Un virtuoso llamado Raúl Garello

(Bandoneonista, director de orquesta, compositor y figura del tango)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Raúl Garello (Chacabuco 1936-Buenos Aires 2016), bandoneonista, compositor, arreglista (arreglador, dicen los argentinos) y director, era un músico post-Piazzolla, que logró un estilo propio y penetró en los misterios del tango, en la noche duende porteña, en todas las armonías y que, como Troilo, su principal maestro, “caminó derecho por atriles torcidos”.

 

El compositor de Margarita de agosto es, como lo han dicho analistas del género, una consecuencia de las aperturas de vanguardia que creó Astor Piazzolla después de los años cincuenta, pero sin sonar como él. En sus búsquedas, tras estudiar contrapunto, armonía y fuga en su adolescencia, se vinculó a la orquesta de la Radio Belgrano, en Buenos Aires, donde conoció a otro de los más grandes bandoneonistas y músicos del tango: Leopoldo Federico.

 

Precisamente, reemplazó a Federico en el cuarteto de Roberto Firpo (hijo), en 1954. Era un comienzo con brillos y otras sonoridades. El muchacho ingresaría después, con su bandoneón y su talento, en las formaciones de los cantores Carlos Dante, Alberto Morán y en la orquesta de Horacio Salgán, el director y compositor que también murió en 2016, a los cien años de edad. Todavía le faltaba un escalón para ascender a nuevos mundos del tango: la orquesta de Aníbal Troilo, a la que ingresó en 1963 y estuvo hasta la muerte de Pichuco, en 1975.

 

“Yo soy hijo de Troilo. Recibí la influencia de Salgán, Astor Piazzolla, Alfredo Gobbi, Osvaldo Pugliese… El tango es algo enorme. Claro que hay extravagancias y fantasías, pero el tango tiene mucho fondo”, me dijo en una entrevista realizada en noviembre de 1997, en Medellín, cuando, con la Orquesta  del Tango de la Ciudad de Buenos Aires, que él codirigía con el pianista Carlitos García, estuvo en esta ciudad en presentaciones en el teatro Pablo Tobón Uribe.

 

En la orquesta de Troilo, además de bandoneonista, fungió como orquestador, cargo en el que se destacó. Tanto que también realizaba arreglos para las agrupaciones de Leopoldo Federico, Baffa-Berlingieri y Enrique Mario Francini. Entre sus primeras instrumentaciones estuvieron, en 1966, las de las piezas La Guiñada, de Agustín Bardi y Los mareados, de Juan Carlos Cobián.

 

“El tango es esencialmente europeo. En el Río de la Plata se hace híbrido y el criollo le agrega la gracia americana. Pero está todo el Mediterráneo en el tango. Por eso seduce a los músicos de todo el mundo”, dijo aquella vez el compositor de Che Buenos Aires y Muñeca de marzo. Desde 1965, con el rol de director, grabó discos con solistas de exquisita calidad interpretativa, como Roberto Goyeneche, Rubén Juárez, Edmundo Rivero, Roberto Rufino y Floreal Ruiz, entre otros. En los vinilos del sello Víctor, figura la que él dirigía como la Orquesta Típica Porteña.

 

Tal vez la mejor interpretación que se hizo sobre una composición de Raúl Garello haya sido Buenos Aires conoce, con letra de su hermano Rubén, en la voz del Polaco Goyeneche: “Buenos Aires conoce mi aturdida Ginebra / el silbido más mío, mi gastado camino… / Buenos Aires recuerda mi ventana despierta / mis bolsillos vacíos, mi esperanza de a pie”.

 

Garello, que en 1974 creó un sexteto para presentaciones en El viejo almacén, de propiedad del cantor Rivero, sostenía que en el tango siempre hubo compositores, autores y músicos progresistas. Así, por ejemplo, en la década del veinte estuvo Eduardo Arolas, y después Julio de Caro, y más tarde Pichuco, al que “a veces, en Ronda de Ases (espacio multitudinario de Radio El Mundo) le decían: ‘largá la ópera’. Y qué no le dirían a De Caro. Lo interesante de todo esto es la posibilidad de otro tango”.

 

El Raúl Garello compositor, además de sus actuaciones como director, comenzó a brillar a partir de 1977 con la grabación de cuatro discos, con su orquesta ampliada a veintisiete músicos, en los que incluyó temas como Aves del mismo plumaje, Pasajeros del tiempo y Verdenuevo. Hay que destacar que, también se alió con letristas para la composición de obras cantábiles, entre las que están Dice una guitarra, con una impecable interpretación de Goyeneche con la orquesta de Atilio Stampone; Llevo tu misterio, grabada por Roberto Rufino; Hace doscientos tangos, con letra del uruguayo Federico Silva, y Tiempo de tranvías, con la autoría de Héctor Negro.

 

En 1980, junto con el mencionado García, se convierte en director fundador de la Orquesta del Tango de Buenos Aires, con la que se presentó en el Teatro Colón de Buenos Aires y realizó numerosas giras. A fines de los ochentas, con Horacio Ferrer, escribe todos los temas del álbum Viva el tango. Con el mismo Ferrer grabó en 1992 un disco de homenaje al director de cine Woody Allen, en la voz de Gustavo Nocetti, con tangos como El último bailongo, El Rey y el que le dio nombre al álbum: “Woody Allen, tengo ganas de abrazarte / contemplando que el final del siglo veinte / es un show de funerarias: / Chernobyl, El Golfo, El Sida. / Y, al fin, si es inmoral seguir con vida, /
vení, que aquí están Groucho y Pepe Arias / y nos vamos a morir, pero de risa, / para dentro de dos siglos despertar
”.
 

Garello fue convocado en 1992 por la Orquesta Nacional del Capitolio de Toulouse, Francia, dirigida por Michel Plasson, para escribir y grabar quince orquestaciones sobre obras de Carlos Gardel, como Mi Buenos Aires querido, AmarguraArrabal amargo y Volvió una noche. En 2003 compuso unas de sus piezas cumbre: Arlequín porteño, en tres movimientos: Pantomima (tango); Tema de arlequín (cadencia y vals); Adioses (tango).

 

Al hablar sobre los avatares del tango, sus aristas y esencias, Garello siempre estuvo atento a las complejidades del género, a sus cambios y permanencias. “Piazzolla abrió un camino muy importante. Antes, las orquestas sinfónicas tenían vedado el tango. Pero después de Salgán y Piazzolla, ya no… Las sinfónicas de Lieja, París, muchas orquestas, abrieron las puertas a Piazzolla, debido al tango, porque a Astor nunca se le cayó de la falda el bandoneón, y es más tanguero de lo que muchos creen”.

 

Entre sus cantantes predilectos estuvieron el Polaco Goyeneche, con quien grabó ciento veinte registros; Rubén Juárez, con cien registros y Floreal Ruiz, con veinte. Y para él, un músico de tanta calidad, el tango siempre fue un fenómeno inmenso. “Aunque no se escribiera más tango, hay para llenar el mundo de tango”, me dijo entonces.

 

Raúl Garello, virtuoso del bandoneón, se murió el 26 de septiembre de 2016, en Buenos Aires, ciudad que todavía lo llora y extraña.

 

 

 

 

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Raúl Garello, director, compositor y virtuoso del bandoneón.

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Malevo viejo

Por Reinaldo Spitaletta

 

Le digo de una vez que era el piano de Rodolfo Biagi el que nos adormecía, y nos quitaba la gana de estar volteando, ¿me entiende?, de salir con el cuchillo empretinado y armar una bronca, mejor dicho, camorrear, buscar pleito, que era lo que nos hacía vivir, aunque escucháramos aquello de réquiem compadrón, cuando el hermano, hermanolo bandoneón lloraba en las pianolas de la cantina de esquina, que ahí era donde recalábamos para encontrar un poco de paz interior, dice uno después de tantos tropeles, cuál paz si allí se iba era a oír las melodías de Jorge Ortiz, de un tal bacán Larroca, el de la sangre maleva, el de La Boca, Avellaneda, que era el que más sonaba, arrabal puro, sangría, cuchillada, puñal debajo de la mesa cuando llegaban los tombos, y el Bizco, sí, el dueño del bar, nos hacía guiños y uno creía que era que estaba bizquiando, más que nunca, más que todos los días, Bizco hijueputa, así le decíamos, porque sí o porque no, porque esa era nuestra manera de expresar cariños o, como se sabe, odios y rencores, no sé, ahora que estoy retirado, después de recibir tantos puños y puñaladas, bueno, cuatro no más, y no mortales, puesto que aquí me tenés, con cicatrices, como las del tango, pero vivito y coleando, hermano, hermanolo, recordar es vivir, decían, pero a mí la recordadera me trae a la mente el pianito de Manos Brujas, qué man para hacer sonar bonito ese instrumento, que a veces nos poníamos a ver quién era el más gago de nosotros, o de otra manera el menos enredado para hablar, y cantábamos en puro desafío el vals Adoración, que íbamos aumentando en velocidad…a ver quién no se equivocaba si supieras el dolor que llevo dentro de mi alma que no puedo hallar un momento de calma que alivie mi pecho de este gran dolor, y ahí íbamos en acelere, antes de que nos brotara el torrente de risa, risotada, hermano, mano, que con Mano a mano también gozábamos, pero con lagrimones pa’dentro, y decía que el embalaje llegaba cuando tú eres alma de mi alma buena que calma la pena que con gran empeño quiero que este sueño sea el sueño eterno de este gran amor, y agárrense del pelo, pelados, que la raya final está cerca, tú eres fuente inagotable que alimenta mi cariño con la misma ingenuidad de un niño yo confío en ti como si fuera en Dios, y ahí nos doblábamos de tanta risa junta, que al fondo estaba el mostrador, con el Bizco detrás, tal vez acariciando el machete, sintiendo su filo, que el tipo era valiente cuando le tocaba, que por acá siempre había movención, sobre todo cuando llegaban el malevaje de La Cumbre, o del Mesa, que eran más bien desafiadores, que ni los de Prado se consideraban tan braveros, pero para nosotros el miedo nunca existió, que si el Bizco una vez lo vimos voleando machete pa’llá y pa’cá, que dominaba paradas, la treintaiuna y no sé qué más, que el tipo venía del monte, montañero, montuno, de esos que poco aparentan pero cuando les sacan la piedra, hay que buscar escondederos, sí, que lo vi lo vi, lo vimos en trances contra tres y cuatro que eran buenos pa’ la puñaleta, pero qué va, con ese man no había nada que hacer, sí que era peligroso, que pudo haber volado cabezas cuando le diera la gana, pero apenas se quedaba en los planazos y en uno que otro puntacito para que el otro sangrara y dejara la güevonada, así decía, que a mí me caía bien el sujeto porque aunque no nos fiaba ni puta mierda, se portaba bien al avisarnos cuando estaba por llegar la tomba, la tómbola, la chota, la batida, que eso era muy común, requisas en los bares, y uno ahí mismo dejaba debajo de la mesa la puñaleta, o ya el Bizco se la guardaba cuando había tiempo de la maniobra, y si bien, como le decía, por estos mapas se paseaban malevitos de otros lados, como si fueran muy guapos, muy cojonudos, y qué va, por acá los dejábamos fritos, con puños era apenas suficiente, pelados, que a nosotros no nos iban a venir a atacar a la casa, malparidos, qué se creían pues, que un tal Márquez, que era un malevo de Playa Rica, pero con más amistades en el Mesa, llegó a increparnos, una noche en que precisamente estaba sonando Biagi con un tangazo, soñemos que me quieres y te quiero, y yo estaba tragado de una mona que vivía cerca del River Plate, y yo le echaba monedas a este tango como para darle serenata a la muchacha, a la percanta que poco caso me hacía y ahí apareció el man que le digo, que les digo, que ya me llené de oyentes, y tumbó el disco, hijueputa, no sé qué se estaba creyendo el mancito, que se daba aires de valentón, mirando pa’ todo lado, sacando pecho, farfullando murmurando resoplando y de una me paré me dirigí al piano donde él estaba todavía mirando los títulos de las canciones lo hice voltear para que me mirara de frente y le puse un manazo que se fue al piso, lo dejé que se levantara, le dije que si estaba armado o que yo le prestaba cuchillo, hijueputa, para que nos matáramos ya, y el hombre se arrodilló, me pidió perdón, se le sentía el miedo y salió cabizbajo y chorreando sangre que la camisa ya la tenía muy manchada, y a mí me fue dando como pesar del malparido, al que después apuñalaron en la Callecita y lo hicieron partir de aquí a la eternidad, que seguro encontró a otro con menos etiqueta, ja, ja, ja, que como le iba diciendo el Bizco también colgaba unos chorizos ahí, casi encima del mostrador, un arrume que se iba en las noches, cuando nosotros, escuchando a Berón con aquello de trasnochando como todo calavera, nos apretujaba la hambruna y la mesa, además de vasos y copas, se llenaba de chorizos fritos, mantecosos, que el man los traía de San  Jerónimo, según contó, de donde además era él, montañero que estaba pegando en el barrio, donde también había muchos que no se habían quitado el capote de encima, ¿que qué es el capote?, pues la tierra de capote, de esa negra que parece mojada a toda hora y que sirve para sembrar matas, ja, ja, ja, que le cuento pues que a mí me gustaba beber y comer chorizo y fumar Lucky Strike cinco letras, un cigarrillo delicioso, que ya no venden y bueno yo ya ni fumo nada, que los pulmones están acabados según dijo el médico, y a uno ya los años no lo dejan sino recordar güevonadas de puñalera, de aquellos discos de Echagüe y El rey del compás, qué melodías sonaban donde el Bizco, pero también, que uno se iba de correría, en el Viejo Café y el Torrente, en el Barquito y Tres amigos, y en La Isla, donde me tocó ver peleas a cuchillo y me lamía por entrar a repartir puñaleta, pero uno dejaba que los otros que además no eran amigos de uno se mataran entre ellos, o por lo menos, que se cortaran, como la vez en que a mí, ya por los lados de Niquía, se me vinieron en manada y después de herir dos o tres, uno me mandó un cuchillazo por detrás, que no me morí de milagro, porque, como se decía, uno se muere de turno, y ya ve, aquí sigo, vivito, aunque muy disminuido, que me ve estas gafas oscuras porque perdí el ojo izquierdo en una pelea, una zambra bonita que tuvimos en la esquina de los Relleneros, ahí junto la casa de doña Ana, hace tanto tiempo ya, que ni me acuerdo cómo fue que no puse cuidado y con la navaja el maricón de Atehortúa me jodió, que me parece que no es tan bueno haber sobrevivido a tantas riñas, ¿se acuerda que los periódicos así se referían a todas esas peleas, a las que también llamaban reyertas? y a veces, donde el Bizco leíamos Sucesos Sensacionales porque había mucha sangre y contaban historias de putas y malevos, que uno buscaba salir ahí algún día, pero qué va, nunca mojé prensa, pelado, y lo único que me sigue gustando de aquellos días es el pianito de Biagi, que me hace volver a tiempos viejos, en los que uno era joven y bello y enamoraba muchachas a las que solo dejaban salir a la ventana, y a otras les prohibían de una la amistad con uno, que como así que va a conversar con un vago, patán, peligroso y marihuanero que así era como nos llamaban los papás y mamás de las muchachas bonitas. Bueno, pues, déjeme respirar que ya no voy a contar más nada de mi vida, obra y milagros, que usted lo que busca es banderiarme para decir que los malevos de antes eran muchachos buenos en comparación con los de ahora, que me parece que ni siquiera saben quién fue el gran Rodolfo Biagi ni lagrimearon con aquella melodía de yo sé que es imposible quererte y adorarte, que es un pecado amarte y darte el corazón… y le cuento, pa’ terminar, que esto me está mamando, no creí nunca que se me iba a hacer realidad lo que decía otro tango que no estaba donde el Bizco sino en el Viejo Café: “malevos que ya no son”, y vea pues, ya no soy, qué vaina, ya no soy, aunque uno nunca deja de ser lo que fue. Nunca. Nunca, papá.

 

Ilustración de Alberto Breccia para La Historia de Rosendo Juárez (internet)

Néstor Marconi, el arte del bandoneón

(Dirigió la orquesta juvenil de tango de Medellín en memorable concierto de homenaje a Gardel)

Por Reinaldo Spitaletta

Ahí está el que puede ser el último gran bandoneón de los grandes del tango. La luz de los reflectores ilumina su cabeza, en parte calva, en parte con mechones canosos, con el bandoneón en sus rodillas. Atrás, la Orquesta de Tango de la Red de Escuelas de Música de Medellín, mientras los acordes de una composición de Arolas se riegan por el teatro.

Néstor Marconi, de setenta y tres años, parece flotar mientras toca. Hace gestos de estar gozándose la interpretación, como una especie de coito con el arte. Hay silencio en la concurrencia. Está en el escenario un músico de traje y camisa oscuros, solo, introduciendo un concierto de homenaje a Carlos Gardel en los ochenta años de su muerte de fuego en Medellín.

Y de pronto, suenan los “¡bravo!” de la gente. Ahora, el maestro deja a un lado su instrumento, que empezó a estudiar a los diez años de edad, cuando su padre le regaló uno, negro, “lindo”  (así lo calificó alguna vez en una entrevista), en Álvarez, cerca de Rosario, Argentina. Y entonces con una pequeña batuta se pone al frente del atril y de la orquesta juvenil, que va interpretar durante hora y media piezas de Astor Piazzolla, Aníbal Troilo y algunas clásicas de Gardel, incluido el primer tango que el Zorzal cantó: Mi noche triste.

Marconi, que nunca había estado en la que sí es, según él, la segunda capital del tango, llegó el día en que se cumplían los ochenta años de la muerte de Gardel. Su misión: dirigir la orquesta juvenil de tango de Medellín, con orquestaciones del bandoneonista y director, que integró formaciones de José Basso, Enrique Francini, Horacio Salgán, Héctor Stamponi, Atilio Stampone y Astor Piazzolla, entre otras. Y que acompañó a uno de los últimos monstruos del tango-canción: Roberto Goyeneche.

En el primer ensayo, Marconi logró que los muchachos soltaran lo mejor de sí, “cosas increíbles”, y apreció las cualidades de la pianista, el contrabajista y el primer violín.  “pero lo más simpático es que los más jóvenes, se han enganchado con los efectos y golpes del tango. Es un fenómeno”, dice entre risas, vestido con una camiseta oscura, a rayas, en una saloncito de hotel.

Marconi, que ha viajado por casi todo el mundo, que dirigió la Orquesta Nacional de Música Argentina Juan de Dios Filiberto y la Orquesta de Tango Emilio Balcarce, advierte que quiere seguir aprendiendo y aspira a que los jóvenes tengan lugares para mostrar su talento. “No me doy por vencido. Todavía falta mucho en mi trayectoria; por eso sigo trabajando, estudiando, componiendo, dirigiendo, orquestando hasta el final”.

Cuando anda por una calle, Marconi no está silbando, como lo hace (o hacía) tanta gente en Buenos Aires, sino pensando en acordes, armonías, alguna orquestación, una manera de que su música suene bien. Y claro, seguro a veces se le vendrá de súbito alguna letra de tango, como Sus ojos se cerraron, que le sigue pareciendo impresionante; o como Naranjo en flor, que es uno de los del tango-canción que más le gustan. “Yo prefiero el tango instrumental, pero no podemos obviar ciertas letras, como la de El día que me quieras”.

Y a propósito, ya están muy lejos los días en que un músico o intérprete de tango no podía caminar tranquilo por Buenos Aires. Eran los años sesenta, y entonces la Nueva Ola y el Club del Clan arrasaron y exiliaron al tango. “Si a uno le veían con un bandoneón o una guitarra por la calle lo menos que le tiraban era piedra”, recuerda.

—¿Qué representa para usted Astor Piazzolla?

—Fue uno de los grandes. El que marcó un antes y un después del tango. En otro tiempo, hacer arreglos avanzados, romper con el clasicismo y las convenciones, era muy difícil. El tango entró a muchos países por Piazzolla, como pasó con Gardel, o con el baile. De él me gusta mucho lo de antes: Adiós Nonino, Prepárense, Lo que vendrá, Triunfal… Piazzolla, en una escala de uno a diez, hizo nueve cosas buenas; la mala, es que dejó una legión de imitadores. Hay una repetición en Buenos Aires de las secuencias rítmicas piazzollianas.

—¿Y en ese sentido usted qué hace?

—Yo sigo buscando. No sé si lo logro. A veces, retorno a cosas clásicas. Alguien decía que para criar a los nietos no hay que matar a los abuelos… Siempre es bueno volver al jazz, al folclore, los clásicos, Stranvinski, Ravel, Berg, Mozart… Yo vengo a Medellín a hacer un homenaje a Piazzolla, Troilo, Arolas y Gardel.

—¿Quién es para usted Horacio Salgán?

—No es nada nuevo lo que voy a decir: el más grande pianista del tango.

—¿Y Goyeneche?

(Suspira, hay un leve estremecimiento en Marconi)

—Con el Polaco fue una hermosa historia. Tantas experiencias, en Caño Catorce, en el Club del Vino, en el Café Homero, en Europa y Japón. Era una maravilla como cantante; después, con los años, un gran decidor. Que si la voz era clara o no, era un decidor como nadie. Yo no lo acompañaba, dialogábamos. Había ideas nuevas, improvisación. Siempre salían con él cosas lindas. Sin ser él músico, era muy intuitivo y musical.

En junio de 2012, a Marconi le desvalijaron su casa de Olivos. De todo lo que se llevaron, lo que más le dolió fueron dos de sus cuatro bandoneones. Y en especial uno con el que siempre daba los conciertos y recitales. “Era como una extensión o continuidad de mi cuerpo”. Nunca aparecieron y el golpe afectivo ya lo asimiló, según dice.

Marconi, que ama a Pedro Laurenz, Aníbal Troilo, Leopoldo Federico y Astor Piazzolla, sin imitar a ninguno, tiene una vasta historia en el tango, pero también experiencias distintas al género, como han sido sus interpretaciones con la pianista clásica argentina Marta Argerich; en orquestas sinfónicas y su participación en la orquesta de Don Costa, compositor y director, acompañante de Frank Sinatra. Participó en la película Sur, con Roberto Goyeneche, dirigida por Fernando Pino Solanas.

—¿Cuál es la letra de tango que lo mata?

—Ah, todas son interesantes. Hay tres autores, Homero Expósito, Homero Manzi y Cátulo Castillo, con letras como Naranjo en Flor, A Homero, El milagro, Sur; y Le Pera, con Sus ojos se cerraron. Gardel, en la película, lo canta con un desgarramiento doloroso.

—¿Y su tango instrumental?

—Ah, usted sí hace unas preguntas… Son muchos los temas que me gustan. Muchos de Piazzolla; Responso, de Aníbal Troilo… Troilo no tiene muchos instrumentales, pero los temas cantados de él, como María, Sur…,  era un gran melodista. Tendría que hacer una lista y terminaría mañana (risas).

Marconi, hincha de Independiente de Avellaneda, es un ser inspirado. Dice que ni al hacer una comida, ni al comer, ni al caminar puede faltar ese ingrediente, la inspiración, y en mayor medida en el arte. Se siente cómodo como solista, en duetos, tríos, en quintetos, octetos, en orquestas, “y componiendo y orquestando y dirigiendo”.

—¿Hay muchas promesas del bandoneón en Argentina?

—Lautaro Greco, Renato Venturini, más jóvenes; y Federico Pereiro y Carlos Corrales, un poquito mayores. Hay una tanda de muchachos que habría que cortarles las manos para que esperen a que desaparezcamos nosotros (se ríe a carcajadas).

Ahí está el rosarino Marconi. Despliega y encoje el bandoneón. Está interpretando Sur, de Troilo y Manzi. Luego, y sin que el instrumentista pare, entra el cantor Marcelo Tommasi y comienza a vocalizar La última curda, de Cátulo Castillo y Troilo. Después, viene un potpurrí de piezas de Piazzolla, y el concierto de homenaje a los ochenta años de la muerte de Carlos Gardel, en Medellín, entra en la recta final con una selección de títulos de Gardel y Le Pera.

Después, el teatro se para en pleno. Una ovación. La gente pide más. Y entonces Marconi, que está dirigiendo una orquesta de muchachos de Medellín, con tres bandoneonistas, uno de ellos argentino, complace al público y advierte que va Mi noche triste (“y que esta no sea triste”, dice), de Samuel Castriota y Pascual Contursi, y que ya no hay más en el repertorio. Hay risas. Cae el telón de la noche gardeliana.

Néstor Marconi, uno de los últimos grandes bandoneonistas argentinos. (Foto tomada de internet)

Aníbal Troilo, mucho bandoneón

(En el centenario del natalicio de Pichuco, director, compositor y duende tanguero)

Por Reinaldo Spitaletta

El gordo triste, el gordo bonachón, el gordo genio. Qué no le han dicho al Bandoneón Mayor de Buenos Aires (así lo nombró Julián Centeya), al “gorrión con gomina”, al de la pinta poeta, que tenía un corazón latiendo en las rodillas. Qué no le han endilgado (con amor, eso sí) a Aníbal Troilo, alias Pichuco, nacido el 11 de julio de 1914 y muerto el 19 de mayo de 1975, en medio de una conmoción general porque se iba uno de los más inevitables e imprescindibles hombres de tango que en la historia del género han sido.

Cuando murió era, según José Gobello, la máxima expresión viva del tango. Y por eso Buenos Aires lo lloró a borbotones, por ser uno de los porteños más queridos por el pueblo, por la ciudad. “Por su voz que es un gato / sobre ocultos platillos”, como lo escribió Horacio Ferrer. “Aquella catarsis de la gente constituyó, sin duda una catarsis provechosa. Un pueblo alegre es un pueblo sano, pero un pueblo que sabe ponerse triste es un pueblo noble”, dijo Gobello en su Crónica General del Tango, sobre las secuelas de la muerte del director, compositor, músico, arreglador y bandoneonista.

Troilo había proporcionado al mundo un “poco de humilde belleza, un poco de tibia emoción”. Con su carisma y su ángel, arrastró admiradores no solo en su suelo natal sino donde el tango se ha extendido como una suerte de “música clásica de hoy”. Por todas partes. Su bandoneón ejercía (y ejerce) un poder hipnótico sobre el oyente: sus agudos se metían en el corazón como “agujas heladas”, sus trémolos, ondulaban el alma, y ya sabemos, con Montaigne, que el hombre es cosa ondeante. Y tantas veces, vana.

Ese muchacho Troilo, tal como lo frasea, por ejemplo, Roberto Goyeneche, uno de sus cantores (estuvo en el elenco orquestal de 1957, con Ángel Cárdenas), fue uno de los que hizo renacer el tango en la década del cuarenta, hoy conocida como la Década de oro del tango. A mediados de los treinta, en los días de la Mishiadura (miseria extrema) y de tumultuosas angustias sociales (además, coincide con la muerte de Carlos Gardel), el tango estaba en retirada. Bueno, aunque ya había sufrido varias agonías, y se decía desde 1900 que estaba moribundo.

Cuando en 1936 sacan a Juan D’Arienzo del cabaret Chantecler y lo llevan a la Radio El Mundo, el interés por el tango comienza a resurgir en Buenos Aires, y va a ser por aquellos mismos días cuando el joven Troilo inicia su trepada en la historia. Ya había bebido de Pacho (Juan Maglio), de Elvino Vardaro, de Osvaldo Pugliese (que en la década del veinte era un intérprete sensacional de Chopin y Bach), de Julio de Caro y de Ciriaco Ortiz. En 1937 se insinuaba como un extraordinario ejecutante de bandoneón, con “la delicadeza sonora de Pedro Maffia, la brillantez armónica de Pedro Laurenz y el inconfundible ‘fraseo octavado’ de Ciriaco Ortiz”, como lo señala Luis Adolfo Sierra en su Historia de la orquesta típica.

Eran los días en que ya Troilo sentía su propia estro, su personalidad sonora, que lo condujo a crear su primera formación orquestal: en los bandoneones, además de él, estaban Juan Miguel Rodríguez y Roberto Gianitelli; en los violines, Reynaldo Nichele, José Stilman y Pedro Sapochnik; al piano, Orlando Goñi, y Juan Fasio en el contrabajo. La voz era la de Fiorentino. Qué equipazo. Eran los principios de una revolución, que tomaría cuerpo y alma en los cuarenta. Más tarde, Troilo incorporó a Alberto Marino, con lo que se inauguró una suerte de obligación de las orquestas típicas, de tener dos cantores (aunque, mucho antes, la orquesta de Francisco Canaro lo había hecho con dos vocalistas, Ernesto Famá y Francisco Amor).

Troilo fue introduciendo nuevas sonoridades, novedosas armonías y orquestaciones, con la capacidad que, además, le otorgaba el tener en su nómina a grandes músicos e instrumentistas, como Astor Piazzolla, Hugo Baralis, Ernesto Baffa y muchos más que vivieron y sintieron la dirección de un hombre sensible, una especie de “Shakespeare lunfardo”, que llegaría a ser, con su bandoneón y su orquesta, el alma de una ciudad, que no es poco decir. A aquellos sonidos enamoradores y distintos contribuyeron, entre otros, arregladores como Argentino Galván, Ismael Spitalnik, Emilio Balcarce y Eduardo Rovira, amén de Piazzolla.

Troilo era un hombre abierto a la evolución, a los cambios. Pero igual a no ignorar la tradición. Representó una síntesis maestra del tango danza, del tango canción y del tango música. Tal vez su primera revolución sonora se deba al arreglo que de Recuerdos de Bohemia, hizo Argentino Galván, grabada por Troilo con José Basso, al piano, y Nichele en el violín solista, el 12 de marzo de 1946. La revolución continuaría con el Troilo compositor y con el Troilo que incorporó a cantores que después serían de los más representativos como solistas en el tango canción: Edmundo Rivero, Roberto Goyeneche, Roberto Rufino, Jorge Casal, Floreal Ruiz, Raúl Berón, Tito Reyes y dos mujeres como Nelly Vázquez y Elba Berón.

El Troilo director alternó con el compositor de piezas de antología, como Sur, Garúa, La última curda, Una canción, María, A Homero, Desencuentro, Che bandoneón, Barrio de tango, Toda mi vida, Discepolín, Nocturno a mi barrio, y su doloroso homenaje a Homero Manzi, el tango Responso. A Pichuco no le “quedaban flojas las estrellas”, y con su genio, con ese modo de ser de alguien que siempre pensaba en el otro, alcanzó la gracia de “no venirle justa muerte alguna”.

La “aristocracia arrabalera” lo sigue teniendo entre sus santos. Porque era el tango mismo. Su síntesis. Su río. Su expresión cambiante. Con su bandoneón conquistó las estrellas, aquellas con las que Dante termina los tres avatares de su obra magna. En la noche duende de Buenos Aires está Troilo, su figura, su talante único, su musicalidad. Fue un ser definitivo para el tango. “Para mí que lo hicieron en mi casa / como el pan que la vieja siempre dio” (Homero Expósito).

Troilo, aquel que de tanto amor rompía los bolsillos, no se ha ido. Pero ¿cuándo, cuándo? No, no se ha ido el gordo viejo-joven. Aníbal Carmelo Troilo, alias Pichuco, siempre está llegando.