Fiesta de flores

 

Fiesta con flores de antiguas servidumbres

El sol agobia a los caminantes de asfalto

Con espaldas viejas de cargaderas humanas

La tarde sin arreboles dice con nubes tristes

Que la vida poco florece en el valle de tinieblas

Donde la muerte acecha y cobra su cuota fatal

Alguien arroja una flor a una tumba sin nombre.

 

(Reinaldo Spitaletta)

 

 

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Bulevar

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hoy tengo ganas de bailar en el bulevar

Primero, un tango compadrón que se robe las miradas

Después, un vals vienés para cadenciar por la avenida

Los azulejos del carbonero revolotearán a mi alrededor

Y una bandada de golondrinas coloreará un cielo de verano

Hoy tengo ganas de bailar en el bulevar

Con un filme de Buster Keaton en la memoria

Y la risa de Ginger Rogers regada en el pavé

Me hará saltar sobre cadáveres de piedra

Los estudiantes aplaudirán al profesor de matemáticas

Que se ha vuelto loco con los números

Qué lindo baila las ecuaciones, dirá en voz baja

La muchacha de los ojos grises

Y un viento del sur se quedará en su pelo

Y yo bailaré solo para ella

Hoy tengo ganas de que el bulevar baile conmigo

Para que una pebeta de la tarde

Me abrace con sus soles nuevos.

 

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Bulevar en Buenos Aires

Libélula

 

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Anisóptera nave del estanque

Avión de infancia con soles en las alas

Cabalga caballito del aire

Sobre la imaginación de un cielo volador

Libélula libre y luminante

Acaricia las aguas y se eleva

Sobre las ondas leves del espejo

Que se rompe cuando el viento sopla

Levita y sube y baja

Se va a la luz de los espectros

Irisados que se mueren

Cuando la libélula duerme

Con sus abiertos ojos de charca.

 

(Reinaldo Spitaletta)

Ulalume en llamas

Ulalume luminosa labia delicada

Perfume de flores galas ninfeas

Reposa la luna de tus aretes

Sobre soles sibilantes alados

Ulalume lima la luna

Limpia la lama ama la lana

Ovejas ascienden por sus alas

De terciopelo luminoso

Ulalume malea las olas

Sube a la flama de mis lienzos

Y se ufana de su cuerpo limpio

Lúcido y sin lentejas para comprar almas.

 

(Reinaldo Spitaletta)

 

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¡Oh, Paul Celan!

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Paul Celan me dice que beba la leche negra de la madrugada

y yo empiezo a cavar una tumba en el aire.

Insiste en que de Alemania llegó la muerte de ojos azules

y yo solo tengo lágrimas de historia para responderle.

Y veo fosas comunes, un disparo en la base del cráneo,

una pala que abre las alas oscuras de un vampiro.

La voz se riega por los anales, archivos y conmemoraciones.

La leche negra del alba ha atardecido

y llega la noche, eterna noche de hornos y cenizas

que en el aire dibujan palabras de humo.

De Alemania llegó la muerte rubia

y me sorprendió cavando una fosa en el aire.

 

 

Muchacha de bar

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Muchacha de alunado rostro

mapamundi

en la mirada

va y viene sin regreso

entre vasos rotos

vino en el suelo

una mano

que acaricia el paso

irreversible

muchacha de tiempo muerto

caliente espalda

mano caliente

que se posa

en su solar

como un pájaro herido.

 

(Reinaldo Spitaletta)

Vejez

 

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Se envejecieron los ojos, menos la mirada.

Y la voz, claro que sí; mas no del  todo las palabras.

Se arrugaron los años en el rostro y el cuello

Se cayeron las pestañas y menguaron los cabellos,

Pero el mundo se acercó más al pensamiento

Que en ocasiones fue recuerdo.

Se paisajeó de nieves —pero no del Kilimanjaro—

La crencha cada vez menos engrasada.

Y desde un cielo distante

A veces llega sonriente la voz de un niño azul

Que cada que puede nos dice adiós

Con su cometa.

 

Reinaldo Spitaletta

 

El joven Gardel

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Los Beatles eran más viejos que yo, los Rolling ni hablar.

Pero Gardel, no.

Más viejos eran Leonardo Favio y John Lennon

Y recuerdo la imagen arrugada de Leo Dan.

Todos los policías y los guachimanes y los taxistas

Eran más viejos que yo.

Y el papá de Olimpia, y el de Roberta y el de Vanesa…

Todos los señores de la cuadra, claro, eran más viejos que yo.

Y sus señoras también.

Menos Gardel.

En la esquina del Florida estaba la estampita, sonriendo.

En la del River Plate y el Torrente,

En el bar de Emilio y en el Tango Bar,

En todos, incluida la tienda de don Juan, estaba él.

Más joven que yo.

Los caramelos con futbolistas del Brasil

Con efigies de negros y blancos,

Que reposaban en los bolsillos de atrás

Todas esas caras de malabaristas del balón

Se veían más viejas que la mía,

Lozana, colorada, con uno que otro puntito de acné.

“Cuando envejezcas tendrás el rostro de tu padre”

Me lo dijo la tía Verania y se cumplió su vaticinio.

Gardel, sin embargo, siguió joven.

Y ahora, los otros, los de las guitarras y los del volante

Los del bolillo y los de los cantos de juventudes,

Todos, todos, incluidos los muertos de la cuadra,

Incluido mi padre muerto,

Todos son más jóvenes que yo.

 

 

 

Viejo barrio

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Las flores de un día alfombran las aceras

Las mariposas vuelan al paso de los carros

Algunas quedan aplastadas, con sus alas amarillas

Estampadas sobre tela de cemento.

 

Allí, sobre la esquina de nombre hebreo,

Estuvo la casa múltiple de los Cohen

Barco de vapor de río muerto y renovado

Es su fachada de muchachas idas

 

Allá, en mitad de la enjardinecida  cuadra

Vivió una reina de belleza muerta años después

Con muchas arrugas en la cara y el corazón

En una selva oscura, como la del poeta.

 

En una encrucijada de casas preciosistas

Con torreones y ventanas sin testigos

Se chocan el descubridor del Pacífico

Con el invasor de los pueblos de la sal y de las quebradas.

 

No sé por qué me gusta caminar por estas calles viejas

Que en otros días discurrían en soledades

La gente vivía hacia adentro, con sus fonógrafos y vajillas chinas

Y sus cajas fuertes con tesoros de trabajos no forzados.

 

En la esquina de los conquistadores un caserón me mira

Adentro, me han dicho, hay piscina y un árbol de la vida

Y rosetones con vidrieras belgas y un órgano alemán.

Las ventanas tienen jardines colgantes y un miedo al exterior.

 

Es el barrio más bello de la ciudad vanidosa

En la que antes hubo chimeneas y flores todo el año

Es el más lleno de fantasmas y de rosas atardecidas

Que nadie regala porque las mozas se han esfumado.

 

En esta casa que tiene aspecto de castillo galés

Vivió una señora de hablares con acento

Que tenía una agencia de filantropías y novenarios

Y era amiga del sacerdote de la iglesia de los curazaos solferinos.

 

Pasearse por sus calles amplias es una lección de historia

Olvidada en los portones y contraportones, en las aldabas y claraboyas.

Un león dormido se estaciona a la entrada de donde vivieron los Molina

Una familia que tenía fábricas de medias y una muchacha sin habla.

 

Por aquí, en el cruce de una calle con apellido de ingeniero inglés

Con otra de nombre de república bolivariana hay un edificio breve

En lo que antes era un caserón de tejas españolas con voces de piano.

No se ve salir ni entrar a nadie. En los balcones hay cuernos reverdecidos.

 

Tantas cosas han cambiado en el viejo barrio de noches perfumadas:

Los cadmios, sin embargo, siguen, con los jazmines nocturnos

Esparciendo en la soledad de sombras chinescas aromas de otros días

Cuando las muchachas en las ventanas recibían una serenata de luna.

 

Los faroles y las fachadas y los portones que ahora cubren rejas

Se han dormido ante la ausencia de los que se fueron para siempre

Y hay puertas y ventanas que no se volvieron a abrir (ni a cerrar)

Con techos por los que el cielo mojado se filtra con lágrimas azules.

 

El viento con plumas de la mañana del viejo y nuevo barrio

Transporta perfumes de otros días, de París y New York

De señoras fantasmales que vuelan sobre los entejados de sol

Como fugadas del sueño imposible de un cuadro de Chagall…

 

Caminar por estas calles de ancianos en los antejardines

Y de tapetes amarillos que vuelan dos o tres veces al año

Es ir de súbito hacia los días de esplendor que se ocultan

En las paredes descaecidas y en las hojas de los casco’evacas.

 

Todavía por la avenida ancha que tiene nombre de batalla

Hay castilletes y rejas de hierro forjado y una torre de cristal

Y la memoria encanecida de una palomita blanca sin vals

Que se posa sobre las campanas mudas de antiguos muertos.

 

 

Imágenes de un viejo barrio, de antiguas vanidades y presencias históricas. Fotos de Carlos Spitaletta

 

 

 

Padre e hijo

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Al principio, una cara expectante

Observa el llanto con risa inexperta

Busca en el reciente rostro una señal

Un parecido, un rastro de un tiempo que no es más.

Con los días, ojos amarillos sonrientes

Gato en la oscuridad tanteando el suiche

Un llanto intempestivo

Pudo haber hecho inferir: un ratón lo mordió.

Más tarde, los brazos extendidos en llamado

Para caminar hacia donde se oculta el sol.

Y así, el hombre se pareció al pequeño ser naciente

Con sus cantos navegantes de Antillas lejanas

Con sus manos sin anillos ni barnices

La voz pasó del arrorró a los consejos para el después.

Festejó las primeras palabras del retoño

Murmuró al garete: “llegará a ser alguien”

Soñó con mapamundis para jugar al fútbol

Y elevó la cometa, aflojando, recobrando

En un cielo de avena que bailaba en el aire

Al final, barrilete sin control

El hijo le perteneció al mundo

—Y la cara expectante se arrugó de esperas—

Navegó a la deriva, sin timón ni gaviotas

Hasta hundirse en el olvido de una edad sin nombre.