Cuadra de pedradas y otras bullas

(Recuerdo de una calle con bar y cataratas en los entejados)

 

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                                                                                                                                                   Pintura de Luis Sala

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Aquella cuadra, en la que vivían un bombero, una muchacha de caminar exquisito, otras de uniformes de cuadros y zapatos colegiales, unos muchachos que solo se asomaban por la ventana, otro que una vez se arrojó del tercer piso para huir de un castigo familiar, y que tenía en una de sus esquinas, un bar y una tienda, carecía entonces de asfalto.

 

En esa cuadra, con una casa inconclusa (permaneció así muchos años) a la que, por encima de los muros, se colaban algunos atrevidos a fumar marihuana y a ver crecer las malezas, vivió una señora cuya atracción para la muchachada era la venta de helados. Doña Cruz, que casi nunca salía a la calle, solo se asomaba por el postigo a entregar los pedidos. Decían que su marido, un obrero de fábrica textil, no le permitía ni mostrarse en las ventanas; quizá era un hombre celoso.

 

El bar que había por allí se llamaba Florida, con traganíquel, coloridas sillas y mesas de metal, cuatro ventanas y dos puertas. Se escuchaban tangos y baladas, también música antillana y, en menor cuantía, horrorosas canciones de campesinos. Al frente, estaba la tienda mixta de un tipo alto, al que le decían el Llanero, que una vez levantó en vilo a un muchacho que a lo mejor se estaba riendo de su estatura. La imagen mostraba a un chico que pataleaba mientras el hombre lo subía para soltarlo desde más arriba de su cabeza. Creo que hubo risas de los otros. A mí me causó indignación. Pero nada dije.

 

Sobre la tienda, una casa con tejas de asbesto, que en el día debían calentar a temperaturas de incendio, albergaba a una señora de la que nunca supe su nombre. Le decían La Perra. De vez en cuando, su entejado sonaba con las piedras que, por las noches, le arrojábamos. También habitaba Leonardo, al que, con gracejos y burlas, llamábamos el Orejón. Había obreros con bicicletas inglesas y don Silverio, dueño de un almacén de telas y cacharros, que tenía tres hijas por las que el mundo barrial suspiraba.

 

En la otra esquina, aparte de la del bombero, estaba la casa de don Abel, un señor con toda la pinta de proceder del monte. En los desagües que bajaban del techo a la calle, en diciembre poníamos papeletas cuyos estallidos hacían eco y producían temblores en las tejas. El hombre salía con un machete pero ya no había nadie a quien darle siquiera un planazo. Al frente de mi casa, estaba la tienda de doña Marta y don Pedro, y enseguida de ella, una sastrería. En una casa de dos pisos habitaba, en el primero, una gordita sonrosada y, arriba, una muchacha linda, cuyo hermano, al que por su poder en el “chute” apodábamos Cañón, jugaba con nosotros partidos de calle y de manga.

 

En el Florida, cuyo dueño, Arturo el Bizco, era bueno para el machete como para freír chorizos, iban tipos que, cuando había batidas policiales, guardaban los puñales debajo de las mesas metálicas o, en casos de emergencia, los resguardaban en periódicos que tenían sobre la mesa, húmedas de cerveza y pasantes de aguardiente. En diciembre, el bar se adornaba de guirnaldas y el piso se cubría de aserrín.

 

Mis vecinos de al lado eran artistas de circo, que viajaban de pueblo en pueblo, sobre todo por los que estaban a orillas de las estaciones del tren. La mamá de ellos salía de noche, vestida de negro, y tornaba al amanecer. En casa, con dos patios grandes, había jardines y atrás, tres albercas que no solo servían para recolectar el agua de consumo diario sino, de vez en cuando, como una suerte de piscinas domésticas.

 

La otra era un solar semiconstruido, abandonado, del que nunca supimos quién era el dueño y por qué había dejado empezada la casa, con puertas y ventanas condenadas con ladrillos. Era una suerte de pequeña selva urbana, con ratas y basuras. Después, estaba la casa de Jaime, cuyas hermanas, altas y delgadas, se caracterizaban por tener nariz larga. Y, más allá, una casa de dos pisos y terraza, desde la cual una vez el negro Arturo, que era buen futbolista, se tiró pero cayó en un montón de arena (una “volquetada”) sobre la acera. Más fue la bulla.

 

En invierno, el pantanero abundaba, como el polvo en el tiempo seco. Por las mañanas, se escuchaba la voz delgada del vendedor de periódicos. En casa solo lo compraban los domingos. Las ruedas del carrito de helados, cuyas campanas aceleraban corazones, se metían en los huecos de la calle. En las madrugadas, se oía el paso de las bicicletas obreras. A veces, algún ciclista, como para interrumpir sueños, hacía sonar el cornetín.

 

Los cables eléctricos eran bajos y estaban, sobre crucetas y otros dispositivos, agarrados a los muros. A veces, en la acera se improvisaban, con pelotas pequeñas, partiditos de baloncesto, para aprovechar a modo de canasta aquellos sujetadores de alambres. Una vez, hubo una pelea a pedradas y machete entre los hijos de don Abel y unos tipos que estaban bebiendo en el Florida. Hubo uno que otro descalabrado. Nadie murió.

 

Aquella lejana cuadra, hoy pavimentada y con renovados habitantes, a veces aparece en mis sueños, con tropeles de fútbol callejero y juegos de canicas y “pelota envenenada”. Los barquitos de papel ya no naufragan en los rápidos, tras las lluvias abundantes que formaban Niágaras en los entejados. Y, como en un tango, “todo, todo ya se fue”. No es hora de regresos. Con el recuerdo basta.

 

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Arqueología y nostalgia del solar

(Crónica con viejos espacios en los que el campo se prolongaba en la ciudad)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

Las casas con solar tenían la posibilidad, además del celebrado patio, de que el cielo bajara a establecer su reino entre higuerillas, eras de cebolla, gallineros y paredes con porterías de fútbol pintadas como si hubiera un estadio doméstico en ese espacio en el que había jardines y cantos de pájaros. Era, también, una suerte de transferencia de lo silvestre, con rememoraciones campesinas, hacia lo urbano. Una muestra mínima del campo en la ciudad.

 

Había en algunos barrios casas en cuyo solar había una puerta que daba a una calle, como una manera de agilizar el ingreso de animales domésticos y de bultos de mercado. No eran muchas. Quizá la última en ese sentido que sobrevivió en la ciudad, era la de un caserón del barrio Buenos Aires, con entrada principal sobre la carrera Alemania con la 48. De afuera, se advertían por encima del muro, mangos, naranjos y plataneras.

 

El solar era una especie de oasis, con frutales y poceta para las trapeadoras. En un tiempo, sus muros se coronaban con puntas de vidrio, botellas quebradas que se instalaban como disuasión para los asaltantes, los llamados “roba gallinas” y los que querían “gatear” a las muchachas, muchas veces en prendas menores en aquella extensión de tierra, sembradíos y senderitos empedrados.

 

Era otra manera de salir de casa, pero atado a ella por un invisible cordón umbilical. El solar ofrecía frescuras, momentos de conversación en torno a mesas y taburetes que se sacaban en tiempo seco y soleado para tener momentos de solaz, en medio de perfumes de plantas aromáticas y de piar de polluelos.

 

Un solar era la prolongación de lo campestre. Y, como agregado, un terreno para el ejercicio de juegos domésticos entre los hermanos, cuando por alguna razón no se quería salir a la calle, donde en otros días había una fiesta de correndillas y futbolerías con pelotazos contra puertas y ventanas. El solar era secadero de ropas y convocatoria de mirlas y canarios.

 

El solar doméstico, diferente a aquel que llamaban baldío, que en los barrios viejos se quedaban años a la espera de construcción, digo que el de la casa tenía sabor a familia, a conversación de atardecer e, incluso, las señoras se comunicaban a través de ellos, alzando la voz, y se pasaban panelas, arroces y otros bastimentos, como asunto de solidaridad y de certificación de vecindario. Los solares tenían palabras y canciones.

 

De los que recuerdo con menos claridad que nostalgia, estaba el de una casa situada en el denominado entonces sector de La Cachera, en Bello, muy cerca de la escuela Rosalía Suárez. Un veinticinco de diciembre cayó entre los brevos y naranjos y el gallinero, en el que mamá tenía unas cuantas aves a las que además nombraba (La Collareja, La Rinita, La Saraviada, La Generosa…), un globo negro, en forma de cojín. Era toda una novedad. Y también —que no podía faltar la superstición— una especie de presagio agorero. Mamá dijo que lo regaláramos de inmediato a los muchachos de la cuadra. Eso se hizo. Se les quemó en la elevación.

 

Con un mi hermano jugábamos a la pelota en aquel espacio en el que se combinaban alambres de ropa y flores de Cayena. La casa, alquilada, era de un tal don Manuel, tenía un antejardín con verja y un patio central. El solar era lo más atractivo de aquella construcción con piezas en galería y ladrillo a la vista. Otra, en El Carretero, en un caserón de tapias y techo de tres aguas, el solar estaba sembrado de plátanos y mafafas. Era un solar con altibajos, barrancudo, que no ofrecía ningún atractivo para la congregación familiar ni para un ejercicio de la imaginación. Una porquería.

 

En algunos solares había quioscos y fogones de leña, que en diciembre eran parte de los jolgorios familiares. Junto el solar estaba a veces el cuarto de los olvidos, en los que reposaban herramientas, máquinas dañadas, adornos navideños y un cúmulo de objetos inservibles. Un solar, en todo caso, era un encuentro con el aire libre y los cielos urbanos.

 

A diferencia del solar casero, existía la misma designación para referirse a los lotes o parcelas, con potencial capacidad para la construcción de casas y edificios. Esos solares, que a veces perduraban con malezas y un muro de poca altura para evitar su ocupación ilegal, se llenaban de basuras y en algunos crecían adormideras y matas espinosas. Hubo los que permanecieron, como tierra de engorde, sin que nadie supiera nunca quién era su dueño. En Bello, por ejemplo, había tantos, de apariencia desolada, sin que jamás alguien los comprara o interviniera, que unos dichos de entonces ganaron en popularidad: “Dura más que un solar en Bello”; “es más viejo que un solar en Bello”. Y así.

 

Uno de los solares más sonoros que conocí fue el de Lindbergh, un barbero del barrio Buenos Aires de Medellín. Sembrado de limoneros y naranjos, tenía un quiosco al que casi todas las noches de todos los años, llegaban músicos sinfónicos y populares. Tocaban y cantaban hasta el amanecer, cuando los reemplazaban nubes de pájaros coloridos. Ya desapareció para darle paso a una edificación a modo de ramada.

 

No sé cuántas casas de esta urbe, antigua Villa de la Candelaria, en la que cada vez más escasean los árboles y hay demoliciones de caserones para dar paso a esperpénticos edificios (bueno, de vez en cuando se descachan los constructores y erigen alguno con diseño de alta calidad y estética), quedan todavía solares. Deben de ser muy pocos. Son parte de un tiempo extinguido. A los demás, los mataron las nuevas rentabilidades y plusvalías del suelo. Y, claro, el cada vez menor espacio que ha quedado para habitar con dignidad.

 

Tal vez las nuevas generaciones ni sepan de qué se trata un solar. Su vida se reduce a las cuatro paredes de un apartamento sin horizontes, sin cielo, sin viento… El solar, ahora, es parte de una arqueología urbana; restos de una memoria en la que había reminiscencias campestres conviviendo con las nuevas maneras de ser de la ciudad. Que ya son viejas. Y, más que viejas, puros fósiles.

 

El solar era una rara combinatoria: aires hortelanos, domesticación de aves (con nidos incluidos), lluvia y sol y viento sobre una cara infantil que, de noche, con el magín enardecido, también podía salir a viajar por las estrellas.

 

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Cara de suplicio

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pintura de Alexej Georgewitsch Von Jawlensky

 

Por Reinaldo Spitaletta

Los sufrimientos le atropellaron la cara, la mirada de angustia, los labios en un rictus de dolor contenido, la nariz inquieta de conejo asediado. Eso dicen a manera de suposición los que lo ven por primera vez, después se acostumbran a su andar de cansancio y a su aspecto de infelicidad. Los antebrazos con vellos ralos, están tostados por quién sabe cuántas jornadas de sol. Usa una gorra tal vez de forma tardía porque ya la piel del rostro está requemada, seca y con algunos lunares saltones y máculas oscuras.

 

La voz es la de un derrotado en las lides del trabajo y en la falta del mismo, que una combinación en exceso de una y otra puede conducir a desmadres y aburrimientos que se retratan en cabello y mirada. Cuando se quita la cachucha, el pelo, ya escaseado, luce apestado y sin brillos. Como las opacidades que se le notan en la actitud permanente: una angustia sin pausa parece sobrecogerlo. Nadie, que se sepa, sabe a ciencia cierta cuál es su mundo interior, porque él se niega, cuando le preguntan por su vida, a dar pistas y datos. Tipo receloso, se escucha la expresión.

 

Parece, y puede ser exagerada la analogía, un sobreviviente de campo de concentración, según se oyó decir una vez, cuando el hombre, de delgadez nada atlética, se disponía a subirse a un bus, trastabilló, se enredó en el primer escalón y cayó sin consecuencias graves, pero ante la mirada de curiosidad de los otros, que no disimularon sonrisas y hasta risas contenidas con la mano en la boca. Se levantó con dificultad y lo que asombró es que ninguno de los circunstantes trató de ayudarlo en su incorporación que, a simple vista, se notaba aparatosa. Dicen, tal vez por llenar alguna conversación baladí, que no se alimenta bien. El aspecto deplorable del hombre les puede dar la razón a los malhadados del chismorreo.

 

Algunas damas que lo ven con aire de lástima han dicho, así las han percibido vendedores ambulantes, que el hombrecillo no inspira ningún mal pensamiento. Parece víctima de un hechizo, de los que se proporcionan en bebedizos y untaduras. Habla casi a media lengua, se le escapan sílabas en las frases, las palabras, casi todas, quedan inconclusas. Se cree que en la infancia le sucedieron cosas terribles de las que él, por lo menos que se sepa, no ha comunicado nada. Es más bien discreto. Aunque, es una conjetura, parece estar quemándose por dentro, debe de tener un mundo interior de fuegos cruzados, que a lo mejor hasta reflujos le pueden causar.

 

Cuando fuma, se le demora en los labios el cigarrillo, como si olvidara que lo tiene ahí, encendido, que a veces se le alarga la ceniza como si estuviera en un plan ritual de lectura de la suerte. Uno, desde el balcón, en un segundo piso, lo ve pasar con pasos inseguros, como si no supiera hacia dónde dirigirse, porque se detiene de improviso, como si fuera a retroceder, y luego reanuda pero sin convicción su marcha hacia cualquier parte. Desde allí se puede detectar cómo algún vecino le alza la mano a guisa de saludo, pero sin que se noten entusiasmos. Él, igual, responde con sonrisa de sinceridad.

 

De su vida pasada nadie, que se sepa, conoce detalles. Ni si alguna vez se casó, si tuvo algún hijo, si fue feliz. Llegó al barrio porque no sé quién le dijo que si le podía ir a lavar el carro, y apareció en el contorno con sus camisones amplios y bluyines desteñidos y avejentados. Luego otros, tras la recomendación, lo utilizaron para ir a la tienda, o a llevar recados, para arreglar antejardines, para limpiar fachadas, en fin, que el tipo es un todero. Duerme en una pensión cercana y en los diciembres pone cara de congoja, tal vez lo asedian los recuerdos, o, como se le oyó decir a una vecina, los remordimientos.

 

Lo que sí es que todos pronuncian su nombre con cariño: Aristóbulo, aunque se escucha también la vocalización del apócope: Aris. Se le ha dicho también Aristi, igual él responde a cualquiera de ellos, e, incluso, al sobrenombre: don Suplicio, que no se conoce quién se lo estampó. Parece indiferente a uno u otro. Hay momentos en que se le ha visto ido, como recorriendo pasillos de su desconocido pretérito y, por qué habría de negarse, transmite con su actitud un hálito de tristeza.

 

Aris tiene la espalda recta, sin asomos de joroba, aunque camina mirando al piso, como si buscara el tiempo perdido, que no tendría por qué hallarse en el suelo. Ah, y su fisonomía tiene una particularidad: es carichupado, como lo dijo doña Juana, la de la tienda, cuando él entró la primera vez. “No pude contenerme”, me contó ella en cierta ocasión: “tenía tan particulares esos cachetes que tuve que llamarlo así, pero con sonrisa y amabilidad, para no herirlo”. Puede ser que otros, antes de ella, se lo hubieran hecho saber, porque, de acuerdo con la versión, no se inmutó.

 

Aristi es parte del paisaje del barrio. Casi siempre, al atardecer, porta un periódico, que, ha dicho, le sirve de lectura nocturna en su pieza de paso. Nunca se le ha visto borracho ni escuchado una mala palabra. En su modo de ser hay melancolía estancada, como si hubiera nacido con ella. La nariz temblorosa parece que le ha crecido y ya parece un pico de lora. Cuando las ventanas lo saludan, en la hora del ocaso, él alza el periódico y sigue su camino hasta que las sombras se lo engullen en silencio.

 

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Viejo barrio

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Las flores de un día alfombran las aceras

Las mariposas vuelan al paso de los carros

Algunas quedan aplastadas, con sus alas amarillas

Estampadas sobre tela de cemento.

 

Allí, sobre la esquina de nombre hebreo,

Estuvo la casa múltiple de los Cohen

Barco de vapor de río muerto y renovado

Es su fachada de muchachas idas

 

Allá, en mitad de la enjardinecida  cuadra

Vivió una reina de belleza muerta años después

Con muchas arrugas en la cara y el corazón

En una selva oscura, como la del poeta.

 

En una encrucijada de casas preciosistas

Con torreones y ventanas sin testigos

Se chocan el descubridor del Pacífico

Con el invasor de los pueblos de la sal y de las quebradas.

 

No sé por qué me gusta caminar por estas calles viejas

Que en otros días discurrían en soledades

La gente vivía hacia adentro, con sus fonógrafos y vajillas chinas

Y sus cajas fuertes con tesoros de trabajos no forzados.

 

En la esquina de los conquistadores un caserón me mira

Adentro, me han dicho, hay piscina y un árbol de la vida

Y rosetones con vidrieras belgas y un órgano alemán.

Las ventanas tienen jardines colgantes y un miedo al exterior.

 

Es el barrio más bello de la ciudad vanidosa

En la que antes hubo chimeneas y flores todo el año

Es el más lleno de fantasmas y de rosas atardecidas

Que nadie regala porque las mozas se han esfumado.

 

En esta casa que tiene aspecto de castillo galés

Vivió una señora de hablares con acento

Que tenía una agencia de filantropías y novenarios

Y era amiga del sacerdote de la iglesia de los curazaos solferinos.

 

Pasearse por sus calles amplias es una lección de historia

Olvidada en los portones y contraportones, en las aldabas y claraboyas.

Un león dormido se estaciona a la entrada de donde vivieron los Molina

Una familia que tenía fábricas de medias y una muchacha sin habla.

 

Por aquí, en el cruce de una calle con apellido de ingeniero inglés

Con otra de nombre de república bolivariana hay un edificio breve

En lo que antes era un caserón de tejas españolas con voces de piano.

No se ve salir ni entrar a nadie. En los balcones hay cuernos reverdecidos.

 

Tantas cosas han cambiado en el viejo barrio de noches perfumadas:

Los cadmios, sin embargo, siguen, con los jazmines nocturnos

Esparciendo en la soledad de sombras chinescas aromas de otros días

Cuando las muchachas en las ventanas recibían una serenata de luna.

 

Los faroles y las fachadas y los portones que ahora cubren rejas

Se han dormido ante la ausencia de los que se fueron para siempre

Y hay puertas y ventanas que no se volvieron a abrir (ni a cerrar)

Con techos por los que el cielo mojado se filtra con lágrimas azules.

 

El viento con plumas de la mañana del viejo y nuevo barrio

Transporta perfumes de otros días, de París y New York

De señoras fantasmales que vuelan sobre los entejados de sol

Como fugadas del sueño imposible de un cuadro de Chagall…

 

Caminar por estas calles de ancianos en los antejardines

Y de tapetes amarillos que vuelan dos o tres veces al año

Es ir de súbito hacia los días de esplendor que se ocultan

En las paredes descaecidas y en las hojas de los casco’evacas.

 

Todavía por la avenida ancha que tiene nombre de batalla

Hay castilletes y rejas de hierro forjado y una torre de cristal

Y la memoria encanecida de una palomita blanca sin vals

Que se posa sobre las campanas mudas de antiguos muertos.

 

 

Imágenes de un viejo barrio, de antiguas vanidades y presencias históricas. Fotos de Carlos Spitaletta

 

 

 

¿Barrios de edificios o edificios sin barrio?

(Un recorrido por viejos y nuevos paisajes urbanos, y una agonía)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Empezando porque casi todos son unos edificios sin decoro, ni decoración. Simplones. Sin gracia, antiestéticos, y que, desde afuera, dan la impresión de ser una deplorable colección de calabozos, arquitectura carcelaria, el hacinamiento de un poco de gente que ni se conoce. Ni se saluda. Ni les interesa si los otros existen o no. No hay Juanes ni Carlitos ni doñas Leonisas. Menos Nélidas, Victorias o Azucenas. Tampoco Auroras ni Américas ni Rubielas. Que todos estos son nombres de mucho tiempo atrás, “gracias” que ya no son (¿cuál es su gracia?, se preguntaba para que alguien dijera su nombre). Y los de ahora, ni se pronuncian, no solo porque algunos son difíciles (o impronunciables), sino porque se desconocen.

 

No sé si es que lo que antes llamábamos barrio está creciendo “de pa’rriba”, a lo rascacielo, pero con menos ampulosidad y ambición. Y con mayor degradación de la arquitectura, o de las viviendas. No se me quitan las ganas de hablar de estas edificaciones, con sobrenombres de torres —que ojalá fueran una Eiffel, o, al menos, una Babel, o una de ajedrez— como unas expresiones tuguriales. Es que he visto unas tan feas, tan feas, que uno tiene que voltear la cara, como en un tango, con ganas de ponerse a llorar por lo esperpénticas, adefesios urbanos, sin casta, ni son ni ton.

 

Claro, se me dirá, no sin razón, que hay unos edificios de apartamentos de gran dignidad, con amplitudes interiores, ventanales y luz natural, pero, no abundan. Excepciones. Y para el caso, da igual. Porque lo que quiero indagar es si un complejo de torres o edificios sigue siendo un barrio. O solo una urbanización, ciudadela, conjunto y no sé qué otras denominaciones, sin otro sentido que el de la habitación, pero sin sociabilidad. No me suena por ningún lado que tal congregación de altas construcciones sea un barrio. Y es lastimoso. Porque un barrio es vitalidad, encuentro de lo público y lo privado, ejercicio de la palabra, vecindad y lugares para practicar la amistad.

 

Un barrio, para muchos de nosotros, que ya tenemos cierta edad o que, por lo mismo, alcanzamos la mayoría de edad de todas las razones, con autonomía y los sesos todavía en buen estado, digo que un barrio es la patria. O, al menos, la sucursal. Un barrio es un poco de paisaje de tienda y de ventanas abiertas, de vecina que todavía se viste con trajecitos de atrevimiento para llamar la atención, de muchachos que persiguen un balón de esquina a esquina. Es tener árboles con azulejos y carpinteros y uno que otro arrendajo. Y teja española y balcones que atardecen con golondrinas.

 

Cuando se camina el barrio, con aceras diversas, de vitrificados, de cemento viejo, con hendiduras, unas lisas, otras muy desequilibradas, con gente en un corredor, con sillas que conversan, es una aventura de las cosas simples. Allí un aviso de peluquería, allá otro de misceláneas, más al fondo una panadería con vitrinas frescas. De pronto, una sorpresa: “se reparan teléfonos antiguos”. O con un aviso “sastrería: reformas”, hecho de cartón duro o de acrílico. Y todavía hay forraduras de botones, venta de helados, la sede colorida de unos juglares, bueno, de todo como en las boticas de hace años.

 

El barrio da carácter, conciencia de estar atado a un territorio, cierta manera de enlazamiento, de pertenencia a una comunidad. Es un espacio diverso para las historias, los intercambios (de miradas, de saludos, de transacciones de tenderete…), el mundo de afuera. En cambio, los edificios son más el adentro, el aislamiento, el creer que se está seguro entre enmallados, en tener porterías y porteros, en el carecer —en general— de relación con el otro, que es más un representante de la desconfianza, un enemigo en potencia. Un extraño.

 

Hasta el fluir del chisme, las consejas, cierta maledicencia, hacen el ambiente barrial más apetecido, más humano. Y aunque hoy los muchachos son más de las interioridades, por los aparatos, por las tecnologías, en el mundo múltiple de un barrio se da la posibilidad de la reunión afuera, en una disputa futbolera (cada vez menos significativa en las calles), en una sentada de esquina para la simple conversa sin otros atributos que el estar con los demás.

 

Puede ser, claro, asunto de costumbre. De no aceptar los cambios y quedarse más con las permanencias, las continuidades. O, se podría decir, materia de resignación. Pero lo que soy yo, que ya he vivido en multiplicidad de barrios (también en uno que otro edificio) me sigue interesando la vida color ladrillo, los antejardines, las ventanas y fachadas, algunas descaecidas y vetustas. Ver los contadores de agua y de energía, los trabajadores que los van leyendo, incluso tener que toparse con la impertinencia de los que van proclamando milagrerías y anuncios de dioses. Me sigue gustando el pregón del frutero y, quién lo creyera, todavía el de los voceadores de periódicos, un elemento (el diario) que ya es más parte de una arqueología.

 

Sí, lo sé también. El barrio es una entidad que está en crisis, en agonía, aunque todavía, dice uno, le falta mucho para fenecer. Está, parece, en vías de extinción. Hace años, cuando en los barrios se erguía una construcción de cuatro pisos, era una novedad. Recuerdo algunas, con fachadas de mosaicos, con escaleras por fuera, a la vista. Pero no chillaban. Porque, de otra parte, los residentes se vinculaban con la cotidianidad. No estaban marginados. No había entonces la noción de gueto.

 

En muchos lugares de la ciudad, los viejos barrios están cediendo sus espacios al crecimiento vertical, a la vivienda en altura. Ya hay sectores “contaminados” por la irrupción cancerígena de torres, que, por lo demás, son más bien grotescas. Ah, sí, una que otra tiene buena presencia, como dirían las señoras de antes. Que las hay, las hay. Pero he visto unas groserías, que ni las cárceles (bueno, Agustín Goovaerts diseñó en Antioquia unas muy bonitas, pero qué pereza estar en una de ellas, por bellas que fueran). Dense un pasoncito, por ejemplo, por ciertas partes de lo que antes se llamó Miraflores, o por La Floresta, o por los altos de Calasanz, o lo que era una belleza de barrio como el San José Obrero, de Bello, hoy destruido.

 

Hay unos conceptos de alta dignidad, en lo que a edificios residenciales se refiere, como la unidad Marco Fidel Suárez, más conocida como las Torres de Bomboná, o los que están en La Playa o unos que sobreviven en Maracaibo, o en el parque Bolívar. Pero, en cuanto a la construcción genérica de edificios, que pululan como una peste, como una invasión de langostas, hay unos muy desventurados, inhumanos, con menos ángel que demonio.

 

En Medellín, todavía nos quedan algunas barriadas sin tantas heridas, como en partes de Aranjuez, Manrique y, sobre todo, la conservación (a duras penas, a regañadientes) del espléndido barrio Prado. Poco en Boston, poco o casi nada en Buenos Aires, en el viejo Bomboná, en El Salvador. Y nada de nada en El Poblado. En Laureles (un barrio de viejitos, como dicen los pelados) los edificios borraron los caserones, pero el sector conserva rasgos de su antiguo esplendor y belleza.

 

Soy un tipo de barrio. Soy como los tangos de los años cuarenta (y los de antes), con poesía de ladrillo y acera (vereda), con zanjones y faroles de enamorados. Como los viejos barrios parisinos, neoyorquinos, porteños, que conservaron su historia, su estructura, su espíritu original, sin oponerse a rascacielos ni deslumbradoras torres. Sí, soy del “barrio de tango, luna y misterio”, con perros que todavía le ladran a la luna. Y en los que los muros todavía nos siguen hablando.

Barrio, del arquitecto Pablo Della Torre

Memorias de un vals de barrio

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Estaba presentando en la biblioteca Pública Piloto de Medellín el libro Barrio que fuiste y serás (en la que hay, como se advierte, una sonoridad tanguera de Borges en el título), cuando sonó en los altoparlantes el vals Pedacito de cielo, de Homero Expósito, Enrique Francini y Héctor Stamponi, con aquello de “La casa tenía una reja pintada con quejas y cantos de amor…”.

 

A los que me hicieron la atención de hablar sobre mi libro, Juan José García Posada y Luis Fernando González, me pareció que se estremecieron con la voz de Adriana Varela (que era la que estaba cantando) y quizá transmitieron por ello una más alta emoción a las palabras. Dentro del público vi a Luciano Londoño López, casi en la última fila del auditorio Torre de la Memoria. Era (tal vez muchos lo saben) un investigador tanguero y de músicas populares y el único colombiano miembro de la Academia Porteña del Lunfardo, a la que pertenecían, además, algunos extranjeros como Camilo José Cela y Simon Collier.

 

Aquel 8 de junio de 2011, la velada transcurrió con evocaciones de barriada, pero en el ambiente seguía flotando la neblina de un vals: “Los años de la infancia pasaron, pasaron, la reja está dormida de tanto silencio…”, con gestos traviesos y besos robados al azar. Unas horas más tarde, recibí la llamada de Londoño, que habló muy bien de los que presentaron la obra y me dijo que, en rigor, el vals que había debido sonar en la ceremonia era El vals de los recuerdos, que además me lo acababa de enviar por correo electrónico. Antes de colgar, lo puso en su equipo de sonido y casi no encajo el golpe. La introducción tristona de la orquesta de Roberto Firpo, era como una pena ambulante, una delicadeza musical para suavizar un dolor, el de los recuerdos, el de aquella sustancia intangible que ya no está y no es posible que vuelva. Pero que solo con la música, con su conjuro y convocatoria casi esotérica, torna a aparecer en la memoria frágil (en la olvidadiza memoria).

 

La voz de Roberto Diale sonó y de inmediato sentí un corrientazo, como si estuviera pilotando un avión de guerra con los motores en llamas y no hubiera otra manera de salvamento que una eyección urgente. Sin paracaídas, el recuerdo voló y cayó en los cafetines de pueblo, pero, en particular, en los que estaban en la carrera 47, de un barrio tanguero de Bello. En tiempos viejos, por allí, por esa calle que era entonces sin humos y con escaseces vehiculares, transcurríamos en bicicletas alquiladas donde Medina y en otros “alquiladeros”, o montados en alguna que nos prestaba, tras ruegos e impetraciones monjeriles, algún muchachón de la gallada, que tenía papá obrero textil, casi todos propietarios de Humbers y Philips, pesadas y engalladas con bombillería, parrilla con flecos, dinamo, pellón alto y cornetín. Era un milagro que se las soltaran a sus hijos, y, más aún, que estos nos dieran una “vuelta”.

 

La voz del cantor irrumpió con certidumbre: “Una llama silenciosa, / como lágrima de amor, / brilla en la noche y las estrellas / la contemplan llenas de emoción”. Comenzó a funcionar la inverosímil máquina del tiempo, los relojes en reversa, el avión en llamaradas y uno cayendo hacia la nada, hacia un vacío que dejaron los pianos de bar, las iconografías en las paredes, el mostrador de madera y las mesas metálicas y redondas dispuestas en la cantina, olorosa a cerveza y alcoholes y a emanaciones de orín. Uno allá y aquí, en el ayer y el hoy, sintiendo el ritmo, la melodía, la interpretación.

 

Sí, creo que Luciano tenía razón al anunciarme que, más que el vals que sonó en la sala, era necesario El vals de los recuerdos, no sé por qué, él tampoco lo dijo, pero es (era) una canción que va doliendo de a poquitos, dosificada la melancolía, como a cuenta gotas, que va creciendo, hasta envolverlo a uno en una atmósfera nubosa de los días que murieron, de lo que se ha ido, sin reversa. “Es la luz de un amor que el tiempo / no pudo apagar, ¡ay de mí!; / es la música de un sueño dulce / grande como el mar, ¡ay de mí!”.

 

Y en ese punto del valsecito que parece contribuir a la teoría del eterno retorno, apareció ella, pálida en la reminiscencia, el pelo suelto, las manos en temblor, tras el beso que, como en el otro vals celeste, en efecto le había robado al azar. Amor en flamas, pasión inútil que se esfumó en una ventana de casa vieja, solo con rejas de olvido en los ventanales. Pero que, con todo, el tiempo no pudo apagar.

 

El vals me sonaba con música de “un sueño dulce”, de un mundo que pertenecía a las sombras, a los ocasos —que ninguno es igual al otro—, olvidados al día siguiente con la aurora, con su color de rosa recién nacida. Sí, no había dubitaciones al respecto. El vals que debió de oírse en el atardecido lanzamiento del libro de barrio tendría que haber sido el de Firpo: “Es el vals de los recuerdos, / es una flor, es el canto de tu amor. / Amada mía, dónde estás con tu canción: / Dime qué será de ti”.

 

Nunca supe, por lo demás, por qué Luciano me llamó esa misma noche a decirme que el vals que mejores sonidos hubiera tenido en aquella tarde era el de Roberto Firpo. Quién sabe a él que recuerdos entrañables le suscitaría, tal vez los de su infancia y adolescencia en el barrio La Milagrosa, de Medellín, en el que también pululaban los bares esquineros. Y en el cual, con certidumbre, sonó El vals de los recuerdos, cuando los recuerdos no hacían parte —como es natural— del repertorio juvenil.

 

El vals en cuestión parece sonar “contra un ocaso amarillo”, y habría que decir con una letra borgiana: “Desde ese ayer, ¡cuántas cosas / a los dos nos han pasado!”. Es una canción de adioses, de partidas y de brillos que se mueren con algún atardecer. Cuánta tristeza hay en ese vals. Como en el rosicler de un alba, que tiene una belleza que duele.

 

Los amoríos inútiles de todos los tenorios

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. De las cosas de don Juan y de sus seducciones

 

Prototipos hay en los caracteres humanos. Está, verbi gracia, el avaro, con su trajecito infeliz, su mirada metálica, sus pesados bolsillos y su existencia miserable. Nadie más infortunado que el avaro, rico en mezquindades, ahorrador de descansos para engordar su faltriquera, aumentando sus noches de desvelo por pensar en cómo acrecentar su fortuna y en qué no gastarla. Se irá doblando, encogiendo, arrugando, disminuyendo hasta desaparecer. De él no quedará ni el polvo. Está, por ejemplo, el chismoso, bisbiseando en las ventanas, recolectando materiales para sus consejas en los atrios, abriendo sus ojos y sus oídos en la tienda, donde soltará alguna palabrería sobre el vecindario. Se parece al lengüilargo, que, descrito por Elías Canetti, “habla sobre patines y adelanta a los peatones. Las palabras se desprenden de su boca como avellanas vacías. Son livianas porque están huecas, pero hay muchísimas así. De mil vacías sale una con fruto, aunque por casualidad”. Está, y no podía faltar, el arribista, montado sobre su cabeza para alcanzar una altura, que no será otra de la cual se arrojará al precipicio de su desgracia.

 

Y un prototipo harto interesado es el del donjuán, no muy abundoso por cierto, pero con presencia, arrolladora, llenadora, en la sociedad. Es obvio que pertenece al género masculino, porque, de ser mujer, pasaría a engrosar otra categoría, de menos abolengo, las doñajuanas no son bien vistas. Pero, eso sí, el donjuán existe gracias a las damas. Y, de algún modo sutil, son estas sus engendradoras.

 

Intentaremos aquí una definición, que, como todas, resultará ser limitada y pobre. Antes de que el donjuanismo existiera en la literatura estaba ya metido en la vida real. Se paseaba por callejuelas empedradas y caminos desolados. Iba como juglar por los pueblos, llevando en su piel y en su traje, emociones diversas, el afán de las aventuras, el deseo de saltar por una ventana y entrar al cuarto en penumbras de alguna doncella caprichosa y anhelante. Donjuanes en los mesones y en las encrucijadas medievales y en las noches oscuras del villorrio. Ahí estaba, necesario, seductor, queriendo arrollar con su personalidad y con sus encantos, que aunque nos los tuviera, él se los inventaba. Unas veces, con la verba; otras, con la imaginación. Y así. Para ser donjuanesco se requiere habilidad en la palabra, facilidad en la expresión. Y mucho deseo. Tener una troje completa surtida de herramientas, y en granos para cuando llegue la escasez.

 

Dicen que fue en España, para más señas en Sevilla, donde don Juan se hizo hombre. Y leyenda. En esa tierra de mujeres hermosas, arrojó sus redes y desplegó alas. Sedujo aquí y allá y acullá. Y para él la aventura se tornó modus vivendi, parte de su cotidianidad. Para ser un donjuán hay que poseer bastante apetito, y ser más deseo que reflexión o pensamiento. Sibarita. Hay que tener la capacidad de irrespetar lo establecido. En sus adentros tiene que haber mucho, una alta cuota de conquistador de pueblos. Y el arrojo del gladiador. Porque hay que tenerlo para las batallas del placer. Se debe apelar a la artimaña, a la astucia. Un donjuán no puede tener decálogos morales, ningún código de honor. Su arte, sus facultades, están por encima de tales sutilezas.

 

Hubo en Sevilla crónicas  que hablaron de ese personaje real, tornado, tras tanto pasar de boca en boca, en mito, héroe, fábula. Pero también iba a someterse al vituperio, a la picota pública. Viejas hubo que, al verlo, o presentirlo, lo relacionaron con el demonio. Se santiguaban a su paso, elevaban plegarias para exorcizarlo. Y es Tirso de Molina (Fray Gabriel Téllez) quien lo vuelve teatro, lo literaturiza. Y le otorga la inmortalidad. La leyenda de don Juan saldrá de Sevilla y cabalgará por toda  la Europa, como un extemporáneo caballero. El siglo XVII será también el de ese personaje seductor y mujeriego. No había manera de resistirlo. Penetrará en otras culturas que, a su modo, lo acogerán sin robarle ni cambiarle la identidad. La leyenda del sevillano Juan de Mañara se saldrá de la parroquia y se volverá universal. Otras literaturas lo retoman, lo adoptan, le pintan la fachada, le encalan los interiores. Entonces, don Juan será francés e italiano e inglés y alemán. Será otra vez tumbalocas en las plumas de Moliere (que hará de él un héroe librepensador y antirreligioso), Goldoni (Juan Tenorio o el libertino castigado), D’Aponte, Byron, Alejandro Dumas (La caída de un ángel), Próspero Merimée (Las ánimas del purgatorio), Pushkin y otros, para volver más tarde a su tierra natal, España, el siglo diecinueve, con el poeta José Zorrilla (Don Juan Tenorio), que escribió tal obra de teatro en solo veintiún días. Don Juan, pues, se convertirá en héroe romántico. Ya no será el don Juan imposibilitado para el amor (solo era un irrefrenable seductor), sino que logrará una suerte de rehabilitación. Increíble: don Juan, el procreador de aventuras de la piel, será seducido por la virtud y la inocencia, a diferencia de El Burlador de Sevilla, de Tirso de Molina, que era un don Juan incapaz de sentir enamoramientos y postraciones de amor. El siglo diecinueve nos mostrará un conquistador conquistado, un don Juan atrapado en su propia telaraña, un burlador burlado. Un converso. Muere un don Juan para engendrar otro, su contrario. Sin embargo, la célebre frase continuará vigente, por los siglos de los siglos: “Los muertos que vosotros matáis gozan de cabal salud”.

 

 

  1. De los donjuanes de barriada y otras aventuras

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¿Cuántos burladores de Sevilla se habrán visto en las barriadas? ¿Cuántos no van por esas geografías en busca de amores de urgencia? El barrio, cualquiera que este sea, posee una estructura especial para que florezcan no solo las historias de amor y los romances de la edad temprana, sino para que renazca el viejo seductor español, con todo su repertorio de conquistas. Don Juan revive cada vez que un muchacho de esquina observa a una chica recatada y se dispone, con las artes atrayentes de la seducción, a poseerla, sin requerir verter en ella las gracias del amor. Entonces es cuando comienza una carrera loca por estar oliendo esa piel —ahora lejana—, por acariciar aquel cúmulo de poros, aquellos labios, aquella completa anatomía. Y surge el evanescente requiebro, con voz ensayada, con cálculo en la pronunciación. Con expectativa. Y, es apenas lógico, con una esperanza. Ella sentirá que es atractiva, única, dueña de inefables encantos, la reina de la cuadra. Él, insistente, proseguirá con sus cortejos, con sus estudiadas galanuras, porque ser donjuanesco es poder preparar el terreno de la siembra, sin importar mucho si las frutas madurarán o si serán muy dulces. Lo importante es probarlas, saborearlas, y después arrojar la pepa, con cierto desgano, con hartura. Sin sentir la emoción del haber cedido el corazón. Que continuará incólume, sin flechas que lo atraviesen. Para un donjuán no existen tales símbolos románticos, ni cupidos ni carcajes, sino sensaciones a flor de piel. El furor de la aventura. Sentir la capacidad de conquistar, de arrasar, de embelesar, pero sin el embelesamiento personal. Los venablos de Cupido jamás podrán herir a un donjuán.

 

El barrio es el campo de entrenamiento de los novísimos don juanes. En ese territorio de entrañables asuntos experimentarán los prólogos de sus peripecias. Irán de balcón en balcón, de ventana en ventana, de acera en acera, con el fin de inocular sus dulces venenos. Ellas, las más debiluchas, cederán ante el empuje batallador de los conquistadores esquineros, de esos que las esperan a la salida del colegio y les alaban sus modos de caminar, su limpieza de uniforme, su manera de mirar el cielo, entornando los ojos. De aquellos que, en la barahúnda del bus urbano, observan su presa, con ojillos torvos de tigre, y se tornan corteses, caballerosos, con el objetivo de que su cacería sea eficiente. Alguno, por supuesto, no resistirá a los llamados del alma y se sumirá en desvaríos amorosos. Con ello perderá la capacidad donjuanesca de no enamorarse.

 

Para el donjuán de barriada lo importante es poseer, no querer. Acaparar, no amar. Y para ello se necesita habilidad, más que atractivo físico, que de ningún modo es desdeñable, claro. En el donjuán de barrio tienen que darse, aunque sea a escala, las cualidades (o defectos) del antiguo burlador de Sevilla. Tiene que fascinar, arrebatar, enamorar, dejar perdidas-aleladas-subyugadas a las damas, sobre todo a esa a la que él, en un momento clave, persigue-asedia-rodea. A la que pone en estado de sitio. Ella tendrá que quedar prendada (y tal vez preñada), asida a esa imagen para la cual, o contra la cual, no tiene resistencias. El donjuán, el canchero, pasará por su piel, la atravesará, pero no se detendrá en ella. No lo engaña el espejismo. Continuará buscando otros rumbos que lo conduzcan siempre al placer pasajero. Él necesita ser amado, pero no amar; requiere adoración, pero no gusta ponerse de rodillas ante ninguna chica. Es un pecador que no requiere confesiones ni arrepentimientos. No hay actos de contrición. Dicen ciertos sicólogos que el donjuán —el de barrio o cualquier otro— es el que goza, pero no por el recreo, sino por el estrago. Hay una manifestación de esterilidad en él, una enorme sequedad, un vacío existencial. Es un burlador del amor. Lucha contra él. No quieren amar ni que lo amen. Hay en su extraña (y estrambótica) actitud brotes de irreverencia, quiere derrotar (infringir) la norma. O al menos, irrespetarla. No le importan los códigos, las convenciones. Está por encima de lo establecido. O cree estarlo. El donjuán es la negación del amor y la reivindicación del placer por el placer mismo. Su figura debiera ser la del hermafrodita, para que pudiera saciarse a sí mismo, con sus dos posibilidades sexuales juntas.

 

El donjuán, sobre todo el de barriada, tiene bastante de fanfarrón. Cree que con sus baladronadas de ser irresistible tiene el mundo ganado, que todas las chicas se rendirán ante su asedio contumaz, ante sus desenfrenados intentos de abordaje. Se le puede ver en el café, contando a los demás de sus recientes conquistas —algunas imaginarias—, bien peinado, limpios los zapatos, perfumado. Listo a salir de allí para buscar en la noche joven su próxima víctima. Tararea una canción, va al orinal y se mira en el espejo, sonríe, le manda un besito a la imagen, porque, como es fama, el donjuán es otra versión de Narciso. Se pavonea por el espacio, se soba la cara, se frota las manos y va hasta el Wurlitzer (en otros cafetines el piano es marca Seeburg), mira el catálogo, selecciona un tema y, antes de que suene, se va, con aires de importancia, con la certeza autosuficiente de que esa será otra noche de ganancias.

 

En el barrio no abundan dichos especímenes, pero no faltan. Le dan con su presencia un toque desasosegado al paisaje, porque, en verdad, son seres sufrientes, inseguros de su razón de vivir. Están extraviados. Creen perseguir gloria y, al final, solo encuentran desazones. Su existencia se va ahuecando, sin metas (“aunque metan mucho”, dirá un señor de la cuadra), se torna desabrida, como un mal guiso. Hubieran podido ser buenos anarquistas, pero, a lo último se aferran al sistema, caen en el abismo que ellos mismos abrieron. Hubieran podido ser excelentes amantes de sus conquistadas, pero prefirieron —en una acto de libertad— no aferrarse a la carne. En todo donjuán hay un ser desprendido, porque él cree que todo lo conseguirá hoy o mañana. No importan si ahora pierde; mañana ganará. Con su energía, el donjuán de arrabal hubiera podido ser un eficaz líder comunal, pero prefirió estar en los sueños de todas las damas del entorno, sin necesidad de discursos ni convites. Él sabe que las chicas, cuando lo ven, suspiran y, como doña Inés, la del Tenorio de Zorrilla, espetarán estas palabras: “No sé; desde que le vi / Brígida mía, y su nombre / me dijiste, tengo a ese hombre / siempre delante de mí. /  Por doquiera me distraigo / con su agradable recuerdo, / y si un instante le pierdo,  / en su recuerdo recaigo. / No sé qué fascinación en mis sentidos ejerce / que siempre hacia él se me tuerce / la mente y el corazón; / y aquí en el oratorio, / y en todas partes, advierto / que el pensamiento divierto / con la imagen de Tenorio”.

 

El donjuán de barrio —que, en ocasiones, se transforma en personaje folclórico— se embriaga en su lujuria, en sus deseos carnales, en su afán de “quebrador” (“rompedor”). Al hundirse en una suerte de masturbación mental, se enajena y entonces no se da cuenta de que es un derrotado, un “buenoparanada”, un vagabundo que, pese a todo, se va volviendo imprescindible en las cartografías urbanas. Los viejos, al verlo, sienten una especie de conmiseración por él, que, más temprano que tarde, se convertirá en desperdicio. Sí, el donjuán quema su tiempo en trazar tácticas de combate para someter a sus pretendidas. Se le va la vida en apariencias, en pintar superficies. No ha nacido para bucear honduras, ni para meterse en los complejos laberintos del alma.

 

Las señoras —quizá, ante su vista, emitan un suspirito, pero no más— lo observan como a un hijo calavera, al que, pese a toda su rebeldía y desadaptación, se le quiere. No faltará la que se atreva a darle consejos y decirle que ya es hora de que “siente cabeza” y forme un hogar. Esto último sí sería el acabose. Ningún donjuán podría resistirlo. Sería la negación de su esencia. Él, amando una hembra, consintiéndola, entregándole los secretos de su corazón. No, ni riesgos. Tal situación no entra en sus presupuestos de gozón, de hombre de paso, de transeúnte al cual le está prohibido parar en las estaciones de los amores convencionales. Su naturaleza es incompatible con sentimientos amatorios, y, más aún, con casorios. Pero casos se han dado, como el del Tenorio de Zorrilla, en los cuales se llega a arrepentimientos y extraños cambios de comportamiento.

 

En general, sin embargo, para el donjuán, el del barrio, el de cualquier contorno urbano, no existe el arte de amar. Él es un artista, pero sin obra. Artista de la nada. No es posible imaginarlo con estos versos de Ovidio: “En un principio, lo que quieras amar debes esforzarte en encontrarlo, ya que eres un soldado que maneja armas nuevas. El siguiente paso es implorar a la muchacha que te agrada, luego buscar que el amor que les juras sea duradero. Mientras te sea permitido y puedas marchar con libertad, elige a la que digas “tú eres la única que me agrada”.

 

No, un donjuán no está “fabricado” para el amor, y menos para el duradero. Sus “amores” son de ocasión, efímeros. Como el de los marineros “que besan y se van”. Su objetivo es conquistar, no amar. Nada de romances, nada de ofrendas. Para él no se hizo el amor que entraña el hecho de amar. Nació solo para el placer. Estas otras bellas palabras de Ovidio, en El arte de amar, tal vez sí le sean propicias: “Ea, no dudes en abordar a todas las chicas; entre muchas, habrá quizás una que no acceda a tus deseos; ya sea que se entreguen o no, ten la seguridad de que gozarán con tu solicitación. Si fracasas una vez, no te inquietes; además, no fracasarás, pues todo placer novedoso es agradable; lo ajeno seduce más el corazón que lo propio. Siempre las cosechas se ven más fértiles en los ajenos campos; las vacas del vecino tienen sus ubres más henchidas de leche”. He aquí una suerte de bello manual para los donjuanes de todos los pelambres.

 

Tal como lo dijera un ensayista (Dionisio Ridruejo), un don Juan es “el hambriento de fama, de nombre y notoriedad, fanfarrón cataclismal y extraviado, perseguidor de gloria exterior que le asegure de la vida íntima que no tiene… es deportista del mal, lujosa, superflua y desinteresadamente activo, perseguidor de un absoluto que es la nada, porque es nada, sin meta, sin realidad, sin reposo, sin caridad ni provecho. Egoísta, si no fuera por el punto de la vanidad; solitario amante de sí mismo; esteticista, si fuera artista; héroe sin bando ni bandera, hecho de gesta y estrago, si fuera héroe; utópico, si fuese sabio, y —como es amador— esteta, artista, héroe y utopista del amor y, sobre todo, cuerpo de él, que de amor no sabe nada, pero que lo siembra a sangre y fuego”.

 

El donjuán del barrio, como todos los donjuanes que en el mundo han sido, también es un vértigo, un vendaval que se arrasa a sí mismo. Al final de su gesta inútil estará cansado, con irreprimibles ganas de vomitar sobre su cuerpo, sobre su alma. Entonces, sumido en angustias y amarguras, sentirá en su boca el seco sabor de las cenizas.

 

 

(Medellín, 1995, ensayo escrito para el libro El más bello amor de Don Juan, de Jules Barbey D’Aurevilly, Edilux, Colección Biblioteca Distinta)

 

El Burlador de Sevilla, en versión teatral de Darío Facal

 

El barrio, una invención de la nostalgia

(Palabras de presentación del libro Barrio que fuiste y serás)

 

Amada mía, dónde estás con tu canción

Dime qué será de ti.

El Vals de los recuerdos

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Aquel que dijo que el barrio es la única y definitiva patria del hombre, estaba descubriendo una geografía íntima y subvirtiendo teorías sobre próceres, escudos e himnos nacionales. Aquel que señaló que además de la infancia, el otro avatar que marca al hombre es el barrio (que para algunos se puede reducir a una calle o a una encrucijada), estaba dando pasos hacia la instauración de una metafísica de patios y entejados, de esquinas y balcones. Un antídoto contra la soledad —si es que la soledad requiere de esas contras— puede hallarse junto al mostrador de una vieja tienda o en las piernas de una muchacha que monta en bicicleta. Aquel otro que dijo que para la angustia existencial lo mejor era el olor a tiza y los tacos de billar, estaba quitándole trabajo a los psicoanalistas y dándole valor terapéutico a esa sociabilidad que nace y crece en el bar que está a la vuelta.

 

El barrio, si se quiere, es una invención de la nostalgia. Es aquel pedazo de alma y de memoria que se siente cuando ya uno ha abandonado los años del asombro y se ha vuelto alguien sin sueños y de panza protuberante. Habitar el barrio primero, aquel de las calles de juego, de la cancha de asfalto, de las rondas nocturnas, es una aventura de la imaginación que va más allá de las casas sin cuota inicial y de las hipotecas. Es la formación de una espacialidad interior, de una topografía imprescindible con ladridos de medianoche o con grillos de pesadilla. Cualquiera que lo haya vivido, sabe a que suenan las bocacalles, sabe a qué olía la muchacha de la casa rosada, sabe del murmullo y de la mano que se agita como saludo. Se da cuenta de que nada reemplaza una conversación de acera o la pelea a gritos de los vecinos recién casados.

 

El barrio crea a veces turbios paisajes de muchachas que se envejecieron sin que ningún donjuán les llevara serenatas o les declarara amores perpetuos. Diseña formas caprichosas en las que un viejo se muere de tanto recordar o de ya no poder hacerlo asomado a una vidriera, o en las que una señora cada mañana sale en bata transparente a barrer las hojas de su otoño irreversible. El que ha vivido en esas geografías no podrá jamás desprenderse del pedacito de cielo de su barrio, que es distinto al del barrio de más allá. Porque hay una cosa incontrovertible: tu barrio tiene la luna más luminosa, el viento más cálido, los árboles con mejores cosechas de pájaros, como lo hubiera dicho un bardo de barriada. Y también los más hábiles para la gambeta o, por qué no, para el puñal. Los que se quedan en el mismo barrio, van sabiendo de los malevos que ya no son, de los vecinos que se fueron, de los romances de calle, de los acordes perdidos de una guitarra, que a lo mejor terminó en una prendería.

 

Los que se amañaron en el mismo barrio, o por alguna razón no pudieron irse de allí y se quedaron siendo parte del paisaje, saben que por esos predios vivió, por ejemplo, Teresa, la que tenía piernas más lindas y sensuales que las de Marlene Dietrich. Y Lucía, la que al caminar paralizaba la vida cotidiana. Porque un barrio, cualquiera que él sea, es la reunión a escala del mundo, de sus miserias y fortunas, de sus flaquezas y bellas aspiraciones. Quien lo ha vivido sabe que nada reemplaza el fragor del cafetín, la sonrisa al saludar de la tendera, el pregón del vendedor de frutas, ni mucho menos la manera en que el mendigo te impetra una limosna.

 

Cuando se habla de barrio, uno puede evocar una novela de Vasco Pratolini, o un aguafuerte de Roberto Arlt, o tal vez las voces de un callejón de El Cairo en una historia de Naguib Mahfuz. Quizá se acuerde del hombre que miraba por una ventana el regreso de unos muchachos que acababan de jugar un partido de fútbol o de la exaltación de una calle con los que van de prisa al trabajo. Pero lo más probable es que te lleguen al corazón, ese que mira al sur, las voces que cantan, por ejemplo, aquello de “¿Dónde está mi barrio, mi cuna maleva, / dónde la guarida, refugio de ayer?”, o se le piante un lagrimón al oír un “ladrido de perros a la luna y el amor escondido en un portón”.

 

Decía Vicente Huidobro que los cuatro puntos cardinales son tres: norte y sur. Sin embargo, creo que el barrio es el único punto cardinal, aquel donde se cruzan soles y lunas al mismo tiempo, donde se afinan amistades y se ejercita la solidaridad. El barrio es la posibilidad del encuentro (también del desencuentro) con lo que fuimos, con los años invertidos en la construcción de utopías. Es quizá la mejor manera del habitar. Aunque, en este punto, habría que decir de qué tipo de barrio se está hablando, ¿del de invasión, de la villa emergente, de la favela, del tugurio, del cordón de miseria, del subnormal? Y entonces habría que aseverar que el barrio, cuando tiene valor ambiental y simbólico, cuando se hace como lo soñaría por ejemplo Le Corbusier, para circular, recrear cuerpo y espíritu, para el esparcimiento y el intercambio de afectos, es el que todos deberían tener, el de la dignidad y la justicia. Porque también se trata de cantar para que el barrio, el soñado, el imaginado, sea posible.

 

El barrio es parte de una educación sentimental, de una geografía entrañable, que va más allá de las mentalidades de catastro y de los impuestos prediales. Es la unión de significados: la cerveza del domingo, la muchachada del fútbol, el señor que pinta su fachada en agosto, las peladas recién bañadas que caminan al colegio. Es la calle del adiós y de la bienvenida. Pero a qué hablar de tanto barrio, si, como todos sabemos, es una parcela en extinción: donde hubo un caserón ahora se eleva un edificio de apartamentos como celdas, de hacinamientos y escasísimos verdores. A lo mejor, ya el barrio solo sos vos, tu primer balón, la primera carta de amor que se perdió en una esquina, o es solo una sombra, la sombra de alguien que ya no está. Donde vayas, lo sugería un poeta de Alejandría, el barrio, tu barrio, irá siempre en ti. Bueno, a todas estas tal vez el barrio ya es sólo el lugar de aquellos que “se libraron de la memoria y de la esperanza”. O, como en un valsecito argentino, el barrio es solo el recuerdo de un gesto travieso “después de aquel beso robado al azar”.

 

(Biblioteca Pública Piloto de Medellín, junio 8 de 2011)

¡Qué feo era mi barrio!

(Crónica-cuento para caminar por un pretérito imperfecto)

Por Reinaldo Spitaletta

 

Allí, en la casa de paredes sin revoque, vivió la familia González, rara para entonces, porque Mario, uno de los hijos menores de doña Lucila, violó a la mamá, que eso se dijo después de una mañana en la que el vecindario escuchaba los gritos de la señora, que decían algo así como no, por favor, hijo mío, no ves que soy tu madre, y después vieron salir desgreñado y sudoroso al muchacho, que ya no lo era tanto, corriendo por la carrera cincuenta, rumbo al parque, como si lo persiguieran guardias invisibles. O demonios. Nunca se supo.

 

Mario era un tipo desconcertante. Porque a veces, a los de la casa de los Londoño, que eran más bien pobres, les llevaba bolsadas de frutas y plátanos, que así lo contó uno de los que allí habitaba, el joven Leónides, hijo del carnicero y con tres hermanas que de seguro el tal Mario iba tras alguna de ellas, o de todas, porque era, según dijo una vez Zenobia, la de la otra cuadra, un insaciable. Tocaba la puerta y abría doña Liliana, la matrona, que recibía con sonrisas el presente al tiempo que el jovenzuelo preguntaba por las muchachas y cosas así, como se supo por las palabras de la misma señora, que el día en que le contaron que Mario había violado a su mamá, no lo podía creer, porque cómo iba a hacer algo tan terrible un muchacho tan bueno y generoso.

 

El barrio ha cambiado mucho, no por su aspecto, que sigue siendo casi el mismo de hace treintaitantos años, o más, sino porque ya los vecinos de entonces no están, o hay muy pocos, y algunos muy envejecidos, ya ni deben recordar lo que pasó, por ejemplo, cuando uno de los hermanos de Mario quedó loco, porque, en no sé qué parte de la ciudad, le dieron una aporreada del carajo y le dañaron el cerebro. Se llamaba Juan de Dios, era un buen jugador de fútbol, un muchacho atento, que a veces hacía mandados a los de las tiendas para llevar mercaditos a las casas, y no se sabe qué sucedió, pero lo dejaron más perdido que envolatado. Al principio, no se supo qué se había hecho, pero, no sé cuánto tiempo después, anunciaron que lo tenían en el manicomio, en tratamiento, y allá estuvo un tiempo y el pobre quedó repitiendo frases, que todo el día se la pasaba diciendo lo mismo, y doña Lucila no sabía qué hacer con el hijo, que a lo mejor ella pensó, es una suposición mía, por qué no le había pasado esa desgracia más bien a Mario.

 

Caminemos por esta acera y le muestro la casa de Teresa Flórez, que junto con su hermana Gabriela, era de las más bonitas de por aquí, digo, las muchachas, porque la casa no era, como usted lo verá, gran cosa, dos ventanas de vidrio al frente y un poco de piezas en galería, que yo iba a esa casa porque me invitaba Onofre, el hermano de ellas, a jugar cartas en el solar. El papá de ellos, don Silvestre, tenía un almacén en el parque, una miscelánea, y era un hombre más bien solitario, que mascullaba palabras, y a veces ni saludaba, no por maleducado, como creían algunas señoras, sino porque parecía ido, lejano, tal vez recordando a su señora muerta,  que yo no conocí, y de la que Onofre hablaba con adoración. En la sala había un retrato de matrimonio, de los iluminados a mano, y la señora, que era muy joven en la foto, tenía una sonrisa leve y una mirada de tristeza.

 

Acá vivió el orejón Cortés, que jugaba fútbol con nosotros, y era un buen mediocampista, con decirle que pegaba la bola al botín, cuál botín, si era su piel, porque jugaba descalzo, que no sé cómo hacía para tanta habilidad. No sé quién habita esta casa ahora, porque, por lo demás, hace tiempos me fui del barrio, aunque uno no se va del todo, algo de lo vivido, o mucho, permanece en las ventanas, aceras, ladrillos, callejones, cuadras. No volví a ver al orejón ni a nadie de su familia, eran dos o tres hermanas, más bien feítas, pero saludadoras. Y en la que sigue, sí, en esa, vivía un obrero de la fábrica de telas, con bicicleta Philips, y sus hijos, el Gordo y Jorge, eran parte de la gallada nuestra, claro, con fútbol, juegos de la guerra libertada, coclí-coclí al que lo vi, lo vi, y con incursiones a los frutales de las fincas de la periferia.

 

El barrio tenía cosas, dice una canción, pero no era la maravilla. No, para nada. Le digo que hubo épocas en que no teníamos agua permanente. Llegaba por horas y llena de gusarapos y bichos a granel. En la casa, bueno, en casi todas las casas de por aquí, había tanques, unos como piletas en el patio o el solar, que servían para zambullirse en el día de la lavada de los mismos. Algunos se llenaban de lama. En las casas de segundo piso, que no eran muchas entonces, había bombas de extracción. Era duro subir el agua. Para nosotros, no era un castigo, ni una carencia, porque éramos muy jóvenes, patoteros, que íbamos los fines de semana, cuando no día por medio, a los charcos de muchas quebradas, hoy muertas: los Rieles, Charco azul, la Piedrancha, el Búcaro, el Remolino, Los seminaristas y así.

 

A veces, había riñas a machete y piedra entre los más viejos. Era un espectáculo siniestro, pero atractivo, observar el voleo brillante de peinillas y el vuelo de las piedras, que todo se prestaba, porque esta calle era destapada, a veces con apenas una gravilla, o con asomos de brea, qué era horrible en invierno, y le digo que se agarraban don Abel, el Canoso, un tal Arboleda de la otra esquina, y armaban un zaperoco infernal, con señoras gritando, muchachos aplaudiendo y careando, ¡dale filo, hijueputa!, ¡quebrale la cabeza con ese kilo! (que así le decíamos a las piedras), y era más bien, visto desde hoy, una especie de festejo, con sangre incluida, como si fuera una tropel de toros. Al final, no había ningún muerto y las historias se contaban hasta medianoche en la esquina y en cada casa, que era imposible no seguir hablando de la contienda.

 

En esta esquina, que como ve usted todavía está en inmediaciones del anchamiento de una calle, espacio que llamábamos la plazoleta, que servía para picados de fútbol y correnderías de juegos a montones, estaba el bar del Bizco Arturo, un señor montañero, así le decían muchos, que colgaba chorizos del techo, parecían a veces un conjunto de ahorcados, o tal vez una rama de esos árboles llenos de vainas, bueno, y los borrachitos eran los mejores clientes de esos embutidos, a los que, desde la calle, les tirábamos con lanzadores de resorte tachuelas de alambre que nosotros fabricábamos para también probar puntería con las piernas de las señoras, y más que con ellas, con las medias veladas con vena, y tras acertar en el blanco apenas se escuchaban los madrazos y despotricamientos .

 

Bueno, no le cuento más sobre incidencias en el bar, que tenía desde luego una pianola con tangos y otras músicas, como las de unos cantores que me chocaban tanto, Los Cuyos, y de Margarita Cuento y Juan Arvizu, creo. El barrio era feo a más no poder, aunque, le digo, a mí me parecía lindo. No sé por qué. Muchas casas sin fachadas aparentes, los alambres de la energía pegados a ellas, con una crucetas o más bien con unos triángulos metálicos, con aisladores, que también, a veces, nos servían como canastas de basquetbol, al que jugábamos (es un decir) con pelotitas de hojas de cuaderno.

 

¡Ah!, y a propósito de las hojas de los cuadernos de tareas, nos servían para muchas cosas más: cuando llovía en esta calle se formaba un río con agua amarillosa, turbia, y entonces confeccionábamos unos barquitos preciosos, que por aquí, aunque no me lo crea, teníamos astilleros. Los tirábamos al navegamiento y al final de la calle, allá, sí, donde estaba la casa de María Cocuyo, una señora de gafas gruesas, culo de botella, había un desagüe público en el que naufragaban los veleros.

 

En los días solariegos, secos y ardientes, el polvero era aterrador. Por estos sectores había mucha tierra amarilla, a veces rojiza, y abundaban los pájaros sobre las alambradas eléctricas, en los postes, en los aleros de algunas casas, que por acá, qué vaina tan desértica, nadie sembraba árboles, es más, no había espacio para ellos, eran puras aceras y pare de contar, que sin embargo, a la vuelta, por donde vivía la familia Delgado, sí había sanjoaquines y crotos.

 

Vea, pues, que hoy, que he vuelto a recorrer estas callecitas, pocas caras conocidas quedan. No está la tienda de doña Marta y don Pedro, ni está la hija del tipo que trabajaba de chofer del carro de bomberos, una muchacha entonces de caminar embelesador y a las que las otras féminas de por acá le decían La creída. No sé nada sobre doña Cruz ni su marido, un grandote ceñudo y con cara de celoso, que así escuché una vez decir a doña Sofía, que tampoco era pera en dulce, que, además, no dejaba que sus hijos se juntaran conmigo, por vago y desgualetado, según sus palabras.

 

No sé porque me dio en fin de año por retornar a estas antiguallas, y solo por mostrarle a usted dónde pasé momentos felices, cuando no teníamos ni documentos de identidad y jugábamos en la calle, que era nuestro cosmos, con estrellas y agujeros negros. Hoy, como puede apreciar, hay asfalto, las fachadas, bueno, casi todas, están repelladas, hay construcciones de tres y cuatro pisos, y los que habitan ahora nada les dice mi rostro que el tiempo ha borrado, porque ya es otro. Caminemos sin mirar atrás que el año está por terminar y es mejor no pensar en cosas que poco nos importan, como el denominado porvenir, que lo único cierto es lo vivido.

Pintura de Vasili Kandinsky

Días felices de fútbol atardecido

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era un poco estar en un cielo urbano, sin pensamiento en futuros, sin agobios porque mañana qué será de ti, solo con la felicidad de la diversión que parecía no tener fin, la de jugar sin relojes un partido, mejor dicho, dos o tres o cuatro, en uno solo, hasta que la noche era alta y el tiempo de dormir se hacía imprescindible.

 

El partidazo se alargaba en la sonrisa de todos, en la rabia de alguno al que un túnel u “ordeñada” lo humilló y aspiraba al desquite, en el decir sin convicción o con muchas ganas de que el límite no llegara nunca: “se acaba a los doce goles”. En la pasión y la fuerza y el goce de estar viviendo solo para patear con clase una pelota, dócil a nuestros deseos.

 

Unas veces, era, claro, un estadio en media calle o en la calle entera. La plazoleta era el lugar indicado, porque se anchaba y el horizonte eran las aceras distantes, las fachadas de las casas, algunas en obra negra, y no había gramado, sino asfalto, o apenas la sugerencia de este con brea y piedras sobresalientes, que algunas, las más protuberantes, nos servían para diseñar la portería. No había redes ni palos. Solo dos piedras y un portero, en este lado, y lo mismo en el otro, allá. Y más allá, el mundo no existía. O de otra forma: el mundo era ese pedazo de barrio transmutado en cancha, jardín de las delicias.

 

Qué bello era el encuentro. Primero, reunión tras el medio día. Íbamos llegando, sin cita previa, solo porque el juego llamaba y reclamaba. Saludos de mano, intercambio de palabras en torno a cualquier cosa, pero todo con la meta del juego: quién tiene la pelota, por qué no aparece todavía el Gordo, y Chucho qué se hizo que siempre estaba el primero en esta acera de llegada. Y después, la barra y el balón y la escogencia de los equipos, con aquel “pico y monto”, un pie tras el otro, pico-monto-pico-monto, y al que le quedara el pie sobre el del rival, escogía primero.

 

Y la selección, casi siempre, buscaba un equilibrio, que el partido resultara emocionante y reñido, sin mansalvas, aunque a veces quedaba recargado, y había que parar el juego para volver a escoger, para intercambiar la nómina. Nada como un cotejo parejo, intenso, con toques aquí y allá, con gambetas y esguinces de unos y otros, con la hechura de bicicletas y taquitos y rabonas, con la confección de paredes, con la alegría de un amague aquí y otro acullá, que había ingenio y muchas ganas. Talento e inteligencia. Alborozo general.

 

No había cansancio. El mundo nos pertenecía, y era solo una cuadra, o un poco menos, atiborrada de muchachada, de carreras hacia allá y hacia este lado, que el fútbol era una manera excelsa de la vida. Los fines de semana, emprendíamos viaje a otras canchas, a mangas (potreros) que en la parte de las porterías estaban peladas. O a otras que quedaban a orillas de quebradas y había una interrupción larga,  a veces, porque la pelota navegaba aguas abajo y había que correr tras ella por la orilla y después meterse a la corriente para salvarla del naufragio. Moisés metamorfoseado en balón.

 

También, en plena faena futbolera, en algún peladero o en cualquier descampado, pasaban otros muchachos de otras calles, de otros barrios, y entonces nacía el animoso grito de “¡selección!”, que en buen romance significaba un desafío, una contienda en la que entonces el honor sí estaba en disputa. El honor del barrio, de la gallada, de la barra. Y se entraba a chocar con fuerza, y se sacaba el mejor repertorio de picardías y dribles, se exhibía la técnica adquirida, la sapiencia de manejar con categoría el balón, de volverlo un corozo, porque era una cuestión de dignidades.

 

El fútbol era un ritual de niñeces y adolescencias. Una misa contenta en media calle o en un potrero, todos éramos sacerdotes, todos feligreses. Todos, una hermandad que adoraba la pelota, a veces de trapo, otras de “carey” y en menos veces, porque no abundaba el metal, era un balón fino con cascos blanquinegros, que inflarlo era también parte de una odisea, de una peripecia solo comparable al “tecniqueo”, a la hechura sabrosa de treintaiunas, a los preliminares del picado.

 

El fútbol de barrio era estar en el paraíso (el infierno llegó después); en aquel dirimir a punta de palabras (y palabrotas, claro que sí) el cobro de una falta (foul decíamos entonces), la aceptación o no de una “mano-penalti”, era un intercambio de argumentos, de gritos y razones, a veces de sinrazones, que animaban la liza y daban tiempo para ir a tomar agua.

 

Era lindo jugar de memoria, con Chucho, con La Chinga y Fito, y provocar al rival con mostrarle la pelota, corrérsela, movérsela, dejarlo turulato, impotente, y uno hacia adelante, dominando la esférica, dueño del mundo, rey del universo, una pared, un pase atrás, un amague a la derecha y salida por la izquierda, lenguaje armónico del cuerpo, comunión con el balón, y después, la gloria del gol, abrazo colectivo, grito cósmico. Y todo, por el placer de jugar y ejercer la imaginación y la riqueza de los años mozos.

 

Quizá en aquellos días, no hubo momentos más contentos que los de la jugarreta de fútbol, un viaje interplanetario, una expedición a lo desconocido, porque cada partido era una aventura distinta, un descubrimiento (y un deslumbramiento), un modo de vivir sin preocupaciones. Éramos los dueños de la calle, de la manga, y los súbditos del balón, al que después sometíamos a nuestras querencias. Y nos obedecía.

 

La pelota de plástico, la de cuero, la de trapo, era la novia de todos. Amada por su disposición a dejarse acariciar. Ella y nosotros. Una unión de dicha que pervive en el recuerdo y a veces nos conduce a soñar con los días en que el mundo era un carnaval. La fiesta terminó hace rato. Sus ecos distantes nos hacen sonreír. O brotar un ineludible lagrimón.

 

Fútbol e infancia, una pareja imaginativa (imagen tomada de internet)