Atardecer de ciudad alunesada

 

(Un segmento urbano, visto entre el hollín y el rugido de motores)

 

Resultado de imagen para pasaje peatonal junin

 

Por Reinaldo Spitaletta

Lunes al atardecer, el sol aún vivito y quemando, y por el “Triángulo de las Bermudas”, un parque sin gracia en Sucre entre Cuba y Echeverri, la muchacha de formas redondeadas, vestido ceñido, trasero sobresaliente, de los que atrapan miradas al pasar, transitaba con su pelo largo y su escote de seducción. Iba a abordar un taxi. Manoteaba en una agite de aspa que no correspondía a su figura de amazona atardecida.  Ya no miré más cuando un “amarillo” le paró y, además, el semáforo les estaba abriendo el camino a los peatones en la ancha (aunque no tanto) avenida Oriental.

 

Me volví, sin embargo, y el paisaje estaba atiborrado de carros, peatones, motocicletas, sin la dama del traje ajustado y curvilíneo. Uno va viendo ladrillo y cemento y sintiendo el hollín, y, de pronto, en una esquina de muro con baldosines viejos, hedores de meado seco. La luz por estos días de febrero es brillante y el cielo divide sus amores entre nubes blancuzcas y firmamento azul destemplado.

 

En la plazoleta Mon y Velarde, un callejero escribía en el piso que le servía de apoyo sobre un periódico viejo. Más allá, otros tres, que se adivinaban sucios y desprovistos de preocupaciones, se llevaban a la nariz unas como canoítas de papel. Todo pasó rápido. Y la figura de un guardián de edificio bancario, tras una vidriera, quizá mirando a la calle para arrojar el aburrimiento, se me presentó fugaz. Tenía un kepis azul turquí y camisa azul clara que dejaba entrever una panza prominente. No fue más.

 

De pronto, al ojear el viejo aviso de un almacén de música, volvieron los días de guitarras y partituras, de Francisco Tárrega y Fernando Sor, con acordes de cubículos de conservatorio. Pero también se esfumó el recital de recuerdos. Todo pasa. Y ahí estaba el parque de los días distinguidos, de las retretas idas, de las misas cantadas y las procesiones de ricos y pobres, tal vez más los últimos, que querían ver cómo se vestían los de clase alta. La estatua ecuestre, con Bolívar mirando al sur, me avisó que, a su alrededor, había un conglomerado que escuchaba a alguien. A la distancia, no sé si discutían sobre la Biblia (cuán importantes eran sus hojas de papel de arroz, que los marihuanos de hace años usaban como “cuero” para confeccionar sus puchos). Por las gesticulaciones, era lo más probable.

 

Otra vez, llegando a la calle Caracas, olor cortante de orines en el piso. Esta vez, no miré hacia la antigua casa que fue de Pastor Restrepo, el fotógrafo decimonónico que registró aspectos de una aldea con ínfulas señoriales. Enrumbé por Junín. Había cuatro repartidores de tarjetas de publicidad de prostitución. “Niñas, niñas”, decía uno de ello, la voz bajita. De Versalles me llegaron aromas de pan francés y café caliente. Después, en lo que hace años fue el club de la burguesía medellinense y hoy es un enorme centro comercial, una mujer se quedó mirándome, como si intentara recordar o, al menos, parecía preguntarse: ¿quién es este, lo he visto antes? Continué por los pasillos en un mundo en el que no hay tarde ni mañana, porque todo es igual, las mismas luces, el piso de siempre, las vitrinas oferentes, ninguna sorpresa.

 

Di un giro y volví a salir a Junín, con la brillante tarde en el cemento. Había una fila muy larga en las afueras de un banco. ¡Cuánto dinero a la espera de mejor uso! Atravesé por un corredor del edificio que suplantó al Teatro Junín y al Hotel Europa, y en La Playa, por entre los ventorrillos de artesanos, el ruido de los automotores me sofocó. A mis espaldas tenía el sol, no como los presidentes ni otros burócratas, sino el generoso del paseante.

 

Era hora de apuros. De gentes a granel cruzando calles o esperando la luz verde peatonal. Muchos separadores improvisados de maya anaranjada para evitar el paso de vehículos por arreglos de alcantarillado y acueducto, con hombres que, abajo, debían sudar y esperar con ansiedad que el sol se ocultara. Entré a una óptica solitaria a comprar un líquido limpiagafas. La dependiente me observó de abajo a arriba y luego sacó el frasquito de una vitrina. Afuera, la carrera Girardot sonaba a carramenta. Subí por Colombia, hacia el oriente, quizá para recordar los días en que nos plantábamos en una esquina a ver pasar las colegialas del antiguo Cefa, con sus faldas azul celeste y blusas blancas.

 

Cuántas veces he transitado por estas calles, siempre las mismas, siempre distintas. Al llegar casi a la esquina de la breve calle Villa, pasé por un caserón en el que, en tiempos casi olvidados, daba clases de Historia universal y de Colombia a adultos que querían validar su bachillerato. Miré y al fondo, muy al fondo, sentí el sabor de un café añejo que ya no es posible saborear. Solo quería llegar hasta Berrío. En la esquina, al campanear la decadencia del Edificio del Comercio, diseñado por Charles Carré, me pareció que estaba a punto de caerse. Ventanas endebles, enrejados debiluchos, paredes desconchadas, así me pareció en una visión fugaz acompañada de tristuras.

 

Hacia el norte, la cuarenta con sus confiterías y cigarrerías, sus tumultos de compradores, en la acera varias mesitas y taburetes de café. De pronto, me llamó la atención un hombre cabizbajo. Lo acompañaba una cerveza solitaria sobre la mesa redonda, de metal. Era, así, de primer enfoque, la imagen desolada de la melancolía. Eso creí. “Tendrá alguna pena”, me dije en el mismo instante en que, para mi desconcierto, descubrí que estaba manipulando un celular. En realidad, hubiera preferido que estuviera entregado a los sollozos.

 

Los caserones, como el de la Gota de Leche, de puertas y ventanas verde menta y alerones, me hicieron acordar de algunas frases de Los Negroides, de Fernando González, cuando hablaba de la vanidad, la utilitaria filantropía y la caridad como pose y simulación. La fuente de la rotonda del Pablo Tobón estaba sin agua y La Bachué parecía muerta de la sed.

 

Junto a un teatrino que nadie utiliza para ninguna función, otra vez el vaho de meados, como una repetición de la calle-sanitario, de la calle-alcantarilla, del orinal bajo cielo abierto. Había brisa de búcaros, ceibas y muchachas pelilargas. Un son cubano se montó en el viento y el cielo cambió de colores. Era así no más, el tiempo de las luces anaranjadas de un lunes de febrero, a punto de anochecer con un telón de arreboles.

 

Resultado de imagen para parque bolivar en medellin

Parque Bolívar, Medellín.

Atardecido paisaje de Año Viejo

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Me fui a traficar con el paisaje, que es lo que más abunda en el mundo, según Saramago, y no pude venderle a nadie (tampoco lo ofrecí, caray) un atardecer de incendio de Año Viejo. Estaba en un lugar montaraz, quizá el mismo donde un expoeta nadaísta quiso comprar, hace tiempos, treinta centavos de arreboles con flores de sietecueros y hojas peludas y venosas que cubren alambradas de púas.

 

El último atardecer del año, visto desde el oriente rural de Medellín, entre bosques nativos y cantos de pájaros vespertinos, tirado en la manga, a la espera de que los mosquitos se dieran un banquete con mi sangre sin alcohol, solo por observar los cambios de luces del cielo, en el poniente anaranjado, violeta, rosado; y de súbito, sobre ese lienzo lejano, de horizonte en ocaso, un mar celeste. Sí, un mar de colores cambiantes, con islotes oscuros. Y ninguna embarcación.

 

Pudo ser un modo de volver a la infancia perdida, cuando las nubes eran ogros y princesas, osos y hadas desnudas, y tirarse en la hierba, bocarriba, era como un desafío a la imaginación. La luz del Año Viejo me recordó antiguos días de juegos callejeros y bolsillos con bolas de cristal, de tiempos sin tiempo. Había en aquella acuarela atardecida, barquitos de papel y naufragios de esquina de barrio.

 

Creí ver un alcaraván entre un sembradío de lechugas Batavia. Luego, un globo atravesó el cielo luminoso y el aire frío me hizo frotar las manos. Pensé en echarme parte de aquella visión al bolsillo de atrás, donde años ha guardábamos sapos y pitas para trompos sin baile. Ninguna picadura hasta ese momento, tal vez porque la loción repelente estaba funcionando. Me pareció que les estaba jugando sucio a los mosquitos y que no era legítimo alejarlos de ese modo, con una especie de guerra química, pero no había tiempo de ponerme a luchar con ellos. Y perderme el cambiante cielo, el último cielo de 2015.

 

Debía memorizar a toda velocidad, más baja que la de la luz, claro, la mutante escenografía celestial, que ya no era de mar e islas, sino que tenía la forma danzante de una mujer desnuda, hecha de pequeñas nubes y colores crepusculares. El viento, cada vez más helado, movía las hojas de los árboles que ya no eran verdes, sino de tonos incandescentes, que parecían quemarse en cañadas y altozanos.

 

A quién pudiera venderle estas imágenes: a los invisibles ladridos de perros, a las detonaciones de cohetes de despedida, al lejano brillo de la ciudad que apenas se vislumbraba muy abajo. Quién querría comprarme el último atardecer, si todos igual pudieran venderlo, o robarlo, o quedarse alelados con la gratuidad del cielo y las ondulaciones de las montañas.

 

Tal vez en otros días, por estas breñas hoy casi urbanizadas, hubo voces de ángelus, oraciones para recibir la noche, campesinos cansados buscando cama cuando en los alrededores no había torres de energía. Ahora, merodeaba por una vereda con carretera solo para carros, sin espacio para caminantes, un tipo que quería robarse el paisaje para vendérselo a los citadinos, con el pretexto de que se trataba de la última pintura celeste del Año Viejo.

 

De pronto, ya no había mar y la variada paleta de rojedumbres y violetas y amarillos de llamarada se había esfumado. Había olor a grama y a exiliados eucaliptos. Las sombras convocaron nuevos cantos. De no sé dónde, llegaron sonidos de músicas tropicales que despedían el año. No pude convertirme en contrabandista de paisajes de la última tarde del año y entonces esperé sobre la grama oscurecida la luz de las nuevas estrellas.