Helí Ramírez: “si no fuera poeta, me suicidaría”

(Una entrevista al autor de En la parte alta abajo y Golosina de sal ) *

 

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El poeta y escritor Helí Ramírez, dueño de una voz muy original.

 

Por Reinaldo Spitaletta y Mario Escobar Velásquez 

 

Todavía conserva aires de camaján, en su caminado y en sus maneras de hablar. Es un guerrero de barriada, demasiado sensible. Creció entre galladas malevas, puñales, partidazos de fútbol, humos no propiamente de cigarrillos, olores a alcohol y a amistad, carencias económicas y excesos de imaginación. Es un altísimo poeta, autor de obras como Golosina de sal, Cortinas corridas y Ausencia de descanso. Se llama Helí Ramírez Gómez.

Para él, conocedor a fondo de las pasiones humanas, de desdenes y marginamientos sociales, el hecho poético es un exorcismo, pura magia. Su abuelo manejó ese mundo arcano de los amuletos y las plantas y los baúles con secretos milenarios; Helí, en cambio, es un brujo verbal, creador de un idioma propio y hermoso: el del arrabal. Y es dueño de un estilo único, inconfundible, enorme en el parnaso colombiano.

 

Este poeta que ha escrito asuntos terriblemente bellos como “eran las tres de la tarde, las tres”, nació en Sevilla, un corregimiento de Ebéjico, en 1948. La violencia obligó a su familia a “exiliarse” en Medellín, cuando él apenas era un pibe de cuatro años. Hoy, sigue pensando, con todo lo que ello implica, que “escribir es algo grandioso”. Para dolor de los críticos, Helí es un poeta inclasificable, lo que, de por sí, ya es una odiosa manera de clasificación. Y su poesía, como determinados filmes, es “censura todos”.

 

—Por lo que sabemos, su infancia fue terriblemente difícil. Cuéntenos algo sobre ella.

—Fue tan terrible como la infancia de cualquier otro de un barrio de clase baja, de clase popular.

 

A mí —nos dice como mirando para muy lejos con unos ojos verdes de tigre— me tocó de joven luchar por mis espacios. Yo, con otros dos o tres de mi salón en el Liceo Antioqueño, éramos los más pobres. No es que los demás fueran ricos, porque no había ricos en bachillerato para gentes de la clase bajita económica, pero los otros todos llevaban cada día con qué comprar mecato. Entre los que éramos los más pobres reuníamos cinco o diez centavos y comprábamos bizcochos y nos íbamos a comerlos con agua de la tubería. Y por eso nos aislaban. Por eso no jugaban con nosotros: no es que eso me importara. Pero sí que me importaba el otro lado de la madeja, el barrio donde vivía. Para toda la larga calle de mi casa no había, conmigo, más que otro muchacho en bachillerato, y en el barrio unos pocos. Entonces allá éramos también distintos, éramos de otra manera, nos miraban mal, mirando de para arriba hacia nosotros, que hacíamos clase alta sin saberlo, ni quererlo. Pero allá sí que me importaba y por ese espacio luché. No sé cuántas peleas tuve por él, porque no quería que me aislaran por punta y punta.

 

—¿Cómo explicar entonces su honda catadura poética, emergiendo usted de un medio tan antagónico con la sensibilidad poética?

—El medio en que nací y me crié no es antagónico a la sensibilidad poética; está fuera de la cultura, del arte, y eso ya es otro paseo. Ahora, porque escribo, escribo… Porque si no lo hiciera, me suicidaría.

—¿Desde qué época sintió usted creciéndole ese caudaloso río de la poesía? ¿Cuáles fueron sus comienzos?

—Como todo escritor en sus comienzos, escribiendo bobadas preso de la sorpresa al ir descubriendo el mundo hecho hilachas del entorno; lógico que eso se dio cuando apenas estaba aprendiendo a juntar palabras en el papel, escribiendo, leyendo…

—¿Considera que la misma poesía lo liberó en alguna manera de un ambiente que debió conducirlo a otras realidades?

—La poesía no me libera de esas otras realidades; me arraiga más eso sí en otras realidades.

—Diríamos entonces que todo eso fue un rescate…

—Un rescate, pero de mí mismo.

—Sus estudios “oficiales” fueron pocos. Creemos que estuvo asistiendo “pegado” a muchos cursos de la Universidad de Antioquia. ¿Quiere contarnos sobre esto?

—Los estudios “oficiales” en mi medio siempre son de pega. Una primaria, un bachillerato que nada aportan a la comprensión del mundo, siempre es de pega. Y un porcentaje mínimo de la gente de mi entorno, corona el currículo académico de pega, de trepada. Pero tal parece que esa pega se estuviera acabando, o que el establecimiento parece que dijera, bueno, esta chusma se nos está metiendo muy de lleno en nuestro mundo intelectual, de modo que hay que acabar con ese paternalismo en lo académico; de ahí que el Liceo Antioqueño, por ejemplo, está en extinción, de ahí que el ingreso a la universidad por parte de la gente de mi medio cada día sea más restringido… Ahora, a mi bicicleta se le atravesó el poema cuando iba coronando el segundo premio de montaña (profesión liberal, técnica) y entonces preferí, en vez de trepar, volar.

 

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Aunque a ese liceo de bachillerato había llegado con Matrícula de Honor por haber sido de los cinco o seis mejores de los de quinto año de primaria en alguna escuela que pudo haber sido la Julio César García, en él no acabó el bachillerato. Lo expulsaron. Salió de allá para las bibliotecas, vuelto ratón de las mismas: a la de la Universidad de Antioquia, a la de Comfenalco, a la de la Piloto, a leer como un galeote de la palabra impresa. Y cuando no andaba de lecturas, se metía de colado en las aulas de las facultades, en donde se dictaban cátedras de Sociología, Filosofía, Antropología. En ellas era el par de orejas más atento del salón. Las otras orejas de por allí se descuidaban a veces porque los cerebros a que estaban conectadas se disipaban en cosas distintas a las que el profesor iba soltando: podían porque ese era su espacio, y porque casi todo lo del parloteo estaba en los libros que ellos tenían consigo, y a ellos podrían ir después, antes del examen. Pero el colado de los ojos tigrosos no tenía textos, y aunque no tendría que sufrir el rigor de ningún examen, estaba peleando por otro espacio. Porque para entonces sabía ya que la vida de los muchachones de su barrio no podría ir a ser la suya, ni él podría estar en lo que ellos irían a estar, y esa era la manera de salirse de esos caminos: caminando libros, caminando conferencias,

 

—Usted mismo nos ha confiado en más de una ocasión su aparición con un atado de papeles llenos de versos ante el maestro Carlos Castro Saavedra, que por entonces era director de Extensión Cultural de la Universidad de Antioquia. El maestro propició su primer libro, Ausencia de descanso. Explíquenos el título y cuéntenos sobre su relación con Castro Saavedra.

—El atado de papeles lo conoció el maestro Carlos Castro Saavedra porque se lo llevó Elkin Restrepo quien fue el primero en leer ese atado de papeles. El maestro Castro sí fue el primero en publicar mi primer libro La ausencia del descanso en las ediciones de Extensión Cultural de la Universidad de Antioquia, que él dirigía. Hasta ese momento lo admiraba mucho como poeta, y después de ese gesto suyo, después de ese hecho, lo admiro doblemente: como poeta y como hombre, un ser noble, sin egoísmos, sin mezquindades, un hombre total.

 

Algún día tomó un atado de cuartillas y se fue con él a donde Jorge Montoya Toro, que era por lo de antes una de las vacas sagradas de nuestra poesía. Bien nos podemos imaginar los apremios del ortodoxo, clásico, tímido, caballeroso Jorge Montoya Toro con los versos de Helí, tan radicales como ahora, pero más entonces. Y Montoya nunca se atrevió a decir nada de esos versos, ni en pro ni en contra, aunque el de ojos tigrosos estuvo yendo en más de muchas ocasiones. Volvió a meter los papeles y se olvidó de ellos por un año, al cabo del cual los retomó, y vuelta con ellos, esta vez a donde Óscar Hernández Monsalve, que había publicado más de dos buenos libros de versos y una excelente novela (No el Óscar Hernández de ahora, que se deshace en su columna de chistecitos pasos y de naderías de nada, sino que escribía entonces formidablemente bien de cosas formidables, piensa de su cuenta el más cucho de estos dos cronistas, que por entonces compraba El Colombiano por la razón principal de la columna de Óscar Hernández). Y Óscar, que nunca ha sido ortodoxo, y menos tímido para opinar, le dijo lo que el muchacho merecía (y anhelaba) oír, estoes que lo del atado de papeles sí era poesía y que debería llevarlo donde Elkin Restrepo, poeta y profesor de la Universidad de Antioquia.

 

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—El reconocido poeta Elkin Restrepo tuvo también mucha influencia en su carrera poética al publicar en Ediciones Acuarimántima su segundo libro En la parte alta abajo. Nos gustaría conocer sobre ese hecho significativo.

—Elkin, Elkin no solo publicó mi segundo libro en Ediciones Acuarimántima sino también que él en la revista Acuarimántima publicó mis primeros poemas. Por él ese “mundo” del arte y la literatura leyó mis poemas; por él me encuentro ahora respondiendo a esta entrevista. Lo admiro, lo aprecio mucho, a él y a todos los de la revista Acuarimántima.

—El libro antes mencionado fue el que “lo hizo” a usted para el reconocimiento colectivo y hasta clamoroso. Hablemos sobre esa obra.

En la parte alta abajo me descubrí a mí mismo. Eso del título es porque habitando arriba en las montañas que rodean la ciudad, estamos abajo, abajo, abajo… en los social, en lo económico. Ese libro llegó después del primero, aún sin título y que conservo después de una rigurosa poda; después del segundo, La ausencia del descanso, o sea que no fue un libro gratuito; fue un libro producto de un proceso en búsqueda de mí mismo como ser individual, como ser social. En él encontré la palabra, o mejor, la palabra me encontró a mí.

—Para quien conozca a Medellín, es obvio que el aire de En la parte alta abajo es el del barrio Castilla, que se quedó impreso en los versos del libro. ¿Usted inventó a Castilla o la retrató?

—Yo no inventé a Castilla, ni la retraté. Más bien Castilla me inventó a mí, me retrató.

—Creemos que sus versos son la realidad vivida. Que la obra es un amasijo de vida suya y de otros suyos, tales como compinches, adversarios, malandrines y, entre ellos, tal vez, una santa pecadora. ¿Es así?

—Lógico, mi trabajo poético soy yo y todos los mundos que me rodean, visibles e invisibles. Mi mundo no es de caviar, té con galleticas y pergaminos de estirpe. Ridículo sería ver a Helí escribiendo en angustia de coctel con textos y pipa de sabiduría como almohada. Y eso de las “santas pecadoras”, en ellas son pecados, en otras es liberación.

—Helí Ramírez ha sido siempre una especie de Casandra con el mismo lema de la pitonisa: “Los confidentes, esa raza de mansos”. Sin embargo, deseamos que haga caso omiso del lema y nos confíe su sentir cuando En la parte alta abajo lo promociona a usted rotundamente.

—Que se hable bien o mal sobre mis libros, o sobre uno de mis libros, me tiene sin cuidado, eso no me quita el sueño. Pienso ante la pregunta que si tuviera tiempo y espacio elaboraría una carreta motivado en ese interrogante para posar de inteligente, de ingenioso, de hombre culto citando textos de referencia en ese aspecto.

—Cambiando de tema, ¿cuáles son los sistemas de trabajo poético de Helí Ramírez?

—Escribir, escribir, escribir. Luego podar, podar, podar, y lo que se considera que no sirve se empaca en una bolsa de basura para la Curva de Rodas (antiguo basurero de Medellín).

—¿Cuál es su manera de subsistencia?

—Con un salario me sostengo, sobrevivo.

—Recientemente incursionó en la novela (La noche de su desvelo). ¿Cómo se siente como hurgador de almas, de otras almas, no las suyas?

—Al hurgar en las almas ajenas encuentro pedacitos de la mía. Bonita la palabra hurgar; he ahí un tema apasionante para los borgianos, surrealistas, nadaístas y demás listas en el zoológico de la literatura.

—¿Por lo que se sabe, trabaja actualmente en otra novela? ¿Quiere adelantarnos algo?

—No quiero que la novela que trato de escribir me mate por hablar de ella.

—Sin duda, es usted un trabajador disciplinado, muy disciplinado. Creemos que usted planifica sus libros. ¿Estamos en lo correcto?

—Disciplinado sí, en la medida en que procuro escribir diario. En cuanto a la planificación, esa concatenación que parece se da entre un libro y otro, es algo inconsciente, misterios del escribir, como es misterioso que siendo de donde soy, viviendo como he vivido, y sea escritor.

—¿Frecuenta o frecuentó cenáculos literarios, cofradías, corrillos de poetas?

—No frecuento cenáculos, cofradías, corrillos de poetas. Claro que sí tengo algunos cuantos amigos entre los poetas y escritores, pero es una relación individual. En lo relacionado con el arte, y a lo mejor en todos los aspectos de la vida, “el buey solo bien se lame”. Me salvo o me condeno solo.

—A veces un escritor crea sus antecesores. La frase es de Borges. ¿De quién tiene influencias, de Villon, de Rimbaud…?

—Tengo influencias del ser humano con sus defectos y virtudes, de la vida con sus goces y amarguras, y demás que de las lecturas que se hacen, pero no podría en estos momentos hacer una relación en el sentido estético.

—¿Cuáles son sus poetas predilectos?

—Leo y releo a Góngora, Barba Jacob, César Vallejo, Villon… Me entusiasma leer a Miguel Hernández, a Lorca, Rimbaud, Esenin.

—Dicen las malas lenguas que usted es un poeta maldito.

—No me preocupan esas apreciaciones. Los que me conocen saben que lo que piensen de mí ni me va ni me viene. Esta es la primera vez que concedo una entrevista de esta naturaleza, y a lo mejor sea la última.

 

* (Entrevista publicada el 26 de febrero de 1989, en el Suplemento Dominical de El Colombiano y después en el libro Reportajes a la literatura colombiana)

 

 Nota. El poeta y escritor Helí Ramírez murió el 20 de febrero de 2019.

 

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“Que se hable bien o mal sobre mis libros, o sobre uno de mis libros, me tiene sin cuidado”: Helí Ramírez

Preguntas de muchachos a un escritor

(Sobre comidas, helados y qué quería ser cuando era niño, entre otras)

 

 

Hace algunos años, no muchos por cierto, la organización Juego Literario (unida a la Fundación Taller de Letras) me envió unas preguntas formuladas por pelaos que después iban a escucharme una charla sobre vida cotidiana y literatura en un colegio del barrio San Benito, en Medellín. A continuación, el cuestionario y sus breves respuestas. Algunas de estas, los chicos las ilustraron a su manera.

—¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre?

—En mi caso, el tiempo libre está conectado con mirar el cielo, unas veces en el patio de mi casa, otras desde las ventanas, y las más de las veces cuando voy por la calle. Por eso, suelo tropezar o estar a punto de chocar con otro, que grita: “¡hey, ponga cuidado!” o cosas parecidas. El tiempo libre es aquel en el que se goza a plenitud, sin estar pendiente del reloj ni del trabajo ni de nada que te aleje de lo gozoso. Así que tomar vino con amigos me gusta mucho, conversar con alguien en un parque, ir al estadio a ver al DIM, jugar con mi perrita Dana, una foxterrier a la que la gente llama la vaquita, por sus manchas vacunas. Me gusta mucho caminar, recorrer las calles de la ciudad, ver fachadas, leer (o imaginar) lo que pudo haber antes en las casas viejas; cuando llueve, me gusta andar bajo la lluvia, pero con paraguas (en la infancia era una exposición completa a las gotas, los chorros, los charcos callejeros) y zapatos impermeables. En los tiempos libres escucho música, unas veces Beethoven, Bach, Mozart, Ravel, Tchaikovski y otros de los denominados compositores de “música culta”, pero también escucho tango, jazz, música cubana, baladas italianas. Cada vez parece ser menos el tiempo libre, quizá porque ya uno lo ha gastado casi todo, pero aún quedan horas para ver pasar gente por mi calle, sobre todo a las muchachas bonitas, que son casi todas.

La lectura, la escritura, ir a cine, dar clases, orientar talleres literarios, hacen parte no solo de mi tiempo libre sino de mi vida cotidiana, de mi “trabajo”.

—¿Qué te hace enojar?

—Un alumno que no pone cuidado y mientras yo hablo, él se ríe con sus amigotes o está disperso en otras actividades. Me enojo con todo lo que tiene que ver con la injusticia social, la inequidad, la mentira. Con ciertos funcionarios que no son servidores públicos, sino parásitos; con la política oficial colombiana. Todo eso me enoja, así como el maltrato a los niños, a los perros, a los ancianos. Me enojan la gente impuntual y el periodismo mediocre y vulgar que se hace en el país. Ah, también que haya tanto envidioso. Debían reducirse a sus “justas proporciones”.

—¿Cuál es tu comida favorita?

—Había comidas en la infancia, como el dulce de mango, que me gustaban mucho. También los confites de mandarina que llevaba papá y que eran ingleses. En la niñez me moría por la leche condensada y una carne dulce, postas y solomos, que preparaba mamá. Creo que una de las comidas que más me entusiasma es el arroz con coco.

—¿Qué querías ser cuando chico?

—No recuerdo bien si quería ser, en un momento, un aviador (me gustaban los super-costellation) o un conductor de camiones. Quise ser un maquinista (manejar trenes) y luego alguien que pudiera volar hasta la luna. Cuando aprendí a jugar fútbol, quise ser un gran delantero y en otro momento aspiré a ser un velocista de cien metros planos. A veces, creo que quise ser médico, pero esa aspiración me duró poco. También, cuando leía cuentos del mar, quería ser marinero y recuerdo que papá me regaló una gorra de la marina. En otros días quise ser un héroe como Tarzán o como Hércules, tal vez por la influencia de revistas de aventuras y del cine. En los días de infancia nunca quise ser ni cura, ni policía, ni presidente de la república. Ah, tampoco periodista.

—Si vas caminando por ahí y te dan ganas de helado, ¿de qué sabor lo pides?

—De chico, siempre me gustaron los conos de vainilla con pasas y de nata. Pero también unos helados domésticos, de coco, de frutas, de esos que vendían en casi todas las casas del barrio. Ahora, hay tantas variedades y sabores que es tan difícil la escogencia. En todo caso, qué rico un helado.

—¿Qué es lo que más recuerdas de tu infancia?

—Son tantos los recuerdos de infancia, que por eso digo que la única patria de uno es ese período de la vida. Allí está todo: los sueños, las pesadillas, los juegos, las palabras de mamá, el fútbol, las sorpresas de diciembre, ir a robar mangos y naranjas a las fincas de Bello, hacer barquitos de papel, escuchar las narraciones fantásticas de mamá, cantar en la calle con otros muchachos, tirar piedras a los entejados, las peleas a la salida de la escuela, las vacaciones escolares, las cometas… Había también cosas horribles, como ir a la finca del abuelo, en Rionegro, porque había que cargar leña, ir por agua lejos, y sufrir las picaduras de pulgas y mosquitos, además de tener que rezar rosarios y otras oraciones. Aquí en este punto, junto con mis hermanos, nos cogía un ataque de risa. Y el abuelo estallaba en rabietas que más risas nos daban.

—¿Cuál es tu cuento favorito?

—Mi cuento favorito de chico era uno que contaba mamá sobre ogros y niños que estaban a punto de ser devorados por el monstruo, ella siempre le hacía variaciones y los prolongaba hasta el infinito. Me gustaban muchos las historias sobre batallas, piratas, aparecidos y brujas. Un cuento que me gustó mucho en la juventud, en la adolescencia, fue uno de H.G. Wells: La puerta en el muro.

—¿Cuál es tu lugar preferido para leer o ilustrar?

—Leo en muchas partes: en la sala, en el inodoro, en el metro, en la oficina, en el estudio, en las bibliotecas, en un parque, pero me gusta mucho leer acostado en mi cama.

 

Atentamente,

Reinaldo Spitaletta

 

Ocho preguntas al escritor y periodista Reinaldo Spitaletta

N.B. El profesor Óscar Jairo González, de la Universidad de Medellín, me envió un cuestionario a propósito de la publicación del libro “Las plumas de Gardel y otras tanguerías”. El periódico El Mundo, de Medellín, publicó una versión de las preguntas y respuestas. Por considerarlo de interés para los lectores del blog, reproduzco el material.

  1. ¿Cómo se dio y se formó en usted la necesidad de escribir este libro y por qué?

El libro Las plumas de Gardel y otras tanguerías, editado por Tragaluz Editores y la Alcaldía de Medellín, es una compilación de algunas crónicas y reportajes sobre tango que escribí en otros días. Solo son trabajos en esos dos géneros periodísticos. En el libro no incluí ensayos (algunos sobre tango se publicaron en los libros Escritores en la jarra, en el que incluí uno titulado Borges en tiempo de tango, y en Historias inesperadas, en el que se sumaron varios sobre Aníbal Troilo, Roberto Goyeneche, Horacio Ferrer y Astor Piazzolla). En este libro recojo aspectos de una ciudad (Medellín) que ya no existe, y algunos de los personajes que allí aparecen, tampoco están más. También se retoman algunos aspectos de Buenos Aires, Argentina, sobre todo de su noche tanguera. Me pareció que era necesaria una recopilación porque, creo, puede ser un texto de arqueología urbana y una memoria de ciudad.

  1. ¿Por qué lo titulo “Las plumas de Gardel y otras tanguerías”, qué efecto o no buscaba causar y causarse?

El título es el mismo de una serie de tres reportajes que hice en 1999 al médico Jaime Rodríguez Estrada. Cuando él era estudiante de Medicina en la U. de A., en segundo año, le correspondió “arreglar” el cadáver de Gardel. Las revelaciones que en la serie hizo el señor Rodríguez eran desconocidas. Mejor dicho, reveló asuntos que sobre el cadáver de Gardel nadie sabía. Bueno, por eso el título del libro, como el de la serie periodística. Al leer el texto se sabrá por qué lo de las plumas, pero no es nada hermético o esotérico. Lo de “otras tanguerías” es porque el libro no es solo sobre Gardel, sino que aparecen otros personajes y lugares de tango.

  1. ¿Nos podría decir en qué momento se fue formando su visión del mundo de escritor y su escritura, dominada por Gardel y el tango?

El tango en mi existencia (y es un género muy existencial) llegó por ósmosis. Nací y crecí en una ciudad obrera, llena de cantinas. En cada esquina había una, con su respectivo Wurlitzer o Seeburg, que molía tangos de día y de noche. El tango sabe esperar a los jóvenes, y cuando uno empieza a tener recuerdos o alguna decepción, entonces entiende que hay un género tremendo que habla de esos aspectos (y de otros). Y ya estás atrapado, sin pensarlo. Ah, y en casa, mamá cantaba muchas canciones, entre ellas, Silencio (lo dramatizaba y hasta se le derramaban lagrimones cuando lo hacía), y papá, que era un hombre del Caribe, cantaba muy afinado tangos de Gardel (el que más le gustaba era Melodía de arrabal). Quizá en algunos temas de mi escritura, el tango pudo influir, y es en el del barrio. Hay miles de tangos que se refieren al barrio (y no en asuntos catastrales o de planeación). Y uno de los avatares de mi escritura (tanto en periodismo como en literatura e historia) es el barrio.

  1. ¿De qué o desde dónde hay aquí en lo que escribió una relación entre la historia y la realidad concreta y por qué quería relevar esa relación?

Lo dicho. Esta recopilación (en la que como es normal quedaron por fuera algunos reportajes y entrevistas) tiene que ver con asuntos de la ciudad, con memorias, con bares y teatros, con gente que por diversas razones gusta o gustaba del tango, de sus misterios y poesía. Reunidas en libros toman otra dimensión, en la que ya hay sentido de lo histórico, de representaciones urbanas, de nombres y símbolos. Es un libro-documento. Puede servir como fuente a historiadores y antropólogos y otros interpretadores de la realidad.

  1. ¿Para su literatura, qué ha marcado y qué no ha marcado Carlos Gardel y el tango?

En mis novelas y cuentos, no hay mucho tango, aunque hace tiempos publiqué un libro de cuentos titulado “El último día de Gardel y otras muertes”, en el que Gardel es un malevo de Bello que se creía una reencarnación del cantor y tenía una pinta brava. El tango es una de las creaciones de música popular más elevada, es patrimonio de la humanidad y los temas del denominado tango-canción son los mismos de la literatura (la soledad, la muerte, el desamor, las altas y bajas pasiones, el desencanto existencial, la vida…). Carlos Gardel es una de las figuras de la cultura popular (el término ha sido muy manoseado) más elevada. Es un ser hecho de historia y mito.

  1. ¿Por qué considera que el Gardel y el tango se relacionan con la literatura y por qué sí o no?

La vida y la muerte de Gardel son novelescas. Cinematográficas. Creo que ya hay abundancia de obras sobre el Zorzal, como personaje central o como pretexto. Y sobre Gardel se continuará escribiendo. El tango y la literatura se han influido entre sí. Unas veces, esta ha dado temas al tango (ya sabemos todo lo que influyeron en letristas de tango Rubén Darío, García Lorca, Amado Nervo, los poetas malditos franceses, Baudelaire, algunos surrealistas, etc.), y el tango en la literatura (Tomás Eloy Martínez, Roberto Arlt, Cortázar, Borges, Sábato, Onetti, Benedetti, Pérez-Reverte, Camilo José Cela, Manuel Mejía Vallejo…).

  1. Al interesarles a Cortázar y a Sábato el tango, y llevarlo de cierta manera a su literatura: ¿Podrías decirnos sí su interés por el tango tuvo o no que ver con las lecturas de ellos y como los leyó en esa dimensión estética del tango que ellos le dieron?

Los tangos que escribió Cortázar no reflejan el talento y profundidad de este escritor. Son desechables. Pero el género sí está presente, y de qué manera, en sus obras, en particular en Rayuela. Sábato, que hizo ensayos extensos sobre tango y algunas letras para tangos, es parte de la cultura del tango. Leí a Cortázar y a Sábato (y a muchos otros escritores argentinos y uruguayos) por razones distintas a mi gusto por el tango.

  1. ¿Qué significan y que le dicen hoy a usted, Gardel y el tango, por qué le son esenciales a su vida creadora?

El tango sigue siendo un campo abonado para la imaginación, la creatividad, la vida cotidiana, el conocimiento de algunos aspectos del ser humano. Pero, en mi caso, no es esencial en mi pequeño territorio literario (que se reduce a la familia, el barrio, la ciudad). Ah, y ya Gardel vivió y escribió con fuego (y con su voz) la novela de su vida. Yo no escribiría una novela sobre un tipo que es pura literatura.

(Medellín, 27 de junio de 2015)