Niño de Siria

Niño de Siria no llores

Las lágrimas se secaron

Niño de Siria no cantes

Se quemaron las canciones

No llames a tu madre

Está bajo los escombros

No llores, no cantes, no llames

Las bombas no dejan oír.

(R.S)

 

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Ciudad sin alas

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La ciudad me arrastra a su abismo-cloaca

Con sus edificios de burócratas podridos.

Me empuja con bolillos de policías sin casco

A los hondos asombros de la nada…

No sé si soy o no soy, nadie lo dice

Ni siquiera las campanas del obispo

Que me llaman a saludar a un dios sin sonrisa

Sangrante en los altares de la muerte.

Hoy vi a Maiakovski por una calle sin aretes

Viajaba en el futuro de una alfombra de estrellas

Que un vendedor de san alejo tenía sobre el piso ensalivado.

Me detuve a observar los vejestorios, las alhajas, las falsificaciones.

Todo olía a óxido y a olvidos. ¿Qué ciudad es esta sin palabras?

Las paredes mudas—ni siquiera un grafiti— me hacen morisquetas

Lo dedos de una estatua me alucinan con sus naipes.

El caballo metálico del prócer me arroja cagajón

Y los bustos de bronce orinan sin parpadeos.

¿Qué ciudad es esta sin música en las alas de los aviones caídos?

¿Sin muchachas de faldas plisadas que fantasmeaban en un bar?

No sé cuándo comenzó tu decadencia de cines con crispetas

Sin putas de tacón en la pared.

Ciudad de hormigón desierto y de impunidades en las aceras

¡Cuándo podré volver a tocar mi contrabajo

En un bar de soledades en el que Madelaine besa mi arco

Y se acurruca como una paloma sin luz!

 

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Fiesta de flores

 

Fiesta con flores de antiguas servidumbres

El sol agobia a los caminantes de asfalto

Con espaldas viejas de cargaderas humanas

La tarde sin arreboles dice con nubes tristes

Que la vida poco florece en el valle de tinieblas

Donde la muerte acecha y cobra su cuota fatal

Alguien arroja una flor a una tumba sin nombre.

 

(Reinaldo Spitaletta)

 

 

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Bulevar

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hoy tengo ganas de bailar en el bulevar

Primero, un tango compadrón que se robe las miradas

Después, un vals vienés para cadenciar por la avenida

Los azulejos del carbonero revolotearán a mi alrededor

Y una bandada de golondrinas coloreará un cielo de verano

Hoy tengo ganas de bailar en el bulevar

Con un filme de Buster Keaton en la memoria

Y la risa de Ginger Rogers regada en el pavé

Me hará saltar sobre cadáveres de piedra

Los estudiantes aplaudirán al profesor de matemáticas

Que se ha vuelto loco con los números

Qué lindo baila las ecuaciones, dirá en voz baja

La muchacha de los ojos grises

Y un viento del sur se quedará en su pelo

Y yo bailaré solo para ella

Hoy tengo ganas de que el bulevar baile conmigo

Para que una pebeta de la tarde

Me abrace con sus soles nuevos.

 

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Bulevar en Buenos Aires

Libélula

 

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Anisóptera nave del estanque

Avión de infancia con soles en las alas

Cabalga caballito del aire

Sobre la imaginación de un cielo volador

Libélula libre y luminante

Acaricia las aguas y se eleva

Sobre las ondas leves del espejo

Que se rompe cuando el viento sopla

Levita y sube y baja

Se va a la luz de los espectros

Irisados que se mueren

Cuando la libélula duerme

Con sus abiertos ojos de charca.

 

(Reinaldo Spitaletta)

Ulalume en llamas

Ulalume luminosa labia delicada

Perfume de flores galas ninfeas

Reposa la luna de tus aretes

Sobre soles sibilantes alados

Ulalume lima la luna

Limpia la lama ama la lana

Ovejas ascienden por sus alas

De terciopelo luminoso

Ulalume malea las olas

Sube a la flama de mis lienzos

Y se ufana de su cuerpo limpio

Lúcido y sin lentejas para comprar almas.

 

(Reinaldo Spitaletta)

 

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¡Oh, Paul Celan!

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Paul Celan me dice que beba la leche negra de la madrugada

y yo empiezo a cavar una tumba en el aire.

Insiste en que de Alemania llegó la muerte de ojos azules

y yo solo tengo lágrimas de historia para responderle.

Y veo fosas comunes, un disparo en la base del cráneo,

una pala que abre las alas oscuras de un vampiro.

La voz se riega por los anales, archivos y conmemoraciones.

La leche negra del alba ha atardecido

y llega la noche, eterna noche de hornos y cenizas

que en el aire dibujan palabras de humo.

De Alemania llegó la muerte rubia

y me sorprendió cavando una fosa en el aire.

 

 

Muchacha de bar

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Muchacha de alunado rostro

mapamundi

en la mirada

va y viene sin regreso

entre vasos rotos

vino en el suelo

una mano

que acaricia el paso

irreversible

muchacha de tiempo muerto

caliente espalda

mano caliente

que se posa

en su solar

como un pájaro herido.

 

(Reinaldo Spitaletta)

Vejez

 

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Se envejecieron los ojos, menos la mirada.

Y la voz, claro que sí; mas no del  todo las palabras.

Se arrugaron los años en el rostro y el cuello

Se cayeron las pestañas y menguaron los cabellos,

Pero el mundo se acercó más al pensamiento

Que en ocasiones fue recuerdo.

Se paisajeó de nieves —pero no del Kilimanjaro—

La crencha cada vez menos engrasada.

Y desde un cielo distante

A veces llega sonriente la voz de un niño azul

Que cada que puede nos dice adiós

Con su cometa.

 

Reinaldo Spitaletta

 

El joven Gardel

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Los Beatles eran más viejos que yo, los Rolling ni hablar.

Pero Gardel, no.

Más viejos eran Leonardo Favio y John Lennon

Y recuerdo la imagen arrugada de Leo Dan.

Todos los policías y los guachimanes y los taxistas

Eran más viejos que yo.

Y el papá de Olimpia, y el de Roberta y el de Vanesa…

Todos los señores de la cuadra, claro, eran más viejos que yo.

Y sus señoras también.

Menos Gardel.

En la esquina del Florida estaba la estampita, sonriendo.

En la del River Plate y el Torrente,

En el bar de Emilio y en el Tango Bar,

En todos, incluida la tienda de don Juan, estaba él.

Más joven que yo.

Los caramelos con futbolistas del Brasil

Con efigies de negros y blancos,

Que reposaban en los bolsillos de atrás

Todas esas caras de malabaristas del balón

Se veían más viejas que la mía,

Lozana, colorada, con uno que otro puntito de acné.

“Cuando envejezcas tendrás el rostro de tu padre”

Me lo dijo la tía Verania y se cumplió su vaticinio.

Gardel, sin embargo, siguió joven.

Y ahora, los otros, los de las guitarras y los del volante

Los del bolillo y los de los cantos de juventudes,

Todos, todos, incluidos los muertos de la cuadra,

Incluido mi padre muerto,

Todos son más jóvenes que yo.