Nada, un tango del amor perdido

(Hay extraordinarias versiones de Julio Sosa, Roberto Goyeneche y Roberto Rufino)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Se dirá que hay un hondo desgarramiento, una ausencia que duele, un retorno desesperanzado al notar que la que se quería ya no está. Se advertirá que en ese volver de un hombre a buscar lo que es improbable que esté, hay una tragedia existencial. El tango es, ante todo, un examen del ser desde todas las perspectivas de la vida. Y en el titulado Nada (un vacío absoluto o quizá relativo) hay una desesperación sin límites.

 

Producto quizá de las desazones de tiempos de guerra, este tango del bandoneonista y compositor argentino José Dames y de Horacio Sanguinetti, letrista uruguayo, estrenado en 1944 por la orquesta de Carlos Di Sarli con la voz de Alberto Podestá, es una pieza maestra de la angustia por una ausencia, por la desaparición del sujeto amado y, al fin de cuentas, plantea la expresión de una culpa, de un error del que ya no puede haber reivindicación ni resarcimiento. De pronto, es demasiado tarde para cualquier reparación. El tiempo ha cobrado su cuota de ruptura de un romance que jamás se podrá rehacer.

 

Nada es un tango narrado en primera persona. Es una suerte de vuelta a un lugar, a una casa vacía, a una morada sin la presencia de la que un día pudo ser el centro de la vida de alguien que ejerció el abandono. “He llegado hasta tu casa / ¡yo no sé cómo he podido! / Si me han dicho que no estás, / que ya nunca volverás… ¡si me han dicho que te has ido!”. En su primera estrofa está enmarcada la situación trágica, la fuerza del destino ineludible. Y una convicción: la que se ha ido no volverá.

 

Después, ante una soledad que pesa y lastima, el narrador pinta el frío, los años, lo que ha transcurrido, y sugiere un doloroso sinsabor. Pone en evidencia que ya nada podrá ser como antes. Es lo que se extravía sin posibilidad de recuperación: “¡Cuánta nieve hay en mi alma! / ¡Qué silencio hay en tu puerta! / Al llegar hasta el umbral / un candado de dolor / me detuvo el corazón”.

 

Y el panorama que se abre, la melancólica visión de un vacío infinito, es un estrujamiento de alma. ¿Qué hacer ante lo que ya no está?, ¿ante las cosas y evidencias que se fueron? No hay esperanza, como les pasa a los que van camino del infierno dantesco. Es la conciencia de la extinción de un mundo: “Nada, nada queda en tu casa natal… / solo telarañas que teje el yuyal. / El rosal tampoco existe / y es seguro que se ha muerto al irte tú… ¡Todo es una cruz!”.

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Confieso que cuando escuchaba este tango en las pianolas de barrio o tal vez en alguna radio, había una sensación de pérdida, de desmoronamiento interior. Era como asistir a una ruina. La versión que más se escuchaba en las esquinas, es decir, en los bares, era la de Julio Sosa con la orquesta de Leopoldo Federico (grabación de 1963), aunque, claro, había otras más antiguas, como la de Raúl Iriarte con la orquesta de Miguel Caló y la de Rodolfo Biagi con la vocalización de Alberto Amor, de los años cuarenta.

 

Nada es un tango que puede llevar a una especie de derrumbe sentimental. O, desde otro ángulo, a reflexiones acerca del paso del tiempo y de lo que se ha llevado. “Nada, nada más que tristeza y quietud. / Nadie que me diga si vives aún… / ¿Dónde estás para decirte / que hoy he vuelto arrepentido a buscar tu amor?”.

 

Hay, asimismo, la presencia de una inutilidad, de un esfuerzo vano, de un intento frustrado. Ya es tarde para el regreso, para el encuentro. Y después de presenciar un paisaje de carencias, de cosas que ya no están, de una especie de bancarrota del corazón, no queda otra que devolverse. Algunos vocalistas, como Sosa, entran con un recitativo: “Ya me alejo de tu casa / y me voy ya ni sé dónde… / sin querer te digo adiós / y hasta el eco de tu voz / de la nada me responde”. Otros lo hacen cantando hasta el final.

 

En esa recta última, en el desenlace, aparece un arrepentimiento, una penitencia, un dolor sin nombre. Y no puede faltar la lágrima “hecha flor de mi pobre corazón”. Y así, Nada ganó la luz, que es la posibilidad de estar en la memoria de la gente, de hacer revivir aquello que Fernando Pessoa decía de la melancolía: “una nada que duele”.

 

Nada tiene más de trescientas versiones. Una de las más bellas es la del Polaco Roberto Goyeneche con la orquesta de Osvaldo Berlingieri. Creo, y debe ser discutible, que la mejor interpretación de este tango la hizo Roberto Rufino, en 1973, con la orquesta de Osvaldo Requena, en la que el cantor hace gala de un despliegue vocal con “lalalás” llenos de color y dramatismo.

 

Esta composición de Dames y Sanguinetti, es una poetización del amor perdido, de aquello que por mucho que se quiera, es imposible recuperar. Después de los arrepentimientos, de la ida y la vuelta, en esencia no queda nada. O sí, una lágrima hecha flor. Una pena larga.

 

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Dos cuentos libidinosos de Abelardo Castillo

Los  libros que yo escribo no están en mi biblioteca. El lugar de un libro tuyo es la biblioteca de otro“. (Abelardo Castillo)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Abelardo Castillo (1935-2017), notable escritor argentino, cuentista de altas dotes, tenía una trinidad bendita, a la que adoraba: Roberto Arlt, Jorge Luis Borges y Leopoldo Marechal, y ahí, alrededor, como satélites luminosos de estos astros, giraban Cortázar, Sábato, Mujica Láinez y Bioy Casares. Era un perturbador, un fundador de revistas y un ser necesario en la extensa cultura literaria argentina. Los dos cuentos que analizaremos ahora, de su libro Las otras puertas (1961), son de iniciación, de esos que toman materiales de la infancia y la adolescencia para darles tratamiento artístico. Y, como asunto transversal a tantos autores modernos en América Latina, la geografía del barrio.

 

Tal vez una de las cualidades más destacadas de este autor, del que Cortázar señaló una vez de sus cuentos que eran “sistemas cerrados”, son los diálogos, que no suenan artificiales. Ni inverosímiles. Fluyen según la situación planteada, sin rebuscamientos. Naturales. Y estos se puede sentir de esa manera, con el sentido de caracterizar personajes o de dar información pertinente sobre pensamientos o sentimientos, en La madre de Ernesto y El marica.

 

Estos dos cuentos, de similar estructura y temática, relatan conflictos de adolescencia, las inclinaciones sexuales, la libido juvenil, el vedado homosexualismo y la figura de la madre. El barrio, la experiencia escolar, las relaciones de amistad y, en un segundo plano, la prostitución, hacen parte del universo literario de estas dos piezas breves.

 

El primero de los cuentos mencionados, se inicia con una idea turbadora, con incorporación de crueldad y reto, con una sugerencia de atracción fatal. Llega como un recuerdo, como si el narrador ya estuviera muy distante de los acontecimientos que relata, los cuales va atando con sutileza y dosificación. Hay una estación de servicio, el Alabama, cuyo dueño turco le ha incorporado aditamentos de diversión, de aventuras de piel, en un club nocturno sin grandes pretensiones, apenas como para un uso muy parroquial.

 

Y, más que la mujer que ha llegado (o vuelto), después de haber desaparecido del espacio doméstico, del paisaje de unos muchachos barriales, casi pueblerinos, el protagonista puede ser Julio, el de la “idea extraña”, el que parecía un Brummel (dandi inglés del siglo XVIII, rey de las modas), encarnador de cierta agudeza para la maldad y la capacidad de convocar a sus congéneres a tener una experiencia cumbre, la de ir a un prostíbulo, pero, más que eso, a enfrentar a una mujer que ellos conocían y que el turco de marras había contratado para las faenas excitantes de los amores alquilados.

 

Ella, la que se había ido hacía cuatro años con una compañía teatral ambulante, que era “morena y amplia”, había vuelto rubia, transformada en una “mujer de la vida”, cuyo atractivo ahora, más que su cambio de actitudes y de apariencia, era una especie de vergüenza para uno de los muchachos, de quien, precisamente, ella era la madre. La situación candente, con desafíos a la amistad, era que, no solo porque la mujer haya derivado en el ejercicio de la venta de sus servicios sexuales, sino porque los nuevos posibles clientes eran chicos que ya la conocían, les adicionaba dificultades a las circunstancias. Por lo demás, ella era la mamá de uno de los de la patota: de Ernesto.

 

Y si bien, la damisela había cambiado, y ya no tenía nada de maternal, según la visión de los jovencitos, menos de Ernesto, claro, que se había ido con su padre de aquellos andurriales como huyendo del escarnio, se erigía como un reto, diseñado por Julio, el de ir en gallada a comprar los amores de urgencia de la ramera recién venida. El narrador establece una tensión en los preparativos para el encuentro, con un amarre desolador y de presagio, expresado por quien está contando: “cuando ella nos mirara iba a pasar algo”.

 

Aquí, en este punto, se podría reflexionar acerca de los significados de un “hijo de puta”, de cómo puede ser visto un muchacho cuya madre ha recalado en los espacios del lenocinio, de convertirse en un “reptil de lupanar”, y que sus amigotes, no se sabe si por una especie de crueldad adolescente, o por una suerte de vindicta sin causa, quieren ser clientes de la nueva atracción de la estación de servicio transmutada en las noches en un burdel sin abolengo.

 

El cuento es un montaje cinematográfico de cuadros que se van juntando para dar puntadas que se configurarán en un desenlace en el que lo trágico (y, si se quiere, lo cómico doloroso) aparecerá unos momentos antes de que caiga el telón de una función coordinada por la mente torva de Julio. Sin embargo, el que diseñó la diversión, sufrirá una conmoción ante la realidad de una mujer que, con toda y su metamorfosis física, no ha perdido la condición ni los sentimientos de la maternidad.

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La madre de Ernesto, una muestra de alta tensión e intensidad con economía de palabras, con una adecuada medida de ingredientes para la cocción de un buen relato, con un final en el que una imagen desgarradora da al traste con la intención carnal de unos muchachos que apenas están descubriendo el mundo de las emociones libidinosas.

 

El otro, El marica, más breve todavía, parece una experiencia autobiográfica del autor, que, además, se revela con su nombre propio como narrador en segunda persona, en una situación en tiempos en que la “maricada” era una condición vergonzosa y hasta punible. Parte de la cultura machista, o de aquello que se ha certificado como la hombría, como la actitud varonil sin tacha, del tipo de “pelo en pecho”, se manifiesta en esta composición en la que los diálogos tornan a sostener el esqueleto de la estructura. Y vuelven los tiempos de adolescencia, en la espacialidad de un colegio, con un muchacho, César, que ha llegado de un establecimiento educativo de curas a otro que, según el narrador, se le pudo haber parecido al país de los gigantes que Jonathan Swift narra en Los viajes de Gulliver.

 

El narrador, en todo caso, manifiesta sus afectos por aquel jovencito con apariencia de debilidades, al que él y los otros quieren conducir a la experiencia de acostarse con una buscona cuyo marido hace las veces de proxeneta y que les cobrará a los pibes, por cabeza, cinco pesos por los servicios prestados. ¿Los prestará acaso? ¿Qué le sucederá al mariquita? ¿Y a Abelardo?

 

Castillo fue un cuentista de altas calidades que, además, fundó y dirigió revistas como El grillo de papel, El escarabajo de oro y El Ornitorrinco. En la segunda, por ejemplo, publicaron textos autores que entonces estaban apenas en sus comienzos, como Alejandra Pizarnik, Miguel Briante, Humberto Constantini y el turco Jorge Asís. Novelista y dramaturgo, el autor de El evangelio según Van Hutten, (que también fue ajedrecista) amaba la literatura como a la vida misma.

 

(De las notas del Seminario de Literatura Sudamericana)

 

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¡Aaaggghhh! Adiós a Tom Wolfe

Se ha ido una de las figuras cumbre del llamado Nuevo Periodismo

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Los sesentas, tiempo de revoluciones políticas, sexuales y culturales, también ofrecieron un bautismo a un bebé viejo pero que, según algunos reporteros y escritores estadounidenses, había sido un descubrimiento, un hallazgo extraordinario: el nuevo periodismo. Sus forjadores, o papás de una criatura con antecedentes que podrían remontarse hasta los griegos y latinos, lo reivindicaron como una novedad. Y, bueno, algo de ello era cierto.

 

El que vertió las aguas bautismales al llamativo engendro fue Tom Wolfe, quien, junto a la llamada “banda” del suplemento dominical “New York”, del Herald Tribune, se percataron a principios de aquella década de conmociones que había que introducir profundos cambios en las estructuras del reportaje y la narración periodísticas, sin atender a normas prestablecidas, y utilizando técnicas de la literatura y recursos como el diálogo, el monólogo, la construcción de escenas y la inmersión honda en las situaciones y contextos.

 

Una noche de 1962, Wolfe, nacido en Richmond, Virginia en 1931, entró a los gritos a la redacción del suplemento, con un ejemplar de la revista Esquire: “¿Qué es esto?”, decía con un notorio asombro en su expresión. Era un reportaje de Gay Talese al excampeón mundial de boxeo de los pesos pesados Joe Louis, a quien su esposa recibe en un aeropuerto. Es un trabajo montado con escenas, varios planos temporales y espaciales, parece literatura. Y piensan Wolfe y sus camaradas de redacción que el autor pudiera haber inventado apartados y diálogos.

 

Pues no. El reportaje de Talese era eso, puro periodismo, escrito de otra manera. Y entonces Wolfe asimila el golpe. Y comienza su experimentación, en particular con introducción de onomatopeyas, alteración de signos de puntuación, exclamaciones, composición por escenas, apóstrofes, lamentos… Once años después, en su antología El Nuevo Periodismo, este reportero devenido novelista, etiquetaría a tal corriente como una revolución en las formas y contenidos periodísticos. Wolfe era su profeta y uno de sus querubines.

 

Sin embargo, y para ser exactos, la escuelita denominada en los sesentas Nuevo Periodismo era muy vieja. Con brillantes antecedentes. Y ya, en los Estados Unidos como en otras partes, tenía sus precursores. Para no ir muy lejos, John Reed, el llamado Reportero de la historia, era uno de ellos. En América Latina, donde en rigor había plumas de alto vuelo en el periodismo, se podría considerar al argentino Rodolfo Walsh como un genuino fundador de esa tendencia, con su reportaje Operación masacre, publicado en 1957.

 

En Colombia, mucho antes que los gringos se atribuyeran la invención, hubo reporteros de alta alcurnia periodística como Osorio Lizarazo (además, novelista del Bogotazo), García Márquez (con su Relato de un náufrago) y Álvaro Cepeda Samudio.

 

Tom Wolfe, quien, además de buen reportero, era un dandi impecable con sus trajes blancos, chaleco, corbata, medias de colores y zapatos blancos, en fin, como una suerte de Oscar Wilde a la americana, retrató en distintas notas a varias generaciones. La de los 80, como una que se preocupó más por el cuerpo y los músculos que por cultivar el cerebro, y la del 2000, la de las chicas que jugaron un “papel activo en la conquista sexual”. En su libro El periodismo canalla y otros artículos pueden encontrarse viejos hippies y marxistas rococós.

 

Con el Nuevo Periodismo, Wolfe, Talese, Capote, Mailer, Rex Reed, Barbara Goldsmith, Hunter Thompson (el del periodismo gonzo), entre otros, querían dinamitar la “novela tradicional” y a los que ellos llamaban “autores dinosaurios”. Decían que los escritores de ficción habían entrado en crisis y decadencia. Y, ante la debacle, el periodismo, el nuevo, era la única salida ante el fracaso de la imaginación.

 

En 1987, el “neoperiodista” Wolfe se transmutó en novelista. La publicación de La hoguera de las vanidades, de enormes ventas, le permitió sustentar que “la función de todo novelista es tratar de entender la sociedad. La novela es un modo de ocuparse de la sociedad” y recordaba a sus maestros Balzac, Dickens, Thackeray, Zola y Dostoievski. Era, además, un admirador de su compatriota John Steinbeck, en especial de Las uvas de la ira.

 

Sobre esta novela dijo que “es una demostración estadounidense ejemplar del método que usaba Zola para escribir novelas: abandonar el gabinete, salir al mundo, informarse sobre la sociedad, vincular la psicología individual a su contexto social, buscar suficiente combustible para alcanzar el pleno potencial como escritor…”. Y se nota que Wolfe aprendió bien la lección. Su novela inicial, toda una inmersión en Nueva York, pinta un tiempo de locura, con héroes, pícaros, placeres y confrontaciones entre las clases sociales.

 

Wolfe, que salió en dos capítulos de los Simpsons, revolucionó la narración periodística con retorcimientos del lenguaje y uso exagerado de signos de puntuación. Cuando el “nuevo periodismo” le quedó estrecho entonces se mudó a la ficción. El periodista y escritor murió rico y famoso a los 87 años en Nueva York. (¡Brum! ¡Rahghhh! ¡Zzzzffff!).

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Melancolía en un patio de recreo

(Crónica con estados de ánimo, música y algún cielo gris)

 

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                                                                        Melancolía, pintura de Edvard Munch

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Si antes del Renacimiento la melancolía era una complexión de débiles y tristes, en este período se trastocó en síntoma de inteligencia y “don divino”. Así se les caracterizó a Leonardo, Miguel Ángel y Rafael. De tal modo, se naturalizó la que antes se constituía en enfermedad calamitosa en una virtud, un camino hacia la lucidez. Asuntos de la historia y de sus tránsitos, a veces insólitos.

 

Y esta brevedad preliminar para decir que aquello que así llamamos hoy, como una tristeza inasible, de levedades, la puede provocar desde la contaminación ambiental hasta las flores amarillas del guayacán. Pero más allá, hay colores, sabores añejos, armonías y acordes musicales, una pared con mensajes de amor o el recuerdo de una carta a la antigua, que llega al vuelo con sus alas invisibles.

 

Podemos comenzar el catálogo con la grisácea apariencia de un día invernal. A decir de muchos, la tristeza es gris, plomiza, de monótona paleta. Llueve o está a punto de llover, y se activan los mecanismos que abren las compuertas de la melancolía. “Huy, qué día tan tristón”, se articula en charlas de café, en el trabajo, a la vista del firmamento sin colorido de una jornada de humedades y fríos.

 

En el Renacimiento, esa etapa cumbre de la humanidad, de altas sensibilidades y proyección de las artes y las ciencias, se pensó que los hombres sobresalientes eran, de necesidad, melancólicos. Estaban, además, tocados por la locura, como una suerte de defensa contra la enfermedad y la muerte. O, desde otra perspectiva, como una burla a la mortalidad, a la peste. El Bosco pone en boga a la Nave de los locos, en épocas en que la risa era un arma contra la solemnidad y la adustez ceremonial.

 

Además de los días cenicientos, la melancolía la puede despertar la eliminación de tu equipo de fútbol de las finales de un torneo. Se siente un vacío. Un caer por el abismo. Es como una soledad sin remedio. Y, en otro frente, la ocasiona un lejano toque de campanas que te puede hacer tornar a la infancia o a una memoria de lo perdido. O las voces del patio de recreo de una escuela, cuando pasas por su frente, una mañana de nubes tristonas.

 

La vista de un álbum añoso, el recordar las colecciones de caramelos o cromos de otros días, el sabor de una vianda que puede trasladarte a las culinarias domésticas de hace temporadas son como microbios melancólicos: se insertan en vos y no hay manera de eludir sus efectos. La melancolía puede estar en una ventana abierta, en la que ya nadie se asoma, pero que tiene las huellas de figuras que ya no existen. O en una fachada descaecida. O, tal vez, en la casa vieja que, con un avisito amarillo de curaduría urbana, espera su demolición.

 

Puede producirse por la vista de una pelota que, aguas abajo, naufraga en el río, con muchachos que ya desistieron de perseguirla y la abandonan a su destino fatal de zozobras. O por la presencia súbita de una imagen evocadora, como la de los olores de la infancia, o los sabores de las madrugadas en que había que salir para la escuela…

 

No sé a usted cuales sonidos le pueden despertar la melancolía. Quizá el de las locomotoras cuando las ve en un filme o las escucha en un disco, con su pito largo y atristado, o el de las viejas máquinas de coser. O el del pregonero de antiguas golosinas. El recuerdo de los perfumes de palomitas de maíz en el atrio o el aroma de una bebida matinal que la abuela le servía, lo pueden desmoronar en su interior.

 

Claro que hay diversidad de músicas que alteran la sentimentalidad y lo ponen a uno en trances melancólicos. Abundan. Y pueden ir desde las más populares canciones hasta las más refinadas composiciones orquestales. Así, como, por ejemplo, el bambuco El regreso, o un tango gardeliano, o las suicidas letras de los pasillos ecuatorianos, también están numerosas piezas clásicas, lacrimosas, que auscultan y penetran en regiones recónditas y pueden provocar una conmoción interior.

 

Cada uno tendrá sus tops. Una que sí es infalible para el ejercicio de la melancolía es la Sonata Claro de Luna, de Beethoven, en su Adagio Sostenuto. O el Adagio de Albinoni. O, cómo no, Una furtiva lágrima, romanza de la ópera Elíxir de amor. Es inevitable no acceder a espacios desgarradores cuando suenan los Recuerdos de la Alhambra o una pieza guitarrística como el Romance anónimo. Lo dicho: cada uno puede hacer sus listados, a veces de larga duración y extensión.

 

La melancolía es un asunto cultural. Puede que a un chino poco le entristezcan los acordes de las Gymnopedies, de Satie, como a un occidental poca tristura le produzca la música de la Danza de Shiva. El Intermezzo número 2, de Luis A. Calvo, puede ser tan triste como el Allelujah, de Leonard Cohen, o el Va pensiero, de la tragedia lírica Nabucco, de Giuseppe Verdi. O como el Opio y ajenjo, de Julio Flórez, o el bambuco El enterrador. En el Poema 15, Neruda dice: “Mariposa de sueño, te pareces a mi alma, / y te pareces a la palabra melancolía”.

 

En tiempos medievales, los médicos recomendaban para el tratamiento de la melancolía la música de laúd, dietas de hierbas acuáticas, el autoflagelo, los viajes marítimos y otros recetarios. Hoy, la melancolía tiene más caché. El Renacimiento hizo su labor. Puede ser ahora un mecanismo sutil del espíritu para abrir la sensibilidad y reconocer las intempestivas transmutaciones del mundo.

 

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Melancolía I, de Alberto Durero.

El lapicero que llegó de la guerra

(Crónica de un artefacto clave en la civilización de la escritura)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

En el primer grado escolar había que escribir con lápiz, que despedía un olor a madera perfumada con sus virutas que, cuando se usaba el sacapuntas, caían enroscadas al suelo o sobre el pupitre. Solo se alcanzaba el uso del lapicero en el segundo grado, cuando ya se podían llenar cuadernos con tinta azul, roja, o a veces morada, y se usaba la pluma con encabador, que se sumergía en frascos de tinta china.

 

Eran lapiceros más bien ordinarios, de dos partes, con sujetador, de colores, fabricados de material deleznable. En casa, ya para usos más comprometidos, había bolígrafos extranjeros (como el Sheaffer y el Esterbrook), a los que se les decía estilógrafo. Había cierta pompa en utilizarlos, en escribir con ellos deslizando la suavidad de su punta en libretas y cuadernos, o en hojas de papel fino. Pero el lapicero sí tenía un encanto especial, aunque menos abolengo que las esferográficas o plumas.

 

Había en cartapacios y valijas, siempre de cuero grueso y grabado, bolsillos especiales para lápices y lapiceros. Y cargarlos, a la espalda, o en bandolera, era como si se portara un tesoro de piratas o de cuento de hadas. El lapicero daba a los pelados cierto carácter. Era una suerte de certificación de saber escribir con letra pegada y otorgaba cierta seguridad en el pulso y la mente. El proletario lápiz pasaba entonces a un segundo plano y casi nunca se le volvía a ver en las faenas escolares “superiores”.

 

Este artefacto de escritura, muy popular en el mundo, ha tenido diversas asignaciones. Por estas breñas, siempre los denominamos como lapicero, aunque no faltaban quiénes les transmitían más caché al nombrarlos como bolígrafo, esferográfico, o incluso, en género femenino, como lapicera. La pluma tenía más refinamiento y era para usos reservados, elegantes. Había diversas marcas de lapiceros. Y eran de fácil consecución en tiendas de barrio como en almacenes de abarrotes, cacharrerías y baratillos. Desde luego, las papelerías eran un lugar común para su compra.

 

Por estas geografías de Antioquia, nadie las llamó birome, como sí era usual al sur del continente. A diferencia de las plumas estilográficas, inventadas a principios del siglo XIX, la birome o lapicera, es una creación del XX, a cargo del polifacético periodista húngaro Ladislao Biro (escultor, pintor, hipnotizador), quien, junto con su hermano George, perfeccionó una tinta muy indicada para la escritura a mano, sin que se regara o dejara de fluir.

 

Al estallar la Segunda Guerra, los dos hermanos, de origen judío, se marcharon a Argentina, donde se nacionalizaron. Igual viajó con ellos su socio industrial Juan Meyne. Y en ese país, tras diversos experimentos y búsquedas, patentaron en 1943 el lapicero, con el nombre comercial de Birome, que se comenzó a vender en librerías de Buenos Aires como “lapicitos a tinta” de juguete. Después, los húngaro-argentinos vendieron sus derechos a la Faber estadounidense y la BIC de Francia.

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El lapicero, con su barrita de punta esférica, con su resorte que permitía que el tubo de tinta bajara y subiera, según un mecanismo manual en la que el pulgar era clave, se ganó las simpatías de la muchachada escolar en todo el mundo. Sus modelos reutilizables fueron cambiando hasta llegar al desechable, como parte de una cultura mundial en la que se estila aquello de “use y bote”.

 

Un juego de niñas, en los cincuentas y sesentas, tenía al lapicero como una parte de una retahíla callejera: “¿Tienes lápiz, lapicero?, ¿tienes tinta en el tintero? ¿tienes novio que te quiera?”. Y mientras canturreaban, movían los dedos, los entrechocaban con los de la otra chica. Luego una de ellas tenía que decir el nombre de su apuesto galán, del príncipe de sus sueños. Después, la otra le decía: “Si (aquí iba el nombre del casanova de barrio) sí te quiere este dedo sonará” y lo tironeaba para que traquearan los nudillos.

 

El lapicero se tornó un instrumento clave no solo en el ámbito de los estudiantes y profesores, de los que requerían tomar notas y echar firmas, sino en el tendero de antes, que hacía cuentas en papel de envolver y anotaba los precios en las libreticas de fiado de la clientela. Los cuadernos de contabilidad, los de carnicería, los del cacharrero, todos requerían el uso del popular bolígrafo.

 

Y no es que hoy haya desertado o se haya asilado en los cuartos del olvido. Pero escribir a mano es cada vez una labor menos común y, si se quiere, puede estar catalogada como una excentricidad o una suerte de labor arqueológica. Los ordenadores, tabletas, celulares y otros artefactos, han quitado protagonismo a la lapicera (y ni hablar del lápiz), que, sin embargo, se resiste a desaparecer.

 

Los diarios personales, bitácoras, libretas de notas íntimas, tal vez se sigan haciendo con lapiceros. El encanto de la tinta, de la caligrafía, de tener cada uno una manera exclusiva de escritura (como una huella digital) lo sigue otorgando este instrumento que, en otros tiempos, era una prolongación de la mano y de la imaginación.

 

Pintores hay que llenan sus agendas de trabajo con dibujos al bolígrafo, como lo hizo, por ejemplo, Andy Warhol en algún momento de su ejercicio creativo. Lo mismo sucede con decenas de reporteros, arquitectos, ingenieros, sastres, carpinteros, en fin, que no han decretado el exilio de una herramienta fundamental de la civilización.

 

El lapicero ha sido un compañero de bolsillo, un elemento imprescindible en el aprendizaje, una presencia de infancia. Un espíritu escolar. Era parte de la alegría de estudiar, de trazar mapas imaginarios y llenar cuadernos de números y palabras, de tareas del saber.

 

Y sigue ahí, en medio de las nuevas invenciones, en camisas y carteras, en mochilas y hasta en la oreja de algún tendero. No se ha ido. Los hermanos Biro y el señor Meyne pueden dormir en paz. Ah, y por lo demás sigue viva aquella lejana emoción que era poder estrenar, al fin de cuentas, un cuaderno con palabras de lapicero.

 

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Mayo del 68, la juventud en la historia

(A 50 años de una gesta imaginativa que visibilizó a los jóvenes del mundo)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El mayo francés fue la coronación apoteósica del surgimiento de la juventud, en la década de las agitaciones sociales y la revolución sexual, como protagonista de la historia. Los sesentas, con sus hippies y la marihuana, con su rock y los iconos revolucionarios como el Che y Mao, reventaron viejos paradigmas y propusieron una manera distinta de ver el mundo, de intentar transformarlo en sus estructuras y relaciones. Y aquella consigna de principios del siglo XX, en la agónica Rusia zarista en trance de ser sol rojo, Todo el poder a los soviets, el 68 la trocó por “la imaginación al poder”.

 

Los sesentas parieron una nueva cultura juvenil, en medio de las tensiones de la Guerra Fría, la carrera espacial, la confrontación ideológica entre socialismo y capitalismo y las gestas de liberación nacional de países de África, América Latina y Asia. Nuevos sonidos, el arte pop, la minifalda, la píldora anticonceptiva y las ganas de liberar el cuerpo de ataduras morales, marcaron el carácter de millones de jóvenes, que, a su vez, en medio de las guitarras eléctricas y el ácido lisérgico, también se politizaron, en particular con las protestas que nacieron por la invasión estadounidense a Vietnam.

 

Los jóvenes, inmersos en un frenesí de nuevos discursos, se erigieron en iconoclastas, en seres que, a diferencia del joven romántico decimonónico, no les interesaba tener una muerte heroica, sino vivir para decir que el mundo era suyo. “No vamos a pedir nada. Tomaremos. Ocuparemos”. No estaban hechos para que les prescribieran prohibiciones, ni para pasar inadvertidos o ser parte de la grey. Querían ser ovejas negras. Y el mundo de entonces se prestaba para la creación de una contracultura. Sexo y drogas, pero, a su vez, manifestaciones de descontento social, fueron una especie de hermandad de motivos entre los muchachos que se visibilizaban mediante el ejercicio de la rebeldía.

 

Los sesentas eran un coctel de marxismo, anarquismo y existencialismo, mezclado con el surgimiento del nuevo feminismo y de la reivindicación de los homosexuales (en Inglaterra, por ejemplo, se despenalizó la homosexualidad en 1967). Se juntaron, además, las protestas contra la segregación racial y el interés por la individualidad, por no ser masa consumidora. Y así, ser joven era ya una conquista, una evidencia de la validez de las utopías y los sueños de transformación del orbe.

 

Los jóvenes, a diferencia de generaciones anteriores, estaban inmersos en la politización. Su interés, además de conmocionarse con las nuevas armonías y ritmos, se extendía hasta lo que acaecía en China con la revolución cultural o en Europa Oriental y la URSS con el llamado “socialismo real”. Y, sobre todo, la brutalidad con que Washington sacudía a un país del sudeste asiático, los exacerbó y enfureció, que, aun dentro de los Estados Unidos, las juventudes marcharon con intrepidez para condenar la invasión a Vietnam.

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La indignación universal por el atropello a un país arrocero, pacífico y que ya tenía experiencias de batallas anticolonialistas en su historia, se apoderó de las juventudes. La resistencia vietnamita tenía en jaque al mayor imperio del mundo. Y el líder de ese país, el poeta Ho Chi Minh, se erigirá como otro de los símbolos contestatario de los estudiantes, en particular los universitarios, que van a tener en América Latina una cantora para sus faenas libertarias: la chilena Violeta Parra (se suicidó en 1967) con su “Que vivan los estudiantes, jardín de nuestra alegría, son aves que no se asustan de animal ni policía”.

 

Los bombardeos, la aspersión del agente naranja (guerra química) para deforestar la selva vietnamita, los ataques con napalm y la masacre de civiles en diversos poblados, en particular la de la aldea de My Lai (aunque esta atrocidad se supo después, en 1969, por la investigación periodística de Seymour Hersh), condujeron a jóvenes del mundo a despertar su solidaridad con Vietnam. A principios de 1968, los Viet Cong lanzaron una contraofensiva y en Saigón se apoderaron de la embajada estadounidense e izaron la bandera nacional en el techo. Los muchachos de todas partes celebraron la hazaña.

 

Mientras en Estados Unidos los de los guetos negros sacudían al sistema segregacionista y surgía el Black Power, en la Universidad de Nanterre, en Francia, las manifestaciones estudiantiles, dirigidas por dos Danieles: el Rojo (Cohn-Bendit) y Bensaïd, eran como un vaticinio de lo que vendría como desafío al gobierno de Charles De Gaulle, presidente de la Quinta República. El Movimiento 22 de marzo estalló y fue la chispa que encendió la pradera francesa. Los universitarios pidieron, primero, reformas en distintos aspectos (el de las residencias estudiantiles, por ejemplo) y luego corearon la necesidad de una revolución social.

 

El 22 de marzo, más de un centenar de estudiantes se tomaron la torre central de la Universidad de Nanterre, suscribieron un manifiesto con reivindicaciones políticas y estudiantiles, en una mezcla de tendencias que acogía comunistas, anarquistas, libertarios, “indignados” y otras especies. El 3 de mayo, las autoridades universitarias cerraron Nanterre y el movimiento se extendió entonces a La Sorbona. El 7 de mayo, miles de universitarios desfilaron por el Arco del Triunfo, coreando el himno La Internacional: “arriba los pobres del mundo / de pie los esclavos sin pan…”. Se desadoquinaron las calles parisinas (“bajo los adoquines, la playa”, decía un grafiti) y el 10 de mayo las barricadas se levantaron en el Barrio Latino. Ardía París con la energía revolucionaria de los jóvenes.

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Pero la marejada de protesta no solo se agitaba en Francia. Casi toda Europa, con mayor o menor intensidad, vivió el maremágnum universitario. En Checoslovaquia, a partir de enero del 68, se produjeron cambios en la política y líderes comunistas, que habían sido héroes antifascistas en la Segunda Guerra, proclamaron —a pesar de Moscú— un “socialismo con rostro humano”. Las tropas del Pacto de Varsovia, dirigidas por el Kremlin, aplastaron las flores primaverales de Praga. Este acontecimiento revivió los debates en torno a la URSS y sus desviaciones capitalistas.

 

En Francia, donde crecía la tempestad de los alzamientos estudiantiles, con la nueva categoría social llamada juventud, el espacio se llenaba de consignas, algunas surrealistas, otras absurdas, que convocaban a veces a la felicidad permanente o a la conformación de barricadas (“La barricada cierra la calle, pero abre el camino”), una construcción táctica del enfrentamiento, que ya tenía historia en París, desde principios del siglo XIX, como bien se narra en la novela Los miserables, de Víctor Hugo. El mayo francés congregaba a la muchedumbre juvenil, aquella que advertía que los exámenes había que contestarlos con preguntas.

 

Si bien, en la intelectualidad ya fulguraban, entre otros, Foucault, que antes había proclamado la “muerte del hombre”; y los estructuralistas, como Althusser, y otros (Lukács, Derrida, Glucksmann…), el campeón de la muchachada francesa sería Jean Paul Sartre, que marchó junto con ella, que agitó las manifestaciones, que se tornó una especie de héroe de los jóvenes, con sus simpatías maoístas y su trayectoria de ciudadano contestatario. El filósofo de la libertad, además un extraordinario manejador de lo mediático, se erigiría en símbolo de los alzamientos.

 

El mayo francés, que repercutirá en casi todo el globo, no parecía proponerse la toma del poder político. La huelga general, declarada por los trabajadores (más de 10 millones), en los que los de la Renault cumplieron un rol de enorme importancia, tuvo otras expresiones en los estudiantes, más interesados en aspectos de la cultura que en una revolución anticapitalista. Y si bien entre sus “ídolos” estaban Lenin, Mao, el Che Guevara (asesinado un año antes en Bolivia), Trotski y otros, sus consignas ni siquiera tocaban con los objetivos de una transformación política radical. No contemplaban un cambio en las relaciones de dominación del capitalismo

 

A sensu contrario, había en el estudiantado una suerte de posición sibarita, de hedonismo masivo, adobado con creatividad y espíritu libertario, que les hizo ganar simpatías por doquier. Contagiaban con su energía y vitalidad. Con sus pedidos de lo imposible. Y, como bien lo señaló Ignacio Ramonet, no se proponían, a lo Marx, la transformación del mundo, sino, a lo Rimbaud, “cambiar la vida”.

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Otros de sus faros en las jornadas francesas, en las que participaron más de seiscientos mil estudiantes, eran Herbert Marcuse, con El hombre unidimensional, pero también el desertor de las teorías psicoanalíticas freudianas Wilhelm Reich, un precursor de la revolución sexual y del amor a la libertad individual. Y, como ya se anotó, la estrella del 68 fue Sartre, que habló con los obreros, que repartió octavillas y periódicos y siempre estuvo en primera fila comandando las demostraciones, en las que se puso en vilo la brutalidad policial y represiva del Estado.

 

El mayo francés también reivindicó, y puso en la pared, con una consciencia de estar construyendo memoria, el grafiti, que hizo gritar a los muros con célebres frases que, como suele pasar con las iniciales irreverencias, después se vuelven palabras de camiseta. “Sean realistas: ¡Pidan lo imposible!”. “Prohibido prohibir”, “Desabrochen el cerebro tan a menudo como la bragueta”. Fue una ebullición colectiva, con fondo de acordes roqueros, con confrontaciones entre Bakunin y Marx, entre miembros de la Nueva Ola francesa, como Truffaut y Godard, con reminiscencias de la Comuna de París y resonancias de la consigna del Che: “Crear uno, dos, tres, muchos Vietnam”.

 

Aquellas tormentas, con puestas en escenas de juventud, abarcaron buena parte del mundo. En América Latina hubo réplicas en Argentina, Uruguay, Chile, Bolivia, Perú, pero fue en México donde la mecha se prendió con mayor vigor y entonación política. Los estudiantes se tomaron las universidades con reclamaciones de cese a la opresión y finalización del sistema unipartidista, abiertamente antidemocrático. Las manifestaciones pulularon no solo en la capital sino en otras ciudades mexicanas. El ejército ocupó los claustros, por lo que, como lo satirizan algunos tratadistas, hizo que se convirtiera en el “más educado” del mundo. Ya estaban próximos los Juegos Olímpicos de México y el descontento estudiantil crecía. Las tropas iban atropellando a profesores y alumnos; encarcelando a unos y otros, y ya se veía venir la matanza.

 

La represión contra el estudiantado aumentó, debido a que, según las autoridades, las manifestaciones podrían interrumpir la inauguración de las justas olímpicas. El 18 de septiembre de 1968, día en que además murió el poeta español León Felipe, refugiado en México desde la guerra civil, la Universidad Nacional Autónoma de México fue ocupada por la bota militar. El presidente Díaz Ordaz aupó y convalidó el tratamiento arbitrario para intimidar al estudiantado.

 

El 2 de octubre, una enorme concentración popular se agolpó en la Plaza de las Tres Culturas o de Tlatelolco, a fin de escuchar a los líderes estudiantiles. El ejército, la Dirección Federal de Seguridad y el grupo parapolicial “Brigada Blanca” la emprendió a bala contra la multitud, tras las señales dadas por un helicóptero que lanzó bengalas verdes y rojas. El ataque oficial dejó cientos de muertos entre amas de casa, profesores, trabajadores y estudiantes (aunque las fuentes oficiales solo contabilizaron 28) y miles de detenidos.

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A pocos días de la inauguración de las olimpiadas, con decenas de periodistas extranjeros apostados en la capital, la censura oficial se impuso sobre los reporteros. La corresponsal de guerra Oriana Fallaci, que cubría los acontecimientos, fue herida en Tlatelolco. Calificó aquella matazón como una salvajada y también aprovechó para decirle a la prensa mexicana de entonces lo mediocre que era: “¡Qué malos son sus periódicos!, ¡qué timoratos!, ¡qué poca capacidad de indignación!”, afirmó.

 

Con la masacre de Tlatelolco, 1968 selló su colosal testimonio de levantamientos estudiantiles, de protestas masivas contra la guerra de Vietnam, de pensamientos filosóficos diversos, con cuestionamientos tanto al capitalismo como a la política revisionista de los soviéticos. El mundo supo de un novísimo protagonista en las calles, en la historia: los jóvenes. Fue un tiempo de reivindicaciones sociales, de cuestionamientos, de acción política. Un tiempo para darlo todo en un instante, en ese efímero avatar que es la juventud. Sin eternidad.

 

En el 68, como lo canta Joaquín Sabina, “Jean Paul Sartre y Dylan cantaban a dúo / Jugaban al corro Lenin y Rambo / Los relojes marcaban 40 de fiebre / Se hablaba de sexo en la empresa Renault…”. Y, a propósito de Sartre, el autor de La náusea se erigió como el más destacado intelectual en el mayo francés, capaz de defender el movimiento estudiantil, pero, a la vez, impulsar con sus planteamientos a que fuese la juventud obrera la que se tomara y manejara las fábricas.

 

A cincuenta años de aquella aventura estudiantil de la imaginación, los discursos y la acción; de haber abastecido a las utopías con nuevos combustibles, el mundo de hoy es otro, dominado por los mercados, el nuevo narcisismo, las transnacionales y el individualismo sin metas colectivas. Pero aquel tiempo demostró la importancia de la historia en la vida del hombre. Y puso en evidencia una categoría sociopolítica como actor clave en las luchas por la libertad y el pensamiento: la juventud. Que hoy, con nuevas perspectivas y sueños, puede seguir siendo la “primavera de los pueblos”.

 

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Manifestación en París. La encabeza el líder estudiantil Daniel Cohn-Bendit.

 

 

 

 

 

 

Las fieras o los que perdieron la esperanza

(Un cuento de Roberto Arlt sobre el lumpen, la prostitución y el aburrimiento)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Un bar de Buenos Aires, el Ambos Mundos, que tiene una vidriera como separación sutil entre el afuera y el universo interior de la concurrencia, es el escenario de un relato en el que la degradación y estragamiento del lumpen los pone en la condición de fieras. Son seres del inframundo, la escoria de una sociedad que, con sus relaciones sociales, sus inequidades y distanciamientos, torna bazofia a unos, mientras a otros, los privilegiados, los pone en la cima del poder.

 

En Las fieras, un cuento de Roberto Arlt, que forma parte del libro El jorobadito y otros cuentos, es posible observar, además de hombres que van cuesta abajo en su rodada, unos comportamientos en los que ya es pura la animalidad; desaparecidos el alma, el espíritu, la sensibilidad, los que siempre están cayendo bordean las fosas del infierno. Sí, puede ser, en parte, un paisaje dantesco el que presenta el escritor argentino, experto en novelar la iniquidad y aquello que, por diversas normatividades, se conoce como la maldad. Y el malditismo.

 

Es un submundo, atravesado por el aburrimiento, la desazón, la indiferencia ante una vida que no tiene horizontes y solo muestra un paisaje de miserias y descaecimientos anímicos, el que se retrata en un relato en primera persona, un “falso” monólogo, narrado por un hombre que ha tocado el fondo y, además, sobrevive de un oficio degradante, como el del cafishio, el que está a cargo de una mujer a la que prostituye y le extrae plusvalías.

 

Las fieras es, desde la literatura, el reflejo de una Buenos Aires de principios de los treinta, que, con el pasar de los almanaques, se denominará por historiadores y sociólogos como la de la gran miseria (la mishiadura), la década infame, la que engendra, aparte de pobrezas en enormes sectores de la población, el crecimiento del lumpen y del mercado de la carne femenina (no el de la de res, tan comerciada en la economía argentina).

 

El narrador-protagonista inicia su parlamento dirigiéndose a alguien al que le cuenta, sin contarle en rigor a nadie en particular, el modo en que se fue hundiendo en la perdición, con asesinos, ladrones y mujeres “que tienen la piel del rostro más áspera que cal agrietada”. Y el lector, entonces, se irá enterando de un proceso de descomposición del relator sin nombre, de su descenso sin remedio al submundo de la delincuencia y la “trata de blancas”.

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Hay en el narrador una especie de autocompasión, pero, a la vez, de aburrimiento ante la realidad, dura, violenta, sin casi ningún paisaje agradable. Y muy cerca del principio del relato, la aparición de Tacuara, una mujer de casas de lenocinio, va encadenando acontecimientos y la manera como el que habla recaló en prostíbulos provinciales y supo de “mujeres de labios perforados de chancros sifilíticos”. Y la voz narrativa va desgranando periplos de rebusque por distintos pueblos y ciudades, en los que a veces fue timbero y, en otras, despachador de parilladas, y tras su recorrido poco gratificante, tornó a la capital y aterrizó en un rincón del bar, donde compartirá su suerte de bajo fondo con otros sujetos, algunos de alta peligrosidad.

 

En el afuera, entonces, está la ciudad que se va desenvolviendo con sus dinámicas sociales y económicas, son sus vitrinas y transeúntes, con sus marcas de progreso y avenidas. La ciudad indiferente ante las pobrezas que va produciendo el sistema. En el bar, desde el cual se pueden ver las cosas que suceden en las cercanías exteriores, están los olvidados. O, en otra referencia, las excrecencias de un orden inequitativo y desolador. Y en una actitud de desgracia infinita (o quizá de resignación), los que allí yacen ven pasar el mundo.

 

El narrador los va presentando. Todos, con sus actitudes lumpescas, están abatidos por la aburrición, la monotonía, la mudez voluntaria, la marginalidad. Todos son seres aniquilados, asediados por las carencias, por los golpes de gracia (o desgracia) de la vida. Han matado, robado, golpeado mujeres, violado. Han perdido toda vergüenza y toda esperanza. El protagonista, que como tantos del lumpen cambian de nombre, tuvo una vida menos agitada en otros tiempos, pero, en la historia que transcurre ya está untado de degradación hasta los tuétanos.

 

El tipo de la voz cantante sabe que no saldrá de ahí, de ese estercolero, y, en cambio, le dice a su “protegida” que, a diferencia de él, ella algún día se casará con un empleado bancario o un subteniente de la reserva, al tiempo que, para él, un tipo con prontuario judicial, solo habrá una desfondada a punta de bala.

 

Y en el desfile de feroces sujetos del bajo fondo, estará encabezándolo el negro Cipriano, “rechoncho como un ídolo de chocolate”, cocinero de otros días en un burdel. Y en el relato, entre otras facultades, hay un modo de comparar a los delictuosos muchachos asiduos del bar con animales, algunos de ellos muy peligrosos. Así que, en un momento, el negro Cipriano puede ser como un “yacaré que sueña con la manigua”, y es de aquellos que cuentan sin apenarse sus actos de barbarie. Más bien, los luce, los presenta como si fueran condecoraciones. Para el negro, el haber violado niños es como una pilatuna sin responsabilidades penales. Es una especie de “monstruo jovial”, un auténtico atarbán que sonríe con “dulzura de hipopótamo”. También el narrador lo presenta como “un cocodrilo adormilado”.

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Otra de las fieras es Angelito el Potrillo, “ratero y tuberculoso”, al que, como a muchos de su estirpe, perdieron las malas compañías (las malas juntas). Los “pesquisas”, que pasan por enfrente del bar, saben que este individuo, que tira mañas en compañía de otro hampón apodado el Japonés, no puede robar mientras esté enfermo. En esas atmósferas pesadas, enrarecidas, los hombres de esta condición de bajezas y desafueros, parecen fieras enjauladas.

 

Así se rejuntan los derrotados en aquella sucursal de penitenciaría imaginaria, los que ya no tienen escapatoria ante un destino que les ha sido funesto y sin corrección. Uña de Oro, el pibe Repollo y el Relojero, que completan la nómina de descastados, son eslabones de una cadena de desventuras, de unos que ni siquiera quieren hablar entre ellos ni con nadie de sus planes o de sus frustraciones. Se entristecen porque llegan al punto de no “saber a quién matar”.

 

Y, de paso, en aquel reverbero que les quema las entrañas, saben que su suerte está echada, que por mucho que barajen, sus cartas serán las mismas: caer y decaer. Como los que arribaron al infierno, han perdido toda esperanza de redención. Lo único seguro es la muerte, la que, saben o intuyen, les llegará de manera violenta. Allí, en el bar, pasan las horas con naipes, dominós, cigarrillos, el humo que se esparce y desaparece, así como ellos se extinguirán de un momento a otro.

 

A Ambos Mundos en ocasiones arribarán otros ladrones, estafadores, recién salidos de cárceles, rebuscadores, y el encuentro es como un antídoto contra esa especie de desgano de vivir. Hablarán de lo de siempre: sus hazañas delictivas. Las fieras tiene, en ocasiones, un ritmo de milonga, pero, más que todo, es tango. Un tango feroz, no aquel sentimental o nostálgico, sino el de los que se quedaron sin fe y sin horizontes.

 

Y la música (la pone “la muchacha de la victrola”), en medio de luces de colores, los arruma en otros espacios. “Un tango antiguo nos recuerda un momento carcelario, otros la noche del hallazgo de una mujer, otros un instante terrible de cuando andábamos en la mala”, dice el narrador. “El tango nos empenacha el alma del recuerdo de primitivas alegrías”, agrega, con la mirada que atraviesa la vidriera para examinar un afuera en la que discurre una vida diferente a la de estos seres que, agazapados, siguen esperando un momento para el zarpazo o para un definitivo adiós.

 

La estructura de este relato arltiano rebasa los lugares comunes y busca otras formas expresivas. Puede parecer, si se desea, un apunte para una novela, en la que se podrán desarrollar los caracteres y las circunstancias de estos personajes oscuros que lo único que pueden comunicar son sus prontuarios y arbitrariedades. Las atrocidades cometidas. Para ellos el mundo de afuera es la posibilidad de la agresión, el ejercicio y desatamiento de sus ganas de matar, violar, golpear, robar y producir miedo.

 

Las fieras, es decir, esta aglutinación como jauría insolidaria, acechan ahí, al otro lado de un mundo que, por lo demás, los desprecia y discrimina. Son seres que han perdido humanidad y, cada vez, mientras más practiquen su carnicería y brutalidad, se alejarán más de la racionalidad. En el bar están replegados. A la espera de salir de allí para continuar con su modus vivendi de dar pata o de que los pateen. Ah, y toda la furia, o casi toda, la verterán contra la mujer. Hay una violencia desaforada contra las féminas y, quizá, solo Tacuara, la prostituta víctima del narrador, es la que menos agresiones recibe.

 

Las fieras, en medio de todo el espanto, es un relato en el que la melancolía se va desenroscando como una serpiente y se expande por un ambiente pesado, de humo y rabia, en el que unos hombres deshumanizados saben que no habrá otra vida.

 

En la dedicatoria del libro El jorobadito y otros cuentos (1933), hecha a su esposa Carmen Antinucci, Roberto Arlt dice: “Los seres humanos son más parecidos a monstruos chapoteando en las tinieblas que a los luminosos ángeles de las historias antiguas”. En Las fieras no hay ningún angelito.

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La flor tristeza y otras flores

(Crónica con plantas ornamentales y un libro de Mercè Rodoreda)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Hace tiempos, tal vez antes de los 90, sobre un antejardín de una casa situada en la esquina de la carrera Francia (la 28) con la 51 (que más abajo se llama la Canguereja, citada incluso por Carrasquilla en alguna crónica y, todavía más hacia el centro era Ricaurte cuya prolongación es La Playa o viceversa), comenzó a crecer, sin saberse quién la sembró, una planta de francesino. Estaba junto a un guanábano y a una palma de corozo.

 

Aquella esquina, con un caserón pintado de verde, de tres plantas, estaba muy cerca al Puente de los Pérez, sobre la quebrada Santa Elena y a un pequeño sector de casas, donde mucho tiempo antes había habitado la barra o banda o combo de Los Chicos Malos. Que llegó a tener leyendas urbanas y que, poco o casi nada, sobrevivió de ellos en la memoria de la vecindad. Los borró el pasado. La historia también tiene sus basureros ad hoc. Por lo demás, ese sector desapareció con la construcción de la estación Miraflores, del tranvía de Medellín.

 

Y volviendo al arbusto, que con los meses ya tenía buena presencia, llamaba la atención de varias señoras que, sin falta, por las mañanas, se detenían a observarlo, murmuraban y se referían a su contextura con apariencia de afecto. Seguro (no las podía escuchar por la ventana) les atraía que, por fin, por aquellos parajes, en los que no había ningún árbol grande, aunque sí antejardines con yerba y una que otra palmita sin carácter, se regaría muy pronto el perfume seductor del francesino.

 

Y, sí. La floración comenzó un día, con unas bellas flores de cinco pétalos, moradas. “Ah, pronto cambiarán al azul”, se le oyó decir a una de las damas. Tal vez ese día mi escucha estaba más finita. El cuento es que, en efecto, la coloración fue mutando hasta llegar a pasar del azul claro al blanco. Por las tardes, y cuando el sol formaba arreboles, se esparcía un perfume penetrador. Los viandantes suspiraban. Las señoras de marras mostraban la dicha por el agradable olor.

 

Supe por esos días, y todo porque otra señora que vivía sobre la carrera 50 (Colombia) lo mencionó una vez, que esa mata tan bonita, de hojas verdeoscuras, también se llama jazmín del Paraguay. Después de varios meses, tal vez años, el francesino, con una altura de unos dos metros, se empezó a secar. “Lo apestaron”, se escuchó. “No faltan los envidiosos”, se dijo. No le valió ningún remedio. El perfume embriagador se esfumó. Y después, pasó al olvido.

 

Hace poco, en un recorrido por Prado y Sevilla, dos barrios vecinos, de buena floresta y ambiente fresco, el perfume de los francesinos atardecía en varios antejardines. Aromas morados y blancos, porque, como se sabe, las fragancias también tienen color, según el de las flores que las producen, se extendían al vuelo por la calle y la acera. Y aunque en el primero de los barrios mencionados —el de los guayacanes y los casco’evacas, el de mangos y laurel de la India— hay también el seductor galán de la noche o jazmín de noche, el francesino, tal vez sin el abolengo de aquellos, aporta sus efluvios en los crepúsculos.

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Y en la caminada, en la que recordé a las señoras de hace años en un sector entre Miraflores y La Toma, vino a la memoria la vieja lectura de un libro de la escritora catalana Mercè Rodoreda: Viajes y flores. En él se narran, además de los viajes a pueblos inesperados, las peripecias y características de unas flores increíbles, como la Flor mala y la Flor celosa. El perfumar de las francesinas me despertó las ganas de volver al texto de la autora de la novela La plaza del diamante.

 

Tras el paseo urbano, busqué el libro, que parecía haberse escondido entre otros. Y, ¡eureka!, lo hallé emboscado entre revistas, documentos diversos y papeles apolillados. Y por si se quieren enamorar de esa obra, trascribiré la Flor golosa: “Te come vivo. Te atrapa, te dobla, se te mete dentro y escupe los botones. Te asimila muy lentamente porque tiene la digestión difícil. Mejor así”.

 

En su jardín, doña Mercè incluye la Flor fósil, “muerta de miedo”, y la Flor fantasma, llena de finuras y que solo se puede ver la última noche del año, cuando suenan las doce campanadas; y la Flor caballero, “que no es una flor: es un flor”. Y así una variedad insólita de flores, como la Flor enferma, que “esconde la boquita”, y la Flor loca, “muy pegajosa y peligrosa”.

 

Flanear la ciudad, por puro vagabundeo y ganas de sorpresas, tiene su sazón. A veces, despierta recuerdos y abre las compuertas de la memoria, por una hoja que cae, un pájaro en el follaje, una reja oxidada, un farol de viejo tango o el perfume de unas flores moradas y blancas, que tuvieron un intermedio azuloso. Y así, por asociación, vuelven las voces de señoras de esquina que se enamoraban de una planta ornamental y, lo mejor, los ecos de flores extrañas en los que uno se puede topar otra vez con pétalos tristes o con la Flor felicidad, que, como las sirenas de Ulises, enloquece a quien escucha su canto.

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Francesino o jazmín del Paraguay

La venganza

1.

El pájaro tomó la escopeta, apuntó a su blanco y entonó un bello canto a la vida. No disparó.

2.

Vio la escopeta en el piso. Se acercó con cautela y entonces el pájaro amarillo depositó con gana largamente reprimida su mierda sobre el gatillo.

 

R.S.

 

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Misterio de una gota de agua

(Una crónica con vals, Cortázar y entejados después de la lluvia)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

En un cuento de Dino Buzzati, una gota de agua sube por los peldaños de una escalera, en noches de desazón. Vence la ley de la gravedad, a diferencia de otras gotas, de todas las gotas que caen perpendiculares o ruedan por vidrieras y paredes. Es Una gota una especie de relato de horror, muy bien dosificado. A mí, desde hace años, me persiguen las gotas de agua: las que caen de aleros sin haber lluvia; las que escapan de los desagües de los entejados; las que brotan de un matero de balcón…

 

Una vieja memoria me pone en las aceras del barrio Manchester rumbo a la escuela. Sin lluvia. Más bien, con un sol matinal que acaricia las calles. Y ¡zas!, la gotita sobre mi recién peinado cabello con fijador. O, en otras ocasiones, sobre la nariz. Y, también pasó (gota impertinente), en un ojo. Todavía no usaba gafas, pero, de un modo inexplicable, me ha sucedido tantas veces, que no falta, en un día veraniego, la gota atrevida que hoy empañe una de mis lentes.

 

Si las del escritor italiano suben, las que a mí me asedian, bajan. Como si se tratara de una conjura, alguna suerte de embrujamiento, una chanza de la naturaleza. Después de haber llovido, al mucho rato de haber escampado, si salgo a caminar, no falta la gota sobre mi antebrazo, en el cuello, en la manga de la camisa. Y, claro, la que se burla de mi miopía cuando salta a los anteojos, como si fuera una súbita catarata.

 

A veces imagino que se trata de la repetición de una tortura china, de la que, quizá, en otras existencias, como dicen los “reencarnadores”, fui una víctima. Se sabe de este método infernal, lento, preciso para enloquecer, que los antiguos chinos utilizaban para cobrar una venganza o infligir un castigo a sus enemigos. Una gota que cae, sin afanes, sobre la frente, puede causar una conmoción interior. Y, si se quiere, hasta perforar el cráneo. Si es capaz de horadar piedras, por qué no una cabeza humana.

 

Esa manera del martirio, una gota por ejemplo cada cinco segundos sobre la frente, debe ser uno de los más desoladores modos del sadismo inventados por el hombre. Un tipo amarrado, sin poder esquivar esa pequeñez que se le viene encima y que cada vez puede verse como un ariete, o un punzón, o quizá como un arpón, puede enloquecer al poco tiempo de estar padeciendo esa repetición. Y cuando la sed lo ataque, ya el sufrimiento será de espanto.

 

Digo, entonces, que esa persecución de las gotas de agua pueden ser la reanudación de una antigua condena de la que, tal vez, pude escapar indemne quién sabe por qué avatares, o porque, es probable, que estuviera escrito en el libro del destino que así fuera, para que algún día pudiera escribir sobre lo que puede parecer una insignificancia: una gota de agua.

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Una gota de agua tiene, quién lo duda, un encanto especial. Si está en una rosa o en otra flor, a punto de lanzarse al vacío, es una presencia inquietante y plena de belleza. O la que rueda por el ventanal, “mientras pega la llovizna en el cristal”, como suena en un tango. O aquella que se cuelga de un alambre de energía y después se precipita al vacío, como un trapecista suicida. Sí, tienen su gracia. Pero la que cae intempestiva sobre mí cuando trasiego por la acera, es una expresión del malestar.

 

Cortázar tiene un breve poema en prosa, Aplastamiento de las gotas, (está en Historias de Cronopios y de Famas) en el que hay gotas que se aferran a una superficie para no caer, se agarran con las uñas y las ganas para no precipitarse contra el mármol. Puede ser que las que me persiguen, están así, como si estuvieran en un esfuerzo último por no estrellarse contra el piso y, apenas me ven pasar, se descuelgan. Porque, si bien se desintegran con el golpe, les queda la satisfacción de que causaron una inolvidable molestia en un ojo o en la coronilla.

 

Hay un vals de exquisito preciosismo, con letra de Homero Manzi y música de Félix Lipesker, llamado Gota de lluvia, que en un verso canta: “En la gota de lluvia que recogió una flor”. Es otra la circunstancia. Las que a mí me atacan con su sutileza molesta y burlona, son otro cuento. Tienen mala intención. Parecen haberse puesto de acuerdo para un ataque, pero no colectivo sino de a una. Y, sobre todo, con el ingrediente de lo inesperado.

 

Se dirá que una gota que asciende una escalera es una especie de absurdo aterrador, y que nada comparable con un goteo de un lavamanos en las noches o de una canilla de poceta. O con la gotera que la lluvia abrió en el entejado y que cae sobre una palangana de emergencia o en un balde en la oscuridad nocturna.

 

La gota que me ataca puede ser gorda, o flaca, o tal vez alargada, quizá esférica, quién sabe. Pero se avienta con saña y, seguro, luciendo una sonrisita burlona.

 

¡Ah!, en el cuento de Buzzati, la gota solo sube por las noches, circunstancia que aviva los temores y desata la especulación aprensiva. Desaparece en el día. Las que a mí me asedian con sevicia y a mansalva no tienen reloj. Pueden, sin horario ni calendario, desprenderse de un árbol, de un transformador de energía y, por qué no, de alguna estrella fugaz.

 

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