Romero para el recuerdo

Por Reinaldo Spitaletta

En casa, cuando mamá llegaba de visitar a su padre, en una vereda de Rionegro, Antioquia, el olor a plantas medicinales y aromáticas comenzaba a regarse por todas partes. Desenvolvía cidrón, yerbabuena, albahaca, limoncillo, manzanilla, ruda, malva, rosa amarilla y romero, al tiempo que papá, con cara entre disgustada y humorística, decía que solo iba por allá (él casi nunca visitaba a su suegro) a traer yerbas y nada de comida, qué vaina. Pero sí había algunas frutas como chirimoyas y guayabas rojas, y a veces uchuvas, de color amarillo encendido.

El ritual del desempaque era atractivo, porque, ella, que sonreía con los ojos, nos miraba con cara de saludo cuando iba poniendo sobre la mesa de comedor y el poyo de la cocina una exhibición botánica que perfumaba todo el ámbito familiar. Con esas yerbas, preparaba bebidas y algunas de ellas también las usaba para alguna receta gastronómica. Y digo esta palabra, pero casi como un anacronismo, porque no recuerdo si entonces era pronunciada por alguien en casa. Casi todo al respecto, se llamaba culinaria.

Al atardecer, mamá hacía aromáticas de limoncillo y manzanilla, y por las mañanas, yerbabuena y no sé qué otras. Pero la ruda jamás se utilizó para brebajes o pócimas caseras, sino para sembrar en materas y tenerlas, según mamá, como una manera de alejar malos espíritus, evitar el mal de ojo, controlar fuerzas diabólicas e impedir que a casa entraran las envidias y los deseos perversos de algún vecino. Eran sus palabras.

El romero lo empleaba no en la mesa, sino en los pies. Digo que hacía infusiones que, por lo demás, perfumaban toda la casa, para luego echarles sal marina y vaciarlos en una ponchera de peltre. Metía sus pies allí y su rostro parecía gozar con la sensación caliente y humosa del recipiente. Las ramas, con múltiples hojas, de la mata parecía que le hicieran cosquilla, porque ella gozaba mientras cumplía con la faena, que era una o dos veces a la semana. “Qué descanso”, decía.

Creo que con el tiempo a mis hermanos y a mí, lo mismo que a papá, comenzaron a cansarnos los olores perfumados de las matas, los hervores de limoncillo y de yerbabuena, la ruda en macetas, que a veces ella colgaba también, amarradas con una cinta amarilla, en los respaldos de las puertas como señal de buena suerte, según decía. O quizá no era que nos chocara el cargamento que traía de Abreíto (que era el nombre de la vereda) hasta Bello, que era donde vivíamos, sino la repetición. Siempre lo mismo. Una rutina de olores, sabores y aburrimientos aromatizados.

Mamá, que siempre fue una interesada en los secretos de las plantas, como que leía libros de editoriales argentinas, tales como Botánica Oculta, Los secretos de las plantas y otros de cuyos títulos no me acuerdo, nos decía que había que cargar gajitos de ruda en el bolsillo para evitar ladrones y tener la posibilidad de contrarrestar las malas intenciones de la gente en la calle. A veces le hacíamos caso, solo por mantenerla contenta. Mucho tiempo después de ella haber muerto, una mata de ruda me salvó de un embrujo letal, pero esta es una historia para otra narración.

El caso es que hoy me he acordado de mamá y de sus plantas (que algunas también las sembraba en materos de barro y en latas de galletas de soda), porque he leído un pequeño artículo que habla sobre el romero (una planta que Celia Cruz no incluyó en su Yerberito moderno) y su capacidad para mejorar la memoria. El asunto ya lo sabía Shakespeare, experto en hojas, flores y tallos, porque, en el Acto Cuarto de Hamlet, hace decir a Ofelia, tras la muerte de su padre, Polonio: “Aquí hay romero, es para el recuerdo. Por favor, amor, recuerda; y aquí hay violetas, para los pensamientos”.

El penetrante olor del romero es evocador. Hay en él un poder de reminiscencia. Aparte de sus valores cosméticos y gastronómicos, tiene la facultad de mantener joven al cerebro. Según investigadores, el aceite esencial de romero puede servirles a individuos con capacidad cognitiva afectada para recuperar sus atributos. Y ahora que lo dicen, recuerdo que mamá, cada que estaba con sus pies metidos en la ponchera de agua caliente con romero y sal, comenzaba a recordar a sus antepasados, a su abuela Estanislada y no sé a quiénes más, a los tiempos viejos, a sus juguetes de infancia, a los libritos de Ediciones Saturnino Calleja y se le alborotaban las ganas de contar viejas historias y hacer genealogías familiares.

Dicen que los olores de infancia son difíciles de borrar. Y entre los míos durante mucho tiempo estuvo el del romero, que según los latinos significa “rocío marino”, y según los griegos “el arbusto aromático”. Ahora, mientras evoco las plantitas que mamá traía de la finca de mi abuelo y que papá miraba con desgano y cierto dejo de burla, llega hasta este lugar de la tarde una exultante vaharada de romero. En efecto, Ofelia (y su papá Shakespeare) tenía razón: el romero sirve para recordar.

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