Historia de un oso con exilio

(Recordando a Benedetti y un cortometraje chileno ganador de un Oscar)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La conversación con Mario Benedetti, a quien entrevisté en 1985 para un diario de Medellín, fue derivando en simbologías y representaciones del exilio. Para entonces, el poeta y narrador uruguayo, que bebió de las amargas experiencias de los que se tienen que ir (huir) de su país para preservar la vida, había construido una suerte de noción en sentido contrario: el desexilio y de cómo, tras la caída de la dictadura militar argentina (1983), se abrían las puertas del retorno para los que se habían tenido que marchar.

 

Benedetti, que tuvo que salir de Uruguay, y fue perseguido por todas partes por la policía militar de su país (Buenos Aires, Lima, La Habana), vivió en España, su penúltimo refugio, hasta muy entrado en años. Y, al final de cuentas con la vida, retornó a su tierra natal, donde murió en 2009.

 

Para el autor de La tregua, los que se quedaron, perdieron la libertad; los que se fueron, el contexto. Y en ese aspecto, señalaba que ni unos ni otros debían hacerse reproches mutuos. Y ya en estas se andaba en la charla, cuando comenzó a hablar del concepto de “contranostalgia” como una parte esencial del desexilio, proceso de retorno a las raíces, al territorio ancestral y la identidad.

 

“Así como la patria no es una bandera ni un himno, sino la suma aproximada de nuestras infancias, nuestros cielos, nuestros amigos, nuestros maestros, nuestros amores, nuestras calles, nuestras cocinas, nuestras canciones, nuestros libros, nuestro lenguaje y nuestro sol, así también el país (y sobre todo el pueblo) que nos acoge nos va contagiando fervores, odios, hábitos, palabras, gestos, paisajes, tradiciones, rebeldías, y llega un momento (más aún si el exilio no se prolonga) en que nos convertimos en un modesto empalme de culturas, de presencias, de sueños”, escribió Benedetti en un artículo de prensa.

 

El exilio, que para los de América Latina se tornó cotidianidad, casi paisaje (paisaje de desierto y dolor), en los setentas y ochentas, producto de las dictaduras, gobiernos represivos, el avance de la ultraderecha, auspiciado por los Estados Unidos, como sucedió, por ejemplo, con el Plan Cóndor, volvió años después (2016) a la palestra de actualidad, ya no como una realidad de desventuras y desprendimientos, sino como metáfora, gracias a un cortometraje chileno, Historia de un oso, ganador del Oscar a mejor corto animado. Chile, que padeció la dictadura del general Augusto Pinochet, fue uno de los países del Cono Sur que más exiliados tuvo en aquellas calendas de horror.

 

Chile, la de los Parras cantores y poetas, la de Huidobro y Neruda, y la de los testimonios musicales de masacres en escuelas y estadios, vivió en los setentas, y durante largo tiempo, uno de los martirios más desgraciados de América Latina: el desarraigo de miles de sus ciudadanos. Y la desaparición y tortura de muchos otros.

 

Los chilenos Gabriel Osorio y Pato Escala, mediante una hermosa metáfora, recorrieron en diez minutos los significados del exilio no solo en su país sino en América Latina, con un oso robado por un circo y sometido a una disgregación familiar y a la tristeza permanente.

 

La historia, con sonidos de cajitas de música, de tiovivos y reminiscencias infantiles, es de un oso solitario (los osos han aparecido en distintas películas, pero también en la afición sanguinaria de un reyecito español que mató muchos de ellos en Rumanía) que construye un diorama como una posibilidad de que la memoria no se pierda y de que la tragedia ocurrida no quede del todo en esa impunidad tremenda, que es la del olvido. Pero, según el director, la pequeña narración visual, de exquisita construcción, va más allá: tiene que ver con la historia de su abuelo (Leopoldo Osorio), militante del Partido Socialista, que en 1975, tras dos años de prisión en su país, se tuvo que exiliar en Inglaterra.

 

Y aunque el espectador desconozca estos antecedentes, que están ligados al derrocamiento de Salvador Allende y la dictadura de Pinochet, la historia está tejida con una honda y delicada representación de la libertad, los encadenamientos y represiones. Es una historia política, sin que la política sea evidente, pero sí atraviesa el corto. Hay (como lo advirtió el nieto cineasta en la premiación de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas) una condensación de lo vivido por los presos políticos, los desaparecidos y exiliados del régimen pinochetista.

 

Apreciar la intensa cortedad de esta historia, puede provocar en algunos espectadores un retorno a la infancia, pero, al mismo tiempo, una dolorosa sensación de lo perdido y jamás recuperado. Con apariencia de juguete, el filme, que utiliza lo artesanal en una mezcla con tecnologías avanzadas, es otra posibilidad para la imaginación y la reflexión política.

 

¡Ah, sí!, y volviendo a Benedetti, que usó la palabra desexilio por primera vez en su obra Primavera con una esquina rota, y que en 1985 pudo retornar a su patria, el escritor (que también apareció en películas como El lado oscuro del corazón, de Eliseo Subiela) decía que “el exilio es el aprendizaje de la vergüenza y el desexilio, una provincia de la melancolía”.

 

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La descolorida burocracia y algunas referencias a Kafka

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En El Proceso, Kafka la pulveriza. Y también en otras de sus obras. Y Orson Welles, ese hombre ancho y alto, que en 1938 estremeció a los neoyorquinos con la transmisión radial de una ilusoria invasión marciana, la muestra, basado en la novela del solitario de Praga, con todos sus pasillos infinitos plenos de papeles y sombras, en una creación fílmica electrizante que retrata a la burocracia como es: en blanco y negro. Porque, para ser precisos, esa élite del poder no tiene las propiedades del arco iris. No es colorida. Es sórdida. Tenebrosa. Incluso, el mejor cromo para pintarla es el gris, que es, en cierto sentido, el color de la tristeza. Y del invierno. Y de la vejez.

 

Burocracia y poder, dos caras de la misma moneda. Papeleos y escritomanías y sellos y ganchitos de cosedora y autógrafos no solicitados. Tramitomanía. Una sensación de náusea ligada a ella. Burocracia. A la que Marx (no Groucho sino Karl) denominó como una entorpecedora del desarrollo normal de los mecanismos sociales. Parásito de la sociedad. Suplantadora de la gestión democrática. Lo advierte el autor de El Capital en su Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Burocracia: monstruo multicéfalo. Algunos, hace años, con cierto ingenio macondiano, la bautizaron “burro-cracia”, con lo cual, en esencia, propinaron un insulto a ese cuadrúpedo útil y simpático, que numeroso se pasea por las sabanas calurosas de la costa Caribe.

 

Benedetti –seré curioso, señor ministro, de qué se ríe- la caracteriza en El Presupuesto. Y Orwell la vapulea cerdunamente en Rebelión en la granja. Y cantando, Maiakovski, el futurista, el mismo que se suicidó a los treinta y seis años, cuando ya había escrito varios volúmenes de poesía y obras de teatro y guiones cinematográficos y decenas de artículos, Vladimir, el dibujante, la vuelve trizas con sus versos revolucionarios:

 

“Como un lobo / devoraría al burocratismo. / A las credenciales no les tengo respeto. Todos pueden irse al diablo… / cualquier papel, el que sea, / pero éste…/ por el largo frente / de cupés y camarotes, / un funcionario / se mueve saludando. / Todos entregan sus pasaportes / y yo entrego mi librito escarlata…”.

 

La burocracia, nutridora, sin proponérselo, del arte de las letras. Y de las Leyes de Parkinson, burladoras e inteligentes, que ridiculizan la acumulación de cargos, el despilfarro de recursos públicos y la inercia administrativa. El número de funcionarios crece en razón inversa al trabajo que se va a realizar, dicen, con ironía. Por supuesto, que la burocracia en sí misma no es mala. Ni buena. Simplemente, existe. Imperios lejanos en el tiempo basaron su funcionamiento en “ese sistema de organización particular del aparato de Estado”, al decir de Poulantzas. Egipto, Roma, China, la padecieron. Y la desarrollaron, para su desgracia.

 

En realidad, no hay nada más desolador que enfrentarse al poder de las oficinas. Se siente uno desvalido. Como un insecto. Como un Gregorio Samsa. No hay nada que pueda contra esa estructura demoniaca. Es como envejecer y morir Ante la ley, según el relato kafkiano. Burocracia inconmovible. Como aquella que condenó al hombre de Kiev (¿recuerdan la obra de Malamud). O como aquella otra que martirizó a Iohann Moritz, protagonista de La hora 25.

 

Una firma allí. Un ganchito allá. Un sello en la ventanilla del fondo. Traiga dos fotocopias de la cédula y un retrato suyo actualizado y registro de matrimonio y partidas de defunción, y según este documento usted está muerto y es un aparecido, fantasma, espanto, usted no existe, hay que hacerle otra vez la autopsia, de cuál cámara de gas se fugó usted, traiga dos testigos que puedan afirmar que usted está vivo, y después suba al piso 13 (¿usted no es agorero, cierto?) para que el notario verifique, y traiga más firmas autenticadas pero vaya y pague primero en la caja, y ese antiséptico olor a palacio gubernamental, y las filas perpetuas, y vea que nadie cree que fue el sol el que obligó a Mersault, pobre hombre, a dispararles a los árabes de la obra de Camus. Una locura.

 

Burocracia. Inventora de pasos (primero vaya allí, luego allá, y más tarde acullá) y de pasillos. Temerosa de la eficiencia y del trabajo intenso. Pero necesaria al poder. A Max Weber le mereció muchos estudios y desvelos. Hasta para entrar al cielo se requieren ciertas firmas. Y para el infierno, también.

 

Frente a ella, inmensa y desabrida, uno se siente culpable. Y extraño como un negro en el séquito de la reina Isabel. Es ella, la burocracia, con sus infinitos tentáculos, un laberinto del que nadie puede escapar, que ni el hilo de Ariadna nos sirve. Estamos condenados como Joseph  K. Y nuestro único alivio es ponernos a pintar, como en la antigua escuelita, decenas de arco iris mientras hacemos turno para llegar hasta el fondo y el subfondo, ventanillas con ceño adusto, en la que una voz nos dirá, sin consideraciones: “Ya es muy tarde. Vamos a cerrar. Vuelva mañana”.

 

Advertencia: esta nota, con variaciones, la escribí hace 25 años (1988). La burocracia ha empeorado, pero por fortuna seguimos leyendo a Kafka, a ciento treinta años de su nacimiento.