Alma de barrio y otras emociones

(Polifonía de tejas, calles, chismes y un tango de esquina)

 

El feliz ladrillo del barrio. Foto Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

No sé cuántos tangos hay dedicados al barrio. Muchos, en todo caso. Ese elemento que trasciende el urbanismo, es en la música ciudadana un ingrediente clave, junto con la melancolía, la nostalgia y el amor (y su contrario, el desamor, y por ahí, el odio). Se ha dicho que de todos podría prescindirse, pero no del barrio, esa geografía de lunas y esquinas, con aceras (veredas), romances y una emoción permanente. El barrio, el mismo que puede que entre los porteños sobreviva y sea un elemento clave de identidad y amigos, por acá, por mi ciudad de balas y muchachas en flor, está en agonía.

 

El barrio, qué importa la extensión, pueden ser dos o tres manzanas, o veinte o treinta, es un entorno menos material que mental, con sus maneras de ser, sus voces particulares, los saludos y los chismes, distintos en cada cuadra, en cada esquina. Un barrio trasciende el concepto catastral y no responde a las divisiones oficiales (casi siempre arbitrarias), ni a lo que diga el plan de ordenamiento territorial o los entes de valorización y planeación. Un barrio es una cultura. No contesta a los trazados de oficinistas y burócratas. Está por encima de los automatismos del funcionario.

 

Un barrio tiene como límites las sutiles transiciones que van de una cuadra a la otra, en un paisaje que en su interior cambia también de cuadra en cuadra, pero mantiene una relación con el conjunto, conexiones que no son solamente la arquitectura o el cemento. Dónde comienza uno y termina el otro. He ahí un asunto que no está diseñado por las fronteras administrativas. Está más bien delimitado por una historia, unos imaginarios. Por los afectos y un tema ineludible que está en el campo de las abstracciones: el sentido de pertenencia. Este, insisto, no lo determina la municipalidad, un ayuntamiento, no es gubernamental ni de decretos. Es un tejido de solidaridades, similitudes y parentescos no sanguíneos, sino de la memoria, de los arraigos.

 

Un barrio es una metafísica, una reunión de voces que forman un coro que canta en la tienda, en la carnicería, en las calles con ventanas y puertas hoy enrejadas y en otros días abiertas y sin tantas aprensiones. En el catálogo de las similitudes clasifica en la variedad: es como una miscelánea, en la que, además de botones y agujas, se pueden hallar cintas como festones de fin de año. Tiene unas particularidades. Casi todo, o, mejor dicho, todo, está nombrado (o sobrenombrado), desde los vecinos hasta los dueños del café, del estanco-licorera, del almacén de tarjetas de ocasión. Y flota en su ámbito el espíritu de lo que se quiere pese a las carencias o desafueros que se puedan presentar en su territorio.

 

El barrio da carácter. El encuentro con los otros, los saludos, las maneras de demostrar que el vecino interesa, son parte de unas dinámicas que en su suelo, bajo su cielo, se expresan con modos propios y que establecen disimilitudes (puede que no de fondo) con otros barrios. Uno siente el cambio cuando pasa de un barrio a otro. No porque haya que atravesar una aduana o puesto de control (sin entrar ahora a hablar de las “fronteras invisibles” y otras desventuras), sino porque se respira otro aire, las fachadas y antejardines y cordones y postes y hasta las alambradas eléctricas son otra cosa. Es, en ciertos casos, una sutilidad, una delgada hebra que hace la diferencia en el tejido.

 

“Barrio, perdoná si al evocarte….”. Foto Spitaletta

 

Los olores del barrio —de este, de aquel— difieren de los de otros. Y los colores también. Hay una sumatoria de factores que se conjugan para hacer la distinción. Claro, puede que haya, como hay, en efecto, semejanzas, pero un barrio es una entidad con alma, con personalidad, con comportamientos particulares y hasta propios. Tiene su aura, su halo, la luz que lo hace único. O así era en otros días. Porque, como se ha visto, un barrio de aquellos de la guardia vieja, diseñados para la convivencia y las relaciones con los demás, o es una vetustez que ya no está en boga, o puede ser, dentro de la especulación y las miradas inmobiliarias, un espacio para la expansión. Para el crecimiento vertical. Desaparecen las casas y donde estaban nacen edificios, no siempre amables ni atractivos, sin respeto por el entorno y con reducciones del espacio público.

 

Yo, que nací y crecí en una ciudad que era de obreros, chimeneas, trenes y comercios, siento que esta tenía una particularidad: era una ciudad de barrios, diferenciados en su concepción urbana, en sus hechuras, en sus cafetines y tiendas, hasta en el ejercicio del juego de fútbol. En general, sin abismos sociales. Hoy habito en un barrio viejo, de otra ciudad (de esta en la que escribo, vivo y camino) que también era centro de fábricas y trenes y obreros, pero con una diferencia respecto de mi “ciudad natal”: tenía clases muy altas como otras muy bajas, y digo que este barrio no es, como lo fue, un barrio residencial, que es una de las características del concepto barrio (algunos barrios están dedicados al trabajo, por ejemplo). Es un barrio con historia de élites, de nuevos urbanismos, de esnobismos de ricos y de presencias arquitectónicas diversas, preciosistas.

 

Calle, casas y un perfume de flor. Foto Spitaletta

 

Sin embargo, pese a que no hay ya residentes en abundancia, he aprendido a quererlo, a sentirlo propio, a deleitarme con sus antejardines y arboledas, con sus casas enormes de fachadas inverosímiles, con sus bellezas sin el esplendor de antes, aunque mantienen su señorío y dignidad. Con todo, es un barrio, pese a que en su geografía de calles anchas y cantos de aves, hay conventos, inquilinatos, clínicas, dependencias universitarias, centros de rehabilitación, ancianatos a granel y poca gente asomada a las ventanas.

 

Un barrio es una polifonía. Hay líneas melódicas, contrapuntos, sonidos que van desde los ladridos de perros hasta danzas nocturnas de gatos en los entejados. La mezcla tiene a los vendedores de helados, de tamales, de legumbres y frutas que pasan con carretillas o carritos con grabaciones publicitarias. El paisaje humano del barrio está a la vista de todos, en las aceras, en los viejos lugares de encuentro que son las tiendas, en el grito de una mamá que llama a su hijo y que casi todo el vecindario escucha.

 

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El viejo barrio. Foto Spitaletta

El barrio es una cultura por sus rituales, incluidos los del campanario, por su naturaleza sociable, porque invita a la conversación y la pregunta por una dirección, por un nombre. Calles y fachadas. Entejados y terrazas. Antejardines y desagües. Y el día de recolección, las bolsas de basura en la acera. En el que habito ahora, pese a sus soledades, tiene tiendas, supermercados, presencia de extranjeros, marqueterías y gentes de paso que vienen a curiosear sobre su particular belleza y su historia. Su silencio.

 

Un barrio, además de la comunicación que se opera entre vecinos, es propicio para el rumor, el chisme, la pregunta permanente de “¿qué pasó?” o el “¿supiste que se iban a meter los ladrones en casa de Irene?”. El barrio de antes tenía más niños en la calle; el de ahora, es más de vida interior, aunque, según el sector, unos son populosos con gente que va y viene, un hormiguero por sus calles; otros, como en el que vivo, no tienen niños. Sus habitantes son muy adultos y tienen más una vida hacia el adentro, hacia el recogimiento.

 

 

El barrio tiene mucha vida en el afuera. Transacciones, saludos, ruidos, vocinglería. Y es propicio para el recuerdo y lo que fue. No faltan las referencias al pasado, a lo que hubo, a los que se fueron, a aquellos domingos de fútbol y encuentros callejeros. El barrio es como un tiovivo en el que la memoria da vueltas y no falta quien, en un instante de nostalgia, arroje un lagrimón sobre el asfalto.

 

“Mi barrio tenía cosas / que ya no tiene y son cosas / que yo no puedo olvidar…” y en este punto el tango del principio retorna con sus geografías sentimentales, sus melancólicas visiones sobre la vida cotidiana de la barriada. Y se oye el pito del tren. O los ladridos de perros a la luna. Y tantos versos imprescindibles en la educación sentimental que sin duda se adquiere en el ejercicio de habitar un barrio: “Barrio de tango, luna y misterio, / ¡desde el recuerdo te vuelvo a ver!”.

 

El barrio y los viejos amores. El barrio y una flor para mascar. El barrio y serenatas cuyos ecos murieron con los últimos románticos. Tiene su misterio. Y su aspecto de leyenda. Quienes vivieron sus infancias y adolescencias en un barrio, quienes envejecieron en esos territorios de fraternidad y charlas pesadas, saben que esas cosas vividas allí son irrepetibles y se erigen en patrimonio personal y colectivo, son las maneras de ser de la ciudad. Sí, el barrio es un microcosmos en el que es posible ver todas las estrellas.

 

En el barrio era factible —¿es todavía— que el amor se durmiera en un portón, y encontrarse con alguien que, en tiempo de vals, dijera con esa emoción, mezcla de tristeza y alegría: “vuelvo al barrio que nunca dejé”. Y, de acuerdo con las nuevas dinámicas de la ciudad, las de los guetos y los encerramientos, las unidades cerradas y los condominios, creo que, como en otro tango, habrá que decir que al barrio lo vamos a tener que ver desde el recuerdo.

 

27-05-2020

 

“La verja está dormida de tanto silencio…”  Foto Spitaletta

La pesadilla de la casa tomada

(Una visión sobre un clásico cuento de Julio Cortázar, a propósito de los días de pandemia)

 

Casa tomada, un cuento de Julio Cortázar - Zenda

Un estremecedor cuento del escritor argentino Julio Cortázar

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La casa, la singular y la diversa, que tanto ayer como hoy se tornó refugio para evitar la peste, ha sido materia de ficciones y otros muchos enfoques estéticos. La literatura, ese otro asilo en tiempos pandémicos, la ha tenido en sus afectos, vista desde distintas alturas, balcones y minaretes, o, incluso, desde las honduras de las alcantarillas y el desamparo de los “sin-casa”. Y ha habido casas de cristal, de tela gruesa como las de los gitanos, de tapias y bahareques y ladrillos y de materiales indefinidos. La casa, que a veces puede ser solo una pieza de conventillo o el salón de un burdel, es un complejo elemento que se ha paseado por distintas avenidas artísticas.

 

Y así como se puede encontrar en aquella que quedará borrada por el tiempo y la destrucción cataclísmica en Cien años de soledad, estarán desde otra perspectiva las casas de Faulkner y la decadencia de los aristócratas del sur profundo de los Estados Unidos. Casas en ruinas, como la Usher, y casas en donde se pueden esconder las sangres de los trabajadores bananeros, como la de Cepeda Samudio. Y, bueno, ni hacer catálogos de la casa en canciones, en lienzos, en obras teatrales, en poemas… Pueden estar las sombras del castillo medieval y las casas rodantes, las carencias de la villa tugurial y las comodidades de mansiones californianas.

 

Y estas consideraciones preliminares para decir que el cuento Casa tomada, de Julio Cortázar, quizá de los primeros que él publicó, por allá en 1946 y gracias a los buenos oficios de Borges en la revista Anales de Buenos Aires, es uno de los más representativos acerca de esa construcción doméstica, símbolo de la protección y el abrigo, de la familia y el recogimiento interior. Se dice que, tras una pesadilla, en tiempos del verano del 45, Cortázar se levantó agitado y escribió de un tirón este cuento maestro, lleno de insinuaciones, pero, a la vez, revestido de un tono trágico y fantasmal.

 

Un cuento (y, por extensión, cualquier obra artística) cuando está bien concebido y realizado, produce interpretaciones a granel. Es polisémico. Y, según cada lector, se le pueden atribuir distintas posibilidades hermenéuticas, darle uno u otro significado. Es la gracia del arte. O, al menos, una de sus cualidades. Y Casa tomada, que el mismo autor dijo en varias entrevistas que nació de un sueño intranquilo, en el que él era desplazado por alguien indeterminado por las distintas habitaciones de una casa hasta arrojarlo a la calle, es un cuento abierto, que posibilita diversos puntos de vista en sus formas exegéticas de acercarse a él.

 

Cortázar decía que, en su pesadilla, había algo espantoso, tal vez una sombra, alguien indefinido, pero de cuya presencia él, el soñante, se daba cuenta. Y lo empujaba por la fuerza del miedo hacia afuera, mientras el huyente, a lo mejor acosado por el desespero, intentaba ponerle trampas, barricadas, estorbos. Es el origen de la emoción que, después, tendrá una forma literaria, una situación en la que la intensidad va creciendo en la medida en que, presencias sin identificar, se van apoderando de los espacios familiares.

 

9 mejores imágenes de Casa Tomada | Julio cortázar, Cortazar y ...

El cuento, de menos de dos mil palabras, ofrece una visión tranquila al principio, de dos hermanos que, ya con cierta edad, es decir, no son jóvenes, habitan una inmensa casa de sus ancestros, donde medraron sus bisabuelos, su abuelo paterno, sus padres y ahora ellos, solitarios y solteros, dedicados el hombre a la lectura de literatura francesa, y ella, Irene, “una chica nacida para no molestar a nadie”, a tejer en un sofá de su dormitorio. Pero la pesadilla de dos seres despiertos vendrá. Y sin saberse de qué funesta presencia se trata, sentirán que están siendo desplazados en aquel interior amplio, de pasillos y zaguanes, de livings y patios, de puertas pesadas y dormitorios que se comunican entre ellos. Cortázar logró construir un ambiente en que se destaca una arquitectura añeja, de caserones que ya no volverán, de casas con historias familiares largas. Y, para enfatizar más el drama, de una familia que ya está a punto de desaparecer, como si fueran los últimos mohicanos.

 

Casa tomada es un cuento con un excelente manejo del suspense, pero, a su vez, de la vida interior. Sucede todo hacia adentro, aunque se sabe que hay una ciudad, que el hombre va al centro a comprarle a su hermana las lanas para los tejidos, que un lado de la casa da a la calle Rodríguez Peña. Lo esencial en todo caso sucede en el interior, que puede ser el de una cómoda de alcanfor o el de una cocina, una biblioteca, un baño. La casa está ahí, con su arquitectura y su cobijo, pero el afuera está sugerido. Hay, claro, una sensación de encierro, de retiro, de dejar pasar los días, cuando el destino de los dos habitantes, los dos hermanos, está definido en apariencia.

 

Los ingredientes de la tensión se van dando por una presencia indeterminada, una invasión, una suerte de fantasmagórica gente que apenas se presiente a través de ruidos, de golpes de puertas, de una situación que no tiene remedio y que es irreversible. Irene y el narrador, su hermano, se dan cuenta que es inútil resistir o averiguar más allá de una puerta que también se abrirá sin saber quién la abre. La tragedia está en que, ambos, ella y él, van dejando atrás una historia, unos afectos, unas raíces. Se les va reduciendo el mundo doméstico, el viejo mundo de una casa que es su patrimonio de memorias.

 

La Hesperidina es una bebida argentina a base de corteza de ...

 

Y él se va quedando sin sus libros franceses y ella sin una botellita de una famosa bebida porteña, la Hesperidina, mixtura de naranjas amargas, agrias y dulces, que también se utilizaba como mezclador de tragos y cocteles. En la pareja fraterna va creciendo la conciencia del despojo, de la expulsión, y ante una fuerza desconocida que se va apoderando de todo, les queda sino la aceptación del fracaso, de la derrota. La resignación, que es como postrarse sin luchar, rendirse ante lo inevitable sin ofrecer al menos un conato de defensa, de oposición.

 

Es un cuento lleno de símbolos, que pueden ir desde la decadencia y el surgimiento de nuevos protagonistas de la historia, hasta la caída sin retorno en lo desconocido. Hay, en el adentro, una nueva hostilidad, y en el afuera un mundo que no ofrece ninguna certidumbre. ¿Quién es el invasor? Es la vida cómoda que se va, es el fin de un tiempo, es el nacimiento de otro, muy distinto y en el que no hay cabida para los que lo tuvieron todo y ya es hora de que se queden sin nada, sin historia, sin pasado, sin futuro. Apenas con un presente en el que, como pudiera acontecer en un episodio bíblico, es mejor que, en su fuga, no miren atrás. La pesadilla puede que continúe fuera de la casa tomada, la misma en que una desconocida peste se ha quedado a vivir para apagar las viejas canciones de cuna y abrir y cerrar una pesada puerta de roble. Tal vez a los dos hermanos que dejan atrás su historia los espere, en el afuera, un ominoso destino.

 

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Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos… Foto Spitaletta

 

 

Una máquina del horror

(En la colonia penitenciaria, un desasosegador cuento de Franz Kafka)

 

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Retrato de Franz Kafka, pintura de Gabriele Donelli

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

En 1914, un año de desgracia en Europa, Franz Kafka se comprometió a fines de mayo con la señorita Felice Bauer (otras tres mujeres importantes en su vida sentimental fueron Milena Jesenská, Grete Bloch y Dora Diamont) y, de paso, inició la escritura de El proceso. Ese año, en el que estalla la gran conflagración mundial, la Gran Guerra, de la que, al principio y en sus preámbulos, creían algunos que solo se trataba de una “aventura”, como un “juego de niños” o un experimento de corta duración, fue un enorme desastre. No solo por la ingente cantidad de muertos, sobre todo jóvenes, sino que se erigió como un suceso que dio al traste con la potestad de la razón.

 

Esa confrontación, que siguió al asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando de Austria, tuvo en sus frentes (oriental y occidental) una hecatombe de jóvenes de todos lados de una Europa que ya mostraba síntomas de decadencia. El escritor alemán Ernst Jünger (participó en las dos guerras), se enroló como voluntario, a los 19 años, cuando comenzó el conflicto. Todo su animoso afán era “vivir aventuras que lo liberasen de la monotonía del abotonado mundo burgués que lo ahogaba”, como lo insinúa en sus diarios. Las trincheras, la tierra de nadie, los combates, eran para él un “espectáculo”.

 

Muchos jóvenes de entonces, debido también a la mentalidad de la época, creían que una guerra era una suerte de “deportividad”, de la que se podía participar por “simple placer”. Para el historiador inglés Eric Hobsbawm, el siglo XX corto se inició con la horrible conflagración y se terminó con la Perestroika rusa, en la década de los ochenta. Aquella guerra, de la que han quedado infinidad de testimonios literarios, poéticos, históricos y de diversas naturalezas, marcó como si fuera un estigma la historia humana y, al concluir, se trató de una especie de tensionante pausa. Porque la que vendría sería peor.

 

Estos apuntes rápidos para decir que, en medio de la devastación, el escritor checo, de lengua alemana, escribiría en 1915 un electrizante relato, una narración sobre una máquina asesina y, sobre todo, acerca de la humillación a la condición humana en una colonia penitenciaria. Un escrito sobre la tortura, sobre el insulto al proceso judicial, sobre una alevosía contra los derechos del habeas corpus. Una historia que puede dejar al lector aterrado y conmovido. En la colonia penitenciaria, un lugar que no se sabe con exactitud dónde es (solo se dice que es en el trópico), un Estado sin nombre, es la anticipación de lo que el siglo XX tiene reservado en un inmenso catálogo de horrores del hombre contra el hombre.

 

En plena guerra, Kafka crea una especie de pesadilla en una isla, adobada con sangre, con dolores y con la presencia inaudita de una máquina de muerte, sí, de muerte lenta, como si el aparato mismo se deleitara con su manera de cumplir con la sentencia. De llevar a cabo la pena que se le ha impuesto a un culpable. ¿Culpable de qué? Puede ser culpable por no “honrar a sus superiores”, una actitud que se dio y se sigue dando en las filas militares.

 

¿Qué es la culpa?, puede ser uno de los interrogantes que surja durante la lectura de esta maravilla de obra, que perturba, que nos coloca en una posición de reflexión frente a los significados de la condición humana, de la libertad y de la opresión. ¿Quién está encargado de señalar a otro como culpable? La historia, que empieza con la presencia de un visitante, de un investigador extranjero, alguien que puede tener cierto fuero o inmunidad en aquella isla desconocida, es un recorrido por los significados del castigo, de lo punible, del poder que en este caso se delega sobre una espantosa máquina de tres niveles, la encargada (¿por quién?) de implantar “justicia”. Que es otra categoría cuestionada en el relato: ¿Qué es en últimas la justicia?

 

 

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El “aparato peculiar” puede causar, por qué no, una extraña admiración (el visitante en todo caso así la siente) en el que la ve, y claro, el lector es uno de los que pueden apreciar la máquina en toda su dimensión aparatosa y, a su vez, de causante no solo de dolor, sino de muerte. Una máquina a la que se le puede dar la “orden” de qué hacer con el condenado. Y lo más gravoso y pesado: puede escribir sobre el cuerpo del desdichado ser que ha sido allí atado con cadenas, con una mordaza asquerosa en su boca, con una sensación de desconcierto sobre lo que le va a acontecer.

 

En el cuento se pueden establecer diversas relaciones de poder. El condenado, sin voz, sin posibilidad de ninguna defensa, sin proceso, hecho una piltrafa, adquiere una actitud de despojo, de inutilidad, de no tener ninguna forma de reacción ni de rebeldía. Es un vencido, aunque no se da cuenta de que así lo es. Puede tener, como bien lo advierte el narrador, un aspecto “perrunamente sumiso”. No es dueño de ninguna voluntad, ni de conciencia, ni de nada. Está perdido. Y parece no enterarse de su desgraciada condición.

 

La máquina es un espectáculo. Así como lo que hace. Y en eso Kafka sigue siendo un anticipador. Una suerte de profeta. Porque el siglo XX tendrá no solo como una de sus fases y características la elevación de casi todo a la categoría de espectáculo (es el siglo de Hollywood, pero, al mismo tiempo, de los campos de concentración, de los trenes que van con miles de víctimas hacia el exterminio, del deporte y la política que se unen como en el caso del fascismo, como en el de Hitler y su propaganda), sino que la muerte y otras desolaciones también pueden hacer parte de la farándula, de una cultura de circo y pan, como en la antigua Roma.

 

En el relato habrá un personaje ausente-presente, al que hay que tener siempre en cuenta: el comandante, el mismo que iba a presenciar la condena en la máquina con sus señoras. ¿Quién era aquel que podía propiciarse la condición de tener varias señoras? ¿Un todopoderoso? ¿Un dictador? De cualquier forma, era un sujeto con mucho poder, con toda la “autoridad” para definir y decidir sobre la vida y la muerte del otro. Y muerto aquel, su reemplazo es un enamorado de la máquina. El que recibe la visita del viajero extranjero y le va explicando los mecanismos del aparato, es un tipo que pudiera hacer el amor con esa creación macabra. Pudiera sentir todo un clímax sexual con los movimientos y estructura de ese dispositivo singular y miedoso.

 

En la colonia penitenciaria, escrito en tercera persona y de modo lineal, y que da prioridad a la presencia acuciante del oficial (sucesor del comandante en cuanto a la relación con la máquina), que está, según se observe, alienado por el artilugio fatal, permite el relato hacer toda una teorización sobre los conceptos de justicia, de punibilidad, de delito, en fin, y, al mismo tiempo, acerca de la arbitrariedad. Hay, al parecer, una autoridad intocable, un poder inextricable, que parece omnímodo. Es un presagio de dictaduras y autoritarismos.

 

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Una condena atroz. “El vómito ya se había derramado sobre la máquina”.

 

El convicto, el condenado, el oprobiado por una seudojusticia, es alguien que no puede tener defensa. Está vencido en todos los aspectos. No tiene la palabra, de la que se le ha despojado sin que él sea consciente del asalto. Es un enajenado. El oficial, por su parte, es, si bien un alucinado por la máquina, un tipo que mantiene con esta una relación amorosa, erótica, de libidinoso fetiche y tal vez enfermiza. Y, después de todo, de las soluciones inesperadas que tendrá el relato, se pudiera pensar, o al menos intuir, que hubo, en su conexión con el artefacto, y en una especie de condición de la derrota, una actitud suicida.

 

Kafka torna en este relato deslumbrador a mostrar la inutilidad aparente de ciertas luchas, pero que, como sucede, por ejemplo, en El buitre, hay una resignación dinámica, una actitud de aparente indiferencia ante la desventura, pero que, en últimas, siempre se podrá tener, en la lejanía quizá, una lucecita de esperanza, o, en otro sentido, de oposición, de resistencia. Tal vez, como lo dirá Hemingway después, “el hombre puede ser destruido, pero no derrotado”.

 

“La culpa siempre es indudable”, se dice en la colonia. Hay una acusación contra la cual no hay modo de refutación, de defensa, de repulsa. A la víctima se le acusó y listo. Es la autoridad, o quién dice tenerla, quien define, quien traza el destino del acusado. Y, dentro de esa extraña lógica, la máquina es la que dirimirá el asunto de la purga, del castigo. Y el condenado, durante doce horas de estar atado a aquel “diabólico” ingenio, podrá leer a través de sus heridas por qué se le ha decretado tal pena y cuál ha sido su falta.

 

En la obra hay una lucha, que se va haciendo evidente en la medida en que se avanza en el cuento: las ejecuciones que allí, en la colonia, se practican, van quedando sin partidarios. Y entonces, qué kafkiana condición, no es el preso o el condenado quien se manifieste contra su situación miserable, sino el oficial, el encargado de la administración de “justicia”. Él es quien está atristado, desilusionado, porque ya no es posible una ejecución espectacular, con niños en primera fila, con espectadores a granel, y ya no hay, parece, quién defienda esa práctica.

 

“¡Cómo eran de distintas las ejecuciones en otros tiempos! Un día antes de la ejecución el valle estaba lleno de gente; todos venían sólo para mirar; temprano por la mañana el comandante aparecía acompañado por sus señoras; fanfarrias despertaban todo el campamento…”, le cuenta el oficial al visitante y, más adelante, le dice que para cada ejecución a la máquina se le ponían nuevos repuestos. Pese a todo, el cuento es una revelación, una profecía, una advertencia tremenda sobre lo que vendrá. Cosas peores —puede ser el presagio— esperaban a la humanidad. Y llegaron, como bien lo ha mostrado la historia.

 

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Los albores del siglo XX trajeron, entre otras vanguardias, el futurismo, un movimiento que se declaró adorador de la velocidad y de la máquina. El automóvil, las carreras, los nuevos ritmos, los obnubilaron hasta la exacerbación de los sentidos y de la razón. En sus declaraciones, cuyo manifiesto fundamental de 1909 lo redactó el italiano Filippo Tommaso Marinetti, no solo afirmaban que del pasado nada era digno de conservarse, sino que tenían la máquina como un sucedáneo de la deidad. Quizá Kafka, en su relato, haya hecho toda una demostración en contra de la máquina y su uso alienador. Tal vez este relato sea parte de una contracorriente, de una crítica.

 

Y puede ser que para oponerse a las máquinas del “progreso”, a las que habían introducido cambios radicales en la velocidad, las que acabaron con los ritmos lentos, el escritor opusiera un artificio destinado a la tortura (un antiguo método, incluidos los de la Inquisición), al tormento, con la introducción de una novedad: una máquina que, con agujas, escribe sobre el cuerpo, con una lentitud no solo pasmosa sino agobiante y mortal.

 

Kafka prefiguró los campos de exterminio, las tropelías sin límite de los poderosos, de los que llegaron más tarde, en un siglo de paradojas y de tanta sangre derramada. En un siglo en el que se impuso la sinrazón de la guerra. En la colonia penitenciaria es un relato maestro que alimenta la perplejidad y, de nuevo, nos pone en evidencia los atropellos de ayer, de hoy y quizá de mañana contra la dignidad humana.

 

P.D. Nota a propósito de la Tertulia Literaria, en la BPP, sobre este relato de Kafka. Enero 31 de 2020.

 

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“Injusticia del proceso y la crueldad de la ejecución”. Obra de Loui Jover.

Un payaso de la posguerra

(Heinrich Böll y una de sus novelas más logradas y cuestionadoras de la sociedad burguesa)

 

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Heinrich Böll, Nobel de Literatura 1972

 

Me entraron ganas de reír, pero estallé en lágrimas. Opiniones de un payaso.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

El payaso, más unido a las tristezas que a la risa, tal vez por una sinrazón o un colapso social, pasó de ser una figura conectada con la alegría a un símbolo de desgano frente a los avatares de la existencia. ¿Es un actor? ¿Se representa a sí mismo? Puede ser ambas cosas, pero es una manera del disfraz para construir la posibilidad de un cuestionamiento, manifestar la desazón acerca de un malestar en la sociedad o en el individuo. El payaso puede ser un esplín. Hay en su cara pintada, en su nariz colorina, en su vestuario, la unión estrambótica entre el bufón, el juglar, el bululú, el volantinero, el comediante… Un payaso puede ser la ocasión para decir, como en un bolero ranchero, que se lleva el alma rota. ¡Ah!, o como en un tango: “Lloras, payaso buen amigo. / No llores que hay testigos / que ignoran tu pesar…”.

 

Y en el ámbito de la literatura, donde ha habido variedad de estos personajes (como el de Cepeda Samudio, por ejemplo), crear un payaso puede ser ocasión propicia para darle la oportunidad de convertirlo en un crítico. ¿De qué? Quizá de los recovecos existenciales, pero, ante todo, de una política discriminadora, de las religiones, de la mendacidad del poder, de la naturaleza humana, ¿por qué no? Y en este punto vale introducir a Hans Schnier, el payaso de 27 años, imaginado por el novelista, periodista y Nobel de Literatura Heinrich Böll, escritor que de cierta manera se convirtió en la “mala conciencia” de un período histórico de su patria, la derrotada Alemania de la Segunda Guerra, a partir de la hora cero del desastre, pasando por el período de Posguerra (y, además, dentro del fogoso marco de la Guerra Fría) y del llamado Milagro alemán, cuya figura más visible y clave fue Konrad Adenauer.

 

Opiniones de un payaso (publicada en 1963) da cuenta de un período de la República Federal de Alemania, la del capitalismo, contrapuesta al mundo germano-oriental, bajo la órbita soviética, en la que, en esencia, el personaje central, procedente de familia de clase muy acomodada, ha sido abandonado por su mujer, o, visto de otra forma, por su concubina católica (él es un ateo, además de una especie de anarquista) Marie, que se ha marchado con otro tipo de su mismo credo (Züpfner) y con el cual se ha casado. En esta situación puede haber ya el tejido de una tragedia. El asunto, de todos modos, va más allá y el protagonista se erige como un cuestionador de un conglomerado de hipocresía, de falsas morales y de apariencias. Se trata de una atmósfera de imposturas sociales, de maquillajes (distintos a los del payaso) y otros afeites que conllevan la simulación y la farsa.

 

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La reconstrucción económica y política de la República Federal, en un momento dirigida por la democracia cristiana, aparte de haberse tratado de un negocio estadounidense como fue el Plan Marshall, subyace como una discreta escenografía de fondo en la novela. Y es cuando al catolicismo alemán le corresponde una especie de liderazgo (como pasó en el Segundo Reich con el protestantismo) en aquella palestra en la que la “economía social de mercado” se presenta como la salvadora (una metáfora de la resurrección). Y todo el aparataje tiene, entre otros objetivos, marginar a cualquier oposición parlamentaria en la Alemania occidental.

 

La novela está enmarcada en los días en que, a propósito, o tal vez para ocultar una culpa, o no hacerle frente a toda la ignominia que el régimen hitleriano, el Tercer Reich, desarrolló hasta su caída estrepitosa, se incorporan mecanismos para el olvido o la desmemoria. Como si se intentara borrar el pasado reciente. En un proceso de “desnazización”, en el que en rigor hubo una remilitarización de Alemania, los políticos “traicionan el lenguaje”. O lo acomodan. Y para ello se sirven de la Iglesia, de la doctrina social católica, del desprecio a figuras que puedan adulterar un falso idilio del Estado con los ciudadanos.

 

Así que Opiniones de un payaso va siendo, o es, una novela en la que se postula al escritor como una especie de historiador, pero que va más allá del acontecer, hasta penetrar en la conciencia colectiva, en los comportamientos, en unos eventos de inhumanidad que se oponen por ejemplo a los llamados de la libertad y la independencia. En Schnier hay un existencialista, un analizador del espíritu de su época. Y, al mismo tiempo, la representación del fracaso, de esa coyuntura que surge al no incorporarse al sistema, al rechazar los espejismos de la sociedad.

 

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Aparte de los cuestionamientos a lo político oficial, o, en otras palabras, a los discursos del poder, a las mamparas que este usa, la novela penetra en las composiciones familiares, en las “verdades” reveladas de la religión para discutirlas y criticarlas. Ausculta la moral impuesta por los mandamientos, las mitras y las homilías. Y explora por ejemplo la “concupiscencia carnal”, otra especie de leitmotiv de la obra de Böll, con la que se jugará con buenas dosis de humor negro a través de sus páginas.

 

En aquella Alemania que resurgió de sus cenizas (que en parte ella misma provocó) hay el restablecimiento del clasismo, como también de la separación social de los obreros y otras capas del pueblo, en la que la clase dominante marca el compás con el que los demás deben danzar (y obedecer). Los que no gozan de privilegios tendrán que pasar las mismas (o peores) carencias y humillaciones que vive alguien que eligió el arte como modo de vida, que es el caso del payaso. Sin embargo, este apela al humor, a la crítica social, a los reclamos frente a una sociedad elitizada. Es un diseccionador de la cultura burguesa.

 

Hans, cuya hermana murió en la guerra, que pertenece a una familia que explota el lignito, rechaza sus raíces y pone en cuestión a sus ancestros. Así como puede discurrir en torno a moverle el piso a la teología católica, a sus ritos y comportamientos, puede ofrecer repulsa a la represión y a los métodos coercitivos oficiales contra las libertades y conquistas de derechos individuales. Y así como siente una aversión por los moralismos, puede, como terapia, cantar himnos católicos y letanías, solo porque le gusta “la muchacha judía” a la que están dedicadas (Virgo veneranda, Virgo prædicánda).

 

El payaso, que conoce a San Agustín, a Kierkegaard (“una lectura útil para un payaso en ciernes”), que gusta de Chopin y tiene idea sobre Bertolt Brecht, sabe hablar con los ojos y goza (o padece) de un ‘don místico’ que es sentir los olores a través del teléfono. Hay todavía en él algo del expresionismo alemán, pero, quizá, también los modos de llorar por un ojo y reír por el otro, como lo representa alguna pintura de Picasso. En medio de la renuncia a la vida muelle que pueden dar las riquezas (viene de un mundo en el que no falta nada en cuanto a lo metálico) al escoger un oficio mal visto por su familia y por la sociedad del pragmatismo, Schnier, que sufre de jaquecas y melancolía, apela al coñac. No como un escape, sino como un recurso analgésico de mitigar el sufrimiento.

 

En esta novela de una convincente y compleja estructura literaria, en la que la memoria va y viene, y en la que no faltan ni el dolor ni el suspenso, tampoco la risa, se puede encontrar el lector con Thomas Wolfe o con un joven borracho disfrazado de Fidel Castro en el carnaval. Se puede escudriñar, digamos, la relación del payaso con el padre y con la madre (una señora muy tacaña), con su hermano Leo, con esa fuerza en apariencia ineludible que representa Marie y con el drama de irse quedando sin un céntimo.

 

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Estampilla conmemorativa

 

Opiniones de un payaso, un canto a la belleza, un diseño maestro para referirse al hombre en medio de circunstancias adversas, se yergue con toda su estatura artística como un hito de lo literario al servicio de las preguntas en torno a qué es el hombre en una sociedad de la apariencia y la segregación. Y también para discernir, si fuese el caso, las diferencias entre el arlequín (el de la Comedia del Arte), el Pierrot, el clown y el payaso que, con dolor de rodilla incluido, sabe que con su oficio puede reírse de los otros y de él mismo.

 

En la novela aparece una mixtura de trenes, periódicos vespertinos, el “patológico reflejo de los televisores”, el complejo de los Nibelungos y las manchas que deja un aborto. Hay una desfloración poética, por lo sutil, por lo insinuada apenas con el lavado de unas sábanas, y la angustia de un payaso que de pronto descubre cómo evitar el suicidio. Y Schnier, mientras hace gimnasia facial frente a un espejo, se da cuenta que tiene “el rostro de un suicida”, o, desde otro ángulo, el “rostro de un muerto”. Se dice a sí mismo que no es un payaso, sino un “muerto que hacía de muerto”.

 

Y más que opiniones, hay confesiones, reflexiones de un payaso que siempre está reafirmando su condición, su escogencia de camino, su oficio, en el que va asistiendo a su devaluación irreversible. A Schnier le gustan la música y el cine, los cigarrillos y la monogamia (hay en esta condición una suerte de sátira). De los músicos, aparte de Chopin, vibra con Schubert (con ambos llora cuando los escucha). Y recuerda, como su profesor de música, que Mozart es “celestial”, Beethoven “sublime”, Gluck “único” y Bach “grandioso”. “Bach me hace siempre el efecto de un tratado de teología en treinta tomos, que me deja abrumado”.

 

La crítica —sutil y abierta, explícita e implícita— a la guerra, el nazismo, el postnazismo, la religión, el matrimonio, es un pilar de la novela, en la que aparece un personaje desencantado con la sociedad y la familia. El payaso, con su carga de dificultades, es un ser que lucha contra la masificación, la doblez, la pérdida de identidad y las limitaciones del sujeto. Es corajudo al dimitir a una condición de aburguesamiento, de no dejarse encasillar en un mundo de convenciones. Hans Schnier es un escéptico.

 

Al retornar a Bonn, su ciudad, ya sin Marie que lo acompañó en sus giras, el payaso es otro. Un desesperanzado. Alguien que, en medio del ascetismo, aprendió sobre las pérdidas y los despojos. Y, como en una letra de Horacio Ferrer, Schnier tiene la “ternura de un bello fracaso”. Es alguien que, pese a las caídas, a los bolsillos rotos, a la falta de denarios, sigue cantando, porque ha aprendido el difícil oficio de vivir.

 

 

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“Lo que mejor me sale es la representación del absurdo cotidiano: observo, sumo mis observaciones, las elevo a la potencia y luego saco la raíz…”

 

 

Borges, el de la luminosa ceguera

(A propósito de los 120 años del nacimiento del poeta y escritor argentino)

 

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La duda es uno de los nombres de la inteligencia, decía Borges. Ilustración de Iñaki Massini Pontis

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

“Mirando la oscuridad que ven los ciegos” es un verso de Shakespeare que Jorge Luis Borges retoma en su conferencia La ceguera al decir que la gente se imagina que un ciego lo ve todo negro, un mundo de oscuridad absoluta. A los ciegos, se ha dicho, les extraña el negro y el rojo, dos colores que no perciben. Los ciegos viven en una especie de neblina “vagamente luminosa”, azulada o verdosa. En cualquier caso, perder la vista, como le pasó a Borges, que la heredó de sus antepasados y más o menos en 1955 ya se quedó “sin luz”, es un drama que el gran escritor y poeta argentino aprovechó en su creación literaria.

 

El mundo de la oscuridad, como metáfora, representa la terrible tiniebla de lo ignorado, de los que no se explica ni se tiene noción. Se ha visto ese estadio de la ausencia de luz como una suerte de infierno, que puede ser aquel en el que uno no ve a sus verdugos, a sus torturadores, a los que están haciendo una labor de purga, como es posible que pueda ocurrir en alguno de los círculos dantescos. La ceguera se asocia con la noche, como bien lo dice el autor de El Aleph en su Historia de la noche: “en el principio era ceguera y sueño…”, sí, como en una creación o cosmogonía, al principio no había luz.

 

Borges, lector impenitente, tuvo que haber sufrido lo indecible cuando no pudo ver más. Cuando “esos tenues instrumentos, los ojos” quedaron ciegos, cuando le advino aquella “modesta ceguera personal”, que era total en un ojo y parcial en el otro, por el que apenas se insinuaba el amarillo de los ocasos y el oro de los tigres, esos mismos felinos que él, de niño, admiró en el zoológico. Tal vez uno de sus dolores haya sido el no poder ver el rojo, “ese color que resplandece en la poesía” y así el poeta se acercó, como una larga agonía, a un “lento crepúsculo”, el irse quedando, como en un tango, “como un pájaro sin luz”.

 

La ceguera ha sido motivo literario. Y también la han padecido otros escritores y vates, como Homero, si acaso haya existido un autor así llamado, con un nombre que, se dice, significa “rehén” o también “el que no ve”, lo cual conduce una imposibilidad: que alguien sin vista hubiera concebido una poesía tan visual como la que se advierte, por ejemplo, en la Ilíada. Para Borges, al referirse a Homero y su obra, dice que la poesía no debe ser visual sino musical. Milton, el de El Paraíso perdido, un ciego con mucha luz, veía con todo el cuerpo.

 

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Borges no se dejó acobardar por la ceguera, aunque tuvo que ser una desventura atroz. Y la asumió como un modo o estilo de vida, la de las sombras, la de apenas lo sugerido por la luz, como el caso (y ocaso) de los amarillos, como los mismos áureos tonos del tigre, de esos tigres que se quedaron en su conciencia como imágenes de infancia. La plusvalía adquirida por la ausencia de visión la resarció con el mundo auditivo, que le auspició el aprendizaje de la lengua anglosajona, algo de islandés y lo condujo a decir, como lo hace en Elogio de la sombra, que la vejez “puede ser el tiempo de nuestra dicha”, porque “el animal ha muerto” y “quedan el hombre y su alma”.

 

Puede ser que, de una u otras misteriosas maneras, el ensayista, el creador de ficciones, el poeta, se haya servido de un ejemplo antiguo, como el de Demócrito de Abdera, que se sacó los ojos para pensar, para que la realidad no lo distrajera. “Mis noches están llenas de Virgilio”, dijo en un verso de Un lector, que también le propició el aprendizaje del latín.

 

El memorioso Borges acrecentó su inventiva y su capacidad para retener esencias y fenómenos gracias a su ceguera. Ante la desaparición del mundo visible había que crear otros mundos, con luz, con música, con ríos eternos como los de Heráclito, con las variables del tiempo que desembocan a lo inmutable y a lo que dejará de existir. Le sirvió en algún instante meterse con aspectos de Joyce, del que elogió su Retrato del artista adolescente, para decirnos que el autor de Ulises estudió noruego, griego, latín, y que inventó un idioma que es “difícilmente comprensible pero que se distingue por una música extraña” y pudo así llegar a una afirmación categórica: Joyce trajo una música nueva al inglés.

 

Borges ceguera subtexto y empatia

 

Borges, que cuestionó el castellano sobre todo por la imprecisión de sus sinónimos (“sugieren diferencias imaginarias”), decía que el inglés superaba a todas las demás lenguas y ofrecía infinitas posibilidades al escritor. Y quizá haya sido una manera de ver con otro idioma el mundo que la ceguera no le permitía examinar. Y, tal vez como una suavización de su condición invidente, dijo una vez que “la ceguera es un don”. Así escribió poemas como El ciego (dos versiones) y supo que “solo puedo ver para ver pesadillas”. Claro, la pesadilla, tema sobre el que dictó una conferencia en la que declaró que el “sueño es una obra de ficción”, que recrea en su libro La rosa profunda, en el cual la ceguera está inmersa, como una planta acuática, en varios poemas.

 

Con su escasa luz en la mirada el escritor buscó disimular esta ausencia, eso que él, para no abatirse, bautizó como un don, con el fin de no producir sentimientos de piedad o conmiseración. Se ha visto que los ciegos suscitan entre los videntes una especie de lastimería, de misericordia caritativa, de pesadumbre. Y Borges intentó no ser objeto de pesares por su ceguera. Más bien, le sacó partido a la misma. Y habló más de ojos que no ven, que de ciegos. “La ceguera es una clausura, pero también es una liberación, una soledad propicia a las invenciones, una llave y un álgebra”, reivindica en el prólogo de La rosa profunda. Y así supo que las tinieblas requerían ojos que ven.

 

H.G. Wells, uno escritor inglés, más bien despreciado por sus paisanos y admirado por Borges, escribió un relato a modo de distopía, una curiosidad llamada El país de los ciegos, que sucede en los Andes ecuatorianos y en esencia plantea que en aquella región desconocida los ojos no sirven para nada y no se requieren. No hay conceptos basados en el ver. Es un mundo auditivo y olfativo. Por eso, aquel visitante inesperado e involuntario que arribó de otras geografías a esa región, sabrá que allí los ojos son materia estorbosa e inútil.

 

Tal vez Borges, como si aparentara tras el corte de luz en sus vistas que los ojos no servían para mayor cosa, decidió vivir en un país de ciegos. Era un huésped de la noche, un conocedor de los mundos tenebrosos. Miraba hacia adentro. Como Milton, Borges escribirá en las sombras. Sabrá de los caliginosos parajes y paisajes de sus ojos que no le dejaban verse en un espejo, aunque su literatura tenga espejos a montón, así como laberintos, el concepto de infinito, la memoria, la razón, “los caminos de sangre que no veo” y tal vez por esas ausencias lumínicas supo que el hombre es numeroso en penas y en días.

 

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Lento en mi sombra, la penumbra hueca

 

exploro con el báculo indeciso,

 

yo, que me figuraba el Paraíso

 

                                                           bajo la especie de una biblioteca.  Ilustración de Raquel Moreno

 

 

La ceguera, que avanzó como “un lento crepúsculo”, lo puso a atisbar otras dimensiones. “Ya que he perdido el querido mundo de las apariencias, debo crear otra cosa: debo crear el futuro, lo que sucede al mundo visible que, de hecho, he perdido”. En el escritor se quedaron, en el caso de su ciudad, las imágenes de infancia y juventud, aquel viejo Buenos Aires, que él entrevió de niño a través de la reja, de la verja de su casa, consistente en patios, zaguanes, aljibes, parrales, calles empolvadas y un arrabal que él tiene que inventar, como inventó el sur, en el que tantas cosas acaecen en sus relatos.

 

El hombre y el poeta supieron que la vejez era la soledad suprema, “salvo que la suprema soledad es la muerte”. El pasado era el que había visto en sus días de adolescencia e infancia, rostros de mujeres, rosas, libros, estantes, cajones con puñales, pájaros, un mundo desvanecido, unas ausencias que se albergarán en la memoria y puede ser que sirvan como insumos para la reconstrucción de lo que ya no es. Crea a través de las palabras, y debe nombrar de nuevo un universo desaparecido.

 

Para Borges no es válida la afirmación, un tanto irracional, de que solo existe lo que se ve, lo que puede ser percibido por la vista (ser es ser percibido, sostenía Berkeley), pero hay otras maneras de la percepción. Las cosas suenan, huelen, se pueden tocar, saben. Y a través de la razón se elevan a planos conceptuales, a reflexiones no tan mundanas, a la crítica. Borges explora las sonoridades, los perfumes, el mundo de la ensoñación, otras inteligencias, las introspecciones. Y también otra manera de las visiones.

 

En Hombre de la esquina rosada, la Lujanera, que ejerce un poder de fascinación, es dueña de una condición única: “Verla, no daba sueño”. Que está conectada con el sentido de la vista, de apreciar sus formas, su caminado, su vestido, su gracia. “La Lujanera lo miró aborreciéndolo y se abrió paso con la crencha en la espalda, entre el carreraje y las chinas…”. En diversos relatos, la visualidad es esencial en Borges, un ciego que veía demasiado. Por ejemplo, en Emma Zunz: “El considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch”.

 

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La memoria, que según Borges es una forma del olvido, es una evidencia en la poesía y la literatura borgianas. Ayuda a ver, a reconstruir, a reparar. Hay que invocarla para no caer en el vacío. Pertenece al pasado, que puede ser un pasado irreal, una quimera, una invención más. En La memoria de Shakespeare se dice: “Quedará en lo profundo de tu memoria, debajo de la marea de los sueños. Cuando lo escribas, creerás urdir un cuento fantástico. No será mañana, todavía te faltan muchos años”.

 

En el Poema de los dones, el escritor dice que “De esta ciudad de libros hizo dueños a unos ojos sin luz, / que sólo pueden leer en las bibliotecas de los sueños…”. Borges vio a través de las literaturas, las enciclopedias, las conjeturas, los mitos y los espejos. Descifró sueños. Vio más allá de la oscuridad y así nos dejó un legado de pesadillas y visiones fantásticas. Si usted cierra los ojos y piensa en el oro de los tigres, lo verá: “Hasta la hora del ocaso amarillo / cuántas veces habré mirado / al poderoso tigre de Bengala”. Borges era un ciego con mucha luz.

 

28-viii-2019

 

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Ahora sólo perduran las formas amarillas / y sólo puedo ver para ver pesadillas.     Pintura de Juan Manuel Gaucher

 

Fantasmas de las navidades

(Paisaje sobre Canción de Navidad, clásica narración de Charles Dickens)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Siempre hay sustantivas motivaciones para la escritura de una obra. Unas remotas, cercanas otras. En el caso de Charles Dickens, un escritor insignia de la literatura inglesa del siglo XIX (1812-1870), de los tiempos victorianos y de la revolución industrial y sus secuelas entre los más pobres, la navidad, la infancia, las tradiciones decembrinas, se reúnen en una aventura “neogótica” sin castillos medievales, pero sí con fantasmas, en su Canción de Navidad (también se ha traducido como Cuento de Navidad o El cántico de Navidad), llamada en inglés A Christmas Carol.

 

Inglaterra, la del ferrocarril, el carbón, la transformación de las relaciones productivas, la de la revolución industrial, que forja obreros y dueños de fábricas, tendrá en el desarrollo del capitalismo una vasta muestra de miserias entretejidas con las ideas de progreso. Dickens, un muchacho de clase media, que a los doce años debe abandonar los estudios para trabajar en una fábrica de betún, será uno de los escritores europeos que primero van a poner en la palestra al niño como sujeto de derechos y como ser explotado y vilipendiado, al que se le puede cercenar la infancia.

 

La navidad, época en la que el tiempo toma otros ritmos, es propicia para la imaginación infantil, para la espera de sorpresas, pero, en la Inglaterra victoriana, en la que ya se había instaurado la presencia del árbol navideño, estos días estaban más conectados con el lar, con una celebración en familia, como una manera de enfrentar las frialdades y tenebrosidades del invierno. Escrito en 1843, Canción de Navidad es una contrastación del optimismo, del ánimo contento y esperanzador, con la oscuridad, la melancolía, la vejez y la muerte. Es un tratamiento del tiempo, del ayer, el presente y lo que vendrá, a través de las peripecias que en una sola jornada, intensa y dramática, tendrá el protagonista de la obra, Ebenezer Scrooge, viejo avaro y codicioso, como bien lo presenta el autor en su inicial listado de “créditos”.

 

Dickens, un observador de la realidad inglesa, de las situaciones de desamparo de mucha gente, en particular de niños, que, como él en su infancia, tuvieron que trabajar, o, en peores casos, mendigar, es una especie de conciencia crítica de las relaciones sociales injustas. En esta novela corta, aunque no sea el tema central, de soslayo va engarzando situaciones enlazadas con los menesterosos y los olvidados. Y, al mismo tiempo, a través del personaje central, da cuenta de la decadencia de los ambiciosos y tacaños.

 

Y aunque el señor Scrooge es solo un comerciante, no es un propietario de fábricas o cosas similares, va a servir como un arquetipo no solo de la avaricia sino del maltrato a los trabajadores. Y su situación de apreciar más el negocio que a la parentela, y de mirar con cierto desdén la navidad —una coyuntura para el acercamiento con los otros— va a convertirse en la problemática clave de la narración, que está dividida en cinco capítulos que el autor denomina “estrofas”.

 

Escrita en seis intensas semanas, Canción de Navidad la había concebido Dickens en sus largas caminatas por Londres, en las que aprovechaba para observar la urbe y sus contradicciones. Durante su elaboración, según una cuñada, el escritor “lloró, y rio, y volvió a llorar, y se emocionó durante su composición de la manera más extraordinaria”. Con una visión humanista, más que religiosa o de religiosidades, el autor, que es uno de los primeros anglosajones en escribir acerca de la Navidad (antes, por ejemplo, lo había hecho el estadounidense Washington Irving), se acerca en el relato a las transformaciones radicales que puede tener un hombre cuando es asediado no solo por espectros sino por lo inexorable, como son la vejez, la decadencia física, la soledad y la pérdida de comunicación con los otros.

 

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Con una estructura cronológica, la novela tiene un comienzo memorable que va a marcar y diseñar el clima de la misma, y dar cuenta de la situación de Marley, socio del señor Scrooge: “Marley estaba muerto, dicho sea para empezar”. Al inicio, cuando se presenta la sociedad Scrooge-Marley, el narrador (en el que se asoma una extraña primera persona) caracteriza a su hombre, tanto en lo físico como en lo moral y sicológico. El señor Scrooge, áspero, reservado, introvertido, es un tipo que, en apariencia, no se resquebraja con facilidad. Duro. Y por lo demás, es de aquellos que solo piensa en ganancias y cree que una jornada de asueto, como el del día de navidad, es una pérdida de tiempo, una paparruchada.

 

En la medida en que se avanza en la lectura, se van viendo aspectos de la ciudad, de sus abundancias y carencias, de la mendicidad, pero también del asistencialismo y la filantropía, que no son, ni la una ni la otra, filias o intereses de Scrooge. “No me siento alegre en Navidad y no puedo permitirme alegrar a los holgazanes”, contesta cuando se le pide apoyo para una de esas causas que a fin de año abren corazones y caridades. Y que tienen que ver más con la culpa que con la redención.

 

En esta narración, con voces fantasmales y gente de carne y hueso, la ambientación es otro de sus atributos. Y así como hay paisajes neblinosos, se ven con claridad las imágenes de desventura de los harapientos que buscan cómo calentarse las manos en las llamas o a alguien que quiere jugar a la gallina ciega. Sin embargo, lo que más impresiona, aparte de los fantasmas, que son el de las navidades de ayer, el de las navidades presentes y el de las navidades futuras, es el tratamiento del tiempo, de un modo inteligente y certero. Los fantasmas, esas apariciones que en rigor en esta noveleta no son aterradoras, son la simbolización de lo temporal, una certidumbre de la transitoriedad del hombre, de su paso y desaparición irremediable. Los espíritus del tiempo, eso sí, son implacables.

 

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“¡Hay en ti más salsa de carne que carne de tumba, seas quien seas!”

 

En la Canción de Navidad, en la que se susurran villancicos, y hay bailes como el de Sir Roger de Coverley, una suerte de danza folclórica inglesa y escocesa, la sucesión de imágenes de ayer hacia el mañana, es una carga intensa que hace flaquear al avaro. El que pueda ver su pasado y pasearse por el presente, lo van doblando. Pero es la visión futura la que lo quiebra en sus convicciones, que más bien pueden ser parte de una personalidad aburrida, intolerante, insolidaria y de desprecio por la amistad, por la familiaridad, por las cenas y los acercamientos navideños.

 

La narración es como un caleidoscopio, en el que hay muchas imágenes móviles de una gran belleza y sentimentalidad. Hay luces y sombras. Y una deliciosa variedad de comidas y entremeses, incluida la preparación del ganso (después, por otros factores, será el pavo el que en las culturas anglosajonas se torne en el plato principal de navidad). Y hay una singularidad: los fantasmas envejecen. Son víctimas de los relojes. Tienen finitud. Y esto lo nota el señor Scrooge. “¿Tan cortas son las vidas de los espíritus?”, le pregunta el avaro al fantasma de las Navidades Presentes. Y este le responde: “Mi vida en esta tierra es muy breve. Termina esta noche”.

 

Los fantasmas pasean al señor Scrooge por distintos espacios. Y así como pueden aparecer la bolsa londinense, los negocios, las transacciones, también, en esa misma ciudad, se verán las vicisitudes de los desposeídos. “Las calles eran asquerosas y estrechas; las tiendas y los edificios, miserables; las gentes, medio desnudas, ebrias, desaliñadas, horribles. Avenidas y callejas, como cloacas, vomitaban sus ofensivas pestilencias, suciedad de la vida, sobre las calles inmundas”.

 

Los fantasmas, entonces, son como una suerte de conciencia, de guía de la vida y el mundo para que el señor Scrooge se dé cuenta de que todo no es dinero y negocio. Que hay asuntos más importantes y trascendentales, como una cena en familia. Y tan necesarios por su simplicidad y acercamiento con los otros, como poder decir ¡felices pascuas! A propósito, en la edición original hay un prefacio de un párrafo, escrito por Dickens, en el que comenta sobre fantasmas. Su pretensión era, según él, hacer que los fantasmas vaguen “por su casa placenteramente” y que no les dé por quedarse en ella.

 

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Ilustración para uno de los espectáculos sobre Canción de navidad.

 

En la “nouvelle” de Dickens hay presencia de Las mil y una noches, como de Robinson Crusoe. Y se advierte que estas obras están en las fuentes literarias del autor de Oliver Twist y la Historia de dos ciudades. Según Miguel Delibes, la “equilibrada dosificación de la receta romántico-realista” fue lo que le permitió al novelista inglés, no solo ser el más leído de su tiempo (“tiempo pródigo en novelistas”), sino convertirse en eterno.

 

La inclusión de fantasmas como un mecanismo para alterar las conductas inamovibles del señor Scrooge, se puede interpretar como una entidad o elemento que a los niños (también a los adultos) los atrae y los pone en alerta, les despierta el interés por las peripecias. Pero, a su vez, puede ser una especie de cuestionamiento a las novelas góticas, que comienzan a aparecer desde finales del siglo XVIII y cuyas intenciones, entre otras, son las de espeluznar al lector. Estos fantasmas del tiempo, espectros que se evaporan, no aterran, pero convencen.

 

Canción de Navidad recibió, cuando se publicó en diciembre de 1843, una acogida unánime. Para la Nochebuena de ese año se agotaron los seis mil ejemplares y al año siguiente tuvo once ediciones.  Es, de las de Dickens, una obra adaptada a todo: al cine, al teatro, los musicales, la televisión, los comics. En distintas partes, el relato se lee en voz alta cada diciembre y es un clásico de la literatura navideña. Es una obra con más aspectos profanos, laicos, que religiosos. Un canto al humanismo y a la celebración de la existencia.

 

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Una imagen del señor Scrooge, el avaro protagonista de Canción de navidad.

 

Los adioses o el fracaso de vivir

(Reflexión sobre una de las más perturbadoras novelas de Juan Carlos Onetti)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

En una ya clásica entrevista que The Paris Review la hizo a William Faulkner en 1956, la periodista Jean Stein le indaga acerca del descontento de los lectores de sus novelas, que no las entienden y las deben leer dos y hasta tres veces y sobre qué les sugiere para el efecto. “Que las lean cuatro veces”, contestó el autor de El sonido y la furia, cuyas obras influyeron en un buen número de escritores de América Latina, entre ellos Juan Carlos Onetti, el inventor del pueblo de Santa María y un autor que, tanto en sus cuentos como en sus novelas, requiere para enfrentarlos lo que Cortázar denominaría después el “lector macho”.

 

Onetti, nacido en Montevideo en 1909, que fungió como periodista de la agencia de noticias Reuter y fue jefe de redacción de revistas como Marcha y Vea y Lea, empleó en sus ficciones un modo particular de la ambigüedad y los símbolos, además de una táctica literaria de no hacer concesiones al lector y de ponerlo en alerta frente a sus temas y desarrollos, manifiesta con solvencia una de esas obsesiones en su noveleta Los adioses, publicada en 1954 por la editorial Sur, de Buenos Aires.

 

El siglo XX, que atropelló la razón, que desactivó al sujeto y lo tornó masa, o carne de cañón, o una tuerca o arandela en un amplio mecanismo de producción y alienaciones varias, creó una literatura, o, mejor dicho, literaturas, en plural, en las que hay además de una desesperación frente a la existencia, un individuo en añicos, anónimo muchas veces, sin esperas dialécticas (distinto a la inútil esperanza), ni salvaciones frente a un destino trágico.

 

Ese sujeto que se desintegra, como puede ser Gregorio Samsa en La metamorfosis, o que casi es un ser sin nombre, apenas un código, un número, una letra, como podría pasar en El proceso, aparece en el siglo XX en novelas y cuentos de distintas geografías, como un testimonio de un mundo en el que la razón no es más que una historia de infamias y de mecanismos premeditados de la destrucción humana. Esta referida centuria, tal vez la más sangrienta de la historia, motivó reflexiones y estéticas, y en ese ámbito, Onetti, un pesimista, fumador y tomador de whisky, se empleó a fondo para dar cuenta de una condición del hombre que ya ni siquiera puede comunicarse, o al cual, quizá, le queda el chisme de parque o de tienda, para no morir de tedio.

 

En Los adioses, en los que sin muchos disimulos se advierte el influjo portentoso de Faulkner sobre el montevideano, el mundo se cierra en un almacén o boliche, en un pueblo serrano casi fantasmagórico, en el que la enfermedad es una presencia ineludible. Tal vez, no tanto por su tono o estructura, pueda recordar a La montaña mágica, de Thomas Mann. Sin embargo, con esa enfermedad que en la nouvelle de Onetti no se menciona el nombre (aunque es obvia la tuberculosis, una enfermedad que hermana), se establece una relación entre el bolichero (narrador de la obra y extuberculoso), el enfermo objeto de distintas miradas curiosas por los que allí merodean o viven, como mucamas y enfermeros, y una presencia de la incomunicación (solo adobada por el rumor y la chismografía) entre personajes y comparsas.

 

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Juan Carlos Onetti

 

El novelista pone a prueba al lector. Quizá no tanto su paciencia como su comprensión del mundo, de aquel universo que el narrador en primera persona le propone, pero que a veces tiene una omnisciencia por su capacidad para la invención y el acomodamiento de la realidad a sus concepciones o prejuicios. El lector va a estar atado a ese narrador. No tiene más perspectivas. Ni más posibilidades. Lo toma o lo deja. Y si se engancha, se irá dando cuenta, por ejemplo, de la manera de la disgregación o fragmentación del que es el objeto de todas las miradas y preguntas en un pueblo sin paisajes.

 

El “lector macho”, el que no está solo por la diversión o el recreo, tiene que participar, ser cuestionador, crítico, casi que protagonista de lo que se narra. En Los adioses, una historia que además combina la narración con el género epistolar (este de forma indirecta y aun con violación de correspondencia), hay una progresión de lo ambiguo, de lo apenas insinuado, de las cosas que puede tener varias significaciones. Y, como en otras obras de Onetti, el fracaso se constituye en un eje de la ficción, del mundo interior de una comunidad en la que se siente una especie de desazón permanente.

 

 

Los adioses, dedicada a Idea Vilariño, poeta con la que el escritor siempre tuvo una turbulenta relación de amor-odio, comienza con una imagen que seguro el lector la entenderá muchas páginas después: “Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por su actuación desinteresada”. Y desde ahí, el almacenero inicia su historia, con su punto de vista subjetivo, con sus apreciaciones y contaminaciones, con su manera de sentir a los otros, de verlos en su decadencia sin devoluciones.

 

En esta obra, como en otras, se expresa en lo formal, aquella muy propia manera onettiana de poner dos adjetivos seguidos, como, por ejemplo, una “dulce y vieja tenacidad”, “apenas tibio, empecinado”, “sus cortas, exactas sonrisas” … Y de dar claves, amarres, sugestiones. El narrador va configurando en aquel pueblo de sierra, las partes de una tragedia, de un desmoronamiento, así como la posible visión de relaciones incestuosas del hombre enfermo que se volvió un objetivo de los otros para imaginar por qué diablos tiene dos mujeres, una mayor y otra joven.

 

El exbasquetbolista enfermo, el que llegó hasta aquel sanatorio con hoteles, fiestas decembrinas, rumores, es una representación no solo del fracaso sino de la inutilidad de la existencia. Y de su brevedad. Es una obra con valijas, cervezas, telegramas, cartas, mensajes cifrados, alusiones al tiempo dorado del éxito y luego a su posterior descenso en picada hacia la muerte. Y en la que se puede escuchar una canción francesa, La Vie en Rose (Quand il me prend dans ses bras / Il me parle tout bas / Je vois la vie en rose…). Suena como una suerte de ironía. La vida, y menos en los momentos de despedidas definitivas, no es color de rosa.

 

En todo caso, el narrador, el bolichero o tendero, nos va conduciendo a su modo, a su amaño, a su arbitrio (y aun a su arbitrariedad, a sus envidias y malestares) y nos mete en una prisión en la que la fuga es imposible, y nos ata a sus formas de ver el mundo, el pequeño e intenso mundo de los adioses y los llantos contenidos. “Todos los mediodías el hombre recogía sus cartas, tomaba una botella de cerveza y salía al camino, insinuando un saludo, metiéndose sin apuros en el insoportable calor, atrayéndome un segundo con la ruina incesante de sus hombros…”.

 

“Él ya no era un hombre sino una abstracción”.

Los adioses

 

 

El innombrado narrador, el innombrado hombre de deportes que salía en periódicos y revistas como El Gráfico, la atmósfera gris y anunciadora de una caída sin solución, todo en esta compacta novela en la que se nota la tremenda capacidad literaria de Onetti, nos conduce a una oscuridad que duele. Quizá el autor sabía que algunos lectores lo insultarían por esta forma de jugar con ellos, de manipularlos, de exigirles, de ponerlos a prueba. Sí, hay una alta dosis de exigencia en enfrentar (sí, como en un combate) el texto, sus multiplicidades, su riqueza conceptual, los simbolismos. Y la capacidad de dejar subyaciendo, como en un iceberg, una gran parte de información que es invisible.

 

En un breve estudio titulado El lector como protagonista de la novela, que está como un anexo en la edición de Club Bruguera, 1981, el crítico Wolfgang Luchting, dice que a “Onetti todo el mundo le teme. Al menos ésta es la impresión que me causa la lectura del magro número de estudios, reseñas e intentos de análisis de sus obras. Yo, lo admito, también tengo cierto miedo a “meterme con Onetti”; es tan complicado, tan hermético…”. Sí, claro. Leerlo es un reto. Una disposición a pelear con las palabras (siempre sin rebuscamientos, meditadas, estudiadas), con lo que insinúan o bosquejan.

 

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De cualquier manera, la ambigüedad, como recurso, como un puente colgante entre los abismos o la arena movediza y la tierra firme, es un reto para el lector, que deberá imaginar, discutir, volver a empezar la lectura, dar algún rodeo, para al final poder dar la “vuelta de tuerca”. Con Onetti se aprende de las ondulaciones de la condición humana, de sus debilidades, del fracaso y de las culpas. En la “imparcial noche” onettiana, las palabras son el camino más seguro para llegar a la oscuridad de lo irremediable.

 

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Onetti, uno escritor muy querido por escritores.

La amistad y la fuerza bruta bien noveladas

(Un recorrido por De ratones y hombres, de John Steinbeck)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Ser filocomunista, o, con un poco más de distancia ideológica, simpatizante comunista, o, en todo caso, alguien que respalda las luchas sociales, es, en Estados Unidos, un signo inequívoco de pertenecer al odio. No es bien visto —o al menos en otros días así era— quien se preocupe por las lizas de los trabajadores o de los olvidados de la fortuna. Así le sucederá a John Steinbeck, Nobel de Literatura en 1962, por haber incluido en varios de sus libros de ficción los pesares y desventuras de los cosecheros, de los braceros, de aquellos desamparados que eran víctimas del voraz mercado capitalista y de los bancos. En su máxima creación, bueno, esta afirmación puede ser discutible, Las uvas de la ira, basada en las peripecias de los okies que en la Gran Depresión de fines de los veinte y comienzos de los treinta se van a California en busca de alguna esperanza de sobrevivencia, Steinbeck cuestiona al establecimiento y en cierto modo, sin sutilezas, asume cariños por los derrotados y por las gestas sociales de los desvalidos.

 

Steinbeck, nacido en 1902, en Monterrey, California, es un escritor que en sus temáticas asume desde las historias de piratas, la ocupación alemana en algún país nórdico, la guerra, los amores contrariados como puede darse en Al este del Edén y otros ámbitos en los que están los trabajadores de conserverías y los desilusionados ante malas cosechas. En su extenso repertorio de ficciones, que incluye un único libro de cuentos (El valle largo, con joyas como Los crisantemos y La serpiente), el autor de La perla, volverá por sus fueros de mostrar las pobrezas y aspiraciones de trabajadores de ranchos, trashumantes, que en los tiempos del Crack económico, se desplazan en búsqueda de empleo. Y así concibe una de sus más intensas y bien logradas novelas: De ratones y hombres, también traducida como La fuerza bruta, de 1937.

 

La breve novela, que también goza de adaptaciones teatrales y cinematográficas, es un canto muy afinado a la amistad, la solidaridad y los afectos entre dos hombres: uno con un severo retraso mental, Lennie Small (que por lo demás es un gigantón) y George Milton, inteligente, pero sin casi ninguna ilustración. Ambos, que parecen inseparables, se mantendrán hasta el fin en medio de peripecias, sueños, frustraciones y una relación incondicional de protección mutua, aunque, por supuesto, el que lleva la batuta del rumbo de las cosas es George.

 

Como casi todas las obras del autor, ésta también tiene un inicio geográfico, con descripciones del valle de Salinas, con sauces y sicomoros que tendrán relevancia en la novela, con hojarascas que crujen ante las pisadas de las lagartijas y conejos que se asoman por entre los matorrales. Y de pronto, en el atardecer, aparecen las siluetas de dos hombres, uno tras del otro, y aquí el narrador los irá describiendo de una manera tan precisa y necesaria, que solo con unas pinceladas y sugerencias el lector puede saber algo o mucho del carácter de cada uno.

 

Y casi de inmediato, tras una cinematográfica toma del paisaje, comienzan los diálogos, recurso clave en toda la novela y que el autor maneja con sapiencia y exactitud, sin barroquismos, sin excesos. La medida correcta y necesaria para dar cuenta de situaciones, modos de hablar, aspiraciones y maneras de actuar de los protagonistas. Los ratones, aunque aún más los conejos, son suertes de símbolos sobre la vida y la muerte en las manos y en los sueños de Lennie. La novela, de urdimbre perfecta, va tejiendo diversos nudos y amarres que un lector atento verá desde el principio, sin saber hacia dónde conducen, en qué otro río desembocará la impetuosa corriente de acontecimientos que rodean a los dos hombres o que ellos mismos generan.

 

Hay un hondo conocimiento de la espacialidad, de los movimientos de los personajes, del rancho y sus labores. En la medida que se avanza en la lectura, la novela crece en belleza y sentimentalidad. “Vamos a tener conejos de muchos colores”, le dice el grandullón a su protector George. Hay, en medio de los trabajos, de la organización de rudeza de los mismos en la granja dedicada a la siembra de cebada, una presencia perturbadora, la de una mujer que es la esposa del hijo del dueño, llamado Curley. Y que se torna en un elemento de quiebre de la obra, una aparición que disocia la aparente calma de los hombres del lugar.

 

Si bien sobre el tontarrón forzudo se ciernen sospechas, miradas extrañas, comportamientos que parecen raros sobre todo al patrón, es George el que está atento a no dejar que se desvele entre los trabajadores el problema mental de su amigo. Curley es un provocador, un sujeto engreído que busca camorra y que gusta de la pelea. Y en ese sentido, está siempre en actitud de molestar a Lennie, cuya presencia desbordante en lo físico no arredra al hijo del dueño del rancho.

 

Museo de Steinbeck, en Salinas, California.

 

En medio de aquel lugar de trabajos de fuerza, en la que una mujer de vestido rojo es una frecuente tentación, hay un personaje extraordinario, Slim el mulero, un canchero, el líder de la ranchería, dotado de sapiencia y de los dones de la serenidad. Y, en medio de los trabajadores, está el viejo Candy que es dueño de un perro viejo y es cuando va a aparecer una pistola Luger, todo como parte del montaje que, con habilidad de orfebre, va disponiendo el narrador. No hay nada gratuito en esta obra de enormes intensidades y tensiones que pueden conducir al lector a un nerviosismo permanente.

 

Todo lo que en esta novela aparece tendrá un uso, un destino, una función, como suele pasar en el teatro y sus escenografías, con sus utilerías nada gratuitas. El drama va in crescendo, aumenta con dosis calculadas de suspenso, con la muerte siempre al acecho. Un torrente de tristezas se va conformando en la medida en que avanzan los hechos, en que las situaciones se conjugan para conducir a un desenlace de dolores y desprendimientos indetenibles. La fuerza de los sucesos, que están hilada con sutileza, será incontenible, como un volcán en erupción.

 

En medio de las diversas conexiones entre los personajes, el narrador muestra con detalles precisos las condiciones de trabajo en el rancho, las maneras de salirse de la rutina con algunos juegos y reuniones, pero, ante todo, la explotación de la mano de obra, con largas jornadas. Y, en medio de estas circunstancias, se va dibujando la fuerza desaforada de Lennie, un tipo que, pese a sus limitaciones de pensamiento, manifiesta una ternura inusitada.

 

La novela está llena de tristuras, de sueños truncos, de derrotas. Hay una conexión existencial, vital, o, de otra forma, mortal, entre un perro viejo y el destino final de Lennie. Y, por otra parte, una adecuada medida de la acción y la reacción, de las causas y sus efectos. Y, como telón de fondo, se despliega, con un personaje negro, el racismo y la segregación. En el caso de la mujer (de uñas pintadas de rojo y “cabello peinado en bucles como salchichas”), como una especie de mítica Lilith, una causadora de perdiciones, como si fuera el diablo de Tolstoi, es imprescindible en la confección de la tragedia.

 

Porque, ante todo, De ratones y hombres es una evocación, o una reconstrucción contemporánea, bueno, de los años treinta del siglo XX, de las antiguas tragedias griegas. Hay un destino ineludible. Una imposibilidad para huir de lo ya trazado por los dioses de la desesperación y la desesperanza. Es una novela sobre el derrumbamiento de un sueño. Qué capacidad la de Steinbeck para incorporar en siete capítulos una historia compleja de desolación, fraternidad y muerte.

 

Alguien, no sé quién, dijo alguna vez que esta novela es sobre aquella gente que sobra, que está al margen, destinada a llevar sobre sus hombros la desgracia. Es posible. A la vez, es una novela plena de humanidad, de dolorosas separaciones, de fuerza bruta que se puede deshacer en lágrimas furtivas o en la carencia elemental de una salsa de tomate.

 

Hay en ella una reflexión sobre la fuerza bruta; el manejo apropiado o desproporcionado de la misma; acerca de su uso que, en muchas veces, puede ser mortal. Lennie es aquel personaje dotado de desmedida fuerza, pero sin inteligencia. Es, con su estatura y su apariencia desvalida, con su ternura inconsciente, un personaje inolvidable y doloroso. Es, con palabras de su amigo George, como un niño, “solo que es demasiado fuerte”. Y esa fortaleza desaforada es la que mueve los mecanismos de relojería de la novela.

 

Steinbeck, un tipo odiado por muchos y admirado por miles en su patria, el mismo que en sus últimos tiempos decidió viajar por su país acompañado de su perro Charley, detestó a los críticos, los cuales, entre otras cosas, manifestaron siempre su desprecio por este escritor. Sin embargo, en vida alcanzó las simpatías y afectos de los trabajadores, a los que incluyó en numerosas novelas y algunos de sus cuentos. Uno de sus cuestionadores más acérrimos ha sido el gran gurú de la crítica en los Estados Unidos, Harold Bloom, autor de El canon occidental. “Es triste, pero Steinbeck no consiguió sacarse de la cabeza la música de Ernest Hemingway; uno no puede leer tres párrafos de Steinbeck sin pensar en un Hemingway mal escrito”, dictaminó Bloom.

 

A Bloom, en todo caso, lo contradicen decenas de miles de lectores, de jóvenes y viejos que hoy en distintas geografías se introducen en las atmósferas y mundos tremendos de un escritor que retrató con creces y con autoridad literaria los días más inhóspitos y tristes de muchos trabajadores de su país, en particular de aquellos que soportaron en sus hombros la crisis del capitalismo. De ratones y hombres puede ser una de las obras más sentidas y apoteósicas sobre la amistad. Esa misma que, pese a las circunstancias adversas, no terminará con el sonido de un disparo.

 

Casa victoriana donde vivió el escritor John Steinbeck, en Salinas, ahora convertida en un restaurante. Foto Reinaldo Spitaletta

El ojo justiciero de Rodolfo Walsh

(Análisis de un cuento con boxeo, mesías y un celador místico)

 

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Viñeta de Rodolfo Walsh, escritor y periodista argentino.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Rodolfo Walsh, un argentino de origen irlandés, se constituyó en América Latina y el mundo en un pionero del que, en los sesenta, el estadounidense Tom Wolfe llamaría el “Nuevo Periodismo”, una aplicación de técnicas literarias al reportaje. En 1957, el escritor y periodista, además de militante de izquierda, publicó su Operación Masacre, una investigación sobre el asesinato de prisioneros tras un levantamiento de estado en Argentina.

 

Los fusilamientos clandestinos del 9 de junio de 1956 de la dictadura cívico-militar llamada Revolución Libertadora, después le permitieron al reportero una honda inmersión en los hechos y con su libro se adelantó, por ejemplo, en nueve años al de A sangre fría, de Truman Capote, llamado con mucho bombo novela real o de no ficción. La investigación de aquellos sucesos comenzó cuando un hombre se acercó en un bar a Walsh y le dijo: “Hay un fusilado que vive”.

 

Walsh, escritor de relatos policíacos, reportero que tenía en el periodismo otro modo de la militancia y de la denuncia, estuvo siempre del lado de los atropellados, de los ofendidos por los gobiernos opresores, de los humillados por el poder. Lo demostró con creces en varios de sus trabajos periodísticos, pero, de igual modo, en la literatura, sin caer en lo panfletario ni en la consigna. El cuento Un oscuro día de justicia, de su serie breve sobre irlandeses, podría ser una comprobación del aserto.

 

Después de Operación masacre, y dentro de esa misma concepción de periodismo que echa mano a las armas de la literatura para narrar lo real, lo verídico, Walsh publicó los reportajes El caso Satanowsky (1958) y ¿Quién mató a Rosendo? (1969). En marzo 24 de 1977, cuando se cumplió el primer aniversario de la dictadura militar de Jorge Videla y compañía, Walsh dirigió una carta abierta a la junta del gobierno de facto, con un resumen de las tropelías cometidas por los militares en un año y acerca de cuánta gente habían desaparecido. La epístola acusatoria la repartió él mismo. García Márquez, tiempo después, advirtió que esa carta “quedará como una obra maestra del periodismo universal”.

 

Un día después de su puesta en circulación, su autor fue desaparecido. La carta denunciaba, entre tantas arbitrariedades de la junta militar, los hasta ese momento “quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados”, como la “cifra desnuda de ese terror” implantado por Videla y su séquito de represores. Así terminó la trayectoria vital de un militante, un periodista y un escritor. Su obra sigue perturbando a los lectores y anunciando la creación de un futuro de justicia y equidad.

 

En la serie de los cuentos de Irlanda, del que hace parte, además, Irlandeses detrás de un gato y Los oficios terrestres, se muestran situaciones en un colegio de internado, desalmado y brutal. Un oscuro día de justicia, joya del género, es un cuento sobre las relaciones de poder, la infancia, el internado como otra manera del panóptico, del control y la vigilancia, y, claro, sobre una injusticia que no puede redimirse al final de cuentas. Es una gran metáfora acerca de la dominación y de los usos religiosos para la implantación de una categoría que no falta quién o quiénes consideren como una aberración: la obediencia.

 

Un oscuro día de justicia se terminó de escribir en noviembre de 1967 y tiene, como trasfondo, la experiencia personal del autor en colegios, posiblemente extraídas de sus estudios en los internados Capilla del Señor, de monjas irlandesas, y del Instituto Fahy de Moreno, de curas irlandeses. “Lo autobiográfico es nada más que un punto de partida, una anécdota y a veces ni siquiera una anécdota entera sino media anécdota”, le dijo Walsh a Ricardo Piglia, en una entrevista de 1973.

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Este cuento también tiene como telón de fondo, y si se quiere como parte del escenario, el boxeo, en un país como Argentina que ha tenido, o más bien tuvo, en dicho deporte glorias del mismo, aunque algunos de esos iconos, como Justo Suárez (referenciado en el relato) y el Mono Gatica, no obtuvieron jamás el fajín de campeones mundiales. El cuento, también un simbolismo acerca del concepto de pueblo, tiene un personaje que ha enloquecido por la religión, se cree un iluminado y es, además, el celador del internado, el que tiene a su cargo la nocturnidad de los estudiantes, en este caso, 130 pupilos del establecimiento. El cerebro de Gielty, que así se llama, “fulguraba noche y día como un soplete, pero lo que hizo de él un loco no fue el resultado de esa actividad sino el hecho de que iba consumiéndose en fogonazos de visión”, dice el narrador.

 

Y tiene una víctima de la suerte de maldad del celador y de la utilización que la del Gato, un muchacho mayor que el pequeño Collins, hace Gielty. Sí, un manejo excepcional del contrapunto realiza Walsh en su cuento, de difícil lectura y honda manifestación de los laberintos del poder: de un lado, el celador aturdido por lecturas religiosas y, del otro, al presentido héroe, a otra suerte de salvador del “pueblo”, Malcolm, el tío de Collins, que encarna la posibilidad de terminar en un ring con el reino de un sujeto enajenado, capaz de rezar de rodillas toda una noche y tener influjos místicos.

 

Decía que, para el lector, no es fácil enfrentarse al texto, por la estructura que otorga a la temporalidad varios factores que pueden impacientarlo. El cuento comienza con una afirmación categórica y general, con un tono bíblico: “Cuando llegó ese oscuro día de justicia, el pueblo entero despertó sin ser llamado”. Y, al principiar por el fin, la narración dice de hechos y situaciones que ya sucedieron, como pasa con la caracterización del celador: “Y ahora rezaba sintiendo venir a Malcolm como lo había sentido venir a través de la bruma de los días de las semanas…”. Y, claro, el lector, en apenas dos párrafos todavía no sabe quién diablos es Malcolm.

 

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Si, como se sabe, es una historia que transcurre en un colegio religioso, y que, por lo mismo, tendrá aspectos de disciplina conventual y vigilancia en exceso, también entre los educandos hay sectores que promueven la vida licenciosa y poco academicista. El celador se va irguiendo en una figura inhiesta, mayestática, que puede causar temores y reservas, y que asume un poder que no tiene pero que él, por estar obnubilado con lecturas de religión, asume como si tuviese muchas potestades.

La ceremonia que él llama el Ejercicio (todo lo contrario a ejercicios espirituales loyolanos o jesuíticos) es un demostración de su mando, de su desdoblamiento nocturno, de tomar más allá de supervisiones y ojeadas a los pupilos, un poder ministerial. Y es aquí cuando aparece el boxeo, pero sin las normas deportivas, sin el uso de guantes, como una destreza que sirve para azotar y mostrar capacidades sobre el más débil. Sí, lo que podría ser una festividad fuera de programa de los muchachos del internado, Gielty la impulsa para que se sepa de su autoridad desbordada.

 

En el internado, los pelados, o algunos de ellos, como el Gato, fuman y se hacen notar en asuntos non-sanctos. Y hay distribución de fuerzas, dominios, matoneos. Y esto lo sabe Gielty, quien utilizará al muchacho de “largos ojos”, relampagueantes de amarillo, para llevar a cabo su Ejercicio. Un chiquillo como Collins se tendrá que enfrentar a uno más cuajado y canchero como el Gato, en un ring formado por las almohadas de los dormitorios. El celador está a cargo de doce internos, los más pequeños del colegio. Y, de antemano, se sabe que Collins será un perdedor frente a los golpes de su rival. Y es en este punto donde comienza a crecer la tensión del relato, cuando se le envía al tío Malcolm una comunicación clandestina para que sea él el justiciero, el que venga a salvar a su sobrino, pero, a la vez, a todos los pupilos de las actitudes opresivas de Gielty. El muchacho que ya ha sufrido golpizas, guarda en un relicario el papelito en que Malcolm anuncia su arribo, en apariencia triunfal.

 

Gielty, que siempre cargaba dos libros (¿La biblia? ¿uno de Darwin?), les ha dicho a sus “protegidos”, también como una manera de justificar el espectáculo sangriento por él armado, que “deben aprender a pelear y abrirse camino en la vida”. El relato está montado sobre la idea de crueldad, aunque, también, en los lomos de un ejercicio de poder y cómo librarse de él. Narrado con solvencia, bien hilvanado, con acierto en los elementos, algunos propios de la cultura irlandesa, Un oscuro día de justicia es una conjunción de peripecias de infancia y adolescencia, controladas por la autoridad colegial, y que tiene, desde afuera, una expectativa, una posible confrontación liberadora, que se materializa en la figura de Malcolm, boxeador y mesías.

 

Todos los muchachos aspiran a que el recién llegado, el hombre que viene de más allá de los muros del colegio, va a ser el triunfador que “trompeará al celador Gielty hasta la muerte”. Lo tienen como una certeza. De más allá vendrá, como una luz vengadora, el que va a poner en cintura al odioso celador de estudiantes. ¿Qué pasará? ¿Cómo sucederán las acciones? ¿Cuánto durará el pugilato?

 

Walsh introdujo en su cuento, como parte de su bagaje político teórico, como conceptos sobre significados de pueblo, una suerte de redención que viene de afuera, que es llamada y no construida por los que sufren una abyección, una arbitrariedad. Y ahí está la parte crítica. El pueblo debe crear sus propios mecanismos de defensa, su propia manera de enfrentar las fuerzas que lo esclavizan o lo mantienen en condición de rebaño. Puede ser una crítica a la concepción de los héroes, también al “foquismo”, tan en boga entonces por la presencia y acción del Che Guevara. Como sea, es un relato de orfebrería, de tejido literario admirable e inteligente concepción…

Cuentos de un soñador

En su conversación con Piglia, publicada en el diario Página/12, Walsh recordó, en cuanto a formas estilísticas y posibles influencias que, más que de Joyce y su Retrato del artista adolescente (que también transcurre en internados, esos sí de jesuitas), tuvo más que ver Lord Dunsany y su libro Cuentos de un soñador.

 

Gielty que en el cuento aparece como una promesa de la teología o de la ciencia, era un destacado en las lecturas espirituales que se hacían los fines de semana en la institución. Y en una de sus exposiciones, les habló a los adormilados muchachos de Las partes del ojo, con conocimientos sobre el comportamiento de la luz y “los variados artificios que permiten percibirla”. Les platicó de seres de las profundidades marinas, de las retinas, del ojo pineal de la lamprea “y el profético ojo del nautilo”, en una mezcla entre diseños divinos y evolución.

 

La aparición del ojo y sus partes puede tener múltiples interpretaciones. Como la del ojo divino, que todo lo ve; el ojo centinela, el que está atento a los movimientos mínimos sospechosos; el ojo como un descubridor de la luz, incluso la interior. Tal vez puede ser que, dentro de sus concepciones alucinadas, Gielty crea que en rigor él es un ojo todopoderoso, un guardián (aunque poco angelical), un ojo vengador y cruel. O peligroso, como el de la medusa mítica.

 

Un oscuro día de justicia es un cuento que simboliza el poder a escala. Da señales de la maestría del autor en la disposición espacial de personajes y situaciones, y, en particular, con un lenguaje que seduce al lector, aunque tenga que aguardar al principio la tensión que no tarda mucho. Walsh, con esta metáfora política, dejó una constancia de talento y de crítica a la opresión. La literatura fue una de sus grandes pasiones; las otras dos, el periodismo de denuncia y la resistencia. Fue un gran desobediente.

 

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Un relato de Walsh sobre un internado de estudiantes irlandeses

 

 

 

 

Mayo del 68, la juventud en la historia

(A 50 años de una gesta imaginativa que visibilizó a los jóvenes del mundo)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El mayo francés fue la coronación apoteósica del surgimiento de la juventud, en la década de las agitaciones sociales y la revolución sexual, como protagonista de la historia. Los sesentas, con sus hippies y la marihuana, con su rock y los iconos revolucionarios como el Che y Mao, reventaron viejos paradigmas y propusieron una manera distinta de ver el mundo, de intentar transformarlo en sus estructuras y relaciones. Y aquella consigna de principios del siglo XX, en la agónica Rusia zarista en trance de ser sol rojo, Todo el poder a los soviets, el 68 la trocó por “la imaginación al poder”.

 

Los sesentas parieron una nueva cultura juvenil, en medio de las tensiones de la Guerra Fría, la carrera espacial, la confrontación ideológica entre socialismo y capitalismo y las gestas de liberación nacional de países de África, América Latina y Asia. Nuevos sonidos, el arte pop, la minifalda, la píldora anticonceptiva y las ganas de liberar el cuerpo de ataduras morales, marcaron el carácter de millones de jóvenes, que, a su vez, en medio de las guitarras eléctricas y el ácido lisérgico, también se politizaron, en particular con las protestas que nacieron por la invasión estadounidense a Vietnam.

 

Los jóvenes, inmersos en un frenesí de nuevos discursos, se erigieron en iconoclastas, en seres que, a diferencia del joven romántico decimonónico, no les interesaba tener una muerte heroica, sino vivir para decir que el mundo era suyo. “No vamos a pedir nada. Tomaremos. Ocuparemos”. No estaban hechos para que les prescribieran prohibiciones, ni para pasar inadvertidos o ser parte de la grey. Querían ser ovejas negras. Y el mundo de entonces se prestaba para la creación de una contracultura. Sexo y drogas, pero, a su vez, manifestaciones de descontento social, fueron una especie de hermandad de motivos entre los muchachos que se visibilizaban mediante el ejercicio de la rebeldía.

 

Los sesentas eran un coctel de marxismo, anarquismo y existencialismo, mezclado con el surgimiento del nuevo feminismo y de la reivindicación de los homosexuales (en Inglaterra, por ejemplo, se despenalizó la homosexualidad en 1967). Se juntaron, además, las protestas contra la segregación racial y el interés por la individualidad, por no ser masa consumidora. Y así, ser joven era ya una conquista, una evidencia de la validez de las utopías y los sueños de transformación del orbe.

 

Los jóvenes, a diferencia de generaciones anteriores, estaban inmersos en la politización. Su interés, además de conmocionarse con las nuevas armonías y ritmos, se extendía hasta lo que acaecía en China con la revolución cultural o en Europa Oriental y la URSS con el llamado “socialismo real”. Y, sobre todo, la brutalidad con que Washington sacudía a un país del sudeste asiático, los exacerbó y enfureció, que, aun dentro de los Estados Unidos, las juventudes marcharon con intrepidez para condenar la invasión a Vietnam.

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La indignación universal por el atropello a un país arrocero, pacífico y que ya tenía experiencias de batallas anticolonialistas en su historia, se apoderó de las juventudes. La resistencia vietnamita tenía en jaque al mayor imperio del mundo. Y el líder de ese país, el poeta Ho Chi Minh, se erigirá como otro de los símbolos contestatario de los estudiantes, en particular los universitarios, que van a tener en América Latina una cantora para sus faenas libertarias: la chilena Violeta Parra (se suicidó en 1967) con su “Que vivan los estudiantes, jardín de nuestra alegría, son aves que no se asustan de animal ni policía”.

 

Los bombardeos, la aspersión del agente naranja (guerra química) para deforestar la selva vietnamita, los ataques con napalm y la masacre de civiles en diversos poblados, en particular la de la aldea de My Lai (aunque esta atrocidad se supo después, en 1969, por la investigación periodística de Seymour Hersh), condujeron a jóvenes del mundo a despertar su solidaridad con Vietnam. A principios de 1968, los Viet Cong lanzaron una contraofensiva y en Saigón se apoderaron de la embajada estadounidense e izaron la bandera nacional en el techo. Los muchachos de todas partes celebraron la hazaña.

 

Mientras en Estados Unidos los de los guetos negros sacudían al sistema segregacionista y surgía el Black Power, en la Universidad de Nanterre, en Francia, las manifestaciones estudiantiles, dirigidas por dos Danieles: el Rojo (Cohn-Bendit) y Bensaïd, eran como un vaticinio de lo que vendría como desafío al gobierno de Charles De Gaulle, presidente de la Quinta República. El Movimiento 22 de marzo estalló y fue la chispa que encendió la pradera francesa. Los universitarios pidieron, primero, reformas en distintos aspectos (el de las residencias estudiantiles, por ejemplo) y luego corearon la necesidad de una revolución social.

 

El 22 de marzo, más de un centenar de estudiantes se tomaron la torre central de la Universidad de Nanterre, suscribieron un manifiesto con reivindicaciones políticas y estudiantiles, en una mezcla de tendencias que acogía comunistas, anarquistas, libertarios, “indignados” y otras especies. El 3 de mayo, las autoridades universitarias cerraron Nanterre y el movimiento se extendió entonces a La Sorbona. El 7 de mayo, miles de universitarios desfilaron por el Arco del Triunfo, coreando el himno La Internacional: “arriba los pobres del mundo / de pie los esclavos sin pan…”. Se desadoquinaron las calles parisinas (“bajo los adoquines, la playa”, decía un grafiti) y el 10 de mayo las barricadas se levantaron en el Barrio Latino. Ardía París con la energía revolucionaria de los jóvenes.

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Pero la marejada de protesta no solo se agitaba en Francia. Casi toda Europa, con mayor o menor intensidad, vivió el maremágnum universitario. En Checoslovaquia, a partir de enero del 68, se produjeron cambios en la política y líderes comunistas, que habían sido héroes antifascistas en la Segunda Guerra, proclamaron —a pesar de Moscú— un “socialismo con rostro humano”. Las tropas del Pacto de Varsovia, dirigidas por el Kremlin, aplastaron las flores primaverales de Praga. Este acontecimiento revivió los debates en torno a la URSS y sus desviaciones capitalistas.

 

En Francia, donde crecía la tempestad de los alzamientos estudiantiles, con la nueva categoría social llamada juventud, el espacio se llenaba de consignas, algunas surrealistas, otras absurdas, que convocaban a veces a la felicidad permanente o a la conformación de barricadas (“La barricada cierra la calle, pero abre el camino”), una construcción táctica del enfrentamiento, que ya tenía historia en París, desde principios del siglo XIX, como bien se narra en la novela Los miserables, de Víctor Hugo. El mayo francés congregaba a la muchedumbre juvenil, aquella que advertía que los exámenes había que contestarlos con preguntas.

 

Si bien, en la intelectualidad ya fulguraban, entre otros, Foucault, que antes había proclamado la “muerte del hombre”; y los estructuralistas, como Althusser, y otros (Lukács, Derrida, Glucksmann…), el campeón de la muchachada francesa sería Jean Paul Sartre, que marchó junto con ella, que agitó las manifestaciones, que se tornó una especie de héroe de los jóvenes, con sus simpatías maoístas y su trayectoria de ciudadano contestatario. El filósofo de la libertad, además un extraordinario manejador de lo mediático, se erigiría en símbolo de los alzamientos.

 

El mayo francés, que repercutirá en casi todo el globo, no parecía proponerse la toma del poder político. La huelga general, declarada por los trabajadores (más de 10 millones), en los que los de la Renault cumplieron un rol de enorme importancia, tuvo otras expresiones en los estudiantes, más interesados en aspectos de la cultura que en una revolución anticapitalista. Y si bien entre sus “ídolos” estaban Lenin, Mao, el Che Guevara (asesinado un año antes en Bolivia), Trotski y otros, sus consignas ni siquiera tocaban con los objetivos de una transformación política radical. No contemplaban un cambio en las relaciones de dominación del capitalismo

 

A sensu contrario, había en el estudiantado una suerte de posición sibarita, de hedonismo masivo, adobado con creatividad y espíritu libertario, que les hizo ganar simpatías por doquier. Contagiaban con su energía y vitalidad. Con sus pedidos de lo imposible. Y, como bien lo señaló Ignacio Ramonet, no se proponían, a lo Marx, la transformación del mundo, sino, a lo Rimbaud, “cambiar la vida”.

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Otros de sus faros en las jornadas francesas, en las que participaron más de seiscientos mil estudiantes, eran Herbert Marcuse, con El hombre unidimensional, pero también el desertor de las teorías psicoanalíticas freudianas Wilhelm Reich, un precursor de la revolución sexual y del amor a la libertad individual. Y, como ya se anotó, la estrella del 68 fue Sartre, que habló con los obreros, que repartió octavillas y periódicos y siempre estuvo en primera fila comandando las demostraciones, en las que se puso en vilo la brutalidad policial y represiva del Estado.

 

El mayo francés también reivindicó, y puso en la pared, con una consciencia de estar construyendo memoria, el grafiti, que hizo gritar a los muros con célebres frases que, como suele pasar con las iniciales irreverencias, después se vuelven palabras de camiseta. “Sean realistas: ¡Pidan lo imposible!”. “Prohibido prohibir”, “Desabrochen el cerebro tan a menudo como la bragueta”. Fue una ebullición colectiva, con fondo de acordes roqueros, con confrontaciones entre Bakunin y Marx, entre miembros de la Nueva Ola francesa, como Truffaut y Godard, con reminiscencias de la Comuna de París y resonancias de la consigna del Che: “Crear uno, dos, tres, muchos Vietnam”.

 

Aquellas tormentas, con puestas en escenas de juventud, abarcaron buena parte del mundo. En América Latina hubo réplicas en Argentina, Uruguay, Chile, Bolivia, Perú, pero fue en México donde la mecha se prendió con mayor vigor y entonación política. Los estudiantes se tomaron las universidades con reclamaciones de cese a la opresión y finalización del sistema unipartidista, abiertamente antidemocrático. Las manifestaciones pulularon no solo en la capital sino en otras ciudades mexicanas. El ejército ocupó los claustros, por lo que, como lo satirizan algunos tratadistas, hizo que se convirtiera en el “más educado” del mundo. Ya estaban próximos los Juegos Olímpicos de México y el descontento estudiantil crecía. Las tropas iban atropellando a profesores y alumnos; encarcelando a unos y otros, y ya se veía venir la matanza.

 

La represión contra el estudiantado aumentó, debido a que, según las autoridades, las manifestaciones podrían interrumpir la inauguración de las justas olímpicas. El 18 de septiembre de 1968, día en que además murió el poeta español León Felipe, refugiado en México desde la guerra civil, la Universidad Nacional Autónoma de México fue ocupada por la bota militar. El presidente Díaz Ordaz aupó y convalidó el tratamiento arbitrario para intimidar al estudiantado.

 

El 2 de octubre, una enorme concentración popular se agolpó en la Plaza de las Tres Culturas o de Tlatelolco, a fin de escuchar a los líderes estudiantiles. El ejército, la Dirección Federal de Seguridad y el grupo parapolicial “Brigada Blanca” la emprendió a bala contra la multitud, tras las señales dadas por un helicóptero que lanzó bengalas verdes y rojas. El ataque oficial dejó cientos de muertos entre amas de casa, profesores, trabajadores y estudiantes (aunque las fuentes oficiales solo contabilizaron 28) y miles de detenidos.

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A pocos días de la inauguración de las olimpiadas, con decenas de periodistas extranjeros apostados en la capital, la censura oficial se impuso sobre los reporteros. La corresponsal de guerra Oriana Fallaci, que cubría los acontecimientos, fue herida en Tlatelolco. Calificó aquella matazón como una salvajada y también aprovechó para decirle a la prensa mexicana de entonces lo mediocre que era: “¡Qué malos son sus periódicos!, ¡qué timoratos!, ¡qué poca capacidad de indignación!”, afirmó.

 

Con la masacre de Tlatelolco, 1968 selló su colosal testimonio de levantamientos estudiantiles, de protestas masivas contra la guerra de Vietnam, de pensamientos filosóficos diversos, con cuestionamientos tanto al capitalismo como a la política revisionista de los soviéticos. El mundo supo de un novísimo protagonista en las calles, en la historia: los jóvenes. Fue un tiempo de reivindicaciones sociales, de cuestionamientos, de acción política. Un tiempo para darlo todo en un instante, en ese efímero avatar que es la juventud. Sin eternidad.

 

En el 68, como lo canta Joaquín Sabina, “Jean Paul Sartre y Dylan cantaban a dúo / Jugaban al corro Lenin y Rambo / Los relojes marcaban 40 de fiebre / Se hablaba de sexo en la empresa Renault…”. Y, a propósito de Sartre, el autor de La náusea se erigió como el más destacado intelectual en el mayo francés, capaz de defender el movimiento estudiantil, pero, a la vez, impulsar con sus planteamientos a que fuese la juventud obrera la que se tomara y manejara las fábricas.

 

A cincuenta años de aquella aventura estudiantil de la imaginación, los discursos y la acción; de haber abastecido a las utopías con nuevos combustibles, el mundo de hoy es otro, dominado por los mercados, el nuevo narcisismo, las transnacionales y el individualismo sin metas colectivas. Pero aquel tiempo demostró la importancia de la historia en la vida del hombre. Y puso en evidencia una categoría sociopolítica como actor clave en las luchas por la libertad y el pensamiento: la juventud. Que hoy, con nuevas perspectivas y sueños, puede seguir siendo la “primavera de los pueblos”.

 

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Manifestación en París. La encabeza el líder estudiantil Daniel Cohn-Bendit.