Días de dengue: no me moleste mosquito

Por Reinaldo Spitaletta

 

Lo dijo al amanecer, en una suerte de delirio doloroso: “Me quieren matar. Ya dijeron que me ahorcarían, como a otros que tienen la peste”. Después, tras unos lamentos, agregó: “Mi mamá me está esperando. Pronto me reuniré con ella”. La fiebre la mantenía en otros ámbitos, quizá en un mundo de perplejidades o de miedos. La noche anterior, cuando se lo puso, había marcado el termómetro 39,6 grados centígrados. Todavía no sabíamos que el mal que la estaba afectando era el dengue hemorrágico, aunque sospechábamos que se trataba de la chikunguña.

 

Pasaron cuatro días y no quería ir a ningún hospital, ni a la Institución Prestadora de Salud (IPS), situada más bien cerca de la casa. “No, no iré a que no me atiendan”. “Vamos a urgencias”, le dije. “Peor, no voy con este desaliento y dolores en todo el cuerpo a esperar horas y horas, no quiero ir”. Y no fue.

 

No probaba ningún bocado. Solo tomaba agua y se tragaba unas pastillas analgésicas. Y permanecía acostada, con un monólogo de quejumbres. Cuando se dormía, parecía que la atacaban monstruos. O tal vez, volvía a viejas épocas, cuando las pestes arrasaban poblados medievales. “Ya vienen por mí”, declaraba con un acento terrorífico. Al sexto día, cuando la fiebre era insoportable y los dolores la asediaban como un ejército de bárbaros, fuimos a la IPS, en la calle de la Argentina con la carrera El Palo. “Parece la chikunguña”, le dijo la facultativa. Mandó exámenes de laboratorio y advirtió que no podía tomar ningún medicamento, solo pastillas para el dolor (que se las suprimieron después).

 

Al día siguiente, el diagnóstico era categórico: dengue hemorrágico, con el riesgo letal de que si había sangrados el asunto sería de alta gravedad. En urgencias, donde hubo que ir, le pusieron seis bolsas de fluidos. Casi todo el cuerpo estaba rojo, los dedos hinchados y retorcidos, la cara abotagada, el debilitamiento general. Había, se dijo, alteración de las plaquetas y de los factores de coagulación de la sangre. Allá escuchó a las enfermeras el reporte de que, en la ciudad, había una presencia significativa del virus en los barrios Prado, Los Ángeles y Buenos Aires. Muchos pacientes llegaron de esas partes.

 

La zancuda aedes aegypti, portadora del virus, la picó y le inoculó el mal. Nadie piensa que la mosquita lo va a molestar (como en la vieja cancioncilla de The Doors: “no me moleste mosquito”), sino que eso les pasa a los otros. Y la atacó y depositó su carga virulenta, que se incubó en una o dos semanas. Y la transportó a estados febriles y dolorosos. La obligó a ir todos los días a tomarse muestras de laboratorio para el control del nivel de plaquetas y de enzimas hepáticas. “Tome mucho jugo de guayaba”, le dijo una enfermera.

 

No sé si en otras partes, cuando hay una presencia significativa del virus en la población, hay campañas de fumigación y medidas preventivas. En Medellín, no pasa. La salud pública es un factor sin importancia. Tampoco hay periodismo en los denominados “medios de comunicación” (que, en rigor, casi todos son de desinformación). Da para una investigación periodística la presencia del dengue en tres grandes barrios de la ciudad, pero eso no es noticia. Ni interesa a los dómines de las salas de redacción entapetadas, de las cuales no salen los reporteros.

 

La enferma sigue con sus dolencias, sin fiebre, sin delirios, pero todavía con partes del cuerpo hinchadas, debilucha, y sin ganas de leer ninguno de los libros que narran pestes y desgracias en la salud (El Decamerón, Diario del año de la peste, Muerte en Venecia, La máscara de la muerte roja…), aunque una de estas noches le leí apartes de El amor en los tiempos del cólera y se quedó dormida. Creo que esa vez no soñó con desventuradas amenazas de muerte por ser portadora de la peste y pareció tener un sueño tranquilo.

 

Le falta una o dos semanas para que el virus y sus síntomas desaparezcan para siempre y entonces quede inmune. “Ja,ja,ja,  ya no me dará más esta hijueputa vaina que no me ha dejado hacer nada”. La que más ha sufrido (aparte del suscrito, que ha tenido que estar almorzando y comiendo en restaurantes) ha sido la Fox Terrier que se ha visto perjudicada porque no ha podido hacer las largas caminatas por el barrio, acompañada de la señora rubia, a la que todos le dicen doña Mona y que, según se ha visto, extrañan en el paisaje arborizado y asfáltico. La señora de la mascota que parece una vaquita, por ahora está desalentada y sus pasos son pesados y lentos.

 

Ya no tiene los pavorosos desvaríos en los que no sé quiénes la amenazaban con exterminarla porque era portadora de la peste, como en alguna novela, como en la historia.

 

(Medellín, 17 de abril sin lluvias mil, 2016)

 

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Romance para guitarra

Por Reinaldo Spitaletta

—Siempre que escucho esa pieza, me dan ganas de llorar.

Las palabras le salieron francas, con algún sollozo entrecortado. Yo seguí en mi tarea de transportarme a otras regiones del tiempo, mientras sonaba la guitarra de diez cuerdas de Narciso Yepes.

—¿Cómo es que se llama? —Me pareció que la voz venía de muy lejos.

Romance  —Le contesté con rapidez y cuando iba a sumarle otras informaciones, me devolví hasta los días de la primera juventud, cuando yo iba a estudiar con una guitarra al hombro hasta el Conservatorio de la Universidad de Antioquia. Las notas se me regaron por todo el cuerpo y sentí que caían por la silla y se desparramaban por los mosaicos.

—En mis tiempos, la llamábamos Romance Anónimo —hice la acotación. —Y a mí nunca me dieron ganas de llorar con esa pieza —agregué.

—Pero a mí siempre me pareció una composición triste —lo dijo con palabras a las que parecían rodarles lágrimas.

El guitarrista terminó su interpretación y se escucharon aplausos. Miré a la pantalla y el hombre, calvo y blanco, sonrió, recogió su escabel (dicen que tuvo alguno enchapado en oro y con piedras preciosas) y caminó hacia un lado del escenario hasta perderse de vista.

Al primero que le escuché el romance (debía llamarse romance para seis cuerdas) fue a Alberto Mesa, en Copacabana, en casa de otro guitarrero, el profesor Alfonso Hernández, que me enseñó los primeros acordes del instrumento. Alberto se paseaba por el diapasón con una agilidad y certeza, que uno se extasiaba ante la seguridad del saber.

“Tengo que aprendérmela”, me dije, mientras el instrumentista cerraba los ojos y acariciaba las cuerdas. Recordé que le pregunté el nombre de la composición, lleno de expectativas. “Romance Anónimo”, dijo, sin interés.

La pieza se me tornó obsesión. Después, le dije a don Alfonso que me la enseñara, pero él advirtió que había que estudiar música, que era mejor que la montara de una partitura. Su sonrisa bajo un bigote espeso me dio la impresión de que había una emboscada en alguna parte, pero que era imposible prevenirla. No había otro camino. Había que estudiar música y lo que el maestro me enseñaba no era suficiente.

“Metete al conservatorio”, señaló con cierta dureza. Y volvió a sonreír con desgano.

Presenté los exámenes al programa de guitarra y no pasé. El profesor Alberto Mesa revisó luego las pruebas y dijo que había un error en la calificación. Y entré al Conservatorio, más que todo con las ganas de montar con brillantez la pieza que ahora le hacía venir las lágrimas a mi compañera.

—Desde que era niña me hacía llorar esa pieza, y no sé si era que la ponían en la radio o papá de pronto la tendría grabada —dijo, cuando ya hacía rato se había terminado la versión de Yepes, que no estaba en la pantalla, porque ahí, precisamente, había una muchacha con una guitarra, en posición un poco vertical, que se dejó venir con los Valses Venezolanos 2 y 3, de Antonio Lauro.

—Huy, esos valses son preciosos —me dijo ella, con otro ánimo en la voz, sin tristezas guardadas.

—Sí, son una prueba para los guitarristas —Le contesté, sin mucha convicción. Y entonces volví al recuerdo. Cerca de cuatro años estudié en la U no solo guitarra, sino armonía, solfeo, gramática musical, apreciación musical, historia de la música… y la guitarra cada vez me sonaba mejor. Alguna vez, en un cubículo, cuando estaba ejercitándome con una composición de Francisco Tárrega, el profesor Roberto Fernández, que escuchaba tras la puerta, la abrió y me dijo: “Qué bello timbre tenés”. Ya había montado Romance Anónimo, que muchos consideraban para principiantes.

En todo caso, había cumplido con la elemental tarea que me había sugerido el maestro Hernández, que en su silla de ruedas siempre era un tipo que se veía enorme y cuando la guitarra estaba en su poder, era otra persona. Se transformaba. Creo que tampoco hice quedar mal a Alberto Mesa, que fue uno de los grandes guitarristas de estos lares, ni a mamá, que siempre que le tocaba Romance Anónimo, daba la impresión de estar en un trance de meditación trascendental.

Después de un tiempo, colgué la guitarra. Nunca más volví a tocar nada. Cosas de la vida, tal vez. No estaba hecho con la fibra suficiente para esas faenas sublimes. El abuelo Marcelino alcanzó a escucharme una noche, en su finca de Rionegro, y quedó perplejo (o eso creí) con el romance que ya yo le había tocado a varias muchachas de la cuadra.

Regalé las partituras, la guitarra, los libros de armonía, y enterré aquel mundo de fascinaciones y embelesos. El Romance Anónimo, sin embargo, se quedó impreso en la memoria. Nunca me pareció una obra triste. Ahora, en la pantalla, Segovia con sus manos regordetas toca Recuerdos de la Alhambra y no sé por qué se me hace un nudo en la garganta.

—Mona, traeme un café —Le digo a mi compañera, que parece estar muy lejos, tal vez acordándose de los días en que una romántica pieza para guitarra la hacía llorar sin saber por qué.

Onanismo de la sagrada niñez

(Relato de los días en que tirábamos alto el chorro)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

Cuando lo leí en una novela de Philip Roth ya no me pareció ninguna gracia, porque, de hecho, eso de masturbarse de chico y arrojar el semen contra un bombillo encendido y que allí, en la altura, quedara como un ahorcado colgando, no era ninguna novedad. Tampoco el usar para camuflar el “polvazo” calcetines en la cama, a efectos de no dejar manchadas las sábanas.

Era como cuando en las polvorientas calles de algún barrio bellanita desfilábamos con el “trabuco” en la mano para designar quién tenía el chorro más largo. Unos, muy poco geométricos, que sabían poco o nada de Euclides, curveaban como dibujando una sierpe en fuga, al tiempo que otros trazábamos sobre el piso una línea recta, extensa, y al final de cuentas, reíamos porque era solo una pillería de muchachones divertidos. No importaba quién hubiera ganado. El orín pronto se secaba. O la tierra se lo tragaba.

A veces, nos íbamos los de la gallada a recalar a algún solar (abundaban, tanto, que un dicho popular advertía: “más viejo que un solar en Bello”), para rendir tributo a la adolescencia, con decisión y sin recatos, a competir por quién arrojaba más lejos (o más alto) su líquido espeso, que algunos muy metafóricos llamaban “leche condensada”. En uno de aquellos “baldíos”, que limitaba con la casa de un señor al que llamábamos Barriga de Plomo, nos filábamos, con cierta parsimonia, pero, sobre todo, sin hacer notar nuestra presencia. Había susurros, risitas recogidas, se pedía con un chitón que no se hiciera bulla y empezaba una colectiva demostración de aquello que ya algunos nombraban como un homenaje al bíblico Onán.

Cuando estábamos en la máxima expresión de aquellas exhibiciones de descontrol, en la más alta tensión, la bulla se armaba y entonces era probable que el vecindario se “tocara”. Y algunas veces, claro, se asomaban señoras a averiguar qué era el escándalo. Salíamos, seguro muy caripálidos y todavía con tembladera en las piernas, y nos echábamos a correr, porque, con certeza, saldría el barrigón a perseguirnos, machete en mano, con improperios y sus gritos de “¡manada de maricones!”. En la carrera, las risas nuestras apagaban los insultos del ventrudo, que, además, carecía de agilidades y su paso ya era motivo de burlas y desafíos.

También, en ocasiones, sentados sobre la acera de cualquier casa, nos poníamos a contar cuándo había sido la primera vez que “nos voleamos la paja”, que así era la denominación para aquello que se hacía en secreto, en la oscuridad, cuando nuestros padres ya se habían dormido, o también en los inodoros de la escuela. Y así cada uno comenzaba su relato, con abundancia de mentiras, porque se decía que hubo que engañar al Ángel de la Guarda para que se alejara del cuarto y permitiera un desempeño regocijante.

—Yo tuve que tapar el cuadro de la Virgen del Carmen con una camisa, para que no me viera. —Decía alguno.

—Yo, en cambio, dejé el cuadrito de la Mano Poderosa, que mamá había puesto en mi cuarto, para que me ayudara en la faena. —Contaba otro.

—Ah, yo sí me metí debajo de las cobijas a pensar en una vecinita hermosa, a la que ya le había mandado chocolatinas, y me deshice en quejumbres cuando la sentí a mi lado, desnuda y tocadora.  —señalaba cualquiera.

Y así, diciendo, por ejemplo, que los besos, o, como solía decirse, las “chupadas de piña” de los actores en la función matinal del Teatro Bello (bueno, otros decían que del Rosalía o del Iris, que eran los otros dos cines de la “aldea arcadiana” que tenía fábricas de textiles y talleres ferroviarios) nos habían despertado las ganas. El cine parecía ser un estimulante de aquellas jornadas de hallazgos y de sensaciones jamás experimentadas.

—A mí me pasó que antes de eso tuve un sueño en el que una princesa me pasaba sus manos por las pelotas y ahí fue mi primera botada. —La voz era la de otro chico, y las risas eran las de todos.

Había entre los de la cuadra, entre los que formábamos un grupo de muchachos que unas veces jugábamos al fútbol; otras, a la pelota envenenada; otras, a la guerra libertada; y así, que a veces era irnos a los charcos; o a asaltar los frutales de las fincas, en fin, había, digo, un compartir de la entonces muy escondida vida sexual de los pelados. Se exacerbaba la imaginación en torno a la piel de las chicas, y a los que eran muy pacatos, o más reservados, les preguntábamos si ya “habían botado cachucha” o si seguían “vestidos de policía”, que para entonces los “tombos” usaban quepis.

Eran los días en que nos enamorábamos de actrices de cine y algunos soñaban con los turbulentos senos de Sophia Loren, que, entre otras cosas, nunca los vimos al aire, sino apenas insinuados debajo de sus blusas; o con las caderas de Raquel Welch; y el magín de la noche se poblaba de películas en cinemascope o en technicolor, con agitación de cobijas y aceleres en la respiración. No circulaban publicaciones pornográficas, y lo más cercano a mujeres en pelota eran los almanaques de litografías o las Pin-Up de revistas ilustradas, en las que las estrellas de celuloide posaban con sensualidad y sabrosura, con escotes en forma de corazón y hombros descubiertos.

Sí, claro. Había tabúes, sobre todo religiosos, de catecismo, de curitas que en los confesionarios prohibían masturbaciones, o papás que con cierto rictus burlón afirmaban que cuidado con esas cosas que te pueden crecer pelos en las palmas de las manos, y ahí, en esos instantes, muchos al escuchar esas palabras de profeta, se miraban las “manoplas”, y entonces la risotada del padre te ponía los cachetes colorados.

En aquellos días, muy lejanos por lo demás, había mucha fuerza y ganas y abundancia de deseos. Tiempo de descubrimientos. Los bombillos eran el blanco de certeros disparos juveniles. Y las medias, un depósito de los solitarios enamoramientos de medianoche. O, mejor, de sus frenéticos desenlaces de humedad y acalambramiento.

 

Viejas bicicletas de un mundo sin afán

Por Reinaldo Spitaletta

Las imágenes más primitivas que recordaba de aquel lugar habitado entonces por hombres con relojes de cuerda (algunos, marca Ferrocarril de Antioquia) y pantalones de dril naval, eran las de las bicicletas. Él escuchaba su dificultoso rodar en las madrugadas, sobre las calles sin asfalto en esos días lejanos en los que el mundo daba la impresión de estar recién inventado. Le parecía como música de pájaros y él se sentía feliz en la tibieza de sus frazadas y en particular por no estar en la calle en esas horas frías. Así se lo decía, mientras se volteaba en la cama.

Eran ciclas pesadas, ruidosas en el cascajo, la gravilla y los caminos de tierra, con dinamo, lámpara delantera y parrilla con bombillos de colores. Los tipos que las montaban llevaban un termo y parecían tranquilos, según su pedalear armónico y sin sobresaltos. Eran, la mayoría, trabajadores de textileras y algunos otros de los talleres ferroviarios.

El pito de las fábricas se escuchaba en toda la ciudad: a las cuatro de la mañana, a las doce del día, a las ocho de la noche. Anuncios de los cambios de turno. Los de las bicicletas con caramañola iban a los telares. Los primeros los habían traído, a principios del siglo XX, de Manchester, Inglaterra, por mar, ríos y mulas. Luego, arribaron otros más modernos, en buques, trenes y tractomulas. Cuando estos últimos mastodontes mecánicos aparecieron y se multiplicaron, el ferrocarril se fue diluyendo hasta convertirse en un fantasma de color sepia, materia de nostálgicos y jubilados, y de interés para algunos historiadores.

Aquellos hombres de las bicicletas olían a algodón crudo, a telas nuevas e hilos, y él, desde su habitación, percibía fugaces aromas de jabón de baño. “Hoy deben ir de azul”, se decía. Las bicicletas nocturnas y las de la madrugada llevaban luz adelante y atrás, que ayudaba a vislumbrar los desniveles de las calles, cuyo alumbrado público era apenas de bombillas de escasas bujías. “Parecen luz de tabaco prendido”, se escuchaba decir a algunas señoras. Las del mediodía dejaban ver, en ciertos casos, parrillas con ornamentos, el galápago con flecos de colores y las marcas, casi siempre Phillips, Humber y Raleigh.

Algunas tenían adornos en el manubrio y no faltaba la que llevaba corneta, que el ciclista hacía sonar al oprimir una esfera negra. Bueno, había otras con campanita o timbre plateado, que por asociación evocaban los sonidos de los carritos de helados y paletas. Las bicicletas obreras eran parte esencial del paisaje urbano, cuando todavía las calles eran libres y no había tráfago de automotores.

La ciudad olía a calderas industriales, el aire era violeta y las montañas, algunas con enormes antenas repetidoras, eran azul turquí. “Cómo ha cambiado todo”, pensó al tiempo que alejaba el recuerdo de las bicicletas inglesas y de los ciclistas proletarios. Hasta su memoria, sin poderlo contener, tornaron las imágenes de muchachos, hijos de trabajadores fabriles, que los domingos montaban en las ciclas de sus padres y se desplazaban sobre ellas como si fueran conquistadores o héroes de antiguas batallas.

Ahora, los cuadros que le llegaban eran los de edificios inteligentes, de cerebros electrónicos y un sin fin de aparatos y máquinas que podían realizar el trabajo de mucha gente. El timbre futurista de un teléfono móvil lo sacó de sus meditaciones. “El mundo es más veloz”, pensó. “Pero tiene menos colores que antes”, agregó, no sin cierta desazón.

No es que haya menos colores —se dijo más tarde, contradiciéndose— sino que son distintos, nuevos. Inesperados. “Mejor dicho, son de otros colores”. Todo esto lo pensaba mientras escribía en un ordenador y trazaba esquemas mentales de las viejas bicicletas que lo despertaban en las madrugadas, cuando el mundo caminaba más despacio y él podía dormir sin desasosiegos hasta las nueve de la mañana.

Ojos de cielo

Por Reinaldo Spitaletta

El cielo le pesaba en la espalda. Tal vez era como una enclenque (¿y dolorosa?) imagen de Atlas cargando el universo y sin la posibilidad de mirarlo. Sus ojos se concentraban en sus pasos, en el suelo, en una acera, en el asfalto, en la cebra del peatón, en las baldosas vitrificadas, en un cordón desamarrado de sus tenis viejos, en un volante publicitario de brujos y arregla-vidas, en los zapatos de los otros, en las gotas de sangre sobre el rutinario gris del pavimento, en una colilla recién pisada, en el brillo de una moneda sin dueño, en los collares sobre un tapete improvisado de algún artesano hippie extemporáneo, en los charcos tras la lluvia, en las sombras de los viandantes.

Su mundo de peatón era el piso. Estaba obligado, eso sí, a observar las luces de los semáforos, o el ruidoso ir y venir de los automotores. Era una manera de levantar un poco la vista, al menos de tenerla unos instantes en un punto horizontal. El resto, era caminar mirando abajo, como si se escondiera, como si no quisiera que otros vieran sus ojos, como quien encubre una culpa o esconde una pena. Al verlo, otro más avisado, pensaría que se trataba de un hombre ensimismado, alguien a quien le duele por dentro, más allá y más adentro de las entrañas. O de un tipo triste, cuya tristeza está recogida en la mirada, aglutinada en las pupilas.

Caminando así, cabizbajo, era la misma imagen de un hombre sin sueños, del que parece haber perdido el timón de su existencia. Vencido. Daba la impresión de vivir en un mundo sin paisajes, opaco, y cómo si ya nada le importara. Se dirá que así es el modo de transitar de la mayoría de gente en el centro de la ciudad. Hay que tener cuidado para no dar un traspiés. El caso es que no se sabe qué pasó, si sintió de pronto una necesidad inaplazable de saber qué había encima de él, de no dejarse aplastar por un cielo que él sentía muy pesado y que no le permitía levantar la mirada.

Se cree también (dicen en algunos corrillos) que desde la fronda de un árbol, de una anciana ceiba quizá, un pájaro no identificado le llamó la atención, depositando en él su excremento volador. Cuando sus ojos descubrieron el firmamento, cortado por las partes altas de los edificios, se dio cuenta del espectáculo que se había perdido: el azul limpio se metió por sus ojos y se quedó en ellos. Desde entonces, el hombre camina con la vista hacia arriba, sin tropezar, y todos saben que es el tipo privilegiado al cual el cielo de Medellín le cambió el color de los ojos.

“Una carta al cielo”, pintura de José Paiba Juárez

La fuga de los crepúsculos

Por Reinaldo Spitaletta

Había un poeta que fabricaba atardeceres con arrebol. Él mismo, el de la barba taheña, había escrito que la Villa era habitada por gentes romas y necias y superficiales, que se paraban en los atrios a soltar chismes, que es la defensa de los que no tienen poder. Nos advirtió desde los albores del siglo XX, que la parroquia tenía hombres barrigones, y con el tamaño de la panza y de la bolsa medían el mundo. Hubo otro escritor que hizo inventarios sobre las plantas y las flores de la ciudad, acerca de las cuales nos puso a pronunciar sus nombres sonoros: flores de caracucho, sol de agosto, azucenas, azahar de la India, cundeamor, curasao solferino, de cuyas flores otro poeta había dicho: “parecen hechas de papel de globo”. En los mayos floridos, los devotos de la Villa adornaban los monumentos de María con mirtos y hortensias, y en los corredores de viejos caserones, con evocaciones campesinas, colgaban begonias de tierra fría.

Pronto, el paisaje floral se llenó de chimeneas fabriles y de construcciones cuyas partes altas semejaban sierras. Pero la villa seguía oliendo a rosas de la tarde y jazmín de noche. En un barrio de ricos, un hombre diseñó las calles amplias, con antejardines en los que sembró guayacanes amarillos y morados, y para que las noches tuvieran fragancia de enamorados, plantó cadmios. A orillas del río (hoy muerto), el mismo en que otro poeta del siglo XIX creía ver náyades, se elevaron los búcaros cuya floración anual pintaba el contorno de anaranjado. De la quebrada arriba, pero muy arriba, bajaban silleteros, tal vez los descendientes de aquellos que cargaban hombres, pero ahora sus manos estaban repletas de pompones y astromelias.

En la Villa, febril y fabril, había casco’evacas y tulipanes africanos. Y en la hacienda que había sido del hombre más rico de la ciudad, que tenía oro en los dientes y en la mente, las ceibas-bonga se deshojaban en febrero. Por la quebrada Santa Elena bajaban buenos vientos, que movían el humo de las chimeneas de la fábrica pretenciosa que años después, con avisos luminosos a lo Hollywood, en una colina, hoy habitada por gentes sin fortuna, sería el “primer nombre en textiles”. Ni siquiera las partículas de algodón en el aire ni el hollín de los trenes, trocaban el clima que todos llamaban de “eterna primavera”.

En casas de barrios altos todavía había solares, sembrados de yerbabuena y albahaca, tal vez como una manera de resistirse a la civilización, la misma que traía en las llamadas alas del progreso, máquinas y nuevas factorías. La primavera tropical se regaba, pese a todo, en los ventorrillos de las plazas de mercado y en los hombres y mujeres que arribaban de muy lejos, traídos por el tren y camiones de escalera. Otro poeta, que parece que la primavera perpetua era apta para producir no sólo telas y cervezas y cigarrillos y aguardiente, sino gente que cantaba, compraba por treinta centavos quince minutos de paisaje. “No todo es Hacer –decía-. También No-hacer es creador” y entonces los industriales y los banqueros lo calificaron como amante de la nada y del no hacer nada, en una tierra que en medio de la floresta producía plusvalías y era el reino del trabajo asalariado.

Pero llegó el día (y el día no estuvo lejano), en el que se elevaron edificios tuguriales y de súbito muchas viejas fábricas se metamorfosearon en centros comerciales, y la villa en trance de ciudad, seguía amando el dinero, el mismo que le hacía falta a tanta gente de las laderas. Los jardines primigenios se trastocaron en flores del mal y otro poeta advirtió que vivíamos en una aldea con predominio de la metra, la mitra y el metro.

La temperatura subió, los cielos cambiaron de azul a negro, y el mundo se hizo cada vez más oscuro. En alguna estación del metro a alguna dama de la caridad o tal vez a algún filántropo-negociante, se le ocurrió recordar unos versos del poeta que tenía en Medellín una fábrica de crepúsculos con arrebol. La primavera era solo un paisaje brumoso y lo más probable era que la gente, de panza voluminosa o despanzada, se muriera de un infarto de plomo.

Fotografía tomada de internet

Duelo criollo en noches de la Guerra Fría

Por Reinaldo Spitaletta

 

No había leído todavía nada sobre duelos cuando escuché en el Bar Florida, una vieja cantina de esquina en un barrio de Bello, el tango Duelo Criollo. Al principio, no era más que una historia incomprensible, de la que apenas prestaba atención a algunos versos, al tiempo que la voz de Gardel, que ya reconocía porque papá y mamá hablaban del cantor que se quemó en Medellín y cantaban algunas de sus piezas, sin desafinar, digo que la voz iba desgranando la canción: “Mientras la luna serena / baña con su luz de plata / como un sollozo de pena / se oye cantar su canción…”.

 

Me quedaban resonando palabras como plata y luna y pena, pero después, con los muchachos que nos sentábamos en la acera del bar, hablábamos de lo que queríamos ser cuando grandes y ahí, en ese punto, no faltaba el que quería ser astronauta, que por entonces la Guerra Fría (según supe después) había puesto en boga, incluidos la perra Laika y el señor Gagarin. Algún otro, deseaba seguir los pasos de su padre, que era policía, y digo que a mí me ponía a rabiar su aspiración, porque, en esos días, los policías aparecían en el carro celular, o bola, o patrulla, para decomisarnos los balones e interrumpirnos los “picaditos” callejeros. No faltó el que quería convertirse en médico, o en bombero (y por la cuadra vivía uno de ellos que tenía una hija que caminaba como pisando flores), o en cantante de la Nueva Ola.

 

Ya no recuerdo que quería ser yo. A lo mejor, atleta de cien metros planos, o futbolista del Deportivo Independiente Medellín, puntero derecho. El tango, en todo caso, se repetía, tal vez porque había algún parroquiano que echaba monedas al traganíquel y solo le gustaba la misma pieza. De pronto, como una atracción inconsciente, volvía a escuchar algunos de sus versos: “la canción dulce y sentida / que todo el barrio escuchaba / cuando el silencio reinaba / en el viejo caserón”. Para mí, en esos instantes, nada significaban tales palabras.

 

Eran los tiempos en que los perros (o, mejor dicho, las perras) del barrio se nombraban Laika. Había una criolla amarilla que se paseaba enfrente de nosotros, cuando Gardel estaba en su interpretación. Alguien la espantaba, o le decía ¡usssh!, para provocar su ira, o le arrojaba un pedrusco. También había perros bautizados como Trotski, Nerón, Gitano, Júpiter, Capitán y ya no sé cuántos nombres más. En todo caso, a ninguno lo pusieron Gagarin, ni Apolo, ni Satélite. Ni cohete.

 

El cuento es que casi todos los atardeceres, cuando una luz malva se regaba por la plazoleta, que a su vez nos servía de cancha, el Duelo Criollo estaba repartido en el incipiente asfalto. Ah, sí, claro, eran tiempos de cuchilleros, pero nunca vi a dos que se batieran dentro del cafetín o en la calle. Tal vez usaban los puñales para disuadir. O, que tampoco era raro, para ir a asaltar alguno con mala suerte. Se contaban historias de que Atehortúa, un malevo del barrio vecino, sabía paradas con la puñaleta, un esgrimista, una suerte de malabarista que ponía a bailar en sus dedos el arma, con la cual, además, pelaba mangos y naranjas y se limpiaba las uñas. Se tejían leyendas sobre otros puñaleteros de peligro de Pacelli, Prado, Niquía, la calle del Talego y otros barrios. Pero insisto: no vi ningún duelo. Además, como lo dije antes, el duelo no estaba dentro de mi repertorio de palabras. Que para desafíos de fútbol con los de otras barriadas, calles y callejones, jamás se habló de duelo, sino de “selección”. “¡Hey, vamos a jugar una selección!” Y entonces nos íbamos a la Manga Elena, a los baldíos junto a la quebrada La García, o a las canchas de Niquía, donde el viento del norte jamás se aquietaba. Se jugaba por el honor del barrio.

 

Y volvían las frases del cantor: “Cuentan que fue la piba de arrabal / la flor del barrio aquel que amaba un payador”. Y ahí sí que menos entendía: ni piba ni payador. “Solo para ella cantó el amor / al pie de su ventanal”, y de pronto esta parte de la historia sí la relacionaba con las serenatas, que entonces no faltaban en ninguna noche de arrabal. “pero otro amor por aquella mujer / nació en el corazón del taura más mentao / que un farol en duelo criollo vio / bajo su débil luz, morir los dos”. Qué vaina. Lo del taura me martillaba pero no podía saber su significado.

 

Pasó el tiempo. Pasó la cantina. Pasaron los muchachos de entonces. Y años después, me encontré con un relato de Manuel Mejía Vallejo, en el que dos hombres encerrados en un cuarto se matan a puñaladas; y luego, con los cuchilleros de Borges. Un día, un mi hermano cantó en medio de una inspiradora borrachera Duelo Criollo, y las viejas palabras retornaron, como un recto a la mandíbula. Claras. Con sentido. En toda su dimensión trágica: “Por eso gime en las noches / de tan silenciosa calma / esa canción que es el broche / de aquel amor que pasó… / De pena la linda piba / abrió bien anchas sus alas / y con su virtud y sus galas / hasta el cielo se voló”.

 

   

Rigoletto, el duende de mi casa

Por Reinaldo Spitaletta

 

Tengo un duende en casa. Lo imagino jorobado y con una cara muy vieja. Antes de que me pasara lo que me ha pasado, no creía en duendes en el sentido de realidad, cualquier cosa que ésta sea. Me gustaban, de niño, en la literatura, en las leyendas populares, y sobre todo, en las historias que nos contaba mamá a mis hermanos y a mí. Algunas estaban relacionadas con gnomos bondadosos y juguetones, y otras, con duendecillos maléficos o, más bien, maldadosos. El duende, de por sí, no es una criatura perversa. Es solo un burlador, alguien o algo que nos quiere jugar malas pasadas, asustarnos sin provocar taquicardia o gozarnos con sus intervenciones bromistas. Los duendes son, en general, simpáticos y se ríen de nosotros con una risilla de picardía y benevolencia.

 

Pues bien. En casa, como dije, tengo uno. No sé cuándo llegó, pero mi mujer, que fue la primera en presentirlo, me dijo una noche, cuando llegué: “hoy subieron el volumen del equipo de sonido misteriosamente”. “¿Cómo que misteriosamente?”, le pregunté. “Sí, no me acuerdo qué estaba sonando y de pronto sentí que iba subiendo y subiendo hasta el máximo”. Por esos días, vivíamos en un caserón del barrio Buenos Aires, de Medellín, de seis piezas, dos patios, dos salas y claro, cocina y comedor. No era pequeño en todo caso. “Debe de ser que le falta mantenimiento”, le dije. Ella se quedó mirándome con sus ojos enormes y le noté una mueca de fastidio. No se habló más del asunto por ese día.

 

El caso es que las faenas del presunto duende se repitieron. Siempre subiendo el volumen. Pero a mí no me había tocado estar en esos momentos en los que ella, la Moni (así la llamo, por su melena rubia) era la víctima de aquella presencia inexplicable e invisible. Un día de semana santa, puse la Novena Sinfonía de Beethoven y mientras sonaba, leía un libro de William Faulkner. Creo que era Desciende, Moisés. De pronto, sentí un crescendo insólito en momentos en que sonaba el cuarto movimiento. El coro ascendía y ascendía. Tiré el libro y fui hasta el aparato. En efecto, había llegado hasta el tope. “Qué vaina es esta, parece que hay que mandar a arreglarlo”. Le conté, y ella sonrió, y rio a carcajadas y me miró como si dijera “viste que sí es verdad. Aquí hay un duende”. Llamé al señor Abdón, que desde hace años es el que les hace mantenimiento a mis reproductores de sonido (no crean que tengo muchos). Al otro día, después de la gestión del técnico, se repitió el incidente. Era la Quinta Sinfonía de Tchaikovski. La Moni y yo estábamos presentes. “Por lo menos, le gusta la buena música”, le dije. Otra vez, mientras sonaba una emisora comercial, el volumen comenzó a bajar. Era, me parece, una canción de Vicente Fernández. “Qué descanso”, me dije. Y entonces comprendí que al duende, o lo que ello fuese, le gustaba la clásica. Después supe que también el jazz (subió varias veces a Duke Ellington y a Charlie Parker), y también el tango, sobre todo en las interpretaciones del Polaco Roberto Goyeneche.

 

Pasó el tiempo y de nuestra casa se enamoró una empresa de constructores. La vendimos y nos mudamos para el barrio Prado. La Moni creyó, entre otras cosas, que el duende había quedado atrapado en la casa vacía y después en sus ruinas (la tumbaron y ahora avanza la construcción de una torre de apartamentos). Pero no. Seguro se subió en el camión de trasteos. O averiguó la dirección. ¿Quién puede saberlo? El cuento es que otro día ella volvió con la historia del volumen y, además, de que le habían desconectado la grabadora. Hace unos meses, puse un disco de Brahms (Tres sonatas para violín, con Daniel Barenboim, al piano, e Itzhak Perlman, al violín), y la película se repitió. Lo mismo con uno de Gardel y con otro del inefable Polaco. En cambio, lo bajó al mínimo cuando en una emisora sonó una cancioncita de despecho de no sé quién diablos.

 

Pero la máxima expresión de su “mamagallismo”, aconteció cuando en casa estaba de visita Daniel Botero, un amigo, comunicador social y docente. Vio en mi estudio-biblioteca una guitarra, que hace tiempos no toco. La comenzó a afinar. Y no le daba. Pensé que no tenía idea de afinar el instrumento. Y entonces me puse en la misma tarea. Parecía estar lista. Los intervalos eran los correctos. Se la pasé y cuando él dio un acorde, sonó espantoso. Volvió al proceso de afinación. Y nada. Insistió. Seguía lo mismo. Y entonces me acordé del duende, le conté la historia, y cuando tornó a rasguearla, estaba perfectamente afinada. “Es increíble”, dijo.

 

En momentos en que escribo esta narración, está sonando el Concierto para Piano y Orquesta en la menor Op. 54, de Robert Schumann. El volumen sube y sube. Sonrío con resignación y voy a ponerlo en una escala discreta. Seguro el duende debe de estar haciendo morisquetas y contorsiones. Hoy he decidido bautizarlo como Rigoletto. Y no me pregunten por qué.

Profesores de los días felices (2)

 

Don Alfonso o el Cucho de la melancolía

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

No teníamos ni idea de que estaban bombardeando a Marquetalia, llamada por Álvaro Gómez (que ni siquiera sabíamos que era hijo de Laureano, un promotor de la Violencia en Colombia) República Independiente. Y, claro, tampoco habíamos escuchado mencionar al hijo del tal por cual. Nada conocíamos de los Beatles que ya eran sensación universal, porque nuestro mundo, estrecho y sin pretensiones, se reducía a ir a la escuela a pie, jugar balón en cualquiera de la infinitud de potreros que había en Bello, hacer barquitos de papel en tiempos de aguaceros y tal vez soñar con ir a la Luna.

 

Al maestro de tercero de primaria lo bautizamos el Cucho. No sé de dónde provenía la palabra, pero fue la primera vez que la escuché. Don Alfonso, que siempre daba clase vestido de traje entero, tenía negros y lisos y abundantes los cabellos. Iba afeitado pero se notaba que, de haberse dejado crecer la barba, la tendría muy espesa. Los zapatos jamás tenían brillo. Y no parecía tener mando sobre la muchachada, porque siempre susurrábamos, reíamos, cuchicheábamos, de vez en cuando tirábamos pedacitos de tiza a otros, éramos un grupo recocha, que en aquel salón con ventanas altas a la calle y al patio de recreo había como cuarenta y tal cantidad ya daba dimensiones de infierno para un profesor, que, según pensé años después, no le gustaba la enseñanza.

 

No supe nunca de dónde procedía, porque en Bello todos llegaban de otras partes. Pero sí que le habían adjudicado una casa en el barrio El Carmelo, construido por el Instituto de Crédito Territorial. Y esto lo supe, más que por alguna pesquisa personal, por los buenos oficios de mamá, que siempre era amiga de maestros y maestras, les llevaba frutas, floreros, galletas en lata y luego me enteré de que era para que no me cogieran inquina, que a veces “su muchachito” protagonizaba duelos a golpes con los condiscípulos y hacía otras pilatunas.

 

No recuerdo ninguna enseñanza particular de don Alfonso, que a lo mejor era un ser al que ya nada le importaba, o tendría decepciones a granel. No sé. Lo recuerdo y solo veo sus trajes grises, sus camisas azul celeste y una cara de aburrimiento permanente, que por eso, digo, nos poníamos el salón de ruana. “¡Ahí viene el Cucho!”, se oía decir cuando él salía no sé si a orinar, o por tiza, o por algún mapa, y se armaba la de “Dios es Cristo”, con combates con tapas de gaseosa, con los borradores de pizarra que eran almohadillas sucias, con hojas de cuaderno arrugadas para que tuvieran efecto de proyectil. Cuando trasponía la puerta ancha y alta del aula, volvíamos a la normalidad, con risas contenidas y alguno a punto de moquear o tirarse un pedo.

 

El Cucho no parecía interesado en contar historias, ni enseñar geografía, aunque sí le prestaba atención a las operaciones aritméticas, que, creo, era lo que mejor nos dictaba. No tengo memoria de si alguna vez soltó alguna risa y tampoco sonrisas; su cara nos parecía vieja y amarga y a veces sus mejillas brillaban. Daba la impresión de cansarse con las jornadas a mañana y tarde, siempre con los mismos párvulos, los mismos disturbios, la obligación de tener que transmitir algún conocimiento y no gustarle la vaina de pararse delante un tablero negro a mirar a un auditorio de tarados. Eso pudo haber pensado.

 

Si los dos años anteriores, con maestras, doña Rosa y doña Angélica, fueron de una simpatía y alegría proverbiales, con canciones colombianas, como una que hablaba de una “canoíta de mi río”; con una tonada de maravillas que lo hacía a uno transformarse en un pirata (“Soy pirata y navego en los mares / donde todos respetan mi voz…”) con imaginario parche en un ojo y pata de palo, en fin, las clases del Cucho eran un recorrido por la tristeza. Nunca nos cantó nada ni nos pidió hacerlo.

 

El Cucho era alto (o nos parecía) y tenía una joroba leve, al principio, que después, al fin de año, ya era más pronunciada. Tal vez la cogió de tanto mirar al piso, en lo que pudo haber sido un mecanismo de defensa contra la melancolía. Bueno, eso dice uno ahora, después de tanto consumir almanaques. No se le escucharon gritos en clase y tenía la apariencia de ser alguien que estaba acostumbrado a soportar pesares.

 

La palabreja con la que lo apodábamos se volvió popular mucho tiempo después en Antioquia para referirse a “alguien de edad”, a un vejestorio. A aquel que los días le habían horadado la frente y la mirada. Hubo momentos en que era una especie de despectivo con los mayores. Y también una expresión cariñosa cuando del padre se trataba. Según el tono, como es sabido.

 

Don Alfonso Monsalve pasó por nuestras vidas, por las de un grupo diverso en el que había muchachos que iban a clase sin zapatos, como una exhalación, un viento que se va y no vuelve. No hubo marcas. No logró -creo- despertarnos afectos. Un ser que pudo haber pertenecido a las apatías y al mundo plomizo de la indiferencia. Unos años después lo volví a ver, atravesando una calle, y su giba había crecido. Miraba al suelo como si buscara el tiempo perdido con unos pelados inquietos, que lo veían a él como un rey de burlas.

 

¡Ah!, cuando terminamos el tercero de primaria, hacía un año habían asesinado a John Kennedy (mamá lloró ese crimen, no supe por qué) y todavía en la escuela daban pan y leche de la Alianza para el Progreso.