Onetti, cuatro perros y un cerdito

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Puede ser un juego. Un juego literario. Un divertimento. Qué importa. La literatura está hecha para el pensamiento, la imaginación y las ensoñaciones. Hay cuatro doberman, un gato negro, grande y gordo, llamado Édgar, y un cerdito. Tres cuentos distintos y un mismo autor verdadero. Tienen en común varios aspectos: se trata del mismo autor, de su estilo, de sus obsesiones, de su visión frente al ser humano, ante lo oscuro del hombre, la otra cara. Hay licores y algunas miserias. Son tres cuentos distintos y un escritor como Juan Carlos Onetti.

 

El primer cuento, el más largo y denso, El perro tendrá su día, dedicado a Enrico Cicogna (“Para mi Maestro”), traduttore italiano, el mismo que vertió al idioma fundado por Dante, entre otros, a Cien años de soledad, y del creador de Santa María a Juntacadáveres, Para esta noche y La vida breve, está elaborado con el tejido onettiano, de alta densidad, sin concesiones al lector, con un dominio de ambientes, caracteres, situaciones y hasta diferenciaciones tremendas entre una suerte de gamonal, de terrateniente sin escrúpulos, frente a un inspector de policía que sabe todas las triquiñuelas del dueño, pero que, a su vez, se presta a la complicidad.

 

Con sutileza, se desliza el leitmotiv del relato, que radica en la alimentación de cuatro perros doberman, machos, a los que se les dejará de dar carne por unos días. Puede haber aquí, si se quiere, una rememoración lejana de La vendetta, de Maupassant. Pero este de Onetti es otra cosa. Hay un entramado urdido con hilos finos, o bordado con arte narrativo, con sugerencias e indicios, con una remembranza policíaca. Jeremías Petrus, el protagonista, prepara una celada. Hay una astucia y una premeditación, con las que se construye un edificio verbal deslumbrante, pero, al tiempo, una telaraña que encierra una venganza que se hará representar como un vulgar robo de gallinas.

 

La caracterización de este personaje comienza de afuera hacia adentro. De la superficie, de los vestuarios y otros ropajes, hasta penetrar en la psicología de un hombre que tiene poder, que manda, que hace lo que le viene en gana. Y que se cree dueño de los destinos de los demás. Sí, un terrateniente, con gustos refinados en champañas y otros licores y aperitivos. Uno que sacia sus ansias carnales con una especie de putica campechana, que sabe de poses y mentiras, y, además, es ducha en esconder “el hastío y el asco” ante un sujeto despreciable que solo tiene dinero.

 

En la narración, en la que se van dosificando ingredientes de un plato que tiene entradas y otros aditamentos, se advierte, de nuevo, la capacidad de Onetti para el manejo de tensiones, de suspensos, hechos a través de la insinuación, de apenas leves pinceladas. Hay toda una mentira bien montada, aunque no tanto. Porque la coartada es inteligente. El milico principal sabe desentrañarla, pero no puede ir más allá de dar a conocer que él sabe. El dueño lo rinde, con el rebenque incluido como una amenaza en potencia. Lo apabulla con su poder material.

 

“La ciega ansiedad de los hocicos…”

 

Y aparte de los cuatro doberman, ¿qué otro perro se desplaza por las palabras, los paisajes, el atrezzo, los escenarios? Petrus y Medina, el milico mayor, el comisario, sostendrán un encuentro en el que, cada uno, desplegará sus velas y sabrá que son viejos conocidos en sus mañas, en sus corrupciones, pero habrá uno que será el vencedor, o, al menos, en apariencia. Los doberman, “raza inteligente, muy refinados”, estarán, más que como una presencia necesaria en la ejecución de un hecho sangriento, como un símbolo. Sí, de la fuerza y de la inteligencia en la planeación de una celada mortal. Hay, como se estila en muchos relatos de Onetti, un final con sorpresas y hallazgos inesperados. Una venganza (tema onettiano) ante una infidelidad conyugal.

 

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Los otros dos cuentos, El gato y El cerdito, diminutos, intensos en su brevedad, tienen también a la mujer como un epicentro de discordia: en el primero, una joven, o, al menos una dama no tan vieja, la francesa Marie; en el segundo, una anciana con reumatismo, plena de ingenuidad y muy caritativa ella. En El gato, el matrimonio, como institución, como una suerte de obligatoriedad social, se pone en cuestión. En el último, se registra una crítica a lo que sería un asistencialismo doméstico, en la que un dulce, el de membrillo, es toda una amargura al final de cuentas. Dulce amargura, como en el tango, cuyo título es un oxímoron paradigmático.

 

Y si en el de los perros habrá champaña de abolengo como la Moët Chandon, o un aperitivo italiano, amargo y ácido, como el Campari, en el El gato, se podrá beber dry Martini y gintonic. Ah, y más allá de si El cerdito corresponde a un porcino real, o se trata de otra cosa, ahí no habrá licores y más bien los tres muchachitos serán parte de la marginalidad, de los olvidados, que son portadores del resentimiento.

 

En estos tres cuentos, hay dos asesinatos. Y uno es cometido por perros, en una propiedad privada, como si el muerto fuera un asaltante, un ladronzuelo de pacotilla. Con Onetti siempre hay que ir más allá de las apariencias. Su literatura, de hondo calado, está a la espera, con paciencia, sin afanes. Poderosa. El lector llegará al fin de cuentas y hará parte de ella. Esa es la gran trampa, la emboscada, de un extraordinario escritor.

 

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El gato, un cuento de Onetti, “con símbolos de horror, blancos, en su pecho”.

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