Dos miniaturas

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cristal

Los hombres antiguos inventaron el cristal para atraer a los dioses. En vasos transparentes, como una réplica del alma de los bondadosos, vertían agua de manantial. En el momento del ocaso, los dioses llegaban a mirarse en ese espejo líquido y sólido. Y se quedaban ahí, brillando, para acompañar a los humanos en las horas de tinieblas.

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Sobrecama de estrellas

Los ojos de la noche son las estrellas. Una leyenda, tal vez de la India, cuenta que para tener sueños de luz, las sobrecamas deben semejar un cielo nocturno. Así, las estrellas soñarán que son fuegos helados. Y los durmientes despertarán con una constelación bajo la almohada.

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El chicanero

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Por Reinaldo Spitaletta

Puede ser —no hay claridad al respecto—  que haya tenido una infancia de desventuras, en la que nunca el Niño Jesús (o su equivalente) le trajo un regalo, ni siquiera tuvo una pelota, artefacto de maravilla que jamás cae y es la gracia infinita para un chico, o tal vez pudo ser lo contrario: le sobraban las atracciones de juego, la ropa refinada, los cuadernos más costosos y el colegio más caché. Lo que hubiera sido, le dio hoy esas ínfulas que se le notan hasta en el caminado, con superioridad en la mirada como de príncipe a punto de coronar trono, pasos medidos de modo que no altere el ritmo uniforme, y en estar pendiente de quiénes lo observan.

 

Le interesa lucir relojes y anillos de pedrería, cadenas colgantes, camisas de exclusividad. Y no solo es con la ropa con la que expresa su altivez de pose. Que se puede hacer listado de zapatos distinguidos y de los informales que, para mayor fatuidad, deben ser de marca internacional. Cuando habla se le siente un tufillo de petulancia. Un aire de altanería. Puede ser, si se le examina mejor, como el narciso, e incluso un poco como el petimetre. La diferencia radica en que él desea con obstinación que lo miren para producir en el otro —eso cree— una especie de rivalidad. Es como si dijera: “mirá, yo puedo usar estos vestidos y vos apenas podés tener unos de cargazón, si acaso”. O “ve, puedo tener una loción fina, fragancia de maderas, exclusiva, mientras a vos el pachulí y el pino silvestre te dan la estofa de bajeza y ordinariez que siempre te han caracterizado”.

 

El chicanero tiene un género de complejo que puede rayar en la estupidez. Solo que él considera que las cosas que compra, sus modos de ser de estar exhibiendo aunque sean oropeles, de creer que nadie es capaz de ocupar la calle, la acera, como él lo hace cuando se desplaza, porque sabe de caminados, de dejar una estela de cometa Halley, tan escaso, lo convierte en un tipo chocante ante los demás, pero él, como si fuera autista, ni se entera de que es un rey de burlas, centro de chistes y consejas. “Vean, ahí va ese que no es más que nadie y se las da de café con leche”. “Ah, si es que no hay pinzas con qué cogerlo”. “Huy, qué man tan mostrón y no es nadie. O sí: es un don nadie”.

 

A la larga, se va volviendo paisaje, porque nadie lo toma en serio, ni lo determina a propósito, parece que no existiera para los que quieren darle una lección de sencillez. Claro que él ni se da por enterado. Ni le importa, en tal caso. No puede dejar de pavonearse y sacar pecho. De relamerse porque está montado en un automóvil recién comprado y entonces pita, acelera, da vueltas por el barrio y piropea a las muchachas pero no porque piense que ellas son unas bellezas, aunque lo sean, sino porque —es su convicción— deben rendirle pleitesía y creer que es un ejemplar único y sin par.

 

Entre su repertorio de sandeces, como pensar que en cualquier momento lo contratarán para anuncios publicitarios, por su finura en el porte, según él, están, por ejemplo, las muestras de lucir sus zapatos charolados. Se alza un poco el pantalón de modo que se vean sus relumbres. También (él dice que con ello despertará envidias) vocifera que hará un viaje de placer a fin de año, que puede ser un crucero por las Antillas, o si no, que lo está analizando con agentes viajeros, por ciudades de Europa, que está hasta la coronilla de conocer las ciudades de por estos lados.

 

“Vaya, qué sujeto ordinario, no sabe que estaría mejor si manejara perfil bajo”, se ha escuchado decir, más que todo en voces de señoras que reunidas en corredores o en el mercado de barrio, lo han visto en faenas de pura pose. “Caranga resucitada”, dicen en la tienda, cuando lo ven discurrir con su tumbado arrogante, que lo muestra como si creyera que por los pestillos y hendijas, por las claraboyas y los calados hubiera ojos que lo enfocaran con admiración y ganas de imitarlo.

 

El chicanero es producto de una carencia. O de muchas. Su vocación es la superficialidad, el afuera, las ganas de impresionar con tan poquito. Es débil al dejarse obnubilar por sí mismo, por lo que él considera como señal y muestra de alcurnias y distinciones (todas falsas), cuando no es más que un mequetrefe al que la vanidad y el egocentrismo tornan en alguien que siempre está cayendo al vacío.

 

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El esnobista

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Usa las uñas bien barnizadas, más por mostrar que es limpio, pero, ante todo, porque es un guardador de apariencias. Las camisas tienen que ser de las más recientes en corte y confección, porque nada de antiguallas ni de prendas que pertenecen a tiempos viejos. Ni más faltaba. De vez en cuando, aunque pudiera ser con más frecuencia, observa figurines y revistas chic, porque no puede estar desactualizado, según se le ha oído decir, de los surtidos en zapatillas, calzoncillos, relojes, calcetines, lo mismo que en muestrarios de cinturones y bluyines. Solo tiene ojos para los centros comerciales, a los que acude solo por mirar vitrinas y babear ante lo que quisiera adquirir. No siempre, dicen que casi nunca, tiene con qué suplir sus innecesarios deseos.

 

La novelería lo entusiasma. Le sube el ánimo y lo pone a delirar. Es urgente dar una vuelta por almacenes y bazares a ver qué hay de nuevo, de qué se puede enamorar, que aunque no haya parné suficiente las ganas son más poderosas; muchas veces le toca ver y no comprar. Lo emocionante radica en el alelamiento, en perderse por zaguanes y escaparates para sentir olores a nuevo, estimular los sentidos con el colorido y disposición de las exhibiciones. Su respiración aumenta el ritmo cuando ve pantalones de tonalidades fuertes, de moda, que antes daban mala impresión, por poco varoniles.

 

Lo que está al uso lo desenfrena. Aunque no es lector, se preocupa por los bestseller, salpica una que otra reseña de periódicos y revistas para enterarse de los temas y autores de vitrina, a fin de tener información rápida sobre la cual conversar en salones de coctelería, en los que aparece para darse tono, levantar el meñique, saborear un trago largo y buscar a otros que, como él, están ahí para mostrarse, posar de sabelotodo o arrimarse a algún corrillo que esté dedicado a la parla sobre hechos del día o el más reciente chisme de pasarelas.

 

Vive para husmear en redes sociales comentarios e imágenes acerca de restaurantes nuevos, o sobre los atorrantes que muestran en fotos los platos que se están saboreando, o por si hay una promoción de lo que sea. Si lo que se estila es el vegetarianismo, pues hay que probar por unos días, darse ínfulas acerca de lechugas y verduras orgánicas o pasar por algún servidero aunque sea para olfatear desde afuera los vapores de brócolis y berenjenas. Pero si lo que da caché es la carne, pues entonces está listo para decir entre sus allegados que estuvo en un asado y que los churrascos son de lo mejor que cualquiera de buen gusto puede saborear.

 

Cuando hay un estreno de cine, más que todo del muy taquillero, se las ingenia para ir a la primera función y poder, así, tener elementos para hablar del filme por días y semanas, pero, más que de asuntos técnicos o del guion y las actuaciones, de los baldados de palomitas de maíz que devoró en la proyección y sobre conocidos que estaban en la sala.

 

Cuánto quisiera tener un reloj fino, de marca, para lucirlo y que los otros lo crean de alta posición. Lo mismo con los teléfonos móviles, que cada día están cambiando y él, en lo más recóndito de sus ansiedades, desearía poder estar al compás de los avances. Habla del que tiene, que no está tan atrasado, como si fuera la última maravilla del mundo. Se fija en los de los demás para saber qué tan adelantados están. Para él la vida es poder estar en sintonía con las novedades. Ah, y en unos aspectos puede parecerse al arribista. Aunque son caracteres diferentes. Y también al lechuguino, que todo lo sintetiza en la presentación personal. Tiene de uno y de otro, pero se introduce en nichos en los cuales no solo la apariencia es la clave del denominado “éxito” social, sino en el ámbito de los sentidos y, sobre todo, las simulaciones.

 

Si hay un baile nuevo, hay que aprenderlo. Si una manera de hablar, con ciertos tonos, inflexiones, casi siempre con poses y torcedura de labios, entonces hay que adoptarla. Si por él fuera, mejor dicho, si la diligencia burocrática fuera más fácil, se cambiaría el nombre cada vez que surgiera uno que estuviera en medios y redes, en sonajeros de premios de música, en galardones de cine, en reinados o programas de “busca talentos”. Él mismo es una suerte de reality, como una telenovela de sí mismo.

 

No es que se distinga por el caminado o por los ademanes. Mas sí por las frases escogidas, las modulaciones estudiadas, que para él es importante tener un tono de actor de televisión o de presentador de revistas de frivolidades. Dicen que, si quisiera, o si por alguna misteriosa razón cambiara de personalidad de un momento a otro, pudiera valerse de esas inclinaciones por lo que está en boga, para interesarse por los logros de la ciencia y las artes, en esferas de más complejidad y dedicación. Entonces, ya no sería lo que es y él no va a ponerse en esas así porque así. Su vida está hecha para imitar a otros, no para ser él.

 

Dicen que el esnobismo, que puede tener origen en París o en Londres, en todo caso es una expresión más de lo vulgar que lo elitista. Aunque, lo que es fácil comprobar, muchas élites han estado cortadas con las tijeras europeizantes o agringadas. Este personaje, a quien le placería mucho pertenecer a una minoría de adinerados, sacia sus carencias con imitaciones de gestos de divos y divas de la moda, del jet set, de los círculos de clubes de alta sociedad, de los cuales está muy lejos. Debe ser un drama aunque la parte de los sufrires internos se queda así, guardada. Tal vez en las noches, cuando está a punto de dormirse, lamenta su posición socioeconómica que se acerca más a los de abajo, a los que el hambre no les permite ninguna apariencia (y menos posesión) de lujos o elegancias (aunque a veces la aguantan por comprar alguna pendejada), que a los de la mitad y a los más encumbrados.

 

Él, de todos modos, cree que con sus posturas, sus puestas en escena sin arte ni decoro, está por encima de los demás. No falta quien le desee un embrujamiento para que algún día se convierta en maniquí y se quede para siempre en una vitrina caduca en la que ya nada se exhibe.

 

Un jefe de personal

 

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Por Reinaldo Spitaletta

Se dirige a la oficina como si tuviera cola de pavo real, pero sin tantos destellos ni tornasoles. Él, tan convencido de sus atracciones, cree que todos lo observan con alelamiento cuando discurre por pasillos, asciende escaleras (cuando no sube en el ascensor exclusivo de ejecutivos), penetra en su despacho y pide café a la secretaria. Y aunque tiene pinta de buen parecer, barba cerrada, mentón cuadrado y ondulaciones en su cabello castaño, él se da ínfulas de galán de cine, porque, aunque no lo ha dicho en voz audible, lo han visto muy pegado a espejos, que tanto se gusta a sí mismo que puede ser una versión capitalista de Narciso.

 

Se siente como parte de los dueños de la empresa, sabe que debe defenderlos y que cualquier muestra de desobediencia o de búsqueda de mejoramiento de un trabajador (“de un colaborador”), más si va conectada con organizarse en colectividades reivindicativas, puede ser vista como una falta a la lealtad, o una peligrosa muestra de inconformismo cerril. Y pone, entonces, a sabuesos que están a su servicio incondicional, como parte de un engranaje de controles y vigilancias.

 

Todas sus gesticulaciones y sonrisas son estudiadas. Puede ser un maestro del cálculo. Así como viste con camisas finas, corbatas importadas y calza zapatos brillantes, los viernes llega con ropa de informalidades, camiseta tipo polo de moda y zapatillas deportivas. Siempre está perfumado y sus movimientos, por ejemplo si se va a sobar las mejillas, parecen entrenados. Cualquiera supondrá que pasa mucho rato junto a tocadores y roperos antes de su salida hacia el trabajo. Usa, a veces, pañuelos de colores en punta en el bolsillo superior de la chaqueta. Las mancornas doradas le dan aire de impecabilidad.

 

Es un experto en jornadas laborales, en disminuir horas extras, en hacer seguimientos a ciertos procesos, más que todo de ingeniería industrial y controles de calidad. Aconseja a los empresarios que recorten personal y sean más exigentes. “Nada de bonificaciones”, ha dicho. Y solo hay que pagar salarios y prestaciones de ley. Es un legalista, pero, a su vez, un sujeto que, con sus disimules de dientes para afuera, sus aparentes amabilidades de carácter táctico, puede señalar sin dolor quién dejará de pertenecer a la compañía.

 

Extraño ha parecido a algunos empleados, que, cuando el tipo se queda en la oficina al mediodía, almuerce en el restaurante común, siempre acompañado de un trabajador de producción. Puede ser una conveniencia para que su imagen no sea conectada con elitismos, o un desliz paternalista, pero, se ha rumorado, se trata de una posibilidad de informarse sobre asuntos internos. Quién quita.

 

Cada vez que un trabajador es despedido, casi siempre sin justa causa, se arman corrillos y las palabras de desconcierto recorren cubículos y zaguanes. Se va formando una riada de susurros y temores, porque, como se sabe, en estos tiempos de ganancias exorbitantes y crisis sobrevaloradas, tener un empleo es casi un milagro. Es lo que se desea hacer creer. Y el jefe de personal sabe y aprovecha la situación. Así que quiere, aunque intente disimularlo, que lo obedezcan sin chistar, sin regañadientes. Se ha sabido ya, en el caso de un trabajador muy antiguo, que le ha contestado, como si hubiera leído un cuento de Melville, que él preferiría no hacer lo que se le ha mandado, y que a veces, más que como una orden el señor de los recursos humanos suelta como una suerte de invitación. “No, preferiría no hacerlo”, le contesta con rictus burlón y seguridad en las palabras el hombre que sabe que todavía no lo podrán botar.

 

El jefe de personal, un tipo que quiere hacerse notar con base en el temor que puede inspirar, sobre todo a aquellos que consideran que el mundo termina en esa empresa, es un defensor de intereses ajenos. Para eso le pagan. O tal cosa ha dicho, porque son los dueños quienes lo contrataron y no los trabajadores. Sabe que no debe amistar con sus subordinados y, por lo demás, todos lo deben tratar de doctor, aunque no lo sea.

 

Su desventura aparente radica en las malquerencias. Por su manera de ser, porque a veces ni saluda en sus recorridos por ámbitos de la empresa, no recolecta simpatías. Sin embargo, lo dicen en voz baja, hay una que otra trabajadora que suspira por sus efluvios de fragancias distinguidas y costosas. Y porque se manda su chic, su toque de dandismo. En otros tiempos, cuentan los más viejos, había una mujer en ese cargo, cuando todavía el mundo de las relaciones laborales no era una prolongación de despotismos y extorsiones. “Era una madre”, recuerdan, con aire de pesar por su ausencia.

 

Las nuevas maneras de la administración, más deshumanizadas, alejaron a aquellos jefes de personal, como la señora de marras, que muchas veces —según los registros de la memoria— se ponía del lado de los que solo eran poseedores de su fuerza de trabajo, como lo diría un sindicalista. Tiempos que ya no son. Ahora, el jefe, de poses fatuas y pinta de filipichín, es un técnico muy experto en medir productividades y reducir personal. Llegará el día en que una máquina lo reemplace. O, por qué no, según una aspiración subterránea, en que lo arrojen de patitas a la calle.

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Flor suicida

 

En mi calle de asfalto y hollín, la flor suicida del guayacán se arroja sobre el verde nuevo del limonero …

 

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La coqueta

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Por Reinaldo Spitaletta

Huele siempre bien, fragancias florales y cabello brilloso, con vestidos de sugestión tanto como las poses al caminar, al sentarse o tomar un café. El tocador es su amigo antes de salir de casa, con espejos de alta fidelidad, que le dicen cuán bella está, cómo hay que poner los labios, en “O”, como una actriz famosa, con sonrisas de conquista, que coquetear es toda una aventura del cuerpo y el alma, según ella se dice para sí antes de emprender una arremetida.

 

Si usted la ve al atardecer, lleva muy bien puestas pulseras y aretes, collarcito a la ligera, cabellera suelta y tacones no muy altos. El escote, bien confeccionado, no es agresivo, apenas una brevedad para la insinuación. Es curvilínea y sabe de sus dotes, sin darse ínfulas, ¿para qué? Conoce de ritmos y cadencias, que aplica en sus desplazamientos por la acera, o cuando se pasea por oficinas y pasillos. Siente las miradas de los demás a sus espaldas, en sus piernas, en las caderas, y entonces toma aire y aletea como mariposa (claro, más en su imaginación) para dar a su presencia atracciones al desgaire.

 

La coqueta tiene sabor. O salero. Garbosa. No se descompone con ningún piropo ni con las observaciones envidiosas de otras damas. Está enriquecida de glamour y muestra aspectos de sus encantos, solo para despertar emociones, para provocar sensaciones de piel, corrientazos, descargas. Es pura electricidad. A veces, no falta quien diga que es personaje de tango, tal vez de aquel titulado Griseta, o, para no ir muy lejos, de uno que lleva su apelativo: La coqueta. Se escucha en ocasiones que la chica, algunos creen que se llama Margarita, aunque tiene cara de llamarse Concepción (así dijo un tipo que se quedó turulato al verla caminar y nadie supo por qué concibió tal nombre), sí, que ella puede ser una nueva advocación virginal: virgen de las Tentaciones.

 

La coqueta practica con talento las artes de la seducción, de los enamoramientos a primera vista, de las atracciones imantadas. En esta otra manera de la etiqueta, hay finura y elegancia. No está hecha para la vulgaridad ni la ordinariez. Por eso, con un talento congénito, la que así llaman desde las esquinas y los atrios, que deja siempre una grata impresión en sus observantes, está capacitada para producir ensoñaciones y deseos contenidos. Se torna en codiciada. Y cuando al que ella elige la invita a una copa o a un café, sabe cómo tomar, saborear, cómo se alza un meñique y se sonríe con gracia.

 

Su actuar puede causar golpes de adrenalina en quien la acompaña o la tiene cerca. Se sabe que a algunos les sudan las manos, les palpita con inquietud el corazón, se les acelera la respiración. Y cuando eso sucede, y ella siempre lo sabe, actúa con más estudiados movimientos. Es experta en montar un muslo sobre otro, en “hacer cambio de luces” con sus piernas bien torneadas, que la falda cortísima deja al descubierto para goce y apasionamiento de pretendientes y admiradores.

 

La coqueta entorna los ojos, los guiña cuando es necesario, redondea los labios o los pone como si fuera a besuquear, pero de modo sutil y sin extravagancias. En su interior se mueven teatralidades que ella sabe expresar en momentos oportunos. De vez en cuando, se pone un prendedor a la antigua, que resalta sus atractivos. O se amarra una cinta colorida al cabello, todo según las circunstancias y el clima. Porque en verano, con soles de ardor, está más predispuesta a los lucimientos de piel, al uso de menos ropajes, ligera de equipaje. En los días fríos, se cruza un chal vaporoso, un pañolón moderno y utiliza vestidos largos o pantalones ajustados. Todo lo que se pone le luce, así le han dicho algunas amigas, que quisieran, por lo demás, ser como ella.

 

Ella, la de los ademanes sincronizados, la de la refinación en sus manos anilladas, es parte de un paisaje que el tiempo y las costumbres han ido desterrando. Pertenece más a los días de romanticismo que a los de velocidades y comidas rápidas. Es para saborear, para contemplar, para abrir apetitos. En circunstancias del flirteo en la máxima medida, enronquece la voz, porque, se cree, y ella está convencida del aserto, que así es más arrobadora. La coqueta es armonía, no está diseñada para el desbarajuste ni la recocha. Claro, en momentos se da tonos de muy exclusiva y portentosa. Igual, no disuena.

 

La coqueta es un canto (un encanto) ambulante; una suerte de alegría se riega a su paso. No falta quien aduzca que tiene la “poesía del quartier”, del barrio sentimental, de la callecita que ella contenta e ilumina con su fina estampa. Es una lástima, se ha dicho, que sea una especie, maravillosa especie en extinción.

 

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La coquetería es la conquista del espíritu por los sentidos, decía Coco Chanel.

Cronopios en las escaleras de mi casa

 

(Reducción al absurdo para evocar a un tal Julito y a un duende doméstico)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Los cronopios nacieron en el teatro Champs Élysée, de París, en 1952, en el entreacto de la ópera-oratorio Edipo Rey, de Igor Stravinski, con libreto de Jean Cocteau, que en aquella presentación histórica estaba haciendo el recitante. Julio Cortázar se encontraba entre los espectadores y, de pronto, se sintió solo en la sala, todo el mundo había salido a tomar café y a comentar las incidencias de la obra, cuando él, en el ambiente, flotando, sintió unos personajes “indefinibles, unas especies de globos que yo los veía de color verde, muy cómicos, muy divertidos y muy amigos que andaban por ahí circulando”.

 

Supo, en ese instante sin tiempo, que se llamaban cronopios, loquillos en apariencia, muy poetas y sensibles, sin miedos ni apuros, con cierta dosis de irreverencia. Los saludó y conversó un ratito con ellos, aunque quería quedarse a tomar el café que no había podido beber, porque, claro, se había quedado para encontrarse, sin saberlo, sin esperarlo, con los personajes verdes, volátiles, que diez años después, en un libro que causó sensación entre adolescentes y en los ánimos de uno que otro vejestorio soñador, se publicó con el título de Historias de Cronopios y de Famas.

 

A diferencia de los cronopios, brincones y carentes de vergüenza, los famas son conservadores y muy ordenados. Así que estas notas las dedicaremos a aquellos que van por el mundo haciendo bullas y declarando que aman la libertad, el absurdo y lo que puesto a la vista carece de lógica. Los cronopios andan sueltos en parques y a veces se cuelgan de las lámparas de araña de las iglesias para reírse de los que van a dormir en las bancas, y son burleteros, como Rigoletto, el duende musical que habita en mi casa y del cual ya he narrado parte de sus travesuras en otros escritos.

 

El nacimiento de los cronopios tenía que ocurrir, precisamente, en el homenaje que París le rendía a Stravinski, en un teatro en el que solo uno de los espectadores estaba listo para verlos y entenderlos, para la comunicación con unos picarillos mudables que después se introdujeron en la cotidianidad de señoras burguesas y estudiantes de colegios de monjas.

 

Los cronopios no son propiedad cortazariana, aunque a él se deba su existencia literaria. Son de los que los quieran adoptar. O, por lo menos, deseen que se les sienten en el sofá de la sala, le pellizquen el trasero a la visita y hagan aburrir a la suegra cuando llega vestida de domingo, muy atardecida y dispuesta a hablar sin frenos ni cortesía sobre lo mal que le ha ido a su hija. O que, como Rigoletto, se introduzcan en el equipo de sonido, y si lo que está sonando es de su predilección, suban el volumen a su amaño hasta llegar a límites que pueden hacer estremecer la casa y poner el corazón a punta de salirse y dar saltos por el corredor.

 

Los cronopios son capaces de ponerte zancadilla cuando estás a punto de entrar de urgencia al inodoro o en momentos en que vas descendiendo por las escaleras rumbo a aquella tortura cotidiana que denominan el laburo, o, en otras palabras, el trabajo, que por estos lares y por casi todos se volvió una manera de la virtud y la peor forma de aburrirse. Porque, se dirá, hay mejores maneras para entrar en el mundo de los seres que se aburren, como el pintor aquel que era tan alto, que la frazada que tenía (más bien: esta era pequeña) no le daba para cobijarse todo: si se cubría los pies, del pecho para arriba quedaba al descubierto. Y así.

 

Sin duda, a ese artista de la aburrición (que un tal Moravia describe con maestría) los cronopios le tuvieron que hacer cosquillitas en los pies, con plumas de gallina o con pinceles suaves. Los cronopios son expertos en dar instrucciones sobre todas las cosas: cómo besar a una vieja caliente sin perder el apetito; cómo acostarse en un colchón de blanduras de pluma sin sufrir un dolor lumbar; cómo llorar con “un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza”.

 

Como dicen ciertos pelados, los cronopios “no comen de nada”. Van a lo que van. Y vienen a lo que vienen. Sin escrúpulos. Te pueden dejar en un momento determinado sin papel higiénico en una situación de crisis intestinal. O, para no caer en ámbitos de alcantarilla, te pueden susurrar toda la noche, sí, ahí, pegaditos a las orejas, y te harán el sueño imposible. Lo dejan de hacer cuando los invitás a café caliente y bien cargado, ya sabés.

 

Una de las historias del libro, sí, de ese publicado en 1962, que tiene su modo de atraer el miedo, es aquella que comienza así: “En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere”. Los cronopios, que han adquirido una alta graduación de maldad, son expertos en alterarles los nervios a los unicornios y a algunas bestezuelas que aparecen de vez en cuando para asaltar escaparates y cómodas, y que, al querer entrar a buscar cambuche, los reciben con risotadas sorpresivas y con orines muy bien arrojados a la cara de los monstruitos.

 

Tal vez, la máxima expresión de los cronopios en el uso eficaz del sentido común, la constituyan las instrucciones para subir una escalera. Con esa guía ellos gozan hasta caer barriga arriba, muertos de las risotadas, cuando la gente las sube de frente, “pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas”. Estos seres extraordinarios, que flotan como globos de piñata en una salón de cumpleaños, comen raviolis y fríjoles con garra, aunque lo que más les agrada es la aguapanela con limón, una bebida con misterios incorporados, que hace que los tenores alcancen tres y cuatro escalas y den el do de pecho sin ninguna dificultad aparente.

 

Todos sabemos que Edipo rey, el liberador de Tebas, no pudo hacer nada contra el destino. A los cronopios, en cambio, les importan un pepino lo que les trace el sino, la fatalidad, la rueda de la fortuna. Nada de esas celadas los alteran. Se ríen del que se quedó sin trabajo, porque, dicen, ha logrado una manera de la independencia y la libertad. Y del que lo atropelló el tranvía por ir mirando el culo de las muchachas de falda corta, porque al menos se distrajo en un paisaje conmovedor.

 

Ah, y en cuanto a poner sobrenombres, son una maravilla para la invención, que no es más que ponerles cuidado a las cosas que pasan. Y a las maneras de ser. A la señora robusta, sí, la que habita diagonal a mi casa, que siempre está asomada a la reja viendo pasar los carros y el mundo, la bautizaron como Culo Rubio, al tiempo que al cuidador de automóviles, un tipo calvo y ojiazul, de dulceabrigo rojo en la mano, lo llaman “Lengua de tigre”, debido a que es un aficionado sin límites al chismorreo.

 

Los cronopios del libro de alias don Rayuelo se pasan a veces de anaquel en anaquel, provocan un ruido de demonios invitados a un aquelarre, en el que ponen patas arriba a las brujas, casi todas pelinegras y de caderas exuberantes, y se los digo, no dejan dormir. Hay, cuando lo ocasión lo amerita, que llamar al inquieto Rigoletto para que ponga orden en la casa, les programe un poco de música para insomnes y los deje roncando en gavetas y alféizares.

 

Son como niños indóciles. Se vuelan por la calle San Martín (sembrada de laureles, guayacanes y araucarias), llegan hasta donde está el busto del libertador argentino y se paran en su cabeza de bronce a reírse de todos los que pasan. Ya les han arrojado piedras y un borracho les mandó un salivazo espeso que quedó colgando de la nariz del prócer. Me parecen divertidos, pese a las molestias que en ocasiones causan, más que todo porque pertenecen a un mundo que ya no existe, sin relojes, sin paradas de buses, sin filas de bancos, y entonces quieren que volvamos a los tiempos en que uno se quedaba sentado en medio del teatro, sin café y sin músicos, viendo volar globos verdes en los que iban montados los cronopios de un tal Julito, más loco que ellos.

 

“En casa del Jacinto hay un sillón para morirse. Cuando la gente se pone vieja, un día la invitan a sentarse en el sillón…”

 

El fanático

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Primero que todo en la cara del fanático se estampa una ecuación peligrosa: no cree en nadie sino en sus creencias, en sus puntos de vista, sesgados casi siempre, en lo que lo hace inclinar, o, de otro modo, prosternar. Lo que piensa y lo que cree es la verdad, la suya, la única. No hay más posibilidades. Ve solo lo que desea ver, no hay nada más allá de él y sus gustos, sus adicciones, sus realidades, que él limita hasta dónde puede avizorarlas. No tiene horizontes, los niega. Los reduce a su modo de observación unilateral: “para qué quiero ver más allá de mis narices”, parece decir. O “por qué tengo que compartir lo que los otros piensan”.

 

No atiende a la razón, de la que reniega. Y dice, sin sonrojarse, que los razonamientos son para perder el tiempo. Lo que es, es. Y no hay más allá. Ni más acá. Él —su credo— es la medida de todas las cosas. O, por lo menos, no hay por qué estar buscando otras salidas, otras puertas, si las que él tiene son suficientes, por ahí se camina al cielo, se va a la gloria, se aleja del averno. Y, así se lo han transmitido otros fanáticos: quien no está conmigo, está contra mí. Y no cabe en mis quereres, en mis rediles. Es un peligro para mi estabilidad emocional y para las otras estabilidades, el que me contradice. O quien, para hacerme ver como un apóstol de la nada, se burla de mis dogmas y mandamientos. Así piensa. Convencido. Irrebatible.

 

Se especula en centros no especializados, que de niño el fanático se quedó en la etapa oral, porque no pudo desprenderse de la teta de mamá, y ella, la teta y la madre, lo domesticaron, le propinaron una idea de que era único, el mejor, el infalible, que vos, mi niño no cometés errores; después, en la escuela, la prolongación de la imagen inequívoca de mamá, la halló en la maestra, que además, sufrió las agresiones verbales del hijo de la verdad, sin pecado original, sin mancha. Que en su concepción se mezclaron modelos marianos, oraciones, órdenes militares, toda una parafernalia de infierno tan temido que no hubo más maneras de ver el mundo: solo con una visión, única, sin admisiones de otras posibilidades.

 

El fanático, desnaturalizando aquello de que soy el camino, la verdad y la vida, o tomándolo como una indubitable proposición, asume que fuera de él, de su círculo, de los que él sigue y de los que lo siguen a él, no hay salvación posible, no tanto en el sentido de que haya otra vida, sino de que en este mundo no es posible estar si no es con las divisas suyas, con los trazados y las líneas que apuntan solo a una visión única del mundo, que es extenso y ajeno, o de todos y de nadie, pero que solo es visto por el unanimista como una propiedad privada.

 

Tiene un aire de suficiencia, único en su especie, que le hace, aunque no lo quiera, ver a los demás como inferiores si no están en su círculo, si no son parte de su credo de majestad, de querer imponer sus condiciones y apreciaciones del mundo. Los otros, en el sentido de que son un complemento, o una contradicción, o una parte de la divergencia, sería mejor que no existieran. Así lo cree. Y, en muchas medidas, intenta que lo que lo controvierta, lo cuestione, o discrepe de su posición, no sea duradero, que pudiera estar en lo invisible, en un lugar donde no tengan posibilidades de interpretar ni criticar ni apreciar el universo con otros colores distintos a los que él quiere. Su paleta es la que hay que usar para pintarlo todo.

 

Anda con caminado de pavo real, unas veces. O, en otras, con pecho alzado y pasos de ganso. Según cree, no cabe en el mundo, necesita más espacios, más ámbitos para el ejercicio de lo uniforme. Lo heterogéneo le fastidia. Y ni hablar de lo heterodoxo. Lo asquea.

La opinión suya es la única válida. Las demás, no caben. Lo mejor sería que los demás las arrojaran al basurero del olvido y se plegaran a lo que él plantea. Así se evitaría muchas rabias, que los otros —los que están contra mí, insiste en su interior— no son sino provocadores y gente sin decencia. Enajenados. Infieles. Peligrosos. Solo él y sus adláteres son los necesarios.

 

Es proclive a las rabietas, pataleos, babeos y depresiones. Le puede dar un patatús cuando sabe que su manera de ver las cosas está montada en la cuerda floja por los críticos, a los que él califica como seres en permanente extravío. No resiste que alguno le muestre (y demuestre) lo equivocado que está y entonces puede entrar en un estado de ira e intenso dolor. O quedarse en silencio durante un tiempo que le puede parecer una larga temporada en el infierno.

 

Él y sus correligionarios se ven entre sí como los originales salvadores del mundo y sus procesos de decadencia. Califican como decadente la posibilidad del progreso mental y material de los otros y el despertar de los que han estado sometidos por los que creen tener la verdad revelada. Nada fluye, y los demás son malos y sucios y degenerados. Así es y será. El fanático no da el brazo a torcer. Y ¡ay del que se lo tuerza!

 

Imágenes del incinerador Ku Klux Klan

La exhibidora

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Pendiente de la apariencia y lista para mirar de reojo a ver quién la está observando, la exhibidora camina entaconada, con swing bien estudiado y alborotador, cálculo en el desplazamiento, que mueve las nalgas con sabrosura, el pecho arriba, más o menos descubierto, con insinuaciones apenas, que lo que más le gusta es la evidencia. Es una “mostrona”, como dicen las señoras de edad, aquellas que, por lo demás, ya no pueden hacer gala de ninguna exposición. Va con certidumbre, la falda ceñida y corta, las nalgas protuberantes, labios pintados, aretes al desgaire, la sonrisa entre contenida y libre, como para impresionar.

 

De niña, según advierte una historia de sicología clínica, a esa dama de colorete y cejas repintadas, la pusieron a desfilar en pasarelas de colegio, le crearon un falso mundo de espejismos y le dijeron algunas buscadoras de talento en el modelaje, que podía llegar muy lejos si se lo proponía. Ella se creyó el cuento y, más tarde, en la adolescencia, ya nadie la pudo contener en sus ansias de caminar a la torera, calzar zapatos de plataforma, comprar figurines parisienses para sacar algunas muestras y llevarlas a las modistas, que ella fue ascendiendo de la baja a la alta costura. Y se obnubiló con vitrinas de boutiques y revistas de farándula.

 

Por aquellos mismos tiempos, en que crecieron sus encantos, se erigieron como monumento y alteraron la cotidianidad del vecindario, la bicicleta le sirvió para ir de pantalón caliente, muy cortito, que sus piernas tenían que ser el espectáculo de los domingos a la matinal. Vecinas con envidia en la mirada se asomaban a las ventanas o se paraban en los balcones para fisgonear el trajinar de seducción de la muchacha, que, de paso, (“al paso camina al paso”, le cantaban algunos) era una tentación no solo para pelados sino, en particular, para señores de edad, alelados ante la presencia perturbadora de esa aparición “irreal”, según se escuchó decir.

 

A la edad de ahora, cuando se presume que aún le quedan unos cuantos calendarios para que haga sufrir a unos y otras, la exhibidora da cuenta de sus galanuras en el ámbito de sus ambiciones, que ella ha convertido en una pasarela permanente. Por doquiera que vaya, habrá murmuraciones, miradas de malicia, otras de admiración, y, claro, unas de vituperio. No está fabricada para la indiferencia.

 

—Qué diosa ha caído del cielo. —se oye al pasar.

 

—Oh, cuánta carne bien repartida. —se parlotea.

 

Ella, sabedora de sus atributos, los estimula para que la vista de los otros se riegue por su cuerpo, para sentirse dueña del alrededor, que no pasa inadvertida. Va siempre. Y con certeza debe sentir ojos desmesurados en sus espaldas, que el que la ve venir de frente, tendrá que voltear la cabeza a su paso, sentirá aromas finos, imaginará desnudeces, soñará con jardines de delicia y a lo mejor, como también se ha escuchado en corrillos, “llevará ganas para la casa”.

 

La exhibidora está hecha para ser vista. Y esa característica la torna en deseo desmesurado, en manifestación de concupiscencia inaccesible, porque no cualquiera puede arrimarse a tal figura, descubrir lo poco que queda oculto, ni siquiera imaginar más allá de la evidencia, porque esta mujer que da la impresión de una insurrección andante, no está hecha para la imaginación, a la que, por lo demás, casi nada deja. Lo dicho: camina como si hubiera planeado la irrupción del caos a su alrededor.

 

Lo que menos interesa es escuchar su voz. Casi nadie sabe de sus tonalidades. Tampoco si ha leído algún libro o pagado una promesa a una virgen, santo o cristo. Solo es atracción, un resplandor que obnubila, una ráfaga de luz que enceguece. O, al menos, encandila. Pasa y arrasa. Pero la visión es efímera. Estrella fugaz. Al rato, el cielo vuelve a quedar oscuro. A la expectativa. ¿Cuándo volverá a mostrar sus radiaciones? Que aproveche su cuarto de hora, se ha escuchado vociferar detrás de las paredes. Mañana ya será ceniza. O, peor: decrepitud. Por ahora, es una fiesta ver cómo se adueña del mundo.

 

 

 

 

 

 

 

Piratas en barquitos de papel

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Uno se montaba al barquito y ya estaba convertido en un pirata de parche negro en un ojo, bandera con calavera y cara de pocos amigos. Era una aventura en la que se corría el riesgo de un naufragio o de caer por una avenida de agua que, en una vorágine de terror, se tragaba la embarcación, catarata de vértigo en la que había que saltar antes de que la alcantarilla se zampara la imaginación.

 

Uno convocaba a una competencia acuática, cuando la lluvia había cesado pero los arroyuelos continuaban en la orilla de la calle, rumbo a los sumideros urbanos. Los barquitos, al principio en un orden de partida, se desubicaban después de soltarlos a su carrera al garete; no, qué va, iban dirigidos a control mental, remoto, con las ganas desaforadas de que el nuestro llegara a una meta que a veces estaba señalizada con piedras, o con endebles banderines, también de papel.

 

Uno deshacía los cuadernos de tareas, con mamarrachos ingenuos en las hojas, con vocales y números, con trazos a lápiz, con manchones de tinta china, en fin, y confeccionaba barquitos, que el astillero estaba a veces en casa, o en la escuela, y según el lugar, los ensayaba en los estanques del solar, o en alguna pileta casera. O los dejaba reposar hasta que un aguacero nos invitara a la navegación callejera.

 

Unos y otros en reunión de alborozo formábamos una flota de veleros, sin timón ni capitán, que bastaba la dirección de un viento imaginario para moverlos hacia el arcoíris o, mejor dicho, al lugar donde este moría o nacía, que también se proclamaba que allá quedaba el fin del mundo o el principio del paraíso. La calle, en días en que ella era el universo, se volvía río y mar, con bahías y radas, con márgenes en las cuales en ocasiones había curiosas caras de adultos, más que todo de señoras en las ventanas, en los balcones, como si miraran su infancia lejana.

 

Asistíamos a naufragios de ciudad, con barquitos desechos, deformados por la fuerza de la corriente, desbaratados por el choque contra piedras o contra el cordón de la calle. Uno sabía que una construcción de esas, tan ingeniosa y todo, estaba destinada a lo pasajero, a una corta duración, que igual nos daba la impresión de un tiempo feliz, de horas inacabables, con risas de pantalón cortico y tenis enchumbados.

 

Montarse en un barquito de papel tenía su cuento. Era cantar otra vez aquella tonada escolar de “soy pirata y navego en los mares”, o creerse un poco Morgan, o un tanto John Silver El Largo, que en casa nos relataban historias de mares e islas misteriosas. Era representar con credibilidad un capitán con motín a bordo y sentir el vuelo hambriento de las gaviotas. E izar banderas negras y ver uno que otro desconchinflado marinero con pata de palo.

 

Un barquito de papel iba siempre repleto de ensoñaciones, las mismas que no se dejaban vencer por los caudales traicioneros y turbios de las tormentas de barrio. ¿Cuántos cuadernos de tareas metamorfoseamos en esas embarcaciones frágiles y ligeras que nos llevaban sin brújula ni astrolabios hasta el fin del mundo? ¿Cuántas casitas y soles y caminos y árboles y patos iban en esas arcas nada bíblicas? En cualquier caso, así se los hubieran engullido los desagües públicos —y el tiempo asesino—, aquellos barquitos de papel continúan navegando en la memoria.