Lamentos en un barrio fantasmal

La imagen puede contener: noche e interior

La luz  mortecina de un farol y el resto, sombras nada más. (Foto Carlos Spitaletta)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hacía poco habían hecho correr la bola de que en el barrio había fantasmas. Porque sus caserones son viejos. Porque, se dice sottovoce, en sus subterráneos hay gente enterrada. Porque las mansiones abandonadas, siniestras para algunos, tristonas para otros, hospedan sombras de otros días y pueden revivir en las noches de misterio. De todo se dice. Y yo, como no creo en fantasmas, poca credibilidad les he dado a los rumores. Ni siquiera me ha hecho cambiar de opinión un relato leído hace años, no lo preciso bien ahora, en el que, un visitante de un museo, está obnubilado con la exposición. De pronto, alguien se le acerca y le pregunta si él cree en aparecidos. “No, por supuesto que no”, le contestó a un indeterminado ser que, de rapidez, le pareció una sombra larga y burlesca. “Pero yo sí”, dijo lo que fuera el otro y desapareció.

 

No, no he podido creer en los lamentos tenebrosos que en la esquina de Belalcázar con Balboa, en un caserón de arquitectura francesa, con torreones y faroles oxidados, se escuchan —eso se rumora— en las noches de luna llena. Por estos lares de trópico y lujuria a granel no caben los alaridos fantasmagóricos, y sí, claro, los de las parejas que, a medianoche, en los antejardines, con guayacanes y jazmines de la noche, se alumbran con deleite con pálida luz lunar para abrazarse y volverse un solo cuerpo, un solo quejido, una convulsión única.

 

En los últimos meses, he deambulado de noche por las calles penumbrosas del barrio que en otros tiempos albergó a la muy pudiente burguesía comercial e industrial de la ciudad y, hoy, tanto tiempo después de haberse extinguido del paisaje de arquitecturas republicanas, de palacetes y castillos a la europea, no quedan sino sus desmesuradas habitaciones. Es, pese a su decadencia sin remedio, una geografía de elegancias envejecidas y de enamoramientos a primera vista. Todo forastero que la recorre queda prendado, según se ha oído decir por aquí y por allá, de una joya de casa con rejas de hierro forjado, leones en posición de guardia, portones de caoba y fachadas que todavía deslumbran pese a su ancianidad. Y de una que semeja un castillo de hadas, y de otra que es como un palacete galés. Y así.

 

No sé por qué les dio a unos de una corporación recién llegada al barrio por decir que los fantasmas tenían como amañadero varias residencias, sobre todo las deshabitadas, como una, en ruinas, en toda la esquina de Moore con Palacé, desvencijada, de paredes descaecidas, pintura sin carácter. Y otra, ocupada, aunque nunca he visto a nadie en ella, sita en Venezuela con Darién. No falta la voz que suena con anuncios que, después de las nueve de la noche, en la torrecilla de la iglesia del Espíritu Santo se ve una sombría cabeza flotante y que, sobre su marquesina, recorrida por una inmensa trinitaria con flores color palo de rosa, se despernanca una mujer que, con las horas, se torna esquelética y fatal.

 

Puede haber una mala intención en los propaladores de estas especies. Querrán, quizá, asustar a viejos habitantes que ya ni siquiera se asoman a las ventanas, quién sabe con qué torvos propósitos. Dejarlos encerrados entre sus recuerdos y antiguallas puede ser una táctica. He pensado, no sin una intención maldadosa y malhadada, que esos mismos residentes, que deben de tener la piel desdibujada y triste, son más fantasmagóricos que los pretendidos por los agitadores de aprensiones. En asuntos de propiedad raíz, de desvalorizarla con mendacidades y otros trucos, está la ocasión para quedarse, por qué no, con unas enormes casas que son patrimonio histórico.

 

Como he dicho, ando por las noches, cuando no hay lluvia y más bien el cielo está estrellado, por las calles del barrio, que, después de las siete u ocho, parece una fracción deshabitada, con luces mortecinas, farolitos de débil luminosidad, sombras alargadas de los árboles en el asfalto y las aceras, y uno que otro viejo asomado a un ventanal, como si tuviera la esperanza de ver discurrir por la calle su pasado de esplendores.

 

Por la casa en la que dicen se lamentan las paredes, no he percibido nada. No dejo de tener, sin embargo, ciertas dudas cuando me detengo a observar la fachada, con torreón verde desteñido, dos plantas y unas gradas que desde la calle ascienden hasta un portón gris, con postigo y rejilla. Aguzo el oído, pero el silencio es más fuerte que cualquier alarido en potencia. Una noche me hizo brincar una rata que, junto al cordón, corría hacia la alcantarilla. Después, continúo mi caminata bajo la luz amarillenta de las lámparas, algunas obstaculizadas por los ramajes de espesos árboles.

 

He vuelto a casa a veces con una desazón, porque, en el fondo, uno quisiera tener una aventura metafísica, ser testigo de alguna revelación sombría, de ser tocado por una mano invisible o llamado por una voz de ultratumba. Decían los abuelos que el que quiere ser espantado se queda con las ganas, porque, advertían con tino, “el espanto sabe a quién le sale”. Me digo siempre que en el próximo periplo puedo tener más suerte. ¡Ah!, suelo hacer estos recorridos, vestido de sudadera o de bermuda, tenis y camiseta de algodón. Nunca llevo teléfono ni dinero, y solo me meto al bolsillo un carné de jubilado, porque, entre tantas soledades, no faltará el muy asustador ratero que se enamore de uno y le quiera quitar hasta los zapatos. Nunca me ha abordado ningún maleante. Tal vez, quién me lo pudiera confirmar, haya pasado alguno cerca con negras intenciones y se haya arrepentido al creer que el caminante es otro más de los fantasmas de un viejo barrio que, en algunas de sus calles, de noche semeja a un cementerio.

 

No he hecho pesquisas todavía acerca de los azuzadores de leyendas ni cuál sea en rigor su propósito. Puede ser que planeen tours nocturnos en búsqueda de emociones fuertes o de encuentros con el más allá, sobre todo para vendérselos a turistas extranjeros. O que estén preparando el montaje de una suerte de museo del horror, con actores disfrazados y murciélagos sin radar. Lo que sea, no deja de tener sus atractivos, y también sus sospechas.

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Los fantasmas me han gustado más en los cuentos y siempre he compadecido al pobrecillo aquel de Canterville. En este barrio, que tiene palacios a la egipcia y mansiones desaforadas en tamaño, los relatos de terror pudieran ser una posibilidad de atracción para los que gustan todavía de tales peripecias, electrizantes y pasadas de moda. O, en otra dimensión, se podrían convocar reuniones o congresos de cazafantasmas y de autores que, en plena posmodernidad, sueñan con vampiros y figuraciones góticas.

 

Mi escepticismo, mi vieja incredulidad en endriagos y duendes, en ángeles negros y engendros infernales, se vino a pique hace muy poco, una noche en que las nubes viajaban a velocidad de búho y tenían una oscura carga de tormenta y de presagios. Empecé a subir por Palacé, en el cruce con Miranda. Eran las nueve, según vi en mi relojito desechable, cuando en una acera vi, tirado, a un habitante de calle, que ya roncaba envuelto en cartones. Subí y me llamaron la atención unos ventanales de vidrios de colores, como iluminados desde adentro con velas. Una brisita fría soplaba en el recorrido.

 

Después de atravesar Urabá, de pasar enfrente de una vieja mansión que tiene forma de vapor de viejas navegaciones por el río Magdalena, sentí un extraño escalofrío. Ni que me fuera a dar un resfriado, pensé. Los brazos, velludos y descubiertos, se tornaron arrozudos y ahí sí comencé a preocuparme. “No me puedo enfermar”, me dije como si con la negación ahuyentara cualquier posible amenaza viral. En el silencio de la noche barrial, percibí con levedad unos pasos detrás de los míos. Me volví y no vi a nadie. Continué por la acera, hacia el norte. Las fachadas en penumbras, de una belleza muda, parecían telones con sombras chinescas.

 

Luego, los pasos perdidos resonaron a mi espalda con más volumen. Me volteé con rapidez insólita y quedé mirando al sur. Nada. “Qué vaina estará pasando. Alguien me quiere meter miedo”, me dije. Y entonces introduje la mano derecha al bolsillo. Toqué las llaves. Estaban frías. Aceleré. Atrás, los pasos también lo hicieron. Confieso que comencé a preocuparme. ¿No sería acaso el eco de mi caminar? En Darién me quedé mirando la iglesia blanca, la sombra del curazao, la torrecita en la que no advertía ninguna extraña figura, las rejas. No sé por qué me invadieron unas ganas tremendas de mirar atrás y solo percibí una sombra fugaz de lo que me pareció un hombre delgado. Se refugió, o así lo creí, detrás del tronco de un casco de vaca. Esperé. Nada se movió. Apresuré para bajar por la siguiente calle, hacia la izquierda, aunque en realidad para devolverme a mi casa debía hacerlo a la derecha. Al doblar la esquina, de reojo volví a tener la sensación de que una sombra me perseguía. A la mitad de la cuadra, escuché un rumor, leve al principio. Luego, en la medida en que me acercaba al final de la calle, el rumor subía. Una ráfaga de viento frío me azotó en la cara.

 

Estaba, sin habérmelo propuesto, a la entrada de la Casa de los lamentos, con las dos columnas de su entrada, el balcón solitario, el farol apagado, la torre insinuada en la oscuridad, sombras de árboles en su fachada y la noche encima. No sé qué me detenía y no me permitía seguir. Como si estuviera sembrado en el piso. El rumor era más claro y entonces, no sé por qué, recordé un breve relato de Bradbury en un cementerio, con un rumor de muerte, o, mejor, muertos murmuradores, y el frío me envolvió. Por debajo de la puerta del caserón salía un aullido inefable, una voz de tierra y tinieblas que me paralizaba la voluntad. Decidí que, en efecto, era como un llanto lerdo, desdibujado, alguna manera de comunicación interrumpida y frustrada que me quería decir quién sabe qué mensaje. Cuando creí que era una pesadilla, una insoluble trampa de horrores del sueño, el lamento largo subió al cielo y cada vez se hizo menos audible. Detrás de mí, volví a apreciar la sombra irresoluta que se elevaba entre guayacanes y mangos. Olía a humedad de sótano y a flores muertas. Cuando llegué a casa, todavía me temblaban las piernas.

 

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“Por debajo de la puerta del caserón salía un aullido inefable…”.
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Los que no llegaron al partido

                                       Para recordar a un equipo de fútbol que cayó del cielo

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

¡Qué nada ni qué diablos, carajo!, no nos iban a ganar de camiseta, de que algunos jugaban con tenis-guayos, que nosotros, sin tanta pompa ni vanidades, teníamos los mejores en cada puesto aunque no hubiese ni para la gaseosa del final de juego, ni siquiera para el Pielroja que nos sabía a gloria cuando terminábamos un cotejo en días en que algunos guardaban la mesada de domingo, sin ir a cine, solo para que en el partido, o, mejor dicho, cuando este finalizara, y si había victoria mejor todavía, nos fuéramos en patota a la tienda de don Juan a comprar leche condensada, paletas y el infaltable “peche” de tabaco negro.

 

Qué va, mano, nos querían intimidar porque éramos los del Congolo apenas unos atarugados, puro alfeñique, pobretones, así supe que nos calificaron, y comenzaron a enviar avanzadas de provocadores por la cuadra, que agitaban palabrería de que les van a dar una paliza, que ustedes no pueden con La Cumbre que son tecniquiadores, que llevan mucho tiempo jugando juntos, que les mandan a decir que lo mejor es que, para que conserven cierto orgullo, no se pongan de braveros en la cancha y permitan que les pasen por encima.

 

No, mijitos, ni riesgos que nos íbamos a poner con tembleques, o a desvelarnos porque nos tocaba jugar para definir quién pasaría a la ronda final con los duros de un barrio al que ya lo habíamos derrotado no solo en fútbol sino a punta de piedra, en días en que se acostumbraba a corretear pelaos de otras galladas, y nosotros ya habíamos establecido quiénes éramos los que mejor tirábamos pedruscos, con puntería pura, y con destacamentos como de aquellos que a veces se veían en películas, con combates entre indios y vaqueros, soldados e indios, o cuando las de capa y espada, pero todo era puro pedregal, a veces con rotura de bezaca, o con quebrada de vidrios del vecindario, que siempre llamaba la policía, para nada, porque cuando aparecía la Chota ya todo había terminado.

 

Así que no había tutía, bacán: ganaríamos la lid futbolera, por lo dicho, no había quién nos derrotara, y cuando más, los rivales sacaban empate, íbamos derechito a ser campeones, todos pensábamos en esa meta, porque éramos buenos, sí, de verdad. Un equipazo. El arquero, Avendaño, volaba de palo a palo y tenía unos reflejos que en menos de una espabilada les quitaba de los pies la pelota a los contrarios, y además poseía una virtud, que para los rivales era defecto: hacía atajadas de taponazos con una sola mano, malabarista del balón, cuando le tiraban algún chutecito para el papayazo, para la exhibición, entonces ponía la esférica a dar vueltas en sus dedos, con efecto, como si fuera un mapamundi al que él le imprimía movimientos como cuando se patea un balón con chanfle, que los del otro equipo quedaban babeando de la rabia y la impotencia. Era un poquito humillador, pero así es el fútbol, hay que sacar de casillas al rival, ¿cierto?

 

Teníamos un crack, al motorcito, el Califa, que no sé quién lo apodó así, porque yo era el mejor para bautizar a los otros con sobrenombres, pero me parece que fue Colombina, el entrenador, que por esos días había leído unos relatos de Las mil y una noches, según nos dijo, con su pose de chicanero, que igual así lo queríamos porque nos enseñaba a pararnos en la cancha, a observar los movimientos del contrario, a ser vivos, a no dejarnos intimidar con nada. Sí, me parece que fue él quien le puso la chapa al que antes se llamaba Alejandro, un gambeteador endemoniado, que cuando menos uno pensaba ponía un pase inesperado y te dejaba en posición de anotar.

 

Califa era un jugador de los que uno no quería tener como rival y, sí, era uno de los que nos iba a procurar la victoria contra La Cumbre, que además teníamos a Chucho Palotes, el centro delantero que sacaba como de un sombrero de mago, o no sé qué, unos cañonazos cruzados que ningún arquero podía atrapar. Bueno, y yo, te lo digo, yo no estaba para acobardarme por los codazos de los marcadores, que aprendí a esquivarlos y provocarlos diciéndoles maricones, así no se juega, que por la punta derecha era un volador, un driblador, gana-raya, con pases atrás, descolocadores de defensas,  y cuando me daban ocasión me les colaba hacia adentro y lleve pues, que el arquerito quedaba regado.

 

Rendón era patadura y Herrera el zarco un mediocampista con clase y fuerza, un ocho de calidad. Mejor equipo no podía haber, así que los pretenciosos de La Cumbre tendrían que chupar por bobos, por creídos, por sobradorcitos, que con nosotros no había caso, pelao.

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El domingo estaba próximo pero nos parecía lejano, qué bueno que fuera ya, decíamos en la manga de La Selva, donde entrenábamos con los chistes de Colombina incluidos, que nos desternillaba de la risotada, cuando decía que los del otro equipo eran eso, del otro equipo, mariquitas sin remedio. El partido iba a ser en la cancha de Santa Ana, porque no prestaban para esa fecha la muy profesional de Fabricato, en la que a veces entrenaban los de Medellín y las tribunas con techo de asbesto se repletaban.

 

Cómo era posible que se les ocurriera a los rivales, mariconcitos sin talento, que podían vencernos, cuando todos nosotros nos entendíamos de tal modo que hasta podríamos jugar con los ojos cerrados, uno sabía dónde poner el pase, cómo acelerar, cuándo pausar, estábamos sincronizados, y la voz recia de Colombina, sus instrucciones a veces de puro grito las teníamos estudiadas, incorporadas, que mirá que parecíamos, sin pendejadas, Brasil 70, con qué clase, sí, sin vanidosidades, sin babosadas, solo que lo que se hereda no se hurta, decía mamá a veces, y en el fútbol le entendí su dicho. Nosotros podríamos llamarnos, según decía un vecino que no se perdía compromiso, Once Toques, pero ¡qué va!, si toques eran los que sobraban en un partido, abundaban, Chucho para allá, el Gordo para acá, el motorcito para todos lados y así, que por la derecha los ponía a los defensas a penar porque mi velocidad y gambeta sacaba de quicio a cualquiera. No abusés de la finta, decía Colombina, que me enseñó a jugar con la cabeza en alto, difícil faena para desplazarse tan rápido pegado a la banda, todo se aprende a punta de jugar y jugar, y por eso nuestra confianza, ¡cómo se les iba a pasar por la cabeza a los de La Cumbre que podrían ganarnos!, jamás de los jamases, se oyó decir a doña Peregrina, que a veces nos llevaba a la cancha un botellón con fresco.

 

No nos ganarían de camiseta, que las de ellos eran finas, compradas en almacén deportivo, en cambio las nuestras, amarillas con franjas negras, las confeccionaban las mamás, sí, las de nosotros, con retazos de fábrica y, en serio, quedaban hasta bonitas y la sentíamos parte nuestra, pegada a la piel, sudadas, que las de ellos eran verdes, de popelina, y casi todos tenían medias de fútbol, porque nosotros a veces, no todos, jugábamos con calcetines de colegial.

 

Todos queríamos con ansias que nos hacían sentir cosquilleo en el estómago que el domingo llegara rápido. Era, decía Colombina, la ocasión para darle más gloria al barrio, para que nos fajáramos un partido como de Mundial. Teníamos muy planchaditos los uniformes, lavados los tenis, el balón de vejiga estaba impecable porque le habíamos sobado con sebo y ya la cuota para pagar al árbitro la habíamos aportado. Los carnés de cartulina estaban en orden. Solo faltaba jugar. Hora del encuentro: diez de la mañana.

 

El sábado, cuando algunos estábamos en la esquina del bar Florida, que siempre estaba soltando tangos, incluido El Sueño del Pibe, a Humberto, back central, le dio por invitar a Chucho y al motorcito de arabescos con la pelota a una caminada nocturna por Prado y Manchester, que así se prepararían mejor para la contienda, dijo uno. Yo no quise ir y más bien pasé a la tienda de don Juan a decirle que mañana le traeríamos buenas noticias para que nos hiciera alguna rebaja en las lecheritas. Colombina había advertido que nos acostáramos temprano, que él también iba a hacer lo mismo. Sí, eso dijo.

 

No sé qué pasó, pero por la noche, los de La Cumbre mandaron a varios azuzadores a gritar en el barrio: los van a quebrar, los van a matar, los van a dejar vueltos papilla, malparidos, y yo que ya estaba en casa, salí a contestar las ofensas, pero ya los carechimbas iban lejos, y me quedé con las ganas de irme detrás de ellos pero los gritos de mamá interrumpieron mis intenciones.

 

Cómo así que nos iban a ganar de pataduras, de cuento, de güevonada, que a nosotros nadie nos metía miedo, cómo así, ni más faltaba. Y el domingo llegó. Y yo, que siempre esperaba a otros para irme a la cancha, me adelanté. Ya iban a ser las diez y apenas estábamos cinco, lo que nunca. Ni siquiera Colombina había llegado. Los contrarios ya estaban completos, tecniquiando, trotando, pateando. Y los cinco de nuestro equipazo, el de los toques embobadores, apenas mirábamos, eso sí, con el uniforme puesto. El árbitro comenzó a dar pitazos, a llamar a los equipos. En esas, apareció Avendaño, y ya éramos seis. ¿Y Ochoa y el Motorcito y Chucho y los otros? ¿Y Colombina? ¿Dónde estaban? ¿Qué les pasaría? Que nos iban a ganar de bulla y camiseta de tela fina, ¡qué va! Que nos iban a pasar por encima, menos. Que nos bailarían y goleaban, no, ¡qué va!… Nos ganaron por Doble U, sí, por W, que mucho tiempo después, cuando ya el fútbol de competencia poco me interesaba, supe qué significaba esa convención que nació con carreras de caballos en Inglaterra. Lo que nunca supe a ciencia cierta, y creo que nadie se enteró con exactitud, era qué le había pasado a más de la mitad del equipo de la camiseta amarilla con listas negras, al onceno que más fútbol jugaba en los días en que todavía éramos muy felices y ricos en ensoñaciones.

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Una sensación de soledad y derrota. Los jugadores no aparecieron y perdimos por W.

 

 

Una situación absurda

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Tras observar que su turno aparecía en pantalla, el hombre se acercó a la taquilla, presentó su documento de identidad y otros papeles y esperó. La dependiente de la oficina de salud tomó la cédula y verificó en el computador. “Señor, son veinticinco mil trescientos pesos”, dijo ella, sin mirar al que ya estaba introduciendo las manos en el bolsillo. “¿Tiene los trescientos en menuda?”, “no, señorita. Lo siento”. Ella sonrió. Él le puso cuidado al destino de su billete de cincuenta mil, que ella depositó en una gaveta que tenía una pinza aprisionadora. “Le devuelvo, señor”. El tablero electrónico pitaba a cada momento, anunciando nuevos turnos para los circunstantes, sentados en sillas de plástico en la sala de espera.

 

El sonido de la fotocopiadora llamó la atención del hombre, que tenía en una mano una pequeña tarjetera, esperando la devolución de su cédula de identidad. “Debe llamar a pedir la cita de cardiología. Aquí tiene la orden y cuando sepa la fecha de su cita viene antes para autorizarle otros exámenes”, dijo la mujer, que había remarcado con amarillo intenso las instrucciones para la solicitud médica. “Hola, señora —la dependiente se estaba dirigiendo a una mujer que se había arrimado por un lado de la taquilla—, creo que usted ya no tiene posibilidades de atención, porque dice en su orden que trabajó hasta el primero de diciembre, y entonces estaba cubierta hasta el primero de enero”. El hombre recordó que era veinte de enero, miró a la recién atendida, una mujer regordeta, de cara redonda y cabello corto, negro, que no pareció inmutarse cuando le dieron la información. La empleada le devolvió unos papeles y la cédula de ciudanía a la solicitante.

 

La de “orientación al usuario”, según decían los avisos encima de las taquillas, le entregó las autorizaciones al hombre, que segundos antes había visto, inclinándose de un modo poco habitual, cómo su cédula permanecía junto a la caja registradora. Se guardó con automatismo la tarjetera en el bolsillo de la camisa, siguió con los papeles en una mano y dio dos pasos, como para retirarse, tras decir gracias. Frenó en seco. Se volvió y le dijo a la mujer: “No me entregó la cédula”. “Cómo, claro que se la devolví”, dijo sin convicción la atendedora. “No, no la tengo en mi guarda documentos”. El hombre metía las manos en el bolso en el que hospedaba un libro de Mijail Bulgakov, un paraguas y papeles diversos. “No, no me la entregó, señorita”, insistió. Se inclinó a mirar donde la había visto antes, y ya no estaba.

 

La muchacha buscaba y rebuscaba entre papeles, cajones, volteaba la cabeza, se agachaba a escudriñar el piso. Ya había desconcierto entre sus compañeras y algunos impacientes que esperaban su turno. “Busque bien en la billetera”, dijo la de otra taquilla. “Ya busqué y no está mi cédula”. El hombre tenía la convicción de que su documento lo había entregado, porque, de lo contrario, no hubiera sido atendido. Nada. La cédula había desaparecido. “¿Y entonces?”, preguntó. “No me puedo ir sin ella. Ni más faltaba”, dijo, sin aparente alteración. Otra taquillera se puso en cuclillas para buscar por debajo de los escritorios. Inútil.

 

—Habrá que ir a mirar en las cámaras a ver qué se hizo —se escuchó la voz de otra empleada.

 

A estas alturas, el asunto era incómodo. Y parecía grave. El hombre volvía a explorar en su bolso, en el pequeño porta documentos de cuero. Miraba a los de la sala de espera, al piso de baldosas opacas. La mujer que se había arrimado antes, estaba sentada. El hombre la ojeó y ella se estremeció. La empleada le preguntó si ella por casualidad no tenía la cédula del señor. “¿No se la pasaría a usted por equivocación?”, interrogó. La otra parecía no preocuparse. Buscó, sin embargo, en su billetera y nada.

 

“Cómo era posible que hubiera desaparecido, esto es absurdo”, pensó el hombre. Y después expresó su pensamiento en voz alta, pero sin gritos. La que lo había atendido ya se había ido a la sala de sistemas, a examinar la grabación. El hombre esperaba con inquietud. “Perder la cédula debe ser un trauma. Qué lío. Poner denuncias, ir a la Oficina Civil, esperar quién sabe cuánto tiempo. Y yo con todas las diligencias que hago, qué mierda”. El hombre comenzó a pensar en el concepto de eternidad, del tiempo que pasa sin detenerse, sin devolverse, siempre hacia el infinito. O hacia la nada. Recordó de súbito la cabeza decapitada por un tranvía de un personaje de El maestro y Margarita, el libro que tenía en su mochila. “Debe ser obra diabólica esto de la desaparición de la cédula”.

 

No supo al cabo de cuánto tiempo apareció la muchacha, por detrás de él. Estaba preguntándole a la mujer sentada que si ella no tenía el documento del señor. La otra volvió a mirar en su cartera. Nada. “¿Qué pasó, qué mostró la cámara?”, interrogó el hombre, ya con síntomas de impaciencia y preocupación.

 

—Sí, muestra cuando usted me entregó el documento y yo lo puse junto a la registradora; luego, cuando usted paga, yo meto el billete en ella y la cédula no se ve más. —La voz de la dependiente era de susto y extrañamiento.

 

—Esto es absurdo. —El hombre ya estaba a punto de explotar. “Creo que comenzaré a insultar a esta muchacha inepta”, pensó.

 

La empleada estaba otra vez detrás del mostrador. Abrió la registradora con billetes organizados y aplanchados por los sujetadores. Sacó el cajón. Miró con ansiedad por el boquete. Metió una mano y gritó: “¡Aquí está!”.

 

—Mis disculpas, caballero. —La muchacha, boquiabierta, estaba pálida y de a poco iba recobrando su color natural. Tenía una sonrisa bobalicona.

 

El hombre guardó la cédula, sonrió como sin ganas, con gesto de desprecio y salió. Afuera, el tráfico era intenso y había un sol de justicia. El hombre sudaba. Su corazón estaba a punto de salirse y brincar a la calle.

 

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 Pinturas de Fabio Amaya y Tangshi.

El goterero

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Por Reinaldo Spitaletta

La premisa es que hay que tener talento para ejercer este oficio (más bien, una impostura) que, si no se es avezado, puede culminar en una exposición de rabias impulsivas de las víctimas, que lo arrojarán de la mesa y le harán marchar con el rabo entre las patas y sequía en el guargüero. El goterero, como lo llaman en jerga de pueblos alicorados, es un campeón del pegamento y la pantomima. Tiene la sonrisa fácil y el verbo abundante. Intenta estar bien vestido y oler a limpieza, como mínimo, en caso de carecer de fragancias enfrascadas, para que los otros no lo vean ni repulsivo ni descuidado.

 

Posa de tener refinamientos, como lecturas de varios periódicos al día, y, en efecto, debe mantenerse enterado, porque, así, tendrá repertorio cuando se acerca a una mesa a saludar y sentarse sin permisos ni venias, con palabras de cortesía estudiada que hacen que los allí congregados lo acojan sin resistencias. Y aparte de titulares, debe, por su temor a convertirse en un pelmazo, acercarse a libros de autoayuda, saber un tanto de esoterismos y secretos de cocina y, si este catálogo no le basta, aprender (bueno, o posar de que sabe) a interpretar y vaticinar el futuro, los misterios del tarot y estar atento a la actualidad deportiva.

 

El goterero, que intenta no aparecer como un vulgar pegajoso de cantina, viste en ocasiones de saco (se le notan las veces que le ha volteado el cuello) y zapatos a los que casi nunca tiene tiempo de lustrar. Sonríe tras haber ensayado muchas veces frente a un espejo sus mejores sonrisas y mataditos de ojo. Lo que sí es que debe estar sin aplazamientos bien afeitado. En el fondo, debe ser un “buen sicólogo”, que es la expresión popular que se refiere a gentes con talento para descifrar fisonomías y estados de ánimo casi a la velocidad que dura una mirada de afán.

 

Lee periódicos semiserios y sensacionalistas, casi nunca pasa de los encabezamientos, y uno que otro libro de aventuras. Se preocupa por las noticias radiales matinales y carga una agenda con apuntes de situaciones pintorescas, como las que, según él, se publican en un almanaque de agricultores y tenderos. Sabe, o dice que sabe, leer las cenizas de los cigarrillos situación que lo pone en un lugar de privilegio en ciertas mesas, y conoce el tarot y sus misterios. Lee, para reproducirlo en sus conversaciones, asuntos sobre exorcismos y embobamientos y es capaz de hablar con precisión sobre las fases de la luna y su influencia en los humanos.

 

Egidio, que así se llama el personaje, tiene idea de geografía y se sabe los nombres de los árboles de varios parques de la ciudad. Tiene, desde hace años, seleccionados los bares donde entra a comprobar qué tanta influencia ejercen sus mañas y saludos en los clientes. Uno de sus preferidos es El Selecto, al que entran burócratas, estudiantes universitarios y alguna gente con preparación académica. Le gusta, además, porque hay equipo de sonido con música seleccionada y reproducciones litográficas de pinturas en las paredes.

 

Cuando está en la acera, frente al bar, ya tiene escogida la mesa a la que se arrimará en primera instancia. Ingresa y algunos de los circunstantes se ponen a observar las iconografías o dirigen su atención al mostrador. El dueño del bar sin falta esboza una sonrisa de picardía. Egidio se acerca a los clientes y los saluda con efusiones. Después, les pregunta, por ejemplo, ¿saben qué pasó en el palacio de gobierno? Y de inmediato se gana la atención. A alguno de los allí sentados, le dice que tiene buen semblante y que lo mejor es que lo más pronto haga una apuesta y compre lotería. “La suerte te sonreirá”, le advierte con certidumbre.

 

Egidio tiene la palabra fácil. La cordialidad lo hace simpático. Se sabe el nombre de casi todos los que por allí recalan. No falta, pese a que en el fondo preferirían no hacerlo, quién lo invite a sentarse, porque, además, es un interlocutor con información y buenas maneras. Articula con solvencia las palabras, vocaliza y da la sensación de conocer el mundo y sus alrededores. Si le preguntan sobre política, sobre política sabe. Si acerca de las marcas y récords de deportistas retirados, también.

 

A Egidio hay que invitarlo a sentarse. Y ofrecerle un trago. Que se prolonga, porque él es experto para seducir con su conversa y hacer que las copas se deslicen por su garganta. “Garganta profunda”, le han dicho, entre risitas de malicia y gestos de doble sentido. Su fuerte es la historia patria. Es capaz de revivir con su parla la batalla de Boyacá y recitar de memoria proclamas de Bolívar y Policarpa Salavarrieta. De Mon y Velarde, el regenerador colonial, que suscribió la sentencia de muerte contra el comunero Josef Antonio Galán, dice que se fue con un muchachito para Quito, donde lo mandaron a presidir la Audiencia de esa ciudad.

 

Además del mencionado bar, también hace presencia en otros, como El abrojito, el Avenida y el Nocturnal. En todos, dispensa su verba y su cuentería. Y termina, como los contertulios, ebrio pero sin gastarse un solo peso. Sí, no hay duda: es un campeón de esa simulación oficiosa, que le permite disfrutar los fines de semana de “gorriar” a los que le dejan sentarse a su mesa. Un día, en que los concurrentes de una de esas cantinas no estaban de buen humor, lo dejaron a la espera, ignorándolo. Y de pronto, como si el mundo se fuera acabar, echó mano de las palabras de un antiguo bohemio de otra ciudad y Egidio gritó con todo lo que la voz le daba: “¿¡van a dejar morir de sed a Grecia!?”. Ese día le sobraron botellas de licor.

 

La única vez que invitó a los de su mesa a una tanda, que se prolongó, ha sido el día en que su equipo del alma ganó el primer campeonato después de estar años en blanco en los torneos de fútbol. Egidio, esa vez, tiró la cantina por la ventana. El dueño de El Selecto no lo podía creer. Y los circunstantes, tampoco.

 

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Pinturas de Zara Cañiza

Cara de suplicio

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pintura de Alexej Georgewitsch Von Jawlensky

 

Por Reinaldo Spitaletta

Los sufrimientos le atropellaron la cara, la mirada de angustia, los labios en un rictus de dolor contenido, la nariz inquieta de conejo asediado. Eso dicen a manera de suposición los que lo ven por primera vez, después se acostumbran a su andar de cansancio y a su aspecto de infelicidad. Los antebrazos con vellos ralos, están tostados por quién sabe cuántas jornadas de sol. Usa una gorra tal vez de forma tardía porque ya la piel del rostro está requemada, seca y con algunos lunares saltones y máculas oscuras.

 

La voz es la de un derrotado en las lides del trabajo y en la falta del mismo, que una combinación en exceso de una y otra puede conducir a desmadres y aburrimientos que se retratan en cabello y mirada. Cuando se quita la cachucha, el pelo, ya escaseado, luce apestado y sin brillos. Como las opacidades que se le notan en la actitud permanente: una angustia sin pausa parece sobrecogerlo. Nadie, que se sepa, sabe a ciencia cierta cuál es su mundo interior, porque él se niega, cuando le preguntan por su vida, a dar pistas y datos. Tipo receloso, se escucha la expresión.

 

Parece, y puede ser exagerada la analogía, un sobreviviente de campo de concentración, según se oyó decir una vez, cuando el hombre, de delgadez nada atlética, se disponía a subirse a un bus, trastabilló, se enredó en el primer escalón y cayó sin consecuencias graves, pero ante la mirada de curiosidad de los otros, que no disimularon sonrisas y hasta risas contenidas con la mano en la boca. Se levantó con dificultad y lo que asombró es que ninguno de los circunstantes trató de ayudarlo en su incorporación que, a simple vista, se notaba aparatosa. Dicen, tal vez por llenar alguna conversación baladí, que no se alimenta bien. El aspecto deplorable del hombre les puede dar la razón a los malhadados del chismorreo.

 

Algunas damas que lo ven con aire de lástima han dicho, así las han percibido vendedores ambulantes, que el hombrecillo no inspira ningún mal pensamiento. Parece víctima de un hechizo, de los que se proporcionan en bebedizos y untaduras. Habla casi a media lengua, se le escapan sílabas en las frases, las palabras, casi todas, quedan inconclusas. Se cree que en la infancia le sucedieron cosas terribles de las que él, por lo menos que se sepa, no ha comunicado nada. Es más bien discreto. Aunque, es una conjetura, parece estar quemándose por dentro, debe de tener un mundo interior de fuegos cruzados, que a lo mejor hasta reflujos le pueden causar.

 

Cuando fuma, se le demora en los labios el cigarrillo, como si olvidara que lo tiene ahí, encendido, que a veces se le alarga la ceniza como si estuviera en un plan ritual de lectura de la suerte. Uno, desde el balcón, en un segundo piso, lo ve pasar con pasos inseguros, como si no supiera hacia dónde dirigirse, porque se detiene de improviso, como si fuera a retroceder, y luego reanuda pero sin convicción su marcha hacia cualquier parte. Desde allí se puede detectar cómo algún vecino le alza la mano a guisa de saludo, pero sin que se noten entusiasmos. Él, igual, responde con sonrisa de sinceridad.

 

De su vida pasada nadie, que se sepa, conoce detalles. Ni si alguna vez se casó, si tuvo algún hijo, si fue feliz. Llegó al barrio porque no sé quién le dijo que si le podía ir a lavar el carro, y apareció en el contorno con sus camisones amplios y bluyines desteñidos y avejentados. Luego otros, tras la recomendación, lo utilizaron para ir a la tienda, o a llevar recados, para arreglar antejardines, para limpiar fachadas, en fin, que el tipo es un todero. Duerme en una pensión cercana y en los diciembres pone cara de congoja, tal vez lo asedian los recuerdos, o, como se le oyó decir a una vecina, los remordimientos.

 

Lo que sí es que todos pronuncian su nombre con cariño: Aristóbulo, aunque se escucha también la vocalización del apócope: Aris. Se le ha dicho también Aristi, igual él responde a cualquiera de ellos, e, incluso, al sobrenombre: don Suplicio, que no se conoce quién se lo estampó. Parece indiferente a uno u otro. Hay momentos en que se le ha visto ido, como recorriendo pasillos de su desconocido pretérito y, por qué habría de negarse, transmite con su actitud un hálito de tristeza.

 

Aris tiene la espalda recta, sin asomos de joroba, aunque camina mirando al piso, como si buscara el tiempo perdido, que no tendría por qué hallarse en el suelo. Ah, y su fisonomía tiene una particularidad: es carichupado, como lo dijo doña Juana, la de la tienda, cuando él entró la primera vez. “No pude contenerme”, me contó ella en cierta ocasión: “tenía tan particulares esos cachetes que tuve que llamarlo así, pero con sonrisa y amabilidad, para no herirlo”. Puede ser que otros, antes de ella, se lo hubieran hecho saber, porque, de acuerdo con la versión, no se inmutó.

 

Aristi es parte del paisaje del barrio. Casi siempre, al atardecer, porta un periódico, que, ha dicho, le sirve de lectura nocturna en su pieza de paso. Nunca se le ha visto borracho ni escuchado una mala palabra. En su modo de ser hay melancolía estancada, como si hubiera nacido con ella. La nariz temblorosa parece que le ha crecido y ya parece un pico de lora. Cuando las ventanas lo saludan, en la hora del ocaso, él alza el periódico y sigue su camino hasta que las sombras se lo engullen en silencio.

 

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Doña dueña

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Pintura de Raquel de Bocos

 

Por Reinaldo Spitaletta

La señora de hablar de simulaciones, con suavidades cuando quiere aparentar  que es “buena gente”, y con quiebres y ondulaciones altisonantes en la voz cuando desea dejar claro que ella es la que manda, es la dueña de la información en un diario de parroquia. Le gusta que le digan que está bonita, que el traje nuevo le queda de maravilla, que los zapatos de relumbres son los indicados para andar por las alfombras rojas de la oficina. La cara, en la que los pómulos sobresalen, de piel estrujada, disimulada con afeites, le da un aire como de doña propietaria de un ventorrillo de comidas para viajeros. Con perdón de esta última.

A veces, por no decir casi siempre, gusta de aparecer en la página social, una de las más comentadas por los lectores, porque, además de la doña creerse fotogénica, ama la vitrina, que la muestren en una visita a una fundación de caridad, o en su vuelta de un viaje de invitación a una ciudad turística, y así, que para eso, puede pensar ella, es la doctora, como le dicen muchos de sus subordinados, aunque no haya estudiado sino una diplomatura.

Eso sí, sabe inglés e italiano, porque, de chica, sus padres se lo inculcaron, que una hija de ricos y prohombres no puede ser ignorante en lenguas, así cuentan que dijo una día su padre, en una reunión de despedida de año con los empleados. La señora, muy aseñorada, posa de estar del lado de los humillados y por eso envía, de vez en cuando,  a un dependiente de sus preferencias a escribir notas sobre gentes a las que les han vulnerado algún derecho. Pero, en esencia, y según se ha sabido, ella también comete desafueros con algún trabajador, cuando no de su publicación menor, de peones de sus finquitas, que así las califica ella como para disminuir impuestos y otras connotaciones. En ese asunto, no quiere que se sepa mucho de sus posesiones.

Casi siempre viste chaqueta y falda, de paños y fibras finas, importadas, porque una mujer como ella debe estar bien perchada, elegantona, aunque, si se la observa con detenimiento, sus ropajes pueden estar mejor exhibidos en vitrinas y armarios de almacén. En algunos editoriales que publica, escritos por colaboradores, se afirma con tono de ensalzamiento propio que el periódico está para defender a los desamparados y fustigar a los cometedores de desafueros. Todo con lindas palabras y argumentos convincentes.

No está de sobra advertir que la señora, cumplidora de misas y visitadora de iglesias, se rodea de uno que otro músico, para que, en los almuerzos y otras reuniones, canten canciones de campo, bucólicas y tristes. En su oficina, a la que solo se entra con cita, tiene discos de baladas italianas y uno que otro de la ya anciana y remota Nueva Ola. Canta con voz roncona y ella se toma en serio cuando le dicen que es afinada y que tiene buena voz. Los de su círculo más próximo, la adulan y con sus flores verbales la hacen creer que es talentosa y sensible.

En los últimos tiempos, algunos han notado que la señora, a la que nadie ha visto llorar, se acerca cada vez más al poder político y económico, que no es que antes lo haya cuestionado o criticado, sino que es, hoy, así dicen en las afueras de esa empresa, sí, hoy es más notoria su inclinación, por no decir su lambisqueo, con los que mandan en el país. Ella sabe que así, con sus posiciones que se han ido deslizando hacia la absoluta desvergüenza, puede que tenga más anuncios publicitarios y cocteles de sociedad. Quizá, según sus actitudes, hasta la nombren un día en un alto cargo de gobierno. Merecido lo tiene.

En todo caso, y olvidando en apariencia que en otros momentos su hoja parroquial estaba en concordancia con la información sobre atropellos y desajustes sociales, le ha dicho a sus redactores que, pase lo que pase, hay que estar con las instituciones, que son las que mandan y hacen las “guerras justas” (son sus palabras). “Hay que obedecer y no cuestionar tanto la autoridad, no hay por qué salirse de los cauces tradicionales, estamos con la aplicación de la gobernanza. Les pido, apreciados colaboradores, amor y fe en nuestra empresa y en los hombres y mujeres que nos gobiernan”.

Cada vez son menos los espacios para asuntos de pobres y desafortunados. Y, en cambio, más y muy generosos para los eventos oficiales. Doña dueña entiende de estas incidencias y las aplica. Hay, dice con énfasis, que dedicar más páginas a los discursos, reuniones y medidas de gobierno. Se siente feliz con esas divisas. En algunos de sus colaboradores, como ella los llama en tono maternal, se aprecian caras de desconcierto, aunque ninguno se atreve a replicar. El ejercicio de la sumisión funciona como un engranaje de relojería. Ella ordena, los otros obedecen. Y listo. Sin lugar a intenciones ni disposiciones anímicas que alteren la armonía del que ya parece un rebaño muy aconductado.

Doña dueña, madona, madama, madame, mandona, la de los trajes sastre y las carteras distinguidas, cada vez se parece más a una marioneta. Se le ha visto caminar a saltitos y dar pasos estudiados de teatrino. Se dice —en ninguna parte faltan las malas lenguas, las viperinas— que tiene un amante. Y para tales faenas, la avejentada donna puede ser buena, ma non troppo.

 

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El narcisista

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Por Reinaldo Spitaletta

No solo soy el más bello, inteligente y rico, sino el que mejor baila en la comarca llamada cosmos. Cuando quiero, me rizo los cabellos, y cuando me cansó, los aliso, porque mi presencia, con ojos de deslumbre, hipnotiza muchachas, como pasó con mi antecesor mitológico, que una ninfa lo amó con consecuencias más bien poco halagadoras. Mi casa está surtida de espejos: hay en el zaguán, el patio, las piezas, los baños, la cocina, el comedor. También hay uno, muy pequeño, sin ánimos de feng shui, pero sí de que alcance a reflejarme para que los espíritus del mal no entren en la mansión, que mantengo decorada con mis fotografías, con retratos al óleo, claro, que me representan a mí y mi bonitura, y ¿si no? Ajá.

Me gusta lucir ropas de vivos colores, fina eso sí, para llamar la atención por doquiera que yo vaya, y perfumarme con las esencias más fragantes y costosas, que las traigo de París y Nueva York, y mis zapatos están lustrosos siempre, charolados, que un refinado como yo no puede andar de cualquier manera, ni estar, como me decían las tías, cuando yo era niño, desgüaletado, que era como decir mal presentado, sin elegancia, sin chic, nada.

No sé qué escritor dijo, bueno, lo escuché en alguna parte, que uno era uno y sus circunstancias, pues qué les digo, soy yo y solamente yo, lo otro es accesorio, porque, por ejemplo, nadie iguala mi color de piel, miren no más y enamórense de la tonalidad y lozanía, ni mi nariz de medidas y proporciones únicas, que ni un perfil griego es más delicado. Todo, las partes y el conjunto, revela mi belleza celestial, porque, si me analizan de arriba abajo (o de abajo a arriba, como deseen) y observan mis dimensiones áureas, soy un ser perfecto. ¿Modestia? ¿Por qué y para qué? Me falta, eso sí, alcanzar la categoría de un dios, pero no entra en mis aspiraciones. Por ahora. Ya es suficiente con tener el mundo a mis pies, que en todas partes, cuando me descubren, solo hay una conjunción de asombros y admiraciones. Se arman bisbiseos y rumoradas, y todo alrededor de mi atracción, por lo demás, nada fatal ni letal. Adorable.

Si hubiera vivido en la antigua Grecia no hubiera atraído tanto como ahora, porque me ayudan las tecnologías, lo que es uno ser de buenas. Cada segundo estoy tomándome selfies que de inmediato pongo a circular en las redes y siempre me atiborran de “megustas”, porque, como vengo anunciando, soy único e irrepetible, que más de miles de mujeres quieren tener una cría, un duplicado, una copia de mí, pero no me interesa, debido a que puedo dejar de ser exclusivo. Así que tienen que aguantarse las ganas y utilizar tretas diferentes, de las cuales me entero ahí mismo, porque además de ser un descendiente de Zeus, un efebo sin mácula, soy muy despierto y listo, qué les digo.

No sé de dónde salí tan bien hecho, porque y dejen que les muestro fotos más tarde, mis padres no eran ningunas postales, aunque sí era él bien parecido y mamá una señora muy distinguida; sin embargo, para su conmoción, cuando nací ahí mismo dijeron que era más lindo que el niño Jesús, según me contaron después, y llegaban los vecinos, más enfermeras, y alguna (relató papá) miró sin discreción mis partes pudendas y dicen que dio un suspiro largo y entornó los ojos. Creo que sí. Después, en el colegio, las maestras se desvivían por mis facciones y soñaban con tener algún hijo así; tal vez, digo yo ahora, pensarían más bien que esperarían a que creciera para ser felices conmigo, que las mujeres, de cualquier edad, son así, se lo quieren tragar a uno con la mirada.

Cuando nací, sigamos con esa historia, había música en casa, con guitarras y flautas, los de un conjunto que papá, que tocaba muy bien el saxofón, contrató para mi recibimiento. Y desde ahí, digo yo, no solo me encantan los sonidos porque yo mismo soy música, sino el baile, otra de mis maneras de la seducción. Cuando lo hago, todos se detienen a verme y aplauden. Cuando se unen belleza y talento no hay fronteras y todos se tienden a los pies de uno, como feligreses. O como vasallos.

No sé si se habrán enterado, pero me gusta hablar de mí mismo, no puedo resistirme, hay una fuerza interior que me lo pide, me aconseja, me advierte que no puedo estar en la tierra sin que los demás se den cuenta de que existo por encima de todos.

Hoy, todo contribuye a destacar mis atributos. No solo los espejos, artefactos muy antiguos y no siempre amados por la fealdad tan abundosa y que yo amo porque, lo he dicho tantas veces, reproducen mi belleza, sino las maneras de ser de mis contemporáneos, moldeados solo para ver la superficie, el barniz, los maquillajes, porque, digo yo, el mundo parece hecho a mi medida: lo que vale ahora es la representación (claro, también la presentación), el brillo de los ojos, la suavidad de piel, los efluvios de perfumes sin par como los que uso y así. Soy por lo que aparento, como una ilusión óptica. Valgo por mi exterior. Y yo adoro ser así.

¿Alma? Qué me importa. ¿Pensamiento? ¿Para qué? Soy el afuera. Lo demás, como decía un vecino muy intelectual, es literatura. Espero sobrevivir a todos aquellos que desean, más por envidia y menos por sus defectos físicos, que me suceda lo que a mi antecesor. No pasará. La fuente en que me miro ahora, embebido, ido, perplejo, seducido por mí mismo, me ha dicho que nunca me ahogaré en ella.

 

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Un ignorante

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Por Reinaldo Spitaletta

Se le insiste en los lugares que frecuenta, donde, sin que él se entere ya ha pasado a ser un “rey de burlas”, que lo que está diciendo es un auténtico y escabroso yerro por esto y por aquello, porque se nota que no investiga, que no tiene información, cómo va a decir que es de día si está de noche, pero, en últimas, como le dijo un profesor de literatura, “la ignorancia da seguridad”. El hombrecillo, cara colorada y frente de amplitudes severas, sonríe cuando le señalan que está equivocado y la actitud que asume es la de no parar bolas. Continúa en su apreciación, aferrado a ella, cualquiera que esta sea, indiferente a la crítica, apático a la opinión de los demás.

 

Una desbarrada, por ejemplo, es cuando dice que el novelista Marcel Proust no requería hacer descripciones tan extensas ni solazarse en la importancia de una magdalena o en el humo de un cigarrillo, que toda esa obra (bueno, solo dice que leyó una parte del primer tomo) sobra porque pocos lectores se van a gastar tantos días para leer sobre cortinas y ventanas y otros asuntos inútiles, según él. También se acerca al absurdo cuando anuncia, con pompa, con una certeza que ni siquiera le da para parpadear como señal de duda, que todos los campesinos son analfabetos, que nacieron para ser esclavos y para servir a amos aunque estos no existan, porque el campo está hecho para que la gente no piense. “Ninguno de ellos merece más de lo que tiene”, se le ha escuchado en corrillos, donde lo aceptan porque, a la postre, sus aberraciones en la calificación sobre cualquier cosa pueden hacer pasar momentos sabrosos, con hilaridad, con alguno de los circunstantes especializado en adulaciones y halagos baratos, que le da palmaditas en el hombro. Aunque, se han dado casos, en que alguien no resiste tanta barrabasada junta y le advierte, cachetiencendido, que se calle o lo derribará de la silla.

 

El hombre, de baja estatura y ojos saltones, gusta, cuando se presenta la ocasión, de sentar cátedra sobre temas disímiles que brincan desde relatos de tierras vírgenes que él jamás ha visto, pasando por momentos de literaturas montañesas que tampoco tiene idea de quiénes son sus creadores, como sucedió hace unos días, según estuvieron diciendo en un bar que a veces el tipo frecuenta, que se enzarzó en sostener que los relatos de Carrasquilla eran una invención sobre la nada, que el escritor no sabía de lo que estaba narrando, asuntos fáciles que no tenían nada que ver con el arte literario, porque, según su sapiencia y modo de ver las cosas, no había ninguna profundidad en los personajes, ni la ciudad que mostraba en algunos de ellos, era real, ni tenía en ella lo que todos los críticos advertían: ciudad simuladora, de ricos emergentes que querían ser como parisinos, como los de lejanas metrópolis y se avergonzaban de lo propio. “¡mentiras!”, decía. “Ese escritor es un farsante”, dicen que dijo.

 

Para darse tono, aduce que ha leído mucha filosofía, pero si le preguntan por Kant o por algunas ideas qué planteó Nietzsche en Genealogía de la moral, se va por las ramas, porque los filósofos, advierte, son antiguos y más que todo griegos, y ninguno de estos dos lo es, así que se despacha con La caverna de Platón, pero sin dar a entender de qué se trata, o con algunas notas en torno a la Poética, y él pronuncia este título con énfasis sacerdotal, con un categórico acento que pueda impresionar a quien lo escuche, pero solo da dos o tres daticos y entonces el interlocutor le dice que deje de expulsar tanta babosería, que él es un posudo sin gracia, ni siquiera es capaz de llegar a la farsa con talento y que, lo mejor, es que se ponga a estudiar de verdad, que no importa la edad, que recuerde que un día antes de que a Sócrates le hicieran beber la cicuta estaba estudiando a Esopo y poniendo en verso las fábulas que se sabía.

 

—La ignorancia es un estado de llenura —Así le dijo uno que ya estaba fastidiado con sus peroratas vacías y de apariencia enjundiosa.

 

El pequeño hombre no supo qué contestar, solo sonrió con pesadumbre y luego siguió como si nada hubiera sucedido. Pero el otro insistió: “La ignorancia es un estado en el que la padece se siente pleno, abundante, afortunado. No tiene preguntas. Se ha secado para el entendimiento…”.

 

Parece, y es lo que se rumora en los mentideros donde el tipo suele desfilar con sus discursos inanes, que no hay remedio. No valen sugerencias ni aclaraciones ni recomendaciones. Nada. Sigue convencido de que es un sabedor de lo que habla y que ya está dotado de toda la ciencia que se requiere para existir. A lo mejor, va a morir tranquilo y sin las penas y otros sufrires que produce el pensar. Cada vez, en la colorada faz del hombre de escasa estatura y poca reflexión, se nota la expresión de sentirse como un elegido, como un iluminado al que los otros no están en capacidad de entender.

 

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La acumuladora

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Por Reinaldo Spitaletta

 

En el cuarto de San Alejo, que no se distingue de los otros de su casa de paredes descaecidas y baldosas antiguas, las multitudinarias cosas tocan el techo. Hay atados con cintas de amarre, convocatoria de todos los elementos de navidad desde que ella tuvo noción de los diciembres, que engordan como marranos de fiesta año tras año. En otros, los pesebres con musgos artificiales y nieves de fantasía se agrupan en bolsas de plástico y en otras muchas de telas importadas. Ella, cada día, les da vuelta a sus objetos envejecidos y a las cajas de cartón, amarradas con cabuyas y cuerdas sintéticas, para sentir un enorme placer que la recorre de cuerpo entero y la hace vibrar de cabo a rabo.

 

Cuando uno la visita, y eso porque se trata de ir a contarle historias de la vieja ciudad, lo invita al altillo para que le ayude a buscar entre periódicos añejos, en medio de polvorientos estantes, alguno que tenga en la primera plana la foto de la visita del sumo pontífice a Colombia en tiempos en que en otras partes había levantamientos de estudiantes y trabajadores y aquí la gente, en su mayoría, se dedicaba a persignarse y a coleccionar camándulas. Como las que ella alberga en un armario dedicado en exclusiva a reliquias de Tierra Santa y a santicos de bulto que ha conseguido en visitas a los almacenes de todas las parroquias.

 

No es que sea rezandera. No le consta a nadie. Pero tiene novenarios y libros de devociones. Hay santorales y estampas virginales regadas por cuartos y atiborradas en escaparates. Sobre mesas de caoba y de imitación mármol hay porcelanas que se empolvan sin remedio, desde ángeles de alas doradas hasta Venus de Milo de imitación. Le gustan las arañas luminosas y allí, en aquellos espacios de apiñamiento, se puede decir que el tiempo transcurre a la luz de lámparas apagadas y de elefantes de madera y de resina que llegaron de la India y de bazares de tierras de muy allá.

 

No se sabe a ciencia cierta por qué la acumuladora es así. Se cree, o eso sugieren vecinos que han conversado con ella, pese a que es una mujer alejada del mundanal ruido, que se trata de una carencia que sufrió en la infancia y que, en la adultez, o tal vez un poco antes, la condujo a llenar los espacios de su caserón por temor al vacío. En cualquier resquicio hay objetos: unas medallas de plata en los alféizares de casi todas sus ventanas que, por lo demás, están abarrotadas de cortinas de cretona y otras telas de las que, como una fijación, pega mariposas disecadas. En los cobertores hay cintas y pequeños cojines, con almohadones de plumas en todas las camas, que, sin saberse para qué tantas, quizá para huéspedes fantasmagóricos, acaparan espacios de cuartos y aun los de una sala de estar. En el vestíbulo tiene una tarima con muñecas de trapo que parecen dormir un sueño de justos y de tranquilidades.

 

En las paredes de los zaguanes y también en las del salón de costuras hay fijados cuadros de paisajes acuáticos, con embarcaciones en la que mujeres de velos se asoman por la cubierta para ver el mar, y otras marinas con soles en el ocaso y gaviotas ciegas. En los arcos del comedor, en la que sobre la mesa de mantel fino, se posa un florero con hortensias artificiales, cuelgan atrapasueños y móviles que cuando entra una corriente de viento suenan a músicas orientales. Ella, de cara abotagada y manos regordetas, parece gozar con las colecciones de pocillos chinos y grecas inglesas y con cubiertos de plata y ollas de todos los tamaños. Es el caserón una miscelánea de cintas y botones y carpetas de croché. Raro es que, entre tantos calendarios con pintorescas ilustraciones, no haya relojes. El único que tuvo, una herencia de abuelos, de madera fina, vidrio importado y péndulo de brillos, lo vendió a un anticuario porque no soportaba el ruido nocturno ni el campaneo cada media hora, eso dijo.

 

La acumuladora, que cambia con frecuencia de servicio doméstico, está en el día pendiente de inventariar sus joyas de oropel y las de finas pedrerías, de cambiarlas de un cofre a otro y de conversar con los collares de perlas y de cuentas de semillas. En dos o tres repisas que tiene en su cuarto,  cuelga escapularios y coloca figurines franceses. Es posible encontrar banderines de colores subidos en el cuarto de baño de atrás y muchos zapatos en un cuartito que mandó a adecuar a propósito.

 

Es, pese a que ella misma en su cotidianidad usa candongas, colgandejos, pulseras y esclavas y ajorcas, que viste trajes anchos con telas crudas de la India y calza babuchas de colorines, es una mujer que no causa repulsión, tal vez porque está dibujando siempre una sonrisa que le atraviesa el cuerpo y la proyecta como una dama con don de gentes y muy saludadora.

 

La acumuladora parece no controlar sus ansias de tener y sostener muchos objetos en casa y cada tanto, como decir una o dos veces a la semana, va a centros de comercio y se extasía en todas las vitrinas. No se sabe de dónde le viene la fortuna, que gasta y gasta, compra y compra, y es conocida en almacenes y bazares, en los que la reciben con gentilezas. Cuando la ven entrar, los dependientes se alegran y mandan por jugos y aguas aromáticas para atenderla.

 

Uno piensa, tal vez como una plusvalía de la imaginación, que llegará un día en que la casa de la acumuladora la sacará a ella, la expulsará, la mandará a otras esferas, porque las cosas pueden complotar, conspirar, y cansarse de tanta juntura, de estar en un aglutinamiento de sofoco. Sí, los objetos pueden cobrar vida y entonces, pese a las simpática figura de la señora que además guarda en cofres y cajas de galletas inglesas cartas y oraciones, la terminarán odiando. Quién sabe si tantos collares y bufandas planeen un ahorcamiento. De ser así, pasará a ser ella parte de las misteriosas historias de la ciudad. Que el dios de las cosas y las mercancías la ampare y le dé larga vida.

 

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Pintura de Ghenie

Otro burócrata *

 

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Por Reinaldo Spitaletta

Con indiferencia, si no con burla, mira a veces de reojo la fila de expectantes ciudadanos de espera larga entre los que hay alguno que murmura su rabia porque ha visto al hombre detrás de un mostrador de cartón duro —lo que sabe porque es un hacedor de módulos de oficinas— sonreír con grotesco rictus (así lo ha pensado) al de camisa blanca y corbata azul, que a veces pone sus dedos sobre el teclado, pero en la pantalla no aparece nada. El empleado observa ahora con desaliño a uno que ha arribado hasta su puesto, le recibe un paquete de hojas, de lejos da la impresión de un legajo de formularios, las examina, o, mejor expresado, se hace el que las está revisando con la técnica y experiencia del que quiere hacer una representación, y después de unos minutos despacha al anónimo para que traiga fotocopia ampliada de la cédula, registro civil de nacimiento y constancia notarial de que está vivo.

 

Se pasea por el breve espacio de su oficina y de pronto se agacha sobre la computadora, da un clic y le pregunta a un compañero que cuál es el código de no se sabe qué categoría de formatos para los que son pensionados y cuáles para quienes aspiran a serlo. La fila ya es abrumante. Han llegado señores y señoras de edad, caras de amargura y en alguno de tantos hay una actitud de desazón por tener que visitar este género de establecimientos en los que, según él, todo o casi todo, al menos los que allí posan como atendedores, no son más que ineptos parásitos —así lo ha dicho, tal vez como una manera de la venganza— que se tragan el erario y los impuestos de gente como la que ahora engorda la cola de los desesperados.

 

El sujeto de marras se ha parado y con paso propio de aquel que camina con aires de superioridad, se ha dirigido a un cuartito del fondo del salón, cerca del que hay más oficinistas, desaparece tras una puerta y entonces alguien de los de la fila dice: “Trabaja más una pala empeñada”, otros que lo escuchan sonríen y advierte el de más allá: “Cuántas veces ha ido a mear, debe tener una incontinencia”. Hay risitas de impotencia, que quizá hacen menos torturante la fila perpetua.

 

Ha vuelto el hombre y llama al “siguiente”. Revisa papeles. Para. Continúa. Llega un compañero y le pregunta algo. Contesta con consejos: “dígale que traiga los documentos en regla”. Sigue en el examen de lo que le ha entregado un ciudadano. “A usted le falta llenar el formato número tres, que debe reclamarlo en la primera oficina, la de la entrada”. El otro muestra en la cara toda la desilusión. “Ya es la tercera vez que ustedes no me dan información completa”, dice, con tono de derrotado. El otro, con su rostro impertérrito, contesta: “Son las normas, señor”.

 

—Ah, ¿las “normas” son acaso para desorientar al usuario? —En la voz del que esperaba, del que seguirá esperando, hay un dejo de desdicha, que va subiendo en intensidad.

—(…)

—Ah, ¿a usted lo tienen aquí para desinformar, cierto? ¿Lo tienen para no hacer nada, para lastimar a los que llegan, para estar sentado en nuestra escasa reacción? ¿Qué es esto? ¿Cuántas veces tengo que venir a lo mismo, para que aquí siempre me dejen esperando?

 

Hay movimiento en el salón. Algunos de los empleados miran hacia el módulo del incidente. Luego siguen como si nada. De los que esperan surge un murmullo, creciente, que, de súbito, como si se tratara de una conspiración, de una concertación para la resistencia, estalla en gritería, dispersa, resentida, herida. “Ay, qué castigo es venir a estas oficinas”, “oh, cuánta desidia hay aquí”, ¿Qué mierda es todo esto, y uno necesitando que la pensión llegue pronto”, “Cuando me atiendan ya seré muy viejo”. Luego, ante el movimiento del celador de camisa azul celeste que ya está llamando por un celular, la que intentó ser una vocinglería decrece.

 

Junto a la puerta de entrada, a la derecha del tipo que recibe la perorata del visitante, hay señoras y señores sentados en bancas de plástico. Todos portan sobres, carpetas, fichos y, por la palidez de sus caras, parecen gentes a las que la vida se les está yendo por los poros. El celador ahora está muy cerca del hombre que en su desespero se desenfrena.

 

—Como sea, señor, usted tiene que reunir la documentación requerida  —dice el de la oficina.

 

En la actitud del burócrata hay una estela de triunfo. Es, o por lo menos así lo retrata, un imperturbable. Debe de estar entrenado para recibir sin alterar los músculos de la cara algún improperio, pero, sobre todo, reclamaciones a granel. Justificadas. El otro, al que la cercanía del vigilante parece disuadirlo, toma los documentos y sin mirar a los demás que tienen laya de curiosos, se va. El rumor se resigna a la espera. Quizá haya algunos que en su interior sepan que sus documentos son los adecuados, que haber llenado espacios y contestado preguntas, tienen la corrección requerida.

 

Puede ser, lo que no sería extraño, que esta oficina esté pensada para que siempre los que llegan a buscar información y a hacer trámites, tengan la rastrera sensación de que son inferiores. De que no pueden ir contra la corriente. De que su actitud tiene que ser la del sometimiento. Sin protestas. Pasivos. Qué importa si hacen uso de derechos como el de petición. O de recursos jurídicos. Su llegada a un ámbito diseñado para que los otros, los que no son parte de la nómina, se sientan humillados, está en la manera de ser del que los teóricos de la política llaman el Estado.

 

—¡El siguiente!

 

El hombre del módulo lo ha pronunciado, sin alteraciones. Sin interés. Con tono neutro. Qué importa quién diablos sea el siguiente.

 

(* En este mismo blog publiqué otro cuento titulado Un burócrata)

 

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Pinturas de Gustavo Díaz Sosa