El imaginativo aviador de El principito

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hace ya tantos años de aquella suerte de aventura nocturna, cuando, en las noches claras y despejadas, buscaba en cada estrella la figura de aquel pequeño príncipe, que me perturbaba tras la lectura de la obra de un aviador, que para desgracia del mundo se había perdido en la mar océana, después de que, en pleno vuelo de reconocimiento, una nave enemiga lo derribó. No sé cómo llegó el librito a casa y quién lo dejó ahí, junto a mi cama, tal vez como una manera de la sorpresa o de la seducción.

 

Era casi lo más normal, en una casa en que las palabras eran un modo de sobrevivir a ciertas carencias e inestabilidades, como las de estar mudándonos cada seis meses, cada año, cada tanto, a otras residencias; la de tener uno que otro libro, aparte de revistas como O Cruzeiro, Time, Bohemia, Cromos; más tarde, en plena juventud, China Ilustrada y Pekín Informa, o más atrás, una llamada Luz, que mamá y una hermana de ella leían con avidez, encerradas en un cuarto, y que por eso mismo, después abordábamos mis hermanos y yo con cierta inquietud y ansiedad. También estaba la anticomunista Selecciones del Reader’s Digest, que incluía reportajes condensados y una que otra historia de guerra, aparte de algunos chistes fríos y secciones de curiosidades.

 

No abundaban los libros, pero sí, de a poco, fueron teniendo una presencia importante en casa (lo de casa es un decir, más bien, en las numerosas casas en las que pasamos la infancia y la adolescencia), con distintas literaturas, como unos libros que sacábamos de la biblioteca de un tío, que la había dejado abandonada en su casa, tras haberse ido a vivir al Canadá, y entonces nos apoderamos de novelas y ensayos de Stefan Zweig, de Schopenhauer, de un poco de novelas de Editorial Tor, de la Divina Comedia y unos folletos de teosofía y rosacrucismo. Después, en los estantes de una biblioteca que armamos con tablas ordinarias, se agruparon Kafka y Faulkner, Poe y Chejov, que cada uno de nosotros conseguíamos o de segunda en La Anticuaria y otros “agácheses” de la Plazuela Uribe Uribe de Medellín, o nuevos, comprados en librerías.

 

A la casa (otra vez, es un decir) iban muchachos, compañeros de estudio de mis hermanos, y uno que otro revoltoso, que aquellos días eran de agitación social y huelgas y marchas estudiantiles. Ya había escuchada hablar de la obra de Antoine de Saint-Exupéry cuando estuve en Copacabana, al final de mi adolescencia, en un club juvenil regido por un cura pelirrojo y amanerado, y en el que confluían muchachos que, aparte de bachillerato, estudiaban música y artes plásticas. Alguno de ellos, en una exposición semanal, habló de la obra y de su autor.

 

Cuando el libro apareció en mi cuarto, como si se tratara de una conspiración, lo primero que captó mi atención fue la ilustración de portada (que, por lo demás, tenía rasgos de haberse mojado, como si el libro hubiera sobrevivido a un aguacero, a una borrasca, a un naufragio callejero, quién sabe). Aparecía sobre un como peñasco la figura de un muchachito rubio, manos en el bolsillo de su pantalón verdoso y con un corbatín rojo, con estrellas amarillas y soles alrededor. Recuerdo, no sé por qué, que era una edición de Emecé de 1951. En la contraportada, el mismo muchachito, con un florete en la mano izquierda, vestido de sacoleva azul y rojo, botas azul oscuro y unas estrellitas amarillas sobre los hombros. “Es un libro para niños”, pensé con cierta obviedad y no lo leí de inmediato. Seguí, eso sí, inquieto por su origen.

 

Después, tras hojearlo y ver las huellas de las aguas en sus páginas, algunas tostadas, rígidas, lo puse sobre el nochero. Cuando leí la dedicatoria, ya no había duda de que se trataba de un libro infantil. Cuando me puse a leer el resto, ahí sí las dudas surgieron en abundancia y no me pareció entonces que fuera un libro escrito para pelados, sino para adultos, claro, muy sensibles, y con imaginación y ganas de sentir en la piel y más adentro qué es la poesía. La boa que se tragaba una fiera, una ilustración amarilla, me sobrecogió; sin embargo, aquello que los adultos, según la narración, veían como un sombrero, yo, de inmediato, lo observé como una serpiente que está haciendo la digestión. Lo que en efecto no esperaba era que adentro del reptil hubiera un elefante. Y sentí una enorme lástima por él.

 

Cuando avancé en la lectura, supe que el autor, o por lo menos el que narraba, era un aviador, que se había varado en el desierto del Sahara y en ese punto, vaya coincidencia, un pelado que parecía venir del espacio sideral, estaba en un arenal, con una vocecita que imploraba que le dibujaran un cordero. El libro, de una aparente sencillez, me fue revelando que para escribir una historia de ese modo, había que tener mucha inocencia interior, capacidad de sorprenderse, y haber viajado alguna vez en un asteroide, como el avistado por un astrónomo turco en 1909, el B612, y del cual el narrador creía que era en el que habitaba el principito.

 

Tal vez, tras leer el librito, supe de dónde procedían mis tristezas cuando veía ponerse el sol, porque me hacía sentir la presencia del tiempo, del cual supe, muchos años después, que era infalible para arrugarle a uno la frente y el corazón, y que, como lo advirtió un vate de no sé dónde, era la única verdad. No sé por qué avatares y circunstancias, relacioné este libro, hallado por mí al final de los años felices, con unos libros viejos que durante buen tiempo nos acompañaron en las mudanzas, y que, por ello, o no sé por cuales otras razones, se fueron esfumando.

 

Eran  unos libros decolorados, amarillentos, con los que mamá había crecido y que quiso conservarlos después de casada y de haber pasado hacía ya mucho tiempo por un colegio de monjas, a las que ella odió porque eran tiranas y mandonas, además de hipócritas, según sus palabras. Había uno, sobre las ruinas de Palmira y otras historias de la vieja Babilonia, de Asiria, de reyes como Asurbanipal, de ciudades como Nínive y otras atracciones históricas. Había otro de química orgánica, con ilustraciones, y una geografía del mundo, y todas las cartillas de Alegría de Leer, y varios textos de aritmética, y muchos de colecciones de la Editorial Bruño, aparte de los cuentos de ediciones Calleja. También, algunas selecciones de poesía de Bécquer, Amado Nervo, Rubén Darío y la ortografía en verso de José Manuel Marroquín. Desde luego, no era clara, ni siquiera remota, la conexión entre esos libros viejos, que mamá hospedó en casa muchos años, y el de Saint-Exupéry.

 

Uno de los libros que después desapareció fue precisamente el de El principito, que nunca supe, como lo dije antes, quién lo llevó a casa. Pero la historia escrita por el aviador tenía su misterio y su salero. A veces, pensé que había mensajes cifrados, crípticos, en su narración. Que había asuntos secretos en las rosas, la flor de tres pétalos, el zorro, los asteroides, los volcanes, en aquello de expresar que lo esencial es invisible a los ojos. “Los ojos están ciegos. Es necesario buscar con el corazón”. Tal vez, con aquella lectura, supe que las estrellas sonreían y susurraban.

 

Me pareció tras su lectura, que esta obra está atravesada por una honda melancolía, que es portadora de una tristeza que agrada, una tristeza dulzona. Hiel con miel. Y así, mucho tiempo después, se la leí a mi hijo en voz alta, aunque no supe hasta ahora qué efectos hubo en él, y a lo mejor, ahora esté él pensando en leérsela a su vez a su pequeña hija, que El principito va de boca en boca, vuela más que su creador, como que lo han traducido a más de doscientas lenguas y es, junto con Historia de dos ciudades, de Dickens, uno de los libros más vendidos de todos los tiempos.

 

Por el momento, abandonemos las peripecias del muchachito celestial y pasemos un poco a las de su autor, nacido en 1900, en Lyon, Francia, y uno de los pioneros de la aviación y del correo aéreo en Europa, África y América. Cuando tenía 26 años, entró a una empresa aérea de correo postal, que viajaba a Senegal con encomiendas y cartas, y de cuya experiencia escribió el relato El aviador. En 1929, inició su relación con la Argentina, en la que será clave en el desarrollo de la empresa aeropostal de allí, viajará a la Patagonia, abrirá nuevas rutas, se sorprenderá con los picos nevados de los Andes y escribirá novelas como Correo del sur y Vuelo nocturno.

 

En la Patagonia es donde, según se dice, concibió su historia cumbre, su personaje universal, el mozalbete peliamarillo que sabía que solo los niños encuentran lo que buscan. Tras la quiebra de la empresa de la que él fue su motor en el Cono Sur, se dedica a hacer vuelos a Vietnam, Moscú, España, y a su vez, se convierte en cronista, y da cuenta de los tiempos de desastre y los vientos de guerra que se agitan en el mundo. Cuando estalló la Segunda Guerra, su país lo movilizó y vinculó a la Fuerza Aérea, en la que se desempeñó en una escuadra de reconocimiento aéreo. Cuando los alemanes invadieron a Francia, voló a Nueva York.

 

En Estados Unidos, donde participó en las negociaciones del ingreso de ese país a la guerra, se erigió como uno de los intelectuales más destacados e influyentes de la Resistencia. En Nueva York escribió El principito, publicado en 1943, con ilustraciones suyas. Al año siguiente, vivirá su última aventura aérea. Se le envía a sobrevolar Cerdeña y Córcega a bordo de un P-38 con el fin de proyectar un posible desembarco del ejército francés en Provenza. El 31 de julio de 1944, su avión desapareció sin dejar rastros y dio comienzo a la leyenda. Hubo versiones que indicaron que el piloto y escritor se había suicidado. Que lo había derribado la aviación alemana. Que había fingido su muerte y había cambiado de identidad. Y hasta se llegó a insinuar que había volado hacia un planeta literario para reencontrarse con su principito.

 

El misterio sobre la suerte de Saint-Exupéry duró varias décadas. En el año 2000, un buzo halló en el fondo del mar, frente a las costas de Marsella, restos de un P-38 Lightning, que se recuperaron en 2003 y al año siguiente se confirmó que pertenecían a la nave que pilotaba el escritor. Lo que sigue es todavía más sorprendente y tiene que ver con el piloto alemán que derribó el avión francés, sin saber, claro, quién era el que lo manejaba. “Si hubiera sabido que era él, no hubiera disparado”, confesaría años después Horst Rippert.

 

Una ráfaga de ametralladora derribó la nave de Saint-Exupéry, escritor que no alcanzó a saborear las mieles del éxito que tuvo su relato. En Francia, por ejemplo, El principito se publicó póstumamente. El piloto alemán que lo tumbó, declaró más tarde que durante toda su vida lamentó el hecho, sobre todo porque él era un lector de las obras del novelista, periodista y aviador.

 

“Para mí fue una auténtica catástrofe. En mi juventud había leído toda la obra publicada en Alemania hasta ese momento. Yo adoraba sus libros, sus aventuras en América del Sur y en otros sitios del planeta. Saint-Exupéry sabía como nadie describir el cielo, las sensaciones y los sentimientos de los pilotos. Su obra despertó gran cantidad de vocaciones en la Luftwaffe. Desde entonces esperé y sigo esperando que no haya sido él quien cayó en el mar ese día. Pero ¿qué podía hacer? Durante todos estos años me he repetido esa pregunta”, le dijo al diario argentino La Nación en 2008, después de sesenta y cuatro años de silencio y pesar.

 

El piloto de la aviación nazi relató que cuando llegó a su base, se enteró de lo que había hecho, porque todas las frecuencias de radio, incluida la francesa, señalaban que el avión de Saint-Exupéry había sido derribado. Sin que fuera parte de su voluntad, el militar germano había matado a su ídolo. “Si hubiera sabido que era él, no hubiese disparado. Eso es seguro. Desde entonces me digo que ese día abatí al más amigo de mis enemigos”, dijo.

 

Su porción de eternidad (y la frase pertenece a Vuelo nocturno, con el héroe Rivière, adorado por André Gide), la ganó Saint-Exupéry al caer al mar, pero toda la eternidad la obtuvo con sus novelas y relatos, en particular con El principito, un despliegue de poesía, de belleza y sensibilidad. Lo dijo tiempo después Julio Roy: “Saint-Exupéry nos ha abierto el cielo, exactamente como Melville y Conrad nos han revelado el mar. Creo que si el avión no hubiera existido, Saint-Exupéry lo hubiera inventado”.

 

Este piloto de la poesía y de la imaginación, que tuvo una musa en su esposa Consuelo Suncin (que es la rosa de El principito, y que además fue mujer de José Vasconcelos y amante de Gabriel D’annunzio, que la inició en las prácticas sadomasoquistas), sigue navegando por la literatura, el mar y el aire. Su obra cumbre, que es también una burla al poder y ciertas autoridades, como se puede apreciar, por ejemplo, en el pasaje del rey, es una reivindicación de la sinceridad, que es una potestad infantil.

 

Desde algún lejano lugar (o tal vez, no-lugar) del espacio sideral, el principito estará viendo la tierra y sus desventuras, y acaso llorará por la desaparición de aquel hombre que una vez, en un desierto, le dibujó una cajita en la que había guardado un cordero.

 

Anuncios