creara torbellinos en las alcantarillas y abriera las esclusas de un tiempo propicio para los barquitos de papel. Así que nada de paraguas, vistos por los ojos infantiles como protectores de “cuchos” y, más que todo, de señoras de edad.

 

Tal vez la primera fascinación que me produjo este artefacto fue en Mary Poppins, un filme con Julie Andrews, en el que la mágica niñera londinense desciende de los cielos con un paraguas a manera de paracaídas. Sobra decir que muchas veces, en la cuadra, los muchachos sacábamos los paraguas de familia para intentar la hazaña de la película. Más de uno terminó desbarajustado en el piso.

 

En otro musical, Cantando bajo la lluvia, los paraguas son parte de la utilería y el deslumbramiento. La más célebre imagen es la de Gene Kelly, agarrado a una lámpara callejera, con el paraguas cerrado en la otra mano, mientras la lluvia  arrecia y él (o el personaje que representa) canta como si asistiera a la inauguración del mundo.

 

El paraguas es como una casa (o, tal vez, un kiosco) ambulante. Un tejado con mango, contera y varillas radiales, con un mecanismo elemental, que da la impresión, a veces, de carpa de circo en miniatura. En un tiempo, los de colores solo estaban destinados a mujeres; los negros eran para los hombres. Los de palo largo, elegantes, servían, cerrados, como bastón. Y aun como arma contundente en caso de emergencia.

 

Los paraguas, en días grises, lluviosos, modifican el paisaje urbano. Las aceras y calles se atiborran de ellos. Hoy, cuando forman una miscelánea de todos los colores, estampados, saraviados, de publicidad, institucionales, en fin, los días invernales están poblados de este objeto móvil, de fácil transporte, pero que, si no se maneja con cuidado, puede sacarle un ojo a cualquier descuidado transeúnte. Ya hay manuales de comportamiento con los paraguas.

 

En el arte pictórico, hay cuadros con paraguas, como el de Augusto Renoir, el “único pintor que no ha pintado un cuadro triste”. Su obra Los paraguas (todos oscuros) muestra, en primer plano, a una señora, canasta en el brazo, traje negro, que no carga ninguno para protegerse de la lluvia (ah, valga decir que las sombrillas, quitasoles o parasoles, son diferentes, aunque un paraguas puede hacer las veces de tales).

 

Los paraguas, y no solo en pintores impresionistas, han inspirado lienzos y otros soportes artísticos. Son célebres, por ejemplo, los pintados por René Magritte y Salvador Dalí.

 

Como muchos otros instrumentos, artefactos y buhonerías, el paraguas es un invento chino. Puede corresponder su nacimiento al siglo XI antes de nuestra era. La leyenda atribuye a Lu Mei, un joven chino, la construcción de un bastón del que pendían treinta y dos varillas de bambú cubiertas de tela. De allá, pasó a Egipto y Grecia, y es, como digamos los cubiertos, ciertas herramientas, en fin, cosas que no cambian mucho en la historia. El “progreso” no las afecta. Claro, hay paraguas automáticos y eléctricos, que pueden tener alta significación en el concierto tecnológico, pero carecen del encanto original de los paraguas manuales.

 

Hoy, cuando las cacharrerías, bazares y los vendedores ambulantes ofrecen abundantes mercancías desechables, casi todos los paraguas de “combate” son chinos. Pueden durar uno o dos aguaceros. Y listo. Se compra, se usa y se bota.

 

Por estos lares, en el que a veces, o casi siempre, los pronósticos sobre el estado del tiempo no son acertados, la gente dice que si, por ejemplo, el instituto meteorológico anuncia día soleado, lo mejor es llevar paraguas. Albergar paraguas en bolsos y carteras no solo es una medida preventiva, sino, más bien, un conjuro contra la lluvia. Se torna objeto agorero, en una suerte de amuleto para contrarrestarla. “Cada que dejo el paraguas en casa, llueve”, se suele decir.

 

Recuerdo que papá, quien jamás tuvo un paraguas (tenía gabanes, capotes, abrigos impermeables) cuando veía nubes negras comenzaba a mover las manos, como una especie de sacerdote o mago, para alejarlas. A veces, quién lo creyera, le funcionaba el exorcismo. En cambio, mi tía Betsabé, experta en oraciones mágicas y otras invocaciones, le impetraba a San Elías que alejara la lluvia mientras ella iba a hacer diligencias al centro de Medellín. Esa labor, entre los viejos habitantes de la villa, se la cargaban a San Isidro (“San Isidro labrador quita el agua y pone el sol”).

 

Una bella milonga de Astor Piazzolla y Horacio Ferrer, Los paraguas de Buenos Aires, (la interpretación es de Amelita Baltar), dice en una de sus estrofas: “Y desandamos tantas lluvias, tantas, / que el agua está recién nacida, ¡vamos!, / que está lloviendo para arriba, llueve, / y con los dos nuestro paraguas sube”.

 

Y así, “desandando lluvias”, vamos con paraguas en el recuerdo de viejos aguaceros, aquellos de la infancia, bajo los cuales corríamos estallando charcos y poniendo la cara a las cataratas que se despeñaban de los aleros. No requeríamos paraguas. El cielo bajaba hasta nosotros, o nosotros subíamos hasta él. No sé quién diseñó una lluvia de paraguas, que descendían a modo de paracaídas fantásticos de un cielo sin bombarderos ni contaminaciones.

 

El paraguas tiene un misterio hasta ahora no develado: parece que cada dueño de este artilugio carece de sentido de pertenencia. Es de las prendas que más fácil se olvidan, se dejan en cualquier parte, sin importar si sus redondeadas alas están cerradas o abiertas.

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Los paraguas, pintura de Augusto Renoir

 

 

Dos viejos en la oscuridad

(Crónica con guitarrista y violinista ciegos para recordar a Picasso y un tango)

 

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                                                                                       “Que me ha dejado acobardado como un pájaro sin luz”
                                                                                             Naranjo en flor

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Puede ser uno de los miedos más inveterados en el hombre: quedarse ciego. Los antiguos humanos es probable que temieran a la oscuridad (“La oscuridad que ven los ciegos”, según Shakespeare), una aprehensión que se desvaneció en la modernidad, en parte gracias a la luz eléctrica, como pudo pasar, por ejemplo, con el fantasma de sir Simon Canterville, de más de trescientos años, que no resistió la atrevida burla de dos muchachitos gringos que le hicieron “bullying” hasta aburrir al desasosegado espectro inglés.

 

La ceguera, tan literaria y homérica, es una limitación que en una obra como la de H.G. Wells, El país de los ciegos, es toda una cualidad, una facultad natural en un ámbito en el que el inválido sería el vidente, al que los ojos no le sirven para nada, porque ven. Estos preliminares tenebrosos me llevan a un tango y a una obra de Picasso. Podría conducirnos, por qué no, hacia narraciones de Saramago, o a poemas de John Milton. O a uno de Borges.

 

El caso es que Viejo ciego, con música de Sebastián Piana, Cátulo Castillo y letra de Homero Manzi, más que todo en la versión de Roberto Goyeneche, aparte de sus virtudes poético-musicales, es una obra maestra de la interpretación, en tiempos en que el Polaco ya había perdido buena parte de su poder vocal. “Con un lazarillo llegás por las noches / trayendo las quejas del viejo violín, / y en medio del humo parece un fantoche / tu rara silueta de flaco rocín”.

 

Como muchos otros, claro, es un tango con tristuras, con elementos de drama y que puede acercar al oyente al llanto. Es una pintura con pocas pinceladas, que son suficientes para crear un ambiente, un personaje, una situación en la que se puede ir del esplín a la pena. “Puntual parroquiano tan viejo y tan ciego, / al ir destrenzando tu eterna canción, / ponés en las almas recuerdos añejos / y un poco de pena mezclás al alcohol”.

 

Es posible ver al viejo ciego, su violín, sus tangos quejumbrosos e imaginar a los “bardos jubilados” que, cuando el músico sin luz deje “sus huesos debajo de un portal”, con una ‘canzonetta’ le harán el funeral. Qué acopio de melancolías. Imágenes con crespones de nocturnidad. Una invitación a la congoja, dulce y atroz a la vez. “A ver, viejo ciego, tocá un tango lerdo, muy lerdo y muy triste que quiero llorar”.

 

Y a todas estas, ¿dónde está Picasso? Tal vez, en la penumbra, escuchando ese tango argentino, o recordando una pintura de 1903, un óleo sobre lienzo que, (como la Lujanera de Borges: “verla, no daba sueño”) es un golpe visual al alma. Deja noqueado al observador. Se llama El viejo guitarrista ciego, uno de los cuadros más representativos del denominado Periodo Azul del maestro malagueño.

 

Picasso (y es probable que le ocurra a cualquier pintor) tenía un miedo enorme a perder la vista. Su padre, José Ruiz y Blasco, también pintor, se fue quedando sin visión. La etapa azul del artista que revolucionó la pintura del siglo XX se enfocó en cuadros sobre la bohemia, la calle, los mendigos, las prostitutas, la miseria humana. El viejo guitarrista, como el viejo violinista ciego del tango, tiene una presencia lánguida y sufriente. Es una figura que transmite dolores y desencantos.

 

Así, sentado, con sus piernas cruzadas, la guitarra parada, la cabeza inclinada a la derecha, en un ángulo cuasi acrobático de noventa grados, es el emblema de una desdicha sin nombre, de una miseria que duele. Y, aparte de todo, ciego y viejo, que ya es el súmmum de una tragedia, de la expresión máxima de la desventura. Sí, también es como “un flaco rocín”. Desvencijado.

 

¿A qué suena la guitarra de este viejo ciego? ¿Cuáles son los sonidos de su deplorable situación? ¿A quién le cantará con su voz débil, de hambre, de carencias? ¿Quién quiere escuchar la guitarra de este hombre desalado y sin fortuna? Pues me gustaría oírlo. Y pedirle que sus arpegios asciendan al cielo y convoquen pájaros para el recital. Tal vez su voz, gangosa, sin educación, sea una puerta que abra la imaginación a los que pasan junto a él, sobre la acera, en una ciudad innombrada.

 

Sí se le observa con cuidado, el viejo ciego parece tocar para él mismo. Su guitarra es la compañera, la musa, el hada madrina de la pobreza. Amante y razón de vivir. El viejo y su instrumento son una sola entidad. No podría existir el uno sin la otra. Sangra ella, sangra él. Canta ella, canta él. Un binomio de la soledad y la amargura.

 

Qué tal, por ejemplo, que los dos viejos ciegos, el del violín y el de la guitarra, se toparan. Se juntaran. El infortunio de no ver se podría disminuir con la solidaridad instrumental. El uno como lazarillo del otro, unidos en la música de la oscuridad, en una tiniebla sonora que todos los ciegos querrán ver y todo el mundo querrá escuchar. ¿Un ciego puede guiar a otro al abismo? Puede que en este caso no.

 

Ambos parroquianos, tan viejos y tan ciegos, se podrían ir cantando por las calles del adiós, como una manera de dar un poco de luz a las almas simples, que, de ese modo, podrán tener una dosis de emoción. ¿Quién querrá llorar con la música triste de estos dos viejos ciegos?

 

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Guitarrista ciego, Pablo Picasso.

El payaso y una guitarra verde

(Imaginaciones alrededor de un cuento de Cepeda Samudio y un tango circense)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

1.

Me parece que al payaso le pasa hoy lo que al diablo: nadie cree en él (aunque decía Baudelaire que esa era una de sus astucias: hacer creer que no existía). El uno y el otro se han desprestigiado y perdido el indiscreto encanto que los hacía tan respetables. Aquel era un experto para desatar risas en los niños —se dice que también en los adultos—. Con el diablo (y todas sus variables) los señores de antes intentaban asustar al muchacho malcriado y a fe que la invocación satánica surtía los efectos deseados. Los papeles se han invertido. Los payasos, sobre todo los malos, producen pánico en los chicuelos, mientras el demonio les provoca una risa burlesca, de absoluta incredulidad. Los tiempos cambian. Menos mal.

Creo que es más difícil ser payaso en estos días de sobresaltos y desamparos, porque la gente se volvió triste. Se ha olvidado la risa, aquella que en el Renacimiento era aliada de la razón y de la estética. Ya para nada asombran una redonda nariz roja ni una bocaza pintarrajeada de encendidos colores ni unos carrillos con colorete. No emocionan los zapatones que sirven hasta para dormir de pie, ni los trajes anchos estampados de bolitas, ni la voz funambulesca que articula chistes llenos de lugares comunes, salpicados de ingenuidad y de tontería. Se envileció el oficio de payaso (y, sépanlo, los políticos y algunos periodistas deportivos han contribuido mucho en tal descaecimiento).

Hace tiempos, intentando imitar a un personaje de un cuento de Álvaro Cepeda Samudio, quise vestirme de payaso con la intención de encontrar a alguien que supiera tocar una guitarra verde, única en su género: servía para dar serenatas. Me puse una nariz de plástico y, frente a un espejo, comencé a pintarme la sonrisa y a teñirme los cachetes con pintura roja y blanca. Me puse una peluca anaranjada (quería una de alondras como la que sugería el loco del tango-balada de Piazzolla y Ferrer, pero a mano sólo había golondrinas), ensayé varias sonrisas, risas y carcajadas, probé morisquetas y alguna acrobacia, me puse un camisón fosforescente y un pantalón morado y me calcé unos desmesurados zapatones, pero antes de salir a buscar un circo, antes de enfrentarme a posibles espectadores, me di cuenta de que era un payaso muy triste y que la tristeza se me notaba en todo el cuerpo. Nada podía camuflarla. Es más: resaltaba entre tanto maquillaje. “No sirvo como payaso”, pensé, mientras dos lagrimones rodaban por la pintada cuesta de mis mejillas.

Entonces me dediqué a ir a los circos con el propósito exclusivo de observar a los payasos. Los del circo pobre y los del circo rico eran iguales, en el fondo y en la superficie. Reían en la misma tonalidad. Los rusos, los chinos, los estadounidenses, los mexicanos, los argentinos, los colombianos, todos hacían un descomunal esfuerzo para no llorar de verdad en escena. Luchaban contra sí mismos. ¡Vaya! si es que es muy difícil ser un payaso risible. Un payaso de verdad. Su alma despedazada se les asomaba por los ojos, y casi siempre estaban a punto de quebrarse en llanto. Creo que yo era el único que me percataba de esa tragedia y entonces me salía antes de que la función acabara.

Durante un tiempo los payasos ocuparon mis sueños. Y mis pesadillas. Los veía convertirse en monstruos, en zombis de torpe caminar, en recaudadores de impuestos, en verdugos, en presidentes de la república… Por considerarlo vergonzoso y estéril no consulté el caso con ningún psicólogo ni alquilé los oídos de algún psicoanalista. Hoy, ya curado de tales tormentos oníricos, salgo de vez en cuando por las calles con una guitarra verde en bandolera, y escucho a la gente, burlona, decir a mis espaldas: ¡ja, ja!, miren, qué risa, ese tipo se cree payaso”.

2.

Estaba parado frente a un cajero electrónico de Junín. Delante de mí había unas muchachas de uniforme de colegio, que se filaban para hacer transacciones. Entraban de a dos. Y se demoraban. Quizá adentro, en la cabina, conversaban de sus novios, de sus profesores, de sus días en que dejarán atrás los cuadernos para dedicarse a aventuras de otra índole. Quizá. Cuando salían, las otras se entraban, y las que esperaban, les decían: “no se demoren”. Y más tardaban en su tarjeteo y conversa de vidriera.

Mientras lamentaba en mi interior no haber tenido un libro para tan larga espera, pasó un tipo de melena ensortijada, de tenis, y con una guitarra verde al hombro. No sé si palidecí. En otros días, ya lejanos, era casi un milagro ver una guitarra verde. No daba crédito a lo que estaba viendo. Cuánto tiempo busqué en vitrinas de almacenes de música una como la que ahora portaba el hombre que se alejaba hacia la avenida La Playa.

Quise abandonar la fila, pero me contuve. Ya había esperado mucho. Sí, pero sentía en mi interior el arrebato de salir tras él para decirle que, por favor, tocara la guitarra, que una guitarra de ese color debía sonar distinto, tener músicas propias, quizá en su caja sonora podría albergar a algún duende… Y ya estaba a punto de perseguirlo cuando las últimas muchachas salieron del cubículo y decidí (no vestirme de payaso, como en el cuento de Cepeda) entrar ahí. Y mientras hundía teclas y marcaba cantidades y clave, tuve la tentación de cantar una tonada que me pareció siempre de lo más surrealista: “un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña”, que podía irse hasta el infinito porque dos, tres, cuatro elefantes se balanceaban en una telaraña imposible, y así.

De pronto, llegaron las músicas de Soy un circo, un tango de Héctor Stamponi y Horacio Ferrer. Y decidí cantarlo a media voz: “Soy un circo, hermano mío, soy un circo, / secá tu llanto en la melena del león, / después vestite con mi frac de pajaritos / que el Quijote y Buster Keaton / nos esperan en el hall…”.

Cuando salí, enrumbé hacia la avenida por donde había desaparecido el de la guitarra. No estaba por ningún lado. Tal vez ya estaría en algún bus cantando canciones de emergencia o en un bar buscando una muchacha que le escuchara los arpegios y acordes de su vagabunda guitarra verde.

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