Las fieras o los que perdieron la esperanza

(Un cuento de Roberto Arlt sobre el lumpen, la prostitución y el aburrimiento)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Un bar de Buenos Aires, el Ambos Mundos, que tiene una vidriera como separación sutil entre el afuera y el universo interior de la concurrencia, es el escenario de un relato en el que la degradación y estragamiento del lumpen los pone en la condición de fieras. Son seres del inframundo, la escoria de una sociedad que, con sus relaciones sociales, sus inequidades y distanciamientos, torna bazofia a unos, mientras a otros, los privilegiados, los pone en la cima del poder.

 

En Las fieras, un cuento de Roberto Arlt, que forma parte del libro El jorobadito y otros cuentos, es posible observar, además de hombres que van cuesta abajo en su rodada, unos comportamientos en los que ya es pura la animalidad; desaparecidos el alma, el espíritu, la sensibilidad, los que siempre están cayendo bordean las fosas del infierno. Sí, puede ser, en parte, un paisaje dantesco el que presenta el escritor argentino, experto en novelar la iniquidad y aquello que, por diversas normatividades, se conoce como la maldad. Y el malditismo.

 

Es un submundo, atravesado por el aburrimiento, la desazón, la indiferencia ante una vida que no tiene horizontes y solo muestra un paisaje de miserias y descaecimientos anímicos, el que se retrata en un relato en primera persona, un “falso” monólogo, narrado por un hombre que ha tocado el fondo y, además, sobrevive de un oficio degradante, como el del cafishio, el que está a cargo de una mujer a la que prostituye y le extrae plusvalías.

 

Las fieras es, desde la literatura, el reflejo de una Buenos Aires de principios de los treinta, que, con el pasar de los almanaques, se denominará por historiadores y sociólogos como la de la gran miseria (la mishiadura), la década infame, la que engendra, aparte de pobrezas en enormes sectores de la población, el crecimiento del lumpen y del mercado de la carne femenina (no el de la de res, tan comerciada en la economía argentina).

 

El narrador-protagonista inicia su parlamento dirigiéndose a alguien al que le cuenta, sin contarle en rigor a nadie en particular, el modo en que se fue hundiendo en la perdición, con asesinos, ladrones y mujeres “que tienen la piel del rostro más áspera que cal agrietada”. Y el lector, entonces, se irá enterando de un proceso de descomposición del relator sin nombre, de su descenso sin remedio al submundo de la delincuencia y la “trata de blancas”.

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Hay en el narrador una especie de autocompasión, pero, a la vez, de aburrimiento ante la realidad, dura, violenta, sin casi ningún paisaje agradable. Y muy cerca del principio del relato, la aparición de Tacuara, una mujer de casas de lenocinio, va encadenando acontecimientos y la manera como el que habla recaló en prostíbulos provinciales y supo de “mujeres de labios perforados de chancros sifilíticos”. Y la voz narrativa va desgranando periplos de rebusque por distintos pueblos y ciudades, en los que a veces fue timbero y, en otras, despachador de parilladas, y tras su recorrido poco gratificante, tornó a la capital y aterrizó en un rincón del bar, donde compartirá su suerte de bajo fondo con otros sujetos, algunos de alta peligrosidad.

 

En el afuera, entonces, está la ciudad que se va desenvolviendo con sus dinámicas sociales y económicas, son sus vitrinas y transeúntes, con sus marcas de progreso y avenidas. La ciudad indiferente ante las pobrezas que va produciendo el sistema. En el bar, desde el cual se pueden ver las cosas que suceden en las cercanías exteriores, están los olvidados. O, en otra referencia, las excrecencias de un orden inequitativo y desolador. Y en una actitud de desgracia infinita (o quizá de resignación), los que allí yacen ven pasar el mundo.

 

El narrador los va presentando. Todos, con sus actitudes lumpescas, están abatidos por la aburrición, la monotonía, la mudez voluntaria, la marginalidad. Todos son seres aniquilados, asediados por las carencias, por los golpes de gracia (o desgracia) de la vida. Han matado, robado, golpeado mujeres, violado. Han perdido toda vergüenza y toda esperanza. El protagonista, que como tantos del lumpen cambian de nombre, tuvo una vida menos agitada en otros tiempos, pero, en la historia que transcurre ya está untado de degradación hasta los tuétanos.

 

El tipo de la voz cantante sabe que no saldrá de ahí, de ese estercolero, y, en cambio, le dice a su “protegida” que, a diferencia de él, ella algún día se casará con un empleado bancario o un subteniente de la reserva, al tiempo que, para él, un tipo con prontuario judicial, solo habrá una desfondada a punta de bala.

 

Y en el desfile de feroces sujetos del bajo fondo, estará encabezándolo el negro Cipriano, “rechoncho como un ídolo de chocolate”, cocinero de otros días en un burdel. Y en el relato, entre otras facultades, hay un modo de comparar a los delictuosos muchachos asiduos del bar con animales, algunos de ellos muy peligrosos. Así que, en un momento, el negro Cipriano puede ser como un “yacaré que sueña con la manigua”, y es de aquellos que cuentan sin apenarse sus actos de barbarie. Más bien, los luce, los presenta como si fueran condecoraciones. Para el negro, el haber violado niños es como una pilatuna sin responsabilidades penales. Es una especie de “monstruo jovial”, un auténtico atarbán que sonríe con “dulzura de hipopótamo”. También el narrador lo presenta como “un cocodrilo adormilado”.

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Otra de las fieras es Angelito el Potrillo, “ratero y tuberculoso”, al que, como a muchos de su estirpe, perdieron las malas compañías (las malas juntas). Los “pesquisas”, que pasan por enfrente del bar, saben que este individuo, que tira mañas en compañía de otro hampón apodado el Japonés, no puede robar mientras esté enfermo. En esas atmósferas pesadas, enrarecidas, los hombres de esta condición de bajezas y desafueros, parecen fieras enjauladas.

 

Así se rejuntan los derrotados en aquella sucursal de penitenciaría imaginaria, los que ya no tienen escapatoria ante un destino que les ha sido funesto y sin corrección. Uña de Oro, el pibe Repollo y el Relojero, que completan la nómina de descastados, son eslabones de una cadena de desventuras, de unos que ni siquiera quieren hablar entre ellos ni con nadie de sus planes o de sus frustraciones. Se entristecen porque llegan al punto de no “saber a quién matar”.

 

Y, de paso, en aquel reverbero que les quema las entrañas, saben que su suerte está echada, que por mucho que barajen, sus cartas serán las mismas: caer y decaer. Como los que arribaron al infierno, han perdido toda esperanza de redención. Lo único seguro es la muerte, la que, saben o intuyen, les llegará de manera violenta. Allí, en el bar, pasan las horas con naipes, dominós, cigarrillos, el humo que se esparce y desaparece, así como ellos se extinguirán de un momento a otro.

 

A Ambos Mundos en ocasiones arribarán otros ladrones, estafadores, recién salidos de cárceles, rebuscadores, y el encuentro es como un antídoto contra esa especie de desgano de vivir. Hablarán de lo de siempre: sus hazañas delictivas. Las fieras tiene, en ocasiones, un ritmo de milonga, pero, más que todo, es tango. Un tango feroz, no aquel sentimental o nostálgico, sino el de los que se quedaron sin fe y sin horizontes.

 

Y la música (la pone “la muchacha de la victrola”), en medio de luces de colores, los arruma en otros espacios. “Un tango antiguo nos recuerda un momento carcelario, otros la noche del hallazgo de una mujer, otros un instante terrible de cuando andábamos en la mala”, dice el narrador. “El tango nos empenacha el alma del recuerdo de primitivas alegrías”, agrega, con la mirada que atraviesa la vidriera para examinar un afuera en la que discurre una vida diferente a la de estos seres que, agazapados, siguen esperando un momento para el zarpazo o para un definitivo adiós.

 

La estructura de este relato arltiano rebasa los lugares comunes y busca otras formas expresivas. Puede parecer, si se desea, un apunte para una novela, en la que se podrán desarrollar los caracteres y las circunstancias de estos personajes oscuros que lo único que pueden comunicar son sus prontuarios y arbitrariedades. Las atrocidades cometidas. Para ellos el mundo de afuera es la posibilidad de la agresión, el ejercicio y desatamiento de sus ganas de matar, violar, golpear, robar y producir miedo.

 

Las fieras, es decir, esta aglutinación como jauría insolidaria, acechan ahí, al otro lado de un mundo que, por lo demás, los desprecia y discrimina. Son seres que han perdido humanidad y, cada vez, mientras más practiquen su carnicería y brutalidad, se alejarán más de la racionalidad. En el bar están replegados. A la espera de salir de allí para continuar con su modus vivendi de dar pata o de que los pateen. Ah, y toda la furia, o casi toda, la verterán contra la mujer. Hay una violencia desaforada contra las féminas y, quizá, solo Tacuara, la prostituta víctima del narrador, es la que menos agresiones recibe.

 

Las fieras, en medio de todo el espanto, es un relato en el que la melancolía se va desenroscando como una serpiente y se expande por un ambiente pesado, de humo y rabia, en el que unos hombres deshumanizados saben que no habrá otra vida.

 

En la dedicatoria del libro El jorobadito y otros cuentos (1933), hecha a su esposa Carmen Antinucci, Roberto Arlt dice: “Los seres humanos son más parecidos a monstruos chapoteando en las tinieblas que a los luminosos ángeles de las historias antiguas”. En Las fieras no hay ningún angelito.

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Cortázar para desintoxicar el parque

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hubo un tiempo en que Cortázar estaba en todas las mochilas de los universitarios y de una que otra colegiala. Se leía en los buses, con el peligro que, por la movención, se desprendiera la retina; en las cafeterías de la U; en un prado bajo los árboles, y resulta que casi todos eran (¿éramos?) cortazarianos: había derivados de cronopios y de famas, no faltaba el que imitara a Oliveira y quisiera irse a París a tirar finuras, y alguna muchacha sentía ser la Maga, la uruguayita Lucía, que ni en el tango. Cortázar por aquí y por allá, su poema y cuento al Che, sus propagandas de la revolución cubana, su posición a favor de los sandinistas, sus versos de la gota de agua o los dedicados a Alejandra Pizarnik, su perseguidor, los parques, sus casas tomadas, que todavía Buenos Aires no intuía lo que le esperaba, el jazz, Schönberg, Brahms, y, claro, sus letras de tango, que siempre ponían en la emisora de la Universidad de Antioquia; todos leían a Julio, al que queríamos tanto, al hombre a quien las manos nunca dejaron de crecerle, y hasta hablaba con ellas.

 

Y digo que entonces lo leía la “pequeña burguesía”, porque quién más. Los obreros solo tenían tiempo para la plusvalía, para sudar y “camellar” y viceversa, y de pronto para estar en el bar; y la burguesía, qué va, andaba muy ocupada explotando obreros, pensando en ampliar la panza y la banca, y de ese modo solo quedaba ese sector “privilegiado” que dedicaba lo mejor de sus años mozos a la lectura y, claro, a una que otra tirada de piedra y bombas molotov contra las visitas de indeseables yanquis; a reuniones con trabajadores vanguardistas; al cineclub. Y ahí, en medios de libros de Marx, Engels, Bakunin, Althusser, Mao, de alguno de Malraux y otros de Kafka, sin faltar un Sartre o un Camus, estaba Cortázar que despertaba un sentimiento unánime: el de quererlo más a él que a sus libros. Leyéndolo, uno se metía en el cine, en la música, en la metafísica, en la felina suavidad del gato, en la patafísica, en la cotidianidad con revelaciones extraordinarias. Y bueno, había que leer su teoría del cuento, su nocaut y su metáfora de que la novela gana por puntos, sus discusiones sobre América Latina, vea “usted que uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida…”.

 

Y le cuento que leer a Cortázar en aquellos días de conmociones sociales, no solo causaba placer y daba aires de “intelectualidad” y tales, sino que era un arma secreta para conquistar peladas. Era sino hablarles de esa historia de amor que es Rayuela y listo; vos eras el cielo y la tierra, el pintor y el escritor, la piedra y la tiza, y entonces retabas a su lectura, porque no hay que ser “lector hembra”, sino uno muy activo, un lector-cómplice, uno que desbaratara la novela que ejercía (ejerce todavía) una fascinación sin resistencia y provocaba admiraciones y gritos, ¡cómo!, y este man cómo hizo para armar una estructura así, y propusiera otros caminos para estar o en París o en Buenos Aires, o en las dos al mismo tiempo. ¡Oh!, “tantas palabras para un mismo desconcierto”. Bueno, digamos, para resumir, que con las muchachas y las lecturas de Cortázar, uno ganaba por decisión unánime. Era una tarea más fácil, porque no requería tener carro, bastaba un modelo para armar. Ni tampoco era condición necesaria el billete ni la pinta de galán; simplemente, leías historias cortazarianas y eso era suficiente. También podías contar que, gracias a tales lecturas, derivaste en otras aguas, como en las de Roberto Arlt, Felisberto Hernández, o empezaste a escuchar el saxo de Parker, el violín-trompeta de Julio De Caro o la voz de Billie Holyday.

 

Había cortazarianos de verdad. No se perdían palabra suya. Y a veces parecían una creación del escritor al que amaban. Sabían todo de él: sus obras, sus gustos, sus noviazgos, sus matrimonios, su posible homosexualidad, sus viajes, lo que estaba en una página, lo que quedaba en otra. Admirables admiradores. Supe de uno, al que poco conocí, que pudo haber sido el mayor cronopio de los días de la universidad. Estudiaba periodismo y escribía notas en el periódico El Mundo, de Medellín. Se llamaba Diego Medina, una auténtica promesa, según hablaban, de la crónica y, por qué no, de la literatura. Murió en un accidente y en su entierro sus amigos depositaron en la tumba en vez de flores todos los libros de Cortázar. Sin embargo, había otro personaje, no tan cortazariano, pero sí muy parecido al escritor, no solo por sus manos grandes y su estatura, sino porque, como el argentino, padecía el síndrome de Marfán, que afecta los huesos, los tejidos, el corazón y otros órganos, y tiene la particularidad de hacer crecer hasta su muerte a quien lo sufre. Se llamaba John Ospina, un revolucionario que combinaba las lecturas marxistas con las de escritores norteamericanos y un día decidió abandonar la ingeniería para dedicar todo su tiempo a la literatura y el periodismo. En esas descubrió Rayuela y ya no hubo manera de detener su pasión por las obras de Cortázar. El síndrome se lo llevó prematuramente en el mismo año en que murió el “cronopio mayor”.

 

Ospina, además, la facilidad de hablar de los records de Cochise o de Eddy Merckx como de El dieciocho brumario de Luis Bonaparte o de las alineaciones más célebres del Atlético Nacional. Y en cualquier café podía sentar cátedra sobre Jack London, Pelé o las coperas de viejos bares de Medellín. Cuando descubrió, después de los treinta años, que lo suyo eran la literatura y el periodismo, se encerró a leer novelas, cuentos, manuales de comunicación, enciclopedias de cine, a realizar programas radiales de difusión literaria, y, claro, a seguir proclamando donde hubiese audiencia las causas de los males del país, sin dejar de lamentar por qué tanta gente se tenía que perder las lecturas de obras como Rayuela. Ospina se distinguía no solo por su más de 1,90 de estatura sino porque no era de los que aprietan el dentífrico desde abajo. Era un tipo en permanente estado de sitio.

 

Ahora, mucho tiempo después de la muerte de Cortázar (12 de febrero de 1984), es el momento de pararse en los puentes, de dejarse mojar por la lluvia, de darle una despedida digna a un paraguas destrozado por el viento, de buscar lectores de parque, como los de aquellos días de refriegas callejeras. Con Cortázar sucede que la ficción se vuelve realidad, o al revés, y por eso torno a ver la muchachada con sus mochilas gordas de libros, como un modo de conservar los recuerdos, que a veces hay que envolverlos en sábanas negras, como cualquier cronopio. Volvemos a la excursión cortazariana, sin instrucciones ni manuales, porque él, precisamente, nos enseñó otra manera de ser libres. Ahora sí me iré a envolver acelgas en las hojas de este diario, aunque la tinta es tóxica y ciertas historias, también.

Julio Cortázar