Prado, un sueño hecho barrio

(Un paseo entre guayacanes, palacetes y leones sentados)

 

FB_IMG_1469145683859.jpg

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La diversidad arquitectónica, con caserones construidos según el “buen gusto” burgués, en tiempos en que la ciudad todavía asistía a las funciones del filme Bajo el cielo antioqueño (1925), cuyos fotogramas no alcanzaron a mostrar aspectos del que iba a ser el barrio más hermoso de Medellín, según las palabras de su fundador, Ricardo Olano, es una de las característica del bautizado en 1926 como barrio El Prado.

 

Prado se creó bajo los parámetros de la “ciudad-jardín” y, como el mismo Olano lo advirtió, la excentricidad de sus habitantes primigenios lo convirtió en una mezcla de ensoñación y realidad de asombro. Recorrer sus calles de dieciséis metros de ancho, con antejardines y una arborización que todavía recuerda lo dispuesto por su forjador, es toda una aventura sensorial. Ya veremos.

 

Un caminante podría seleccionar solo las formas de los ventanales, con maderas de caobas o comino crespo, hierro forjado, arcos y alas batientes o de una sola pieza, vitrales belgas y se daría un gusto visual, un banquete de dimensiones estéticas. Y si selecciona portones, ni hablar. Arqueados, rectangulares, inmensos, con aldabones en forma de cabeza de león o de diablo, algunos ya alterados por rejas espurias debido a los nuevos sobresaltos. Prado es curvilíneo, con ochavas, con torres y torrecillas, entejados españoles o ingleses, casas de dos y tres plantas, algunas como palacetes, otras como castillos medievales, y sin faltar la que se parece a un vapor de aquellos que navegaron con su alcurnia y músicas de trópico por el Río Grande de la Magdalena.

 

Hay chalets a la suiza y alguna casona que evoca arquitecturas escocesas. Todavía hay faroles que parecen tener aire de tango. O de calle parisina. El transeúnte, o, de otra manera, más una suerte de flâneur, o de caminante con criterio, descubrirá en las fachadas todas las características de lo republicano, de lo europeo, de algún vestigio colonial. Rosetones, cornisas, decoraciones con hojas del triunfo, de flores extrañas que evocan las de un libro de la catalana Mercé Rodoreda. Todo es posible en su geografía, hoy un poco venida a menos.

 

 

Prado, cuya primera calle (mejor dicho, carrera) fue la prolongación de la vieja Palacé, en cuya esquina con Darién se construyó la primera mansión (hoy metamorfoseada en la iglesia del Espíritu Santo, con un curazao rosado que puede ser el más grande de la ciudad), la de Joaquín Cano, es todavía una muestra de aquellas lujosas distinciones de los “ricos de Medellín”. Olano promovió la siembra de guayacanes amarillos y lilas, distribuidos estos por las calles; por las carreras los primeros. Y cadmios, para que las brisas del Pandeazúcar (con luna incluida) repartieran aromas por el barrio. Pimientos y carboneros completaron el jardín, que luego aumentó con los casco’evacas.

 

En el único barrio declarado patrimonio cultural de la ciudad usted puede encontrarse con la casa donde habitó uno de los ingenieros más preclaros de Antioquia, Juan de la Cruz Posada, cuya mansión todavía está en la esquina de Palacé con Belalcázar, en la que hoy (con el nombre de Casa Prado) está la sede de una empresa de moda femenina.

 

El barrio, delimitado por Popayán (carrera 50C, algunos lo prolongan hasta Neiva, 50D), San Martín (carrera 46), Cuba (calle 59) y Jorge Robledo (calle 65) creció con la columna vertebral de Palacé (carrera 50), con otras paralelas a ella, como Venezuela y Balboa. Tal vez la construcción más extraña del barrio es el Palacio Egipcio, diseñado por Nel Rodríguez para el optómetra y aficionado a la astronomía Fernando Estrada. Está en Sucre entre Cuba y Miranda.

 

Edificado a la manera de un palacete de Luxor (ciudad egipcia que está sobre las ruinas de Tebas), su dueño, un amante de la cultura y la historia de los faraones, lo bautizó como el Palacio Ineni (“princesa hereditaria de noble familia”). Columnas que representan papiros sin abrir, de granito rosado, pictogramas y jeroglíficos, un observatorio, reuniones de masonería en sus cuartos altos, patios centrales con salones alrededor, convirtieron la vivienda del fundador de la Óptica Santa Lucía, en la más curiosa de Prado. Hoy, sin embargo, está amenazando ruina.

 

Caminar por este barrio, de eclécticas arquitecturas, es hallar un poco de lo árabe en Casa Blanca (Balboa con Darién) y de castillos galeses, como la Casa Walsingham, en la esquina de Balboa con Jorge Robledo y diagonal a la mansión que habitó la señora Luz Castro de Gutiérrez, donde en otras calendas se realizaban los desfiles de Señorita Antioquia.

 

Prado, que aún conserva un alto valor ambiental, es, hoy, una mixtura de asilos de ancianos y conventos (hay veintidós), con sedes artísticas, corporaciones de salud y clínicas siquiátricas, oncológicas y pediátricas. Su único parque, el Olano, tiene dos ceibas y nuevos jardines. La casa de su fundador es hoy una sede de la Facultad de Educación de la Universidad de Antioquia, en Balboa con Jorge Robledo. Entrar en ella a través de un gigantesco portón a modo de arco, es recorrer un laberinto de dos enormes plantas.

 

Casi todo lo que en Prado se conserva es digno de verse. Narra historias. Transmite emociones. Hay leones sentados y buhardillas bohemias. Torreones y mansiones que parecen habitadas por antiguos fantasmas. Su añejo esplendor todavía brilla en muchos de sus caserones, a veces inverosímiles. Todavía sus frondosos árboles cosechan pájaros. Pasear por sus ámbitos es una experiencia de entrar en otro tiempo, el de los días en que las muy encopetadas familias de la élite medellinense erigieron el sector en una conjunción de exquisitez y comodidad. Y sigue siendo, pese a su decadencia, un “sueño hecho barrio”.

 

(A los noventa años de un histórico barrio digno de preservarse)

 

FB_IMG_1469145661282.jpg

Mansión de Prado, junto a la iglesia del Espíritu Santo, de la que se aprecia su cúpula. Fotos Carlos Spitaletta

 

 

Anuncios

Rigoletto, el duende de mi casa

Por Reinaldo Spitaletta

 

Tengo un duende en casa. Lo imagino jorobado y con una cara muy vieja. Antes de que me pasara lo que me ha pasado, no creía en duendes en el sentido de realidad, cualquier cosa que ésta sea. Me gustaban, de niño, en la literatura, en las leyendas populares, y sobre todo, en las historias que nos contaba mamá a mis hermanos y a mí. Algunas estaban relacionadas con gnomos bondadosos y juguetones, y otras, con duendecillos maléficos o, más bien, maldadosos. El duende, de por sí, no es una criatura perversa. Es solo un burlador, alguien o algo que nos quiere jugar malas pasadas, asustarnos sin provocar taquicardia o gozarnos con sus intervenciones bromistas. Los duendes son, en general, simpáticos y se ríen de nosotros con una risilla de picardía y benevolencia.

 

Pues bien. En casa, como dije, tengo uno. No sé cuándo llegó, pero mi mujer, que fue la primera en presentirlo, me dijo una noche, cuando llegué: “hoy subieron el volumen del equipo de sonido misteriosamente”. “¿Cómo que misteriosamente?”, le pregunté. “Sí, no me acuerdo qué estaba sonando y de pronto sentí que iba subiendo y subiendo hasta el máximo”. Por esos días, vivíamos en un caserón del barrio Buenos Aires, de Medellín, de seis piezas, dos patios, dos salas y claro, cocina y comedor. No era pequeño en todo caso. “Debe de ser que le falta mantenimiento”, le dije. Ella se quedó mirándome con sus ojos enormes y le noté una mueca de fastidio. No se habló más del asunto por ese día.

 

El caso es que las faenas del presunto duende se repitieron. Siempre subiendo el volumen. Pero a mí no me había tocado estar en esos momentos en los que ella, la Moni (así la llamo, por su melena rubia) era la víctima de aquella presencia inexplicable e invisible. Un día de semana santa, puse la Novena Sinfonía de Beethoven y mientras sonaba, leía un libro de William Faulkner. Creo que era Desciende, Moisés. De pronto, sentí un crescendo insólito en momentos en que sonaba el cuarto movimiento. El coro ascendía y ascendía. Tiré el libro y fui hasta el aparato. En efecto, había llegado hasta el tope. “Qué vaina es esta, parece que hay que mandar a arreglarlo”. Le conté, y ella sonrió, y rio a carcajadas y me miró como si dijera “viste que sí es verdad. Aquí hay un duende”. Llamé al señor Abdón, que desde hace años es el que les hace mantenimiento a mis reproductores de sonido (no crean que tengo muchos). Al otro día, después de la gestión del técnico, se repitió el incidente. Era la Quinta Sinfonía de Tchaikovski. La Moni y yo estábamos presentes. “Por lo menos, le gusta la buena música”, le dije. Otra vez, mientras sonaba una emisora comercial, el volumen comenzó a bajar. Era, me parece, una canción de Vicente Fernández. “Qué descanso”, me dije. Y entonces comprendí que al duende, o lo que ello fuese, le gustaba la clásica. Después supe que también el jazz (subió varias veces a Duke Ellington y a Charlie Parker), y también el tango, sobre todo en las interpretaciones del Polaco Roberto Goyeneche.

 

Pasó el tiempo y de nuestra casa se enamoró una empresa de constructores. La vendimos y nos mudamos para el barrio Prado. La Moni creyó, entre otras cosas, que el duende había quedado atrapado en la casa vacía y después en sus ruinas (la tumbaron y ahora avanza la construcción de una torre de apartamentos). Pero no. Seguro se subió en el camión de trasteos. O averiguó la dirección. ¿Quién puede saberlo? El cuento es que otro día ella volvió con la historia del volumen y, además, de que le habían desconectado la grabadora. Hace unos meses, puse un disco de Brahms (Tres sonatas para violín, con Daniel Barenboim, al piano, e Itzhak Perlman, al violín), y la película se repitió. Lo mismo con uno de Gardel y con otro del inefable Polaco. En cambio, lo bajó al mínimo cuando en una emisora sonó una cancioncita de despecho de no sé quién diablos.

 

Pero la máxima expresión de su “mamagallismo”, aconteció cuando en casa estaba de visita Daniel Botero, un amigo, comunicador social y docente. Vio en mi estudio-biblioteca una guitarra, que hace tiempos no toco. La comenzó a afinar. Y no le daba. Pensé que no tenía idea de afinar el instrumento. Y entonces me puse en la misma tarea. Parecía estar lista. Los intervalos eran los correctos. Se la pasé y cuando él dio un acorde, sonó espantoso. Volvió al proceso de afinación. Y nada. Insistió. Seguía lo mismo. Y entonces me acordé del duende, le conté la historia, y cuando tornó a rasguearla, estaba perfectamente afinada. “Es increíble”, dijo.

 

En momentos en que escribo esta narración, está sonando el Concierto para Piano y Orquesta en la menor Op. 54, de Robert Schumann. El volumen sube y sube. Sonrío con resignación y voy a ponerlo en una escala discreta. Seguro el duende debe de estar haciendo morisquetas y contorsiones. Hoy he decidido bautizarlo como Rigoletto. Y no me pregunten por qué.