El atrio de las sociabilidades

(Crónica con encuentros, chismes y los latigazos de Mon y Velarde)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El atrio, esa espacialidad que está más en lo público que en lo privado, en las afueras de las iglesias, tiene una categoría de sociabilidad y congregación, más que de religiosidades. Es la parte civil de las construcciones sagradas. Y en tal parte, la injerencia “divina” es menor que en los adentros del templo. Construido un poco más alto que la calle, el atrio era una posibilidad para el encuentro, las citas, las ventas ambulantes y los enamoramientos furtivos.

 

En otros días, en el atrio, cuando se oficiaba la misa, se paraban muchos hombres, como en el ejercicio de una actitud de estar y no estar. De ahí se escuchaban  las palabras del cura, pero, además, había la posibilidad de dirigir las miradas hacia otros ámbitos, menos confesionales. Pudo haber sido una variante del “que reza y peca, empata”.

 

Las iglesias católicas construidas antes del Concilio Vaticano II, eran monumentales. Debían tener una presencia en la ciudad (o en el pueblo) de gran calado y dominio. Y en esas arquitecturas, con naves y torres, con campanarios sobresalientes, estaba, como una parte de la edificación, el atrio. La diferencia es que se hallaba en el afuera, en el mundo exterior donde no había tanta solemnidad ni se sentían los inciensos ni se alcanzaban a ver altares e imágenes de santos y vírgenes.

 

El atrio era una manera de estar, sin estar en la ceremonia, en la liturgia. Aparte de esta situación, el atrio se presentaba como una referencia para las citas. “Nos encontramos en el atrio de La Candelaria”, era de lo más pactado en otros días en Medellín. “Nos vemos en el atrio de la Metropolitana” o en el de San Ignacio. Y así. En el atrio, los novios se podían coger de las manos, se acercaban, se rozaban la piel. Había en esa circunstancia, una manifestación de lo profano. O, en otras dimensiones, de la vida civil.

 

Esta construcción sacra y laica, religiosa y cívica, al aire libre, limitando en muchas partes con el parque o plaza, era una oportunidad para el chisme. En el atrio se “rajaba” del cura y del alcalde, del policía y el carnicero, de todos y a nadie se le sostenía. La comunicación en ese lugar de encuentros era para el deleite y la conseja. Trascendía lo físico-espacial y era una prolongación del café y de las murmuraciones domésticas.

 

Los atrios de los grandes templos, tanto en los barrios como en el centro de la ciudad, eran, a escala (bueno, todavía tienen funcionalidades sociales), un universo urbano, con dinámicas de ciudad. Eran, también, una manera de seguir conversando, de acordar nuevos encuentros, de intercambiar mentiras y de “chicaniar” con alguna nueva adquisición. Hoy, en ciertos atrios (como el de la Metropolitana), hay más palomas que gente.

 

El atrio es como una zona de frontera. Y tuvo, en otras muy viejas temporalidades, una función de acercar a la iglesia a los gentiles, a los no fieles. Quizá como una posibilidad de las atracciones. En este singular espacio cabían los circuncisos y los no circuncidados; los incrédulos y los feligreses. Una suerte de ágora para todos. Aunque, se sabe, por ejemplo, que el visitador y oidor español Antonio Mon y Velarde, el regenerador, levantaba a latigazos del atrio de La Candelaria a indios y negros que fumaran o conversaran en ese lugar.

 

Los atrios eran la conjunción de los vendedores de periódico con los aromas gratos de las crispetas. Después, acogieron a los loteros, a los de las “chazas” o carritos de dulcerías y cigarrillos, a los fruteros, a los ofrecedores de estampitas milagrosas. Y así, se transformaron, en algunos sectores, en pequeñas plazas de mercaderías.

 

Después del Vaticano II, las iglesias debían construirse sin tanta pompa ni dimensiones colosales. Nada de mega-edificios. Y así surgieron ramadas, pequeños templos, y no todos tenían espacio para el atrio, medida que afectó las reuniones barriales, los encuentros concertados y el lugar para pararse a ver entrar muchachas bonitas a las parroquias.

 

En Medellín, los atrios siguen siendo, aunque en menor proporción que antes, un espacio para las citas y las esperas. El de La Candelaria, en el hoy cuasi parque de Berrío (el metro lo redujo a ser una estación y lo cercenó), no tiene la apetencia ni la atracción de otros días. El de San José está atiborrado de ventorrillos y el de San Antonio hace años dejó de ser un lugar de encuentro. Los atrios parecen estar en decadencia. Ya nadie pronuncia aquel risueño dicho: “Es tan lengüilarga que comulga desde el atrio”.

 

¡Ah!, por lo demás, algunos atrios se tornaron meaderos públicos y, en las mañanas y tardes soleadas, se levantan hedores a “berrinche”, que reemplazaron los muy acogedores perfumes de muchachas que lucían su mejores galas para entrar al templo y los aromas calientes y sabrosos de las palomitas de maíz y del algodón de azúcar.

 

El atrio tenía encantos. No faltaban señoras y señores que se quedaban ahí, con disimulos, para observar los vestuarios de las más encopetadas y adivinar las formas sensuales de las jovencitas. Los ojos y la lengua tenían allí mucho trabajo.

 

El atrio, como la acera, está entre lo público y lo privado. Es (o era) un espacio ceremonial poco ceremonioso, laxo, despojado un poco de las normas del ritual. Un sitio para darles a las palabras un sentido de la amistad y del reconocimiento de los otros. Los que se quedaban en el atrio, mientras discurría el oficio religioso, pasaban mejor que los de adentro. Y hasta pedían papas y ají, seguro con más sabor que las hostias consagradas.

 

Atrio y frontis de la iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, barrio Buenos Aires, Medellín. Fotos de Carlos Spitaletta

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Medellín, la de atrio y cafetín

Por Reinaldo Spitaletta

A veces, como aquel Gonzalo Arango, situado en el morro de El Salvador, uno se siente -o se sienta- a solas con Medellín, con la pagana y muy cristiana ciudad que, en el siglo XIX sabía más de trabajos que de bailes. A veces, la ve uno con sus chimeneas extinguidas, sus bancos en efervescencia, su fiebre bursátil, y todavía, como en la Villa de la Candelaria, se pueden ver crecer las panzas y las bolsas de los potentados.

Ya pasaron los chismes de atrio. Cree uno. Y se fueron los bullicios de las mesas de bar de Guayaquil. Los reemplazó el “barequeo” de clientes en cacharrerías modernizadas y la agitación de almacén de El Hueco. A veces, sentado en el café Versalles, ve uno pasar a Junín y su extinguida historia de elegancias y pasarela de mujeres, parecidas, quizá, a la borgeana Lujanera: “Verlas, no daba sueño”. No hay lugar para la nostalgia, sí para la memoria.

Una ciudad, como se sabe, es más que una arquitectura, aunque ésta sea materia clave en la formación de símbolos, en la creación de imaginarios. Es más que una calle, incluso más que aquella en la que crecimos, o en la que supimos de las primeras revelaciones. Trasciende la infraestructura y anida en lo esencial: en la gente, en el transeúnte, en el vecino, que ahora, con la aparición del gueto, de la ciudadela encerrada, también tiende a desaparecer.

Una ciudad es más que sus buses y semáforos, más que sus edificios inteligentes y sus fábricas. Es un olor (tal vez a hollín, a plaza de mercado, a flores muertas), o un conjunto de aromas. Es un mundo interior. A veces, como en un tango, puede ser un coro de silbidos, o el fragor del patio de recreo de una escuela marginal.

La ciudad trasciende a la muchedumbre, sea esta laboriosa o de ociosos. Es, a veces, un estado de ánimo o el frufrú de una falda de colegiala. Medellín, por ejemplo, es lo que fue. Y lo que es. Tal vez, lo que será. Mezcla rara de tiempos muertos, de tiempos vivos. Así, es todavía el primer fonógrafo traído por Coriolano Amador, o ese automóvil francés que el progresista empresario (también llamado El burro de oro) trajo a Medellín antes de estallar en Colombia la Guerra de los Mil Días.

Es el Carré y el Vásquez, ayer lujos, luego conventillos, inquilinatos para amores de urgencia, expendios de alucinógenos, oficinas de sicarios. Y ahora, restauración y sosiego. Para que el ombligo de la historia no se corte. Es una extinguida plaza de mercado -también ideada por el hombre al que honra una calle- entonces símbolo de modernidades, con estación de tren incluida. Pero, a su vez, es un metro con estaciones asépticas e impersonales.

Medellín es una novela de Mejía Vallejo o de Carrasquilla y, claro, también una crónica de Abad hijo recordando al Abad padre, o un relato de Memo Ánjel y sus mesas de judíos. No es ya el teatro Bolívar o el Junín, referentes culturales de una generación extinguida, pero es el uniforme cine de hipermercado, o el centro comercial macdonalizado. Es, o era, la morcilla de las señoras de Tejelo y de las vendedoras de arepas de un Carabobo transmutado en paseo comercial. O cultural, dicen.

Uno hereda la ciudad. Como la lengua. O como la sangre. Así, en cada uno, aunque no lo sepa, hay un poco de sudor de obreros, de sus plusvalías textileras; un poco del barrio que ya no es. Tal vez unos rescoldos de calderas fabriles y hasta el alarido de Marañas, cuando, a fines del siglo XIX, al inaugurarse en Medellín el alumbrado eléctrico, proclamó con ufanía, mirando al cielo de su nueva ciudad: “¡Luna, a alumbrar a los pueblos!”.

Una ciudad, como esta, con nuevos cementos y bibliotecas barriales, es más que una concepción físico-espacial: es una entrada a la imaginación, a paisajes invisibles. Es, por ejemplo, aquel cafetín sin decorados y sin música, hecho para el ejercicio de la palabra y la fraternidad. Los planeadores la piensan para el intercambio de mercancías y las rentabilidades, pero la ciudad debe estar hecha para la relación inteligente con el otro.

Una ciudad, digamos Medellín, es un álbum de afinidades, de amores y odios compartidos. Y es el hombre que la habita, la padece y goza. No puede ser una prisión, ni una apología a los réditos económicos. Debe ser un espacio para el imprescindible ejercicio de la libertad y la imaginación, el mismo que trasciende lo catastral, lo burocrático.

Heredamos un poco, o casi nada, la ciudad perdida, la de Salvita, aquel alucinado que en su globo se estrelló contra los techos de la plaza de Guayaquil; la de las madonas festivas de las zonas prohibidas; la del poeta de la barba rojiza; la de los irreverentes alborotadores nadaístas. La de aquellos barrios extraviados que daban carácter y puñaladas.

Y somos de una ciudad que a veces nos sume en soledades, pero, al mismo tiempo, nos ofrece la posibilidad de manosear una gorda boteriana o la de meternos en una sala de teatro. Somos de una ciudad con gente que se rebusca en el semáforo, con muchachos limpiabrisas y contorsionistas de esquina. Ciudad de mendigos y avaros, de opulencias y necesidades, de ladrones y prostitutas.

Heredamos un tanto el cielo de esmog y el canto al trabajo; los campanarios y el desarraigo de los que arribaron empujados por el desamparo. Cada uno, el destechado, el magnate, es ciudad. ¿Qué debe permanecer, qué cambiar?

A veces es una ejercicio de placidez (también de desesperanza) subirse a alguno de sus cerros tutelares y observarla. Ver su “corazón de oro y su pan amargo”, sentir su corazón de máquina y perderse en el paisaje inmenso de casitas simples adornadas por un metro colgante.

Decía el poeta de la barba nórdica, en los albores del siglo XX, que aquí había una total inopia en los cerebros. Puede que el panorama haya cambiado poco. Lo que sí puede ser un consuelo es irse alguna noche a un parque a mirar la luna que Marañas no pudo exiliar.

Teatro Junín, Medellín, esquina de Junín con La Playa