El adulador

Por Reinaldo Spitaletta

 

Es posible que lo que él considera una virtud, o quizá una manera de sobrevivir en medio de la hostilidad social (frase suya), le venga de sus tiempos de escuela, cuando, por sus malos comportamientos académicos, apelaba a amaneramientos zalameros para decir a sus profesores que eran los mejores, que él estaba fascinado con sus clases, porque, aunque no pareciera, aprendía de números y letras, y, en los meses de celebraciones patronales o santas, como el de mayo “mes sin igual”, llevaba flores y floreros para ponerlos a la virgen “sin par”, menos por devoción que por lucimiento personal.

 

Era el primero en salir a cantar salves y entonar, por ejemplo, “es María la blanca paloma…”. Se llevaba las manos al pecho y ponía cara de arrepentimientos y contriciones. Cuando terminaba sus intervenciones, muy teatrales según se oyó decir, iba donde el maestro o maestra, todo según y según, y hacía una reverencia, muy sonriente él. En el acto público se ofrecía para hacer recitaciones y pronunciar discursos de alabanza al director del establecimiento y al plantel, que les daba a todos la posibilidad de salir de la ignorancia y ser personas edificantes. Le daba una entonación especial a sus palabras, que a veces daba la impresión de estar escuchando una acción de gracias.

 

Más tarde, cuando ya era un trabajador raso de una compañía de tejidos de algodón, se desvivía por decirles a los supervisores que estaban muy bien presentados, qué traje tan elegante traen puesto, les queda de rechupete el saco claro con el pantalón oscuro, como si fuera un experto en vestuarios y modas. A las secretarias de gerencia les hablaba maravillas del patrón y de la empresa, que tantos favores les hacía a los trabajadores, que algunos eran más bien desagradecidos, eso decía con apariencia de compungimiento, y cuando veía al gerente o a un alto ejecutivo, se le agotaban las venias y sonrisas postizas.

 

Ahora, cuando está a punto de jubilarse, el adulador, que así lo denominaron entre el personal más básico, cree que si nunca logró ascensos y propinas, tampoco bonificaciones extras, que por lo demás la empresa las suprimió hace tiempos, dice en algunos corrillos que su placer más elevado ha sido el de servir a sus empleadores (que la palabra patrón desapareció de su vocabulario; es más, nunca estuvo presente), gente muy generosa, porque se atrevieron a darle puesto a tantos ingratos y protestones, como si fuera obligación de ellos abrir plazas para que unos perezosos y vagos se lucraran de la riqueza de los dueños, caramba, si hay tipos conchudos, se le ha oído decir.

 

Le han salido arrugas en la frente, pata de gallina junto de los ojos y se le notan alrededor de la boca unos surcos, dicen que como producto de tanto simular simpatías cada que veía a uno de los mandamases. Una de sus tácticas durante años ha sido la de averiguar entre el personal de manejo cuáles son los gustos de los jefes, qué políticos prefieren, cuáles cantantes los seducen, para empezar a hablar bien de ellos cuando los implicados estuvieran cerca. Su repertorio de adjetivos llegaba a chocar en los oídos de los que confiaban más en sus capacidades y eficiencias, sin tener que acudir a dar muestras de servilismo y zalamerías, que más bien algunos se tapaban las orejas y hacían muecas de fastidio.

 

En la casa, sin embargo, y esto se supo porque sus hijos lo contaron en colegios y esquinas, era otro su comportamiento, con gritos y palabras soeces, sobre todo para su mujer que ya estaba fatigada de tanto escuchar en el vecindario que su marido era un sobasacos, chupamedias, lameculos, al que no le venía bien estar dedicando su vida a los halagos patronales, que de un momento a otro podrían hasta despedirlo por tantas genuflexiones.

 

Se dice que sus “empleadores” más bien le tomaron lástima y hacían oídos sordos a tanta besuqueadera verbal. De vez en cuando, lo ponían a hacer otras cosas que no eran propias de su puesto, como ir a limpiar escritorios y desempolvar los libros de cuentas y de economía de la gerencia. Se dice, sobre todo que las malas lenguas no faltan en las empresas, que falta poco para que el adulador se transmute en polvo y se torne en invisible materia volátil. Nadie lo va a extrañar.

 

 

El lambón*

Por Reinaldo Spitaletta

 

En su repertorio de sonrisas alberga la de paje nuevo para esbozarla invariablemente ante su patrón, al cual, además, le soba las solapas al tiempo que lo asedian unas irremediables ganas de embetunarle sus zapatos, ordenarle el escritorio, limpiarle los espejuelos y decirle que hoy tiene un traje precioso, que dónde lo compró, porque él quisiera tener algún día uno así, aaah (suspiro).

 

Se aprende (las extrae de libracos de citas célebres) palabras de adulación y lisonja para recitárselas, en reuniones especiales, al gerente de la empresa, porque, cree él, de tan honrosa manera puede conseguir un aumento de sueldo, por encima del de todos esos empleaduchos huraños, que solo cumplen con su deber sin apelar a zalemas, por bobos. O por tímidos. Piensa él.

 

Vive pendiente de todos los movimientos de su “trompa” (así, al vesre) para caerle en el momento propicio, abordarlo con saludos de voz engolada y, de paso, ponerle alguna queja referente a un compañero de trabajo, del cual, dice con dramatismo, es un peligro para la compañía porque se dedica a leer en horas de almuerzo o porque piensa más de la cuenta, según las  actitudes que él le ha visto, y así, con un parloteo de loro amaestrado, se va arrimando, derritiéndose en elogios a su jefe, moviendo las manos como niño recitador de escuela.

 

Cuando se avecinan las fiestas de fin de año, envía al “trompa” y su secretaria sendos presentes, porque supone él que tal acto, en sí mismo hermoso cuando está despojado de connotaciones utilitaristas, le reportará ganancias, como ser, por ejemplo, recibir alguna bonificación extra, tener  acceso a informaciones confidenciales, ganar cierta influencia y simpatía, en fin.

 

Estos especímenes, que sin falta ni falla conocen las fechas de cumpleaños de sus superiores, a quienes les cantan, desafinados, el “happy birthday” (con deplorable pronunciación), abundan cual mal herbaje. Son expertos en decoración (“ay, patrón, cómo tiene de bonita su oficina”), en culinaria (“ay, yo sé hacer unas tortas, que usted, patroncito, se chuparía los dedos”), en finanzas (“me parece que le están pagando más de la cuenta a don Pacho”). Saben de todo (aunque, en rigor, de nada) a fin de parecer eficientes.

 

Si al jefe le gusta determinado candidato a una corporación pública, a ellos, claro ni más faltaba, toda la vida les encantó ese, porque, por supuesto, salvará las instituciones y hará, cómo dudarlo, que nuestra empresa, así como suena, “nuestra empresa”, se desarrolle más y más, ah, mmm, muah. Si al jefe le entusiasma tal cantante, más se demora en decirlo que aquellos en tararear una canción del artista, van a las revistas de farándula a averiguar datitos sobre el figurón para poderlos declamar después, en ocasión especial, y entonces, ante el prodigio, su jefe opinará huy qué buen gusto tienen, ¡caramba!,  con gente así la empresa llegará lejos.

 

El curioso ejemplar se distingue, a distancia, por su caminar de camello, su vocación a prosternarse ante todos los altares, su pose de gentecita trascendental. Se cree, ¡cómo no!, dueño de la compañía y con derecho a estar siempre -cada vez que ocurra- muy cerca de ese hombre que él llama el benefactor, el que le otorga la “yuquita diaria”, su ángel de la guarda. Su salvador. Tiene ínfulas de mandón, y con su exceso de zalamería intenta ocultar su manifiesta ineptitud.

 

Por alguna razón no identificada por psicólogos, el lambón tiende a taconear con fuerza a fin de ser notado. Cree, por lo demás, que si se viste parecido al gerente ganará puntos, y está convencido de ser el más eficiente trabajador. Es diplomado en intrigas, chismes, correveidiles, rumores y toda suerte de especies exóticas. Si se entera de alguna comidilla indigesta, por ejemplo del descontento de algún empleado por el bajo salario, lo comunica a su “trompa” con exceso de detalles y agregándole otros ingredientes, bsssbsss (baja la voz, enfatiza, hace morisquetas). Cree ser un tipo imprescindible, leal, hidalgo, caballeroso, ¡ejem! En realidad, es todo lo contrario. Y algo más.

 

El lambón (obsérvelo y verá) tiene cara de sapo, mirada de siervo (otros dicen que de perro faldero), orejas de burro, rodillas de penitente, voz de rezandero, lengua viperina (también de zapato viejo: arrugada y sin brillo. Es posible, asimismo, que su lengua sea como la de can de solterona), boca de mojarra y espíritu de esclavo. Es, como se nota, un monstruo despreciable que al mirarse al espejo se ve como un adonis, por lo cual se puede decir que, en esencia, es cegatón, además de bobote.

 

¡Ah! Se me olvidaba decir que él cree que jamás lo despedirán de la empresa. Pero cuando el “trompa” se cansa de tanta bufonada, lo arroja de patitas a la calle y contrata a otro lambón.

 

P.D. Aunque la lambonería no es un oficio, en Colombia algunos la asumen como tal. Qué vaina. Vale.

 

*En Colombia, se denomina lambón al adulador lameculos. Esta nota hace parte del libro Oficios y Oficiantes, publicado en 2013 por la Editorial UPB.