Aventura de un árbol de navidad

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“Arbolito de navidad que siempre florece los 24…”.

 

Por  Reinaldo Spitaletta

 

 

Subimos, con un deteriorado machete envuelto en un periódico, hasta la finca La Selva, que desde lejos, desde el barrio El Congolo, se veía con corredores y ventanas rojas y un curvilíneo camino enrielado. Alrededor, al pie del cerro el Quitasol, había noros, chagualos y otros árboles y arbustos. Entonces, a mediados de los sesenta, no había conciencia ecológica ni defensas del medio ambiente, pero todavía no estaba tan destruido el planeta y por las laderas del morro bajaban riachuelos cristalinos y se escuchaban cantos de pájaros.

 

Las vecindades de aquel caserón las habíamos recorrido con muchachos de la cuadra, cuando jugábamos a ser Tarzán y su corte de monos. No faltaba el grito largo (¡iiiiiiuuuuhaaaaaaaah!) mientras uno se arrojaba de un árbol a otro, reviviendo las aventuras de Edgar Rice Burroughs, del cual todavía no habíamos leído sus libros, pero sí los cómics de periódicos y revistas, además de haber entrado al Teatro Bello a ver algunas proyecciones en blanco y negro sobre el héroe de papel, que entonces lo representaba Johnny Weissmüller.

 

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Aspecto del cerro Quitasol.

 

En ocasiones, ascendíamos hasta una prominencia que, desde la distancia, aparecía como un grano en el rostro inmenso de aquel morro emblemático. La llamaban (todavía es así) La verruga. Y aprovechábamos las aguas límpidas y heladas de los arroyuelos para pegarnos zambullidas y darnos un refresco. Y a principios de diciembre, cuando todavía no había ventas de arbolitos navideños preparados para el efecto, sino que había que ir a cortarlos a las florestas y otros montes, las romerías ascendían al Quitasol para conseguir su ejemplar al que recubrirían con algodón de colores, o solo blanco, y les colgarían bolas quebradizas verdes, rojas y doradas. Y al conjunto, que iba en un soporte, a veces una matera, se le agregarían bombillitos, guirnaldas y cadenetas. En 1962, cuando vivíamos en un caserón de Manchester, el arbolito que mamá había confeccionado se fue al piso tras un fortísimo temblor de tierra y sus ornamentos se destrozaron sin remedio. El resto del mes, el árbol se quedó triste y sin casi ninguna decoración.

 

Pues bien. Íbamos los cuatro hermanos a conseguir un árbol navideño, que no fuera muy grande pero tampoco una ramita sin carácter. Tenía que tener cierta presencia y estar dotado de suficientes ramificaciones. Y ya, en las lindes de la finca, comenzamos la labor. Seguro desde el caserón escuchaban los golpes de la herramienta y fue cuando apareció como de la nada un hombre de sombrero con un enorme perro al que llevaba sujeto de una cadena. Nos decomisó el machete y no permitió que nos fuéramos con el “arbolito” que habíamos cortado. Ni siquiera un chamizo del mismo. No recuerdo si nos espetó algún insulto, pero lo que sí quedó en evidencia fue aquella frase perentoria: “no quiero volverlos a ver por aquí”,

 

Cuando tornamos a casa sin nada, mamá nos interrogó. Contamos la peripecia y ella, de inmediato, salió hacia La Selva. La seguimos a distancia. “No se aparezcan por allá”, nos advirtió. Cruzó el portón y se arrimó a la puerta principal. Después, salió el hombre del sombrero. La vimos manotear. Supusimos que estaba más colorada de lo que era. No se escuchaba con claridad ni lo que ella decía ni lo que, luego, el tipo le contestaba. El hombre se metió a la casa y después salió con el viejo machete “tres rayas”, que nos había acompañado durante años en casa y que mamá tenía como una especie de “reliquia” familiar. Cuando ella se había vuelto sobre sus pasos, se escuchó la voz del “mayordomo”: “Señora, puede llevarse también el árbol que cortaron sus hijos”. Tal vez fue el viento el que condujo las voces hasta nosotros. La vuelta estuvo adobada de relatos heroicos sobre el Quitasol y de imaginaciones acerca de cómo iría a quedar el árbol de navidad en la sala de la casa. El machete lo llevaba mamá como un botín de guerra y nos pareció que había gentes en las ventanas de la cuadra que saludaban a los vencedores de una batalla floral.

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Lola Vélez, una vida dedicada al arte

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La Tongolele bellanita, una pintura de Lola Vélez (tomada del blog Historias callejeras)

 

Declaración de Duelo del Centro de Historia de Bello *

 

Despedir en su hora definitiva a la maestra Lola Vélez no deja de ser un acto de dolor ante su ausencia corporal, pero a su vez es un momento para decirle de nuevo gracias por su arte, por sus aportes a la cultura y la sensibilidad de un pueblo que siempre la admiró y respetó.

 

Ella, una artista íntegra, supo interpretar las angustias y alegrías de la gente para dejar en sus frescos, óleos y acuarelas un testimonio estético de su paso por el mundo. Lola Vélez, emblema de una población obrera y llena de desamparos, contribuyó a que Bello fuera llamada la Ciudad de los artistas y siempre supo que la belleza es una posibilidad para mirar el entorno con ojos de asombro y para no perder la esperanza en un futuro mejor.

 

Lola Vélez, toda una existencia dedicada al arte con profundidad y seriedad, nunca apeló al fácil expediente del escándalo para hacerse publicidades frívolas ni permitió que los diversos poderes la hicieran caer en las tentaciones comercialoides. Respiraba arte y talento, y por eso ya en vida era parte de la historia artística de un país que casi siempre ha mirado con desprecio a sus creadores.

 

Discípula de los maestros Pedro Nel Gómez y Rafael Sáenz, tuvo igualmente el privilegio de estudiar con el muralista mexicano Diego Rivera y de compartir amistad e ideas artísticas con Frida Khalo.

 

Con su partida Lola deja huérfanos a sus canarios, sinsontes y turpiales de su casa que es patrimonio cultural de Bello; a sus payasos tristes, a sus girasoles, a sus arcángeles y a su Tongolele aldeana; nos priva no sólo de su presencia señorial sino que nos deja huérfanos de su portentosa paleta.

 

Sin embargo, no es hora de tristezas, porque Lola Vélez nos deja un legado cultural invaluable, un ejemplo de disciplina y entrega total al arte; Lola pintó como si cada pintura suya  fuera la última de su vida; sirvió de ejemplo a muchos artistas jóvenes y su obra continuará viviendo. La maestra Lola seguirá siendo un faro para las generaciones de hoy y del porvenir.

 

Por eso, en esta hora de sombras por su ausencia física también hay luz, la luz de una pintora excelsa que no ha muerto, porque la muerte no existe cuando la vida se prolonga en una obra viva como la suya. Claro que la extrañaremos. Extrañaremos su sonrisa y su trato cordial, la fraternidad con la que siempre acogió a los visitantes de su casa-museo, extrañaremos esa presencia necesaria de la mujer, de la artista. El nombre de Lola Vélez no será unido a la tristeza, porque ella vivió para la alegría. Paz en su tumba y larga memoria a la maestra. Viva Lola Vélez.

 

Reinaldo Spitaletta

Presidente Centro de Historia de Bello

Marzo 23 de 2005

*Reproduzco esta vieja nota de pésame por la muerte de la artista, en momentos en que su casa (que debía ser declarada patrimonio cultural del Municipio) va a ser demolida. 

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la casa de la artista Lola Vélez, en Bello. (Foto del blog Historias callejeras)

¡A marchar por el patrimonio!

 

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El deterioro y marchitamiento del patrimonio cultural e histórico de Bello ha sido sistemático. Desde hace tiempos, a los administradores del Municipio les ha importado muy poco, casi nada, la memoria en ninguna de sus manifestaciones (tangibles e intangibles). Muchos hitos y símbolos patrimoniales han caído ante la vergonzosa ignorancia oficial y el voraz ánimo de lucro de constructoras, como pasó, por ejemplo, con el Club Cantaclaro, la Hacienda Niquía, el pie del cerro Quitasol, las huellas de las textileras (no quedó nada de Pantex, por ejemplo). Y ahora, continuando la tradición de incultura y desgreño, la oficialidad aspira a convertir los históricos Talleres del Ferrocarril en terrenos para vivienda y construcción de sede administrativa, en contravía de los intereses populares, de la cultura y la educación.

 

Los Talleres del Ferrocarril, que, junto con las textileras, fue un laboratorio de modernidad, o al menos de lo moderno en Bello, deben proseguir su destino de convertirse en Parque de Artes y Oficios, centro cultural y educativo, complejo estructural para el pensamiento y la contemplación, todo en  beneficio de la población y su progreso material y espiritual.

 

Por eso, convido a continuar la lucha por la erección del Parque de Artes y Oficios, por una utilización histórica, patrimonial y de la cultura de los antiguos Talleres del Ferrocarril. ¡No a la privatización de este bien público!

 

Reinaldo Spitaletta

 

Tarzanes de selva urbana

(Recorrido para revivir pedreas, noches de cementerio y un bar que ya no está)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La finca, con entrada de rieles y arborizada, con puertas y ventanas rojas y amplios corredores, que siempre veíamos desde lejos, se llamaba La Selva, y a ella, mejor dicho, a sus boscajes, de chagualos y noros y otras especies, llegábamos a representar, porque en la infancia, prolongada en la adolescencia, hay mucha teatralidad; sí, a creernos tarzanes y colonos de junglas cuasi urbanas. En los primeros días de diciembre, íbamos en asalto a cortar ramas y arbustos para convertirlos en el árbol de navidad, en un tiempo en que el mundo se reducía a partidos de fútbol y juegos de calle.

 

En aquella floresta, que considerábamos una sucursal de la selva africana, a veces volábamos de palo en palo, mediante lianas imaginarias y gritos a lo “hombre mono” que se perdían en una suerte de espesura irreal, porque, en rigor, aquella tierra era más pedregosa e infértil, y los arboles raleaban con espacios por los que el sol era el rey a falta de algún león de fantasía, que igual producía rugidos como el de las películas. Lo que era el poder de las invenciones infantiles.

 

En ocasiones olía a hongos, aroma rudo de paragüitas sin gnomos, que a veces crecían entre boñigas añejas y cerca de los troncos de carboneros y acacias en las afueras del predio, en los que había una manga dispuesta para el fútbol y una quebradita de agua limpia. A la entrada de aquella finca, que nos parecía inmensa, había un barrio incipiente, de pocas casas, casi todas sin repellar, en las que algunas damas vendían amores de superficie a ocasionales buscadores de placer de extramuro. Por extensión, también se llamaba así: La Selva (hoy, El Mirador).

 

Esos contornos, al pie del cerro (al que denominábamos morro) Quitasol, participaron en la educación sentimental de la muchachada de fines de los sesentas, cuando estaba el hombre a punto de llegar a la luna (aunque para nosotros ya lo había hecho a través de Julio Verne), y el Che Guevara, su efigie en alto contraste, aparecía fijada en la parte trasera de las camisas de juventud. Aquel relieve, pedregoso y en el que se ejercía la aventura de vivir, tuvo tiempos de excursiones nocturnas al entonces nuevo cementerio de la localidad, para alterar el sueño de los muertos y disfrazarnos de momias y cadáveres con hábitos oscuros y máscaras de medias veladas. También, en esas mismas noches de noviembre, para desafiarnos a pedradas con las patotas de alguna cuadra del viejo Niquía. Todavía eran parajes con pocos habitantes y más mangas y malezas que asfalto y cascajo.

 

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Muchos años después, en una caminata decembrina, y con el propósito de observar los cambios y las permanencias, con mis hermanos salimos en una expedición que comenzó en donde antes el viento tenía su reino: en los extinguidos llanos de Niquía, por la parte alta, que entonces era un camino polvoriento que comunicaba al sector con nombre de mítico cacique, con el barrio el Congolo y parte de La Selva;  y todo, con la quebrada La García de por medio. Por ninguna parte estaban aquellos caserones con antejardines y verjas. Y por los predios de la iglesia de Chiquinquirá, había desaparecido la biblioteca comunal, con local ahora cerrado, y el paisaje ya era de atiborramiento; casitas por aquí y allá, casi todas queriendo ascender las laderas del morro. La conurbación era notoria. Qué diferencia con los días en que nos parecían larguísimas las distancias por aquel carretero de soledades y aire limpio.

 

Ahora, sin espacios para construir, sin mangas ni árboles, todo es una conjunción de ladrillos y techumbres. La finca de entonces es solo añejo recuerdo de infantes que leían a los Hermanos Grimm y se tragaban en la pantalla las películas de Johnny Weissmüller, y después salían a imitar en los charcos su manera de nadar. El cementerio es ahora parte del vecindario. Ya no hay nada lejos. Todo está unido por la presión de las construcciones.

 

No hay manga, no hay quiosco de gaseosas, ni balones que naufragan en la quebrada. Ni gritos de goles en la distancia. Ni olor a grama y a higuerillas. Como dice una canción, todo se ha ido. Nada se ha quedado. O sí, tal vez una memoria en añicos, que al paso nos hace buscar una huella, un entejado envejecido, la casucha en obra negra en la que una mujer atendía pedidos de piel y respiraciones agitadas. Lo único que queda es el puente sobre La García, reformado, y, abajo, la quebrada, ahora más sucia y muerta.  Amurallada, continúa si infinito transcurso en el que antes hubo peces y balnearios.

 

Por aquí vivían los Siete Cabezas, que tenían televisor y que nos permitieron apreciar la llegada del papa Paulo VI; más allá, el bombero y su hija, a la que papá apodó Miss Congolo, de caminado con tongoneos y que no saludaba a nadie. Y ahí, sí, en la calle en la que doña Cruz vendía helados y doña Marta era la tendera más activa, estaba la casa de los Spitaletta, ahora con otra fachada que no recuerda en nada a la de otros días (ventanas y puerta grises), vecina de una construcción inconclusa que duró así una eternidad y ya está terminada.

 

Y a nuestro paso, como en un tango, nos íbamos preguntando qué sería de aquella Teresa Flórez y de Gabriela la colorada, y qué si fizo Olimpia la de la minifalda bien lucida. La que sí continúa, alterada, claro, es la esquina donde años ha estuvo el Florida, un bar en el que Raúl Berón todas las noches entonaba “Siempre fueron / mis mejores compañeros / los muchachos milongueros / jugadores y algo más”.

 

Ya no está el muro donde a lo Gardel grabamos con aceros (más que todo con clavos) los nombres de Edilma y Lucía y Amparito. La plazuela en la que hubo gambetas y goles ya nos parece más pequeña e imposible que allí hubiéramos jugado unos partidazos que ni siquiera los superaban los de Brasil 70. Nos pasamos un balón imaginario y revivimos en instantes aquellas jornadas de embeleso, que sacaban de quicio a las señoras de la cuadra y a las vidrieras de sus casas.

 

Con leves variaciones, las arquitecturas de aquel sector obrero permanecen, y tal vez por eso, vemos en las ventanas muchachas bonitas y cortinas de flores. Y en el distante recuerdo, alguna mano que se agita con adioses. Con los mismos adioses que ahora los caminantes dispersan en un barrio que hace años les permitió soñar con amores de celuloide y viajes a la luna.

(Diciembre de 2016)

 

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Morro Quitasol, Bello, Antioquia.

 

Una lágrima por un amor que no fue

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

La muchacha, sobre todo en las mañanas, sintonizaba una emisora que casi siempre ponía a sonar una balada de Estelita Núñez. Y la cantaba con ganas, como si fuera lo último que fuera a hacer en el mundo: “Una lágrima por tu amor, una lágrima lloraré…”, y yo, desde el segundo piso, la escuchaba. Era una muchacha blanca y rubia, que por las noches, bueno, tal vez a las seis y treinta o siete, recibía en la puerta a un pretendiente. Yo desde el balcón los veía animados en su conversa, y sentía una tristeza por no ser yo el que estaba ahí, con ella, en la puerta, recostados a la reja. Pero nada.

 

A veces, yo salía a dar una caminada a esa hora, para verla a ella de cerca, olerla con disimulo, saludar y escuchar su respuesta. No recuerdo si el tipo contestaba a mi salutación. Creo que no. Ella sí lo hacía, con risas y un dejo que a mí me parecía medio tristón. Me iba dolido, diciéndome para mis adentros qué era lo que hacía que no pudiera estar junto a la chica que, por otra parte, no era hija de la vecina, sino su sobrina, y vivía ahí no sé por qué, tal vez por no tener mamá, o qué sé yo, solo sé que ella estaba a diario en aquella casa, en el primer piso, que era la habitación de la dueña (Maruja se llamaba) una señora con cara de bruja, bueno, en el sentido de la deformación monstruosa que le propinaron a las brujas sus enemigos, que, como leí después, en realidad eran mujeres muy bellas y sabias.

 

Pero esta era una dama no solo malencarada, sino, de añadidura, mala clase. No saludaba. Estaba presionando a mamá desde la mañana en que se cumplía el mes de arriendo. Tenía dos hijas, esas sí feas, a las que pusimos como sobrenombre las Culateras. Bueno, el del bautizo fue mi papá, experto en esas lides de aplicar apodos. Abajo, en el solar del primer piso, había un inmenso tanque, del cual nosotros, con una oxidada bomba de manivela extraíamos agua, en una labor que era todo un desencanto y una aburrición deplorable.

 

Vivíamos entonces frente a una iglesia en forma de ramada de nombre Santa Catalina Labouré y a pocas cuadras de la quebrada La García, con mangas en sus márgenes, a las cuales, en ocasiones, íbamos a jugar fútbol, con el riesgo ineludible de que el balón, durante el partido, cayera varias veces a la corriente.

 

Bueno, pero lo que interesa ahora, cuando he olvidado el nombre de la muchacha, mas no su figura ni su voz matinal, que cantaba baladas y a veces también una música bailable de Los Hispanos, como la de homenaje a Cien años de soledad, que provocó que por el tumbao en el caminar cuando sonaba la tal pieza, pusiéramos la Maconda a una vecina del barrio. Pero esa es otra historia.

 

Mis mañanas eran de expectativa, y lo que más quería siempre era escuchar la voz de la chica. Me arrimaba a la parte que daba al patio-jardín de abajo y aguzaba el oído por si podía tener noción de los modos de respirar, de sus pasos, de la escoba que sonaba en sus manos. Y de pronto, se regaba por el ambiente aquello de “una flor sin rocío morirá y nunca más vendrá la primavera…”. A mí me iban dando palpitaciones. “Qué bella voz”, me decía, qué triste se escuchaba en partes esa balada: “el agua de los ríos se detendrá, el cielo no tendrá ningún color porque se terminó mi amor…”.

 

La muchacha se estremecía y me estremecía: “Fuiste el primer amor y no volverás…”, qué dolorosa era aquella declaración. Y ella parecía que lagrimeaba, o así la imaginaba, ella en primavera, ella en flor. Y yo con un nudo en la garganta, con ganas de decirle desde lo alto qué bello cantás, qué voz tan linda, cosas así, como para enamorar, pero no las dije. Me las guardé. No sé por qué. Quizá una recóndita timidez me lo impedía. O el saber (el intuir) que era, con ella, un acercamiento imposible, una distancia corta y a la vez lejana.

 

La canción —en sí era una simplonería— le brotaba con gusto a la muchacha, como si se la estuviera cantando a alguien, a un amor que tuvo, a su primer amor. Y yo a veces pensaba que era una dedicatoria que me hacía, tal vez ella también querría decirme que habláramos, que nos acercáramos, pero nada de eso sucedió. Y ella continuó por las tardes-noches, recibiendo la visita de un tipo al que yo, de pronto, comencé a odiar, o, más bien, me caía gordo, porque estaba interrumpiendo —creía yo— una posibilidad de romance entre ella y yo.

 

La flor sin rocío se murió. Nos mudamos al poco tiempo de aquella casa y no volví a saber nunca más de la muchacha. El tiempo, que en este caso es el olvido, la borró. Y la canción tampoco la torné a escuchar. Por estos días, sonó en la radio y la imagen de aquella chica de barrio volvió de súbito con su carga de melancolía. No sé por qué una lágrima se asomó en la memoria y sentí que ella estaba cantando dolores en una mañana borrosa de la adolescencia perdida.

 

                               Pintura de Gustav Klimt

Una noche de pánico y muerte

 

(Quebradas desbocadas, terror colectivo y una crisis de miedo en Bello)

 

Como en un presagio de ficción, cuando alguien dijo: “en este pueblo va a pasar algo” y la voz se amplificó, sucedió en Bello, Antioquia, el 6 de octubre de 2005. El invierno, la desinformación, el deterioro ambiental produjeron una enorme tragedia. Y un pánico colectivo. Reportaje no apto para nerviosos. *

 

Por Reinaldo Spitaletta

  1. ¡Qué pasa que todos corren y gritan!

El hombre estaba entusiasmado –y ensimismado- con la lectura del libro Las noches de la vigilia, de Manuel Mejía Vallejo. Eran las ocho y veinte de la noche del seis de octubre de 2005. Sentado en un café, enfrente de su lugar de trabajo, el colegio Andrés Bello, sintió un súbito estremecimiento.

Acababa de terminar el relato breve Cenizas, cuando una sensación escalofriante lo envolvió como un sudario. No sabía si era que aquel cuento lo había impresionado hasta tal punto o era, según cayó en cuenta después, aquel rumor creciente que él al principio atribuyó a la magia del narrador.

Cuando volvió a la realidad real escuchó una algarabía enorme, una bulla in crescendo que lo obligó a asomarse a la puerta del cafetín. Vio una turba de ancianos y niños, acompañada de perros medrosos, que corría por la carrera 50, en dirección al parque principal de Bello. “Debe ser un festival de la tercera edad”, pensó, pero de inmediato cambió de opinión cuando vio el miedo en las caras de todos. Unos iban semidesnudos, otros con piyamas, no faltaban los descalzos, todos, eso sí, muertos del pánico.

Salió y caminó hacia El Carretero, en dirección contraria a la multitud.

-¿¡Qué es lo que pasa!?-, preguntó a gritos, pero nadie le contestaba. Solo había carreras desenfrenadas como respuesta. No sabe si lo imaginó o fue real: percibió en el ambiente un olor a lodo.

Buses, busetas, taxis y otros vehículos formaban un pandemónium con sus pitos desesperados. En un acto de buscar información, o tal vez de insensatez, el hombre continuó caminando hacia el barrio Mesa y La Buena Esquina, y vio carros en contravía, apreció cómo caían motociclistas y ciclistas, gente desaforada que era casi atropellada por los enloquecidos conductores.

-¿Qué es lo que ésta pasando?-, insistió y esta vez tuvo una respuesta contundente: “¡Corra, corra, que Bello se está inundando!”. Hacía rato había escampado.

El miedo lo asaltó. La gente a veces miraba hacia atrás, pero sin decir nada, excepto el “corran, corran”. El profesor Sergio Spitaletta, que de él se trata, caminó hacia La Cumbre y “ya todo era pavoroso. La gente gritaba para dónde nos vamos, tírense a cualquier carro”. En El Lucerito había una multitud agolpada. En ese lugar supo que el origen de lo que estaba pasando era por los barrios El Trapiche y La Primavera. “Se creció una quebrada y arrastró mucha gente”, le dijeron.

No creyó la versión, porque, según pensó, tendría que haber sido una avalancha muy grande para tocar esos dos barrios. Como pudo, se subió por la puerta de atrás a una buseta. Gente subía, gente bajaba, casi tirándose de bruces. “Qué extraño, hasta por la ventanilla se intentan tirar algunos”. Le preguntó al conductor qué estaba ocurriendo. Éste le dijo: “Se vino la represa de Fabricato y la gente nos obliga a llevarla dónde sea”. El radioteléfono del vehículo también gritaba. La situación, en rigor, era aterrorizante.

El pánico se había regado como una mala noticia. La buseta se detuvo junto a la choza de Marco Fidel Suárez y el conductor dijo: “la orden es traerlos hasta aquí”. Cuando descendió, vio que el parquecito Andrés Bello y la Avenida Suárez estaban repletos. Los negocios estaban cerrados. El miedo se había irradiado por todas partes. Había pasado casi una hora y ya no era posible abordar ningún vehículo con cupo. Entonces comenzó a llover.

Una multitud, en el parque, ya gritaba frente al palacio de gobierno adónde se irían, quién los protegería. “Bello se está inundado, se reventó la represa de Fabricato”, aullaban algunos, con un miedo al que la lluvia hacía crecer.

William Álvarez, secretario de Infraestructura de Bello, recibió una llamada en su celular a las ocho y treinta de la noche. Estaba en Medellín, en un curso universitario. El concejal que lo llamó, Rigoberto Arroyave, le preguntaba: “¿Es verdad que se desbordó la represa de la García?”.

Con el gesto fruncido y una cara de interrogación, no supo qué contestar. Después, recibió otro telefonazo. Era de la jefe de comunicaciones de Bello, Ángela Echeverri, a preguntarle qué sabía; luego, otra llamada y el funcionario tomó con urgencia un taxi para Bello.

Lo llamaron de su casa. La familia habita cerca de la autopista, en Bello: “Hay un caos por Cotrafa”, le dijeron. “Todo el mundo está corriendo, se le tira a los carros, dicen que la represa se desbordó”. Sus palabras de extrañeza y perturbación, escuchadas por el taxista, obligaron a éste a indagar. Y el pasajero le contó. Pensó que los barrios aledaños a la quebrada la García ya estaban inundados, que había un cataclismo. “No ha pasado ni una ambulancia”, le dijo el taxista.

Sin embargo, a la altura de Solla vieron una de la Defensa Civil; cuando pasaron por la cancha de Comfama, al borde de la autopista, en el barrio Obrero, vieron mucha gente afuera y cuando estaban junto a la puerta principal de Fabricato, el taxista le advirtió con decisión: “Hasta aquí lo traje”.

Se bajó y caminó hacia el parque. Era el único que lo hacía en esa dirección. Una muchedumbre venía en sentido contrario, hacia la autopista Norte.

La visión lo sobrecogió: niños cargados, gente con morrales y maletines, mujeres corriendo, alaridos por todos lados. En el parque, una romería en el atrio y en las afueras del palacio. Vio al gerente de la flota Bellanita de Transporte, quien le dijo que habitantes de El Trapiche habían invadido la empresa y obligado a que sacaran buses. “Tuve que buscar conductores en Playa Rica”, agregó. Eran las nueve y quince de la noche.

Una hora antes, la antropóloga Nubia Valencia, habitante de Manchester, escuchó un clamor electrizante: “¡el agua ya viene en el parque de Bello!”. Cuando salió de su estupor vio a mucha gente corriendo hacia la estación del metro. Allí, precisamente, había una congestión de espanto. Muchas personas sentadas en las escaleras, el puente de acceso atiborrado. Habían cerrado las puertas.

La profesora Silvia Arroyave se bajó en la estación Bello y, como centenares de otras personas, no podía salir. Afuera, la gente gritaba, pedía que abrieran las puertas. Adentro, también se pedía esto último porque necesitaban salir. “La histeria era colectiva. Nos dejaron 35 minutos encerrados en la estación. Pensé en mis hijos, que viven conmigo en Santa Ana. Cuando abrieron las puertas, se armó una lucha tenaz: unos por entrar, otros por salir”.

Cuando logró salir, se imaginó que había sucedido una matanza. Caminó de prisa hacia el barrio Central, por donde vio gente desesperada. Cuando atravesó el puente de Santa Ana, sobre la quebrada el Hato, vio mucho pantano y sintió olor a fango. Centenares de habitantes del barrio habían escapado a las partes altas.

“Se vino la represa”, le dijo alguien. “No puede ser. La represa no avisa. Ya estuviera todo inundado”, respondió.

A Leonel Rodríguez, habitante de la urbanización Los Búcaros, lo llamaron a decirle que El Congolo estaba inundado. Tomó su vehículo y salió lleno de frenesí. Iba a buscar a su novia. Tenía, prácticamente, que atravesar la ciudad de sur a norte. Por el camino vio gente despavorida, gente que quería pararlo para que la sacara. Siguió. Quince minutos después, cuando llegó a la virgen de La Milagrosa, en El Carretero, se encontró con una estrepitosa tremolina. “Recogí a mi novia y fuimos a la policía a averiguar: nos dijeron que una quebrada se había crecido”. A esa hora, ya el morro de la Meseta estaba pleno de gente de los barrios El Carmelo, Nazareth, Pérez, el Espíritu Santo. Allí se creían a salvo de la inundación.

A las ocho y quince de la noche, en el liceo nocturno Jorge Eliécer Gaitán, un profesor, con cierto aire de calma simulada, le dijo a sus alumnos: “Muchachos, corran. Se acaba de reventar la represa”. Los muchachos corrieron, pero, uno de ellos, que ya llevaba un buen tramo recorrido, se detuvo y se preguntó por qué estaba corriendo. Se devolvió hasta el liceo: “Profesor, ¿qué es una represa?”. El profesor, sin inmutarse, le contestó: “Ve, hijueputa, ya no hay tiempo para eso. Haga sino correr”.

El pánico envolvía a Bello con una oscura mortaja de malos presagios. La tragedia, sin embargo, se había consumado, a las siete y treinta de la noche, en la vereda El Salado. Y no tenía nada que ver con la represa de Fabricato, inaugurada en 1951. En cambio, el pánico sí. A la casa de Guillermo Aguirre, en el barrio La Cabaña, llegaron, a las ocho y treinta de la noche, unos 25 parientes suyos del sector de La Buena Esquina. Le pedían que los acogiera porque la represa se había desbordado.

“El pánico no fue espontáneo. Hay un elemento histórico que lo determinó. El miedo ancestral a la represa. Cuando la construyeron, en los cincuentas, la gente se maravilló con la obra de ingeniería, pero al mismo tiempo nació el miedo a un posible estallido”, dice el historiador Aguirre.

Pero no sólo eso causó el pánico. Una emisora radiodifundió la noticia de que en Bello se había desbordado la represa de Fabricato. En el teléfono de emergencias, el 123, se informó al principio que había una situación de gravedad porque se había reventado la represa. De alguna manera, algunos habitantes de Bello revivieron a Orson Welles, cuando, basado en la novela de H.G. Wells, La Guerra de los mundos, la dramatizó y como si fuera un hecho real, narró la invasión marciana a Nueva York, en 1938.

Los radioteléfonos de Bellanita, por los que se divulgaba la situación, se escucharon en Medellín. Los celulares y los teléfonos fijos en efervescencia, transmitían las voces del miedo, hasta provocar un infarto telefónico. El pánico cobijó en esa noche de jueves a casi todos los barrios. En Niquía la gente corrió hacia la autopista buscando en qué irse hacia Copacabana o hacia Medellín. Hacia cualquier parte. En el Mirador, muchos subieron hasta la quinta etapa, la más alta y cercana al Quitasol, para protegerse de la avalancha imaginaria.

Vieron gente arrodillada en la calle, y a otros moradores que prendían ramo bendito, velas milagrosas y hasta periódicos viejos para exorcizar la endemoniada inundación que estaba a punto de cubrirlos.

Hubo los que alcanzaron a ponerse un salvavidas, los que doblaron un colchón y se lo llevaron a la espalda, los que salieron con una lora, un perro, un gato. Se vio a muchachos correr con sus play station en las manos, y a señoras y señores con un televisor a cuestas.

El mito de la represa, precisamente represado desde la década del sesenta, había estallado. Las nuevas generaciones, que ni siquiera habían escuchado hablar de una represa en Bello, creyeron que era tan grande que iba hasta San Pedro y que, claro, tanta agua desbordaba los anegaría sin remedio.

Además, por esos días, los medios de información vomitaban noticias de desastres. Ya había ocurrido la tragedia de Nueva Orleáns, provocada por el Katrina, y las inundaciones mortales de Centro América, y otros huracanes devastadores abatían las Antillas y el sur de los Estados Unidos. Había un terreno abonado para un pánico como el del 6 de octubre. Pero el pánico aún no paraba en Bello. “Esa noche parecía un nueve de abril”, dijo una voz.

  1. El encuentro con los muertos

 

A las siete y treinta de la noche, los que estaban observando un partido de fútbol en la cancha del barrio La Primavera sintieron un ventarrón helado, una brisa de agua que dobló los árboles y luego una lluvia de gotas gruesas que los empapó a todos.

De pronto, los que ya decidieron buscar protección en sus casas, vieron cómo la gente corría en la parte alta. “Se reventó la represa”, escucharon gritar. Hernán Cuartas, habitante hace ocho años de La Primavera, de la cancha llegó a su casa y se encontró con su mujer, Adriana, que salía llorando. “Es una avalancha, corramos”, le dijo ella, entre sollozos. “No pasa nada”, contestó él para tranquilizarla.

Un olor a fango, que otros describieron como “azufre”  y podredumbre, se sintió por todo el barrio. Ubicado en una “pata” de la montaña, La Primavera no tendría por qué correr riesgos en caso de un desbordamiento, tanto de la quebrada El Barro, que pasa por un lado, como de la represa de Fabricato. Eso, por ejemplo, lo sabe Hernán Cuartas, que, sin embargo, se contagió al ver tanta gente corriendo y gritando y parando carros.

—Andá por el carro—, le dijo a su hijo Mateo. Lo tenía a una cuadra, junto a una tienda. Cuando el muchacho llegó con el auto, ya estaba con sobrecupo. Iban como doce personas. Tomaron la ruta de la cañada, pero Hernán le gritó que cogiera hacia el puente de El Trapiche antes de que la quebrada se desbordara. Atrás iban seis señoras, una sobre otra. Pasaron el puente y a los cinco minutos la corriente ya discurría por encima de él. Hernán se devolvió a pie y les dijo a todos que se fueran. Los del carro fueron a parar a Aranjuez, en Medellín, a la casa de familiares de algunos de los ocupantes.

Hernán volvió a su casa, subió hacia El Salado a ver qué pasaba y se encontró con Nando Builes. “Hay una avalancha”, le contó éste. Hernán llamó al periodista de Caracol Eugenio Correa, y le narró lo que estaba sucediendo. Le pidió que se comunicara con la represa de Fabricato. Al rato, el periodista le devolvió la llamada y dijo que nada pasaba. “Yo, de aquí, veo la cosa muy delicada. Hay olor a pantano y azufre. Algo muy grave está pasando. Yo conozco estas quebradas”, contestó Cuartas.

De pronto, él, de 53 años, volvió a sus tiempos mozos, cuando la gente especulaba con un posible derrumbamiento de la represa. Su padre, Martín, un dentista, tenía caballos y ellos iban a pasear a San Félix, iban a Charco Verde y al ver la represa sabían que, en tal caso, las aguas no llegarían al centro de Bello, donde ellos vivían. “Sufrirían, de pronto, Pacelli, El Congolo, Prado, pero el centro y otros barrios, no”, pensaban entonces.

Cuando volvió de sus recuerdos iba camino arriba. Presagiaba que algo muy grave había pasado por El Salado.

Carmen Emilia Montoya de Preciado, residente en La Primavera, sentía caer la lluvia y los vientos huracanados. Le dijo a una de sus hijas: “mija, acuéstese y relájese, para qué se va a levantar”. Y ella respondió que una vez, en algún programa, escuchó que uno debe acostarse vestido por si toca correr.

En ese momento, hubo una explosión. Doña Carmen se asomó a la puerta y pensó: “apuesto a que fue una bomba; seguro fueron los muchachos de la manga que se reúnen a hacer travesuras”. Pero no era una bomba. Era una avalancha de la quebrada El Barro. Desde una moto rauda le gritaron: “¡corran que se desbordó la represa!”. Había gritos y llantos y ladridos de perros. “Vámonos con los niños, corramos todos”, advirtió la señora, pero ella no se iba porque estaba sonando el teléfono. “Corran para arriba”, les gritaba a sus hijos y nietos.

Los vecinos corrieron a una colina. La luz eléctrica se había ido. Los teléfonos habían colapsado. Solo sentían el rumor sordo de la quebrada y un fuerte olor a fango. Doña Carmen recordó entonces que hacía nueve meses, en la parte alta, en la confluencia de las quebradas La Minita y San Félix, hubo un enorme derrumbe. “A lo mejor, se volvió a venir el volcán”, dijo la señora, natural de Cisneros y habitante hace 23 años en Bello.

Argiro Preciado, líder comunitario de La Primavera, e hijo de doña Carmen, cuando sintió la explosión se quedó pensativo. Lo sacó de ese estado una llamada telefónica: “Se estalló la represa”. Desde su casa se escuchaba el estruendo del agua. “No hubo tiempo de razonar y decir que la represa está para otro lado, sino que sentíamos que el agua estaba encima y venía por otro lado, por la quebrada El Barro. Me imaginé que todo estaba inundado”.

Cuando estaban en la colina, él decidió devolverse y subió hacia El Salado. Presentía que algo muy horrible pasaba por allá arriba. Se encontró con Hernán Cuartas y con el párroco de La Primavera, el padre Rodrigo David. Él se les adelantó y siguió subiendo. Cuando llegó al punto denominado El Trapiche, donde hubo hace años una vieja molienda, vio rocas enormes que jamás había visto allí. Fue entonces cuando escuchó gritos de auxilio. La quebrada aún estaba crecida, y él les pidió a los que estaban al otro lado que no fueran a pasar.

Más tarde, él, como Hernán y el párroco, se enterarían de que hubo muchos muertos.

Alveiro Cartagena, habitante de La Ranchera, cerca de la quebrada El Barro, estaba a las siete de la noche refugiado en su casa. Había trabajado todo el día en su cultivo de café y fríjol. El aguacero era fuerte y de pronto comenzó a sentir como si sobre la quebrada sobrevolaran muchos helicópteros. Se asomó y el espectáculo que vio arriba, lo dejó estupefacto: bajaba una nube enorme echando candela. Se puso una carpa y caminó hasta un filito. “Todo echaba humo, era impresionante. La tierra temblaba. Yo pensé que era lo último de la vida”.

El barranco donde tenía sus cultivos desapareció.

El pánico, bien fundamentado, se originó en El Salado, cuando los que alcanzaron a sentir las explosiones de la avalancha, corrieron hacia La Primavera a avisar del desastre. En la iglesia del Sagrado Corazón, en La Primavera, el padre Rodrigo David sintió el estrépito. Unos muchachos ensayaban en una organeta sus cantos de misa. “Viene la avalancha, viene la avalancha”, escuchó; entonces cerró la iglesia y salió con los muchachos.

“Estaba muy inquieto. Los muchachos se fueron y yo era el responsable de ellos. Luego salí para El Salado y allá fue la tristeza y la soledad, porque había gente muerta, porque había muerto Camilo Andrés, y uno no creía. Esa quebrada era inofensiva. Pero esa noche venía por el aire, lo que estaba represado arriba se vino y el miedo se esparció por todas partes”.

Se le van quebrando las palabras cuando recuerda la noche de espanto, cuando dice que mientras esa represa esté arriba habrá pánico, porque no se ha concientizado a nadie de lo que puede pasar si estalla. No hay información.

“En El Salado algunos se salvaron porque corrieron a las partes altas. Un niño sacó a su mamá y la llevó para el morro. Le pido a Dios que eso no vuelva a ocurrir, porque es muy duro cuando uno ve que la gente que conoció se le va, se fueron familias enteras. Eso es triste. Eso duele. Le duele a uno que la gente sufra. Lo más triste es que ya no están. Ni Mónica, ni otros. Me tocó oficiar las exequias de Bernardo Cifuentes y Diego Fernando Zapata, porque las otras familias, más numerosas, no cabían en esta iglesia tan pequeña. La gente de allá eran areneros, artesanos, pequeños cultivadores, paleros. Don Gustavo se quedó sin dientes, una piedra lo golpeó, pero se salvó”, dice el padre Rodrigo.

  1. ¡Dios mío! ¡La tierra está temblando!

Marcos Pizarro, de 75 años de edad y piel morena, estaba viendo los noticieros de Univisión, primero, y luego el de Caracol. A las siete y veinte de la noche, acostado, sintió un ruido muy fuerte, un ruido ensordecedor, un ruido que pitaba, y se dijo “¡Oh, Dios mío, temblor de tierra!”. Estaba solo en la casa finca El viejo Willy, en la parte baja de El Salado, muy cerca de una arenera.

Abrió la puerta y se quedó petrificado cuando vio que por un palo de mango venía “una barcada, qué cosa bestial, que no me dio tiempo ni de sacar las llaves para irme al segundo piso”.

La avalancha tumbó la reja de entrada. Él se quedó de pie, mirando. No tenía nada que hacer. Se encomendó “al de arriba” y durante 15 largos minutos vio como todo se llenaba de lodo, que le cubría hasta un poco más debajo de la cintura. Sentía el furioso entrechocar de las piedras, un sonido pavoroso, como si un avión estuviera aterrizando y se estrellara. Olía a podredumbre.

Como pudo se abrió paso entre el fangal. La luz se había ido. Buscó una linterna a tientas, sintió algo y lo sacó, pero cuando fue a alumbrar supo que tenía en sus manos un tarro de desodorante en aerosol.

Recordó entonces que el aguacero había empezado como a las tres y media de la tarde. Escampó y luego, más o menos a las seis y media, se soltó otro, más fuerte y aterrador. Mientras veía la televisión, sentía el temblor de las ventanas, el aullido intimidante del viento. Al otro lado de su casa, está la quebrada la Echavarría, que estaba crecida. Y, al frente, El Barro también. Sin embargo, no pensó que todo se convirtiera en una avalancha mortal.

Cuando vio venir el borrascón ni siquiera se acordó de sus dos perros, Chávez y Paco, que más tarde, tras la avenida de fango y piedras, vio correr como si nada hubiera pasado.

Lo que vería más entrada la noche, después de la creciente, lo dejaría sin aliento. Muy cerca de su casa, vio cuando sacaron el cadáver de una señora sin cabeza. Arriba, habían encontrado a un muchacho con un palo que atravesaba su cuerpo. “Yo conocí a esa gente, a la familia de Javier, uno de la arenera. A Moncho, que se le llevó toda su familia; a la que sacaron sin cabeza, que ya se me olvida su nombre. De una hermana de ella encontraron medio cuerpo en el puente de la obra 2000. Conocí al cerrajero, al que llamaban Varilla, que murió. Qué triste es todo esto”.

Amanda Macías estaba viendo las noticias de Teleantioquia, cuando su esposo, Ramiro Echavarría, le dijo: “Mija, venga acuéstese que esas noticias están muy malucas”. Ella le dijo que esperara y cuando fue a cerrar una ventana se percató de un viento fuerte que no se le dejaba cerrar. Luchó hasta conseguir echarle aldaba y se acostó. Estaba entrando en calor cuando empezó a sentir el sonido de las rejas, y la cama se movía y después un ruido que la aterrorizó. “Volémonos que hay temblor de tierra. Nos va a tragar la tierra”, gritaba.

Una de sus niñas, que dormía junto a una ventana, la abrió y vio una enorme bola de humo que echaba candela. “Se nos entró la quebrada”, gritó. La reja la tenían abierta, porque esperaban a un muchacho que guardaba allí su cicla. Corrieron por un camino, hacia arriba, mientras el agua los empapaba. Los alambres de energía se movían hasta que tumbaron un poste. Cuando disminuyó la creciente, el esposo de Amanda vio que estaba en calzoncillos y se devolvió a buscar el pantalón. No lo encontró.

Entre tanto, Amanda y sus dos niñas oraban a la intemperie. Después, subieron hasta otra casa, para refugiarse. Buscaron linternas y salieron a averiguar por la suerte de los vecinos. Llamaron a don Rodrigo el cerrajero, a su esposa Rocío, que aplicaba inyecciones, a Sebastián, hijo de los dos anteriores y que hacía poco había llegado de Cali, a Javier, a Moncho. No encontraron a nadie. Nadie respondió a sus llamados insistentes. Todos habían muerto.

“Nunca nadie nos advirtió nada. Hacía tiempos, arriba, había caído el volcán, pero la quebrada no se creció. Dicen que la quebrada volvió a buscar el cauce. Dicen que fue una nube marina, no sé que es eso. Otros dicen que un señor por allá arriba taló unos árboles y los dejó caer a la quebrada y eso recogió hasta represarse. Eso dicen. Tenemos miedo pero no sabemos qué hacer ni adónde ir”, dice doña Amanda, mes y medio después de la tragedia.

Ella y su esposo, provenientes de Ituango, viven en Bello hace 27 años. Ramiro recuerda que aquella noche escuchó los gritos de Nando Builes que decía que todos se fueran, que se había desbocado la represa. Porque esa quebrada, El Barro, “siempre fue un traguito. Nunca vimos nada así, como esa noche, en que la quebrada volaba como un viaje de humo, como una dura brisa, como un huracán”.

Él, cuando se devolvió por el pantalón, se acordó de su yegua, la Niña, que estaba en el establo. “Dejá que se pierda eso”, le gritaba su mujer. Los relinchos del animal no pudieron más que las voces de angustia de doña Amanda. Al día siguiente, la encontraron “bregando” a pasar por encima de las enormes rocas que arrastró El Barro.

  1. Un santuario por los que se fueron

 

El sol de la tarde brilla sobre las piedras de hasta cinco metros de altura. La quebrada El Barro, ahora como un verdadero “traguito”, apenas suelta un rumor suave, como una música tristona. La gente sube a mirar los restos de una tragedia que dejó 41 muertos, en una noche de pánico que Bello jamás olvidará.

Los que ascienden y logran superar los obstáculos pétreos, van viendo con curiosidad los vestigios de las casitas de los muertos. Quedan, al garete, pedazos de lo que pudo haber sido una cama, restos de algún colchón, uno que otro utensilio irreconocible, la poceta de una casa en la que alguna vez alguien lavó ropas. Como fragmentos de un naufragio.

El charco que antes denominaron La Jardinera es apenas una caricatura de lo que fue. Ahora nadie se atrevería a bañarse ahí, porque no tiene ni profundidad ni anchura. Es apenas un recuerdo para los que lo conocieron.

En un recodo, se puede ver el grueso tubo de las Empresas Públicas que la corriente dobló noventa grados y, con su fuerza, derribó y ayudó a borrar una de las casas de los que antes se atrevieron a vivir en esos lugares. Junto a la que fue la vivienda de Moncho está el charco Los Loritos. Más allá, la casa que fue de Javier está intacta. Apenas un metro la separa del nuevo cauce de la quebrada.

Los que sí sobrevivieron a la fuerza de la corriente, a la “nube marina”, a la avenida pavorosa de piedras, fuego, troncos, lodo y agua, son algunos cultivos de café, naranjos, plátanos, mangos y mandarinas, que se aferran con obstinación en las empinadas laderas.

Más arriba, está el charco del Manzanillo, donde la quebrada, que baja encañonada por la montaña, se bifurcó en la noche del 6 de octubre y abrió una amplia avenida de rocas gigantes, dispersas en su cauce. Ahí, sobre una piedra triste, una cruz de madera recuerda a los muertos.

La noche atroz del 6 de octubre ya pertenece a la memoria de los habitantes de Bello. Los primeros que llegaron a El Salado para ver cuál había sido el resultado de la avalancha, fueron Argiro Preciado, Hernán Cuartas, el padre Rodrigo David y cuatro policías.

Para que sucediera el desastre confluyeron varios factores, de acuerdo con testimonios de autoridades. El fuerte aguacero caído aquella tarde, que, según especialistas del clima, hacía años no se presentaba una precipitación tan enorme. La deforestación de la serranía de Las Baldías, que es la estrella hídrica de las grandes quebradas de Bello, en límites con San Jerónimo, y que es propiedad privada de tres dueños.

Al Estado, junto con los dueños de esa zona, les corresponde reforestar. El municipio debe presentar alternativas de compra de esos territorios y dedicar, en su presupuesto de ingresos, el uno por ciento para adquirir nacimientos de quebradas. Existe en la región un problema ambiental de largo plazo al cual no se le ha prestado atención.

La tragedia de El Salado se suma a otras ocurridas, hace 15 años, por La García, en las zonas tuguriales de El Cairo y El Congolo, por inadecuado manejo de basuras, por los trabajos de las areneras y otros factores sociales y ambientales.

En la quebrada El Barro, según habitantes del sector, hay un deterioro por el movimiento de arenas que ha alterado su cauce. La noche de la tragedia, los vecinos se enteraron de que los bomberos de Bello no tenían ni linternas, ni palas ni otros recursos propios para las labores de rescate.

Los vecinos de El Salado, La Primavera y El Trapiche, entre otros barrios aledaños, como Valadares y Comfenalco, siguen asustados y cada que se desata un aguacero los asaltan las tensiones y el nerviosismo. “Es probable que la amenaza subsista. Por la primera avalancha, ya se hizo el canal por donde puede bajar otra avalancha”, dice Argiro Preciado. Para él es clave y urgente iniciar un programa de reforestación en la zona de riesgo. “Se podrían sembrar guaduas y bambú, lo cual también puede servir para explotar luego”, agrega.

Cuarenta y un muertos y una ciudad entera aterrorizada fue el balance que dejó la noche del 6 de octubre. Una jornada dolorosa y terrible.

Cuando ya los muertos son polvo, cuando una cruz blanca con algunas flores marchitas los recuerda en un montículo de piedra, cuando todavía no se apaga el dolor de muchos, ni el miedo de otros, las palabras finales del cuento que un profesor leía esa noche de pánico vuelven a sonar en la memoria: “al otro día la gente se apretujaba en derredor de las cenizas”.

*(Publicado en la revista Huellas de Ciudad, del Centro de Historia de Bello, hace diez años)

Panorámica de Bello, Antioquia, con el morro del Quitasol al fondo. (Tomada de internet)

Tres amigos en un bar lejano

(Crónica con un tango y un cafetín triangular de cuchilleros)

Reinaldo Spitaletta

 

El nombre más apropiado para un bar lo tuvo en Bello el Bar La Isla. Formaba un triángulo en tres calles, y el cafetín era una miniatura con pianola y dos casas encima de él. La puerta principal daba al llamado Carretero, una calle que se formó con el fin de conectar la vieja fábrica de tejidos, en Playa Rica, fundada en 1902,  con el centro de la ciudad. Un costado estaba sobre la carrera 50, la principal calle de la aldea fabril, que después de pasar por el centro se iba hasta el barrio El Congolo, se montaba en un puente sobre la quebrada La García y se encaminaba al barrio La Selva, donde hubo uno que otro prostíbulo, unas mangas aptas para los más encarnizados y emocionantes partidos de fútbol y la entrada a una finca, en el pie del morro el Quitasol.

Y el otro costado estaba sobre una diagonal. Por los tres lados había acera, y en las bajadas, a veces los muchachos se deslizaban en tablas emparafinadas. Eran los fines de los sesenta, con músicas juveniles Ye-Ye y Go-Go, con baladas argentinas y mexicanas, y con muchos partidos de fútbol en las calles, con pelotas de plástico, que en muchas ocasiones chocaban contra las puertas y ventanas y ponían a las señoras de pelo erizado por la ira. Pero en La isla no sonaban Piero ni Enrique Guzmán ni Leonardo Favio, sino tango, tango de malevajes y expedientes judiciales, tango de alcohol y despechos, y adentro estaban, a veces con la ñata contra la mesa, cuchilleros de baja estofa y condición, que eran capaces de batirse a puñaladas durante horas, sin tocarse ni hacerse un solo rasguño, solo por demostrar, en otros sectores fuera del bar, que eran expertos en el manejo de lo que para ellos era su facón.

Entonces Bello era en proporción el pueblo más cantinero de Antioquia, con bares en todos los barrios y en todas las esquinas. La Isla, sobre tres calles-río, era una suerte de miniatura, como de mentiritas, pero su ámbito interior era otro mundo. Nunca pude entrar en él, porque, claro, no era permitido para menores de edad, y solo desde la acera uno podía observar con cierta admiración y curiosidad aquel espacio reducido, con mostrador y cajas de cerveza. Se sabía que adentro estaba el malevaje de alcurnia, que todavía no había perdido cartel y allí iba a encontrarse con Cruz Medina y con otros guapos de la tanguería.

Mi relación con aquel bar fue más desde la exterioridad y más conectado con El Carretero, porque era la ruta de los buses, y muchos habitantes del barrio debían ir hasta allí para esperarlos o para bajarse de él a la vuelta de su destino. A veces, en la hora del ocaso, y cuando no había partidos en la plazoleta del Florida (un bar dos cuadras más abajo de La isla), subía hasta aquella calle, por la que vivía la futbolera familia Marroquín, a esperar a que mamá llegara en algún destartalado bus. Y entonces las músicas del traganíquel se desperdigaban por aceras y calles, pero sin tocarme.

Muchos años después fue que vine a cerciorarme de que allí sonaba un tango de Enrique Cadícamo,  que hablaba de tres amigos y mencionaba calles del sur y a dos tipos llamados Pancho Alsina y Balmaceda, que en todo caso me parecían nombres extraños. El tango se desgranaba muchas veces mientras yo esperaba. No sé si de pronto sentía alguna repulsa por aquellos acordes, por el cantante, por el acompañamiento, por la letra, o si, por el contrario, ejercía sobre mí una fascinación que no me permitía razonar acerca del contenido. Adentro, había tipos que conversaban, y uno que otro, en soledad, se doblaba sobre una mesa. A veces, caían botellas o copas al piso, y uno se sobresaltaba, pero sin aspavientos ni temblores. Ya La Isla y sus concurrentes hacían parte del paisaje. No era para aterrarse ni para rendir pleitesías. Estaba ahí, y listo.

Los muchachos de afuera del Florida eran los que a veces hablaban de los malevos de arriba, los de la Isla, que algunos venían del barrio Mesa, del parque Andalucía y uno que otro de Prado. Se hablaba de un tal Márquez, de un Atehortúa, de un no sé qué y de un no sé quién, y así. De que todos iban armados, con su puñal entre la pretina o envuelto en un periódico. Nunca vi a nadie pelear adentro, ni siquiera afuera. Decían que se iban para la manga Elena, o para  orillas de la quebrada La García a disputar en riñas y a matarse.

La Isla, en todo caso, era un lugar que desde afuera no convocaba. Su avisito me parecía tristón y adentro, por ejemplo, no había neones, sino luz común y corriente, más mortecina que luminosa. Quizá de haber tenido edad, no hubiera entrado jamás a aquel bar, cuyo único atractivo era estar en una soledad triangular, en una construcción que por lo demás disonaba con el entorno.

El cuento es que al pasar los años, el tango aquel comenzó a gustarme. Lo escuchaba por Alberto Marino, por Carlos Roldán, por Jorge Valdez, por Rubén Juárez, en fin, y al oírlo siempre volvían las imágenes de aquel bar (¿de mala muerte? ¿de buena muerte?), de sus afueras anchas, de sus adentros limitados, de una espera que después olía a galletas de mantequilla. No vi brillar ningún metal afilado en La Isla, ninguna herida, ninguna sangre, excepto la de los malevos cantados.

Muchos años después, mejor dicho, mucho tiempo después de alejarme de aquellas geografías íntimas y entrañables de fines de los sesenta, la letra del viejo Cadícamo se me clavó: “Hoy… ninguno acude a mi cita. / Ya… mi vida toma el desvío. / Hoy… la guardia vieja me grita: “¿Quién ha dispersado aquel trío?”. / Pero yo igual los recuerdo / mis dos amigos de ayer”. Y cada que aquel tango vuelve a mí, el bar La isla está ahí, en el recuerdo de malevos que seguro ya no son, y de mesas de cafetín que ya no existen. Por lo demás, por aquellos días, mi número de amigos era impar y no alcanzó la bella cifra de dos. Por eso, quizá, aquel tango cojea dentro de mí.

 

Martillo y su Viejo Café

 

(Una vieja crónica para recordar a un cantinero muerto y su bar)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hace poco alguien me dijo: “¡Se murió Martillo!”, y entonces recordé al señor narigudo y atento que, en 1952, fundó un bar en la ciudad de los obreros, Bello. Había escrito, hace más de dieciocho años, una nota sobre él y su nostálgico cafetín en el que no había propiamente “sabiondos y suicidas”, pero sí en el que, muchos, pudieron conseguir allí “un puñado de amigos”. Reproduzco aspectos de aquella crónica de un tiempo ya muy lejano. ¡Ah!, El Viejo Café, que así se llama, sigue vivo y tangueando.

 

Lo primero que se le asoma al doblar la esquina es su afilada nariz, semejante a un pico de águila. Quizá por esa condición le dicen Martillo a ese señor decente que hace más de cuarenta y cinco años llegó a Bello de un pueblo del Suroeste de Antioquia, que no lo aceptaron como obrero de Fabricato por tener dañado un dedo de la mano y que entonces tuvo la feliz idea de abrir un bar de evocador nombre: El Viejo Café. En realidad, casi nadie sabe su nombre de pila: Luis Carlos Grisales; todos lo nominan como a esa herramienta que sirve para golpear puntillas. En cambio, todos saben que es el dueño de uno de los cafecitos más antiguos del barrio Prado, otrora centro de malevos con cartel y excelentes futbolistas. En esa población de obreros hubo cafés deslumbradores como el Viejo Palmeiras, el Lucerito, el Florida, el Torrente y el River Plate, pero fue El Viejo Café el que se quedó en la memoria de los ciudadanos.

 

“Este café lo conocen en todas partes. Han grabado videos para llevarlos a Estados Unidos y Europa, y venido de otros sitios para grabar tangos”, dice don Luis Carlos.

 

A diferencia de otros bares, este no tiene billares. Seis espejos, distribuidos estratégicamente en las paredes, aumentan la luminosidad (y también el tamaño). Caballos salvajes en frenética carrera están atrapados en un cuadro, junto al mostrador, con un vecindario de cajas de cerveza. El Viejo Café, color rosa pálida, tiene un traganíquel Seeburg de 200 selecciones. Como caso especial, 198 de ellas son de música argentina y dos del Jefe Daniel Santos: Esperanza inútil y Despedida.

 

Mientras suena un candombe, de alma negra y cadencias africanoides, a Martillo se le va llenando de recuerdos la voz. “He visto nacer y morir a mucha gente; a niños que se volvieron malos y los mataron”.

 

Martillo comenzó su actividad cantinera en los tiempos en que una cerveza o un aguardiente valían diez centavos. Alrededor del café, visitado por obreros y desempleados, “gotereros” y despechados, crecieron barras de muchachos y se formaron equipos de fútbol. El barrio era entonces muy peligroso, con zambras a puñetazos en las esquinas y humos de marihuana en las penumbras. A veces, dos familias del barrio se enfrentaban a palo, piedra y machete. Y hasta llegaron a darse martillazos, en sangrientas jornadas que le dieron mala fama al sector.

 

“El barrio era peligroso por la marihuana, pero a todos los viciosos los mataron. Nunca le permití a nadie que fumara marihuana dentro de mi establecimiento. Me respetaban mucho, y los convencí de que se portaran bien. Jamás he tenido un problema aquí”, dice Martillo. “Tampoco -agrega- aquí han matado a nadie. Los pocos muertos que ha habido han sido afuera. Claro que aquí adentro a veces se liaban a puños y cosas así, sin gravedad”.

 

El Viejo Café, sillas rojas y un farolito pintado en el aviso luminoso que lo identifica, convocó en otras épocas a los aficionados al tango. Iban a escuchar a Raúl Berón, navegante de su Barco María, y al japonés Ikuo Abo, que ahogaba sus penas en copas de champaña, y a Oscar Larroca con su malevaje en la sangre, y a Roberto Firpo con su Vals de los recuerdos. Y así por estilo, a Sobral, Rufino, Famá, Dante, Podestá, Rivero (qué raro, nunca se escuchó allí al Polaco Goyeneche). Y todavía, después de tanto tiempo, jóvenes imberbes y adultos de edad abultada, se congregan en ese ámbito a hundirse en las cadencias de tangos, milongas, valses, foxes y candombes, y a que, con su voz ahumada, el Anacobero Daniel les diga que “vengo a decir adiós a los muchachos…”.

 

A ese lugar rosado y amable también llegaron los miembros de conocidos equipos futboleros de Bello, a celebrar triunfos y llorar derrotas. En la memoria de algunos se conservan las gambetas impredecibles del Animalito, las atajadas de Jorge Cadavid y las piruetas de arquero de maravilla que era el Negro Tabares. Al barcito, que antes tuvo un inmenso mostrador de madera y fue bautizado como Los Tangos, también concurrían políticos locales, como Rodrigo Villa. Y llegaban los guapos de otras barriadas, que no se arredraban ante nada ni nadie, valientes y nobles, sin tapujos.

 

El café, que varias veces ha tenido puertas y pianos nuevos, se adornaba en diciembre con guirnaldas y festones y lucecitas de colores, y entonces los tangos se cambalachaban por música del trópico y el piso se cubría de aserrín verde (lo llamaban carnaza), hoy prohibido por la policía, porque, cuando llegaban a requisar, los malevos escondían en él sus puñales y navajas.

 

El Viejo Café, con sus melodías de arrabal, donde se escucha con insistencia aquello de “mucho tiempo después de alejarme, / vuelvo al barrio que un día dejé, / con el ansia de ver por sus calles / mis viejos amigos, el viejo café…”, es aún un referente de los antiguos cafés bellanitas, para obreros y estudiantes. Café de bohemios, con historias trágicas, cómicas, humanas todas. Cada que la noche se hace vieja, los frecuentadores de siempre desempolvan sus nostalgias y entonces arrugan sus corazones cuando suena un bandoneón. Y ahí, en medio de los acordes, la figura de Martillo, iluminada por los neones, parece el protagonista de un tango reo.

 

Nota: Martillo murió el 9 de febrero de 2014.

 

 

 

Las flores muertas del tulipán

Por Reinaldo Spitaletta

 

Por estos días de inicios de febrero, la ciudad florece en sus búcaros, cámbulos y tulipanes africanos. Es un estallido roji-anaranjado. Fulgura a orillas del río Aburrá, y por la unidad deportiva Atanasio Girardot, y en las vegas de Bello, y por el parque Norte. Hay tapices de flores muertas en el piso-cementerio. Y una fragancia de días lejanos se esparce por el recuerdo.

 

Había un tulipán o miona, en tiempos azules de escuela, a la entrada del hoy desaparecido calvario, en Bello. Las campánulas nos servían de flauta mágica. O para saborear su dulzura de hormigas y huellas de abejas. El árbol nos donaba pájaros y color. Junto al Ángel del Silencio, que coronaba un portón que a veces nos parecía un arco del triunfo, el tulipán regaba su constancia de vida. Recogíamos sus flores acuosas como una ofrenda, un regalo del viento y de soles nuevos.

 

Había un búcaro, de tronco áspero y poderoso, a orillas de la quebrada del Hato. Sombreaba un balneario, que acogía en sus remansos las flores caídas. El charco, que los muchachos bautizaron con el nombre del árbol, ya no existe. Tampoco está el coloso de las lágrimas anaranjadas. La infancia se fue, sin aspavientos. Sin darnos cuenta. Hoy, el ángel sigue enhiesto, centinela de un edificio cultural. No hay flores acampanadas. Ni hormigas. Ni abejas. Ni estaciones que mostraban, en mármol desgastado por pedradas y orines, el martirio del Nazareno.

 

La ciudad florece en los albores de febrero. Veo un niño que recoge flores muertas. No las prueba. Las echa en sus bolsillos y se va caminando, con la risa en todo el cuerpo.

 

 Fotografía tomada de internet

Historia de un perro abandonado

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

A veces, aparecía en la calle un perro muerto. Tal vez lo habían envenenado. Uno se acercaba a ver el cadáver y veía las primeras moscas alrededor, los ojos abiertos e inmóviles del can, la indiferencia entre los mayores que pasaban, sin mirar, o escupiendo, o con ganas de vomitar. Eran tiempos de perros vagabundos. Y maltratados. No faltaban en los barrios ni en las calles céntricas. En casa, antes que un perro, tuvimos una gata rubia, que llegó de no sé dónde y se quedó un tiempo, más que por el afecto que le dábamos mamá y mis hermanos, por la presencia de ratas. De noche, se turnaba las camas, y casi al amanecer dormía a mis pies.

 

Después llegó “Sultana”, una perra criolla, amarilla y enorme. Nos la regaló una tendera de nombre Leticia, que a su vez la había adoptado cuando la encontró solitaria en la Autopista del Norte.  Era afable y alegre, y acompañó por varios meses la infancia de mis hermanos y yo. Ya a Richard, a los cuatro años, lo había mordido en la cara un perro callejero. Muchos años después, cuando lo entrevisté en un programa radial, Aníbal Vallejo, artista y protector e historiador de animales, me contó una historia. Un perro se había volado del barrio Castilla de Medellín, llegó a Bermejal, luego pasó a Bello, donde vagabundeó por distintos barrios, entre ellos “Santa Ana de los Eucaliptos” (cuando pronunció el nombre de este barrio supe que había leído mi novela El sol negro de papá, porque solo allí, en la ficción, aparece un barrio con tal nombre), hasta llegar al barrio El Rosario y morder a un muchacho de cuatro años. Él, Vallejo, que tenía el documento de sanidad con el registro del caso, creyó que ese muchacho mordido era yo, cuando, en realidad, se trataba del ya nombrado. Todo por apellidarse Spitaletta y llamarse Ricardo, digo que pudo haber sido la confusión del gran Aníbal.

 

La imagen más triste que tengo de un perro también pertenece a Bello. Sucedió, cuando yo tenía tal vez diez años, por las mangas cercanas al Búcaro, un balneario sin igual, y hoy inexistente, en la quebrada del Hato. Un grupo apedreaba a un pobre can, del cual recuerdo sus aullidos de dolor e impotencia, porque, según dijo alguno, sufría del mal de rabia y había que eliminarlo. Me invitaron a darle piedra. No fui capaz. Creo que, al contrario, sentí ganas de apedrear a los lapidadores. No recuerdo si lloré entonces, o más tarde. Pero jamás se borraron los gestos lastimeros del perrito, que al final de cuentas se quedó en silencio. Muerto.

 

Sultana, que tenía también entre sus amores a doña Elvira, una señora del barrio Bellavista, en Bello, como alternativa, porque mamá se la había regalado no sé por qué motivo, iba de tour a casa, por las noches. Le abríamos la puerta y entraba voleando la cola y con una cara que siempre creí sonriente. Se notaba que había estado en pantanos y basureros durante el camino de varios kilómetros hasta nuestra residencia del barrio Nazaret, a unas cuadras de donde estuvo el viejo cementerio de Bello. Por la mañana, se volvía a su nuevo hogar campestre, próximo a las aguas de la quebrada la García.

 

Durante muchos años, ya no tuvimos perros en casa. Hasta cuando volví a conseguir unas mascotas, más por gusto de mi hijo que por el mío. La última fue una perra gran danés, que a los seis meses parecía una vaca, preciosa y todo, pero hubo que darla en adopción porque el espacio no daba para albergarla con comodidad. Y pasó el tiempo. Y con mi mujer, hace casi dos años, adoptamos una fox terrier, que ya traía el nombre de Dana. Y entonces, con ella y por ella, recordé la voz del escritor Mario Escobar Velásquez, que me decía que los perros piensan, que entienden más de trescientas palabras (más de las que comprenden hoy muchos humanos) y que son una compañía imprescindible y amorosa.

 

Y esta memoración perruna viene al caso porque, ayer, cuando llegué a casa al mediodía, a la entrada estaba echado un precioso labrador, joven. Le pregunté a Hernando, un hombre que pasa día y noche en la esquina, qué sabía sobre el perro. “Lo bajaron de un carro y ahí lo dejaron”. Marcela, mi esposa, al enterarse, lloró y después le dio cuido y agua. Llamó a varias protectoras y en ninguna le prestaron atención. En otras, bautizadas como “fundaciones”, le dijeron que tenía que pagar para poder llevar el animal. Ella quería dejarlo en casa, pero a Dana, que además jugueteó con el labrador dorado en la acera, le entraron celos. Y bueno, por la noche, cuando volví del trabajo, el labrador no estaba por ningún lado. Pregunté al celador por si lo había visto. Nada. Queríamos dejarlo con nosotros, pese a la actitud contraria de nuestra fox terrier, que también se asomó a la ventana cuando, desde arriba, oteábamos la solitaria y anochecida calle San Martín en búsqueda del labrador que algún desalmado decidió botar en el barrio Prado, de Medellín. Hoy, mi mujer despertó llorando y yo decidí escribir esta crónica canina con el fin de desearle al perro abandonado una vida larga y feliz.

 

(Escrito en Medellín mientras la brisa de enero refresca los árboles del barrio)