Una situación absurda

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Tras observar que su turno aparecía en pantalla, el hombre se acercó a la taquilla, presentó su documento de identidad y otros papeles y esperó. La dependiente de la oficina de salud tomó la cédula y verificó en el computador. “Señor, son veinticinco mil trescientos pesos”, dijo ella, sin mirar al que ya estaba introduciendo las manos en el bolsillo. “¿Tiene los trescientos en menuda?”, “no, señorita. Lo siento”. Ella sonrió. Él le puso cuidado al destino de su billete de cincuenta mil, que ella depositó en una gaveta que tenía una pinza aprisionadora. “Le devuelvo, señor”. El tablero electrónico pitaba a cada momento, anunciando nuevos turnos para los circunstantes, sentados en sillas de plástico en la sala de espera.

 

El sonido de la fotocopiadora llamó la atención del hombre, que tenía en una mano una pequeña tarjetera, esperando la devolución de su cédula de identidad. “Debe llamar a pedir la cita de cardiología. Aquí tiene la orden y cuando sepa la fecha de su cita viene antes para autorizarle otros exámenes”, dijo la mujer, que había remarcado con amarillo intenso las instrucciones para la solicitud médica. “Hola, señora —la dependiente se estaba dirigiendo a una mujer que se había arrimado por un lado de la taquilla—, creo que usted ya no tiene posibilidades de atención, porque dice en su orden que trabajó hasta el primero de diciembre, y entonces estaba cubierta hasta el primero de enero”. El hombre recordó que era veinte de enero, miró a la recién atendida, una mujer regordeta, de cara redonda y cabello corto, negro, que no pareció inmutarse cuando le dieron la información. La empleada le devolvió unos papeles y la cédula de ciudanía a la solicitante.

 

La de “orientación al usuario”, según decían los avisos encima de las taquillas, le entregó las autorizaciones al hombre, que segundos antes había visto, inclinándose de un modo poco habitual, cómo su cédula permanecía junto a la caja registradora. Se guardó con automatismo la tarjetera en el bolsillo de la camisa, siguió con los papeles en una mano y dio dos pasos, como para retirarse, tras decir gracias. Frenó en seco. Se volvió y le dijo a la mujer: “No me entregó la cédula”. “Cómo, claro que se la devolví”, dijo sin convicción la atendedora. “No, no la tengo en mi guarda documentos”. El hombre metía las manos en el bolso en el que hospedaba un libro de Mijail Bulgakov, un paraguas y papeles diversos. “No, no me la entregó, señorita”, insistió. Se inclinó a mirar donde la había visto antes, y ya no estaba.

 

La muchacha buscaba y rebuscaba entre papeles, cajones, volteaba la cabeza, se agachaba a escudriñar el piso. Ya había desconcierto entre sus compañeras y algunos impacientes que esperaban su turno. “Busque bien en la billetera”, dijo la de otra taquilla. “Ya busqué y no está mi cédula”. El hombre tenía la convicción de que su documento lo había entregado, porque, de lo contrario, no hubiera sido atendido. Nada. La cédula había desaparecido. “¿Y entonces?”, preguntó. “No me puedo ir sin ella. Ni más faltaba”, dijo, sin aparente alteración. Otra taquillera se puso en cuclillas para buscar por debajo de los escritorios. Inútil.

 

—Habrá que ir a mirar en las cámaras a ver qué se hizo —se escuchó la voz de otra empleada.

 

A estas alturas, el asunto era incómodo. Y parecía grave. El hombre volvía a explorar en su bolso, en el pequeño porta documentos de cuero. Miraba a los de la sala de espera, al piso de baldosas opacas. La mujer que se había arrimado antes, estaba sentada. El hombre la ojeó y ella se estremeció. La empleada le preguntó si ella por casualidad no tenía la cédula del señor. “¿No se la pasaría a usted por equivocación?”, interrogó. La otra parecía no preocuparse. Buscó, sin embargo, en su billetera y nada.

 

“Cómo era posible que hubiera desaparecido, esto es absurdo”, pensó el hombre. Y después expresó su pensamiento en voz alta, pero sin gritos. La que lo había atendido ya se había ido a la sala de sistemas, a examinar la grabación. El hombre esperaba con inquietud. “Perder la cédula debe ser un trauma. Qué lío. Poner denuncias, ir a la Oficina Civil, esperar quién sabe cuánto tiempo. Y yo con todas las diligencias que hago, qué mierda”. El hombre comenzó a pensar en el concepto de eternidad, del tiempo que pasa sin detenerse, sin devolverse, siempre hacia el infinito. O hacia la nada. Recordó de súbito la cabeza decapitada por un tranvía de un personaje de El maestro y Margarita, el libro que tenía en su mochila. “Debe ser obra diabólica esto de la desaparición de la cédula”.

 

No supo al cabo de cuánto tiempo apareció la muchacha, por detrás de él. Estaba preguntándole a la mujer sentada que si ella no tenía el documento del señor. La otra volvió a mirar en su cartera. Nada. “¿Qué pasó, qué mostró la cámara?”, interrogó el hombre, ya con síntomas de impaciencia y preocupación.

 

—Sí, muestra cuando usted me entregó el documento y yo lo puse junto a la registradora; luego, cuando usted paga, yo meto el billete en ella y la cédula no se ve más. —La voz de la dependiente era de susto y extrañamiento.

 

—Esto es absurdo. —El hombre ya estaba a punto de explotar. “Creo que comenzaré a insultar a esta muchacha inepta”, pensó.

 

La empleada estaba otra vez detrás del mostrador. Abrió la registradora con billetes organizados y aplanchados por los sujetadores. Sacó el cajón. Miró con ansiedad por el boquete. Metió una mano y gritó: “¡Aquí está!”.

 

—Mis disculpas, caballero. —La muchacha, boquiabierta, estaba pálida y de a poco iba recobrando su color natural. Tenía una sonrisa bobalicona.

 

El hombre guardó la cédula, sonrió como sin ganas, con gesto de desprecio y salió. Afuera, el tráfico era intenso y había un sol de justicia. El hombre sudaba. Su corazón estaba a punto de salirse y brincar a la calle.

 

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 Pinturas de Fabio Amaya y Tangshi.

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El goterero

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Por Reinaldo Spitaletta

La premisa es que hay que tener talento para ejercer este oficio (más bien, una impostura) que, si no se es avezado, puede culminar en una exposición de rabias impulsivas de las víctimas, que lo arrojarán de la mesa y le harán marchar con el rabo entre las patas y sequía en el guargüero. El goterero, como lo llaman en jerga de pueblos alicorados, es un campeón del pegamento y la pantomima. Tiene la sonrisa fácil y el verbo abundante. Intenta estar bien vestido y oler a limpieza, como mínimo, en caso de carecer de fragancias enfrascadas, para que los otros no lo vean ni repulsivo ni descuidado.

 

Posa de tener refinamientos, como lecturas de varios periódicos al día, y, en efecto, debe mantenerse enterado, porque, así, tendrá repertorio cuando se acerca a una mesa a saludar y sentarse sin permisos ni venias, con palabras de cortesía estudiada que hacen que los allí congregados lo acojan sin resistencias. Y aparte de titulares, debe, por su temor a convertirse en un pelmazo, acercarse a libros de autoayuda, saber un tanto de esoterismos y secretos de cocina y, si este catálogo no le basta, aprender (bueno, o posar de que sabe) a interpretar y vaticinar el futuro, los misterios del tarot y estar atento a la actualidad deportiva.

 

El goterero, que intenta no aparecer como un vulgar pegajoso de cantina, viste en ocasiones de saco (se le notan las veces que le ha volteado el cuello) y zapatos a los que casi nunca tiene tiempo de lustrar. Sonríe tras haber ensayado muchas veces frente a un espejo sus mejores sonrisas y mataditos de ojo. Lo que sí es que debe estar sin aplazamientos bien afeitado. En el fondo, debe ser un “buen sicólogo”, que es la expresión popular que se refiere a gentes con talento para descifrar fisonomías y estados de ánimo casi a la velocidad que dura una mirada de afán.

 

Lee periódicos semiserios y sensacionalistas, casi nunca pasa de los encabezamientos, y uno que otro libro de aventuras. Se preocupa por las noticias radiales matinales y carga una agenda con apuntes de situaciones pintorescas, como las que, según él, se publican en un almanaque de agricultores y tenderos. Sabe, o dice que sabe, leer las cenizas de los cigarrillos situación que lo pone en un lugar de privilegio en ciertas mesas, y conoce el tarot y sus misterios. Lee, para reproducirlo en sus conversaciones, asuntos sobre exorcismos y embobamientos y es capaz de hablar con precisión sobre las fases de la luna y su influencia en los humanos.

 

Egidio, que así se llama el personaje, tiene idea de geografía y se sabe los nombres de los árboles de varios parques de la ciudad. Tiene, desde hace años, seleccionados los bares donde entra a comprobar qué tanta influencia ejercen sus mañas y saludos en los clientes. Uno de sus preferidos es El Selecto, al que entran burócratas, estudiantes universitarios y alguna gente con preparación académica. Le gusta, además, porque hay equipo de sonido con música seleccionada y reproducciones litográficas de pinturas en las paredes.

 

Cuando está en la acera, frente al bar, ya tiene escogida la mesa a la que se arrimará en primera instancia. Ingresa y algunos de los circunstantes se ponen a observar las iconografías o dirigen su atención al mostrador. El dueño del bar sin falta esboza una sonrisa de picardía. Egidio se acerca a los clientes y los saluda con efusiones. Después, les pregunta, por ejemplo, ¿saben qué pasó en el palacio de gobierno? Y de inmediato se gana la atención. A alguno de los allí sentados, le dice que tiene buen semblante y que lo mejor es que lo más pronto haga una apuesta y compre lotería. “La suerte te sonreirá”, le advierte con certidumbre.

 

Egidio tiene la palabra fácil. La cordialidad lo hace simpático. Se sabe el nombre de casi todos los que por allí recalan. No falta, pese a que en el fondo preferirían no hacerlo, quién lo invite a sentarse, porque, además, es un interlocutor con información y buenas maneras. Articula con solvencia las palabras, vocaliza y da la sensación de conocer el mundo y sus alrededores. Si le preguntan sobre política, sobre política sabe. Si acerca de las marcas y récords de deportistas retirados, también.

 

A Egidio hay que invitarlo a sentarse. Y ofrecerle un trago. Que se prolonga, porque él es experto para seducir con su conversa y hacer que las copas se deslicen por su garganta. “Garganta profunda”, le han dicho, entre risitas de malicia y gestos de doble sentido. Su fuerte es la historia patria. Es capaz de revivir con su parla la batalla de Boyacá y recitar de memoria proclamas de Bolívar y Policarpa Salavarrieta. De Mon y Velarde, el regenerador colonial, que suscribió la sentencia de muerte contra el comunero Josef Antonio Galán, dice que se fue con un muchachito para Quito, donde lo mandaron a presidir la Audiencia de esa ciudad.

 

Además del mencionado bar, también hace presencia en otros, como El abrojito, el Avenida y el Nocturnal. En todos, dispensa su verba y su cuentería. Y termina, como los contertulios, ebrio pero sin gastarse un solo peso. Sí, no hay duda: es un campeón de esa simulación oficiosa, que le permite disfrutar los fines de semana de “gorriar” a los que le dejan sentarse a su mesa. Un día, en que los concurrentes de una de esas cantinas no estaban de buen humor, lo dejaron a la espera, ignorándolo. Y de pronto, como si el mundo se fuera acabar, echó mano de las palabras de un antiguo bohemio de otra ciudad y Egidio gritó con todo lo que la voz le daba: “¿¡van a dejar morir de sed a Grecia!?”. Ese día le sobraron botellas de licor.

 

La única vez que invitó a los de su mesa a una tanda, que se prolongó, ha sido el día en que su equipo del alma ganó el primer campeonato después de estar años en blanco en los torneos de fútbol. Egidio, esa vez, tiró la cantina por la ventana. El dueño de El Selecto no lo podía creer. Y los circunstantes, tampoco.

 

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Pinturas de Zara Cañiza

Cara de suplicio

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pintura de Alexej Georgewitsch Von Jawlensky

 

Por Reinaldo Spitaletta

Los sufrimientos le atropellaron la cara, la mirada de angustia, los labios en un rictus de dolor contenido, la nariz inquieta de conejo asediado. Eso dicen a manera de suposición los que lo ven por primera vez, después se acostumbran a su andar de cansancio y a su aspecto de infelicidad. Los antebrazos con vellos ralos, están tostados por quién sabe cuántas jornadas de sol. Usa una gorra tal vez de forma tardía porque ya la piel del rostro está requemada, seca y con algunos lunares saltones y máculas oscuras.

 

La voz es la de un derrotado en las lides del trabajo y en la falta del mismo, que una combinación en exceso de una y otra puede conducir a desmadres y aburrimientos que se retratan en cabello y mirada. Cuando se quita la cachucha, el pelo, ya escaseado, luce apestado y sin brillos. Como las opacidades que se le notan en la actitud permanente: una angustia sin pausa parece sobrecogerlo. Nadie, que se sepa, sabe a ciencia cierta cuál es su mundo interior, porque él se niega, cuando le preguntan por su vida, a dar pistas y datos. Tipo receloso, se escucha la expresión.

 

Parece, y puede ser exagerada la analogía, un sobreviviente de campo de concentración, según se oyó decir una vez, cuando el hombre, de delgadez nada atlética, se disponía a subirse a un bus, trastabilló, se enredó en el primer escalón y cayó sin consecuencias graves, pero ante la mirada de curiosidad de los otros, que no disimularon sonrisas y hasta risas contenidas con la mano en la boca. Se levantó con dificultad y lo que asombró es que ninguno de los circunstantes trató de ayudarlo en su incorporación que, a simple vista, se notaba aparatosa. Dicen, tal vez por llenar alguna conversación baladí, que no se alimenta bien. El aspecto deplorable del hombre les puede dar la razón a los malhadados del chismorreo.

 

Algunas damas que lo ven con aire de lástima han dicho, así las han percibido vendedores ambulantes, que el hombrecillo no inspira ningún mal pensamiento. Parece víctima de un hechizo, de los que se proporcionan en bebedizos y untaduras. Habla casi a media lengua, se le escapan sílabas en las frases, las palabras, casi todas, quedan inconclusas. Se cree que en la infancia le sucedieron cosas terribles de las que él, por lo menos que se sepa, no ha comunicado nada. Es más bien discreto. Aunque, es una conjetura, parece estar quemándose por dentro, debe de tener un mundo interior de fuegos cruzados, que a lo mejor hasta reflujos le pueden causar.

 

Cuando fuma, se le demora en los labios el cigarrillo, como si olvidara que lo tiene ahí, encendido, que a veces se le alarga la ceniza como si estuviera en un plan ritual de lectura de la suerte. Uno, desde el balcón, en un segundo piso, lo ve pasar con pasos inseguros, como si no supiera hacia dónde dirigirse, porque se detiene de improviso, como si fuera a retroceder, y luego reanuda pero sin convicción su marcha hacia cualquier parte. Desde allí se puede detectar cómo algún vecino le alza la mano a guisa de saludo, pero sin que se noten entusiasmos. Él, igual, responde con sonrisa de sinceridad.

 

De su vida pasada nadie, que se sepa, conoce detalles. Ni si alguna vez se casó, si tuvo algún hijo, si fue feliz. Llegó al barrio porque no sé quién le dijo que si le podía ir a lavar el carro, y apareció en el contorno con sus camisones amplios y bluyines desteñidos y avejentados. Luego otros, tras la recomendación, lo utilizaron para ir a la tienda, o a llevar recados, para arreglar antejardines, para limpiar fachadas, en fin, que el tipo es un todero. Duerme en una pensión cercana y en los diciembres pone cara de congoja, tal vez lo asedian los recuerdos, o, como se le oyó decir a una vecina, los remordimientos.

 

Lo que sí es que todos pronuncian su nombre con cariño: Aristóbulo, aunque se escucha también la vocalización del apócope: Aris. Se le ha dicho también Aristi, igual él responde a cualquiera de ellos, e, incluso, al sobrenombre: don Suplicio, que no se conoce quién se lo estampó. Parece indiferente a uno u otro. Hay momentos en que se le ha visto ido, como recorriendo pasillos de su desconocido pretérito y, por qué habría de negarse, transmite con su actitud un hálito de tristeza.

 

Aris tiene la espalda recta, sin asomos de joroba, aunque camina mirando al piso, como si buscara el tiempo perdido, que no tendría por qué hallarse en el suelo. Ah, y su fisonomía tiene una particularidad: es carichupado, como lo dijo doña Juana, la de la tienda, cuando él entró la primera vez. “No pude contenerme”, me contó ella en cierta ocasión: “tenía tan particulares esos cachetes que tuve que llamarlo así, pero con sonrisa y amabilidad, para no herirlo”. Puede ser que otros, antes de ella, se lo hubieran hecho saber, porque, de acuerdo con la versión, no se inmutó.

 

Aristi es parte del paisaje del barrio. Casi siempre, al atardecer, porta un periódico, que, ha dicho, le sirve de lectura nocturna en su pieza de paso. Nunca se le ha visto borracho ni escuchado una mala palabra. En su modo de ser hay melancolía estancada, como si hubiera nacido con ella. La nariz temblorosa parece que le ha crecido y ya parece un pico de lora. Cuando las ventanas lo saludan, en la hora del ocaso, él alza el periódico y sigue su camino hasta que las sombras se lo engullen en silencio.

 

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Doña dueña

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Pintura de Raquel de Bocos

 

Por Reinaldo Spitaletta

La señora de hablar de simulaciones, con suavidades cuando quiere aparentar  que es “buena gente”, y con quiebres y ondulaciones altisonantes en la voz cuando desea dejar claro que ella es la que manda, es la dueña de la información en un diario de parroquia. Le gusta que le digan que está bonita, que el traje nuevo le queda de maravilla, que los zapatos de relumbres son los indicados para andar por las alfombras rojas de la oficina. La cara, en la que los pómulos sobresalen, de piel estrujada, disimulada con afeites, le da un aire como de doña propietaria de un ventorrillo de comidas para viajeros. Con perdón de esta última.

A veces, por no decir casi siempre, gusta de aparecer en la página social, una de las más comentadas por los lectores, porque, además de la doña creerse fotogénica, ama la vitrina, que la muestren en una visita a una fundación de caridad, o en su vuelta de un viaje de invitación a una ciudad turística, y así, que para eso, puede pensar ella, es la doctora, como le dicen muchos de sus subordinados, aunque no haya estudiado sino una diplomatura.

Eso sí, sabe inglés e italiano, porque, de chica, sus padres se lo inculcaron, que una hija de ricos y prohombres no puede ser ignorante en lenguas, así cuentan que dijo una día su padre, en una reunión de despedida de año con los empleados. La señora, muy aseñorada, posa de estar del lado de los humillados y por eso envía, de vez en cuando,  a un dependiente de sus preferencias a escribir notas sobre gentes a las que les han vulnerado algún derecho. Pero, en esencia, y según se ha sabido, ella también comete desafueros con algún trabajador, cuando no de su publicación menor, de peones de sus finquitas, que así las califica ella como para disminuir impuestos y otras connotaciones. En ese asunto, no quiere que se sepa mucho de sus posesiones.

Casi siempre viste chaqueta y falda, de paños y fibras finas, importadas, porque una mujer como ella debe estar bien perchada, elegantona, aunque, si se la observa con detenimiento, sus ropajes pueden estar mejor exhibidos en vitrinas y armarios de almacén. En algunos editoriales que publica, escritos por colaboradores, se afirma con tono de ensalzamiento propio que el periódico está para defender a los desamparados y fustigar a los cometedores de desafueros. Todo con lindas palabras y argumentos convincentes.

No está de sobra advertir que la señora, cumplidora de misas y visitadora de iglesias, se rodea de uno que otro músico, para que, en los almuerzos y otras reuniones, canten canciones de campo, bucólicas y tristes. En su oficina, a la que solo se entra con cita, tiene discos de baladas italianas y uno que otro de la ya anciana y remota Nueva Ola. Canta con voz roncona y ella se toma en serio cuando le dicen que es afinada y que tiene buena voz. Los de su círculo más próximo, la adulan y con sus flores verbales la hacen creer que es talentosa y sensible.

En los últimos tiempos, algunos han notado que la señora, a la que nadie ha visto llorar, se acerca cada vez más al poder político y económico, que no es que antes lo haya cuestionado o criticado, sino que es, hoy, así dicen en las afueras de esa empresa, sí, hoy es más notoria su inclinación, por no decir su lambisqueo, con los que mandan en el país. Ella sabe que así, con sus posiciones que se han ido deslizando hacia la absoluta desvergüenza, puede que tenga más anuncios publicitarios y cocteles de sociedad. Quizá, según sus actitudes, hasta la nombren un día en un alto cargo de gobierno. Merecido lo tiene.

En todo caso, y olvidando en apariencia que en otros momentos su hoja parroquial estaba en concordancia con la información sobre atropellos y desajustes sociales, le ha dicho a sus redactores que, pase lo que pase, hay que estar con las instituciones, que son las que mandan y hacen las “guerras justas” (son sus palabras). “Hay que obedecer y no cuestionar tanto la autoridad, no hay por qué salirse de los cauces tradicionales, estamos con la aplicación de la gobernanza. Les pido, apreciados colaboradores, amor y fe en nuestra empresa y en los hombres y mujeres que nos gobiernan”.

Cada vez son menos los espacios para asuntos de pobres y desafortunados. Y, en cambio, más y muy generosos para los eventos oficiales. Doña dueña entiende de estas incidencias y las aplica. Hay, dice con énfasis, que dedicar más páginas a los discursos, reuniones y medidas de gobierno. Se siente feliz con esas divisas. En algunos de sus colaboradores, como ella los llama en tono maternal, se aprecian caras de desconcierto, aunque ninguno se atreve a replicar. El ejercicio de la sumisión funciona como un engranaje de relojería. Ella ordena, los otros obedecen. Y listo. Sin lugar a intenciones ni disposiciones anímicas que alteren la armonía del que ya parece un rebaño muy aconductado.

Doña dueña, madona, madama, madame, mandona, la de los trajes sastre y las carteras distinguidas, cada vez se parece más a una marioneta. Se le ha visto caminar a saltitos y dar pasos estudiados de teatrino. Se dice —en ninguna parte faltan las malas lenguas, las viperinas— que tiene un amante. Y para tales faenas, la avejentada donna puede ser buena, ma non troppo.

 

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El narcisista

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Por Reinaldo Spitaletta

No solo soy el más bello, inteligente y rico, sino el que mejor baila en la comarca llamada cosmos. Cuando quiero, me rizo los cabellos, y cuando me cansó, los aliso, porque mi presencia, con ojos de deslumbre, hipnotiza muchachas, como pasó con mi antecesor mitológico, que una ninfa lo amó con consecuencias más bien poco halagadoras. Mi casa está surtida de espejos: hay en el zaguán, el patio, las piezas, los baños, la cocina, el comedor. También hay uno, muy pequeño, sin ánimos de feng shui, pero sí de que alcance a reflejarme para que los espíritus del mal no entren en la mansión, que mantengo decorada con mis fotografías, con retratos al óleo, claro, que me representan a mí y mi bonitura, y ¿si no? Ajá.

Me gusta lucir ropas de vivos colores, fina eso sí, para llamar la atención por doquiera que yo vaya, y perfumarme con las esencias más fragantes y costosas, que las traigo de París y Nueva York, y mis zapatos están lustrosos siempre, charolados, que un refinado como yo no puede andar de cualquier manera, ni estar, como me decían las tías, cuando yo era niño, desgüaletado, que era como decir mal presentado, sin elegancia, sin chic, nada.

No sé qué escritor dijo, bueno, lo escuché en alguna parte, que uno era uno y sus circunstancias, pues qué les digo, soy yo y solamente yo, lo otro es accesorio, porque, por ejemplo, nadie iguala mi color de piel, miren no más y enamórense de la tonalidad y lozanía, ni mi nariz de medidas y proporciones únicas, que ni un perfil griego es más delicado. Todo, las partes y el conjunto, revela mi belleza celestial, porque, si me analizan de arriba abajo (o de abajo a arriba, como deseen) y observan mis dimensiones áureas, soy un ser perfecto. ¿Modestia? ¿Por qué y para qué? Me falta, eso sí, alcanzar la categoría de un dios, pero no entra en mis aspiraciones. Por ahora. Ya es suficiente con tener el mundo a mis pies, que en todas partes, cuando me descubren, solo hay una conjunción de asombros y admiraciones. Se arman bisbiseos y rumoradas, y todo alrededor de mi atracción, por lo demás, nada fatal ni letal. Adorable.

Si hubiera vivido en la antigua Grecia no hubiera atraído tanto como ahora, porque me ayudan las tecnologías, lo que es uno ser de buenas. Cada segundo estoy tomándome selfies que de inmediato pongo a circular en las redes y siempre me atiborran de “megustas”, porque, como vengo anunciando, soy único e irrepetible, que más de miles de mujeres quieren tener una cría, un duplicado, una copia de mí, pero no me interesa, debido a que puedo dejar de ser exclusivo. Así que tienen que aguantarse las ganas y utilizar tretas diferentes, de las cuales me entero ahí mismo, porque además de ser un descendiente de Zeus, un efebo sin mácula, soy muy despierto y listo, qué les digo.

No sé de dónde salí tan bien hecho, porque y dejen que les muestro fotos más tarde, mis padres no eran ningunas postales, aunque sí era él bien parecido y mamá una señora muy distinguida; sin embargo, para su conmoción, cuando nací ahí mismo dijeron que era más lindo que el niño Jesús, según me contaron después, y llegaban los vecinos, más enfermeras, y alguna (relató papá) miró sin discreción mis partes pudendas y dicen que dio un suspiro largo y entornó los ojos. Creo que sí. Después, en el colegio, las maestras se desvivían por mis facciones y soñaban con tener algún hijo así; tal vez, digo yo ahora, pensarían más bien que esperarían a que creciera para ser felices conmigo, que las mujeres, de cualquier edad, son así, se lo quieren tragar a uno con la mirada.

Cuando nací, sigamos con esa historia, había música en casa, con guitarras y flautas, los de un conjunto que papá, que tocaba muy bien el saxofón, contrató para mi recibimiento. Y desde ahí, digo yo, no solo me encantan los sonidos porque yo mismo soy música, sino el baile, otra de mis maneras de la seducción. Cuando lo hago, todos se detienen a verme y aplauden. Cuando se unen belleza y talento no hay fronteras y todos se tienden a los pies de uno, como feligreses. O como vasallos.

No sé si se habrán enterado, pero me gusta hablar de mí mismo, no puedo resistirme, hay una fuerza interior que me lo pide, me aconseja, me advierte que no puedo estar en la tierra sin que los demás se den cuenta de que existo por encima de todos.

Hoy, todo contribuye a destacar mis atributos. No solo los espejos, artefactos muy antiguos y no siempre amados por la fealdad tan abundosa y que yo amo porque, lo he dicho tantas veces, reproducen mi belleza, sino las maneras de ser de mis contemporáneos, moldeados solo para ver la superficie, el barniz, los maquillajes, porque, digo yo, el mundo parece hecho a mi medida: lo que vale ahora es la representación (claro, también la presentación), el brillo de los ojos, la suavidad de piel, los efluvios de perfumes sin par como los que uso y así. Soy por lo que aparento, como una ilusión óptica. Valgo por mi exterior. Y yo adoro ser así.

¿Alma? Qué me importa. ¿Pensamiento? ¿Para qué? Soy el afuera. Lo demás, como decía un vecino muy intelectual, es literatura. Espero sobrevivir a todos aquellos que desean, más por envidia y menos por sus defectos físicos, que me suceda lo que a mi antecesor. No pasará. La fuente en que me miro ahora, embebido, ido, perplejo, seducido por mí mismo, me ha dicho que nunca me ahogaré en ella.

 

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Un ignorante

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Por Reinaldo Spitaletta

Se le insiste en los lugares que frecuenta, donde, sin que él se entere ya ha pasado a ser un “rey de burlas”, que lo que está diciendo es un auténtico y escabroso yerro por esto y por aquello, porque se nota que no investiga, que no tiene información, cómo va a decir que es de día si está de noche, pero, en últimas, como le dijo un profesor de literatura, “la ignorancia da seguridad”. El hombrecillo, cara colorada y frente de amplitudes severas, sonríe cuando le señalan que está equivocado y la actitud que asume es la de no parar bolas. Continúa en su apreciación, aferrado a ella, cualquiera que esta sea, indiferente a la crítica, apático a la opinión de los demás.

 

Una desbarrada, por ejemplo, es cuando dice que el novelista Marcel Proust no requería hacer descripciones tan extensas ni solazarse en la importancia de una magdalena o en el humo de un cigarrillo, que toda esa obra (bueno, solo dice que leyó una parte del primer tomo) sobra porque pocos lectores se van a gastar tantos días para leer sobre cortinas y ventanas y otros asuntos inútiles, según él. También se acerca al absurdo cuando anuncia, con pompa, con una certeza que ni siquiera le da para parpadear como señal de duda, que todos los campesinos son analfabetos, que nacieron para ser esclavos y para servir a amos aunque estos no existan, porque el campo está hecho para que la gente no piense. “Ninguno de ellos merece más de lo que tiene”, se le ha escuchado en corrillos, donde lo aceptan porque, a la postre, sus aberraciones en la calificación sobre cualquier cosa pueden hacer pasar momentos sabrosos, con hilaridad, con alguno de los circunstantes especializado en adulaciones y halagos baratos, que le da palmaditas en el hombro. Aunque, se han dado casos, en que alguien no resiste tanta barrabasada junta y le advierte, cachetiencendido, que se calle o lo derribará de la silla.

 

El hombre, de baja estatura y ojos saltones, gusta, cuando se presenta la ocasión, de sentar cátedra sobre temas disímiles que brincan desde relatos de tierras vírgenes que él jamás ha visto, pasando por momentos de literaturas montañesas que tampoco tiene idea de quiénes son sus creadores, como sucedió hace unos días, según estuvieron diciendo en un bar que a veces el tipo frecuenta, que se enzarzó en sostener que los relatos de Carrasquilla eran una invención sobre la nada, que el escritor no sabía de lo que estaba narrando, asuntos fáciles que no tenían nada que ver con el arte literario, porque, según su sapiencia y modo de ver las cosas, no había ninguna profundidad en los personajes, ni la ciudad que mostraba en algunos de ellos, era real, ni tenía en ella lo que todos los críticos advertían: ciudad simuladora, de ricos emergentes que querían ser como parisinos, como los de lejanas metrópolis y se avergonzaban de lo propio. “¡mentiras!”, decía. “Ese escritor es un farsante”, dicen que dijo.

 

Para darse tono, aduce que ha leído mucha filosofía, pero si le preguntan por Kant o por algunas ideas qué planteó Nietzsche en Genealogía de la moral, se va por las ramas, porque los filósofos, advierte, son antiguos y más que todo griegos, y ninguno de estos dos lo es, así que se despacha con La caverna de Platón, pero sin dar a entender de qué se trata, o con algunas notas en torno a la Poética, y él pronuncia este título con énfasis sacerdotal, con un categórico acento que pueda impresionar a quien lo escuche, pero solo da dos o tres daticos y entonces el interlocutor le dice que deje de expulsar tanta babosería, que él es un posudo sin gracia, ni siquiera es capaz de llegar a la farsa con talento y que, lo mejor, es que se ponga a estudiar de verdad, que no importa la edad, que recuerde que un día antes de que a Sócrates le hicieran beber la cicuta estaba estudiando a Esopo y poniendo en verso las fábulas que se sabía.

 

—La ignorancia es un estado de llenura —Así le dijo uno que ya estaba fastidiado con sus peroratas vacías y de apariencia enjundiosa.

 

El pequeño hombre no supo qué contestar, solo sonrió con pesadumbre y luego siguió como si nada hubiera sucedido. Pero el otro insistió: “La ignorancia es un estado en el que la padece se siente pleno, abundante, afortunado. No tiene preguntas. Se ha secado para el entendimiento…”.

 

Parece, y es lo que se rumora en los mentideros donde el tipo suele desfilar con sus discursos inanes, que no hay remedio. No valen sugerencias ni aclaraciones ni recomendaciones. Nada. Sigue convencido de que es un sabedor de lo que habla y que ya está dotado de toda la ciencia que se requiere para existir. A lo mejor, va a morir tranquilo y sin las penas y otros sufrires que produce el pensar. Cada vez, en la colorada faz del hombre de escasa estatura y poca reflexión, se nota la expresión de sentirse como un elegido, como un iluminado al que los otros no están en capacidad de entender.

 

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La acumuladora

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Por Reinaldo Spitaletta

 

En el cuarto de San Alejo, que no se distingue de los otros de su casa de paredes descaecidas y baldosas antiguas, las multitudinarias cosas tocan el techo. Hay atados con cintas de amarre, convocatoria de todos los elementos de navidad desde que ella tuvo noción de los diciembres, que engordan como marranos de fiesta año tras año. En otros, los pesebres con musgos artificiales y nieves de fantasía se agrupan en bolsas de plástico y en otras muchas de telas importadas. Ella, cada día, les da vuelta a sus objetos envejecidos y a las cajas de cartón, amarradas con cabuyas y cuerdas sintéticas, para sentir un enorme placer que la recorre de cuerpo entero y la hace vibrar de cabo a rabo.

 

Cuando uno la visita, y eso porque se trata de ir a contarle historias de la vieja ciudad, lo invita al altillo para que le ayude a buscar entre periódicos añejos, en medio de polvorientos estantes, alguno que tenga en la primera plana la foto de la visita del sumo pontífice a Colombia en tiempos en que en otras partes había levantamientos de estudiantes y trabajadores y aquí la gente, en su mayoría, se dedicaba a persignarse y a coleccionar camándulas. Como las que ella alberga en un armario dedicado en exclusiva a reliquias de Tierra Santa y a santicos de bulto que ha conseguido en visitas a los almacenes de todas las parroquias.

 

No es que sea rezandera. No le consta a nadie. Pero tiene novenarios y libros de devociones. Hay santorales y estampas virginales regadas por cuartos y atiborradas en escaparates. Sobre mesas de caoba y de imitación mármol hay porcelanas que se empolvan sin remedio, desde ángeles de alas doradas hasta Venus de Milo de imitación. Le gustan las arañas luminosas y allí, en aquellos espacios de apiñamiento, se puede decir que el tiempo transcurre a la luz de lámparas apagadas y de elefantes de madera y de resina que llegaron de la India y de bazares de tierras de muy allá.

 

No se sabe a ciencia cierta por qué la acumuladora es así. Se cree, o eso sugieren vecinos que han conversado con ella, pese a que es una mujer alejada del mundanal ruido, que se trata de una carencia que sufrió en la infancia y que, en la adultez, o tal vez un poco antes, la condujo a llenar los espacios de su caserón por temor al vacío. En cualquier resquicio hay objetos: unas medallas de plata en los alféizares de casi todas sus ventanas que, por lo demás, están abarrotadas de cortinas de cretona y otras telas de las que, como una fijación, pega mariposas disecadas. En los cobertores hay cintas y pequeños cojines, con almohadones de plumas en todas las camas, que, sin saberse para qué tantas, quizá para huéspedes fantasmagóricos, acaparan espacios de cuartos y aun los de una sala de estar. En el vestíbulo tiene una tarima con muñecas de trapo que parecen dormir un sueño de justos y de tranquilidades.

 

En las paredes de los zaguanes y también en las del salón de costuras hay fijados cuadros de paisajes acuáticos, con embarcaciones en la que mujeres de velos se asoman por la cubierta para ver el mar, y otras marinas con soles en el ocaso y gaviotas ciegas. En los arcos del comedor, en la que sobre la mesa de mantel fino, se posa un florero con hortensias artificiales, cuelgan atrapasueños y móviles que cuando entra una corriente de viento suenan a músicas orientales. Ella, de cara abotagada y manos regordetas, parece gozar con las colecciones de pocillos chinos y grecas inglesas y con cubiertos de plata y ollas de todos los tamaños. Es el caserón una miscelánea de cintas y botones y carpetas de croché. Raro es que, entre tantos calendarios con pintorescas ilustraciones, no haya relojes. El único que tuvo, una herencia de abuelos, de madera fina, vidrio importado y péndulo de brillos, lo vendió a un anticuario porque no soportaba el ruido nocturno ni el campaneo cada media hora, eso dijo.

 

La acumuladora, que cambia con frecuencia de servicio doméstico, está en el día pendiente de inventariar sus joyas de oropel y las de finas pedrerías, de cambiarlas de un cofre a otro y de conversar con los collares de perlas y de cuentas de semillas. En dos o tres repisas que tiene en su cuarto,  cuelga escapularios y coloca figurines franceses. Es posible encontrar banderines de colores subidos en el cuarto de baño de atrás y muchos zapatos en un cuartito que mandó a adecuar a propósito.

 

Es, pese a que ella misma en su cotidianidad usa candongas, colgandejos, pulseras y esclavas y ajorcas, que viste trajes anchos con telas crudas de la India y calza babuchas de colorines, es una mujer que no causa repulsión, tal vez porque está dibujando siempre una sonrisa que le atraviesa el cuerpo y la proyecta como una dama con don de gentes y muy saludadora.

 

La acumuladora parece no controlar sus ansias de tener y sostener muchos objetos en casa y cada tanto, como decir una o dos veces a la semana, va a centros de comercio y se extasía en todas las vitrinas. No se sabe de dónde le viene la fortuna, que gasta y gasta, compra y compra, y es conocida en almacenes y bazares, en los que la reciben con gentilezas. Cuando la ven entrar, los dependientes se alegran y mandan por jugos y aguas aromáticas para atenderla.

 

Uno piensa, tal vez como una plusvalía de la imaginación, que llegará un día en que la casa de la acumuladora la sacará a ella, la expulsará, la mandará a otras esferas, porque las cosas pueden complotar, conspirar, y cansarse de tanta juntura, de estar en un aglutinamiento de sofoco. Sí, los objetos pueden cobrar vida y entonces, pese a las simpática figura de la señora que además guarda en cofres y cajas de galletas inglesas cartas y oraciones, la terminarán odiando. Quién sabe si tantos collares y bufandas planeen un ahorcamiento. De ser así, pasará a ser ella parte de las misteriosas historias de la ciudad. Que el dios de las cosas y las mercancías la ampare y le dé larga vida.

 

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Pintura de Ghenie

Otro burócrata *

 

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Por Reinaldo Spitaletta

Con indiferencia, si no con burla, mira a veces de reojo la fila de expectantes ciudadanos de espera larga entre los que hay alguno que murmura su rabia porque ha visto al hombre detrás de un mostrador de cartón duro —lo que sabe porque es un hacedor de módulos de oficinas— sonreír con grotesco rictus (así lo ha pensado) al de camisa blanca y corbata azul, que a veces pone sus dedos sobre el teclado, pero en la pantalla no aparece nada. El empleado observa ahora con desaliño a uno que ha arribado hasta su puesto, le recibe un paquete de hojas, de lejos da la impresión de un legajo de formularios, las examina, o, mejor expresado, se hace el que las está revisando con la técnica y experiencia del que quiere hacer una representación, y después de unos minutos despacha al anónimo para que traiga fotocopia ampliada de la cédula, registro civil de nacimiento y constancia notarial de que está vivo.

 

Se pasea por el breve espacio de su oficina y de pronto se agacha sobre la computadora, da un clic y le pregunta a un compañero que cuál es el código de no se sabe qué categoría de formatos para los que son pensionados y cuáles para quienes aspiran a serlo. La fila ya es abrumante. Han llegado señores y señoras de edad, caras de amargura y en alguno de tantos hay una actitud de desazón por tener que visitar este género de establecimientos en los que, según él, todo o casi todo, al menos los que allí posan como atendedores, no son más que ineptos parásitos —así lo ha dicho, tal vez como una manera de la venganza— que se tragan el erario y los impuestos de gente como la que ahora engorda la cola de los desesperados.

 

El sujeto de marras se ha parado y con paso propio de aquel que camina con aires de superioridad, se ha dirigido a un cuartito del fondo del salón, cerca del que hay más oficinistas, desaparece tras una puerta y entonces alguien de los de la fila dice: “Trabaja más una pala empeñada”, otros que lo escuchan sonríen y advierte el de más allá: “Cuántas veces ha ido a mear, debe tener una incontinencia”. Hay risitas de impotencia, que quizá hacen menos torturante la fila perpetua.

 

Ha vuelto el hombre y llama al “siguiente”. Revisa papeles. Para. Continúa. Llega un compañero y le pregunta algo. Contesta con consejos: “dígale que traiga los documentos en regla”. Sigue en el examen de lo que le ha entregado un ciudadano. “A usted le falta llenar el formato número tres, que debe reclamarlo en la primera oficina, la de la entrada”. El otro muestra en la cara toda la desilusión. “Ya es la tercera vez que ustedes no me dan información completa”, dice, con tono de derrotado. El otro, con su rostro impertérrito, contesta: “Son las normas, señor”.

 

—Ah, ¿las “normas” son acaso para desorientar al usuario? —En la voz del que esperaba, del que seguirá esperando, hay un dejo de desdicha, que va subiendo en intensidad.

—(…)

—Ah, ¿a usted lo tienen aquí para desinformar, cierto? ¿Lo tienen para no hacer nada, para lastimar a los que llegan, para estar sentado en nuestra escasa reacción? ¿Qué es esto? ¿Cuántas veces tengo que venir a lo mismo, para que aquí siempre me dejen esperando?

 

Hay movimiento en el salón. Algunos de los empleados miran hacia el módulo del incidente. Luego siguen como si nada. De los que esperan surge un murmullo, creciente, que, de súbito, como si se tratara de una conspiración, de una concertación para la resistencia, estalla en gritería, dispersa, resentida, herida. “Ay, qué castigo es venir a estas oficinas”, “oh, cuánta desidia hay aquí”, ¿Qué mierda es todo esto, y uno necesitando que la pensión llegue pronto”, “Cuando me atiendan ya seré muy viejo”. Luego, ante el movimiento del celador de camisa azul celeste que ya está llamando por un celular, la que intentó ser una vocinglería decrece.

 

Junto a la puerta de entrada, a la derecha del tipo que recibe la perorata del visitante, hay señoras y señores sentados en bancas de plástico. Todos portan sobres, carpetas, fichos y, por la palidez de sus caras, parecen gentes a las que la vida se les está yendo por los poros. El celador ahora está muy cerca del hombre que en su desespero se desenfrena.

 

—Como sea, señor, usted tiene que reunir la documentación requerida  —dice el de la oficina.

 

En la actitud del burócrata hay una estela de triunfo. Es, o por lo menos así lo retrata, un imperturbable. Debe de estar entrenado para recibir sin alterar los músculos de la cara algún improperio, pero, sobre todo, reclamaciones a granel. Justificadas. El otro, al que la cercanía del vigilante parece disuadirlo, toma los documentos y sin mirar a los demás que tienen laya de curiosos, se va. El rumor se resigna a la espera. Quizá haya algunos que en su interior sepan que sus documentos son los adecuados, que haber llenado espacios y contestado preguntas, tienen la corrección requerida.

 

Puede ser, lo que no sería extraño, que esta oficina esté pensada para que siempre los que llegan a buscar información y a hacer trámites, tengan la rastrera sensación de que son inferiores. De que no pueden ir contra la corriente. De que su actitud tiene que ser la del sometimiento. Sin protestas. Pasivos. Qué importa si hacen uso de derechos como el de petición. O de recursos jurídicos. Su llegada a un ámbito diseñado para que los otros, los que no son parte de la nómina, se sientan humillados, está en la manera de ser del que los teóricos de la política llaman el Estado.

 

—¡El siguiente!

 

El hombre del módulo lo ha pronunciado, sin alteraciones. Sin interés. Con tono neutro. Qué importa quién diablos sea el siguiente.

 

(* En este mismo blog publiqué otro cuento titulado Un burócrata)

 

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Pinturas de Gustavo Díaz Sosa

 

Un burócrata

 

Por Reinaldo Spitaletta

Mira por encima del hombro, con desprecio y burlonería por el que está al otro lado de la ventanilla, sin dársele nada, que espere, que es un ser inferior, que no merece una atención amable ni pertinente ni adecuada, ni más faltaba. Uno acá, en la oficina, con la animosidad dispuesta a no hacer nada, y el otro, el visitante, con sus molestias, con sus fastidios, que si le pongo un sello, que por qué falta una firma, que qué es lo que está pasando que no cuenta con un trato de respeto; y el tipo sin remociones interiores, sin siquiera una lastimita por el ciudadano que al otro lado parece estar muy lejos, sin defensa, sitiado, sin maneras de defenderse.

 

—Pero, señor, atiéndame mi reclamo, falta una firma suya y un sello y un ganchito.

—(…)

—Por favor, que si hoy no diligencio este formulario, me quedaré sin pensión.

—(…)

—¡Ay, quién podrá ayudarme! No sé a usted para que lo tengan ahí…

—(…)

—Es increíble. Usted parece no existir, no sentir, no pensar, ¿cierto?

—Cierto.

—¡Huy!, este tipo habla pero no es capaz de resolver un problema tan simple como el de cumplir con su deber.

—El problema que usted tiene, no es conmigo. Tiene que ir a otra oficina.

—¿A cuál?

—No sé, averigüe.

—¿Con quién?

—En la taquilla seis

—Pero está vacía. No hay quién atienda.

—No es mi culpa. Tiene que esperar

—¿A quién?

—Al funcionario.

 

Da la espalda, pone las manos sobre el teclado del computador, teclea, pero, qué curioso, en la pantalla no aparece ningún signo. Cero caracteres. Se mesa el cabello, se mete un dedo a la nariz, carraspea, toma un pocillo que está al lado, se lo lleva a la boca, quiere escupir. Se reprime. “Esto está frío”, se le oye el farfullo. El visitante, como él lo llama, retorna.

 

—Psss, pissss, hey, oiga, hágame el favor, o al menos el “fa”…

—(…)

—hey, epa, caballero, sí, usted, el que parece una máquina, jejeje, ¿me puede poner un sello en este oficio?

 

El oficinista hace un gesto de repulsión. No se sabe si es por el contenido del pocillo o por el fastidio que le produce el ciudadano que ha optado por la táctica de rebajar al otro a su auténtica dimensión, la de un ser rastrero, serpentario, parásito…

 

—Se acabó la tinta, señor.

—unte el sello con salivita, amigo.

—No soy su amigo. Soy un servidor público.

—Ah, vaya, pero no lo parece.

—Las apariencias engañan.

—Lo que no engaña es su evidente mediocridad.

—Si sigue ofendiéndome, no lo atiendo. Además, podría hacer llamar al guardia.

 

El aire de las oficinas cubicularias se espesa. De las otras taquillas, nadie se entera, o no les interesa el batiburrillo. Puede ser que estén embebidos, tanto los que requieren atención como los que se tornan paquidérmicos en no prestarla. O les importa un pepino la alzada de voz que se emite con tono de desespero en uno de los puestos de atención al público.

 

—No sé si usted tiene nombre, que ni en la escarapela se entiende. No creo que usted tenga amigos, ni si recibe estimación de alguien. Su jefe debe ser peor que usted. Así que una queja mía sobre usted y su indiferencia, o su ineptitud, valdría menos que un comino.

—Puede dirigirse a la sección de quejas y reclamos. O dejar una nota en el buzón.

—Lo que me gustaría, y de hecho me está gustando, aparte de querer darle un pescozón, pero mis manos no se ensuciarán con un hecho de tal indignidad y porquería, es decirle que usted es un robot.

—(…)

—¿Sí me está escuchando? ¿Por qué trabaja o simula trabajar aquí?

—A usted esa información no le debe importar.

—Ah, habla cuando alguien le da cuerda, ¿está usted conectado a algún control remoto?

 

El burócrata continúa sentado frente a la computadora. El escritorio de melamina, que tiene a un costado una botellita verde oscura con una flor de plástico, aparece con un despicado en una punta. El tipo del nombre ininteligible da la impresión de ser un mueble. Es un inmutable.

 

—(…)

—¿Cómo han hecho para automatizarlo? Me gustaría que lo programaran para matar al presidente.

—¿Y por qué a él?

—Bueno, entonces a su jefe.

 

El visitante, con cara desencajada, alza el formulario con el que ha estado paseándose de taquilla en taquilla, da un grito y comienza a desmenuzar el papel. Queda como un cúmulo de confetis. Los arroja y brillan en el vuelo a la luz blanca de las lámparas del techo. El suelo queda tapizado. El visitante camina hacia la salida. El hombre robotizado, el burócrata, ni se vuelve a mirar lo que pasa. En su cara de impenetrabilidades se dibujan una muy leve sonrisa y un gesto de fastidio.

 

 

Un diseño de Adolfo Vásquez

El último día de Gardel

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

“Este será tu último año”, le advirtió la pitonisa del barrio.

 

Todo el mundo solía hacer fila para que doña Concepción les leyera las cenizas de cigarrillo, los asientos de chocolate, las cartas de la baraja, el tarot. Era un fenómeno, decía la voz general. Claro que  Gardel  no creía en esas tonterías  baratas, que “esa basura a un duro como yo no le hace falta, porque de todos modos me tengo que morir de cualquier cosa”. Sin embargo, y no se sabe todavía el motivo, decidió entrar, rompiendo la cola, hasta la habitación en penumbras de la maga, porque “yo no nací para esperar nada, y aquí estoy porque he venido a ver qué es lo que usted sabe, mi señora, que me parece que todo es pura estafa, ¿o no?”.

 

—Pues no, mi querido. Sentate no más —le dijo—.  Ella lo observó sin parpadeos y el hombre se sorprendió con la serenidad de la adivinadora.

 

—¿Cómo querés tu futuro?

 

—Con cigarrillo.  —contestó él mientras encendía un Lucky cinco letras.

 

Cuando doña Concepción, tras examinar las cenizas, le dio el vaticinio, Gardel soltó una carcajada, pero sin poder disimular su súbito nerviosismo. Expresó  un temblor al prender el siguiente cigarrillo y también temblaba por dentro, sin comprender por qué. Tal vez fue la seguridad de ella la que lo desconcertó. Salió sin pagar la consulta, se abrió paso entre  la gente y caminó hacia el bar Florida.

 

—Bizco, servime un aguardiente.

 

El cantinero  lo observó con aire de conmiseración que no pudo saber por qué  le salía, sirvió la copa y de pronto se dio cuenta de que Gardel tenía miedo. Nunca en tantos años lo había visto así. Gardel, que jamás se había arrugado ante nadie, ni siquiera  frente a los más guapos del barrio, que era mucho decir  porque  cada uno tenía a sus espaldas más de un muerto. El Bizco advirtió un desencajamiento en la fisonomía de su cliente: “Algo muy malo le debió haber  pasado”, se dijo el hombre mientras  empezaba a recordar la tarde  aquella cuando Gardel le tumbó del Wurlitzer “Sangre maleva” al Tato Márquez. Aquella actitud, en rigor, era como suscribir una pena de muerte. Nadie, en la historia del bar había protagonizado un desafío tan temerario, pero Gardel ese día tenía ganas de terminar con el reinado de Márquez, y ¡plum!, apretó el interruptor y la música y las palabras cesaron. La concurrencia,  aterrada,  miró al atrevido. Gardel se sentó, como si acabara de llegar del orinal.

 

—Gardelito, se te acabó la vida, carajo —dijo Márquez.

 

—Eso creés vos, pedazo de hijueputa, —replicó, al tiempo que desenfundaba  la puñaleta y se abalanzaba con salto gatuno sobre Márquez. El cuerpo del malevo, sangrante, tirado en el suelo del bar era como el testimonio de que un nuevo rey había llegado al trono del barrio.

 

Desde entonces a Gardel todos le tenían miedo, que es otra forma del respeto por obligación. Las muchachas, sin embargo, veían en él a un galán, con una sonrisa  permanente, tan parecida a la del cantante que estaba en todos los cafés de barrio, enmarcado. A ellas les gustaba verlo pasar —eso decían— por ese caminado de bamboleo, de tipo que se cree único, exclusivo, que se sabe  mirado y deseado.  Y también  temido. Pero  eso  sí, siempre  impecable en el vestir de camisas bien planchadas y pantalones de dacrón o de pana, zapatos lustrados al charol y cabello peinado a la gomina.

 

—¿Qué será  lo que le pasa? —pensó el Bizco mientras lavaba unas copas. El café olía a detergente y a chorizos secos.

 

La mirada de Gardel se detuvo en la sonrisa petrificada  del cantor,  en  el cuadrito  detrás del mostrador. “Qué va, cuál último año. Esas son güevonadas”, se dijo con certidumbre y pidió otro trago. El Bizco lo observó  como si estuviera interrogándolo con los ojos.

 

—-Hoy estás más bizco que nunca —le dijo Gardel, alargando la sonrisa.

 

—Oíste, Gardel, vos sabés que no me meto en nada ni con nadie: por eso he sobrevivido. Pero me parece que tenés miedo, mucho miedo.

 

La frase le cayó como un machetazo.

 

—¿Miedo  yo?, de qué, si nunca me  arrugo, papá, cómo así, de dónde putas me va a venir a mí el miedo, si es que eso tan horrible no está hecho para mí, hombre,  vos sí que sos un güevón, bizco de mierda, dame otro guaro y no me fastidiés más, que de pronto me acelero con vos y ya sabés cómo es la movida conmigo.

 

Las palabras le salían en surtidores, los ojos fijos sobre el Bizco, pero, claro, el Bizco parecía mirar a otro lado. Y entonces Gardel recordó a doña Concepción: “Este  será tu último año”. Bebió con avidez, se limpió los labios con el dorso de la mano y tornó a mirar el cuadrito sonriente. “Vaya, si es que somos el mismo”.

 

Fue hasta el Wurlitzer, metió una moneda y seleccionó. La voz del cantor le susurró  una canción, que ya era un lugar común en el café: “Barrio plateado por la luna, rumores  de milonga es toda tu fortuna…”.

 

—Sólo me falta cantar como él —se dijo, no sin vanidad y volvió con aire de suficiencia hasta el mostrador. El Bizco, de espaldas a él, organizaba copas y vasos.

 

—Gardel —dijo el Bizco—, creo que algo malo te va a pasar. Vos sabés que no me meto en nada, pero te veo muy raro hoy. ¿Estás enfermo o qué?

 

—Ve, hombre, Bizco, lo que sea es asunto mío. A mí no me pasa nada y estoy muy aliviado.

 

La voz de la maga resonó  en el cerebro  de Gardel confundiéndose con la que brotaba del traganíquel: “En tus muros con mi acero, yo grabé nombres que quiero…”.

 

Y por qué me habrá de pasar algo, más bien le puede  pasar  a este  bizco que  ya se  está sobrepasando,  no sé por qué tuve  que  ir adonde esa vieja hijueputa, que de maga no tiene nada,  engañadora  y  estafadora, bueno,  por  lo  menos  no  le pagué nada.  “Barrio…  barrio…  que  tenés   el  alma  inquieta de  un  gorrión  sentimental…”. ¡Cuál  último año de mi vida ni qué nada, más bien éste será el último de esa perra tumbabobos…!

 

—¡Otro aguardiente!

 

El Bizco, al servirlo, vio que Gardel estaba temblando.

 

—Oíste, ¿cierto que estás enfermo?

 

—Cuál enfermo, bizco metido,  ya te dije que nada me pasa y no me jodás más, que  esa bizquera te la puedo arreglar  a punta de puñaleta, y entonces  el enfermo vas a ser vos, pedazo de nada.  —Su voz se unió a la del cantor: “…que al rodar por tu empedrao, es un beso prolongao que te da mi corazón”.

 

—Gardel, pero si estás  temblando.  —remató  el Bizco, que casi no alcanza a terminar  la frase porque un puñetazo de Gardel se estrelló contra su cara. El Bizco rodó detrás del mostrador, con un estropicio de botellas.

 

—Bizco, hijo de mala madre, que te dije que yo no estoy temblando, ni me pasa nada, que vos te la buscaste, hijo de la gran puta.

 

Gardel caminó como si nada hacia la pianola, introdujo una moneda, oprimió las teclas, se fascinó (o tal vez se encandiló) con las fosforescencias del Wurlitzer, miró cómo se movía un disco, cómo hacía contacto con la aguja, sintió un estremecimiento y de pronto oyó en confusiones la detonación del inesperado disparo y muy adentro aquella voz ineludible: “Este será tú último año”.

 

 

(Del libro El último día de Gardel y otras muertes, editorial UPB, 2010)