De prenderías, agiotistas y un sobretodo

Por Reinaldo Spitaletta

El recuerdo más viejo que tengo de un prestamista es el de un prendero de Bello. Se llamaba Modesto Ochoa y de su fisonomía no retengo nada. Creo que se ponía camisas blancas y echaba barriga. Lo que sí me viene con claridad a la memoria es la vez que salí con mi tío Benjamín, que llevaba a empeñar un sobretodo gris, que él a veces se ponía en noches lluviosas y daba la impresión de ser un espía, un agente secreto, o un actor de cine. Mi tío, de cabellera ondulada y rubia, y huequecillo en el mentón, era fotógrafo. Y aquel día, que me dijo que lo acompañara a “hacer una diligencia” al parque de Bello, metió en una bolsa el gabán y caminamos sin hablar por la carrera 50.

La prendería tenía un mostrador de madera, como el de las viejas tiendas. Y había estanterías por todo lado. Mi tío saludó al entrar, pero no recibió respuesta. Solo un “a la orden”, seco y sin interés.

Benjamín, con manos temblorosas (que no le temblaban para tomar fotos) desplegó la prenda sobre el mostrador. El usurero la observó, a distancia, con desprecio. “No le presto nada por eso”, dijo. Dio la espalda y se puso a mirar paquetes. Salimos sin decir nada, pero me asaltó una suerte de desazón revuelta con rabia. Fuimos a otra casa de empeños, situada a un costado de la plaza de mercado. El que atendió se sonrió cuando vio el sobretodo. “No, hombre, te queda mejor a vos. No prestamos sino en trajes”.

Había otras prenderías, como La Ruleta y La Fortuna, pero mi tío desistió. “Tendré que empeñar la cámara”, dijo sin ocultar un dejo de tristeza.

Me parece que desde entonces, los prestamistas, como el señor Modesto, me caen gordos. Y las prenderías (que en otros tiempos se llamaban montes de piedad o montepíos y ahora se denominan compraventas) me dan ganas de vomitar.

Muchos años después, conocí a Alberto Restrepo, un señor genial que hacía los crucigramas del suplemento literario del diario El Colombiano (lo denominaba el Pensagrama), que, siempre, sin falta, en alguna de las opciones, se iba en contra de los usureros, con un sentido del humor negro que se parecía al de Ambrose Bierce. Les tenía inquina a los agiotistas, incluidos, claro está, los de las prenderías.

El último prestamista que tuve cerca, se llamaba Abelardo (bueno, se debe llamar así todavía). Alguna vez nos prestó un dinero en hipoteca. Era gordo, de unos ochenta años y usaba unas gafas “culo de botella”, porque, según me contó, sufría de alta presión en los globos oculares. Cuando fue a ver la casa, me dijo que para qué una casa tan grande solo para dos personas (mi mujer y yo). “Como usted puede observar (le dije con cierta sorna) es una casa-biblioteca”. Entonces, su rostro abotagado cambió. Mostró interés por los libros, repartidos en varias habitaciones.

Y de súbito, comenzó a hablar de San Agustín y sus Confesiones, que él, según advirtió, leyó de muy joven. Y siguió con el Quijote y me dio la impresión que, en efecto, lo había leído con atención. Conversamos un rato acerca de las Bodas de Camacho y del Curioso Impertinente, cuando de pronto la charla derivó en la Divina Comedia. Me aprobó el préstamo.

Un año después, cuando fui a su oficina, en el parque Berrío, me saludó con entusiasmo y me prolongó el plazo para pagar la deuda, con un reajuste de intereses, por supuesto. Entonces recordó mi casa-biblioteca y dijo que ya no leía como antes, no sin mostrar un aire de desconsuelo. Y así no más, comenzó a recitar La Hora de Tinieblas, de Rafael Pombo: “¡Oh, qué misterio espantoso / Es este de la existencia! / ¡Revélame algo, conciencia! / ¡Háblame, Dios poderoso! / Hay no sé qué pavoroso / En el ser de nuestro ser. / ¿Por qué vine yo a nacer? / ¿Quién a padecer me obligue? / ¿Quién dio esa ley enemiga / De ser para padecer?”.

Me quedé mirándolo, con curiosidad. “No sé por qué se dedicó a la usura”, pensé y luego me preguntó por Arturo Cova y La Vorágine. “Parece un personaje de Balzac”, me dije. Y en ese momento me dio por preguntarle si sabía algo de Abelardo y Eloísa. “Claro que sí. Es una historia triste”, apuntó. Al año siguiente, ya había cancelado mi deuda con el extraño prestamista, que tenía dos secretarias muy bellas en su despacho. Jamás lo volví a ver.

Ah, no supe dónde había empeñado la cámara mi tío Benjamín. Quince días después, apareció de nuevo con ella. Su sobretodo, según contó un día, se lo regaló a un amigo que estaba pasando por apuros económicos. A lo mejor, terminó en alguna prendería, que no era ninguna de las de Bello. Modesto Ochoa murió en su casa de empeño, intoxicado por una lata de sardinas que había dejado destapada en algún estante. Tal vez estaba haciendo cuentas y olvidó comérselas a tiempo.

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Salteadores en las tinieblas

Por Reinaldo Spitaletta

 

“…que toda la vida es sueño / y los sueños, sueños son”. Calderón de la Barca

 

N.B. En otros días, tenía la costumbre de anotar en agendas gordas las imágenes de los sueños. Lo que de ellas se puede verbalizar. Llené dos o tres. Memorias de sueños y de pesadillas.

A veces sueño con calles oscuras, con la ciudad tenebrosa. Pueden ser sueños recurrentes, dice uno. Porque se han repetido con ciertas pausas y con variaciones. El leitmotiv es el mismo: una suerte de angustia frente a las tinieblas. Cuadras en penumbras, presentimiento de que hay salteadores, bandidos en la sombra, un perseguidor invisible. Busco la luz, pero no está en parte alguna. Negrura.

Dentro del sueño a veces creo que vivo una aventura peligrosa.

La noche (o, mejor, la madrugada) del dos de diciembre de 2010 tuve uno que, en rigor, no llegó a ser pesadilla. Iba de paso, por una calle que, sabiendo que era en Medellín, no identificaba. Vi a una periodista (su cara no la recuerdo) de un diario local, que no me miró. Parecía hipnotizada mientras caminaba sin rumbo aparente. Después, (pudo ser antes, porque el tiempo de los sueños es otro: es más: ¿hay tiempo en los sueños?), vi a un director de teatro, a Rodrigo Saldarriaga. Lucía muy joven, pelilargo y de camisa negra. Nos sentamos a la entrada de un restaurante, en el que nadie atendía. Llegó un actor, Eduardo Cárdenas, que me mencionó a un hombre de apellido Contreras. Rodrigo se iba poniendo cada vez más pálido. Su demacrado rostro me aturdió. “Parece triste”, me dije.

Actor y director se esfumaron. Quedé en medio de una especie de nada, siempre oscura. Y comencé a caminar. Sentía la vejez de las calles, su suelo arrugado. “Estoy en Maturín”, pensé, al ver una puerta abierta y un aviso de un bar que hoy no existe: Pigal (no Pigalle, como el parisino). Pasos tras de mí, y no podía voltear a mirar. Aceleré y llegué a lo que califiqué como una calle terrible, por su soledad amenazante.

Más adelante (o más atrás) me enteré de que me habían birlado el viejo teléfono celular. En el bolsillo de la camisa apareció una cubierta, una carcasa (una coca, decimos en Medellín) sin batería. “Me cambiaron el teléfono”, me dije con resignación. Disminuí la velocidad, los pasos eran volátiles, como si tuviera pies de gato. En mi cuello apareció de súbito un escapulario, o quizá era un collar delgado, de fantasía. Sin saber por qué resulté en un sitio opaco y en apariencia deshabitado. Hacía frío. Mis zapatos estaban enlodados y el pantano se metía en ellos. Alguien corrió tras de mí. “Señor, señor, ¿cómo está?”, me preguntó el perseguidor, de cara juvenil (pese a la oscuridad, vi su rostro). Tocó mi cuello. Se enteró de que no había oro, nada valioso. Más adelante, en una encrucijada me di cuenta de que mi bolso de marca, no estaba conmigo. En su lugar, había uno de tela ordinaria, una especie de dril azul. Y vacío. Cuando desperté, sudaba.

La tristeza de un yuyo verde

Por Reinaldo Spitaletta

Me atraían la música y la voz del cantor cuando advertía: “Callejón, callejón, lejano, lejano” y entonces, un ser que poco había vivido, ni siquiera romances truncos ni alborotadores, me parecía que veía en la distancia una calle de malevos en Bello, la calle del Talego, que más que calle, era callejón sin salida. No me daba el sentido, pero seguía escuchando: “íbamos perdidos de la mano, bajo un cielo de verano, soñando en vano”. Confieso que me sonaba lindo, pero no alcanzaba a entender del todo lo que el cantor fraseaba. El mundo para uno estaba como recién hecho, o eso pensé después. El traganíquel lo brotaba como si fuera una serpiente que surgiera de su guarida, aunque tampoco sabía por qué comparaba un tango con una sierpe.

Y yo ahí, con otros muchachos, en la acera, muy cerca de la ventana abierta del bar. Y dejaba de escucharlos a ellos para ponerle cuidado a la letra, que, insisto, me atraía, pero nada. Quizá mis palabras eran muy pocas, y mi entendimiento también: “Un farol, un portón, igual que en un tango”. Lo de farol lo conectaba con los que poníamos en casa, y en todas las casas, el siete de diciembre, el día de la luz, o mejor, la noche de la luz, que me parecía la más bella del último y definitivo mes del año. A veces imaginaba una suerte de estampita, con un farol y un portón, como el de las casas grandes del barrio Manchester, pero, en rigor, la palabra tango tampoco era muy familiar para mí. Sabía, claro, que lo que sonaba era un tango, pero para mí era una música, en esos días de fútbol de calle y patotas de esquina, lejana-lejana y creo que llegué a pensar que era triste. Y por qué un chico, quizá tenía trece o catorce años cuando empezó a atraerme esa canción, tenía que estar lleno de tristeza. No sabía. Pero cada que sonaba, porque alguien, un mayor de esos que iban casi todos los días al bar, le echaba una moneda, o dos, o tres. Y creía yo que algo tenía que pasarle al hombre que insistía tanto con esa pieza: “Un farol, un portón -igual que en un tango- y los dos perdidos de la mano, bajo un cielo de verano que partió”.

Mejor dicho, me quedaba como de una pieza, que así decían algunas señoras para expresar que estaban como pasmadas, boquiabiertas, sin reacción. “Cómo así que perdidos de la mano”, pensaba yo. Me preguntaba: “¿iban de la mano por algún país y se perdieron?”, me interrogaba, pero el asunto tampoco era que me hiciera reventar la cabeza ni que no me dejara dormir, aunque me inquietaba. Era como una atracción fatal. No sé por qué no le pregunté a nadie entonces si entendía lo que el traganíquel (creo que era un Seeburg) cantaba, o mejor dicho, lo que el cantor cantaba. La vocalización era perfecta, pero a mí no me alcanzaban las entenderas para interpretar o para darle sentido completo. “Déjame que llore crudamente, con el llanto viejo del adiós”. Cuando esto decía, a mí me iba dando como taquicardia. Me parecía contundente y definitivo lo que decía, pero no le daba la dimensión que años después, creo, le encontré a esos versos y a casi todos los del tango Yuyo verde, de Domingo Federico y Homero Expósito.

La letra me seguía sonando. Y tengo la impresión que durante varios días o semanas, iba a sentarme en la acera de aquel bar del barrio El Congolo, para sentir alguna revelación. Pero nada. Mi confusión aumentaba: “Adonde el callejón se pierde, brotó ese yuyo verde del perdón”. Ni de fundas sabía yo que era el tal yuyo, y era tan fácil ir y buscar en un diccionario, y creo que dejé pasar mucho tiempo para enterarme de qué se trataba, y digo que fue cuando, ya entradito en años, por lo menos más de veinte o veinticinco, me empezó a emocionar el tango Malena (“a yuyo del suburbio, su voz perfuma…”). El caso es que la frase no me daba: “yuyo verde del perdón”. A quién se estaba perdonando, quién perdonaba a quién y por qué. Bueno, tal vez eran disquisiciones tontas, que sin embargo, me preocupaban.

Déjame que llore y te recuerde / -trenzas que me anudan al portón- / De tu país ya no se vuelve / ni con el yuyo verde / del perdón”. Y ahí sí era Troya, porque en ese punto, y no sé por qué, me daban ganas de llorar, junto con el cantante. “¿Dónde estás? ¿Dónde estás? ¿A dónde te has ido? ¿Dónde están las plumas de mi nido? ¿La emoción de haber vivido y aquel cariño?”. Y en este punto a mí la tristeza no me alcanzaba para conmocionarme sin que los otros, que hablaban de cuánta vaina había, se dieran cuenta. Entonces me retiraba con discreción a un lado, miraba al cielo, o a un balcón, y después me quedaba con la vista clavada en el piso. “Y este llanto mío entre mis manos / y ese cielo de verano/ que partió”.

Pasó el tiempo, qué tal que no, y no sé cuándo en un bar de Bello, muy cerca de la calle del Talego, que fue un antro de malevajes y otras sordideces, alguien le dio por pedir a Yuyo verde, por Edmundo Rivero. Y la película retrocedió a los días en que a mí ese tango se me colaba por la piel, sin que yo quisiera, y me hacía un nudo en la garganta. Como el que tengo en este momento, cuando don Roberto Goyeneche me lo está cantando, susurrando, en una noche fría, sin cielo de verano, pero sí con la emoción de haber vivido la tristeza de alguien que le echaba siempre monedas al mismo tango.

Kafka y una muñeca de sololoy

Por Reinaldo Spitaletta

Durante muchos años, mamá tuvo en su casa paterna de Rionegro, un escaparate de un solo cuerpo, de más o menos uno ochenta metros de alto, con espejo. Era, según dijo, de caoba y la historia de cómo lo consiguió nunca la supe. Cada que nos llevaba con ella a mis hermanos y a mí, o a veces a mí solo, nos abría el armatoste para mostrarnos recuerdos de niñez y juventud. Tenía, por ejemplo, fotografías de hombres enfermos, con la piel en pedazos, que ella había conseguido en sus días de enfermera de hospital. Había algunos libros descaecidos, como El coche número 13, poesía de Lamartine y una edición de La dama de las camelias. También unos cofrecitos de los cuentos de Saturnino Calleja, pero lo que más miraba con dulzura (sus ojos carmelitas se ponían saltones) era una muñeca de ojos de vidrio y traje color crema.

Había también tejidos de crochet, cajas de lata con collares rotos, prendedores, aretes antiguos y un pequeño libro encuadernado en piel de becerro rubio con poemas románticos. Las primeras veces uno tenía la curiosidad viva y todo lo que allí había parecía una novedad. Después, ya no se le prestaba atención al contenido del mueble, del cual no se supo su destino final. Lo que si me quedó sonando algún tiempo fue la muñeca, que tenía el tamaño de un recién nacido, pero no por su cara imperturbable (aunque sus ojos eran móviles, se cerraban cuando alguien la cambiaba de posición), sino porque mamá decía que era una muñeca de sololoy.

La palabra me parecía sonora y extraña. Y ella, al uno preguntarle qué significaba, decía que era el nombre del material del que estaba hecha. Pero no daba más pistas. El asunto permaneció así, casi en el olvido, hasta cuando, una tarde, haciendo una reportería, una señora que tenía en su casa varias muñecas de la misma sustancia, me explicó que, en realidad, no era sololoy, sino celuloide, un material que se preparaba con base en el nitrato de celulosa y que en inglés se escribe “celluloid”. Cuando llegaron a Colombia, a principios del siglo XX, la gente suavizó la pronunciación y la transformó en sololoy. Con el celuloide, además de juguetes, también se hacían las películas cinematográficas.

La muñeca de mamá, de la cual tampoco supe su paradero final, me entusiasmó un día cuando leí una historia que, cuentan, le sucedió a Franz Kafka. Resulta que una vez, cuando el escritor paseaba con su mujer Dora Diamant, por el parque Steglitz, en Berlín, se topó con una niñita que lloraba sin pausa porque había perdido su muñeca. Kafka le dijo que no se había perdido, sino que se había ido de viaje. La chiquilla le preguntó cómo lo sabía y entonces él le contó que había recibido una carta de la muñeca, pero que no se la podía leer ahora porque la había dejado en casa. “Si mañana, a esta hora, estás aquí te leo la carta”, dicen que dijo el autor de El Proceso.

Al día siguiente, Kafka le leyó la carta y durante tres semanas le llevó misivas procedentes de Londres, París, Viena y del mismo Berlín, hasta que en la última la muñeca revelaba que se iba a casar y que ya no era posible volver. Para entonces, dicen, la muchachita ya se había resignado a la pérdida de su juguete y el llanto por este era cosa del pasado.

La historia, que no ha podido ser documentada, ni siquiera por Klaus Wagenbach, editor y uno de los exploradores más intensos de la obra kafkiana, tiene inmensos ribetes de belleza y humanidad. En el libro El último amor de Kafka, de Kathy Diamant, hija de Dora, aparece mencionada la niña pero no hay rastros de las cartas. Tampoco en los diarios del escritor. Paul Auster, en su obra Brooklyn Follies cuenta la historia de Kafka y la niña de la muñeca perdida, y también lo hizo en un artículo de prensa Tomás Eloy Martínez, que precisamente una vez invitó a Auster para que les hablara a sus alumnos de esta peripecia.

Real o no, es una maravilla de historia. Si no fue cierta, sí hubiera sido posible, dadas la sensibilidad y la inventiva del artista. Por lo demás, cuántas cosas suceden en la realidad que parecen ficción. Mejor dicho: la realidad está llena de ficciones. A la postre, qué importa si Kafka encontró en un parque berlinés una niña que lloraba por su extraviada muñeca y si escribió unas cartas de consuelo. La historia ya existe, aunque no estén las cartas ni la niña. Ni la muñeca.

De lo que sí estoy convencido es que la muñeca de la niña alemana, que se dejó seducir y consolar por las cartas de un escritor checo, era como la que mamá guardó durante tantos años en su escaparate de caoba: una muñeca de sololoy.

Romero para el recuerdo

Por Reinaldo Spitaletta

En casa, cuando mamá llegaba de visitar a su padre, en una vereda de Rionegro, Antioquia, el olor a plantas medicinales y aromáticas comenzaba a regarse por todas partes. Desenvolvía cidrón, yerbabuena, albahaca, limoncillo, manzanilla, ruda, malva, rosa amarilla y romero, al tiempo que papá, con cara entre disgustada y humorística, decía que solo iba por allá (él casi nunca visitaba a su suegro) a traer yerbas y nada de comida, qué vaina. Pero sí había algunas frutas como chirimoyas y guayabas rojas, y a veces uchuvas, de color amarillo encendido.

El ritual del desempaque era atractivo, porque, ella, que sonreía con los ojos, nos miraba con cara de saludo cuando iba poniendo sobre la mesa de comedor y el poyo de la cocina una exhibición botánica que perfumaba todo el ámbito familiar. Con esas yerbas, preparaba bebidas y algunas de ellas también las usaba para alguna receta gastronómica. Y digo esta palabra, pero casi como un anacronismo, porque no recuerdo si entonces era pronunciada por alguien en casa. Casi todo al respecto, se llamaba culinaria.

Al atardecer, mamá hacía aromáticas de limoncillo y manzanilla, y por las mañanas, yerbabuena y no sé qué otras. Pero la ruda jamás se utilizó para brebajes o pócimas caseras, sino para sembrar en materas y tenerlas, según mamá, como una manera de alejar malos espíritus, evitar el mal de ojo, controlar fuerzas diabólicas e impedir que a casa entraran las envidias y los deseos perversos de algún vecino. Eran sus palabras.

El romero lo empleaba no en la mesa, sino en los pies. Digo que hacía infusiones que, por lo demás, perfumaban toda la casa, para luego echarles sal marina y vaciarlos en una ponchera de peltre. Metía sus pies allí y su rostro parecía gozar con la sensación caliente y humosa del recipiente. Las ramas, con múltiples hojas, de la mata parecía que le hicieran cosquilla, porque ella gozaba mientras cumplía con la faena, que era una o dos veces a la semana. “Qué descanso”, decía.

Creo que con el tiempo a mis hermanos y a mí, lo mismo que a papá, comenzaron a cansarnos los olores perfumados de las matas, los hervores de limoncillo y de yerbabuena, la ruda en macetas, que a veces ella colgaba también, amarradas con una cinta amarilla, en los respaldos de las puertas como señal de buena suerte, según decía. O quizá no era que nos chocara el cargamento que traía de Abreíto (que era el nombre de la vereda) hasta Bello, que era donde vivíamos, sino la repetición. Siempre lo mismo. Una rutina de olores, sabores y aburrimientos aromatizados.

Mamá, que siempre fue una interesada en los secretos de las plantas, como que leía libros de editoriales argentinas, tales como Botánica Oculta, Los secretos de las plantas y otros de cuyos títulos no me acuerdo, nos decía que había que cargar gajitos de ruda en el bolsillo para evitar ladrones y tener la posibilidad de contrarrestar las malas intenciones de la gente en la calle. A veces le hacíamos caso, solo por mantenerla contenta. Mucho tiempo después de ella haber muerto, una mata de ruda me salvó de un embrujo letal, pero esta es una historia para otra narración.

El caso es que hoy me he acordado de mamá y de sus plantas (que algunas también las sembraba en materos de barro y en latas de galletas de soda), porque he leído un pequeño artículo que habla sobre el romero (una planta que Celia Cruz no incluyó en su Yerberito moderno) y su capacidad para mejorar la memoria. El asunto ya lo sabía Shakespeare, experto en hojas, flores y tallos, porque, en el Acto Cuarto de Hamlet, hace decir a Ofelia, tras la muerte de su padre, Polonio: “Aquí hay romero, es para el recuerdo. Por favor, amor, recuerda; y aquí hay violetas, para los pensamientos”.

El penetrante olor del romero es evocador. Hay en él un poder de reminiscencia. Aparte de sus valores cosméticos y gastronómicos, tiene la facultad de mantener joven al cerebro. Según investigadores, el aceite esencial de romero puede servirles a individuos con capacidad cognitiva afectada para recuperar sus atributos. Y ahora que lo dicen, recuerdo que mamá, cada que estaba con sus pies metidos en la ponchera de agua caliente con romero y sal, comenzaba a recordar a sus antepasados, a su abuela Estanislada y no sé a quiénes más, a los tiempos viejos, a sus juguetes de infancia, a los libritos de Ediciones Saturnino Calleja y se le alborotaban las ganas de contar viejas historias y hacer genealogías familiares.

Dicen que los olores de infancia son difíciles de borrar. Y entre los míos durante mucho tiempo estuvo el del romero, que según los latinos significa “rocío marino”, y según los griegos “el arbusto aromático”. Ahora, mientras evoco las plantitas que mamá traía de la finca de mi abuelo y que papá miraba con desgano y cierto dejo de burla, llega hasta este lugar de la tarde una exultante vaharada de romero. En efecto, Ofelia (y su papá Shakespeare) tenía razón: el romero sirve para recordar.

Don Marcial Lafuente y una estampida de vaqueros

(Una nostalgia del Oeste, con apariciones del Tío Sam)

“Y en horas perdidas
se leyó enterito
a Don Marcial Lafuente,
por no irse tras su paso
como un penitente”.
Romance de Curro el Palmo-Joan Manuel Serrat

Por Reinaldo Spitaletta

El Tío Sam nos uniformó a una generación que ya es arqueología con yines azul denim, desteñidos y desteñibles, botas de cuero de vaca, camisas de vaquería, músicas con olor a arena de Arizona interpretadas en los huequecillos de una armónica, sombreros alones, caballos de palo a falta de unos de carne y silla de montar, revólveres de plástico imitaciones fieles de los Colt auténticos, de los mismos que cargaban al cinto el legendario Buffalo Bill y John Wayne en sus western, algunos más bien espantosos, y para que no nos diéramos cuenta del delicado proceso de colonización mental, nos puso a leer, antes de entrar a la escuela, y también a la salida, las aventuras intrépidas del Llanero Solitario.

Es que el Tío Sam tenía muchas agallas. Si usted, joven de hoy, lo hubiera visto, no lo dudaría. Aquello de provocar, por ejemplo, la locura de Pepe, el mancito más teso que había en la cuadra para apedrear pájaros con cauchera, tiene su misterio. El muchacho, caminadito bacán de barriada, se creyó la reencarnación de Billy el Kid, y le disparaba a todo el mundo sin más ni qué, con un revólver de madera barnizada, cacha brillante en la que había dibujadas las cabezas de dos caballos. Y todo el malestar mental de Pepe lo causó, según decían las señoras, el exceso de lecturas de las revistas que alquilaba en la esquina don Benjamín Pérez, en las que se contaban las peripecias del enmascarado montador de yegua blanca, plateada, que en rigor no estaba solo, sino acompañado de un indio bobalicón; y de las aventuras de Hopalong Cassidy, sombrero oscuro y manos rápidas para el tiro; y de las tropelías y el matadito de ojo de El Virginiano y de otros tipos bebedores de whisky en las barras del Saloon, que volvieron leyenda al Oeste americano.

En realidad, por la habilidosa publicidad del Tío Sam, Pepe nos contagió a todos los de la gallada (hoy se diría algo así como combo) su desquiciada imaginación. Y nos puso a leer las cabalgatas de don William Cody y las polvaredas que levantaba don William Levi Buck Taylor, y a ver películas de Audie Murphy en el teatro Rosalía, y a afinar puntería con el rifle Winchester 94.30-30, y a escuchar la voz de Gene Autry, y a intercambiar revisticas vaqueras por otras del Santo mexicano, enmascarado de plata, en los matinales del domingo. Nos enloquecimos con los rodeos cinematográficos y, más tarde, supimos que el mayor cowboy gringo fue Teddy Roosevelt (el mismo que tomó a Panamá), que en 1898 usó para sus baladronadas en la guerra hispano-estadounidense a los rough-riders o de domadores de caballos de las tierras donde se pone el sol.

Sin embargo, toda la inteligencia del Tío Sam y la de sus sobrinos, no pudo con la imaginación de un viejecito español, llamado Marcial Lafuente Estefanía (1903-1984), fumador de tabaco, que escribió, para nuestro deleite, cerca de tres mil novelas del Oeste americano, como quien hace hamburguesas. Ni el Fénix de los Ingenios pudo superarlo en cantidad. Pepe, el del sombrero tejano, fue el que lo descubrió y nos lo hizo saber. Entonces supimos de las andanzas de don Marcial y de sus disparates al estilo Dalí. En sus años mozos, cuando estuvo encanado, es decir tras las rejas, el tío ibérico escribió sobre papel higiénico y a lápiz tres novelas: una de amor, otra policiaca y una del Oeste. Al salir de la prisión, se las pagaron a setecientas pesetas y el hombre se amañó con el negocio, cuyo producto fue calificado por aquellos intelectuales existencialistas de la otra cuadra, como “subliteratura”.
Don Marcial, del que éramos hinchas, era un caso extraordinario. Durante la Guerra Civil española perteneció a las filas republicanas. Y quizá por ello en sus libritos del Oeste americano defendía a los indios, a los débiles y a los del Sur, no porque estuviese de acuerdo con los sureños, sino “porque fueron los perdedores de una guerra civil”.

Eso es lo que nos contaba Pepe, muy enterado de las correrías de nuestro héroe. Don Marcial, escribidor durante dieciséis horas al día, atacaba tiranos, a abusadores de corbata y a los explotadores. Y, como caso curioso, se hacía una lista de los personajes para no matarlos dos veces en una misma novela. El viejito, según dicen amantes de la estadística, mató a más de veinte mil personajes en sus creaciones de fábrica. Dicen que el escritor humorista Enrique Jardiel Poncela le dio un consejo a don Marcial: “Escribe para que la gente se divierta; es la única forma de ganar dinero con esto”.

Y aunque usted no lo crea, estimado lector, las faenas de vaquería aumentan la imaginación. A don Marcial, además, le engordaron un poco el bolsillo, pese a las industriosas jugadas del Tío Sam por impedirlo. Hasta en alemán y portugués se leyeron las aventuras brotadas del magín del viejecito bueno que murió de pulmonía doble a los 81 años. A Pepe, por su parte, los librillos marciales, vaqueriles, le secaron el cerebro y lo pusieron a delirar día y noche.

Y a nosotros, admiradores de don Marcial y cuestionadores de la política del cowboy Teddy, nos quedaron de toda esa estampida de vaqueros americanos unos yines desteñidos (algunos llegaban de contrabando), un par de botas rotas y unos melancólicos acordes de armónica. Nostalgia de un Oeste de infancia y adolescencia que ya no lo es.

Lluvia de domingo por la mañana

Por Reinaldo Spitaletta

Domingo por la mañana. La lluvia comienza, leve en su caída sobre árboles y asfalto. Escucho en la carrera San Martín, por donde ahora pasan ciclistas y algunos caminantes, las gotas contra algunos entejados. Suena bien y me persuade de que no me quede en la contemplación, que camine y sienta el goteo sobre la gorra roja con un escudito del DIM que me toca la cabeza. Me empieza a gustar el olor de la calle mojada. Camino ahora por la calle Urabá, paso la clínica El Rosario y me enrumbo al parque de La Ladera. La manga está muy mojada, y mis tenis se hunden en ella. Hay señales de tierra amarilla, que manchan la hierba. Huele bien la lluvia en la tierra.

Hay poca gente en La Ladera. La lluvia parecer tener pocos amigos un domingo por la mañana. El parque, en rigor, tiene escasos árboles; unos apenas están en pañales. Cuando crezcan le irán cambiando la cara, que ahora es más manga que frondosidades. En este parque hubo una cárcel, creada en 1918 y derribada en 1976. De su construcción, solo quedan algunos arcos y un muro antiguo, cercenado. Quizá es una huella para que la memoria no se agote del todo. Ah, hoy, donde había celdas y patios con presos, hay una biblioteca con nombre de poeta: León de Greiff, el de la taheña barba. No hay voces de niños. Ni de adultos. La lluvia parece haber disuadido a los visitantes. Camino hacia una calle y me enruto por unos jardines recién construidos, con pencas, barandas de guadua, guardaparques. La lluvia refresca el ambiente.

Me encamino hacia el barrio Boston. La lluvia continúa. A veces, un poco menos. A veces, aumentando. Mis lentes están con gotitas. Veo todo como si se tratara de una pintura puntillista. Los limpio con la franela. No ganan en desempañamiento, pero veo un poco mejor. Me detengo debajo de un casco’evaca y sus hojas dejan caer gotas gordas. Voy llegando al antiguo colegio de San José de la Salle. En una acera, un hombre en pantaloneta naranjada y camiseta blanca, echa agua con una manguera. “Eso mismo es lo que está haciendo la lluvia”, me digo.

Cuando estoy cerca a la portería de lo que antes fue el San José, veo a un carretillero. Su camisa roja está empapada. Sus frutos, también. Anuncia con voz mojada bananos y mangos y aguacates y granadillas. Nadie sale a las ventanas. Doy la vuelta, y cuando pasó por donde el hombre que lavaba la acera, lo encuentro en la puerta de su garaje con una taza y una cuchara en las manos, mastica con placer, al tiempo que observa la calle húmeda. De la iglesia de San Policarpo brotan campanazos. Más abajo, por la calle Caracas, hay en una esquina tres muchachos que, junto a un teléfono público, toman cervezas. Parecen ebrios. Paso al frente de la Escuela Caracas, la que diseñó el arquitecto francés Charles Carré. Ahora estoy cerca del parque de Boston. La lluvia ha disminuido. Siento olores a pan fresco y a árboles lloviznados. En el cielo, ya hay retazos de cielo azul. Recuerdo una vieja crónica de Azorín, llamada La tempestad, que nos hizo leer el profesor de español de quinto de primaria. En la iglesia del Sufragio, los feligreses se disponen para la misa.

Ahora, estoy, de nuevo, en predios del barrio Prado. Sobre una acera, hay un cementerio de flores moradas, sus pétalos muertos la tapizan. Paso sobre ellos y creo estar pisando una alfombra. Seguro, muchos de estos cadáveres se aferraron a la suela de mis tenis. La lluvia se ha esfumado. El domingo avanza sobre la carrera San Martín, en la que hay conos y cintas anaranjados, algunos tapan las bocacalles. La ciclovía no tiene todavía muchos usuarios. Digo que la lluvia no goza de muchos amigos un domingo por la mañana. De un falso laurel sale volando un pájaro azulado. Miro el reloj y he cumplido cuarenta minutos de caminada. Paso junto a un guayacán sin flores y no sé por qué evoco una imagen de infancia: mamá lleva en las manos unas rosas amarillas. Estoy de nuevo en el punto de partida. Tras la lluvia, llamo a mi puerta.

Una calle-monstruo de Medellín

Por Reinaldo Spitaletta

N.B. En la década del noventa solía caminar por muchas calles de la ciudad, en un intento por descubrir el espíritu de las mismas. En una libreta encontré esta nota, escrita en febrero de 1990, que hoy revivo. Dejaré que el lector descubra de cuál calle se trataba.

La primera vez que pasé por aquella calle, una mano arrugada que salía por los barrotes de una ventana me llamó con desespero. Era como la mano de alguien que se ahoga. No me detuve a averiguar de quién se trataba. Más adelante, tirado en la acera, había un hombre sin piernas. Elevaba sus manos flacas al cielo y hablaba solo. Cuando pasé junto a él, me miró con sorpresa y esbozó una sonrisa sin dientes. Seguí caminando, sin volver el rostro. La calle olía a sanjoaquines húmedos y a yerba. Sobre un carbonero, un pájaro gris le daba descanso a sus alas. El vuelo de una avispa negra me obligó a desviar los ojos. En ese momento, observé una figura alargada, recostada contra el marco de una puerta. Era una mujer de nariz filuda. Tenía una enorme verruga junto a la boca y en sus manos sostenía un garrote. No resistí la impresión que me causó el cuadro y corrí.

Una semana después, impulsado por un extraño afán de conocimiento, o quizá de explorador, volví a recorrer esa calle de Medellín. Me parecía que tenía un hálito fuera de lo común. Era una mañana soleada, con cielo limpio. Había una leve brisa, suficiente para mover las hojas de un falso laurel. Mis pasos no se sentían sobre el asfalto incompleto. Un perro amarillo pasó junto a mí y me olfateó el bluyín. Observé las peladuras de su lomo y la anormalidad de su oreja derecha: le faltaba más o menos la mitad. Tampoco tenía cola, por lo que imaginé que, en caso de tener algún amo, el can no podía expresarle su saludo total. Estaba pensando en este asunto, cuando un grito me sacó de mis cavilaciones perrunas. Era una mujer enrejada. Sus manos se aferraban a los barrotes de la ventana. Gritaba, pero yo no entendía nada. Y mientras me alejaba, más duro le brotaba la ininteligible voz a la dama.

No había caminado más de una cuadra, cuando vi a un hombre pelilargo, pantalón caqui, descalzo. Sentado en un taburete, estaba inmóvil y con los ojos cerrados. El sol le caía en la cara y le acentuaba unas manchitas negras en las mejillas. Al pasar frente a él, abrió los ojos y me miró con angustia. Quiso decirme algo, pero se arrepintió. La brisa transportaba un perfume de pinos. Por la puerta de una casa salían los sonidos heridores de un martillo revueltos con las estridentes notas de una canción mexicana. En un balcón, una anciana descarnada acariciaba unas bifloras como si estas fueran el último amor de su vida. Un niño atravesó corriendo la calle. La cabeza era, en proporción, más grande que su cuerpo. Arrastraba, a manera de carrito de juguete, una rata muerta.

Como ese día no pude averiguar el misterio de esa calle, volví al siguiente domingo. Esta vez el azul celeste se ocultaba tras unas nubes grises y en el aire había un olor a aceite caliente. Sobre un tejado había una ringlera de gallinazos. “¿Habrá algún muerto cerca?”, pensé. De alguna parte indeterminada brotaba el ruido giratorio y punzante de un taladro. Quise taparme los oídos pero en ese instante vi a una mujer de vestido roto por el cual se le asomaban no solo sus miserias sino las arrugas de su vientre. En la cara, color de periódico viejo, se le reflejaba la rabia contra el mundo. Aumenté la velocidad y me cambié de acera. De repente, me acordé, sin encontrar una razón para ello, de las cortazarianas historias de cronopios y de famas, y de un relato del nadaísta gonzaloarango en el que un hombre se vuelve pez. Nada de esto tenía sentido.

Esa calle, me dije, no tenía explicación. No podía entender por qué las claraboyas tenían ojos de gato y por qué en las ventanas aparecían caras monstruosas. Jamás había visto en esta ciudad nada semejante. Corrí con el ánimo de no volver a pasar jamás por esa porción urbana colmada de desasosiegos. Mientras me alejaba, las puertas se abrían, y del interior de las viviendas salían hombres con cara de caballo, mujeres peliblancas de cuerpos redondeados, mantecosos y fofos. En mi huida no lograba diseñar una interpretación sobre esa calle, cuya dirección no daré para que no sea objeto de curiosidades malsanas. Me sentí corcel, y galopaba. No me atrevía a mirar atrás porque me acordé de la mujer de Lot. Lo último que vi (y que aún recuerdo con espeluznante claridad) en esa calle abrumadora fue una mano huesuda y vieja que me llamaba con desespero desde una ventana enrejada.

Fotograma de película sobre Cronopios y Famas, en homenaje a Cortázar. Agencia Efe.

Rata en tres movimientos

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La rata (primer movimiento)

 

La carrera San Martín, en el barrio Prado, está sembrada de guayacanes, laureles, mangos y casco’evacas. Antes de llegar a la esquina de la calle Urabá, hay un antejardín, con rosas, hortensias, crotos, barquillos guarda parques y una araucaria. En la canaleta que está entre la acera y el antejardín, hace unos días, vi, desde mi ventana, una rata grande. Caminaba despacio, atenta al mundo exterior, quizá nerviosa. Pasaban carros, uno que otro ciclista y decenas de motocicletas. Nubes oscuras de smog flotaban frente a la vidriera. El roedor se detuvo junto a lo que parecían restos de comida. Cuando iba a probarla, una mujer gritó con desaforada histeria: “¡una rata, una rata!”. Ella, la rata, se escondió debajo del pequeño túnel que forma la entrada de baldosas vitrificadas de la casa vecina.

 

Anoche, cuando las bolsas de basura esperaban el paso del camión recolector, volví a ver la rata. Parecía deleitarse con los desperdicios. El celador, de cachucha y chaqueta oscura, hizo sonar su pífano. La rata detuvo su cena y se aquietó, mientras el hombre pasaba muy cerca de ella, sin verla. Después, continuó con su banquete.

 

Esta mañana, cuando me asomé a la ventana, la volví a ver y hasta entonces no había percibido su cara: era blanca. Linda me pareció. Se ocultó. Y luego volvió a asomarse. No sé qué fuerza la impulsó a caminar por la canaleta, rumbo a Urabá. Debajo de un árbol, que parece ser familiar de las acacias, el frutero, llamado Uriel, que desde hace años tiene ahí un puesto de cigarrillos, jugos, confites, llamadas por celular y jugos, la vio. Hizo un movimiento brusco, amenazante, que la asustó. Tornó a esconderse. Me asaltó una premonición, que de inmediato no supe interpretar.

 

Por la tarde, mientras leía El Satiricón en la sala, escuché un alboroto. Gritos de mujeres, golpes. Algarabía humana, entre los ruidos de los motores. Cuando me asomé, tirada en la canaleta, la rata yacía destrozada. El señor de las frutas la había lapidado. La cara del roedor, antes blanca, estaba teñida de sangre. La calle seguía con su atiborramiento vehicular y una nube negra levitaba en ella. Cerré el ventanal, y lo único que se me ocurrió pronunciar, en voz baja, antes de continuar con la lectura, fue una frase lapidaria: “que descanse en paz”.

 

La rata (segundo movimiento)

 

Una noche, como a las ocho, mi mujer y yo, que leíamos en voz alta Vida y Destino, de Vasili Grossman, escuchamos un ruido metálico que procedía del patio de atrás, de nuestro caserón en el barrio Buenos Aires. Silencio. Y proseguimos la lectura. Otra vez el ruido. Y entonces ella gritó: “¡debe ser una rata!”. Caminamos hasta el lugar, no sin cierta aprensión y con sigilo, y cuando llegamos al patio, la rejilla del sumidero estaba levantada. “Sí, es una rata”, gritamos en coro. “Hay que buscarla”, dije. “Ni riesgos, yo no”, advertí y ella salió despavorida hacia el cuarto. Comencé la detectivesca faena de buscar el presunto roedor. Y en el cuartito de la alacena, cuando prendí la luz, ahí estaba, agazapada. Me miró con ojos de fuego, eso creí. Y solté el alarido: “¡Sí, es una rata, y es muy grande!”. Mi mujer comenzó una gritería desaforada: “¡Matala, matala!”. “No, no lo mataré”, respondí. “Entonces llamaré al vecino”, dijo con perentoriedad. A los cinco minutos, el vecino, de nombre Julián, que vivía en el inmenso caserón de al lado, se apareció con un palo. “Pensará que aquí no tenemos uno”, me dije. Puse sillas y tablas para que el roedor no se pasara al resto de la casa. Todavía estaba en la alacena. La provoqué con una escoba. Me mostró sus dientes. Y, cuando menos pensé, pasó por debajo de mis piernas. El vecino le propinó un garrotazo mortífero. Quedó grogui. La remató. Yo no miré. Ya mi mujer, según supe después, estaba en media calle. El hombre metió el cadáver en una bolsa plástica, salió sonriente y la depositó en el antejardín, junto a otras bolsas de basura. Mi mujer lo abrazó y le dijo: “sos mi héroe”. Volvió a sonreír y se fue a su casa con paso de vencedor. Esa noche, ya no pudimos seguir leyendo.

 

PD. Al día siguiente, compramos un pegante fuerte para fijar otra vez la rejilla. Ninguna otra rata volvió.

 

La rata (tercer movimiento)

 

Junto a una ceiba bonga, en el parque de Miraflores, en Medellín, hace años me paré con mi hijo. Queríamos elevar una cometa y yo le dije: “Mirá, este árbol ha sido un cementerio de cometas”; algunas de ellas, destrozadas, mostraban sus restos en las frondosas ramas. De pronto, frente a nosotros, y sin saber de dónde había salido, pasó un como roedor gigantesco, de paso fino, que se desplazaba con cierta elegancia. “¡Qué rata tan grande!”, dijo él. El animal siguió su camino, hacia abajo, bordeando unas largas escaleras. Era de color gris-blancuzco, de cola larga y hocico rosado. Aceleró y se perdió de nuestra vista. Se metió (o eso creímos) en la quebrada Santa Elena, a unas dos cuadras de donde estábamos. “No es una rata. Es una chucha”, le dije. Valga anotar que ha sido la primera y única vez que he visto una zarigüella.

PD. No pudimos elevar la cometa. No había viento.

¿Cuáles son los diez libros que cambiaron tu vida?

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Por Reinaldo Spitaletta

Cuando a uno le preguntan, por ejemplo, cuáles han sido diez libros que le cambiaron la vida, el impacto del interrogante es como un recto a la mandíbula. Cualquiera, menos avisado, podría decir que un libro no le cambia la vida a nadie. Pero resulta que, en aquella etapa en la que uno todavía está en la educación sentimental, sí hay lecturas que lo transforman. Puede que, en rigor, no sean todas obras maestras. Influyen factores disímiles, emociones de adolescencia, enamoramientos frustrados, alguna casualidad. La soledad que acecha… Hay libros que lo buscan a uno. Se le aparecen en una esquina, en una vitrina, en el café, en una conversación. Hay una suerte de misterio en el descubrimiento de aquellos libros.

 

En agosto de 2008, el finado Luciano Londoño López, un lector impenitente, quizá uno de los mejores que yo haya conocido, realizó entre sus amigos (no muchos) una encuesta tremenda: ¿Cuáles han sido los diez libros que más han influido en tu vida? Confieso que me quedé sin respiración. Bueno, un momento no más. Y después, al recuperar el aliento, en una meditación que me transportó a tiempos lejanos, los libros emergieron, unos entre ángeles custodios; otros, en medio de la bruma de los recuerdos. Cada libro, de los diez que seleccioné, tenía una historia, un momento crítico, una epifanía. Fueron revelaciones.

 

El flash back me condujo a días felices. De cómo llegaron a mis manos, podría contar tantas cosas y episodios; de cómo algunos de ellos los leía día y noche, en una especie de maratón adictiva, que alguna vez originó que mamá, molesta por el bombillo prendido de mi pieza, dijera que no leyera más o terminaría como el Quijote. En otra ocasión, menos literaria ella, ordenó con energía que apagara la luz o rompería el foco con un zapato. La risa que la amenaza me causó, se le contagió, y al fin de cuentas, en medio de las risotadas de ambos, permitió que siguiera la lectura.

 

Uno de los diez elegidos, llegó a mi poder, cuando yo tenía quince años. Un amigote de barra, Chucho Hernández, me dijo una tarde: “mi papá tiene muchos libros que ya no lee. Te voy a regalar uno”. Y entonces me entregó un libro gordo, de hojas amarillentas, titulado Moulin Rouge, de Pierre La Mure. Lo empecé por la noche y de pronto llegué al momento en que el pintor Henri Toulouse-Lautrec (era una novela biográfica), alucinado por el azul intenso de los ojos de su hermano, le clavó un lápiz en uno de ellos. Ya no pude parar.

 

El libro estuvo conmigo muchos años, hasta cuando un escultor, Gabriel Restrepo, al que le hablé una noche en un bar acerca del texto, me pidió que se lo prestara para, a su vez, el pasárselo a otro escultor, Rodrigo Arenas Betancur. Jamás lo devolvió. Y pasó el tiempo, y para mí la ausencia de aquel libro creó un vacío existencial. Una vez, en el Sindicato de Trabajadores de Vicuña, vi otra edición del mismo, en una vitrina. Le pedí al presidente del sindicato, Jesús (Chucho) Hernández (qué curioso: homónimo de mi amigo de barriada), que me lo prestara. Lo volví a leer y ya las emociones no fueron tantas, aunque mi amor por las historias del pintor de las prostitutas, los carteles y las bailarinas de cancán (ah, y de La Goulue), me seguían seduciendo. Pasaron los meses. Y un día el señor Hernández me dijo: “Spitaletta, quedate con ese libro. Aquí nadie lo va a leer”. Todavía lo tengo.

 

Al final de la adolescencia cogí la manía de leer varios libros “simultáneamente”. Leía veinte páginas de uno y saltaba a otro, y a otro. Lecturas desordenadas, sin rigor, sin disciplina de lector serio. El vicio arraigó y todavía hago lo mismo. Qué vaina.

 

Los libros que incluí en el listado para Luciano fueron parte de una aventura juvenil, tiempo de exploraciones y búsquedas desenfrenadas. Quizá si hoy alguien me formula la misma pregunta, la selección cambie. Pero, sin duda, varios de aquellos estarán ahí. Porque me llevaron a otros libros. O porque me hicieron llorar. O me disminuyeron la angustia existencial. O me la aumentaron. Qué sé yo. O porque me alborotaron la imaginación. Puede ser que la frase “cambiaron mi vida” sea solo un decir. El caso es que los diez libros de la lista hicieron que el mundo, mi mundo limitado y simple, no fuera como el de antes de leerlos. Fueron, quizá, como las estrellas con las que terminan el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso de Dante Alighieri.

 

Los diez libros de aquella absurda encuesta son:

 

-Moulin Rouge, de Pierre La Mure (novela sobre la vida de Toulouse-Lautrec)

-El lobo estepario (Hermann Hesse)

-Enciclopedia El tesoro de la Juventud

-Las Mil Noches y Una Noche

-Reportaje al pie del patíbulo, de Julius Fucik

-Teatro completo, de Antón Chejov

-El Manifiesto, Marx y Engels

-Cuentos completos, Edgar Allan Poe (creo que era la traducción de Cortázar)

-El hombre de Kiev, Bernard Malamud

-El faro del fin del mundo, Julio Verne

Scherezada y el rey Schariar, Las mil y una noches