Tiempos de tinta azul

(Crónica con lapiceros, plumas y colores de escuela)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

En aquel año, como parte de la aventura del descubrimiento del mundo, el lápiz era el indicado para todas las faenas de escritura en el salón de clase y fuera de él. Y se acompañaba tal exploración con una caja de colores —que en los cuadernos era donde cabían la Tierra y sus circunstancias—. Todavía no usábamos lapicero, destinado para el segundo año de primaria. El principal era el de tinta azul. El rojo, para subrayados y algunos títulos.

 

Después, en las maletas de colegial aparecieron los lapiceros arcoíris o con siete tintas diferentes, pero la azul era la que continuaba reinando en los cuadernos. Una vez, papá me trajo una pluma Esterbrook, también de tinta azul, con la que marcaba las cartillas y trazaba en hojas sueltas la silueta del cerro Quitasol. Había momentos, en que los dedos estaban embadurnados de tal tinta.

 

Hubo, más bien por poco tiempo, los encabadores de plumillas para la tinta china (hecha de negro de humo), que venía en frascos y se usaba, en especial, en los cuadernos de dibujo. A veces, por inexperiencia o brusquedad, con la afilada plumilla se perforaban, por accidente, las hojas. Me gustaba más el uso de las lapiceras.

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La tinta azul nos acompañó muchos años en las notas, las libretas y las cartas de amor. Era más visible y dejaba una estela marina en la escritura. Cuando había un error, se borraba más fácil que, por ejemplo, un manchón de tinta negra, que era preferible arrojar la hoja y volver a empezar.

 

El bolígrafo de tinta azul era el más popular. No sé en qué momento en Colombia, se inició un uso extensivo de la tinta negra, con carbono y otras sustancias, y se instauró como un símbolo de elegancia y distinción.  Sin embargo, el uso del color azul permitía saber si un documento era original, porque el negro se confundía con la tinta de una fotocopia o los duplicados de papel carbón, y el azul no admitía dudas, sobre todo en cuanto a firmas y rúbricas. Bueno, así era en la época en la que las impresoras y fotocopiadoras imprimían solo en negro.

 

Por estas geografías cada vez es menor el uso de la tinta azul. Al contrario, en Europa sigue estilándose su utilización masiva, excepto en las estilográficas y bolígrafos muy finos. En las escuelas y colegios del Viejo Continente, los estudiantes continúan escribiendo con tinta azul, aunque, en general, cada vez la escritura a mano es menos recurrente. Y muchísimos educandos toman sus notas en computadores y tabletas.

 

Por otra parte, la tinta roja no ha perdido su uso en la calificación de exámenes y en las notas al margen. Y como en un tango de Cátulo Castillo y Sebastián Piana, la tinta roja sigue sonando, con el “ladrillo feliz”, en el gris del ayer. Y aún se nota en los subrayados de libros y en la vida académica.

 

Algunos experimentos de sicólogos y profesionales de otras disciplinas, han establecido que con la escritura en tinta azul se memorizan con mayor facilidad asuntos cognitivos y se puede pensar con más creatividad. Como sea, hoy la tinta azul parece haberse exiliado de los gustos populares en estas coordenadas. Hace pocos días, con mi lapicera azul le iba a firmar un libro a una señora, y de inmediato me frenó. “Si no tiene tinta negra, no me lo firme”, dijo.

 

La tinta (como cosa rara, invención de los chinos) tocó algunas rondas infantiles de muchachas de barriada. Había una, muy particular, que decía: “¿Tienes lápiz lapicero? ¿Tienes tinta en el tintero? ¿Tienes alguien que te quiera?…”.

 

Y la tinta azul fue la utilizada por unas bandas godas de saboteadores en diciembre de 1978, cuando en el muro del edificio del ya desaparecido diario El Correo, en Medellín, estudiantes universitarios fijaron un gigantesco dazibao conmemorativo de los cincuenta años de la masacre de las bananeras. Le arrojaron bombas de tinta azul, como una agresión de retardatarios.

 

Desde la invención de la imprenta, y luego de máquinas como el linotipo, los periódicos y los libros se imprimen, en general, con tinta negra. Para la escritura en los cuadernos escolares, la azul tenía más encantos y, tal vez por eso, para muchas generaciones tuvo una relación de hermandad con la infancia y con las aulas primeras. Había, eso sí, un momento de desasosiego, cuando los boletines de calificaciones, tenían, en vez de azul, números en tinta roja. Se había perdido una asignatura.

 

Escribir en aquellas fechas con tinta azul era como establecer una conexión con el empíreo, con un pedacito de cielo despejado. En la gama de los colores azules, aquellos que venían en cajitas de cartulina, aunque otros (como unos alemanes de gran finura) se hospedaban en cajas metálicas, existía uno llamado el “azul escuela”. Y así, en esa tonalidad, uno a veces descubría en un cuaderno de tareas fragmentos de un cielo de infancia.

 

Ahora, mantengo en los bolsillos y en la escarcela, lapiceros de tinta azul, tal vez porque son una suerte de cordón umbilical con aquellos días en que el poder escribir con uno de ellos en un emocionante cuaderno de escuela, era como entrar en las tareas aleatorias del descubrimiento del mundo.

 

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Azul escuela o los colores del tiempo

Por Reinaldo Spitaletta

Uno cree que el tiempo es incoloro. Resulta, sin embargo, que su transcurrir nos va pintando con una paleta inevitable el rostro, el cuerpo, los pasos, los sentimientos. La única verdad es el tiempo, dicen, pero del aserto nos enteramos en forma convincente cuando tenemos la piel ajada y cuando ya nuestra existencia es como un cielo plomizo. Esas palabras me las refirió don Luis Betancur, en el parque de Belén, en Medellín, una tarde que no sé si era de invierno o de tiempo seco, porque desde hace años esas dos estaciones, si así pueden llamarse en una tierra tropical, conviven en la ciudad, dicen que por la contaminación. En todo caso, había lugar para la llovizna y para los últimos rayos de un sol que se empeñaba en luchar para estar un rato en la cúpula de la iglesia.

El señor, un jubilado de fábrica textilera, sostenía que para él, el tiempo primero era el de los días azules, porque todo era de aquel color, como un perpetuo cielo de diciembre. Bueno, de los diciembres de entonces, cuando él era niño y jugaba con canicas de cristal y trompos de guayabo. El tiempo inicial corría despacio, es más, era casi inmóvil, solo lo referenciaba la lenta espera del último mes del año, pero el mundo, según él, era azul luminoso. Eran días de cuadernos y de dibujos ingenuos. Él gustaba del “azul escuela”. ¿Y cuál es ese?, le pregunté con interés. Era un color que venía en cajitas de cartón y él siempre estaba pintando en las hojas casas azules, árboles azules, una mujer azul que era su madre, y así. Esas palabras todavía no me definían el tal “azul escuela”, y entonces él dijo que era aquella tonalidad que toma el cielo, o mejor, un pedacito de cielo, cuando se va la lluvia y por entre las nubes aparecen jirones de firmamento, es un matiz contento, que no es el usual de los cielos, decía don Luis.

Después me habló del rojo, rojo adolescencia, rojo rebeldía, de los días de bríos y cambios, cuando la sangre ebulle a la vista intempestiva de una muchacha que es, al fin de cuentas, la que te hace pronunciar palabras de amor y ver la vida rosa, a la cual, más tarde, le descubrirás las espinas.

“Ahora pertenezco al tiempo gris”, dijo, con un dejo de tristeza, de una tristeza despintada y sin atenuantes. Sonrió en la despedida, me miró sin ninguna emoción y entonces se confundió con las bancas del parque y tomó los colores del último crepúsculo.