Charles Aznavour o morir de amor

(Una historia sobre el polifacético autor de La bohemia, ¿Quién? y Venecia sin ti)

 

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Charles Aznavour

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Preludio con versos y gusanos

 

“Los mejores adioses son los que se demoran”, dijo alguna vez el cantante, compositor, autor y escritor francés, de ascendencia armenia, Charles Aznavour, muerto a los 94 años, con cuya ausencia física se perdió su propio concierto que estaba programado para el 26 de octubre de 2018 en Bruselas. Quizá el epitafio que se inscriba en su tumba no será el que él, dueño de agudo humor negro, en un juego de palabras en francés, dijo que quería: “Encore des vers”, que significa tanto “Más versos” como “Más gusanos”.

 

El último bastión de la canción francesa del siglo XX, que cantaba con “dulce melancolía” al amor y a lo que se había ido, legó al mundo un extenso repertorio de más de tres mil grabaciones, películas en las que actuó, autoría de letras y composiciones suyas (cerca de mil). Era un artista que cantó a los emigrantes, a los que cayeron en el genocidio de un millón y medio de armenios en la primera guerra mundial y un poco después de finalizada la misma, y a la muerte inminente de la mamá.

 

Aznavour es un cantor de varias generaciones. Sobrevivió a los más grandes representantes de la canción francesa, como Edith Piaf, Charles Trenet, Maurice Chevalier, George Brassens, Jacques Brel, Gilbert Bécaud, Yves Montand… a los que vio ascender y declinar y a algunos de ellos también les compuso canciones. Y se mantuvo incólume hasta una edad que le amplió la leyenda artística y lo convirtió en una suerte de monumento vivo a la creatividad, la interpretación y la longevidad en el escenario.

 

Nacido en París en 1924, cuando sus padres armenios estaban esperando una visa para proseguir viaje a los Estados Unidos, el polifacético artista sabía que lo importante no es ser recordado, sino que su obra perdure y esté en la memoria de los que vendrán. Así lo dio a entender cuando en Hollywood descubrieron su estrella en el Paseo de la Fama, en 2017. Lo llamaron el Sinatra francés, aunque, en buen romance y por razones de equidad en el talento, también a Frank lo hubieran podido denominar el Aznavour gringo. Vivió y murió a su manera. Y en vida alcanzó la categoría de clásico. Quizá le faltó morir de amor, aunque ¿quién quita?

 

 

  1. De bohemios y flores muertas

 

En una vieja crónica de Ernest Hemingway sobre bohemios norteamericanos en París, de 1922, el entonces reportero del Star Weekly de Toronto, en una crítica a una manada de ociosos que creían que la poesía bajaba del cielo, reunidos casi siempre en el café la Rotonde, el joven escritor les advierte con perentoriedad que “se ha escrito poca poesía buena en los cafés” y que para hacerlo había que trabajar con intensidad y disciplina. Muchos años después, en 1966, Aznavour graba una canción que puede ser una de las más simbólicas del cantante, La bohemia, en la que los muchachos de veinte años sí pintan y aman y aguantan hambre porque están, por encima de todo, buscando la gloria. Eran pelados felices, sin nada en el bolsillo, todos con talento y buen humor.

 

La bohemia, una canción a la juventud perdida, nos habla de lilas muertas y de tiempos idos. Alberga una nostalgia y, como en algunas novelas de Patrick Modiano, con el paso del tiempo ya no están las flores, y el taller de pintura está convertido en un café-bar y en una pensión. París ha cambiado. Quizá esa pieza que es dueña de una tristeza bien organizada pueda ser el retrato de una generación de utopías y sueños inconclusos. Una canción de triunfos postergados.

 

Aznavour, como todos los miembros de la llamada canción francesa, era respetuoso de las letras, del texto, de la poesía. Eran aquellas composiciones como una herencia de la Ilustración. Y como él mismo lo señaló, si en la música de todo aquel acervo cancionístico no hay novedades, sí las puede encontrar el oyente (y el lector) en las historias, en las bellas maneras de contarlas. Se huye y rehúye de la vulgaridad. Hay una búsqueda de nuevas perspectivas para pintar la condición humana.

 

Ahí están, para la muestra, que no es pequeña, canciones como ¿Quién? (Quién, cuando ya no aliente / silenciosamente, llegará hasta ti / y como el olvido / ya te habrá vencido / le dirás “querido” / al igual que a mí”. Son historias de amor y desamor. Sin caer en lacrimosidades. Ni en melodramas de folletín, que también, como se sabe, pueden ser objeto de tratamiento artístico. O tal vez una de las más representativas de las ausencias y distanciamientos, como Venecia sin ti. Tiene temas en los que se acaba la alegría y nace la angustia. En las que hay dolores, pero en los que, ante todo, se exalta la dignidad, como, pongamos por caso, Debes saber (en la que se llama a fingir el llanto y enmascarar “el gran dolor”).

 

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En sus cerca de tres mil grabaciones, Aznavour recorre los caminos a veces muy espinosos de los amores en pareja, del paso ineluctable del tiempo, de los afectos truncos y las paradojas existenciales. Cantar en seis lenguas (francés, italiano, español, ruso, inglés y armenio) lo tornó más extenso, más universal y ser reverenciado como una figura mítica en distintas geografías. “Me gusta escribir lo que los demás no escriben. Esa es mi enfermedad”, dijo, sobre todo cuando creó una canción sobre la homosexualidad (Comme ils disent). “En una canción se puede decir de todo, a condición de que se sea sincero, esté bien escrita y no sea vulgar”, agregó en lo que pudo ser una especie de brújula de su estilo. Una canción debe ser como una pequeña obra de teatro, eso decía.

 

  1. Un pueblo masacrado

 

Aznavour (cuyo nombre original era Shahnour Vaghinag Aznavourian), que también cantó a los perdedores, como si con ello quisiera revivir los tiempos en que se le decía que mejor se dedicara a otros menesteres, o que no iba a llegar a ninguna parte por no ser “guapo ni alto ni tener una buena voz”, jamás olvidó sus orígenes armenios. Sus padres, un barítono y una actriz, que escaparon a la matanza, lo sensibilizaron en las artes y le leían autores rusos, como Chejov. “Soy parte de un pueblo, muerto sin sepultura. Mi padre y mi madre, que pudieron escapar a la tormenta, tuvieron la oportunidad de hallar refugio en Francia. No ocurrió lo mismo con el millón y medio de armenios que fueron masacrados, degollados y torturados en el que fue el primer genocidio del siglo XX”, escribió en la conmemoración de los cien años del genocidio del imperio otomano contra los armenios.

 

El artista, miembro de una familia en la que hubo cristianos, musulmanes y judíos, se destacó también por su solidaridad con los emigrantes. Tanto que estuvo dispuesto a recibir a muchos de ellos en su casa secundaria y siempre agitó la idea del aporte que los que llegaron de otros lugares hicieron a Francia, como Picasso, Cioran o el compositor egipcio Guy Béart, entre muchos. “Siempre estaré del lado de los que llaman a la puerta, no de los que la cierran”.

 

“Camarada
La batalla nos unió, mi camarada,
Nuestra lucha comenzó en las barricadas,
Y siguió en comandos y emboscadas,
Mi camarada”

Canción de Aznavour

 

 

Aznavour, un tipo “políticamente incorrecto”, cuya familia participó en la resistencia contra los nazis en Francia (protegieron comunistas en su apartamento de París), también le cantó al genocidio de los judíos. Su canción J’ai connu es una demostración de su poética en torno a un acontecimiento atroz como el crimen masivo contra los judíos de parte de las hordas hitlerianas. “Lo que el hombre le hace al hombre / el animal no lo hace”, dice. Es, sin duda, una pieza dolorosa y valiente sobre esa historia de horror: “Yo conocí las cadenas, las heridas, el odio y el látigo…”.

 

Era de los que pensaba que cada vez las cosas se pueden hacer mejor, sin interesar la edad que se tenga. Y tal vez por esa consigna, dio recitales hasta casi la hora de su último suspiro y llenó escenarios en todas partes. No se preocupaba por la edad, sino por todo lo que cada día se puede hacer para elevar el nivel artístico y humano.

 

  1. Días de cine

 

El cine estuvo dentro de los intereses creativos e intelectuales de Aznavour, que participó en unos sesenta filmes, además de componer bandas sonoras para algunos. Estuvo en películas como La cabeza contra la pared, de Georges Franju, en 1959; El testamento de Orfeo, de Jean Cocteau, 1960; El tambor de hojalata, de Volker Schlöndorff, 1979; y Ararat, de Atom Egoyan, en 2002. Son recordadas sus actuaciones en Disparen al pianista, de François Truffaut (1960) y en Diez negritos, de Peter Collinson, basada en una novela de Agatha Christie.

 

Aznavour, el mismo que en su adolescencia y juventud escuchaba tangos, y que consideró que, en cuanto a las letras, no había en el mundo ninguna canción que igualara a la francesa, se mantuvo vigente hasta su muerte en el mundo del espectáculo. Sus recitales, pese a que su voz ya se quebraba, eran multitudinarios. El público le perdonaba a la vieja estrella cualquier error y, por lo demás, cuando lo cometía volvía a empezar la interpretación. Sin haber tenido estudios académicos, se convirtió, según sus palabras, en un “filósofo de la canción”.

 

“Solo queda un adiós que no puedo olvidar” suena en alguna parte de la memoria. “Para durar, hay que decir la verdad. La mentira no lleva a ningún sitio, ni en la vida ni sobre el escenario”, era parte de su guía ética.

 

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Aznavour en No disparen al pianista

 

Epílogo sin llanto

 

Ahí está el cantante, el artista, va sin mirar atrás. Va caminando con sus canciones. Sabe que muchos no le dejarán de amar. “Ya no sé si aún podré volver a verte, / o si solo tengo cita con la muerte”, dice en su Camarada. Quizá se marchó sin gritos ni lágrimas, aunque, para ser sinceros, hay que decir que hubo llantos y aflicciones con su ida, con su muerte en la que hubo tardanzas para decir adiós. Y por tanto (Et maintenant), dirán por ahí, no se dejará de amar a un tipo extraordinario, a alguien que dejó a la humanidad un testamento de coherencia entre la vida y el arte. Se fue aquel que dijo hace tiempos ante las críticas de la prensa y de ciertas personalidades del espectáculo, que “si no me queréis, haré todo lo posible para que me queráis”. De veras que a este señor del canto se le quiere mucho. Y, con certeza, se le seguirá queriendo por mucho tiempo.

 

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El genocidio armenio

(Recuento sobre una de las infamias cometidas en el espantoso siglo XX)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Cabezas de armenios empaladas; cabezas de armenios en repisas, exhibidas por los verdugos como muestra de su sevicia y crueldad; cadáveres de niños, mujeres y ancianos, apilados. Ni siquiera en el infierno de Dante una visión tan apocalíptica ni tan feroz es posible: entre 1915 y hasta 1923, el imperio otomano y el Estado de Turquía cometieron un genocidio contra los armenios, con más de millón y medio de muertos. Qué barbaridad.

 

El primer genocidio del siglo XX, tal vez la centuria más horripilante de la historia, produjo el exterminio de una de las primeras civilizaciones, como la armenia, una de las que conocieron a fondo el cobre y el hierro, y el desarrollo del cultivo de cereales. Por su estratégica posición, estuvo ocupada en muchos periodos de su larga historia por asirios, persas, romanos, mongoles, turcos y rusos. En momentos de libertad, su territorio iba del Caspio al Mediterráneo hasta puntos de la actual Siria. Se convirtió, en los albores del siglo IV, en el primer estado cristiano del mundo.

 

A fines del siglo XIX, las rebeliones armenias contra el sultanato otomano, iluminadas por conceptos de libertad y revolución, se esparcieron en el territorio, promovidas en lo intelectual por autores ilustrados. La represión cobró la vida de miles de personas. Abdul Hammid II, conocido como el sultán rojo o “el gran asesino”, dio la orden de aniquilamiento entre 1895 y 1896. El estallido de la Gran Guerra, en 1914, volvió a poner entre los turcos y otomanos como asunto primordial la desaparición del pueblo armenio, que tenía aspiraciones independentistas y nacionalistas.

 

La estrategia turca y otomana dispuso que, primero, se deshicieran de los intelectuales, poetas, dirigentes políticos y religiosos, para evitar una rápida defensa popular. En Estambul, por ejemplo, el 24 de abril de 1915, se presentó el secuestro de numerosos representantes de la cultura armenia. Otra medida tuvo que ver con la “desmasculinización” armenia. Enrolar hombres entre 15 y 45 años en la guerra, pero para mandarlos a abrir trincheras, que servirían como sus propias tumbas.

 

Luego vendrían las caravanas de la muerte. Las deportaciones de mujeres, ancianos y niños, que morían de sed y hambre en los desiertos, o en los campos de concentración. El genocidio fue planeado por el Estado turco y su fin era exterminar de la faz de la tierra a los armenios, que fueron masacrados, torturados, secuestrados, convertidos en gran miseria humana. Niños y mujeres raptados y abusados. Sus tierras y otras posesiones, expropiadas.

 

Por los días de la guerra, Rusia, Francia e Inglaterra advirtieron a los Jóvenes Turcos (así se llamaba el partido dirigente, promotor del exterminio) que serían responsables de un crimen contra la humanidad. Ni bolas pararon. El Estado turco desconoce hasta hoy el genocidio, descrito por la ONU como “el acto cometido con el propósito de destruir, en parte o en su totalidad, a una nación, etnia, raza o grupo religioso”. En 1939, Hitler decía: “¿quién habla hoy del exterminio de los armenios?”, como una antesala a lo que sería su política genocida contra otros pueblos y culturas.

 

El genocidio de los armenios no tuvo un Núremberg, no hubo castigo. Impunidad total. Turquía sigue negándolo, y, lo que es peor, reprimiendo a sus intelectuales que se atrevan a denunciarlo, como pasó, por ejemplo, con el nobel de Literatura Orhan Pamuk, y el periodista turco-armenio Hrant Dink (asesinado en 2007). La consigna de “Maten a cada mujer, niño y hombre armenio sin ninguna contemplación”, pronunciada por Talat Pasha, líder del partido Jóvenes Turcos, continúa en la historia como una muestra de lo peor de la condición humana y del poder.

 

Charles Aznavour, cantante francés de origen armenio, que ha compuesto varias canciones contra el genocidio (una de ellas: Ils Sont Tombés —Ellos cayeron—), dijo alguna vez que “mi madre no odiaba a los turcos. Siempre decía que entre los turcos también hay gente buena” y pidió el reconocimiento de parte de Turquía del crimen de lesa humanidad. El papa Francisco dijo que el de los armenios fue el primer genocidio del siglo XX.

 

En más de veintiséis campos de concentración se llevó a cabo el exterminio. Ahí está el testimonio del horror: armenios colgados de horcas; niños desnudos, boquiabiertos, flacos, tirados en el piso, las moscas volando a su alrededor; mujeres y ancianos en fosas comunes; hombres y mujeres que huyen por los desiertos, que aspiran a vivir para dar muestra del calvario que sufrió su pueblo. La razón y la civilización se desplomaron en el siglo más sangriento de la historia.

 

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Edith Piaf, esa voz de la calle

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Por Reinaldo Spitaletta

 

¿Dónde está la gamina que estremecía el asfalto con su voz? ¿Qué se hizo la chica de la miseria que se prostituyó por la urgencia de afectos? ¿Adónde fue la más trágica representante de la canción realista francesa? ¿Por qué París, con las hojas muertas de octubre, la llora en ese otoño de 1963? Ahí, seguida de cuarenta mil dolientes y once coches fúnebres, florecidos, y soldados que lagrimean, va la frágil (oh, levedad del ser: 33 kilogramos a su muerte) Edith Giovanna Gassion Maillard, la Piaf, el Gorrión. La voz.

 

Ahí va la antigua mendiga, la del cuerpo esmirriado y sin atractivo, la vagabunda del arrabal. La que le cantó a la vida con fuerza de ciclón. Con todo el aliento. Ahí va, en silencio, hacia el cementerio de Pére-Lachaise, mientras un legionario balbucea L’Himne a l’Amour. El pequeño gorrión -sin nido- ya no canta más, pero seguirá cantando. Misterios de la inmortalidad.

 

Se va la que, según los curas franceses, “vivió en pecado y murió sin confesión”, por lo cual le negaron los oficios religiosos en su funeral. Ni falta que le hicieron. Ahí va la que creció en la abyección, entre viciosos y malandrines, entre drogadictos y ebrios. La infinita enamorada, la que tanto amor no le cupo en su cuerpo de 1.47 de estatura. Había nacido el 19 de diciembre de 1915, en una acera, un parto alumbrado por la luz de un farol, sobre la capa de un gendarme. Cuna de cemento, sin arrorrós. Ausencia de cascabeles. A los dos meses, su madre, actriz circense, la entregó a la abuela, una alcohólica que, en vez de leche, le daba teterados de vino porque “el alcohol mata el gusano y da fuerzas”.

 

La chiquilla, creciendo en burdelillos, arrastrando su miseria por la calle (“La calle fue mi conservatorio; mi inteligencia, el instinto”, diría años después), se quedó ciega a raíz de una meningitis. Y entonces el oído comenzó a funcionarle más de lo necesario. Sonreía con el sonido del organillo. Su otra abuela la llevaba a cabarets y bailes de barriada. Las puticas de Lisieux que la cuidaban impetraron un milagro a Santa Teresa del Niño Jesús, y la nena volvió a ver: vio de nuevo su pobreza, y continuó deambulando por esquinas y prostíbulos. La hija del saltimbanqui Louis Gassion (él quería que se dedicara a la acrobacia porque “una chica que se desarticula enternece más que una que canta”) se soltó a los quince años de la opresión paterna y, junto con Simone, su hermana media, prosiguió su gitanería por cuarteles y encrucijadas. Se les escuchaba cantar Les mômes de la cloche (Las chicas de la campana): “Somos las chicas de la miseria / vagabundas que se van sin un centavo en el bolsillo / mi amo Satanás nos envía a hacer la ronda…”.

 

Y Edith cantaba. Con su voz desgarrada (con esa voz oscura de callejón, como dirían de la tanguera Malena) y sus ojos color violeta interpretaba la tragedia del mundo. Y la suya. Y se emborrachaba. Y amaba a los hombres con una sed de amor que jamás saciaría. Los tumultos urbanos escuchaban con deleite a esa muchachita feúcha, que decía bien aquellas canciones de soldados y rameras, la canción naturalista francesa de Bruant y de Damia (con esos temas que en literatura trabajaron Balzac, Víctor Hugo, Zola). “Mis canciones soy yo, mi carne, mi sangre, mi cabeza, mi corazón, mi alma… Nací para cantar, no para ser feliz”, diría después.

 

Cantaba en cafetines de pacotilla, con desagrado. “Yo rompiéndome la garganta para un montón de sebosos y amodorrados, pegados a las tetas de las putas de turno. Esos no ven ni oyen ni entienden. Por eso necesito la calle. En la calle me siento libre y hasta limpia. En la calle puedo cantar a mi antojo, y como a nadie le han cobrado por escucharme, se sienten generosos y aplauden”, decía Edith, que entonces se hacía llamar Huguette Elias.

Y en la calle la descubrió el dueño del cabaret Guerny’s, Louis Leplée (la bautizó como La chica gorrión –La Môme Piaf-). La noche del debut, la Piaf, de traje negro, abrió su actuación con Les Mômes de la cloche. Cuando terminó su repertorio, Leplée le dijo: “hasta que no escribas canciones para ti no valdrás siquiera lo que pesas”. A la sazón, pesaba cuarenta kilos. Después aparecería en su vida el verdadero creador de Edith, Raymon Asso. Con una historia que le sucedió a la Piaf en un tren, le compuso París-Mediterráneo. Era el nacimiento de una estrella.

 

Y la “frágil flor de las calles” saltó de la esquina al ABC, entonces el palacio del music-hall parisino. Luego, el Olympia, el Lido. La gloria. Seguía cantándoles a los desheredados, al infortunio, a los soldados y muchachas de la noche. Y entre tanto, necesitaba ser amada, sentir el abrazo, compartir su cama. No importaba si ella era desgarbada (tampoco si carecía de hábitos higiénicos). Tenía demasiado corazón. Y eso le bastaba para estallar en amores. Más tarde, en 1950, el gorrión abriría sus alas en la Sala Pleyel, donde nunca antes se había interpretado música popular. Era aquel el sacrosanto templo de la música clásica. Durante más de dos horas, la concurrencia, absorta, escuchó canciones como La Vie en Rose (traducida a doce idiomas), Le Mains, Le Petit Homme y L’Hymne a l’Amour, entre otras.

 

Y el gorrión seguía cantando. Michel Amer le había compuesto uno de sus máximos éxitos, El acordeonista, que ella cantó veinte años seguidos. Era una intérprete que se metía en cada tema, lo analizaba, volvía suya la historia de cada canción, se comprometía y le daba credibilidad. Por eso, en cada audición su música iba no solo al alma de la concurrencia, sino a las entrañas. De ella dijo la Mistinguett: “a la primera canción se exclama ¡ah!; a la segunda, ¡oh!; a la tercera se tienen ganas de irse; a la cuarta se llora, y luego se llega a la vigésima sin darse uno cuenta”. Y el escritor Boris Vian, opinó: “habría podido cantar la guía de teléfonos y seguiría conmoviendo a su público”.

 

Pero el pequeño gorrión cantaba a los marginados y a los pobres y a los desdichados y a los legionarios y al tabernero. Era la voz del pueblo. La de la soledad y la miseria. Era la voz de todas las ilusiones. De la inalcanzable felicidad. Esa felicidad que ella vería frustrada con la muerte en 1949 de su más grande amor, el boxeador Marcel Cerdan, el Bombardero de Marruecos (a quien le compuso su Himno al amor). “Estoy harta de esperar. El amor no existe, es una broma que me cuento para no morirme”, decía en 1951, enloquecida por las soledades. Tras un accidente automovilístico, se volvería adicta a la morfina. En el 52, a los 37 años, con su físico maltrecho, ajada la cara, se casó por lo católico con René Víctor Ducos (Jacques Pills), del cual se divorciaría. “Estoy casada con mi público, no he sido hecha para el matrimonio. Las campanas de una iglesia solo tocarán para mi entierro”. Sin embargo, un decenio después contraería nuevas nupcias con el peluquero griego Theophanis Lamboukas (Théo Sarapo), veinte años menor que ella.

 

Ahí va, apagada la voz, la mujer que entre 1951 y 1963 sufrió cuatro accidentes de tránsito y tuvo una intentona de suicidio, cuatro desintoxicadas en hospitales, tres comas hepáticos, una crisis de locura, dos crisis de delirium tremens, siete cirugías, dos bronconeumonías y un edema pulmonar, además de reumatismo. Va. Sin regreso. Con su canción (su testamento) Non, Je ne regrett rien. Había cantado su última gala desde la Torre Eiffel, para el estreno de la película El día más largo. Su última canción, L’Homme de Berlin, la grabó en abril de 1963.

 

Ahí va el Gorrión de París, acompañada de las lágrimas de todos los que la amaron, como Aznavour, Moustaki, Montand… “Madame Piaf posee genio. Es inimitable. Nunca hubo una Edith Piaf, ni la habrá jamás”, había escrito el poeta y dramaturgo Jean Cocteau, muerto el mismo día que la cantante (11 de octubre de 1963). Ahí va la voz de la calle. En su entierro no suenan las campanas.

(Del libro Historias inesperadas, editorial UPB)