Memorias de un vals de barrio

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Estaba presentando en la biblioteca Pública Piloto de Medellín el libro Barrio que fuiste y serás (en la que hay, como se advierte, una sonoridad tanguera de Borges en el título), cuando sonó en los altoparlantes el vals Pedacito de cielo, de Homero Expósito, Enrique Francini y Héctor Stamponi, con aquello de “La casa tenía una reja pintada con quejas y cantos de amor…”.

 

A los que me hicieron la atención de hablar sobre mi libro, Juan José García Posada y Luis Fernando González, me pareció que se estremecieron con la voz de Adriana Varela (que era la que estaba cantando) y quizá transmitieron por ello una más alta emoción a las palabras. Dentro del público vi a Luciano Londoño López, casi en la última fila del auditorio Torre de la Memoria. Era (tal vez muchos lo saben) un investigador tanguero y de músicas populares y el único colombiano miembro de la Academia Porteña del Lunfardo, a la que pertenecían, además, algunos extranjeros como Camilo José Cela y Simon Collier.

 

Aquel 8 de junio de 2011, la velada transcurrió con evocaciones de barriada, pero en el ambiente seguía flotando la neblina de un vals: “Los años de la infancia pasaron, pasaron, la reja está dormida de tanto silencio…”, con gestos traviesos y besos robados al azar. Unas horas más tarde, recibí la llamada de Londoño, que habló muy bien de los que presentaron la obra y me dijo que, en rigor, el vals que había debido sonar en la ceremonia era El vals de los recuerdos, que además me lo acababa de enviar por correo electrónico. Antes de colgar, lo puso en su equipo de sonido y casi no encajo el golpe. La introducción tristona de la orquesta de Roberto Firpo, era como una pena ambulante, una delicadeza musical para suavizar un dolor, el de los recuerdos, el de aquella sustancia intangible que ya no está y no es posible que vuelva. Pero que solo con la música, con su conjuro y convocatoria casi esotérica, torna a aparecer en la memoria frágil (en la olvidadiza memoria).

 

La voz de Roberto Diale sonó y de inmediato sentí un corrientazo, como si estuviera pilotando un avión de guerra con los motores en llamas y no hubiera otra manera de salvamento que una eyección urgente. Sin paracaídas, el recuerdo voló y cayó en los cafetines de pueblo, pero, en particular, en los que estaban en la carrera 47, de un barrio tanguero de Bello. En tiempos viejos, por allí, por esa calle que era entonces sin humos y con escaseces vehiculares, transcurríamos en bicicletas alquiladas donde Medina y en otros “alquiladeros”, o montados en alguna que nos prestaba, tras ruegos e impetraciones monjeriles, algún muchachón de la gallada, que tenía papá obrero textil, casi todos propietarios de Humbers y Philips, pesadas y engalladas con bombillería, parrilla con flecos, dinamo, pellón alto y cornetín. Era un milagro que se las soltaran a sus hijos, y, más aún, que estos nos dieran una “vuelta”.

 

La voz del cantor irrumpió con certidumbre: “Una llama silenciosa, / como lágrima de amor, / brilla en la noche y las estrellas / la contemplan llenas de emoción”. Comenzó a funcionar la inverosímil máquina del tiempo, los relojes en reversa, el avión en llamaradas y uno cayendo hacia la nada, hacia un vacío que dejaron los pianos de bar, las iconografías en las paredes, el mostrador de madera y las mesas metálicas y redondas dispuestas en la cantina, olorosa a cerveza y alcoholes y a emanaciones de orín. Uno allá y aquí, en el ayer y el hoy, sintiendo el ritmo, la melodía, la interpretación.

 

Sí, creo que Luciano tenía razón al anunciarme que, más que el vals que sonó en la sala, era necesario El vals de los recuerdos, no sé por qué, él tampoco lo dijo, pero es (era) una canción que va doliendo de a poquitos, dosificada la melancolía, como a cuenta gotas, que va creciendo, hasta envolverlo a uno en una atmósfera nubosa de los días que murieron, de lo que se ha ido, sin reversa. “Es la luz de un amor que el tiempo / no pudo apagar, ¡ay de mí!; / es la música de un sueño dulce / grande como el mar, ¡ay de mí!”.

 

Y en ese punto del valsecito que parece contribuir a la teoría del eterno retorno, apareció ella, pálida en la reminiscencia, el pelo suelto, las manos en temblor, tras el beso que, como en el otro vals celeste, en efecto le había robado al azar. Amor en flamas, pasión inútil que se esfumó en una ventana de casa vieja, solo con rejas de olvido en los ventanales. Pero que, con todo, el tiempo no pudo apagar.

 

El vals me sonaba con música de “un sueño dulce”, de un mundo que pertenecía a las sombras, a los ocasos —que ninguno es igual al otro—, olvidados al día siguiente con la aurora, con su color de rosa recién nacida. Sí, no había dubitaciones al respecto. El vals que debió de oírse en el atardecido lanzamiento del libro de barrio tendría que haber sido el de Firpo: “Es el vals de los recuerdos, / es una flor, es el canto de tu amor. / Amada mía, dónde estás con tu canción: / Dime qué será de ti”.

 

Nunca supe, por lo demás, por qué Luciano me llamó esa misma noche a decirme que el vals que mejores sonidos hubiera tenido en aquella tarde era el de Roberto Firpo. Quién sabe a él que recuerdos entrañables le suscitaría, tal vez los de su infancia y adolescencia en el barrio La Milagrosa, de Medellín, en el que también pululaban los bares esquineros. Y en el cual, con certidumbre, sonó El vals de los recuerdos, cuando los recuerdos no hacían parte —como es natural— del repertorio juvenil.

 

El vals en cuestión parece sonar “contra un ocaso amarillo”, y habría que decir con una letra borgiana: “Desde ese ayer, ¡cuántas cosas / a los dos nos han pasado!”. Es una canción de adioses, de partidas y de brillos que se mueren con algún atardecer. Cuánta tristeza hay en ese vals. Como en el rosicler de un alba, que tiene una belleza que duele.

 

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