Memoria de Lucio, lúcido académico de tango

(Semblanza del máximo investigador de tango en Colombia, Luciano Londoño López)

 

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Luciano Londoño (derecha) con el músico, bandoneonista, director y compositor Astor Piazzolla, a quien entrevistó en Medellín.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

No recuerdo la circunstancia, quizá sucedió porque estaba escribiendo una nota sobre talleres de escritores en Medellín, y entonces, en el de Mario Escobar Velásquez, uno de sus participantes era Luciano Londoño López. Había escuchado su nombre tal vez porque no sé quién me dijo que, para esas épocas, 1986, era el investigador más preclaro del tango en Medellín. Que ya le había hecho una entrevista a Astor Piazzolla. Que era la erudición andante. “Es un sabio del tango”, creo que me aclararon. Y entonces, en la cafetería del Paraninfo de la Universidad de Antioquia, me esperó para darme sus declaraciones acerca de lo que pensaba sobre los talleres literarios. Me habló de Enrique Jardiel Poncela, un exuberante escritor y humorista español que, por lo demás, aborrecía el tango.

 

No sé por qué habíamos llegado a ese punto cuando me dijo que si yo conocía a Jardiel Poncela. Y no lo había leído, pese a que, en otros días, una reedición de un libro de este autor estaba en casi en todas las librerías formales y en aceras del centro de Medellín: La tournée de Dios. Y me dijo que me daría una copia de “Para leer mientras sube el ascensor”, una colección de escritos breves del estupendo narrador. Así llegué a leer al autor de Amor se escribe con hache y ¡Espérame en Siberia, vida mía!

 

Después, volvimos a encontrarnos. Fue en un evento académico en el Recinto Quirama, donde él, una autoridad en tango, dictó una cátedra sobre Gardel. Y así, más tarde, nuestros acercamientos se hicieron más frecuentes. Era Luciano, además de su experticia tanguera, de sus infinitos conocimientos sobre la evolución, historia, grabaciones, sindicatos, autores, compositores, músicos, orquestas de tango, historia argentina, la guardia vieja y la guardia nueva, en fin, un lector obsesivo de otros temas, en particular de Literatura e Historia. Un lector perspicaz que, por su memoria de privilegio, no solo se acordaba de detalles, digamos de una novela como El juguete rabioso, de Roberto Arlt, o de los cuentos de Quiroga, sino de distintas columnas de César González Ruano o de deliciosas y lúcidas greguerías de Gómez de la Serna.

 

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Luciano con Roberto Goyeneche, el Polaco.

 

Luciano (Lucio para sus amigos) era un lector desbocado, sin límites, analítico y disciplinado. Así como coleccionaba infinidad de recortes de prensa, su biblioteca, no solo con no sé cuántos volúmenes de tango, estaba enriquecida con infinidad de autores clásicos y contemporáneos. Y como si toda esta alimentación intelectual fuera poca, conocía a fondo la cultura popular de América Latina y otras coordenadas. En el ámbito del cine, por ejemplo, podía hablar con propiedad de actores, actrices, directores y productores mexicanos, y no era extraño escucharle disertaciones sobre María Félix, Jorge Negrete, Pedro Infante, Cantinflas, Dolores del Río o el Indio Fernández.

 

Luciano Londoño, el máximo experto en tango de Colombia (y lo decían autoridades como José Gobello, Ricardo Ostuni, Gaspar Astarita, Nelson Bayardo, Jorge Göetling y muchos más) era un aficionado al cine argentino y, claro, al cine universal. Con él bien podía hablarse —y aprender— del neorrealismo italiano o de la Nueva Ola francesa y no le eran extraños los autores del Siglo de Oro español y leía con la misma fruición y entusiasmo a Pérez Galdós como a Camilo José Cela o Valle-Inclán. Así que igual coleccionaba series famosas de televisión como filmes clásicos.

 

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Con Tite Curet Alonso, en Puerto Rico

 

El jazz, la salsa, el vals peruano, el pasillo ecuatoriano, la música colombiana completaron el extenso catálogo de su gusto musical popular, aunque, como es de entenderse, el tango acaparó buena parte de su dedicación, inteligencia, sensibilidad y pasión. El complejo mundo de la cultura rioplatense, las orquestas, las armonías, las melodías, los cantantes, e incluso la danza —aunque, me parece, no era hombre de baile— coparon su riquísima existencia e iluminaron sus facultades de investigación. Era, por lo demás, un polemista. Y alguien que, dado su hondo conocimiento, podía debatir con altura intelectual cualquier tema conectado con el tango y, en general, con la literatura, la historia, el derecho y la cultura popular.

 

Y aunque entre nosotros hubo una autoridad para la música cubana y, en particular para la de la Sonora Matancera, como el médico Héctor Ramírez, una vez, en una visita a La Habana, y al sabor añejo de los rones, me dijo el periodista y musicólogo cubano Helio Orovio: “En Colombia no hay quién sepa tanto de la Sonora Matancera como Luciano Londoño”.

 

Ese hombre de enorme generosidad, que jamás tuvo egoísmos con el conocimiento, que regalaba libros o se los fotocopiaba a sus amigos y conocidos, que recomendaba lecturas, que obsequiaba grabaciones y gozaba con esa actitud magnánima, le dejó a la ciudad una herencia cultural, sus libros y su música para que las presentes y futuras generaciones tengan nuevas fuentes del saber, de la investigación y la cultura. El fondo lo custodiará la Biblioteca Pública Piloto de Medellín (BPP).

 

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En junio de 2008, el Municipio de Medellín le rindió un homenaje a Luciano. En el Decreto 0898 de junio 20 de ese año se le destacó como un “reconocido experto en tango”. Se señaló que “un hijo de sus calidades humanas y profesionales constituye un orgullo para la ciudad”. En otro de los considerandos del decreto de honores se resaltó que “gracias a sus investigaciones se logró sacar del anecdotario a Carlos Gardel y lo ubicó en el sitial de honor que la historia le tenía deparado, porque para él, el Zorzal criollo, es la máxima expresión del canto popular”.

 

Otra de las cualidades de Londoño López la constituyó su capacidad para la divulgación del tango y la cultura popular. Escribió artículos en revistas y periódicos nacionales y extranjeros, y dictó charlas y conferencias sobre tango y, en particular, acerca de Carlos Gardel, con marcado énfasis acerca de su origen, trayectoria, grabaciones, el cine, el accidente y muerte en Medellín y la necesidad de que se haga un ADN para determinar si el cantor es francés o uruguayo. En ese aspecto, nos dictó en el Centro de Historia de Bello, en junio de 2010, una conferencia sobre este polémico asunto, alternando con el magistrado Javier Tamayo. Fue Académico Correspondiente de la Academia Porteña del Lunfardo desde 1991 y de la Academia Nacional del Tango desde 1992 (ambas de Buenos Aires, Argentina) y Asociado correspondiente de la Academia de Tango de la República Oriental de Uruguay desde 2004.

 

Luciano, nacido y criado en el barrio La Milagrosa, donde tenía en cada esquina de la cuadra cantinas en las que día y noche se “molía” tango, comenzó desde muy joven a preocuparse no solo por comprar longplays del género, sino libros. No eran de fácil consecución en la ciudad. Y fue conectándose con artistas y periodistas de Buenos Aires y Montevideo que venían a Medellín a los festivales de tango y otros eventos, para que se los compraran y enviaran. Uno de ellos fue el cantor y coleccionista de tango Héctor Blotta.

 

Luciano Londoño, un memorioso brillante

 

Cuando estaba terminando el bachillerato nocturno (trabajaba de día, y desde los catorce años), hubo dos circunstancias que le permitieron desarrollar su memoria: una, la de cantar con sus amigos todos los tangos que sonaban. Así aprendió las letras. Otra, la de un juego muy simpático: uno de los de la barra decía un verso de tango y los otros debían responder a qué tango pertenecía.

 

Después, en una combinatoria de inteligencia, memoria y sensibilidad, Luciano Londoño leyó, escribió, viajó, escuchó música día y noche y se erigió, tras una intensa y constante labor de aprendizajes, en un relevante investigador musical, en especial de aquel género que Enrique Santos Discépolo denominó “un pensamiento triste que se baila” y Horacio Ferrer llamó “mezcla brava de pasión y pensamiento”, “comedia humana” propicia “para cada soledad y cada encuentro”: el tango. Sí, el tango o el gotán, con su “ritmo de trompadas contra el viento”.

 

Sus relaciones con tangueros de alcurnia en Buenos Aires, Montevideo y otras ciudades, lo llevaron a cartearse, entre otros, y aparte de los ya mencionados, con el gran músico y director Julio de Caro, Luis Adolfo Sierra (una luminaria del tango), Oscar Himschoot, el historiador inglés Simon Collier y Gastón Martínez Matiella, presidente de la Academia Mexicana de Tango. Y esto por solo registrar a los de tango (sus relaciones se extendieron con investigadores, músicos, autores, coleccionistas de otros géneros, como es el caso, por ejemplo, del musicólogo cubano Cristóbal Díaz Ayala).

 

Recuerdo sus llamadas telefónicas a las seis de la mañana para recitarme un tango, una letrilla, un fragmento de un poema de Homero Expósito o decir que un libro que le recomendé, como, por ejemplo, El juez y el historiador, de Carlo Ginzburg, le había dado pistas para seguir investigando sobre el origen de Carlitos Gardel mediante la teoría de los indicios establecida por ese historiador italiano.

 

Luciano Londoño, el memorioso, una biblia del tango, nació en 1951 y murió en 2013. Su recuerdo habita la ciudad y su legado nos queda como una muestra de su rigor, cultura e inteligencia. Este lúcido — y a veces cascarrabias— académico no vivió para el olvido. Digamos, con Aníbal Troilo, que Lucio no se ha ido porque siempre está llegando.

 

(19 de junio de 2019)

 

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Carlos Gardel, una obsesión investigativa y académica de  Luciano Londoño.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Rogelio, un multiplicado cantor

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

El hombre es tierra que anda, decía el inca. Y que canta. O, por lo menos, en alguien como este juglar del cual escribo, se conjugan canto y andares. Asunto del trovador. Reunión de rebeldías y sensibilidades, Rogelio, con su voz, con sus palabras, con su guitarra, evoca a Atahualpa, y en algún vuelo de palomas, a Facundo. Y luego —y siempre—, a él mismo.

 

Es de aquí y de allá. O quizá no es de ninguna parte. Su identidad está en interpretar coplas, en darle vida a la poesía que se adivina en el frufrú de una falda de mujer reciente, de producir arpegios para decirle al mundo que está vivo y que resucita en cada canción. Abierto a la convocatoria del amor y “apático al dogma”, Rogelio Díaz Muñoz es, ahora, un cantor de elaborada madurez, más hondo y con más sentido de la necesaria rebeldía.

 

Canta desde sus años de escuela y conserva desde entonces su asombro ante el mundo (que “fue y será una porquería”) y su capacidad para decir de desamparos, para hacer sentir su voz que habla de desobediencias y de intimidades. Su esencia es cantar. Y en esa actitud de vida se comunica con su interior y con quienes lo escuchan. Su diálogo con la gente va más allá de la canción.

 

Opina del mundo con su guitarra, con su interrogante voz; con ambas construye, abre caminos para que otros transiten. Es esa otra misión del cantor. Aprende del pueblo, elabora, transpola y luego, decantadas, sus creaciones vuelven a la gente. Al hombre.

 

En lo cotidiano es sanguíneo. Y esos golpes de sangre los traslada al escenario, a la peña, a los momentos en que se transforma con el canto y, a su vez, contribuye a la transformación del otro. Lo hace, a veces, con un tango. O con una balada italiana. Con una copla de Yupanqui, o con la poesía de Patxi Andión. Es Serrat, o Leonardo Favio, o Alberto Cortés, pero, sobre todo, es él mismo.

 

Él y su guitarra. Él y su voz. Es capaz de componer en escena, según las sensibilidades del público. Desde siempre, o, para ser exactos, desde su niñez le hizo caso a su propia voz, la misma que le decía: tienes que ser artista. Y empezó en sus soledades, y las extendió, musicalizadas, a los colegios, a las tabernas, a las plazas. Así fueron más anchas su voz y su poesía.

 

Les canta a sus amigos. Y a sus nostalgias. A la noche y a la posibilidad de un mundo mejor. Sigue andando tras la utopía, y eso es suficiente virtud. Rogelio, por ser juglar, es un hombre libre. Y es tierra que anda. Y, además, es semilla. Su compromiso es con el canto, con ese que es historia y memoria. Ah, y —por supuesto— poesía.

 

Rogelio, ecuación suficiente y necesaria para crear y recrear el mundo y echar a andar tras la utopía.

 

  1. Breve semblanza que escribí hace años para un disco con canciones de Rogelio, cantor bellanita.

 

 

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El lambón*

Por Reinaldo Spitaletta

 

En su repertorio de sonrisas alberga la de paje nuevo para esbozarla invariablemente ante su patrón, al cual, además, le soba las solapas al tiempo que lo asedian unas irremediables ganas de embetunarle sus zapatos, ordenarle el escritorio, limpiarle los espejuelos y decirle que hoy tiene un traje precioso, que dónde lo compró, porque él quisiera tener algún día uno así, aaah (suspiro).

 

Se aprende (las extrae de libracos de citas célebres) palabras de adulación y lisonja para recitárselas, en reuniones especiales, al gerente de la empresa, porque, cree él, de tan honrosa manera puede conseguir un aumento de sueldo, por encima del de todos esos empleaduchos huraños, que solo cumplen con su deber sin apelar a zalemas, por bobos. O por tímidos. Piensa él.

 

Vive pendiente de todos los movimientos de su “trompa” (así, al vesre) para caerle en el momento propicio, abordarlo con saludos de voz engolada y, de paso, ponerle alguna queja referente a un compañero de trabajo, del cual, dice con dramatismo, es un peligro para la compañía porque se dedica a leer en horas de almuerzo o porque piensa más de la cuenta, según las  actitudes que él le ha visto, y así, con un parloteo de loro amaestrado, se va arrimando, derritiéndose en elogios a su jefe, moviendo las manos como niño recitador de escuela.

 

Cuando se avecinan las fiestas de fin de año, envía al “trompa” y su secretaria sendos presentes, porque supone él que tal acto, en sí mismo hermoso cuando está despojado de connotaciones utilitaristas, le reportará ganancias, como ser, por ejemplo, recibir alguna bonificación extra, tener  acceso a informaciones confidenciales, ganar cierta influencia y simpatía, en fin.

 

Estos especímenes, que sin falta ni falla conocen las fechas de cumpleaños de sus superiores, a quienes les cantan, desafinados, el “happy birthday” (con deplorable pronunciación), abundan cual mal herbaje. Son expertos en decoración (“ay, patrón, cómo tiene de bonita su oficina”), en culinaria (“ay, yo sé hacer unas tortas, que usted, patroncito, se chuparía los dedos”), en finanzas (“me parece que le están pagando más de la cuenta a don Pacho”). Saben de todo (aunque, en rigor, de nada) a fin de parecer eficientes.

 

Si al jefe le gusta determinado candidato a una corporación pública, a ellos, claro ni más faltaba, toda la vida les encantó ese, porque, por supuesto, salvará las instituciones y hará, cómo dudarlo, que nuestra empresa, así como suena, “nuestra empresa”, se desarrolle más y más, ah, mmm, muah. Si al jefe le entusiasma tal cantante, más se demora en decirlo que aquellos en tararear una canción del artista, van a las revistas de farándula a averiguar datitos sobre el figurón para poderlos declamar después, en ocasión especial, y entonces, ante el prodigio, su jefe opinará huy qué buen gusto tienen, ¡caramba!,  con gente así la empresa llegará lejos.

 

El curioso ejemplar se distingue, a distancia, por su caminar de camello, su vocación a prosternarse ante todos los altares, su pose de gentecita trascendental. Se cree, ¡cómo no!, dueño de la compañía y con derecho a estar siempre -cada vez que ocurra- muy cerca de ese hombre que él llama el benefactor, el que le otorga la “yuquita diaria”, su ángel de la guarda. Su salvador. Tiene ínfulas de mandón, y con su exceso de zalamería intenta ocultar su manifiesta ineptitud.

 

Por alguna razón no identificada por psicólogos, el lambón tiende a taconear con fuerza a fin de ser notado. Cree, por lo demás, que si se viste parecido al gerente ganará puntos, y está convencido de ser el más eficiente trabajador. Es diplomado en intrigas, chismes, correveidiles, rumores y toda suerte de especies exóticas. Si se entera de alguna comidilla indigesta, por ejemplo del descontento de algún empleado por el bajo salario, lo comunica a su “trompa” con exceso de detalles y agregándole otros ingredientes, bsssbsss (baja la voz, enfatiza, hace morisquetas). Cree ser un tipo imprescindible, leal, hidalgo, caballeroso, ¡ejem! En realidad, es todo lo contrario. Y algo más.

 

El lambón (obsérvelo y verá) tiene cara de sapo, mirada de siervo (otros dicen que de perro faldero), orejas de burro, rodillas de penitente, voz de rezandero, lengua viperina (también de zapato viejo: arrugada y sin brillo. Es posible, asimismo, que su lengua sea como la de can de solterona), boca de mojarra y espíritu de esclavo. Es, como se nota, un monstruo despreciable que al mirarse al espejo se ve como un adonis, por lo cual se puede decir que, en esencia, es cegatón, además de bobote.

 

¡Ah! Se me olvidaba decir que él cree que jamás lo despedirán de la empresa. Pero cuando el “trompa” se cansa de tanta bufonada, lo arroja de patitas a la calle y contrata a otro lambón.

 

P.D. Aunque la lambonería no es un oficio, en Colombia algunos la asumen como tal. Qué vaina. Vale.

 

*En Colombia, se denomina lambón al adulador lameculos. Esta nota hace parte del libro Oficios y Oficiantes, publicado en 2013 por la Editorial UPB.

 

Por el teatro, la vida misma o los bautizos de un artista

Rodrigo Saldarriaga Sanín (1950-2014)

Por Reinaldo Spitaletta

Se podría decir, con un proverbio árabe, que Rodrigo Saldarriaga Sanín (1950-2014) no fue hijo de sus padres, sino de su tiempo. Moldeado en su infancia por una educación confesional, recibió en su adolescencia y juventud los influjos de la vorágine de la revolución cubana, la revolución cultural china, el mayo francés y el movimiento estudiantil de 1971, del que fue protagonista y agitador.

Entrando en un territorio íntimo, también se podría decir, como él alguna vez lo recordó, que fue hijo de Una mujer de cuatro en conducta (publicada en 1948), la novela escrita por su tío Jaime Sanín Echeverri. Hubo un tiempo en que la familia del escritor y diplomático, con cerca de doce miembros, y la de los padres de Rodrigo, con seis, habitaban en dos caserones vecinos. El autor les dijo que todos podrían vivir de las regalías de la obra. Y así fue.

Saldarriaga, que con el tiempo, el estudio, la dedicación, la disciplina y el talento se convertiría en uno de los más destacados directores de teatro de Colombia, creció entre rosarios y una mentalidad goda. Su padre, un negociante de bisuterías, relojes, lámparas y otros cacharros, llevó una vez a su casa decenas de lámparas de cristal de Murano, unas arañas como las que hay en la Catedral Metropolitana de Medellín. Se las había enviado su cuñado Sanín Echeverri cuando era diplomático en Italia.

La casa paterna se llenó de arañas colgantes, que atiborraban cuartos, sala, comedor, pasillos y patio. Eran tantas, que no había espacio para los moradores. Su papá las tuvo que disgregar y venderlas por pedazos, con otras formas y estilos. Después, trajo relojes Jawaco, de péndulo, al que les puso la marca Cóndor. También colmó la casa con ellos, que sonaban a distintos tiempos, unos con música del Ángelus, el Ave María, el Himno Nacional y otras tonadas, que hacían sentir el ámbito como un hogar de locos.

A los cuatro años, sufrió Saldarriaga un accidente que afectó sus ojos y lo dejó vendado un buen tiempo. Su prima Pilarica aprovechaba para leerle a Verne, Salgari, algunas piezas de Cervantes, teatro de Alejandro Casona, Quevedo y otros clásicos. Tal vez ahí recibió su primer bautizo artístico.

Su primaria y bachillerato, en un colegio católico, de misa y comunión diarias, se mutó en un mundo distinto con la entrada a una universidad pública, la Nacional, donde comenzó Arquitectura. Un nuevo bautizo, el de las ideas libertarias, la vida sin ataduras religiosas, la rebeldía social, lo marcó en las nuevas aulas. “La última confesión de mi vida, apenas entrada la pubertad, fue con un cura pederasta que se convirtió rápidamente en burla, denuncia y abandono para siempre de la religión, de la tradición de la sociedad y de la familia”, escribió en su libro de memorias artísticas Tercer Timbre.

-¡Fue tan fácil dar el paso de coleccionista de laminitas sacras a ateo militante!-, anotó.

En Arquitectura, donde estaba el maestro Pedro Nel Gómez (allí vio los primeros desnudos de su vida, los del gran muralista colombiano, cuando en casa de Saldarriaga hasta la Sota de bastos era una inmoralidad), todo le olía a libertad, según expresó el 10 de junio de 2014, catorce días antes de su muerte, en un documental realizado por la periodista Patricia Vargas.

En 1969, ya era militante del recién fundado MOIR y el gusano del teatro, además del de la política revolucionaria, lo había picado. En la Nacional conoció también al escritor y dramaturgo Jairo Aníbal Niño, con el que participó en la obra La masacre de Santa Bárbara, un drama que denunciaba los hechos sangrientos de la huelga de los trabajadores de Cementos El Cairo, reprimida por el ejército y en la que perecieron 13 personas, entre ellas la niña María Edilma Zapata.

Por este montaje, a Niño lo expulsaron de la Nacional y se fue a la Universidad de Antioquia, en la que fundó la Brigada de Teatro de los Artistas del Arte Revolucionario. Y ahí estaba Saldarriaga quien, junto con otros estudiantes, participó en La madre, de Gorki, con adaptación de Bertolt Brecht. Con esta pieza, la Brigada recorrió el país, armó debates en distintas universidades, se presentaron en carpas huelguísticas y agitaron la vida provinciana de pueblos y ciudades.

De la U. de A., tras dos años de montajes y discusiones teatrales, también los expulsaron. Niño se marchó a Bogotá y el grupo se diluyó, en medio de un ambiente de convulsiones políticas estudiantiles. El MOIR había trazado su línea de Pies Descalzos. Algunos de los artistas viajaron al campo como cuadros revolucionarios y otros migraron a pueblos y ciudades de Colombia con la mira de hacer teatro.

A Rodrigo Saldarriaga lo enviaron a Barranquilla, donde, según él, “era un imposible metafísico hacer teatro”, porque no había gente interesada en el asunto. A su retorno a Medellín, parecía una especie de desubicado inmigrante en su ciudad. Trabajó, contra su voluntad, en una empresa funeraria de un pariente, en oficios relacionados con ventas de tumbas, balances, escrituras y otras actividades con las que su familiar quería “reeducarlo para que dejara esa bobada del teatro”.

Pero la “bobada” creció. Renunció al cargo. Y volvió por sus fueros. El grupo Columna de fuego, dirigido por el manizalita Efraín Castellanos, estaba en Medellín. El elenco, formado por muchachos que oscilaban entre la marihuana y el marxismo, tenía más intenciones políticas que artísticas. Saldarriaga rompió con lo que le parecía un atentado contra la creación y el arte, y propuso el montaje de una adaptación que él ya había iniciado en Barranquilla: la del cuento Anacleto Morones, de Juan Rulfo.

Se distanció de Castellanos y convocó a Eduardo Cárdenas, Efraín Hincapié, John Jairo Mejía, Óscar Muñoz y Jorge Villa para iniciar el montaje. Fue el nacimiento de Pequeño Teatro, en enero de 1975. Al cuento inicial del mexicano, le agregaron otros dos: Nos han dado la tierra y Diles que no me maten. Los ensayos los empezaron en la Universidad de Antioquia. El estreno sucedió en el teatro Camilo Torres.

Después, en medio de turbamultas estudiantiles, debates y la incertidumbre de no saber adónde ir, abandonaron la universidad y se fueron a ensayar en la casa de Rodrigo, en la que él vivía con su mujer Gabriela Escobar y su pequeño hijo Gregorio, en el frenético sector de Guayaquil. Luego, pasaron al barrio Villa Hermosa, donde consiguieron una destartalada casa-lote, que, en rigor, fue la primera sede de Pequeño Teatro de Medellín.

Estos hombres solos, que representaron sin afeites los personajes femeninos de Anacleto Morones, fueron la semilla de un grupo que, con el tiempo, se convertiría en uno de los más importantes del país. Ingresó una mujer, Clemencia Cartagena, y por ella, según lo advirtió Saldarriaga, comenzó a escribir la obra Todo fue, que estrenaron en la carpa de huelga de la empresa Satexco, en Itagüí.

Iniciaron un periplo por el país y tras su retorno a la ciudad, se embarcaron en una aventura teatral de enormes proporciones (un proyecto macrocefálico, como lo calificó el columnista Alberto Aguirre): Macbeth, de William Shakespeare. Ya Rodrigo había estado en Europa. Había visto la Royal Shakespeare de Peter Brooks, de Peter Hall, de Trevor Nunn, en Londres y en Stradford-upon-Avon; la Comedie de Monsieur La Salle, en París; el Piccolo Teatro de Milán, de Giorgio Strelher con su Arlequino servidor de dos señores, en el parisino Odeón, y también La cantante calva, de Eugenio Ionesco, en el Barrio Latino.

Fue como otro bautizo. Llegó a Medellín con las ansias incontenibles de montar a Shakespeare. Era 1979. Y no había quién pudiera impedirlo: ni la miseria intelectual de la ciudad, ni las objeciones que algunos hacían porque se trataba de un montaje imposible. Tanto Saldarriaga como sus actores sabían, con el portentoso inglés, que “estamos entretejidos en la misma urdimbre de nuestros sueños”.

Después del colosal montaje, con una escenografía aparatosa, Pequeño Teatro resolvió que la obra no se podía quedar en Medellín. En su repertorio ya tenían Los intereses creados, de Jacinto Benavente, y Tiempo vidrio, de Sebastián Ospina. Con todos sus bártulos emprendieron una gira por el río Magdalena. Por donde pasaban, la gente se volcaba a ver lo nunca visto: una compañía teatral, en sitios donde la mayoría de los lugareños no tenía noción de lo que era el teatro.

Era el principio de una trashumancia, por pueblos, veredas, ríos, en medio de leyendas populares como la del mohán, que los condujo por casi toda Colombia. En 1981, con la obra Josef Antonio Galán, de cómo se sublevó el común, del miembro del grupo Henry Díaz, Pequeño Teatro realizó una gira siguiendo la ruta de los comuneros, a propósito del bicentenario del alzamiento popular.

El espíritu de Saldarriaga, a veces tremendista, a veces reflexivo, pero siempre dispuesto a las aventuras del arte, condujo al elenco a conseguir una nueva sede, cerca del Teatro Pablo Tobón Uribe, en el centro de Medellín. El primer alquiler lo pagaron con la donación que hizo el violinista Carlos Villa, al lado del pianista Harold Martina, de un recital en El Castillo, que los espectadores llenaron, con entrada a tres mil pesos. La nueva sala la adaptaron para cincuenta personas.

Fueron los días de obras como Aceite, de Eugene O’Neill y De ratones y hombres, de John Steinbeck, a las que siguieron, entre otras, La ruptura, de Helge Krog y Edipo rey, de Sófocles. El sueño de Rodrigo, además de estudiar los clásicos, de meterse a fondo con Brecht, Miller y Tennessee Williams, era el de tener una sede propia. Había llegado la hora de dejar atrás la construcción de “un teatro en el aire”.
La casa republicana, de más de 125 años, en la que está hoy la sede de Pequeño Teatro, es un legado cultural de Rodrigo Saldarriaga a la ciudad. La compró con la cédula. Valía 24 millones, le rebajaron cuatro. El día del cierre del negocio, Saldarriaga salió enloquecido por la avenida La Playa, se creía Zorba el griego: bailaba, brincaba, a lo mejor era la reencarnación de aquel niño que había escuchado historias literarias de labios de su prima.

Allí, además, de dos salas, unas para quinientos espectadores y otra para ochenta, construyó la escuela de formación de actores. Saldarriaga, que dirigió cerca de setenta montajes, jamás dejó de ser comunista, pero, por encima de todo, un artista completo. Y obstinado. Fue capaz, con su inteligente táctica de entrada libre con aporte voluntario, cuestionada por algunos grupos teatrales de la ciudad, de llevar miles de espectadores a las decenas de obras allí representadas. Contribuyó a la creación de público y a la expansión de la cultura teatral en Medellín.

Su teatro siempre fue para el pueblo. Su vida, sensibilidad e inteligencia, las dedicó (incluidas sus apariciones en la política) al arte. Le hubiera gustado, según decía, montar a todos los griegos, todos los latinos, todo Shakespeare, todo Moliere… No le alcanzó la existencia para tanto. Ni siquiera para El jardín de los cerezos, de Chejov, una de sus máximas aspiraciones. Pero lo que hizo, lo amó en profundidad, consecuente con sus postulados de vida.

Luchó porque el teatro volviera a ser el “el listón más alto del pensamiento, como lo ha sido siempre”, según sus palabras. No se aferró a bien material alguno. Su testamento puede ser prueba del aserto: dejó su música (otra de sus pasiones) a su exesposa Gabriela; el videobeam y sus tres libros, a su hijo Gregorio, y el cuadro de Luciano Jaramillo, a Pequeño Teatro, “con la condición de que nunca lo vendan”.

Dramaturgo (autor de El ejército de los guerreros, Todo fue y Los chorros de Tapartó, y del libro de memorias Tercer timbre), director, militante político, actor, Rodrigo Saldarriaga hubiera querido tener como primer actor al gran cantor de tango Roberto el Polaco Goyeneche, para que representara el papel del Rey Lear. Muerto el 22 de junio de 2014, el mono Saldarriaga, que parecía un nórdico extraviado en las exuberancias del trópico, supo que el ser humano no puede existir sin Esquilo, sin Brecht, sin Strindberg… y deseó que en el mundo los “días de la ignorancia quedaran atrás”. Esa era su utopía personal. Su presencia se prolongará en cada obra, en cada escenografía, en múltiples personajes. En los actores que formó. Porque, como bien lo sentenció, “al cerrar los ojos el mundo no desaparecerá”.

(Escrito en Medellín el 29 de julio de 2014, para las revistas Deslinde y A Teatro)

Rodrigo Saldarriaga con la actriz Omaira Rodríguez