Albert Camus, el rebelde absurdo

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Por Reinaldo Spitaletta

Hubo dos escritores que en el siglo XX disputaron, sin proponérselo, la popularidad a Jesucristo y a los Beatles: Franz Kafka y Albert Camus. Hay impresionantes comienzos en la literatura, que van desde los de la Ilíada, la Odisea, la Divina Comedia, hasta el del Quijote. Son inolvidables. Y de ese modo pudiéramos advertir muchos otros, como el de Cien años de soledad, de García Márquez, o el de La Vorágine, de José Eustasio Rivera. Son principios que dejan al lector desarmado y con las inevitables ganas de continuar leyendo.

 

En ese ámbito, Kafka clasifica con el inicio perturbador de La Metarmofosis, pero, creo, el encabezamiento de El extranjero (o El extraño) del escritor argelino-francés, es uno de los más llamativos: “Hoy mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé”. Esas palabras de Meursault, el protagonista, ya lo definen y anticipa lo que será el personaje, sus características, un tipo quizá absurdo que parece indiferente ante todo, incluso frente a las situaciones más intensas de la vida como pueden ser la de la muerte de la madre o asesinar a un hombre.

 

El extranjero, que es como una reminiscencia de El Proceso, de Kafka, tiene similitudes con la obra del llamado “solitario de Praga”, y Meursault y Joseph K. son dos seres que no se defienden y aceptan su situación como parte de un destino ineludible. Muy leídos o no, los dos autores hacen parte de la tragedia del siglo XX, que constituyó el derrumbamiento de la razón y la desaparición del individuo, no solo en guerras y campos de concentración, sino por la aparición de la masa, como parte de las tácticas de consumo y alienación del capitalismo.

 

La pasada centuria ha sido la más sangrienta de todas, pero a su vez, la que ha producido más testimonios de la soledad y las crisis existenciales en la literatura. Y uno de sus testigos fue Albert Camus, del que en 2013 se conmemoraron los cien años de su natalicio. Camus, escritor, dramaturgo y periodista, (el mismo que en una hipérbole expresó que el periodismo era el oficio más bello del mundo), al que algunos lo cuestionaban diciéndole que era “un filósofo para bachilleres”, dio cuenta de diversas situaciones del hombre. Y una de sus primeras manifestaciones éticas y literarias contra el proceso de desmoronamiento de la condición humana, fue su hondo cuestionamiento (no solo teórico) contra la invasión nazi a Francia y el régimen colaboracionista de Vichy.

 

Camus, el que escribió en sus Carnets que si quieres ser filósofo dedícate a escribir novelas, concibió tres de los grandes relatos del siglo XX: El extranjero, La caída y La peste. La desesperanza pero también la solidaridad están en sus libros, que los fue escribiendo con un estilo aforístico, de períodos cortos, en los que también se parece a Kafka (no solo por la tuberculosis). Sus carnets están llenos de ellos: “Envejecer es pasar de la pasión a la compasión”, “el arte es la distancia que da el tiempo al sufrimiento”, “Si me pareciese que el mundo tiene un sentido, yo no escribiría”, “Todo el arte de Kafka consiste en obligar al lector a que relea”…

 

A los veintidós años Camus, cuya infancia estuvo llena de pobrezas, escribió El revés y el derecho, ensayos y crónicas, en los que están presentes el barrio, el sol, los pájaros, la ciudad. “Qué pobres son quienes necesitan mitos”, dijo en alguno de sus escritos. El crítico británico Cyril Connolly dijo que “la literatura es el arte de escribir algo que se leerá dos veces”. Pues bien, el aserto se cumple en el caso de Albert Camus, es decir, de sus novelas, relatos, ensayos y aun de esa memoria tremenda que son sus Carnets. ¡Ah!, estos cuadernos los escribió cuando se dio cuenta de que estaba perdiendo la memoria.

 

Camus, Nobel de Literatura a los 44 años y muerto en un accidente de tránsito a los 47, es un escritor que antepuso la verdad a cualquier otra consideración. Su debate con Sartre, sobre la ideología, el estalinismo, en fin, lo catapultó como un ser comprometido con el hombre, con la vida y en contra de cualquier totalitarismo. A veces tuvo nostalgia de la pobreza perdida y quizá, como el Che, aspiró a no dejar nada material a sus hijos. Tal vez su desgracia, como lo afirma algún personaje de su Calígula, fue haberlo comprendido todo. Sus obras se pueden leer más de dos veces.

 

(Octubre de 2013)

 

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El equipo que cayó del cielo

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Fue un cuento de hadas con final trágico, una “fiesta que no hubo”, un acceso infeliz a la gloria cuando ya los protagonistas de una gesta deportiva que no sucedió estaban muertos. El fútbol, el mismo al que Albert Camus le debió lo que supo sobre moral y obligaciones humanas, trascendió por estas fechas las canchas para estar en una conexión masiva con la muerte y la aflicción.

 

Los muchachos de Chapecó, los que todavía no estaban contaminados por el oro, los que todavía sentían en sus corazones las promesas del barrio, los sueños del pibe, los anhelos de no seguir en el anonimato, estrellaron sus aspiraciones de victoria. La copa, con la que podrían brindar en lo más alto del pódium, se quedó sin beber.

 

Los muchachos de Chapecó, a diferencia de los de Callela de la Costa, que narra Eduardo Galeano, no perdieron, no ganaron, no se divirtieron. Murieron. La tragedia a veces tiene rumores de estadio, fragores de combates jamás realizados, de voces que lloran en las tribunas. E imágenes de dolor y soledad, como la de un pequeño hincha brasileño, con la camiseta de su equipo amado, solo y triste en las graderías desiertas del Arena Condá.

 

Tal vez desde el asesinato de Andrés Escobar, Medellín no expresaba dolores en masa como los de aquella manifestación limpia de un estadio lleno, con lleno también en sus afueras, en la que cantaban el luto, recordaban a los que se fueron y apoyaban a sus familias y amigos, y a una pequeña ciudad brasileña, a sus moradores, a toda una nación.

 

Ni en los choques de dos trimotores Ford, cuando murió Gardel (1935), en una ciudad todavía con aires bucólicos mezclados con chimeneas fabriles, se notó una efervescencia con tantas tristuras juntas como la vivida en Medellín por estos días. La ciudad asumió los muertos como suyos. Y tal vez, sin saberlo, repitió los versos de John Donne: “ningún hombre es una isla en sí mismo… la muerte de cualquier hombre me afecta porque me encuentro unido a toda la humanidad”.

 

La ciudad se aglutinó para llorar. Para corear el nombre de un equipo del que pocos conocían y del que ya nadie se olvidará. El día de la ceremonia de los adioses en el Atanasio Girardot, la voz entrecortada de José Serra, ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, quedó como un hito de palabras precisas, sin aspavientos, medidas en toda la dimensión del dolor y las ausencias:Los brasileños no olvidaremos jamás, la forma como los colombianos sintieron como suyo el terrible desastre que interrumpió el sueño de ese heroico equipo de Chapecoense”.

 

Para el dignatario fue un “grado de consuelo inmenso” la increíble lluvia de flores y palomas, las velas encendidas, los globos blancos, las lágrimas colectivas de un estadio que, en efecto, sentía como suyos a los muertos. Serra, según dijo, jamás había sentido una emoción semejante. Y, a lo mejor, muchos de los presentes y de los que siguieron sus palabras por otros medios, tampoco.

 

Tal vez una de las demostraciones de más hondura humana que se ha dado tras el desastre aéreo, haya sido la de la mamá de Danilo, portero del equipo, que pereció en el suceso. La estaba entrevistando un reportero de Bandeirantes, y ella, de pronto, se trastocó en interrogadora: “¿Cómo se sienten después de haber perdido a tantos amigos? ¿Usted me puede responder?”. El periodista, en medio del abatimiento, se quedó perplejo, sin respuesta. Y ella continuó: “¿Puedo darle un abrazo que represente a toda la prensa?”. Quizá sea uno de los abrazos más sentidos y bellos de la historia.

 

El pasado 30 de noviembre, Medellín fue otra. Una ciudad que transmitió solidaridades, que se apropió del luto y lo sintió y vivió con honestidad, sin simulaciones. Y, como si lo del estadio hubiera sido poco, a la medianoche la ciudad guardó silencio en una jornada en que estaba previsto desencadenar la explosiva “alborada”, una nefasta herencia paramilitar y mafiosa.

 

Los muchachos del Chapecoense eran todavía la esencia del fútbol, sin ostentaciones, con la memoria de la barriada, del potrero, de las cosas que se hacen por amor al oficio. Eran, creo, los del eterno partido, de aquel cotejo que uno quiere que jamás termine porque en él confluye la poesía de la simplicidad y de lo impredecible. Chapecoense, con palabras de Barba Jacob, era una llama al viento. Y el viento la apagó.

 

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En el estadio Arena Condá, en Chapecó, la soledad y tristeza de un pequeño hincha.

De la pelota romántica al poderoso señor Don dinero

(Un ensayo sobre fútbol callejero, sueños del pibe y balones de trapo)

Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. Obertura con un mundo feliz

                                                          

El fútbol crea una especie de mundo irreal en el que, durante un partido, ya sea profesional o simplemente de barriada, se interrumpe la vida cotidiana y se entra, en apariencia, en una suerte de arcadia, en la cual todo da la impresión de ser feliz. Ya lo decía un personaje de Albert Camus: no hay mayor felicidad humana que la que se encuentra en un estadio lleno. En ese aspecto, el fútbol ejerce un hechizo al cual es casi imposible sustraerse, y que permite olvidar las contradicciones de la vida social, hundirse en la fascinación colectiva de jugadores y espectadores,  soñar con la gloria de un campeonato, con el triunfo de su equipo preferido, o, en cambio, despertar y volver a la realidad con los dolores de una derrota.

 

En Colombia, casi todos los periodos históricos han estado marcados por la violencia, las desigualdades sociales, las represiones oficiales. El hombre de la ciudad está asediado por los desencantos, los desamparos y los múltiples miedos. Se viven días en los que los valores humanos se envilecen y ante esta situación muchos se preguntan, como lo sugería algún filósofo, si la vida carece de sentido, si ese continuo irrespeto por la coexistencia pacífica y por el otro nos encamina sin remedio a la destrucción, para qué diablos, por ejemplo, asuntos como el fútbol.

 

Frente a la realidad, tan llena de miserias y despropósitos, el juego, y en este caso, el fútbol, ofrece una suerte de aire, que puede ser visto por algunos como una especie de respiración artificial. Y es ahí cuando aparece el goce de los cuerpos en libertad, los hombres que corren tras una pelota mientras millones los observan. Aparece el entusiasmo de la contienda, en la que, se supone, no debe haber muertos ni heridos. Claro que todos conocen las excepciones, en las que, en los estadios, o en sus afueras, se generan verdaderos campos de batalla, como suele ocurrir en Colombia desde mediados de la década del noventa. Estas turbulencias contradicen la esencia del juego y la diversión.

 

Como es fama, en los tiempos primitivos los pueblos tenían un tiempo dedicado a las fiestas, en las cuales la vida cotidiana quedaba en suspenso, y en la que se igualaban el guerrero y el esclavo, el patricio y el plebeyo, y en la que todo lo convencional dejaba de regir y entonces las jerarquías se trastocaban, como muy bien lo canta Joan Manuel Serrat en su canción Fiesta. Los dioses descendían de su olimpo y de ese modo el rey era siervo y el siervo, rey.

 

En un campeonato mundial de fútbol las jerarquías establecidas entre las naciones parecen suspenderse y, en apariencia, todos están en igualdad de condiciones. Así que el desequilibrio en este caso depende de la habilidad, de la inteligencia, del talento, del arte de los jugadores. Y, en ese sentido, un africano o un sudamericano podrían convertirse en amos del mundo.

 

En el momento en que transcurre una gesta deportiva, aparece otro tipo de libertad, en la que el mundo así creado depende de las destrezas de los deportistas y no del sistema de dominación político y social. Surge, como si se tratara del acto de un ilusionista, otra realidad, en la que en lugar de las represiones, rigen la igualdad, la alegría de vivir, un comunismo de ficción. Ese mundo, así creado, así imaginado, hace parte de una utopía. Y ese universo irreal es capaz de edificarlo, en la fugacidad de un instante, el fútbol. Esta atmósfera de presunta gloria se puede percibir, a escala, en un barrio, en una calle, en cualquier lugar donde los muchachos estén jugando con una pelota.

 

El escritor español Manuel Vázquez Montalbán decía que “el fútbol me interesa porque es una religión benévola que ha hecho muy poco daño. Existirá el fútbol mientras la gente crea en un club y en unos colores como señales de identidad en una sociedad en que cada vez faltan más referencias”. Y otro español, el novelista Javier Marías, apuntaba que el fútbol es la recuperación semanal de la infancia.

 

  1.  El encanto de la pelota de trapo

 

Había en una ciudad de Colombia, llamada Bello, cuna de la clase obrera en este país, un muchacho negro que era una maravilla para confeccionar pelotas de trapo con medias veladas de mujer. Se las sustraía a su mamá. En ese aspecto, era todo un destructor del pequeño patrimonio de su querida progenitora. Las rellenaba con retazos de tela que su padre traía de la fábrica donde laboraba, y salía todas las mañanas a hacer “treintaiunas”, a realizar malabares, a demostrar que era una especie de actor de circo callejero. Invitaba a sus compañeros de barriada a apreciar sus acrobacias, a jugar partidos de fútbol en cualquier baldío, en la calle, o en terrenos que aparecían durante mucho tiempo desocupados y que aquí en otros tiempos denominábamos los “solares”. El muchacho entraba en trance cuando tomaba la pelota, amagaba a la izquierda y se salía por la derecha, hacía tacos, bicicletas, jugadas exquisitas, con decir que era mejor uno estar de espectador que de rival suyo. O, de otro modo, era bien importante estar en su equipo. Esas pelotas, por supuesto, eran efímeras y a los pocos minutos ya estaban en pedazos. Él volvía por otras y así cada vez que éstas se rompían. Parecía como si su mamá tuviera una fábrica de medias de mujer.

 

El muchacho sentía un placer enorme cada que salía con una pelota de trapo, se exhibía, pero sin ninguna pretensión, convocaba a los otros a jugar y jugar, no importaba cuánto tiempo. Había una ventaja en ese tipo de balones improvisados: no quebraban las vidrieras del vecindario, ni a las señoras de la cuadra les molestaba el juego cuando era en la calle, lo que sí sucedía con pelotas de otro material, como las de cuero o de plástico. Aquel muchacho de los años sesenta era quizá uno de los más agraciados y técnicos para jugar con una pelota de trapo, artefacto que fue usual entre la muchachada de diversas ciudades colombianas. Sin embargo, no jugaba con tanta solvencia cuando lo hacía con balones manufacturados. Pero a él no le importaba: sólo quería participar en los partidos de calle o de manga, correr, gritar, divertirse, estallar en júbilo con un gol o con una gambeta. No quería competir ni pertenecer a ningún equipo organizado. De hecho, nunca lo hizo. Para él, la totalidad del mundo estaba en una pelota de trapo y en la extraña atracción que ésta ejercía sobre los demás.

 

Él, tal vez sin darse cuenta, ya estaba planteando los principios de solidaridad, las relaciones colectivas que pueden crearse con una pelota desechable. Para él, como para el resto de aquella agrupación de muchachos, el juego era sólo eso: una fuente de placer, un ejercicio de la libertad, todo un manantial de emociones. No interesaba si alguien tenía camiseta o no, si otro jugaba descalzo o con zapatos deportivos, si uno tenía más estado físico que otro. Se reunían por el juego, y todo aquello quizá por la alegría del negrito aquel llamado Humberto, pero al que todos en su barrio conocían por el sobrenombre: El Gurre. Una vez (o quizá muchas veces), su mamá lo sorprendió hurtándole las medias,  recibió tremenda paliza, que no fue suficiente para quitarle las ganas de seguir jugando y de continuar fabricando las mejores pelotas de trapo que en el mundo han sido.

 

  1. Los muchachos de Calella y un empate con sabor a triunfo

 

En el libro A sol y sombra, de  Eduardo Galeano, el escritor advierte que se los dedica a unos niños que alguna vez se encontraron con él o él con ellos, cuando los muchachos venían de jugar un partido en la población catalana llamada Calella de la Costa, y cantaban a voz en cuello: “Ganamos, perdimos/ igual nos divertimos”. Ahí, en esas palabras, hay una clave, en la que el fútbol se muestra como lo que siempre debió haber sido, un juego, una diversión, otra manera del esparcimiento, o lo que André Maurois llamó “la inteligencia en movimiento”. Cuando el fútbol se tornó un jugoso negocio económico, una enorme empresa universal, entonces lo de la diversión pasó a ser un recuerdo, una nostalgia, una materia de atolondrados románticos. Aquello fue como una expulsión del paraíso. Esos muchachos del epígrafe del libro de Galeano reivindican, tal vez sin saberlo, el fútbol como un juego. Para ellos no importaba ni perder ni ganar, sino jugar y recrearse.

 

Aquí, en este punto, quiero recordar una anécdota muy bella, muy conocida en Colombia. Y es la del partido entre las selecciones de la Unión Soviética y de Colombia, en el Mundial de Chile, en 1962. En aquellas calendas la URSS tenía una poderosa escuadra y al mejor arquero del mundo, a Lev Yashin, llamado la Araña Negra. El caso es que Colombia iba perdiendo en el primer tiempo tres por cero. En el entretiempo, el entrenador de Colombia, que era el argentino Adolfo Pedernera, les dijo a sus jugadores: “Bueno, muchachos, salgan a divertirse”. Una propuesta arriesgada. Un equipo perdiendo por ese marcador, de dónde iba a sacar ganas para la diversión. Sin embargo, ésa parece haber sido la clave del éxito, el “ábrete sésamo” mágico. Y ese equipo convirtió una derrota casi en una victoria; en realidad, se trató de una victoria moral, de la cual los aficionados colombianos vivieron mucho tiempo, sobre todo hasta que volvieron a un Mundial: el de Italia, en 1990.

 

Y los muchachos de Pedernera, el Cobo Zuluaga, Marino Klínger, Delio Maravilla Gamboa, Antonio Rada, Marcos Coll, en fin, salieron a divertirse. Esos muchachos, sin saberlo también, prefiguraban a los de Calella de la Costa. Y poco a poco se iban divirtiendo, pese a ir perdiendo. Y marcaron el primer gol,  después otro, y la diversión subía de tono. Jugaban, gambeteaban,  marcaron otro gol, y después otro, incluso un ¡gol olímpico! al mejor arquero del mundo, empataron el partido a cuatro goles. Mejor dicho: no ganaron porque la Araña Negra se les creció y les atajó de todo. Fue una lección de pundonor deportivo. Parecían muchachos de barrio jugando a la pelota, sin pretensiones, sólo con el ánimo de sentirse bien y crear un ilusorio mundo feliz.

 

  1. La calle como escenario de fútbol               Resultado de imagen para futbol callejero

 

En los barrios de las ciudades de Colombia la cultura del fútbol ocupa un lugar relevante en la vida cotidiana. Ha penetrado en el gusto de todos los estamentos sociales, pero, principalmente, en el de las clases medias y las capas pobres de la población. Éstas son las que más han sido permeables al embrujo del fútbol, que a su vez se ha vuelto un sueño, una aspiración en la muchachada, y un sedante de las dificultades de los mayores. El fútbol tiene presencia permanente en el barrio. No se escapa de la conversación de tienda, ni del corrillo de esquina, ni de la tertulia de café. Está en la escuela, en el colegio, en la universidad. Cualquier muchacho es capaz de hablar de alineaciones y tácticas, de controvertir aspectos futbolísticos. Y los espacios urbanos se han transformado para su práctica: una acera puede convertirse en una cancha, en un pequeño estadio, con tribunas que pueden ser los balcones y las ventanas de las casas. Muchos chicos de otros tiempos comenzaron a fascinarse por el fútbol debido a sus prácticas sobre las aceras o veredas, dado que esa parte es una frontera entre la casa y la calle, entre lo público y lo privado.

 

Hubo un tiempo, en especial las décadas del 60 y 70, en que las calles, algunas sin asfaltar y que eran muy aptas para otros juegos, hoy desaparecidos, como el de las canicas, las rayuelas, los trompos, el salto de la cuerda, las rondas, eran un inmenso campo vedado para el fútbol. Jugarlo en la calle era una herejía, una subversión del orden barrial, un atentado contra la tranquilidad del vecindario. Decir esto hoy, recordarlo, parece cómico o increíble. Cuando los muchachos de antes jugaban un partido (o un “picado” como decimos popularmente) en la calle se exponían a varios riesgos. Uno era que apareciera una patrulla (La Bola, La Chota) y entonces los policías decomisaban el balón, en el supuesto caso de que los muchachos no alcanzaran a fugarse a tiempo con pelota y todo. Otro, que el balón se metiera a la casa de una señora energúmena y ahí sí no había nada qué hacer. Esa dama lo devolvía vuelto añicos, o, en el mejor de los casos, lo decomisaba y lo dejaba “preso” por unos días.

 

El fútbol urbano vivió sus odiseas. Sin embargo, ni las señoras ofuscadas ni los policías de entonces pudieron evitar el auge del “futbolito” callejero, que, por lo demás, aumenta día a día, debido a que se fueron acabando los solares, los lotes urbanos, los baldíos. Para la práctica del fútbol urbano no importaba mucho si la calle era empinada, como es, por ejemplo, en los barrios altos de Medellín, o si muy cerca había una quebrada, un riachuelo, un abismo, o muchas ventanas de vidrio sin protección. Lo que importaba era jugar, recrearse, ganar o perder, pero sin dejar la diversión. No importaban las patrullas policiales ni las señoras rabiosas. El fútbol en la calle era una transgresión, una alteración del orden público, pero, a su vez, un gesto romántico, una aventura de grupos de muchachos barriales, que lograron colonizar la calle y la convirtieron en un estadio.

 

El fútbol les dio y les ha dado identidad y carácter a las calles. Ha sido una muestra de vitalidad de las urbes. En una calle de domingo en cualquier pueblo de Colombia siempre habrá un balón. Y es en los barrios de las ciudades donde todavía se juega el auténtico fútbol, aquel que todavía no está contaminado por el dinero ni ha sido enfermado por el mercantilismo y la usura. El de la calle es un fútbol sin pretensiones de mercado, todavía idealista, todavía lleno de ensoñaciones y gestas románticas.

 

Sin embargo, muchas mamás de hoy, o algunas con meses de embarazo, ya piensan cuánto podrá valer su hijo si llega a ser un cotizado jugador profesional, que juegue en una liga de Europa. Ya por ejemplo, las palabras de aquel extraordinario cronista uruguayo, una de las estrellas de la revista El Gráfico de Argentina, el gran Ricardo Lorenzo, más conocido como Borocotó, no tienen vigencia en la barriada, porque el fútbol se volvió una manera de hacer fortunas. Ya no es el fútbol lírico del potrero, el de las jugadas impredecibles, el de las filigranas de fantasía, sino otro que se hace para que algún empresario te ponga los ojos encima y te exhiba en los mercados más competidos del mundo.

 

  1. . El sueño del Pibe                                 Resultado de imagen para futbol callejero

 

En ciudades como Medellín, Bogotá, Barranquilla y Cali, hay barrios que transpiran fútbol. En los más pobres, el fútbol se ha erigido como un arma o como un modo de exorcizar al demonio de la miseria. Porque la mercantilización del juego, la creación de fulgurantes figuras que se cotizan en oro en Europa, todo el proceso globalizador del fútbol como mercancía, se refleja en la mentalidad de los muchachos de barrio. Y así el fútbol, que nació como puro juego, se vuelve esperanza para salir de la pobreza, se torna el puente que hará pasar a algunos de la escasez a la abundancia, de vender paletas en un barrio marginado a convertirse en astros en alguna metrópoli del Viejo Continente.

 

Hubo un tango muy famoso en los bares de barrio de Medellín y el Valle de Aburrá, un tango titulado El sueño del pibe y grabado en 1945 en la voz de Enrique Campos con la orquesta de Ricardo Tanturi. Resulta que en esa canción el chico busca la consagración, llegar a la Primera, jugar en una estadio lleno y ganar dinero. Ese es su sueño. De alguna manera este tango hoy se baila en muchos barrios. Algunos jóvenes no sólo juegan por placer, sino, además, por tener la posibilidad de llegar a ser estrellas.

 

El muchacho de la barriada es capaz, por su actividad cotidiana, por jugar a veces en callejones inverosímiles, en espacios muy reducidos, es capaz, digo, de desarrollar muchas destrezas. Es capaz de moverse con agilidad dentro de pequeños límites, y por eso se vuelve hábil para hacer “paredes”, para ejecutar una gambeta, un esguince imposible, y aprende a patear con precisión. Aprende, también, a eludir automóviles y rivales. Se vuelve un improvisador genial. Así es como la calle se transforma en maestra, como la vida misma.

Algunos entrenadores de fútbol profesional decían en otro tiempo que el buen jugador es aquel que pasó su infancia en un medio donde la picaresca y el rebusque son necesidad. Ciertas dotes, como la picardía y la capacidad para no doblegarse en la contienda, la facultad de no renunciar jamás a la lucha, se logran desarrollar en medios hostiles, en los cuales para sobrevivir no sólo hay que tener ganas sino mucha viveza.

 

Quizá por ello, el fútbol de Colombia, el profesional, tenía algunos rasgos especiales, muchos de ellos aprendidos por los futbolistas en las calles y solares, en los partidos de playa: el toque a ras del piso, la gambeta, la picardía, aunque, pese a esas virtudes, no sabía aprovechar las oportunidades de gol. Lo lindo es que en muchas barriadas los muchachos todavía sueñan con llegar a la Primera, y todavía se divierten —pierdan o ganen— con el fútbol, una de las pocas alegrías que tienen en un país lleno de desventuras y de miserias sin fin.

La peste o el exilio interior

(La novela de Camus, símbolo del absurdo y la incomunicación del hombre)

Por Reinaldo Spitaletta

La peste, como la guerra, no discrimina. Su poder destructor, su capacidad de exterminio, no distingue entre el cura y el sacristán; entre el médico y el paciente; entre el policía y el preso. Ataca por doquier y contra ella no hay actos heroicos que valgan. Publicada en 1947, la novela de Albert Camus se torna en una alegoría sobre el absurdo, en tiempos de la posguerra, un período de desconciertos y desasosiegos, en los cuales lo humano está en crisis, aporreado por diversas miserias, cuando solo queda la esperanza de lo incierto. De la fatalidad.

Con un epígrafe de Daniel Defoe, un autor que supo de pestes y otras peripecias, la novela tiene una suerte de preludio, con ubicación temporal en la década de los cuarenta del siglo XX, en Orán, ciudad argelina de doscientos mil habitantes, fea y cuyo cambio de estaciones solo se puede notar en el cielo, según advierte el cronista, que además dice que el modo más cómodo de conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella (y en Orán parece que la gente tiene el trabajo como una virtud), cómo se ama y cómo se muere. Allí, la gente se ama sin darse cuenta, y pronto el lector verá cómo se muere.

El cronista, que hace las veces de narrador, advierte también que éste será conocido a su tiempo (al final de la obra) y en este punto, un lector atento, cuando termine su recorrido por La peste, notará que hay vacíos, alguna incoherencia o cojera, en el mismo. La obra tiene un comienzo definitivo, incluso, inolvidable, como uno de los principios tremendos de otras obras que sería prolijo enumerar, pero que pueden estar en un medido catálogo desde el inicio de La odisea, la Divina comedia, el Quijote y La metamorfosis, como digo, por solo citar unas cuantas: “La mañana del 16 de abril el doctor Bernard Rieux, al salir de su despacho, tropezó con una rata muerta en medio del rellano de la escalera”.

Las ratas muertas se erigirán como personajes clave del presagio de que algo muy grave sucederá en esta ciudad costera. Una de ellas, morirá casi a los pies del médico Rieux, echando sangre por el entreabierto hocico, que pone al facultativo no a pensar en qué es lo que está pasando con los roedores, sino en su mujer enferma, que partiría al día siguiente para un sanatorio de montaña (y aquí usted, querido lector, sin tantas vueltas, puede pensar en La montaña mágica, de Thomas Mann). Y a partir de este momento, la novela, con ratas y raticidas, andará por la ciudad, en una travesía que contendrá momentos de horror, pasión y muerte, con personajes como el periodista de París Raymond Rambert, el padre Paneloux, Jean Tarrou (“historiador de las cosas que no tenían historia”), Cottard y Grand, entre otros, como parte de una encrucijada, en la que la peste no dejará salir a ningún habitante de Orán y pondrá cerrojos a la vida cotidiana. Una ciudad apestada se altera, sufre una especie de neurosis colectiva, hasta desembocar ya no en la imposición y extensión de medidas higiénicas, sino políticas y autoritarias como el estado de sitio y el toque de queda.

La peste lo altera todo, hasta los afectos y la solidaridad, que son elementos indispensables para la sobrevivencia. Orán, de un momento a otro, está bajo el síndrome de una enfermedad medieval, una epidemia, la peste bubónica, la que inflama ganglios y es mortífera. Y el miedo, de a poco, dosificado, va creciendo hasta transmutarse en pánico. La ciudad está apestada, cerrada, sellada. Y tiene fiebre. Y cuando menos piensa, se queda incomunicada, en plena mitad del siglo XX cuando las comunicaciones en su desarrollo parecen haber rebasado el simple telegrama. Pero no. Todavía esta manera sintética de los mensajes, medida casi a cuenta gotas, se vuelve importante en una ciudad que entra en estado de desesperación.

Orán, ante la invasión de la enfermedad, obliga a sus conciudadanos a actuar como si no tuvieran sentimientos individuales, y de pronto deja de estar ligada con el resto del país. Se prohíben las cartas, porque pueden ser foco de infección. No se puede comunicar la desazón ni el aislamiento. La escritura para que otro conozca mensajes, no se permite, está vedada. La telefonía también se enferma, y al fin de cuentas solo queda el telegrama, como único recurso: “Sigo bien. Cuídate. Cariños”. El mundo de la incomunicación como consecuencia de la peste. Las palabras están prisioneras y moribundas.

Y en ese mundo creado por la epidemia, con ratas muertas, con gente muerta, los habitantes de la ciudad se convierten en prisioneros de sí mismos. La ciudad-cárcel. Y de este modo tiránico, impuesto por las circunstancias incontrolables, se vive en un exilio interior, con un derrumbe de la voluntad, de la libertad. “El sufrimiento profundo que experimentaban era de todos los prisioneros y el de todos los exiliados, el sufrimiento de vivir en un recuerdo inútil”. Es algo así, por ejemplo, lo que vivirá, en un campo de concentración, Primo Levi, el químico y escritor italiano, que dejó testimonios hondos y dolorosos de otra peste: la de los campos de exterminio nazis.

Rambert, el periodista que llegó de París a escribir un reportaje sobre la higiene de los árabes, sufre las penurias de la separación del ser querido y del terruño. Están, él y otros, lejos del cielo que los vio nacer y bajo otro firmamento que posiblemente los vea morir. Está en una ciudad ajena, pero que tiene que sentir como propia, debido a la peste, a que se encuentra atado a ella, sin remedio. Sin salida. El destino trágico ineludible. Y cuando menos se piensa, la peste, que está por doquier, se vuelve monotonía, repetición, una suerte de tedio que ni la muerte puede absolver.

Y en la ciudad, con el padre Paneloux, está la advocación del santo apestado, con el del perrito que lame sus llagas, San Roque, pero también, en otros lugares, los escopetazos contra perros y gatos que pueden ser vectores de las pulgas, a su vez, vectores de la peste. Orán es tierra triste, sin esperanzas, en medio de la nada, de la soledad que llena estadios con apestados, que inunda cementerios. En estos ya no caben los muertos, y hay que ampliarlos, hay que tumbar tapias, abrir fosas comunes, echar cal a los cadáveres. Pero es insuficiente. Y en este punto, surge la cremación. El fuego purificador y pulverizador.

Quizá por eso, algunos lectores han visto en La peste una representación de la guerra, pero, en particular, de los campos de concentración. La peste pueden ser muchas cosas de la política, del poder, de los crímenes de lesa humanidad, y la literatura, a su modo, con sus voces particulares, su estética, da cuenta de estas aberraciones. ¿Cuál es el tiempo de la peste? ¿Con qué relojes se mide el paso de una epidemia que altera los ritmos de la producción, del amor, de la vida?

En la novela de Camus, en un absurdo citadino que llega a crear, por ejemplo, una periódico para dar noticias de la peste (El Correo de la Epidemia), hay una manera especial de narrar la ciudad, de meterse en sus recovecos, de poner a caminar por ella a personajes que la peste va uniendo y reuniendo. Y el novelista, maestro en la elaboración de diálogos, pone al lector a presenciar  conversaciones de café y de calle. Y en la banda musical, uno puede escuchar la voz y la trompeta de Louis Armstrong en Saint James Infirmary, con su ritmo de lentitudes, apenas para una peste que no tiene nada de espectacular.

El tiempo de la peste es el presente. Hay un borrón de la memoria, y el futuro no existe. “La peste había quitado a todos la posibilidad de amor e incluso de amistad. Pues el amor exige un poco de porvenir y para nosotros no había ya más que instantes”, dice el narrador.

Al principio de la peste, a la ciudad llegó una compañía de ópera, que se quedó bloqueada, y entonces se dedicó a dar una función por semana del Orfeo de Gluck. Y así, Orfeo y Eurídice, con sus lamentos y llamadas, atrajeron público durante todo el tiempo que la epidemia duró. Así como también hubo toques de órgano en una iglesia. El mundo de la peste, roto por un cine o por una canción.

En Orán, por la enfermedad, la religión fue reemplazada por las supersticiones. De ahí que Nostradamus esté presente en la obra, junto con Santa Odilia, cuyo nombre significa “hija de la luz”. Y a estas alturas, es bueno preguntarse por qué el novelista, a modo de símbolo quizá, introdujo a la santa y mártir cristiana medieval en La Peste. Y cuando se encuentra que Odilia era una profetisa que visualizó lo que sería siglos después la Segunda Guerra Mundial y a un sujeto como Hitler, entonces la presencia de la nacida en Alsacia se justifica.

El ángel de la peste permaneció en la ciudad, en tiempos de flores y de lluvias, de soles y de hojas secas, hasta una “hermosa mañana de febrero” cuando las puertas de la ciudad se abrieron. Pero no se crea que hay un final feliz. Se termina con una advertencia: el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás. Se puede quedar dormido en muebles, ropas, cañerías, papeles, cartas, en algún ataúd (como Drácula), y un día puede despertar. Y entonces las ratas tornarán a echar sangre por su hocico y morirán en las calles, como un anuncio macabro de que el tiempo mejor ha terminado. ¿Cierto, doctor Rieux?

La peste negra (tomada de internet)

El malentendido o las asesinas: un absurdo existencial

Marta
¿Qué es el otoño?
Jan
Una segunda primavera, en la que todas las hojas son como flores”.
El malentendido, Albert Camus

Por Reinaldo Spitaletta
El siglo XX, muy problemático y febril, con genocidios y bombas atómicas, con guerras que dieron al traste con la vida de millones de jóvenes y adultos, es el desbarrancadero de la razón y de la otredad como ente de la tolerancia y la libertad. Al despeñarse la estructura, frágil por lo demás, de la racionalidad, en especial la política, el hombre, mejor dicho, el sobreviviente del desastre, se apega al absurdo, al oscuro mundo de la desesperanza y el desasosiego permanentes. ¿De quién es la culpa? ¿Qué significa existir en medio de desarraigos y sinsentidos?

La literatura, antes que la filosofía o por lo menos con cierta contemporaneidad, busca respuestas en el siglo más sangriento de la historia a la condición humana que se ha desbaratado en medio del apocalíptico sonido de la confrontación bélica, del fragor espasmódico de la guerra. Y de ahí que, en un relato de horror dosificado y que puede tener muchas simbolizaciones, La metamorfosis se erija como una de las presencias del absurdo. ¿Qué es la vida? ¿Cómo puede alienar el trabajo? ¿Por qué, en cierta medida, el convertirse alguien en monstruoso insecto no aterra a su familia? Kafka apela a la reinvención de lo cotidiano y va más allá de la razón, que ya está moribunda, e indaga con otros mecanismos la condición del hombre en medio de la ruina ilustrada.

El estallido de la segunda conflagración mundial alerta al hombre sobre cómo se perfecciona la caída de la existencia en un abismo sin fondo. No hay salvación posible. La humanidad desaparece en campos de concentración, en bombardeos y estallidos nucleares. La razón, pulverizada, no es más que un elemento arqueológico. Y en esta perspectiva, un poco sombría, hay que aceptarlo, la literatura de Albert Camus (por no hablar, por ejemplo, de la de Jean Paul Sartre, en el caso francés) atiende a la enorme preocupación de qué le espera al ser humano después de ocupaciones y cataclismos. ¿La humillación? ¿El despojarse de cualquier sentimiento de solidaridad e incluso de piedad?

El absurdo, como aquella expresión opuesta a lo convencional, emerge en las letras para preparar otro terreno propicio a la reflexión, como un modo singular de abrir más las heridas que la guerra (que es una sinrazón) y los demonios de la irracionalidad han causado en la pobre humanidad. El extranjero, verbi gracia, es una muestra de la absurdidad. Y ya en esta novela de juventud (del siempre joven Camus), el escritor argelino sugiere un asunto (Mersault lee un recorte de periódico con la noticia de un extraño asesinato) que desarrollará en una obra de teatro, que, por otra parte, parece ser mejor leída que representada: El malentendido.

Basado en un hecho real sucedido en Checoslovaquia, el escritor, ensayista y dramaturgo pone al lector (o al espectador) en una posición de incomodidad, en un mundo sórdido en el que los sentimientos (por ejemplo, maternales, fraternales, la amistad) caen a un segundo plano, pierden importancia, frente a un mundo atravesado por la individualidad del dinero y la desesperada consigna de “sálvese el que pueda”. El malentendido, entonces, es una obra del absurdo, de la pérdida de la razón, frente a un sentimiento de soledades y de inopia mental.

Escrita en 1943 (y montada por primera vez en 1944), durante la guerra y la ocupación nazi de Francia, la obra acaece en alguna parte de un país de la vieja Europa, con cinco personajes: La madre, Marta, Jan, María y el viejo criado. Las dos primeras, son dueñas de un albergue, y hasta allí llega un día Jan, que es un hombre de dinero y que es observado por las hoteleras como una probable víctima, otra más que caerá bajo su emboscada, con bebedizo y arrojamiento del cuerpo a un río helado.

Jan, casado con María, ha vuelto después de muchos años para reconocer a su madre y hermana, para hacerlas felices, para darles dinero, tras una ausencia larga que provoca que ellas no lo reconozcan de inmediato. Ni siquiera su mamá es capaz de ver en Jan al hijo pródigo.

Los diálogos entre la Madre y Marta ya tienen la presencia inveterada del desprecio hacia la vida, del absurdo que significa existir. “Es más fácil matar lo que no se conoce”, dice la mamá a su hija, que se mostrará durante la obra (en tres actos) como una mujer sin grandes sentimientos, seca, pragmática y distante. Ambas ya saben que el visitante tiene “cara de víctima” y también que “matar cansa terriblemente”. En la medida en que el lector (espectador) avanza, se encontrará con frases tremendas como “la vida es más cruel que nosotras”.

Jan, por su parte, que deja a María en otro lugar, mientras él se hospeda donde su madre y hermana, que no lo identifican sino cuando ya es tarde para que el hombre continué con vida, llega a resolver, o, de otra manera, a “pagar” su aparente culpa de haberlas abandonado. Y él mismo, sin presentarse, va tejiendo su destino final, al modo de una tragedia griega. “No es posible seguir siendo un extranjero”, se dice en su decisión de reencontrarse con su país y “hacer felices a los que amo”.

En un momento, Marta y Jan sostienen una suerte de discusión, entre filosófica y de puro pragmatismo de quien maneja como dueña un hospedaje y el que quiere trascender su condición de cliente (o de huésped). Se establecen límites y requisitos. “Si es usted rico, está bien. Pero no nos hable más de sentimientos. No tenemos nada que hacer con ellos”, le dice Marta.

En el drama, el espectador-lector irá preguntándose si no sería más fácil que Jan (que se ha registrado con otro nombre: Karl Hasek) proporcionara a las señoras su verdadera identidad, pero entonces, claro, no habría obra. Ni absurdos. Ni crímenes. Ni discurso en torno a la soledad. Ni expresiones de culpa. Ni remordimientos. Como el de la madre que expresará que no ha reconocido a su hijo y lo ha asesinado: “¿Qué significa el dolor para una asesina?”. Además, Jan parece carecer de las palabras suficientes para decirles que las quiere llevar a otra parte.

Para el criminal (para Marta, para la madre), su acto lo convierte en solitario, en un ser que con la repetición de sus asesinatos, ya tampoco puede con la vida, en medio de un creciente desamparo frente a un mundo que no parece tener paisajes. Ni horizontes. Ah, y ¿qué representa el viejo criado que jamás habla, pero observa? El malentendido tiene momentos en que se nota el cansancio existencial, la absurdez de vivir sin certidumbres, la imposibilidad de luchar contra el destino. Y la pérdida del asombro. Hay un río que espera a los muertos, como aquel del inframundo griego, que conducía al olvido. Y hacia allá andan los personajes de esta inquietante obra de Camus.

El malentendido, Albert Camus. Traducción Aurora Bernárdez y Guillermo de Torre. Obras, 2. Alianza Editorial.

Escena de El malentendido (tomada de internet)