Scheerezada y el Álgebra de Baldor

Por Reinaldo Spitaletta

Más que las atracciones por resolver ecuaciones y problemas de factorización, el libro de álgebra, del cubano Aurelio Baldor, me hacía imaginar relatos de Las mil y una noches, una obra que leí a los quince años, cuando mis principales “ocupaciones” eran las de jugar fútbol y divertirme en la calle con mis amigotes de barrio a la “guerra libertada” y otras maravillas “lúdicas” que hoy son parte de una arqueología. O de una nostalgia.

El Álgebra de Baldor, de pasta dura y un auténtico “ladrillo” me atraía, en principio, por su portada, con la imagen de un árabe, de turbante rojiamarillo, en primer plano. Al fondo, una ciudad oriental, que yo creía podría ser Bagdad, que ya tenía incorporada en mi geografía interior, no solo por las narraciones de Scheerezada, sino por haber visto en mi infancia la película El ladrón de Bagdad.

El caso es que sus páginas, que me olían a novedad y aventura, me fueron gustando. Supe, después, que el hombre del turbante era Abu Abdallah Muhammad ibn Musa al-jwarizmi, más conocido por su abreviado nombre de Al-Juarismi, que figuraba debajo del rostro barbado del misterioso árabe, en una suerte de cinta plegable. Era, según nos explicó el profesor de tercero de bachillerato, don Mauro Tobón, un matemático persa, que también se había atrevido a explicar el universo. En una solapa aparecía la cara de Arquímedes, que, de acuerdo con el profesor de álgebra, había sido un inventor, físico, astrónomo e ingeniero griego, que al descubrir el principio de los cuerpos flotantes, gritó, en plena desnudez, “¡Eureka!”.

Cada capítulo del libro estaba encabezado por ilustraciones, que, digo, lo hacían viajar a uno a mundos viejos y recónditos. Había papiros y recreaciones egipcias y referencias a los calculistas caldeos y asirios. Don Mauro aprovechaba las mismas para hacernos algunas breves historias acerca de ellas, antes de entrar en los temas específicos de las sumas, las reducciones, las ecuaciones numéricas y literales, la potenciación y la teoría coordinatoria. Alguna vez, recuerdo, nos habló de Tales de Mileto y Pitágoras, cuyas efigies también aparecían en el libro.

El profesor, que a su vez era el director del colegio, había diseñado a la entrada del mismo, en un antejardín, una torre inclinada (como la de Pisa, a escala), hecha de piedras y cemento, y algunos estudiantes intentaban enderezarla. “Ah, brutos”, decía al sorprenderlos en la faena. Sonreía y miraba con aire de lástima a los rectificadores.

Para mí fue una especie de diversión, tal vez no tan atractiva como jugar en la calle a la pelota envenenada, a los trompos, a las canicas y el escondidijo, el resolver los problemas de Baldor. En cuarto de bachillerato, en otro colegio, el mismo profesor de geometría (otra materia apasionante), nos dictaba álgebra. Don Humberto Fonnegra, que así se llamaba, también nos refería historias de matemáticos como Neper, Pascal y Newton, y nos hacía más amena la clase con sus apuntes y su manera de enseñar a resolver problemas. Era un transmisor de pasiones y de razonamientos.

El libro de Baldor, en el que luego estudiaron mis hermanos, nos acompañó muchos años en casa, hasta cuando no sé quién se lo prestó a alguien que no tenía cómo comprarlo, y desapareció.

Muchos años después, cuando quizá yo ya tenía en el olvido al clásico texto, me enteré que le habían cambiado la portada que el cubano había pensado desde 1941 (año de la primera edición) para su obra magna, además de que expertos en educación algebraica advertían que el método empleado por Baldor “estaba mandado a recoger”.

Hace pocos días, una señora (Rosa Moreno) compartió en Facebook un avisito con el siguiente texto: “-¿Dime un libro que te haya hecho llorar? –Álgebra de Baldor”. Parecía como si al estudiarla hubiera estado más en una cámara de torturas que en una propuesta de aprendizaje de las poéticas formas numéricas, de los misterios solubles de las ecuaciones, de los productos y cocientes notables, y del mínimo común múltiplo.

El libro de don Aurelio fue para mí un texto entrañable, como pudieron ser, por ejemplo, los viejos libros que mamá tenía de Historia de Asiria y Babilonia, los mapamundis que hubo en casa, los tomos de la enciclopedia El tesoro de la juventud y los cofrecitos en los que venían los cuentos miniatura de Saturnino Calleja.

Me parece que, gracias al Álgebra de Baldor, crecí en imaginación, como tiempo después también lo hizo conmigo El hombre que calculaba, con las aventuras de Beremiz Samir. En el libro del señor cubano, que hoy es como un vestigio prehistórico, me parecía escuchar la voz sensual y convincente de Scheerezada, una descomunal e inteligente árabe de la que me enamoré cuando yo tenía quince años.