Habla Darío Lemos: “No soy un genio, soy un iluminado”

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Desde hace cuatro meses tiene prisa por morirse. Sentado sobre una silla de ruedas, con su cuerpo de aguja y su rostro de Cristo en agonía, el poeta maldito de los nadaístas parece una hoja seca a merced del viento. Ya no duerme en las aceras ni bebe alcohol en los parques de la ciudad. Vive en un refugio para pobres, en donde él quiere morirse de vida y no de muerte. Ahora la gangrena no solo carcome sus piernas, sino su ánima. Darío Lemos, que ha pasado más de la mitad de sus 43 años en cárceles y sanatorios, mide todavía 1,76 en verano y 1,78 en invierno. Y sufre. No por el dolor, que le es familiar, sino por la reciente publicación de su libro Sinfonías para máquina de escribir.

 

—¿Por qué rompió el libro que le envió Jota Mario?

—Mi libro es demasiado puro, demasiado bello; pero el prólogo es sucio. Además, creo que hubo mucha inmoralidad de parte de Colcultura. Ese libro no lo dejaban salir dizque porque era dañino. Claro que eso es verdad y yo no tengo la culpa… Entonces el galanismo, no, perdón, Moisés Melo dijo que era dañino para los jóvenes.

—¿Por qué es sucio el prólogo?

—No solo el prólogo, sino todo el proceso de edición. Yo no firmé ningún documento. Por lo menos han debido pedirme permiso para publicarlo. Yo no quería publicarlo.

—¿Por qué no quería?

—Yo dije alguna vez que los poemas cuando se publican son como hijos que se van. Y uno se queda muy solo sin sus poemitas.

 

La voz del poeta suena gangosa. Sus manos, delgadas como hilos, se agitan como las de un ahogado que busca su tabla de salvación. En la sala del refugio una imagen de María Auxiliadora nos observa. Al fondo, detrás del poeta, a San Juan Bosco se le ilumina la cabeza con un halo de mansedumbre. Y Lemos agrega:

—Es que los nadaístas quieren tener de todas maneras un poeta maldito, quieren tener un Jean Genet. Pero, en realidad, yo puedo enseñarle a Jota Mario a que sea santo.

 

Corrían los principios de los años sesentas. El movimiento fundado por Gonzalo Arango estaba en efervescencia. En Medellín, un grupo de nadaístas llegó un día hasta la Catedral Metropolitana e interrumpió la misa con la que se clausuraba la Santa Misión de los curas españoles. Blasfemia. Sacrilegio. Escándalo. Habían profanado las sagradas formas. Una multitud de feligreses enardecidos logró capturar a un joven. Iban a lincharlo. Un cristo afilado se clavó tres en veces en las carnes del profanador que, sin embargo, logró salvarse. Era Dariolemos.

 

—Se dice que usted pisoteó una hostia en el atrio de la Metropolitana.

—En realidad, eso no fue cierto. Yo saqué una hostia y se la envié a una amiga en New Orleans. Eso fue algo de tipo social… pero no hablemos de eso.

—Pero en una ocasión Jota Mario le preguntó que si con la pierna que ahora tiene gangrenada usted había pisado la hostia. Y usted contestó que las hostias no eran tan infecciosas.

—Sí, claro. Porque lo único que puede salvar al hombre es el sentido del humor, o del limón.

—¿Cómo fue lo de la pierna?

—El cigarrillo, maestro. Me amputaron unos dedos y los médicos decían, hace unos diez meses, que debían amputarme la pierna derecha a ver si me salvaban la otra. No me iban a salvar el alma sino el cuerpo. Ellos son felices con la segueta. Los médicos son muy terroristas.

 

El poeta muestra una sonrisa triste y desdentada. Habla sobre unas cartas que está escribiendo a Gabo y a Simón González, el intendente de San Andrés, a quien él llama Simón el Bobito. “También estoy escribiéndome cartas a mí mismo. Y mi autobiografía, pero no como la autobiografía precoz de Rimbaud. Yo tengo mi versión de los hombres”.

 

—Y a propósito de Rimbaud, usted dice que es superior a él.

—No, Rimbaud y yo somos amiguitos. Simplemente que él todavía es terrenal. Entre él y yo hay una complicidad: la gangrena. Hace quince años yo estaba sentado en mi silla de ruedas. Y hace tres que tengo la gangrena. Fue una premonición. El poeta es un vidente.

—¿Pero de pronto usted no quiso morirse a los 37 años como Rimbaud?

—Yo no tenía deseo de morirme sino hace cuatro meses.

—¿Y por qué?

—Porque hace cuatro meses escribí el poema de mi vida. Y después de ese poema, ya para qué vivir. Es el Gran canto a la alegría. Va a ser traducido al portugués. Al inglés no quiero porque lo único bueno que tienen los gringos es la Coca-Cola.

—Recite algo de ese poema.

—No, porque a mí me duele mucho cuando hablo de ese poema. Fue verdaderamente parido, no decorado. Me senté. No tenía secretaria. E incluso no lo escribí yo; alguien me lo dictó. Y quedé muy enfermo después de ese poema. Tiene solo seis frases. Lo logré. Es muy difícil. Desde los 16 años, cuando fundé el Nadaísmo, estaba buscando ese poema. Y lo logré y me enfermé mucho.

—¿Y no hay manera de asomarnos a ese poema?

—A mí me da miedo ese poema. Y le aconsejo que nunca lo lea. Son apenas unas frases y es más grande que toda la obra de Marx y Freud juntos. Lo logré.

Y Dariolemos habla entonces de sus recitales y sus borracheras, y dice que la poesía es una mentira, pero que él no decora: escribe. Y alguien le dicta, por eso —dice— él no es culpable de sus poemas.

—¿Quién le dicta?

—No sé. Antes llamaban a eso inspiración y de muchas otras maneras.

Y vuelve a hablar sobre su obra, la misma que ha dejado por ahí, al azar, en papelitos regados, porque después de parir un poema para qué la publicidad. Eso es algo vano, por eso siempre que escribe, rompe.

—¿Y la Sinfonía?

—Esa la escribí hace más de quince años, y se perdió muchas veces. Alguna vez la lancé al mar durante un viaje a Cartagena, a Tierra Bomba, y el bobo de Simón González la cogió. Después se volvió a perder muchas veces. De todas maneras, lamento mucho que se haya publicado…

 

De pronto, el poeta advierte que llevo su libro. Y dice: “Ese es mi libro… Bueno, no es mío. Muéstremelo”. Sí, pero no lo vaya a romper, como hizo con el que le mandaron. “¿Y quién romperá los otros dos mil?”, contesta con voz fatigada, pero en tono de triunfo.

Y luego, con la misma voz de agonía, habla de Gonzalo Arango, y recuerda a su hijo Boris y a su exesposa Puma, y habla de las pastillas para el corazón que le han formulado los médicos, y de las fracturas y de su poema genial.

 

—¿Cuándo se conocerá ese poema?

—Se lo envié a Chico Buarque al Brasil. Quiero que él lo tenga y se encargue de él.

—¿Usted se considera el mejor de los nadaístas?

Piensa un rato la respuesta. Se lleva las manos al rostro de facciones dolorosas y busca aire.

—Me llaman el poeta maldito. El Genet. Dicen que soy el único auténtico, pero la autenticidad  no existe. Pero sí me considero el más puro de ellos, sobre todo porque evité la fama y el dinero. Yo vine a la Tierra a hacer camino y no carrera. El camino duele. Si se hace carrera se consigue el Renault, el apartamentico. Pero yo, como Jesucristo y Chaplin, vine a hacer camino…

—¿Por qué lleva usted un cuaderno en la mano?

—Es un tic nervioso. Tengo que mantenerme armado para escribir y botar.

—Entonces debía tener a alguien detrás que fuera recogiendo.

—Sí, pero que no sea el bobo de Simón González.

—Pero Simón tiene un prestigio bien ganado en el país, no solo como buen hijo de Fernando González.

—En este país es muy fácil ser famoso: basta con ser exagerado en algo, en cualquier cosa.

—¿Y usted por qué no se ha suicidado?

—Siempre me lo han preguntado. Pero no tengo vocación suicida. Dicen que de tanto vivir —y yo vine a vivir y no a hacer pose— se puede llegar al suicidio. Pero yo quiero morirme de vida, no de muerte.

—¿Cómo llegó a este refugio?

—Vine solo. No podía darles la oportunidad a ciertos burgueses de El Poblado para que tuvieran a Dariolemos en los últimos días. La pobreza se merece, y la riqueza se adquiere. Y adquirir es muy fácil; merecer es muy difícil.

—¿Por qué ha estado tanto tiempo en las cárceles?

—Por amor. Siempre estuve en ellas por amor a algunos que amaba y por la marihuanita. Yo dije alguna vez que la marihuana era una legumbre.

—¿Y la marihuana le ayuda a escribir?

—No es que me ayude o me desayude, pero en verdad yo creo que es algo natural, el hombre no le puso nunca la mano encima. Los gringos le tiraron Paraquat… La marihuana es una comunión.

Dariolemos se lleva las manos al pecho. Dice estar muy fatigado. Parece como si al hablar le surgieran más arrugas. “Estoy muy enfermo del corazón”.

—Pero todos los poetas se enferman del corazón, ¿no?

—Sí, del orgánico y del otro… ¡Pero aquí no hay sino poetisas! Los poetas, las poetisas, se la pasan decorando, escribiendo cosas sin contenido…

—Quiero hacerle una pregunta cómo para reina de belleza ¿Cómo se autodefine?

—En verdad, yo no soy un genio, pero tengo muy mal genio. Soy un iluminado. Rimbaud también lo era. Y posiblemente Genet, Baudelaire, Michaux… Después de eso ya no hay más poesía… Ah, sí, Prévert y este muchacho Maiakovski. Y en América, César Vallejo.

—¿Y usted?

—No tengo la culpa de ser poeta. Me agravé desde que ese libro se publicó. Yo no quería que se publicara nunca. Son cosas muy íntimas. Fui un poco famoso cuando era joven. Pero evité la fama porque me quitaba la intimidad.

Y Dariolemos llora, con un llanto sin lágrimas y sin contorsiones. Y dice que él siempre ha sido vituperado en el país —en este país que quizá no lo merece—, pero que en su autobiografía dirá por qué vivió siempre en las cárceles y los hospitales mentales. Y también por qué escribió sus poemas.

—¿Pero usted no vivió en los manicomios quizá por demasiada cordura?

—Sí, hombre. Eso era un paraíso. Aprendí mucho en ellos. Me clarificaba, jugaba billar y fumaba marihuanita en los jardines. Me quedaba seis meses y luego volvía al engaño, a esta guerra, a este país miserable. Esto no es pose (se señala la pierna gangrenada y la silla de ruedas).

 

En un radio se escucha la transmisión de la final juvenil entre Brasil y España. Y Dariolemos dice: “A Camus y a mí nos gusta el fútbol. Y a esos estúpidos de Picasso y Hemingway, los toros”. Y agrega: “Y ahora que me voy, quiero dejar a mis niños nadaístas sin pecado en la tierra”. Y luego habla sobre los escritores gordos y dice que un poeta no puede ser gordo, y que en la historia ha habido varios cerdos, como Hemingway y Balzac.

 

—¿Lee aquí todos los días?

—He evitado ser un hombre culto porque dejaría de ser salvaje. No leo libros porque puedo escribir otros. Pero a veces, lo confieso, me escondo a leer. Y me he enamorado de algunos libros como El cuarteto de Alejandría.

—¿Y los de Rimbaud?

Una temporada en el infierno y… ¡Oh! Rimbaud, qué cambio, ¿no? Ojalá yo no termine como Rimbaud, traficando con colmillos de elefante y guardando monedas en un cinturón.

—¿Entonces cómo quiere terminar?

—Desnudo.

Y luego agrega que ojalá su hijo Boris —que ya tiene 20 años— no lea, y sea un ser común y corriente. “Ojalá se vuelva gordo y bien bruto”.

—Ajá, porque quien más piensa es quien más sufre, ¿verdad?

—Sí, claro. El ser talentoso sufre mucho. La creación duele. Pero uno no puede cambiar nada. Pero, en síntesis, yo no soy una víctima.

—¿Entonces es un verdugo?

—Necesariamente, soy cómplice. Todos somos cómplices.

Y el poeta se queda solo en su refugio, con su dolor, con su angustia, con su genio. Y con su silla de ruedas y su gangrena. Se burla de sí mismo y de los demás. Sí. Es un Cristo en agonía. Y su cruz ha sido la poesía. Salud.

 

(Reportaje publicado en el Suplemento Dominical de El Colombiano, septiembre 15 de 1985).

 

Nota: Darío Lemos Laverde nació en 1942, en Jericó, y murió en Medellín en 1987. Su libro Sinfonías para máquina de escribir se publicó en junio de 1985, con prólogo de Jota Mario.

 

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Federico Villegas, un infarto de plomo

N.B. El poeta y pintor antioqueño Federico Villegas Barrientos murió, a los 92 años, el primero de mayo de 2017. Estos dos reportajes que le hice hace tiempos se reproducen en honor a su memoria y trayectoria.

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Un vuelo de pájaros de papel se mete por sus ojos tristes y claros. Está acostumbrado a mirar más allá de los cielos. De niño, lo asustaban (y lo embelesaban) las estrellas y la noche. Hoy lo siguen amedrentando las soledades, las palabras, el canto nocturno del grillo. Está lleno de asombros y dolores, contemplativo. Es, como él mismo lo dice, un huérfano cósmico. Un poeta.

 

Las cometas siguen flameando en el cielo de Robledo, de últimos de febrero. El hombre camina por un callejón, adornado de trinitarias moradas y solferinas. Entra a su casa. Pasa a la biblioteca y se sienta a su escritorio. Un pedazo de firmamento se cuela por la ventana.

 

El hombre, vestido de pantalón y chaqueta champañas, camisa blanca, no se ha puesto hoy la corbata. Pero, en cambio, sí lleva la tristeza, quizá en su escaseante pelo blanco, o en sus palabras de profeta, o tal vez en sus sesenta y cinco años. Se llama Federico Villegas Barrientos.

 

—¿Qué es ser poeta?

—El poeta es el hombre que viene al mundo a mirar. Y nace cansado. Nace para nada. La gente nace para carga y le choca que uno nazca para silla. El poeta es un ladrón…

—¿Por qué?

—Porque se roba las cosas para él. Se roba el sol, las flores, la realidad… El poeta es un traductor.

—Ah, sí, pero también es un sospechoso…

—Sí, y es un estafador. Asusta. Asombra. Es un solitario. Al poeta solo lo quiere el poeta y lo rechaza la sociedad.

 

Sus palabras se riegan por la biblioteca. En una pared hay un retrato del poeta, pintado por Rubayata. Muy cerca del mapamundi aparece otro retrato de Villegas, pintado por Ramón Vázquez. Sobre un estante, una hermosa talla de madera representa a don Quijote con una espada en la mano derecha. Y disimulado entre decenas de volúmenes, uno de los libros del poeta: Infarto de plomo, publicado en los setentas. En un mes, se agotaron tres mil ejemplares.

 

Federico Villegas tiene varios libros publicados. Por ejemplo, sus famosas Carambolas mentales, que son como greguerías, frases ingeniosas, en las que, además, demuestra su hondura humorística. Su carga de irreverencias. Tiene otros inéditos, como La sombra de la nada, Jubilado del ocio, La siesta de los elefantes, La casa de la arboleda.

 

En otro tiempo, Federico fue registrador municipal del estado civil en Ciudad Bolívar y en otros pueblos. Alguna vez, al visitar a un hacendado, este le dijo que mirara el horizonte: “hasta allá —dijo el terrateniente— se extienden mis propiedades. Soy dueño de todo eso”. Federico, sin inmutarse, contestó, elevando el brazo y señalando hacia el cielo: “Yo, en cambio, soy dueño de todo eso”.

 

—¿De qué vive ahora?

—De nada. Más bien muero. Uno siempre está muriendo. Ahora estoy jubilado con esas cositas que da el Seguro Social, que caben en la punta de una navaja.

—¿Corrige mucho sus textos?

—No, soy muy perezoso. Por eso es que no tengo vicios.

—¿Cree usted que el poeta es propiedad del pueblo?

—No, eso es una frase. El poeta es propiedad del poeta. Nadie lo sigue. Jesús inventó una religión humilde, de tolerancia, de hambre, hermosa. Nadie lo sigue. Uno ve los obispos embarazados de anillos y lujos. Lo mismo pasa en la política.

—¿Qué piensa de la política?

—Se la contesto con esta suerte de carambolas: “cuando el niño es medio bobo, tímido, cruel, terco pero astuto y ambicioso, tiene futuro político”; “si fracasas en tu profesión, no te preocupes: entra a la política y ascenderás”.

—Usted le ha cantado a héroes del pueblo, como al Che Guevara.

—Sí, admiro al Che Guevara. Era un hombre superior. Era de esos que se entrega por un ideal honrado y serio. Los ideales no tienen política. No son liberales ni conservadores ni comunistas.

 

Federico Villegas es de aquellos hombres con facilidad de lágrimas. Le gustan los caminos y las soledades. Tiene vocación de pájaro. Es tenor, aunque ya, según dice, perdió la voz. También es pintor. Y es padre de tres hijos (Coco, Natalia y María Teresa). Siente con hondura el tango. “Gardel es una luna con bufanda”, dice.

 

Es capaz de quedarse horas y horas hablando de la existencia, de las estrellas, del arte. Y de la gente simple. “No tengo temperamento burgués. Quizá en mis gustos haya un aristócrata. Me gusta la ópera, por ejemplo. Detesto la pompa y la pretensión y la indiferencia por la gente pobre. Me identifico con el dolor de la gente. Respeto profundamente el hambre. La burguesía aquí habla de secuestros, pero no se da cuenta que el pueblo está secuestrado hace quinientos años”.

 

—Voy a hacerle una pregunta de cajón: ¿cuáles son sus autores?

—Dostoievski, Víctor Hugo. Todo el mundo dice que Cervantes es lo último, pero me gusta más Tolstoi.

—¿Y sus poetas?

—César Vallejo, el Tuerto López; Neruda por lo musical y humano, es un dirigible de amor, también por su posición frente a la vida y el mundo. Puede que haya poetas más hondos que él, como Vallejo, pero me gusta Neruda. Silva, por haberse suicidado, me parece grande.

—¿Usted tiene vocación suicida?

—Sí, pero la cobardía lírica o la consideración de que no me gusta asustar, me impide suicidarme. El poeta muere a cada instante.

 

Villegas es un maniaco-depresivo, según sus propias palabras. Hay días en que amanece asediado por las tristezas. Cuando el cielo está gris, aumenta su melancolía. Y hay días en que expresa alegrías y se torna niño. “Yo, en general, soy un hombre triste, porque esto de vivir es muy grave. No entiendo por qué hay que ser tan obedientes. Porque los hombres van a la guerra cuando otro hombre se los pide”.

 

Sentado a su escritorio, el poeta observa una lámpara de largo brazo. Quizá recuerda los días de infancia, cuando se subía a los árboles a ver cantar los pájaros. A veces, se torna nostálgico y evoca a aquella mulata de Necoclí, llamada Elvira Reyes, “de los reyes de Baltazar”, que tenía unas tetas con sabor a coco. O recuerda la vez que en Anorí, en una reunión, un cura le preguntó de qué familiar era. Villegas respondió: “soy de muy buena familia, soy primo de la mujer del arzobispo”. El cura casi lo manda a encarcelar. A otro sacerdote le pidió una vez que le subarrendara la iglesia por cien mil pesos al mes.

 

—¿Se considera un hombre rebelde?

—Sí, pero la rebeldía no es altivez. Soy rebelde ante las injusticias, ante el truco, ante tanta pompa y engaño. Me disgusta tanta farsa. Por lo demás, no soy capaz de matar un ojo ni de alzar la voz.

—Uno de sus temas literarios es la muerte, ¿qué piensa de la muerte?

—Es algo que asusta. Esa palidez, esa soledad de la muerte es terrible.

 

Villegas no sabe si él es poeta o un anarquista o un loco o todo lo anterior. En rigor, el artista debe tener algo de loco. Debe escribir (o pintar) con sangre (“le aconsejaron que escribiera con sangre y le sacó punta al dedo índice”, dice una de sus carambolas). Debe caminar muchos caminos. “Un hombre vale por la sensibilidad; lo demás es truco”, opina Federico.

 

Villegas es un cuestionador de la sociedad. Y de las desigualdades. “La indiferencia de la burguesía no es maldad, es ignorancia. Los ricos son brutos. Son de malas de la cabeza. No oyen ni ven ni entienden. Y son de mal gusto. No se embriagan con las cosas, no oyen a la gente, no se asombran”.

 

De pronto, mientras habla, suena el teléfono. Levanta el auricular. Nadie habla tras la línea. Entonces recuerda una de sus miles de carambolas mentales: “Nadie contesta al teléfono del grillo”. Por la ventana siguen entrando pedacitos de cielos de verano.

 

—¿El mundo necesita poesía?

—Sí, necesitamos más poesía. El hombre que nace enamorado ama la poesía. El que no, se pierde en laberintos de ecuaciones. Es poca la gente que nace enamorada. El hombre lleva una bestia adentro y si no la mata, queda como un potro sin amansar.

—¿Es usted feliz?

—No, estoy lejos de la felicidad. La felicidad es muy buena, pero está muy cerca del idiota.

 

Villegas permanece en su escritorio. Es un hombre al que le gustan los ojos de las colegialas. Es de los que sabe que no hay foco que mejor alumbre que un seno de mujer.

 

Afuera, el cielo de Robledo continúa adornado de cometas. Él saldrá más tarde y ellas se meterán por sus ojos tristes. Al fin y al cabo, es poeta, que es la manera más alta de ser algo.

 

(Medellín, marzo 3 de 1991)

Ilustración realizada por Federico Villegas  para el libro El último puerto de la Tía Verania.

 

De pájaro, poeta y loco, Federico tiene un poco…

 

(“Muchas esculturas de Medellín deberían ser dinamitadas”, dice Villegas Barrientos)

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Desde una remota tristeza un payaso de acrílico al que le florece un bolsillo, mira hacia la nada. Es curioso: en los ojos del pintor también hay una indecible tristeza, como esa que se transparenta en los ojos de un perro (podría ser aquel, lanudo y gris, o tal vez azul). Son pocos, tal vez ninguno, los niños que hoy se suben a los árboles a cantar como pájaros. El pintor era uno de ellos. Debido a ese asombro inicial, aún canta, pero desde el suelo. Y escribe poesía. Y sueña (¿con búhos de estática mirada?)

 

Federico Villegas Barrientos, casi siempre de corbata, casi siempre de traje entero, ha publicado libros (Carambolas mentales e Infarto de plomo, entre otros) y es dueño de dolores existenciales y de soledades íntimas, y, además, de un buen pincel. Pinta, con colores fuertes, y con lunitas y soles (iluminando cada obra suya) que son como su firma.

 

“Ve, no sabías que vos pintabas”, le han dicho. “El arte no lo hace el hombre —dice—, está hecho por la naturaleza. El hombre copia, imita, repite a Dios o al mundo. Por orgullo trata de hacer algo. Pretensión. Los colores y la luz están ahí. Uno pone la forma, siempre y cuando tenga temperamento de artista, el dolor, la angustia, y esté fuera de sí. Hay que hacer poesía con la pintura. Porque o si no se torna la cosa precisa, fría. Pura artesanía”.

 

No pinta por oficio (el arte por oficio es basura, dice) ni por negocio. Pinta por buscar. Y cuando está fatigado. Es un caminante. Y si en el camino tiene sed, busca agua y toma. Y si le sale la voz, canta como un pájaro. “Todo lo que hago lo hago con sinceridad, y eso me saca del infierno de mis errores”.

 

Piensa —con Kafka— que el arte es una religión. Lleva en su pecho, adentro, una guitarra, que a veces suena, que a veces calla. “Cuando canto, pongo poesía… cuando pinto, mezclo la luz, la forma, la poesía, el drama. Uno tiene que parecerse a uno mismo. La desesperanza, el dolor, lo hacen a uno universal. El arte es grito”.

 

—¿El artista sufre mucho?

—Completamente. Es un enfermo superior. El artesano es un buen trabajador, un buen carpintero, correcto, pero no se fatiga ni le duele nada. No contagia, no asombra… La pintura hay que hacerla con gran dolor. La línea y la técnica no son el arte. Hay que salirse de la línea, de lo frío. Los artesanos apenas conocen el oficio, no más.

—Ejemplo de un artesano

—Rodrigo Arenas Betancur. Es un artesano vanidoso y furioso, porque también hay artesanos sencillos. Tiene un temperamento de bufón desesperado. Es muy trabajadorcito y ambicioso. Uno debe ser honrado consigo mismo. Él está muy lejos del artista. El artista es un escéptico. Rodrigo cree en las cositas que hace, en sus muñecos. Claro que lo del Pantano de Vargas le quedó bien. Lo demás es una lápida, sin movimiento. Antioquia dio un escultor clásico y bueno: Marco Tobón Mejía.

—¿Y Botero?

—Es una excepción dentro de los técnicos. Sus figuras son tiernas, llenas de humor, de perfección y soltura. Es un gran artista. Su colorido es hermoso, su figura también. No se sale de la línea, pero eso se le permite, porque es un genio. Su escultura es bella, precisa. La gente ve el volumen y lo acaricia, como sucede con La Gorda. Es muy humana su obra.

—Medellín es llamada la “ciudad de las esculturas”. Una reciente decisión del Consejo de Estado echó a pique un acuerdo para realizar obras de arte en las urbanizaciones. ¿Cómo le parece?

—Sabia decisión. Habría que destruir esas esculturas tan aterradoras, muñecos mal hechos. Esos muchachos debían hacer albañilería u otra cosa. Todas se condenan. No cito nombres, pero algunas deberían ser voladas con dinamita.

 

Como se nota, Federico Villegas es, también, un irreverente. Para él el poeta es un niño, un cobarde, un ser inseguro y solitario. “Aquí hay muy pocos poetas”, dice. ¿Quiénes? “Barba Jacob, que estaba contra todo, era un hombre de grandes valores. Y no le tenía miedo al hambre ni a la muerte. Tenía la moral del amor, el respeto al hombre, no el tembleque cristiano, que es un engaño. Ese es un poeta. La poesía era su huella, la sangre en sus caminos. La poesía de ahora es de frases fáciles, puro carnaval y vanidad”.

 

—Hay un lugar común que dice que el poeta nace…

—Ah, sí, pero no muere. El poeta es un niño viejo y degenerado. El artista en general tiene un gran dolor, que viene con él. Para un hombre sensible la tragedia es todo: sentarse a la mesa a comer jamón, porque le sabe a corcho cuando piensa en los otros que nada tienen. El insensible vive feliz, estrena en semana santa, se siente poeta, blanco, importante. Un hombre que vale tiene un dolor permanente. Es un inconforme. Si el hombre no vuela, está jodido.

 

Federico cree que a toda hora no es posible estar produciendo. El cosmos, el cerebro, el alma, están en movimiento. Y a veces se está alegre, a veces triste, o loco, o cerca de la muerte, en agonía. El hombre es un vaivén, incierto. “El hombre es de momentos. El oficio permanente es para el gerente de un banco, cosas así. El artista tiene que aguardar su momento”, dice.

 

—¿Cree en la inspiración?

—No, es un temperamento, un dolor que llega, un aire que viene. Para mitigar la angustia uno se pega del arte. Me gusta el color fuerte, mientras más se parezca a la sangre, al fuego. Soy un desesperado. Y cuando pinto, estoy fuera de mí.

 

A Villegas Barrientos le entusiasmaban de niño (le entusiasman aún) los payasos de circos pobres, de carpas rotas, de aserrines dispersos. Y le gustaban los payasos malos. Esos que son una caricatura de lo trágico, que no eran capaces de hacer reír a nadie. “Uno es un payaso, pero a mí no me da plata la payasada, porque soy más triste que alegre. No creo en los palcos de vanidades. La mayoría de la humanidad se la pasa arrodillada y pierde el espectáculo de la vida. La vida es un milagro. Aunque el hombre sea una estafa a la naturaleza, porque no se integra a ella, es necesario el respeto. El amor no existe; existe la necesidad. Nos necesitamos unos a otros aunque no nos amemos. A los padres pobres se les llora cuando se mueren, porque son los que alimentan, dan la comida; a los ricos, porque sus hijos van a heredar”.

 

—En su pintura están como motivos Chaplin y el Che Guevara, ¿qué son para usted?

—Admiro al Che, siento cierta envidia de esos rebeldes con causa, de esos justos, de esos a los cuales desespera la miseria y la injusticia, la desigualdad. El Che era un sacerdote de la justicia. Un bohemio de la selva, muy especial y misterioso. Chaplin era otro sacerdote, dentro de la comicidad. El mundo es cómico, y el humorista es el ser más inteligente y serio. Chaplin era de una tremenda tragedia.

 

Es posible que a Federico Villegas le florezcan los bolsillos y que desde su ventana de asombros mire el espectáculo trágico del mundo con una tristeza de payaso varado en Nueva York o en cualquier esquina de la desesperanza.

 

(Medellín, 3 de julio de 1994)

 

 

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Federico Villegas Barrientos

Respirando literatura con Ricardo Piglia

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NB. En 1994, entrevisté al escritor Ricardo Piglia, en Buenos Aires. El novelista y cuentista argentino murió el 6 de enero de 2017.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Y vos pediste en la biblioteca un ejemplar del sofista Hipias de Élide y, por un error en la clasificación de las fichas, te trajeron Mein Kampf de Adolfo Hitler, y ese raro azar fue el que te hizo leer tal libro, que es una suerte de reverso perfecto o de apócrifa continuación del Discurso del Método, y todo este asunto, tan extraño, está muy bien mezclado en una novela que se llama Respiración Artificial del argentino Ricardo Piglia.

 

Y a Piglia, precisamente, lo tenés ahora, sentado en frente de vos, en un café de la calle Santafé. Y ya no sabés si es él o vos el que recuerda el sueño de Walter Benjamin: “producir una obra que consistiera únicamente en citas” y pensás: “ah, el viejo Walter debió saber que un reportaje es una obra —ligera— que se va en puras citas”.

 

Respiración Artificial es un libro que intenta reproducir el sueño del segundo alemán arriba nombrado, pero también se encuentra en él un delicioso tono de novela policíaca. Bueno, pero vamos a ir dilucidando este enredo. ¿Quién es Ricardo Piglia?

 

Nacido en Adrogué, provincia de Buenos Aires, en 1941, según una reseña en la solapa de su Respiración Artificial, o en 1940, según un reporte del diario La Nación. (Bueno, ¿cuántos años tenés? “Cincuenta”, me dice, lo que, de ser cierto, lo haría nacer en 1944. Ya ven, siguió la maraña, aunque la edad es lo de menos). Piglia estudió Historia en La Plata, es novelista, cuentista, ensayista, ha dirigido colecciones literarias, en especial de relato policíaco (como la Serie Negra, con autores como Raymond Chadler, Dashiell Hammet y Horace McCoy).

 

Ha publicado La invasión, su primer libro de cuentos, premiado por Casa de las Américas en 1967; Nombre falso (relatos, 1975), Prisión Perpetua (novelas cortas, 1988), Respiración Artificial (novela, 1980), La ciudad ausente (novela, 1992) y el libro de ensayos Crítica y Ficción. Un dato importante: es hincha de Boca Juniors (que es como en Colombia ser, por lo popular, hincha del DIM), “casado varias veces”, pero sin hijos.

Recientemente, en Buenos Aires se editó un “compact disc” con una selección de los relatos de Piglia. En la actualidad, trabaja con el músico Gerardo Gandini en la ópera “La ciudad ausente”, basada en su última novela.

 

—¿Cómo nació Respiración Artificial?

—Empiezo a escribirla con la idea de contar la historia de un personaje del siglo XIX, que tiene ciertas características de los latinoamericanos de esa época: exilados, perseguidos políticos, de esos que fueron a buscar oro en California, durante la Fiebre del oro. Después pensé que era mejor trabajar con un contraste entre esa historia del pasado y una historia actual. Entonces inventé el personaje del historiador, que en el presente construye la vida de aquel otro personaje a partir de relaciones familiares. Ese fue el núcleo original. Luego agregué lo que yo estaba viviendo: la dictadura militar, pero sin hacer una descripción política directa.

 

(En verdad, esta novela, de estructura abierta, cuenta muchas historias, en las que se adivina un horror contenido, innombrable. Cuando se publicó, en 1980, en plena dictadura militar que, sin embargo, no la prohibió, tuvo un gran impacto entre los lectores argentinos. “Hubo gente que lloró al leerla”, dice Piglia).

 

—(Empezamos con “voseo” y volvemos al “ustedeo”). Hay algo de policíaco en sus obras, ¿verdad?

—Sí, en lo que escribo siempre hay algo que tiene que ver con ese género, tal vez de manera imperceptible. Es la idea del relato como investigación. Yo siempre digo medio en broma que uno cuenta un viaje a punta de investigación. La novela se arma sobre la historia de alguien que va a otro lado y cuenta lo que pasa, o de alguien que enfrenta un secreto, un enigma, algo que intenta entender. Y no necesariamente tiene que ser policial o criminal.

 

(Un escritor polaco, Witold Gombrowicz, que residió veinticuatro años en Argentina, decía que una novela policial es un intento de organizar el caos. Piglia, amante de tal género, como que fue el primero en Buenos Aires —y América Latina— en editar colecciones con las obras completas de Chandler y Hammett, expresa su gratitud con esa invención de Poe y organiza el caos).

 

—¿Cuáles son los escritores que más lo han influenciado?

—Eso cambia según el tiempo. Si tuviera que decir un escritor que he leído siempre, desde muy joven, ese es William Faulkner. Creo que los escritores de mi generación (como Moreno-Durán en Colombia; Bryce Echenique en Perú, Pacheco en México…) hemos tenido una relación con Faulkner diferente de la de García Márquez, Onetti y otros, que se quedaron pegados al universo temático. A nosotros nos influenció la estructura narrativa, el modo de narrar. Así que aunque no lo parezca, Faulkner está presente en uno. En el caso de Respiración Artificial la idea de contar en el presente una historia del pasado es muy de Faulkner, y la idea de armarla en torno a una historia familiar, también. Uno no puede creer que haya existido un tipo como Faulkner. Extraordinario. Me ha interesado siempre la literatura norteamericana: Fitzgerald, Hemingway, Steinbeck, los actuales como Pynchon, Burroughs…

—¿Y de los argentinos?

—Si vos hicieras una encuesta entre escritores argentinos, todos te hablarán de Borges. Es como el comodín del póker. Siempre hay que estar en relación con él.

—(Vuelve el tuteo) ¿Y cuál es tu relación con Borges?

—Borges ha dejado tres lecciones: la primera, fue un hombre que dedicó su vida de lleno a la literatura y probó que eso sí se puede hacer en nuestros países. La segunda, muy notable, es que él hablaba de literatura como si a todo el mundo le interesara la literatura. Él hablaba con cualquiera y lo hacía apasionar por Stevenson, Wells, Chesterton, Collins, como si todos conocieran ese universo. Esa es una lección. Hay que hablar con pasión sobre lo que se siente y se gusta. Uno no puede ser condescendiente y caer en el interés del otro. Es una lección de ética. Y la tercera: Borges nos enseñó la idea de contar sintéticamente. Cualquier escritor argentino cuando pasa de las cinco páginas empieza a preocuparse un poco. Borges nunca pasó de las cinco páginas (risas). Uno considera que está haciendo algo indebido. Él decía que a García Márquez le sobraban ochenta y nueve años de su libro… Yo escribo novelas que incluyen muchas historias. Condenso mucho. Borges era un miniaturista, hacía una microscopía literaria. Era extraordinario.

 

(En Piglia la mecánica de la creación surge con la idea de una historia. Ahora, por ejemplo, escribe un libro con tres novelas cortas (Historias personales) y una de ellas tiene que ver con los estudiantes en La Plata y una muchacha que era prostituta y se quedaba con cada uno de los estudiantes de una pensión, y uno de ellos se enamora de la chica, etc…)

 

—Hacés un plan de tus historias, llevás algún diario o cuadernos de notas?

—Más o menos tengo la idea de cómo se va a narrar. Imágenes. Aunque no de manera nítida un plan. Tengo la situación, personajes. Trato de avanzar con una historia. Y pienso en ella como si hubiera sucedido realmente. Y me interesa lo intenso de la historia, contar una parte de ella.

—¿Un poco a lo Hemingway?

—Sí, él ha sido muy importante. Lo que me interesa de la historia es la continuidad de la emoción. La emoción que provoca la historia en el que la narra. Cuento fragmentos de esa historia. Y sí, tomo notas y llevo un diario en el que mezclo lo personal con notas de trabajo.

 

(Piglia se levanta a las ocho de la mañana —lo cual puede considerarse temprano en Buenos Aires, que es una ciudad que vive de noche— y no hace más que escribir y escribir. Ah, claro, también se baña y toma un café. Es como si postergara la realidad hasta las dos de la tarde. Ahora puede vivir de los derechos de autor y de dirigir colecciones literarias. Antes fue profesor de literatura latinoamericana en Estados Unidos, en la Universidad de Princeton. Sus obras se traducen al inglés, francés, alemán, italiano y portugués).

 

—Ah, ¿y tu relación con el cine?

—El año pasado (1993) escribí dos guiones para el director Héctor Babenco (el mismo de El beso de la mujer araña) y también hice una adaptación de El Astillero de Onetti. Yo admiraba esa novela y quería saber de qué modo se podía resolver su relación con el cine.

 

(Durante el Proceso —dictadura militar— Piglia permaneció en su país, manteniendo una relación con la cultura de “catacumba”. Recuerda aquel tiempo como el más amargo de la historia argentina. “Nadie puede imaginar lo que fue ese periodo de ignominia. Solo se puede comparar con la experiencia de los nazis. Los militares argentinos son muy fascistas”. De algún modo, con su lenguaje, Respiración Artificial refleja algo de aquel horror. Y de los exilios).

 

Ahora, vos, respirando la ciudad, te has quedado solo en una mesa de café en la calle Santafé mientras la noche de Buenos Aires te tira lucecitas plateadas. Y no sabés por qué, de pronto, avizorás el horror de un campo de concentración (¿Auschwitz tal vez?) que está más allá del lenguaje, más allá de las palabras.

PD. Reportaje publicado el 18 de diciembre de 1994, en el diario El Colombiano, como parte de la serie periodística Che Buenos Aires.

 

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El escritor Ricardo Piglia (1941-2017)

 

Don Leo, el de las empanadas gardelianas

(Retrato de un argentino que trajo nuevos sabores y tanto tango a Medellín)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Y desde el sur, y con el corazón mirando al sur y los proyectos al norte, llegó —montado en un viento de premoniciones de gloria— un argentino a Medellín. Era un gastrónomo, hincha de Vélez Sarsfield, que en una escuela especializada había “medio aprendido cómo envenenar a la gente”. En Buenos Aires tenía dos confiterías, una en Palermo; en el Barrio Norte, la otra. Era, según sus palabras, un trabajador maniático, con jornadas de vigilias y amaneceres, sol y luna juntos. Y medialunas, para saborear y vender.

 

Tanto laburo (y como decía un poeta: trabajar cansa) lo fatigó hasta el punto de que su médico le recetó un viaje terapéutico. Y que dejara de pensar por el momento en tantas deudas. Y en tales preparativos estaba cuando desde la lejana Medellín, sí, allá donde Gardel se tornó cenizas y mito en llamas, le llegó una carta de la cantante y saxofonista argentina Tita Duval, dueña con el marido (Roberto Rey) de un estadero de fama, El tambo de Aná: “Venite para Medellín. Aquí está el futuro”. El portador de la presagiadora invitación era otro cantante: Oscar Larroca, admirado por malevos que ya no son y otros camajanes de las barriadas de Medellín, Bello, Envigado, Itagüí…

 

Era una epístola en la que el impreciso azar, el aleatorio destino, ya configuraba una hoja de ruta para Leonardo Nieto. Aterrizó en Medellín en diciembre de 1960, comenzó negocios con Tita y el cónyuge de ella, pero tal determinación, venirse de la bella y misteriosa Buenos Aires hasta la provinciana e industrial ciudad de la “Eterna primavera”, casi le cuesta el divorcio. Su esposa y sus dos pequeñas hijas se habían quedado allá, mientras él, padre y esposo, se hartaba de lidiar borrachos, a los que, a veces, había que cargar hasta la salida.

 

En marzo de 1961, cuando ya su familia estaba en la ciudad, Leonardo y su hija mayor, Graciela, caminaban por la más seductora calle de entonces, la elegante y plural Junín. Y de pronto, la mirada avizora del gastrónomo se detuvo en los avisos y disposiciones de una repostería (después supo que era de unos catalanes, que la tenían desde 1957) llamada Versalles. Quizá le llegaron los aromas de una nueva vida. Los dueños la querían vender porque no había mucha clientela.

 

Y Leonardo Nieto la compró el 15 de agosto de 1961, la convirtió en una popular pastelería y heladería, que de pronto se vio atiborrada de consumidores de tinto y gaseosas y pandeyucas en forma de medialunas. Los “desplatados” se podían quedar allí el tiempo que quisieran con un pocillo de café, escuchando una hipnotizadora música ambiental. “Una vez, a una dama se le cayó el buñuelo, que rodó por todo el salón. Desde entonces seguí sacando buñuelos ovalados”, me dijo en una entrevista de septiembre de 1996.

 

Junín, la de los almacenes de lujo, la que ya tenía desde 1930 la repostería Astor, y en la esquina con Caracas, sobre la misma acera de Versalles, al café Miami; al frente los billares Metropol, y a media cuadra el exclusivo Club Unión, era una calle ineludible. La recorrían estudiantes del Cefa, con uniforme azul celeste a mitad de pierna, y toda una diversa muestra de viandantes. En la esquina con La Playa todavía estaba el edificio Gonzalo Mejía, con el Teatro Junín y el Hotel Europa.

 

Versalles se apegó al paisaje urbano. Se hizo parte imprescindible de la calle más sonada de la ciudad. Aquel café-repostería-restaurante  (que ya se parecía a una confitería porteña), comenzó a oler a churrasco y jugo de mandarina y pan francés. Después, se harían celebérrimas las empanadas argentinas. Al poco tiempo de su instalación, la tropilla de nadaístas, a la que habían expulsado del Miami, se hospedó en las mesas y sillas del lugar.

 

Llamaban la atención los “espanta beatas” del nadaísmo, entre los que estaban Gonzalo Arango, Dariolemos, Amílcar U, Jaime Espinel, Eduardo Escobar y otros. “Eran unos locos mansos. Dariolemos fue el que habló conmigo. Le dije que no me molestaba su visita. Yo venía de Buenos Aires, de todo el existencialismo. Y quería tenerlos ahí”, me contó Nieto en la citada entrevista de 1996, en la que agregó: “Hicimos un pacto: les dije que podían estar tranquilos en Versalles, pero que me colaboraran: en las horas pico, cuando yo trate de hacer un peso, ustedes me dejan el salón y después regresan”.

 

Los nadaístas, según Leonardo Nieto, más conocido como don Leo, constituyeron una suerte de prescripción contra el tedio. También una prohibida tentación para las colegialas de entonces, que pasaban por el frente y los observaban de reojo, para que el pecado fuera leve (o venial) y no mortal.

 

Dado el don de gentes de don Leo, Versalles se erigió en atracción de universitarios, intelectuales, profesores. También de los miembros de las ligas de atletismo y ciclismo, que allí tuvieron su sede. Por allí peregrinaron Cochise y el Ñato Suárez. El escritor Manuel Mejía Vallejo escribió, en el mezzanine, parte de su novela Aire de tango. La crítica de arte argentina Marta Traba estuvo entre sus continuos visitantes, lo mismo que teatreros como Santiago García y Enrique Buenaventura, en su paso por Medellín.

 

Versalles se colmaba de pintores, poetas, abogados, periodistas… En algún momento de su historia, Radio Visión realizó allí el Café del Deporte. Por el salón desfilaban futbolistas argentinos, y recalaron escritores como Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato, en distintas fechas.

 

El técnico de fútbol Osvaldo Juan Zubeldía, que lo fue antes de Estudiantes de La Plata, vino como entrenador al Atlético Nacional dados los buenos oficios de don Leo. Se conocían desde 1949, cuando ambos prestaron servicio militar en Junín, Argentina. A Zubeldía, don Leo lo bautizó como el “Piazzolla del fútbol” y así lo recomendó a Hernán Botero, entonces dueño del equipo.

 

Se puede decir, sin ambages, que tener un café, un restaurante, un lugar incluso como Versalles, no constituye mérito alguno. No sería más que un asunto comercial. Sin embargo, don Leo trasciende su salón y se torna un impulsador de cultura, en particular del tango. Los festivales internacionales del género fueron su aporte invaluable. Era el alma de aquellos en los finales de los sesentas y comienzos de la siguiente década.

 

El primer Festival Internacional de Tango, en 1968, en La Macarena, en el que participaron, entre otras estrellas, Aníbal Troilo, Edmundo Rivero, Tito Lusiardo, Tito Reyes, Enrique Dumas y Alba Solís, fue una concepción del dueño de Versalles. En alguna conversación con don Leo, se le encharcaron los ojos al recordar aquellas jornadas sesenteras de poesía, danza y música. Recordaba con emoción al bailarín Lusiardo, cuando decía, de rodillas, en un junio gardeliano de Medellín: “Carlitos, he llegado a este escenario para rendirte un homenaje, no con palabras sino con filigranas”. Lo único que Tito cobró para presentarse en esta ciudad, según don Leo, fue un frasquito de perfume para su esposa.

 

Relevantes artistas del tango llegaron a Medellín por las gestiones de Nieto, fundador de la Casa Gardeliana, en el barrio Manrique. Amigos suyos fueron Alberto Podestá, Ernesto Baffa, Osvaldo Berlingieri, Roberto Rufino, Roberto Ayala, Osvaldo Pugliese, Edmundo Rivero, Aníbal Troilo, Aníbal Arias, Osvaldo Montes y toda una pléyade de tanguistas.

 

La Gardeliana fue un sueño cumplido (una utopía) de un argentino-colombiano, que durante más de cincuenta años ha “hecho ciudad”, impulsado la cultura, dado toques exquisitos de gastronomía y puesto todo el corazón y el cerebro para que la presencia del gotán siga creciendo en Medellín. La muerte de la Casa Gardeliana, como un templo del tango (“la novia más cara” de Nieto), fue una especie de puñalada letal a un hombre que dejó parte de sus ánimos y afectos en su creación.

 

La figura paternal de don Leo goza del cariño de varias generaciones de medellinenses. Y su salón de té, café y churrascos sigue ahí, como un testimonio de calidad y de encuentros gozosos. Nacido en 1926, en Devia, Argentina,  Don Leo es parte sustancial de la cultura del tango, de los nuevos sabores que introdujo en la ciudad desde 1961 y de historias de bandoneones y filigranas dancísticas. Tiene alma de gorrión y de violín, y la generosidad repartida por todo su ser.

 

Supongo que todavía debe revivir con emociones jóvenes el momento cumbre en que un cantor de malevajes le entregó una cartita en la que unas palabras invitadoras pintaban futuro en la ciudad donde ardió sin consumirse el Zorzal Criollo. Y aunque su corazón siga mirando al sur, don Leo es y será de la urbe que, como misteriosa brújula, le marcó su norte.

 

Leonardo Nieto en el acto de entrega de la Gardeliana al Municipio de Medellín.

Nunca estuve tan triste como hoy

(Conversación con Mariano Mores, el de Cuartito azul, Gricel, Uno y Adiós, pampa mía).

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

N.B. Mariano Mores, leyenda del tango, murió hoy 13 de abril de 2016 en Buenos Aires (nació el 18 de febrero de 1918). En junio de 1992 hice en el barrio Manrique, de Medellín, una nota con él, que luego se incluyó en el libro Las plumas de Gardel y otras tanguerías (Reinaldo Spitaletta, 2015).

 

¿Quién no ha desarrugado los pliegues de su alma al escuchar Cuartito azul? Esa música es como una despedida. Hay en tal tango nostalgioso un adiós permanente. Pero también una bienvenida. Nadie jamás imaginó que su compositor, Mariano Mores, pudiera algún día pisar el asfalto de Manrique, barrio-bandoneón, imprescindible en la tanguería de Medellín.

 

Pues bien: ahí está, de negro hasta los pies vestido. Sube, lenteando, las escalas de la Casa Gardeliana, en la 45, hoy llamada avenida Carlos Gardel. Y en su cara de comediante se prende una sonrisa cuando ve la iconografía de asombro que cuelga de las paredes.

 

Ahí está Mariano, Marianito Mores, del que alguien una vez dijo que era “el músico del pueblo que dio señorío al tango”. Ahí está, medellineando en Manrique, casagardeliando, el pibe de sesenta años que creció en el bonaerense, el muy porteño barrio San Telmo, y que un día de 1938, cuando vivía en la casa marcada con el 24-10 de la calle Terrada, barrio Villa del Parque, compuso la melodía dolida de Cuartito azul.

 

Ahora se sienta frente a un Gardel que le sonríe desde el muro y muy cerca de un antiguo piano, silenciado para siempre, el mismo que, alguna vez, tocó Osvaldo Pugliese en esta manriqueña casa de recuerdos. “Gardel no era cantante de tangos. Él inventó el tango”, dice:

 

—¿Cuál es la historia de Cuartito azul?

 

—Yo vivía a una cuadra de la casa de Mirna, mi novia. Nos habíamos separado amigablemente para que cada uno hiciera su vida, cosas de juventud, vos me entendés. Mi casita era modesta, con una azotea y un cuartito de dos metros por tres y una ventana de cuarenta centímetros por cincuenta. Por ahí se asomaba el sol. Yo sentía una nostalgia tremenda porque ya no podía hablar con Mirna. Pensé en crear un tema que podía quedar para la historia. Dedicado a ella, mi ilusión. Yo tenía 17 años. El cuartito lo pintaba cada veinte días con azul de lavar ropa y cal, no había para otra cosa porque yo tenía que mantener a seis hermanos y a mi mamá. Desde los 14 yo era huérfano de padre. Con Cuartito azul descubrí que tenía facultades de creador, de compositor. Quería hacer un tango novedoso. Ahí comenzó mi historia.

 

“Si alguna vez volviera la que amé / vos le dirás que nunca la olvidé”. Tiempo después, este tango de Mores, con letra de Mario Batistella, se convertiría en un éxito mundial y, de paso, contribuiría al acercamiento, al reencuentro, entre Mirna y Mariano. Hoy son marido y mujer. Como un desenlace de novela rosa

 

En 1939, la orquesta de Francisco Canaro graba Cuartito azul. Luego lo hacen otras agrupaciones. Ignacio Corsini la interpreta con guitarras. Sin embargo, es en Montevideo y no en Buenos Aires donde el tango de Mores se gana primero la simpatía del público.

 

Mariano Mores era todavía un muchachito imberbe cuando ingresa en la orquesta de Canaro, vinculado por el comediógrafo Ivo Pelay. Era el benjamín del grupo.

 

Al principio, es el arreglista de coros. Luego, gracias a su talento, realiza orquestaciones. “Canaro ve todo eso y me permite dirigir la orquesta. Yo fui el único que, en su ausencia, la dirigió. Él se encariñó conmigo. Y yo, que solo me iba a quedar un mes con él, permanecí diez años”.

 

Marianito (como le dice todo el mundo), el mismo que ahora está sentado en Manrique, en la casa-museo de Gardel, participó en los años cuarenta en filmes como Corrientes, calle de ensueño, La voz de mi ciudad, La doctora quiere tango. Era un galán. Y le gustaba figurar. Su ego tenía que explotar de alguna forma. “Cuando el cine me hizo confundir entre el compositor y el galán, ya no quise saber nada de él. Entonces me aislé y con mucho éxito”.

 

Alguna vez se habló de que Mores sería el sucesor de Canaro en la orquesta. “Pero eso no me entusiasmaba. Yo tenía mi personalidad y buscaba otro tipo de orquesta, que fue lo que hice después con mi propia orquesta, con la orquesta de Mariano Mores”.

 

—¿Cómo es el proceso de su composición?

 

—Yo no escribo sobre letras. Primero hago la música y después que le pongan lo que yo quiero. Yo doy el argumento. Voy pintando y viendo cosas…

 

—Cuénteme sobre La calesita

.

—Está hecha sobre un stornello italiano que mi madre cantaba. Cuando yo tenía tres años y medio, en el barrio San Telmo había frente a mi casa una empresa inglesa y los empleados salían a las cinco. Yo tenía un tití amaestrado. Yo quería tener plata para ir a la calesita, y entonces sin que se dieran cuenta mis padres, yo cantaba a esa hora un tango llamado Patotero sentimental. Lo hacía a media lengua, así: “Patotelo ley del bailongo / patotelo ley del bailongo / patotelo sentimental / en mi vida tuve mucha mina / pero nunca una mujer”. Mi pelo era rubiecito y con rulos, y la gente se enloquecía viéndome y oyéndome. Estiraba la mano por el balcón a ver si aparecían las monedas, pero se las tiraban al mono, que era loco y agarraba todo, las bananas, los plátanos. Las monedas me las daba y yo las guardaba. El fin de fiesta era el domingo y le decía a mi abuela: “¿Me llevás a la calesita…?”. De grande pensé en dedicarle eso a mi madre. Con el tema del carrusel empecé la música. Luego, mi gran amigo y colaborador, Cátulo Castillo, gran admirador mío, me hizo la letra.

 

—¿Cómo la iba con sus letristas?

 

—Casi siempre tenían que repetir la hazaña de poder hacer algo mejor. Lo íbamos depurando. No era una letra, sino que terminaba en varias versiones, diez o quince, algunas con cuartetas diferentes. Con el único que nunca intervine y le di amplia libertad para el argumento fue a Discépolo.

 

—Ah, ¿cómo fue su relación con Enrique Santos Discépolo?

 

—Fue linda y tierna. Era un hombre que hacía su música y sus versos, a la vez. No tenía colaboradores. Con el único que tuvo esa deferencia fue conmigo. Yo, muy jovencito, le di dos temas: Tango argentino y Cigarrillos en la oscuridad, que después se convertiría en Uno.

 

—Amplíeme lo de Cigarrillos en la oscuridad.

 

—En la calle Corrientes había una confitería llamada La Real, donde se reunía la gente importante de la noche en Buenos Aires: Julio de Caro, Razzano (que me introdujo allí), tantos… Yo me tomaba solo un cafecito. Había un salón grande con un maravilloso piano de cola. Una noche estaban allí Cadícamo, Charlo y otros. Voy al piano y empiezo a preludiar y a memorizar un tema (tararea la introducción de Uno). Lo único que yo veía eran manos con cigarrillos encendidos y una media luna de gente que me escuchaba. Eso me emocionó. Continué las frases musicales hasta terminar el tango. Le di el tema a Discépolo y al mes le dije “¿cómo va la cosa, te gusta…?”. “Dejámelo que va a salir algo bueno”, me dijo. Pasaron dos, tres, cuatro meses. Y nada. Yo tenía otro tema grande: En esta tarde gris. Después, saqué a Gricel y con Contursi hice Cada vez que me recuerdes… Entre tanto, pasó el tiempo y Discépolo no me decía nada. Pasaron tres años, era 1943 cuando Discépolo se aparece con la letra de Uno, que él tituló primero Si yo tuviera el corazón.

 

Discépolo traía su poema en un papel tan largo como una sábana y Mores, al verlo, pensó que esa letra era tan extensa que no la memorizaría nadie, sobre todo en una época en que se escribía concisamente, tal vez por el influjo del bolero. Cuando Canaro la leyó, dijo: “Esto está muy bueno, va a ser un éxito”. Sin embargo, la Secretaría de Cultura opinaba entonces que los tangos debían tener otra modalidad y otros contenidos, y prohibió la letra de Uno, que todavía no se llamaba así. La gente, en los cafecitos, la pedía levantando el índice derecho, como si dijeran “uno”. Y así se quedó para siempre.

 

Mariano Mores, el de Adiós, pampa mía, Cristal y tantos otros temas, siempre dio preferencias a los buenos poetas como Cadícamo, Discépolo y Cátulo Castillo. ¿Y qué pasó con Homero Manzi?

 

“Homero Manzi –dice Mores– era un gran lírico, una maravilla. Cuando estaba ya postrado, lo visité y me dice: ‘Pensar que ya me voy y no he escrito nada contigo’”. Eso me dolió tanto. Nunca te pedí nada, le dije, porque como estaba Troilo de por medio, un hermanazo, vos con él te manejabas tan bien. Mirá, tengo un tango que se llama Malambo, si querés ponele letra. Y de ahí nació este tema (lo canta): “Una lágrima tuya me moja el alma / mientras rueda la luna por la montaña / no sé si ha llorado sobre un pañuelo, / nombrándome, nombrándome con desconsuelo”.

 

—Y ahora, con la ausencia de tantos poetas, ¿qué pasará con el tango?

 

—No  solo de poetas, sino de músicos. Ya no sienten el tango como antes. Yo hago lo que puedo. He luchado denodadamente para seguir saboreando lo que nace del barro, de la tierra, de la piedra, de las esquinas… el tango que trajeron nuestros inmigrantes…

Ahora, Mariano Mores baja, lenteando, las escalas del recuerdo. Se para en el asfalto de la tanguera 45 y camina, con una placa en la mano, hacia la estatua de Carlitos Gardel. “Lo mejor que me ocurrió como artista es haber llegado a Medellín”, dice. Es la hora de los adioses. Y de las bienvenidas.

 

(Medellín, 14 de junio de 1992)

 

Marianito Mores, compositor, pianista, director de orquesta  y artista de tango.

 

 

 

Néstor Marconi, el arte del bandoneón

(Dirigió la orquesta juvenil de tango de Medellín en memorable concierto de homenaje a Gardel)

Por Reinaldo Spitaletta

Ahí está el que puede ser el último gran bandoneón de los grandes del tango. La luz de los reflectores ilumina su cabeza, en parte calva, en parte con mechones canosos, con el bandoneón en sus rodillas. Atrás, la Orquesta de Tango de la Red de Escuelas de Música de Medellín, mientras los acordes de una composición de Arolas se riegan por el teatro.

Néstor Marconi, de setenta y tres años, parece flotar mientras toca. Hace gestos de estar gozándose la interpretación, como una especie de coito con el arte. Hay silencio en la concurrencia. Está en el escenario un músico de traje y camisa oscuros, solo, introduciendo un concierto de homenaje a Carlos Gardel en los ochenta años de su muerte de fuego en Medellín.

Y de pronto, suenan los “¡bravo!” de la gente. Ahora, el maestro deja a un lado su instrumento, que empezó a estudiar a los diez años de edad, cuando su padre le regaló uno, negro, “lindo”  (así lo calificó alguna vez en una entrevista), en Álvarez, cerca de Rosario, Argentina. Y entonces con una pequeña batuta se pone al frente del atril y de la orquesta juvenil, que va interpretar durante hora y media piezas de Astor Piazzolla, Aníbal Troilo y algunas clásicas de Gardel, incluido el primer tango que el Zorzal cantó: Mi noche triste.

Marconi, que nunca había estado en la que sí es, según él, la segunda capital del tango, llegó el día en que se cumplían los ochenta años de la muerte de Gardel. Su misión: dirigir la orquesta juvenil de tango de Medellín, con orquestaciones del bandoneonista y director, que integró formaciones de José Basso, Enrique Francini, Horacio Salgán, Héctor Stamponi, Atilio Stampone y Astor Piazzolla, entre otras. Y que acompañó a uno de los últimos monstruos del tango-canción: Roberto Goyeneche.

En el primer ensayo, Marconi logró que los muchachos soltaran lo mejor de sí, “cosas increíbles”, y apreció las cualidades de la pianista, el contrabajista y el primer violín.  “pero lo más simpático es que los más jóvenes, se han enganchado con los efectos y golpes del tango. Es un fenómeno”, dice entre risas, vestido con una camiseta oscura, a rayas, en una saloncito de hotel.

Marconi, que ha viajado por casi todo el mundo, que dirigió la Orquesta Nacional de Música Argentina Juan de Dios Filiberto y la Orquesta de Tango Emilio Balcarce, advierte que quiere seguir aprendiendo y aspira a que los jóvenes tengan lugares para mostrar su talento. “No me doy por vencido. Todavía falta mucho en mi trayectoria; por eso sigo trabajando, estudiando, componiendo, dirigiendo, orquestando hasta el final”.

Cuando anda por una calle, Marconi no está silbando, como lo hace (o hacía) tanta gente en Buenos Aires, sino pensando en acordes, armonías, alguna orquestación, una manera de que su música suene bien. Y claro, seguro a veces se le vendrá de súbito alguna letra de tango, como Sus ojos se cerraron, que le sigue pareciendo impresionante; o como Naranjo en flor, que es uno de los del tango-canción que más le gustan. “Yo prefiero el tango instrumental, pero no podemos obviar ciertas letras, como la de El día que me quieras”.

Y a propósito, ya están muy lejos los días en que un músico o intérprete de tango no podía caminar tranquilo por Buenos Aires. Eran los años sesenta, y entonces la Nueva Ola y el Club del Clan arrasaron y exiliaron al tango. “Si a uno le veían con un bandoneón o una guitarra por la calle lo menos que le tiraban era piedra”, recuerda.

—¿Qué representa para usted Astor Piazzolla?

—Fue uno de los grandes. El que marcó un antes y un después del tango. En otro tiempo, hacer arreglos avanzados, romper con el clasicismo y las convenciones, era muy difícil. El tango entró a muchos países por Piazzolla, como pasó con Gardel, o con el baile. De él me gusta mucho lo de antes: Adiós Nonino, Prepárense, Lo que vendrá, Triunfal… Piazzolla, en una escala de uno a diez, hizo nueve cosas buenas; la mala, es que dejó una legión de imitadores. Hay una repetición en Buenos Aires de las secuencias rítmicas piazzollianas.

—¿Y en ese sentido usted qué hace?

—Yo sigo buscando. No sé si lo logro. A veces, retorno a cosas clásicas. Alguien decía que para criar a los nietos no hay que matar a los abuelos… Siempre es bueno volver al jazz, al folclore, los clásicos, Stranvinski, Ravel, Berg, Mozart… Yo vengo a Medellín a hacer un homenaje a Piazzolla, Troilo, Arolas y Gardel.

—¿Quién es para usted Horacio Salgán?

—No es nada nuevo lo que voy a decir: el más grande pianista del tango.

—¿Y Goyeneche?

(Suspira, hay un leve estremecimiento en Marconi)

—Con el Polaco fue una hermosa historia. Tantas experiencias, en Caño Catorce, en el Club del Vino, en el Café Homero, en Europa y Japón. Era una maravilla como cantante; después, con los años, un gran decidor. Que si la voz era clara o no, era un decidor como nadie. Yo no lo acompañaba, dialogábamos. Había ideas nuevas, improvisación. Siempre salían con él cosas lindas. Sin ser él músico, era muy intuitivo y musical.

En junio de 2012, a Marconi le desvalijaron su casa de Olivos. De todo lo que se llevaron, lo que más le dolió fueron dos de sus cuatro bandoneones. Y en especial uno con el que siempre daba los conciertos y recitales. “Era como una extensión o continuidad de mi cuerpo”. Nunca aparecieron y el golpe afectivo ya lo asimiló, según dice.

Marconi, que ama a Pedro Laurenz, Aníbal Troilo, Leopoldo Federico y Astor Piazzolla, sin imitar a ninguno, tiene una vasta historia en el tango, pero también experiencias distintas al género, como han sido sus interpretaciones con la pianista clásica argentina Marta Argerich; en orquestas sinfónicas y su participación en la orquesta de Don Costa, compositor y director, acompañante de Frank Sinatra. Participó en la película Sur, con Roberto Goyeneche, dirigida por Fernando Pino Solanas.

—¿Cuál es la letra de tango que lo mata?

—Ah, todas son interesantes. Hay tres autores, Homero Expósito, Homero Manzi y Cátulo Castillo, con letras como Naranjo en Flor, A Homero, El milagro, Sur; y Le Pera, con Sus ojos se cerraron. Gardel, en la película, lo canta con un desgarramiento doloroso.

—¿Y su tango instrumental?

—Ah, usted sí hace unas preguntas… Son muchos los temas que me gustan. Muchos de Piazzolla; Responso, de Aníbal Troilo… Troilo no tiene muchos instrumentales, pero los temas cantados de él, como María, Sur…,  era un gran melodista. Tendría que hacer una lista y terminaría mañana (risas).

Marconi, hincha de Independiente de Avellaneda, es un ser inspirado. Dice que ni al hacer una comida, ni al comer, ni al caminar puede faltar ese ingrediente, la inspiración, y en mayor medida en el arte. Se siente cómodo como solista, en duetos, tríos, en quintetos, octetos, en orquestas, “y componiendo y orquestando y dirigiendo”.

—¿Hay muchas promesas del bandoneón en Argentina?

—Lautaro Greco, Renato Venturini, más jóvenes; y Federico Pereiro y Carlos Corrales, un poquito mayores. Hay una tanda de muchachos que habría que cortarles las manos para que esperen a que desaparezcamos nosotros (se ríe a carcajadas).

Ahí está el rosarino Marconi. Despliega y encoje el bandoneón. Está interpretando Sur, de Troilo y Manzi. Luego, y sin que el instrumentista pare, entra el cantor Marcelo Tommasi y comienza a vocalizar La última curda, de Cátulo Castillo y Troilo. Después, viene un potpurrí de piezas de Piazzolla, y el concierto de homenaje a los ochenta años de la muerte de Carlos Gardel, en Medellín, entra en la recta final con una selección de títulos de Gardel y Le Pera.

Después, el teatro se para en pleno. Una ovación. La gente pide más. Y entonces Marconi, que está dirigiendo una orquesta de muchachos de Medellín, con tres bandoneonistas, uno de ellos argentino, complace al público y advierte que va Mi noche triste (“y que esta no sea triste”, dice), de Samuel Castriota y Pascual Contursi, y que ya no hay más en el repertorio. Hay risas. Cae el telón de la noche gardeliana.

Néstor Marconi, uno de los últimos grandes bandoneonistas argentinos. (Foto tomada de internet)

Una noche de pánico y muerte

 

(Quebradas desbocadas, terror colectivo y una crisis de miedo en Bello)

 

Como en un presagio de ficción, cuando alguien dijo: “en este pueblo va a pasar algo” y la voz se amplificó, sucedió en Bello, Antioquia, el 6 de octubre de 2005. El invierno, la desinformación, el deterioro ambiental produjeron una enorme tragedia. Y un pánico colectivo. Reportaje no apto para nerviosos. *

 

Por Reinaldo Spitaletta

  1. ¡Qué pasa que todos corren y gritan!

El hombre estaba entusiasmado –y ensimismado- con la lectura del libro Las noches de la vigilia, de Manuel Mejía Vallejo. Eran las ocho y veinte de la noche del seis de octubre de 2005. Sentado en un café, enfrente de su lugar de trabajo, el colegio Andrés Bello, sintió un súbito estremecimiento.

Acababa de terminar el relato breve Cenizas, cuando una sensación escalofriante lo envolvió como un sudario. No sabía si era que aquel cuento lo había impresionado hasta tal punto o era, según cayó en cuenta después, aquel rumor creciente que él al principio atribuyó a la magia del narrador.

Cuando volvió a la realidad real escuchó una algarabía enorme, una bulla in crescendo que lo obligó a asomarse a la puerta del cafetín. Vio una turba de ancianos y niños, acompañada de perros medrosos, que corría por la carrera 50, en dirección al parque principal de Bello. “Debe ser un festival de la tercera edad”, pensó, pero de inmediato cambió de opinión cuando vio el miedo en las caras de todos. Unos iban semidesnudos, otros con piyamas, no faltaban los descalzos, todos, eso sí, muertos del pánico.

Salió y caminó hacia El Carretero, en dirección contraria a la multitud.

-¿¡Qué es lo que pasa!?-, preguntó a gritos, pero nadie le contestaba. Solo había carreras desenfrenadas como respuesta. No sabe si lo imaginó o fue real: percibió en el ambiente un olor a lodo.

Buses, busetas, taxis y otros vehículos formaban un pandemónium con sus pitos desesperados. En un acto de buscar información, o tal vez de insensatez, el hombre continuó caminando hacia el barrio Mesa y La Buena Esquina, y vio carros en contravía, apreció cómo caían motociclistas y ciclistas, gente desaforada que era casi atropellada por los enloquecidos conductores.

-¿Qué es lo que ésta pasando?-, insistió y esta vez tuvo una respuesta contundente: “¡Corra, corra, que Bello se está inundando!”. Hacía rato había escampado.

El miedo lo asaltó. La gente a veces miraba hacia atrás, pero sin decir nada, excepto el “corran, corran”. El profesor Sergio Spitaletta, que de él se trata, caminó hacia La Cumbre y “ya todo era pavoroso. La gente gritaba para dónde nos vamos, tírense a cualquier carro”. En El Lucerito había una multitud agolpada. En ese lugar supo que el origen de lo que estaba pasando era por los barrios El Trapiche y La Primavera. “Se creció una quebrada y arrastró mucha gente”, le dijeron.

No creyó la versión, porque, según pensó, tendría que haber sido una avalancha muy grande para tocar esos dos barrios. Como pudo, se subió por la puerta de atrás a una buseta. Gente subía, gente bajaba, casi tirándose de bruces. “Qué extraño, hasta por la ventanilla se intentan tirar algunos”. Le preguntó al conductor qué estaba ocurriendo. Éste le dijo: “Se vino la represa de Fabricato y la gente nos obliga a llevarla dónde sea”. El radioteléfono del vehículo también gritaba. La situación, en rigor, era aterrorizante.

El pánico se había regado como una mala noticia. La buseta se detuvo junto a la choza de Marco Fidel Suárez y el conductor dijo: “la orden es traerlos hasta aquí”. Cuando descendió, vio que el parquecito Andrés Bello y la Avenida Suárez estaban repletos. Los negocios estaban cerrados. El miedo se había irradiado por todas partes. Había pasado casi una hora y ya no era posible abordar ningún vehículo con cupo. Entonces comenzó a llover.

Una multitud, en el parque, ya gritaba frente al palacio de gobierno adónde se irían, quién los protegería. “Bello se está inundado, se reventó la represa de Fabricato”, aullaban algunos, con un miedo al que la lluvia hacía crecer.

William Álvarez, secretario de Infraestructura de Bello, recibió una llamada en su celular a las ocho y treinta de la noche. Estaba en Medellín, en un curso universitario. El concejal que lo llamó, Rigoberto Arroyave, le preguntaba: “¿Es verdad que se desbordó la represa de la García?”.

Con el gesto fruncido y una cara de interrogación, no supo qué contestar. Después, recibió otro telefonazo. Era de la jefe de comunicaciones de Bello, Ángela Echeverri, a preguntarle qué sabía; luego, otra llamada y el funcionario tomó con urgencia un taxi para Bello.

Lo llamaron de su casa. La familia habita cerca de la autopista, en Bello: “Hay un caos por Cotrafa”, le dijeron. “Todo el mundo está corriendo, se le tira a los carros, dicen que la represa se desbordó”. Sus palabras de extrañeza y perturbación, escuchadas por el taxista, obligaron a éste a indagar. Y el pasajero le contó. Pensó que los barrios aledaños a la quebrada la García ya estaban inundados, que había un cataclismo. “No ha pasado ni una ambulancia”, le dijo el taxista.

Sin embargo, a la altura de Solla vieron una de la Defensa Civil; cuando pasaron por la cancha de Comfama, al borde de la autopista, en el barrio Obrero, vieron mucha gente afuera y cuando estaban junto a la puerta principal de Fabricato, el taxista le advirtió con decisión: “Hasta aquí lo traje”.

Se bajó y caminó hacia el parque. Era el único que lo hacía en esa dirección. Una muchedumbre venía en sentido contrario, hacia la autopista Norte.

La visión lo sobrecogió: niños cargados, gente con morrales y maletines, mujeres corriendo, alaridos por todos lados. En el parque, una romería en el atrio y en las afueras del palacio. Vio al gerente de la flota Bellanita de Transporte, quien le dijo que habitantes de El Trapiche habían invadido la empresa y obligado a que sacaran buses. “Tuve que buscar conductores en Playa Rica”, agregó. Eran las nueve y quince de la noche.

Una hora antes, la antropóloga Nubia Valencia, habitante de Manchester, escuchó un clamor electrizante: “¡el agua ya viene en el parque de Bello!”. Cuando salió de su estupor vio a mucha gente corriendo hacia la estación del metro. Allí, precisamente, había una congestión de espanto. Muchas personas sentadas en las escaleras, el puente de acceso atiborrado. Habían cerrado las puertas.

La profesora Silvia Arroyave se bajó en la estación Bello y, como centenares de otras personas, no podía salir. Afuera, la gente gritaba, pedía que abrieran las puertas. Adentro, también se pedía esto último porque necesitaban salir. “La histeria era colectiva. Nos dejaron 35 minutos encerrados en la estación. Pensé en mis hijos, que viven conmigo en Santa Ana. Cuando abrieron las puertas, se armó una lucha tenaz: unos por entrar, otros por salir”.

Cuando logró salir, se imaginó que había sucedido una matanza. Caminó de prisa hacia el barrio Central, por donde vio gente desesperada. Cuando atravesó el puente de Santa Ana, sobre la quebrada el Hato, vio mucho pantano y sintió olor a fango. Centenares de habitantes del barrio habían escapado a las partes altas.

“Se vino la represa”, le dijo alguien. “No puede ser. La represa no avisa. Ya estuviera todo inundado”, respondió.

A Leonel Rodríguez, habitante de la urbanización Los Búcaros, lo llamaron a decirle que El Congolo estaba inundado. Tomó su vehículo y salió lleno de frenesí. Iba a buscar a su novia. Tenía, prácticamente, que atravesar la ciudad de sur a norte. Por el camino vio gente despavorida, gente que quería pararlo para que la sacara. Siguió. Quince minutos después, cuando llegó a la virgen de La Milagrosa, en El Carretero, se encontró con una estrepitosa tremolina. “Recogí a mi novia y fuimos a la policía a averiguar: nos dijeron que una quebrada se había crecido”. A esa hora, ya el morro de la Meseta estaba pleno de gente de los barrios El Carmelo, Nazareth, Pérez, el Espíritu Santo. Allí se creían a salvo de la inundación.

A las ocho y quince de la noche, en el liceo nocturno Jorge Eliécer Gaitán, un profesor, con cierto aire de calma simulada, le dijo a sus alumnos: “Muchachos, corran. Se acaba de reventar la represa”. Los muchachos corrieron, pero, uno de ellos, que ya llevaba un buen tramo recorrido, se detuvo y se preguntó por qué estaba corriendo. Se devolvió hasta el liceo: “Profesor, ¿qué es una represa?”. El profesor, sin inmutarse, le contestó: “Ve, hijueputa, ya no hay tiempo para eso. Haga sino correr”.

El pánico envolvía a Bello con una oscura mortaja de malos presagios. La tragedia, sin embargo, se había consumado, a las siete y treinta de la noche, en la vereda El Salado. Y no tenía nada que ver con la represa de Fabricato, inaugurada en 1951. En cambio, el pánico sí. A la casa de Guillermo Aguirre, en el barrio La Cabaña, llegaron, a las ocho y treinta de la noche, unos 25 parientes suyos del sector de La Buena Esquina. Le pedían que los acogiera porque la represa se había desbordado.

“El pánico no fue espontáneo. Hay un elemento histórico que lo determinó. El miedo ancestral a la represa. Cuando la construyeron, en los cincuentas, la gente se maravilló con la obra de ingeniería, pero al mismo tiempo nació el miedo a un posible estallido”, dice el historiador Aguirre.

Pero no sólo eso causó el pánico. Una emisora radiodifundió la noticia de que en Bello se había desbordado la represa de Fabricato. En el teléfono de emergencias, el 123, se informó al principio que había una situación de gravedad porque se había reventado la represa. De alguna manera, algunos habitantes de Bello revivieron a Orson Welles, cuando, basado en la novela de H.G. Wells, La Guerra de los mundos, la dramatizó y como si fuera un hecho real, narró la invasión marciana a Nueva York, en 1938.

Los radioteléfonos de Bellanita, por los que se divulgaba la situación, se escucharon en Medellín. Los celulares y los teléfonos fijos en efervescencia, transmitían las voces del miedo, hasta provocar un infarto telefónico. El pánico cobijó en esa noche de jueves a casi todos los barrios. En Niquía la gente corrió hacia la autopista buscando en qué irse hacia Copacabana o hacia Medellín. Hacia cualquier parte. En el Mirador, muchos subieron hasta la quinta etapa, la más alta y cercana al Quitasol, para protegerse de la avalancha imaginaria.

Vieron gente arrodillada en la calle, y a otros moradores que prendían ramo bendito, velas milagrosas y hasta periódicos viejos para exorcizar la endemoniada inundación que estaba a punto de cubrirlos.

Hubo los que alcanzaron a ponerse un salvavidas, los que doblaron un colchón y se lo llevaron a la espalda, los que salieron con una lora, un perro, un gato. Se vio a muchachos correr con sus play station en las manos, y a señoras y señores con un televisor a cuestas.

El mito de la represa, precisamente represado desde la década del sesenta, había estallado. Las nuevas generaciones, que ni siquiera habían escuchado hablar de una represa en Bello, creyeron que era tan grande que iba hasta San Pedro y que, claro, tanta agua desbordaba los anegaría sin remedio.

Además, por esos días, los medios de información vomitaban noticias de desastres. Ya había ocurrido la tragedia de Nueva Orleáns, provocada por el Katrina, y las inundaciones mortales de Centro América, y otros huracanes devastadores abatían las Antillas y el sur de los Estados Unidos. Había un terreno abonado para un pánico como el del 6 de octubre. Pero el pánico aún no paraba en Bello. “Esa noche parecía un nueve de abril”, dijo una voz.

  1. El encuentro con los muertos

 

A las siete y treinta de la noche, los que estaban observando un partido de fútbol en la cancha del barrio La Primavera sintieron un ventarrón helado, una brisa de agua que dobló los árboles y luego una lluvia de gotas gruesas que los empapó a todos.

De pronto, los que ya decidieron buscar protección en sus casas, vieron cómo la gente corría en la parte alta. “Se reventó la represa”, escucharon gritar. Hernán Cuartas, habitante hace ocho años de La Primavera, de la cancha llegó a su casa y se encontró con su mujer, Adriana, que salía llorando. “Es una avalancha, corramos”, le dijo ella, entre sollozos. “No pasa nada”, contestó él para tranquilizarla.

Un olor a fango, que otros describieron como “azufre”  y podredumbre, se sintió por todo el barrio. Ubicado en una “pata” de la montaña, La Primavera no tendría por qué correr riesgos en caso de un desbordamiento, tanto de la quebrada El Barro, que pasa por un lado, como de la represa de Fabricato. Eso, por ejemplo, lo sabe Hernán Cuartas, que, sin embargo, se contagió al ver tanta gente corriendo y gritando y parando carros.

—Andá por el carro—, le dijo a su hijo Mateo. Lo tenía a una cuadra, junto a una tienda. Cuando el muchacho llegó con el auto, ya estaba con sobrecupo. Iban como doce personas. Tomaron la ruta de la cañada, pero Hernán le gritó que cogiera hacia el puente de El Trapiche antes de que la quebrada se desbordara. Atrás iban seis señoras, una sobre otra. Pasaron el puente y a los cinco minutos la corriente ya discurría por encima de él. Hernán se devolvió a pie y les dijo a todos que se fueran. Los del carro fueron a parar a Aranjuez, en Medellín, a la casa de familiares de algunos de los ocupantes.

Hernán volvió a su casa, subió hacia El Salado a ver qué pasaba y se encontró con Nando Builes. “Hay una avalancha”, le contó éste. Hernán llamó al periodista de Caracol Eugenio Correa, y le narró lo que estaba sucediendo. Le pidió que se comunicara con la represa de Fabricato. Al rato, el periodista le devolvió la llamada y dijo que nada pasaba. “Yo, de aquí, veo la cosa muy delicada. Hay olor a pantano y azufre. Algo muy grave está pasando. Yo conozco estas quebradas”, contestó Cuartas.

De pronto, él, de 53 años, volvió a sus tiempos mozos, cuando la gente especulaba con un posible derrumbamiento de la represa. Su padre, Martín, un dentista, tenía caballos y ellos iban a pasear a San Félix, iban a Charco Verde y al ver la represa sabían que, en tal caso, las aguas no llegarían al centro de Bello, donde ellos vivían. “Sufrirían, de pronto, Pacelli, El Congolo, Prado, pero el centro y otros barrios, no”, pensaban entonces.

Cuando volvió de sus recuerdos iba camino arriba. Presagiaba que algo muy grave había pasado por El Salado.

Carmen Emilia Montoya de Preciado, residente en La Primavera, sentía caer la lluvia y los vientos huracanados. Le dijo a una de sus hijas: “mija, acuéstese y relájese, para qué se va a levantar”. Y ella respondió que una vez, en algún programa, escuchó que uno debe acostarse vestido por si toca correr.

En ese momento, hubo una explosión. Doña Carmen se asomó a la puerta y pensó: “apuesto a que fue una bomba; seguro fueron los muchachos de la manga que se reúnen a hacer travesuras”. Pero no era una bomba. Era una avalancha de la quebrada El Barro. Desde una moto rauda le gritaron: “¡corran que se desbordó la represa!”. Había gritos y llantos y ladridos de perros. “Vámonos con los niños, corramos todos”, advirtió la señora, pero ella no se iba porque estaba sonando el teléfono. “Corran para arriba”, les gritaba a sus hijos y nietos.

Los vecinos corrieron a una colina. La luz eléctrica se había ido. Los teléfonos habían colapsado. Solo sentían el rumor sordo de la quebrada y un fuerte olor a fango. Doña Carmen recordó entonces que hacía nueve meses, en la parte alta, en la confluencia de las quebradas La Minita y San Félix, hubo un enorme derrumbe. “A lo mejor, se volvió a venir el volcán”, dijo la señora, natural de Cisneros y habitante hace 23 años en Bello.

Argiro Preciado, líder comunitario de La Primavera, e hijo de doña Carmen, cuando sintió la explosión se quedó pensativo. Lo sacó de ese estado una llamada telefónica: “Se estalló la represa”. Desde su casa se escuchaba el estruendo del agua. “No hubo tiempo de razonar y decir que la represa está para otro lado, sino que sentíamos que el agua estaba encima y venía por otro lado, por la quebrada El Barro. Me imaginé que todo estaba inundado”.

Cuando estaban en la colina, él decidió devolverse y subió hacia El Salado. Presentía que algo muy horrible pasaba por allá arriba. Se encontró con Hernán Cuartas y con el párroco de La Primavera, el padre Rodrigo David. Él se les adelantó y siguió subiendo. Cuando llegó al punto denominado El Trapiche, donde hubo hace años una vieja molienda, vio rocas enormes que jamás había visto allí. Fue entonces cuando escuchó gritos de auxilio. La quebrada aún estaba crecida, y él les pidió a los que estaban al otro lado que no fueran a pasar.

Más tarde, él, como Hernán y el párroco, se enterarían de que hubo muchos muertos.

Alveiro Cartagena, habitante de La Ranchera, cerca de la quebrada El Barro, estaba a las siete de la noche refugiado en su casa. Había trabajado todo el día en su cultivo de café y fríjol. El aguacero era fuerte y de pronto comenzó a sentir como si sobre la quebrada sobrevolaran muchos helicópteros. Se asomó y el espectáculo que vio arriba, lo dejó estupefacto: bajaba una nube enorme echando candela. Se puso una carpa y caminó hasta un filito. “Todo echaba humo, era impresionante. La tierra temblaba. Yo pensé que era lo último de la vida”.

El barranco donde tenía sus cultivos desapareció.

El pánico, bien fundamentado, se originó en El Salado, cuando los que alcanzaron a sentir las explosiones de la avalancha, corrieron hacia La Primavera a avisar del desastre. En la iglesia del Sagrado Corazón, en La Primavera, el padre Rodrigo David sintió el estrépito. Unos muchachos ensayaban en una organeta sus cantos de misa. “Viene la avalancha, viene la avalancha”, escuchó; entonces cerró la iglesia y salió con los muchachos.

“Estaba muy inquieto. Los muchachos se fueron y yo era el responsable de ellos. Luego salí para El Salado y allá fue la tristeza y la soledad, porque había gente muerta, porque había muerto Camilo Andrés, y uno no creía. Esa quebrada era inofensiva. Pero esa noche venía por el aire, lo que estaba represado arriba se vino y el miedo se esparció por todas partes”.

Se le van quebrando las palabras cuando recuerda la noche de espanto, cuando dice que mientras esa represa esté arriba habrá pánico, porque no se ha concientizado a nadie de lo que puede pasar si estalla. No hay información.

“En El Salado algunos se salvaron porque corrieron a las partes altas. Un niño sacó a su mamá y la llevó para el morro. Le pido a Dios que eso no vuelva a ocurrir, porque es muy duro cuando uno ve que la gente que conoció se le va, se fueron familias enteras. Eso es triste. Eso duele. Le duele a uno que la gente sufra. Lo más triste es que ya no están. Ni Mónica, ni otros. Me tocó oficiar las exequias de Bernardo Cifuentes y Diego Fernando Zapata, porque las otras familias, más numerosas, no cabían en esta iglesia tan pequeña. La gente de allá eran areneros, artesanos, pequeños cultivadores, paleros. Don Gustavo se quedó sin dientes, una piedra lo golpeó, pero se salvó”, dice el padre Rodrigo.

  1. ¡Dios mío! ¡La tierra está temblando!

Marcos Pizarro, de 75 años de edad y piel morena, estaba viendo los noticieros de Univisión, primero, y luego el de Caracol. A las siete y veinte de la noche, acostado, sintió un ruido muy fuerte, un ruido ensordecedor, un ruido que pitaba, y se dijo “¡Oh, Dios mío, temblor de tierra!”. Estaba solo en la casa finca El viejo Willy, en la parte baja de El Salado, muy cerca de una arenera.

Abrió la puerta y se quedó petrificado cuando vio que por un palo de mango venía “una barcada, qué cosa bestial, que no me dio tiempo ni de sacar las llaves para irme al segundo piso”.

La avalancha tumbó la reja de entrada. Él se quedó de pie, mirando. No tenía nada que hacer. Se encomendó “al de arriba” y durante 15 largos minutos vio como todo se llenaba de lodo, que le cubría hasta un poco más debajo de la cintura. Sentía el furioso entrechocar de las piedras, un sonido pavoroso, como si un avión estuviera aterrizando y se estrellara. Olía a podredumbre.

Como pudo se abrió paso entre el fangal. La luz se había ido. Buscó una linterna a tientas, sintió algo y lo sacó, pero cuando fue a alumbrar supo que tenía en sus manos un tarro de desodorante en aerosol.

Recordó entonces que el aguacero había empezado como a las tres y media de la tarde. Escampó y luego, más o menos a las seis y media, se soltó otro, más fuerte y aterrador. Mientras veía la televisión, sentía el temblor de las ventanas, el aullido intimidante del viento. Al otro lado de su casa, está la quebrada la Echavarría, que estaba crecida. Y, al frente, El Barro también. Sin embargo, no pensó que todo se convirtiera en una avalancha mortal.

Cuando vio venir el borrascón ni siquiera se acordó de sus dos perros, Chávez y Paco, que más tarde, tras la avenida de fango y piedras, vio correr como si nada hubiera pasado.

Lo que vería más entrada la noche, después de la creciente, lo dejaría sin aliento. Muy cerca de su casa, vio cuando sacaron el cadáver de una señora sin cabeza. Arriba, habían encontrado a un muchacho con un palo que atravesaba su cuerpo. “Yo conocí a esa gente, a la familia de Javier, uno de la arenera. A Moncho, que se le llevó toda su familia; a la que sacaron sin cabeza, que ya se me olvida su nombre. De una hermana de ella encontraron medio cuerpo en el puente de la obra 2000. Conocí al cerrajero, al que llamaban Varilla, que murió. Qué triste es todo esto”.

Amanda Macías estaba viendo las noticias de Teleantioquia, cuando su esposo, Ramiro Echavarría, le dijo: “Mija, venga acuéstese que esas noticias están muy malucas”. Ella le dijo que esperara y cuando fue a cerrar una ventana se percató de un viento fuerte que no se le dejaba cerrar. Luchó hasta conseguir echarle aldaba y se acostó. Estaba entrando en calor cuando empezó a sentir el sonido de las rejas, y la cama se movía y después un ruido que la aterrorizó. “Volémonos que hay temblor de tierra. Nos va a tragar la tierra”, gritaba.

Una de sus niñas, que dormía junto a una ventana, la abrió y vio una enorme bola de humo que echaba candela. “Se nos entró la quebrada”, gritó. La reja la tenían abierta, porque esperaban a un muchacho que guardaba allí su cicla. Corrieron por un camino, hacia arriba, mientras el agua los empapaba. Los alambres de energía se movían hasta que tumbaron un poste. Cuando disminuyó la creciente, el esposo de Amanda vio que estaba en calzoncillos y se devolvió a buscar el pantalón. No lo encontró.

Entre tanto, Amanda y sus dos niñas oraban a la intemperie. Después, subieron hasta otra casa, para refugiarse. Buscaron linternas y salieron a averiguar por la suerte de los vecinos. Llamaron a don Rodrigo el cerrajero, a su esposa Rocío, que aplicaba inyecciones, a Sebastián, hijo de los dos anteriores y que hacía poco había llegado de Cali, a Javier, a Moncho. No encontraron a nadie. Nadie respondió a sus llamados insistentes. Todos habían muerto.

“Nunca nadie nos advirtió nada. Hacía tiempos, arriba, había caído el volcán, pero la quebrada no se creció. Dicen que la quebrada volvió a buscar el cauce. Dicen que fue una nube marina, no sé que es eso. Otros dicen que un señor por allá arriba taló unos árboles y los dejó caer a la quebrada y eso recogió hasta represarse. Eso dicen. Tenemos miedo pero no sabemos qué hacer ni adónde ir”, dice doña Amanda, mes y medio después de la tragedia.

Ella y su esposo, provenientes de Ituango, viven en Bello hace 27 años. Ramiro recuerda que aquella noche escuchó los gritos de Nando Builes que decía que todos se fueran, que se había desbocado la represa. Porque esa quebrada, El Barro, “siempre fue un traguito. Nunca vimos nada así, como esa noche, en que la quebrada volaba como un viaje de humo, como una dura brisa, como un huracán”.

Él, cuando se devolvió por el pantalón, se acordó de su yegua, la Niña, que estaba en el establo. “Dejá que se pierda eso”, le gritaba su mujer. Los relinchos del animal no pudieron más que las voces de angustia de doña Amanda. Al día siguiente, la encontraron “bregando” a pasar por encima de las enormes rocas que arrastró El Barro.

  1. Un santuario por los que se fueron

 

El sol de la tarde brilla sobre las piedras de hasta cinco metros de altura. La quebrada El Barro, ahora como un verdadero “traguito”, apenas suelta un rumor suave, como una música tristona. La gente sube a mirar los restos de una tragedia que dejó 41 muertos, en una noche de pánico que Bello jamás olvidará.

Los que ascienden y logran superar los obstáculos pétreos, van viendo con curiosidad los vestigios de las casitas de los muertos. Quedan, al garete, pedazos de lo que pudo haber sido una cama, restos de algún colchón, uno que otro utensilio irreconocible, la poceta de una casa en la que alguna vez alguien lavó ropas. Como fragmentos de un naufragio.

El charco que antes denominaron La Jardinera es apenas una caricatura de lo que fue. Ahora nadie se atrevería a bañarse ahí, porque no tiene ni profundidad ni anchura. Es apenas un recuerdo para los que lo conocieron.

En un recodo, se puede ver el grueso tubo de las Empresas Públicas que la corriente dobló noventa grados y, con su fuerza, derribó y ayudó a borrar una de las casas de los que antes se atrevieron a vivir en esos lugares. Junto a la que fue la vivienda de Moncho está el charco Los Loritos. Más allá, la casa que fue de Javier está intacta. Apenas un metro la separa del nuevo cauce de la quebrada.

Los que sí sobrevivieron a la fuerza de la corriente, a la “nube marina”, a la avenida pavorosa de piedras, fuego, troncos, lodo y agua, son algunos cultivos de café, naranjos, plátanos, mangos y mandarinas, que se aferran con obstinación en las empinadas laderas.

Más arriba, está el charco del Manzanillo, donde la quebrada, que baja encañonada por la montaña, se bifurcó en la noche del 6 de octubre y abrió una amplia avenida de rocas gigantes, dispersas en su cauce. Ahí, sobre una piedra triste, una cruz de madera recuerda a los muertos.

La noche atroz del 6 de octubre ya pertenece a la memoria de los habitantes de Bello. Los primeros que llegaron a El Salado para ver cuál había sido el resultado de la avalancha, fueron Argiro Preciado, Hernán Cuartas, el padre Rodrigo David y cuatro policías.

Para que sucediera el desastre confluyeron varios factores, de acuerdo con testimonios de autoridades. El fuerte aguacero caído aquella tarde, que, según especialistas del clima, hacía años no se presentaba una precipitación tan enorme. La deforestación de la serranía de Las Baldías, que es la estrella hídrica de las grandes quebradas de Bello, en límites con San Jerónimo, y que es propiedad privada de tres dueños.

Al Estado, junto con los dueños de esa zona, les corresponde reforestar. El municipio debe presentar alternativas de compra de esos territorios y dedicar, en su presupuesto de ingresos, el uno por ciento para adquirir nacimientos de quebradas. Existe en la región un problema ambiental de largo plazo al cual no se le ha prestado atención.

La tragedia de El Salado se suma a otras ocurridas, hace 15 años, por La García, en las zonas tuguriales de El Cairo y El Congolo, por inadecuado manejo de basuras, por los trabajos de las areneras y otros factores sociales y ambientales.

En la quebrada El Barro, según habitantes del sector, hay un deterioro por el movimiento de arenas que ha alterado su cauce. La noche de la tragedia, los vecinos se enteraron de que los bomberos de Bello no tenían ni linternas, ni palas ni otros recursos propios para las labores de rescate.

Los vecinos de El Salado, La Primavera y El Trapiche, entre otros barrios aledaños, como Valadares y Comfenalco, siguen asustados y cada que se desata un aguacero los asaltan las tensiones y el nerviosismo. “Es probable que la amenaza subsista. Por la primera avalancha, ya se hizo el canal por donde puede bajar otra avalancha”, dice Argiro Preciado. Para él es clave y urgente iniciar un programa de reforestación en la zona de riesgo. “Se podrían sembrar guaduas y bambú, lo cual también puede servir para explotar luego”, agrega.

Cuarenta y un muertos y una ciudad entera aterrorizada fue el balance que dejó la noche del 6 de octubre. Una jornada dolorosa y terrible.

Cuando ya los muertos son polvo, cuando una cruz blanca con algunas flores marchitas los recuerda en un montículo de piedra, cuando todavía no se apaga el dolor de muchos, ni el miedo de otros, las palabras finales del cuento que un profesor leía esa noche de pánico vuelven a sonar en la memoria: “al otro día la gente se apretujaba en derredor de las cenizas”.

*(Publicado en la revista Huellas de Ciudad, del Centro de Historia de Bello, hace diez años)

Panorámica de Bello, Antioquia, con el morro del Quitasol al fondo. (Tomada de internet)

Mujeres a la carta y otros festines

Por Reinaldo Spitaletta

La señora, de buena cuna, quería ser prostituta por un día. O, mejor, por una noche. Ya tenía referencias de un lugar, una “metrópoli” a escala, situado justo a un lado de la Central Mayorista de Medellín y cuya actividad febril se vive en solo dos cuadras: bares, hoteles, restaurantes y una prendería.

Llegó con su maletín de ejecutiva y una chaqueta elegante. En el bar de César Muriel se sentó y pidió una cerveza. Su pinta la delataba: no tenía ni de asomos el aspecto de “trabajadora sexual”; sin embargo, estaba empeñada, no se sabe por qué mecanismos de su alma, en que la confundieran con una de “ésas”.

—Guarde el maletín y quítese la chaqueta—, le sugirió el dueño del café, enterado de las intenciones excéntricas de la dama. A su alrededor, pululaban las verdaderas prostitutas, con buena parte de sus carnes exhibidas, pintarrajeadas, andando de un lado o a otro, o simplemente sentadas a las entradas de los hoteles. Los interesados en aquellos amores de urgencia las abordaban, negociaban el rato y se entraban a los cuartos.

La señora continuaba expectante. La miraban algunos, con curiosidad, pero sin la intención de solicitarle un “servicio”. Pidió otra cerveza y luego otra. Y nada. No se le arrimaban. “César, no sirvo para puta. Nadie me lo pide”, dijo al cabo de un rato de decepciones. Y, más tarde, bien entrada la noche, se animó a coquetearle a un caballero y lo sedujo. Ella tuvo que pagar.

Historias como esta son posibles en ese mundo de diversiones, transacciones comerciales, mercado de amores, libaciones, comidas y músicas atronadoras, en vecindades de la Mayoritaria y también muy cerca del Centro Internacional de la Moda, en Itagüí.

Es una actividad constante. Día y noche, pero, por supuesto, son las noches las que están más atiborradas de gentes diversas. Ahí llegan los camioneros, tras largos viajes en sus tractomulas, a comer, a beber, y también a buscar una compañía momentánea. Y para ellos, hay una oferta variada. Arriban ejecutivos y comerciantes, carretilleros y universitarios, damas de “sociedad” y buhoneros.

La Mayoritaria, como le dicen por extensión a la zona, es un hervidero, en especial los fines de semana. No hay striptease, no se nota el consumo de alucinógenos, y los comerciantes, e inclusive las mismas muchachas de la noche, afirman que es un sector seguro, con vigilancia privada, y muy pronto con un CAI en sus inmediaciones.

Claro. En otros tiempos, que son historia, no era recomendable por la presencia de “indeseables” y las “peloteras” que allí se formaban. Hoy, es una atracción para habitantes de Medellín, Itagüí, Envigado. Y para gentes de paso. Es posible, por ejemplo, ver a un camionero que trae a su hijo desde otros contornos para que se inicie en las lides sexuales. El catálogo de emociones es amplio.

Algunos propietarios, e incluso varias de las mujeres que allí trabajan, estuvieron en otros años en bares del centro de Itagüí, de donde el valor de la tierra y las nuevas dinámicas urbanas los sacaron. En la Mayoritaria, en la calle 85, encontraron un espacio propicio para sus negocios.

En ese pequeño mundo, entre la variedad de prostitutas, es posible, por ejemplo, encontrar a Claudia, pelinegra y un poco subida de carnes, que lleva 17 años en la zona. Llega a las seis de la tarde y casi siempre se va a las cinco de la mañana. Para ella hay muy buenos clientes entre los camioneros, “porque son muy amplios”. Con ellos, además, garantiza que, cuando entran al hotel, a ella -como a todas las demás- la administración les da la mitad de lo que cuesta la pieza. Hay un precio promedio de 12 mil pesos.

Claudia, que tiene una hija y ni ella ni el resto de la familia saben que está dedicada a la prostitución, advierte que jamás lo ha hecho en una tractomula, porque existe la creencia entre los camioneros de que, así, “salan el carro”.

Claudia llegó primero a trabajar como mesera, en un tiempo en que ganaba por cliente cinco mil pesos. Ahora, una “subidita” o un “turno” cuesta entre quince y veinte mil pesos. Y logra tener hasta ocho clientes cada noche. Ella, que dentro de poco cumplirá cuarenta años, dice que a las jóvenes les va mejor, pero ella no se queja. “A las veteranas nos buscan por expertas”.
Dentro de su bagaje de recuerdos, está la vez aquella cuando un camionero llevó a su hijo de catorce años para que ella le abriera las puertas de entrada al mundo del sexo. El pelado estuvo cinco horas sin parar y le dejó una jornada de cansancio. Ah, y también de platica. “Me gusta más con los viejos”, dice, con una carcajada.

A Claudia, cuya debilidad es que le soben con ternura los brazos, no le gusta mucho que los hombres quieran hacerle sexo oral. “Me avergüenzo. Mire, es que soy muy penosa, tanto que me gusta apagar la luz y solo dejar el televisor prendido”. En otros tiempos, trabajó en fábricas y restaurantes, “pero la plata no me alcanzaba. Gano más aquí”.

María, de 21 años, aunque parece de menos, le gusta vestirse con trajecitos de dos piezas. Falda muy corta y unas blusas que dejan ver con generosidad sus atributos. Prefiere ropas rojas y negras. Cabellos largos, botas negras, cara de inocencia, esta muchacha dice tener cuatro hijos. Jamás escoge cliente. Para ella es igual: “Un viejito tiene lo mismo que un joven. Yo aquí no vengo a pasar bueno, sino a trabajar”.

En la Mayoritaria, con sus “terrazas” llenas de mesas y sillas, el visitante puede ver desfilar las muchachas expectantes, las que miran aquí y allá, las que invitan con guiños y otros gestos, las que dicen “vamos”, y todo en medio del aturdimiento de canciones de despecho, corridos norteños, música de carrilera, con decorados de aburrición, las mismas bombillitas multicolores y, a la larga, el mismo hastío que algunos tratan de esconder entre botellas de licor o la caricia pagada de una mujer.

Están los serenateros, el grupo vallenato, los que ofrecen canciones nocturnas, acompañados por los cacharreros de mercancía en el piso y los vendedores de gafas. Todo ello parece muy seductor para los visitantes, porque el trajín es mucho y la concurrencia, abundante.

A la Mayoritaria, después de las dos de la mañana, llegan los ebrios que empezaron su rumba en otros bares y allí la continúan, con el valor agregado de encontrar “carne a la carta”. La democracia de la noche congrega a diversos estratos.

Y su ambiente de bullicio, con olor a alcoholes y perfumes baratos, es capaz de seducir a damas de cierta alcurnia que, en la Mayoritaria, quieren ser prostitutas por una noche, aunque fracasen en el intento.

N.B. Esta nota se escribió el 27 de febrero de 2006 para la revista Bohemia, de Itagüí.

Plaza Mayorista de Medellín. Foto tomada de internet.