Isidoro Blaisten: fumador, loco y cuentista

Por Reinaldo Spitaletta

 

N.B: Hace 20 años conocí en Buenos Aires a un escritor muy particular. Se llamaba Isidoro Blaisten. Cuando murió, hace una década, escribí una crónica. Hoy vuelvo a evocarlo, como si fuera un tango o una canción de gesta.

 

A Isidoro Blaisten se lo llevó una muerte de nicotina, tal vez deliciosa, una noche de sábado de agosto. Ella fue la única que le pudo quitar la locura, la misma que él organizaba escribiendo. “No me cure la locura, doctor, que es lo único que tengo”, solía decir, como él mismo escribiría después en la contratapa de su libro Cerrado por melancolía. El hombre escribía por necesidad, e inclusive porque le dictaban desde las zonas del misterio.

 

Cuando lo conocí, lo único que había leído suyo era su nombre, en una librería de usados, en la calle Corrientes. El librero me dijo: “Si querés saber quién es el mejor escritor de cuentos de Argentina, leé a Isidoro Blaisten”. Al día siguiente, yo ya estaba en el piso 17 de un edificio de apartamentos de la calle Talcahuano. El tipo que me recibió tenía un bigote ahumado, una voz de arena (quizá como la de aquel tango de Garganta con arena), una sonrisa de bienvenida, un cenicero en forma de cabeza de caballo en su estudio, una foto gigante de Borges que no dejaba de mirarnos con sus ojos ciegos, una biografía de Onetti en el escritorio, muchos papeles y cuadernos de hule. Ah, y en ese momento se estaba fumando un Parisienne, del cual consumía dos paquetes diarios.

 

El tipo este, que para 1994 (año en que lo conocí) ya había publicado doce libros, era una mezcla rara de melancolía judía y hospitalidad porteña, aunque no había nacido en Buenos Aires sino en la provincia de Entre Ríos, en 1933. Recuerdo que lo primero que le pregunté, para romper el hielo, fue de dónde era su apellido. Borges ya se lo había dicho a él, en el hotel Sheraton, una tarde en que Blaisten ayudó por casualidad al autor de El Aleph a bajar unas escaleras: apellido alemán, muy antiguo, quiere decir “piedra de plomo” (bleistein), pero también está relacionado con el color azul… el tal Borges se las traía. Y digamos que el tal Isidoro, también.

 

Para sobrevivir, Blaisten había sido fotógrafo ambulante, redactor publicitario, periodista y librero. No se sabe cómo hizo para mantenerse de estos oficios, sobre todo del de librero. Su librería quedaba en una mítica esquina de tangos, y no de cualquier tango sino de Sur, de Troilo y Manzi. En San Juan y Boedo. Cigarrillo tras cigarrillo esperaba que entrara algún cliente, pero nada, y el hombre ahí, entre el humo, entre los libros que buscaban un lector, y entonces, ante tantas soledades y esperas, se iba a tomar café y dejaba colgado un avisito en la puerta: “cerrado por melancolía”, que fue el título que más tarde pondría a uno de sus libros. Ya lo conocían como poeta, como cuentista, premiado varias veces, ya lo habían traducido al alemán, al francés, al inglés, pero no solo de escribir literatura se supervive. Y diseñó entonces talleres literarios, para enseñar a contar historias. Como esta, titulada Buey solo bien se lame:

 

“_Al fin solos_ dijo el buey. Y empezó a lamerse. Se lamía con fruición, con delectación, con beatitud, con ímpetu y con esmero. Se lamía perseverantemente, asiduamente. Se lamió tanto la testuz que se quedó sin guampas, se lamió tanto la cerviz que se quedó sin cuello, se lamió tanto los pies que se quedó sin pezuñas, se lamió tanto el lomo que se quedó sin lomo.

“Ahora cuando los chicos del barrio lo ven pasar le gritan corriendo a su alrededor:

“_¡Lengua larga! ¡Lengua larga!”. (Del libro El mago).

 

Blaisten comenzó a escribir porque, a los once años, estaba enamorado de la rubia Berta, una chica esplendente, hija de un hojalatero. Soñaba con ella, le compraba chocolates e intentaba llevárselos, pero se los comía en el camino. Le escribía versos “horribles”, pero no se los entregaba. Tampoco los rompía. Los guardaba debajo de la cama, en una caja de zapatos hasta cuando sus cinco hermanos lo pillaron y se “burlaron de mí. Fue ahí cuando empezó a afirmarse mi vocación literaria”, decía entonces, sin soltar el cigarrillo y sonriendo con su bigote de humo.

 

Claro que, según decía, su amor por la literatura comenzó de verdad cuando la maestra de escuela lo obligó a memorizar un “poema”: “Es un niño Ramoncito / estudioso y muy formal, / buen amigo y compañero, / nunca se ha portado mal. / En la clase es el primero / siempre sabe su lección…”. Y, mientras me lo recitaba, con una ceja más alta que la otra, frenó en seco y me dijo: “El odio a Ramoncito me impide recordar el resto del poema”.

 

Isidoro Blaisten se dio a conocer con el libro de poemas Sucedió en la lluvia (1965), ganador del Premio Fondo Nacional de las Artes, pero pronto (¿acosado por Ramoncito?) abandonó la poesía y se dedicó al cuento: “La poesía es la quintaesencia de la literatura. Vos ves una mujer hermosa y le decís que parece un poema, y no una novela, un cuento, un entremés, un bronce patinado… Creo que la poesía, tomada en serio, como modo de vivir, conduce a la locura. Yo soy muy desorbitado, por eso el cuento me protege más. Con sus exigencias, por su brevedad y síntesis, es el género más cercano a la poesía”, decía y no paraba de fumar. Un buen cuento -afirmaba- es como un centelleo dentro de la eternidad, y creía, con Borges, que si uno tras leer un cuento no se pregunta qué pudo haber sucedido después, el cuento es malo. Y en ese punto empezamos a habla de El Sur, del genial ciego: “Tú nunca vas a saber qué pasó en ese cuento”.

 

Blaisten opinaba que el cuento perfecto era aquel que fascinaba a la gente y le podía gustar tanto “a Roland Barthes como a los muchachos de San Juan y Boedo”. Y decía que su cuento perfecto era Permiso, maestro, que está en el libro Carroza y Reina. Supo, sí, que muchos de sus relatos les gustaron a los muchachos de esa esquina, mas nunca se enteró si Barthes (muerto en 1980) leyó alguno suyo. “El cuento es el género literario que en un breve espacio siempre contiene al lobo”.

 

Algo así les decía a sus alumnos en los talleres. Hay, mínimo, dos formas de contar una historia. Una: “había una torero que era una maravilla y venía el toro y el tipo hacía lo que quería con el toro, pero un día vino el toro y lo embistió y lo mandó a la mierda y el torero se murió”. Y otra: “Tres golpes de sangre tuvo y su murió de perfil. / Viva moneda que nunca se volverá a repetir”. La misma historia -decía-, pero una contada por García Lorca; la otra, por una bestia.

 

El escritor organizaba su locura, escribiendo. Una vez, en una charla, dijo:

Pero, ¿qué locura organiza?: organiza su locura y, a través de la creación, la locura de los demás. Pero el artista no es un loco, a pesar que muchos creadores están o estuvieron locos. La diferencia estriba en que cualquier loco del Borda -o de otro establecimiento u hospital- puede cortarse una oreja, pero uno solo será Van Gogh. Este tipo de locura no organiza nada; al contrario, desorganiza todo”.

 

A Isidoro Blaisten a lo mejor se lo llevó el exceso de parisiennes, o el superávit de buen humor, o el excedente de melancolía, que de algo hay que morirse, carajo. La vida es una herida absurda, dice el gotán de Cátulo y Troilo. Se marchó a los 71 años, el 28 de agosto de 2004, una semana después, o dos tal vez, de publicar su única novela: Voces en la noche. Nos quedaron, por ejemplo, sus Anticonferencias, una mezcla de ensayo y narrativa; su Dublín al sur, Cuando éramos felices, Al acecho… En el apartamento del piso 17 todavía debe oírse la voz secreta que le dictaba historias. Su ausencia, en el estudio, la debe extrañar su cenicero.

(Escrito en Medellín, cuando enero es todavía una gran promesa)

 Isidoro Blaisten y algunas de sus obras