Casa con iglesia al frente

(Había una canción macondiana y otra que hablaba de solamente una lágrima)

 

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“Los cien años de Macondo sueñan, sueñan en el aire…”

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Desde el balcón veíamos a los feligreses entrar a la iglesia, tras el toque de campanas. Señoras y señores, algunos pelados y muchachas, todos con una especie de pereza, de reticencia o de obligación marcada. Era una iglesia de fachada de ladrillo y un campanario no muy alto. Parecía improvisada. Y, con el tiempo, quizá con empanadas y bazares, con los fondos de los sanisidros en los que había ruletas y remates, la iglesia de Santa Catalina Labouré se modificó, con una construcción más amplia, con un frontispicio a modo de pirámide y con más presencia en el sector.

 

Nunca supe quién era el párroco y, creo, no haber entrado jamás a ninguna ceremonia allí. Detrás, casi llegando a la quebrada La García, había una enorme manga, limitada con tunales y en la que, dos o tres días a la semana, jugábamos partidos. El balón, a veces, o muchas veces, se iba a la corriente y había que salir por las orillas, aguas abajo, a rescatarlo. A un costado de la iglesia, habitaba un pelafustán con ínfulas de bravero, en apariencia mayor que mis hermanos y yo, todavía imberbe, al que le decían Judas. No gozaba de aprecios en la zona. Una vez, en un picado, el tipo, que además era engreído y de caminar a lo malevo, le dio un puño a uno de mi equipo, creo que fue a Chucho, y se armó la zambra. Puñetazos e hijueputazos iban y venían. Al sujeto aquel, fatuo y agrandado, jamás lo volvimos a saludar, aunque nos dejó una desazón por no haber podido “machacarlo” como se merecía.

 

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La cantante Estelita Núñez y su éxito Una  lágrima (1969)

 

La cuadra nuestra era de casas de dos pisos. No había árboles. El agua la subíamos a través de una bomba de extracción, con una enorme palanca de hierro. Abajo, además de la dueña, una señora adusta, pelinegra y de rasgos bruscos, vivía una hija de ella, a la que papá apodó la Culatera, y una sobrina de la doña, blanca y mona, que cantaba a toda voz canciones de la Nueva Ola y el Go-Go. Se escuchaba entonces en la radio a una mexicana, Estelita Núñez, cantando “una lágrima por tu amor, una lágrima lloraré…” y a mí me gustaba cómo la muchacha bonita la entonaba. Creo que me enamoré de ella (ella no se enteró) y mi dolor fue enorme cuando supe que tenía novio, que la visitaba dos o tres veces a la semana, parados ambos junto a la verja de hierro despintado.

 

A la muchacha la apodamos La Maconda

 

Por aquellos mismos días, muy cercano ya el único diciembre que por allí pasamos, se oía en las casas “Los cien años de Macondo” y había una muchacha que, al caminar, parecía bailando esa música sabrosa compuesta por un peruano y cantada por Rodolfo Aicardi y Los Hispanos. “Los cien años de Macondo sueñan, sueñan en el aire / en los años de Gabriel trompeta, trompetas lo anuncian…”. No había leído entonces Cien años de soledad y a la muchacha, de la que no supe nunca el nombre, la apodamos La Maconda.

 

Por aquella cuadra, en la que sin falta había una tienda en la esquina, había muchachas que desfilaban todas las mañanas con falditas a cuadros rojinegros y blusas blancas, con valijas y olorosas a jabón (así lo percibía desde el balcón), rumbo a los colegios. Los fines de semana, cuando estaban sin uniforme, cambiaban su aspecto. Se veían más atractivas. Volteando la cuadra, junto a la tienda, vivían dos, muy bonitas, que uno les hacía caritas, o les decía un cumplido, y ni siquiera volteaban la vista. Es más, cambiaban de caminado, se erguían, asumían una actitud de reinas de barrio y si te vi no me acuerdo. A lo mejor, miraban de reojo a ver qué era la vaina.

 

Otra, que luego se volvió paisaje y al principio era llamativa por lo excéntrica, mamá le puso el mote de La Cuperta. Pelicortica y de caminar hombruno, se paseaba con los brazos en bamboleo y la mirada desafiante.

 

Usábamos todavía camisas floreadas, de estampados extravagantes, de chalis y otras telas, y bluyines de industria nacional y tenis criollos. Todas las mañanas bombeábamos el agua, que se recogía en un tanque de cemento y en canecas metálicas. La muchacha del primer piso, que siempre sintonizaba programas juveniles, cantaba en las mañanas, al tiempo que La Culatera permanecía siempre en silencio. Eludíamos, en lo posible, al salir por el corredor común, la presencia de la dueña de la casa. Si sentíamos que estaba abriendo, uno esperaba. A veces, claro, era ineludible y teníamos que ver su rostro de bruja sin atributos. Ninguna escoba se prestaría para transportarla.

 

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Iglesia Santa Catalina Labouré, en Bello.

 

Los domingos, el sonar de las campanas nos despertaba. Uno aprovechaba para voltearse en la cama e intentar conciliar el sueño. Más tarde, había que salir a buscar compañeros para ir o a la manga de la quebrada o a alguna de Niquía. Estábamos en un sector comprendido entre los barrios El Congolo, La Milagrosa y Prado. Muy cerca, a unas cuantas cuadras, había un puente sin barandas, solo para caminantes, que atravesaba la García y unía a Niquía con la zona de Santa Catalina. Sobre aquel se contaban historias de ladrones, de gentes que tiraban a la quebrada, de fantasmas que se ubicaban allí a medianoche…

 

Cuando nos mudamos (de allí salimos para un barrio obrero, Santa Ana), la voz de la muchacha seguía escuchándose: “Una flor sin rocío morirá y nunca más vendrá la primavera…”. Sentí una especie de desgarramiento, de que algo mío se quedaba en ese espacio del que solo recuerdo una bomba manual de extracción de agua, un balcón con algunas bifloras desde el que veíamos las muchachas y a los que entraban y salían de misa, y la sensación de que la dueña era una mujer amargada.

 

Cuando nos fuimos, la iglesia todavía era la de la torrecita de poca altura, con unas campanas broncas y lo más vistoso que en ella ocurría era el denominado altar de San Isidro, con toldos pintorescos, juegos de azar, frituras y señoras que ofrecían viandas. En el aire del entorno flotaban las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia y cuando, tiempo después, leí la novela de García Márquez, imaginé que la muchacha del primer piso era Remedios la Bella, por la cual creo haber soltado una lágrima por un amor carente de ilusiones y sin esperanza.

 

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Una vieja canción no tiene olvido…

Canciones de otros días (3)

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Horacio Guarany, autor y compositor de Memorias de una vieja canción

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Eran días en que todavía una guitarra acompañaba mis angustias existenciales de los veinte años, esas mismas (o quizá muy parecidas angustias, quién sabe) que un poeta quindiano dijo que se las curó el Manifiesto. Días en que había llenado cuadernos con poemas, porque, como diría un vate de no sé dónde, “todos cantamos a la edad primera”. Y en una emisora juvenil escuché Memorias de una vieja canción, no por su autor y compositor, sino una versión, también de un argentino, baladista: Elio Roca.

 

Vivíamos en una casa con techo de tres aguas, antejardín y un pequeño corredor. Pertenecía a una organización parroquial y en la parte de atrás había un convento de monjas italianas. La canción me dejó pensativo y, no sé por qué, me acordé de lecturas juveniles que había hecho de la obra teatral de Antón Chejov. Tenía un aire ruso, melancólico. Quizá el mismo que se sentía en Sonia, una historia de celos y cárceles, cantada por Gardel. También se sintonizaba con Nathalie, de Gilbert Bécaud, que más que por él la escuchábamos en una pobre versión de unos chilenos.

 

De inmediato, me sentí arrobado por letra y música. El vocalista lo hacía con sentimiento y cada palabra me quedaba sonando: “Este día sin sol es todo mío / golpea mi ventana tanto frío”. Generaba imágenes. No sé si entonces era dueño de muchos recuerdos, porque, creo, estaba más pendiente del presente que de tiempos idos, que no eran muchos. Sentí de pronto como si ya hubiera vivido aquellas situaciones: “una vieja canción en mi guitarra / una vieja canción no tiene olvido”. Y advertí que había crecido entre canciones añosas, algunas del Caribe, otras de los Andes. Otras de más allá de los mares. Viejas, eso sí, con soles y añoranzas, con gaviotas y golondrinas.

 

“Es la misma que un día nos uniera, / en las playas lejanas de tu viejo país.  / Y el otoño al ver caer sus hojas, / viene hasta mí y me moja con su llovizna gris”. Quise volverla a escuchar. Tocaba esperar a que la programaran. Sentía como si algo de esa canción hubiera sido hecho para mí. Todavía no conocía ningún otoño, o, sí, en cine, relatos y pinturas. No en directo. Pero sí sabía de lloviznas grises y me forjé una especie de drama amoroso, que ya había padecido de adolescente, cuando una muchacha que nunca supo que la amé se marchó a Estados Unidos y no había vuelto a saber de ella.

 

“Porque no olvido tu canción / ¿será porque tanto te amé? / que aquí sentado en esta pieza, / sobre esta misma mesa, / anoche te lloré”. Sonaba triste. Sentimental. Y había una suerte de morriña, o tal vez de nostalgia amarga, o pudo ser un déjá vu, sí, porque era como si volviera a vivir una experiencia lejana, de otra vida, y la canción la reencarnaba. Y hasta la elemental clase de filosofía tornaba: “si el río va y no vuelve más”, el viejo Heráclito, de fuego y aguas, volvía con la cara del profesor que, al hablar, tomaba una pose trascendental. “Reloj eterno de las horas, / y esta canción que llora sobre mi ventanal”.

 

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La volví a escuchar. Era una canción que repetían en aquella emisora de jóvenes, que tenía un club de radioescuchas. Después, no sé cuándo, la escuché interpretada por su creador, Horacio Guarany, con su fuerza, su voz gruesa y sin aliños, su modo particular de decir: “No se mueren las penas por morirse, / jamás muere el amor por un olvido”. No sé por qué me pareció que yo era el autor de aquellas palabras, de esa música que en una parte aceleraba el ritmo y nos hacía viajar por estepas, por atardeceres de frío, por inmensas llanuras heladas. “Fumando en la alta noche estás conmigo”. Y, claro, aquellas ganas de fumar se despertaron y el humo formaba la cara de la muchacha ida, la que nunca volvería.

 

Por aquellas jornadas, estaba estudiando todavía en el conservatorio de música. Y una estudiante de piano, cuyo novio era un profesor de piano, me hizo escuchar esa canción por una cantante argentina, Gina María Hidalgo. Además, me grabó un casete con otros temas de la soprano popular. Me pareció linda la versión. Y así, la primera que escuché, se fue perdiendo en vericuetos de olvido y más se me quedaron impresas la de la cantante y la de Guarany. Después conocí otras, como la de Jairo y la de Luciano Pereyra.

 

Aprendida la letra, comencé a canturrear con la guitarra Memorias de una vieja canción. Entrecerraba los ojos y veía cuadros de El jardín de los cerezos, me imaginaba noches blancas en una Rusia a la que ya había viajado por la gracia de otros autores, además de Chéjov. Y aun porque, en el conservatorio, en historia de la música y apreciación musical, nos habían enseñado a compositores rusos del movimiento nacional del siglo XIX. Creo que desde entonces me gustan, por ejemplo, las composiciones de Mussorgski, Rimski-Kórsakov, Glinka y Borodin.

 

“¿Por qué no olvido tu canción? ¿Será porque tanto te amé?”. En todo caso, era y es una canción triste, una canción de amores idos, extraviados, que tiene más pasado que presente. Una canción que no sé si me aumentó la angustia existencial de entonces, creo que sí, y que ni siquiera aquella entrada fantástica de “un fantasma recorre a Europa…” me había curado. A los veinte años uno todavía quiere cambiar el mundo, con un grito, con un poema, con una piedra, con un mitin, con una guitarra… Aquella memoria no tenía nada que ver con una transformación, o sí, con la que las palabras y la música provocan en algún rincón del alma o de los pliegues más escondidos de los dolores imaginados. Porque los otros, los reales, que despiertan con canciones, pueden curarse de momento con una cerveza y el humo de un cigarrillo fumado en la alta noche. Memorias de una vieja canción sigue llorando sobre mi ventanal.

 

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“Una vieja canción en mi guitarra….”

La pesadilla de un cólico renal

(Crónica de clínica sobre una dolorosa afección, a la que han llamado “parto de hombre”)

 

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La pesadilla, de Johann Heinrich Füssli

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

  1. Alborada con un dolor irresistible

 

Se escuchaban ya, casi a la media noche, los estallidos de la alborada, una irracional celebración de mafiosos para dar la bienvenida a diciembre, cuando, al sentarme al computador, sentí un dolor en la parte lumbar. Creí que se trataba de una vieja dolencia. Pero no parecía. Era agudo sobre manera y me hizo poner de pie. Caminé por el pasillo de la casa y llegué a mi alcoba. La mona me dijo que me quedara quieto. Así lo hice. No funcionó. Me paré, me senté, iba de un lado a otro. La intempestiva cosa no auguraba nada festivo. Lejos, el sonido de la pólvora aumentaba. “Parece que este año disminuyó la alborada”, dijo ella. Y en esas, a pocas cuadras de la casa, se escuchó una explosión. Me asomé por la ventana. La calle estaba vacía y al otro lado de la noche, hacia occidente, se veían fogonazos. El dolor aumentaba.

 

Me tiré en la cama y quería revolcarme. De la espalda el dolor daba la vuelta y se instalaba en el vientre. Era ya insoportable. Afuera, las detonaciones llegaban en distintas direcciones. En efecto, según me parecía, no eran ya como las aturdidoras y masivas del año pasado. Fue cuando comenzaron los hijueputazos acompañados de ayes a granel y retorcimientos. Qué era lo que pasaba. Me sentía como un muñeco al garete al que un ventrílocuo sádico maneja con violencia. El dolor había cruzado el umbral de la tolerancia. Insoportable.

 

A la una de la mañana salimos hacia urgencias. Las solitarias calles del centro, con sus lámparas tristes, me producían una sensación de melancolía. Era primero de diciembre. En casa, Dana, nuestra mascota fox terrier, se quedó adormilada con una música especial que salía de un monitor en el que una imagen de varios perritos simpáticos parecía sonreír. El Instituto Neurológico, en Perú con la Oriental, no tenía muchos visitantes a esa hora. Bajamos por el ascensor al piso de atención. La mona hizo los trámites mientras yo permanecía en una silla, de la que me paré varias veces. Iba de un lado a otro. Entré a un wáter, no pude hacer nada. Solo quería vomitar. Las náuseas, que había sentido desde los primeros momentos del dolor, eran más fuertes. Salí. Ya estaba inscrito. No sé cuánto tiempo pasó cuando me llamaron para el triage, que efectuó un médico voluminoso, de uniforme verde pálido, barbado y en apariencia amable pero sin sonrisas.

 

Era el mismo que me había atendido hacia unos meses por un dolor lumbar. Dictaminó que era un cólico renal. “Te pondrán medicamentos para el dolor y el vómito”, dijo. Cuando salí del consultorio, la mona no estaba. Había salido a comprar café con empanadas, como lo supe después. Otra vez la espera. Para allá. Para acá. Entró a la sala un paciente que se retorcía. Lo acompañaba una muchacha. Fui al baño. El de los hombres, ocupado, hizo que entrara al de damas, donde devolví buena parte de la cena. En esas estaba, cuando me llamaron. Pasé a enfermería y un tipo alto y pálido me dijo me dirigiera a una camilla. “Te pondré tres inyecciones para el dolor y el vómito” y “te sangraré”. Me dio un frasquito para una muestra de orina. Fue una odisea recogerla.

 

Me recordó algún personaje gótico, vampiresco…

 

La espera dolorosa, quejumbrosa, se prolongó. Pude orinar y llevar la muestra al hombre alto y de mirada serpentaria. “Qué tal la alborada”, preguntó en un tono que no descifré. “Es una fiesta de paracos”, le dije, sin más. En aquel lugar no se escuchaba nada del mundo de afuera. “En tres horas te darán los resultados”, dijo. Y pasaron las tres horas. Y cuatro. Y cinco. La mona fue a preguntar. Y una médica (que yo había visto antes, de uniforme canela oscuro, pelilamida, muy blanca y delgada, que no sé por qué me recordó algún personaje gótico, vampiresco, tal vez de la novela Carmilla) le dijo que era culpa de ella, que se había olvidado. Me hizo pasar y dijo que todo estaba normal. “Si le repite el dolor, vuelva”. Como si fuera una gracia, un placer, o no sé qué, estar yendo a urgencias. La joven doctora de hablar suave y cabellos cortos se introdujo luego en otro espacio de enfermos, por una puerta por la que, antes, entraron a un tipo que se accidentó en una motocicleta en Santo Domingo Savio.

 

A las siete pasadas, tras ir a enfermería a que me firmaran la “boleta de salida” (pensé en una prisión), la mona me tomó de la mano y me ayudó a pasar al ascensor. Los dolores habían disminuido. Afuera, ningún taxi. Caminamos hasta la Oriental y luego hacia Argentina. Antes, una señora de que bajó una cortina metálica, nos dijo que le pusiéramos cuidado al local mientras ella iba, a otro, en la esquina, a llevar unas empanadas. De un edificio, salió un taxi. Era su primera carrera. Y solo sería de unas seis cuadras largas. Para mí, una eternidad.

 

En casa, con Dana en desconcierto al verme llegar a acostarme, los dolores retornaron. Me habían recetado analgésicos. Llamamos a una farmacia. Era el primer día de un trance que muchos han denominado “parto de varón”. Los dolores siguieron, como una condena.

 

  1. Bioenergética y pérdida de peso

 

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Obra de Francisco de Goya

Diciembre tenía cara descontenta. De ser maléfico y perturbador. Dormir era una proeza. Yo parecía como una suerte de apaleado. Dolores en una anatomía que al martes ya sentía como si hubiera sido puesta en un potro de tortura. Llamamos a un médico bioenergético, con residencia- consultorio en Guarne. Por la tarde, a la una, ya estaba en La Bonita, una finca de vientos fríos y paneles de energía solar. La tarde, verde, de brisas frescas, me dio una especie de hálito, de esperanza seductora en que esa ferocidad dolorosa que me tenía maltrecho, se iría escurriendo. Casi cinco horas de acupuntura, medicina cuántica, corrientes eléctricas, masajes con un ungüento, rayos infrarrojos y un cansancio infinito, me hicieron salir cuando ya los pájaros se habían resguardado y había un atardecer amarillo quemado.

 

Las noches, apartes de dolorosas e intranquilas, estaban atiborradas de sueños. Y de alguna pesadilla. Iba subiendo unas prolongadas —y empinadas— escaleras acompañado de Dana, la mascota. Arriba, una puerta abierta y de pronto, como si fueran trapecistas, dos muchachas se colgaban del techo, a la entrada. Parecían al principio colombinas de la Comedia del Arte. Tenían trajecitos verdes, rojos y azules, y hacían contorsiones libidinosas. Seguimos ascendiendo. Ya en el lugar, las dos se achicaron, casi al tamaño de dos avispones y se posaron en una ventana. Hacían morisquetas. De repente, arrancaron en un ataque de sorpresa, como aviones bombarderos, y una se aferró a mi cuello. Me aprisionó. La otra, inmovilizó a la perrita. “No le hagan nada a Dana”, impetré. Se escuchaba un ronroneo, una música sorda. Me faltaba el aire. Y sentí que ya no había nada que hacer ante una agresión de la que no había escapatoria. O sí: despertar con agitaciones.

 

El miércoles, con marchas del paro nacional, un medicamento homeopático que debía llegar al barrio Laureles, procedente de Rionegro, fue más fácil que, desde esa ciudad del oriente antioqueños, me lo enviaran por una empresa de entregas rápidas. Llegó a casa el jueves por la mañana. De a poco, fui consumiendo algunos alimentos ligeros. Sentía que cada vez estaba más limado. Rebajé en una semana siete kilogramos, con una dieta nada recomendable para los gordos que quieran disminuir peso en siete días. “Y qué nombre le pondremos”, decían algunas vecinas y señoras de un taller de literatura, intentando ponerle humor a mi parto de dolores sin cuento. Los cólicos habían desaparecido, pero me sentía como si hubiera estado en una cámara de torturas medievales.

 

Más de una semana sin calle, apenas con tardes de ventanales y, eso sí, escuchando audiolibros (no tenía ningún ánimo para leer) y músicas paradisíacas. Durante estos días fueron más claros los sueños y la “yegua de la noche” no cabalgó sino una o dos veces por mis ámbitos oníricos. El bioenergético me había pedido que recogiera los “cálculos” en un cedazo. Creo que salieron disueltos, tal vez como si un feroz pelotón antidisturbios los estuviera persiguiendo. Espero que no haya repetición. Una película de horror como esa, ¡ay!, no merece volverse a ver.

 

Medellín, diciembre 10 de 2019

 

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Amor y dolor, pintura de Edvard Munch

 

 

Los disparos de Arizona Colt

(Un spaghetti western despidió al teatro Junín y otras historias antipatrimoniales)

 

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Más de cuatro mil localidades tenía el Teatro Junín.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Cuando vi en una vieja reseña de prensa que la última película que presentaron en el demolido Teatro Junín había sido Arizona Colt, los recuerdos, en un flashback cinematográfico, peregrinaron hasta un viejo teatro de Bello, donde vi en 1967 el filme protagonizado por Giuliano Gemma. Sí, un spaghetti western, de los tantos que entonces, en la infancia y en la adolescencia, vimos en las pantallas del Rosalía, el Iris y aquel bonito teatro a la italiana, diseñado por un italiano (Albano Germanetti), en el que, creo, nos enloquecíamos con los disparos del cazarrecompensas de esta ingenua película del Oeste.

 

Y entonces, con frenesí, la busqué y volví a verla, no porque se trate de una obra de arte, sino, ante todo, por ir tras la resurrección de un esfumado recuerdo. Retorné a las montañas monótonas, amarillentas, a veces ocres, a veces grisáceas, de una geografía imaginada por los productores y los escenógrafos, los pueblos de cartón, los avisitos del banco, el saloon, los jugadores de cartas en mesas de cafés atiborrados, los mostradores con whisky o con cerveza y los modos repentinos de sacar un Colt y disparar con inusual puntería y rapidez. Sí, casi todas las películas de esta índole son similares, los mismos argumentos, un bandido bueno, otro malo, y unas mujeres bellas que están dispuestas a jugársela por uno de ellos o a sucumbir ante la fuerza y la malevolencia.

 

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Afiche del filme Arizona Colt, un spaghetti western de los sesenta

 

Arizona Colt es la historia de un cazarrecompensas que, al principio de la película, está preso en una cárcel de un pueblo, al que llega el Gordo, un bandido mexicano, desalmado y rudo, que quiere reconstruir su banda de exterminadores y, para nutrirse de personal, asalta el presidio y libera a todos los presos. Uno de los que escapa es nada más y nada menos que el conocido de autos, Arizona Colt. Este se niega a hacer parte de la secta del implacable Gordo y ahí se inicia una confrontación que durará toda la película.

 

La banda tiene como objetivo asaltar el banco de Blackstone Hill, donde hay, claro, un sheriff, un saloon, unas calles polvorientas y unas muchachas atractivas. Y aunque todo es predecible en la película, que no deja de ser entretenida, hay momentos de alta tensión y no faltará el beso buscado al final de la película, que era, en los días de ensoñaciones y fantasías, una manera de estimular la gritería en el teatro, de provocar el berrido de “¡soldadura!” con el fin de que los “besanderos” se quedaran pegados en su “chupada de piña” y prolongaran la emoción de la sala.

 

A Giuliano Gemma, un tipo bien parecido, actor, doble cinematográfico y escultor, lo conocíamos por sus representaciones de Ringo (Una pistola para Ringo, El retorno de Ringo) y, como lo supimos años después, fue parte de la película El gatopardo, de Luchino Visconti. En Arizona Colt, filmada en 1966, se caracteriza un busca recompensas, de una increíble habilidad para desenfundar, disparar y tender emboscadas. Es un solitario. Un hombre que va. Alguien al que una mujer no puede detener. No es un tipo para quedarse a vivir en ningún pueblo.

 

En este western a la italiana, de paisajes áridos y desvaídos arenales, vuelan los disparos, hay dinamita, se agujerean sombreros a balazos y hay una vindicta. Nada nuevo bajo el sol de los desiertos y los pueblitos aislados. Y, a diferencia de otros filmes similares, los revólveres, los mismos de la fábrica legendaria de Samuel Colt, serán los únicos mencionados y nada que ver con la competencia de estos, los Smith & Wesson.

 

Volver a esta película, tras tantos años de haberla visto y olvidado, fue una suerte de reencuentro con un tiempo de cierta inocencia y mucha imaginación, la que, ante todo, nos proporcionó el cine y buena parte de las películas del Oeste, con John Wayne, Gary Cooper, George Peppard, Henry Fonda, Gregory Peck y una corte casi infinita de otros actores. Caballos, revólveres, sombreros, cinturones con balas y estuches, rifles en bandolera, el banjo, alguna armónica, las inmensidades desérticas, las bandas sonoras, revivieron con esta vuelta a tiempos que no volverán. Fueron parte de nuestra educación sentimental.

 

Hay que decirlo. No es tan “lata” (un término que usábamos para referirnos a películas hueso o malas) y tiene cierta candidez en su desarrollo y aun en sus locaciones sin despliegues imaginativos y más bien parte de un extenso lugar común. Y, en efecto, esa fue la última proyección que hubo en el desaparecido Junín, el colosal teatro parte del edificio Gonzalo Mejía, que, con el hotel Europa, era una obra de Agustín Goovaerts, el arquitecto belga que vivió y trabajó un tiempo en Medellín y Antioquia.

 

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El imponente Teatro Junín, parte del edificio Gonzalo Mejía, en Junín con La Playa.

 

La demolición, para construir ahí una especie de esperpento como el rascacielos de Coltejer, se inició el 7 de octubre de 1967, cuarenta y tres años después de su inauguración. Cuando se murió el vasto teatro, de más de cuatro mil localidades, ya era, como dicen testimonios de los penúltimos que en él estuvieron, un “pulguero”, venido a menos, como si a propósito lo hubieran abandonado a su suerte de arrasamiento y destrucción. Nada raro en una ciudad experta en borrar su patrimonio.

 

La víspera de su caída, el periodista Miguel Zapata Restrepo, director del radioperiódico Clarín y que después, a principios de los setenta fue alcalde de Bello, dijo: “Mañana empezará la pica a desmantelar el viejo teatro. La cornisa barroca que anunciara las luminarias aztecas del celuloide y que fuese testigo de tantos actos heroicos en el corazón de Medellín, no volverá a iluminarse más. El Junín ha cumplido su tarea y ahora sucumbirá como cuota de sacrificio ante el progreso…”.

 

El cronista no escapó a la mentalidad de época que confundía progreso con derribamiento de construcciones conectadas con la memoria, la historia y la identidad. Y, por lo demás, que gozaban de refinada estética y armonía en los diseños, acabados, composición y distribución espacial.

 

No creo que sobre decir, por otra parte, que ninguno de los teatros bellanitas sobrevivió a los cambios de usos del suelo ni a los ardides de la especulación inmobiliaria. Gajes del “progreso”. El que diseñó un arquitecto italiano (el Teatro Bello) lo desmoronaron para construir una entidad oficial horrorosa en su concepción y acabados. Un bodrio. Como dice un tango: “Muchachos, todo lo ha llevado el almanaque. / Todo, todo ya se fue”.

 

Me parece que Arizona Colt goza de un merecido olvido. Solo que un recorte de prensa visto en una interesantísima exposición llamada “Ausentes Teatros”, sobre los desaparecidos teatros Junín, Bolívar y el Circo España, me dispararon quizá la nostalgia, pero, ante todo, me despertaron las ganas de volver a mirar una película que ya tenía borrada. Y que, viéndolo bien, puede seguir para siempre en la tiniebla de la desmemoria.

 

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Arizona Colt, un filme de 1966 con Giuliano Gemma.

Flor de azálea, golondrina del amanecer

Canciones de otros días (2)

 

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Flor de azálea, la vida en su avalancha te arrastró…

 

Por Reinaldo Spitaletta

En las casas de antes, con patios y solar, y algunas con antejardín (aunque era este más escaso), las materas eran parte del decorado. Sembradas de novios, margaritas, hortensias y, sobre todo, bifloras y azaleas, adornaban el ámbito doméstico y daban alegrías a las señoras, incluidas tías y vecinas. Mamá, por ejemplo, gustaba, además de las de jardín, de las matitas medicinales y aromáticas y por eso tenía desde romero, albahaca, manzanilla, limoncillo, yerbabuena hasta la infaltable ruda. También colgaba penca sábila con herraduras y cintas a la entrada de la casa.

 

Y esta introducción floral y con perfumes de jardín viene al caso—o tal vez no sea el caso— por una de esas flores de abuela, las azaleas, de exigente cuidado, que, me parece, eran las más consentidas o mimadas debido a que, cualquier maltrato, las marchitaba. Por esos tiempos, cuando ni siquiera uno estaba pendiente de flores y menos de canciones para adultos, sonaba un bolero mexicano que tenía ese género de flor en su título, pero acentuado de otra manera, azálea. Sí, Flor de azálea, que me parece que la primera versión que escuché fue la de Los Panchos.

 

La canción, que sonaba en la radio con cierta frecuencia, se fue pegando hasta de las paredes y la letra se hizo conocida. “Como espuma / que inerte lleva el caudaloso río / flor de azálea, la vida en su avalancha te arrastró…”. Algo en ella era contagioso, no sé si eran los acordes de las guitarras, o la melodía, o las voces de los intérpretes, o las imágenes que provocaba. “Pero al salvarte / hallar pudiste protección y abrigo / donde curar tu corazón herido por el dolor”. A veces uno se quedaba alelado por esas palabras y no entendía cómo era que esa flor tenía el corazón adolorido.

 

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En general, por aquellas épocas no era que uno se detuviera a analizar letras, o a detenerse en frases, y así de pronto hubiera sido fácil pensar que esa flor era más bien una mujer de la noche, pero tampoco daba.

 

Después, en realidad no sé cuándo, me enteré de que el bolero, compuesto por Manuel Esperón y Zacarías Gómez Urquiza, estaba hecho para una muy bonita actriz mexicana, Elsa Aguirre, de la que Jorge Negrete, que le llevaba un montón de años, se enamoró. Estos chismes de farándula habría que adobarlos más con la inquina que María Félix, entonces todavía casada con el charro Negrete, le tomó a la muchachita, musa de la citada canción: “Quisiera ser la golondrina que al amanecer / a tu ventana llega para ver / a través del cristal”.

 

Con el paso del tiempo la pieza me fue gustando y está en mi repertorio de recuerdos. A algunas muchachas, y aun señoras, que tenían flor en su nombre las llamaba así: Flor de azálea, como una expresión de simpatía. Me gustaron distintas versiones del bolero, como la de Negrete (quizá la mejor), Javier Solís, Alfredo Sadel, Pedro Vargas, Roberto Sánchez y una de Toña la Negra, que es como una contestación al ya clásico bolero de cristales, alboradas y golondrinas.

 

Por estos días grises de noviembre he vuelto a escuchar el viejo bolero y recordado aquellos patios florecidos cuando el mundo todavía era de juegos y cuadernos de tareas. Y no sé por qué Flor de azálea me sigue pareciendo una canción de una dulce tristeza.

 

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Elsa Aguirre, actriz  mexicana, musa del bolero Flor de azálea.

Fisonomías de la imaginación

(Caras y caretas desde la adultez hasta la infancia y viceversa)

 

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Obra de Leonardo da Vinci

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En casa se hablaba de fisonomías —y la casa pueden ser muchas casas, pero casi siempre se refiere a la de infancia, y a una sola, más como representación, como símbolo, aunque hayan sido varias—. “Yo soy muy fisonomista”, se le escuchaba decir a mamá cuando pretendía análisis de personalidad del vecino, o del lechero, o del tendero, y de no sé cuánta gente y, según ella, era posible determinar quién era, cómo pensaba, que demonios llevaba adentro, de acuerdo con la conformación de la frente, la nariz, algún rictus de los labios, la cumbamba… Era divertido. Muy fisonomista ella. Y así, seguro, nos examinaba y, aunque no lo llegué a saber, de pronto hasta era capaz de adivinar qué había hecho cada uno de sus tres hijos por la noche, antes de dormirse. Tal vez por eso, nos miraba temprano, con minuciosa atención, y a lo mejor pensaba que “este muchacho estuvo dedicado toda la noche a los malos pensamientos”.

 

Después, en los libros que íbamos descubriendo, había descripciones de rostros, muy meticulosas, fotográficas, retratos de palabras que transmitían toda una emoción y un acercamiento para que imagináramos, cada lector a su gusto, cómo eran esas fisonomías. Pasaba sobre todo en la literatura del siglo XIX, tan detalladora y descriptiva. Para seguir con lo de la casa, a papá, tal vez en contravía de las apreciaciones de mamá, le daba por establecer acerca de las caras de los santos que mamá acumulaba, en una iconografía escabrosa y más bien aterradora en paredes de cuartos y en la cocina, las perversiones que cada uno tenía. De san Expedito opinaba que, con certeza, había sido un mariconazo. Lo mismo de san Benito y san Ambrosio. A san Martín lo salvó, lo mismo que a san Pedro Claver, a los que le atribuyó, según sus apreciaciones, ser varones a carta cabal. No se salvaron ni el corazón de Jesús, uno que había en la sala, con un incendiado rostro que parecía con colorete y labial, ni otros cuadritos sobre agonías y purgatorios. Decía de las vírgenes que todas tenían la misma carita, y que no pasaban de ser pura apariencia. “Esconden alguna maldad”, apuntaba entre risas.

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San Expedito

 

Así que la fisonomía y sus atributos estuvieron en boga durante años en casa. Y era tanta la habladera al respecto, que a uno se le fue pegando y cuando estaba en la calle observaba las caras de los transeúntes, o de las señoras que iban a la tienda, y también la del tendero, la del carnicero, la de los vendedores de bastimento de la plaza de mercado. Creo que fue un ejercicio interesante de imaginación. Nada científico, claro. Pero que tenía sus atracciones. Las trasladamos después a los caminados. Y especulábamos sobre cómo sería cada viandante de acuerdo con su manera de transitar, de mover los brazos, si tenía los pies rectos o torcidos, hacia adentro, hacia afuera, en fin, era una simpática manera de perder el tiempo.

 

Seguro se trataba de la influencia del lombrosianismo decimonónico, que conectaba los comportamientos, en particular los agresivos, con las características del rostro, un determinismo absurdo y, si se quiere, ramplón. Sin embargo, había en esas visiones que estaban más del lado de lo fantástico que de la ciencia, aunque la ciencia tiene mucho de fantasía, asuntos como los que decían que si un hombre tiene cara más ancha que alta es un tipo tramposo y agresivo, o de ser cuadrada revestía un atractivo para las damas y bobadas parecidas, que llegaron en un momento a ser peligrosas en la sociedad, porque se supo de rechazos a aspirantes a un empleo por su frente amplia, o porque tenían determinados rasgos faciales, y hubo estigmas y discriminaciones. Lo de la casa era más un juego.

 

Un ejercicio que puse alguna vez en un seminario de literatura tenía que ver con las fisonomías. Cómo era la cara del Quijote y cómo la de Sancho, o cómo era el rostro de Jean Valjean y en qué se diferenciaba, por ejemplo, del de Thenardier o el de Javert. Se pueden dibujar los rostros de Madame Bovary y Ana Karenina; los de Úrsula Iguarán y Fermina Daza; los de Séptimus y Leopoldo Bloom… A veces imagino las fisionomías de Francisco de Asís y la de Zorba, o más aún, las del Libertador e incluso la del Cristo, tan desvirtuada casi siempre, tan kitsch y pintarrajeada. En cualquier caso, se puede apreciar en la cara quién es el que más ríe y quién el más amargado; el que ha sufrido persecuciones y el maltratado por la sociedad. Es como si fuera un receptáculo de las alegrías y los sufrires.

 

Y todo esto para decir que, hace poco, en una de mis peregrinaciones urbanas, me dio por mirar caras de gente vieja, más que todo de hombres de más de cincuenta o sesenta años y aún de mayor edad, y cómo serían de jóvenes (también el ejercicio se puede hacer al contrario). Es un divertimento y otro modo de darle trabajo a la imaginación, aquella facultad que no sé ya en qué siglo llamaron “la loca de la casa”. ¿Qué tanto de las facciones de infancia se conservan? ¿Cambia la nariz? Creo que lo que más prevalece es la mirada. Uno puede reconocer a alguien que no ve hace muchos años solo por la manera de mirar, así sus ojos estén ya vidriosos. Es, me parece, una señal particular de larga duración.

 

Inicié por Ayacucho, mientras ascendía desde la carrera Nariño hasta Suiza. De frente venía un hombre de andar sereno y daba la impresión de estar atravesado por alguna dificultad, según su cara de arrugas en el entrecejo y dos que le atravesaban la frente. Lo visualicé en un tiempo muy atrás, la piel menos quemada, limpia, con la energía en la mirada. Le armé rápido la que pudo ser su cara de ocho años, cuando iba el muchacho a la escuela, con cuadernos nuevos y la sonrisa antes de entrar al salón. Lo abandoné porque, detrás de este, andaba otro, de unos sesenta años, con actitud contenta, la nariz aguileña, los ojos más separados de lo normal si es que hay una “normalidad” en esa distancia. Estaba bien afeitado y de inmediato lo imaginé a los siete años, una cara limpia y de bien alimentado, ojos brillantes y la picardía en una risita del que acaba de hacer una pilatuna a sus compañeros de escuela.

 

Y así, hasta pasar por la estación Buenos Aires del tranvía y llegar a la acera del café Sol de Oriente. Me topé dos o tres viejos, a los que rejuvenecí en cuestión de segundos, les hice un flashback y los encontré radiantes, sin preocupaciones, y con una energía nueva, la vida apenas abriéndose hacia un futuro que estaba lejano. Y fue ahí, cuando reconocí en el aviso del viejo café, de ese café que en otro tiempo tenía billares y muchas iconografías de cantantes de tango y futbolistas y ahora es solo una decadente y reducida cantinita que da grima, caras de gente que ya no está y que alguna vez vi o detrás del mostrador o repartidas en las numerosas mesas, entre botellas y copas. Reconocí el tiempo como un juzgador inexorable, inflexible.

 

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A la vuelta, cuando sin requerimientos quirúrgicos ya había retornado a la niñez a no sé cuánta gente, me dije que el próximo ejercicio estaría hecho para envejecer a los jóvenes. Y me gustaría hacerlo con muchachas, las mismas que, con su belleza reciente, no imaginan cómo serán en cuarenta años o más. Tuve la impresión fugaz de que el tiempo andaba más acelerado que antes y que esas chicas envejecerían más rápido de lo que, por ejemplo, envejeció mamá, tan preocupada en otras épocas por decir que ella era una gran fisonomista, y que por esa condición se daba cuenta de quién era buena gente y quién no. Tenía introyectado, sin saberlo, a Cesare Lombroso, cuyas teorías tanto daño hicieron, sobre todo a los más feítos y mal parados que cuando había unos detectives municipales y otros agentes malucos les daba por detener a negritos, a desgualetados y carianchos por “sospecha”.

 

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Retrato de Miguel de Cervantes

 

Tornemos a la literatura. Cervantes, como es fama, fue un fisonomista de sí mismo, como bien lo muestra en su prólogo a las Novelas ejemplares: Este que véis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y esos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha…”.

 

Todas estas caras y caretas vinieron así, sorpresivas, en una caminata, en la que, sin proponérmelo, evoqué los días y la casa (o casas) de infancia, donde una mujer de rostro blanco con mejillas sonrosadas, nariz recta y proporcionada, ojos carmelitas, cabello rubio, cara redondeada con boca pequeña, y una voz embrujadora que lucía sobre todo cuando cantaba, nos habló de fisonomías y fisonomistas. Y, sin saberlo, nos estaba dando nutritivas recetas para alimentar la imaginación.

 

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Marilyn Monroe vista por Andy Warhol

Perfidia y sus acordes enamoradores

Canciones de otros días (1)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

El bolero Perfidia, de Alberto Domínguez, llegó una tarde en un caserón del barrio El Pedregal, de Copacabana. Afuera, había gardenias y no recuerdo qué otras flores. Adentro, en una sala, sentado sobre su silla de ruedas, don Alfonso Hernández, nuestro profesor de guitarra, nos dijo a Roberto Arismendi y a mí que nos enseñaría los acordes. Comenzó a tocarla y con su voz un tanto cascada la iba cantando: “Nadie comprende lo que sufro yo / Canto… Pues ya no puedo sollozar / Solo…Temblando de ansiedad estoy / Todos…Me miran y se van” … El profesor entrecerraba los ojos y luego, tras una breve pausa, comenzó a desgranar acordes. Me gustaron mucho. Era como si una puerta invisible se abriera para mostrar un mundo inesperado. Me pareció que lo mejor de esa composición era el acompañamiento, rítmico, seductor, que iba trasladándose por la guitarra, Do, La m, Re m, séptima de Sol, y de pronto la letra otra vez: “Mujer… Si puedes tú con Dios hablar / Pregúntale si yo alguna vez / Te he dejado de adorar / Al mar / Espejo de mi corazón / Las veces que me ha visto llorar / La perfidia de tu amor”.

 

Yo apenas miraba el paso de los dedos del guitarrista y luego observaba su modo de interpretación, él siempre con los ojos entrecerrados, y como si estuviera abrazando la guitarra, que me pareció por momentos que era una mujer. Llegaba el instante de ensayarla nosotros, sin el profesor. Nos decía dónde cambiar, cómo arpegiar, como tocar los bajos, y así nos deslizábamos por los trastes. Era un momento de concentración y gusto. En efecto, sentía uno como una reencarnación romántica, como si estuviera bajo un balcón en plena serenata, la luna con su lumbre en el asfalto, sobre la acera y una muchacha en lo alto asomándose por entre las cortinas temblorosas de viento y expectativa.

 

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Perfidia, un bolero de Alberto Domínguez

 

Después, Roberto y yo la interpretábamos. Ya el ensayo era en la casa del compañero, por La Pedrera, en una casa cercana al río Medellín. Fue una de las canciones que incluimos en el repertorio breve de una serenata por el barrio María, a una muchacha que él pretendía y de la que no retengo su nombre. Salió bonita bajo un cielo estrellado y sin luna.

 

En una visita, de las pocas que ya entonces (tal vez año 72 o 73) hacía al abuelo, un señor zarco y que siempre ocultaba su calvicie con sombreros de fieltro, habitante de una vereda de Rionegro, toqué los acordes de Perfidia en una vieja guitarra que casi siempre vivía colgada de la pared de tapia, en uno de los cuartos. Cuando sonaron no solo mi abuelo Marcelino, que en su juventud era bohemio y llevador de serenatas con tiple, lira y guitarra, sino su mujer (la abuelastra), Maruja, mucho más joven que él, se encantaron con los sonidos. “Qué bonito suena”, dijo ella. La canté y ellos se embebieron con la pequeña historia en ritmo de bolero.

 

Luego, en reuniones de amigos, o de un club juvenil que teníamos en Copacabana, la canción de Domínguez era muy popular. En casa de los Zapatas, de los Díaz, de Estelita la hija de un comerciante en telas, y así, Perfidia por aquí y Perfidia más allá. Era pegajosa y, hay que decirlo, sonaba bonito entonces (quizá todavía): “Para qué quiero otros besos / Si tus labios no me quieren ya besar…”. No sé cuándo dejé de tocarla y cantarla. Hizo parte de un tiempo de búsquedas y encuentros (también de desencuentros).

 

A veces escucho alguna versión y vuelan las imágenes de días lejanos que, desde luego, no volverán. No sé cuántas versiones haya de ese bolero tan popular. Me suena por Los Panchos, por Nat King Cole, por Javier Solís, por Sarita Montiel, por Alfredo Sadel… Sin embargo, en el recuerdo está siempre la de don Alfonso, el profesor que una tarde nos llenó de entusiasmo con esos acordes que a veces resuenan en la distancia y en algún sueño extraviado en la mitad de la noche.

 

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“Mujer, mujer, si puedes tú con Dios hablar…”

Un río a la deriva

(El Aburrá o Medellín, una corriente sin caché y sin juglares)

 

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                                                  “Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar…”
                                                                    Jorge Manrique

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Una antigua imagen de infancia muestra al río de aguas todavía claras, junto a vegas tupidas de cañaverales. El bus-camión muy cerca de la orilla y la mirada del niño escudriñando el mundo, por el que había letreros de lugares para la diversión, extensiones de tierra amarilla y rojiza, calles en ascenso hacia las laderas y el vehículo de pasajeros atravesando el río por un puente y luego otra vez enderezando hacia el norte para llegar a un parque de dos iglesias, pocos almacenes y casas grandes alrededor.

 

El río ejercía entonces una suerte de atracción por su corriente, en tramos cortos muy rápida y en otros —los más— lenta, de serenidad de remanso. No recuerdo si había areneros, esos hombres de orilla que, con la piel al sol (o al agua) extraían material de playa, ni si los niños de viviendas cercanas, que eran pocas, hacían barquitos de papel para que navegaran en esa corriente que todavía atraía por sus músicas sin pretensiones y el vuelo de aves blancas casi a ras de sus aguas.

 

En todo caso en ese río, que se estaba muriendo porque ya no tenía meandros, ni radas, ni curvas, ya no provocaba, como en las quebradas, tirarse en él para sentir el placer de una caricia mojada. La imagen más vieja, digo, era la de los cañaverales, de los mismos que en sus hojas con pelusa albergaban saltamontes y de sus tallos se extraían las varillas maravillosas para confeccionar el liviano esqueleto de las cometas.

 

De tanto verlo, el río se tornó invisible y quizá por eso no nos dimos cuenta de su muerte, de su turbiedad, de los trabajadores “entamborándolo”, de las oquedades o conductos que se abrían en el cemento inclinado y por el que brotaban aguas negras y toda la porquería de la ciudad. Y así se oscureció, sus aguas de pronto opacas, sucias, malolientes, provocaron arcadas y en tiempos de soles intensos su asqueroso hedor se sentía en los buses y supongo que en el tren que todavía se desplazaba a sus orillas, dejando con sus locomotoras de leyenda una estela negra de carbones en agonía.

 

El rio que atraviesa el vallecito, el que antes de la llegada de barbudos y tipos con yelmos y espadas vieron los aburráes o los que junto a él, más bien en altozanos, habitaban y lo tenían (y temían) como una corriente vital que los conectaba con las voces de deidades orilleras. Los indios atisbadores y previsivos se alejaron de él porque sus aguas eran rebeldes en los tiempos lluviosos y arrasaban con lo que junto a él estuviera. Lo amaron, lo adoraron, le tejieron alguna oración como lo hacían con los hilos para sus mantas y cobertores, o con el fuego, o con el aire. Con la tierra.

 

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¿Dónde fueron las ninfas y las náyades? ¿Y dónde sus peces muertos? Foto de Melitón Rodríguez

 

Ese río de claridades en días remotos se convirtió en un muerto largo cuando emergieron las chimeneas, las trilladoras, las fundiciones, cuando arribaron los telares y el vallecito se pobló de trabajos y afanes y la ciudad principal se colmó de peregrinos de todos los puntos cardinales. Y cuando el primer escritor de tiempo completo que hubo por estos andurriales industrializados, el que venía de Santo Domingo y le ganó de mano a quienes decían que esta tierra de comercios y oros no era para novelarla, le dedicó unas líneas al río, todavía este vivía. Y lo primero que dijo el cronista sobre esa corriente que aún respiraba con branquias y pájaros fue: “no tiene leyendas como el Rhin, ni sacros misterios como el Ganges”; y avizoró que después, cuando ya nadie se interesara en su discurrir, sería peor.

 

Si en sus tiempos bellos nadie, ningún vate, ningún cantor, recalcó sus dotes, ya putrefacto serían menos las posibilidades de poetizarlo. “Genios y ondinas desdeñaron sus aguas; ningún poeta le ha dedicado una estrofa” ni ha sido objeto de leyendas, supersticiones, ni habitación de duendes burlones ni de cantos de sirena (o, sí, las que tras la alborada del siglo xx, para la convocatoria de los obreros, para los cambios de turno, le brindaron las de las fábricas); un río despojado de encantos y de memoria.

 

Por sus aguas diáfanas de los inicios y del lento decurso de la villa no se deslizaron naves ni se atrevió ningún pirata. Un río de olvidos. Uno carente de musas. Río sin inspiración. Y así, cuando lo mató la civilización, sufrió aún más un exilio del corazón. Apenas era una referencia para decir que, al otro lado, hacia occidente, quedaba la Otrabanda, la que por tantos años era no solo tan lejana de la plaza mayor, sino extramuro inhabitable, región de ciénagas y pantanos, de zancudos y misterios.

 

Nadie le inventó una mentira, ni le creó una mitología, ni le concedió siquiera una manera de ser digno de un suicidio memorable. No como en el Sena, donde tantos, poetas y desconocidos, han decidido cortar sus relaciones con la vida. Ni siquiera tuvo el carácter de fuente poderosa que, como el salto del Tequendama, hipnotizara a los que se habían cansado de existir y decidían volar en la caída prodigiosa que varios cronistas judiciales elevaron a insuperable fuente de información.

 

El río Medellín, el antiguo Aburrá, el que más abajo cuando busca el mar al que jamás llegará con sus aguas sin historia, se llama Porce y Nechí, ha sufrido el desprecio de los artistas, de los juglares, de quienes ricos en imaginación no se dignaron otorgarle una pizca de su creatividad, y aun de los habitantes sin pretensiones de bardos o troveros. Ni siquiera los puentes, como el diseñado por Enrique Haeusler, en donde el último fusilado de la ciudad vio el ocaso definitivo, le han dado categoría de río fundador. Es más, son más célebres los puentes que la corriente que cruzan.

 

Es una corriente sin náyades, sin espíritus acuáticos, sin peces agoreros, sin siquiera la condición de sátiro tropical de un mohán. Va y va, pero nadie se bañaría dos veces en ese río. No convocaría a ningún griego antiguo a mirarse en sus turbias aguas. Solo vería oscuridad. Ni siquiera es un río del tiempo, nada de novela, nada de relatos, o puede que sí, pero más en la tónica de narrar la trayectoria del cadáver de algún asesinado o de la señora arrastrada primero por el torrente de una quebrada y cuyo cuerpo derivó en el río. Un río sin balsas doradas ni con un barquero a lo Caronte que nos conduzca al inframundo con sus arcanos indescifrables.

 

Este río del olvido, sin músicas sinfónicas como el que pasa por Praga, y sin narrativas y valses como el Danubio, es, con todo, nuestro río. Es aquel que salió del anonimato cuando diciembre lo atravesó con bombillas navideñas y guirnaldas eléctricas, y tornó al anonimato en enero, cuando ni siquiera los reyes magos le regalaron un calcetín con bombones. Le han faltado guitarras y la melodiosa voz de alguna contralto. Es más, es un muerto sin responsos.

 

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El río del olvido y las desolaciones. Foto Gabriel Carvajal.

 

Ya es un río sin serpenteos. Aunque, en otras épocas, cuando aún se creía en Santos Inocentes, se decía que un barco enorme, como salido de una narración extraordinaria de Poe o de Melville, había encallado en su cauce sin abolengo. Carrasca, en su crónica, tuvo la esperanza de una canción: “Mas nunca faltarán en tus riberas ni poesía ni hermosura: que por mucho que te dañen la simetría y el confort urbanizadores, nunca podrán avasallar del todo el desgaire armonioso de tu gentil naturaleza”.

 

Creo que el pronóstico no se cumplió. Al río Medellín lo avasallaron con excrementos y otras contaminaciones. Algún día, cansado y triste, puede ser que se devuelva a su origen y se seque para siempre.

 

18-X-2019

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Río Medellín, un río muerto entre una “civilización” que lo olvidó.

Barrio con murga y eucaliptos

(Memoria con avioneta estrellada, voyerismo y un muchacho atropellado)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Había un sendero sombreado de eucaliptos. Perfumaban por las mañanas cuando, sintiendo los pasos sobre el rocío en la hierba, uno iba a un colegio a orillas de la autopista norte, que tenía, en su antejardín sin matas, el busto de un redentor de cemento y una torrecilla inclinada, de piedras, que a veces algunos muchachos intentaban enderezar. “Qué tontos son”, decía el director del establecimiento. “Si es la réplica criolla de la torre de Pisa”, agregaba con sorna.

 

En ocasiones, los eucaliptos susurraban como si transportaran historias aéreas desde muy lejos. Por donde la gente discurría había hojas secas y a su paso sonaban como si el mundo se estuviera resquebrajando. El barrio, con una iglesia estilo ramada, sin pretensiones de monumentalidad, estaba en una loma leve. Las calles (asfaltadas a diferencia de las de algunos barrios) se adornaban con antejardines. Las casas, casi todas muy parecidas, dado que había sido construido para trabajadores de una textilera, eran de fachadas bonitas y teja española. Cercano y casi circundándolo, había potreros extensos y arbustos. Solo los eucaliptos eran los dominadores en el paisaje próximo. Sobresalían.

 

Muy cerca del barrio pasaba (todavía lo hace, solo que ya está muerta) la quebrada El Hato. Había dos canchas de fútbol, más o menos en las inmediaciones, en las que siempre, los fines de semana, había partidos de torneos barriales y de la liga local. Había una escuela y un colegio de cristiandades. Era un sector simpático, en el que los sábados se ofrecían clases de danzas folclóricas y se repartían, desde la parroquia, mercados de caridad para algunos “pobres vergonzantes”.

 

Una noche, mientras estudiaba una composición de español y literatura, escuché las voces de unos muchachos que canturreaban La murga (“vamos a bailar la murga, la murga de Panamá”) acompañados de una guitarra. No solo me sobresaltó, sino que tuve ganas de salir a observarlos, porque les sonaba bien la canción. Era una pieza reciente que ya había volado por encima de los eucaliptos y por muchos mapas, de Willy Colón y Héctor Lavoe, como supe después. La composición que estudiaba era un análisis propio de la novela La mala hora, de García Márquez.

 

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La casa donde habitaba, con una fachada simple, una puerta ordinaria y sin ventanas, tenía una sala amplia y dos cuartos. Un patio encementado y una cocina con poyo y una poceta. Aquella estrechura nos hacía añorar otras donde habíamos vivido, enormes y con solar. No recuerdo si era embaldosada, creo que no. Tenía, eso sí, una atracción. Por el patio, en las paredes de ladrillo sin revoque, había un orificio que daba a otro, el de los vecinos, donde había tres muchachas. Se bañaban con “agua tirada” y uno podía ver una película doméstica con actrices sensuales, morenas, frescas, a través de esa mágica oquedad, propicia para el voyerismo.

 

 

Al frente, en una casa con antejardín sembrado de heliconias, vivía una dama rubia y cacheticolorada, ya entrada en años, llamada Amelia, y otras personas de las cuales no recuerdo sus nombres. Y a continuación, un señor jubilado de empresa textilera (don Próspero), su mujer (doña Maruja) y el hijo, Álvaro, que me parece ya estaba en la universidad. Había otros vecinos que casi ni se veían en la calle y por ahí, en las mañanas, pasaban peladas de colegio y trabajadores de fábricas.

 

Amelia a veces nos decía a mí y a un hermano que le lleváramos cartas a San Cristóbal, donde había un policía que ella decía que era su novio. Nos daba los pasajes y sus ojos brillaban al hacerlo. Después, al regreso, mostraba ansiedades y preguntaba acerca de su amor lejano, porque entonces todo quedaba más bien retirado. Entonces era un barrio aislado. Lindaba con las enormes instalaciones de una fábrica y mucho más lejos estaban el manicomio y un instituto para ciegos y sordomudos.

 

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En una novela le puse el nombre de Santa Ana de los Eucaliptos…

 

Como un asunto extraño, no hice amigos y tuve la idea de ser siempre por allí un forastero. Nos miraban raro por no ser propietarios de la casa. Solo éramos inquilinos, una condición que parecía menospreciarse. El dueño de la casa era un cura. En ese barrio, llamado Santa Ana, nunca vi partidos de fútbol callejero. Quizá porque muy próximas estaban las canchas y, por lo demás, abundaban las mangas.

 

A veces, cuando me asomaba a la puerta, veía pasar muchachos con un balón. No me saludaban ni yo a ellos. No sé adónde iban a jugar. Un día se regó una noticia triste: uno de esos muchachos había sido atropellado por un bus en la autopista, porque el balón, mientras tecniqueaban, saltó a la vía y él, según se rumoró, por “salvarlo”, se atravesó. Se escucharon llantos y no me di cuenta cómo transcurrió el velorio y el entierro.

 

Junto al barrio también había una enorme finca, llamada Salento, en la que, antes de vivir allí, en Santa Ana, ya habíamos incursionado con amigotes para asaltar los palos de mango. Lázaro, el mayordomo, era tan bravo, como los perros que nos soltaba cuando nos sorprendía. Nunca pudieron alcanzarnos. A veces, la aventura terminaba con las frutas regadas y sin botín.

 

Una mañana, cuando me disponía a salir para el colegio, sentí el motor de un avión. Era ronco y lo sentía encima de mi cabeza. Mis hermanos ya se habían ido a estudiar. Era un sonido anormal y desesperante. Sentí el batacazo. “Huy, se estrelló”, me dije y al mismo tiempo salí corriendo hacia la manga. Cuando llegué, ya había dos o tres señores muy cerca al aparato despedazado. Olía a gasolina. Llegaron más personas y armaron una especie de acordonamiento. Se oyeron gritos de “¡va a estallar!”, aléjense”. No sé cuántos muertos hubo. En todo caso, los ocupantes de la avioneta no sobrevivieron.

Parecían peregrinos agradecidos por algún milagro

El accidente atrajo curiosos de todas partes. Por la calle de mi casa ese día (además no fui a estudiar) desfilaron noveleros de cerca y de lejos. Vi pasar a algunos compañeros de colegio que vivían en Niquía y en Zamora. Se acabó la mañana y la gente afloraba. Se terminó la tarde, y el tumulto crecía. Parecían peregrinos agradecidos por algún milagro. La romería terminó con las primeras sombras nocturnas. Después, y no sé por cuánto tiempo, siguieron llegando fisgones. Se dijo que hubo quién se llevó fragmentos de la aeronave, algún tornillo, quién sabe, como agüero o tal vez como un insólito suvenir.

 

En aquel barrio, al que después en una novela le puse el nombre de Santa Ana de los Eucaliptos, vivimos tal vez nueve meses. Cuando nos fuimos, no extrañé muchas cosas. Solo las asomadas mañaneras por un cinematográfico hueco en la pared y las pisadas de las hojas muertas de aquellas coníferas descomunales. Ni siquiera a la señorita Amelia, que a veces nos pasaba postres de leche y arepas recién asadas.

 

Durante un tiempo soñé con el motor de una avioneta que se precipitaba a tierra y con el llanto de señoras que se lamentaban por un muchacho atropellado en la autopista.

 

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Había un bosque de eucaliptos y por ahí discurríamos hacia el colegio…

Las faldas a cuadros de las colegialas

(Historia con uniformes escolares y menciones a algún antiguo burdel)

 

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Los uniformes escolares se fueron modernizando. La faldita subió centímetros.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Llegaban hasta más abajo de la rodilla y las medias subían hasta la pantorrilla, no dejaban nada que pudiera ser tentador para la vista ansiosa de los muchachos. Las faldas de los uniformes de colegiala tenían, algunas, unos pliegues (faldas plisadas) que el viento removía y tornaba en vuelos el caminado con maletita incluida de libros y colores y lapiceros, en asfaltos que sonreían al paso de las estudiantes.

 

Las del colegio de monjas iban vestidas de falda azul oscuro, de paño, blusa blanca. Las hacían ver muy recatadas y tal vez les conferían una apariencia no tan de niñas en flor. Más bien, como si fueran señoras a escala, como una maqueta de sus madres o tías, que hacia allá marchaban, a ser mujeres de hogar, muy domésticas y encerradas en cuatro paredes, sin saber ni siquiera lo suficiente acerca de las atracciones mundanas. Y así, tal vez sin pensar mucho a nada en futuros, las niñas del colegio iban muy bien bañadas y sin un asomo de afeites, nada de pestañinas ni coloretes. Al natural.

 

Los zapatos colegiales, negros, de cordones, con medias blancas, que ni riesgos de ir a mostrar jamás talones ni tobillos. Pecado sería. Así como jamás podían usar la manga sisa, que había uniformes con blusas manga-larga, muy blancas, almidonadas, rígidas, nada cómodas. Así era.

 

Las de los colegios religiosos, también algunas de escuelas públicas, llevaban la falda fondo entero. Unas, como aquellas que se paseaban después de la jornada por las céntricas calles, eran de falda azul celeste y blusa blanca, medias blancas, y las de los conventuales colegios de madres y monjas llevaban las medias azul noche.

 

No sé cuándo las colegialas comenzaron a vestir aquellas faldas a cuadros, casi siempre rojinegros, que les dieron otro caminado y apariencia, todavía con reservas, porque en todo caso las rodillas no se podían exhibir. Tal vez obedeció a las nuevas telas y géneros de las fábricas de textiles que ya tenían en la mira vestir con sus algodones y tejidos a las niñas de clases altas y bajas. Nada de pensar que hubiera en alguna colegiala una Lolita, como la de una novela de los años cincuenta que, pese a prohibiciones, circulaba en la ciudad.

 

Las faldas de cuadritos llenaron el paisaje urbano. Las del instituto femenino, las del colegio de dominicas, las muy inmaculadas y virginales de otros establecimientos, tenían en sus uniformes una manera de adornar la salida y entrada de aquellos, los patios de recreo, los salones, y por esos días, en que ya la minifalda era un escándalo mundial y una atracción ineludible en el profano ejercicio de vestir muchachas, las de los colegios seguían siendo largas, así fuesen de cuadritos o fondo entero, plisadas o lisas.

 

A los cuadritos rojos y negros (o rojos y azul turquí) los fueron reemplazando, aunque no en tan vasta proporción, unos verdes y oscuros. Eran, sin embargo, más atrayentes los que evocaban los de una novela francesa. El rojo, así no fuera tan encendido, ni diera las tonalidades del escarlata, era más sensual y poético. Más vivo y audaz. El verdoso con negro era casi una muestra de santidades sin gracia. Así que en la memoria y en los registros fotográficos de otro tiempo las faldas a cuadritos rojos de las colegialas se erigieron en un símbolo alegre de la caminata hacia el aprendizaje, del vuelo hacia el vergel de la sabiduría.

 

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Esos uniformes parece que alguna vez tuvieron en la ciudad una atracción casi fatal, porque, se supo con fruición y movimientos raros de lenguas (no tan viperinas) que hubo varios burdeles bautizados como El colegio, en las que las madamas mandaban a confeccionar uniformes de colegiala para vestir a sus majestuosas y provocativas muchachas. Eran irresistibles. Y, además, les encarecía la tarifa de servicios. Cuentan que ciertos clientes sucumbían ante tanto lubricidad y tentación incontenible. Una falda de cuadritos, como las de las colegialas de veras, era un alto modo de la seducción.

 

Hoy los uniformes de buena cantidad de colegios femeninos siguen al uso con sus faldas cuadriculadas, casi siempre rojinegras, que también, según dicen dantescos especialistas, son los colores del infierno, un lugar que sin tanta alharaca ofrece diversidad de placeres a la carta como los antiguos prostíbulos que en tiempos de más gloria hubo en la ciudad. Ah, claro, esas falditas siguen produciendo un frufrú que recuerda al de las muchachas de hace años en su fresco rumbo a las aulas escolares.

 

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