Variaciones sobre un reloj pintado

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Por Reinaldo  Spitaletta

 

1.

 

—¡Entrégueme el reloj!

—Pero si es un reloj pintado.

La primera voz, con un cuchillo, amenazaba a la segunda. ¡Entréguemelo y no se hable más!, agregó.

—No se lo entrego.

—¿Cómo que no?

—¡No! Este reloj me costó mucha imaginación.

—Este cuchillo, también. Y lo clavó en la muñeca pintada de la primera voz.

 

2.

 

No sé para qué necesitábamos medir el tiempo. Éramos muy niños. Escolares. Y aprovechábamos los lapiceros de tinta mojada (con los tinteros y las plumas con encabador, era imposible) para dibujarnos animalitos —como los de los caramelos ambulantes, gallinas, conejos, gatos, caballitos, que iban pegados en un palo, la dulzura en colores— en brazos, estómago, piernas y a veces en la cara.

 

El dibujo más usual, no sé por qué, era el de un reloj en la muñeca. Se sentía uno mayor, como un adulto de los que ya tenían en el tiempo una especie de presencia ineludible e implacable. Casi siempre era un reloj con solo dos punteros, el de los minutos y el de las horas. No había segundero. Un reloj elemental, apenas con líneas, sin profundidad de campo, sin tridimensionalidad. Y lucía bello en la muñeca, que uno miraba con orgullo, como si portara uno muy fino, de esos que —decían— llegaban desde Suiza.

 

No sé por qué los que me pintaba, siempre tenían una falla: se adelantaban. Quizá era porque quería salir rápido de la escuela para ir a perseguir las mariposas amarillas que una niña de la cuadra se dibujaba en los cachetes.

 

3.

 

Mi primer reloj fue el más bello que jamás haya visto. También el más doloroso. Lo dibujé en mi muñeca izquierda con una lapicera de tinta roja, con la que escribíamos los títulos en los cuadernos de escuela. Duró muy poco. No alcanzó a darme ninguna hora. El atroz pellizco de la profesora, agregado a un ladrido ensordecedor que salió de su bocota de vocales enfurecidas, me dejó atascado en un tiempo sin medida: “Te vas ya al baño a lavarte esos rayones tan feos. Eso es de indios”.

 

Imagen relacionada

Pintura de René Magritte

 

4.

 

El reloj que se pintó Rosita, una niña con manzanitas en las mejillas y cabellos amarillos, tenía una fantasía incorporada. Emitía un tictac muy musical. Por eso, la buscaba para apoyar mi cara de pregunta sobre su muñeca encantada. Qué agradable le sonaba el pulso a Rosita.

 

5.

 

El reloj pintado me apretaba. Le aflojé la pulsera. Lo miré con curiosidad al ver cómo aceleraban sus manecillas, como si el tiempo quisiera terminar rápido. Y, sí. De pronto, la niñez se fue. El reloj de tinta en la muñeca se paró para siempre.

 

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Del crimen y otras perversiones imaginarias

 

(A propósito Del asesinato considerado como una de las bellas artes)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

1. Parte blanca (sobre crímenes ejemplares)

 

Le gustaba leer crónicas rojas, de esas que chorrean sangre y mercurio cromo por el papel, porque en ellas, según decía, podía captar la esencia del hombre y, al mismo tiempo, alimentar su inclinación por determinados crímenes que él calificaba de exquisitos, debido a los procedimientos, a cierta finura y precisión, a los modos del fácil acertar, por todo aquello que trascendía las técnicas (y la vulgaridad) y conducía a la perfección. De una manera arcana, era un admirador del victimario; para él, grande era Caín, que, con su fratricidio, en rigor quiso reivindicar la soledad. Caín -decía- fue un rebelde, un tipo en contravía, alguien que desobedeció a los dioses. Grande era Salomé, que pidió y le fue concedida la cabeza del Bautista, para ella un plato apetitoso, una muestra del poder de sus encantos; con éstos, todo podía conseguirlo, cualquiera besaría sus pies de danzarina, cualquiera podía perder su cabeza.

 

En fin, que el tipo se desvelaba con la lectura de expedientes, las reconstrucciones literarias de crímenes famosos, las novelas policíacas (en especial, aquellas en las que el asesino era el lector), y disfrutaba con la eficaz venganza del protagonista de El barril de amontillado, con la sangre de Duncan, el fantasma de Banquo, las historias de la guillotina (sobre todo, un relato de Washington Irving), ciertos cuentos de Marcel Schwob y Ambrose Bierce, y descubría en las croniquillas de sucesos una suerte de poética (palabras suyas) que lo fascinaba. Por eso, mantenía en la chaqueta los Crímenes ejemplares, de Max Aub, que él distorsionaba en sus conversaciones de café, y, claro, en sus repetidas alucinaciones.

 

En su más recóndita sentimentalidad quería ser un asesino famoso, como el barbudo que sacó para siempre de la pantalla de la vida a Sharon Tate, o como el que disparó contra John Kennedy, o como aquel otro que baleó a Lennon (llevaba en el bolsillo El cazador entre el centeno, de Salinger). Sin embargo, solo disfrutaba los crímenes de otros. Y los crímenes míticos, de epopeya, los novelescos, y muchos de los que se anunciaban en los periódicos, que a veces parecían pura ficción. Él, como tal, con su conciencia de hombre sano y libre y pagador de impuestos, era un respetuoso de la existencia, un enamorado de la convivencia, según decía.

 

Le atormentaba, no obstante, que ciertos crímenes no tuvieran un castigo ejemplar, sobre todo aquellos cometidos sin limpieza, sin talento. He aquí una vulgar relación de algunos de ellos: Se había impresionado mucho con aquel hombre que le rajó el vientre a su amante, en el momento en que hacían -o intentaban hacer- el amor, porque ella, mientras él la cabalgaba, miraba al techo, ida, sin interés, con aire de aburrimiento. El asesino -amante sensible- fue declarado inocente, en un juicio que no es del caso reproducir en estas páginas. Tampoco quedó muy satisfecho, o mejor dicho, su indignación fue mayúscula con el asesino de la motosierra, aquel que taló, primero, las piernas de su víctima y, después, sin técnica alguna, lo degolló. Jamás se descubrió el autor del siniestro hecho.

 

Disfrutaba, por el contrario, con la lectura de notas judiciales como la que narraba el modo en que una chica mató a su pequeña hermana, la noche de Navidad, para que todos los traídos del Niño Jesús le quedaran a ella. O con aquella otra del sujeto que, una tarde de aburrimiento, acosado por un ineludible tedio como de domingo, le regaló a un transeúnte un par de puñaladas mortales, en la creencia de que así se atacaba la monotonía. Ah, y casi se desarticula de la risa cuando leyó el caso de un hombre que volvió picadillo a un lotero, pero no porque este no vendiera nunca el premio gordo, sino porque, en general, se ponía pesado con la clientela, perseguía al probable comprador, lo acosaba, lo angustiaba con retahílas acerca de la suerte, le echaba una cantilena sobre el azar y lo ponía con los pelos de punta debido a tanta impertinencia. “Lo maté en nombre de todos”, le dijo al juez.

 

En el fondo, él era un buen hombre (y en la superficie, también, dijo una señora), con un excelso sentido del humor. Hubiera podido matar a cualquiera solo por no darle un disgusto. Pero siempre se contuvo. No se permitió exacerbaciones ni calenturas. Tantas veces pudo apuñalar, disparar, rajar con el hacha la cabeza de alguien, pero su temple se lo impidió. En verdad, su placer estaba sustentado en la lectura de casos de sangre, en el poder soñar con ellos, en el de darles a su manera otros desenlaces. No carecía de inventiva.

 

Un día escribió lo siguiente: “Lo maté porque me miraba con su solo ojo, un ojo como de gallinazo, inquisidor. No apartaba de mí su impar vista, con burla. Y me clavaba su odio desde esa pupila incandescente, diabólica. Entonces no resistí más, desenfundé un enorme clavo y me abalancé contra él. El ojo saltó, pero el clavo siguió entrando, hasta que el hombre no se movió más”.

 

No podía ocultar, por otra parte, su simpatía por aquel hombre, acusado de asesinato, que contó así su caso: “Íbamos como sardinas y aquel hombre era un cochino. Olía mal. Todo le olía mal, pero sobre todo los pies. Le aseguro a usted que no había manera de aguantarlo. Además, el cuello de la camisa, negro, y el cogote mugriento. Y me miraba. Algo asqueroso. Me quise cambiar de sitio. Y, aunque usted no lo crea, ¡aquel individuo me siguió! Era un olor a demonios, me pareció ver correr bichos por su boca. Quizá lo empuje demasiado fuerte. Tampoco me van a echar la culpa de que las ruedas del camión le pasaran por encima”.

 

A la luz de la ortodoxia, era un individuo extraño; sin embargo, era pulcro en sus apreciaciones sobre el crimen, el cual era su pasatiempo, su afición intelectual. Para él, el acto de matar a un semejante, independientemente de sus efectos morales, poseía una dosis de deslumbramientos, siempre y cuando hubiera en el asesino, aparte de una conciencia del hecho, un asomo de belleza en su ejecución. Él tenía las manos limpias; era solo un diletante. No aspiraba a contaminarse.

De los crímenes ejemplares, traídos por Max Aub, el que más le impactaba era el siguiente: “Matar a Dios sobre todas las cosas, y acabar con el prójimo a como haya lugar, con tal de dejar el mundo como la palma de la mano. Me cogieron con la mano en la masa. En aquel campo de fútbol: ¡tantos idiotas bien acomodados! Y con la ametralladora, segando, segando, segando. ¡Qué lástima que no me dejaran acabar!”.

 

2. Parte negra (sobre la Secta de los Asesinos)

 

Crímenes en la antigüedad. Y en la Edad Moderna. En todos los tiempos. Una enfermiza fascinación parece ejercer el crimen en el hombre. Desde el principio y por siempre: en la cueva prehistórica, en los aparentemente sosegados ejidos pueblerinos, en la penumbrosa medievalidad de un convento (El nombre de la rosa es más que una ficción). Así en la paz como en la guerra (nada que ver con Cabrera Infante). ¿Qué misteriosa fuerza induce al ser humano a matar a su congénere?

 

Somos, según la manoseada pero válida frase hobbesiana, lobos para nuestros pares (¡pobre lobo!). Sobreviven en cada uno trazas de la vieja antropofagia. La contundente quijada con la cual Caín terminó con los días y los trabajos de su hermano, reaparece en todas las etapas históricas con renovada ansia fratricida. Y entonces toma la forma de pistola, daga, misil, ametralladora, vulgar cuchillo cocinero, facón, cañón, bomba atómica. En fin. Vasto es el arsenal y corta la vida.

 

La inclinación hacia el asesinato es -puede ser- genética. La violencia, una constante en la historia humana posee -como es requetesabido-, raíces socioeconómicas y políticas, pero, al mismo tiempo, hay una parte oscura en su origen que puede ser, quizá, un componente de la herencia. Es probable que casa asesinato sea una suerte de reproducción, extraña por lo demás, de aquel momento en que el hombre primigenio, habitante de alguna húmeda caverna, propinó pedradas o garrotazos, no a un mamut o similar bestia, sino a su “prójimo”, para emplear un término muy caro a los cristianos. Es posible que cuando un hombre apuñala a otro en una humosa taberna, está repitiendo (nada que ver con Borges) la acción de Bruto contra César, o las cuchilladas de Carlota Cordoy contra Marat en la bañera. O, tal vez, la acción aleve de un jesuita para sacar del escenario a Carlos IV de Francia.

 

¿Qué experimenta la víctima en los instantes previos a su muerte, a su asesinato? ¿Alcanzará acaso a tener una noción de su verdugo? Y, por otra parte, ¿qué siente el victimario en el momento de consumar su acto sanguinario? ¿Se regocija como el vampiro a la hora de hundir sus colmillos en el blanco cuello de una muchacha? La literatura ha recogido y, paradójicamente, le ha dado vida, recreado, diversos paisajes siniestros del crimen. Ha pulsado los mecanismos y resortes que impulsan al hombre a cometer un acto de esa naturaleza. Crímenes de guerra, crímenes pasionales, crímenes por locura, crímenes políticos, crímenes a nombre de Dios… crímenes por doquier en un mundo convulso y desesperado. El mundo, real e imaginario, está poblado de crímenes.

 

La palabra “asesino” suscita variadas emociones y perplejidades: produce repugnancia y miedo y desconcierto e indignación. Su origen deriva de “hashishim” (tomador de hachís). Cuenta Marco Polo que en una región de Persia vivía el Viejo de la Montaña, líder de la arcana secta mahometana de los ismaíles o ismaelitas. Y cuando el hombre deseaba eliminar a algún enemigo político o religioso, entonces solicitaba voluntarios en su congregación. Estos, para llevar a cabo su misión, bebían vino mezclado con hachís y en ese estado, embriagados, eran conducidos a un paraje exótico donde se les proporcionaban frutas, alucinógenos y placeres de la carne. Tras un tiempo, retornaban, drogados, idos, trabados, a su fortaleza, la que tenían como si se tratara de un paraíso. Lo ganaban, según sus preceptos, por la fidelidad al Anciano Jefe.

 

En realidad, la Secta de los Asesinos fue fundada por Hasan ibn Sabbah (apodado Alauddin), un disidente de los ismaelitas que huyó de El Cairo y se refugió en Persia, donde predicó y propagó una extraña doctrina basada en la obediencia ciega al maestro, al Viejo de la Montaña. En un paraje montañoso de Irak construyó una fortaleza (el fuerte de Alamut o Nido del Buitre). Sus adeptos, para ganar su estancia en el presunto paraíso, cometían crímenes, como parte del ritual. O se suicidaban, si así se los pedía su líder espiritual, como prueba de fidelidad.

 

La secta logró desarrollar un alto grado de ese culto sangriento. Príncipes y emires y visires y cruzados murieron apuñalados por los seguidores de Hasan y, después, por los de los demás jefes que le sucedieron. Eran persistentes y arrojados. Ninguna barrera, ningún miedo, los detenía. Con facilidad llegaban a cualquier parte. Se cuenta, por ejemplo, que el califa persa Sindjar, cuya meta era destruirlos, encontró una mañana, bajo su almohada, una daga. Luego recibió una carta de Hasan, quien, como muestra de su poder, le decía lo siguiente: “fácil hubiera sido clavar en tu corazón lo que se ha colocado cerca de tu cabeza”. La medieval Secta de los Asesinos, iniciada hacia 1090, extendió su poderío, basado en la intimidación y el crimen, hasta Europa Central. Su oscuro reinado de terror y muerte se prolongó por ciento setenta años, al cabo de los cuales los mogoles arrasaron sus castillos y quemaron, en el Nido del Buitre, todos sus libros. El fuego convirtió en cenizas los secretos (las memorias) de Hasan y sus adláteres.

 

En todo caso, la literatura ha penetrado las honduras del alma del asesino, le ha otorgado un lugar en el mito y en la historia. El crimen como una pasión. O como una aberración patológica. O como resultado del medio social. Dostoievski, por ejemplo, es uno de los máximos maestros en la auscultación del ser humano y sus tendencias criminales. Edgar Allan Poe, Arthur Conan Doyle, Guy de Maupassant, Agatha Christie, desde luego Thomas de Quincey, entre tantos otros, logran excelentes páginas con el tema, siempre excitante, del asesinato. Y aunque en general su obra no se caracteriza por la presencia de criminales, Ernest Hemingway, en su relato breve Los asesinos (en el cual, por lo demás, muestra su dominio del diálogo), crea una de las joyas universales del género.

 

El nunca aclarado Jack El Destripador (cuyas tropelías sangrientas han inspirado películas, obras de teatro y bestsellers) solía matar a sus víctimas -todas prostitutas- a cuchilladas. Asesinos ha habido que prefieren, para su objetivo espeluznante, la cuerda, o el puñal, o el veneno, o sus propias manos. Los hay políticos (el de Trotsky, con hacha; el de Kennedy, con el rifle; el de César, con la daga…); los hay de cuello blanco. Y pobres. Y ricos. Sin distinción de clase. Y están los que asesinan por hambre, o por desesperanza, o porque creen ver en ese acto una auténtica pasión, un arte, una manifestación de la estética, una filosofía. Y, más en el fondo de todas las escalas, degradado, está el asesino a sueldo, el de oficio, el sicario, que es tan vil como el mercenario, porque en él el único fin, deleznable, es el dinero.

 

Tanto en las ficciones como en la realidad ha habido asesinos que prefieren ahogar a sus víctimas, o llenarle la boca de mariposas amarillentas, o desollarlas, o pintarlas al óleo antes de asestarles el golpe de gracia. Algunos se divierten recreando la escena y otros enloquecen luego de su fechoría, o cuando ven el fantasma de sus víctimas. En cualquier caso, el espíritu del Anciano de la Montaña sigue rondando por el mundo.

 

3. Parte rosa (el imaginador)

 

Era un imaginador. Soñaba ser el más espléndido autor de ficciones sobre asesinatos, y para ello entrenaba, de modo oral, en las esquinas de su barrio, cuando la noche pintaba de sombras el asfalto y las luces fluorescentes rutilaban en los postes. Se sentaba en la acera, estiraba las piernas y tosía con una tos calculada, como para darse importancia, antes de comenzar sus relatos. Los oyentes lo rodeaban; algunos fumaban; otros, chupaban confites; todos observaban un silencio de respeto.

 

La última noche (claro, nadie sospechaba que aquella sería la última) narró una misma historia, en distintas versiones. Esta es la primera:

 

El barbero regó con entusiasmo y pericia la espuma sobre el mentón y las mejillas del hombre. Notó algunos granitos y se estremeció: “soy un buen barbero, un barrito no echará a perder mi arte”, pensó. Tomó la barbera y la pasó, suave, por la badana. El cliente, bien recostado, cerró los ojos, estiró las piernas y suspiró. Parecía disfrutar su estada en la peluquería. El barbero alzó el instrumento. La luz centelleó en la hoja. La barbera se deslizó, produciendo un sonido melancólico y arrastrando a su paso jabón y barbas. El artesano trabajaba con certeza. La navaja cortó un grano y la sangre brotó, sin notoriedades alarmantes. La mano del barbero vaciló y entonces la cuchilla cercenó otro barro. “Esto me pone nervioso”, pensó el barbero, y continuó. Otro granito se interpuso y fue cortado. La cara del hombre era una mezcla de espuma y sangre. La barbera siguió moviéndose, hasta que, en un momento de insensatez e inexplicable arrebato, el barbero decidió seccionar la cabeza de su cliente.

 

En su segunda versión, es el cliente quien degüella al peluquero, con una variante, que daba cuenta de la tranquilidad del asesino: él mismo, con la cabeza del barbero a sus pies, continúa afeitándose. En la tercera, el cliente no tiene granos en la cara, pero su barba es muy dura; lo que también pone nervioso al barbero. Al día siguiente, el imaginador fue decapitado por el barbero del barrio.

 

Esta historia es real. El imaginador me la contó una noche de bohemia en el bar La Arteria, de Medellín, hace muchos años.

 

  

Otras breverías (con espíritus de la India)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Espejo de la India

 El espejo, como la cópula, multiplica a los hombres, decía Borges en alguna de sus ficciones. Al mirarte a un espejo redondo, que es una evocación del sol, tendrás la capacidad de curarte a ti mismo. Eso cuentan los peregrinos, a orillas del río sagrado de la India, el Ganges, de aguas purificadoras. Si ese espejo está recubierto de madera, abeto, palosanto o cedro, se redobla el magnetismo, y entonces no solo te verás reflejado en él; habrás visto tu belleza interior, un sonriente espíritu que palpita con renovada energía. No se trata  del griego Narciso enamorado de su propia imagen hasta llevarlo a la muerte. Es tu ángel de luz, ser vivificador, el que te mira desde las profundas claridades de un espejo sagrado de la India.

 

Traje de novia hindú

 Están listos para la boda. Ella, vestida con un saris rojo, con bordados de hilos de oro, encajes marfilinos y joyas a granel, sonríe. El Brahman, el espíritu de la divinidad, está presente para conducirlos por caminos de prosperidad y santidad. El hombre, con traje de fiesta, le cuelga a su amada un collar de flores, símbolo de felicidad y fidelidad. Ya la hoguera -vínculo entre lo humano y lo divino- está encendida, pura luz de amor, y los novios dan siete pasos a su alrededor, uno según cada bendición que solicitan: alimento, fortaleza, riqueza, felicidad, hijos, ganado y devoción. Ella, más bella que siempre, recibe en sus cabellos un rocío de polvo rojo depositado por su amado. Y una lluvia de flores y arroz los celebra en su nueva vida. Ella sigue sonriendo, tan radiante como su traje.

 

Cristal

Los hombres antiguos inventaron el cristal para atraer a los dioses. En vasos transparentes, como una réplica del alma de los bondadosos, vertían agua de manantial. En el momento del ocaso, los dioses llegaban a mirarse en ese espejo líquido y sólido. Y se quedaban ahí, brillando, para acompañar a los humanos en las horas de tinieblas.

 

Sobrecama de estrellas

Los ojos de la noche son las estrellas. Una leyenda, tal vez de la India, cuenta que para tener sueños de luz, las sobrecamas deben semejar un cielo nocturno. Así, las estrellas soñarán que son fuegos helados, como lo imaginaron los guaraníes. Y los durmientes despertarán con una constelación bajo la almohada.

 


Dos Breverías

Por Reinaldo Spitaletta

 

Orquídea mariposa

 La mariposa soñó que era una orquídea. La orquídea soñó que era una mariposa. Los sueños se juntaron y ya ninguna sabía quién soñaba a quién. La luna, mediadora en la confusión onírica, las soñó a ambas. Del sueño de la luna nació un misterioso híbrido: la orquídea mariposa.

 

Manteles de Provenza

Imaginativas damas los tejieron con el olor del espliego, el perfume de las huertas y el aroma del olivar. A la hora del té, los manteles de las señoras de Provenza irradian una particular luz que madura las uvas: la misma que embriagó a los impresionistas.

Todos mis barrios muertos

“¡Esas cosas ya pasaron pero tienen su emoción!                                                                                       Enrique Cadícamo

 

Por Reinaldo Spitaletta

Todos los barrios donde he vivido, formaron uno solo en mí. Así que si la patria es el barrio, la mía es una conjunción de esquinas borrosas, de muchachas que hoy deben tener cincuenta y cinco, de señoras con litros de leche en sus manos de trapeadora y que hoy deben estar bajo tierra o ser parte de un polvo cósmico. El barrio, una geografía de imaginarios, un territorio de canciones viejas y balcones en flor, una transgresión de lo catastral, ya no va más. ¿O sí?

 

Si el barrio es la patria esencial, ¿para qué la patria? Tal vez para apegarse a adobes descaecidos, a aceras en las que alguna vez nos sentamos a ver pasar el mundo; o para sumirse (sumirnos) en recuerdos que por más que vuelvan, lentos y apergaminados, ya son parte de un dolor de tiempo. ¿Acaso la patria te uniforma? ¿Te hace hablar igual al otro, sin diferencias en tonos y tesituras?

 

No sé si en ese barrio (¿cuál?) escuché canciones gangosas de hombres vencidos, que se iban confundiendo con el paisaje de fachadas muertas y patios sin sol. No sé si alguien, ¿quién?, dijo una tarde, en una calle plena de crepúsculo, que era un hombre sin memoria, sin pasado, sin historia, porque había perdido los recuerdos. Y en este punto quizá esté la voz ida de papá, cuando, tal vez sintiendo el peso inexorable del reloj, me advirtió: “Ah, sí, ya tienes recuerdos, entonces ya no eres joven, estás a punto de alcanzarme”. Lo dijo con sonrisa triste, pero con la convicción del que sabe que ha ganado la partida.

 

No sé por qué insisto en el barrio como noción de patria. ¿La patria para qué? ¿Para creer que pertenecemos a un lugar? ¿Para alimentarnos la desazón de una nostalgia? Soy un barrio fragmentado, un barrio monstruo, un barrio tal vez imaginado-diseñado por una suerte de doctor Frankenstein, y todo por culpa  (o por gracia de, según como se mire), digo por culpa de papá y mamá, que anduvieron de arriba abajo, de norte a sur, a veces sin brújula, pasando de una casa inexpresiva a otra más lejana y fría, y así mis patrias se juntaron (o se separaron) de a pedacitos: un amigo que no está; una chica que no vi más; un balón que nunca atravesó la portería de dos piedras en la calle-cancha de la infancia; una guitarra bajo un balcón; una piedra en la vidriera…

 

A mí no me pasó como a Eladia, la del Sur, que podía cantar: “La geografía de mi barrio llevo en mí / será por eso que del todo no me fui”, porque sí me fui del todo, sin volver, sin creer como el gordo Troilo que “siempre estoy llegando”, y cada barrio donde estuve (¿estuve?) dejó vacíos que los otros barrios jamás pudieron llenar. Así que ¿¡cuál patria!? No hubo continuidad en la muchachada de la esquina final; ni en el viento de cometas de enero; ni en aquel pedacito de cielo, que ni era cielo ni era azul, según las palabras de Lupercio de Argensola. ¿Será verdad tanta belleza el barrio?

 

Digo que el barrio que llevo en mí -es apenas un decir-  es como un espejo roto, y cada vez que uno-reúno los fragmentos, la imagen resultante es como la de un monstruito caricortado. De alguno tengo la vaga memoria de un café de sillas desvencijadas; de otro, un aroma de eucaliptos; del de más acá, el pito nocturno del celador; y del de más allá, un lejano sabor-olor a pomas.

 

Un viejo poeta me dijo, hace tiempos, a modo de advertencia o quizá de amenaza, que dejara de hablar del barrio, que lo matara. Y yo pensé entonces que mi barrio era un barrio muerto. No sé de qué barrio soy. Mejor dicho, no soy de ninguno, aunque de cada uno me haya quedado alguna cicatriz, y de uno en especial el sabor de un beso furtivo en los labios de una chica que tenía un raro parecido con Marilyn. Yendo en contravía de un gotán, de cada barrio (¿de cada amor que tuve?) en que viví tengo heridas. Menos mal que ya no sangran. La sangre se la tragó el “ladrillo infeliz” y la tierra amarilla de todos mis barrios muertos.

 (Escrito en Medellín, una noche sin música de alas)

                                         

 

Dos versiones de Caperucita Roja

Por Reinaldo Spitaletta

 

1. Visión del lobo

 

Cuando el lobo vio a Caperucita Roja, huyó por entre los árboles. Su instinto de conservación le advertía que los humanos eran seres perversos y que esa muchachita de apariencia inocente y con “cara-de-yo-no-fui” sería capaz de abrirle el vientre a cuchilladas con el propósito de encontrarse a sí misma.

 

2. Para comerte mejor

 

Antes de que la fábula existiera, Caperucita, gracias a una inexplicable clarividencia, la supo, la presagió. Y quiso cambiar los acontecimientos. Preparó su plan durante meses. Avisó a su abuelita de lo que pasaría y le enseñó cómo enfrentar los hechos. Le dijo que el día señalado ella iría por el monte y cantaría más bello que siempre, y en su canastita, en vez de pasteles, metería un afilado puñal. El lobo –decía la niña- pasaría entonces de victimario a víctima. Ella, tras desollarlo, se disfrazaría con la piel y asustaría, camino a casa de la abuela, a pastores y ovejas, y después ambas pondrían en escena la comedia.

 

_Abuelita, usted le preguntará al lobo, es decir, a mí, para qué son esos ojos tan brillantes y esas orejas tan grandes y los dientes tan afilados… y así. Después de todo, para celebrar, usted horneará pasteles de manzana y nos los comeremos.

 

La tarde (o la noche) de los sucesos (la nueva fábula no lo aclara) el viento, frío y sin pausas, aullaba en el monte. La abuela lo escuchaba sin temor alguno. Se frotaba las manos y sonreía como lo solía hacer cuando ella tenía la edad de su nieta: con exceso de picardía.

 

Esperó, sosegada, en la sala. Cuando escuchó los golpes en la puerta, fue abrirla con alegría. Tenía, en verdad, muchas ganas de jugar.

 

_¿Para qué son esos ojos tan grandes y tan brillosos?

 

_Para mirarte mejor

_¿Para qué tienes esas orejas enormes? _preguntó la abuela, sin poder ocultar una súbita aprensión que intentó disimular con una sonrisa más ancha.

 

_(…)

 

_¿Y para qué esa boca descomunal con dientes tan terribles?

 

_Para comerte mejor

 

Cazadores que horas más tarde aventuraron a pasar por el frente de la casa, encontraron en el corredor manchas de sangre y, abandonada en unos matorrales cercanos, una canastita especial para cargar pasteles,

 

Uno de ellos, con ojos de perro de monte, dijo, angustiada la voz: “Qué vaina, las fábulas son desconcertantes”.

 

 

 

Un pájaro

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Aleteaba a la velocidad de un colibrí. Su pico era largo y ganchudo. Plumaje con brillos incandescentes. La primera vez que lo vi, yo estaba frente al espejo, peinándome. Su imagen virtual me encandiló. Parpadeo rápido, repetido. Sensación de sueño. Voló. Continué, sin asombros, mi labor de arreglo capilar. Entonces, apareció de nuevo. Vino hacia mí. Creí que chocaría contra mi cabeza. Penetró en la luna de azogue y picoteando mi reflejo, lo consumió. Yo -para ser sincero- estaba fascinado con el espectáculo. Un pajarraco me tragaba detrás del espejo. ¡Increíble! Salió, saciado, y se fue a posar sobre la cabeza de mármol de Beethoven. Recordé, explicablemente, El Cuervo, de Poe. Intenté espantarlo con la toalla. Nada. Inmutable. Llamé por teléfono al vecino. Cuando llegó, su cara resplandeció con los destellos del ave. “¡Qué hermoso pájaro!”, exclamó. “Pues se acaba de tragar mi imagen y ya el espejo no me refleja”, apunté con desesperos. El vecino me miró, extrañeza en sus ojos. “Vamos a ver”. Nos acercamos al espejo. Solo él se reflejó. El pájaro voló con furia, repitió la operación. También se tragó la imagen del vecino. “Esto es imposible”, dijo. El avechucho, otra vez sobre la cabeza del genio, parecía sonreír. Es, de veras, muy rara la sonrisa de un pájaro. “¡Hay un peligro!”, dijo el vecino, con cierto dejo de preocupación. Y agregó: “Cuando haga la digestión de nuestras imágenes, sentirá hambre y nos devorará a nosotros realmente”. Acababa de pronunciar su alerta, cuando ya estaba en la puerta. “¡Vámonos!”, me gritó desde afuera. Volví, esperanzado, a mirarme en el espejo. En esos instantes, el pájaro levantó vuelo, rabiosamente. Me atacó. Y mientras el ataque sucedía, mi vieja imagen, peinándome, reapareció detrás del espejo. Él, o esa cosa indefinible, se tragaba la realidad. Y yo me veía desaparecer desde el otro lado… Confieso que me siento bien viviendo dentro del espejo. El pájaro, entre tanto, sigue ahí, sobre la imperturbable cabeza de Beethoven.

 

(Del perdido libro Desfabulaciones)

 

 

Inodoros para el fin del mundo

 

“En este lugar sagrado / donde viene tanta gente / hace fuerza el más cobarde / y se caga el más valiente”

Grafiti en un sanitario público

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Dicen que las dos partes de la casa que deben permanecer impecablemente limpias son la cocina y el inodoro. Las demás pueden resistir. Sobre el segundo de los mencionados se ha mantenido una suerte de aire puritano, de lejana y tonta reverencia, y, casi siempre, las referencias a él, incluso en conversaciones de café, se llenan de eufemismos, de trechos que eluden la vía principal, y uno piensa que si las cosas tienen un nombre, exacto, preciso, aunque no sea hermoso, por qué entonces no decírselo. En verdad, ese necesario artefacto debería ser el símbolo de la modernidad (fue inventado por un tal Joseph Bramah, creador, además, de cerraduras y la prensa hidráulica, en el siglo XVIII, tiempo de la Revolución Francesa, el enciclopedismo, las luces, el marqués de Sade…), dado que, según parece, muchas ideas de tal período fueron concebidas allí.

 

Y sobre este último es que quiero palabrear, porque en “ese lugar sagrado” es relativamente fácil lograr un estado de íntima relajación, de serena actitud, y, sin esfuerzos costosos, es posible entrar en trance. O realizar una meditación trascendental, de esas que ningún gurú ha podido alcanzar. Ahí, sin perturbaciones, sin preocuparse siquiera porque el teléfono esté sonando, el hombre no sólo puede encontrarse consigo mismo (porque, es obvio, no es un sitio apropiado para encontrarse con alguien más) sino que puede su cerebro funcionar en alfa, y producir decenas de ideas, estirar su imaginación, atravesar umbrales poéticos.

 

Y todo ello en medio de olor de jabón (producto que ya usaban los sumerios hace casi cinco mil años), a desinfectantes, tal vez a discretos ambientadores. En verdad, están dadas las condiciones para que allí se pueda ejercitar el pensamiento y la sensibilidad, porque así como se afirma que hay literatura y filosofía de alcantarilla, también puede haber otra de sanitario, lo cual no significa, en modo despectivo, que tenga una utilidad similar a la del papel “toilette”. Se sabe (sin embargo, el sigilo profesional no me permite mencionar sus nombres) que muchos escritores, científicos, sociólogos, pintores, músicos, en fin, han hallado en aquel cuartito inspiración para sus composiciones, tratados, descubrimientos y especulaciones. Se han topado ahí con la musa, en un encuentro feliz y secreto. Claro que el talento reside en que no se note que sus creaciones fueron concebidas en un lugar tan poco ortodoxo para esas lides como es el evacuatorio, o watercloset que llaman los angloparlantes.

 

Lo que sí es incuestionable es que el retrete puede convertirse en el lugar más tranquilo de la casa para la lectura. Allí, aislado de televisores, de las correndillas de los chicos, del pandemónium cotidiano, uno puede concentrarse en los libros, para lo cual hay que mantener, sobre la tapa del inodoro, o en algún armario, un surtido catálogo de aquéllos. En ese lugar sacrosanto se puede leer con fruición a los poetas místicos, como San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila, y a autores más místicos todavía como son los del Manifiesto, que ya casi nadie lee, aunque un “fantasma” sigue recorriendo no sólo a Europa sino al mundo. Algunos han leído (en lo que pudiera llamarse “lecturas de letrina”) en tal ámbito a escritores que, de otro modo, jamás hubieran enfrentado, y de la experiencia les quedó un sabor especial. Hubo épocas, como se recuerda, en las que determinados libros, prohibidos desde los púlpitos o en los tableros, sólo era posible leerlos en la inmaculada clandestinidad del inodoro.

 

Antes de que se escribieran en las paredes callejeras, algunas declaraciones amatorias, ciertas obscenidades, una que otra consigna contra el gobierno, determinadas frasecitas ingeniosas, tuvieron su nacimiento en los inodoros públicos, donde probaron su eficacia. Ellos fueron la pila bautismal de los modernos grafiteros. Las agonías, represiones, desesperanzas y perversiones de una sociedad es factible auscultarlas en un orinal de bar, o en los “servicios sanitarios” de una universidad.

 

El inodoro –y su circunstancia – tal vez sea el lugar más seguro para protegerse de la bomba atómica, y de los ecologistas a ultranza, y de los vendedores de pólizas. Se recomienda que antes de entrar en él, se deje afuera el celular, porque estos aparatos interfieren la comunicación con los ángeles. Y con los demonios. Seres ultraterrenos que a veces aparecen por tal contorno. Por lo demás, el excusado puede ser el espacio ideal para esperar el fin del mundo.

 

 

Nota: En una novela de Poli Délano (En este lugar sagrado), un hombre se queda encerrado en un sanitario de un cine, mientras sucede el golpe de estado contra el presidente chileno Salvador Allende.