Peripecias del muñeco de Año Viejo

(Crónica con tictac para exorcizar los fantasmas del tiempo)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Un recuerdo de infancia me lleva a vislumbrar en una esquina de fin de año a un hombre sentado. Bueno, en rigor no es un hombre, es su representación, vestido de ropas viejas, con tripas de trapo y pólvora (lo supe después), con ojos vacíos que miran sin mirar el tiempo último, los minutos contados. Su saco desvaído, sus zapatones desvencijados, recuerdan a un payaso obsoleto. Es una figura tristona, junto a la cual, un tipo de verdad, con traje de mujer y pañoleta oscura, llora sin consuelo como si fuera la viuda del muñeco de Año Viejo.

 

Los muñecos de fin de año, parte de una cultura popular, hoy degradada, a veces daban la impresión de ser beodos en trance de irse al piso, con su botella de licor vacía en un bolsillo roto. El barrio giraba en torno a la confección de aquel símbolo del tiempo que moría el último día del año, con recolección de ropas de segunda, o quizá de tercera, en un ritual que aunaba muchachos y señoras, en una demostración de sociabilidad, alegría y teatralidad.

 

Los diseñadores del muñeco, que iban de puerta en puerta, también solicitaban monedas para la compra de explosivos y fuegos de artificio para rellenar el estómago del hombre de trapo que moriría (sin posibilidades de resurrección) a las doce de la noche del 31 de diciembre, en medio de llamaradas purificantes y detonaciones, con gritos desaforados de celebración. Con restos de sábanas blancas, ya curtidas, se formaba la fisonomía. Había expertos en pintar la boca, que en ocasiones tenía un rictus mortuorio, y en buscar sombreros viejos entre los señores de la barriada.

 

Había muñecos de fina estampa. A veces, según la imaginación y los recursos de los hacedores, se les ponía una rosa o un clavel rojo en el bolsillo de la chaqueta, que por raída que estuviera, con ese toque alcanzaba a darle al personaje dimensiones de dandi extemporáneo. O al sombrero se le ataba una cinta nueva, o se adornaba con alguna borla, quizá un sobrante de la ornamentación navideña. No faltaba el de gusto distinto que conseguía guantes para el muñeco. El caso es que, con el esperpento listo, se armaba una juerga callejera, de ires y venires —sin hacer “retenes” a veces amenazantes como los que hoy se estilan en ciertos sectores de la ciudad—, con una mezcla de ingenuidad y creación colectiva. Los preparativos comenzaban desde el treinta, para tener lista, por la mañana del treintaiuno, la representación final del tiempo viejo.

 

Para algunos, muy avisados, el muñeco era como una suerte de golem, de materia prima con la que se podría, de acuerdo con la capacidad inventiva, darle vida a esa figura que adornaba el paisaje urbano de fin de año. Y, de hecho, en su construcción había una especie de creación divina, de soplo secreto, hermético, que era como la de la aparición mítica del primer hombre. El muñeco de Año Viejo pudiera parecerles a algunos un Adán anciano, que al fin de los tiempos había perdido el paraíso y terminaría en la nada y los ostracismos en la Nochevieja.

 

Tal vez sin saberlo, el rito con el muñeco de Año Viejo revivía una antigua inquisición, porque, sin condena explícita, el hombre de trapo finalizaría en el fuego, observado por multitudes vociferantes que gozaban viéndolo consumirse junto con el calendario. Y en la medida que se tornaba en cenizas, crecía el fragor de las explosiones de despedida al tiempo viejo y de bienvenida al nuevo año. Y en ese punto, el muñeco iba quedando en el olvido, se convertía en otra ausencia, en la nada, en lo que ya no es. Un adiós de lágrimas secas.

 

Aquellos muñecos de año viejo le daban razón al poeta que afirmaba: “el tiempo es la única verdad”. Una verdad que se diluía en el último segundo del año, para resurgir al segundo siguiente con una novedad, que a lo mejor seguía siendo vieja, el tiempo de siempre, el intranscurrible, el eterno. ¿Envejece el tiempo? ¿Rejuvenece acaso? Y a todas estas especulaciones, estaba a la vuelta de las hojas de calendario un interrogante fundamental: ¿qué es el tiempo?

 

Pero en aquellos días en que los relojes poco significaban, el muñeco de Año Viejo nos ponía a disfrutar de la luminosidad del fin del año, que era (o es) como la terminación de una etapa y el comienzo de otra. No pensábamos en incertidumbres ni azares. La vida transcurría, casi siempre en medio de juegos y algazaras. Eran día felices sin pensamientos en torno al incierto porvenir.

 

Una memoria de infancia me transfiere a espacios idos, a calendarios que ya no son, para ver en una esquina de fin de diciembre un muñeco de Año Viejo, que cuando lo miraba, me guiñaba un ojo, como diciéndome que algún día sabría lo que significaba el tiempo, pero entonces ya sería demasiado tarde.

 

En el muñeco fin de añero, hay una tristeza irreparable. Se le ve, exánime, sin esperanza ninguna, a la espera de su destino fatal. Su condena es ineludible. El patíbulo lo espera sin conmiseraciones. Y su muerte transcurrirá en medio de detonaciones y los alaridos festejantes de los demás.

 

El muñeco de Año Viejo, símbolo de lo efímero, de lo que es y dejará de ser, es o puede ser una manera de exorcizar el pasado, un ajuste de cuentas con un calendario que toca a su fin. Y, en medio del fuego final, la apertura a azarosos días que se envejecerán hasta convertirse, de nuevo, en un muñeco de trapo y zapatos viejos.

 

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“El año que viene vuelvo…”

El muñeco de Año Viejo

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Un recuerdo de infancia me lleva a vislumbrar en una esquina de fin de año a un hombre sentado. Bueno, no es un hombre, es su representación, vestido de ropas viejas, con tripas de trapo y pólvora (lo supe después), con ojos vacíos que miran sin mirar el tiempo último. Su saco desvaído, sus zapatones desvencijados, como de payaso obsoleto. Es una figura tristona, junto a la cual, un tipo de verdad, con traje de mujer y pañoleta oscura, llora sin consuelo como si fuera la viuda del muñeco de Año Viejo.

 

Parte de una cultura popular, hoy degradada, eran los muñecos de fin de año, que a veces daban la impresión de ser un beodo en trance de irse al piso, con su botella de licor vacía en un bolsillo roto. El barrio giraba en torno a la confección de aquel símbolo del tiempo que moría el último día del año, con recolección de ropas de segunda, o quizá de tercera, en un ritual que aunaba muchachos y señoras, en una demostración de sociabilidad, alegría y teatralidad.

 

Los diseñadores del muñeco, que iban de puerta en puerta, también solicitaban monedas para la compra de explosivos y fuegos de artificio para rellenar el estómago del hombre de trapo que moriría a las doce de la noche del 31 de diciembre, en medio de llamaradas purificantes y detonaciones, con gritos desaforados de celebración. Con restos de sábanas blancas, ya curtidas, se formaba la fisonomía. Había expertos en pintar la boca, que en ocasiones tenía un rictus mortuorio, y en buscar sombreros viejos entre los señores de la barriada.

 

Había muñecos de fina estampa. A veces, según la imaginación y los recursos de los hacedores, se les ponía una rosa o un clavel rojo en el bolsillo de la chaqueta, que por raída que estuviera, con ese toque alcanzaba a darle al personaje dimensiones de dandi extemporáneo. O al sombrero se le ataba una cinta nueva, o se adornaba con alguna borla, quizá un sobrante de la ornamentación navideña. No faltaba el que conseguía guantes para el muñeco. El caso es que con el esperpento listo, se armaba una juerga callejera, de ires y venires —sin hacer “retenes” lumpescos como los que hoy se estilan en ciertos sectores de la ciudad—, con una mezcla de ingenuidad y creación colectiva. Los preparativos comenzaban desde el treinta, para tener, por la mañana del treintaiuno, lista la representación final del tiempo viejo.

 

Para algunos, muy avisados, el muñeco era como una suerte de golem, de materia prima con la que se podría, de acuerdo con la capacidad inventiva, darle vida a esa figura que adornaba el paisaje urbano de fin de año. Y en su construcción había, de hecho, una especie de creación divina, de soplo secreto, hermético, que era como la de la aparición mítica del primer hombre. El muñeco de Año Viejo pudiera parecerles a algunos un Adán anciano, que al fin de los tiempos había perdido el paraíso y terminaría en la nada y los ostracismos en la Nochevieja.

 

Tal vez sin saberlo, el rito con el muñeco de Año Viejo revivía una antigua inquisición, porque, sin condena explícita, el hombre de trapo finalizaría en el fuego, observado por multitudes vociferantes que gozaban viéndolo consumirse junto con el calendario. Y en la medida que se tornaba en cenizas, crecía el fragor de las explosiones de despedida al tiempo viejo y de bienvenida al nuevo año. Y en ese punto, el muñeco iba quedando en el olvido, se convertía en otra ausencia, en la nada, en lo que ya no es. Un adiós de lágrimas secas.

 

Aquellos muñecos de año viejo le daban razón al poeta que afirmaba: “el tiempo es la única verdad”. Una verdad que se diluía en el último segundo del año, para resurgir al segundo siguiente con una novedad, que a lo mejor seguía siendo vieja, el tiempo de siempre, el intranscurrible, el eterno. ¿Envejece el tiempo? ¿Rejuvenece acaso? Y a todas estas especulaciones, estaba a la vuelta de las hojas de calendario un interrogante fundamental: ¿qué es el tiempo?

 

Una memoria de infancia me transfiere a espacios idos, a calendarios que ya no son, para ver en una esquina de fin de año un muñeco de Año Viejo, que cuando lo miraba, me guiñaba un ojo, como diciéndome que algún día sabría lo que significaba el tiempo pero entonces ya sería demasiado tarde. Qué vaina.

 

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Atardecido paisaje de Año Viejo

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Me fui a traficar con el paisaje, que es lo que más abunda en el mundo, según Saramago, y no pude venderle a nadie (tampoco lo ofrecí, caray) un atardecer de incendio de Año Viejo. Estaba en un lugar montaraz, quizá el mismo donde un expoeta nadaísta quiso comprar, hace tiempos, treinta centavos de arreboles con flores de sietecueros y hojas peludas y venosas que cubren alambradas de púas.

 

El último atardecer del año, visto desde el oriente rural de Medellín, entre bosques nativos y cantos de pájaros vespertinos, tirado en la manga, a la espera de que los mosquitos se dieran un banquete con mi sangre sin alcohol, solo por observar los cambios de luces del cielo, en el poniente anaranjado, violeta, rosado; y de súbito, sobre ese lienzo lejano, de horizonte en ocaso, un mar celeste. Sí, un mar de colores cambiantes, con islotes oscuros. Y ninguna embarcación.

 

Pudo ser un modo de volver a la infancia perdida, cuando las nubes eran ogros y princesas, osos y hadas desnudas, y tirarse en la hierba, bocarriba, era como un desafío a la imaginación. La luz del Año Viejo me recordó antiguos días de juegos callejeros y bolsillos con bolas de cristal, de tiempos sin tiempo. Había en aquella acuarela atardecida, barquitos de papel y naufragios de esquina de barrio.

 

Creí ver un alcaraván entre un sembradío de lechugas Batavia. Luego, un globo atravesó el cielo luminoso y el aire frío me hizo frotar las manos. Pensé en echarme parte de aquella visión al bolsillo de atrás, donde años ha guardábamos sapos y pitas para trompos sin baile. Ninguna picadura hasta ese momento, tal vez porque la loción repelente estaba funcionando. Me pareció que les estaba jugando sucio a los mosquitos y que no era legítimo alejarlos de ese modo, con una especie de guerra química, pero no había tiempo de ponerme a luchar con ellos. Y perderme el cambiante cielo, el último cielo de 2015.

 

Debía memorizar a toda velocidad, más baja que la de la luz, claro, la mutante escenografía celestial, que ya no era de mar e islas, sino que tenía la forma danzante de una mujer desnuda, hecha de pequeñas nubes y colores crepusculares. El viento, cada vez más helado, movía las hojas de los árboles que ya no eran verdes, sino de tonos incandescentes, que parecían quemarse en cañadas y altozanos.

 

A quién pudiera venderle estas imágenes: a los invisibles ladridos de perros, a las detonaciones de cohetes de despedida, al lejano brillo de la ciudad que apenas se vislumbraba muy abajo. Quién querría comprarme el último atardecer, si todos igual pudieran venderlo, o robarlo, o quedarse alelados con la gratuidad del cielo y las ondulaciones de las montañas.

 

Tal vez en otros días, por estas breñas hoy casi urbanizadas, hubo voces de ángelus, oraciones para recibir la noche, campesinos cansados buscando cama cuando en los alrededores no había torres de energía. Ahora, merodeaba por una vereda con carretera solo para carros, sin espacio para caminantes, un tipo que quería robarse el paisaje para vendérselo a los citadinos, con el pretexto de que se trataba de la última pintura celeste del Año Viejo.

 

De pronto, ya no había mar y la variada paleta de rojedumbres y violetas y amarillos de llamarada se había esfumado. Había olor a grama y a exiliados eucaliptos. Las sombras convocaron nuevos cantos. De no sé dónde, llegaron sonidos de músicas tropicales que despedían el año. No pude convertirme en contrabandista de paisajes de la última tarde del año y entonces esperé sobre la grama oscurecida la luz de las nuevas estrellas.