El imaginativo aviador de El principito

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hace ya tantos años de aquella suerte de aventura nocturna, cuando, en las noches claras y despejadas, buscaba en cada estrella la figura de aquel pequeño príncipe, que me perturbaba tras la lectura de la obra de un aviador, que para desgracia del mundo se había perdido en la mar océana, después de que, en pleno vuelo de reconocimiento, una nave enemiga lo derribó. No sé cómo llegó el librito a casa y quién lo dejó ahí, junto a mi cama, tal vez como una manera de la sorpresa o de la seducción.

 

Era casi lo más normal, en una casa en que las palabras eran un modo de sobrevivir a ciertas carencias e inestabilidades, como las de estar mudándonos cada seis meses, cada año, cada tanto, a otras residencias; la de tener uno que otro libro, aparte de revistas como O Cruzeiro, Time, Bohemia, Cromos; más tarde, en plena juventud, China Ilustrada y Pekín Informa, o más atrás, una llamada Luz, que mamá y una hermana de ella leían con avidez, encerradas en un cuarto, y que por eso mismo, después abordábamos mis hermanos y yo con cierta inquietud y ansiedad. También estaba la anticomunista Selecciones del Reader’s Digest, que incluía reportajes condensados y una que otra historia de guerra, aparte de algunos chistes fríos y secciones de curiosidades.

 

No abundaban los libros, pero sí, de a poco, fueron teniendo una presencia importante en casa (lo de casa es un decir, más bien, en las numerosas casas en las que pasamos la infancia y la adolescencia), con distintas literaturas, como unos libros que sacábamos de la biblioteca de un tío, que la había dejado abandonada en su casa, tras haberse ido a vivir al Canadá, y entonces nos apoderamos de novelas y ensayos de Stefan Zweig, de Schopenhauer, de un poco de novelas de Editorial Tor, de la Divina Comedia y unos folletos de teosofía y rosacrucismo. Después, en los estantes de una biblioteca que armamos con tablas ordinarias, se agruparon Kafka y Faulkner, Poe y Chejov, que cada uno de nosotros conseguíamos o de segunda en La Anticuaria y otros “agácheses” de la Plazuela Uribe Uribe de Medellín, o nuevos, comprados en librerías.

 

A la casa (otra vez, es un decir) iban muchachos, compañeros de estudio de mis hermanos, y uno que otro revoltoso, que aquellos días eran de agitación social y huelgas y marchas estudiantiles. Ya había escuchada hablar de la obra de Antoine de Saint-Exupéry cuando estuve en Copacabana, al final de mi adolescencia, en un club juvenil regido por un cura pelirrojo y amanerado, y en el que confluían muchachos que, aparte de bachillerato, estudiaban música y artes plásticas. Alguno de ellos, en una exposición semanal, habló de la obra y de su autor.

 

Cuando el libro apareció en mi cuarto, como si se tratara de una conspiración, lo primero que captó mi atención fue la ilustración de portada (que, por lo demás, tenía rasgos de haberse mojado, como si el libro hubiera sobrevivido a un aguacero, a una borrasca, a un naufragio callejero, quién sabe). Aparecía sobre un como peñasco la figura de un muchachito rubio, manos en el bolsillo de su pantalón verdoso y con un corbatín rojo, con estrellas amarillas y soles alrededor. Recuerdo, no sé por qué, que era una edición de Emecé de 1951. En la contraportada, el mismo muchachito, con un florete en la mano izquierda, vestido de sacoleva azul y rojo, botas azul oscuro y unas estrellitas amarillas sobre los hombros. “Es un libro para niños”, pensé con cierta obviedad y no lo leí de inmediato. Seguí, eso sí, inquieto por su origen.

 

Después, tras hojearlo y ver las huellas de las aguas en sus páginas, algunas tostadas, rígidas, lo puse sobre el nochero. Cuando leí la dedicatoria, ya no había duda de que se trataba de un libro infantil. Cuando me puse a leer el resto, ahí sí las dudas surgieron en abundancia y no me pareció entonces que fuera un libro escrito para pelados, sino para adultos, claro, muy sensibles, y con imaginación y ganas de sentir en la piel y más adentro qué es la poesía. La boa que se tragaba una fiera, una ilustración amarilla, me sobrecogió; sin embargo, aquello que los adultos, según la narración, veían como un sombrero, yo, de inmediato, lo observé como una serpiente que está haciendo la digestión. Lo que en efecto no esperaba era que adentro del reptil hubiera un elefante. Y sentí una enorme lástima por él.

 

Cuando avancé en la lectura, supe que el autor, o por lo menos el que narraba, era un aviador, que se había varado en el desierto del Sahara y en ese punto, vaya coincidencia, un pelado que parecía venir del espacio sideral, estaba en un arenal, con una vocecita que imploraba que le dibujaran un cordero. El libro, de una aparente sencillez, me fue revelando que para escribir una historia de ese modo, había que tener mucha inocencia interior, capacidad de sorprenderse, y haber viajado alguna vez en un asteroide, como el avistado por un astrónomo turco en 1909, el B612, y del cual el narrador creía que era en el que habitaba el principito.

 

Tal vez, tras leer el librito, supe de dónde procedían mis tristezas cuando veía ponerse el sol, porque me hacía sentir la presencia del tiempo, del cual supe, muchos años después, que era infalible para arrugarle a uno la frente y el corazón, y que, como lo advirtió un vate de no sé dónde, era la única verdad. No sé por qué avatares y circunstancias, relacioné este libro, hallado por mí al final de los años felices, con unos libros viejos que durante buen tiempo nos acompañaron en las mudanzas, y que, por ello, o no sé por cuales otras razones, se fueron esfumando.

 

Eran  unos libros decolorados, amarillentos, con los que mamá había crecido y que quiso conservarlos después de casada y de haber pasado hacía ya mucho tiempo por un colegio de monjas, a las que ella odió porque eran tiranas y mandonas, además de hipócritas, según sus palabras. Había uno, sobre las ruinas de Palmira y otras historias de la vieja Babilonia, de Asiria, de reyes como Asurbanipal, de ciudades como Nínive y otras atracciones históricas. Había otro de química orgánica, con ilustraciones, y una geografía del mundo, y todas las cartillas de Alegría de Leer, y varios textos de aritmética, y muchos de colecciones de la Editorial Bruño, aparte de los cuentos de ediciones Calleja. También, algunas selecciones de poesía de Bécquer, Amado Nervo, Rubén Darío y la ortografía en verso de José Manuel Marroquín. Desde luego, no era clara, ni siquiera remota, la conexión entre esos libros viejos, que mamá hospedó en casa muchos años, y el de Saint-Exupéry.

 

Uno de los libros que después desapareció fue precisamente el de El principito, que nunca supe, como lo dije antes, quién lo llevó a casa. Pero la historia escrita por el aviador tenía su misterio y su salero. A veces, pensé que había mensajes cifrados, crípticos, en su narración. Que había asuntos secretos en las rosas, la flor de tres pétalos, el zorro, los asteroides, los volcanes, en aquello de expresar que lo esencial es invisible a los ojos. “Los ojos están ciegos. Es necesario buscar con el corazón”. Tal vez, con aquella lectura, supe que las estrellas sonreían y susurraban.

 

Me pareció tras su lectura, que esta obra está atravesada por una honda melancolía, que es portadora de una tristeza que agrada, una tristeza dulzona. Hiel con miel. Y así, mucho tiempo después, se la leí a mi hijo en voz alta, aunque no supe hasta ahora qué efectos hubo en él, y a lo mejor, ahora esté él pensando en leérsela a su vez a su pequeña hija, que El principito va de boca en boca, vuela más que su creador, como que lo han traducido a más de doscientas lenguas y es, junto con Historia de dos ciudades, de Dickens, uno de los libros más vendidos de todos los tiempos.

 

Por el momento, abandonemos las peripecias del muchachito celestial y pasemos un poco a las de su autor, nacido en 1900, en Lyon, Francia, y uno de los pioneros de la aviación y del correo aéreo en Europa, África y América. Cuando tenía 26 años, entró a una empresa aérea de correo postal, que viajaba a Senegal con encomiendas y cartas, y de cuya experiencia escribió el relato El aviador. En 1929, inició su relación con la Argentina, en la que será clave en el desarrollo de la empresa aeropostal de allí, viajará a la Patagonia, abrirá nuevas rutas, se sorprenderá con los picos nevados de los Andes y escribirá novelas como Correo del sur y Vuelo nocturno.

 

En la Patagonia es donde, según se dice, concibió su historia cumbre, su personaje universal, el mozalbete peliamarillo que sabía que solo los niños encuentran lo que buscan. Tras la quiebra de la empresa de la que él fue su motor en el Cono Sur, se dedica a hacer vuelos a Vietnam, Moscú, España, y a su vez, se convierte en cronista, y da cuenta de los tiempos de desastre y los vientos de guerra que se agitan en el mundo. Cuando estalló la Segunda Guerra, su país lo movilizó y vinculó a la Fuerza Aérea, en la que se desempeñó en una escuadra de reconocimiento aéreo. Cuando los alemanes invadieron a Francia, voló a Nueva York.

 

En Estados Unidos, donde participó en las negociaciones del ingreso de ese país a la guerra, se erigió como uno de los intelectuales más destacados e influyentes de la Resistencia. En Nueva York escribió El principito, publicado en 1943, con ilustraciones suyas. Al año siguiente, vivirá su última aventura aérea. Se le envía a sobrevolar Cerdeña y Córcega a bordo de un P-38 con el fin de proyectar un posible desembarco del ejército francés en Provenza. El 31 de julio de 1944, su avión desapareció sin dejar rastros y dio comienzo a la leyenda. Hubo versiones que indicaron que el piloto y escritor se había suicidado. Que lo había derribado la aviación alemana. Que había fingido su muerte y había cambiado de identidad. Y hasta se llegó a insinuar que había volado hacia un planeta literario para reencontrarse con su principito.

 

El misterio sobre la suerte de Saint-Exupéry duró varias décadas. En el año 2000, un buzo halló en el fondo del mar, frente a las costas de Marsella, restos de un P-38 Lightning, que se recuperaron en 2003 y al año siguiente se confirmó que pertenecían a la nave que pilotaba el escritor. Lo que sigue es todavía más sorprendente y tiene que ver con el piloto alemán que derribó el avión francés, sin saber, claro, quién era el que lo manejaba. “Si hubiera sabido que era él, no hubiera disparado”, confesaría años después Horst Rippert.

 

Una ráfaga de ametralladora derribó la nave de Saint-Exupéry, escritor que no alcanzó a saborear las mieles del éxito que tuvo su relato. En Francia, por ejemplo, El principito se publicó póstumamente. El piloto alemán que lo tumbó, declaró más tarde que durante toda su vida lamentó el hecho, sobre todo porque él era un lector de las obras del novelista, periodista y aviador.

 

“Para mí fue una auténtica catástrofe. En mi juventud había leído toda la obra publicada en Alemania hasta ese momento. Yo adoraba sus libros, sus aventuras en América del Sur y en otros sitios del planeta. Saint-Exupéry sabía como nadie describir el cielo, las sensaciones y los sentimientos de los pilotos. Su obra despertó gran cantidad de vocaciones en la Luftwaffe. Desde entonces esperé y sigo esperando que no haya sido él quien cayó en el mar ese día. Pero ¿qué podía hacer? Durante todos estos años me he repetido esa pregunta”, le dijo al diario argentino La Nación en 2008, después de sesenta y cuatro años de silencio y pesar.

 

El piloto de la aviación nazi relató que cuando llegó a su base, se enteró de lo que había hecho, porque todas las frecuencias de radio, incluida la francesa, señalaban que el avión de Saint-Exupéry había sido derribado. Sin que fuera parte de su voluntad, el militar germano había matado a su ídolo. “Si hubiera sabido que era él, no hubiese disparado. Eso es seguro. Desde entonces me digo que ese día abatí al más amigo de mis enemigos”, dijo.

 

Su porción de eternidad (y la frase pertenece a Vuelo nocturno, con el héroe Rivière, adorado por André Gide), la ganó Saint-Exupéry al caer al mar, pero toda la eternidad la obtuvo con sus novelas y relatos, en particular con El principito, un despliegue de poesía, de belleza y sensibilidad. Lo dijo tiempo después Julio Roy: “Saint-Exupéry nos ha abierto el cielo, exactamente como Melville y Conrad nos han revelado el mar. Creo que si el avión no hubiera existido, Saint-Exupéry lo hubiera inventado”.

 

Este piloto de la poesía y de la imaginación, que tuvo una musa en su esposa Consuelo Suncin (que es la rosa de El principito, y que además fue mujer de José Vasconcelos y amante de Gabriel D’annunzio, que la inició en las prácticas sadomasoquistas), sigue navegando por la literatura, el mar y el aire. Su obra cumbre, que es también una burla al poder y ciertas autoridades, como se puede apreciar, por ejemplo, en el pasaje del rey, es una reivindicación de la sinceridad, que es una potestad infantil.

 

Desde algún lejano lugar (o tal vez, no-lugar) del espacio sideral, el principito estará viendo la tierra y sus desventuras, y acaso llorará por la desaparición de aquel hombre que una vez, en un desierto, le dibujó una cajita en la que había guardado un cordero.

 

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Maupassant o la pasión de escribir

Por Reinaldo Spitaletta

 

1. Introito

¿Qué objeto tiene repasar la vida de un escritor, buscar las motivaciones de su escritura, indagar sobre sus obsesiones? Quizá se trate solamente de un asomo de la curiosidad, de saber en cuál tiempo vivió y creó un artista determinado, o de encontrar en esa parábola de su existir un ejemplo, la explicación de alguna inquietud en su obra, una guía para seguir insistiendo en otras lecturas. Porque tal vez no es lo mismo cuando uno lee la obra de alguien del cual no sabe nada o muy poco de su vida, a otro del que uno tiene nociones o amplios conocimientos biográficos.

 

Y no porque siempre la vida del escritor se proyecte en su obra, sino porque, al saber de quién se trata, de cuál pluma surgió el prodigio, uno encuentra otras posibilidades en la lectura. Desde luego, se podría argüir que a uno qué diablos le importa si Kafka tuvo o no problemas con su padre (o su padre con él), o si Hemingway fue un mujeriego y un alcohólico, o si Maupassant atravesó los umbrales de la locura, o si aquél tuvo sífilis y el otro sida.

 

Sin embargo, casos ha habido en el que el conocimiento de la vida de un escritor ha proporcionado interesantes claves para otras interpretaciones de su obra, como, por ejemplo, bien las hizo notar Elías Canetti al revelarnos El otro proceso de Kafka, o cuando se dicen que Gogol escribió La nariz debido a su “complejo de castración” y entonces uno como lector puede tener otras variantes frente al texto, buscar otras significaciones, nuevos ángulos, en fin.

 

También es cierto que lo que vale -o no vale- de un autor de literatura es su obra y no tanto su pensamiento, su ideología, su religión o falta de ella, ni su trayectoria en otros campos de la vida, pero nunca está por demás, para uno, cual simple lector, acercarse al mundo real del escritor, a sus mecanismos de creación, a ciertas facetas de su paso por el mundo, que lo pueden retratar. Es posible que a muchos nos haya pasado que el primer cuento de Maupassant que leímos hubiera sido Bola de sebo, y que a partir de ahí, el escritor francés nos hubiera tocado con su varita milagrosa de palabras para seguir leyéndolo, aunque de él, como ser humano, poco supiéramos.

 

Lo que sigue es apenas un esbozo biográfico de uno de los más fecundos autores de cuento que en el mundo han sido: Guy de Maupassant.

 

 

2. Un caso extraño en la escritura

 

Tal vez nunca antes de la incursión espléndida de Guy de Maupassant en la literatura, el género del cuento había tenido un cultor tan prolífico y de tan enorme talento para la narración breve, como aquel hombre nacido en el castillo de Miromesnil, Normandía, el 5 de agosto de 1850, precisamente el año en que las letras francesas se teñían de luto por la muerte de Honorato de Balzac.

 

Henri René Albert Guy de Maupassant es un caso extraño en el arte de escribir, no solo por ese modo impersonal, por esa suerte de objetividad (término que debe someterse a crítica y reflexiones) en su narración, sino porque en un poco más de un decenio -como si presintiera brevedad en su existencia- compuso más de trescientos cuentos, siete novelas, tres libros de teatro, tres de crónicas de viajes y algunos poemas. Y ese inventario es bastante para alguien que comenzó a publicar después de los treinta años y llevó una vida agitada, intensa, luchando al principio contra el tedio de una oficina pública y, después, contra las angustias y la locura. Se podría afirmar que todo lo que escribió lo vivió con pasión. A Maupassant no le cabría, de ningún modo, la frase sartreana de “se vive o se escribe”.

 

En rigor, Maupassant no creó nada nuevo; no “inventó” situaciones ni ambientes: los recreó. Y aunque no fue un estilista (pese a tener un extraordinario maestro en esas lides, como Flaubert), lo suyo, su mundo, su territorio, los dijo con sinceridad: pintó con su pluma fácil y aparentemente desaliñada a su Normandía natal, el campo, los pastizales, los paisanos, el sur de Francia, la ribera mediterránea, las orillas del Sena. Escribió de la condición humana, con conocimiento de sus relaciones con la sociedad, con el amor y la desdicha, con la locura y la muerte. Y aunque siempre quiso estar al margen de su obra, no pudo excluirse: en ella aparecen su afecto por el agua y la campiña; la experiencia con diversas putitas de su tierra; sus recuerdos de la guerra franco-prusiana (1870), en la cual participó como soldado en la flor de sus veinte años; su progresivo desquiciamiento, poblado de pesadillas y alucinaciones; los oscuros compañeros de oficina; sus viajes y el sufrimiento que le causaba el saberse enfermo (padeció una enfermedad venérea, al parecer hereditaria) y el intuir que terminaría demente.

 

 

3. Desnudez en el estilo

 

Su escritura es directa, sin ornamentos, sin intelectualismos. Está llena de visualidad. En ella se advierte su poder de observación, su capacidad para decir y ver lo esencial (que como diría Antoine de Saint-Exupéry, es invisible a los ojos). Sin amaneramientos. Presenta hechos, siempre. Es el lector, con ese inventario verbal propuesto por el artista, el que irá calificando, caracterizando situaciones y personajes. Maupassant muestra, sin artificios y con una estelar concisión. En su escritura hay, a más de un calculado distanciamiento, un pesimismo neutro, como si no fuera suyo sino de la vida.

He aquí algunos ejemplos de su estilo:

 

“En el último vagón del tren, una mujer gorda y un muchacho permanecían frente a frente, sin hablar y mirándose de tiempo en tiempo. Ella tenía, tal vez, veinticinco años, y sentada junto a la ventanilla contemplaba el paisaje. Era una fuerte campesina piamontesa, de ojos negros, de pecho voluminoso, de mejillas carnosas. Había empujado varios paquetes bajo el asiento de madera y conservaba una canasta sobre sus faldas” (Idilio).

 

“Marsella palpita bajo el alegre sol de un día de verano. Parece reír con sus grandes cafés empavesados, sus caballos cubiertos con sombreros de paja como para un corso, sus habitantes atareados y bulliciosos. Parece borracha con su acento que canta por las calles, su acento que todo el mundo hace sonar como un desafío…” (El mar)

 

“Durante varios días consecutivos los restos del ejército derrotado habían cruzado la ciudad. No era tropa: eran hordas desbandadas. Los hombres tenían la barba larga y sucia, uniformes en harapos, y avanzaban con paso blando, sin bandera, sin regimiento” (Bola de sebo).

 

Sin embargo, aunque Maupassant no lo quiera, aunque intente una prosa desprovista de cualquier contaminación personal, sus obsesiones se vuelcan en ella y su cuelan facetas de su personalidad, de su percepción del mundo. Por eso no podría hablarse de “objetividad absoluta”. Esta, tanto en la literatura como en el periodismo, es imposible. Siempre habrá un toque particular, un matiz íntimo, que les dé a las situaciones descritas, a la narración, un tono subjetivo. Para Maupassant, como para otros escritores, el arte, la literatura, es una suerte de catarsis, de desahogo. O quizá de elusión. Es como una huida de uno mismo. Como un querer borrarse uno para llegar a ser otro. El otro. Se sabe que, por ejemplo, el padecer una enfermedad ha llevado al artista a situaciones de desespero, que proyecta en su obra. Y, además, lo obliga a producir compulsivamente, como si esa fuese una manera de hallar la sanación. El arte como acción liberadora. Como terapia. Como escape de una realidad cruel y pavorosa.

 

 

4. La adolescencia, la guerra

 

Guy fue el primogénito de una pareja desavenida (Gustave de Maupassant y Laura Le Poittevin), de la cual, además, nació otro varón, Hervé. Ninguno de los dos, asaltados por la locura, sobreviviría a sus padres. Su padre, frívolo y libertino, era un propietario rural y agente de bolsa en París. A su madre, dama sensible y culta, le preocupaba más el arte que la posición social. Fue, por lo demás, una gran amiga de Flaubert. Guy, a quien sus padres no le inculcaron el amor por la lucha ni por el trabajo (sobre este último, una visión inteligente), tuvo una adolescencia de agites y, tras ella, una indefinición en la escogencia de profesión. No quería estudiar nada en particular.

 

Maupassant fue un muchacho violento, pero, a su vez, amable, que escribía malos versos y soñaba con muchachas desnudas y bellas y con expediciones a países lejanos. A los 13 años fue expulsado de la escuela católica de Yvevot; luego, entró en el liceo de Ruan. Cuando decidió ir a París a estudiar derecho, el estallido de la guerra franco-prusiana lo enroló en las filas del ejército. Y aunque no participó directamente en los combates ni estuvo en la línea de fuego, la guerra, con su carga de dolores y horrores, lo impresionaría hondamente. “Siempre me parecerá la guerra un ejercicio atroz, sórdido y bárbaro”, expresó alguna vez. En muchos de sus cuentos están presentes, como un canto de humo y cañones, los conflictos bélicos.

 

Después encontró empleo en el Ministerio de la Marina. Entre grises oficinas se desesperaba porque su alma y su sensibilidad le pedían otra cosa, una experiencia más elevada y sublime que un simple -y estéril- cargo de burócrata. Vivía, entre penurias económicas, con mil quinientos francos anuales de sueldo, más seiscientos que le pasaba su padre como pensión. “Después de haber pagado el alquiler, la comida y la lavandera, me quedan entre doce y quince francos para hacer le jeune homme”, le dice a Flaubert en una carta del 4 de noviembre de 1878.

 

Tiempo después, pasaría al Ministerio de Instrucción Pública (puesto que consiguió por mediación de Flaubert), donde el tedio sería más insoportable. Con todo, el brusco y chillón y mujeriego Guy ignoraba que aquellas horas de aburrimiento atroz y mala remuneración le proporcionarían un invaluable material para sus cuentos, en los que pintaría desesperanzados empleadillos y escribanos. Todo lo que le suceda a un escritor le es útil y puede ser usado como materia prima.

 

 5. El magisterio flaubertiano

 

Flaubert conoció los “poemitas” de adolescente del que sería su protegido y discípulo, y, desde luego, los desaprobaba, los sometía a su afilado bisturí crítico. Fueron los orígenes de una relación entre dos artistas de la palabra. El magisterio del autor de Madame Bovary, basado en la disciplina y el rigor, cambiarían la mentalidad y el estilo del alumno. En 1880, bajo el benéfico influjo de su “padrino” literario, Maupassant publicó una recopilación poética (Des Vers), sin éxito de ventas, pero en la cual ya se anunciaba la maestría que más adelante lo haría célebre en su país y fuera de él. Como coincidencia con su tutor, los versos del novel autor fueron censurados, y contra ellos se dispuso una acción legal (lo mismo aconteció con Madame Bovary), que fue suspendida gracias a la intervención de “altas influencias”.

 

Y sería en casa de Flaubert donde conocería a sus compañeros de generación literaria, como los hermanos Edmond y Julio Goncourt, entre otros, admiradores de Emilio Zola. En prolongadas sesiones, el maestro le enseñaba a Guy el arte de la observación, a desdeñar la ampulosidad, a escribir con exigencia y sin tregua. De Flaubert aprendió el método y la disciplina. El talento ya lo traía puesto. Además, Flaubert fue su confidente. El discípulo le contaba sus aventuras de cama, sus trastornos, preocupaciones y hasta las jaquecas y exasperaciones nerviosas que sufría, originadas, quizá, en la enfermedad venérea.

 

De aquel cenáculo de neófitos, el más joven era Maupassant. Nadie, excepto Flaubert, creía en él, lo cual, según se dice, le ocasionaba más envidias y antipatías que adhesiones. Como hubiera sido, en 1880, ya tenía escrita la obra que lo daría a conocer en la literatura francesa: Bola de sebo. Su maestro, en las duras faenas de escritura y corrección, le había dicho con anterioridad que todavía no estaba listo para publicar. “Solo te dejaré hacerlo cuando yo considere que tienes una obra madura y digna de ver la luz”, le había dicho.

En casa de Zola solían reunirse los jóvenes admiradores del autor de Germinal. Durante una de las veladas, Maupassant leyó su cuento. Al terminar, todos, incluso sus detractores, estallaron en aplausos. Aquel sería el principio de la estelar trayectoria del normando que, sin embargo, su maestro no pudo gozar, porque murió en mayo de 1880.


6. Escribir, solo escribir

 

En los años subsiguientes, dedicado de lleno a la literatura, escribiría cuentos, novelas, crónicas, obras teatrales. Aparte de renombre, con su producción conseguiría dinero. Al escritor le interesaba más crear que hablar o frecuentar capillas de intelectuales y literatos. Amaba el silencio. No requería para su labor artística la aprobación del público, ni apelar al expediente deleznable del escándalo. A los treinta años, cuando se da a conocer, inicia una maratónica carrera de un poco más de una década, sin descanso en la pluma. Ni siquiera sus ataques de locura (su madre también los padecía), ni la muerte de su hermano Hervé, en 1889, ni la sífilis, lo detuvieron. Escribía y escribía. Y él, que había sufrido las dentelladas de la pobreza, ya podía tener una casa de campo, y viajar (lo hizo a Córcega y al norte de África), y tener un barco (el Bel-Ami) y armar a bordo ruidosas jaranas.

 

Uno pudiera especular acerca de aquellos periplos del escritor: tal vez los hacía para huir de sus fantasmas, obsesiones y desaforamiento mental. O para hallar más materiales para su obra, obra que asombró a sus contemporáneos y continúa asombrando a la posteridad.

 

Sus cuentos están llenos de humanidad. Con economía de recursos creó personajes y contó memorables historias. El magisterio de Flaubert le formó, como lo dijera un crítico, un estilo enjuto, sin arrequives estetizantes, sin comentarios psicológico-morales, sin ripios. El autor se limita a dar testimonio de casos y personas “que parecen vistos sin intereses conscientes”. O tal como lo escribiera Silvina Bullrich, Maupassant no tenía la crudeza casi carnal de Zola, sino que llegó a su arte “con la ingenuidad del hombre sin prejuicios. Los cuentos de Maupassant son nada más que humanos. ¿Puede ser picaresco Le lit 29? ¿Lo es Bola de sebo? No, en ellos no hay picardía; hay una humanidad triste, hundida en sus pequeñas bajezas, en sus heroísmos monstruosos, en sus ingratitudes instintivas”.

 

Maupassant, colaborador de periódicos y revistas (Le Gaulois, Le Figaro, Gil Blas) publicó en éstos gran parte de sus cuentos antes de recogerlos en libro. También publicó en ellos sus crónicas Al sol, que relatan su viaje a Argelia. Jamás se curó de su insomnio ni de su delirio de persecución. De cierta misteriosa manera, El Horla refleja su caminar sin retorno hacia la locura. Supo del horror y de la espera, que se pueden apreciar en cuentos como La vendetta, La confesión, Quién sabe, Magnetismo, El collar, La cabellera y ¿Fue un sueño?, entre tantos.

 

En noviembre de 1891, dijo: “No quiero sobrevivirme. Entré en la vida literaria como un meteoro y saldré de ella como un disparo”. Un mes después comenzó a perder la lucidez. Tassard, su criado, cuenta que una noche lo llamó a gritos: “¡Francisco ¿está listo? La guerra ha sido declarada… Para el desquite usted sabe bien que hemos resuelto marchar juntos… Lo necesitamos, lo tendremos…!”. Sus últimos días estuvieron llenos de pesadillas y miedos: “Tengo miedo de mí mismo, tengo miedo del miedo, pero ante todo, tengo miedo de la espantosa confusión de mi espíritu”, escribió en sus postrimerías.

 

El día de los Reyes Magos de 1892, cuando se encontraba en Cannes en busca de la ansiada calma, en un ataque de locura intentó degollarse con una barbera. Curado de la herida, sus arrebatos continuaron con más intensidad. Fue trasladado a París e internado, con camisa de fuerza, en la clínica del doctor Blanche. En ella, tras 18 meses de sufrimientos ocasionados por una parálisis general y luego de cíclicas crisis de violencia, falleció el 6 de julio de 1893, cuando le faltaba un mes para cumplir los 43. En su sepelio, Emilio Zola pronunció un discurso, en el que dijo: “…estos no son ni buen lugar ni mejor tiempo para juzgar la obra completa de Maupassant; lo que sí puede decirse es que, hasta el último día de su vida, el pobre Guy, aunque pretendía hacernos creer lo contrario, ha sido apasionado amante de su arte, que ha buscado siempre, que se ha esforzado siempre en progresar, aguzándose en él más cada día el sentido de la verdad humana”. A Guy de Maupassant le sobrevive su obra.