Todos mis barrios muertos

“¡Esas cosas ya pasaron pero tienen su emoción!                                                                                       Enrique Cadícamo

 

Por Reinaldo Spitaletta

Todos los barrios donde he vivido, formaron uno solo en mí. Así que si la patria es el barrio, la mía es una conjunción de esquinas borrosas, de muchachas que hoy deben tener cincuenta y cinco, de señoras con litros de leche en sus manos de trapeadora y que hoy deben estar bajo tierra o ser parte de un polvo cósmico. El barrio, una geografía de imaginarios, un territorio de canciones viejas y balcones en flor, una transgresión de lo catastral, ya no va más. ¿O sí?

 

Si el barrio es la patria esencial, ¿para qué la patria? Tal vez para apegarse a adobes descaecidos, a aceras en las que alguna vez nos sentamos a ver pasar el mundo; o para sumirse (sumirnos) en recuerdos que por más que vuelvan, lentos y apergaminados, ya son parte de un dolor de tiempo. ¿Acaso la patria te uniforma? ¿Te hace hablar igual al otro, sin diferencias en tonos y tesituras?

 

No sé si en ese barrio (¿cuál?) escuché canciones gangosas de hombres vencidos, que se iban confundiendo con el paisaje de fachadas muertas y patios sin sol. No sé si alguien, ¿quién?, dijo una tarde, en una calle plena de crepúsculo, que era un hombre sin memoria, sin pasado, sin historia, porque había perdido los recuerdos. Y en este punto quizá esté la voz ida de papá, cuando, tal vez sintiendo el peso inexorable del reloj, me advirtió: “Ah, sí, ya tienes recuerdos, entonces ya no eres joven, estás a punto de alcanzarme”. Lo dijo con sonrisa triste, pero con la convicción del que sabe que ha ganado la partida.

 

No sé por qué insisto en el barrio como noción de patria. ¿La patria para qué? ¿Para creer que pertenecemos a un lugar? ¿Para alimentarnos la desazón de una nostalgia? Soy un barrio fragmentado, un barrio monstruo, un barrio tal vez imaginado-diseñado por una suerte de doctor Frankenstein, y todo por culpa  (o por gracia de, según como se mire), digo por culpa de papá y mamá, que anduvieron de arriba abajo, de norte a sur, a veces sin brújula, pasando de una casa inexpresiva a otra más lejana y fría, y así mis patrias se juntaron (o se separaron) de a pedacitos: un amigo que no está; una chica que no vi más; un balón que nunca atravesó la portería de dos piedras en la calle-cancha de la infancia; una guitarra bajo un balcón; una piedra en la vidriera…

 

A mí no me pasó como a Eladia, la del Sur, que podía cantar: “La geografía de mi barrio llevo en mí / será por eso que del todo no me fui”, porque sí me fui del todo, sin volver, sin creer como el gordo Troilo que “siempre estoy llegando”, y cada barrio donde estuve (¿estuve?) dejó vacíos que los otros barrios jamás pudieron llenar. Así que ¿¡cuál patria!? No hubo continuidad en la muchachada de la esquina final; ni en el viento de cometas de enero; ni en aquel pedacito de cielo, que ni era cielo ni era azul, según las palabras de Lupercio de Argensola. ¿Será verdad tanta belleza el barrio?

 

Digo que el barrio que llevo en mí -es apenas un decir-  es como un espejo roto, y cada vez que uno-reúno los fragmentos, la imagen resultante es como la de un monstruito caricortado. De alguno tengo la vaga memoria de un café de sillas desvencijadas; de otro, un aroma de eucaliptos; del de más acá, el pito nocturno del celador; y del de más allá, un lejano sabor-olor a pomas.

 

Un viejo poeta me dijo, hace tiempos, a modo de advertencia o quizá de amenaza, que dejara de hablar del barrio, que lo matara. Y yo pensé entonces que mi barrio era un barrio muerto. No sé de qué barrio soy. Mejor dicho, no soy de ninguno, aunque de cada uno me haya quedado alguna cicatriz, y de uno en especial el sabor de un beso furtivo en los labios de una chica que tenía un raro parecido con Marilyn. Yendo en contravía de un gotán, de cada barrio (¿de cada amor que tuve?) en que viví tengo heridas. Menos mal que ya no sangran. La sangre se la tragó el “ladrillo infeliz” y la tierra amarilla de todos mis barrios muertos.

 (Escrito en Medellín, una noche sin música de alas)