Pico-monto o el tiempo que se va

(Relato sobre aquellos días de fútbol de barrio y cómo formar los equipos)

Símbolo del equipo de fútbol de rusia. pintura realista del arte de la ...

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Calle en forma de plazoleta, sin siquiera un arbolito, ni materas en los balcones. Aceras descascaradas y asfalto a medio regar, sin maña alguna. El picado de fútbol es urgencia diaria de muchachos de mi cuadra, o, por una especie de cortesía, de otros de las inmediaciones, en todo caso todos del mismo barrio. Y, para empezar el cotejo, hay que dividir las cargas, equilibrar los contrincantes para que resulte un juego reñido, con las típicas emociones, los gritos, las gambetas insólitas, los goles de inconmensurable canto y las jugadas turbias, esas que suceden cuando la pelota (generalmente de “carey”) pasa por encima de una de las piedras que delimita la portería o a cierta altura, y se arma una pelotera, valga el término, que sí, que no, gol, gol, que no fue gol. Y punto. Y entonces, desde el principio, el mecanismo universal y clásico en la elección de los equipos, en la hechura de la alineación, es el pico y monto.

 

Primer acto. Aquí, al frente, tengo a Chucho. Todos están expectantes. Comenzamos: pico-monto-pico-monto. Nos vamos acercando, hay suspenso en el ambiente, y cuando ya estamos muy próximos, a punto de terminar, que uno escucha la respiración agitada del otro, Chucho tuerce el pie. Y yo también. Hasta que es irremediable. Le pongo la suela de mi “guayo” derecho encima, sobre el empeine. Y me toca escoger a mí. ¡Bravo! Y, claro, como debe ser, selecciono para mi equipo a Richard, goleador nato, dueño de una inteligencia para el desmarque y para quedar siempre, no se sabe cómo, en posición de anotar. Es el “güevero”. Él, mi rival, elige a Naranja, de extraordinario jugar, con talento para repartir la pelota. Y así, del más calidoso al menos sobresaliente. Y todo según los puestos. Como es fama, nadie quiere ser elegido para estar en la arquería. Un puesto para inútiles, se dice. Todos aspiran a ser delanteros o mediocampistas. Muchos caciques, pocos indios.

 

Pico-monto. Una mítica rutina en el fútbol callejero, en el encuentro del baldío, en el de la canchita improvisada junto a la quebrada, en el potrero reseco, en la cancha de tierra y arenilla. Pico-monto. El mejor, primero. El peor (casi siempre el dueño de la pelota), de último. Es un ejercicio de milimetría, de presunta justicia en la relación de igualdad entre los bandos. No siempre, pero esa es la intención. Pico-monto. Y aquí vamos. Después, en otros contornos, porque he sido un errante, vuelve y juega. Pero ya no soy el que pico. Ni el que monto. Son otros dos, los mejores, los más destacados, los que mueven la pelota con magia insólita. Privilegiados. Son los que esta vez escogen. Y cualquiera de los dos que sea el que gane, siempre me tendrá a mí como la primera opción.

 

Las 15 frases inolvidables del fútbol callejero: El significado ...

Fútbol callejero, pasión mundial

 

Acto final. Después, ya no soy yo. Es otro. Y luego, cuando han pasado no sé cuántos años, me van relegando en la escogencia. Pico-monto. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… A Juan, me voy con Pepe, con Pablo, con Arteaga, me escojo a Huevo… Y nada. Ya soy el penúltimo. Qué es eso. Más que de sueños, estamos hechos de tiempo. No saben, los que no han jugado esto tan sentimental, apasionante e irremplazable del fútbol de esquina-cuadra-barrio, lo que se puede llegar a sentir cuando ya no estás en la mira de los que escogen, cuando para los otros estás acabado, cuando el reloj inexorable te arrasa y te manda a solo ser, si acaso, un espectador de los que allí están repitiendo la historia y que después, porque es incontenible e irremediable, esos que ves ahí, tan rozagantes y lozanos, sonrientes y dispuestos a ingresar al paraíso,  también van a ser solo un recuerdo borroso de los días en que el mundo, el tuyo, el mío, era un albergue de infinita alegría con ingredientes de un filme de suspenso: pico-monto, pico-monto…

 

 

Fútbol callejero: Reglas básicas e indispensables a tener en cuenta

Una romántica imagen del fútbol callejero, una fiebre universal.

La peste derrotada

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La peste no atendía ruegos ni rezos ni otras preces…

 

Por Reinaldo Spitaletta

Prendieron velas en los alféizares de las ventanas de afuera y en las que daban al corredor. Les habían dicho, no se supo quién, o quizá lo escucharon en la radio o en algún programa de televisión, nunca hubo acuerdo sobre quién lo dijo, que la peste la podrían alejar con iluminadas oraciones que debían acompañarse con la luz santificada de velas y veladoras que hubiera bendecido un sacerdote. La señora de la casa se quedó con los brazos sobre la baranda del balcón mirando a la calle, tal vez esperando la huida de esa presencia infernal que ya casi había acabado con todo el barrio y en otros lugares era un azote arrasador, al tiempo que el marido, acostado, presa de una fiebre que estaba a punto de carbonizarlo, gritaba con voz gangosa que apagaran ese fuego, que él no iba a ir al infierno. “El infierno ya está aquí”, dicen que se escuchó.

 

Las dos muchachas, la mayor más bonita que la otra, que frisaban los catorce y dieciséis años, contaban en las cuentas de sendas camándulas las avemarías y otras jaculatorias. La casa parecía estar en la noche brillante de la Inmaculada Concepción. No se supo por qué el señor no estaba hospitalizado, que ya se había autorizado que solo los enfermos graves podían trasladarse a un centro asistencial. El caso, o lo que trascendió después, tal vez porque algún reportero se atrevió a averiguar un asunto que, en apariencia no revestía interés periodístico, es que al hombre los bomberos lo hallaron ya calcinado, porque lo primero que se prendió de un modo inexplicable, según dijo el jefe de los apagadores de fuego, fue la pieza donde él yacía, delirante, y los gritos que oyeron en otras casas, se referían a la aparición de espanto de una presencia alada que tenía ojos de candela. La prensa sensacionalista no registró el incidente.

 

A las muchachas, abrazadas y abrasadas, las encontraron en la sala. La mujer, que imploraba al cielo que la peste no entrara a su casa, se arrojó por el balcón antes de que su cuerpo fuera alcanzado por las purificadoras llamas. Quedó boca arriba, con los ojos sin brillo dirigidos a un cielo apagado, sereno, que mostraba, entre tupidas nubes, retazos de azul zafiro. Cuatro personas no sobrevivieron aquel día al señalamiento de la peste inexorable, que las había elegido con antelación. Se dijo después que aquel siniestro, revestido de misterio, sirvió para saber que la peste no atendía ruegos ni rezos ni otras preces. Es más, se sentía molesta y, para demostrar su invulnerabilidad (o indiferencia) ante invocaciones y novenarios, siempre lanzaba lenguas de fuego con sus ojos de viejo basilisco. La señora que cayó se podía dar por bien servida, aunque ya ningún reconocimiento le sirviera para nada. Su actitud heroica descubrió una debilidad de la peste al no morir incinerada por la inusitada furia de velas y veladoras que, como en el Apocalipsis de Juan, tenían ojos de fuego. Con todo, la peste había recibido su primera derrota.

 

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El ruego mediante velas tampoco pudo con la peste

El solitario apestado

“Sucede que a veces se sufre durante mucho tiempo sin saberlo.”

Albert Camus

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

“Parece que ahora sí me he quedado solo: nadie en las ventanas, nadie en los balcones, nadie en la calle”. El hombre pensó al tiempo que caminaba por la acera y de pronto se decidió hacerlo por media calle. No había tránsito automotor ni siquiera una bicicleta. No sabía cuánto tiempo llevaba deambulando por la ciudad. No tenía reloj. Y los de las iglesias estaban parados. Los relojes electrónicos, de pantallas coloridas, se habían apagado. “Qué me importa el tiempo”, se dijo y continuó sus pasos. Los semáforos habían dejado de funcionar. “Me gusta el mundo así”. Tal vez le había sugerido esta afirmación el insólito hecho de que podía atravesar las calles sin poner cuidado. Daba la impresión de que la ciudad estaba muerta.

 

“Cómo pudo haber pasado todo tan rápido, qué es lo que en esencia acaeció que yo de pronto me vi fuera de la oficina, fuera de mi apartamento, fuera del mundo…”. El hombre iba y los pensamientos le afluían. De vez en cuando observaba un balcón y ya ni siquiera había matas ni una pieza de ropa en oreo. Lo peor para él era que si se le acaban los cigarrillos, que apenas tenía un paquete iniciado, dónde conseguiría, porque no había ni bares, ni tiendas, ni ventorrillos abiertos. Era como si una fuerza inimaginable, una orden de más allá de los hombres, hubiera despojado la ciudad de sus gracias y desgracias, de sus dinámicas a veces atractivas, de su transporte y vida cotidiana. “Al menos tengo encendedor”, se dijo el hombre, con zapatos deportivos y bluyín y con una camiseta de algodón que ya tenía vestigios de sudor.

 

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Soledad entre luz y sombras

 

El hombre, que daba la impresión de no tener un rumbo determinado, no parecía perdido, sino un tanto descontrolado, tal vez por su insistencia en parar, atisbar, continuar. Era el único que estaba afuera, no se veía a nadie, ni siquiera un perro callejero, que ya desde hacía rato eran cada vez menos por alguna prohibición. Vio sobre el cordón de la calle una sombra que se tragó una alcantarilla. No se desdibujó. Siguió sus pasos. Sintió ganas de fumar. Recordó, de pronto, y quizá en un arrebato de nostalgia, la voz lejana de su madre cuando lo sorprendió fumando en el patio. “Qué vergajo muchacho. Te he dicho que los niños no fuman”. Y ahora, que era un adulto, que ya había superado hacía poco el medio siglo, le temblaban las manos cuando se disponía a prender un cigarrillo de tabaco negro, sin filtro, que era el mismo que su madre fumaba.

 

“Qué raro estar caminando sin brújula, cuando ya está a punto de oscurecer, cuando a esta hora por estas calles no cabían los vehículos, cuando me fastidiaba tanto desplazarme a pie en horas de intenso tráfico”. El hombre soltó una bocanada. Vio avisos de almacenes que en otros días fosforecían con sus colores intensos y ahora estaban muertos. Le pareció que se estaba cansando y sentía una especie de opresión pectoral. Se tomó la camiseta del cuello y la agitó, como si con el gesto estuviera dándose un poco de aire. La ciudad tenía un silencio inaudito, una ausencia de ruidos y de otros sonidos que lo hizo por un momento aguzar el oído, pero lo que descubrió fue una anormal falta de sonoridades, que sin darse cuenta estaba extrañando, como los cláxones, los frenazos, las sirenas, y, cuando él ya había establecido que era un solitario empedernido, le comenzaron a hacer falta las voces de la gente, de los que iban por la calle hablando o casi gritando ante el acoso de la carramenta, que así pronunció en su pensar esta palabra que era de sus padres, ya muertos ambos. “El estorbo es el deporte nacional”, musitó.

 

Su vivienda, que para él era una suerte de refugio, de aislamiento, estaba en un barrio al otro lado de la ciudad, es decir, casi que era un antípoda de su oficina, en el palacio de impuestos, donde él llevaba años revisando papeles, haciendo comparaciones, metiéndose en una virtualidad de cuentas y documentos que pretendían preservar el patrimonio público. Tal vez en esa labor, de la que estaba próximo a jubilarse, había aprendido a aislarse, a no tener conversaciones con los compañeros, y menos con gentes de afuera, que a él —siquiera— no le correspondían esas funciones de atención pública. Pudo haber sido que bajo ese techo gris y esas paredes tristes hubiera contraído la manía de hablar solo, como iba ahora haciéndolo por una calle, la principal, la que dividía la ciudad en dos secciones, como si le hubieran propinado una cuchillada: una, de más arborización y con lugares para el placer; y otra de entidades bancarias, oficinas de gobierno y edificios oficiales, casi todos de fachadas grisientas.

 

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La soledad en los espacios urbanos

 

“Algo ha pasado y es increíble que no me haya enterado”, se dijo en el momento en que arrojaba la cusca al piso. Atravesó un bulevar y no se topó con nadie. Todo estaba cerrado. No había donde tomarse un café, que era lo que, cuando por allí discurría, le apetecía con grandes ganas. Era un tomador empedernido de café negro. Tal vez por eso, y por fumar tanto, los dientes tenían un color amarilloso, una tonalidad de manchas, que hacían de su escasa sonrisa un espectáculo poco agraciado. Por una sensación que no entendió, de pronto le estaban haciendo falta los transeúntes y aun los que iban en coches y motocicletas. Le llegó de súbito la fisonomía de sonrisa estudiada del portero de su condominio y no se sabe por qué intentó recordar el nombre, pero jamás se lo había preguntado y él solo se relacionaba con el conserje a las seis de la mañana y a las seis de la tarde, cuando entraba y salía. Solo saludaba, sin dar ocasión a ninguna otra conexión verbal.

 

El hombre no podía darse una explicación lógica, racional, de por qué la ciudad estaba callada y vacía, sin más gentes que él, que era un sujeto solitario, que escasamente había tenido dos o tres novias, y que sabía de sus limitaciones y fobias para irse a vivir con otra persona. El matrimonio no había sido su fuerte. Era un extraño, según lo que percibía de los demás. Lo miraban sus compañeros de oficina con cierta reverencia, pero, a su vez, con una especie de conmiseración rotunda. Lo que él sí tenía claro era que nadie le interesaba más que, en casos laborales, su relación de trabajo, con jefes y otros dependientes.

 

Extrajo otro cigarrillo y, antes de encenderlo, lo miró con cuidadoso placer, lo acarició y golpeó contra la uña del pulgar izquierdo una de las puntas del pitillo. Se detuvo mientras maniobraba el encendedor y soltó una bocanada de sumo gusto. “No es tan malo estar solo en la ciudad”, pensó. Ya estaba a unas diez cuadras de su edificio. “Vergajo muchacho, te he dicho que fumar es para mayores”, volvió la voz, que sintió como si estuvieran a un metro. Miró a los lados. Nada. Soledad. “Creo que está empezando a caerme bien esta ciudad”. Y en su paso, se dio cuenta de que en rigor no dependía de nadie, que había aprendido a defenderse solo, que no había requerido de amistades ni de compañías íntimas. Era un raro, como recordó que le decían algunos, con voz soterrada. “Lo que haya pasado, me tiene sin cuidado”, dijo al tiempo que le pareció que de un piso lo observaban a través de una persiana.

 

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Bulevar de Montmartre, Camille Pissarro

 

“Acaso todos se habrán ido por alguna calamidad de la que ni me he enterado”, comenzó a preocuparse. No había visto en los periódicos nada parecido, ninguna alerta, y como no tenía receptor de televisión, ni radio, estaba al margen de situaciones que, según decía, no le importaban. No se sabe aún cómo fue que, al estar ya a unas cuantas cuadras de su residencia, decidió desviarse como para dar un rodeo. ¿Qué le impedía llegar más rápido a su casa? ¿Qué fuerza inexplicable lo condujo por otros recovecos, a pasar por la antigua calle de prostitución, donde en otros días, ya muy remotos, él tuvo relaciones con la dueña y sus empleadas, no tanto para acostarse con la que fuera, sino, como un caso extraño en él, para conversar acerca de la existencia, de por qué se habían decidido a prestar servicios sexuales, cuando bien hubieran podido trabajar en otras faenas? Claro que también se prendó de una, Mireya, rubia plateada —oxigenada, decían para sí las señoras que se la topaban— y muy cotizada, de la que siempre quiso que fuera como una compañera, que le diera a él no la catadura de un cliente, sino la categoría de un ser cercano, con el que se podía ir más allá de las piernas y las braguetas.

 

Cuando vio casi en ruinas las antiguas instalaciones del burdel, sintió una especie de soledad interior que lo indispuso. Y volvió a ver en las ventanas cerradas la imagen brillante de aquella chica que quién sabe dónde estaría ahora. Tuvo la intención de parar y sentarse junto a la entrada, pero una vieja voz, la de su madre, lo movió a seguir. “Ya lo sabes, chico, no te enamores de ninguna mujer de la calle”. Al principio, no entendió el mensaje y lo tomó literal. Para él todas eran de la calle, porque las veía ir y venir, salir y entrar, subirse y bajarse del taxi, del bus, y tal vez ahí residía su inclinación a no tener confianzas con casi ninguna dama, excepto Mireya, de la que seguía viendo su rostro iluminado en el asfalto…

 

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En esa vuelta innecesaria, o al menos sin causa aparente, el hombre que ya sentía que los zapatos deportivos le estorbaban, y sentía las piernas cansadas, además de cierta molestia lumbar, se dio cuenta de cuánto despreciaba a sus semejantes. Para él, así parecía, daba lo mismo si había o no gentes en la calle, en las esquinas, aunque le hubiera dado cierta alegría haber hallado abierta la vieja casa de lenocinio donde había sido feliz hace tiempos. Prendió otro cigarrillo y esta vez no hizo malabares ni movimientos con los dedos. Le supo a gloria la primera aspiración y se dijo que sin cigarrillos no hubiera podido vivir y soportar tantas ausencias, tantos aislamientos. “Pero, qué raro, si lo que me ha gustado es estar solo. ¿Por qué ahora siento una incomodidad al respecto?”.

 

No se preocupó hasta esos instantes en los que recordaba a Mireya y a su patrona, de por qué la ciudad estaba desolada, cuál era la causa, o si se trataba de un sueño suyo que no sabía por qué lo estaba soñando, no había una explicación racional a aquella soledad que comenzaba a dolerle, a aquel trauma intempestivo de la ciudad en la que, de un momento a otro, habían desaparecido sus habitantes, sus visitantes, menos él, que parecía no solo un sobreviviente de excepción sino un extraterrestre, alguien ido, desentendido, como un insolidario del que nadie podría esperar ni una ayuda ni un favor. Pero, igual, no había nadie que a él lo necesitara. Todos se habían borrado, menos los edificios, las encrucijadas, las calles, las señales de tránsito, los avisos comerciales… todo seguía ahí, igual a ayer, menos los hombres.

 

Cuando terminó el turno, el portero, al atravesar el enorme portón de caoba y ver otra vez, tras doce horas de trabajo, el afuera, encontró al hombre tirado en el antejardín, con el cigarrillo apagado en la boca y sin zapatos. Creyó de modo inesperado que estaba ebrio, aunque jamás lo había visto en tal condición. El hombre, con los ojos muy abiertos e inmóviles, parecía mirar al firmamento, al infinito, a la noche que advenía con estrellas temblorosas y una brisa ahumada, leve, que tenía el sonido melancólico de una despedida.

 

(18-03-2020)

 

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Una versión de la imagen de la peste . Obra de Kamikabe

Lamentos en un barrio fantasmal

La imagen puede contener: noche e interior

La luz  mortecina de un farol y el resto, sombras nada más. (Foto Carlos Spitaletta)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hacía poco habían hecho correr la bola de que en el barrio había fantasmas. Porque sus caserones son viejos. Porque, se dice sottovoce, en sus subterráneos hay gente enterrada. Porque las mansiones abandonadas, siniestras para algunos, tristonas para otros, hospedan sombras de otros días y pueden revivir en las noches de misterio. De todo se dice. Y yo, como no creo en fantasmas, poca credibilidad les he dado a los rumores. Ni siquiera me ha hecho cambiar de opinión un relato leído hace años, no lo preciso bien ahora, en el que, un visitante de un museo, está obnubilado con la exposición. De pronto, alguien se le acerca y le pregunta si él cree en aparecidos. “No, por supuesto que no”, le contestó a un indeterminado ser que, de rapidez, le pareció una sombra larga y burlesca. “Pero yo sí”, dijo lo que fuera el otro y desapareció.

 

No, no he podido creer en los lamentos tenebrosos que en la esquina de Belalcázar con Balboa, en un caserón de arquitectura francesa, con torreones y faroles oxidados, se escuchan —eso se rumora— en las noches de luna llena. Por estos lares de trópico y lujuria a granel no caben los alaridos fantasmagóricos, y sí, claro, los de las parejas que, a medianoche, en los antejardines, con guayacanes y jazmines de la noche, se alumbran con deleite con pálida luz lunar para abrazarse y volverse un solo cuerpo, un solo quejido, una convulsión única.

 

En los últimos meses, he deambulado de noche por las calles penumbrosas del barrio que en otros tiempos albergó a la muy pudiente burguesía comercial e industrial de la ciudad y, hoy, tanto tiempo después de haberse extinguido del paisaje de arquitecturas republicanas, de palacetes y castillos a la europea, no quedan sino sus desmesuradas habitaciones. Es, pese a su decadencia sin remedio, una geografía de elegancias envejecidas y de enamoramientos a primera vista. Todo forastero que la recorre queda prendado, según se ha oído decir por aquí y por allá, de una joya de casa con rejas de hierro forjado, leones en posición de guardia, portones de caoba y fachadas que todavía deslumbran pese a su ancianidad. Y de una que semeja un castillo de hadas, y de otra que es como un palacete galés. Y así.

 

No sé por qué les dio a unos de una corporación recién llegada al barrio por decir que los fantasmas tenían como amañadero varias residencias, sobre todo las deshabitadas, como una, en ruinas, en toda la esquina de Moore con Palacé, desvencijada, de paredes descaecidas, pintura sin carácter. Y otra, ocupada, aunque nunca he visto a nadie en ella, sita en Venezuela con Darién. No falta la voz que suena con anuncios que, después de las nueve de la noche, en la torrecilla de la iglesia del Espíritu Santo se ve una sombría cabeza flotante y que, sobre su marquesina, recorrida por una inmensa trinitaria con flores color palo de rosa, se despernanca una mujer que, con las horas, se torna esquelética y fatal.

 

Puede haber una mala intención en los propaladores de estas especies. Querrán, quizá, asustar a viejos habitantes que ya ni siquiera se asoman a las ventanas, quién sabe con qué torvos propósitos. Dejarlos encerrados entre sus recuerdos y antiguallas puede ser una táctica. He pensado, no sin una intención maldadosa y malhadada, que esos mismos residentes, que deben de tener la piel desdibujada y triste, son más fantasmagóricos que los pretendidos por los agitadores de aprensiones. En asuntos de propiedad raíz, de desvalorizarla con mendacidades y otros trucos, está la ocasión para quedarse, por qué no, con unas enormes casas que son patrimonio histórico.

 

Como he dicho, ando por las noches, cuando no hay lluvia y más bien el cielo está estrellado, por las calles del barrio, que, después de las siete u ocho, parece una fracción deshabitada, con luces mortecinas, farolitos de débil luminosidad, sombras alargadas de los árboles en el asfalto y las aceras, y uno que otro viejo asomado a un ventanal, como si tuviera la esperanza de ver discurrir por la calle su pasado de esplendores.

 

Por la casa en la que dicen se lamentan las paredes, no he percibido nada. No dejo de tener, sin embargo, ciertas dudas cuando me detengo a observar la fachada, con torreón verde desteñido, dos plantas y unas gradas que desde la calle ascienden hasta un portón gris, con postigo y rejilla. Aguzo el oído, pero el silencio es más fuerte que cualquier alarido en potencia. Una noche me hizo brincar una rata que, junto al cordón, corría hacia la alcantarilla. Después, continúo mi caminata bajo la luz amarillenta de las lámparas, algunas obstaculizadas por los ramajes de espesos árboles.

 

He vuelto a casa a veces con una desazón, porque, en el fondo, uno quisiera tener una aventura metafísica, ser testigo de alguna revelación sombría, de ser tocado por una mano invisible o llamado por una voz de ultratumba. Decían los abuelos que el que quiere ser espantado se queda con las ganas, porque, advertían con tino, “el espanto sabe a quién le sale”. Me digo siempre que en el próximo periplo puedo tener más suerte. ¡Ah!, suelo hacer estos recorridos, vestido de sudadera o de bermuda, tenis y camiseta de algodón. Nunca llevo teléfono ni dinero, y solo me meto al bolsillo un carné de jubilado, porque, entre tantas soledades, no faltará el muy asustador ratero que se enamore de uno y le quiera quitar hasta los zapatos. Nunca me ha abordado ningún maleante. Tal vez, quién me lo pudiera confirmar, haya pasado alguno cerca con negras intenciones y se haya arrepentido al creer que el caminante es otro más de los fantasmas de un viejo barrio que, en algunas de sus calles, de noche semeja a un cementerio.

 

No he hecho pesquisas todavía acerca de los azuzadores de leyendas ni cuál sea en rigor su propósito. Puede ser que planeen tours nocturnos en búsqueda de emociones fuertes o de encuentros con el más allá, sobre todo para vendérselos a turistas extranjeros. O que estén preparando el montaje de una suerte de museo del horror, con actores disfrazados y murciélagos sin radar. Lo que sea, no deja de tener sus atractivos, y también sus sospechas.

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Los fantasmas me han gustado más en los cuentos y siempre he compadecido al pobrecillo aquel de Canterville. En este barrio, que tiene palacios a la egipcia y mansiones desaforadas en tamaño, los relatos de terror pudieran ser una posibilidad de atracción para los que gustan todavía de tales peripecias, electrizantes y pasadas de moda. O, en otra dimensión, se podrían convocar reuniones o congresos de cazafantasmas y de autores que, en plena posmodernidad, sueñan con vampiros y figuraciones góticas.

 

Mi escepticismo, mi vieja incredulidad en endriagos y duendes, en ángeles negros y engendros infernales, se vino a pique hace muy poco, una noche en que las nubes viajaban a velocidad de búho y tenían una oscura carga de tormenta y de presagios. Empecé a subir por Palacé, en el cruce con Miranda. Eran las nueve, según vi en mi relojito desechable, cuando en una acera vi, tirado, a un habitante de calle, que ya roncaba envuelto en cartones. Subí y me llamaron la atención unos ventanales de vidrios de colores, como iluminados desde adentro con velas. Una brisita fría soplaba en el recorrido.

 

Después de atravesar Urabá, de pasar enfrente de una vieja mansión que tiene forma de vapor de viejas navegaciones por el río Magdalena, sentí un extraño escalofrío. Ni que me fuera a dar un resfriado, pensé. Los brazos, velludos y descubiertos, se tornaron arrozudos y ahí sí comencé a preocuparme. “No me puedo enfermar”, me dije como si con la negación ahuyentara cualquier posible amenaza viral. En el silencio de la noche barrial, percibí con levedad unos pasos detrás de los míos. Me volví y no vi a nadie. Continué por la acera, hacia el norte. Las fachadas en penumbras, de una belleza muda, parecían telones con sombras chinescas.

 

Luego, los pasos perdidos resonaron a mi espalda con más volumen. Me volteé con rapidez insólita y quedé mirando al sur. Nada. “Qué vaina estará pasando. Alguien me quiere meter miedo”, me dije. Y entonces introduje la mano derecha al bolsillo. Toqué las llaves. Estaban frías. Aceleré. Atrás, los pasos también lo hicieron. Confieso que comencé a preocuparme. ¿No sería acaso el eco de mi caminar? En Darién me quedé mirando la iglesia blanca, la sombra del curazao, la torrecita en la que no advertía ninguna extraña figura, las rejas. No sé por qué me invadieron unas ganas tremendas de mirar atrás y solo percibí una sombra fugaz de lo que me pareció un hombre delgado. Se refugió, o así lo creí, detrás del tronco de un casco de vaca. Esperé. Nada se movió. Apresuré para bajar por la siguiente calle, hacia la izquierda, aunque en realidad para devolverme a mi casa debía hacerlo a la derecha. Al doblar la esquina, de reojo volví a tener la sensación de que una sombra me perseguía. A la mitad de la cuadra, escuché un rumor, leve al principio. Luego, en la medida en que me acercaba al final de la calle, el rumor subía. Una ráfaga de viento frío me azotó en la cara.

 

Estaba, sin habérmelo propuesto, a la entrada de la Casa de los lamentos, con las dos columnas de su entrada, el balcón solitario, el farol apagado, la torre insinuada en la oscuridad, sombras de árboles en su fachada y la noche encima. No sé qué me detenía y no me permitía seguir. Como si estuviera sembrado en el piso. El rumor era más claro y entonces, no sé por qué, recordé un breve relato de Bradbury en un cementerio, con un rumor de muerte, o, mejor, muertos murmuradores, y el frío me envolvió. Por debajo de la puerta del caserón salía un aullido inefable, una voz de tierra y tinieblas que me paralizaba la voluntad. Decidí que, en efecto, era como un llanto lerdo, desdibujado, alguna manera de comunicación interrumpida y frustrada que me quería decir quién sabe qué mensaje. Cuando creí que era una pesadilla, una insoluble trampa de horrores del sueño, el lamento largo subió al cielo y cada vez se hizo menos audible. Detrás de mí, volví a apreciar la sombra irresoluta que se elevaba entre guayacanes y mangos. Olía a humedad de sótano y a flores muertas. Cuando llegué a casa, todavía me temblaban las piernas.

 

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“Por debajo de la puerta del caserón salía un aullido inefable…”.

Los que no llegaron al partido

                                       Para recordar a un equipo de fútbol que cayó del cielo

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

¡Qué nada ni qué diablos, carajo!, no nos iban a ganar de camiseta, de que algunos jugaban con tenis-guayos, que nosotros, sin tanta pompa ni vanidades, teníamos los mejores en cada puesto aunque no hubiese ni para la gaseosa del final de juego, ni siquiera para el Pielroja que nos sabía a gloria cuando terminábamos un cotejo en días en que algunos guardaban la mesada de domingo, sin ir a cine, solo para que en el partido, o, mejor dicho, cuando este finalizara, y si había victoria mejor todavía, nos fuéramos en patota a la tienda de don Juan a comprar leche condensada, paletas y el infaltable “peche” de tabaco negro.

 

Qué va, mano, nos querían intimidar porque éramos los del Congolo apenas unos atarugados, puro alfeñique, pobretones, así supe que nos calificaron, y comenzaron a enviar avanzadas de provocadores por la cuadra, que agitaban palabrería de que les van a dar una paliza, que ustedes no pueden con La Cumbre que son tecniquiadores, que llevan mucho tiempo jugando juntos, que les mandan a decir que lo mejor es que, para que conserven cierto orgullo, no se pongan de braveros en la cancha y permitan que les pasen por encima.

 

No, mijitos, ni riesgos que nos íbamos a poner con tembleques, o a desvelarnos porque nos tocaba jugar para definir quién pasaría a la ronda final con los duros de un barrio al que ya lo habíamos derrotado no solo en fútbol sino a punta de piedra, en días en que se acostumbraba a corretear pelaos de otras galladas, y nosotros ya habíamos establecido quiénes éramos los que mejor tirábamos pedruscos, con puntería pura, y con destacamentos como de aquellos que a veces se veían en películas, con combates entre indios y vaqueros, soldados e indios, o cuando las de capa y espada, pero todo era puro pedregal, a veces con rotura de bezaca, o con quebrada de vidrios del vecindario, que siempre llamaba la policía, para nada, porque cuando aparecía la Chota ya todo había terminado.

 

Así que no había tutía, bacán: ganaríamos la lid futbolera, por lo dicho, no había quién nos derrotara, y cuando más, los rivales sacaban empate, íbamos derechito a ser campeones, todos pensábamos en esa meta, porque éramos buenos, sí, de verdad. Un equipazo. El arquero, Avendaño, volaba de palo a palo y tenía unos reflejos que en menos de una espabilada les quitaba de los pies la pelota a los contrarios, y además poseía una virtud, que para los rivales era defecto: hacía atajadas de taponazos con una sola mano, malabarista del balón, cuando le tiraban algún chutecito para el papayazo, para la exhibición, entonces ponía la esférica a dar vueltas en sus dedos, con efecto, como si fuera un mapamundi al que él le imprimía movimientos como cuando se patea un balón con chanfle, que los del otro equipo quedaban babeando de la rabia y la impotencia. Era un poquito humillador, pero así es el fútbol, hay que sacar de casillas al rival, ¿cierto?

 

Teníamos un crack, al motorcito, el Califa, que no sé quién lo apodó así, porque yo era el mejor para bautizar a los otros con sobrenombres, pero me parece que fue Colombina, el entrenador, que por esos días había leído unos relatos de Las mil y una noches, según nos dijo, con su pose de chicanero, que igual así lo queríamos porque nos enseñaba a pararnos en la cancha, a observar los movimientos del contrario, a ser vivos, a no dejarnos intimidar con nada. Sí, me parece que fue él quien le puso la chapa al que antes se llamaba Alejandro, un gambeteador endemoniado, que cuando menos uno pensaba ponía un pase inesperado y te dejaba en posición de anotar.

 

Califa era un jugador de los que uno no quería tener como rival y, sí, era uno de los que nos iba a procurar la victoria contra La Cumbre, que además teníamos a Chucho Palotes, el centro delantero que sacaba como de un sombrero de mago, o no sé qué, unos cañonazos cruzados que ningún arquero podía atrapar. Bueno, y yo, te lo digo, yo no estaba para acobardarme por los codazos de los marcadores, que aprendí a esquivarlos y provocarlos diciéndoles maricones, así no se juega, que por la punta derecha era un volador, un driblador, gana-raya, con pases atrás, descolocadores de defensas,  y cuando me daban ocasión me les colaba hacia adentro y lleve pues, que el arquerito quedaba regado.

 

Rendón era patadura y Herrera el zarco un mediocampista con clase y fuerza, un ocho de calidad. Mejor equipo no podía haber, así que los pretenciosos de La Cumbre tendrían que chupar por bobos, por creídos, por sobradorcitos, que con nosotros no había caso, pelao.

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El domingo estaba próximo pero nos parecía lejano, qué bueno que fuera ya, decíamos en la manga de La Selva, donde entrenábamos con los chistes de Colombina incluidos, que nos desternillaba de la risotada, cuando decía que los del otro equipo eran eso, del otro equipo, mariquitas sin remedio. El partido iba a ser en la cancha de Santa Ana, porque no prestaban para esa fecha la muy profesional de Fabricato, en la que a veces entrenaban los de Medellín y las tribunas con techo de asbesto se repletaban.

 

Cómo era posible que se les ocurriera a los rivales, mariconcitos sin talento, que podían vencernos, cuando todos nosotros nos entendíamos de tal modo que hasta podríamos jugar con los ojos cerrados, uno sabía dónde poner el pase, cómo acelerar, cuándo pausar, estábamos sincronizados, y la voz recia de Colombina, sus instrucciones a veces de puro grito las teníamos estudiadas, incorporadas, que mirá que parecíamos, sin pendejadas, Brasil 70, con qué clase, sí, sin vanidosidades, sin babosadas, solo que lo que se hereda no se hurta, decía mamá a veces, y en el fútbol le entendí su dicho. Nosotros podríamos llamarnos, según decía un vecino que no se perdía compromiso, Once Toques, pero ¡qué va!, si toques eran los que sobraban en un partido, abundaban, Chucho para allá, el Gordo para acá, el motorcito para todos lados y así, que por la derecha los ponía a los defensas a penar porque mi velocidad y gambeta sacaba de quicio a cualquiera. No abusés de la finta, decía Colombina, que me enseñó a jugar con la cabeza en alto, difícil faena para desplazarse tan rápido pegado a la banda, todo se aprende a punta de jugar y jugar, y por eso nuestra confianza, ¡cómo se les iba a pasar por la cabeza a los de La Cumbre que podrían ganarnos!, jamás de los jamases, se oyó decir a doña Peregrina, que a veces nos llevaba a la cancha un botellón con fresco.

 

No nos ganarían de camiseta, que las de ellos eran finas, compradas en almacén deportivo, en cambio las nuestras, amarillas con franjas negras, las confeccionaban las mamás, sí, las de nosotros, con retazos de fábrica y, en serio, quedaban hasta bonitas y la sentíamos parte nuestra, pegada a la piel, sudadas, que las de ellos eran verdes, de popelina, y casi todos tenían medias de fútbol, porque nosotros a veces, no todos, jugábamos con calcetines de colegial.

 

Todos queríamos con ansias que nos hacían sentir cosquilleo en el estómago que el domingo llegara rápido. Era, decía Colombina, la ocasión para darle más gloria al barrio, para que nos fajáramos un partido como de Mundial. Teníamos muy planchaditos los uniformes, lavados los tenis, el balón de vejiga estaba impecable porque le habíamos sobado con sebo y ya la cuota para pagar al árbitro la habíamos aportado. Los carnés de cartulina estaban en orden. Solo faltaba jugar. Hora del encuentro: diez de la mañana.

 

El sábado, cuando algunos estábamos en la esquina del bar Florida, que siempre estaba soltando tangos, incluido El Sueño del Pibe, a Humberto, back central, le dio por invitar a Chucho y al motorcito de arabescos con la pelota a una caminada nocturna por Prado y Manchester, que así se prepararían mejor para la contienda, dijo uno. Yo no quise ir y más bien pasé a la tienda de don Juan a decirle que mañana le traeríamos buenas noticias para que nos hiciera alguna rebaja en las lecheritas. Colombina había advertido que nos acostáramos temprano, que él también iba a hacer lo mismo. Sí, eso dijo.

 

No sé qué pasó, pero por la noche, los de La Cumbre mandaron a varios azuzadores a gritar en el barrio: los van a quebrar, los van a matar, los van a dejar vueltos papilla, malparidos, y yo que ya estaba en casa, salí a contestar las ofensas, pero ya los carechimbas iban lejos, y me quedé con las ganas de irme detrás de ellos pero los gritos de mamá interrumpieron mis intenciones.

 

Cómo así que nos iban a ganar de pataduras, de cuento, de güevonada, que a nosotros nadie nos metía miedo, cómo así, ni más faltaba. Y el domingo llegó. Y yo, que siempre esperaba a otros para irme a la cancha, me adelanté. Ya iban a ser las diez y apenas estábamos cinco, lo que nunca. Ni siquiera Colombina había llegado. Los contrarios ya estaban completos, tecniquiando, trotando, pateando. Y los cinco de nuestro equipazo, el de los toques embobadores, apenas mirábamos, eso sí, con el uniforme puesto. El árbitro comenzó a dar pitazos, a llamar a los equipos. En esas, apareció Avendaño, y ya éramos seis. ¿Y Ochoa y el Motorcito y Chucho y los otros? ¿Y Colombina? ¿Dónde estaban? ¿Qué les pasaría? Que nos iban a ganar de bulla y camiseta de tela fina, ¡qué va! Que nos iban a pasar por encima, menos. Que nos bailarían y goleaban, no, ¡qué va!… Nos ganaron por Doble U, sí, por W, que mucho tiempo después, cuando ya el fútbol de competencia poco me interesaba, supe qué significaba esa convención que nació con carreras de caballos en Inglaterra. Lo que nunca supe a ciencia cierta, y creo que nadie se enteró con exactitud, era qué le había pasado a más de la mitad del equipo de la camiseta amarilla con listas negras, al onceno que más fútbol jugaba en los días en que todavía éramos muy felices y ricos en ensoñaciones.

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Una sensación de soledad y derrota. Los jugadores no aparecieron y perdimos por W.

 

 

Una situación absurda

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Tras observar que su turno aparecía en pantalla, el hombre se acercó a la taquilla, presentó su documento de identidad y otros papeles y esperó. La dependiente de la oficina de salud tomó la cédula y verificó en el computador. “Señor, son veinticinco mil trescientos pesos”, dijo ella, sin mirar al que ya estaba introduciendo las manos en el bolsillo. “¿Tiene los trescientos en menuda?”, “no, señorita. Lo siento”. Ella sonrió. Él le puso cuidado al destino de su billete de cincuenta mil, que ella depositó en una gaveta que tenía una pinza aprisionadora. “Le devuelvo, señor”. El tablero electrónico pitaba a cada momento, anunciando nuevos turnos para los circunstantes, sentados en sillas de plástico en la sala de espera.

 

El sonido de la fotocopiadora llamó la atención del hombre, que tenía en una mano una pequeña tarjetera, esperando la devolución de su cédula de identidad. “Debe llamar a pedir la cita de cardiología. Aquí tiene la orden y cuando sepa la fecha de su cita viene antes para autorizarle otros exámenes”, dijo la mujer, que había remarcado con amarillo intenso las instrucciones para la solicitud médica. “Hola, señora —la dependiente se estaba dirigiendo a una mujer que se había arrimado por un lado de la taquilla—, creo que usted ya no tiene posibilidades de atención, porque dice en su orden que trabajó hasta el primero de diciembre, y entonces estaba cubierta hasta el primero de enero”. El hombre recordó que era veinte de enero, miró a la recién atendida, una mujer regordeta, de cara redonda y cabello corto, negro, que no pareció inmutarse cuando le dieron la información. La empleada le devolvió unos papeles y la cédula de ciudanía a la solicitante.

 

La de “orientación al usuario”, según decían los avisos encima de las taquillas, le entregó las autorizaciones al hombre, que segundos antes había visto, inclinándose de un modo poco habitual, cómo su cédula permanecía junto a la caja registradora. Se guardó con automatismo la tarjetera en el bolsillo de la camisa, siguió con los papeles en una mano y dio dos pasos, como para retirarse, tras decir gracias. Frenó en seco. Se volvió y le dijo a la mujer: “No me entregó la cédula”. “Cómo, claro que se la devolví”, dijo sin convicción la atendedora. “No, no la tengo en mi guarda documentos”. El hombre metía las manos en el bolso en el que hospedaba un libro de Mijail Bulgakov, un paraguas y papeles diversos. “No, no me la entregó, señorita”, insistió. Se inclinó a mirar donde la había visto antes, y ya no estaba.

 

La muchacha buscaba y rebuscaba entre papeles, cajones, volteaba la cabeza, se agachaba a escudriñar el piso. Ya había desconcierto entre sus compañeras y algunos impacientes que esperaban su turno. “Busque bien en la billetera”, dijo la de otra taquilla. “Ya busqué y no está mi cédula”. El hombre tenía la convicción de que su documento lo había entregado, porque, de lo contrario, no hubiera sido atendido. Nada. La cédula había desaparecido. “¿Y entonces?”, preguntó. “No me puedo ir sin ella. Ni más faltaba”, dijo, sin aparente alteración. Otra taquillera se puso en cuclillas para buscar por debajo de los escritorios. Inútil.

 

—Habrá que ir a mirar en las cámaras a ver qué se hizo —se escuchó la voz de otra empleada.

 

A estas alturas, el asunto era incómodo. Y parecía grave. El hombre volvía a explorar en su bolso, en el pequeño porta documentos de cuero. Miraba a los de la sala de espera, al piso de baldosas opacas. La mujer que se había arrimado antes, estaba sentada. El hombre la ojeó y ella se estremeció. La empleada le preguntó si ella por casualidad no tenía la cédula del señor. “¿No se la pasaría a usted por equivocación?”, interrogó. La otra parecía no preocuparse. Buscó, sin embargo, en su billetera y nada.

 

“Cómo era posible que hubiera desaparecido, esto es absurdo”, pensó el hombre. Y después expresó su pensamiento en voz alta, pero sin gritos. La que lo había atendido ya se había ido a la sala de sistemas, a examinar la grabación. El hombre esperaba con inquietud. “Perder la cédula debe ser un trauma. Qué lío. Poner denuncias, ir a la Oficina Civil, esperar quién sabe cuánto tiempo. Y yo con todas las diligencias que hago, qué mierda”. El hombre comenzó a pensar en el concepto de eternidad, del tiempo que pasa sin detenerse, sin devolverse, siempre hacia el infinito. O hacia la nada. Recordó de súbito la cabeza decapitada por un tranvía de un personaje de El maestro y Margarita, el libro que tenía en su mochila. “Debe ser obra diabólica esto de la desaparición de la cédula”.

 

No supo al cabo de cuánto tiempo apareció la muchacha, por detrás de él. Estaba preguntándole a la mujer sentada que si ella no tenía el documento del señor. La otra volvió a mirar en su cartera. Nada. “¿Qué pasó, qué mostró la cámara?”, interrogó el hombre, ya con síntomas de impaciencia y preocupación.

 

—Sí, muestra cuando usted me entregó el documento y yo lo puse junto a la registradora; luego, cuando usted paga, yo meto el billete en ella y la cédula no se ve más. —La voz de la dependiente era de susto y extrañamiento.

 

—Esto es absurdo. —El hombre ya estaba a punto de explotar. “Creo que comenzaré a insultar a esta muchacha inepta”, pensó.

 

La empleada estaba otra vez detrás del mostrador. Abrió la registradora con billetes organizados y aplanchados por los sujetadores. Sacó el cajón. Miró con ansiedad por el boquete. Metió una mano y gritó: “¡Aquí está!”.

 

—Mis disculpas, caballero. —La muchacha, boquiabierta, estaba pálida y de a poco iba recobrando su color natural. Tenía una sonrisa bobalicona.

 

El hombre guardó la cédula, sonrió como sin ganas, con gesto de desprecio y salió. Afuera, el tráfico era intenso y había un sol de justicia. El hombre sudaba. Su corazón estaba a punto de salirse y brincar a la calle.

 

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 Pinturas de Fabio Amaya y Tangshi.

El goterero

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Por Reinaldo Spitaletta

La premisa es que hay que tener talento para ejercer este oficio (más bien, una impostura) que, si no se es avezado, puede culminar en una exposición de rabias impulsivas de las víctimas, que lo arrojarán de la mesa y le harán marchar con el rabo entre las patas y sequía en el guargüero. El goterero, como lo llaman en jerga de pueblos alicorados, es un campeón del pegamento y la pantomima. Tiene la sonrisa fácil y el verbo abundante. Intenta estar bien vestido y oler a limpieza, como mínimo, en caso de carecer de fragancias enfrascadas, para que los otros no lo vean ni repulsivo ni descuidado.

 

Posa de tener refinamientos, como lecturas de varios periódicos al día, y, en efecto, debe mantenerse enterado, porque, así, tendrá repertorio cuando se acerca a una mesa a saludar y sentarse sin permisos ni venias, con palabras de cortesía estudiada que hacen que los allí congregados lo acojan sin resistencias. Y aparte de titulares, debe, por su temor a convertirse en un pelmazo, acercarse a libros de autoayuda, saber un tanto de esoterismos y secretos de cocina y, si este catálogo no le basta, aprender (bueno, o posar de que sabe) a interpretar y vaticinar el futuro, los misterios del tarot y estar atento a la actualidad deportiva.

 

El goterero, que intenta no aparecer como un vulgar pegajoso de cantina, viste en ocasiones de saco (se le notan las veces que le ha volteado el cuello) y zapatos a los que casi nunca tiene tiempo de lustrar. Sonríe tras haber ensayado muchas veces frente a un espejo sus mejores sonrisas y mataditos de ojo. Lo que sí es que debe estar sin aplazamientos bien afeitado. En el fondo, debe ser un “buen sicólogo”, que es la expresión popular que se refiere a gentes con talento para descifrar fisonomías y estados de ánimo casi a la velocidad que dura una mirada de afán.

 

Lee periódicos semiserios y sensacionalistas, casi nunca pasa de los encabezamientos, y uno que otro libro de aventuras. Se preocupa por las noticias radiales matinales y carga una agenda con apuntes de situaciones pintorescas, como las que, según él, se publican en un almanaque de agricultores y tenderos. Sabe, o dice que sabe, leer las cenizas de los cigarrillos situación que lo pone en un lugar de privilegio en ciertas mesas, y conoce el tarot y sus misterios. Lee, para reproducirlo en sus conversaciones, asuntos sobre exorcismos y embobamientos y es capaz de hablar con precisión sobre las fases de la luna y su influencia en los humanos.

 

Egidio, que así se llama el personaje, tiene idea de geografía y se sabe los nombres de los árboles de varios parques de la ciudad. Tiene, desde hace años, seleccionados los bares donde entra a comprobar qué tanta influencia ejercen sus mañas y saludos en los clientes. Uno de sus preferidos es El Selecto, al que entran burócratas, estudiantes universitarios y alguna gente con preparación académica. Le gusta, además, porque hay equipo de sonido con música seleccionada y reproducciones litográficas de pinturas en las paredes.

 

Cuando está en la acera, frente al bar, ya tiene escogida la mesa a la que se arrimará en primera instancia. Ingresa y algunos de los circunstantes se ponen a observar las iconografías o dirigen su atención al mostrador. El dueño del bar sin falta esboza una sonrisa de picardía. Egidio se acerca a los clientes y los saluda con efusiones. Después, les pregunta, por ejemplo, ¿saben qué pasó en el palacio de gobierno? Y de inmediato se gana la atención. A alguno de los allí sentados, le dice que tiene buen semblante y que lo mejor es que lo más pronto haga una apuesta y compre lotería. “La suerte te sonreirá”, le advierte con certidumbre.

 

Egidio tiene la palabra fácil. La cordialidad lo hace simpático. Se sabe el nombre de casi todos los que por allí recalan. No falta, pese a que en el fondo preferirían no hacerlo, quién lo invite a sentarse, porque, además, es un interlocutor con información y buenas maneras. Articula con solvencia las palabras, vocaliza y da la sensación de conocer el mundo y sus alrededores. Si le preguntan sobre política, sobre política sabe. Si acerca de las marcas y récords de deportistas retirados, también.

 

A Egidio hay que invitarlo a sentarse. Y ofrecerle un trago. Que se prolonga, porque él es experto para seducir con su conversa y hacer que las copas se deslicen por su garganta. “Garganta profunda”, le han dicho, entre risitas de malicia y gestos de doble sentido. Su fuerte es la historia patria. Es capaz de revivir con su parla la batalla de Boyacá y recitar de memoria proclamas de Bolívar y Policarpa Salavarrieta. De Mon y Velarde, el regenerador colonial, que suscribió la sentencia de muerte contra el comunero Josef Antonio Galán, dice que se fue con un muchachito para Quito, donde lo mandaron a presidir la Audiencia de esa ciudad.

 

Además del mencionado bar, también hace presencia en otros, como El abrojito, el Avenida y el Nocturnal. En todos, dispensa su verba y su cuentería. Y termina, como los contertulios, ebrio pero sin gastarse un solo peso. Sí, no hay duda: es un campeón de esa simulación oficiosa, que le permite disfrutar los fines de semana de “gorriar” a los que le dejan sentarse a su mesa. Un día, en que los concurrentes de una de esas cantinas no estaban de buen humor, lo dejaron a la espera, ignorándolo. Y de pronto, como si el mundo se fuera acabar, echó mano de las palabras de un antiguo bohemio de otra ciudad y Egidio gritó con todo lo que la voz le daba: “¿¡van a dejar morir de sed a Grecia!?”. Ese día le sobraron botellas de licor.

 

La única vez que invitó a los de su mesa a una tanda, que se prolongó, ha sido el día en que su equipo del alma ganó el primer campeonato después de estar años en blanco en los torneos de fútbol. Egidio, esa vez, tiró la cantina por la ventana. El dueño de El Selecto no lo podía creer. Y los circunstantes, tampoco.

 

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Pinturas de Zara Cañiza

Cara de suplicio

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pintura de Alexej Georgewitsch Von Jawlensky

 

Por Reinaldo Spitaletta

Los sufrimientos le atropellaron la cara, la mirada de angustia, los labios en un rictus de dolor contenido, la nariz inquieta de conejo asediado. Eso dicen a manera de suposición los que lo ven por primera vez, después se acostumbran a su andar de cansancio y a su aspecto de infelicidad. Los antebrazos con vellos ralos, están tostados por quién sabe cuántas jornadas de sol. Usa una gorra tal vez de forma tardía porque ya la piel del rostro está requemada, seca y con algunos lunares saltones y máculas oscuras.

 

La voz es la de un derrotado en las lides del trabajo y en la falta del mismo, que una combinación en exceso de una y otra puede conducir a desmadres y aburrimientos que se retratan en cabello y mirada. Cuando se quita la cachucha, el pelo, ya escaseado, luce apestado y sin brillos. Como las opacidades que se le notan en la actitud permanente: una angustia sin pausa parece sobrecogerlo. Nadie, que se sepa, sabe a ciencia cierta cuál es su mundo interior, porque él se niega, cuando le preguntan por su vida, a dar pistas y datos. Tipo receloso, se escucha la expresión.

 

Parece, y puede ser exagerada la analogía, un sobreviviente de campo de concentración, según se oyó decir una vez, cuando el hombre, de delgadez nada atlética, se disponía a subirse a un bus, trastabilló, se enredó en el primer escalón y cayó sin consecuencias graves, pero ante la mirada de curiosidad de los otros, que no disimularon sonrisas y hasta risas contenidas con la mano en la boca. Se levantó con dificultad y lo que asombró es que ninguno de los circunstantes trató de ayudarlo en su incorporación que, a simple vista, se notaba aparatosa. Dicen, tal vez por llenar alguna conversación baladí, que no se alimenta bien. El aspecto deplorable del hombre les puede dar la razón a los malhadados del chismorreo.

 

Algunas damas que lo ven con aire de lástima han dicho, así las han percibido vendedores ambulantes, que el hombrecillo no inspira ningún mal pensamiento. Parece víctima de un hechizo, de los que se proporcionan en bebedizos y untaduras. Habla casi a media lengua, se le escapan sílabas en las frases, las palabras, casi todas, quedan inconclusas. Se cree que en la infancia le sucedieron cosas terribles de las que él, por lo menos que se sepa, no ha comunicado nada. Es más bien discreto. Aunque, es una conjetura, parece estar quemándose por dentro, debe de tener un mundo interior de fuegos cruzados, que a lo mejor hasta reflujos le pueden causar.

 

Cuando fuma, se le demora en los labios el cigarrillo, como si olvidara que lo tiene ahí, encendido, que a veces se le alarga la ceniza como si estuviera en un plan ritual de lectura de la suerte. Uno, desde el balcón, en un segundo piso, lo ve pasar con pasos inseguros, como si no supiera hacia dónde dirigirse, porque se detiene de improviso, como si fuera a retroceder, y luego reanuda pero sin convicción su marcha hacia cualquier parte. Desde allí se puede detectar cómo algún vecino le alza la mano a guisa de saludo, pero sin que se noten entusiasmos. Él, igual, responde con sonrisa de sinceridad.

 

De su vida pasada nadie, que se sepa, conoce detalles. Ni si alguna vez se casó, si tuvo algún hijo, si fue feliz. Llegó al barrio porque no sé quién le dijo que si le podía ir a lavar el carro, y apareció en el contorno con sus camisones amplios y bluyines desteñidos y avejentados. Luego otros, tras la recomendación, lo utilizaron para ir a la tienda, o a llevar recados, para arreglar antejardines, para limpiar fachadas, en fin, que el tipo es un todero. Duerme en una pensión cercana y en los diciembres pone cara de congoja, tal vez lo asedian los recuerdos, o, como se le oyó decir a una vecina, los remordimientos.

 

Lo que sí es que todos pronuncian su nombre con cariño: Aristóbulo, aunque se escucha también la vocalización del apócope: Aris. Se le ha dicho también Aristi, igual él responde a cualquiera de ellos, e, incluso, al sobrenombre: don Suplicio, que no se conoce quién se lo estampó. Parece indiferente a uno u otro. Hay momentos en que se le ha visto ido, como recorriendo pasillos de su desconocido pretérito y, por qué habría de negarse, transmite con su actitud un hálito de tristeza.

 

Aris tiene la espalda recta, sin asomos de joroba, aunque camina mirando al piso, como si buscara el tiempo perdido, que no tendría por qué hallarse en el suelo. Ah, y su fisonomía tiene una particularidad: es carichupado, como lo dijo doña Juana, la de la tienda, cuando él entró la primera vez. “No pude contenerme”, me contó ella en cierta ocasión: “tenía tan particulares esos cachetes que tuve que llamarlo así, pero con sonrisa y amabilidad, para no herirlo”. Puede ser que otros, antes de ella, se lo hubieran hecho saber, porque, de acuerdo con la versión, no se inmutó.

 

Aristi es parte del paisaje del barrio. Casi siempre, al atardecer, porta un periódico, que, ha dicho, le sirve de lectura nocturna en su pieza de paso. Nunca se le ha visto borracho ni escuchado una mala palabra. En su modo de ser hay melancolía estancada, como si hubiera nacido con ella. La nariz temblorosa parece que le ha crecido y ya parece un pico de lora. Cuando las ventanas lo saludan, en la hora del ocaso, él alza el periódico y sigue su camino hasta que las sombras se lo engullen en silencio.

 

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Doña dueña

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Pintura de Raquel de Bocos

 

Por Reinaldo Spitaletta

La señora de hablar de simulaciones, con suavidades cuando quiere aparentar  que es “buena gente”, y con quiebres y ondulaciones altisonantes en la voz cuando desea dejar claro que ella es la que manda, es la dueña de la información en un diario de parroquia. Le gusta que le digan que está bonita, que el traje nuevo le queda de maravilla, que los zapatos de relumbres son los indicados para andar por las alfombras rojas de la oficina. La cara, en la que los pómulos sobresalen, de piel estrujada, disimulada con afeites, le da un aire como de doña propietaria de un ventorrillo de comidas para viajeros. Con perdón de esta última.

A veces, por no decir casi siempre, gusta de aparecer en la página social, una de las más comentadas por los lectores, porque, además de la doña creerse fotogénica, ama la vitrina, que la muestren en una visita a una fundación de caridad, o en su vuelta de un viaje de invitación a una ciudad turística, y así, que para eso, puede pensar ella, es la doctora, como le dicen muchos de sus subordinados, aunque no haya estudiado sino una diplomatura.

Eso sí, sabe inglés e italiano, porque, de chica, sus padres se lo inculcaron, que una hija de ricos y prohombres no puede ser ignorante en lenguas, así cuentan que dijo una día su padre, en una reunión de despedida de año con los empleados. La señora, muy aseñorada, posa de estar del lado de los humillados y por eso envía, de vez en cuando,  a un dependiente de sus preferencias a escribir notas sobre gentes a las que les han vulnerado algún derecho. Pero, en esencia, y según se ha sabido, ella también comete desafueros con algún trabajador, cuando no de su publicación menor, de peones de sus finquitas, que así las califica ella como para disminuir impuestos y otras connotaciones. En ese asunto, no quiere que se sepa mucho de sus posesiones.

Casi siempre viste chaqueta y falda, de paños y fibras finas, importadas, porque una mujer como ella debe estar bien perchada, elegantona, aunque, si se la observa con detenimiento, sus ropajes pueden estar mejor exhibidos en vitrinas y armarios de almacén. En algunos editoriales que publica, escritos por colaboradores, se afirma con tono de ensalzamiento propio que el periódico está para defender a los desamparados y fustigar a los cometedores de desafueros. Todo con lindas palabras y argumentos convincentes.

No está de sobra advertir que la señora, cumplidora de misas y visitadora de iglesias, se rodea de uno que otro músico, para que, en los almuerzos y otras reuniones, canten canciones de campo, bucólicas y tristes. En su oficina, a la que solo se entra con cita, tiene discos de baladas italianas y uno que otro de la ya anciana y remota Nueva Ola. Canta con voz roncona y ella se toma en serio cuando le dicen que es afinada y que tiene buena voz. Los de su círculo más próximo, la adulan y con sus flores verbales la hacen creer que es talentosa y sensible.

En los últimos tiempos, algunos han notado que la señora, a la que nadie ha visto llorar, se acerca cada vez más al poder político y económico, que no es que antes lo haya cuestionado o criticado, sino que es, hoy, así dicen en las afueras de esa empresa, sí, hoy es más notoria su inclinación, por no decir su lambisqueo, con los que mandan en el país. Ella sabe que así, con sus posiciones que se han ido deslizando hacia la absoluta desvergüenza, puede que tenga más anuncios publicitarios y cocteles de sociedad. Quizá, según sus actitudes, hasta la nombren un día en un alto cargo de gobierno. Merecido lo tiene.

En todo caso, y olvidando en apariencia que en otros momentos su hoja parroquial estaba en concordancia con la información sobre atropellos y desajustes sociales, le ha dicho a sus redactores que, pase lo que pase, hay que estar con las instituciones, que son las que mandan y hacen las “guerras justas” (son sus palabras). “Hay que obedecer y no cuestionar tanto la autoridad, no hay por qué salirse de los cauces tradicionales, estamos con la aplicación de la gobernanza. Les pido, apreciados colaboradores, amor y fe en nuestra empresa y en los hombres y mujeres que nos gobiernan”.

Cada vez son menos los espacios para asuntos de pobres y desafortunados. Y, en cambio, más y muy generosos para los eventos oficiales. Doña dueña entiende de estas incidencias y las aplica. Hay, dice con énfasis, que dedicar más páginas a los discursos, reuniones y medidas de gobierno. Se siente feliz con esas divisas. En algunos de sus colaboradores, como ella los llama en tono maternal, se aprecian caras de desconcierto, aunque ninguno se atreve a replicar. El ejercicio de la sumisión funciona como un engranaje de relojería. Ella ordena, los otros obedecen. Y listo. Sin lugar a intenciones ni disposiciones anímicas que alteren la armonía del que ya parece un rebaño muy aconductado.

Doña dueña, madona, madama, madame, mandona, la de los trajes sastre y las carteras distinguidas, cada vez se parece más a una marioneta. Se le ha visto caminar a saltitos y dar pasos estudiados de teatrino. Se dice —en ninguna parte faltan las malas lenguas, las viperinas— que tiene un amante. Y para tales faenas, la avejentada donna puede ser buena, ma non troppo.

 

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El narcisista

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Por Reinaldo Spitaletta

No solo soy el más bello, inteligente y rico, sino el que mejor baila en la comarca llamada cosmos. Cuando quiero, me rizo los cabellos, y cuando me cansó, los aliso, porque mi presencia, con ojos de deslumbre, hipnotiza muchachas, como pasó con mi antecesor mitológico, que una ninfa lo amó con consecuencias más bien poco halagadoras. Mi casa está surtida de espejos: hay en el zaguán, el patio, las piezas, los baños, la cocina, el comedor. También hay uno, muy pequeño, sin ánimos de feng shui, pero sí de que alcance a reflejarme para que los espíritus del mal no entren en la mansión, que mantengo decorada con mis fotografías, con retratos al óleo, claro, que me representan a mí y mi bonitura, y ¿si no? Ajá.

Me gusta lucir ropas de vivos colores, fina eso sí, para llamar la atención por doquiera que yo vaya, y perfumarme con las esencias más fragantes y costosas, que las traigo de París y Nueva York, y mis zapatos están lustrosos siempre, charolados, que un refinado como yo no puede andar de cualquier manera, ni estar, como me decían las tías, cuando yo era niño, desgüaletado, que era como decir mal presentado, sin elegancia, sin chic, nada.

No sé qué escritor dijo, bueno, lo escuché en alguna parte, que uno era uno y sus circunstancias, pues qué les digo, soy yo y solamente yo, lo otro es accesorio, porque, por ejemplo, nadie iguala mi color de piel, miren no más y enamórense de la tonalidad y lozanía, ni mi nariz de medidas y proporciones únicas, que ni un perfil griego es más delicado. Todo, las partes y el conjunto, revela mi belleza celestial, porque, si me analizan de arriba abajo (o de abajo a arriba, como deseen) y observan mis dimensiones áureas, soy un ser perfecto. ¿Modestia? ¿Por qué y para qué? Me falta, eso sí, alcanzar la categoría de un dios, pero no entra en mis aspiraciones. Por ahora. Ya es suficiente con tener el mundo a mis pies, que en todas partes, cuando me descubren, solo hay una conjunción de asombros y admiraciones. Se arman bisbiseos y rumoradas, y todo alrededor de mi atracción, por lo demás, nada fatal ni letal. Adorable.

Si hubiera vivido en la antigua Grecia no hubiera atraído tanto como ahora, porque me ayudan las tecnologías, lo que es uno ser de buenas. Cada segundo estoy tomándome selfies que de inmediato pongo a circular en las redes y siempre me atiborran de “megustas”, porque, como vengo anunciando, soy único e irrepetible, que más de miles de mujeres quieren tener una cría, un duplicado, una copia de mí, pero no me interesa, debido a que puedo dejar de ser exclusivo. Así que tienen que aguantarse las ganas y utilizar tretas diferentes, de las cuales me entero ahí mismo, porque además de ser un descendiente de Zeus, un efebo sin mácula, soy muy despierto y listo, qué les digo.

No sé de dónde salí tan bien hecho, porque y dejen que les muestro fotos más tarde, mis padres no eran ningunas postales, aunque sí era él bien parecido y mamá una señora muy distinguida; sin embargo, para su conmoción, cuando nací ahí mismo dijeron que era más lindo que el niño Jesús, según me contaron después, y llegaban los vecinos, más enfermeras, y alguna (relató papá) miró sin discreción mis partes pudendas y dicen que dio un suspiro largo y entornó los ojos. Creo que sí. Después, en el colegio, las maestras se desvivían por mis facciones y soñaban con tener algún hijo así; tal vez, digo yo ahora, pensarían más bien que esperarían a que creciera para ser felices conmigo, que las mujeres, de cualquier edad, son así, se lo quieren tragar a uno con la mirada.

Cuando nací, sigamos con esa historia, había música en casa, con guitarras y flautas, los de un conjunto que papá, que tocaba muy bien el saxofón, contrató para mi recibimiento. Y desde ahí, digo yo, no solo me encantan los sonidos porque yo mismo soy música, sino el baile, otra de mis maneras de la seducción. Cuando lo hago, todos se detienen a verme y aplauden. Cuando se unen belleza y talento no hay fronteras y todos se tienden a los pies de uno, como feligreses. O como vasallos.

No sé si se habrán enterado, pero me gusta hablar de mí mismo, no puedo resistirme, hay una fuerza interior que me lo pide, me aconseja, me advierte que no puedo estar en la tierra sin que los demás se den cuenta de que existo por encima de todos.

Hoy, todo contribuye a destacar mis atributos. No solo los espejos, artefactos muy antiguos y no siempre amados por la fealdad tan abundosa y que yo amo porque, lo he dicho tantas veces, reproducen mi belleza, sino las maneras de ser de mis contemporáneos, moldeados solo para ver la superficie, el barniz, los maquillajes, porque, digo yo, el mundo parece hecho a mi medida: lo que vale ahora es la representación (claro, también la presentación), el brillo de los ojos, la suavidad de piel, los efluvios de perfumes sin par como los que uso y así. Soy por lo que aparento, como una ilusión óptica. Valgo por mi exterior. Y yo adoro ser así.

¿Alma? Qué me importa. ¿Pensamiento? ¿Para qué? Soy el afuera. Lo demás, como decía un vecino muy intelectual, es literatura. Espero sobrevivir a todos aquellos que desean, más por envidia y menos por sus defectos físicos, que me suceda lo que a mi antecesor. No pasará. La fuente en que me miro ahora, embebido, ido, perplejo, seducido por mí mismo, me ha dicho que nunca me ahogaré en ella.

 

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