El equipo que cayó del cielo

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Fue un cuento de hadas con final trágico, una “fiesta que no hubo”, un acceso infeliz a la gloria cuando ya los protagonistas de una gesta deportiva que no sucedió estaban muertos. El fútbol, el mismo al que Albert Camus le debió lo que supo sobre moral y obligaciones humanas, trascendió por estas fechas las canchas para estar en una conexión masiva con la muerte y la aflicción.

 

Los muchachos de Chapecó, los que todavía no estaban contaminados por el oro, los que todavía sentían en sus corazones las promesas del barrio, los sueños del pibe, los anhelos de no seguir en el anonimato, estrellaron sus aspiraciones de victoria. La copa, con la que podrían brindar en lo más alto del pódium, se quedó sin beber.

 

Los muchachos de Chapecó, a diferencia de los de Callela de la Costa, que narra Eduardo Galeano, no perdieron, no ganaron, no se divirtieron. Murieron. La tragedia a veces tiene rumores de estadio, fragores de combates jamás realizados, de voces que lloran en las tribunas. E imágenes de dolor y soledad, como la de un pequeño hincha brasileño, con la camiseta de su equipo amado, solo y triste en las graderías desiertas del Arena Condá.

 

Tal vez desde el asesinato de Andrés Escobar, Medellín no expresaba dolores en masa como los de aquella manifestación limpia de un estadio lleno, con lleno también en sus afueras, en la que cantaban el luto, recordaban a los que se fueron y apoyaban a sus familias y amigos, y a una pequeña ciudad brasileña, a sus moradores, a toda una nación.

 

Ni en los choques de dos trimotores Ford, cuando murió Gardel (1935), en una ciudad todavía con aires bucólicos mezclados con chimeneas fabriles, se notó una efervescencia con tantas tristuras juntas como la vivida en Medellín por estos días. La ciudad asumió los muertos como suyos. Y tal vez, sin saberlo, repitió los versos de John Donne: “ningún hombre es una isla en sí mismo… la muerte de cualquier hombre me afecta porque me encuentro unido a toda la humanidad”.

 

La ciudad se aglutinó para llorar. Para corear el nombre de un equipo del que pocos conocían y del que ya nadie se olvidará. El día de la ceremonia de los adioses en el Atanasio Girardot, la voz entrecortada de José Serra, ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, quedó como un hito de palabras precisas, sin aspavientos, medidas en toda la dimensión del dolor y las ausencias:Los brasileños no olvidaremos jamás, la forma como los colombianos sintieron como suyo el terrible desastre que interrumpió el sueño de ese heroico equipo de Chapecoense”.

 

Para el dignatario fue un “grado de consuelo inmenso” la increíble lluvia de flores y palomas, las velas encendidas, los globos blancos, las lágrimas colectivas de un estadio que, en efecto, sentía como suyos a los muertos. Serra, según dijo, jamás había sentido una emoción semejante. Y, a lo mejor, muchos de los presentes y de los que siguieron sus palabras por otros medios, tampoco.

 

Tal vez una de las demostraciones de más hondura humana que se ha dado tras el desastre aéreo, haya sido la de la mamá de Danilo, portero del equipo, que pereció en el suceso. La estaba entrevistando un reportero de Bandeirantes, y ella, de pronto, se trastocó en interrogadora: “¿Cómo se sienten después de haber perdido a tantos amigos? ¿Usted me puede responder?”. El periodista, en medio del abatimiento, se quedó perplejo, sin respuesta. Y ella continuó: “¿Puedo darle un abrazo que represente a toda la prensa?”. Quizá sea uno de los abrazos más sentidos y bellos de la historia.

 

El pasado 30 de noviembre, Medellín fue otra. Una ciudad que transmitió solidaridades, que se apropió del luto y lo sintió y vivió con honestidad, sin simulaciones. Y, como si lo del estadio hubiera sido poco, a la medianoche la ciudad guardó silencio en una jornada en que estaba previsto desencadenar la explosiva “alborada”, una nefasta herencia paramilitar y mafiosa.

 

Los muchachos del Chapecoense eran todavía la esencia del fútbol, sin ostentaciones, con la memoria de la barriada, del potrero, de las cosas que se hacen por amor al oficio. Eran, creo, los del eterno partido, de aquel cotejo que uno quiere que jamás termine porque en él confluye la poesía de la simplicidad y de lo impredecible. Chapecoense, con palabras de Barba Jacob, era una llama al viento. Y el viento la apagó.

 

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En el estadio Arena Condá, en Chapecó, la soledad y tristeza de un pequeño hincha.

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Boda triste

Por Reinaldo Spitaletta

El largo tapete rojo iba hasta la puerta de entrada. La casa, de dos plantas, estaba adornada por ramos floridos y cintas blancas. Eran las cuatro de la tarde y ya el Deportivo Independiente Medellín, que acababa de cumplir cien años, perdía dos a uno en Barranquilla. Tenía que ganar para clasificar a la ronda semifinal. Olía a rosas y a perfume ceremonial. El hombre, de chaqueta beige, pantalón negro y camisa palo de rosa y sin corbata, tenía los audífonos puestos. Afuera, había gente esperando a los novios. Los antejardines del barrio florecían y parecían sonreírle a la calle sobre la que caía una luz malva. Era domingo.

Los novios aparecieron: ella, de blanco inmaculado; él, de negro. Cuando pisaron la alfombra, sonó la Marcha Nupcial de Wagner. El hombre, adelante, en el fondo de la casa, sentado junto a los padres de la novia y a la madre del novio, seguía con su audífono, ido, como fuera de sí. Arrugaba el ceño, se estremecía, y parecía estar muy lejos de los aplausos de los invitados, de los pasos calculados de la pareja, como en un mundo irreal que estaba en otra ciudad. El ministro oficiante, de pie, debajo de un palio, observaba el desplazamiento lento de los enamorados. De pronto, el hombre se enteró de la llegada de los comprometidos; el novio era su hijo. Se desconectó con discreción los audífonos y los introdujo en el bolsillo superior del saco. La pareja se instaló debajo de la jupá (así la denominó después el ministro para explicar su significado, al que el hombre no prestó atención). Una niña, de cuatro años, venía delante de los contrayentes. El hombre, cuando la vio, abrió con desmesura los ojos, la miró con novedad y vio su vestidito blanco y en las manos un pequeño cofre con las argollas. “Qué niña hermosa”, pensó el hombre y luego paseó la vista por los asientos debajo del dosel, los ramos de rosas rojas encarnadas, la cara del oficiante con una sonrisa que se prolongaba por el resto de su cuerpo. También vio las siete velas encendidas en un candelabro (la menorá, advirtió luego el ministro), y un cuadro con una fotografía de Jerusalén. “¿Cómo irá el partido?”, se preguntó con una voz interior que parecía angustiada, porque el hombre se rascó la cabeza y sus manos temblaron con levedad. Había, además de una mesa con mantel blanco, en la que reposaba un libro, otro candelabro de tres brazos con velas blancas prendidas. El hombre las miró y las llamitas se movieron.

Cuando el ministro puso sobre la cabeza del novio un tocado redondo, tejido, tal vez de lana, al que después aquel llamó la kipá, que según el sacerdote de vestido impecable simboliza los límites humanos y para dar a entender que por encima del hombre está Dios, o algo así profirió, el hombre se metió con un movimiento automático la mano al bolsillo de la chaqueta, pero la sacó con rapidez. Hacía rato, o tal vez no tanto, que la marcha nupcial había dejado de sonar. Atrás, había invitados, con trajes nuevos, corbatas, tacones altos, zapatos negros, sentados a las mesas, expectantes (de esto se dio cuenta porque por unos instantes miró atrás, como si se tratara de un mecanismo de defensa). “¿Cómo irá el DIM?”, volvió a preguntarse, mientras la ceremonia avanzaba, con lecturas bíblicas, postura de argollas, explicaciones de símbolos. De pronto, al novio se le desprendió el gorrito, que cayó al piso, ante la mirada atónita del ministro. El novio, con agilidad, lo recogió y lo puso de nuevo en su sitio, sobre la coronilla. El cabello le brillaba. La novia -según creyó el hombre- se sonrió con un rictus burlesco.

Como si se tratara de un descubrimiento, el hombre vio a un tipo de unos treinta años, de tenis y pantalón negros y camiseta gris, que saltaba de un lado a otro, se agachaba, se estiraba, parecía un contorsionista, y sus ojos detallaron la cámara fotográfica, escuchó sus clic insistente, un reflector subió de intensidad lumínica, y entonces el hombre se tocó el bolsillo, junto a su corazón, lo sintió acelerado y se dijo para sí: “¿Será que empató el DIM?”. También vio a la mamá del novio, que se había parado con una cámara e intentaba imitar, sin lograr ni siquiera una lejana aproximación, al fotógrafo profesional.

El hombre, que ya estaba sudando, pese a que el ambiente del salón era fresco, recordó cuando, apretujado con su hijo y miles de hinchas más en la tribuna oriental estaba presenciando a su equipo que empataba con el Huila dos a dos, la igualdad le bastaba para la apoteosis, y de súbito, para susto de todos, un jugador contrario avanzó por la punta derecha, metió un centro que cabeceó un delantero casi en el punto penal. Bobadilla, que era el arquero del DIM, voló casi de palo a palo y desvió el balón al córner. Faltaban pocos minutos para terminar el partido. El estadio Atanasio Girardot, repleto, enrojecido, coreaba unánimemente “¡Campeón Medallo, campeón!”; el hombre sintió el ondear frenético de las banderas, miró la pista atlética colmada de serpentinas blancas, y los abrazos colectivos, los tambores, trompetas y cánticos de la Norte, y su mirada de ojos contentos casi al borde de las lágrimas observaron cuando el árbitro señalaba la mitad del terreno. El estadio quería derrumbarse por la brincadera de casi cincuenta mil aficionados y de repente el cielo de la ciudad se pobló de bengalas y globos y estrellas rojas y azules. Era la quinta estrella que se multiplicaba hasta el infinito en el firmamento de Medellín.

Volvió de su ensoñación y vio a la pareja que se besaba, y escuchó la ovación colectiva de los invitados. La niña de las argollas estaba sentada en un taburete, y sus piernas colgaban con un movimiento rítmico. El ministro sonreía y cerraba el libro religioso. Bajo la jupá ya estaban los padres de la recién casada, abrazándola mientras sonaba una música alegre que el hombre no identificó. Sacó los audífonos y con prontitud se puso un auricular en la oreja izquierda. Una rosa roja cayó a sus pies. El fotógrafo seguía disparando.

El hijo, de corbata plateada, en medio del bullicio, se acercó a su padre, se abrazaron y sus mejillas se juntaron.

_¡Perdimos, hijo, perdimos! ¡Qué centenario más triste!_, dijo el hombre. Y como en un trágico tango, ninguno de los dos, las lágrimas, embozadas y asomadas, pudo contener.

Pintura de Angely Martínez