Los alumbrados y otras estrellas

(Crónica decembrina con festones de barrio y un coro de villancicos)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Desde aquel diciembre de 1967, cuando el parque Bolívar, Junín y La Playa se poblaron—en sus árboles de pájaros luminosos del anochecer— con bombillos de colores, la ciudad comenzó a ser otra en las navidades. El alumbrado público decembrino se nos vino entonces como un modo de nuevas sociabilidades y otras maneras de caminar las calles.

 

Por esos mismos días, en Bello, las fábricas de Fabricato y Pantex, arrumaban en sus mallas que daban a la autopista norte centenares de bombillas, velas y estrellas, que, con el tiempo, se volvieron romería de curiosos que se dejaban obnubilar por aquellos deslumbres. Tras las primeras crisis de los textiles, desaparecieron los bombillitos.

 

Y así, cuando Medellín estaba atiborrada de empresas de todo tipo, de telas, de bebidas, de alimentos, de hilanderías, de embutidos, las calendas de fin de año eran una posibilidad para la decoración, como una suerte de sana competencia entre las factorías a ver cuál alumbraba más y mejor sus exteriores.

 

A los luminosos avisos de neón de los almacenes, se sumaron entonces las decoraciones de vitrinas, las de las fachadas y ventanales. Y diciembre se hizo ornamentación en los barrios y la imaginación comenzó a trabajar para buscar las mejores maneras de acoger al último mes del año. De tal modo, que en los barrios populares los festones y las guirnaldas callejeras, a guisa de pasacalles, trasformaron el paisaje cotidiano.

 

En algunos lugares, los periódicos viejos se aprovechaban como insumo para banderines, atados con pitas o cuerdas sintéticas, para colgarlos de lado a lado. Y se hacían convites a fines de noviembre para enlucir las cuadras, porque diciembre no podía pasar en vano, sin las confecciones de globos y de decorados sencillos, pero hechos con entusiasmo y creatividad.

 

Era una ocasión para reconocer el vecindario, para la conversación y los proyectos de comunidad. El barrio era una fiesta, con los bombillos colgantes, con las cintas y otros accesorios, todos colocados con primor en puertas y frentes de las casas. Era como si estuvieran en una fulgurante carrera con los de otros sectores, y así, los de Manrique querían superar a los de Campo Valdés, y estos a los de Aranjuez. En fin.

 

La noche de las velitas era, quizá, la más bella fiesta de diciembre, con los faroles, las candelas, los colgandejos fosforescentes y la muchachada en las aceras. Los niños, con certeza, estaban imaginando cuál sería el regalo del Niño Jesús, mientras los adultos aprovechaban para compartir con el vecino un trago o unas frituras. Era una ocasión particular para prender los equipos de sonido con las canciones de Guillermo Buitrago, que era una especie de insignia de las celebraciones de fin de año.

 

Tal vez cuando en lo público todavía no estaban las bombillas navideñas, la “diciembredad” era una conexión de la familia y las amistades. Tal como lo recordaba, en una de sus crónicas, Sofía Ospina de Navarro: “Siempre ha sido el mes de diciembre motivo de las más gratas reuniones familiares entre los antioqueños. En cada casa —así sea de menguadas posibilidades económicas— en los días navideños amanece la familia en plan festivo, y se saborean, en un encantador compañerismo, los platos tradicionales”.

 

Con el aumento de los alumbrados, que se ensancharon hasta el río Medellín, que casi siempre ha estado a la espalda de los habitantes de la villa, diciembre cobró nuevas perspectivas, no solo para los andadores, sino para los negocios de comestibles y suvenires. A la bombillería y las formas de decoraciones, se le sumaron los rebusques populares.

 

La ciudad se fue convirtiendo, de a poco, en una de las más importantes y asombrosas en la iluminación navideña. Hasta llegar a estar, según un top de la National Geographic, entre “las diez ciudades del mundo más sorprendentes para rememorar la Navidad”. La única vez que en las calles céntricas no hubo alumbrado fue en el gobierno de César Gaviria, por la crisis energética y el apagón que sufrió el país.

 

Diciembre se ha ido regando, con sus fastos y vistosidades, por las barriadas que, si bien ya no tienen aquellos festones de viejos tiempos, sí hay en buena parte de ellas la alegría de las instalaciones luminosas. Y las mismas, con distintas disposiciones y diseños, se aferran de los árboles de parques como el de El Poblado, Aranjuez, Boston, La Milagrosa, y en avenidas como Carabobo y la 70.

 

Las iglesias todavía se visten de diciembre y adornan sus frontis y atrios. Hay una transformación del ambiente y el paisaje durante un mes de bailes y evocaciones. Y vuelven a sonar viejas piezas musicales, como La cinta verde, Navidad de los pobres, La víspera de año nuevo y Faltan cinco pa’ las doce.

 

Las convocatorias a entonar la novena de aguinaldo, aunque ya no tiene, como hace años, el sonido de los cascabeles de tapas de gaseosas, sí están presentes en empresas, en el centro y en los barrios. “Ven a nuestras almas, ven no tardes tanto”, así como las “tutainas” y otros villancicos venezolanos, colombianos, europeos, estadounidenses, en fin, se corean por doquier, en medio de las expectativas de los niños.

 

Más allá del consumismo, que lo ha invadido todo, diciembre todavía tiene rastros de los días en que, en medio de la sencillez e incluso de ciertas carencias, el tiempo y el espacio se transformaban con la presencia de nuevos olores, sabores y sueños infantiles.

 

Las luces de fin de año invitan a observar la ciudad de otra forma, a recorrerla con pasos de descubrimiento. Tal vez, en una de esas exploraciones, se encuentre con “el camino que lleva a Belén” y puede que, en el cielo citadino, se tope con los tres reyes magos o las tres Marías, como les decían las mamás a esas “luces” que hacen parte de la constelación de Orión.

 

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Avenida La Playa, Medellín.

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Tres almacenes de la nostalgia

(Crónica de una revolución comercial en Medellín, con los almacenes Tía,  Caravana y Ley)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Los tres, en aquellos tiempos de ciudad parroquial y lenta, quedaban en la misma parte: en Pichincha con Carabobo, en el viejo Guayaquil, el mismo de los trenes, la plaza de mercado, las cacharrerías y los cafetines, y de uno que otro ladrón irredento. El Tía, el Caravana y el Ley, tres almacenes por departamentos, toda una novedad en Medellín, cuando ni siquiera se hablaba de hipermercados ni de grandes superficies.

 

Dos de ellos, eran de pura cepa antioqueña. El otro, el que uno creía que por su nombre se trataba de una pariente desconocida que había puesto negocio, tenía raíces checoslovacas. Los tres revolucionaron el comercio de una ciudad nacida para el “cacharreo”, las transacciones y la consecución de plata.

 

El Ley, al frente de los otros dos, había sido una idea de Luis Eduardo Yepes, nacido en Copacabana a fines del siglo XIX y que, como a tantos paisas, le dio por irse a “aventuriar” a la costa y abrir en Barranquilla, en pleno carnaval, una tienda con venta de antifaces y fantasías. Era 1922, cuando ya en la lejana Praga, desde dos años antes, los socios Federico Deutsch y Kerel Steuer montaron un almacén que sería, después, el Tía (Tienda Internacional Americana). En 1940, cuando se tuvieron que volar de Europa por la agresión nazi, instalaron en Bogotá el primero Tía, de muchos que se regarían por Colombia. También por Argentina, Uruguay y Ecuador.

 

En Medellín, el Tía se instaló en la década del cuarenta, lo mismo que el Caravana, vecino del anterior. Casi todos los que de niños íbamos a esos almacenes, caminábamos de la mano de la mamá o de alguna tía y era toda una novedad entrar a unas tiendas —tan distintas a las de los barrios— en las que todo se conseguía de una vez.

 

Sí, las novedades eran múltiples: secciones de ropa, de alimentos, de carnes, de rancho, de promociones en góndolas, de juguetes, de granos, en fin. El Tía, con su aviso de pared, rojo con ribetes blancos y unas rayitas azules debajo del nombre, parecía más ordenado. El que sí produjo una revolución fue el Caravana, fundado por Víctor Orrego (Yolombó 1919-Medellín 2015), un contador que se dedicó de lleno al comercio y era todo un innovador en la publicidad y en la postura de un artefacto que, a partir de 1955, trastocaría las costumbres de la aldea fabril y comercial.

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Cuando Caravana tenía un año, estalló el Bogotazo (9 de abril de 1948), que repercutió en todo el país. Los saqueos no se hicieron esperar en Medellín. En el almacén, que luego tendrá un slogan muy vendedor (El gigante de los precios enanos), tras las incursiones de los oportunistas, quedaron zapatos “nonos”. Orrego, ni corto ni perezoso, puso cuñas radiales que decían que los que tuvieran un zapato rojo, sin par, podían ir al almacén por el otro, muy barato. Los zapatos impares y otras mercancías se vendieron a granel.

 

Después, cuando un circo llegó a inmediaciones de Guayaquil, el almacenista alquiló un tigre y lo puso en la vitrina. El desfile era interminable, pero no tanto como cuando paró en una de las vitrinas a una muchacha en vestido de baño. Los sermones y pulpitazos sacerdotales hicieron que la chica no durara mucho tiempo en la atrevida exhibición.

 

Y lo anunciado: en 1955 instaló unas escaleras eléctricas, las primeras que hubo en la ciudad. De todos los pueblos de Antioquia se hacían romerías para ir a Caravana a subir y bajar por eso que parecía extraído de un mundo irreal y fantástico. ¿Quién que ya tiene cincuenta o más años de edad, no gozó en esas gradas fascinantes?

 

Orrego fue un campeón del mercadeo y la publicidad. Ingenió los Lunes de ganga, con descuentos en los artículos que se encontraban en el piso; las Ventas relámpago, que duraban treinta minutos con mercancías a mitad de precio. La gente entraba por oleadas. El almacén era un ícono comercial de Guayaquil y el resto de la ciudad.

 

El Ley, que primero existió en la costa atlántica, en Bucaramanga, Bogotá, Cali y por último en Medellín, es una concepción que su dueño aprendió a fines de la década del veinte en Estados Unidos, donde viajó a observar ese tipo de almacenes por departamentos. En el de Medellín, donde todo el mundo “barequea”, escoge y pide rebajas, se instaló ese almacén de precios fijos, pero con la ventaja de tener de todo, como en botica.

 

Con diez secciones, el Ley de Medellín se convirtió en eje de esa empresa, hoy desaparecida. “En el Ley cuesta menos”, era uno de sus lemas publicitarios. Y, como gran atracción, cada departamento era atendido por “señoritas elegantes y bien parecidas”. Después, tuvo otro eslogan: “Ahorre tiempo y dinero visitando el Ley primero”.

 

Y esta crónica de comercio y ventas por departamentos, viene al caso por el reciente cierre del Tía en Colombia. Tras 77 años de estar en varias ciudades (el de Medellín se acabó hace tiempos), el Tía anunció el final de sus días, azotado por los tratados de libre comercio y la entrada infinita de productos chinos de contrabando, según dijo a los medios Luz Mary Sánchez, tesorera del Sindicato Nacional de Trabajadores del Tía. Quinientos cincuenta trabajadores se quedaron sin empleo.

 

Hubo un tiempo en que el Tía, el Ley y el Caravana, los tres en pleno corazón comercial de la ciudad, en la que, en sus alrededores, estaban almacenes como el Kilo, almacén Sin Nombre, el Éxito, El Mío y decenas más, aparte de las cacharrerías, como La Campana, se batieron como emblemas de “todo en la misma parte”, con precios fijos, pero con gangas periódicas.

 

Ninguno de los tres existe. Solo en el recuerdo y los imaginarios. En los tres hubo “escaperos” (ladrones de mercancías, que la esconden en su ropa y bolsos) y niños embelesados por un balón o un carro de juguete. Lo más seguro es que el tigre del Caravana esté muerto y la nadadora de la vitrina ya no tenga los atractivos que conmocionaron a los noveleros de la parroquia de entonces.

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En Colombia,  recientemente se extinguieron los almacenes Tía. Los tratados de libre comercio y el contrabando acabaron con el trabajo de más de quinientos empleados.

¿Qué es un barrio?

(Crónica con un tango, puntos cardinales y alguna esquina de la noche)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Quizá aquel tango de Eladia Blázquez, escuchado al desgaire alguna noche de cafetín, nos puso a los contertulios de mesa en alerta sobre los significados del barrio. “En esa infancia la templanza me forjó / después la vida mil caminos me tendió…”. Y, sí: la sombra de la vieja en el jardín, la fiesta de las cosas más sencillas y la gente que se fue. Eso es, o era, el barrio, en el que todos los puntos cardinales están delimitados con su melancolía de asfalto y su sentimiento de ladrillos.

 

Barrio con “planta de jazmín”, con “la paz en la gramilla” y las cosas que jamás volverán. Y ahí, escuchando El corazón (mirando) al sur, se armó una conversación acerca de lo vivido en esa geografía imprescindible —a veces, impredecible—, de calles, callejones y encrucijadas; de muchachas a las que todavía se les siente (claro, en la memoria) el frufrú de su falda; de las señoras con cara de chisme y colorete, camino a la tienda a ajustar mercados y solicitar fiados.

 

¿Qué es un barrio? La pregunta, con múltiples respuestas, se elevó sobre el humo y el olor a tinto, sobre los cuadritos de orquestas de tango y de vírgenes milagrosas y comenzó a flotar en el ambiente de vocinglería y copas entrechocadas. Es, se dijo, una especie de patria chica (“no, grande, muy grande”, también se escuchó), de intimidad entrañable que, se quiera o no, da carácter y produce historia personal.

 

Un barrio es un punto de partida. Una manera de ir creciendo, en medio de las aspiraciones y las colisiones contra la realidad; de ir de la mano de los otros. La denominada otredad es un vínculo en el barrio, una concepción cotidiana de vecino, de amigo, de compañero. Es la posibilidad del encuentro, del juego de pelota, de tirar las cartas sobre un tapete de cemento o encima de periódicos a modo de mantel.

 

Y la voz de Eladia proponía ampliaciones en la discusión, en la reflexión sobre el barrio, en una especie de metafísica que flotaba y se esparcía en el alma del cemento y del antejardín. Se paraba en una esquina del recuerdo: “La geografía de mi barrio llevo en mí, / será por eso que del todo no me fui: / la esquina, el almacén, el piberío… / los reconozco… son algo mío…”.

 

¿Qué es un barrio? Es, o era, la posibilidad de ver pasar a Teresa, a Francisca, a Margot, a la muchacha de uniforme azul celeste y blanco, al vendedor de caramelos. Es, o era, la multiformidad, la abundancia de voces, las bicicletas de trabajadores rumbo a la fábrica, la presencia de un cartero de buenas noticias o de desgracias. Es, tal vez ya no, la oportunidad de observar los ocasos, las siluetas de las chicas que iban a su casa tras una jornada de estudio, la sombra del mango en las aceras.

 

El barrio, eso se dijo, es (¿ya no?) una promesa de un amanecer con pájaros, al tiempo que se sentía en la calle el olor a jabón y a limpieza de los recién bañados, de los que llevaban camisas aplanchadas, y en la piel un perfume de levedades. Es una intersección de sentimentalidades, un cruce de saludos, las coordenadas de las manos en alto a modo de reconocimiento.

 

Quizá en el ambiente de mesas y taburetes, de música que parecía salir del fondo de la tierra, había una percepción romántica de aquello que daba la impresión de estar a punto de desaparecer. Y la daba, más que todo, el tango con voz de mujer: “Ahora sé que la distancia no es real / y me descubro en ese punto cardinal…”.

 

El intercambio de palabras, a veces trompicadas, se instalaba en algún rincón del alma. Una canción era la propiciadora de una imaginaria vuelta al barrio, al de todos, al de cada uno, en momentos en que todavía la esperanza de prolongación no se había perdido. Y aunque ya no existiera, el verso le daba vida: “la geografía de mi barrio llevo en mí”, como lo avizorara hace años un poeta de Alejandría.

 

Había tantos sures y tantos nortes. Había balcones con caras bonitas y matas de novio y azaleas. Estaba el alambre de ropas y el patio. Y un solar con rosas de la tarde. Y en alguna esquina de la noche, luces de neón y un traganíquel con voces metálicas. Así era el barrio. ¿Cuál? ¿El tuyo, el mío? Había lugares comunes. También diferenciaciones. Se parecían, eso sí, en el ejercicio sincero de los afectos.

 

“Nací en un barrio donde el lujo fue un albur, / por eso tengo el corazón mirando al sur”. O al occidente o hacia la montaña por donde sale el sol. Una melodía, una voz, una mesa de hablantes les iba dando forma a las diversas maneras de ser del barrio. Ya no importaba si mañana ese territorio real e imaginario se iba a extinguir. La clave, eso se dijo, radicaba en haberlo vivido.

 

Después, cuando la voz cantante se silenció, siguió flotando (¿flotando en el adiós?) la idea de un territorio entrañable y significativo que ha dado formas particulares de urbanismo y, más allá de la infraestructura, de relaciones afectivas y solidarias. El barrio trasciende lo catastral y se ubica en la zona de la cultura y la historia, de la memoria y la identidad.

 

Pudo haber sido el tango de Eladia el que suscitó la charla de café. En la mixtura de botellas y pocillos, de copas y palabras, continuaron los ecos de la canción: “volviendo a la niñez desde la luz / teniendo siempre el corazón mirando al sur”.

 

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“Florece en mi barrio”, pintura de José Muñoz.

 

 

 

La película de la revolución rusa

(Crónica con cineclub y la proyección de Octubre, de Serguei Eisenstein)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

A Octubre, una película de un ruso que primero estudió el Renacimiento italiano y luego se dejó picar por el mosquito del teatro, la vimos en noviembre, porque se trataba de conmemorar (o celebrar, según como se mire) los cien años de la Revolución Bolchevique, y los noventa de la aparición del filme de Serguei Eisenstein, que solo se pudo estrenar en 1928 y no, como se tenía previsto, para el primer decenio de la revolución de 1917.

 

En el pequeño espacio se acomodaron más de veinte espectadores para observar (muchos de ellos para volver a ver) una película con una carga simbólica tremenda, que muestra aspectos de la caída del régimen provisional de Kerenski, la llegada de Lenin a Rusia, recibido por una enorme manifestación de seguidores, que lo ovacionaron, y el desmoronamiento total del zarismo.

 

El cineclub Huellas de Cine, del Centro de Historia de Bello, programó la proyección, el 4 de noviembre, como una manera de revivir aspectos de un hecho que conmovió al mundo y se erigió como un hito de las revoluciones sociales y políticas.

 

Ver otra vez una película de los tiempos del cine silente, a la que Shostakovich le compuso a posteriori una música extraordinaria, era acercarse a una suerte de arqueología cinematográfica, y compenetrarse, en medio de las masas rusas, de los primeros planos, de las metáforas tan caras al gran director, con un acontecimiento de relieve. Octubre, que sufrió diversos cortes por la puja interna que se suscitó en la dirigencia revolucionaria, es, además de una efeméride, una muestra del talento de Einsenstein y de sus cualidades para el montaje.

 

La copia original, con 3.800 metros, fue amputada por la injerencia de los líderes bolcheviques. Al director le correspondió cercenar más de un kilómetro de película, porque había que excluir de todos los fotogramas la presencia de León Trotski, al que, además, el director quería hacerle una especie de reconocimiento.

 

Y aun con la “capada”, el filme logra momentos cumbre de emotividad y estética. Los espectadores de ese día, alentados además por la apropiada banda sonora, parecían hipnotizados por las imágenes en las que la masa (un concepto que se ha transformado en el siglo XX y en lo que va del presente) es protagonista. Sin ser quizá su mejor filme (El acorazado Potemkin (1925) es, para críticos y espectadores no tan norteamericanizados, la mejor película de todos los tiempos), Octubre es el testimonio de la sensibilidad y arte de Einsenstein.

 

Es una delicia visual. Un concierto de imágenes. Una orgía de expresiones fisonómicas mezcladas con cañonazos, manifestaciones populares y paralelismos simbólicos, como el de Kerenski con una imagen de Napoleón, o el de una gigantesca lámpara de araña del Palacio de Invierno, en pleno temblor, que sugiere la caída de los poderes zaristas y burgueses.

 

Así lo expresaron los espectadores, al final de la presentación, que hablaron, unos, de Lenin y de su interpretación apropiada de las condiciones del momento para dar el asalto final; otros, de la conversión de una revolución burguesa (la de principios de 1917) en una de carácter socialista. Pero casi todos se refirieron a la estética de un director que, cuando leyó, por ejemplo, el ensayo de Freud sobre un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci, transformó sus aspiraciones de ser ingeniero para convertirse en un esteta y un hombre dedicado a las bellas artes.

 

La película, cuyo principio épico muestra el derribamiento de una enorme estatua del zar (que después retorna sola al pedestal tras la toma del poder por Kerenski), es, si así se quiere interpretar, una consecuencia de la consigna que Lenin lanzó en 1922: “de todas las artes, el cine es para nosotros la más importante”. Pero, además, una huella del genio de un joven, de ascendencia judeoalemana, que hizo sus primeros pinos en la plástica con el dibujo y la pintura, y luego, bajo el influjo del gran movimiento teatral ruso, con las teorías de Meyerhold.

 

Einsenstein, a quien el circo también le alimentó sus concepciones artísticas, antes de su primera obra cinematográfica (La huelga), montó un espectáculo teatral llamado Máscaras de gas, que tuvo como escenario una genuina fábrica de gas de Moscú. El historiador Román Gubern dijo de Octubre: “La película vale, en definitiva, por su inmenso esfuerzo de inventiva visual y, a pesar de girar en torno a personalidades históricas tan decisivas como Lenin y Kerenski, seguía siendo fundamentalmente una película de masas, como la obra anterior de Einsenstein”.

 

El cineasta ruso, que creó la secuencia más célebre de la historia del cine, la de las escalas de Odessa, imitada y homenajeada hasta la saciedad, tras sus experiencias en la Unión Soviética, hará por fuera de su tierra otras películas (como la inacabada Que viva México). En Estados Unidos sufrió diversos rechazos y vituperios, por su procedencia e ideas artísticas revolucionarias. Se le llegó a denominar “Einsenstein, ese perro rojo”. Allí no pudo filmar ninguna obra.

 

En Rusia retorna al cine con Iván el terrible y Alexander Nevsky (con banda sonora de Prokofiev), con la que se hace acreedor al Premio Stalin, pero, ante tantas injerencias de la burocracia comunista en sus proyectos, se dedica luego a la enseñanza y a escribir varios libros de teoría cinematográfica, como La forma en el cine y Reflexiones de un cineasta. Nació en Letonia en 1898 y murió en Moscú en 1948.

 

A Octubre (basada en el gran reportaje de John Reed, Diez días que estremecieron el mundo) la volvimos a ver, esta vez en noviembre, en una oficina, con un público que se estrechaba en el pequeño espacio de una organización dedicada a la investigación de historia local. Al final alguien recordó que la Revolución de Octubre (que así corresponde al calendario juliano, vigente entonces en el imperio zarista) fue en noviembre, por las gracias del calendario gregoriano, al cual se acogieron Lenin y su partido.

 

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Afiche de Octubre, de Eisenstein, filme basado en Diez días que conmovieron al mundo, de John Reed.

Tiempos de tinta azul

(Crónica con lapiceros, plumas y colores de escuela)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

En aquel año, como parte de la aventura del descubrimiento del mundo, el lápiz era el indicado para todas las faenas de escritura en el salón de clase y fuera de él. Y se acompañaba tal exploración con una caja de colores —que en los cuadernos era donde cabían la Tierra y sus circunstancias—. Todavía no usábamos lapicero, destinado para el segundo año de primaria. El principal era el de tinta azul. El rojo, para subrayados y algunos títulos.

 

Después, en las maletas de colegial aparecieron los lapiceros arcoíris o con siete tintas diferentes, pero la azul era la que continuaba reinando en los cuadernos. Una vez, papá me trajo una pluma Esterbrook, también de tinta azul, con la que marcaba las cartillas y trazaba en hojas sueltas la silueta del cerro Quitasol. Había momentos, en que los dedos estaban embadurnados de tal tinta.

 

Hubo, más bien por poco tiempo, los encabadores de plumillas para la tinta china (hecha de negro de humo), que venía en frascos y se usaba, en especial, en los cuadernos de dibujo. A veces, por inexperiencia o brusquedad, con la afilada plumilla se perforaban, por accidente, las hojas. Me gustaba más el uso de las lapiceras.

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La tinta azul nos acompañó muchos años en las notas, las libretas y las cartas de amor. Era más visible y dejaba una estela marina en la escritura. Cuando había un error, se borraba más fácil que, por ejemplo, un manchón de tinta negra, que era preferible arrojar la hoja y volver a empezar.

 

El bolígrafo de tinta azul era el más popular. No sé en qué momento en Colombia, se inició un uso extensivo de la tinta negra, con carbono y otras sustancias, y se instauró como un símbolo de elegancia y distinción.  Sin embargo, el uso del color azul permitía saber si un documento era original, porque el negro se confundía con la tinta de una fotocopia o los duplicados de papel carbón, y el azul no admitía dudas, sobre todo en cuanto a firmas y rúbricas. Bueno, así era en la época en la que las impresoras y fotocopiadoras imprimían solo en negro.

 

Por estas geografías cada vez es menor el uso de la tinta azul. Al contrario, en Europa sigue estilándose su utilización masiva, excepto en las estilográficas y bolígrafos muy finos. En las escuelas y colegios del Viejo Continente, los estudiantes continúan escribiendo con tinta azul, aunque, en general, cada vez la escritura a mano es menos recurrente. Y muchísimos educandos toman sus notas en computadores y tabletas.

 

Por otra parte, la tinta roja no ha perdido su uso en la calificación de exámenes y en las notas al margen. Y como en un tango de Cátulo Castillo y Sebastián Piana, la tinta roja sigue sonando, con el “ladrillo feliz”, en el gris del ayer. Y aún se nota en los subrayados de libros y en la vida académica.

 

Algunos experimentos de sicólogos y profesionales de otras disciplinas, han establecido que con la escritura en tinta azul se memorizan con mayor facilidad asuntos cognitivos y se puede pensar con más creatividad. Como sea, hoy la tinta azul parece haberse exiliado de los gustos populares en estas coordenadas. Hace pocos días, con mi lapicera azul le iba a firmar un libro a una señora, y de inmediato me frenó. “Si no tiene tinta negra, no me lo firme”, dijo.

 

La tinta (como cosa rara, invención de los chinos) tocó algunas rondas infantiles de muchachas de barriada. Había una, muy particular, que decía: “¿Tienes lápiz lapicero? ¿Tienes tinta en el tintero? ¿Tienes alguien que te quiera?…”.

 

Y la tinta azul fue la utilizada por unas bandas godas de saboteadores en diciembre de 1978, cuando en el muro del edificio del ya desaparecido diario El Correo, en Medellín, estudiantes universitarios fijaron un gigantesco dazibao conmemorativo de los cincuenta años de la masacre de las bananeras. Le arrojaron bombas de tinta azul, como una agresión de retardatarios.

 

Desde la invención de la imprenta, y luego de máquinas como el linotipo, los periódicos y los libros se imprimen, en general, con tinta negra. Para la escritura en los cuadernos escolares, la azul tenía más encantos y, tal vez por eso, para muchas generaciones tuvo una relación de hermandad con la infancia y con las aulas primeras. Había, eso sí, un momento de desasosiego, cuando los boletines de calificaciones, tenían, en vez de azul, números en tinta roja. Se había perdido una asignatura.

 

Escribir en aquellas fechas con tinta azul era como establecer una conexión con el empíreo, con un pedacito de cielo despejado. En la gama de los colores azules, aquellos que venían en cajitas de cartulina, aunque otros (como unos alemanes de gran finura) se hospedaban en cajas metálicas, existía uno llamado el “azul escuela”. Y así, en esa tonalidad, uno a veces descubría en un cuaderno de tareas fragmentos de un cielo de infancia.

 

Ahora, mantengo en los bolsillos y en la escarcela, lapiceros de tinta azul, tal vez porque son una suerte de cordón umbilical con aquellos días en que el poder escribir con uno de ellos en un emocionante cuaderno de escuela, era como entrar en las tareas aleatorias del descubrimiento del mundo.

 

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Las gracias del fútbol de potrero

(Encuentro con Borocotó, literatura de gambetas y el sueño del pibe)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

“No jugó pelota”, le dice la señora que, desde el segundo piso, le ha tirado una bolsita al celador, que no la atrapa y cae sobre la acera. Es posible que algunas estrellas del fútbol de hoy, a veces más dedicadas al lucimiento personal, a los peinados y tatuajes, a las poses de modelo, no hayan tenido la experiencia sinigual de jugar en un potrero (o mangas, que llaman por estas geografías arriscadas). No hayan “jugado pelota”.

 

—Parece un equipo de barrio — se oye decir, en ciertas transmisiones de partidos de fútbol, en forma despectiva, y quizá sin saber cómo los partidos de barrio tenían (quizá, ahora ya no tanto, porque los barrios también se están acabando) ingredientes líricos, de poesía sin pretensiones, de fantasías y creatividad, pero, sobre todo, de pundonor y abundantes ganas de jugar.

 

En las canchas de viejos barrios tal vez no faltaba el futbolista perezoso, holgazán, desganado. Pero un “picado” futbolero tenía elementos de fascinación. Más allá del grito y del despliegue físico, estaban las jugadas de maravilla, las que hacían rabiar al rival (o provocar un patadón o un codazo) y suspirar de emoción a los coequiperos. Quién que sea romántico y haya disputado cotejos en las desaparecidas “mangas” urbanas o suburbanas no sabrá del encanto que propiciaba un partido, cuyas aspiraciones máximas eran las de la diversión y las demostraciones de técnica y talento.

 

La sazón —o el picante— comenzaba desde el desplazamiento al potrero. Un grupo de muchachos, balón en mano, o pasándolo de un lado a otro, con maniobras de “tecniqueo” y florituras, gozaba antes de llegar a la sagrada manga con porterías improvisadas, a veces de caña o guadua, o de piedras delimitadoras, un estadio de imaginaciones y venturosas jugadas. Sí, claro, no faltaba el “güevero”, aquel que, “solo en grima”, se quedaba a la espera, frente al arquero contrario, a ver si pescaba una ocasión de gol. Y había el que daba espectáculo, el que quebraba la cintura a los rivales, gambeta por aquí, regate por allá. Y el fútbol se sentía, se vivía como una experiencia mística, o como una suerte de nirvana, con éxtasis y otras dichas.

 

Sí, es cierto. No todos eran buenos en la faena. Estaba el gordito lento. Y aquel que recibía la pelota y no sabía qué hacer con ella. Se deshacía rápido, como si estuviera encartado. Pero, para matizar, o equilibrar, estaban los inspirados, los creadores y artistas, los que amasaban el cuero y lo ponían a circular. Y los que, con una clase sin par, hacían goles imposibles. El fútbol de barrio era la práctica de una poética. O, si se mira de otra manera, de una filosofía urbana, en la que había pensadores de potrero, con boñiga incluida.

 

El fútbol, que, como lo dijo Dante Panzeri, es la “dinámica de lo impensado” (así se titula su célebre libro), tiene o tenía en la barriada, la esencia de lo que se hace con pasión, sin esperar retribuciones distintas a la satisfacción de estar en una especie de cielo durante el tiempo mítico de un partido. El futbol de potrero es el ejercicio de las invenciones, del deleite sin límites, en el que, como advertían con cierta inocencia los niños de Calella de la Costa, que le sirven de epígrafe al libro El fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano: “ganamos, perdimos, igual nos divertimos”.

 

Pero el fútbol de barrio, el de las mangas (algunas tenían nombre: la del Mosco, la Manga Elena, la Amarilla, la del Ahorcado…), no es tan ingenuo. En su práctica también se aprenden las malicias, las astucias para dar con sutileza una “caricia” al contrincante, y se va creciendo en la dimensión del carácter. Sí, el barrio y su futbolería contribuyen a la formación de personalidad. Y a sentir con énfasis las explosiones de adrenalina y las ganas de sudar y entregarlo todo por una disputa (y una divisa cuasi irreal) que todavía está libre de otras contaminaciones.

 

Tal vez, hoy, algunos jugadores profesionales a los que se les califica de “pechifríos”, carezcan en su currículum de las maravillas de las confrontaciones en canchas de barrio. En las que, además, se aprenden regates, ciertas picardías, la magia de aquello que, en los cincuentas y sesentas, un argentino que se inició en el Boca Juniors, puso en boga: “la toco y me voy”, como si se tratara de una pilatuna callejera. Se llama Luis Pentrelli y ya debe frisar por los ochenta y cinco abriles.

 

En esa práctica de lo impensado en la barriada, se puede aprender, como bien lo diría Albert Camus, acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres. “Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha”, dijo el autor de La peste y La caída.

 

En las extinguidas mangas de ciudad, cuando la pelota echaba a rodar, el mundo se llenaba de luces celestiales y de alegrías sin límite. Era el auténtico ejercicio de la libertad. Así que el mirado y calificado por algunos “periodistas” deportivos, con cierto desdén, el “fútbol de barrio”, tiene (o tenía) exuberantes gracias y faenas de júbilo. Era parte de la denominada educación sentimental y de la sociabilidad.

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El célebre cronista uruguayo (pero cuyo ejercicio lo hizo todo en la Argentina) Ricardo Lorenzo (1902-1964), más conocido como Borocotó, decía en alguno de sus escritos, la mayoría de ellos para la famosa revista El Gráfico: “En Inglaterra los pibes aprenden a jugar al fútbol cuando van al colegio; acá, cuando no van”. Sí, la calle, el potrero, la manga, como un escenario de pedagogías, de aprendizajes para la vida y, claro, para la “futboliada”.

 

Borocotó (cuyo sobrenombre onomatopéyico procedía de los toques de tambor de las murgas de su natal Montevideo: “boro-cotó-chas-chás), un narrador de infancias marginales y sencillas, escribió, entre otros (además era guionista cinematográfico y escritor), el libro En el área del potrero, con las vivencias del fútbol de muchachitos sin fortuna, inventores de jugadas, imaginadores de ficción callejera con una pelota de trapo y unas ansias inmensas de paradas ingeniosas. Y, como lo harían después en el tango, no faltaron en sus notas las ensoñaciones de los pibes que aspiraban a llegar a la primera. “Gambeteando a todos se enfrentó al arquero y con fuerte tiro quebró el marcador”.

 

El barrio tiene, desde luego, asuntos censurables, en el fútbol y en otros ámbitos, como bien lo dijo el escritor y periodista Osvaldo Soriano, pero es una escuela, como bien podría serlo el café (¡oh, Discépolo!) o la esquina. Y en sus encuentros o “picados” había una manera de ser, de vivir, de sentir, de soñar. Ahí, con improvisaciones como de jazz, salía el muchacho de la jugada imprevista y el del que nadie sabía por cuál lado se iba a escurrir, mientras el balón andaba por otro.

 

En aquellos “mangones”, en los que, a veces, había que alternar con vacas y caballos, hubo despliegues de sabiondeces, de provocaciones, de ganas de jugar bien. Y más, por ejemplo, si estaba en juego la dignidad del barrio, en partidazos que exponían más allá de los cánones del bien jugar, los amores por lo que en rigor es una de las patrias (con la casa, con la infancia) del hombre urbano. Un barrio contra otro sí era una variante de la epopeya.

 

El potrero graduaba en sentimientos, en artes de gambeta, en solidaridades. Te la doy, me la das. Y solo allí era posible la reencarnación de paradigmas, de figuras que ya habían alcanzado la gloria de la “primera”, de imitar un amague, de patear a lo Mario Boyé (ídolo del Boca) y “tener más tiro que el gran Bernabé” (otra vez el tango).

 

Así que hay una desproporción cuando algún comentarista, sin mucho fondo, dice que “parece un equipo de barrio” para referirse de modo peyorativo a oncenos que están jugando mal o con abulia. Al contrario, lo que se ve en muchos casos es que esos futbolistas aburguesados carecieron de la escuela infinita en enseñanzas que es la barriada, con sus mangas y sorpresas en las improvisadas canchas.

 

En el barrio se aprende (o se aprendía), como lo dijo Roberto Fontanarrosa, a saber que “hay partidos que no podés perder, tenés que ganar o ganar”. En la manga, en el potrero, se alcanzan, a lo kínder, las primeras y definitivas letras del fútbol como un tejido de dichas (ah, sí, de desdichas también) que dejan una impronta en la existencia.

 

Sucede que hay futbolistas profesionales (e incluso comentaristas deportivos) que quizá, como el celador del principio, no “jugaron pelota”. Y esa carencia deja un vacío imposible de llenar.

 

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Balada con penúltimo whisky

(Adioses y viejas muertes en una composición de Piazzolla y Ferrer)

 

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                                                                                                                            Avenida Santafé, en Buenos Aires.

Por Reinaldo Spitaletta

 

Que le canten a la muerte de otros, como, por ejemplo, lo hace Miguel Hernández en su trágica Elegía (“En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería”), es, con todo el dolor que puede entrañar, un acto comprensible. Que se hagan testamentos, posible antesalas de la muerte, tiene su lógica. Precauciones necesarias. Pero cantarle a su propia muerte, va más allá. Un anticipo de lo que vendrá.

 

La primera versión que escuché de Balada para mi muerte (además, como lo supe luego, era la primera que se grabó) fue la de Amelita Baltar, con su voz medio engolada, con ribetes de drama, bien acompasada al acompañamiento de la orquesta de Astor Piazzolla, compositor de la música.

 

Balada para mi muerte, con letra de Horacio Ferrer, tiene, además de elementos surrealistas, un toque de poesía de la calle. “Andaré tantas cuadras y allá en la plaza Francia, / como sombras fugadas de un cansado ballet, / repitiendo tu nombre por una calle blanca, / se me irán los recuerdos en puntitas de pie”.

 

Esta balada (con genuino contenido de tango), es una pieza funeral anticipatoria. El personaje asume que va a morir en Buenos Aires, de madrugada y que guardará con mansedumbre las cosas de vivir: “mi pequeña poesía de adioses y de balas, / mi tabaco, mi tango, mi puñado de esplín”. No es mucha su fortuna material, pero sí sus vivencias, su bohemia, su recorrido por una ciudad que tiene duendes y ángeles, dioses y demonios. La inevitable parca tendrá que llegar y entonces se cantará para que no sea tan doloroso el advenimiento.

 

Tal vez, la mejor versión sea la de Roberto Rufino, con la orquesta de Osvaldo Requena, en la que el cantor le imprime una honda manera de interpretar, una lección teatral, dándole sentido a cada frase, echándose encima toda la responsabilidad de una magnífica forma de decir y dramatizar.

 

Alguna vez que con mi compañera la escuchábamos en casa, ella, al oír el verso (no de aquel “verso que nunca yo te supe decir”) “mi penúltimo whisky quedará sin beber”, entró en casi una desazón existencial con histeria incluida. “Eso es imposible. No da por ningún lado que se le mire”. Eso decía. Y más. “Todo iba muy bien hasta ahí”, añadió.

 

Me pondré por los hombros, de abrigo, toda el alba, / mi penúltimo whisky quedará sin beber, / llegará, tangamente, mi muerte enamorada, / yo estaré muerto, en punto, cuando sean las seis.”

 

Y hasta hoy, sostiene que ese verso es una mancha. No encaja. “¿Acaso el último se lo tomará en el más allá?”, se preguntaba. Es un absurdo. Bueno, a mí, en cambio, me parece uno de los más logrados. En esta balada de lutos y olvidos, vuelve a plantearse aquello de si somos un sueño de otro, o, en este caso, de un dios. Y la muerte llega cuando, esa entidad o deidad, deja de soñarnos y entonces aparecerá la nada, que es el olvido.

 

Hay en ella una suerte de tono profético. De acecho. Y el protagonista del canto sabe que morirá en punto a las seis, cuando ya se haya puesto como abrigo toda el alba. “Llegará, tangamente, mi muerte enamorada”, así lo anuncia. Y él, como ya tiene la certeza, le dirá a su amada (que “ya está toda de tristeza hasta los pies”), que lo abrace fuerte “que por dentro me oigo muertes, viejas muertes, agrediendo lo que amé”.

 

Hace ya no sé cuántos años, me enteré del drama que sufrió una profesora de matemáticas, de la Universidad de Antioquia, cuando, en vacaciones con su marido en Buenos Aires, el hombre se murió allá, al alba, y al saber la noticia, recuerdo que, con varios de sus conocidos, pusimos la balada, en medio de un doloroso estupor. “Yo estaré muerto en punto cuando sean las seis”.

 

Este poema canción, con numerosas versiones, es, con Balada para un loco, un paradigma de las ensoñaciones de Ferrer, del surrealismo urbano de una ciudad en la que, con facilidad, se ve rodar la luna por Callao, o por cualquier otra calle céntrica o de los suburbios. Se escucha, entre otros intérpretes, por Jovita Luna, Raúl Lavié, Mina, Julia Zenko (la Turca), Milva, José Ángel Trelles y Susana Rinaldi.

 

Desde 1968, año de su aparición, Balada para mi muerte escaló lugares de privilegio en el extenso panorama del tango. Y Ferrer, además un historiador del género, se abrió paso entre el olimpo poético del tango-canción, que incluye, entre otros, a “monstruos” como Discépolo, José María Contursi, Cátulo Castillo, Homero Expósito y Homero Manzi.

 

El último dandi del gotán, siempre con una flor en el ojal, se murió en Buenos Aires, el 21 de diciembre de 2014, cuando guardó mansamente las cosas de vivir. La muerte enamorada se lo trasteó, sin dejarle beber su penúltimo whisky.

 

 

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Astor Piazzolla, Amelita Baltar y Aníbal Troilo.

Gillette, filoso utopista y magnate

(Crónica con cuchillas y una megalópolis con igualdad y felicidad)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Tal vez, a algunos les pasó de niños: jugar con espuma de afeitar refregada en el rostro y tomar la máquina del padre para hacerse el adulto, con sonrisas de picardía frente al espejo de tocador. En un tiempo, cuando tales máquinas aún no eran de desecho, ejercían cierta atracción, no tanto por lo duraderas, sino porque tenían una forma simpática, con un torno en el mango para abrir las que pudieran ser imaginadas como las dos valvas de un molusco.

 

Si bien las barberas, sobre todo en algunas regiones de Colombia, tuvieron su presencia doméstica, el invento de las cuchillas de afeitar va a ser una especie de revolución en los modos de rasurarse. Sucedió en los Estados Unidos, en las postrimerías del siglo XIX, una centuria propia de la biología, los inventos, las teorías sobre el origen del hombre y el ascenso del capitalismo.

 

Si bien hay evidencias de que, en tiempos inimaginados del neolítico, el hombre de las cavernas se arreglaba la barba y se la cortaba con rudimentarias hojillas de piedra, es muchos años después cuando tal faena será menos dificultosa. Y, por qué no, hasta placentera. Y aquí empieza la historia de un pionero, que revolucionó la rasurada y, de paso, creó un emporio. Después, se volverá un socialista utópico. Y morirá en la quiebra.

 

King Camp Gillette, nacido en Wisconsin en 1855, era un masón que, con imaginación y talento para los negocios, diseñará un artefacto que alterará hasta las maneras de llevarse las manos a la cara: la maquinilla de afeitar, pero, a su vez, la cuchilla, delgada, desechable y de bajo costo. El hombre, que no solo era un genio de las innovaciones, escribió en 1894 un libro medio idealista (El hombre a la deriva), en el que planteó que “nuestro sistema actual de competencia genera extravagancia, pobreza y crimen”.

 

Pero a la vez que veía con estupor las miserias de muchos trabajadores, Gillette pensaba cómo hacerse dueño de un modo de vivir, sin tener que vender su “fuerza de trabajo” a otros. Y percibió que si la maquinilla de afeitar era durable, la cuchilla debería ser desechable. Botar la cuchilla sin tener que cambiar de afeitadora. El cuento es que para 1901, las cuchillas costaban mucho. Y la gente las reutilizaba y hasta les sacaba filo cuando ya estaban amelladas de tanto uso.

 

Si el hombre primitivo para aderezarse la barba usaba el sílex afilado, y después el hierro, el bronce y hasta el oro, con las cuchillas que iba a diseñar Gillette, ayudado de otros investigadores, iba a trastocar la tradición y a hacer más “agradable” la afeitada. Siguió a la letra lo que le dijo, cuando Gillette apenas tenía 16 años, el inventor y empresario William Painter: “fabrica algo que se use y se tire, y los clientes tendrán que volver por más”. Esa, además, es una de las máximas que rige al capitalismo.

 

Tras muchas idas y vueltas, y hasta de cortarse la cara usando viejas afeitadoras, Gillette pudo desarrollar una cuchilla delgada de acero, en la que muchos no creían que fuera posible, y creó la Gillette Safety Razor Company. Las primeras cuchillas (Blue Gillette Blade) se vendieron al público en 1903. En el primer año solo vendió 90 maquinillas. Llegaron más socios y más ventas. Las cuchillas en sus sobres tenían impresa la efigie del señor Gillette, nuevo magnate, con sensibilidad social y cultivador de inconformismos.

 

Las maquinillas y las cuchillas se regaron por el mundo. Y su fabricante se tornó en celebridad. En 1904, eran ya noventa mil las afeitadoras. Después, el mercado creció hasta ser parte de la cotidianidad de millones de hombres.

 

Sin embargo, la faceta más interesante de este capitalista exitoso y universal llegaría después de sus conquistas mercaderiles. Su pensamiento inicial, de ser parte de las utopías socialistas del novecientos, se aclaró más. Escribió un libro al alimón con Upton Sinclair (escritor y periodista, autor de La jungla) y otro de su cosecha, en los que planteaba un nuevo tipo de sociedad. Uno de sus sueños tenía que ver con el trabajo: solo cinco años de trabajo y el resto, a lo que cada uno quisiera.

 

Crear una megaciudad, en la que habitarían 60 millones de estadounidenses, que se llamaría Metrópolis, era parte de su utopía. Cerca de las cataratas del Niágara, la ciudad ideal tendría energía propia. En el centro estaría una empresa, la United, que lo fabricaría todo. En ella los habitantes trabajarían gratis cinco años de su vida y, a cambio, recibirían alojamiento, ropa y comida gratis a lo largo de su vida. De ese modo, decía Gillette, se eliminarían la codicia y la ambición, ya que todo, con solo pedirlo, estaría al alcance de la mano de todos.

 

En aquella ciudad utópica, habría veinticuatro mil torres de apartamentos, con zonas comunes. En estas estarían las cocinas comunales, en las que, como en la factoría, trabajarían voluntarios. Así, por ejemplo, las mujeres no serían más las presas de los oficios domésticos.

 

Gillette, magnate que pensó en la felicidad, el bienestar y la justicia social, también fue víctima de la Gran Depresión de 1929. El crack lo afectó y, tras haber vendido su parte de la empresa, se fue a vivir a un rancho en las montañas Santa Mónica, al sur de California, donde murió en 1932, a los setenta y siete años.

 

El hombre de las cuchillas y las afeitadoras sigue estando a ras de piel en el mundo. Pero, quizá, su mayor aporte haya sido el de la ciudad (quizá como la de Tommaso Campanella), en la que una empresa produjera lo esencial para todos: alimentos, ropa y vivienda. Ah, y las industrias que no contribuyeran a satisfacer las necesidades vitales, serían destruidas.

King Camp Gillette era más filoso de pensamiento que las cuchillas que inventó.

 

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King Camp Gillette, socialista utópico y capitalista. Inventor de las célebres cuchillas de afeitar.

El atrio de las sociabilidades

(Crónica con encuentros, chismes y los latigazos de Mon y Velarde)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El atrio, esa espacialidad que está más en lo público que en lo privado, en las afueras de las iglesias, tiene una categoría de sociabilidad y congregación, más que de religiosidades. Es la parte civil de las construcciones sagradas. Y en tal parte, la injerencia “divina” es menor que en los adentros del templo. Construido un poco más alto que la calle, el atrio era una posibilidad para el encuentro, las citas, las ventas ambulantes y los enamoramientos furtivos.

 

En otros días, en el atrio, cuando se oficiaba la misa, se paraban muchos hombres, como en el ejercicio de una actitud de estar y no estar. De ahí se escuchaban  las palabras del cura, pero, además, había la posibilidad de dirigir las miradas hacia otros ámbitos, menos confesionales. Pudo haber sido una variante del “que reza y peca, empata”.

 

Las iglesias católicas construidas antes del Concilio Vaticano II, eran monumentales. Debían tener una presencia en la ciudad (o en el pueblo) de gran calado y dominio. Y en esas arquitecturas, con naves y torres, con campanarios sobresalientes, estaba, como una parte de la edificación, el atrio. La diferencia es que se hallaba en el afuera, en el mundo exterior donde no había tanta solemnidad ni se sentían los inciensos ni se alcanzaban a ver altares e imágenes de santos y vírgenes.

 

El atrio era una manera de estar, sin estar en la ceremonia, en la liturgia. Aparte de esta situación, el atrio se presentaba como una referencia para las citas. “Nos encontramos en el atrio de La Candelaria”, era de lo más pactado en otros días en Medellín. “Nos vemos en el atrio de la Metropolitana” o en el de San Ignacio. Y así. En el atrio, los novios se podían coger de las manos, se acercaban, se rozaban la piel. Había en esa circunstancia, una manifestación de lo profano. O, en otras dimensiones, de la vida civil.

 

Esta construcción sacra y laica, religiosa y cívica, al aire libre, limitando en muchas partes con el parque o plaza, era una oportunidad para el chisme. En el atrio se “rajaba” del cura y del alcalde, del policía y el carnicero, de todos y a nadie se le sostenía. La comunicación en ese lugar de encuentros era para el deleite y la conseja. Trascendía lo físico-espacial y era una prolongación del café y de las murmuraciones domésticas.

 

Los atrios de los grandes templos, tanto en los barrios como en el centro de la ciudad, eran, a escala (bueno, todavía tienen funcionalidades sociales), un universo urbano, con dinámicas de ciudad. Eran, también, una manera de seguir conversando, de acordar nuevos encuentros, de intercambiar mentiras y de “chicaniar” con alguna nueva adquisición. Hoy, en ciertos atrios (como el de la Metropolitana), hay más palomas que gente.

 

El atrio es como una zona de frontera. Y tuvo, en otras muy viejas temporalidades, una función de acercar a la iglesia a los gentiles, a los no fieles. Quizá como una posibilidad de las atracciones. En este singular espacio cabían los circuncisos y los no circuncidados; los incrédulos y los feligreses. Una suerte de ágora para todos. Aunque, se sabe, por ejemplo, que el visitador y oidor español Antonio Mon y Velarde, el regenerador, levantaba a latigazos del atrio de La Candelaria a indios y negros que fumaran o conversaran en ese lugar.

 

Los atrios eran la conjunción de los vendedores de periódico con los aromas gratos de las crispetas. Después, acogieron a los loteros, a los de las “chazas” o carritos de dulcerías y cigarrillos, a los fruteros, a los ofrecedores de estampitas milagrosas. Y así, se transformaron, en algunos sectores, en pequeñas plazas de mercaderías.

 

Después del Vaticano II, las iglesias debían construirse sin tanta pompa ni dimensiones colosales. Nada de mega-edificios. Y así surgieron ramadas, pequeños templos, y no todos tenían espacio para el atrio, medida que afectó las reuniones barriales, los encuentros concertados y el lugar para pararse a ver entrar muchachas bonitas a las parroquias.

 

En Medellín, los atrios siguen siendo, aunque en menor proporción que antes, un espacio para las citas y las esperas. El de La Candelaria, en el hoy cuasi parque de Berrío (el metro lo redujo a ser una estación y lo cercenó), no tiene la apetencia ni la atracción de otros días. El de San José está atiborrado de ventorrillos y el de San Antonio hace años dejó de ser un lugar de encuentro. Los atrios parecen estar en decadencia. Ya nadie pronuncia aquel risueño dicho: “Es tan lengüilarga que comulga desde el atrio”.

 

¡Ah!, por lo demás, algunos atrios se tornaron meaderos públicos y, en las mañanas y tardes soleadas, se levantan hedores a “berrinche”, que reemplazaron los muy acogedores perfumes de muchachas que lucían su mejores galas para entrar al templo y los aromas calientes y sabrosos de las palomitas de maíz y del algodón de azúcar.

 

El atrio tenía encantos. No faltaban señoras y señores que se quedaban ahí, con disimulos, para observar los vestuarios de las más encopetadas y adivinar las formas sensuales de las jovencitas. Los ojos y la lengua tenían allí mucho trabajo.

 

El atrio, como la acera, está entre lo público y lo privado. Es (o era) un espacio ceremonial poco ceremonioso, laxo, despojado un poco de las normas del ritual. Un sitio para darles a las palabras un sentido de la amistad y del reconocimiento de los otros. Los que se quedaban en el atrio, mientras discurría el oficio religioso, pasaban mejor que los de adentro. Y hasta pedían papas y ají, seguro con más sabor que las hostias consagradas.

 

Atrio y frontis de la iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, barrio Buenos Aires, Medellín. Fotos de Carlos Spitaletta

Caminante, sí hay caminos…

(Una provocación a recorrer la ciudad con ánimos de descubrimiento)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

Alguien, tal vez muy avisado, o que posa de ello, me insinuó cierta vez que es una inutilidad andar las calles con ánimo de descubrimientos. Otro, menos molestoso, arguyó que es una maravilla el caminar con sentido de observación. Y, en medio del paseo con criterio, es pertinente alzar la mirada al cielo. “No, no lo hagás; te puede cagar un pájaro”, pudo haber dicho un pesimista.

 

Es mi gusto. Ir por las calles, sí, con tráfago automotor, con humos y ruidos, solo por ver un atardecer con arreboles; o por mirar los cerros del oriente, con edificios que ahora desertifican lo que antes eran arboledas. O cruzar el puente que está sobre la vieja Vuelta de Guayabal, donde en años de reverberaciones y fuegos de medianoche, vendían la mejor marihuana de la ciudad, según le escuché decir a más de un experto en esas faenas.

 

También —por eso de caminar con el ánimo de educar la mirada—  un sujeto de nombre olvidable, me advirtió que tal postura era propia de pequeñoburgueses, de tipos de la seca bohemia, diletantes. No sé si así lo sea, pero es de interés en el ir y venir por callejas, avenidas y desechos (como decían los campesinos al hecho de salirse de la vía principal y eludir obstáculos, para llegar más liviano a su destino), buscar en lo evidente un mundo agazapado, una sorpresa.

 

Puede que no se sientan, desde los bajos de Enciso, sobre esa empinada calle que parece una pared (la 58), las brisas del Pandeazúcar. Y tampoco los extinguidos tangos del café Viejo París. Pero esa calle y el sonoro sector de Pativilca, tienen encantos, que van desde viejas ventanas hasta calados de madera en puertas de casas añosas.

 

Por esos lares, hay legumbrerías policromas y tiendas de esquina con reunión conversada de parroquianos. Y si es, cambiando de modo abrupto la ubicación, por unas calles, como decir la 73, cerca del cementerio de San Pedro y del Jardín Botánico, por el extinto Fundungo, verás carros viejos y talleres donde no arreglan tristezas pero sí carrocerías. Y así por Lima e Italia, por Venecia y Lovaina, por Turín y Revienta, calles que, tras tantos años de fiestas anochecidas, hoy, en su decadencia, son más de dedicación a lavados de carros y reciclajes de memorias extraviadas.

 

Son estos ámbitos, que a veces huelen a vegetales, a veces a hollín, un epicentro de amores de ocasión y citas de urgencia para la aventura carnal. Jardines de delicias y edenes con serpientes de tentación. Los lugares de la ciudad se especializan.

 

Por ejemplo, la esquina de la 73 con Bolívar, detrás del Jardín Botánico, es un homenaje a las mujeres de Antioquia. La ciudad mutante. En este sector, donde antes estuvo el Bosque de la Independencia, y también zonas de tolerancia, ahora hay una historia en bronce, con efigies de féminas destacadas en diversas disciplinas y luchas.

 

En la denominada Esquina de las Mujeres, se puede hacer una lectura histórica de tiempos, hazañas, pensamientos y labores. Y si bien no están todas las que son, las mujeres que en este breve parque son celebradas sí tienen méritos para perpetuarse en el metal. Y en la memoria colectiva. Están, como parte de las indígenas, la cacica Dabeiba y la cacica Agrazaba; también María Centeno, la primera mujer arriera y minera en Antioquia, casada cuatro veces, empresaria irreverente y audaz.

 

Claro. La transgresora Débora Arango, la de los desnudos atrevidos y las denuncias de la violencia, está ahí; como lo están Simona Duque, Jesusita Vallejo de Mora, María Cano, Luz Castro de Gutiérrez, Rosita Turizo, Blanca Isaza de Jaramillo, Luzmila Acosta, Benedikta Zur Nieden y María Martínez de Nisser. ¡Ah!, pero que faltan otras. Sí, como Betsabé Espinal, por ejemplo.

 

Por esos mismos espacios se debían erigir, por qué no, bustos a madamas destacadas en los cuarenta y cincuenta del siglo XX, que habitaron con sus casas de placer —muy cerca de donde hoy están sus congéneres bronceadas—, como Marta Pintuco, Ligia Sierra y María Duque, por citar apenas unas cuantas.

 

No es tan inútil pasar por Sevilla y sus mangos umbrosos, sus casonas de corredor, sus clínicas y almorzaderos. Ni por los alrededores de la estación Hospital, que cuando la tarde es la reina, comienza a oler a carne asada y otras frituras. Y si bien, esta ciudad jamás ha sido pensada para los caminantes, tal vez porque, a la “americana”, se privilegió el carro, no está mal meterse por el Chagualo (con sus baldoserías y ventas de materiales de construcción), o hacer una ruta de conventos (en Prado, no más, hay veintidós) que están por La Mansión, San Miguel, Los Ángeles.

 

Un día de caminata, solo se podría ir en pos de fachadas, que tienen belleza en Prado, algo del viejo esplendor en Boston, y apenas unas cuantas quedan en pie en los ya muy destruidos barrios Buenos Aires y Miraflores. Hay “castillescas”, a lo chalet, afrancesadas, muchas con rosetones, cornisas, claraboyas, inscripciones, nichos con santicos y vírgenes. Y, como idea para un transcurrir diferente, se pueden seguir los numerosos santuarios en casas, antejardines, plazoletas y separadores viales. Da para relatos de religiosidad popular y mucha imaginería. Y hasta para prender una velita.

 

La ciudad, aunque no lo parezca, es infinita. Y aparte del ladrillo a la vista, las torres eclesiales, los edificios de gobierno, la abundante contaminación, en fin, hay un sinnúmero de tiendas y fritanguerías, de portones y contraportones, de murales y paredes que hablan. No se la pierda. Camínela. Siempre habrá un crepúsculo con abundantes pájaros que buscan su hospedaje nocturno  y con gentes ansiosas de llegar a casa. Digo en los atardeceres. En la “matinalidad”, hay quienes se toparán con el rosicler celeste y con los frescos olores de las colegialas y los obreros recién bañados.

 

Hay múltiples encuentros en cada salida. A veces, aleatorios, que son, quizá, los más atractivos. Como uno que, hace poco, por la carrera Ecuador con Moore, presencié, no sin perplejidad. Una dama de negro, con su traje largo, abierto a los lados, dejaba ver, a cada paso, las piernas sugerentes y tentadoras que hacían parar a los taxistas y detener con boca abierta a los “inútiles” buscadores de lo excepcional en la vida cotidiana. ¡Ah!, y es muy barato: solo se requieren tenis y ojos muy atentos…

 

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El Museo de Antioquia y la Plaza Botero, en Medellín.