Un festivo París bajo el cono azul

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En una carta, Ernest Hemingway, un escritor tan leído como imitado, advertía a un amigo, en 1950, que “si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará vayas donde vayas, todo el resto de tu vida”. Y al autor de El viejo y el mar lo siguió la Ciudad Luz toda la vida, porque “París es una fiesta que nos sigue”. Puede ser la ciudad más cantada (bueno, otras le disputan ese privilegio: Nueva York, Roma, Buenos Aires…), pero, en todo caso, era en otros días una de las más mentadas, por ejemplo, en el tango argentino. Y hay que recordar que cuando París dio su beneplácito a esa música tremenda, perturbadora, a fines de la primera década del siglo XX, la burguesía porteña y la aristocracia (no la del arrabal) se prosternaron ante ese fenómeno extraordinario de la cultura popular del Río de la Plata.

 

Hemingway se dejó deslumbrar y querer por París, sin caer en la tentación de naufragar en la vorágine de la bohemia. Al contrario, se burló de aquellos “artistas” que creían que la borrachera y los desórdenes de los sentidos los inspirarían y mejorarían sus producciones. Y el escritor fue fiel a su vocación, en París y en todas partes donde estuvo. Y tal vez fue en esa ciudad de prodigios donde aprendió a escribir de un modo que hiciera efectos en el lector sin que este se diera cuenta.

 

Bueno, pero para cambiar de horizonte en el viejo París, el tango, o varios de ellos, como Marión, Anclao en París, La que murió en París, Madame Ivonne, Noches de Montmartre, tienen historias que se desarrollan en esa ciudad de poesía y alucinaciones, de cabarets y vidas licenciosas. Otro, de bar de esquina, es Bajo el cono azul, de Alfredo De Angelis y Carmelo Volpe, grabado en 1943.

 

En los cafetines de Bello, dotados de pianolas luminosas, se escuchaba la versión de De Angelis con la voz de Floreal Ruiz. La música se esparcía en el ambiente de botellas y copas, y salía a la calle, a chorros. Era atrapadora y suscitaba una cierta melancolía con sus acordes introductorios. No sé en cuál de aquellos bares tenían otra versión de ese tango, con la Orquesta Típica Víctor y la interpretación vocal de Alberto Carol, quizá con más musicalidad, o un no sé qué, un sentir inexplicable, que se me quedó grabado en los tejidos de la memoria.

 

Tiempo después, el mundo del teatro me hizo escuchar (y ver, porque las palabras se ven) aquel tango de otras maneras, siempre, no sé por qué, con una luna artificial sobre el recuerdo. “Bajo el cono azul de luz bailando está Susú su danza nocturnal…”. Una imagen de una muchacha iluminada en un escenario que casi siempre estaba solo, con una soledad que nadie entendía más allá de las luces. “Sola, en medio del salón se oprime el corazón, cansada de su mal…”.

 

En esa parte, a veces me preguntaba cuál sería su mal: si una enfermedad, que hay tantos tangos que se refieren a estados mórbidos, como los hay sobre mujeres que tosen y tosen, como Margarita Gautier, por ejemplo. Su mal pudo estar más en su dolor de ausencia: “veinte años y un amor, luego la traición de aquel que amó en París…”.

 

En ese tango —me parecía entonces— había una tristeza sin límites, un vacío existencial, una relación rota que deja huecos y abismos en el alma. “¡Mariposa que al querer llegar al sol solo encontró la luz azul de un reflector!”. Había (bueno, hay todavía, que cada vez que lo escucho hay una especie de desprendimiento interior) un lado de la tragedia, la de la muchacha azulada por la luz: “Bajo el cono azul envuelta en el tul gira tu silueta en el salón…”, sí, y yo creía que el azul era el color de la melancolía. Una melancolía pegajosa, agria y dulzona a la vez, que se aferraba a la piel y a la garganta en nudos.

 

La muchacha me daba la impresión de una inestable fragilidad, a punto de romperse,  o, desde otras perspectivas, a punto de quemarse cual mariposa desorientada por el calor del reflector. “Y yo desde aquí, como allá en París, sueño igual que ayer otra ilusión…”, y en esta parte de la canción surgía otro punto de vista, y la muchacha se invisibilizaba, se iba, era parte de un recuerdo de otro: “No sé si te amé… acaso lloré cuando te alejaste con tu amor…”. Aquí podría haber confusiones, quién narraba, a quién más le dolían las ausencias parisinas. Ella, allá, bajo el cono azul, y el otro, distante, en actitud de recordaciones.

 

“¡Triste recordar! ¡Sigue tu danzar!… Yo era solo un pobre soñador”. Y en este punto, tampoco sé por qué, París estaba presente en los que iban allá a soñar, a buscar otra luz, y en las ganas de estar en esa ciudad tan literaria, tan novelada. El tango emanaba de las gramolas, con irrigación de músicas en las calles, en las ventanas, en las esquinas de muchachos a los que el amor todavía no les había jugado ninguna mala pasada.

 

Y de pronto, el cono azul se iba diluyendo, porque la muchacha ya no bailaba bajo el chorro luminoso y más bien estaba llorando en las sombras del salón. Qué drama en tan pocas palabras, qué historia sugerida con algunas pinceladas verbales: “solloza un corazón su mal sentimental…”, ella todavía en París, y el otro, quién sabe dónde. “¡Mariposa que al querer llegar al sol solo encontró la luz de un reflector!”. He ahí la verdad de ese París de melodía, un espejismo, un brillo extraviado en la noche de los desamores.

 

Hace poco, y sin anunciarse, ese tango volvió a aparecer en mi entorno, y las brumas de un tiempo de ensoñaciones se despejaron, y ahí, bajo el cono azul de luz, volví a ver aquella muchacha, llamada Susú, quemada en la luz de un reflector.

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Flores del alma o un vals del adiós

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era como una despedida. Cuando lo escuchaba —más que todo, la música emergía de pianolas bien iluminadas— en cafés de barrio, se me formaba un nudo en la garganta y no sabía por qué. En la letra del vals había (hay todavía, claro) una mezcla de memoria y olvido, de júbilo y desgracia, que dolían, pero, a su vez, alegraban porque no era una tragedia. Era (es) una revelación, con ingredientes de promesa y de consuelo.

 

La común, la que molían con frecuencia, era la versión de Dante y Martel, con la limitada y popular orquesta de Alfredo de Angelis, y no sé si había otra interpretación de bar. Es posible, pero no la recuerdo. Comenzaba con unos versos que, para esos días, me parecían plenos de gloria: “Recuerdos de una noche venturosa que vuelven en mi alma a florecer”. Producían imágenes, tal vez las de muchachas que esperaban en balcones, o tal vez en ventanales, a que su amor —el amor— apareciera en una esquina.

 

Recuerdos que se fueron con el tiempo, presiento que reviven otra vez”, y había en la continuación, una como lucha entre el hoy y el ayer, lo ido y lo que vuelve, lo que está y lo que ya no es. Uno, claro, lo escuchaba de corrido, sin pararles muchas bolas a cada verso, sino a la generalidad, o a veces, todo quedaba sumergido en una confusión, en un borroso episodio, en el que había amores y desilusiones.

 

En la segunda estrofa llamaban la atención, quedaban resonando, la noche, la soledad y la luna, y después arribaba el olvido y aquello —como una constancia existencial— de “tú sabes que te quiero y te querré”, a manera de certeza, como si el paso del tiempo no alterara nada y todo pudiera cumplirse como se dice y se aspira en el presente, o se imagina o se presiente.  “A nadie quise tanto como a ti”, que suena bien, es, si se observa con detenimiento, un lugar común de los enamorados o de los que en ese trance estuvieron. Y después, (¿si habrá después?) se llega a saber que todo ha sido una ilusión.

 

El vals, escrito por Alfredo Lucero Palacios y Lito Bayardo, con música de Juan Larenza, termina con una partida y la “amargura del adiós” para llegar a la conclusión, entre categórica y dudosa, de “acaso con los años me hayas olvidado, ¡pero nunca yo!”. Pasaron muchos años, no sé cuántos, sin escuchar el valsecito dulce y tristón hasta cuando vi la película Tango, de Carlos Saura, en la que lo interpretan Viviana Vigil y Héctor Pilatti y entonces tuve unos chispazos de recuerdos de adolescencia, cuando en bares de obreros y vagos, sonaba de vez en cuando en los traganíqueles.

 

No es que haya sido, lo confieso, una valsecito entrañable para mí, como sí lo son, por ejemplo, Bajo un cielo de estrellas, Pedacito de cielo o Romance de barrio. Se mantenía guardado quién sabe en qué territorio ignoto hasta cuando escuché una versión electrizante, muy vieja y bella, de la orquesta de Pedro Laurenz, con la voz de Martín Podestá, al que solo le permiten cantar las dos primeras estrofas, porque el resto lo hace la orquesta de un modo de maravilla, con fraseos delicados y contundentes, con sentimentalidad en los instrumentos, y entonces me recorrieron recuerdos y ensoñaciones.

 

Una canción como esta, quizá elemental, y por eso mismo sentida, hospeda tiempos y geografías idas, fragmentos de memoria, la brevedad del ser. Ilusiones perdidas. Está hecha para los adioses, para las despedidas de gentes y cosas que jamás volveremos a ver, algunas de las cuales pueden ser parte del olvido, que pocas flores tiene.

 

Fotograma del filme Tango, de Carlos Saura