Cuadra de pedradas y otras bullas

(Recuerdo de una calle con bar y cataratas en los entejados)

 

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                                                                                                                                                   Pintura de Luis Sala

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Aquella cuadra, en la que vivían un bombero, una muchacha de caminar exquisito, otras de uniformes de cuadros y zapatos colegiales, unos muchachos que solo se asomaban por la ventana, otro que una vez se arrojó del tercer piso para huir de un castigo familiar, y que tenía en una de sus esquinas, un bar y una tienda, carecía entonces de asfalto.

 

En esa cuadra, con una casa inconclusa (permaneció así muchos años) a la que, por encima de los muros, se colaban algunos atrevidos a fumar marihuana y a ver crecer las malezas, vivió una señora cuya atracción para la muchachada era la venta de helados. Doña Cruz, que casi nunca salía a la calle, solo se asomaba por el postigo a entregar los pedidos. Decían que su marido, un obrero de fábrica textil, no le permitía ni mostrarse en las ventanas; quizá era un hombre celoso.

 

El bar que había por allí se llamaba Florida, con traganíquel, coloridas sillas y mesas de metal, cuatro ventanas y dos puertas. Se escuchaban tangos y baladas, también música antillana y, en menor cuantía, horrorosas canciones de campesinos. Al frente, estaba la tienda mixta de un tipo alto, al que le decían el Llanero, que una vez levantó en vilo a un muchacho que a lo mejor se estaba riendo de su estatura. La imagen mostraba a un chico que pataleaba mientras el hombre lo subía para soltarlo desde más arriba de su cabeza. Creo que hubo risas de los otros. A mí me causó indignación. Pero nada dije.

 

Sobre la tienda, una casa con tejas de asbesto, que en el día debían calentar a temperaturas de incendio, albergaba a una señora de la que nunca supe su nombre. Le decían La Perra. De vez en cuando, su entejado sonaba con las piedras que, por las noches, le arrojábamos. También habitaba Leonardo, al que, con gracejos y burlas, llamábamos el Orejón. Había obreros con bicicletas inglesas y don Silverio, dueño de un almacén de telas y cacharros, que tenía tres hijas por las que el mundo barrial suspiraba.

 

En la otra esquina, aparte de la del bombero, estaba la casa de don Abel, un señor con toda la pinta de proceder del monte. En los desagües que bajaban del techo a la calle, en diciembre poníamos papeletas cuyos estallidos hacían eco y producían temblores en las tejas. El hombre salía con un machete pero ya no había nadie a quien darle siquiera un planazo. Al frente de mi casa, estaba la tienda de doña Marta y don Pedro, y enseguida de ella, una sastrería. En una casa de dos pisos habitaba, en el primero, una gordita sonrosada y, arriba, una muchacha linda, cuyo hermano, al que por su poder en el “chute” apodábamos Cañón, jugaba con nosotros partidos de calle y de manga.

 

En el Florida, cuyo dueño, Arturo el Bizco, era bueno para el machete como para freír chorizos, iban tipos que, cuando había batidas policiales, guardaban los puñales debajo de las mesas metálicas o, en casos de emergencia, los resguardaban en periódicos que tenían sobre la mesa, húmedas de cerveza y pasantes de aguardiente. En diciembre, el bar se adornaba de guirnaldas y el piso se cubría de aserrín.

 

Mis vecinos de al lado eran artistas de circo, que viajaban de pueblo en pueblo, sobre todo por los que estaban a orillas de las estaciones del tren. La mamá de ellos salía de noche, vestida de negro, y tornaba al amanecer. En casa, con dos patios grandes, había jardines y atrás, tres albercas que no solo servían para recolectar el agua de consumo diario sino, de vez en cuando, como una suerte de piscinas domésticas.

 

La otra era un solar semiconstruido, abandonado, del que nunca supimos quién era el dueño y por qué había dejado empezada la casa, con puertas y ventanas condenadas con ladrillos. Era una suerte de pequeña selva urbana, con ratas y basuras. Después, estaba la casa de Jaime, cuyas hermanas, altas y delgadas, se caracterizaban por tener nariz larga. Y, más allá, una casa de dos pisos y terraza, desde la cual una vez el negro Arturo, que era buen futbolista, se tiró pero cayó en un montón de arena (una “volquetada”) sobre la acera. Más fue la bulla.

 

En invierno, el pantanero abundaba, como el polvo en el tiempo seco. Por las mañanas, se escuchaba la voz delgada del vendedor de periódicos. En casa solo lo compraban los domingos. Las ruedas del carrito de helados, cuyas campanas aceleraban corazones, se metían en los huecos de la calle. En las madrugadas, se oía el paso de las bicicletas obreras. A veces, algún ciclista, como para interrumpir sueños, hacía sonar el cornetín.

 

Los cables eléctricos eran bajos y estaban, sobre crucetas y otros dispositivos, agarrados a los muros. A veces, en la acera se improvisaban, con pelotas pequeñas, partiditos de baloncesto, para aprovechar a modo de canasta aquellos sujetadores de alambres. Una vez, hubo una pelea a pedradas y machete entre los hijos de don Abel y unos tipos que estaban bebiendo en el Florida. Hubo uno que otro descalabrado. Nadie murió.

 

Aquella lejana cuadra, hoy pavimentada y con renovados habitantes, a veces aparece en mis sueños, con tropeles de fútbol callejero y juegos de canicas y “pelota envenenada”. Los barquitos de papel ya no naufragan en los rápidos, tras las lluvias abundantes que formaban Niágaras en los entejados. Y, como en un tango, “todo, todo ya se fue”. No es hora de regresos. Con el recuerdo basta.

 

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El goterero

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Por Reinaldo Spitaletta

La premisa es que hay que tener talento para ejercer este oficio (más bien, una impostura) que, si no se es avezado, puede culminar en una exposición de rabias impulsivas de las víctimas, que lo arrojarán de la mesa y le harán marchar con el rabo entre las patas y sequía en el guargüero. El goterero, como lo llaman en jerga de pueblos alicorados, es un campeón del pegamento y la pantomima. Tiene la sonrisa fácil y el verbo abundante. Intenta estar bien vestido y oler a limpieza, como mínimo, en caso de carecer de fragancias enfrascadas, para que los otros no lo vean ni repulsivo ni descuidado.

 

Posa de tener refinamientos, como lecturas de varios periódicos al día, y, en efecto, debe mantenerse enterado, porque, así, tendrá repertorio cuando se acerca a una mesa a saludar y sentarse sin permisos ni venias, con palabras de cortesía estudiada que hacen que los allí congregados lo acojan sin resistencias. Y aparte de titulares, debe, por su temor a convertirse en un pelmazo, acercarse a libros de autoayuda, saber un tanto de esoterismos y secretos de cocina y, si este catálogo no le basta, aprender (bueno, o posar de que sabe) a interpretar y vaticinar el futuro, los misterios del tarot y estar atento a la actualidad deportiva.

 

El goterero, que intenta no aparecer como un vulgar pegajoso de cantina, viste en ocasiones de saco (se le notan las veces que le ha volteado el cuello) y zapatos a los que casi nunca tiene tiempo de lustrar. Sonríe tras haber ensayado muchas veces frente a un espejo sus mejores sonrisas y mataditos de ojo. Lo que sí es que debe estar sin aplazamientos bien afeitado. En el fondo, debe ser un “buen sicólogo”, que es la expresión popular que se refiere a gentes con talento para descifrar fisonomías y estados de ánimo casi a la velocidad que dura una mirada de afán.

 

Lee periódicos semiserios y sensacionalistas, casi nunca pasa de los encabezamientos, y uno que otro libro de aventuras. Se preocupa por las noticias radiales matinales y carga una agenda con apuntes de situaciones pintorescas, como las que, según él, se publican en un almanaque de agricultores y tenderos. Sabe, o dice que sabe, leer las cenizas de los cigarrillos situación que lo pone en un lugar de privilegio en ciertas mesas, y conoce el tarot y sus misterios. Lee, para reproducirlo en sus conversaciones, asuntos sobre exorcismos y embobamientos y es capaz de hablar con precisión sobre las fases de la luna y su influencia en los humanos.

 

Egidio, que así se llama el personaje, tiene idea de geografía y se sabe los nombres de los árboles de varios parques de la ciudad. Tiene, desde hace años, seleccionados los bares donde entra a comprobar qué tanta influencia ejercen sus mañas y saludos en los clientes. Uno de sus preferidos es El Selecto, al que entran burócratas, estudiantes universitarios y alguna gente con preparación académica. Le gusta, además, porque hay equipo de sonido con música seleccionada y reproducciones litográficas de pinturas en las paredes.

 

Cuando está en la acera, frente al bar, ya tiene escogida la mesa a la que se arrimará en primera instancia. Ingresa y algunos de los circunstantes se ponen a observar las iconografías o dirigen su atención al mostrador. El dueño del bar sin falta esboza una sonrisa de picardía. Egidio se acerca a los clientes y los saluda con efusiones. Después, les pregunta, por ejemplo, ¿saben qué pasó en el palacio de gobierno? Y de inmediato se gana la atención. A alguno de los allí sentados, le dice que tiene buen semblante y que lo mejor es que lo más pronto haga una apuesta y compre lotería. “La suerte te sonreirá”, le advierte con certidumbre.

 

Egidio tiene la palabra fácil. La cordialidad lo hace simpático. Se sabe el nombre de casi todos los que por allí recalan. No falta, pese a que en el fondo preferirían no hacerlo, quién lo invite a sentarse, porque, además, es un interlocutor con información y buenas maneras. Articula con solvencia las palabras, vocaliza y da la sensación de conocer el mundo y sus alrededores. Si le preguntan sobre política, sobre política sabe. Si acerca de las marcas y récords de deportistas retirados, también.

 

A Egidio hay que invitarlo a sentarse. Y ofrecerle un trago. Que se prolonga, porque él es experto para seducir con su conversa y hacer que las copas se deslicen por su garganta. “Garganta profunda”, le han dicho, entre risitas de malicia y gestos de doble sentido. Su fuerte es la historia patria. Es capaz de revivir con su parla la batalla de Boyacá y recitar de memoria proclamas de Bolívar y Policarpa Salavarrieta. De Mon y Velarde, el regenerador colonial, que suscribió la sentencia de muerte contra el comunero Josef Antonio Galán, dice que se fue con un muchachito para Quito, donde lo mandaron a presidir la Audiencia de esa ciudad.

 

Además del mencionado bar, también hace presencia en otros, como El abrojito, el Avenida y el Nocturnal. En todos, dispensa su verba y su cuentería. Y termina, como los contertulios, ebrio pero sin gastarse un solo peso. Sí, no hay duda: es un campeón de esa simulación oficiosa, que le permite disfrutar los fines de semana de “gorriar” a los que le dejan sentarse a su mesa. Un día, en que los concurrentes de una de esas cantinas no estaban de buen humor, lo dejaron a la espera, ignorándolo. Y de pronto, como si el mundo se fuera acabar, echó mano de las palabras de un antiguo bohemio de otra ciudad y Egidio gritó con todo lo que la voz le daba: “¿¡van a dejar morir de sed a Grecia!?”. Ese día le sobraron botellas de licor.

 

La única vez que invitó a los de su mesa a una tanda, que se prolongó, ha sido el día en que su equipo del alma ganó el primer campeonato después de estar años en blanco en los torneos de fútbol. Egidio, esa vez, tiró la cantina por la ventana. El dueño de El Selecto no lo podía creer. Y los circunstantes, tampoco.

 

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Pinturas de Zara Cañiza

La Boa que yo conocí

(Un bar de bohemias ochenteras y un tanguero señor de la noche)

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Iván Zuluaga, dueño de la vieja Boa

 

Por Reinaldo Spitaletta

A principios de la década del ochenta, cuando frecuentaba más que todo La Arteria, un bar de la avenida La Playa de Medellín, conocí La Boa, de Iván Zuluaga, en la calle Maracaibo, entre El Palo y Girardot. Había en la pared una foto-afiche de una mujer añosa tocada con un pañuelo rojo, medio sonriente ella y creo tener la imagen de que le faltaban dientes. En una mesa estaba el poeta Alberto Escobar, el de Los sinónimos de la angustia, con otros contertulios, entre ellos Aldemar Betancur, jefe de relaciones públicas del Colombo Americano.

 

Yo era un reportero incipiente, que además escribía crónicas urbanas en un suplemento literario. Me parece que fui a dar a aquel lugar, no de noche, sino al atardecer, porque debía hablar con Betancur no sé sobre qué tema cultural del Colombo. Y esa, La Boa, era parte de su oficina. El dueño era un señor narigón, a veces seriote, pero, en otras, según las circunstancias, simpático. Lo primero que me dijo, tras saludar y presentarnos, fue que en aquel bar el escritor Manuel Mejía Vallejo, años atrás, había escrito parte de su novela Aire de tango.

 

No recuerdo qué era lo que Aldemar, un tipo de voz abaritonada, que escribía poemas y leía entonces libros de Cesare Pavese, como el de Lavorare Stanca (Aldemar lo pronunció en italiano) quería promover. No sé quién recitó entonces unos pocos versos de Vendrá la muerte y tendrá tus ojos: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos / esta muerte que nos acompaña / desde el alba a la noche, insomne, /sorda, como un viejo remordimiento / o un absurdo defecto…”.

 

En todo caso, días después, Aldemar me regaló un libro de Pavese, La playa, y tengo un confuso recuerdo en el aquel me está hablando de gaviotas ciegas. El asunto es que me comenzó a gustar La Boa, porque sentía un aire distinto, una especie de hermandad, conectada con las palabras y, como lo supe después, con el tango. Seguí yendo, a veces solo a tomar café en la tarde. Y de a poco su dueño y yo nos bordamos una amistad en la que, de por medio, estaba la voz de Roberto Goyeneche. Con Gabriel Restrepo, un escultor con el que solíamos practicar la bohemia en distintos bares de Medellín, nos volvimos asiduos de La Boa. Yo le llevaba, a veces, casetes con grabaciones del Polaco. En muchas ocasiones, encontré a Iván, la cabeza contra el mostrador, escuchando en un acto reverencial Naranjo en flor, La última curda o Niebla del Riachuelo. Creo que lloraba.

 

Por esos días, el mostrador estaba junto a la única ventana, que daba a la calle, y que era parte del bar. Después, Iván lo trasladó a la parte de atrás, cerca del único orinal, cubierto por una celosía de colgaduras cafés y negras. A veces, Gabriel y yo, junto con otros “patos” del Centro, íbamos primero a La Arteria, de Guillermo Suárez, y más tarde visitábamos La Boa, en la que muchas veces encontrábamos ebrio o a punto de una magnífica borrachera a su dueño, que era por lo demás un conversador agradable.

 

No sé cuándo, en una noche aguardentera, me habló de que, cuando estuvo de aventura en el Bajo Cauca, había fundado un pueblo, un caserío, y ponía voz de importancia y no sé si evocaba a viejos colonos de Antioquia o a antiguos conquistadores. “Lo bauticé Muribá”, me dijo y agregó que teníamos que ir por allá, donde además había dejado amores. Era, según sus coordenadas, cerca de Puerto Bélgica. Nunca fuimos.

 

Las noches de la Boa estaban atiborradas de Goyeneche y conversación. El paisaje de sus mesas, con sillas rústicas de madera gruesa, albergaba poetas y vagabundos. Que, en esencia, puede ser lo mismo. Iban escritores y tipos que posaban de saberlo todo. Sin embargo, que me haya tocado, nunca hubo un malentendido que hubiera terminado a puñetazos. Porque creo que a taburetazos, por lo pesado de ellos, era un imposible. Ah, claro, también iba uno que otro plomo. O tipo “pesado”. Gajes de bar. Y de la bohemia.

 

No era un bar de atracciones locativas. Paredes con uno que otro cuadro (por aquellos días no estaban ni Gardel ni Goyeneche; después, aparecieron en su decoración), y a veces algunos artistas colgaban allí muestras. Cuando yo iba solo, me sentaba al mostrador a conversar con Iván, y ahí iba armándose un círculo en torno a literaturas y la ciudad. Pasaba como en La Arteria: los circunstantes eran su mejor adorno, porque había palabras de un lado a otro. Y de vez en cuando, alguien tocaba la guitarra.

 

En aquellos ochentas, en que todavía no se había instaurado a fondo el terror mafioso en la ciudad, La Boa era una sede de poetas, de algunos nadaístas extemporáneos, de conversadores profesionales y por allí, claro, pasaba a cantarnos sus Spirituals el Negro Billy. Aldemar Betancur, que tuvo fama de tacañerías para el licor, a veces leía en su mesa poemas suyos o a recordar los tiempos en que iba a Lovaina, ya en decadencia, a buscar muchachas para que le oyeran su parla de voz de locutor.

 

Iván, en todo caso, era el alma de La Boa, con sus tangos e historias de desamores familiares y noviecitas adolescentes. Una de ellas, según nos contó cuando ya el hombre no podía con el alcohol ni con la vida, lo había “tumbado” no recuerdo ya en qué pueblo, dónde él le puso un almacén. Al final de sus días, dormía en el café, en el que armaba un cambuche junto al orinal.

 

En otras jornadas, iban ajedrecistas, como Fernando López, con el que, en ocasiones, a medianoche, él en la esquina de Girardot y yo enfrente de La Boa, nos desafiábamos: cada uno cantaba (gritaba) un tango, en turnos ininterrumpidos. Casi siempre, terminábamos a dúo con el vals Bajo un cielo de estrellas. Iván solo se reía, pensando quizá que estaba en presencia de dos orates.

 

Durante espaciados meses y años, me alejé de La Boa, pero cuando aparecía, Iván siempre tenía listo un abrazo y un trago de bienvenida. Y, por supuesto, los tangos de Goyeneche. A veces recordábamos los días de antes y su voz se entrecortaba con sollozos. Iván había envejecido, como la calle Maracaibo, como todos los que por allí fuimos asiduos. Y llegó la muerte y tuvo sus ojos, los ojos tristes del dueño de La Boa. Murió en septiembre de 2011.

 

Después (“¿qué importa del después? Toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado…”) poco volví a La Boa. Supe que la ventanita de arrabal ya no está. Y que son otros los circunstantes. Pero la voz de un poeta vuelve siempre, abriendo memorias: “Oh querida esperanza, / también ese día sabremos nosotros / que eres la vida y eres la nada”

 

En diciembre de 2014, ya La Boa tenía otros dueños. Aquí, en la ventanita, con varios contertulios.

Muchacha de bar

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Muchacha de alunado rostro

mapamundi

en la mirada

va y viene sin regreso

entre vasos rotos

vino en el suelo

una mano

que acaricia el paso

irreversible

muchacha de tiempo muerto

caliente espalda

mano caliente

que se posa

en su solar

como un pájaro herido.

 

(Reinaldo Spitaletta)

Un bar

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Bar de viejos sin nostalgia

Lunas rotas en la pared

Óleos de aprendizaje

Olores de orinal azul corriente

Violeta canta desdenes

Detrás del mostrador

Décadas de juventud rebelde

De estudiantes que ya no son

Espacio donde no estás

Neones inexistentes

Y una guitarra sin cuerdas

Se muere en la penumbra

Algunos entonan al Che

Velada de perdedores.

Camarera

 

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Llega pura sonrisa de impostación

piel azul ojos de golondrina

la mesera de copas cortas

nos engulle con sus pupilas

urgidas de alumbre

olor a pachulí y crema axilar

falda que muestra sus necesidades

de mujer que tal vez trabaja

nocturnidades para niños

La miramos con ansiedad

contenemos la respiración

mientras nos sirve

el modo de viajar

sobre la mesa

sin pasaportes ni visas

Se aleja contoneando el bar

se va para volver

cuando el grito surja

camarera camarera

no nos dejes penar más

sonrisa-risa de propina larga

y palmada de saludo atrás.

 

Tres amigos en un bar lejano

(Crónica con un tango y un cafetín triangular de cuchilleros)

Reinaldo Spitaletta

 

El nombre más apropiado para un bar lo tuvo en Bello el Bar La Isla. Formaba un triángulo en tres calles, y el cafetín era una miniatura con pianola y dos casas encima de él. La puerta principal daba al llamado Carretero, una calle que se formó con el fin de conectar la vieja fábrica de tejidos, en Playa Rica, fundada en 1902,  con el centro de la ciudad. Un costado estaba sobre la carrera 50, la principal calle de la aldea fabril, que después de pasar por el centro se iba hasta el barrio El Congolo, se montaba en un puente sobre la quebrada La García y se encaminaba al barrio La Selva, donde hubo uno que otro prostíbulo, unas mangas aptas para los más encarnizados y emocionantes partidos de fútbol y la entrada a una finca, en el pie del morro el Quitasol.

Y el otro costado estaba sobre una diagonal. Por los tres lados había acera, y en las bajadas, a veces los muchachos se deslizaban en tablas emparafinadas. Eran los fines de los sesenta, con músicas juveniles Ye-Ye y Go-Go, con baladas argentinas y mexicanas, y con muchos partidos de fútbol en las calles, con pelotas de plástico, que en muchas ocasiones chocaban contra las puertas y ventanas y ponían a las señoras de pelo erizado por la ira. Pero en La isla no sonaban Piero ni Enrique Guzmán ni Leonardo Favio, sino tango, tango de malevajes y expedientes judiciales, tango de alcohol y despechos, y adentro estaban, a veces con la ñata contra la mesa, cuchilleros de baja estofa y condición, que eran capaces de batirse a puñaladas durante horas, sin tocarse ni hacerse un solo rasguño, solo por demostrar, en otros sectores fuera del bar, que eran expertos en el manejo de lo que para ellos era su facón.

Entonces Bello era en proporción el pueblo más cantinero de Antioquia, con bares en todos los barrios y en todas las esquinas. La Isla, sobre tres calles-río, era una suerte de miniatura, como de mentiritas, pero su ámbito interior era otro mundo. Nunca pude entrar en él, porque, claro, no era permitido para menores de edad, y solo desde la acera uno podía observar con cierta admiración y curiosidad aquel espacio reducido, con mostrador y cajas de cerveza. Se sabía que adentro estaba el malevaje de alcurnia, que todavía no había perdido cartel y allí iba a encontrarse con Cruz Medina y con otros guapos de la tanguería.

Mi relación con aquel bar fue más desde la exterioridad y más conectado con El Carretero, porque era la ruta de los buses, y muchos habitantes del barrio debían ir hasta allí para esperarlos o para bajarse de él a la vuelta de su destino. A veces, en la hora del ocaso, y cuando no había partidos en la plazoleta del Florida (un bar dos cuadras más abajo de La isla), subía hasta aquella calle, por la que vivía la futbolera familia Marroquín, a esperar a que mamá llegara en algún destartalado bus. Y entonces las músicas del traganíquel se desperdigaban por aceras y calles, pero sin tocarme.

Muchos años después fue que vine a cerciorarme de que allí sonaba un tango de Enrique Cadícamo,  que hablaba de tres amigos y mencionaba calles del sur y a dos tipos llamados Pancho Alsina y Balmaceda, que en todo caso me parecían nombres extraños. El tango se desgranaba muchas veces mientras yo esperaba. No sé si de pronto sentía alguna repulsa por aquellos acordes, por el cantante, por el acompañamiento, por la letra, o si, por el contrario, ejercía sobre mí una fascinación que no me permitía razonar acerca del contenido. Adentro, había tipos que conversaban, y uno que otro, en soledad, se doblaba sobre una mesa. A veces, caían botellas o copas al piso, y uno se sobresaltaba, pero sin aspavientos ni temblores. Ya La Isla y sus concurrentes hacían parte del paisaje. No era para aterrarse ni para rendir pleitesías. Estaba ahí, y listo.

Los muchachos de afuera del Florida eran los que a veces hablaban de los malevos de arriba, los de la Isla, que algunos venían del barrio Mesa, del parque Andalucía y uno que otro de Prado. Se hablaba de un tal Márquez, de un Atehortúa, de un no sé qué y de un no sé quién, y así. De que todos iban armados, con su puñal entre la pretina o envuelto en un periódico. Nunca vi a nadie pelear adentro, ni siquiera afuera. Decían que se iban para la manga Elena, o para  orillas de la quebrada La García a disputar en riñas y a matarse.

La Isla, en todo caso, era un lugar que desde afuera no convocaba. Su avisito me parecía tristón y adentro, por ejemplo, no había neones, sino luz común y corriente, más mortecina que luminosa. Quizá de haber tenido edad, no hubiera entrado jamás a aquel bar, cuyo único atractivo era estar en una soledad triangular, en una construcción que por lo demás disonaba con el entorno.

El cuento es que al pasar los años, el tango aquel comenzó a gustarme. Lo escuchaba por Alberto Marino, por Carlos Roldán, por Jorge Valdez, por Rubén Juárez, en fin, y al oírlo siempre volvían las imágenes de aquel bar (¿de mala muerte? ¿de buena muerte?), de sus afueras anchas, de sus adentros limitados, de una espera que después olía a galletas de mantequilla. No vi brillar ningún metal afilado en La Isla, ninguna herida, ninguna sangre, excepto la de los malevos cantados.

Muchos años después, mejor dicho, mucho tiempo después de alejarme de aquellas geografías íntimas y entrañables de fines de los sesenta, la letra del viejo Cadícamo se me clavó: “Hoy… ninguno acude a mi cita. / Ya… mi vida toma el desvío. / Hoy… la guardia vieja me grita: “¿Quién ha dispersado aquel trío?”. / Pero yo igual los recuerdo / mis dos amigos de ayer”. Y cada que aquel tango vuelve a mí, el bar La isla está ahí, en el recuerdo de malevos que seguro ya no son, y de mesas de cafetín que ya no existen. Por lo demás, por aquellos días, mi número de amigos era impar y no alcanzó la bella cifra de dos. Por eso, quizá, aquel tango cojea dentro de mí.

 

Réquiem por La Arteria y aquella bohemia urbana

N.B. El 30 de abril de 1994 publiqué esta nota sobre uno de los bares más significativos de la muchachada de Medellín: La Arteria. La reproduzco como parte de una memoria urbana.

Por Reinaldo Spitaletta
El café-bar más feo del mundo estuvo sobre la avenida más bella de Medellín: La Playa. Estaba en el garaje de una antigua mansión, decorado de ausencias, o, mejor, con anuncios de eventos culturales y, claro, con la gente, que siempre ha sido el mejor adorno. Sin piano ni equipo de sonido. Era un sitio para imaginar, soñar, tomarse un tinto o dos botellas de aguardiente. Y conversar hasta que la noche agonizara. Allá, en la década de los ochenta, nos diplomamos en bohemias y utopías.

La Arteria —no podría ser otro, se lo digo con certeza— fue el barcito más célebre de la ciudad, no porque allí exhibiera sus huesos, sus silla de ruedas y su poesía el nadaísta Dariolemos, un tipo que medía 1.76 metros en invierno y 1.78 en verano (¿o sería al revés?), ni por la presencia de aprendices de intelectuales, ni porque algún poeta fuera a escribir versos en sus mesas, sino porque era un espacio insólito: se prolongaba hasta las ceibas y jardineras y los bustos de los próceres, en el separador de la calzada central de la avenida.

Decir La Arteria era como decir La Playa, con sus artesanos, librerías, grupos de teatro y con uno que otro caserón (con habitantes tal vez como personajes a la manera de Faulkner) que se resistía a desaparecer entre los edificios. Casi todos los estudiantes de la Universidad de Antioquia, en los ochenta, realizaron su semestre de Arteria, con mochila y tenis, y alguna novelita bajo el brazo. Lugar para el romance (besos incluidos) y para ejercer el ocio, creativo o no. Pero, sobre todo, para rendirle culto a la palabra. A la que nombra, para que haya memoria.

En La Arteria cualquiera esgrimía una guitarra. Y cantaba. Cualquiera abría un libro. Y leía. Cualquiera se ponía una flor en el ojal o recitaba a Rimbaud. Cualquiera también padecía por esa pasión de tres letras: DIM. Esos —y otros— eran los atractivos de ese lugar limpio y bien iluminado (¡ay!, hombre, Hemingway), pero tan feíto y tan imprescindible en esa deslumbrante calle de Medallo, que por entonces también tenía el apelativo de Metrallo. Cuando las noches estaban habitadas por el terror, y los escuadrones de la muerte amenazaban con sembrar de muertos el asfalto, en La Arteria muchos desafiábamos la oscuridad a punta de tangos a capela o con “exorcismos” de Carlos Puebla y Silvio Rodríguez.

La Arteria se había convertido en una suerte de Gruta Simbólica, o de Café Automático con Panidas fantasmas. Como una Cueva al estilo Barranquilla. En ella vimos cómo a su dueño, Guillermo Suárez, se le fue cayendo el pelo, y al Negro Billy (hacía parte del paisaje plural de La Playa y de su noche) se le fue enroqueciendo su voz ancha (pero sobre todo baja) de espirituales y blues. Era una especie de extraño templo, donde cabían la irreverencia y la ortodoxia, los revolucionarios y los que abogan por el establecimiento. Por ese cafetín en el cual muchos aprendieron filosofía de esquinas, pasaba toda la ciudad.

Hasta que una mañana del último diciembre La Arteria no amaneció más. Unos meses antes ya era un garaje sin caserón (lo habían tumbado) y el café se aferraba a su poesía urbana, a su olor de ladrillo y monóxido de carbono, a sus afichitos anunciadores de teatros y músicas. Y la gente se agarraba a ese breve espacio, como lo pudiera hacer un náufrago a un pedazo de tabla. Pero una mañana —decía— amaneció demolida y entonces todos guardaron un minuto de silencio, larguísimo. Ya era parte de la memoria colectiva.

Pero resulta que fue tanta la resistencia de sus usuarios a perderla, fue tanta la “arteriomanía” que el café (muchos lo denominaban La Jarteria y la ciudad llegó a dividirse entre los que iban allá y los que les parecía un sitio muy aburrido) resucitó de sus escombros y reapareció en La Playa, por supuesto, en una casa vetusta y agradable, entre otras ceibas y con el mismo decorado de afiches y poemas a mano.

Hoy La Arteria es un café donde los jueves se ofrecen recitales, canciones, poemarios. Donde cualquiera vuelve y saca una guitarra. Y canta. O abre un libro y deja que salten las palabras del asombro. Florece de nuevo la conversación y nuevos universitarios realizan su semestre de ocio y socialbacanería, pero a su dueño se le sigue cayendo el pelo. Sin remedio.

Posdata: En el nuevo lugar, el cafetín se murió pronto.

Aspecto de La Avenida La Playa, con el Palacio de Bellas Artes.

La Chispa, un bar de la revolución

“La calle se ha hundido como la nariz de un sifilítico”
Vladimir Maiakovski

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Por Reinaldo Spitaletta
Era para conspiradores y obreros. No porque su dueño lo hubiera pensado así, sino porque muy cerca del bar estaban las sedes de los comunistas, de los del Moir (Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario), de algunos sindicatos de trabajadores, como el de Vicuña y la Compañía de Empaques de Medellín. Era muy pequeño para albergar tantas discusiones; revoluciones verbales, de ateos y creyentes que se hacinaban en un cuartito de dos puertas, con seis mesas y un orinal doble. Se llamaba La Chispa, como el periódico de los revolucionarios rusos (Iskra), cuyo nombre se desprendió de un verso de Maiakovski: “De la chispa nacerá la llama”.

Su dueño, don Óscar, de frente amplia, bigotito delgado y sonrisa perpetua, era un gozón con todo lo que se refería a teorías revolucionarias, manifestaciones obreras, clichés políticos y discusiones de fútbol. Parecía siempre contento con la clientela, que abigarraba el bar sin ornamentos. Comencé a ir a fines de los setentas, untado de universidad y de clase obrera, en días luminosos en que la ciudad vivía agitaciones, huelgas, marchas estudiantiles y de trabajadores, un ambiente de críticas al poder y optimismo popular. Los paisajes del bar éramos nosotros, en aquella esquina inevitable de Cundinamarca con Perú.

Llegábamos casi siempre al final de la tarde, sobre todo jueves y viernes, para arreglar el país con nuestras verbas, alrededor de tintos, aguardientes y cervezas. La mezcla de concurrentes era atractiva, porque unos olían a fábrica, a trabajo, mejor dicho, a plusvalía; y otros, a libros y salones de clase. En el cafetín a veces flotaba la efigie de Lenin, que había discusiones sobre su ¿Qué hacer? y otros textos; en otras, la del barbudo Marx, que se volvía Manifiesto Comunista, unas veces; y en otras El capital, del cual casi ninguno de los que por allí hablaba del magno libro, había leído más de dos o tres capítulos, o a lo sumo, el primer tomo.

En La Chispa, el mundo se ponía patas arriba, porque entonces se giraba en torno a la China de Mao, que el hombre ya había muerto para aquellos días, pero estaba presente en asuntos del arte y la literatura, en el foro de Yenán, en las Cinco tesis filosóficas (un librito rojo, de pequeño formato), no faltaba el que ponía como ejemplo de tesón la Gran Marcha, ni al que le parecían de maravilla los poemas del “gran timonel” chino. Se discutía alrededor de la posición de la Unión Soviética, para esos días ya catalogada como socialimperialista por el Moir (algunos decían “la Moir”), y que para los del Partido Comunista (conocidos entonces como mamertos) era su faro y guía. Y por ahí, de pronto, alguno se refería al Partido del Trabajo de Albania y su líder Enver Hoxha. “Pero si Albania es un país atrasado. No produce ni siquiera huevos”, opinaba cualquiera, en medio del tintineo de las copas.

No recuerdo si alguna vez, allí, en ese espacio sideral (a veces, el cosmos se ponía en escena) se habló de literatura europea o de América Latina. Todo era sobre sindicatos, huelgas, tribunales de arbitramento, tácticas políticas del partido de los obreros. Nada de novelas, aunque sí había referencias, por ejemplo, a Julius Fucik, periodista checo que escribió el Reportaje al pie del patíbulo, y al Acorazado Potemkin, la emblemática película de Eisenstein. Don Óscar, que era rápido y atento en el servicio, poco se metía en estas discusiones, pero las escuchaba y daba la impresión de disfrutarlas. “Qué buena gente es mi clientela”, le oí decir.

Una noche, a nuestra mesa, como en otras veces, se acercó uno de tantos vendedores ambulantes de Marlboro. Hablábamos quizá de la situación del país, un tema recurrente, cuando el muchacho de los cigarrillos, en un movimiento veloz, me sacó del bolsillo de la camisa lo que allí había (el carné de la Universidad de Antioquia, tal vez un billete de baja denominación y otros papeles). Salió corriendo por Cundinamarca. Y nosotros, John Ospina, José la Pasta y yo, detrás de él. Dobló por la calle Zea, y unos cincuenta metros después, la Pasta (un extrabajador de la Fábrica de Licores de Antioquia y habitante del barrio Caycedo) lo agarró de la camisa, lo tiró al piso y ya estaba con agilidad de gato recuperando mis pertenencias. Después, lo requisamos y no sé cuánto dinero portaba. Se lo quitamos. La caja de cigarrillos estaba vacía.

En aquel bar de miniatura, me sucedió una noche un episodio que nunca pude explicarme. Era ya casi la media noche, cuando entré al orinal. Y, de súbito, comencé a sentir voces de mujeres: “Cómo estás de bueno, querido, querés que te acariciemos por todas partes”. Parecían brotar de la pared. Miré con atención y no había agujeros ni nada por donde pudiera filtrarse con tanta claridad lo que estaba escuchando: “Papi, te la vamos a chupar, relajate pues”. No estaba tan ebrio como para estar sufriendo un delirio sobre lo que decían, por turnos, varias voces femeninas. Esperé un rato más y de pronto el silencio se las tragó. Volví a la mesa y conté lo ocurrido. Todos rieron, se burlaron, estás enloqueciendo, dijeron, ya es hora de que no te tomés un trago más. En el local contiguo, sobre Perú, quedaba una tipografía.

En el bar, todas las voces todas, o bueno, casi todas, hablaban de la revolución que ya parecía adivinarse en el horizonte. Había alegría y fraternidad. Y aunque hubo altercados en torno a apreciaciones sobre marxismo, o acerca de estilos de trabajo de ciertos dirigentes y militantes, no hubo jamás puñetazos ni otras violencias. La última vez que estuve ahí fue en 1983. Dejé de pasar por el lugar durante varios años y no supe cuándo se acabó el bar de las noches comunistas, ni qué se hizo don Óscar. Tampoco volví a ver a muchos de los que allí eran asiduos.

Tenía un bello nombre aquel café obrero, en el que esperábamos incendiar la pradera. Recordaba el del clandestino periódico revolucionario de los rusos, fundado por Lenin en 1900. Si el romanticismo había muerto muchos años atrás, en La Chispa renació, en noches de aguardiente y discursos proletarios. Por entonces, el presente era nuestro y el futuro también.

Mujeres a la carta y otros festines

Por Reinaldo Spitaletta

La señora, de buena cuna, quería ser prostituta por un día. O, mejor, por una noche. Ya tenía referencias de un lugar, una “metrópoli” a escala, situado justo a un lado de la Central Mayorista de Medellín y cuya actividad febril se vive en solo dos cuadras: bares, hoteles, restaurantes y una prendería.

Llegó con su maletín de ejecutiva y una chaqueta elegante. En el bar de César Muriel se sentó y pidió una cerveza. Su pinta la delataba: no tenía ni de asomos el aspecto de “trabajadora sexual”; sin embargo, estaba empeñada, no se sabe por qué mecanismos de su alma, en que la confundieran con una de “ésas”.

—Guarde el maletín y quítese la chaqueta—, le sugirió el dueño del café, enterado de las intenciones excéntricas de la dama. A su alrededor, pululaban las verdaderas prostitutas, con buena parte de sus carnes exhibidas, pintarrajeadas, andando de un lado o a otro, o simplemente sentadas a las entradas de los hoteles. Los interesados en aquellos amores de urgencia las abordaban, negociaban el rato y se entraban a los cuartos.

La señora continuaba expectante. La miraban algunos, con curiosidad, pero sin la intención de solicitarle un “servicio”. Pidió otra cerveza y luego otra. Y nada. No se le arrimaban. “César, no sirvo para puta. Nadie me lo pide”, dijo al cabo de un rato de decepciones. Y, más tarde, bien entrada la noche, se animó a coquetearle a un caballero y lo sedujo. Ella tuvo que pagar.

Historias como esta son posibles en ese mundo de diversiones, transacciones comerciales, mercado de amores, libaciones, comidas y músicas atronadoras, en vecindades de la Mayoritaria y también muy cerca del Centro Internacional de la Moda, en Itagüí.

Es una actividad constante. Día y noche, pero, por supuesto, son las noches las que están más atiborradas de gentes diversas. Ahí llegan los camioneros, tras largos viajes en sus tractomulas, a comer, a beber, y también a buscar una compañía momentánea. Y para ellos, hay una oferta variada. Arriban ejecutivos y comerciantes, carretilleros y universitarios, damas de “sociedad” y buhoneros.

La Mayoritaria, como le dicen por extensión a la zona, es un hervidero, en especial los fines de semana. No hay striptease, no se nota el consumo de alucinógenos, y los comerciantes, e inclusive las mismas muchachas de la noche, afirman que es un sector seguro, con vigilancia privada, y muy pronto con un CAI en sus inmediaciones.

Claro. En otros tiempos, que son historia, no era recomendable por la presencia de “indeseables” y las “peloteras” que allí se formaban. Hoy, es una atracción para habitantes de Medellín, Itagüí, Envigado. Y para gentes de paso. Es posible, por ejemplo, ver a un camionero que trae a su hijo desde otros contornos para que se inicie en las lides sexuales. El catálogo de emociones es amplio.

Algunos propietarios, e incluso varias de las mujeres que allí trabajan, estuvieron en otros años en bares del centro de Itagüí, de donde el valor de la tierra y las nuevas dinámicas urbanas los sacaron. En la Mayoritaria, en la calle 85, encontraron un espacio propicio para sus negocios.

En ese pequeño mundo, entre la variedad de prostitutas, es posible, por ejemplo, encontrar a Claudia, pelinegra y un poco subida de carnes, que lleva 17 años en la zona. Llega a las seis de la tarde y casi siempre se va a las cinco de la mañana. Para ella hay muy buenos clientes entre los camioneros, “porque son muy amplios”. Con ellos, además, garantiza que, cuando entran al hotel, a ella -como a todas las demás- la administración les da la mitad de lo que cuesta la pieza. Hay un precio promedio de 12 mil pesos.

Claudia, que tiene una hija y ni ella ni el resto de la familia saben que está dedicada a la prostitución, advierte que jamás lo ha hecho en una tractomula, porque existe la creencia entre los camioneros de que, así, “salan el carro”.

Claudia llegó primero a trabajar como mesera, en un tiempo en que ganaba por cliente cinco mil pesos. Ahora, una “subidita” o un “turno” cuesta entre quince y veinte mil pesos. Y logra tener hasta ocho clientes cada noche. Ella, que dentro de poco cumplirá cuarenta años, dice que a las jóvenes les va mejor, pero ella no se queja. “A las veteranas nos buscan por expertas”.
Dentro de su bagaje de recuerdos, está la vez aquella cuando un camionero llevó a su hijo de catorce años para que ella le abriera las puertas de entrada al mundo del sexo. El pelado estuvo cinco horas sin parar y le dejó una jornada de cansancio. Ah, y también de platica. “Me gusta más con los viejos”, dice, con una carcajada.

A Claudia, cuya debilidad es que le soben con ternura los brazos, no le gusta mucho que los hombres quieran hacerle sexo oral. “Me avergüenzo. Mire, es que soy muy penosa, tanto que me gusta apagar la luz y solo dejar el televisor prendido”. En otros tiempos, trabajó en fábricas y restaurantes, “pero la plata no me alcanzaba. Gano más aquí”.

María, de 21 años, aunque parece de menos, le gusta vestirse con trajecitos de dos piezas. Falda muy corta y unas blusas que dejan ver con generosidad sus atributos. Prefiere ropas rojas y negras. Cabellos largos, botas negras, cara de inocencia, esta muchacha dice tener cuatro hijos. Jamás escoge cliente. Para ella es igual: “Un viejito tiene lo mismo que un joven. Yo aquí no vengo a pasar bueno, sino a trabajar”.

En la Mayoritaria, con sus “terrazas” llenas de mesas y sillas, el visitante puede ver desfilar las muchachas expectantes, las que miran aquí y allá, las que invitan con guiños y otros gestos, las que dicen “vamos”, y todo en medio del aturdimiento de canciones de despecho, corridos norteños, música de carrilera, con decorados de aburrición, las mismas bombillitas multicolores y, a la larga, el mismo hastío que algunos tratan de esconder entre botellas de licor o la caricia pagada de una mujer.

Están los serenateros, el grupo vallenato, los que ofrecen canciones nocturnas, acompañados por los cacharreros de mercancía en el piso y los vendedores de gafas. Todo ello parece muy seductor para los visitantes, porque el trajín es mucho y la concurrencia, abundante.

A la Mayoritaria, después de las dos de la mañana, llegan los ebrios que empezaron su rumba en otros bares y allí la continúan, con el valor agregado de encontrar “carne a la carta”. La democracia de la noche congrega a diversos estratos.

Y su ambiente de bullicio, con olor a alcoholes y perfumes baratos, es capaz de seducir a damas de cierta alcurnia que, en la Mayoritaria, quieren ser prostitutas por una noche, aunque fracasen en el intento.

N.B. Esta nota se escribió el 27 de febrero de 2006 para la revista Bohemia, de Itagüí.

Plaza Mayorista de Medellín. Foto tomada de internet.