Luces en los ojos de la infancia

(Disquisición sobre una vieja fotografía y su efecto en la memoria)

 

Una atardecida luz y al fondo las montañas con sus sinuosidades e insinuaciones. Foto Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

No hay certeza del futuro. Y el presente es inestable y efímero. Así que, sobre todo cuando se ha recorrido un tramo amplio de la existencia, el pasado es lo único que tiene solidez. Es tiempo vivido, gastado, invertido. Y ya está certificado. En ese ejercicio vital que ya se contabilizó con haberes y deberes aparecen imágenes luminosas, no tanto de hechos de gloria o de momentos de intensa lucidez, sino una especie de cuadro que uno ya pintó con lo disponible en el ambiente. Y ahí, en ese lienzo de la memoria, está la luz; sí, puede ser matinal, la de un crepúsculo, el atardecer de cometas, una montaña iluminada con el último sol.

 

Y, en efecto, fue por una vieja fotografía en blanco y negro que vi, con un primer plano de un caserón descaecido y, al fondo, casi imperceptible, la silueta de la montaña de la cordillera central que contornea el vallecito donde está Bello, el viejo (el que se fue), el de las quebradas aún límpidas y las extensiones inmensas en las que se combinaba el fútbol, como aquella de La Taza, y sus balnearios cristalinos en los que, tras un partido de fútbol, se iba a disfrutar de la tibieza de las aguas de La García, o, en otras coordenadas, de las del Hato, El Barro, La Loca, La Señorita. La foto me trasladó, como en una máquina del tiempo, a otras dimensiones, sobre todo de la infancia, un tiempo sin tiempo y que tiene mucha luz.

 

A esa montaña que ahí se me perfilaba con disimulo, con una luz sin fuerza, ascendí no sé cuántas veces en caminadas con amigos de barriada. La geografía era cambiante, subidas, bajadas, a veces vegetación tupida, en otras apenas unos rasgos de matas y más tierra amarilla, como zonas pedregosas o con helechos. Y entonces, al ver la iluminación tenue de esa montaña y el contorno celeste, me devolví, en un flashback inesperado, a otras maneras de la luz que son parte de un catálogo personal, un atesoramiento de imágenes, a veces borrosas, que son el ancestro, el origen, las iniciaciones en la exploración del mundo.

 

La luz mortecina en esa envejecida foto me sacudió y, después de unos sentimientos como si algo faltara, una ausencia, una leve tristeza, otras luces aparecieron, como aquella que nos acompañó en un trayecto de amigos hacia un charco entre montañas, al que llamaban la Piedrancha, una enorme roca con sombreados grises y blancuzcos, por la que, en su parte central, las aguas del riachuelo El Hato discurrían para caer tras recorrer la inclinación del pedrusco, en una hondonada que se abría en amplitudes que tocaban raíces de árboles y formaban un bañadero delicioso en el que uno nadaba “a lo perrito” y hacía maniobras elementales de buceo para observar corronchos y lama pegada al fondo pedregoso.

 

Esas flores que iluminan tiempos que ya no son. Foto Spitaletta

 

Y otra luz, con perfume de hojas, tal vez de chagualos y noros, era la de algunos ascensos al tutelar cerro Quitasol, de suelos con piedras y por los que, en su relieve irregular, había cañadas y sobre todo, entre el silencio, la música del agua cristalina de manantiales. La luz se colaba por las hojas de arbustos y nos daba sombras en la cara, que uno podía apreciar en los compañeros. Eran días en que diseñábamos aventuras selváticas, tras haber leído algún libro de Edgar Rice Burroughs, o visto en los suplementos de periódicos las peripecias dominicales de Tarzán y, claro, de haber estado en el Teatro Bello en la serie de películas protagonizadas por Johnny Weissmüller. Lo que aprendimos con mucha exactitud fue el grito de jungla del Hombre Mono.

 

Otra luz de infancia fue aquella que se posaba en una enorme manga (todo se veía más grande, sobredimensionado), detrás de una escuela de niñas, en la que por las tardes llegaban a entrenar unos tipos enmascarados y con trajes muy particulares sus disputas de lucha libre. Hacían tantas maniobras, llaves, patadas voladoras, movimientos elásticos, que era una especie de función de cine la que uno apreciaba en esa extensión donde comenzamos a jugar fútbol y en la que algunos muchachos tenían camisetas amarillas y negras que después supe eran idénticas a las del Peñarol de Uruguay.

 

Lo que hace una vieja fotografía. Me mandó a hacer unos recorridos desde una casa que tenía un enorme solar, con higuerillas y creo que naranjos, acompañado por un hermano, el segundo en la sucesión, hacia la vereda Potrerito, que olía a mangos y ciruelas y en la que uno se encontraba parejas de enamorados que buscaban alguna espesura para amarse. Era una luz vegetal, con tierra fértil y un cielo que siempre nos acompañaba con su azul quemante, y cuando no, con nubes blancas y pájaros al vuelo.

 

Aquellas luces del atardecer

 

Esas luces de infancia, con globos decembrinos y cometas de agosto, resurgieron en el patio de escuela y en las calles con casas de ladrillo a la vista y tejas de barro, tras haber visto la de la montaña occidental que en una fotografía no era el punto de atención. Luces de barrio, lindas por su manera de iluminarnos los juegos, las conversaciones amistosas, incluso las peleas verbales en los partidos de fútbol. Luces de atardeceres en los que nos encontrábamos en una esquina, a sentarnos en la acera a contar historias o, tras una breve recogida de monedas, a comprar leche condensada en la tienda.

 

Las que me llegaron con esa visión fotográfica fueron luces más del afuera que del adentro. Más de calle y aceras que de patios y salas, que de piezas y zaguanes. Y más que de bombillas públicas, de soles, a veces muy brillantes, a veces apagados. Y la luz de un parque en el que había sembrado, como distintivo del lugar, un enorme piñón de oreja, o aquella luz que se posaba en otro piñón que los gallinazos habían escogido como su refugio. Era una luz matinal, de tenues brillos, acompañada de un olor acre, que uno percibía al pasar casi a diario rumbo a la escuela, que, a su vez, poseía otra luz muy diferente. Única. Luz que se colaba por ventanas con barrotes y que, en cualquier caso, era una especie de reverberación celestial en el patio de recreo.

 

No sé qué cuadro podría pintarse con todas esas luces, con esos contrastes. En cualquier modo es una luz que un niño mira con curiosidad y placer. La luz de un mundo sin relojes, aunque hubiese campanas y pitos de fábricas y talleres ferroviarios. Sería un cuadro de gran formato en el que no podría faltar el naufragio de un barquito de papel en el mar formado por la lluvia en las calles sin asfalto y las carreras de los perros criollos y uno que otro can lanudo, los Collies, que iban de un lado a otro en todos los barrios.

 

La infancia es un conglomerado de emociones que tienen luces vibratorias, luces de cartillas, luces que pueden estar en una pelota o en un cartapacio con cuadernos. En cualquier caso, esa luz, tan particular y entrañable, está irradiada por el cielo bajo el cual nos correspondió crecer y alcanzar las alturas de los sueños con el hilo infinito de un barrilete.

 

ENTRE DRONES Y BARRILETES" (con imágenes) | Barriles, Drones, Pinturas

Cielo de barriletes, unión con la infancia perdida.

 

Casa de tiempos agitados

(Aquellos días de Violeta Parra, libros y un paro cívico nacional)

 

El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte - Carlos Marx

Inquietantes días de lecturas marxistas. El dieciocho brumario, un clásico.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Llegamos con una parte de los corotos en un coche tirado por un lamentable caballo de lomos pelados y, la otra, en un camión de tres toneladas, de trompa roja, que me parece realizó dos o tres viajes. La casa estaba en un edificio esquinero de tres pisos, en cada uno había dos apartamentos y en el primero una farmacia donde antes estuvo la Barbería Venezuela, muy cerca de la plaza de mercado. Nos correspondió uno del tercero, con azotea, desde la cual se podían ver los llanos de Niquía en su inmensidad verdosa y, del otro lado, las cúpulas de la iglesia del Rosario.

 

Se subía por una escalera embaldosada (creo que eran mosaicos amarillos y rojos) que, en un descanso, se bifurcaba: una en dirección al apartamento vecino y otra para el nuestro, que era, claro, alquilado. Fue la última casa de alquiler que habitamos. Aquella esquina, en una calle que atravesaba el parque de Bello, era de intenso movimiento de vehículos, carretillas, caballos, bulteadores… Había cerca una cantina donde molían deplorable música campesina. Afuera de ella, en la acera y la calle, se parqueaban ejemplares caballares que dejaban el piso lleno de boñiga y orín. Estábamos, en un límite fronterizo entre los barrios Prado y Manchester, y éramos, en rigor, habitantes del centro de una ciudad que todavía tenía fábricas de telas y la estación de un tren agónico. El taller del ferrocarril aún funcionaba y desde la casa escuchábamos con claridad el pito conductista de la factoría textil.

 

Poco parábamos en su interior porque más que todo nos manteníamos o en la universidad o en visitas a las tías, sobre todo una que habitó durante muchos años por la zona de El Palo (Gómez Ángel) y también en la carrera Niquitao, aunque mucho antes había vivido en un enorme caserón de Bomboná. La casa no tenía teléfono y fue allí donde conseguimos el primer televisor, que era en colores y estaba muy cerca de una máquina de coser, marca Wheeler & Wilson, una antigualla muy querida que a mamá la había acompañado durante no sé cuántos años.

 

BIENES TERRENALES DEL HOMBRE, LOS (HISTORIA DE LA RIQUEZA DE LAS ...

 

Ya habíamos formado una biblioteca familiar, más bien precaria en cuanto al número de libros, aunque sobresalían en sus estantes de madera ejemplares sobre todo de escritores estadounidenses (Faulkner, Hemingway, Steinbeck, Melville…), de europeos como Kafka, Camus, Flaubert, Balzac, Chejov, Böll, Lagerkvist…, en una mezcla rara con libros de marxismo, revistas chinas, textos de música (como libros de armonía y gramática musical) y algunos libros sobre educación y la lucha de clases, así como el muy manoseado Los bienes terrenales del hombre, de Leo Huberman. Cada miembro familiar andaba por su lado y era poco lo que nos comunicábamos, porque, casi siempre, nos veíamos de afán o a la hora de salir temprano hacia los centros de estudio o muy tarde, al ir llegando cada uno de los cuatro hermanos a ocupar sus respectivas piezas.

 

El balcón era amplio y extenso y del mismo se podían apreciar tanto la calle 51 como la carrera 47. Limitaba con el de la casa siguiente. En esta habitaban unas muchachas muy bonitas, de las que ya no retengo el nombre. Usaban casi siempre short y blusas escotadas. Estudiaban en colegios privados, de monjas y curas. No sé si alguna de ellas, que eran como cinco, ya estaba en la universidad. Por la misma cuadra, que todavía era residencial, aunque ya se notaban algunos negocios, como uno de aceites de vehículos y otro de abarrotes, vivía una muchacha ojiclara y amonada, Edelmira, que uno de mis hermanos pretendía. Y a una cuadra estaba una plazoleta, que años atrás, antes de convertirse en parquecito, era un espacio de tierra amarilla donde llegaban las ciudades de hierro y los circos.

 

Tachuelas, muertos y pedreas

 

En aquella casa de ventanas de vidrio y buena iluminación, había una guitarra y llegaban a veces amigos de algún hermano a reunirse para hablar de filosofía o, en otros casos, para discutir asuntos sobre la caracterización de la sociedad colombiana, las elecciones y los abstencionistas o para deliberar sobre la clase obrera y el partido del proletariado. Allí nos correspondió estar cuando el paro cívico nacional, el más importante que, hasta entonces, 14 de septiembre de 1977, se había realizado en Colombia y cuya jornada, de dos días, dejó cerca de treinta muertos y huellas de alzamiento popular, pedreas, quema de llantas, tachuelas en las calles y un enorme frenesí de participación de la gente, sobre todo de los trabajadores y sus sindicatos.

 

En el entorno no conocíamos casi a nadie y ya habían pasado —para mí— los tiempos del fútbol callejero, de los partidos en mangas y canchas como las de Niquía y Santa Ana, y más bien aquella casa, en la que a veces temíamos que hubiera un allanamiento o un registro policial, que ya eran más o menos usuales por esos tiempos de agitación social, era un “dormitorio”; excepto para mamá que casi siempre, cuando no estaba de visita donde sus hermanas de Medellín o una de Copacabana, era su refugio permanente. Estaba ya en la convicción de que muy pronto iríamos a habitar una casa propia y, por eso, en los dos o tres últimos meses del tiempo que allí residimos, estaba en contacto con comisionistas, en inspeccionar ofertas, en estar de un lado a otro a ver qué se ajustaba no solo al presupuesto que ya casi era el adecuado, sino a sus gustos inmobiliarios y de localización.

 

El televisor que teníamos, valga decir, se lo ganó un hermano en una rifa de una entidad bancaria a la que llegaban con periodicidad los giros que papá enviaba desde Ipiales y desde otros pueblos de Nariño, donde trabajaba con empresas petroleras extranjeras. Ya había pasado por Barrancabermeja, por pueblos de Boyacá y del Valle del Cauca y estaba en alguna corporación de cuyo nombre no me quedan trazas. En todo caso, era una compañía gringa. La que más fiesta hizo fue mamá. Confieso que, desde antes de aparecer ese receptor y hasta hoy, es poca la atención que me despiertan los programas televisivos, incluidos telenovelas y otros dramatizados. Puede ser que la radio, en la infancia y la adolescencia, haya jugado un rol más interesante porque era una suerte de estímulo a la imaginación.

 

A dos cuadras estaba (y está) El viejo café, en Prado. Foto Spitaletta

 

Aquella casa-apartamento, con vecinas bonitas y un ambiente externo que era una combinación de vestigios campesinos con presencias obreras y cafetines de tango en las cercanías, está inserta en el tiempo en que uno era aficionado al cine y hacíamos dos o tres veces a la semana presencia en teatros como el Libia, el Lido, el Cid y el Ópera y nos asomábamos los sábados por la mañana a los foros del cine club de la calle Maracaibo. Eran días en que nuestras lecturas oscilaban entre el Dieciocho Brumario y Las uvas de la ira, y los escritores de Estados Unidos, como Norman Mailer, Caldwell y Dos Passos, estaban entre nuestras lecturas predilectas. Ah, claro, eran los días de la revista Alternativa y el seguimiento tenaz a las obras de García Márquez.

 

Carlos Puebla - Hasta Siempre Comandante (1968, Vinyl) | Discogs

Una casa a veces, o tal vez casi siempre, es una referencia a un tiempo, a unas ideas, a una situación personal. A vivencias íntimas que trascienden el ladrillo y las baldosas. Es parte, como esta tan cercana a centros de acopio de bastimentos, de una memoria particular. Aquella de entonces estaba conectada con músicas de Quilapayún y Mercedes Sosa, con las discusiones en torno a Pekín y Moscú y Albania y los obreros como una especie de deidad o quimera o no sé qué demiurgo o entelequia, una idealización. Muy bella y todo, con sus carpas de huelgas y cantos de Daniel Viglietti revueltos con poemas de Benedetti y la infaltable canción de Carlos Puebla al Che Guevara.

 

Más que aquella casa, fue el tiempo en que la ocupamos el que nos dejó, creo, una marca de juventud, una vivencia de estudiantes críticos y desaforados, con ganas de saber de música, teatro, marxismo, cine, literatura, matemáticas y de estar muy cerca de las utopías. Aquella casa, en la que recalaban en su balcón los vientos de Niquía, a veces con cometas y palomas, olía a sudores de caballos y tenía los acordes de una canción de Violeta Parra.

 

Chimeneas de Fabricato, en Bello, barrio Manchester. Foto Spitaletta

 

Casa con platanal y mafafas

 

(Recuerdo desenfocado de un domicilio sin espacios para la nostalgia)

 

Por Reinaldo Spitaletta

Es la casa de la que menos imágenes tengo. Solo almaceno una, contundente, que era la del solar, en una especie de pendiente, con platanales y muchas matas de mafafa que nunca supe quién sembró, ni siquiera las pudimos usar en ninguna cocción. No entró en nuestra dieta. Decían que era una buena fuente de carbohidratos en forma de almidón. Pero nada. Mamá nunca se animó a aprovechar ni las hojas, que se podían hacer en sopa, ni los tubérculos. Esta exótica planta se extendía por buena parte de aquel solar inapetente, impersonal, que no convocaba a ninguna meditación o contemplación.

 

Si de su adentro no poseo un buen repertorio de imágenes, de su afuera, sí. Estaba sobre El Carretero, una calle ancha y larga, por la que discurrían, además, los buses de pasajeros que venían e iban para La Cumbre, Playa Rica, Bellavista y otros barrios. Era como una frontera entre El Congolo y Andalucía. Muy cerca todavía estaba, hacia el occidente, el café El Amigo (en el que muchas veces sonaba el tango Tres amigos) y en la otra esquina, hacia el oriente, el bar La Isla, en el que no faltaban las broncas y el malevaje. No tengo precisión sobre la fachada, pero, me parece, que era de granito, con dos ventanas y una puerta de cuyo color no me acuerdo.

 

Planta de mafafa o malanga - AGRO 2.0

“Josefa qué linda tiene su matica de mafafa…”

 

La llamamos la Casa del Platanal y, creo, hubiera sonado mucho mejor la Casa de la Mafafa. Por entonces, se escuchaba en la radio una canción de Los Corraleros de Majagual con Eliseo Herrera (la original es de Los Guaracheros de Oriente): La matica de mafafa, en la que el vocalista hacía gala de su capacidad para los trabalenguas: “Josefita y la mafafa la miraba por la gafa, / Josefita y mafafita la miré por la gafita…”.  No recuerdo si tuvimos cosechas de plátanos ni tampoco si había en el solar visitas de pájaros.

 

Al frente, en un segundo piso, vivían unas muchachas bonitas, aunque, creo, no las dejaban salir ni a la puerta, solo a asomarse por el balcón. Y, claro, en las madrugadas, cuando vestidas de uniforme de colegiala, iban a estudiar. Eran muchachas como para serenata. No tengo memoria de ningún vecino, aunque tengo la lejana idea de que por allí habitaba un sastre de apellido Areiza. A dos o tres casas de la nuestra, estaba la calle que descendía hacia El Congolo y por la que se podía ir a una escuela cercana, La Milagrosa. Y por la otra, la de la Isla, estaban las casas de los Marroquines y la de Tripa, un tipo que no gozaba de buenas famas.

 

 

La casa del platanal, que no era ninguna belleza, no tenía piso embaldosado sino de cemento pulido. En la sala, rojo; gris en los cuartos, que me parece que eran tres, más la cocina y los servicios sanitarios. Lo llamativo, quizá por lo estrafalario, o por una especie de desorden en la plantación, que además estaba acompañada de pedregones, era el solar, que, como pudiera decir cualquier señora de barrio, no provocaba. Era, me parece ahora, una casa sin identidad. Nada en ella hacía que uno se apegara, o que pronunciara un elogio a las paredes, a las piezas, a la sala. Nada. En ella flotaba un hálito de ausencia y puede ser que fuera un hospedaje de espíritus aburridos y de fantasmas desganados. Nunca supimos quiénes fueron los habitantes que nos precedieron. Tampoco recuerdo el nombre de su dueño.

 

Teatro Lido en 2020 | Fotografía antigua, Fotografia y Pelicula ...

El viejo Teatro Lido de Medellín. Un clásico.

No fue larga la estadía en aquel inmueble. No era amañador. Uno muy poco permanecía allí, porque, en aquel tiempo el cine era un atractivo y en la Universidad había ya modos de quedarse más tiempo en ensayos de música (que fueron tiempos de estudio en el conservatorio), en alguna asamblea estudiantil, y, sobre todo, en ir a los cines del centro de Medellín. Era una aventura de la ensoñación entrar al Lido, al Cid, al Ópera, al María Victoria, al Odeón y al Alameda.

 

Ya no era uno un muchacho de esquina, de galladas de barrio y por allí, en El Carretero, una calle con historia y que al doblar hacia el parque de Bello tenía un santuario con una virgen (La Milagrosa), no había ninguna posibilidad para detenerse a conversar con nadie. Tampoco iba uno a los bares, como la Isla, en el que alguna vez, de paso, vi una tremenda trifulca a machete y piedra, con descalabrados y una vasta presencia de curiosos.

 

Con algunos de los Marroquines en años anteriores habíamos jugado al fútbol y en aquella familia había muchachas lindas y amables. Años después de haber vivido en aquella casa, tuve un sueño en el que el solar había crecido tanto que parecía una calle llena de mafafas, pero, en vez de platanales, había árboles de los que colgaban algunos ahorcados. De las casas vecinas se asomaban esqueletos y de algún escondite imperceptible surgió una mujer oscura que intentó llevarme a la horca.

 

Aquella casa, como otras, también quedó atrás. Fue una estación más en un recorrido o errancia de años por una ciudad que ya cada vez tenía menos aspecto obrero y se estaba convirtiendo en una población de gentes de todos lados que traían un hondo desarraigo y se les notaba un malestar por no tener empleo o no encontrar el presunto paraíso que no se sabe quién les había prometido. Cuando nos mudamos a una casa de tercer piso, muy cerca del parque principal y también de la plaza de mercado, no tuvimos ningún motivo para lamentar la ausencia. No había lugar a despedidas. Tampoco para celebrar la nueva casa. Nos habíamos habituado a las mudanzas. No tuvimos ningún pesar. Y, tras unos cuantos meses de haber vivido allí, ninguna nostalgia nos asaltó por las improbadas mafafas ni por el platanal.

 

pintura hojas de platano - Buscar con Google

Plátanos en el solar

 

Andalucía, con parque y buena esquina

(Paisaje de infancia con brochazos y lámparas con sombrero)

 

 

“Del barrio me voy, del barrio me fui”

Ayer, de Daniel Melingo

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La casa, de puerta verde y cuatro ventanas también verdes y enrejadas, estaba en una de las esquinas del parquecito redondeado que tenía el nombre árabe-español de Andalucía. A unas pocas cuadras estaba el límite con el barrio López de Mesa, con un callejón sin salida que tenía una gruesa tapia al fondo, y por el otro lado, hacia el sur, los límites alcanzaban hasta un sector que estaba en inmediaciones de la vieja Calle Arriba, y se llamaba (se sigue llamando así, creo) La Buena Esquina, que era, en rigor, el nombre de un granero mixto. Más allá, hacia el norte, el barrio confinaba con El Carretero, una antigua vía que se construyó para comunicar al centro de Bello con la primera fábrica textilera que hubo en el Valle de Aburrá.

 

Andalucía tenía su encanto más que todo encajado en el parquecito. Después del parque principal del pueblo con ínfulas de ciudad, el único que había entonces era ese, con bancas de cemento y dos o tres arbolitos. Sus lámparas con una suerte de sombrero o cubierta eran bellas, aunque de noche no iluminaban mucho. En el barrio, de colegialas diversas, unas con uniformes de faldita a cuadros rojos, y otras con una especie de basquiña azul turquí, había cierta limpieza en las calles que ya estaban asfaltadas, a diferencia de otras de la “ciudad obrera”, destapadas y polvorientas (o pantanosas, según el clima).

 

Creo que fue un cambio brusco el mudarnos de un barrio que tenía un cementerio en ruinas, mangas a granel, un “burro” o cañería a cielo abierto y olores a mangos y naranjos, a este, el de Andalucía, que era más “urbano”, de mejor presencia, aunque, como digo, no era muy vegetal. Muy cerca de la casa, apenas a una cuadra, había otro callejón sin asfalto, empedrado, con casas muy viejas, de tapia y aleros románticos. Tenían varios de aquellos caserones ventanas arrodilladas y al final, sobre una pared, se asomaban árboles de mango, matasano y quizá madroño.

 

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Por aquellos días transcurrió el Mundial de Inglaterra

Mi escuela quedaba muy cerca y ya estábamos en los días en que, como nos aproximábamos al paso a bachillerato, habíamos cogido aires menos infantiles y, creo, nuestra mirada era desafiante y altanera. Eso pudo haberlo percibido el profesor Cástor Rave, director del grupo que me correspondió en la Escuela Marco Fidel Suárez, Segunda Agrupación, con el que nunca simpaticé. Andalucía entonces sonaba con cascabeles (“Doce cascabeles”) y en algunas de sus tiendas uno conseguía los cromos del álbum sobre el Mundial de Inglaterra y otro de actores de cine.

 

En otras casas donde habíamos vivido, y en ese proceso de crecimiento, el mundo de afuera era muy importante, mucho más que el de adentro. Y no porque las casas fueran pequeñas o estrechas, sino porque, me parece, había, además de un encanto particular, una suerte de apertura en que los muchachos de entonces éramos más de la calle que de la casa. La calle era la congregación esquinera, los juegos al aire libre, el fútbol, las largas caminatas hacia quebradas y fincas suburbanas…

 

Fabricato: 100 años tejiendo su historia - ELESPECTADOR.COM

Fabricato fue un símbolo del trabajo y los obreros en Bello

 

Sin embargo, no recuerdo a nadie en particular de aquella vivencia en Andalucía. Ni cuáles eran los tenderos ni siquiera el nombre o apodo de alguno de los pelados del sector. Puede ser porque no duramos por allí más de ocho meses o porque ya era hora de empezar a sentir el desarraigo. Lo que sí era una visión muy atractiva lo constituía un taller de bicicletas. Por entonces, los velocípedos abundaban debido a que, casi todos los trabajadores de las textileras, se desplazaban en ciclas Humber o Philips, equipadas con dinamo, parrilla, corneta y lámpara.

 

Andalucía, como lo supe después, fue un barrio construido en 1919 por la urbanizadora de Manuel José Álvarez Carrasquilla, Majalc, uno de los fundadores de la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín. El empresario, que era un admirador de todo lo que sonara a España, erigió en Medellín barrios como Aranjuez, La Mansión, Gerona y Sevilla, entre otros.

 

En el afuera de Andalucía no tuve muchas experiencias callejeras, aunque, igual, ya con compañeros de escuela, armábamos expediciones al Quitasol y largas correrías para asaltar, por ejemplo, los mangos de la finca Salento o las naranjas de Potrerito. Lo que sí tengo patente es una jornada de semana santa, tal vez la procesión del viacrucis, cuando, muy cerca de la casa, y como ya habíamos hecho un recorrido soleado observando muchachas en recogimiento y para mostrar los trajes nuevos, cuando mi hermano Rodolfo sufrió una taranta, que es como le decían en ciertas partes del Caribe a un desvanecimiento. Un golpe de sol, con cansancio de crucificado.

 

QUE BELLO ES BELLO: PARQUE ANDALUCIA

Parque Andalucía, en los tiempos de ahora, reformado.

 

Del adentro, recuerdo que era una casa muy particular en su arquitectura curvilínea, con un patio de baldosas estampadas y unas piezas cada una con ventana a la calle. Había materas con bifloras y novios y alguna con la prodigiosa ruda (mamá siempre decía que no podía faltar esa mata que protegía contra el mal de ojo, las maledicencias del prójimo, los hechizos y otras situaciones de mal augurio). No había solar, que ya era una carencia notoria, porque, de antes, casi todas las otras donde habíamos habitado poseían una buena franja para la combinatoria de árboles, arbustos y aves de corral.

 

Alguna vez, en que íbamos a pintar las rejas de las ventanas con pintura a base de aceite, lo mismo que los zócalos, invitamos a un primo de Copacabana. Preparamos los recipientes y las brochas. Y de pronto, todo se convirtió en un festejo, en una rochela o recocha, en la que cada uno le pasaba brochazos al otro por la cara, por la espalda y se volvió un pequeño carnaval. Cuando mamá llegó de compras (papá trabajaba muy lejos y venía solo cada dos o tres semanas) encontró la casa convertida en un manicomio (así lo dijo, ¡qué es este manicomio!). Al fin de cuentas, y ante el desastre, no le quedó más que unirse a la risa colectiva y la algazara.

 

Tengo la visión de que, a principios de diciembre, ya casi a punto de otra mudanza, hicimos un globo con hojas de periódicos, almidón, una candileja de alambre de ropa, que, pese a nuestro entusiasmo, a los varios intentos, no pudo elevarse. Y entonces papá, que no era hombre de paciencia, ante el fracaso de todos, lo rasgó en pedazos y luego, a cada uno de los cuatro hijos, entregó como indemnización un billetico de cinco pesos, una enormidad para entonces. Las calles y las tiendas nos acogieron con placidez.

 

Andalucía, de pronto, quedó atrás. La casa de esquina circular con su fachada de granito fue otro recuerdo, una estación más. La brújula de la inestabilidad, o del nomadismo, señalaba a otro punto cardinal. Las lámparas del parque me parece que soltaron alguna lágrima cuando nos despedimos del barrio.

 

Había un parque y una casa esquinera y un viejo barrio en la memoria. Todo se fue.

Calvario de pedreas y peleas

(Un recuerdo de infancia con casa en esquina, escuela y maestra castigadora)

 

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Arco de entrada al antiguo calvario (hoy casa de la cultura) en Bello, Antioquia.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Vivíamos en la casa del viejo Eduardo (así lo denominábamos) al que papá llamaba el jorobado. Tenía ventanas verde oscuro, techo de asbesto y al lado había una manga en la que una vez, en una tierra removida, encontré muchas monedas que me hicieron creer que había hallado un tesoro (entierro se le decía) de piratas exiliados en Bello. El barrio tenía a pocas cuadras un sector pendiente, sembrado de altas palmeras, llamado El Calvario, con estaciones degradadas y, en la cima del morro, un cristo plateado acompañado de sendas estatuas de la virgen y un discípulo.

 

El Rosario todavía tenía calles destapadas y tierra amarilla. Rodaban por algunas partes coches de caballos debiluchos, con espinazo pelado y una apariencia de tristeza. Por un costado de la casa pasaba una calle desnivelada que conducía en falda al lugar donde estaba la rueda de hierro que un fontanero, por turnos, hacía girar para quitar y poner el agua al sector. Tanto cuando se iba como cuando llegaba, el líquido hacía un ruido particular, como si alguien estuviera gargareando.

 

La casa tenía un pequeño patio y tres alcobas. La cocina era estrecha y a veces el alcantarillado de atanores no daba para evacuar con suficiencia las heces y otras porquerías, por lo que, a través del sumidero del patio, brotaban asquerosidades. En la manga contigua, con mi hermano Rodolfo solíamos patear una pelota azul y a veces discutíamos por un gol inexistente, que había pasado por encima de las piedras que poníamos como portería. Por lo regular, hacíamos chutes de un lado a otro y cada uno fungía, a la vez, como arquero y como delantero.

 

La casa, en una esquina, por detrás lindaba con otra manga, en la que crecían adormideras y había uno que otro chagualo. A veces íbamos, con cartones parafinados, a deslizarnos loma abajo. Por esos días, vistos desde ahora muy lejanos, con borrosidades y predominio —no sé por qué— del color anaranjado, ya estaba en la escuela, en segundo de primaria. Para ir a ella, atravesaba El Calvario. Me detenía a veces en la cripta que había debajo del crucificado y sus acompañantes e imaginaba que allí habitaban monstruos, momias y no sé qué otras figuras siniestras. Me gustaba mirar por la reja y sentir el olor a humedad. Con mi valija de cuadernos, con lápices de colores y alguna cartilla, seguía bajando por barrancos y desniveles, miraba de vez en cuando las estaciones del viacrucis que pudieron ser bonitas y limpias en otros días, pero ya estaban deterioradas, tanto que por ejemplo el nazareno tenía cara raspada en algunas de ellas y la cruz no se distinguía en forma.

 

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Urna de la choza de Marco Fidel Suárez, en Bello.

 

A la entrada (o salida) del Calvario había un enorme arco de cemento y, en su parte más elevada, se erguía un ángel que algunos decían que era el del silencio y otros el de guardián de la heredad. Mucho tiempo después, ya en la adolescencia, en ese mismo morro de esbeltas palmas, una tarde un grupo de muchachos le arrojamos, desde los pies del cristo, piedras a una soldadesca que había llegado para sofocar los motines estudiantiles, en los que, si bien recuerdo, rompieron algunos vidrios de la urna de la choza de Marco Fidel Suárez.

 

Me parece que, más que decir que habitábamos en El Rosario, siempre anunciábamos que era en El Calvario, una elevación sacrosanta cuya construcción la promovió una fábrica de textiles con el fin de que la gente, en particular los obreros, hicieran peregrinaciones y pagaran promesas. Y sí, uno se topaba, de vez en cuando, a alguna señora de rosario en mano, con rezos y murmullos, en ascenso hacia la cúspide, con paradas beatíficas en cada una de las catorce estaciones de la pasión cristiana.

 

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Imágenes del viejo calvario, en Bello

 

Junto a la casa estaba la tienda de don Mario (y creo que tenía las puertas anaranjadas), un señor colorado que, aunque supongo que era joven, me parecía ya muy viejo, tanto como el dueño de la casa en que vivíamos, de cara pálida, pelinegro, giboso y que, no sé por qué, me parecía que se había fugado de la catacumba que había en El Calvario. Hacia el occidente, por una calle recta y también sin asfalto, se llegaba a la escuela de niñas Rosalía Suárez, en inmediaciones de una fábrica de artefactos de cachos de res (la gente la llamaba La Cachera), entre cuyas manufacturas se destacaban barquitos con velas ondeantes y las famosas perinolas.

 

Entonces a uno las distancias le parecían enormes, cuando, después, ya más crecidos, no era tan harta la lejanía. Así que la escuela, más bien cerca de la casa, daba la impresión de quedar muy allá. Tenía ventanales enrejados y una puerta ancha. El patio de recreo, en el que no faltaba el inevitable quiosco de gaseosas y golosinas, era amplio y lo enmarcaban los corredores con una baranda plateada. Había una campana y una corneta por la que brotaban himnos y la voz del director escolar o de alguna señorita profesora.

 

 A la salida nos vemos…

 

Mi maestra era una señora caricolorada y cabellinegra que me parecía muy vieja. Se llamaba Angélica y casi siempre se vestía con trajes oscuros. La menciono porque, más que haberle tenido afectos, la veía como una suerte de enemiga, castigadora y de mala leche. Claro, era una correspondencia suya a mi comportamiento, no siempre apacible. Eran días en que aprendimos a dar golpes y a recibirlos. “A la salida nos vemos” era una frase común. Y en una de esas, nos citamos con un rival, para enfrentarnos a totazos en El Calvario. Se llamaba Gonzalo. La pelea duró unos cuantos minutos. Intercambiamos puñetazos, agarrones, vituperios y después él otro resultó con el ojo morado.

 

A doña Angélica le pusieron la queja y me exhibió ante el grupo en el ritual de flagelación con una regla de madera. Esa escena la viví varias veces en aquel año. Sin embargo, en el altozano de la crucifixión, un Gólgota local, hube de enfrentarme otras veces con diversos pelados que, como yo, gustaban de la bronca y el bonche. Me parece que la primera vez que vi imágenes de televisión sucedió en la casa de Tisnés, a dos cuadras de la escuela, donde, por una enorme ventana abierta, me sorprendió un aparato de consola que emitía sonidos y dejaba ver otros mundos.

 

En la casa del viejo Eduardo duramos poco tiempo. Tal vez el más vívido recuerdo de aquella estada, pudo ser el de las mañanas y tardes jugando con una esférica, el ver el vuelo de cucarrones verdes en la manga y encontrar un tesoro de piratas (eran los tiempos de la canción escolar “Soy pirata y navego en los mares…”) con monedas abundantes que seguro me gasté en golosinas de la tienda de don Mario.

8-III-2020

 

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Kandinsky y la sinfonía de los colores

 

Aventura de un árbol de navidad

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“Arbolito de navidad que siempre florece los 24…”.

 

Por  Reinaldo Spitaletta

 

 

Subimos, con un deteriorado machete envuelto en un periódico, hasta la finca La Selva, que desde lejos, desde el barrio El Congolo, se veía con corredores y ventanas rojas y un curvilíneo camino enrielado. Alrededor, al pie del cerro el Quitasol, había noros, chagualos y otros árboles y arbustos. Entonces, a mediados de los sesenta, no había conciencia ecológica ni defensas del medio ambiente, pero todavía no estaba tan destruido el planeta y por las laderas del morro bajaban riachuelos cristalinos y se escuchaban cantos de pájaros.

 

Las vecindades de aquel caserón las habíamos recorrido con muchachos de la cuadra, cuando jugábamos a ser Tarzán y su corte de monos. No faltaba el grito largo (¡iiiiiiuuuuhaaaaaaaah!) mientras uno se arrojaba de un árbol a otro, reviviendo las aventuras de Edgar Rice Burroughs, del cual todavía no habíamos leído sus libros, pero sí los cómics de periódicos y revistas, además de haber entrado al Teatro Bello a ver algunas proyecciones en blanco y negro sobre el héroe de papel, que entonces lo representaba Johnny Weissmüller.

 

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Aspecto del cerro Quitasol.

 

En ocasiones, ascendíamos hasta una prominencia que, desde la distancia, aparecía como un grano en el rostro inmenso de aquel morro emblemático. La llamaban (todavía es así) La verruga. Y aprovechábamos las aguas límpidas y heladas de los arroyuelos para pegarnos zambullidas y darnos un refresco. Y a principios de diciembre, cuando todavía no había ventas de arbolitos navideños preparados para el efecto, sino que había que ir a cortarlos a las florestas y otros montes, las romerías ascendían al Quitasol para conseguir su ejemplar al que recubrirían con algodón de colores, o solo blanco, y les colgarían bolas quebradizas verdes, rojas y doradas. Y al conjunto, que iba en un soporte, a veces una matera, se le agregarían bombillitos, guirnaldas y cadenetas. En 1962, cuando vivíamos en un caserón de Manchester, el arbolito que mamá había confeccionado se fue al piso tras un fortísimo temblor de tierra y sus ornamentos se destrozaron sin remedio. El resto del mes, el árbol se quedó triste y sin casi ninguna decoración.

 

Pues bien. Íbamos los cuatro hermanos a conseguir un árbol navideño, que no fuera muy grande pero tampoco una ramita sin carácter. Tenía que tener cierta presencia y estar dotado de suficientes ramificaciones. Y ya, en las lindes de la finca, comenzamos la labor. Seguro desde el caserón escuchaban los golpes de la herramienta y fue cuando apareció como de la nada un hombre de sombrero con un enorme perro al que llevaba sujeto de una cadena. Nos decomisó el machete y no permitió que nos fuéramos con el “arbolito” que habíamos cortado. Ni siquiera un chamizo del mismo. No recuerdo si nos espetó algún insulto, pero lo que sí quedó en evidencia fue aquella frase perentoria: “no quiero volverlos a ver por aquí”,

 

Cuando tornamos a casa sin nada, mamá nos interrogó. Contamos la peripecia y ella, de inmediato, salió hacia La Selva. La seguimos a distancia. “No se aparezcan por allá”, nos advirtió. Cruzó el portón y se arrimó a la puerta principal. Después, salió el hombre del sombrero. La vimos manotear. Supusimos que estaba más colorada de lo que era. No se escuchaba con claridad ni lo que ella decía ni lo que, luego, el tipo le contestaba. El hombre se metió a la casa y después salió con el viejo machete “tres rayas”, que nos había acompañado durante años en casa y que mamá tenía como una especie de “reliquia” familiar. Cuando ella se había vuelto sobre sus pasos, se escuchó la voz del “mayordomo”: “Señora, puede llevarse también el árbol que cortaron sus hijos”. Tal vez fue el viento el que condujo las voces hasta nosotros. La vuelta estuvo adobada de relatos heroicos sobre el Quitasol y de imaginaciones acerca de cómo iría a quedar el árbol de navidad en la sala de la casa. El machete lo llevaba mamá como un botín de guerra y nos pareció que había gentes en las ventanas de la cuadra que saludaban a los vencedores de una batalla floral.

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Lola Vélez, una vida dedicada al arte

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La Tongolele bellanita, una pintura de Lola Vélez (tomada del blog Historias callejeras)

 

Declaración de Duelo del Centro de Historia de Bello *

 

Despedir en su hora definitiva a la maestra Lola Vélez no deja de ser un acto de dolor ante su ausencia corporal, pero a su vez es un momento para decirle de nuevo gracias por su arte, por sus aportes a la cultura y la sensibilidad de un pueblo que siempre la admiró y respetó.

 

Ella, una artista íntegra, supo interpretar las angustias y alegrías de la gente para dejar en sus frescos, óleos y acuarelas un testimonio estético de su paso por el mundo. Lola Vélez, emblema de una población obrera y llena de desamparos, contribuyó a que Bello fuera llamada la Ciudad de los artistas y siempre supo que la belleza es una posibilidad para mirar el entorno con ojos de asombro y para no perder la esperanza en un futuro mejor.

 

Lola Vélez, toda una existencia dedicada al arte con profundidad y seriedad, nunca apeló al fácil expediente del escándalo para hacerse publicidades frívolas ni permitió que los diversos poderes la hicieran caer en las tentaciones comercialoides. Respiraba arte y talento, y por eso ya en vida era parte de la historia artística de un país que casi siempre ha mirado con desprecio a sus creadores.

 

Discípula de los maestros Pedro Nel Gómez y Rafael Sáenz, tuvo igualmente el privilegio de estudiar con el muralista mexicano Diego Rivera y de compartir amistad e ideas artísticas con Frida Khalo.

 

Con su partida Lola deja huérfanos a sus canarios, sinsontes y turpiales de su casa que es patrimonio cultural de Bello; a sus payasos tristes, a sus girasoles, a sus arcángeles y a su Tongolele aldeana; nos priva no sólo de su presencia señorial sino que nos deja huérfanos de su portentosa paleta.

 

Sin embargo, no es hora de tristezas, porque Lola Vélez nos deja un legado cultural invaluable, un ejemplo de disciplina y entrega total al arte; Lola pintó como si cada pintura suya  fuera la última de su vida; sirvió de ejemplo a muchos artistas jóvenes y su obra continuará viviendo. La maestra Lola seguirá siendo un faro para las generaciones de hoy y del porvenir.

 

Por eso, en esta hora de sombras por su ausencia física también hay luz, la luz de una pintora excelsa que no ha muerto, porque la muerte no existe cuando la vida se prolonga en una obra viva como la suya. Claro que la extrañaremos. Extrañaremos su sonrisa y su trato cordial, la fraternidad con la que siempre acogió a los visitantes de su casa-museo, extrañaremos esa presencia necesaria de la mujer, de la artista. El nombre de Lola Vélez no será unido a la tristeza, porque ella vivió para la alegría. Paz en su tumba y larga memoria a la maestra. Viva Lola Vélez.

 

Reinaldo Spitaletta

Presidente Centro de Historia de Bello

Marzo 23 de 2005

*Reproduzco esta vieja nota de pésame por la muerte de la artista, en momentos en que su casa (que debía ser declarada patrimonio cultural del Municipio) va a ser demolida. 

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la casa de la artista Lola Vélez, en Bello. (Foto del blog Historias callejeras)

¡A marchar por el patrimonio!

 

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El deterioro y marchitamiento del patrimonio cultural e histórico de Bello ha sido sistemático. Desde hace tiempos, a los administradores del Municipio les ha importado muy poco, casi nada, la memoria en ninguna de sus manifestaciones (tangibles e intangibles). Muchos hitos y símbolos patrimoniales han caído ante la vergonzosa ignorancia oficial y el voraz ánimo de lucro de constructoras, como pasó, por ejemplo, con el Club Cantaclaro, la Hacienda Niquía, el pie del cerro Quitasol, las huellas de las textileras (no quedó nada de Pantex, por ejemplo). Y ahora, continuando la tradición de incultura y desgreño, la oficialidad aspira a convertir los históricos Talleres del Ferrocarril en terrenos para vivienda y construcción de sede administrativa, en contravía de los intereses populares, de la cultura y la educación.

 

Los Talleres del Ferrocarril, que, junto con las textileras, fue un laboratorio de modernidad, o al menos de lo moderno en Bello, deben proseguir su destino de convertirse en Parque de Artes y Oficios, centro cultural y educativo, complejo estructural para el pensamiento y la contemplación, todo en  beneficio de la población y su progreso material y espiritual.

 

Por eso, convido a continuar la lucha por la erección del Parque de Artes y Oficios, por una utilización histórica, patrimonial y de la cultura de los antiguos Talleres del Ferrocarril. ¡No a la privatización de este bien público!

 

Reinaldo Spitaletta

 

Tarzanes de selva urbana

(Recorrido para revivir pedreas, noches de cementerio y un bar que ya no está)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La finca, con entrada de rieles y arborizada, con puertas y ventanas rojas y amplios corredores, que siempre veíamos desde lejos, se llamaba La Selva, y a ella, mejor dicho, a sus boscajes, de chagualos y noros y otras especies, llegábamos a representar, porque en la infancia, prolongada en la adolescencia, hay mucha teatralidad; sí, a creernos tarzanes y colonos de junglas cuasi urbanas. En los primeros días de diciembre, íbamos en asalto a cortar ramas y arbustos para convertirlos en el árbol de navidad, en un tiempo en que el mundo se reducía a partidos de fútbol y juegos de calle.

 

En aquella floresta, que considerábamos una sucursal de la selva africana, a veces volábamos de palo en palo, mediante lianas imaginarias y gritos a lo “hombre mono” que se perdían en una suerte de espesura irreal, porque, en rigor, aquella tierra era más pedregosa e infértil, y los arboles raleaban con espacios por los que el sol era el rey a falta de algún león de fantasía, que igual producía rugidos como el de las películas. Lo que era el poder de las invenciones infantiles.

 

En ocasiones olía a hongos, aroma rudo de paragüitas sin gnomos, que a veces crecían entre boñigas añejas y cerca de los troncos de carboneros y acacias en las afueras del predio, en los que había una manga dispuesta para el fútbol y una quebradita de agua limpia. A la entrada de aquella finca, que nos parecía inmensa, había un barrio incipiente, de pocas casas, casi todas sin repellar, en las que algunas damas vendían amores de superficie a ocasionales buscadores de placer de extramuro. Por extensión, también se llamaba así: La Selva (hoy, El Mirador).

 

Esos contornos, al pie del cerro (al que denominábamos morro) Quitasol, participaron en la educación sentimental de la muchachada de fines de los sesentas, cuando estaba el hombre a punto de llegar a la luna (aunque para nosotros ya lo había hecho a través de Julio Verne), y el Che Guevara, su efigie en alto contraste, aparecía fijada en la parte trasera de las camisas de juventud. Aquel relieve, pedregoso y en el que se ejercía la aventura de vivir, tuvo tiempos de excursiones nocturnas al entonces nuevo cementerio de la localidad, para alterar el sueño de los muertos y disfrazarnos de momias y cadáveres con hábitos oscuros y máscaras de medias veladas. También, en esas mismas noches de noviembre, para desafiarnos a pedradas con las patotas de alguna cuadra del viejo Niquía. Todavía eran parajes con pocos habitantes y más mangas y malezas que asfalto y cascajo.

 

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Muchos años después, en una caminata decembrina, y con el propósito de observar los cambios y las permanencias, con mis hermanos salimos en una expedición que comenzó en donde antes el viento tenía su reino: en los extinguidos llanos de Niquía, por la parte alta, que entonces era un camino polvoriento que comunicaba al sector con nombre de mítico cacique, con el barrio el Congolo y parte de La Selva;  y todo, con la quebrada La García de por medio. Por ninguna parte estaban aquellos caserones con antejardines y verjas. Y por los predios de la iglesia de Chiquinquirá, había desaparecido la biblioteca comunal, con local ahora cerrado, y el paisaje ya era de atiborramiento; casitas por aquí y allá, casi todas queriendo ascender las laderas del morro. La conurbación era notoria. Qué diferencia con los días en que nos parecían larguísimas las distancias por aquel carretero de soledades y aire limpio.

 

Ahora, sin espacios para construir, sin mangas ni árboles, todo es una conjunción de ladrillos y techumbres. La finca de entonces es solo añejo recuerdo de infantes que leían a los Hermanos Grimm y se tragaban en la pantalla las películas de Johnny Weissmüller, y después salían a imitar en los charcos su manera de nadar. El cementerio es ahora parte del vecindario. Ya no hay nada lejos. Todo está unido por la presión de las construcciones.

 

No hay manga, no hay quiosco de gaseosas, ni balones que naufragan en la quebrada. Ni gritos de goles en la distancia. Ni olor a grama y a higuerillas. Como dice una canción, todo se ha ido. Nada se ha quedado. O sí, tal vez una memoria en añicos, que al paso nos hace buscar una huella, un entejado envejecido, la casucha en obra negra en la que una mujer atendía pedidos de piel y respiraciones agitadas. Lo único que queda es el puente sobre La García, reformado, y, abajo, la quebrada, ahora más sucia y muerta.  Amurallada, continúa si infinito transcurso en el que antes hubo peces y balnearios.

 

Por aquí vivían los Siete Cabezas, que tenían televisor y que nos permitieron apreciar la llegada del papa Paulo VI; más allá, el bombero y su hija, a la que papá apodó Miss Congolo, de caminado con tongoneos y que no saludaba a nadie. Y ahí, sí, en la calle en la que doña Cruz vendía helados y doña Marta era la tendera más activa, estaba la casa de los Spitaletta, ahora con otra fachada que no recuerda en nada a la de otros días (ventanas y puerta grises), vecina de una construcción inconclusa que duró así una eternidad y ya está terminada.

 

Y a nuestro paso, como en un tango, nos íbamos preguntando qué sería de aquella Teresa Flórez y de Gabriela la colorada, y qué si fizo Olimpia la de la minifalda bien lucida. La que sí continúa, alterada, claro, es la esquina donde años ha estuvo el Florida, un bar en el que Raúl Berón todas las noches entonaba “Siempre fueron / mis mejores compañeros / los muchachos milongueros / jugadores y algo más”.

 

Ya no está el muro donde a lo Gardel grabamos con aceros (más que todo con clavos) los nombres de Edilma y Lucía y Amparito. La plazuela en la que hubo gambetas y goles ya nos parece más pequeña e imposible que allí hubiéramos jugado unos partidazos que ni siquiera los superaban los de Brasil 70. Nos pasamos un balón imaginario y revivimos en instantes aquellas jornadas de embeleso, que sacaban de quicio a las señoras de la cuadra y a las vidrieras de sus casas.

 

Con leves variaciones, las arquitecturas de aquel sector obrero permanecen, y tal vez por eso, vemos en las ventanas muchachas bonitas y cortinas de flores. Y en el distante recuerdo, alguna mano que se agita con adioses. Con los mismos adioses que ahora los caminantes dispersan en un barrio que hace años les permitió soñar con amores de celuloide y viajes a la luna.

(Diciembre de 2016)

 

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Morro Quitasol, Bello, Antioquia.

 

Una lágrima por un amor que no fue

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

La muchacha, sobre todo en las mañanas, sintonizaba una emisora que casi siempre ponía a sonar una balada de Estelita Núñez. Y la cantaba con ganas, como si fuera lo último que fuera a hacer en el mundo: “Una lágrima por tu amor, una lágrima lloraré…”, y yo, desde el segundo piso, la escuchaba. Era una muchacha blanca y rubia, que por las noches, bueno, tal vez a las seis y treinta o siete, recibía en la puerta a un pretendiente. Yo desde el balcón los veía animados en su conversa, y sentía una tristeza por no ser yo el que estaba ahí, con ella, en la puerta, recostados a la reja. Pero nada.

 

A veces, yo salía a dar una caminada a esa hora, para verla a ella de cerca, olerla con disimulo, saludar y escuchar su respuesta. No recuerdo si el tipo contestaba a mi salutación. Creo que no. Ella sí lo hacía, con risas y un dejo que a mí me parecía medio tristón. Me iba dolido, diciéndome para mis adentros qué era lo que hacía que no pudiera estar junto a la chica que, por otra parte, no era hija de la vecina, sino su sobrina, y vivía ahí no sé por qué, tal vez por no tener mamá, o qué sé yo, solo sé que ella estaba a diario en aquella casa, en el primer piso, que era la habitación de la dueña (Maruja se llamaba) una señora con cara de bruja, bueno, en el sentido de la deformación monstruosa que le propinaron a las brujas sus enemigos, que, como leí después, en realidad eran mujeres muy bellas y sabias.

 

Pero esta era una dama no solo malencarada, sino, de añadidura, mala clase. No saludaba. Estaba presionando a mamá desde la mañana en que se cumplía el mes de arriendo. Tenía dos hijas, esas sí feas, a las que pusimos como sobrenombre las Culateras. Bueno, el del bautizo fue mi papá, experto en esas lides de aplicar apodos. Abajo, en el solar del primer piso, había un inmenso tanque, del cual nosotros, con una oxidada bomba de manivela extraíamos agua, en una labor que era todo un desencanto y una aburrición deplorable.

 

Vivíamos entonces frente a una iglesia en forma de ramada de nombre Santa Catalina Labouré y a pocas cuadras de la quebrada La García, con mangas en sus márgenes, a las cuales, en ocasiones, íbamos a jugar fútbol, con el riesgo ineludible de que el balón, durante el partido, cayera varias veces a la corriente.

 

Bueno, pero lo que interesa ahora, cuando he olvidado el nombre de la muchacha, mas no su figura ni su voz matinal, que cantaba baladas y a veces también una música bailable de Los Hispanos, como la de homenaje a Cien años de soledad, que provocó que por el tumbao en el caminar cuando sonaba la tal pieza, pusiéramos la Maconda a una vecina del barrio. Pero esa es otra historia.

 

Mis mañanas eran de expectativa, y lo que más quería siempre era escuchar la voz de la chica. Me arrimaba a la parte que daba al patio-jardín de abajo y aguzaba el oído por si podía tener noción de los modos de respirar, de sus pasos, de la escoba que sonaba en sus manos. Y de pronto, se regaba por el ambiente aquello de “una flor sin rocío morirá y nunca más vendrá la primavera…”. A mí me iban dando palpitaciones. “Qué bella voz”, me decía, qué triste se escuchaba en partes esa balada: “el agua de los ríos se detendrá, el cielo no tendrá ningún color porque se terminó mi amor…”.

 

La muchacha se estremecía y me estremecía: “Fuiste el primer amor y no volverás…”, qué dolorosa era aquella declaración. Y ella parecía que lagrimeaba, o así la imaginaba, ella en primavera, ella en flor. Y yo con un nudo en la garganta, con ganas de decirle desde lo alto qué bello cantás, qué voz tan linda, cosas así, como para enamorar, pero no las dije. Me las guardé. No sé por qué. Quizá una recóndita timidez me lo impedía. O el saber (el intuir) que era, con ella, un acercamiento imposible, una distancia corta y a la vez lejana.

 

La canción —en sí era una simplonería— le brotaba con gusto a la muchacha, como si se la estuviera cantando a alguien, a un amor que tuvo, a su primer amor. Y yo a veces pensaba que era una dedicatoria que me hacía, tal vez ella también querría decirme que habláramos, que nos acercáramos, pero nada de eso sucedió. Y ella continuó por las tardes-noches, recibiendo la visita de un tipo al que yo, de pronto, comencé a odiar, o, más bien, me caía gordo, porque estaba interrumpiendo —creía yo— una posibilidad de romance entre ella y yo.

 

La flor sin rocío se murió. Nos mudamos al poco tiempo de aquella casa y no volví a saber nunca más de la muchacha. El tiempo, que en este caso es el olvido, la borró. Y la canción tampoco la torné a escuchar. Por estos días, sonó en la radio y la imagen de aquella chica de barrio volvió de súbito con su carga de melancolía. No sé por qué una lágrima se asomó en la memoria y sentí que ella estaba cantando dolores en una mañana borrosa de la adolescencia perdida.

 

                               Pintura de Gustav Klimt