¡Oh, Paul Celan!

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Paul Celan me dice que beba la leche negra de la madrugada

y yo empiezo a cavar una tumba en el aire.

Insiste en que de Alemania llegó la muerte de ojos azules

y yo solo tengo lágrimas de historia para responderle.

Y veo fosas comunes, un disparo en la base del cráneo,

una pala que abre las alas oscuras de un vampiro.

La voz se riega por los anales, archivos y conmemoraciones.

La leche negra del alba ha atardecido

y llega la noche, eterna noche de hornos y cenizas

que en el aire dibujan palabras de humo.

De Alemania llegó la muerte rubia

y me sorprendió cavando una fosa en el aire.

 

 

De cómo un periódico convierte en asesina a Katharina Blum

 

(Una novela de tesis del escritor alemán Heinrich Böll, Nobel de Literatura 1972, sobre los peligros de la prensa sensacionalista)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La Guerra Fría, en los setentas, había alcanzado un punto cumbre de tensiones mundiales, de distribución del orbe entre las dos superpotencias de entonces (la gringa y la soviética) y de tira y afloje entre ellas. Alemania, donde desde 1961 se construyó el denominado “muro de la infamia” que separó a Berlín, estaba dividida entre la pronorteamericana y la promoscovita, en Federal y Democrática. La literatura de entonces, la misma que va a originar los libros de espionaje, tiene aspectos que dan cuenta de aquella situación.

 

La Alemania derrotada en la Segunda Guerra, tras la conflagración comienza a narrarse en su nueva manera de salir de los escombros y la literatura no es ajena a aquella reconstrucción. Un escritor como Heinrich Böll (Colonia,  1917-Langenbroich, 1985) va a ser parte de la generación de la Posguerra y al que se le concederá el Nobel en 1972. En ese año, en nuestra casa paterna, sita entonces en Copacabana, en un barrio de casitas uniformes y de amplios antejardines, pertenecientes a la parroquia, comenzaron a aparecer en la incipiente biblioteca familiar varias novelas de este autor: Opiniones de un payaso, Billar a las nueve y media, El pan de los años mozos y ¿Dónde estabas, Adán?, las que llevaba mi hermano Rodolfo, estudiante entonces de un liceo en la vecina población de Bello. Las leí con un entusiasmo de adolescencia a punto de acabarse y cuando, según la legislación de aquellos días, todavía me faltaban más de tres años para sacar la cédula de identidad (a los 21).

 

Años después, cuando ya era estudiante de la carrera de comunicación social-periodismo, en la Universidad de Antioquia, leí una obra del mismo autor, el Honor perdido de Katharina Blum, publicada en 1974. Me pareció por esos tiempos, muy apropiada para discutir en torno a la prensa amarilla, la mentira como lema de ciertos periódicos, pero, ante todo, porque había en su contenido una suerte de técnica, retomada, a propósito, de los diarios sensacionalistas, en particular del alemán Bilt-Zeitung, en el cual, sin duda, se basó el novelista para escribir su relato, al que él denominó años después como una “novela de tesis”.

 

Por esos mismos almanaques, eran muy mentados en el mundo los golpes de la banda terrorista de Alemania Federal, la Baader-Meinhof o Fracción del Ejército Rojo, con una manifiesta tendencia hacia lo que se llamaba el foquismo, una deplorable desviación (parte de la etiquetada como la enfermedad infantil del izquierdismo), según los marxistas clásicos, que le hacía más daño a la revolución proletaria que a la burguesía y el imperialismo.

 

Hoy, la lectura de El honor perdido de Katharina Blum puede ser, para lectores jóvenes, una suerte de “tour de force”, porque hay que acercarse a los contextos históricos, a ciertas condiciones sociales, a circunstancias específicas de las dos Alemanias existentes entonces. Y aun así, es una narración reveladora, fundamentada en hechos reales, que son tratados con rigor y documentación pertinente. Su autor, en el epílogo que adicionó diez años después de la publicación original, advierte que se trató de un panfleto “disfrazado de narración”,  con la salvedad, según Böll, de que este género, el panfleto, es parte de la “mejor tradición de Occidente”.

 

El escritor, un simpatizante de izquierda, apeló para su novela de tesis a la historia del macartismo y a las prácticas del anticomunismo que entonces eran una rutina en la Alemania capitalista y aunque la protagonista nada tenía que ver con política ni militancias, los métodos utilizados, en particular por un diario sensacionalista, sí estaban acordes con la tergiversación y calumnias, propias de aquellas formas políticas y en uso (bueno, creo que todavía en 2016) del amarillismo, como el del “Periódico”, que así nombra el autor a la publicación que va a acabar con el honor de una muchacha,  doméstica en casas de burgueses, que se enamora de un bandido,  Ludwig Götten, defraudador y desertor de las Bundeswehr (fuerzas armadas alemanas).

 

La obra maneja una hipótesis, que, además, le sirve de subtítulo: Cómo surge la violencia y adónde puede conducir. Y, pese a que en su tiempo se señaló al escritor de estar haciendo una novela de terroristas (nada que ver), es una narración casi a lo folletín, en la que una muchacha “delinque por amor”, y, sobre todo, cuando calumniada por un periódico, cambia toda su manera de ser y en plena época de carnaval asesina al periodista que le convirtió su vida más o menos apacible en un infierno.

 

El escritor, como si fuera un reportero o un historiador, maneja fuentes primarias y secundarias, las que cita desde el comienzo de su narración (que podría estar emparentada con el género de novela negra) y se basa en atestados policíacos y sumarios judiciales, y desde el principio, también, presenta disculpas por el uso de términos como “fuentes” y “fluir” que de hecho no “parecen compatible con el de composición literaria”, en la que, según el propio autor, habrá recursos de la ficción, y ficción misma, y se utilizará en el libro el mecanismo narrativo del dato escondido, amén de la pesquisa detectivesca. Lo que permite mantener al lector en vilo hasta el final.

 

Böll, un escritor que quizá hoy pocos leen (aventuro una hipótesis, cuya demostración no es parte de este breve ensayo), demuestra en la obra un dominio absoluto de personajes y situaciones, de datos y caracterizaciones, que hacen emparentar el texto, digo ahora, con un retrato no solo de los métodos de desecho y contra la ética (o antiética) que utilizan los medios de comunicación, no solo los sensacionalistas, sino con una radiografía histórica. Una panorámica de aquellos años de agitación mundial, de conflictos y disputas ideológicas de gran calado.

 

El asesinato de un periodista, bueno, tiene ese título de oficio, pero en la práctica no es más que un delincuente, un tergiversador de la realidad, una especie de “sicario moral” (término que hace años utilizó en Colombia un alto asesor del gobierno de Virgilio Barco contra un destacado periodista y columnista), que empaña y demuele la vida personal y social de algunas de sus fuentes, con la utilización de mentiras y sugerencias vulgares, digo que ese crimen cometido en las carnestolendas, es producto de una venganza inútil, asumida por Katharina, a quien el Periódico no solo enloda, sino que con sus reportajes falseados es causa de la muerte de la madre de Blum.

 

La novela es un tratado sobre pesquisas, seguimientos, transformaciones psicológicas y, más que todo, un cuestionamiento de alto nivel a un tipo de prensa dañina y abusiva. De Katharina Blum se sugiere, cuando no se dice en forma directa (y falsa) que es una prostituta, cuando en la práctica no lo es; una farsante aliada a grupos de izquierda, una mujer peligrosa para la sociedad, y así, con el uso de “inmundicias”, como en algún momento calificará las informaciones amañadas y calumniosas del Periódico la ofendida, se teje sobre la mujer de veintisiete años, divorciada, metódica e inteligente, una red que la conducirá a un desenlace fatal, sangriento.

 

En la novela, en la que desde el principio se sabe que Katharina ha asesinado a un periodista (asesinato que el Periódico despliega con grandes titulares, ediciones especiales, obituarios exagerados, “como si —en un mundo en el que se disparan tantos tiros—  el asesinato de un periodista fuera algo excepcional, más importante, por ejemplo, que el de un director, un empleado o un atracador de banco”, dice el narrador), se mantiene la tensión con la utilización de fragmentos de declaraciones, con hechos alrededor de Katharina, los defensores, los fiscales, los amigos de la acusada y las investigaciones alrededor de un crimen.

 

Entre tanto, el lector se va enterando cómo acaecieron los hechos, qué detalles (incluidos los disfraces del carnaval) hubo para que Katharina se trasformara en una delincuente y se derribara su mundo, en el que había conseguido un apartamento pequeño, un carro, algunas amistades en la clase alta (que el Periódico utilizará a su manera para irla catalogando como una bandida). Quizá una de los ángulos más asombrosos, y que causan náuseas, es el de la tergiversación de los hechos que el diario sensacionalista realiza para poner como un ser detestable y amenazante a Blum, sobre la que adulteran parte de su pasado familiar, la relación con sus padres, y llegan al límite injuriante de decir que la madre de ella murió cuando se enteró de lo que había pasado. La culpable, entonces, según la aberrante óptica del libelo, es Katharina.

 

El buen nombre de la muchacha sufre un severo enjuiciamiento social, las informaciones corrompidas la van aislando. La estigmatizan. Es, se dice, cómplice de un bandido, ayudó a su fuga, aprovechó su puesto en un apartamento de alta sociedad para facilitarle el escape. Y en pocos días, mejor dicho, en cuatro, ya es toda una antisocial dadas las características que los “periodistas” le atribuyen. Todo un montaje pervertido. Se trata del ejercicio de un periodismo venal y mentiroso, al que nada le importan los acontecimientos, sino, más que todo, la desinformación acerca de ellos. Katharina, en un callejón sin salida, está de boca en boca, por culpa de la vergonzosa prensa, que entre sus premisas tiene el cultivo pernicioso de la irresponsabilidad.

 

Pero a la joven no solo le esperaban más sustos, sino más desgracias, todas arraigadas en las páginas del nefasto Periódico. No era suficiente con que algún vecino la llamara para ofrecerle caricias con “palabras malsonantes”, sino que su buzón se llenara de cartas, una de las cuales, de un sex-shop, le ofrecía toda clase de artículos, y de tarjetas postales anónimas con ofertas de relaciones sexuales, en las que se le decía, además, “cerda comunista”, otras con insultos de intención política, que la señalaban de “pájara al servicio del Kremlin” e “intrigante roja”. También le mandaron recortes del Periódico, con apuntes marginales en tinta roja. Uno de ellos le advertía: “Lo que Stalin no logró, tampoco lo conseguirás tú”.

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La desesperación ante tanta infamia junta hizo presa en Katharina que de un momento a otro comienza a estrellar contra las paredes botellas de jerez y de whisky, de vino tinto y aguardiente de cerezas, además de envases de salsa, aceite, vinagre, lo mismo que en su baño acaba con polvos, cremas y sales. Es posible que estos eventos fueran sintomáticos del inicio de sus deseos de asesinar. Metida en un lío enorme, por estar acusada de proteger a un delincuente, en Katharina, y según se publican las informaciones del grosero pasquín, se van gestando las ganas de vengarse, de matar a quien ha destruido su vida.

 

El “periodista” Tötges, que entrevistó en el hospital a la mamá de Katharina, publicó en el periodicucho una nota en la que, tergiversando las palabras de la progenitora, la hace decir cosas contra su hija. Este nuevo ataque y la consecuente muerte de la señora Blum, hacen cambiar a Katharina sus modales y el respeto que tiene por la vida.

 

“La primera víctima segura de la misteriosa Katharina Blum, que todavía se encuentra en libertad, ha sido su propia madre, que no superó el shock sufrido al tener noticia de las actividades de su hija. Si ya es bastante raro que esta última bailara con entrañable ternura con un atracador y asesino, mientras su madre se estaba muriendo, el hecho de que este fallecimiento no le arrancara una sola lágrima ya limita con la perversidad”, dice un reporte del Periódico, que también continuará disparando calumnias y despropósitos contra la honra no solo de Katharina sino de sus patrones, defensores y aun del fallecido padre de la muchacha, muerto cuando ella tenía solo seis años.

 

Después, el lector sabrá cómo diseñó el plan de asesinar a Tötges, por qué Katharina sabía manejar armas, cómo en pleno carnaval cita a su casa al reportero tras no hallarlo en un lugar que él frecuentaba, pero después de dejarle la invitación a su casa para una entrevista, y cómo, al final de cuentas, sucede el desenlace. “Fui al bar de los periodistas solo para conocerle. Queria saber qué aspecto tiene un individuo así; cómo gesticula, cómo habla, bebe y baila el hombre que ha destrozado mi vida”, dice Katharina, en el clímax de la narración.

 

Böll, un novelista de largo aliento, consignó en este libro corto una crítica contra el poder y la prensa desvirtuada en sus orientaciones y contenidos. Contra aquellas publicaciones irresponsables, calumniosas y putrefactas que actúan con villanía y sin respeto por los derechos humanos. Ni por las fuentes ni por los lectores. Una auténtica inmundicia, que aún sobrevive en muchos países.  El honor perdido de Katharina Blum, es, se ha dicho, una novela de tesis, es decir, aquella que se crea para demostrar o ilustrar una teoría, una manera de ser de una ideología, o para suscitar un debate en torno a asuntos sociales, políticos o de otra índole. O a una injusticia. Del diario en cuestión, el novelista dice: “está tan empapado de mentira que incluso un hecho no falseado, viniendo de él, parecería falso. En pocas palabras: embrutece hasta la verdad cuando la recoge de forma ‘verídica’”.

 

Böll, en su posdata al epílogo, advierte que en la realidad el diario Bild se volvió un periódico oficial del gobierno alemán, con espacios generosos para los comunicados oficiales. Nada extrañas estas alianzas entre el poder (una inmundicia) y los periódicos, casi todos otra manera del asco y la náusea, como bien lo cantara, en una balada de los setentas, el cantante argentino Piero: “Y todos los días, y todos los días, los diarios publicaban porquerías…”. Ah, y parece que a muchos compradores de periódicos les gusta leer esas porquerías. El Bild sigue siendo uno de los más vendidos en Europa.

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Fotograma del filme El honor perdido de Katharina Blum, dirigido por Margarethe von Trotta y Volker Schlöndorff.

La guerra y una memoria de elefantes

(Sobre Sebald, la destrucción y los bombardeos a Alemania)

N.B. El 7 de mayo de 1945, finalizó en Europa la Segunda Guerra Mundial. Un ensayo, setenta años después, para recordar aspectos tenebrosos de aquel conflicto.

Por Reinaldo Spitaletta

¿Qué es la guerra? Después de tanta destrucción que en el mundo ha sido, aún el concepto de guerra da para escribir novelas, poemas, ensayos; da para teorizar sobre táctica y estrategia, para decir, por ejemplo, que guerra es la continuación de la política por otros medios (y miedos), y así, hasta condenar a un pueblo a ensayar una desmemoria, a negar el pasado, a no tener referentes de la gran tragedia que padeció durante un período de infamia, uno de los peores de la historia humana: la Segunda Guerra Mundial.

¿Qué es la guerra? Tras tantos experimentos, luego de innúmeras aberraciones bélicas que en todos los tiempos se han registrado, las del siglo XX, centuria de ciencia y sangre, de física cuántica y genocidios, sigue siendo la más devastadora. ¿Cómo hacer para salir incólume de una radiación nuclear? ¿Cómo para salir vivo de un campo de concentración y exterminio? ¿Cómo, digamos, sobrevivir en Stalingrado después de que mil doscientos aviones alemanes la bombardearon? ¿Qué imágenes nos quedan de aquellos días de horrores sin cuento? ¿Qué discursos y asuntos de lo moral, lo ético, lo político? Nunca habrá suficiente ilustración acerca de esas jornadas sórdidas y deshumanizantes de la conflagración más siniestra de todos los tiempos.

Y en este punto quiero referirme a la obra Sobre la historia natural de la destrucción, del escritor alemán W.G. Sebald (1944-2001) que investigó en profundidad el silencio que se creó tras los bombardeos y arrasamientos de 131 ciudades y pueblos alemanes, de parte de la aviación aliada, que causó más de seiscientas mil víctimas mortales, civiles todos. ¿Qué pasó con la memoria colectiva? ¿Hubo una conspiración para olvidar? ¿Las víctimas acaso prefieren no recordar como un mecanismo de defensa?

En su ensayo, en el que incluye fotografías, afiches y fascsímiles de manuscritos, Sebald, un hombre que comenzó tardíamente en la literatura, se pregunta por qué un pueblo como el alemán parece ciego a la historia y sus tradiciones, sobre todo después de la incineración de tantas localidades y, claro, tras la derrota de estrépito en la Segunda Guerra. ¿Hay una suerte de expresión de la culpabilidad al querer olvidar? ¿O, al contrario, un enterramiento de la culpa? En sus conferencias de Zurich, que son las que hacen parte del volumen, con el subtítulo de guerra aérea y literatura, el escritor recorre momentos de espanto de las poblaciones y el pueblo germano, con figurarse que solo la Royal Air Force arrojó un millón de toneladas de bombas sobre el territorio enemigo de Alemania. Y en esas se halla cuando se pregunta si en el proceso de reconstrucción, tras el fracaso en la guerra, se estaba creando “una nueva realidad sin historia”, con miras más al futuro y con la intencionalidad, quizá inconsciente, de no mirar hacia atrás.

Y aunque el ensayista no lo dice, puede ser también que las historias de los vencedores, las de los Aliados y los soviéticos, dejen sin posibilidades de palabra a los vencidos, y que en ese sentido, el peso de la derrota y, por extensión, del terror que vivió el pueblo alemán con los bombardeos que casi borran a todas sus ciudades de la faz de la tierra, haya incidido en el no-recuerdo, en la faceta de no volver la mirada quizá para no convertirse en estatua de sal de la historia.

Y aquí vuelve a preguntarse ¿por qué una amnesia colectiva, si acaso tenga ribetes de consuelo, o de no volver abrir heridas? ¿Cómo va a ser posible olvidar aquel estado de destrucción material y moral en la que quedó el país, tras los ataques, o mejor dicho, contragolpes mortíferos de Inglaterra, Estados Unidos y de la llegada por tierra del Ejército Rojo soviético? Y entonces, Sebald advierte que la única novela que dio una aproximación de las dimensiones inconmensurables del espanto fue la del gran escritor Heinrich Böll: El ángel callaba, escrita a finales de los cuarenta. “Al leerla —dice— resulta evidente enseguida que precisamente ese relato, impregnado al parecer de una irremediable melancolía, era demasiado para los lectores de la época”, y por tal motivo no se publicó sino muchos años después, en 1992. Es una obra llena de sangre y agonías.

El escritor, desde luego, no pasa por alto, por ejemplo, que si Alemania hubiera podido incendiar a Londres, lo hubiera hecho. En 1940, en una cena en la cancillería del Reich, Hitler fantaseaba, según Albert Speer, sobre la destrucción total de la capital del imperio británico: “¿Han visto alguna vez un mapa de Londres? Está tan densamente edificado que un incendio bastaría para destruir la sociedad entera, como ocurrió ya hace doscientos años. Göring quiere, mediante innumerables bombas incendiarias de efectos totalmente nuevos, producir incendios en las distintas partes de la ciudad, incendios por todas partes”. El sueño del Führer no se cumplió. Y más bien, se trastocó después en pesadilla para sus compatriotas.

Y entonces, el mismo Sebald recuerda que los bombardeos pioneros en la Europa de antes y durante la guerra, fueron alemanes: Guernica, bombardeada por la Legión Cóndor; Varsovia, Belgrado, Rotterdam, y en 1942, cuando muchos alemanes soñaban con establecerse en algún jardín de cerezos rusos (¡0h!, Chejov), llovió fuego contra la ciudad soviética a orillas del Volga, donde, en rigor, comenzó la derrota del Tercer Reich.

La guerra, entonces, cobra sus auténticos principios destructores, con la premisa de la aniquilación total, o si no, por lo menos, más completa del enemigo. Y en ese sentido, Sir Arthur Harris advertía que “la guerra de los bombardeos era la guerra en su forma más pura y franca”. Es decir, hay que producir como sea el mayor número de víctimas al rival, y no importa de cuál categoría. Es más, la muerte de civiles en masa puede disminuir al enemigo en su condición de creerse invencible.

En su libro, Sebald se introduce en el mundo de pánico de los bombardeos ingleses y norteamericanos sobre las poblaciones alemanas, como la destrucción de Hamburgo, en la Operación Gomorra, que pretendía convertir en cenizas a la ciudad. “En el raid de la noche del 28 de julio (1943), que comenzó a la una de la madrugada, se descargaron diez toneladas de bombas explosivas e incendiarias sobre la zona residencial densamente poblada situada al este del Elba…”. Y en efecto, Hamburgo quedó reducida a polvo y pavesas.

En su repaso por reportajes y obras literarias sobre los bombardeos y destrucción de Alemania, Sebald lleva a los lectores a momentos cumbre de horror, acerca de aquel mundo de sufrimientos, desplazamientos, muerte y desventuras de los habitantes de ciudades y poblados. Y advierte que, aparte de Böll, escribieron sobre aquellos días apocalípticos Hermann Kasack, Hans Erich Nossack y Peter de Mendelssohn. “Mérito innegable de Nossack es que, a pesar de su desafortunada tendencia a la exageración filosófica y la falsa trascendencia, fue el único escritor que intentó escribir sobre lo que había visto realmente de la forma más sencilla posible”, dice Sebald, autor de Austerlitz y Los anillos de Saturno.

Hay en este libro imprescindible para la comprensión de aspectos terribles de una guerra como la sucedida entre 1939 y 1945, asuntos que pueden enmudecer de horror a cualquiera que en el mundo sea sensible. Hubo, por ejemplo, la posibilidad de que al sacar banderas blancas, hechas con sábanas, como señal de que no bombardearan una ciudad. Sobre el caso, el brigadier Frederick L. Anderson, de la Octava Flota Aérea de los Estados Unidos, le dijo a un reportero, pasada ya la guerra: “Las bombas son ‘mercancías costosas’. No se las puede lanzar prácticamente sobre nada en las montañas o en campo abierto, después de todo el trabajo que ha costado fabricarlas”.

Las conferencias de Sebald acerca de la catástrofe producida en Alemania por los bombardeos, tiene pasajes sobre el terror individual, los daños sicológicos y otras secuelas que los bombardeos dejaron en niños y adultos. Uno de los más terribles puede ser el sucedido en el zoológico de Berlín, durante un bombardeo con bidones de fósforo y bombas incendiarias, que quemaron quince edificios del jardín: la casa de los antílopes y la de las fieras, el templo de los elefantes, que perecieron y luego tuvieron que ser despedazados: “los hombres se metían arrastrándose dentro de la caja torácica de los paquidermos, hurgando entre montañas de entrañas”.

El libro, en efecto, es un recorrido por un mundo de desgracias, de torturas y dolores, de padecimientos humanos, de las desventuras de un pueblo que después de la hecatombe, quiso mantener en la oscuridad aquellas calendas. Y así como en la obra volvemos a encontrarnos con filmes de Fritz Lang, con palabras de Canetti y de Thomas Mann, por ejemplo, el trasfondo siempre será aquella agonía inconclusa, que parece prolongarse hasta los tiempos contemporáneos, tras setenta años de la terminación de la Segunda Guerra.

Los acontecimientos que casi borraron a las ciudades alemanas, se transmutaron después en un tabú colectivo, en una especie de brutal desmemoria popular. Era como si todos quisieran mantener en el limbo aquel pasado de atrocidades. El nacionalsocialismo y todas sus aberraciones, al principio simpatizadas por países que después serían objetivo de las ambiciones imperiales de Hitler (como Francia, Inglaterra y los mismos Estados Unidos), abonaron el terreno para que, después, el cielo de Alemania se poblara de aviones enemigos, que vomitaron fuego y muerte sobre los civiles. Un interrogante sutil flota en el libro: ¿quién tiene derecho a atribuirse el rol de víctima? Y lo de siempre, aunque no esté ahí: los victimarios parecen ser los dueños de la historia. Sobre todo, cuando no hay memoria, una categoría que cuando intentas huir de ella, como decía Sebald, acaba disparándote por la espalda.

W.G. Sebald. Sobre la historia natural de la destrucción. Editorial Quinteto, Anagrama. 158 p.

La última tinta de Günter Grass

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N.B. Hoy (abril 13 de 2015) murió en Lübeck, Alemania, el escritor Günter Grass. En enero de 2014 escribí esta columna que ahora reproduzco en el blog.

Por Reinaldo Spitaletta
Un escritor debe ser, como diría algún filósofo, la “mala conciencia” de su tiempo. No debe estar acariciando las sayas de los que están en el poder, cualquiera que éste sea, ni andar detrás de los emperadorcitos o servirles de acólitos. No. Un escritor —se supone— debe ser un cuestionador del mundo, de sus injusticias y peligros. Y en ese sentido, creo que el reciente debate suscitado por Günter Grass se enmarca en esa condición del deber ser de un escritor.

El autor de El tambor de hojalata está, hoy, en la mira israelí y en particular del gobierno de Benjamin Netanyahu, por el poema en prosa que escribió en contra del “presunto derecho de un ataque preventivo que podría destruir al pueblo iraní”. Grass sugiere en su escrito que en Israel existe un enorme potencial nuclear, en secreto, que no es sometido a ninguna inspección internacional. Denuncia la hipocresía occidental que admite el hecho pero guarda silencio sobre el mismo.

El caso es que a propósito de la publicación del poema del Nobel de Literatura alemán, el gobierno israelí lo declaró persona no grata, al tiempo que otras organizaciones lo han considerado un “antisemita”. Esto último no es raro cuando se equipara o se confunde que cuestionar al gobierno de Israel es ser antisemita, en una desviación que ha convenido de varias maneras al estado israelí. Ya no se puede, por ejemplo, declarar a favor del pueblo palestino, porque de inmediato viene contra quien así actué el calificativo de antisemita.

Grass, que según él, a los ochenta y cuatro años, está empleando ya su “última tinta” se pregunta si la potencia atómica Israel amenaza la “frágil paz mundial” y advierte que no se callará ante lo que puede ser un acto infame que destruiría a un pueblo como el de Irán. Critica la posición alemana de entregar como parte de una reparación, seis submarinos a Israel “cuya especialidad es enviar ojivas destructoras a un sitio donde la existencia de una sola bomba no ha sido probada”.

El escritor, en una actitud ética, dice hoy lo que hay que decir y se interroga acerca del silencio que había guardado al respecto: “Porque pensé que mi origen, que está marcado por un baldón imborrable prohíbe imputar este hecho como verdad expresada al país Israel, al que estoy unido y quiero seguirlo estando…”. Y da a entender por qué un alemán —de un país cuyos crímenes están reconocidos— sí puede criticar las actitudes de un gobierno como el de Israel. Y aquí cualquiera podría expresar si el haber sido víctimas casi seis millones de judíos en los campos de concentración nazi, le da hoy patente a Israel para actuar como se le venga en gana, ¿o acaso aquella vileza de Hitler y compañía contra judíos (¡ah!, y comunistas y gitanos y homosexuales, etc.) la ampara contra las críticas a su militarismo, contra su empecinamiento de negar a los palestinos una patria?

Günter Grass, ahora en el ojo del huracán, ha tocado un problema que, en rigor, acosa a los pueblos del mundo, no sólo a los de Israel e Irán. El polémico autor de La ratesa, que estuvo hace años bajo la vigilancia de la Stasi de la Alemania oriental pero también de los servicios secretos de la Alemania occidental, debe saber que es interesante —y hasta necesario— que un gobierno, un poder, lo declare persona no grata. Eso lo vacuna contra el servilismo.

El escritor, que en su juventud perteneció a las paramilitares Waffen SS de Hitler, asunto que reconoció después de muchos años (ver su autobiografía Pelando la cebolla), ha dicho que el sentido de culpa alemán frente a Israel no puede terminar por mancharse de otra culpa a la hora de apoyar un ataque preventivo israelí contra Irán. Y por eso, según él, ha roto su silencio y atacado la hipocresía occidental. Este filólogo e inventor de palabras, admirador de los hermanos Grimm, sabe que su posición está del lado de la preservación de la humanidad y de la convivencia pacífica.

CODA:

Al comenzar 2014, el autor de El tambor de hojalata y El rodaballo anunció que no volvería a escribir novelas, por el esfuerzo y tiempo que hay que dedicar a la creación de una obra de envergadura, como fueron las suyas. “Me resulta imposible concebir proyectos de ese calibre”, dijo a los 86 años. Su actividad creativa, sin embargo, no paró y estuvo dedicado en sus últimos tiempos a la escultura. También era diseñador gráfico y varias de las portadas de sus libros las concibió él. En abril de 2012 publicó el poema Lo que debe ser dicho, y se ganó críticas a granel, pero también la renovación de la admiración por su talento literario y su independencia. Al parecer, el poema en mención sí se erigió como su “última tinta”.

En 1979, Volker Schloendorff dirigió el filme El tambor de hojalata, basado en la novela de Grass.