Domingo con color de fútbol

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Por Reinaldo Spitaletta

 

¿Sabe por qué el domingo es el día más bello de la semana? No, no señor, no es por el vuelo de las campanas, ni porque las muchachas, como Lucía y Susana, salgan a montar en bicicleta, ni siquiera por esa música que anda suelta por las calles. No. Es porque lo adornan los colores del fútbol.

 

El domingo amanece más temprano, murmullo de pájaros, canción de hojas, lejanos voceadores de prensa… Se anuncia con olor a café caliente, con buenos días que suenan distinto, con voz reposada y sonriente. La luz matinal del domingo es otra, diríase más luminosa, y tiene que ser así porque es un día dedicado al sol, para honrarlo, para festejarlo. Para hacer un cambio de ritmo.

 

Cuando el domingo avanza en la ciudad, hay voces de niños en las aceras y comienza a percibirse el rodar de la pelota, su rebotar-correr en el asfalto, y en algunas canchas ya hay pelados con uniformes, están vestidos de ilusión, de pasión. De ganas de jugar. Acarician el esférico, hacen piruetas, ríen, gritan. También hay, en baldíos y otras mangas sin abolengo, adultos, sí, señor, hombres viejos que no quieren dejar atrás su juventud y buscan en el balón sus años de antes. Son hombres-memoria que vuelven a ser niños ante el conjuro redondo del balón. Es lindo mirarlos porque uno sabe que es domingo y que, en ellos, en esos veteranos panzudos, rodillones, el fútbol es fraternidad, es recobrar el aliento perdido, es, incluso, el intento para transpirar alcoholes acumulados. La promesa de un infarto.

 

Uno pudiera decir que el domingo es un color. Sí, suena bien: color domingo, con el que se pintan las calles en las que ya están puestas las porterías. A veces, son dos piedras y el resto, imaginación pura. En otras, son de metal con redes de costal, y listo. Es una manera rápida, práctica, de construir un estadio. El domingo lo tienen puesto los que ahora están en el pavimento moviendo un balón. Oiga nomás sus gritos de alegría, la algarabía, observe que tienen la risa en todo el cuerpo, ya sudan, ya sienten la intensidad del “picadito”. Hay señoras en las ventanas, una que otra hace un gesto de fastidio. Las más, se resignan a ver como el domingo se derrama por su calle.

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El domingo, que para algunos es la recuperación de la infancia, es la posibilidad de ir a un muy escaso potrero urbano (antes eran legión) a recordar los días en que el fútbol abundaba en las barriadas. Las mañanas dominicales de antes (¿se acuerda?) eran para cerrar calles y congregar la muchachada, combinada, claro, con los más veteranos. Una proeza en el asfalto. Había el pelado de las florituras con la pelota. Y al que ponían en los arcos pequeños, casi siempre era un torpe para las gambetas y las paredes, y entonces se elegía para salvaguardar la pequeña portería, con redes de costal o sin nada. Casi siempre, este cancerbero sin talento era la víctima de los fusilamientos, de los taponazos. Había que intimidarlo para que, asustado, dejara pasar el balón en cualquier momento.

 

Hoy, pese a la cada vez más escasa presencia del fútbol callejero, el domingo es una posibilidad para la ensoñación de marcar un gol de taquito; de imaginar en pequeñas espacialidades cómo eludir un “bosque de piernas”, alzar la cabeza para buscar un compañero bien ubicado, ese que te devuelva el balón con calidad y te pueda dejar de frente a la gloria efímera de una anotación bien concebida y mejor celebrada por todo el equipo.

 

El domingo, día de campanas y empanadas parroquiales, está hecho para el encuentro en la cancha. Sí, puede ser en una de grama artificial, en la de arenilla, en la desnivelada de un barrio alto, en la de cemento, o, como pasaba en otros tiempos de modo abundante, en la calle. Sí, el domingo es para transmutar la calle en estadio.

 

¿De qué color es el domingo? Tiene, a veces, el de los tenis gastados en faenas futboleras. O el de camisetas desteñidas por tantos soles. O puede ser el de la alegría que da el ir en gavilla, tecniqueando la pelota, rumbo a una unidad deportiva. En cualquier caso, el domingo está diseñado para la fraternidad del fútbol como diversión singular, como un ejercicio de la amistad y los afectos. Como una posibilidad del encuentro y el intercambio de emociones.

 

Qué curioso. En las viejas barriadas, también en las ciudadelas y unidades cerradas, el domingo huele a estadio. Y a algodón de azúcar. Pero, más que todo, a papel picado, a bandera recién desempacada, a camiseta de hincha. El atardecer tiene el color del fútbol, en los buses, en los viandantes, en las palabras del revendedor de boletos. La ciudad se pinta de rojo y azul, también de verde y blanco. Y el domingo entonces se arrellana porque él también quiere estar en las tribunas para hacerse querer de los espectadores. Todos saben que él es el obrador del milagro: el fútbol tiene el color del domingo.

 

¿Sí será el día más bonito de la semana? El domingo se inventó para que viejos y jóvenes se encontraran en los estadios a desgañitarse en gritos y a esperar para darlo todo en el instante cumbre: el éxtasis de un gol.

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Prado, ventanas con memoria

 

 

La belleza se asoma en los caserones del barrio.

 

Textos Reinaldo Spitaletta / Fotografías Carlos Spitaletta

 

La sensación inicial, al entrar al barrio, es la de estar en un lugar distinto. Hay fragancias arbóreas, calles anchas, fachadas de atracciones ineludibles, y, como desajuste a la visión placentera, una suerte de abandono en algunos caserones.

 

El barrio está ahí, listo a que lo visiten, a que los ojos curiosos sean capaces de penetrar más allá de las paredes, subir con la imaginación muy despierta a los entejados, treparse a las torres, algunas con almenas como si fueran castilletes medievales, y dejarse llevar por la narrativa propuesta por el único barrio patrimonial de Medellín.

 

Las puertas esconden historias, los contraportones también. Y para que los pájaros perdidos penetren a través de ellas, están las claraboyas. Y hay rosetones y tragaluces. Si usted lo desea, se puede ir, como el loco de un tango, a correr por las cornisas, con una golondrina en el motor. O con loras del atardecer, que llegan a pernoctar en los casco’evacas que, más que los guayacanes, abundan en esta geografía de asombros.

 

Hoy, la mirada se concentrará en los ventanales de casas diversas, que pueden evocar arquitecturas que van desde el neoclásico hasta el art noveau. El canto del hierro forjado se escucha en los frentes, en las verjas, en las ventanas que añoran a muchachas de otros días asomadas a la espera de algún trovador nocturno. Prado, el de las perfumadas vaharadas del jazmín de noche, de los cadmios, puede dividirse y subdividirse, según los gustos.

 

Una ventana florecida. Alguien espera serenata

Otro día, serán los balcones. O las escalinatas. O la vegetación. O tal vez, la soledad nocturnal de faroles envejecidos y luces mortecinas, como las de un tango de la guardia vieja. Hoy, lo dicho, el ojo se detendrá en ventanas, que hay de todo tipo: con barrotes o balaustres, con calados, con herrumbres, con maderas envejecidas. Y a modo de rectángulos. O con arcos románicos. Y no faltan las de arco de medio punto.

 

Prado es una riqueza patrimonial, cultural, que, al parecer, a pocos les importa. Y que está a contramano de la historia de una ciudad de la cual poco queda de un ayer, a veces con esplendor y buen gusto. Ahora extinguidos. No hay lugar a la nostalgia. Solo a una belleza que, decadente y todo, nos comunica con otros tiempos, con los cuales, gracias a lo que aún está en pie a la espera de mejores horas, podemos dialogar. Como si habláramos con los muertos, o, a lo Quevedo, como si los escucháramos con los ojos.

 

Las imágenes pueden hablar por sí mismas. Aunque jamás estarán sobrando las pesquisas y las historias. Las ventanas de Prado nos invitan a una meditación sobre añejas arquitecturas que claman por no desaparecer.

 

Juego de formas y molduras.  Miscelánea de curvas y rectángulos.

Ventanitas indiscretas.

 

 

 

Ventana atardecida

 

 

 

 

 

 

El tiempo pasa…

 

 

Las gemelas con vidrios hacia el cielo.

 

 

 

 

 

 

 

El hierro forjado con recuerdos de esquina.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lamentos en un barrio fantasmal

La imagen puede contener: noche e interior

La luz  mortecina de un farol y el resto, sombras nada más. (Foto Carlos Spitaletta)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hacía poco habían hecho correr la bola de que en el barrio había fantasmas. Porque sus caserones son viejos. Porque, se dice sottovoce, en sus subterráneos hay gente enterrada. Porque las mansiones abandonadas, siniestras para algunos, tristonas para otros, hospedan sombras de otros días y pueden revivir en las noches de misterio. De todo se dice. Y yo, como no creo en fantasmas, poca credibilidad les he dado a los rumores. Ni siquiera me ha hecho cambiar de opinión un relato leído hace años, no lo preciso bien ahora, en el que, un visitante de un museo, está obnubilado con la exposición. De pronto, alguien se le acerca y le pregunta si él cree en aparecidos. “No, por supuesto que no”, le contestó a un indeterminado ser que, de rapidez, le pareció una sombra larga y burlesca. “Pero yo sí”, dijo lo que fuera el otro y desapareció.

 

No, no he podido creer en los lamentos tenebrosos que en la esquina de Belalcázar con Balboa, en un caserón de arquitectura francesa, con torreones y faroles oxidados, se escuchan —eso se rumora— en las noches de luna llena. Por estos lares de trópico y lujuria a granel no caben los alaridos fantasmagóricos, y sí, claro, los de las parejas que, a medianoche, en los antejardines, con guayacanes y jazmines de la noche, se alumbran con deleite con pálida luz lunar para abrazarse y volverse un solo cuerpo, un solo quejido, una convulsión única.

 

En los últimos meses, he deambulado de noche por las calles penumbrosas del barrio que en otros tiempos albergó a la muy pudiente burguesía comercial e industrial de la ciudad y, hoy, tanto tiempo después de haberse extinguido del paisaje de arquitecturas republicanas, de palacetes y castillos a la europea, no quedan sino sus desmesuradas habitaciones. Es, pese a su decadencia sin remedio, una geografía de elegancias envejecidas y de enamoramientos a primera vista. Todo forastero que la recorre queda prendado, según se ha oído decir por aquí y por allá, de una joya de casa con rejas de hierro forjado, leones en posición de guardia, portones de caoba y fachadas que todavía deslumbran pese a su ancianidad. Y de una que semeja un castillo de hadas, y de otra que es como un palacete galés. Y así.

 

No sé por qué les dio a unos de una corporación recién llegada al barrio por decir que los fantasmas tenían como amañadero varias residencias, sobre todo las deshabitadas, como una, en ruinas, en toda la esquina de Moore con Palacé, desvencijada, de paredes descaecidas, pintura sin carácter. Y otra, ocupada, aunque nunca he visto a nadie en ella, sita en Venezuela con Darién. No falta la voz que suena con anuncios que, después de las nueve de la noche, en la torrecilla de la iglesia del Espíritu Santo se ve una sombría cabeza flotante y que, sobre su marquesina, recorrida por una inmensa trinitaria con flores color palo de rosa, se despernanca una mujer que, con las horas, se torna esquelética y fatal.

 

Puede haber una mala intención en los propaladores de estas especies. Querrán, quizá, asustar a viejos habitantes que ya ni siquiera se asoman a las ventanas, quién sabe con qué torvos propósitos. Dejarlos encerrados entre sus recuerdos y antiguallas puede ser una táctica. He pensado, no sin una intención maldadosa y malhadada, que esos mismos residentes, que deben de tener la piel desdibujada y triste, son más fantasmagóricos que los pretendidos por los agitadores de aprensiones. En asuntos de propiedad raíz, de desvalorizarla con mendacidades y otros trucos, está la ocasión para quedarse, por qué no, con unas enormes casas que son patrimonio histórico.

 

Como he dicho, ando por las noches, cuando no hay lluvia y más bien el cielo está estrellado, por las calles del barrio, que, después de las siete u ocho, parece una fracción deshabitada, con luces mortecinas, farolitos de débil luminosidad, sombras alargadas de los árboles en el asfalto y las aceras, y uno que otro viejo asomado a un ventanal, como si tuviera la esperanza de ver discurrir por la calle su pasado de esplendores.

 

Por la casa en la que dicen se lamentan las paredes, no he percibido nada. No dejo de tener, sin embargo, ciertas dudas cuando me detengo a observar la fachada, con torreón verde desteñido, dos plantas y unas gradas que desde la calle ascienden hasta un portón gris, con postigo y rejilla. Aguzo el oído, pero el silencio es más fuerte que cualquier alarido en potencia. Una noche me hizo brincar una rata que, junto al cordón, corría hacia la alcantarilla. Después, continúo mi caminata bajo la luz amarillenta de las lámparas, algunas obstaculizadas por los ramajes de espesos árboles.

 

He vuelto a casa a veces con una desazón, porque, en el fondo, uno quisiera tener una aventura metafísica, ser testigo de alguna revelación sombría, de ser tocado por una mano invisible o llamado por una voz de ultratumba. Decían los abuelos que el que quiere ser espantado se queda con las ganas, porque, advertían con tino, “el espanto sabe a quién le sale”. Me digo siempre que en el próximo periplo puedo tener más suerte. ¡Ah!, suelo hacer estos recorridos, vestido de sudadera o de bermuda, tenis y camiseta de algodón. Nunca llevo teléfono ni dinero, y solo me meto al bolsillo un carné de jubilado, porque, entre tantas soledades, no faltará el muy asustador ratero que se enamore de uno y le quiera quitar hasta los zapatos. Nunca me ha abordado ningún maleante. Tal vez, quién me lo pudiera confirmar, haya pasado alguno cerca con negras intenciones y se haya arrepentido al creer que el caminante es otro más de los fantasmas de un viejo barrio que, en algunas de sus calles, de noche semeja a un cementerio.

 

No he hecho pesquisas todavía acerca de los azuzadores de leyendas ni cuál sea en rigor su propósito. Puede ser que planeen tours nocturnos en búsqueda de emociones fuertes o de encuentros con el más allá, sobre todo para vendérselos a turistas extranjeros. O que estén preparando el montaje de una suerte de museo del horror, con actores disfrazados y murciélagos sin radar. Lo que sea, no deja de tener sus atractivos, y también sus sospechas.

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Los fantasmas me han gustado más en los cuentos y siempre he compadecido al pobrecillo aquel de Canterville. En este barrio, que tiene palacios a la egipcia y mansiones desaforadas en tamaño, los relatos de terror pudieran ser una posibilidad de atracción para los que gustan todavía de tales peripecias, electrizantes y pasadas de moda. O, en otra dimensión, se podrían convocar reuniones o congresos de cazafantasmas y de autores que, en plena posmodernidad, sueñan con vampiros y figuraciones góticas.

 

Mi escepticismo, mi vieja incredulidad en endriagos y duendes, en ángeles negros y engendros infernales, se vino a pique hace muy poco, una noche en que las nubes viajaban a velocidad de búho y tenían una oscura carga de tormenta y de presagios. Empecé a subir por Palacé, en el cruce con Miranda. Eran las nueve, según vi en mi relojito desechable, cuando en una acera vi, tirado, a un habitante de calle, que ya roncaba envuelto en cartones. Subí y me llamaron la atención unos ventanales de vidrios de colores, como iluminados desde adentro con velas. Una brisita fría soplaba en el recorrido.

 

Después de atravesar Urabá, de pasar enfrente de una vieja mansión que tiene forma de vapor de viejas navegaciones por el río Magdalena, sentí un extraño escalofrío. Ni que me fuera a dar un resfriado, pensé. Los brazos, velludos y descubiertos, se tornaron arrozudos y ahí sí comencé a preocuparme. “No me puedo enfermar”, me dije como si con la negación ahuyentara cualquier posible amenaza viral. En el silencio de la noche barrial, percibí con levedad unos pasos detrás de los míos. Me volví y no vi a nadie. Continué por la acera, hacia el norte. Las fachadas en penumbras, de una belleza muda, parecían telones con sombras chinescas.

 

Luego, los pasos perdidos resonaron a mi espalda con más volumen. Me volteé con rapidez insólita y quedé mirando al sur. Nada. “Qué vaina estará pasando. Alguien me quiere meter miedo”, me dije. Y entonces introduje la mano derecha al bolsillo. Toqué las llaves. Estaban frías. Aceleré. Atrás, los pasos también lo hicieron. Confieso que comencé a preocuparme. ¿No sería acaso el eco de mi caminar? En Darién me quedé mirando la iglesia blanca, la sombra del curazao, la torrecita en la que no advertía ninguna extraña figura, las rejas. No sé por qué me invadieron unas ganas tremendas de mirar atrás y solo percibí una sombra fugaz de lo que me pareció un hombre delgado. Se refugió, o así lo creí, detrás del tronco de un casco de vaca. Esperé. Nada se movió. Apresuré para bajar por la siguiente calle, hacia la izquierda, aunque en realidad para devolverme a mi casa debía hacerlo a la derecha. Al doblar la esquina, de reojo volví a tener la sensación de que una sombra me perseguía. A la mitad de la cuadra, escuché un rumor, leve al principio. Luego, en la medida en que me acercaba al final de la calle, el rumor subía. Una ráfaga de viento frío me azotó en la cara.

 

Estaba, sin habérmelo propuesto, a la entrada de la Casa de los lamentos, con las dos columnas de su entrada, el balcón solitario, el farol apagado, la torre insinuada en la oscuridad, sombras de árboles en su fachada y la noche encima. No sé qué me detenía y no me permitía seguir. Como si estuviera sembrado en el piso. El rumor era más claro y entonces, no sé por qué, recordé un breve relato de Bradbury en un cementerio, con un rumor de muerte, o, mejor, muertos murmuradores, y el frío me envolvió. Por debajo de la puerta del caserón salía un aullido inefable, una voz de tierra y tinieblas que me paralizaba la voluntad. Decidí que, en efecto, era como un llanto lerdo, desdibujado, alguna manera de comunicación interrumpida y frustrada que me quería decir quién sabe qué mensaje. Cuando creí que era una pesadilla, una insoluble trampa de horrores del sueño, el lamento largo subió al cielo y cada vez se hizo menos audible. Detrás de mí, volví a apreciar la sombra irresoluta que se elevaba entre guayacanes y mangos. Olía a humedad de sótano y a flores muertas. Cuando llegué a casa, todavía me temblaban las piernas.

 

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“Por debajo de la puerta del caserón salía un aullido inefable…”.

Los que no llegaron al partido

                                       Para recordar a un equipo de fútbol que cayó del cielo

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

¡Qué nada ni qué diablos, carajo!, no nos iban a ganar de camiseta, de que algunos jugaban con tenis-guayos, que nosotros, sin tanta pompa ni vanidades, teníamos los mejores en cada puesto aunque no hubiese ni para la gaseosa del final de juego, ni siquiera para el Pielroja que nos sabía a gloria cuando terminábamos un cotejo en días en que algunos guardaban la mesada de domingo, sin ir a cine, solo para que en el partido, o, mejor dicho, cuando este finalizara, y si había victoria mejor todavía, nos fuéramos en patota a la tienda de don Juan a comprar leche condensada, paletas y el infaltable “peche” de tabaco negro.

 

Qué va, mano, nos querían intimidar porque éramos los del Congolo apenas unos atarugados, puro alfeñique, pobretones, así supe que nos calificaron, y comenzaron a enviar avanzadas de provocadores por la cuadra, que agitaban palabrería de que les van a dar una paliza, que ustedes no pueden con La Cumbre que son tecniquiadores, que llevan mucho tiempo jugando juntos, que les mandan a decir que lo mejor es que, para que conserven cierto orgullo, no se pongan de braveros en la cancha y permitan que les pasen por encima.

 

No, mijitos, ni riesgos que nos íbamos a poner con tembleques, o a desvelarnos porque nos tocaba jugar para definir quién pasaría a la ronda final con los duros de un barrio al que ya lo habíamos derrotado no solo en fútbol sino a punta de piedra, en días en que se acostumbraba a corretear pelaos de otras galladas, y nosotros ya habíamos establecido quiénes éramos los que mejor tirábamos pedruscos, con puntería pura, y con destacamentos como de aquellos que a veces se veían en películas, con combates entre indios y vaqueros, soldados e indios, o cuando las de capa y espada, pero todo era puro pedregal, a veces con rotura de bezaca, o con quebrada de vidrios del vecindario, que siempre llamaba la policía, para nada, porque cuando aparecía la Chota ya todo había terminado.

 

Así que no había tutía, bacán: ganaríamos la lid futbolera, por lo dicho, no había quién nos derrotara, y cuando más, los rivales sacaban empate, íbamos derechito a ser campeones, todos pensábamos en esa meta, porque éramos buenos, sí, de verdad. Un equipazo. El arquero, Avendaño, volaba de palo a palo y tenía unos reflejos que en menos de una espabilada les quitaba de los pies la pelota a los contrarios, y además poseía una virtud, que para los rivales era defecto: hacía atajadas de taponazos con una sola mano, malabarista del balón, cuando le tiraban algún chutecito para el papayazo, para la exhibición, entonces ponía la esférica a dar vueltas en sus dedos, con efecto, como si fuera un mapamundi al que él le imprimía movimientos como cuando se patea un balón con chanfle, que los del otro equipo quedaban babeando de la rabia y la impotencia. Era un poquito humillador, pero así es el fútbol, hay que sacar de casillas al rival, ¿cierto?

 

Teníamos un crack, al motorcito, el Califa, que no sé quién lo apodó así, porque yo era el mejor para bautizar a los otros con sobrenombres, pero me parece que fue Colombina, el entrenador, que por esos días había leído unos relatos de Las mil y una noches, según nos dijo, con su pose de chicanero, que igual así lo queríamos porque nos enseñaba a pararnos en la cancha, a observar los movimientos del contrario, a ser vivos, a no dejarnos intimidar con nada. Sí, me parece que fue él quien le puso la chapa al que antes se llamaba Alejandro, un gambeteador endemoniado, que cuando menos uno pensaba ponía un pase inesperado y te dejaba en posición de anotar.

 

Califa era un jugador de los que uno no quería tener como rival y, sí, era uno de los que nos iba a procurar la victoria contra La Cumbre, que además teníamos a Chucho Palotes, el centro delantero que sacaba como de un sombrero de mago, o no sé qué, unos cañonazos cruzados que ningún arquero podía atrapar. Bueno, y yo, te lo digo, yo no estaba para acobardarme por los codazos de los marcadores, que aprendí a esquivarlos y provocarlos diciéndoles maricones, así no se juega, que por la punta derecha era un volador, un driblador, gana-raya, con pases atrás, descolocadores de defensas,  y cuando me daban ocasión me les colaba hacia adentro y lleve pues, que el arquerito quedaba regado.

 

Rendón era patadura y Herrera el zarco un mediocampista con clase y fuerza, un ocho de calidad. Mejor equipo no podía haber, así que los pretenciosos de La Cumbre tendrían que chupar por bobos, por creídos, por sobradorcitos, que con nosotros no había caso, pelao.

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El domingo estaba próximo pero nos parecía lejano, qué bueno que fuera ya, decíamos en la manga de La Selva, donde entrenábamos con los chistes de Colombina incluidos, que nos desternillaba de la risotada, cuando decía que los del otro equipo eran eso, del otro equipo, mariquitas sin remedio. El partido iba a ser en la cancha de Santa Ana, porque no prestaban para esa fecha la muy profesional de Fabricato, en la que a veces entrenaban los de Medellín y las tribunas con techo de asbesto se repletaban.

 

Cómo era posible que se les ocurriera a los rivales, mariconcitos sin talento, que podían vencernos, cuando todos nosotros nos entendíamos de tal modo que hasta podríamos jugar con los ojos cerrados, uno sabía dónde poner el pase, cómo acelerar, cuándo pausar, estábamos sincronizados, y la voz recia de Colombina, sus instrucciones a veces de puro grito las teníamos estudiadas, incorporadas, que mirá que parecíamos, sin pendejadas, Brasil 70, con qué clase, sí, sin vanidosidades, sin babosadas, solo que lo que se hereda no se hurta, decía mamá a veces, y en el fútbol le entendí su dicho. Nosotros podríamos llamarnos, según decía un vecino que no se perdía compromiso, Once Toques, pero ¡qué va!, si toques eran los que sobraban en un partido, abundaban, Chucho para allá, el Gordo para acá, el motorcito para todos lados y así, que por la derecha los ponía a los defensas a penar porque mi velocidad y gambeta sacaba de quicio a cualquiera. No abusés de la finta, decía Colombina, que me enseñó a jugar con la cabeza en alto, difícil faena para desplazarse tan rápido pegado a la banda, todo se aprende a punta de jugar y jugar, y por eso nuestra confianza, ¡cómo se les iba a pasar por la cabeza a los de La Cumbre que podrían ganarnos!, jamás de los jamases, se oyó decir a doña Peregrina, que a veces nos llevaba a la cancha un botellón con fresco.

 

No nos ganarían de camiseta, que las de ellos eran finas, compradas en almacén deportivo, en cambio las nuestras, amarillas con franjas negras, las confeccionaban las mamás, sí, las de nosotros, con retazos de fábrica y, en serio, quedaban hasta bonitas y la sentíamos parte nuestra, pegada a la piel, sudadas, que las de ellos eran verdes, de popelina, y casi todos tenían medias de fútbol, porque nosotros a veces, no todos, jugábamos con calcetines de colegial.

 

Todos queríamos con ansias que nos hacían sentir cosquilleo en el estómago que el domingo llegara rápido. Era, decía Colombina, la ocasión para darle más gloria al barrio, para que nos fajáramos un partido como de Mundial. Teníamos muy planchaditos los uniformes, lavados los tenis, el balón de vejiga estaba impecable porque le habíamos sobado con sebo y ya la cuota para pagar al árbitro la habíamos aportado. Los carnés de cartulina estaban en orden. Solo faltaba jugar. Hora del encuentro: diez de la mañana.

 

El sábado, cuando algunos estábamos en la esquina del bar Florida, que siempre estaba soltando tangos, incluido El Sueño del Pibe, a Humberto, back central, le dio por invitar a Chucho y al motorcito de arabescos con la pelota a una caminada nocturna por Prado y Manchester, que así se prepararían mejor para la contienda, dijo uno. Yo no quise ir y más bien pasé a la tienda de don Juan a decirle que mañana le traeríamos buenas noticias para que nos hiciera alguna rebaja en las lecheritas. Colombina había advertido que nos acostáramos temprano, que él también iba a hacer lo mismo. Sí, eso dijo.

 

No sé qué pasó, pero por la noche, los de La Cumbre mandaron a varios azuzadores a gritar en el barrio: los van a quebrar, los van a matar, los van a dejar vueltos papilla, malparidos, y yo que ya estaba en casa, salí a contestar las ofensas, pero ya los carechimbas iban lejos, y me quedé con las ganas de irme detrás de ellos pero los gritos de mamá interrumpieron mis intenciones.

 

Cómo así que nos iban a ganar de pataduras, de cuento, de güevonada, que a nosotros nadie nos metía miedo, cómo así, ni más faltaba. Y el domingo llegó. Y yo, que siempre esperaba a otros para irme a la cancha, me adelanté. Ya iban a ser las diez y apenas estábamos cinco, lo que nunca. Ni siquiera Colombina había llegado. Los contrarios ya estaban completos, tecniquiando, trotando, pateando. Y los cinco de nuestro equipazo, el de los toques embobadores, apenas mirábamos, eso sí, con el uniforme puesto. El árbitro comenzó a dar pitazos, a llamar a los equipos. En esas, apareció Avendaño, y ya éramos seis. ¿Y Ochoa y el Motorcito y Chucho y los otros? ¿Y Colombina? ¿Dónde estaban? ¿Qué les pasaría? Que nos iban a ganar de bulla y camiseta de tela fina, ¡qué va! Que nos iban a pasar por encima, menos. Que nos bailarían y goleaban, no, ¡qué va!… Nos ganaron por Doble U, sí, por W, que mucho tiempo después, cuando ya el fútbol de competencia poco me interesaba, supe qué significaba esa convención que nació con carreras de caballos en Inglaterra. Lo que nunca supe a ciencia cierta, y creo que nadie se enteró con exactitud, era qué le había pasado a más de la mitad del equipo de la camiseta amarilla con listas negras, al onceno que más fútbol jugaba en los días en que todavía éramos muy felices y ricos en ensoñaciones.

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Una sensación de soledad y derrota. Los jugadores no aparecieron y perdimos por W.

 

 

Peripecias del muñeco de Año Viejo

(Crónica con tictac para exorcizar los fantasmas del tiempo)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Un recuerdo de infancia me lleva a vislumbrar en una esquina de fin de año a un hombre sentado. Bueno, en rigor no es un hombre, es su representación, vestido de ropas viejas, con tripas de trapo y pólvora (lo supe después), con ojos vacíos que miran sin mirar el tiempo último, los minutos contados. Su saco desvaído, sus zapatones desvencijados, recuerdan a un payaso obsoleto. Es una figura tristona, junto a la cual, un tipo de verdad, con traje de mujer y pañoleta oscura, llora sin consuelo como si fuera la viuda del muñeco de Año Viejo.

 

Los muñecos de fin de año, parte de una cultura popular, hoy degradada, a veces daban la impresión de ser beodos en trance de irse al piso, con su botella de licor vacía en un bolsillo roto. El barrio giraba en torno a la confección de aquel símbolo del tiempo que moría el último día del año, con recolección de ropas de segunda, o quizá de tercera, en un ritual que aunaba muchachos y señoras, en una demostración de sociabilidad, alegría y teatralidad.

 

Los diseñadores del muñeco, que iban de puerta en puerta, también solicitaban monedas para la compra de explosivos y fuegos de artificio para rellenar el estómago del hombre de trapo que moriría (sin posibilidades de resurrección) a las doce de la noche del 31 de diciembre, en medio de llamaradas purificantes y detonaciones, con gritos desaforados de celebración. Con restos de sábanas blancas, ya curtidas, se formaba la fisonomía. Había expertos en pintar la boca, que en ocasiones tenía un rictus mortuorio, y en buscar sombreros viejos entre los señores de la barriada.

 

Había muñecos de fina estampa. A veces, según la imaginación y los recursos de los hacedores, se les ponía una rosa o un clavel rojo en el bolsillo de la chaqueta, que por raída que estuviera, con ese toque alcanzaba a darle al personaje dimensiones de dandi extemporáneo. O al sombrero se le ataba una cinta nueva, o se adornaba con alguna borla, quizá un sobrante de la ornamentación navideña. No faltaba el de gusto distinto que conseguía guantes para el muñeco. El caso es que, con el esperpento listo, se armaba una juerga callejera, de ires y venires —sin hacer “retenes” a veces amenazantes como los que hoy se estilan en ciertos sectores de la ciudad—, con una mezcla de ingenuidad y creación colectiva. Los preparativos comenzaban desde el treinta, para tener lista, por la mañana del treintaiuno, la representación final del tiempo viejo.

 

Para algunos, muy avisados, el muñeco era como una suerte de golem, de materia prima con la que se podría, de acuerdo con la capacidad inventiva, darle vida a esa figura que adornaba el paisaje urbano de fin de año. Y, de hecho, en su construcción había una especie de creación divina, de soplo secreto, hermético, que era como la de la aparición mítica del primer hombre. El muñeco de Año Viejo pudiera parecerles a algunos un Adán anciano, que al fin de los tiempos había perdido el paraíso y terminaría en la nada y los ostracismos en la Nochevieja.

 

Tal vez sin saberlo, el rito con el muñeco de Año Viejo revivía una antigua inquisición, porque, sin condena explícita, el hombre de trapo finalizaría en el fuego, observado por multitudes vociferantes que gozaban viéndolo consumirse junto con el calendario. Y en la medida que se tornaba en cenizas, crecía el fragor de las explosiones de despedida al tiempo viejo y de bienvenida al nuevo año. Y en ese punto, el muñeco iba quedando en el olvido, se convertía en otra ausencia, en la nada, en lo que ya no es. Un adiós de lágrimas secas.

 

Aquellos muñecos de año viejo le daban razón al poeta que afirmaba: “el tiempo es la única verdad”. Una verdad que se diluía en el último segundo del año, para resurgir al segundo siguiente con una novedad, que a lo mejor seguía siendo vieja, el tiempo de siempre, el intranscurrible, el eterno. ¿Envejece el tiempo? ¿Rejuvenece acaso? Y a todas estas especulaciones, estaba a la vuelta de las hojas de calendario un interrogante fundamental: ¿qué es el tiempo?

 

Pero en aquellos días en que los relojes poco significaban, el muñeco de Año Viejo nos ponía a disfrutar de la luminosidad del fin del año, que era (o es) como la terminación de una etapa y el comienzo de otra. No pensábamos en incertidumbres ni azares. La vida transcurría, casi siempre en medio de juegos y algazaras. Eran día felices sin pensamientos en torno al incierto porvenir.

 

Una memoria de infancia me transfiere a espacios idos, a calendarios que ya no son, para ver en una esquina de fin de diciembre un muñeco de Año Viejo, que cuando lo miraba, me guiñaba un ojo, como diciéndome que algún día sabría lo que significaba el tiempo, pero entonces ya sería demasiado tarde.

 

En el muñeco fin de añero, hay una tristeza irreparable. Se le ve, exánime, sin esperanza ninguna, a la espera de su destino fatal. Su condena es ineludible. El patíbulo lo espera sin conmiseraciones. Y su muerte transcurrirá en medio de detonaciones y los alaridos festejantes de los demás.

 

El muñeco de Año Viejo, símbolo de lo efímero, de lo que es y dejará de ser, es o puede ser una manera de exorcizar el pasado, un ajuste de cuentas con un calendario que toca a su fin. Y, en medio del fuego final, la apertura a azarosos días que se envejecerán hasta convertirse, de nuevo, en un muñeco de trapo y zapatos viejos.

 

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“El año que viene vuelvo…”

¿Qué es un barrio?

(Crónica con un tango, puntos cardinales y alguna esquina de la noche)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Quizá aquel tango de Eladia Blázquez, escuchado al desgaire alguna noche de cafetín, nos puso a los contertulios de mesa en alerta sobre los significados del barrio. “En esa infancia la templanza me forjó / después la vida mil caminos me tendió…”. Y, sí: la sombra de la vieja en el jardín, la fiesta de las cosas más sencillas y la gente que se fue. Eso es, o era, el barrio, en el que todos los puntos cardinales están delimitados con su melancolía de asfalto y su sentimiento de ladrillos.

 

Barrio con “planta de jazmín”, con “la paz en la gramilla” y las cosas que jamás volverán. Y ahí, escuchando El corazón (mirando) al sur, se armó una conversación acerca de lo vivido en esa geografía imprescindible —a veces, impredecible—, de calles, callejones y encrucijadas; de muchachas a las que todavía se les siente (claro, en la memoria) el frufrú de su falda; de las señoras con cara de chisme y colorete, camino a la tienda a ajustar mercados y solicitar fiados.

 

¿Qué es un barrio? La pregunta, con múltiples respuestas, se elevó sobre el humo y el olor a tinto, sobre los cuadritos de orquestas de tango y de vírgenes milagrosas y comenzó a flotar en el ambiente de vocinglería y copas entrechocadas. Es, se dijo, una especie de patria chica (“no, grande, muy grande”, también se escuchó), de intimidad entrañable que, se quiera o no, da carácter y produce historia personal.

 

Un barrio es un punto de partida. Una manera de ir creciendo, en medio de las aspiraciones y las colisiones contra la realidad; de ir de la mano de los otros. La denominada otredad es un vínculo en el barrio, una concepción cotidiana de vecino, de amigo, de compañero. Es la posibilidad del encuentro, del juego de pelota, de tirar las cartas sobre un tapete de cemento o encima de periódicos a modo de mantel.

 

Y la voz de Eladia proponía ampliaciones en la discusión, en la reflexión sobre el barrio, en una especie de metafísica que flotaba y se esparcía en el alma del cemento y del antejardín. Se paraba en una esquina del recuerdo: “La geografía de mi barrio llevo en mí, / será por eso que del todo no me fui: / la esquina, el almacén, el piberío… / los reconozco… son algo mío…”.

 

¿Qué es un barrio? Es, o era, la posibilidad de ver pasar a Teresa, a Francisca, a Margot, a la muchacha de uniforme azul celeste y blanco, al vendedor de caramelos. Es, o era, la multiformidad, la abundancia de voces, las bicicletas de trabajadores rumbo a la fábrica, la presencia de un cartero de buenas noticias o de desgracias. Es, tal vez ya no, la oportunidad de observar los ocasos, las siluetas de las chicas que iban a su casa tras una jornada de estudio, la sombra del mango en las aceras.

 

El barrio, eso se dijo, es (¿ya no?) una promesa de un amanecer con pájaros, al tiempo que se sentía en la calle el olor a jabón y a limpieza de los recién bañados, de los que llevaban camisas aplanchadas, y en la piel un perfume de levedades. Es una intersección de sentimentalidades, un cruce de saludos, las coordenadas de las manos en alto a modo de reconocimiento.

 

Quizá en el ambiente de mesas y taburetes, de música que parecía salir del fondo de la tierra, había una percepción romántica de aquello que daba la impresión de estar a punto de desaparecer. Y la daba, más que todo, el tango con voz de mujer: “Ahora sé que la distancia no es real / y me descubro en ese punto cardinal…”.

 

El intercambio de palabras, a veces trompicadas, se instalaba en algún rincón del alma. Una canción era la propiciadora de una imaginaria vuelta al barrio, al de todos, al de cada uno, en momentos en que todavía la esperanza de prolongación no se había perdido. Y aunque ya no existiera, el verso le daba vida: “la geografía de mi barrio llevo en mí”, como lo avizorara hace años un poeta de Alejandría.

 

Había tantos sures y tantos nortes. Había balcones con caras bonitas y matas de novio y azaleas. Estaba el alambre de ropas y el patio. Y un solar con rosas de la tarde. Y en alguna esquina de la noche, luces de neón y un traganíquel con voces metálicas. Así era el barrio. ¿Cuál? ¿El tuyo, el mío? Había lugares comunes. También diferenciaciones. Se parecían, eso sí, en el ejercicio sincero de los afectos.

 

“Nací en un barrio donde el lujo fue un albur, / por eso tengo el corazón mirando al sur”. O al occidente o hacia la montaña por donde sale el sol. Una melodía, una voz, una mesa de hablantes les iba dando forma a las diversas maneras de ser del barrio. Ya no importaba si mañana ese territorio real e imaginario se iba a extinguir. La clave, eso se dijo, radicaba en haberlo vivido.

 

Después, cuando la voz cantante se silenció, siguió flotando (¿flotando en el adiós?) la idea de un territorio entrañable y significativo que ha dado formas particulares de urbanismo y, más allá de la infraestructura, de relaciones afectivas y solidarias. El barrio trasciende lo catastral y se ubica en la zona de la cultura y la historia, de la memoria y la identidad.

 

Pudo haber sido el tango de Eladia el que suscitó la charla de café. En la mixtura de botellas y pocillos, de copas y palabras, continuaron los ecos de la canción: “volviendo a la niñez desde la luz / teniendo siempre el corazón mirando al sur”.

 

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“Florece en mi barrio”, pintura de José Muñoz.

 

 

 

Las gracias del fútbol de potrero

(Encuentro con Borocotó, literatura de gambetas y el sueño del pibe)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

“No jugó pelota”, le dice la señora que, desde el segundo piso, le ha tirado una bolsita al celador, que no la atrapa y cae sobre la acera. Es posible que algunas estrellas del fútbol de hoy, a veces más dedicadas al lucimiento personal, a los peinados y tatuajes, a las poses de modelo, no hayan tenido la experiencia sinigual de jugar en un potrero (o mangas, que llaman por estas geografías arriscadas). No hayan “jugado pelota”.

 

—Parece un equipo de barrio — se oye decir, en ciertas transmisiones de partidos de fútbol, en forma despectiva, y quizá sin saber cómo los partidos de barrio tenían (quizá, ahora ya no tanto, porque los barrios también se están acabando) ingredientes líricos, de poesía sin pretensiones, de fantasías y creatividad, pero, sobre todo, de pundonor y abundantes ganas de jugar.

 

En las canchas de viejos barrios tal vez no faltaba el futbolista perezoso, holgazán, desganado. Pero un “picado” futbolero tenía elementos de fascinación. Más allá del grito y del despliegue físico, estaban las jugadas de maravilla, las que hacían rabiar al rival (o provocar un patadón o un codazo) y suspirar de emoción a los coequiperos. Quién que sea romántico y haya disputado cotejos en las desaparecidas “mangas” urbanas o suburbanas no sabrá del encanto que propiciaba un partido, cuyas aspiraciones máximas eran las de la diversión y las demostraciones de técnica y talento.

 

La sazón —o el picante— comenzaba desde el desplazamiento al potrero. Un grupo de muchachos, balón en mano, o pasándolo de un lado a otro, con maniobras de “tecniqueo” y florituras, gozaba antes de llegar a la sagrada manga con porterías improvisadas, a veces de caña o guadua, o de piedras delimitadoras, un estadio de imaginaciones y venturosas jugadas. Sí, claro, no faltaba el “güevero”, aquel que, “solo en grima”, se quedaba a la espera, frente al arquero contrario, a ver si pescaba una ocasión de gol. Y había el que daba espectáculo, el que quebraba la cintura a los rivales, gambeta por aquí, regate por allá. Y el fútbol se sentía, se vivía como una experiencia mística, o como una suerte de nirvana, con éxtasis y otras dichas.

 

Sí, es cierto. No todos eran buenos en la faena. Estaba el gordito lento. Y aquel que recibía la pelota y no sabía qué hacer con ella. Se deshacía rápido, como si estuviera encartado. Pero, para matizar, o equilibrar, estaban los inspirados, los creadores y artistas, los que amasaban el cuero y lo ponían a circular. Y los que, con una clase sin par, hacían goles imposibles. El fútbol de barrio era la práctica de una poética. O, si se mira de otra manera, de una filosofía urbana, en la que había pensadores de potrero, con boñiga incluida.

 

El fútbol, que, como lo dijo Dante Panzeri, es la “dinámica de lo impensado” (así se titula su célebre libro), tiene o tenía en la barriada, la esencia de lo que se hace con pasión, sin esperar retribuciones distintas a la satisfacción de estar en una especie de cielo durante el tiempo mítico de un partido. El futbol de potrero es el ejercicio de las invenciones, del deleite sin límites, en el que, como advertían con cierta inocencia los niños de Calella de la Costa, que le sirven de epígrafe al libro El fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano: “ganamos, perdimos, igual nos divertimos”.

 

Pero el fútbol de barrio, el de las mangas (algunas tenían nombre: la del Mosco, la Manga Elena, la Amarilla, la del Ahorcado…), no es tan ingenuo. En su práctica también se aprenden las malicias, las astucias para dar con sutileza una “caricia” al contrincante, y se va creciendo en la dimensión del carácter. Sí, el barrio y su futbolería contribuyen a la formación de personalidad. Y a sentir con énfasis las explosiones de adrenalina y las ganas de sudar y entregarlo todo por una disputa (y una divisa cuasi irreal) que todavía está libre de otras contaminaciones.

 

Tal vez, hoy, algunos jugadores profesionales a los que se les califica de “pechifríos”, carezcan en su currículum de las maravillas de las confrontaciones en canchas de barrio. En las que, además, se aprenden regates, ciertas picardías, la magia de aquello que, en los cincuentas y sesentas, un argentino que se inició en el Boca Juniors, puso en boga: “la toco y me voy”, como si se tratara de una pilatuna callejera. Se llama Luis Pentrelli y ya debe frisar por los ochenta y cinco abriles.

 

En esa práctica de lo impensado en la barriada, se puede aprender, como bien lo diría Albert Camus, acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres. “Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha”, dijo el autor de La peste y La caída.

 

En las extinguidas mangas de ciudad, cuando la pelota echaba a rodar, el mundo se llenaba de luces celestiales y de alegrías sin límite. Era el auténtico ejercicio de la libertad. Así que el mirado y calificado por algunos “periodistas” deportivos, con cierto desdén, el “fútbol de barrio”, tiene (o tenía) exuberantes gracias y faenas de júbilo. Era parte de la denominada educación sentimental y de la sociabilidad.

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El célebre cronista uruguayo (pero cuyo ejercicio lo hizo todo en la Argentina) Ricardo Lorenzo (1902-1964), más conocido como Borocotó, decía en alguno de sus escritos, la mayoría de ellos para la famosa revista El Gráfico: “En Inglaterra los pibes aprenden a jugar al fútbol cuando van al colegio; acá, cuando no van”. Sí, la calle, el potrero, la manga, como un escenario de pedagogías, de aprendizajes para la vida y, claro, para la “futboliada”.

 

Borocotó (cuyo sobrenombre onomatopéyico procedía de los toques de tambor de las murgas de su natal Montevideo: “boro-cotó-chas-chás), un narrador de infancias marginales y sencillas, escribió, entre otros (además era guionista cinematográfico y escritor), el libro En el área del potrero, con las vivencias del fútbol de muchachitos sin fortuna, inventores de jugadas, imaginadores de ficción callejera con una pelota de trapo y unas ansias inmensas de paradas ingeniosas. Y, como lo harían después en el tango, no faltaron en sus notas las ensoñaciones de los pibes que aspiraban a llegar a la primera. “Gambeteando a todos se enfrentó al arquero y con fuerte tiro quebró el marcador”.

 

El barrio tiene, desde luego, asuntos censurables, en el fútbol y en otros ámbitos, como bien lo dijo el escritor y periodista Osvaldo Soriano, pero es una escuela, como bien podría serlo el café (¡oh, Discépolo!) o la esquina. Y en sus encuentros o “picados” había una manera de ser, de vivir, de sentir, de soñar. Ahí, con improvisaciones como de jazz, salía el muchacho de la jugada imprevista y el del que nadie sabía por cuál lado se iba a escurrir, mientras el balón andaba por otro.

 

En aquellos “mangones”, en los que, a veces, había que alternar con vacas y caballos, hubo despliegues de sabiondeces, de provocaciones, de ganas de jugar bien. Y más, por ejemplo, si estaba en juego la dignidad del barrio, en partidazos que exponían más allá de los cánones del bien jugar, los amores por lo que en rigor es una de las patrias (con la casa, con la infancia) del hombre urbano. Un barrio contra otro sí era una variante de la epopeya.

 

El potrero graduaba en sentimientos, en artes de gambeta, en solidaridades. Te la doy, me la das. Y solo allí era posible la reencarnación de paradigmas, de figuras que ya habían alcanzado la gloria de la “primera”, de imitar un amague, de patear a lo Mario Boyé (ídolo del Boca) y “tener más tiro que el gran Bernabé” (otra vez el tango).

 

Así que hay una desproporción cuando algún comentarista, sin mucho fondo, dice que “parece un equipo de barrio” para referirse de modo peyorativo a oncenos que están jugando mal o con abulia. Al contrario, lo que se ve en muchos casos es que esos futbolistas aburguesados carecieron de la escuela infinita en enseñanzas que es la barriada, con sus mangas y sorpresas en las improvisadas canchas.

 

En el barrio se aprende (o se aprendía), como lo dijo Roberto Fontanarrosa, a saber que “hay partidos que no podés perder, tenés que ganar o ganar”. En la manga, en el potrero, se alcanzan, a lo kínder, las primeras y definitivas letras del fútbol como un tejido de dichas (ah, sí, de desdichas también) que dejan una impronta en la existencia.

 

Sucede que hay futbolistas profesionales (e incluso comentaristas deportivos) que quizá, como el celador del principio, no “jugaron pelota”. Y esa carencia deja un vacío imposible de llenar.

 

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Cuadra de pedradas y otras bullas

(Recuerdo de una calle con bar y cataratas en los entejados)

 

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                                                                                                                                                   Pintura de Luis Sala

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Aquella cuadra, en la que vivían un bombero, una muchacha de caminar exquisito, otras de uniformes de cuadros y zapatos colegiales, unos muchachos que solo se asomaban por la ventana, otro que una vez se arrojó del tercer piso para huir de un castigo familiar, y que tenía en una de sus esquinas, un bar y una tienda, carecía entonces de asfalto.

 

En esa cuadra, con una casa inconclusa (permaneció así muchos años) a la que, por encima de los muros, se colaban algunos atrevidos a fumar marihuana y a ver crecer las malezas, vivió una señora cuya atracción para la muchachada era la venta de helados. Doña Cruz, que casi nunca salía a la calle, solo se asomaba por el postigo a entregar los pedidos. Decían que su marido, un obrero de fábrica textil, no le permitía ni mostrarse en las ventanas; quizá era un hombre celoso.

 

El bar que había por allí se llamaba Florida, con traganíquel, coloridas sillas y mesas de metal, cuatro ventanas y dos puertas. Se escuchaban tangos y baladas, también música antillana y, en menor cuantía, horrorosas canciones de campesinos. Al frente, estaba la tienda mixta de un tipo alto, al que le decían el Llanero, que una vez levantó en vilo a un muchacho que a lo mejor se estaba riendo de su estatura. La imagen mostraba a un chico que pataleaba mientras el hombre lo subía para soltarlo desde más arriba de su cabeza. Creo que hubo risas de los otros. A mí me causó indignación. Pero nada dije.

 

Sobre la tienda, una casa con tejas de asbesto, que en el día debían calentar a temperaturas de incendio, albergaba a una señora de la que nunca supe su nombre. Le decían La Perra. De vez en cuando, su entejado sonaba con las piedras que, por las noches, le arrojábamos. También habitaba Leonardo, al que, con gracejos y burlas, llamábamos el Orejón. Había obreros con bicicletas inglesas y don Silverio, dueño de un almacén de telas y cacharros, que tenía tres hijas por las que el mundo barrial suspiraba.

 

En la otra esquina, aparte de la del bombero, estaba la casa de don Abel, un señor con toda la pinta de proceder del monte. En los desagües que bajaban del techo a la calle, en diciembre poníamos papeletas cuyos estallidos hacían eco y producían temblores en las tejas. El hombre salía con un machete pero ya no había nadie a quien darle siquiera un planazo. Al frente de mi casa, estaba la tienda de doña Marta y don Pedro, y enseguida de ella, una sastrería. En una casa de dos pisos habitaba, en el primero, una gordita sonrosada y, arriba, una muchacha linda, cuyo hermano, al que por su poder en el “chute” apodábamos Cañón, jugaba con nosotros partidos de calle y de manga.

 

En el Florida, cuyo dueño, Arturo el Bizco, era bueno para el machete como para freír chorizos, iban tipos que, cuando había batidas policiales, guardaban los puñales debajo de las mesas metálicas o, en casos de emergencia, los resguardaban en periódicos que tenían sobre la mesa, húmedas de cerveza y pasantes de aguardiente. En diciembre, el bar se adornaba de guirnaldas y el piso se cubría de aserrín.

 

Mis vecinos de al lado eran artistas de circo, que viajaban de pueblo en pueblo, sobre todo por los que estaban a orillas de las estaciones del tren. La mamá de ellos salía de noche, vestida de negro, y tornaba al amanecer. En casa, con dos patios grandes, había jardines y atrás, tres albercas que no solo servían para recolectar el agua de consumo diario sino, de vez en cuando, como una suerte de piscinas domésticas.

 

La otra era un solar semiconstruido, abandonado, del que nunca supimos quién era el dueño y por qué había dejado empezada la casa, con puertas y ventanas condenadas con ladrillos. Era una suerte de pequeña selva urbana, con ratas y basuras. Después, estaba la casa de Jaime, cuyas hermanas, altas y delgadas, se caracterizaban por tener nariz larga. Y, más allá, una casa de dos pisos y terraza, desde la cual una vez el negro Arturo, que era buen futbolista, se tiró pero cayó en un montón de arena (una “volquetada”) sobre la acera. Más fue la bulla.

 

En invierno, el pantanero abundaba, como el polvo en el tiempo seco. Por las mañanas, se escuchaba la voz delgada del vendedor de periódicos. En casa solo lo compraban los domingos. Las ruedas del carrito de helados, cuyas campanas aceleraban corazones, se metían en los huecos de la calle. En las madrugadas, se oía el paso de las bicicletas obreras. A veces, algún ciclista, como para interrumpir sueños, hacía sonar el cornetín.

 

Los cables eléctricos eran bajos y estaban, sobre crucetas y otros dispositivos, agarrados a los muros. A veces, en la acera se improvisaban, con pelotas pequeñas, partiditos de baloncesto, para aprovechar a modo de canasta aquellos sujetadores de alambres. Una vez, hubo una pelea a pedradas y machete entre los hijos de don Abel y unos tipos que estaban bebiendo en el Florida. Hubo uno que otro descalabrado. Nadie murió.

 

Aquella lejana cuadra, hoy pavimentada y con renovados habitantes, a veces aparece en mis sueños, con tropeles de fútbol callejero y juegos de canicas y “pelota envenenada”. Los barquitos de papel ya no naufragan en los rápidos, tras las lluvias abundantes que formaban Niágaras en los entejados. Y, como en un tango, “todo, todo ya se fue”. No es hora de regresos. Con el recuerdo basta.

 

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Arqueología y nostalgia del solar

(Crónica con viejos espacios en los que el campo se prolongaba en la ciudad)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

Las casas con solar tenían la posibilidad, además del celebrado patio, de que el cielo bajara a establecer su reino entre higuerillas, eras de cebolla, gallineros y paredes con porterías de fútbol pintadas como si hubiera un estadio doméstico en ese espacio en el que había jardines y cantos de pájaros. Era, también, una suerte de transferencia de lo silvestre, con rememoraciones campesinas, hacia lo urbano. Una muestra mínima del campo en la ciudad.

 

Había en algunos barrios casas en cuyo solar había una puerta que daba a una calle, como una manera de agilizar el ingreso de animales domésticos y de bultos de mercado. No eran muchas. Quizá la última en ese sentido que sobrevivió en la ciudad, era la de un caserón del barrio Buenos Aires, con entrada principal sobre la carrera Alemania con la 48. De afuera, se advertían por encima del muro, mangos, naranjos y plataneras.

 

El solar era una especie de oasis, con frutales y poceta para las trapeadoras. En un tiempo, sus muros se coronaban con puntas de vidrio, botellas quebradas que se instalaban como disuasión para los asaltantes, los llamados “roba gallinas” y los que querían “gatear” a las muchachas, muchas veces en prendas menores en aquella extensión de tierra, sembradíos y senderitos empedrados.

 

Era otra manera de salir de casa, pero atado a ella por un invisible cordón umbilical. El solar ofrecía frescuras, momentos de conversación en torno a mesas y taburetes que se sacaban en tiempo seco y soleado para tener momentos de solaz, en medio de perfumes de plantas aromáticas y de piar de polluelos.

 

Un solar era la prolongación de lo campestre. Y, como agregado, un terreno para el ejercicio de juegos domésticos entre los hermanos, cuando por alguna razón no se quería salir a la calle, donde en otros días había una fiesta de correndillas y futbolerías con pelotazos contra puertas y ventanas. El solar era secadero de ropas y convocatoria de mirlas y canarios.

 

El solar doméstico, diferente a aquel que llamaban baldío, que en los barrios viejos se quedaban años a la espera de construcción, digo que el de la casa tenía sabor a familia, a conversación de atardecer e, incluso, las señoras se comunicaban a través de ellos, alzando la voz, y se pasaban panelas, arroces y otros bastimentos, como asunto de solidaridad y de certificación de vecindario. Los solares tenían palabras y canciones.

 

De los que recuerdo con menos claridad que nostalgia, estaba el de una casa situada en el denominado entonces sector de La Cachera, en Bello, muy cerca de la escuela Rosalía Suárez. Un veinticinco de diciembre cayó entre los brevos y naranjos y el gallinero, en el que mamá tenía unas cuantas aves a las que además nombraba (La Collareja, La Rinita, La Saraviada, La Generosa…), un globo negro, en forma de cojín. Era toda una novedad. Y también —que no podía faltar la superstición— una especie de presagio agorero. Mamá dijo que lo regaláramos de inmediato a los muchachos de la cuadra. Eso se hizo. Se les quemó en la elevación.

 

Con un mi hermano jugábamos a la pelota en aquel espacio en el que se combinaban alambres de ropa y flores de Cayena. La casa, alquilada, era de un tal don Manuel, tenía un antejardín con verja y un patio central. El solar era lo más atractivo de aquella construcción con piezas en galería y ladrillo a la vista. Otra, en El Carretero, en un caserón de tapias y techo de tres aguas, el solar estaba sembrado de plátanos y mafafas. Era un solar con altibajos, barrancudo, que no ofrecía ningún atractivo para la congregación familiar ni para un ejercicio de la imaginación. Una porquería.

 

En algunos solares había quioscos y fogones de leña, que en diciembre eran parte de los jolgorios familiares. Junto el solar estaba a veces el cuarto de los olvidos, en los que reposaban herramientas, máquinas dañadas, adornos navideños y un cúmulo de objetos inservibles. Un solar, en todo caso, era un encuentro con el aire libre y los cielos urbanos.

 

A diferencia del solar casero, existía la misma designación para referirse a los lotes o parcelas, con potencial capacidad para la construcción de casas y edificios. Esos solares, que a veces perduraban con malezas y un muro de poca altura para evitar su ocupación ilegal, se llenaban de basuras y en algunos crecían adormideras y matas espinosas. Hubo los que permanecieron, como tierra de engorde, sin que nadie supiera nunca quién era su dueño. En Bello, por ejemplo, había tantos, de apariencia desolada, sin que jamás alguien los comprara o interviniera, que unos dichos de entonces ganaron en popularidad: “Dura más que un solar en Bello”; “es más viejo que un solar en Bello”. Y así.

 

Uno de los solares más sonoros que conocí fue el de Lindbergh, un barbero del barrio Buenos Aires de Medellín. Sembrado de limoneros y naranjos, tenía un quiosco al que casi todas las noches de todos los años, llegaban músicos sinfónicos y populares. Tocaban y cantaban hasta el amanecer, cuando los reemplazaban nubes de pájaros coloridos. Ya desapareció para darle paso a una edificación a modo de ramada.

 

No sé cuántas casas de esta urbe, antigua Villa de la Candelaria, en la que cada vez más escasean los árboles y hay demoliciones de caserones para dar paso a esperpénticos edificios (bueno, de vez en cuando se descachan los constructores y erigen alguno con diseño de alta calidad y estética), quedan todavía solares. Deben de ser muy pocos. Son parte de un tiempo extinguido. A los demás, los mataron las nuevas rentabilidades y plusvalías del suelo. Y, claro, el cada vez menor espacio que ha quedado para habitar con dignidad.

 

Tal vez las nuevas generaciones ni sepan de qué se trata un solar. Su vida se reduce a las cuatro paredes de un apartamento sin horizontes, sin cielo, sin viento… El solar, ahora, es parte de una arqueología urbana; restos de una memoria en la que había reminiscencias campestres conviviendo con las nuevas maneras de ser de la ciudad. Que ya son viejas. Y, más que viejas, puros fósiles.

 

El solar era una rara combinatoria: aires hortelanos, domesticación de aves (con nidos incluidos), lluvia y sol y viento sobre una cara infantil que, de noche, con el magín enardecido, también podía salir a viajar por las estrellas.

 

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Cara de suplicio

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pintura de Alexej Georgewitsch Von Jawlensky

 

Por Reinaldo Spitaletta

Los sufrimientos le atropellaron la cara, la mirada de angustia, los labios en un rictus de dolor contenido, la nariz inquieta de conejo asediado. Eso dicen a manera de suposición los que lo ven por primera vez, después se acostumbran a su andar de cansancio y a su aspecto de infelicidad. Los antebrazos con vellos ralos, están tostados por quién sabe cuántas jornadas de sol. Usa una gorra tal vez de forma tardía porque ya la piel del rostro está requemada, seca y con algunos lunares saltones y máculas oscuras.

 

La voz es la de un derrotado en las lides del trabajo y en la falta del mismo, que una combinación en exceso de una y otra puede conducir a desmadres y aburrimientos que se retratan en cabello y mirada. Cuando se quita la cachucha, el pelo, ya escaseado, luce apestado y sin brillos. Como las opacidades que se le notan en la actitud permanente: una angustia sin pausa parece sobrecogerlo. Nadie, que se sepa, sabe a ciencia cierta cuál es su mundo interior, porque él se niega, cuando le preguntan por su vida, a dar pistas y datos. Tipo receloso, se escucha la expresión.

 

Parece, y puede ser exagerada la analogía, un sobreviviente de campo de concentración, según se oyó decir una vez, cuando el hombre, de delgadez nada atlética, se disponía a subirse a un bus, trastabilló, se enredó en el primer escalón y cayó sin consecuencias graves, pero ante la mirada de curiosidad de los otros, que no disimularon sonrisas y hasta risas contenidas con la mano en la boca. Se levantó con dificultad y lo que asombró es que ninguno de los circunstantes trató de ayudarlo en su incorporación que, a simple vista, se notaba aparatosa. Dicen, tal vez por llenar alguna conversación baladí, que no se alimenta bien. El aspecto deplorable del hombre les puede dar la razón a los malhadados del chismorreo.

 

Algunas damas que lo ven con aire de lástima han dicho, así las han percibido vendedores ambulantes, que el hombrecillo no inspira ningún mal pensamiento. Parece víctima de un hechizo, de los que se proporcionan en bebedizos y untaduras. Habla casi a media lengua, se le escapan sílabas en las frases, las palabras, casi todas, quedan inconclusas. Se cree que en la infancia le sucedieron cosas terribles de las que él, por lo menos que se sepa, no ha comunicado nada. Es más bien discreto. Aunque, es una conjetura, parece estar quemándose por dentro, debe de tener un mundo interior de fuegos cruzados, que a lo mejor hasta reflujos le pueden causar.

 

Cuando fuma, se le demora en los labios el cigarrillo, como si olvidara que lo tiene ahí, encendido, que a veces se le alarga la ceniza como si estuviera en un plan ritual de lectura de la suerte. Uno, desde el balcón, en un segundo piso, lo ve pasar con pasos inseguros, como si no supiera hacia dónde dirigirse, porque se detiene de improviso, como si fuera a retroceder, y luego reanuda pero sin convicción su marcha hacia cualquier parte. Desde allí se puede detectar cómo algún vecino le alza la mano a guisa de saludo, pero sin que se noten entusiasmos. Él, igual, responde con sonrisa de sinceridad.

 

De su vida pasada nadie, que se sepa, conoce detalles. Ni si alguna vez se casó, si tuvo algún hijo, si fue feliz. Llegó al barrio porque no sé quién le dijo que si le podía ir a lavar el carro, y apareció en el contorno con sus camisones amplios y bluyines desteñidos y avejentados. Luego otros, tras la recomendación, lo utilizaron para ir a la tienda, o a llevar recados, para arreglar antejardines, para limpiar fachadas, en fin, que el tipo es un todero. Duerme en una pensión cercana y en los diciembres pone cara de congoja, tal vez lo asedian los recuerdos, o, como se le oyó decir a una vecina, los remordimientos.

 

Lo que sí es que todos pronuncian su nombre con cariño: Aristóbulo, aunque se escucha también la vocalización del apócope: Aris. Se le ha dicho también Aristi, igual él responde a cualquiera de ellos, e, incluso, al sobrenombre: don Suplicio, que no se conoce quién se lo estampó. Parece indiferente a uno u otro. Hay momentos en que se le ha visto ido, como recorriendo pasillos de su desconocido pretérito y, por qué habría de negarse, transmite con su actitud un hálito de tristeza.

 

Aris tiene la espalda recta, sin asomos de joroba, aunque camina mirando al piso, como si buscara el tiempo perdido, que no tendría por qué hallarse en el suelo. Ah, y su fisonomía tiene una particularidad: es carichupado, como lo dijo doña Juana, la de la tienda, cuando él entró la primera vez. “No pude contenerme”, me contó ella en cierta ocasión: “tenía tan particulares esos cachetes que tuve que llamarlo así, pero con sonrisa y amabilidad, para no herirlo”. Puede ser que otros, antes de ella, se lo hubieran hecho saber, porque, de acuerdo con la versión, no se inmutó.

 

Aristi es parte del paisaje del barrio. Casi siempre, al atardecer, porta un periódico, que, ha dicho, le sirve de lectura nocturna en su pieza de paso. Nunca se le ha visto borracho ni escuchado una mala palabra. En su modo de ser hay melancolía estancada, como si hubiera nacido con ella. La nariz temblorosa parece que le ha crecido y ya parece un pico de lora. Cuando las ventanas lo saludan, en la hora del ocaso, él alza el periódico y sigue su camino hasta que las sombras se lo engullen en silencio.

 

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