El balón náufrago y otras futbolerías

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Por Reinaldo Spitaletta

El balón tiene el poder intrínseco de la seducción. Y cuando es acariciado por un pie artístico; cuando se vuelve el corazón de los que disputarán con él un cotejo; cuando es parte de la imaginación de un colectivo que —insisto— no lo patea sino que le declara su amor, entonces no hay nada más arrebatador sobre la tierra que un partido de fútbol en el que estás involucrado como ser activo (como espectador es menos interesante), como elemento protagónico de los que se divierten y juegan solo por eso: sin otro aliciente que el júbilo y la efervescencia de adrenalina. Por acrecentar las emociones. Se gana, se pierde, pero en un partido de calle o manga o potrero barrial nadie estará derrotado.

El balón, suprema deidad de los que ofician el ritual de los pases y las gambetas, de las atajadas y los goles, es el único imprescindible en la lid futbolera. Y por ello, su falta, un accidente (cuando lo estalla un carro, por ejemplo), una herida, un despojo, puede causar la más honda de las tristezas entre los contrincantes, sobre todo si no hay uno que lo releve, otro que, ante la ausencia forzada, mantenga la posibilidad de la alegría plural.

Aquellos partidos de hace tiempos en la calle, cuando el mundo era todavía un paisaje de sueños y vivencias sin preocupaciones, tenían la “dinámica de lo impensado”, pero, a su vez, de la alegría en los pies y la cabeza. Era una hermandad que rivalizaba de buenos modos —aunque no siempre— y se proponía exponer lo mejor del juego en equipo, de la clase y la técnica, de la dignidad de ir por el triunfo, de manera leal, y con las ganas siempre vivas de hacer piruetas, malabares, fintas, paredes, y, claro, goles.

A los que nos tocó el momento de las prohibiciones del fútbol callejero, de la estigmatización de parte de señoras muy enojadas y policías muy perseguidores, los partidos de calle siempre tuvieron el aire de la clandestinidad y el atractivo de lo no permitido. Las damas —pobrecillas ellas, jamás jugaron al fútbol— porque les chocaba (con razón) los pelotazos contra puertas y ventanas y, quizá, la algarabía de la muchachada. Y los tombos porque estaban tal vez cumpliendo alguna absurda proscripción leguleya.

Y nada ni nadie pudo evitar los partidazos en el asfalto, con porterías de piedras, en los que siempre había discusiones sobre si fue o no fue gol, y se armaban tremendos alegatos que le ponían pimienta al “picado”. Desde unas cuadras se escuchaban los gritos de “¡zonas, llegó la chota!”, que en buen romance significaba que los agentes estaban arribando en una patrulla, casi siempre una camioneta destartalada. A veces, nos correteaban, sin alcanzarnos jamás. Y no faltaba la pifia. Alguien olvidaba el balón y, sin remedio, los tombos lo decomisaban. Entonces, nos contaban después, las señoras salían a celebrar con aplausos y risotadas. Poco les duraba el festejo.

Había otros encuentros en mangas, que eran, en la imaginación de todos, una suerte de Maracaná. Lo que quiero narrar es que en ciertos potreros había muy cerca, como decir casi en la raya final, una quebrada caudalosa. Y era toda una epopeya mantener con vida el balón (¿sabían que el balón tiene vida propia?). Cuando caía al agua, había carrerones por la orilla esperando que se posara en algún remanso o que la corriente lo condujera hacia la ribera. No faltaba el osado que se metiera a salvar de las aguas la pelota, que revivía la leyenda de Moisés.

No poder recuperar un balón del naufragio era de las tristezas más hondas que nos invadía. No era que sobraran los balones entre los jugadores. A veces, había que recoger monedas entre todos para ajustar la plata para comprar otro. Y los tiempos no eran de abundancia. Una vez, en una manga adyacente a la quebrada La García, disputábamos un desafío (o “selección”) entre los del Congolo y una patota de La Cumbre. El partido, tras dos horas de juego, iba empatado. Y no sé quién hizo un chute fenomenal que el balón se fue aguas abajo y nadie pudo alcanzarlo. Aunque el honor quedó intacto, sí queríamos doblegar a los contrarios (y seguro, ellos a nosotros).

Mucho tiempo después, cuando ya éramos “rodillones”, jugábamos en una canchita que daba a la calle de Barranquilla, cerca de la Universidad de Antioquia. El día que estrenábamos un balón de marca, una belleza, alguien sacó un taponazo que lo mandó hasta la otra calzada. Cuando íbamos a buscarlo, un camión se detuvo, se bajó un sujeto que recogió la pelota y se montó de nuevo al carro con nuestro tesoro. No teníamos repuesto. Quedamos iniciados.

Hubo en una plazoleta en el barrio el Congolo, de Bello, que usábamos como “estadio”, con picados que se prolongaban horas eternas, sin cansancio, sin aburrición. Se jugaba con pelotas de plástico (que también se les decía de “carey”). Una noche, en un compromiso de alta temperatura y ardentía, el balón se entró a la casa de doña Lola, rompió un florero y no sé qué otros estrago hizo. La señora, con calma y sin vacilación, lo tomó entre sus manos y lo fue “pedaciando” a punta de cuchillo. Nos tiró los restos y cerró la puerta con satisfacción del “deber cumplido”. Nadie se atrevió a apedrear la casa.

Hace poco, mi hijo me puso un mensaje, en el que contaba que el río Medellín estaba crecido, con sus turbulencias color pantano y lo único que se veía en la corriente feroz era un balón verde fosforescente, que viajaba sin control en las tormentosas aguas. ¿A quién se le había ido? ¿Qué partido quedó inconcluso? ¿Qué niño todavía estaría llorando la terrible pérdida? Quizá por esa misiva de whatsapp, estoy ahora escribiendo estas líneas.

Perder un balón en aquellos días felices era tan trágico como cuando a un chico se le caía la crema del cono y, ante la mirada de los espectadores, algunos a punto de reír, el pelao se quebraba en llanto, mientras la mamá le decía que no llorés, mijito, vení vamos a comprar otro. A veces, no teníamos en caso de desaparición de la maravillosa pelota, con qué conseguir otra de manera inmediata. Y, en serio, no faltaba el nudo en la garganta y una frustración parecida a la de la derrota.

En aquellos días, creo, un balón era la más alta forma de la felicidad. Y su pérdida, una desgracia que, mínimo, nos hacía soltar, más que un lagrimón, un doloroso hijueputazo.

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Días felices de fútbol atardecido

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era un poco estar en un cielo urbano, sin pensamiento en futuros, sin agobios porque mañana qué será de ti, solo con la felicidad de la diversión que parecía no tener fin, la de jugar sin relojes un partido, mejor dicho, dos o tres o cuatro, en uno solo, hasta que la noche era alta y el tiempo de dormir se hacía imprescindible.

 

El partidazo se alargaba en la sonrisa de todos, en la rabia de alguno al que un túnel u “ordeñada” lo humilló y aspiraba al desquite, en el decir sin convicción o con muchas ganas de que el límite no llegara nunca: “se acaba a los doce goles”. En la pasión y la fuerza y el goce de estar viviendo solo para patear con clase una pelota, dócil a nuestros deseos.

 

Unas veces, era, claro, un estadio en media calle o en la calle entera. La plazoleta era el lugar indicado, porque se anchaba y el horizonte eran las aceras distantes, las fachadas de las casas, algunas en obra negra, y no había gramado, sino asfalto, o apenas la sugerencia de este con brea y piedras sobresalientes, que algunas, las más protuberantes, nos servían para diseñar la portería. No había redes ni palos. Solo dos piedras y un portero, en este lado, y lo mismo en el otro, allá. Y más allá, el mundo no existía. O de otra forma: el mundo era ese pedazo de barrio transmutado en cancha, jardín de las delicias.

 

Qué bello era el encuentro. Primero, reunión tras el medio día. Íbamos llegando, sin cita previa, solo porque el juego llamaba y reclamaba. Saludos de mano, intercambio de palabras en torno a cualquier cosa, pero todo con la meta del juego: quién tiene la pelota, por qué no aparece todavía el Gordo, y Chucho qué se hizo que siempre estaba el primero en esta acera de llegada. Y después, la barra y el balón y la escogencia de los equipos, con aquel “pico y monto”, un pie tras el otro, pico-monto-pico-monto, y al que le quedara el pie sobre el del rival, escogía primero.

 

Y la selección, casi siempre, buscaba un equilibrio, que el partido resultara emocionante y reñido, sin mansalvas, aunque a veces quedaba recargado, y había que parar el juego para volver a escoger, para intercambiar la nómina. Nada como un cotejo parejo, intenso, con toques aquí y allá, con gambetas y esguinces de unos y otros, con la hechura de bicicletas y taquitos y rabonas, con la confección de paredes, con la alegría de un amague aquí y otro acullá, que había ingenio y muchas ganas. Talento e inteligencia. Alborozo general.

 

No había cansancio. El mundo nos pertenecía, y era solo una cuadra, o un poco menos, atiborrada de muchachada, de carreras hacia allá y hacia este lado, que el fútbol era una manera excelsa de la vida. Los fines de semana, emprendíamos viaje a otras canchas, a mangas (potreros) que en la parte de las porterías estaban peladas. O a otras que quedaban a orillas de quebradas y había una interrupción larga,  a veces, porque la pelota navegaba aguas abajo y había que correr tras ella por la orilla y después meterse a la corriente para salvarla del naufragio. Moisés metamorfoseado en balón.

 

También, en plena faena futbolera, en algún peladero o en cualquier descampado, pasaban otros muchachos de otras calles, de otros barrios, y entonces nacía el animoso grito de “¡selección!”, que en buen romance significaba un desafío, una contienda en la que entonces el honor sí estaba en disputa. El honor del barrio, de la gallada, de la barra. Y se entraba a chocar con fuerza, y se sacaba el mejor repertorio de picardías y dribles, se exhibía la técnica adquirida, la sapiencia de manejar con categoría el balón, de volverlo un corozo, porque era una cuestión de dignidades.

 

El fútbol era un ritual de niñeces y adolescencias. Una misa contenta en media calle o en un potrero, todos éramos sacerdotes, todos feligreses. Todos, una hermandad que adoraba la pelota, a veces de trapo, otras de “carey” y en menos veces, porque no abundaba el metal, era un balón fino con cascos blanquinegros, que inflarlo era también parte de una odisea, de una peripecia solo comparable al “tecniqueo”, a la hechura sabrosa de treintaiunas, a los preliminares del picado.

 

El fútbol de barrio era estar en el paraíso (el infierno llegó después); en aquel dirimir a punta de palabras (y palabrotas, claro que sí) el cobro de una falta (foul decíamos entonces), la aceptación o no de una “mano-penalti”, era un intercambio de argumentos, de gritos y razones, a veces de sinrazones, que animaban la liza y daban tiempo para ir a tomar agua.

 

Era lindo jugar de memoria, con Chucho, con La Chinga y Fito, y provocar al rival con mostrarle la pelota, corrérsela, movérsela, dejarlo turulato, impotente, y uno hacia adelante, dominando la esférica, dueño del mundo, rey del universo, una pared, un pase atrás, un amague a la derecha y salida por la izquierda, lenguaje armónico del cuerpo, comunión con el balón, y después, la gloria del gol, abrazo colectivo, grito cósmico. Y todo, por el placer de jugar y ejercer la imaginación y la riqueza de los años mozos.

 

Quizá en aquellos días, no hubo momentos más contentos que los de la jugarreta de fútbol, un viaje interplanetario, una expedición a lo desconocido, porque cada partido era una aventura distinta, un descubrimiento (y un deslumbramiento), un modo de vivir sin preocupaciones. Éramos los dueños de la calle, de la manga, y los súbditos del balón, al que después sometíamos a nuestras querencias. Y nos obedecía.

 

La pelota de plástico, la de cuero, la de trapo, era la novia de todos. Amada por su disposición a dejarse acariciar. Ella y nosotros. Una unión de dicha que pervive en el recuerdo y a veces nos conduce a soñar con los días en que el mundo era un carnaval. La fiesta terminó hace rato. Sus ecos distantes nos hacen sonreír. O brotar un ineludible lagrimón.

 

Fútbol e infancia, una pareja imaginativa (imagen tomada de internet)

Fútbol color domingo

Por Reinaldo Spitaletta

¿Sabe por qué el domingo es el día más bello de la semana? No, no señor, no es por el vuelo de las campanas, ni porque las muchachas, como Lucía y Susana, salgan a montar en bicicleta, ni siquiera por esa música que anda suelta por las calles. No. Es porque lo adornan los colores del fútbol. El domingo amanece más temprano, murmullo de pájaros, canción de hojas, lejanos voceadores de prensa… Se anuncia con olor a café caliente, con buenos días que suenan distinto, con voz reposada y sonriente. La luz matinal del domingo es otra, diríase más luminosa, y tiene que ser así porque es un día dedicado al sol, para honrarlo, para festejarlo.

Cuando el domingo avanza en la ciudad, hay voces de niños en las aceras y comienza a percibirse el rodar de la pelota, su rebotar-correr en el asfalto, y en algunas canchas ya hay pelados con uniformes, están vestidos de ilusión, de pasión. De ganas de jugar. Acarician el esférico, hacen piruetas, ríen, gritan. También hay, en baldíos y otras mangas, adultos, sí, señor, hombres viejos que no quieren dejar atrás su juventud y buscan en el balón sus años de antes. Son hombres-memoria que vuelven a ser niños ante el conjuro redondo. Es lindo mirarlos porque uno sabe que es domingo y que en ellos, en esos veteranos panzudos, rodillones, el fútbol es fraternidad, es recobrar el aliento perdido, es, incluso, el intento para transpirar alcoholes acumulados. La promesa de un infarto.

Uno pudiera decir que el domingo es un color. Sí, suena bien: color domingo, con el que se pintan las calles en las que ya están puestas las porterías. A veces, son dos piedras y el resto, imaginación. En otras, son de metal con redes de costal, y listo. Es una manera rápida, práctica, de construir un estadio. El domingo lo tienen puesto los que ahora están en el pavimento moviendo un balón. Oiga nomás sus gritos de alegría, la algarabía, observe que tienen la risa en todo el cuerpo, ya sudan, ya sienten la intensidad del “picadito”. Hay señoras en las ventanas, una que otra hace un gesto de fastidio. Las más, se resignan a ver como el domingo se derrama por su calle.

Qué curioso. El domingo huele a estadio. Y a algodón de azúcar. Pero, más que todo, a papel picado, a bandera recién desempacada, a camiseta. El atardecer tiene el color del fútbol, en los buses, en los viandantes, en las palabras del revendedor de boletos. La ciudad se pinta de rojo y azul, también de verde y blanco. Y el domingo entonces se arrellana porque él también quiere estar en las tribunas para hacerse querer de los espectadores. Todos saben que él es el obrador del milagro: el fútbol tiene el color del domingo.